igualmente que tu. MANFREDO. iEscuchame! iAstarte, mi querida, oyeme y dignate hablarme! He sufrido tanto, sufro todavia tan cruelmente imirame! ila muerte no te ha cambiado tanto, como yo debo parecerlo a tu vista! tu me amaste demasiado tiernamente y mi amor era digno del tuyo. No hemos nacido para atormentarnos uno y otro de este modo por culpable que haya sido nuestro amor. Dime que no me detestas, que yo solo sea castigado por los dos, que tu seras recibida en el numero de los bienaventurados y que yo debo morir. Porque hasta ahora todo lo que hay de mas odioso conspira a encadenarme con la existencia, a una existencia que me hace ver con terror la inmortalidad, y un porvenir semejante a lo pasado. No puedo encontrar ningun descanso. Ignoro yo mismo lo que deseo y lo que busco, y no siento sino lo que tu eres y lo que soy. Quisiera oir tu voz todavia una vez antes de morir, la voz que para mi oido era la mas dulce melodia. Respondeme, io querida mia! te he llamado en las sombras de la noche; he asustado a los pajaros dormidos bajo las hojas silenciosas, he despertado al lobo en las montanas, y he hecho conocer tu nombre a los ecos de las cavernas mas sombrias. El eco me ha respondido, los espiritus y los hombres tambien me han respondido, tu sola has permanecido muda. He visto sucederse el giro de las estrellas en la boveda celeste; he dirigido mi vista hacia ellas para ver si podia descubrirte; he recorrido la tierra para ver si encontraba alguna cosa que se te pareciese: dignate de hablarme finalmente; mira a esos espiritus que nos rodean que se enternecen al oir mis quejas; yo los miro sin terror y solo lo tengo por ti; dignate de hablarme aunque no sea sino para manifestar tu enojo; dime a lo menos... Yo no se lo que deseo; pero dejame todavia oir tu voz por la ultima vez. LA SOMBRA DE ASTARTE. iManfredo! MANFREDO. iAh! prosigue por favor: esta voz me reanima; es la tuya seguramente. LA SOMBRA. iManfredo! manana se acabaran tus dolores terrestres. iA Dios! MANFREDO. Todavia una palabra iuna sola palabra! ?estoy perdonado? LA SOMBRA. iA Dios! MANFREDO. ?No nos veremos mas? LA SOMBRA. iA Dios! MANFREDO. iAh! por compasion, todavia una palabra; dime si me amas. LA SOMBRA. iManfredo! [Desaparece.] NEMESIS. Se ha ido y no volvera a aparecer: sus palabras se cumpliran; vuelvete a la tierra. UN ESPIRITU. Se encuentra en las convulsiones de la desesperacion; ved los mortales: quieren penetrar los secretos que son superiores a su naturaleza. OTRO ESPIRITU. iPero ved como se domina a si mismo, y como somete sus tormentos a su voluntad! si hubiese sido un espiritu como nosotros hubiera sobrepujado a todas las otras inteligencias celestes. NEMESIS. ?Tienes todavia que hacer alguna pregunta a nuestro augusto monarca o a sus vasallos? MANFREDO. Ninguna. NEMESIS. A Dios hasta la vista. MANFREDO. ?Nosotros volveremos pues a vernos? ?Pero en donde, sobre la tierra? No importa; adonde tu quieras. A Dios, te doy gracias por el favor que acabas de concederme. FIN DEL ACTO SEGUNDO. ACTO III, ESCENA PRIMERA. [Una habitacion del castillo de Manfredo.] MANFREDO Y HERMAN. MANFREDO. ?Se acabara bien pronto el dia? HERMAN. Todavia falta una hora, y el sol va a ocultarse; todo nos anuncia una hermosa noche. MANFREDO. ?Lo has dispuesto todo en la torre, segun lo he ordenado? HERMAN. Todo esta pronto, senor, ved la llave y la arquilla. MANFREDO. Esta bien, puedes retirarte. [Herman se va.] MANFREDO -solo-. Esperimento una calma y una tranquilidad que no habia conocido en mi vida. Si yo no supiese que la filosofia es la mas loca de nuestras vanidades, y la palabra mas vacia de sentido entre todas las inventadas en la jerga de nuestras escuelas, creeria que el secreto del oro, es decir la piedra filosofal tan buscada, se hallaba finalmente en mi alma. Este estado tan lisonjero no puede ser durable, pero ya es mucho el haberlo conocido aunque haya sido una sola vez. Ha enriquecido mis ideas con un nuevo sentido; y quiero escribir en mi libro de memoria que existe este sentimiento... ?Quien esta ahi? [Herman vuelve a entrar.] HERMAN. Senor, el abad de San Mauricio pide permiso para hablaros. [Entra el Abad.] EL ABAD. Que la paz sea con el conde Manfredo. MANFREDO. Mil gracias, padre mio: que seais bien venido en este castillo, vuestra presencia me honra y es una bendicion para los que le habitan. EL ABAD. Lo deseo conde, pero quisiera hablaros sin testigos. MANFREDO. Herman, retirate. ?Que es lo que me quiere mi respetable huesped? EL ABAD. Quiero hablar sin rodeos: mis canas y mi celo, mi ministerio y mis piadosas intenciones me serviran de disculpa: tambien invoco mi calidad de vecino, aunque nos visitemos muy rara vez. Varias voces estranas y escandalosas ultrajan vuestro nombre; un nombre ilustre hace muchos siglos. iAh! iojala que pueda trasmitirse sin mancha a vuestros descendientes! MANFREDO. Proseguid, os escucho. EL ABAD. Se dice que estudiais secretos que no estan permitidos a la curiosidad del hombre, y que os habeis puesto en comunicacion con los habitantes de las oscuras moradas, y con la multitud de espiritus malignos que se hallan errantes en el valle al que da sombra el arbol de la muerte. Se que vivis muy retirado y que tratais muy rara vez con los hombres vuestros semejantes; se que vuestra soledad es tan severa como la de un prudente anacoreta; iy que no es tan santa! MANFREDO. ?Y quienes son los que estienden estas voces? EL ABAD. Mis hermanos en Dios, los paisanos asustados, vuestros propios vasallos que observan vuestra inquietud. Vuestra vida corre el mayor peligro. MANFREDO. ?Mi vida? yo os la abandono. EL ABAD. Yo he venido para procurar vuestra salvacion y no vuestra perdida... No quisiera penetrar los secretos de vuestra alma; pero si lo que se dice es cierto, todavia es tiempo de hacer penitencia y de impetrar misericordia; reconciliaos con la verdadera iglesia, y esta os reconciliara con el cielo. MANFREDO. Os entiendo; ved mi respuesta. Lo que fui y lo que soy no lo conocen sino el cielo y yo. No escogere un mortal por mediador ?he quebrantado algunas leyes? que se pruebe y se me castigue. EL ABAD. Hijo mio, yo no he hablado de castigo y si de perdon y de penitencia: vos sois quien debe escoger; nuestros dogmas y nuestra fe me han dado el poder de dirigir a los pecadores por la senda de la esperanza y de la virtud, y dejo al cielo el derecho de castigar: "La venganza pertenece a mi solo," ha dicho el Senor, y es con humildad como su siervo repite estas augustas palabras. MANFREDO. Anciano, ninguna cosa puede arrancar del corazon el vivo sentimiento de sus crimenes, de sus penas, y del castigo que se inflige a si mismo: nada: ni la piedad de los ministros del cielo, ni las oraciones, ni la penitencia, ni un semblante contrito, ni el ayuno, ni las zozobras, ni los tormentos de aquella desesperacion profunda que nos persigue por medio de los remordimientos sin amedrantarnos con el infierno, pero que el solo bastaria para hacer un infierno del cielo. No hay ningun tormento venidero que pueda ejercer semejante justicia sobre aquel que se condena y se castiga a si mismo. EL ABAD. Estos sentimientos son laudables, porque algun dia haran lugar a una esperanza mas dulce. Vos os atrevereis a mirar con una tierna confianza la dichosa morada que esta abierta a todos aquellos que la buscan, cualesquiera que hayan sido sus yerros sobre la tierra; pero para espiarlos es preciso empezar por conocer la necesidad de ejecutarlo. Proseguid conde Manfredo ... todo lo que nuestra fe podra saber se os ensenara y quedareis lavado de todo lo que pudiesemos absolveros. MANFREDO Cuando el sesto emperador de Roma vio llegar su ultima hora, victima de una herida que se habia hecho con su propia mano a fin de evitar la vergueenza del suplicio que le preparaba un senado que antes era su esclavo un soldado conmovido en apariencia de una generosa piedad, quiso estancar con su vestido la sangre del emperador: el Romano espirando no lo permite y le dice con una mirada que manifestaba todavia su antiguo poder: iEs demasiado tarde! ?es esta tu fidelidad? EL ABAD. ?Que quereis decir con esto? MANFREDO. Respondo como el, es demasiado tarde. EL ABAD. Jamas puede serlo para reconciliaros con vuestra alma, y para reconciliarla con Dios. ?No teneis ya esperanza? Estoy admirado: aquellos que desesperan del cielo se crean sobre la tierra alguna fantasma que es para ellos como la debil rama a la que se agarra un desgraciado que se esta ahogando. MANFREDO. iAh! padre mio; iyo tambien en mi juventud he tenido ilusiones terrestres y nobles inspiraciones! entonces hubiera querido conquistar los corazones de los hombres e instruir a todo un pueblo; hubiera querido elevarme, pero no sabia hasta que altura ... quizas para volver a caer; pero para caer como la catarata de las montanas, que precipitada desde la cumbre orgullosa de las rocas, acumula una onda subterranea en las profundidades de un abismo; pero temible todavia, vuelve a subir sin cesar hasta los cielos en columnas de vapores que se transforman en nubes lluviosas. Este tiempo paso; mis pensamientos se han enganado a si mismos. EL ABAD. ?Y porque? MANFREDO. No podia humillar mi orgullo, porque para poder mandar algun dia, es necesario primero obedecer, lisonjear y pedir, espiar las ocasiones, multiplicarse a fin de encontrarse en todas partes, y hacerse una costumbre de ocultar la verdad; ved como se consigue el dominar los espiritus cobardes y bajos, y asi son los de los hombres en general. Desprecie el hacer parte de una camada de lobos aunque hubiera sido para guiarlos. El leon esta solo en el bosque que habita; yo estoy solo como el leon. EL ABAD. ?Y porque no vivir y obrar como los demas hombres? MANFREDO. Sin haber nacido cruel, mi corazon no amaba las criaturas vivientes, hubiera querido encontrar una horrible soledad, pero no formarmela yo mismo; queria ser como el salvage -Simoun- que solo habita el desierto, y cuyo soplo devorador no trastorna sino una mar de aridas arenas en donde su furor no es funesto a ningun arbolillo: no busca la morada de los hombres, pero es muy terrible para los que vienen a arrostrarlo. Tal ha sido el curso de mi vida, y mientras he vivido he encontrado objetos que ya no existen. EL ABAD. Empiezo a temer que mi piedad y mi ministerio no pueden seros utiles. Tan joven todavia ... me cuesta mucho el.... MANFREDO. Miradme, hay algunos mortales en la tierra que se hacen viejos en su juventud y que mueren antes de haber llegado el verano de su vida, sin que hayan buscado la muerte en los combates. Unos son victimas de los placeres, otros del estudio, estos a causa del trabajo y aquellos por el fastidio. Hay algunos que perecen de enfermedad, de demencia, o en fin de penas del corazon, y esta ultima enfermedad, ofreciendose bajo todas las formas y bajo todos los nombres, hace mas estragos que la guerra. Miradme; porque no hay ninguno de estos males que yo no haya sufrido, y uno solo basta para terminar la vida de un hombre. No os admireis ya de lo que soy, pero si sorprendeos de que haya existido y de que este todavia sobre la tierra. EL ABAD. Dignaos sin embargo escucharme.... MANFREDO [-con viveza-.] Anciano, respeto tu ministerio y reverencio tus canas; creo que tus intenciones son piadosas; pero es en vano. No me supongais una facil credulidad, y solo por la consideracion que os tengo, evito una conversacion mas larga. A Dios. [Manfredo se va.] EL ABAD. Este hombre hubiera podido ser una criatura admirable; y tal como es, presenta un caos que sorprende. Una mezcla de luz y de tinieblas, de grandeza y de polvo, de pasiones y de pensamientos generosos, que en su confusion y en sus desordenes, quedan en la inaccion o amenazan el destruirlo todo. La energia de su corazon era digna de animar elementos mejor combinados: va a perecer y quisiera salvarle. Hagamos una segunda tentativa; un alma como la suya merece muy bien el ganarla para el cielo. Mi deber me ordena el atreverme a todo para conseguir el bien; lo seguire, pero sera con prudencia. [El Abad se va.] ESCENA II. [Otra habitacion.] MANFREDO Y HERMAN. HERMAN. Senor, vos me habeis ordenado el venir a encontraros al ponerse el sol; vedle que va a eclipsarse detras de la montana. MANFREDO. iBien! quiero contemplarle. [Manfredo se adelanta hacia la ventana del cuarto.] Astro glorioso, adorado en la infancia del mundo por la raza de hombres robustos, por los gigantes nacidos de los angeles con un sexo que, mas hermoso que ellos mismos, hizo caer en el pecado a los espiritus escarriados, desterrados del cielo para siempre[4]; astro glorioso, tu fuiste adorado como el dios del mundo, antes que el misterio de la creacion fuese revelado; obra maestra del Todopoderoso, tu fuiste el primero que regocijastes el corazon de los pastores caldeos sobre la cumbre de sus montanas, y el reconocimiento les inspiro bien pronto los homenages que te dirigieron; divinidad material, tu eres la imagen del gran desconocido que te ha escogido para que seas su sombra; rey de los astros, y centro de mil constelaciones, a ti es a quien la tierra debe su conservacion; padre de las estaciones, rey de los climas y de los hombres: las inspiraciones de nuestros corazones, y las facciones de nuestros rostros son la influencia de tus rayos. No hay ninguna cosa que iguale la pompa de tu salida, de tu curso y de tu puesta... A Dios, ya no te volvere a ver; mi primera mirada de amor y de admiracion fue para ti; recibe tambien la ultima: nunca alumbraras a un mortal, a quien el don de tu luz y tu calor suave hayan sido mas fatales que a mi... Se ha ocultado ... quiero seguirle. [Manfredo se va.] ESCENA III. [Por una parte se ven las montanas y por la otra el castillo de Manfredo y una torre con una azotea. Empieza la noche.] HERMAN, MANUEL -y otros criados de Manfredo-. HERMAN. Es bien estrano que despues de muchos anos, el conde Manfredo haya pasado todas las noches en velar sin testigos dentro de esta torre. Yo he entrado en ella, no conocemos todo el interior, pero ninguna cosa de las que encierra ha podido instruirnos de lo que hace nuestro amo. Es cierto que hay un cuarto en el que ninguno de nosotros ha entrado; yo daria todo lo que tengo para sorprenderle cuando se encuentra ocupado en sus misterios. MANUEL. Esto no podria ser sin peligro; contentate con lo que sabes. HERMAN. iAh! Manuel, tu eres sabio y discreto como un viejo; pero tu podrias decirnos muchas cosas. ?Cuanto tiempo hace que habitas este castillo? MANUEL. He visto nacer al conde Manfredo; entonces ya servia a su padre, al que se parece muy poco. HERMAN. Lo mismo puede decirse de muchos hijos; ?pero en que se diferenciaba del suyo el conde Segismundo? MANUEL. No hablo de las facciones, pero si del corazon y del genero de vida. El conde Segismundo era arrogante, pero alegre y franco: gustaba de la guerra y de la mesa, y era poco aficionado a los libros y a la soledad, no ocupaba las noches en sombrios desvelos; las suyas estaban consagradas a los festines y a las diversiones. No se le veia ir errante por las montanas o por los bosques, como uen lobo silvestre, no huia de los hombres ni de sus placeres. HERMAN. iPor vida mia! ivivan estos tiempos dichosos! iQuisiera ver a la alegria que viniese a visitar de nuevo estas antiguas murallas! Parece que las ha olvidado del todo. MANUEL. Era necesario primeramente que el castillo cambiase de senor. iOh! ihe visto aqui cosas tan estranas, Herman! HERMAN. iY bien! dignate de hacer confianza de mi; cuentame algunas cosas para pasar el rato: te he oido hablar vagamente sobre lo que sucedio en otros tiempos en esta misma torre. MANUEL. Me acuerdo que una tarde a la hora del crepusculo, una tarde semejante a esta, la nube rojiza que corona la cima del monte Eigher estaba en el mismo parage, y quizas era la misma nube, el viento era flojo y tempestuoso, la luna empezaba a lucir sobre el manto de nieve que cubre las montanas; el conde Manfredo estaba como ahora en su torre: ?que hacia alli? lo ignoramos; pero estaba con el la sola companera de sus paseos solitarios y de sus desvelos, el unico ser viviente a quien manifestaba amar; los lazos de la sangre se lo ordenaban, es cierto; era su querida Astarte; era su... ?Quien esta, ahi? [Entra el Abad de San Mauricio.] EL ABAD. ?En donde esta vuestro amo? HERMAN. Esta en la torre. EL ABAD Es preciso que yo le hable. MANUEL Es imposible, esta solo, y nos esta prohibido el introducir a nadie. EL ABAD. Yo lo tomo sobre mi ... es preciso que yo le vea. HERMAN. ?No le habeis ya visto esta tarde? EL ABAD. Herman, yo te lo ordeno, ves a llamar a la puerta y a prevenir al conde acerca de mi visita. HERMAN. Nosotros no nos atrevemos. EL ABAD. iY bien! yo mismo ire a anunciarme. MANUEL. Mi respetable padre, deteneos, os lo suplico. EL ABAD. ?Porque? MANUEL. Esperad un momento, y yo me esplicare en otro parage. [Se van.] ESCENA IV. [El interior de la torre.] MANFREDO -solo-. Las estrellas se ponen en orden en el firmamento; la luna se manifiesta sobre la cumbre de las montanas coronadas de nieve: iadmirable espectaculo! conozco que amo todavia a la naturaleza, porque el aspecto de la noche me es mas familiar que el de los hombres, y es en sus tinieblas silenciosas y solitarias, bajo la boveda estrellada de los cielos, en donde he aprendido el idioma de otro universo. Me acuerdo que cuando viajaba en tiempo de mi juventud, me encontre en una noche semejante en el recinto del Coliseo en medio de todo lo que nos queda de mas grande de la ciudad de Romulo. Un viso sombrio oscurecia el ramage de los arboles que crecen sobre los arcos arruinados, y las estrellas brillaban al traves de las grietas que presentaban aquellas ruinas. A lo lejos los ladridos de los perros resonaban en la otra margen del Tiber; mas cerca de mi, el grito lugubre de los buhos salia del palacio de Cesar, y el viento me traia los sonidos moribundos del canto nocturno de las centinelas. Por la parte de la brecha, que el tiempo ha abierto al circo, parecia que los cipreses adornaban el horizonte y solo estaban a la distancia de un tiro; en estos mismos lugares, que fueron la morada de los Cesares, y que en el dia estan habitados por los pajaros nocturnos que hacen oir sus cantos aciagos, se elevan sobre las murallas demolidas los arboles cuyas raices se entrelazan bajo el domicilio imperial, y la hiedra rastrera se apodera del terreno destinado a criar el laurel; pero el circo sangriento de los gladiadores, ruina noble e imponente, esta todavia de pie, mientras que los palacios de marmol de Cesar y de Augusto no presentan sobre la tierra sino escombros ignorados. Tu alumbrabas con tus rayos a la antigua reina del mundo, astro pacifico de las noches, tu dejabas caer una luz palida y melancolica que suavizaba el aspecto austero y doloroso de sus antiguos escombros, y llenaba en algun modo el vacio de los siglos. Todo lo que subsiste todavia de hermoso y de grande recibia de ti un nuevo esplendor, y lo que ya no existe parecia que habia vuelto a tomar su antigua brillantez; en estos lugares todo inspiro mi entusiasmo, y mi corazon conmovido adoro silenciosamente a los grandes hombres de otros tiempos. Crei ver a todos los heroes que ya han pasado y a todos los soberanos coronados que todavia gobiernan nuestras almas desde el fondo de sus sepulcros.... Era una noche semejante a esta. iEs una cosa particular que me la recuerde en este momento! pero he esperimentado muchas veces que nuestros pensamientos se nos escapan y se pierden lejos de nosotros, en el momento en que quisieramos concentrarlos en una meditacion solitaria. [Entra el Abad de San Mauricio.] EL ABAD. Debo pediros perdon de esta segunda visita; pero dignaos no mirar como una ofensa la indiscreta importunidad de mi celo. iRecibo con gusto contra mi lo que tiene de culpable, y que lo que tenga de bueno pueda ilustrar vuestro espiritu! ique no pueda yo decir vuestro corazon! Si consiguiese ablandarlo por medio de mis exhortaciones y de mis oraciones, pondria en el buen camino a un corazon noble que se encuentra escarriado, pero que todavia no esta perdido. MANFREDO. Tu no me conoces. Mis dias estan ya contados, y mis acciones estan escritas en el libro del cielo. Retirate, tu permanencia aqui te seria perjudicial; retirate. EL ABAD. ?Es una amenaza la que me anunciais? MANFREDO. No, te advierto sencillamente que hay peligro para ti, y yo quisiera preservarte de el. EL ABAD. ?Que quereis decir? MANFREDO. Mira, ?no ves nada? EL ABAD. Nada. . 1 2 3 . 4 5 ! , , 6 ! 7 , 8 ! 9 , 10 ! 11 12 . 13 14 15 . , 16 17 , 18 19 . 20 21 , 22 23 , 24 . 25 . 26 27 , 28 . 29 30 , 31 . , 32 ! 33 ; 34 35 , 36 , 37 38 . 39 , 40 , 41 . 42 43 ; 44 45 ; 46 47 : 48 ; 49 50 51 ; 52 ; 53 54 ; . . . 55 ; 56 . 57 58 59 . 60 61 ! 62 63 64 . 65 66 ! : 67 ; . 68 69 70 . 71 72 ! 73 . ! 74 75 76 . 77 78 79 ! ? ? 80 81 82 . 83 84 ! 85 86 87 . 88 89 ? ? 90 91 92 . 93 94 ! 95 96 97 . 98 99 ! , 100 ; . 101 102 103 . 104 105 ! 106 107 [ . ] 108 109 110 . 111 112 : 113 ; 114 . 115 116 117 . 118 119 120 ; : 121 122 . 123 124 125 . 126 127 128 , 129 ! 130 131 132 . 133 134 135 . 136 137 ? 138 139 ? 140 141 142 . 143 144 . 145 146 147 . 148 149 . 150 151 152 . 153 154 ? ? 155 ? , ? 156 ; . 157 , 158 . 159 160 161 162 163 . 164 165 166 167 168 , . 169 170 171 [ . ] 172 173 174 . 175 176 177 . 178 179 ? ? 180 181 182 . 183 184 , 185 ; 186 . 187 188 189 . 190 191 ? 192 , ? 193 194 195 . 196 197 , , 198 . 199 200 201 . 202 203 , . 204 205 [ . ] 206 207 208 - - . 209 210 211 212 . 213 214 , 215 216 217 , 218 , 219 , 220 . 221 , 222 223 . 224 ; 225 226 . . . 227 ? 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