Comenzad, pues, amigo, que todos escucharemos.
-Saco la mía -dijo Sancho-; que yo a aquel arroyo me voy con esta empanada,
donde pienso hartarme por tres días; porque he oído decir a mi señor don
Quijote que el escudero de caballero andante ha de comer, cuando se le
ofreciere, hasta no poder más, a causa que se les suele ofrecer entrar
acaso por una selva tan intricada que no aciertan a salir della en seis
días; y si el hombre no va harto, o bien proveídas las alforjas, allí se
podrá quedar, como muchas veces se queda, hecho carne momia.
-Tú estás en lo cierto, Sancho -dijo don Quijote-: vete adonde quisieres, y
come lo que pudieres; que yo ya estoy satisfecho, y sólo me falta dar al
alma su refacción, como se la daré escuchando el cuento deste buen hombre.
-Así las daremos todos a las nuestras -dijo el canónigo.
Y luego, rogó al cabrero que diese principio a lo que prometido había. El
cabrero dio dos palmadas sobre el lomo a la cabra, que por los cuernos
tenía, diciéndole:
-Recuéstate junto a mí, Manchada, que tiempo nos queda para volver a
nuestro apero.
Parece que lo entendió la cabra, porque, en sentándose su dueño, se tendió
ella junto a él con mucho sosiego, y, mirándole al rostro, daba a entender
que estaba atenta a lo que el cabrero iba diciendo, el cual comenzó su
historia desta manera:
Capítulo LI. Que trata de lo que contó el cabrero a todos los que llevaban
a don Quijote
-«Tres leguas deste valle está una aldea que, aunque pequeña, es de las más
ricas que hay en todos estos contornos; en la cual había un labrador muy
honrado, y tanto, que, aunque es anexo al ser rico el ser honrado, más lo
era él por la virtud que tenía que por la riqueza que alcanzaba. Mas lo que
le hacía más dichoso, según él decía, era tener una hija de tan estremada
hermosura, rara discreción, donaire y virtud, que el que la conocía y la
miraba se admiraba de ver las estremadas partes con que el cielo y la
naturaleza la habían enriquecido. Siendo niña fue hermosa, y siempre fue
creciendo en belleza, y en la edad de diez y seis años fue hermosísima. La
fama de su belleza se comenzó a estender por todas las circunvecinas
aldeas, ¿qué digo yo por las circunvecinas no más, si se estendió a las
apartadas ciudades, y aun se entró por las salas de los reyes, y por los
oídos de todo género de gente; que, como a cosa rara, o como a imagen de
milagros, de todas partes a verla venían? Guardábala su padre, y guardábase
ella; que no hay candados, guardas ni cerraduras que mejor guarden a una
doncella que las del recato proprio.
»La riqueza del padre y la belleza de la hija movieron a muchos, así del
pueblo como forasteros, a que por mujer se la pidiesen; mas él, como a
quien tocaba disponer de tan rica joya, andaba confuso, sin saber
determinarse a quién la entregaría de los infinitos que le importunaban. Y,
entre los muchos que tan buen deseo tenían, fui yo uno, a quien dieron
muchas y grandes esperanzas de buen suceso conocer que el padre conocía
quien yo era, el ser natural del mismo pueblo, limpio en sangre, en la edad
floreciente, en la hacienda muy rico y en el ingenio no menos acabado. Con
todas estas mismas partes la pidió también otro del mismo pueblo, que fue
causa de suspender y poner en balanza la voluntad del padre, a quien
parecía que con cualquiera de nosotros estaba su hija bien empleada; y, por
salir desta confusión, determinó decírselo a Leandra, que así se llama la
rica que en miseria me tiene puesto, advirtiendo que, pues los dos éramos
iguales, era bien dejar a la voluntad de su querida hija el escoger a su
gusto: cosa digna de imitar de todos los padres que a sus hijos quieren
poner en estado: no digo yo que los dejen escoger en cosas ruines y malas,
sino que se las propongan buenas, y de las buenas, que escojan a su gusto.
No sé yo el que tuvo Leandra; sólo sé que el padre nos entretuvo a
entrambos con la poca edad de su hija y con palabras generales, que ni le
obligaban, ni nos desobligaba tampoco. Llámase mi competidor Anselmo, y yo
Eugenio, porque vais con noticia de los nombres de las personas que en esta
tragedia se contienen, cuyo fin aún está pendiente; pero bien se deja
entender que será desastrado.
»En esta sazón, vino a nuestro pueblo un Vicente de la Rosa, hijo de un
pobre labrador del mismo lugar; el cual Vicente venía de las Italias, y de
otras diversas partes, de ser soldado. Llevóle de nuestro lugar, siendo
muchacho de hasta doce años, un capitán que con su compañía por allí acertó
a pasar, y volvió el mozo de allí a otros doce, vestido a la soldadesca,
pintado con mil colores, lleno de mil dijes de cristal y sutiles cadenas de
acero. Hoy se ponía una gala y mañana otra; pero todas sutiles, pintadas,
de poco peso y menos tomo. La gente labradora, que de suyo es maliciosa, y
dándole el ocio lugar es la misma malicia, lo notó, y contó punto por punto
sus galas y preseas, y halló que los vestidos eran tres, de diferentes
colores, con sus ligas y medias; pero él hacía tantos guisados e
invenciones dellas, que si no se los contaran, hubiera quien jurara que
había hecho muestra de más de diez pares de vestidos y de más de veinte
plumajes. Y no parezca impertinencia y demasía esto que de los vestidos voy
contando, porque ellos hacen una buena parte en esta historia.
»Sentábase en un poyo que debajo de un gran álamo está en nuestra plaza, y
allí nos tenía a todos la boca abierta, pendientes de las hazañas que nos
iba contando. No había tierra en todo el orbe que no hubiese visto, ni
batalla donde no se hubiese hallado; había muerto más moros que tiene
Marruecos y Túnez, y entrado en más singulares desafíos, según él decía,
que Gante y Luna, Diego García de Paredes y otros mil que nombraba; y de
todos había salido con vitoria, sin que le hubiesen derramado una sola gota
de sangre. Por otra parte, mostraba señales de heridas que, aunque no se
divisaban, nos hacía entender que eran arcabuzazos dados en diferentes
rencuentros y faciones. Finalmente, con una no vista arrogancia, llamaba de
vos a sus iguales y a los mismos que le conocían, y decía que su padre era
su brazo, su linaje, sus obras, y que debajo de ser soldado, al mismo rey
no debía nada. Añadiósele a estas arrogancias ser un poco músico y tocar
una guitarra a lo rasgado, de manera que decían algunos que la hacía
hablar; pero no pararon aquí sus gracias, que también la tenía de poeta, y
así, de cada niñería que pasaba en el pueblo, componía un romance de legua
y media de escritura.
»Este soldado, pues, que aquí he pintado, este Vicente de la Rosa, este
bravo, este galán, este músico, este poeta fue visto y mirado muchas veces
de Leandra, desde una ventana de su casa que tenía la vista a la plaza.
Enamoróla el oropel de sus vistosos trajes, encantáronla sus romances, que
de cada uno que componía daba veinte traslados, llegaron a sus oídos las
hazañas que él de sí mismo había referido, y, finalmente, que así el diablo
lo debía de tener ordenado, ella se vino a enamorar dél, antes que en él
naciese presunción de solicitalla. Y, como en los casos de amor no hay
ninguno que con más facilidad se cumpla que aquel que tiene de su parte el
deseo de la dama, con facilidad se concertaron Leandra y Vicente; y,
primero que alguno de sus muchos pretendientes cayesen en la cuenta de su
deseo, ya ella le tenía cumplido, habiendo dejado la casa de su querido y
amado padre, que madre no la tiene, y ausentádose de la aldea con el
soldado, que salió con más triunfo desta empresa que de todas las muchas
que él se aplicaba.
»Admiró el suceso a toda el aldea, y aun a todos los que dél noticia
tuvieron; yo quedé suspenso, Anselmo, atónito, el padre triste, sus
parientes afrentados, solícita la justicia, los cuadrilleros listos;
tomáronse los caminos, escudriñáronse los bosques y cuanto había, y, al
cabo de tres días, hallaron a la antojadiza Leandra en una cueva de un
monte, desnuda en camisa, sin muchos dineros y preciosísimas joyas que de
su casa había sacado. Volviéronla a la presencia del lastimado padre;
preguntáronle su desgracia; confesó sin apremio que Vicente de la Roca la
había engañado, y debajo de su palabra de ser su esposo la persuadió que
dejase la casa de su padre; que él la llevaría a la más rica y más viciosa
ciudad que había en todo el universo mundo, que era Nápoles; y que ella,
mal advertida y peor engañada, le había creído; y, robando a su padre, se
le entregó la misma noche que había faltado; y que él la llevó a un áspero
monte, y la encerró en aquella cueva donde la habían hallado. Contó también
como el soldado, sin quitalle su honor, le robó cuanto tenía, y la dejó en
aquella cueva y se fue: suceso que de nuevo puso en admiración a todos.
»Duro se nos hizo de creer la continencia del mozo, pero ella lo afirmó con
tantas veras, que fueron parte para que el desconsolado padre se consolase,
no haciendo cuenta de las riquezas que le llevaban, pues le habían dejado a
su hija con la joya que, si una vez se pierde, no deja esperanza de que
jamás se cobre. El mismo día que pareció Leandra la despareció su padre de
nuestros ojos, y la llevó a encerrar en un monesterio de una villa que está
aquí cerca, esperando que el tiempo gaste alguna parte de la mala opinión
en que su hija se puso. Los pocos años de Leandra sirvieron de disculpa de
su culpa, a lo menos con aquellos que no les iba algún interés en que ella
fuese mala o buena; pero los que conocían su discreción y mucho
entendimiento no atribuyeron a ignorancia su pecado, sino a su desenvoltura
y a la natural inclinación de las mujeres, que, por la mayor parte, suele
ser desatinada y mal compuesta.
»Encerrada Leandra, quedaron los ojos de Anselmo ciegos, a lo menos sin
tener cosa que mirar que contento le diese; los míos en tinieblas, sin luz
que a ninguna cosa de gusto les encaminase; con la ausencia de Leandra,
crecía nuestra tristeza, apocábase nuestra paciencia, maldecíamos las galas
del soldado y abominábamos del poco recato del padre de Leandra.
Finalmente, Anselmo y yo nos concertamos de dejar el aldea y venirnos a
este valle, donde él, apacentando una gran cantidad de ovejas suyas
proprias, y yo un numeroso rebaño de cabras, también mías, pasamos la vida
entre los árboles, dando vado a nuestras pasiones, o cantando juntos
alabanzas o vituperios de la hermosa Leandra, o suspirando solos y a solas
comunicando con el cielo nuestras querellas.
»A imitación nuestra, otros muchos de los pretendientes de Leandra se han
venido a estos ásperos montes, usando el mismo ejercicio nuestro; y son
tantos, que parece que este sitio se ha convertido en la pastoral Arcadia,
según está colmo de pastores y de apriscos, y no hay parte en él donde no
se oiga el nombre de la hermosa Leandra. Éste la maldice y la llama
antojadiza, varia y deshonesta; aquél la condena por fácil y ligera; tal la
absuelve y perdona, y tal la justicia y vitupera; uno celebra su hermosura,
otro reniega de su condición, y, en fin, todos la deshonran, y todos la
adoran, y de todos se estiende a tanto la locura, que hay quien se queje de
desdén sin haberla jamás hablado, y aun quien se lamente y sienta la
rabiosa enfermedad de los celos, que ella jamás dio a nadie; porque, como
ya tengo dicho, antes se supo su pecado que su deseo. No hay hueco de peña,
ni margen de arroyo, ni sombra de árbol que no esté ocupada de algún pastor
que sus desventuras a los aires cuente; el eco repite el nombre de Leandra
dondequiera que pueda formarse: Leandra resuenan los montes, Leandra
murmuran los arroyos, y Leandra nos tiene a todos suspensos y encantados,
esperando sin esperanza y temiendo sin saber de qué tememos. Entre estos
disparatados, el que muestra que menos y más juicio tiene es mi competidor
Anselmo, el cual, teniendo tantas otras cosas de que quejarse, sólo se
queja de ausencia; y al son de un rabel, que admirablemente toca, con
versos donde muestra su buen entendimiento, cantando se queja. Yo sigo otro
camino más fácil, y a mi parecer el más acertado, que es decir mal de la
ligereza de las mujeres, de su inconstancia, de su doble trato, de sus
promesas muertas, de su fe rompida, y, finalmente, del poco discurso que
tienen en saber colocar sus pensamientos e intenciones que tienen.» Y ésta
fue la ocasión, señores, de las palabras y razones que dije a esta cabra
cuando aquí llegué; que por ser hembra la tengo en poco, aunque es la mejor
de todo mi apero. Ésta es la historia que prometí contaros; si he sido en
el contarla prolijo, no seré en serviros corto: cerca de aquí tengo mi
majada, y en ella tengo fresca leche y muy sabrosísimo queso, con otras
varias y sazonadas frutas, no menos a la vista que al gusto agradables.
Capítulo LII. De la pendencia que don Quijote tuvo con el cabrero, con la
rara aventura de los deceplinantes, a quien dio felice fin a costa de su
sudor
General gusto causó el cuento del cabrero a todos los que escuchado le
habían; especialmente le recibió el canónigo, que con estraña curiosidad
notó la manera con que le había contado, tan lejos de parecer rústico
cabrero cuan cerca de mostrarse discreto cortesano; y así, dijo que había
dicho muy bien el cura en decir que los montes criaban letrados. Todos se
ofrecieron a Eugenio; pero el que más se mostró liberal en esto fue don
Quijote, que le dijo:
-Por cierto, hermano cabrero, que si yo me hallara posibilitado de poder
comenzar alguna aventura, que luego luego me pusiera en camino porque vos
la tuviérades buena; que yo sacara del monesterio, donde, sin duda alguna,
debe de estar contra su voluntad, a Leandra, a pesar de la abadesa y de
cuantos quisieran estorbarlo, y os la pusiera en vuestras manos, para que
hiciérades della a toda vuestra voluntad y talante, guardando, pero, las
leyes de la caballería, que mandan que a ninguna doncella se le sea fecho
desaguisado alguno; aunque yo espero en Dios Nuestro Señor que no ha de
poder tanto la fuerza de un encantador malicioso, que no pueda más la de
otro encantador mejor intencionado, y para entonces os prometo mi favor y
ayuda, como me obliga mi profesión, que no es otra si no es favorecer a los
desvalidos y menesterosos.
Miróle el cabrero, y, como vio a don Quijote de tan mal pelaje y catadura,
admiróse y preguntó al barbero, que cerca de sí tenía:
-Señor, ¿quién es este hombre, que tal talle tiene y de tal manera habla?
-¿Quién ha de ser -respondió el barbero- sino el famoso don Quijote de la
Mancha, desfacedor de agravios, enderezador de tuertos, el amparo de las
doncellas, el asombro de los gigantes y el vencedor de las batallas?
-Eso me semeja -respondió el cabrero- a lo que se lee en los libros de
caballeros andantes, que hacían todo eso que de este hombre vuestra merced
dice; puesto que para mí tengo, o que vuestra merced se burla, o que este
gentil hombre debe de tener vacíos los aposentos de la cabeza.
-Sois un grandísimo bellaco -dijo a esta sazón don Quijote-; y vos sois el
vacío y el menguado, que yo estoy más lleno que jamás lo estuvo la muy
hideputa puta que os parió.
Y, diciendo y haciendo, arrebató de un pan que junto a sí tenía, y dio con
él al cabrero en todo el rostro, con tanta furia, que le remachó las
narices; mas el cabrero, que no sabía de burlas, viendo con cuántas veras
le maltrataban, sin tener respeto a la alhombra, ni a los manteles, ni a
todos aquellos que comiendo estaban, saltó sobre don Quijote, y, asiéndole
del cuello con entrambas manos, no dudara de ahogalle, si Sancho Panza no
llegara en aquel punto, y le asiera por las espaldas y diera con él encima
de la mesa, quebrando platos, rompiendo tazas y derramando y esparciendo
cuanto en ella estaba. Don Quijote, que se vio libre, acudió a subirse
sobre el cabrero; el cual, lleno de sangre el rostro, molido a coces de
Sancho, andaba buscando a gatas algún cuchillo de la mesa para hacer alguna
sanguinolenta venganza, pero estorbábanselo el canónigo y el cura; mas el
barbero hizo de suerte que el cabrero cogió debajo de sí a don Quijote,
sobre el cual llovió tanto número de mojicones, que del rostro del pobre
caballero llovía tanta sangre como del suyo.
Reventaban de risa el canónigo y el cura, saltaban los cuadrilleros de
gozo, zuzaban los unos y los otros, como hacen a los perros cuando en
pendencia están trabados; sólo Sancho Panza se desesperaba, porque no se
podía desasir de un criado del canónigo, que le estorbaba que a su amo no
ayudase.
En resolución, estando todos en regocijo y fiesta, sino los dos aporreantes
que se carpían, oyeron el son de una trompeta, tan triste que les hizo
volver los rostros hacia donde les pareció que sonaba; pero el que más se
alborotó de oírle fue don Quijote, el cual, aunque estaba debajo del
cabrero, harto contra su voluntad y más que medianamente molido, le dijo:
-Hermano demonio, que no es posible que dejes de serlo, pues has tenido
valor y fuerzas para sujetar las mías, ruégote que hagamos treguas, no más
de por una hora; porque el doloroso son de aquella trompeta que a nuestros
oídos llega me parece que a alguna nueva aventura me llama.
El cabrero, que ya estaba cansado de moler y ser molido, le dejó luego, y
don Quijote se puso en pie, volviendo asimismo el rostro adonde el son se
oía, y vio a deshora que por un recuesto bajaban muchos hombres vestidos de
blanco, a modo de diciplinantes.
Era el caso que aquel año habían las nubes negado su rocío a la tierra, y
por todos los lugares de aquella comarca se hacían procesiones, rogativas y
diciplinas, pidiendo a Dios abriese las manos de su misericordia y les
lloviese; y para este efecto la gente de una aldea que allí junto estaba
venía en procesión a una devota ermita que en un recuesto de aquel valle
había.
Don Quijote, que vio los estraños trajes de los diciplinantes, sin pasarle
por la memoria las muchas veces que los había de haber visto, se imaginó
que era cosa de aventura, y que a él solo tocaba, como a caballero andante,
el acometerla; y confirmóle más esta imaginación pensar que una imagen que
traían cubierta de luto fuese alguna principal señora que llevaban por
fuerza aquellos follones y descomedidos malandrines; y, como esto le cayó
en las mientes, con gran ligereza arremetió a Rocinante, que paciendo
andaba, quitándole del arzón el freno y el adarga, y en un punto le
enfrenó, y, pidiendo a Sancho su espada, subió sobre Rocinante y embrazó su
adarga, y dijo en alta voz a todos los que presentes estaban:
-Agora, valerosa compañía, veredes cuánto importa que haya en el mundo
caballeros que profesen la orden de la andante caballería; agora digo que
veredes, en la libertad de aquella buena señora que allí va cautiva, si se
han de estimar los caballeros andantes.
Y, en diciendo esto, apretó los muslos a Rocinante, porque espuelas no las
tenía, y, a todo galope, porque carrera tirada no se lee en toda esta
verdadera historia que jamás la diese Rocinante, se fue a encontrar con los
diciplinantes, bien que fueran el cura y el canónigo y barbero a detenelle;
mas no les fue posible, ni menos le detuvieron las voces que Sancho le
daba, diciendo:
-¿Adónde va, señor don Quijote? ¿Qué demonios lleva en el pecho, que le
incitan a ir contra nuestra fe católica? Advierta, mal haya yo, que aquélla
es procesión de diciplinantes, y que aquella señora que llevan sobre la
peana es la imagen benditísima de la Virgen sin mancilla; mire, señor, lo
que hace, que por esta vez se puede decir que no es lo que sabe.
Fatigóse en vano Sancho, porque su amo iba tan puesto en llegar a los
ensabanados y en librar a la señora enlutada, que no oyó palabra; y, aunque
la oyera, no volviera, si el rey se lo mandara. Llegó, pues, a la
procesión, y paró a Rocinante, que ya llevaba deseo de quietarse un poco,
y, con turbada y ronca voz, dijo:
-Vosotros, que, quizá por no ser buenos, os encubrís los rostros, atended y
escuchad lo que deciros quiero.
Los primeros que se detuvieron fueron los que la imagen llevaban; y uno de
los cuatro clérigos que cantaban las ledanías, viendo la estraña catadura
de don Quijote, la flaqueza de Rocinante y otras circunstancias de risa que
notó y descubrió en don Quijote, le respondió diciendo:
-Señor hermano, si nos quiere decir algo, dígalo presto, porque se van
estos hermanos abriendo las carnes, y no podemos, ni es razón que nos
detengamos a oír cosa alguna, si ya no es tan breve que en dos palabras se
diga.
-En una lo diré -replicó don Quijote-, y es ésta: que luego al punto dejéis
libre a esa hermosa señora, cuyas lágrimas y triste semblante dan claras
muestras que la lleváis contra su voluntad y que algún notorio desaguisado
le habedes fecho; y yo, que nací en el mundo para desfacer semejantes
agravios, no consentiré que un solo paso adelante pase sin darle la deseada
libertad que merece.
En estas razones, cayeron todos los que las oyeron que don Quijote debía de
ser algún hombre loco, y tomáronse a reír muy de gana; cuya risa fue poner
pólvora a la cólera de don Quijote, porque, sin decir más palabra, sacando
la espada, arremetió a las andas. Uno de aquellos que las llevaban, dejando
la carga a sus compañeros, salió al encuentro de don Quijote, enarbolando
una horquilla o bastón con que sustentaba las andas en tanto que
descansaba; y, recibiendo en ella una gran cuchillada que le tiró don
Quijote, con que se la hizo dos partes, con el último tercio, que le quedó
en la mano, dio tal golpe a don Quijote encima de un hombro, por el mismo
lado de la espada, que no pudo cubrir el adarga contra villana fuerza, que
el pobre don Quijote vino al suelo muy mal parado.
Sancho Panza, que jadeando le iba a los alcances, viéndole caído, dio voces
a su moledor que no le diese otro palo, porque era un pobre caballero
encantado, que no había hecho mal a nadie en todos los días de su vida.
Mas, lo que detuvo al villano no fueron las voces de Sancho, sino el ver
que don Quijote no bullía pie ni mano; y así, creyendo que le había muerto,
con priesa se alzó la túnica a la cinta, y dio a huir por la campaña como
un gamo.
Ya en esto llegaron todos los de la compañía de don Quijote adonde él
estaba; y más los de la procesión, que los vieron venir corriendo, y con
ellos los cuadrilleros con sus ballestas, temieron algún mal suceso, y
hiciéronse todos un remolino alrededor de la imagen; y, alzados los
capirotes, empuñando las diciplinas, y los clérigos los ciriales, esperaban
el asalto con determinación de defenderse, y aun ofender, si pudiesen, a
sus acometedores; pero la fortuna lo hizo mejor que se pensaba, porque
Sancho no hizo otra cosa que arrojarse sobre el cuerpo de su señor,
haciendo sobre él el más doloroso y risueño llanto del mundo, creyendo que
estaba muerto.
El cura fue conocido de otro cura que en la procesión venía, cuyo
conocimiento puso en sosiego el concebido temor de los dos escuadrones. El
primer cura dio al segundo, en dos razones, cuenta de quién era don
Quijote, y así él como toda la turba de los diciplinantes fueron a ver si
estaba muerto el pobre caballero, y oyeron que Sancho Panza, con lágrimas
en los ojos, decía:
-¡Oh flor de la caballería, que con solo un garrotazo acabaste la carrera
de tus tan bien gastados años! ¡Oh honra de tu linaje, honor y gloria de
toda la Mancha, y aun de todo el mundo, el cual, faltando tú en él, quedará
lleno de malhechores, sin temor de ser castigados de sus malas fechorías!
¡Oh liberal sobre todos los Alejandros, pues por solos ocho meses de
servicio me tenías dada la mejor ínsula que el mar ciñe y rodea! ¡Oh
humilde con los soberbios y arrogante con los humildes, acometedor de
peligros, sufridor de afrentas, enamorado sin causa, imitador de los
buenos, azote de los malos, enemigo de los ruines, en fin, caballero
andante, que es todo lo que decir se puede!
Con las voces y gemidos de Sancho revivió don Quijote, y la primer palabra
que dijo fue:
-El que de vos vive ausente, dulcísima Dulcinea, a mayores miserias que
éstas está sujeto. Ayúdame, Sancho amigo, a ponerme sobre el carro
encantado, que ya no estoy para oprimir la silla de Rocinante, porque tengo
todo este hombro hecho pedazos.
-Eso haré yo de muy buena gana, señor mío -respondió Sancho-, y volvamos a
mi aldea en compañía destos señores, que su bien desean, y allí daremos
orden de hacer otra salida que nos sea de más provecho y fama.
-Bien dices, Sancho -respondió don Quijote-, y será gran prudencia dejar
pasar el mal influjo de las estrellas que agora corre.
El canónigo y el cura y barbero le dijeron que haría muy bien en hacer lo
que decía; y así, habiendo recebido grande gusto de las simplicidades de
Sancho Panza, pusieron a don Quijote en el carro, como antes venía. La
procesión volvió a ordenarse y a proseguir su camino; el cabrero se
despidió de todos; los cuadrilleros no quisieron pasar adelante, y el cura
les pagó lo que se les debía. El canónigo pidió al cura le avisase el
suceso de don Quijote, si sanaba de su locura o si proseguía en ella, y con
esto tomó licencia para seguir su viaje. En fin, todos se dividieron y
apartaron, quedando solos el cura y barbero, don Quijote y Panza, y el
bueno de Rocinante, que a todo lo que había visto estaba con tanta
paciencia como su amo.
El boyero unció sus bueyes y acomodó a don Quijote sobre un haz de heno, y
con su acostumbrada flema siguió el camino que el cura quiso, y a cabo de
seis días llegaron a la aldea de don Quijote, adonde entraron en la mitad
del día, que acertó a ser domingo, y la gente estaba toda en la plaza, por
mitad de la cual atravesó el carro de don Quijote. Acudieron todos a ver lo
que en el carro venía, y, cuando conocieron a su compatrioto, quedaron
maravillados, y un muchacho acudió corriendo a dar las nuevas a su ama y a
su sobrina de que su tío y su señor venía flaco y amarillo, y tendido sobre
un montón de heno y sobre un carro de bueyes. Cosa de lástima fue oír los
gritos que las dos buenas señoras alzaron, las bofetadas que se dieron, las
maldiciones que de nuevo echaron a los malditos libros de caballerías; todo
lo cual se renovó cuando vieron entrar a don Quijote por sus puertas.
A las nuevas desta venida de don Quijote, acudió la mujer de Sancho Panza,
que ya había sabido que había ido con él sirviéndole de escudero, y, así
como vio a Sancho, lo primero que le preguntó fue que si venía bueno el
asno. Sancho respondió que venía mejor que su amo.
-Gracias sean dadas a Dios -replicó ella-, que tanto bien me ha hecho; pero
contadme agora, amigo: ¿qué bien habéis sacado de vuestras escuderías?,
¿qué saboyana me traes a mí?, ¿qué zapaticos a vuestros hijos?
-No traigo nada deso -dijo Sancho-, mujer mía, aunque traigo otras cosas de
más momento y consideración.
-Deso recibo yo mucho gusto -respondió la mujer-; mostradme esas cosas de
más consideración y más momento, amigo mío, que las quiero ver, para que se
me alegre este corazón, que tan triste y descontento ha estado en todos los
siglos de vuestra ausencia.
-En casa os las mostraré, mujer -dijo Panza-, y por agora estad contenta,
que, siendo Dios servido de que otra vez salgamos en viaje a buscar
aventuras, vos me veréis presto conde o gobernador de una ínsula, y no de
las de por ahí, sino la mejor que pueda hallarse.
-Quiéralo así el cielo, marido mío; que bien lo habemos menester. Mas,
decidme: ¿qué es eso de ínsulas, que no lo entiendo?
-No es la miel para la boca del asno -respondió Sancho-; a su tiempo lo
verás, mujer, y aun te admirarás de oírte llamar Señoría de todos tus
vasallos.
-¿Qué es lo que decís, Sancho, de señorías, ínsulas y vasallos? -respondió
Juana Panza, que así se llamaba la mujer de Sancho, aunque no eran
parientes, sino porque se usa en la Mancha tomar las mujeres el apellido de
sus maridos.
-No te acucies, Juana, por saber todo esto tan apriesa; basta que te digo
verdad, y cose la boca. Sólo te sabré decir, así de paso, que no hay cosa
más gustosa en el mundo que ser un hombre honrado escudero de un caballero
andante buscador de aventuras. Bien es verdad que las más que se hallan no
salen tan a gusto como el hombre querría, porque de ciento que se
encuentran, las noventa y nueve suelen salir aviesas y torcidas. Sélo yo de
expiriencia, porque de algunas he salido manteado, y de otras molido; pero,
con todo eso, es linda cosa esperar los sucesos atravesando montes,
escudriñando selvas, pisando peñas, visitando castillos, alojando en ventas
a toda discreción, sin pagar, ofrecido sea al diablo, el maravedí.
Todas estas pláticas pasaron entre Sancho Panza y Juana Panza, su mujer, en
tanto que el ama y sobrina de don Quijote le recibieron, y le desnudaron, y
le tendieron en su antiguo lecho. Mirábalas él con ojos atravesados, y no
acababa de entender en qué parte estaba. El cura encargó a la sobrina
tuviese gran cuenta con regalar a su tío, y que estuviesen alerta de que
otra vez no se les escapase, contando lo que había sido menester para
traelle a su casa. Aquí alzaron las dos de nuevo los gritos al cielo; allí
se renovaron las maldiciones de los libros de caballerías, allí pidieron al
cielo que confundiese en el centro del abismo a los autores de tantas
mentiras y disparates. Finalmente, ellas quedaron confusas y temerosas de
que se habían de ver sin su amo y tío en el mesmo punto que tuviese alguna
mejoría; y sí fue como ellas se lo imaginaron.
Pero el autor desta historia, puesto que con curiosidad y diligencia ha
buscado los hechos que don Quijote hizo en su tercera salida, no ha podido
hallar noticia de ellas, a lo menos por escrituras auténticas; sólo la fama
ha guardado, en las memorias de la Mancha, que don Quijote, la tercera vez
que salió de su casa, fue a Zaragoza, donde se halló en unas famosas justas
que en aquella ciudad hicieron, y allí le pasaron cosas dignas de su valor
y buen entendimiento. Ni de su fin y acabamiento pudo alcanzar cosa alguna,
ni la alcanzara ni supiera si la buena suerte no le deparara un antiguo
médico que tenía en su poder una caja de plomo, que, según él dijo, se
había hallado en los cimientos derribados de una antigua ermita que se
renovaba; en la cual caja se habían hallado unos pergaminos escritos con
letras góticas, pero en versos castellanos, que contenían muchas de sus
hazañas y daban noticia de la hermosura de Dulcinea del Toboso, de la
figura de Rocinante, de la fidelidad de Sancho Panza y de la sepultura del
mesmo don Quijote, con diferentes epitafios y elogios de su vida y
costumbres.
Y los que se pudieron leer y sacar en limpio fueron los que aquí pone el
fidedigno autor desta nueva y jamás vista historia. El cual autor no pide a
los que la leyeren, en premio del inmenso trabajo que le costó inquerir y
buscar todos los archivos manchegos, por sacarla a luz, sino que le den el
mesmo crédito que suelen dar los discretos a los libros de caballerías, que
tan validos andan en el mundo; que con esto se tendrá por bien pagado y
satisfecho, y se animará a sacar y buscar otras, si no tan verdaderas, a lo
menos de tanta invención y pasatiempo.
Las palabras primeras que estaban escritas en el pergamino que se halló en
la caja de plomo eran éstas:
LOS ACADÉMICOS DE LA ARGAMASILLA,
LUGAR DE LA MANCHA,
EN VIDA Y MUERTE DEL VALEROSO
DON QUIJOTE DE LA MANCHA,
HOC SCRIPSERUNT:
EL MONICONGO, ACADÉMICO DE LA ARGAMASILLA,
A LA SEPULTURA DE DON QUIJOTE
Epitafio
El calvatrueno que adornó a la Mancha
de más despojos que Jasón decreta;
el jüicio que tuvo la veleta
aguda donde fuera mejor ancha,
el brazo que su fuerza tanto ensancha,
que llegó del Catay hasta Gaeta,
la musa más horrenda y más discreta
que grabó versos en la broncínea plancha,
el que a cola dejó los Amadises,
y en muy poquito a Galaores tuvo,
estribando en su amor y bizarría,
el que hizo callar los Belianises,
aquel que en Rocinante errando anduvo,
yace debajo desta losa fría.
DEL PANIAGUADO, ACADÉMICO DE LA ARGAMASILLA,
In laudem Dulcineae del Toboso
Soneto
Esta que veis de rostro amondongado,
alta de pechos y ademán brioso,
es Dulcinea, reina del Toboso,
de quien fue el gran Quijote aficionado.
Pisó por ella el uno y otro lado
de la gran Sierra Negra, y el famoso
campo de Montïel, hasta el herboso
llano de Aranjüez, a pie y cansado.
Culpa de Rocinante, ¡oh dura estrella!,
que esta manchega dama, y este invito
andante caballero, en tiernos años,
ella dejó, muriendo, de ser bella;
y él, aunque queda en mármores escrito,
no pudo huir de amor, iras y engaños.
DEL CAPRICHOSO, DISCRETÍSIMO ACADÉMICO DE LA ARGAMASILLA,
EN LOOR DE ROCINANTE, CABALLO DE DON QUIJOTE DE LA MANCHA
Soneto
En el soberbio trono diamantino
que con sangrientas plantas huella Marte,
frenético, el Manchego su estandarte
tremola con esfuerzo peregrino.
Cuelga las armas y el acero fino
con que destroza, asuela, raja y parte:
¡nuevas proezas!, pero inventa el arte
un nuevo estilo al nuevo paladino.
Y si de su Amadís se precia Gaula,
por cuyos bravos descendientes Grecia
triunfó mil veces y su fama ensancha,
hoy a Quijote le corona el aula
do Belona preside, y dél se precia,
más que Grecia ni Gaula, la alta Mancha.
Nunca sus glorias el olvido mancha,
pues hasta Rocinante, en ser gallardo,
excede a Brilladoro y a Bayardo.
DEL BURLADOR, ACADÉMICO ARGAMASILLESCO,
A SANCHO PANZA
Soneto
DEL CACHIDIABLO, ACADÉMICO DE LA ARGAMASILLA,
EN LA SEPULTURA DE DON QUIJOTE
Epitafio
Aquí yace el caballero,
bien molido y mal andante,
a quien llevó Rocinante
por uno y otro sendero.
Sancho Panza el majadero
yace también junto a él,
escudero el más fïel
que vio el trato de escudero.
DEL TIQUITOC, ACADÉMICO DE LA ARGAMASILLA,
EN LA SEPULTURA DE DULCINEA DEL TOBOSO
Epitafio
Reposa aquí Dulcinea;
y, aunque de carnes rolliza,
la volvió en polvo y ceniza
la muerte espantable y fea.
Fue de castiza ralea,
y tuvo asomos de dama;
del gran Quijote fue llama,
y fue gloria de su aldea.
Éstos fueron los versos que se pudieron leer; los demás, por estar
carcomida la letra, se entregaron a un académico para que por conjeturas
los declarase. Tiénese noticia que lo ha hecho, a costa de muchas vigilias
y mucho trabajo, y que tiene intención de sacallos a luz, con esperanza de
la tercera salida de don Quijote.
Forsi altro canterà con miglior plectio.
Finis
Segunda parte del ingenioso caballero don Quijote de la Mancha
TASA
Yo, Hernando de Vallejo, escribano de Cámara del Rey nuestro señor, de los
que residen en su Consejo, doy fe que, habiéndose visto por los señores dél
un libro que compuso Miguel de Cervantes Saavedra, intitulado Don Quijote
de la Mancha, Segunda parte, que con licencia de Su Majestad fue impreso,
le tasaron a cuatro maravedís cada pliego en papel, el cual tiene setenta y
tres pliegos, que al dicho respeto suma y monta docientos y noventa y dos
maravedís, y mandaron que esta tasa se ponga al principio de cada volumen
del dicho libro, para que se sepa y entienda lo que por él se ha de pedir y
llevar, sin que se exceda en ello en manera alguna, como consta y parece
por el auto y decreto original sobre ello dado, y que queda en mi poder,
a que me refiero; y de mandamiento de los dichos señores del Consejo y de
pedimiento de la parte del dicho Miguel de Cervantes, di esta fee en
Madrid, a veinte y uno días del mes de otubre del mil y seiscientos y
quince años.
Hernando de Vallejo.
FEE DE ERRATAS
Vi este libro intitulado Segunda parte de don Quijote de la Mancha,
compuesto por Miguel de Cervantes Saavedra, y no hay en él cosa digna de
notar que no corresponda a su original. Dada en Madrid, a veinte y uno de
otubre, mil y seiscientos y quince.
El licenciado Francisco Murcia de la Llana.
APROBACIONES
APROBACIÓN
Por comisión y mandado de los señores del Consejo, he hecho ver el libro
contenido en este memorial: no contiene cosa contra la fe ni buenas
costumbres, antes es libro de mucho entretenimiento lícito, mezclado de
mucha filosofía moral; puédesele dar licencia para imprimirle. En Madrid, a
cinco de noviembre de mil seiscientos y quince.
Doctor Gutierre de Cetina.
APROBACIÓN
Por comisión y mandado de los señores del Consejo, he visto la Segunda
parte de don Quijote de la Mancha, por Miguel de Cervantes Saavedra: no
contiene cosa contra nuestra santa fe católica, ni buenas costumbres,
antes, muchas de honesta recreación y apacible divertimiento, que los
antiguos juzgaron convenientes a sus repúblicas, pues aun en la severa de
los lacedemonios levantaron estatua a la risa, y los de Tesalia la
dedicaron fiestas, como lo dice Pausanias, referido de Bosio, libro II De
signis Ecclesiae, cap. 10, alentando ánimos marchitos y espíritus
melancólicos, de que se acordó Tulio en el primero De legibus, y el poeta
diciendo:
Interpone tuis interdum gaudia curis,
lo cual hace el autor mezclando las veras a las burlas, lo dulce a lo
provechoso y lo moral a lo faceto, disimulando en el cebo del donaire el
anzuelo de la reprehensión, y cumpliendo con el acertado asunto en que
pretende la expulsión de los libros de caballerías, pues con su buena
diligencia mañosamente alimpiando de su contagiosa dolencia a estos reinos,
es obra muy digna de su grande ingenio, honra y lustre de nuestra nación,
admiración y invidia de las estrañas. Éste es mi parecer, salvo etc. En
Madrid, a 17 de marzo de 1615.
El maestro Josef de Valdivielso.
APROBACIÓN
Por comisión del señor doctor Gutierre de Cetina, vicario general desta
villa de Madrid, corte de Su Majestad, he visto este libro de la Segunda
parte del ingenioso caballero don Quijote de la Mancha, por Miguel de
Cervantes Saavedra, y no hallo en él cosa indigna de un cristiano celo, ni
que disuene de la decencia debida a buen ejemplo, ni virtudes morales;
antes, mucha erudición y aprovechamiento, así en la continencia de su bien
seguido asunto para extirpar los vanos y mentirosos libros de caballerías,
cuyo contagio había cundido más de lo que fuera justo, como en la lisura
del lenguaje castellano, no adulterado con enfadosa y estudiada afectación,
vicio con razón aborrecido de hombres cuerdos; y en la correción de vicios
que generalmente toca, ocasionado de sus agudos discursos, guarda con tanta
cordura las leyes de reprehensión cristiana, que aquel que fuere tocado de
la enfermedad que pretende curar, en lo dulce y sabroso de sus medicinas
gustosamente habrá bebido, cuando menos lo imagine, sin empacho ni asco
alguno, lo provechoso de la detestación de su vicio, con que se hallará,
que es lo más difícil de conseguirse, gustoso y reprehendido. Ha habido
muchos que, por no haber sabido templar ni mezclar a propósito lo útil con
lo dulce, han dado con todo su molesto trabajo en tierra, pues no pudiendo
imitar a Diógenes en lo filósofo y docto, atrevida, por no decir licenciosa
y desalumbradamente, le pretenden imitar en lo cínico, entregándose a
maldicientes, inventando casos que no pasaron, para hacer capaz al vicio
que tocan de su áspera reprehensión, y por ventura descubren caminos para
seguirle, hasta entonces ignorados, con que vienen a quedar, si no
reprehensores, a lo menos maestros dél. Hácense odiosos a los bien
entendidos, con el pueblo pierden el crédito, si alguno tuvieron, para
admitir sus escritos y los vicios que arrojada e imprudentemente quisieren
corregir en muy peor estado que antes, que no todas las postemas a un mismo
tiempo están dispuestas para admitir las recetas o cauterios; antes,
algunos mucho mejor reciben las blandas y suaves medicinas, con cuya
aplicación, el atentado y docto médico consigue el fin de resolverlas,
término que muchas veces es mejor que no el que se alcanza con el rigor del
hierro. Bien diferente han sentido de los escritos de Miguel de
Cervantes, así nuestra nación como las estrañas, pues como a milagro desean
ver el autor de libros que con general aplauso, así por su decoro y
decencia como por la suavidad y blandura de sus discursos, han recebido
España, Francia, Italia, Alemania y Flandes. Certifico con verdad que en
veinte y cinco de febrero deste año de seiscientos y quince, habiendo ido
el ilustrísimo señor don Bernardo de Sandoval y Rojas, cardenal arzobispo
de Toledo, mi señor, a pagar la visita que a Su Ilustrísima hizo el
embajador de Francia, que vino a tratar cosas tocantes a los casamientos de
sus príncipes y los de España, muchos caballeros franceses, de los que
vinieron acompañando al embajador, tan corteses como entendidos y amigos de
buenas letras, se llegaron a mí y a otros capellanes del cardenal mi señor,
deseosos de saber qué libros de ingenio andaban más validos; y, tocando
acaso en éste que yo estaba censurando, apenas oyeron el nombre de Miguel
de Cervantes, cuando se comenzaron a hacer lenguas, encareciendo la
estimación en que, así en Francia como en los reinos sus confinantes, se
tenían sus obras: la Galatea, que alguno dellos tiene casi de memoria la
primera parte désta, y las Novelas. Fueron tantos sus encarecimientos,
que me ofrecí llevarles que viesen el autor dellas, que estimaron con mil
demostraciones de vivos deseos. Preguntáronme muy por menor su edad, su
profesión, calidad y cantidad. Halléme obligado a decir que era viejo,
soldado, hidalgo y pobre, a que uno respondió estas formales palabras:
''Pues, ¿a tal hombre no le tiene España muy rico y sustentado del erario
público?'' Acudió otro de aquellos caballeros con este pensamiento y con
mucha agudeza, y dijo: ''Si necesidad le ha de obligar a escribir, plega a
Dios que nunca tenga abundancia, para que con sus obras, siendo él pobre,
haga rico a todo el mundo''. Bien creo que está, para censura, un poco
larga; alguno dirá que toca los límites de lisonjero elogio; mas la verdad
de lo que cortamente digo deshace en el crítico la sospecha y en mí el
cuidado; además que el día de hoy no se lisonjea a quien no tiene con qué
cebar el pico del adulador, que, aunque afectuosa y falsamente dice de
burlas, pretende ser remunerado de veras. En Madrid, a veinte y siete de
febrero de mil y seiscientos y quince.
El licenciado Márquez Torres.
PRIVILEGIO
Por cuanto por parte de vos, Miguel de Cervantes Saavedra, nos fue fecha
relación que habíades compuesto la Segunda parte de don Quijote de la
Mancha, de la cual hacíades presentación, y, por ser libro de historia
agradable y honesta, y haberos costado mucho trabajo y estudio, nos
suplicastes os mandásemos dar licencia para le poder imprimir y privilegio
por veinte años, o como la nuestra merced fuese; lo cual visto por los del
nuestro Consejo, por cuanto en el dicho libro se hizo la diligencia que la
premática por nos sobre ello fecha dispone, fue acordado que debíamos
mandar dar esta nuestra cédula en la dicha razón, y nos tuvímoslo por bien.
Por la cual vos damos licencia y facultad para que, por tiempo y espacio de
diez años, cumplidos primeros siguientes, que corran y se cuenten desde el
día de la fecha de esta nuestra cédula en adelante, vos, o la persona que
para ello vuestro poder hobiere, y no otra alguna, podáis imprimir y vender
el dicho libro que desuso se hace mención; y por la presente damos licencia
y facultad a cualquier impresor de nuestros reinos que nombráredes para que
durante el dicho tiempo le pueda imprimir por el original que en el nuestro
Consejo se vio, que va rubricado y firmado al fin de Hernando de Vallejo,
nuestro escribano de Cámara, y uno de los que en él residen, con que antes
y primero que se venda lo traigáis ante ellos, juntamente con el dicho
original, para que se vea si la dicha impresión está conforme a él, o
traigáis fe en pública forma cómo, por corretor por nos nombrado, se vio y
corrigió la dicha impresión por el dicho original, y más al dicho impresor
que ansí imprimiere el dicho libro no imprima el principio y primer pliego
dél, ni entregue más de un solo libro con el original al autor y persona a
cuya costa lo imprimiere, ni a otra alguna, para efecto de la dicha
correción y tasa, hasta que antes y primero el dicho libro esté corregido y
tasado por los del nuestro Consejo, y estando hecho, y no de otra manera,
pueda imprimir el dicho principio y primer pliego, en el cual imediatamente
ponga esta nuestra licencia y la aprobación, tasa y erratas, ni lo podáis
vender ni vendáis vos ni otra persona alguna, hasta que esté el dicho libro
en la forma susodicha, so pena de caer e incurrir en las penas contenidas
en la dicha premática y leyes de nuestros reinos que sobre ello disponen; y
más, que durante el dicho tiempo persona alguna sin vuestra licencia no le
pueda imprimir ni vender, so pena que el que lo imprimiere y vendiere haya
perdido y pierda cualesquiera libros, moldes y aparejos que dél tuviere, y
más incurra en pena de cincuenta mil maravedís por cada vez que lo
contrario hiciere, de la cual dicha pena sea la tercia parte para nuestra
Cámara, y la otra tercia parte para el juez que lo sentenciare, y la otra
tercia parte par el que lo denunciare; y más a los del nuestro Consejo,
presidentes, oidores de las nuestras Audiencias, alcaldes, alguaciles de la
nuestra Casa y Corte y Chancillerías, y a otras cualesquiera justicias de
todas las ciudades, villas y lugares de los nuestros reinos y señoríos, y a
cada uno en su juridición, ansí a los que agora son como a los que serán de
aquí adelante, que vos guarden y cumplan esta nuestra cédula y merced, que
ansí vos hacemos, y contra ella no vayan ni pasen en manera alguna, so pena
de la nuestra merced y de diez mil maravedís para la nuestra Cámara. Dada
en Madrid, a treinta días del mes de marzo de mil y seiscientos y quince
años.
YO, EL REY.
Por mandado del Rey nuestro señor:
Pedro de Contreras.
PRÓLOGO AL LECTOR
¡Válame Dios, y con cuánta gana debes de estar esperando ahora, lector
ilustre, o quier plebeyo, este prólogo, creyendo hallar en él venganzas,
riñas y vituperios del autor del segundo Don Quijote; digo de aquel que
dicen que se engendró en Tordesillas y nació en Tarragona! Pues en verdad
que no te he dar este contento; que, puesto que los agravios despiertan la
cólera en los más humildes pechos, en el mío ha de padecer excepción esta
regla. Quisieras tú que lo diera del asno, del mentecato y del atrevido,
pero no me pasa por el pensamiento: castíguele su pecado, con su pan se lo
coma y allá se lo haya. Lo que no he podido dejar de sentir es que me note
de viejo y de manco, como si hubiera sido en mi mano haber detenido el
tiempo, que no pasase por mí, o si mi manquedad hubiera nacido en alguna
taberna, sino en la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los
presentes, ni esperan ver los venideros. Si mis heridas no resplandecen en
los ojos de quien las mira, son estimadas, a lo menos, en la estimación de
los que saben dónde se cobraron; que el soldado más bien parece muerto en
la batalla que libre en la fuga; y es esto en mí de manera, que si ahora me
propusieran y facilitaran un imposible, quisiera antes haberme hallado en
aquella facción prodigiosa que sano ahora de mis heridas sin haberme
hallado en ella. Las que el soldado muestra en el rostro y en los pechos,
estrellas son que guían a los demás al cielo de la honra, y al de desear la
justa alabanza; y hase de advertir que no se escribe con las canas, sino
con el entendimiento, el cual suele mejorarse con los años.
He sentido también que me llame invidioso, y que, como a ignorante, me
describa qué cosa sea la invidia; que, en realidad de verdad, de dos que
hay, yo no conozco sino a la santa, a la noble y bien intencionada; y,
siendo esto así, como lo es, no tengo yo de perseguir a ningún sacerdote, y
más si tiene por añadidura ser familiar del Santo Oficio; y si él lo dijo
por quien parece que lo dijo, engañóse de todo en todo: que del tal adoro
el ingenio, admiro las obras y la ocupación continua y virtuosa. Pero, en
efecto, le agradezco a este señor autor el decir que mis novelas son más
satíricas que ejemplares, pero que son buenas; y no lo pudieran ser si no
tuvieran de todo.
Paréceme que me dices que ando muy limitado y que me contengo mucho en los
términos de mi modestia, sabiendo que no se ha añadir aflición al afligido,
y que la que debe de tener este señor sin duda es grande, pues no osa
parecer a campo abierto y al cielo claro, encubriendo su nombre, fingiendo
su patria, como si hubiera hecho alguna traición de lesa majestad. Si, por
ventura, llegares a conocerle, dile de mi parte que no me tengo por
agraviado: que bien sé lo que son tentaciones del demonio, y que una de las
mayores es ponerle a un hombre en el entendimiento que puede componer y
imprimir un libro, con que gane tanta fama como dineros, y tantos dineros
cuanta fama; y, para confirmación desto, quiero que en tu buen donaire y
gracia le cuentes este cuento:
«Había en Sevilla un loco que dio en el más gracioso disparate y tema que
dio loco en el mundo. Y fue que hizo un cañuto de caña puntiagudo en el
fin, y, en cogiendo algún perro en la calle, o en cualquiera otra parte,
con el un pie le cogía el suyo, y el otro le alzaba con la mano, y como
mejor podía le acomodaba el cañuto en la parte que, soplándole, le ponía
redondo como una pelota; y, en teniéndolo desta suerte, le daba dos
palmaditas en la barriga, y le soltaba, diciendo a los circunstantes, que
siempre eran muchos: ''¿Pensarán vuestras mercedes ahora que es poco
trabajo hinchar un perro?''»
¿Pensará vuestra merced ahora que es poco trabajo hacer un libro?
Y si este cuento no le cuadrare, dirásle, lector amigo, éste, que también
es de loco y de perro:
«Había en Córdoba otro loco, que tenía por costumbre de traer encima de la
cabeza un pedazo de losa de mármol, o un canto no muy liviano, y, en
topando algún perro descuidado, se le ponía junto, y a plomo dejaba caer
sobre él el peso. Amohinábase el perro, y, dando ladridos y aullidos, no
paraba en tres calles. Sucedió, pues, que, entre los perros que descargó la
carga, fue uno un perro de un bonetero, a quien quería mucho su dueño. Bajó
el canto, diole en la cabeza, alzó el grito el molido perro, violo y
sintiólo su amo, asió de una vara de medir, y salió al loco y no le dejó
hueso sano; y cada palo que le daba decía: ''Perro ladrón, ¿a mi podenco?
¿No viste, cruel, que era podenco mi perro?'' Y, repitiéndole el nombre de
podenco muchas veces, envió al loco hecho una alheña. Escarmentó el loco y
retiróse, y en más de un mes no salió a la plaza; al cabo del cual tiempo,
volvió con su invención y con más carga. Llegábase donde estaba el perro,
y, mirándole muy bien de hito en hito, y sin querer ni atreverse a
descargar la piedra, decía: ''Este es podenco: ¡guarda!'' En efeto, todos
cuantos perros topaba, aunque fuesen alanos, o gozques, decía que eran
podencos; y así, no soltó más el canto.»
Quizá de esta suerte le podrá acontecer a este historiador: que no se
atreverá a soltar más la presa de su ingenio en libros que, en siendo
malos, son más duros que las peñas.
Dile también que de la amenaza que me hace, que me ha de quitar la ganancia
con su libro, no se me da un ardite, que, acomodándome al entremés famoso
de La Perendenga, le respondo que me viva el Veinte y cuatro, mi señor, y
Cristo con todos. Viva el gran conde de Lemos, cuya cristiandad y
liberalidad, bien conocida, contra todos los golpes de mi corta fortuna me
tiene en pie, y vívame la suma caridad del ilustrísimo de Toledo, don
Bernardo de Sandoval y Rojas, y siquiera no haya emprentas en el mundo, y
siquiera se impriman contra mí más libros que tienen letras las Coplas de
Mingo Revulgo. Estos dos príncipes, sin que los solicite adulación mía ni
otro género de aplauso, por sola su bondad, han tomado a su cargo el
hacerme merced y favorecerme; en lo que me tengo por más dichoso y más rico
que si la fortuna por camino ordinario me hubiera puesto en su cumbre. La
honra puédela tener el pobre, pero no el vicioso; la pobreza puede anublar
a la nobleza, pero no escurecerla del todo; pero, como la virtud dé alguna
luz de sí, aunque sea por los inconvenientes y resquicios de la estrecheza,
viene a ser estimada de los altos y nobles espíritus, y, por el
consiguiente, favorecida.
Y no le digas más, ni yo quiero decirte más a ti, sino advertirte que
consideres que esta segunda parte de Don Quijote que te ofrezco es cortada
del mismo artífice y del mesmo paño que la primera, y que en ella te doy a
don Quijote dilatado, y, finalmente, muerto y sepultado, porque ninguno se
atreva a levantarle nuevos testimonios, pues bastan los pasados y basta
también que un hombre honrado haya dado noticia destas discretas locuras,
sin querer de nuevo entrarse en ellas: que la abundancia de las cosas,
aunque sean buenas, hace que no se estimen, y la carestía, aun de las
malas, se estima en algo. Olvídaseme de decirte que esperes el Persiles,
que ya estoy acabando, y la segunda parte de Galatea.
DEDICATORIA, AL CONDE DE LEMOS
Enviando a Vuestra Excelencia los días pasados mis comedias, antes impresas
que representadas, si bien me acuerdo, dije que don Quijote quedaba
calzadas las espuelas para ir a besar las manos a Vuestra Excelencia; y
ahora digo que se las ha calzado y se ha puesto en camino, y si él allá
llega, me parece que habré hecho algún servicio a Vuestra Excelencia,
porque es mucha la priesa que de infinitas partes me dan a que le envíe
para quitar el hámago y la náusea que ha causado otro don Quijote, que, con
nombre de segunda parte, se ha disfrazado y corrido por el orbe; y el que
más ha mostrado desearle ha sido el grande emperador de la China, pues en
lengua chinesca habrá un mes que me escribió una carta con un propio,
pidiéndome, o, por mejor decir, suplicándome se le enviase, porque quería
fundar un colegio donde se leyese la lengua castellana, y quería que el
libro que se leyese fuese el de la historia de don Quijote. Juntamente con
esto, me decía que fuese yo a ser el rector del tal colegio.
Preguntéle al portador si Su Majestad le había dado para mí alguna ayuda de
costa. Respondióme que ni por pensamiento. ''Pues, hermano -le respondí
yo-, vos os podéis volver a vuestra China a las diez, o a las veinte, o a
las que venís despachado, porque yo no estoy con salud para ponerme en tan
largo viaje; además que, sobre estar enfermo, estoy muy sin dineros, y
emperador por emperador, y monarca por monarca, en Nápoles tengo al grande
conde de Lemos, que, sin tantos titulillos de colegios ni rectorías, me
sustenta, me ampara y hace más merced que la que yo acierto a desear''.
Con esto le despedí, y con esto me despido, ofreciendo a Vuestra Excelencia
los Trabajos de Persiles y Sigismunda, libro a quien daré fin dentro de
cuatro meses, Deo volente; el cual ha de ser o el más malo o el mejor que
en nuestra lengua se haya compuesto, quiero decir de los de
entretenimiento; y digo que me arrepiento de haber dicho el más malo,
porque, según la opinión de mis amigos, ha de llegar al estremo de bondad
posible.
Venga Vuestra Excelencia con la salud que es deseado; que ya estará
Persiles para besarle las manos, y yo los pies, como criado que soy de
Vuestra Excelencia. De Madrid, último de otubre de mil seiscientos y
quince.
Criado de Vuestra Excelencia,
Miguel de Cervantes Saavedra.
Capítulo Primero. De lo que el cura y el barbero pasaron con don Quijote
cerca de su enfermedad
,
,
,
.
1
2
-
-
-
;
,
3
;
4
,
5
,
,
6
7
;
,
,
8
,
,
.
9
10
-
,
-
-
:
,
11
;
,
12
,
.
13
14
-
-
.
15
16
,
.
17
,
18
,
:
19
20
-
,
,
21
.
22
23
,
,
,
24
,
,
,
25
,
26
:
27
28
29
30
31
32
.
33
34
35
36
-
«
,
,
37
;
38
,
,
,
,
39
.
40
,
,
41
,
,
,
42
43
.
,
44
,
.
45
46
,
¿
,
47
,
,
48
;
,
,
49
,
?
,
50
;
,
51
.
52
53
»
,
54
,
;
,
55
,
,
56
.
,
57
,
,
58
59
,
,
,
60
,
.
61
,
62
,
63
;
,
64
,
,
65
,
,
66
,
67
:
68
:
,
69
,
,
.
70
;
71
,
72
,
.
,
73
,
74
,
;
75
.
76
77
»
,
,
78
;
,
79
,
.
,
80
,
81
,
,
,
82
,
83
.
;
,
,
84
.
,
,
85
,
,
86
,
,
87
,
;
88
,
,
89
90
.
91
,
.
92
93
»
,
94
,
95
.
,
96
;
97
,
,
,
98
,
;
99
,
100
.
,
,
101
,
102
.
,
,
103
,
104
,
,
,
,
105
.
106
,
107
;
,
,
108
,
,
109
.
110
111
»
,
,
,
,
112
,
,
,
113
,
.
114
,
,
115
,
116
,
,
,
117
,
,
118
.
,
119
120
,
;
,
121
122
,
,
123
,
,
124
,
125
.
126
127
»
,
128
;
,
,
,
,
129
,
,
;
130
,
,
,
131
,
132
,
,
133
.
;
134
;
135
,
136
;
137
,
;
,
138
,
;
,
,
139
;
140
,
.
141
,
,
,
142
:
.
143
144
»
,
145
,
,
146
,
147
,
,
148
.
149
,
150
,
151
.
152
,
153
;
154
,
155
,
,
,
156
.
157
158
»
,
,
159
;
,
160
;
,
161
,
,
162
.
163
,
164
,
,
165
,
,
,
166
,
,
167
,
168
.
169
170
»
,
171
,
;
172
,
,
173
,
174
.
175
,
;
;
176
,
;
,
177
,
,
,
,
178
,
,
179
,
180
,
;
,
181
,
.
,
182
,
183
;
184
:
,
185
,
,
186
.
187
,
188
,
,
,
189
;
,
,
190
,
.
191
,
,
192
,
,
,
193
,
,
,
,
194
.
»
195
,
,
196
;
,
197
.
;
198
,
:
199
,
,
200
,
.
201
202
203
204
205
206
.
,
207
,
208
209
210
211
212
;
,
213
,
214
;
,
215
.
216
;
217
,
:
218
219
-
,
,
220
,
221
;
,
,
,
222
,
,
223
,
,
224
,
,
,
225
,
226
;
227
,
228
,
229
,
,
230
.
231
232
,
,
,
233
,
:
234
235
-
,
¿
,
?
236
237
-
¿
-
-
238
,
,
,
239
,
?
240
241
-
-
-
242
,
243
;
,
,
244
.
245
246
-
-
-
;
247
,
248
.
249
250
,
,
,
251
,
,
252
;
,
,
253
,
,
,
254
,
,
,
255
,
,
256
,
257
,
,
258
.
,
,
259
;
,
,
260
,
261
,
;
262
,
263
,
264
.
265
266
,
267
,
,
268
;
,
269
,
270
.
271
272
,
,
273
,
,
274
;
275
,
,
276
,
,
:
277
278
-
,
,
279
,
,
280
;
281
.
282
283
,
,
,
284
,
285
,
286
,
.
287
288
,
289
,
290
,
291
;
292
293
.
294
295
,
,
296
,
297
,
,
,
298
;
299
300
;
,
301
,
,
302
,
,
303
,
,
,
304
,
:
305
306
-
,
,
307
;
308
,
,
309
.
310
311
,
,
,
312
,
,
,
313
,
314
,
;
315
,
316
,
:
317
318
-
¿
,
?
¿
,
319
?
,
,
320
,
321
;
,
,
322
,
.
323
324
,
325
,
;
,
326
,
,
.
,
,
327
,
,
,
328
,
,
:
329
330
-
,
,
,
,
331
.
332
333
;
334
,
335
,
336
,
:
337
338
-
,
,
,
339
,
,
340
,
341
.
342
343
-
-
-
,
:
344
,
345
346
;
,
347
,
348
.
349
350
,
351
,
;
352
,
,
,
353
,
.
,
354
,
,
355
356
;
,
357
,
,
,
358
,
,
359
,
,
360
.
361
362
,
,
,
363
,
364
,
.
365
,
,
366
;
,
,
367
,
368
.
369
370
371
;
,
,
372
,
,
373
;
,
374
,
,
,
375
,
,
,
376
;
,
377
,
378
,
379
.
380
381
,
382
.
383
,
,
384
,
385
,
,
386
,
:
387
388
-
¡
,
389
!
¡
,
390
,
,
,
,
391
,
!
392
¡
,
393
!
¡
394
,
395
,
,
,
396
,
,
,
,
397
,
!
398
399
,
400
:
401
402
-
,
,
403
.
,
,
404
,
,
405
.
406
407
-
,
-
-
,
408
,
,
409
.
410
411
-
,
-
-
,
412
.
413
414
415
;
,
416
,
,
.
417
;
418
;
,
419
.
420
,
,
421
.
,
422
,
,
,
423
,
424
.
425
426
,
427
,
428
,
429
,
,
,
430
.
431
,
,
,
432
,
433
,
434
.
435
,
,
436
;
437
.
438
439
,
,
440
,
,
441
,
442
.
.
443
444
-
-
-
,
;
445
,
:
¿
?
,
446
¿
?
,
¿
?
447
448
-
-
-
,
,
449
.
450
451
-
-
-
;
452
,
,
,
453
,
454
.
455
456
-
,
-
-
,
,
457
,
458
,
,
459
,
.
460
461
-
,
;
.
,
462
:
¿
,
?
463
464
-
-
-
;
465
,
,
466
.
467
468
-
¿
,
,
,
?
-
469
,
,
470
,
471
.
472
473
-
,
,
;
474
,
.
,
,
475
476
.
477
,
478
,
.
479
,
,
;
,
480
,
,
481
,
,
,
482
,
,
,
.
483
484
,
,
485
,
,
486
.
,
487
.
488
,
489
,
490
.
;
491
,
492
493
.
,
494
495
;
.
496
497
,
498
,
499
,
;
500
,
,
,
501
,
,
502
,
503
.
,
504
505
,
,
,
506
507
;
508
,
,
509
,
510
,
511
,
512
.
513
514
515
.
516
,
517
,
,
518
,
519
;
520
,
,
,
521
.
522
523
524
:
525
526
,
527
,
528
529
,
530
531
:
532
533
,
,
534
535
536
537
538
539
;
540
541
,
542
,
543
,
544
545
,
546
,
547
,
548
,
549
,
550
,
551
.
552
553
,
,
554
555
556
557
558
559
,
560
,
561
,
,
562
.
563
564
,
565
,
566
,
.
567
,
¡
!
,
568
,
569
,
,
570
,
,
;
571
,
,
572
,
.
573
574
,
,
575
,
576
577
578
579
580
,
581
,
582
.
583
584
,
,
:
585
¡
!
,
586
.
587
,
588
589
,
590
591
,
,
592
,
.
593
,
594
,
,
595
.
596
597
,
,
598
599
600
601
602
,
,
603
604
605
606
607
,
608
,
609
610
.
611
612
,
613
614
.
615
616
,
,
617
618
619
620
621
;
622
,
,
623
624
.
625
,
626
;
627
,
628
.
629
630
;
,
631
,
632
.
,
633
,
,
634
.
635
636
.
637
638
639
640
641
642
643
644
645
646
,
,
,
647
,
,
648
,
649
,
,
,
650
,
651
,
652
,
653
,
654
,
,
655
,
,
656
;
657
,
658
,
659
.
660
661
.
662
663
664
665
,
666
,
667
.
,
668
,
.
669
670
.
671
672
673
674
675
676
,
677
:
678
,
,
679
;
.
,
680
.
681
682
.
683
684
685
686
,
687
,
:
688
,
,
689
,
,
690
,
691
,
692
,
,
,
693
,
.
,
694
,
,
695
:
696
697
,
698
699
,
700
,
701
,
702
,
703
,
704
,
,
705
.
,
.
706
,
.
707
708
.
709
710
711
712
,
713
,
,
714
,
715
,
,
716
,
;
717
,
,
718
,
719
,
720
,
,
721
;
722
,
,
723
,
724
,
725
,
,
726
,
,
,
727
,
.
728
,
729
,
,
730
,
,
731
,
,
732
,
,
733
,
734
,
,
,
735
,
.
736
,
,
,
737
738
,
739
;
,
740
,
741
,
,
742
743
.
744
,
,
745
,
746
,
747
,
,
,
.
748
,
749
,
750
,
,
751
,
752
,
,
753
,
754
,
,
755
;
,
756
,
757
,
,
758
,
,
759
:
,
760
,
.
,
761
,
762
.
,
763
,
.
,
764
,
,
:
765
'
'
,
¿
766
?
'
'
767
,
:
'
'
,
768
,
,
,
769
'
'
.
,
,
770
;
;
771
772
;
773
,
,
774
,
.
,
775
.
776
777
.
778
779
780
781
,
,
782
783
,
,
,
784
,
,
785
786
,
;
787
,
788
,
789
,
.
790
,
791
,
,
792
,
,
793
,
,
794
;
795
796
797
,
,
798
,
,
799
,
800
,
,
801
,
,
802
,
803
804
,
805
,
,
806
,
807
,
,
,
808
,
809
,
,
810
,
811
,
812
;
813
,
814
,
815
,
,
816
817
,
818
,
,
819
;
,
820
,
,
,
821
,
822
,
,
823
,
824
,
,
825
,
,
826
.
827
,
828
.
829
830
,
.
831
832
:
833
834
.
835
836
837
838
¡
,
,
839
,
,
,
,
840
;
841
!
842
;
,
843
,
844
.
,
,
845
:
,
846
.
847
,
848
,
,
849
,
,
850
,
.
851
,
,
,
852
;
853
;
,
854
,
855
856
.
,
857
,
858
;
,
859
,
.
860
861
,
,
,
862
;
,
,
863
,
,
;
,
864
,
,
,
865
;
866
,
:
867
,
.
,
868
,
869
,
;
870
.
871
872
873
,
,
874
,
875
,
,
876
,
.
,
877
,
,
878
:
,
879
880
,
,
881
;
,
,
882
:
883
884
«
885
.
886
,
,
,
,
887
,
,
888
,
,
889
;
,
,
890
,
,
,
891
:
'
'
¿
892
?
'
'
»
893
894
¿
?
895
896
,
,
,
,
897
:
898
899
«
,
900
,
,
,
901
,
,
902
.
,
,
,
903
.
,
,
,
904
,
,
.
905
,
,
,
906
,
,
907
;
:
'
'
,
¿
?
908
¿
,
,
?
'
'
,
909
,
.
910
,
;
,
911
.
,
912
,
,
913
,
:
'
'
:
¡
!
'
'
,
914
,
,
,
915
;
,
.
»
916
917
:
918
,
919
,
.
920
921
,
922
,
,
,
923
,
,
,
924
.
,
925
,
,
926
,
,
927
,
,
928
929
.
,
930
,
,
931
;
932
.
933
,
;
934
,
;
,
935
,
,
936
,
,
937
,
.
938
939
,
,
940
941
,
942
,
,
,
,
943
,
944
,
945
:
,
946
,
,
,
947
,
.
,
948
,
.
949
950
,
951
952
,
953
,
,
954
;
955
,
956
,
,
957
958
,
,
959
,
;
960
,
961
,
962
,
,
,
,
963
,
964
.
965
,
.
966
967
968
.
.
'
'
,
-
969
-
,
,
,
970
,
971
;
,
,
,
972
,
,
973
,
,
,
974
,
'
'
.
975
976
,
,
977
,
978
,
;
979
,
980
;
,
981
,
,
982
.
983
984
;
985
,
,
986
.
,
987
.
988
989
,
990
991
.
992
993
994
995
996
997
.
998
999
1000