lo que deseaba y pedía, y que tal prosupuesto era propio y natural de los
caballeros tan principales como él parecía y como su gallarda presencia
mostraba; y que él, ansimesmo, en los años de su mocedad, se había dado a
aquel honroso ejercicio, andando por diversas partes del mundo buscando sus
aventuras, sin que hubiese dejado los Percheles de Málaga, Islas de Riarán,
Compás de Sevilla, Azoguejo de Segovia, la Olivera de Valencia, Rondilla de
Granada, Playa de Sanlúcar, Potro de Córdoba y las Ventillas de Toledo y
otras diversas partes, donde había ejercitado la ligereza de sus pies,
sutileza de sus manos, haciendo muchos tuertos, recuestando muchas viudas,
deshaciendo algunas doncellas y engañando a algunos pupilos, y, finalmente,
dándose a conocer por cuantas audiencias y tribunales hay casi en toda
España; y que, a lo último, se había venido a recoger a aquel su castillo,
donde vivía con su hacienda y con las ajenas, recogiendo en él a todos los
caballeros andantes, de cualquiera calidad y condición que fuesen, sólo por
la mucha afición que les tenía y porque partiesen con él de sus haberes, en
pago de su buen deseo.
Díjole también que en aquel su castillo no había capilla alguna donde poder
velar las armas, porque estaba derribada para hacerla de nuevo; pero que,
en caso de necesidad, él sabía que se podían velar dondequiera, y que
aquella noche las podría velar en un patio del castillo; que a la mañana,
siendo Dios servido, se harían las debidas ceremonias, de manera que él
quedase armado caballero, y tan caballero que no pudiese ser más en el
mundo.
Preguntóle si traía dineros; respondió don Quijote que no traía blanca,
porque él nunca había leído en las historias de los caballeros andantes que
ninguno los hubiese traído. A esto dijo el ventero que se engañaba; que,
puesto caso que en las historias no se escribía, por haberles parecido a
los autores dellas que no era menester escrebir una cosa tan clara y tan
necesaria de traerse como eran dineros y camisas limpias, no por eso se
había de creer que no los trujeron; y así, tuviese por cierto y averiguado
que todos los caballeros andantes, de que tantos libros están llenos y
atestados, llevaban bien herradas las bolsas, por lo que pudiese
sucederles; y que asimismo llevaban camisas y una arqueta pequeña llena de
ungüentos para curar las heridas que recebían, porque no todas veces en los
campos y desiertos donde se combatían y salían heridos había quien los
curase, si ya no era que tenían algún sabio encantador por amigo, que luego
los socorría, trayendo por el aire, en alguna nube, alguna doncella o enano
con alguna redoma de agua de tal virtud que, en gustando alguna gota della,
luego al punto quedaban sanos de sus llagas y heridas, como si mal alguno
hubiesen tenido. Mas que, en tanto que esto no hubiese, tuvieron los
pasados caballeros por cosa acertada que sus escuderos fuesen proveídos de
dineros y de otras cosas necesarias, como eran hilas y ungüentos para
curarse; y, cuando sucedía que los tales caballeros no tenían escuderos,
que eran pocas y raras veces, ellos mesmos lo llevaban todo en unas
alforjas muy sutiles, que casi no se parecían, a las ancas del caballo,
como que era otra cosa de más importancia; porque, no siendo por ocasión
semejante, esto de llevar alforjas no fue muy admitido entre los caballeros
andantes; y por esto le daba por consejo, pues aún se lo podía mandar como
a su ahijado, que tan presto lo había de ser, que no caminase de allí
adelante sin dineros y sin las prevenciones referidas, y que vería cuán
bien se hallaba con ellas cuando menos se pensase.
Prometióle don Quijote de hacer lo que se le aconsejaba con toda
puntualidad; y así, se dio luego orden como velase las armas en un corral
grande que a un lado de la venta estaba; y, recogiéndolas don Quijote
todas, las puso sobre una pila que junto a un pozo estaba, y, embrazando su
adarga, asió de su lanza y con gentil continente se comenzó a pasear
delante de la pila; y cuando comenzó el paseo comenzaba a cerrar la noche.
Contó el ventero a todos cuantos estaban en la venta la locura de su
huésped, la vela de las armas y la armazón de caballería que esperaba.
Admiráronse de tan estraño género de locura y fuéronselo a mirar desde
lejos, y vieron que, con sosegado ademán, unas veces se paseaba; otras,
arrimado a su lanza, ponía los ojos en las armas, sin quitarlos por un buen
espacio dellas. Acabó de cerrar la noche, pero con tanta claridad de la
luna, que podía competir con el que se la prestaba, de manera que cuanto el
novel caballero hacía era bien visto de todos. Antojósele en esto a uno de
los arrieros que estaban en la venta ir a dar agua a su recua, y fue
menester quitar las armas de don Quijote, que estaban sobre la pila; el
cual, viéndole llegar, en voz alta le dijo:
-¡Oh tú, quienquiera que seas, atrevido caballero, que llegas a tocar las
armas del más valeroso andante que jamás se ciñó espada!, mira lo que haces
y no las toques, si no quieres dejar la vida en pago de tu atrevimiento.
No se curó el arriero destas razones (y fuera mejor que se curara, porque
fuera curarse en salud); antes, trabando de las correas, las arrojó gran
trecho de sí. Lo cual visto por don Quijote, alzó los ojos al cielo, y,
puesto el pensamiento -a lo que pareció- en su señora Dulcinea, dijo:
-Acorredme, señora mía, en esta primera afrenta que a este vuestro
avasallado pecho se le ofrece; no me desfallezca en este primero trance
vuestro favor y amparo.
Y, diciendo estas y otras semejantes razones, soltando la adarga, alzó la
lanza a dos manos y dio con ella tan gran golpe al arriero en la cabeza,
que le derribó en el suelo, tan maltrecho que, si segundara con otro, no
tuviera necesidad de maestro que le curara. Hecho esto, recogió sus armas y
tornó a pasearse con el mismo reposo que primero. Desde allí a poco, sin
saberse lo que había pasado (porque aún estaba aturdido el arriero), llegó
otro con la mesma intención de dar agua a sus mulos; y, llegando a quitar
las armas para desembarazar la pila, sin hablar don Quijote palabra y sin
pedir favor a nadie, soltó otra vez la adarga y alzó otra vez la lanza, y,
sin hacerla pedazos, hizo más de tres la cabeza del segundo arriero, porque
se la abrió por cuatro. Al ruido acudió toda la gente de la venta, y entre
ellos el ventero. Viendo esto don Quijote, embrazó su adarga, y, puesta
mano a su espada, dijo:
-¡Oh señora de la fermosura, esfuerzo y vigor del debilitado corazón mío!
Ahora es tiempo que vuelvas los ojos de tu grandeza a este tu cautivo
caballero, que tamaña aventura está atendiendo.
Con esto cobró, a su parecer, tanto ánimo, que si le acometieran todos los
arrieros del mundo, no volviera el pie atrás. Los compañeros de los
heridos, que tales los vieron, comenzaron desde lejos a llover piedras
sobre don Quijote, el cual, lo mejor que podía, se reparaba con su adarga,
y no se osaba apartar de la pila por no desamparar las armas. El ventero
daba voces que le dejasen, porque ya les había dicho como era loco, y que
por loco se libraría, aunque los matase a todos. También don Quijote las
daba, mayores, llamándolos de alevosos y traidores, y que el señor del
castillo era un follón y mal nacido caballero, pues de tal manera consentía
que se tratasen los andantes caballeros; y que si él hubiera recebido la
orden de caballería, que él le diera a entender su alevosía:
-Pero de vosotros, soez y baja canalla, no hago caso alguno: tirad, llegad,
venid y ofendedme en cuanto pudiéredes, que vosotros veréis el pago que
lleváis de vuestra sandez y demasía.
Decía esto con tanto brío y denuedo, que infundió un terrible temor en los
que le acometían; y, así por esto como por las persuasiones del ventero, le
dejaron de tirar, y él dejó retirar a los heridos y tornó a la vela de sus
armas con la misma quietud y sosiego que primero.
No le parecieron bien al ventero las burlas de su huésped, y determinó
abreviar y darle la negra orden de caballería luego, antes que otra
desgracia sucediese. Y así, llegándose a él, se desculpó de la insolencia
que aquella gente baja con él había usado, sin que él supiese cosa alguna;
pero que bien castigados quedaban de su atrevimiento. Díjole como ya le
había dicho que en aquel castillo no había capilla, y para lo que restaba
de hacer tampoco era necesaria; que todo el toque de quedar armado
caballero consistía en la pescozada y en el espaldarazo, según él tenía
noticia del ceremonial de la orden, y que aquello en mitad de un campo se
podía hacer, y que ya había cumplido con lo que tocaba al velar de las
armas, que con solas dos horas de vela se cumplía, cuanto más, que él había
estado más de cuatro. Todo se lo creyó don Quijote, y dijo que él estaba
allí pronto para obedecerle, y que concluyese con la mayor brevedad que
pudiese; porque si fuese otra vez acometido y se viese armado caballero, no
pensaba dejar persona viva en el castillo, eceto aquellas que él le
mandase, a quien por su respeto dejaría.
Advertido y medroso desto el castellano, trujo luego un libro donde
asentaba la paja y cebada que daba a los arrieros, y con un cabo de vela
que le traía un muchacho, y con las dos ya dichas doncellas, se vino adonde
don Quijote estaba, al cual mandó hincar de rodillas; y, leyendo en su
manual, como que decía alguna devota oración, en mitad de la leyenda alzó
la mano y diole sobre el cuello un buen golpe, y tras él, con su mesma
espada, un gentil espaldazaro, siempre murmurando entre dientes, como que
rezaba. Hecho esto, mandó a una de aquellas damas que le ciñese la espada,
la cual lo hizo con mucha desenvoltura y discreción, porque no fue menester
poca para no reventar de risa a cada punto de las ceremonias; pero las
proezas que ya habían visto del novel caballero les tenía la risa a raya.
Al ceñirle la espada, dijo la buena señora:
-Dios haga a vuestra merced muy venturoso caballero y le dé ventura en
lides.
Don Quijote le preguntó cómo se llamaba, porque él supiese de allí adelante
a quién quedaba obligado por la merced recebida; porque pensaba darle
alguna parte de la honra que alcanzase por el valor de su brazo. Ella
respondió con mucha humildad que se llamaba la Tolosa, y que era hija de un
remendón natural de Toledo que vivía a las tendillas de Sancho Bienaya, y
que dondequiera que ella estuviese le serviría y le tendría por señor. Don
Quijote le replicó que, por su amor, le hiciese merced que de allí adelante
se pusiese don y se llamase doña Tolosa. Ella se lo prometió, y la otra le
calzó la espuela, con la cual le pasó casi el mismo coloquio que con la de
la espada: preguntóle su nombre, y dijo que se llamaba la Molinera, y que
era hija de un honrado molinero de Antequera; a la cual también rogó don
Quijote que se pusiese don y se llamase doña Molinera, ofreciéndole nuevos
servicios y mercedes.
Hechas, pues, de galope y aprisa las hasta allí nunca vistas ceremonias, no
vio la hora don Quijote de verse a caballo y salir buscando las aventuras;
y, ensillando luego a Rocinante, subió en él, y, abrazando a su huésped, le
dijo cosas tan estrañas, agradeciéndole la merced de haberle armado
caballero, que no es posible acertar a referirlas. El ventero, por verle ya
fuera de la venta, con no menos retóricas, aunque con más breves palabras,
respondió a las suyas, y, sin pedirle la costa de la posada, le dejó ir a
la buen hora.
Capítulo IV. De lo que le sucedió a nuestro caballero cuando salió de la
venta
La del alba sería cuando don Quijote salió de la venta, tan contento, tan
gallardo, tan alborozado por verse ya armado caballero, que el gozo le
reventaba por las cinchas del caballo. Mas, viniéndole a la memoria los
consejos de su huésped cerca de las prevenciones tan necesarias que había
de llevar consigo, especial la de los dineros y camisas, determinó volver a
su casa y acomodarse de todo, y de un escudero, haciendo cuenta de recebir
a un labrador vecino suyo, que era pobre y con hijos, pero muy a propósito
para el oficio escuderil de la caballería. Con este pensamiento guió a
Rocinante hacia su aldea, el cual, casi conociendo la querencia, con tanta
gana comenzó a caminar, que parecía que no ponía los pies en el suelo.
No había andado mucho, cuando le pareció que a su diestra mano, de la
espesura de un bosque que allí estaba, salían unas voces delicadas, como de
persona que se quejaba; y apenas las hubo oído, cuando dijo:
-Gracias doy al cielo por la merced que me hace, pues tan presto me pone
ocasiones delante donde yo pueda cumplir con lo que debo a mi profesión, y
donde pueda coger el fruto de mis buenos deseos. Estas voces, sin duda, son
de algún menesteroso o menesterosa, que ha menester mi favor y ayuda.
Y, volviendo las riendas, encaminó a Rocinante hacia donde le pareció que
las voces salían. Y, a pocos pasos que entró por el bosque, vio atada una
yegua a una encina, y atado en otra a un muchacho, desnudo de medio cuerpo
arriba, hasta de edad de quince años, que era el que las voces daba; y no
sin causa, porque le estaba dando con una pretina muchos azotes un labrador
de buen talle, y cada azote le acompañaba con una reprehensión y consejo.
Porque decía:
-La lengua queda y los ojos listos.
Y el muchacho respondía:
-No lo haré otra vez, señor mío; por la pasión de Dios, que no lo haré otra
vez; y yo prometo de tener de aquí adelante más cuidado con el hato.
Y, viendo don Quijote lo que pasaba, con voz airada dijo:
-Descortés caballero, mal parece tomaros con quien defender no se puede;
subid sobre vuestro caballo y tomad vuestra lanza -que también tenía una
lanza arrimada a la encima adonde estaba arrendada la yegua-, que yo os
haré conocer ser de cobardes lo que estáis haciendo.
El labrador, que vio sobre sí aquella figura llena de armas blandiendo la
lanza sobre su rostro, túvose por muerto, y con buenas palabras respondió:
-Señor caballero, este muchacho que estoy castigando es un mi criado, que
me sirve de guardar una manada de ovejas que tengo en estos contornos, el
cual es tan descuidado, que cada día me falta una; y, porque castigo su
descuido, o bellaquería, dice que lo hago de miserable, por no pagalle la
soldada que le debo, y en Dios y en mi ánima que miente.
-¿"Miente", delante de mí, ruin villano? -dijo don Quijote-. Por el sol que
nos alumbra, que estoy por pasaros de parte a parte con esta lanza. Pagadle
luego sin más réplica; si no, por el Dios que nos rige, que os concluya y
aniquile en este punto. Desatadlo luego.
El labrador bajó la cabeza y, sin responder palabra, desató a su criado, al
cual preguntó don Quijote que cuánto le debía su amo. Él dijo que nueve
meses, a siete reales cada mes. Hizo la cuenta don Quijote y halló que
montaban setenta y tres reales, y díjole al labrador que al momento los
desembolsase, si no quería morir por ello. Respondió el medroso villano que
para el paso en que estaba y juramento que había hecho -y aún no había
jurado nada-, que no eran tantos, porque se le habían de descontar y
recebir en cuenta tres pares de zapatos que le había dado y un real de dos
sangrías que le habían hecho estando enfermo.
-Bien está todo eso -replicó don Quijote-, pero quédense los zapatos y las
sangrías por los azotes que sin culpa le habéis dado; que si él rompió el
cuero de los zapatos que vos pagastes, vos le habéis rompido el de su
cuerpo; y si le sacó el barbero sangre estando enfermo, vos en sanidad se
la habéis sacado; ansí que, por esta parte, no os debe nada.
-El daño está, señor caballero, en que no tengo aquí dineros: véngase
Andrés conmigo a mi casa, que yo se los pagaré un real sobre otro.
-¿Irme yo con él? -dijo el muchacho-. Mas, ¡mal año! No, señor, ni por
pienso; porque, en viéndose solo, me desuelle como a un San Bartolomé.
-No hará tal -replicó don Quijote-: basta que yo se lo mande para que me
tenga respeto; y con que él me lo jure por la ley de caballería que ha
recebido, le dejaré ir libre y aseguraré la paga.
-Mire vuestra merced, señor, lo que dice -dijo el muchacho-, que este mi
amo no es caballero ni ha recebido orden de caballería alguna; que es Juan
Haldudo el rico, el vecino del Quintanar.
-Importa eso poco -respondió don Quijote-, que Haldudos puede haber
caballeros; cuanto más, que cada uno es hijo de sus obras.
-Así es verdad -dijo Andrés-; pero este mi amo, ¿de qué obras es hijo, pues
me niega mi soldada y mi sudor y trabajo?
-No niego, hermano Andrés -respondió el labrador-; y hacedme placer de
veniros conmigo, que yo juro por todas las órdenes que de caballerías hay
en el mundo de pagaros, como tengo dicho, un real sobre otro, y aun
sahumados.
-Del sahumerio os hago gracia -dijo don Quijote-; dádselos en reales, que
con eso me contento; y mirad que lo cumpláis como lo habéis jurado; si no,
por el mismo juramento os juro de volver a buscaros y a castigaros, y que
os tengo de hallar, aunque os escondáis más que una lagartija. Y si queréis
saber quién os manda esto, para quedar con más veras obligado a cumplirlo,
sabed que yo soy el valeroso don Quijote de la Mancha, el desfacedor de
agravios y sinrazones; y a Dios quedad, y no se os parta de las mientes lo
prometido y jurado, so pena de la pena pronunciada.
Y, en diciendo esto, picó a su Rocinante, y en breve espacio se apartó
dellos. Siguióle el labrador con los ojos, y, cuando vio que había
traspuesto del bosque y que ya no parecía, volvióse a su criado Andrés y
díjole:
-Venid acá, hijo mío, que os quiero pagar lo que os debo, como aquel
deshacedor de agravios me dejó mandado.
-Eso juro yo -dijo Andrés-; y ¡cómo que andará vuestra merced acertado en
cumplir el mandamiento de aquel buen caballero, que mil años viva; que,
según es de valeroso y de buen juez, vive Roque, que si no me paga, que
vuelva y ejecute lo que dijo!
-También lo juro yo -dijo el labrador-; pero, por lo mucho que os quiero,
quiero acrecentar la deuda por acrecentar la paga.
Y, asiéndole del brazo, le tornó a atar a la encina, donde le dio tantos
azotes, que le dejó por muerto.
-Llamad, señor Andrés, ahora -decía el labrador- al desfacedor de agravios,
veréis cómo no desface aquéste; aunque creo que no está acabado de hacer,
porque me viene gana de desollaros vivo, como vos temíades.
Pero, al fin, le desató y le dio licencia que fuese a buscar su juez, para
que ejecutase la pronunciada sentencia. Andrés se partió algo mohíno,
jurando de ir a buscar al valeroso don Quijote de la Mancha y contalle
punto por punto lo que había pasado, y que se lo había de pagar con las
setenas. Pero, con todo esto, él se partió llorando y su amo se quedó
riendo.
Y desta manera deshizo el agravio el valeroso don Quijote; el cual,
contentísimo de lo sucedido, pareciéndole que había dado felicísimo y alto
principio a sus caballerías, con gran satisfación de sí mismo iba caminando
hacia su aldea, diciendo a media voz:
-Bien te puedes llamar dichosa sobre cuantas hoy viven en la tierra, ¡oh
sobre las bellas bella Dulcinea del Toboso!, pues te cupo en suerte tener
sujeto y rendido a toda tu voluntad e talante a un tan valiente y tan
nombrado caballero como lo es y será don Quijote de la Mancha, el cual,
como todo el mundo sabe, ayer rescibió la orden de caballería, y hoy ha
desfecho el mayor tuerto y agravio que formó la sinrazón y cometió la
crueldad: hoy quitó el látigo de la mano a aquel despiadado enemigo que tan
sin ocasión vapulaba a aquel delicado infante.
En esto, llegó a un camino que en cuatro se dividía, y luego se le vino a
la imaginación las encrucejadas donde los caballeros andantes se ponían a
pensar cuál camino de aquéllos tomarían, y, por imitarlos, estuvo un rato
quedo; y, al cabo de haberlo muy bien pensado, soltó la rienda a Rocinante,
dejando a la voluntad del rocín la suya, el cual siguió su primer intento,
que fue el irse camino de su caballeriza.
Y, habiendo andado como dos millas, descubrió don Quijote un grande tropel
de gente, que, como después se supo, eran unos mercaderes toledanos que
iban a comprar seda a Murcia. Eran seis, y venían con sus quitasoles, con
otros cuatro criados a caballo y tres mozos de mulas a pie. Apenas los
divisó don Quijote, cuando se imaginó ser cosa de nueva aventura; y, por
imitar en todo cuanto a él le parecía posible los pasos que había leído en
sus libros, le pareció venir allí de molde uno que pensaba hacer. Y así,
con gentil continente y denuedo, se afirmó bien en los estribos, apretó la
lanza, llegó la adarga al pecho, y, puesto en la mitad del camino, estuvo
esperando que aquellos caballeros andantes llegasen, que ya él por tales
los tenía y juzgaba; y, cuando llegaron a trecho que se pudieron ver y oír,
levantó don Quijote la voz, y con ademán arrogante dijo:
-Todo el mundo se tenga, si todo el mundo no confiesa que no hay en el
mundo todo doncella más hermosa que la emperatriz de la Mancha, la sin par
Dulcinea del Toboso.
Paráronse los mercaderes al son destas razones, y a ver la estraña figura
del que las decía; y, por la figura y por las razones, luego echaron de ver
la locura de su dueño; mas quisieron ver despacio en qué paraba aquella
confesión que se les pedía, y uno dellos, que era un poco burlón y muy
mucho discreto, le dijo:
-Señor caballero, nosotros no conocemos quién sea esa buena señora que
decís; mostrádnosla: que si ella fuere de tanta hermosura como significáis,
de buena gana y sin apremio alguno confesaremos la verdad que por parte
vuestra nos es pedida.
-Si os la mostrara -replicó don Quijote-, ¿qué hiciérades vosotros en
confesar una verdad tan notoria? La importancia está en que sin verla lo
habéis de creer, confesar, afirmar, jurar y defender; donde no, conmigo
sois en batalla, gente descomunal y soberbia. Que, ahora vengáis uno a uno,
como pide la orden de caballería, ora todos juntos, como es costumbre y
mala usanza de los de vuestra ralea, aquí os aguardo y espero, confiado en
la razón que de mi parte tengo.
-Señor caballero -replicó el mercader-, suplico a vuestra merced, en nombre
de todos estos príncipes que aquí estamos, que, porque no encarguemos
nuestras conciencias confesando una cosa por nosotros jamás vista ni oída,
y más siendo tan en perjuicio de las emperatrices y reinas del Alcarria y
Estremadura, que vuestra merced sea servido de mostrarnos algún retrato de
esa señora, aunque sea tamaño como un grano de trigo; que por el hilo se
sacará el ovillo, y quedaremos con esto satisfechos y seguros, y vuestra
merced quedará contento y pagado; y aun creo que estamos ya tan de su parte
que, aunque su retrato nos muestre que es tuerta de un ojo y que del otro
le mana bermellón y piedra azufre, con todo eso, por complacer a vuestra
merced, diremos en su favor todo lo que quisiere.
-No le mana, canalla infame -respondió don Quijote, encendido en cólera-;
no le mana, digo, eso que decís, sino ámbar y algalia entre algodones; y no
es tuerta ni corcovada, sino más derecha que un huso de Guadarrama. Pero
vosotros pagaréis la grande blasfemia que habéis dicho contra tamaña beldad
como es la de mi señora.
Y, en diciendo esto, arremetió con la lanza baja contra el que lo había
dicho, con tanta furia y enojo que, si la buena suerte no hiciera que en la
mitad del camino tropezara y cayera Rocinante, lo pasara mal el atrevido
mercader. Cayó Rocinante, y fue rodando su amo una buena pieza por el
campo; y, queriéndose levantar, jamás pudo: tal embarazo le causaban la
lanza, adarga, espuelas y celada, con el peso de las antiguas armas. Y,
entretanto que pugnaba por levantarse y no podía, estaba diciendo:
-¡Non fuyáis, gente cobarde; gente cautiva, atended!; que no por culpa mía,
sino de mi caballo, estoy aquí tendido.
Un mozo de mulas de los que allí venían, que no debía de ser muy bien
intencionado, oyendo decir al pobre caído tantas arrogancias, no lo pudo
sufrir sin darle la respuesta en las costillas. Y, llegándose a él, tomó la
lanza, y, después de haberla hecho pedazos, con uno dellos comenzó a dar a
nuestro don Quijote tantos palos que, a despecho y pesar de sus armas, le
molió como cibera. Dábanle voces sus amos que no le diese tanto y que le
dejase, pero estaba ya el mozo picado y no quiso dejar el juego hasta
envidar todo el resto de su cólera; y, acudiendo por los demás trozos de la
lanza, los acabó de deshacer sobre el miserable caído, que, con toda
aquella tempestad de palos que sobre él vía, no cerraba la boca, amenazando
al cielo y a la tierra, y a los malandrines, que tal le parecían.
Cansóse el mozo, y los mercaderes siguieron su camino, llevando qué contar
en todo él del pobre apaleado. El cual, después que se vio solo, tornó a
probar si podía levantarse; pero si no lo pudo hacer cuando sano y bueno,
¿cómo lo haría molido y casi deshecho? Y aún se tenía por dichoso,
pareciéndole que aquélla era propia desgracia de caballeros andantes, y
toda la atribuía a la falta de su caballo, y no era posible levantarse,
según tenía brumado todo el cuerpo.
Capítulo V. Donde se prosigue la narración de la desgracia de nuestro
caballero
Viendo, pues, que, en efeto, no podía menearse, acordó de acogerse a su
ordinario remedio, que era pensar en algún paso de sus libros; y trújole su
locura a la memoria aquel de Valdovinos y del marqués de Mantua, cuando
Carloto le dejó herido en la montiña, historia sabida de los niños, no
ignorada de los mozos, celebrada y aun creída de los viejos; y, con todo
esto, no más verdadera que los milagros de Mahoma. Ésta, pues, le pareció a
él que le venía de molde para el paso en que se hallaba; y así, con
muestras de grande sentimiento, se comenzó a volcar por la tierra y a decir
con debilitado aliento lo mesmo que dicen decía el herido caballero del
bosque:
-¿Donde estás, señora mía,
que no te duele mi mal?
O no lo sabes, señora,
o eres falsa y desleal.
Y, desta manera, fue prosiguiendo el romance hasta aquellos versos que
dicen:
-¡Oh noble marqués de Mantua,
mi tío y señor carnal!
Y quiso la suerte que, cuando llegó a este verso, acertó a pasar por allí
un labrador de su mesmo lugar y vecino suyo, que venía de llevar una carga
de trigo al molino; el cual, viendo aquel hombre allí tendido, se llegó a
él y le preguntó que quién era y qué mal sentía que tan tristemente se
quejaba. Don Quijote creyó, sin duda, que aquél era el marqués de Mantua,
su tío; y así, no le respondió otra cosa si no fue proseguir en su romance,
donde le daba cuenta de su desgracia y de los amores del hijo del Emperante
con su esposa, todo de la mesma manera que el romance lo canta.
El labrador estaba admirado oyendo aquellos disparates; y, quitándole la
visera, que ya estaba hecha pedazos de los palos, le limpió el rostro, que
le tenía cubierto de polvo; y apenas le hubo limpiado, cuando le conoció y
le dijo:
-Señor Quijana -que así se debía de llamar cuando él tenía juicio y no
había pasado de hidalgo sosegado a caballero andante-, ¿quién ha puesto a
vuestra merced desta suerte?
Pero él seguía con su romance a cuanto le preguntaba. Viendo esto el buen
hombre, lo mejor que pudo le quitó el peto y espaldar, para ver si tenía
alguna herida; pero no vio sangre ni señal alguna. Procuró levantarle del
suelo, y no con poco trabajo le subió sobre su jumento, por parecer
caballería más sosegada. Recogió las armas, hasta las astillas de la lanza,
y liólas sobre Rocinante, al cual tomó de la rienda, y del cabestro al
asno, y se encaminó hacia su pueblo, bien pensativo de oír los disparates
que don Quijote decía; y no menos iba don Quijote, que, de puro molido y
quebrantado, no se podía tener sobre el borrico, y de cuando en cuando daba
unos suspiros que los ponía en el cielo; de modo que de nuevo obligó a que
el labrador le preguntase le dijese qué mal sentía; y no parece sino que el
diablo le traía a la memoria los cuentos acomodados a sus sucesos, porque,
en aquel punto, olvidándose de Valdovinos, se acordó del moro Abindarráez,
cuando el alcaide de Antequera, Rodrigo de Narváez, le prendió y llevó
cautivo a su alcaidía. De suerte que, cuando el labrador le volvió a
preguntar que cómo estaba y qué sentía, le respondió las mesmas palabras y
razones que el cautivo Abencerraje respondía a Rodrigo de Narváez, del
mesmo modo que él había leído la historia en La Diana, de Jorge de
Montemayor, donde se escribe; aprovechándose della tan a propósito, que el
labrador se iba dando al diablo de oír tanta máquina de necedades; por
donde conoció que su vecino estaba loco, y dábale priesa a llegar al
pueblo, por escusar el enfado que don Quijote le causaba con su larga
arenga. Al cabo de lo cual, dijo:
-Sepa vuestra merced, señor don Rodrigo de Narváez, que esta hermosa Jarifa
que he dicho es ahora la linda Dulcinea del Toboso, por quien yo he hecho,
hago y haré los más famosos hechos de caballerías que se han visto, vean ni
verán en el mundo.
A esto respondió el labrador:
-Mire vuestra merced, señor, pecador de mí, que yo no soy don Rodrigo de
Narváez, ni el marqués de Mantua, sino Pedro Alonso, su vecino; ni vuestra
merced es Valdovinos, ni Abindarráez, sino el honrado hidalgo del señor
Quijana.
-Yo sé quién soy -respondió don Quijote-; y sé que puedo ser no sólo los
que he dicho, sino todos los Doce Pares de Francia, y aun todos los Nueve
de la Fama, pues a todas las hazañas que ellos todos juntos y cada uno por
sí hicieron, se aventajarán las mías.
En estas pláticas y en otras semejantes, llegaron al lugar a la hora que
anochecía, pero el labrador aguardó a que fuese algo más noche, porque no
viesen al molido hidalgo tan mal caballero. Llegada, pues, la hora que le
pareció, entró en el pueblo, y en la casa de don Quijote, la cual halló
toda alborotada; y estaban en ella el cura y el barbero del lugar, que eran
grandes amigos de don Quijote, que estaba diciéndoles su ama a voces:
-¿Qué le parece a vuestra merced, señor licenciado Pero Pérez -que así se
llamaba el cura-, de la desgracia de mi señor? Tres días ha que no parecen
él, ni el rocín, ni la adarga, ni la lanza ni las armas. ¡Desventurada de
mí!, que me doy a entender, y así es ello la verdad como nací para morir,
que estos malditos libros de caballerías que él tiene y suele leer tan de
ordinario le han vuelto el juicio; que ahora me acuerdo haberle oído decir
muchas veces, hablando entre sí, que quería hacerse caballero andante e
irse a buscar las aventuras por esos mundos. Encomendados sean a Satanás y
a Barrabás tales libros, que así han echado a perder el más delicado
entendimiento que había en toda la Mancha.
La sobrina decía lo mesmo, y aun decía más:
-Sepa, señor maese Nicolás -que éste era el nombre del barbero-, que muchas
veces le aconteció a mi señor tío estarse leyendo en estos desalmados
libros de desventuras dos días con sus noches, al cabo de los cuales,
arrojaba el libro de las manos, y ponía mano a la espada y andaba a
cuchilladas con las paredes; y cuando estaba muy cansado, decía que había
muerto a cuatro gigantes como cuatro torres, y el sudor que sudaba del
cansancio decía que era sangre de las feridas que había recebido en la
batalla; y bebíase luego un gran jarro de agua fría, y quedaba sano y
sosegado, diciendo que aquella agua era una preciosísima bebida que le
había traído el sabio Esquife, un grande encantador y amigo suyo. Mas yo me
tengo la culpa de todo, que no avisé a vuestras mercedes de los disparates
de mi señor tío, para que lo remediaran antes de llegar a lo que ha
llegado, y quemaran todos estos descomulgados libros, que tiene muchos, que
bien merecen ser abrasados, como si fuesen de herejes.
-Esto digo yo también -dijo el cura-, y a fee que no se pase el día de
mañana sin que dellos no se haga acto público y sean condenados al fuego,
porque no den ocasión a quien los leyere de hacer lo que mi buen amigo debe
de haber hecho.
Todo esto estaban oyendo el labrador y don Quijote, con que acabó de
entender el labrador la enfermedad de su vecino; y así, comenzó a decir a
voces:
-Abran vuestras mercedes al señor Valdovinos y al señor marqués de Mantua,
que viene malferido, y al señor moro Abindarráez, que trae cautivo el
valeroso Rodrigo de Narváez, alcaide de Antequera.
A estas voces salieron todos, y, como conocieron los unos a su amigo, las
otras a su amo y tío, que aún no se había apeado del jumento, porque no
podía, corrieron a abrazarle. Él dijo:
-Ténganse todos, que vengo malferido por la culpa de mi caballo. Llévenme a
mi lecho y llámese, si fuere posible, a la sabia Urganda, que cure y cate
de mis feridas.
-¡Mirá, en hora maza -dijo a este punto el ama-, si me decía a mí bien mi
corazón del pie que cojeaba mi señor! Suba vuestra merced en buen hora,
que, sin que venga esa Hurgada, le sabremos aquí curar. ¡Malditos, digo,
sean otra vez y otras ciento estos libros de caballerías, que tal han
parado a vuestra merced!
Lleváronle luego a la cama, y, catándole las feridas, no le hallaron
ninguna; y él dijo que todo era molimiento, por haber dado una gran caída
con Rocinante, su caballo, combatiéndose con diez jayanes, los más
desaforados y atrevidos que se pudieran fallar en gran parte de la tierra.
-¡Ta, ta! -dijo el cura-. ¿Jayanes hay en la danza? Para mi santiguada, que
yo los queme mañana antes que llegue la noche.
Hiciéronle a don Quijote mil preguntas, y a ninguna quiso responder otra
cosa sino que le diesen de comer y le dejasen dormir, que era lo que más le
importaba. Hízose así, y el cura se informó muy a la larga del labrador del
modo que había hallado a don Quijote. Él se lo contó todo, con los
disparates que al hallarle y al traerle había dicho; que fue poner más
deseo en el licenciado de hacer lo que otro día hizo, que fue llamar a su
amigo el barbero maese Nicolás, con el cual se vino a casa de don Quijote,
Capítulo VI. Del donoso y grande escrutinio que el cura y el barbero
hicieron en la librería de nuestro ingenioso hidalgo
el cual aún todavía dormía. Pidió las llaves, a la sobrina, del aposento
donde estaban los libros, autores del daño, y ella se las dio de muy buena
gana. Entraron dentro todos, y la ama con ellos, y hallaron más de cien
cuerpos de libros grandes, muy bien encuadernados, y otros pequeños; y, así
como el ama los vio, volvióse a salir del aposento con gran priesa, y tornó
luego con una escudilla de agua bendita y un hisopo, y dijo:
-Tome vuestra merced, señor licenciado: rocíe este aposento, no esté aquí
algún encantador de los muchos que tienen estos libros, y nos encanten, en
pena de las que les queremos dar echándolos del mundo.
Causó risa al licenciado la simplicidad del ama, y mandó al barbero que le
fuese dando de aquellos libros uno a uno, para ver de qué trataban, pues
podía ser hallar algunos que no mereciesen castigo de fuego.
-No -dijo la sobrina-, no hay para qué perdonar a ninguno, porque todos han
sido los dañadores; mejor será arrojarlos por las ventanas al patio, y
hacer un rimero dellos y pegarles fuego; y si no, llevarlos al corral, y
allí se hará la hoguera, y no ofenderá el humo.
Lo mismo dijo el ama: tal era la gana que las dos tenían de la muerte de
aquellos inocentes; mas el cura no vino en ello sin primero leer siquiera
los títulos. Y el primero que maese Nicolás le dio en las manos fue Los
cuatro de Amadís de Gaula, y dijo el cura:
-Parece cosa de misterio ésta; porque, según he oído decir, este libro fue
el primero de caballerías que se imprimió en España, y todos los demás han
tomado principio y origen déste; y así, me parece que, como a dogmatizador
de una secta tan mala, le debemos, sin escusa alguna, condenar al fuego.
-No, señor -dijo el barbero-, que también he oído decir que es el mejor de
todos los libros que de este género se han compuesto; y así, como a único
en su arte, se debe perdonar.
-Así es verdad -dijo el cura-, y por esa razón se le otorga la vida por
ahora. Veamos esotro que está junto a él.
-Es -dijo el barbero- las Sergas de Esplandián, hijo legítimo de Amadís de
Gaula.
-Pues, en verdad -dijo el cura- que no le ha de valer al hijo la bondad del
padre. Tomad, señora ama: abrid esa ventana y echadle al corral, y dé
principio al montón de la hoguera que se ha de hacer.
Hízolo así el ama con mucho contento, y el bueno de Esplandián fue volando
al corral, esperando con toda paciencia el fuego que le amenazaba.
-Adelante -dijo el cura.
-Este que viene -dijo el barbero- es Amadís de Grecia; y aun todos los
deste lado, a lo que creo, son del mesmo linaje de Amadís.
-Pues vayan todos al corral -dijo el cura-; que, a trueco de quemar a la
reina Pintiquiniestra, y al pastor Darinel, y a sus églogas, y a las
endiabladas y revueltas razones de su autor, quemaré con ellos al padre que
me engendró, si anduviera en figura de caballero andante.
-De ese parecer soy yo -dijo el barbero.
-Y aun yo -añadió la sobrina.
-Pues así es -dijo el ama-, vengan, y al corral con ellos.
Diéronselos, que eran muchos, y ella ahorró la escalera y dio con ellos por
la ventana abajo.
-¿Quién es ese tonel? -dijo el cura.
-Éste es -respondió el barbero- Don Olivante de Laura.
-El autor de ese libro -dijo el cura- fue el mesmo que compuso a Jardín de
flores; y en verdad que no sepa determinar cuál de los dos libros es más
verdadero, o, por decir mejor, menos mentiroso; sólo sé decir que éste irá
al corral por disparatado y arrogante.
-Éste que se sigue es Florimorte de Hircania -dijo el barbero.
-¿Ahí está el señor Florimorte? -replicó el cura-. Pues a fe que ha de
parar presto en el corral, a pesar de su estraño nacimiento y sonadas
aventuras; que no da lugar a otra cosa la dureza y sequedad de su estilo.
Al corral con él y con esotro, señora ama.
-Que me place, señor mío -respondía ella; y con mucha alegría ejecutaba lo
que le era mandado.
-Éste es El Caballero Platir -dijo el barbero.
-Antiguo libro es éste -dijo el cura-, y no hallo en él cosa que merezca
venia. Acompañe a los demás sin réplica.
Y así fue hecho. Abrióse otro libro y vieron que tenía por título El
Caballero de la Cruz.
-Por nombre tan santo como este libro tiene, se podía perdonar su
ignorancia; mas también se suele decir: "tras la cruz está el diablo"; vaya
al fuego.
Tomando el barbero otro libro, dijo:
-Éste es Espejo de caballerías.
-Ya conozco a su merced -dijo el cura-. Ahí anda el señor Reinaldos de
Montalbán con sus amigos y compañeros, más ladrones que Caco, y los doce
Pares, con el verdadero historiador Turpín; y en verdad que estoy por
condenarlos no más que a destierro perpetuo, siquiera porque tienen parte
de la invención del famoso Mateo Boyardo, de donde también tejió su tela el
cristiano poeta Ludovico Ariosto; al cual, si aquí le hallo, y que habla en
otra lengua que la suya, no le guardaré respeto alguno; pero si habla en su
idioma, le pondré sobre mi cabeza.
-Pues yo le tengo en italiano -dijo el barbero-, mas no le entiendo.
-Ni aun fuera bien que vos le entendiérades -respondió el cura-, y aquí le
perdonáramos al señor capitán que no le hubiera traído a España y hecho
castellano; que le quitó mucho de su natural valor, y lo mesmo harán todos
aquellos que los libros de verso quisieren volver en otra lengua: que, por
mucho cuidado que pongan y habilidad que muestren, jamás llegarán al punto
que ellos tienen en su primer nacimiento. Digo, en efeto, que este libro, y
todos los que se hallaren que tratan destas cosas de Francia, se echen y
depositen en un pozo seco, hasta que con más acuerdo se vea lo que se ha de
hacer dellos, ecetuando a un Bernardo del Carpio que anda por ahí y a otro
llamado Roncesvalles; que éstos, en llegando a mis manos, han de estar en
las del ama, y dellas en las del fuego, sin remisión alguna.
Todo lo confirmó el barbero, y lo tuvo por bien y por cosa muy acertada,
por entender que era el cura tan buen cristiano y tan amigo de la verdad,
que no diría otra cosa por todas las del mundo. Y, abriendo otro libro, vio
que era Palmerín de Oliva, y junto a él estaba otro que se llamaba Palmerín
de Ingalaterra; lo cual visto por el licenciado, dijo:
-Esa oliva se haga luego rajas y se queme, que aun no queden della las
cenizas; y esa palma de Ingalaterra se guarde y se conserve como a cosa
única, y se haga para ello otra caja como la que halló Alejandro en los
despojos de Dario, que la diputó para guardar en ella las obras del poeta
Homero. Este libro, señor compadre, tiene autoridad por dos cosas: la una,
porque él por sí es muy bueno, y la otra, porque es fama que le compuso un
discreto rey de Portugal. Todas las aventuras del castillo de Miraguarda
son bonísimas y de grande artificio; las razones, cortesanas y claras, que
guardan y miran el decoro del que habla con mucha propriedad y
entendimiento. Digo, pues, salvo vuestro buen parecer, señor maese Nicolás,
que éste y Amadís de Gaula queden libres del fuego, y todos los demás, sin
hacer más cala y cata, perezcan.
-No, señor compadre -replicó el barbero-; que éste que aquí tengo es el
afamado Don Belianís.
-Pues ése -replicó el cura-, con la segunda, tercera y cuarta parte, tienen
necesidad de un poco de ruibarbo para purgar la demasiada cólera suya, y es
menester quitarles todo aquello del castillo de la Fama y otras
impertinencias de más importancia, para lo cual se les da término
ultramarino, y como se enmendaren, así se usará con ellos de misericordia o
de justicia; y en tanto, tenedlos vos, compadre, en vuestra casa, mas no
los dejéis leer a ninguno.
-Que me place -respondió el barbero.
Y, sin querer cansarse más en leer libros de caballerías, mandó al ama que
tomase todos los grandes y diese con ellos en el corral. No se dijo a tonta
ni a sorda, sino a quien tenía más gana de quemallos que de echar una tela,
por grande y delgada que fuera; y, asiendo casi ocho de una vez, los arrojó
por la ventana. Por tomar muchos juntos, se le cayó uno a los pies del
barbero, que le tomó gana de ver de quién era, y vio que decía: Historia
del famoso caballero Tirante el Blanco.
-¡Válame Dios! -dijo el cura, dando una gran voz-. ¡Que aquí esté Tirante
el Blanco! Dádmele acá, compadre; que hago cuenta que he hallado en él un
tesoro de contento y una mina de pasatiempos. Aquí está don Quirieleisón de
Montalbán, valeroso caballero, y su hermano Tomás de Montalbán, y el
caballero Fonseca, con la batalla que el valiente de Tirante hizo con el
alano, y las agudezas de la doncella Placerdemivida, con los amores y
embustes de la viuda Reposada, y la señora Emperatriz, enamorada de
Hipólito, su escudero. Dígoos verdad, señor compadre, que, por su estilo,
es éste el mejor libro del mundo: aquí comen los caballeros, y duermen, y
mueren en sus camas, y hacen testamento antes de su muerte, con estas cosas
de que todos los demás libros deste género carecen. Con todo eso, os digo
que merecía el que le compuso, pues no hizo tantas necedades de industria,
que le echaran a galeras por todos los días de su vida. Llevadle a casa y
leedle, y veréis que es verdad cuanto dél os he dicho.
-Así será -respondió el barbero-; pero, ¿qué haremos destos pequeños libros
que quedan?
-Éstos -dijo el cura- no deben de ser de caballerías, sino de poesía.
Y abriendo uno, vio que era La Diana, de Jorge de Montemayor, y dijo,
creyendo que todos los demás eran del mesmo género:
-Éstos no merecen ser quemados, como los demás, porque no hacen ni harán el
daño que los de caballerías han hecho; que son libros de entendimiento, sin
perjuicio de tercero.
-¡Ay señor! -dijo la sobrina-, bien los puede vuestra merced mandar quemar,
como a los demás, porque no sería mucho que, habiendo sanado mi señor tío
de la enfermedad caballeresca, leyendo éstos, se le antojase de hacerse
pastor y andarse por los bosques y prados cantando y tañendo; y, lo que
sería peor, hacerse poeta; que, según dicen, es enfermedad incurable y
pegadiza.
-Verdad dice esta doncella -dijo el cura-, y será bien quitarle a nuestro
amigo este tropiezo y ocasión delante. Y, pues comenzamos por La Diana de
Montemayor, soy de parecer que no se queme, sino que se le quite todo
aquello que trata de la sabia Felicia y de la agua encantada, y casi todos
los versos mayores, y quédesele en hora buena la prosa, y la honra de ser
primero en semejantes libros.
-Éste que se sigue -dijo el barbero- es La Diana llamada segunda del
Salmantino; y éste, otro que tiene el mesmo nombre, cuyo autor es Gil Polo.
-Pues la del Salmantino -respondió el cura-, acompañe y acreciente el
número de los condenados al corral, y la de Gil Polo se guarde como si
fuera del mesmo Apolo; y pase adelante, señor compadre, y démonos prisa,
que se va haciendo tarde.
-Este libro es -dijo el barbero, abriendo otro- Los diez libros de Fortuna
de Amor, compuestos por Antonio de Lofraso, poeta sardo.
-Por las órdenes que recebí -dijo el cura-, que, desde que Apolo fue Apolo,
y las musas musas, y los poetas poetas, tan gracioso ni tan disparatado
libro como ése no se ha compuesto, y que, por su camino, es el mejor y el
más único de cuantos deste género han salido a la luz del mundo; y el que
no le ha leído puede hacer cuenta que no ha leído jamás cosa de gusto.
Dádmele acá, compadre, que precio más haberle hallado que si me dieran una
sotana de raja de Florencia.
Púsole aparte con grandísimo gusto, y el barbero prosiguió diciendo:
-Estos que se siguen son El Pastor de Iberia, Ninfas de Henares y
Desengaños de celos.
-Pues no hay más que hacer -dijo el cura-, sino entregarlos al brazo seglar
del ama; y no se me pregunte el porqué, que sería nunca acabar.
-Este que viene es El Pastor de Fílida.
-No es ése pastor -dijo el cura-, sino muy discreto cortesano; guárdese
como joya preciosa.
-Este grande que aquí viene se intitula -dijo el barbero- Tesoro de varias
poesías.
-Como ellas no fueran tantas -dijo el cura-, fueran más estimadas; menester
es que este libro se escarde y limpie de algunas bajezas que entre sus
grandezas tiene. Guárdese, porque su autor es amigo mío, y por respeto de
otras más heroicas y levantadas obras que ha escrito.
-Éste es -siguió el barbero- El Cancionero de López Maldonado.
-También el autor de ese libro -replicó el cura- es grande amigo mío, y sus
versos en su boca admiran a quien los oye; y tal es la suavidad de la voz
con que los canta, que encanta. Algo largo es en las églogas, pero nunca lo
bueno fue mucho: guárdese con los escogidos. Pero, ¿qué libro es ese que
está junto a él?
-La Galatea, de Miguel de Cervantes -dijo el barbero.
-Muchos años ha que es grande amigo mío ese Cervantes, y sé que es más
versado en desdichas que en versos. Su libro tiene algo de buena invención;
propone algo, y no concluye nada: es menester esperar la segunda parte que
promete; quizá con la emienda alcanzará del todo la misericordia que ahora
se le niega; y, entre tanto que esto se ve, tenedle recluso en vuestra
posada, señor compadre.
-Que me place -respondió el barbero-. Y aquí vienen tres, todos juntos: La
Araucana, de don Alonso de Ercilla; La Austríada, de Juan Rufo, jurado de
Córdoba, y El Monserrato, de Cristóbal de Virués, poeta valenciano.
-Todos esos tres libros -dijo el cura- son los mejores que, en verso
heroico, en lengua castellana están escritos, y pueden competir con los más
famosos de Italia: guárdense como las más ricas prendas de poesía que tiene
España.
Cansóse el cura de ver más libros; y así, a carga cerrada, quiso que todos
los demás se quemasen; pero ya tenía abierto uno el barbero, que se llamaba
Las lágrimas de Angélica.
-Lloráralas yo -dijo el cura en oyendo el nombre- si tal libro hubiera
mandado quemar; porque su autor fue uno de los famosos poetas del mundo, no
sólo de España, y fue felicísimo en la tradución de algunas fábulas de
Ovidio.
Capítulo VII. De la segunda salida de nuestro buen caballero don Quijote de
la Mancha
Estando en esto, comenzó a dar voces don Quijote, diciendo:
-Aquí, aquí, valerosos caballeros; aquí es menester mostrar la fuerza de
vuestros valerosos brazos, que los cortesanos llevan lo mejor del torneo.
Por acudir a este ruido y estruendo, no se pasó adelante con el escrutinio
de los demás libros que quedaban; y así, se cree que fueron al fuego, sin
ser vistos ni oídos, La Carolea y León de España, con Los Hechos del
Emperador, compuestos por don Luis de Ávila, que, sin duda, debían de estar
entre los que quedaban; y quizá, si el cura los viera, no pasaran por tan
rigurosa sentencia.
Cuando llegaron a don Quijote, ya él estaba levantado de la cama, y
proseguía en sus voces y en sus desatinos, dando cuchilladas y reveses a
todas partes, estando tan despierto como si nunca hubiera dormido.
Abrazáronse con él, y por fuerza le volvieron al lecho; y, después que hubo
sosegado un poco, volviéndose a hablar con el cura, le dijo:
-Por cierto, señor arzobispo Turpín, que es gran mengua de los que nos
llamamos doce Pares dejar, tan sin más ni más, llevar la vitoria deste
torneo a los caballeros cortesanos, habiendo nosotros los aventureros
ganado el prez en los tres días antecedentes.
-Calle vuestra merced, señor compadre -dijo el cura-, que Dios será servido
que la suerte se mude, y que lo que hoy se pierde se gane mañana; y atienda
vuestra merced a su salud por agora, que me parece que debe de estar
demasiadamente cansado, si ya no es que está malferido.
-Ferido no -dijo don Quijote-, pero molido y quebrantado, no hay duda en
ello; porque aquel bastardo de don Roldán me ha molido a palos con el
tronco de una encina, y todo de envidia, porque ve que yo solo soy el
opuesto de sus valentías. Mas no me llamaría yo Reinaldos de Montalbán si,
en levantándome deste lecho, no me lo pagare, a pesar de todos sus
encantamentos; y, por agora, tráiganme de yantar, que sé que es lo que más
me hará al caso, y quédese lo del vengarme a mi cargo.
Hiciéronlo ansí: diéronle de comer, y quedóse otra vez dormido, y ellos,
admirados de su locura.
Aquella noche quemó y abrasó el ama cuantos libros había en el corral y en
toda la casa, y tales debieron de arder que merecían guardarse en perpetuos
archivos; mas no lo permitió su suerte y la pereza del escrutiñador; y así,
se cumplió el refrán en ellos de que pagan a las veces justos por
pecadores.
Uno de los remedios que el cura y el barbero dieron, por entonces, para el
mal de su amigo, fue que le murasen y tapiasen el aposento de los libros,
porque cuando se levantase no los hallase -quizá quitando la causa, cesaría
el efeto-, y que dijesen que un encantador se los había llevado, y el
aposento y todo; y así fue hecho con mucha presteza. De allí a dos días se
levantó don Quijote, y lo primero que hizo fue ir a
ver sus libros; y, como no hallaba el aposento donde le había dejado,
andaba de una en otra parte buscándole. Llegaba adonde solía tener la
puerta, y tentábala con las manos, y volvía y revolvía los ojos por todo,
sin decir palabra; pero, al cabo de una buena pieza, preguntó a su ama que
hacia qué parte estaba el aposento de sus libros. El ama, que ya estaba
bien advertida de lo que había de responder, le dijo:
-¿Qué aposento, o qué nada, busca vuestra merced? Ya no hay aposento ni
libros en esta casa, porque todo se lo llevó el mesmo diablo.
-No era diablo -replicó la sobrina-, sino un encantador que vino sobre una
nube una noche, después del día que vuestra merced de aquí se partió, y,
apeándose de una sierpe en que venía caballero, entró en el aposento, y no
sé lo que se hizo dentro, que a cabo de poca pieza salió volando por el
tejado, y dejó la casa llena de humo; y, cuando acordamos a mirar lo que
dejaba hecho, no vimos libro ni aposento alguno; sólo se nos acuerda muy
bien a mí y al ama que, al tiempo del partirse aquel mal viejo, dijo en
altas voces que, por enemistad secreta que tenía al dueño de aquellos
libros y aposento, dejaba hecho el daño en aquella casa que después se
vería. Dijo también que se llamaba el sabio Muñatón.
-Frestón diría -dijo don Quijote.
-No sé -respondió el ama- si se llamaba Frestón o Fritón; sólo sé que acabó
en tón su nombre.
-Así es -dijo don Quijote-; que ése es un sabio encantador, grande enemigo
mío, que me tiene ojeriza, porque sabe por sus artes y letras que tengo de
venir, andando los tiempos, a pelear en singular batalla con un caballero a
quien él favorece, y le tengo de vencer, sin que él lo pueda estorbar, y
por esto procura hacerme todos los sinsabores que puede; y mándole yo que
mal podrá él contradecir ni evitar lo que por el cielo está ordenado.
-¿Quién duda de eso? -dijo la sobrina-. Pero, ¿quién le mete a vuestra
merced, señor tío, en esas pendencias? ¿No será mejor estarse pacífico en
su casa y no irse por el mundo a buscar pan de trastrigo, sin considerar
que muchos van por lana y vuelven tresquilados?
-¡Oh sobrina mía -respondió don Quijote-, y cuán mal que estás en la
cuenta! Primero que a mí me tresquilen, tendré peladas y quitadas las
barbas a cuantos imaginaren tocarme en la punta de un solo cabello.
No quisieron las dos replicarle más, porque vieron que se le encendía la
cólera.
Es, pues, el caso que él estuvo quince días en casa muy sosegado, sin dar
muestras de querer segundar sus primeros devaneos, en los cuales días pasó
graciosísimos cuentos con sus dos compadres el cura y el barbero, sobre que
él decía que la cosa de que más necesidad tenía el mundo era de caballeros
andantes y de que en él se resucitase la caballería andantesca. El cura
algunas veces le contradecía y otras concedía, porque si no guardaba este
artificio, no había poder averiguarse con él.
En este tiempo, solicitó don Quijote a un labrador vecino suyo, hombre de
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