Manfredo (Drama en tres actos)
Lord Byron
MANFREDO, DRAMA EN TRES ACTOS,
Por Lord Byron.
TRADUCCION CASTELLANA.
En el cielo y en la tierra
hay mil cosas que vuestros
filosofos tampoco dudan.
HORACIO.
Paris, Libreria Americana, 1830.
PERSONAS.
UN CAZADOR DE GAMUZAS.
EL ABAD DE SAN MAURICIO.
MANUEL.
HERMAN.
LA ENCANTADORA DE LOS ALPES.
ARIMAN.
NEMESIS.
LOS DESTINOS.
ESPIRITUS.
La escena se representa en medio de los Alpes, unas
veces en el castillo de Manfredo y otras en
las montanas.
MANFREDO,
Drama en tres actos.
ACTO I, ESCENA PRIMERA.
[Manfredo esta solo en la galeria de un antiguo
castillo. Es media noche.]
MANFREDO.
Mi lampara va a apagarse; por
mas que quiera reanimar su luz
moribunda; no podra durar tanto
tiempo como mi desvelo. Si parece
que duermo, no es el sueno el que
embarga mis sentidos y si el descaecimiento
que me causan una multitud
de pensamientos que afligen
mi alma y a los cuales no me es posible
resistir. Mi corazon esta siempre
desvelado y mis ojos no se cierran
sino para dirigir sus miradas
dentro de mi mismo; sin embargo
estoy vivo, y segun mi forma y mi
aspecto, me parezco a los otros hombres.
iAh! iel dolor deberia ser la escuela
del sabio! Las penas son una
ciencia, y los mas sabios son los
que mas deben gemir sobre la fatal
verdad. El arbol de la ciencia no
es el arbol de la vida.
Filosofia, conocimientos humanos,
secretos maravillosos, sabiduria
mundana, todo lo he ensayado
y mi espiritu puede abrazarlo todo,
todo puedo someterlo a mi genio:
iinutiles estudios! He sido generoso
y bienhechor, he encontrado la
virtud aun entre los hombres ...
ivana satisfaccion! He tenido enemigos;
ninguno ha podido danarme
y varios han caido delante de mi:
iinutiles triunfos! El bien, el mal,
la vida, el poder, las pasiones, todo
lo que veo en los demas ha sido para
mi como la lluvia sobre la arida
arena. Despues de aquella hora
maldita... No conozco el terror, estoy
condenado a no esperimentar
nunca el temor natural, ni los latidos
de un corazon que hacen palpitar
el deseo, la esperanza o el amor
de alguna cosa terrestre... Pongamos
en practica mis operaciones magicas.
Seres misteriosos, espiritus del
vasto universo, o vosotros a quienes
he buscado en las tinieblas y en las
regiones de la luz; vosotros que volais
al rededor del globo y que habitais
en las esencias mas sutiles;
vosotros a quien las cimas inaccesibles
de los montes, las profundidades
de la tierra y del Oceano sirven
muchas veces de retiro... Yo
os llamo en nombre del encanto
que me da el derecho de mandaros;
idespertaos y apareced!
[Un momento de silencio.]
iNo vienen todavia! ibien! por
la voz de aquel que es el primero
entre vosotros; por la senal que os
hace temblar a todos; en nombre
de aquel que no muere nunca ...
despertaos y apareced....
[Un momento de silencio.]
Si es asi... Espiritus de la tierra y
del aire no eludireis seguramente
mis ordenes. Por medio de un poder
superior a todos los que acabo de
servirme, por un hechizo irresistible
nacido en un astro maldito,
resto ardiente de un mundo que ya
no existe, infierno errante en medio
del eterno espacio; por la terrible
maldicion que pesa sobre mi alma,
por el pensamiento que tengo y que
esta a mi rededor, os requiero la
obediencia: pareced.
[Aparece una estrella en el fondo oscuro de la galeria;
es una estrella inmovil, y una voz canta las palabras
siguientes:]
PRIMER ESPIRITU.
Mortal, docil a tus ordenes,
vengo de mi palacio situado sobre
las nubes, formado de los vapores
del crepusculo y que colorea de
purpura y de azul el disco del sol
poniente. Aunque me este privado
el obedecerte, vuelo hacia ti sobre
el rayo de una estrella; he oido tus
conjuros. Mortal, ique tus deseos
se cumplan!
LA VOZ DEL SEGUNDO ESPIIRITU.
El Monte-Blanco es el monarca
de las montanas; esta coronado
desde muchos siglos con una diadema
de nieve sobre su trono de
rocas. Esta revestido con un manto
de nubes: los bosques forman su
cenidor, tiene un avalange en sus
manos como un rayo amenazador;
pero espera mis ordenes para dejarlo
caer en el valle. La masa fria e inmovil
del hielo se va derritiendo
todos los dias, pero soy yo quien le
dice que precipite su marcha o que
detenga sus tempanos. Yo soy el espiritu
de estas montanas, podria
hacerlas estremecer hasta sus cimientos
cavernosos... ?Que es lo que
quieres?
TERCER ESPIRITU.
En las profundidades azuladas de
los mares, en donde no hay nada
que agite las olas, en donde nunca
ha soplado el viento, en los parages
que habita la serpiente marina, y
en donde la sirena adorna con conchas
su verde cabellera, la voz de
tu invocacion ha resonado como la
tempestad sobre la superficie de las
aguas, el eco la ha repetido en mi
pacifico palacio de coral. Declara tus
deseos al espiritu del Oceano.
CUARTO ESPIRITU.
En los parages en donde duerme
el terremoto sobre una cama de
fuego, en los parages en donde hierven
los lagos de betun, en las concavidades
subterraneas que reciben
las raices de estas cordilleras cuyas
cumbres ambiciosas se pierden en
las nubes, he oido los acentos magicos,
y subyugado por su poder, he
dejado los lugares en que he nacido
para ponerme cerca de ti. Ordena,
yo obedecere.
QUINTO ESPIRITU.
Yo soy quien vuela sobre el aquilon
y el que prepara las tormentas.
La tempestad que he dejado detras
de mi esta todavia ardiendo con los
fuegos de los truenos y de los relampagos.
Para llegar mas pronto
en donde tu te hallas ha atravesado
la tierra y los mares en un huracan.
Un cefiro favorable hinchaba las velas
de una flota que encontre, pero
estara sepultada en las olas antes
que aparezca la aurora.
SESTO ESPiRITU.
Mi morada es constantemente la
oscuridad de la noche. ?Porque tus
conjuros me fuerzan a ver la odiosa
claridad?
SEPTIMO ESPIRITU.
El astro que preside a tu destino
estaba dirigido por mi desde antes
que la tierra fuese creada. Nunca
habia girado un planeta mas hermoso
al rededor del sol: su curso
era libre y regular, ningun astro
mas benefico existia en el espacio.
La hora fatal llego: este astro se
convirtio en una masa de fuego, en
un cometa vago que amenazo al universo
girando siempre por su propia
fuerza, sin esfera y sin curso; horror
brillante de las regiones etereas,
monstruo disforme entre las constelaciones
del cielo. En cuanto a ti,
nacido bajo su influencia; tu, gusano
a quien yo obedezco y que
desprecio, cediendo a un poder que
no te pertenece, y que no te ha sido
prestado sino para someterte algun
dia al mio, vengo por un momento
a reunirme a los espiritus debiles
que doblan aqui su rodilla; vengo
a hablar a un ser tal como tu. ?Que
me quieres pues, criatura de barro?
?que me quieres?
LOS SIETE ESPIRITUS.
La tierra, el Oceano, el aire, la
noche, las montanas, los vientos y
el astro de tu destino estan a tus
ordenes. Hombre mortal, sus espiritus
esperan tus deseos. ?Que quieres
de nosotros, hijo de los hombres?
?que quieres?
MANFREDO.
El olvido.
EL PRIMER ESPIRITU.
?El olvido de que?
MANFREDO.
De lo que esta dentro de mi corazon.
Leedlo, vos lo sabeis bien y
yo no puedo esplicarlo.
EL ESPIRITU.
Nosotros no podemos darte sino
lo que poseemos. Pidenos vasallos,
una corona, el trono del mundo o
de uno de sus imperios; pidenos una
senal con la cual gobernaras a los
elementos que nos obedecen; habla,
tu puedes obtenerlo todo.
MANFREDO.
El olvido; iel olvido de mi mismo!
?No podreis encontrar lo que
pido en las regiones secretas que me
ofreceis tan liberalmente?
EL ESPIRITU.
Esto no existe en nuestra esencia,
ni en nuestra sabiduria; pero ... tu
puedes morir.
MANFREDO.
?La muerte me lo concedera?
EL ESPIRITU.
Nosotros somos inmortales, y no
olvidamos nada, somos eternos, y
para nosotros lo pasado y lo venidero
son como lo presente: ved
nuestra respuesta.
MANFREDO.
Esto es burlarse de mi; pero el poder
que os ha conducido a mi presencia
os ha puesto bajo mi disposicion.
Esclavos, no hay que hacer mofa de
las voluntades de vuestro senor. El
alma, el espiritu, la chispa celeste,
la luz de mi ser, tiene la misma brillantez
y la misma penetracion que
las vuestras, y no cedera jamas
aunque se halle encerrada en una
prision de barro. Respondedme, o
sino sabreis quien soy.
EL ESPIRITU.
Nosotros repetiremos las mismas
palabras; lo que acabas de decir
puede ser tambien nuestra respuesta.
MANFREDO.
Esplicaos.
EL ESPIRITU.
Si como tu dices, tu esencia es
semejante a la nuestra, te hemos
respondido, diciendo que lo que
los hombres llaman la muerte no
tiene ningun poder sobre nosotros.
MANFREDO.
Sera pues en vano que os haya
invocado en vuestras moradas; vosotros
no quereis o no podeis socorrerme.
EL ESPIRITU.
Habla, te ofrecemos todo lo que
poseemos: piensa bien en ello antes
de despedirnos y pide. ?Quieres un
reino, el poder sobre los hombres,
la fuerza, una larga serie de dias?
MANFREDO.
iMalditos seais! ?que sacare de
una larga vida? la mia ya ha durado
demasiado; desapareced.
EL ESPIRITU.
Todavia un momento; mientras
que estamos aqui quisieramos serte
utiles. Piensa bien en esto; ?no hay
algun otro don que pudieramos hallar
digno de serte ofrecido?
MANFREDO.
Ninguno: esperad sin embargo...
Un momento antes de separarnos,
quisiera veros cara a cara. Oigo
vuestras voces, cuya dulzura melancolica
se asemeja a las armonias
melodiosas en medio de un lago
cristalino; veo la inmovil claridad
de una grande estrella, pero nada
mas. Pareced a mi presencia tales
como sois, uno despues de otro o
todos juntos, pero en vuestra forma
acostumbrada.
EL ESPIRITU.
Nosotros no tenemos otra forma
que la de los elementos de los que
somos el alma y el principio; pero
designanos la forma que quieras,
y sera la que adoptaremos.
MANFREDO.
Poco importa la forma; no hay
ninguna sobre la tierra que sea hermosa
o hedionda para mi: que aquel
que entre vosotros este dotado de
mas poder, tome el aspecto que le
convenga. Yo lo espero.
[El septimo Espiritu aparece bajo la figura de una
hermosa muger.]
EL SEPTIMO ESPIRITU.
Miradme.
MANFREDO.
iO cielo! ?sera esto una ilusion?
si tu no fueses un sueno o una imagen
enganosa iaun podria considerarme
dichoso! te estrecharia entre
mis brazos y aun podriamos... (-la
muger desaparece-). Mi corazon se
halla destrozado.
[Manfredo cae desmayado, y una voz hace oir el canto que
sigue.]
Cuando la luna brillara en las
regiones aereas, el gusano fosforico
en los cespedes, el meteoro al rededor
de las sepulturas y una llama
rojiza sobre las lagunas; cuando
aparecera el relampago repentino de
las estrellas que caigan, cuando los
buhos haran oir sus tristes conciertos
y las hojas permaneceran inmoviles
y silenciosas en el bosque que
cubre la colina, mi alma pesara
sobre la tuya con fuerza y de una
manera terrible.
Por profundo que sea tu sueno
tu espiritu no dormira; hay algunas
sombras que nunca se desvaneceran
para ti, y algunos pensamientos que
nunca podras desterrar de tu corazon.
Por un poder que te es desconocido,
no podras nunca estar solo:
este encanto secreto te envuelve como
una mortaja, y es como una
nube que te servira de prision.
Aunque tu no me veas pasar por
tu lado, tus ojos me reconoceran
como un objeto que no debe estar
lejos, y que estaba cerca de ti habia
muy poco. Cuando en este terror
secreto volveras la cabeza, quedaras
sorprendido de no verme con tu
sombra sobre la tierra, y estaras
obligado a disimular el poder cuyos
efectos esperimentaras.
Las palabras magicas pronunciadas
sobre tu cabeza han atraido alli
una maldicion terrible, y uno de
los espiritus aereos te ha hecho caer
en el lazo: en el soplido del viento
habra una voz que te privara el
alegrarte; la noche te negara el silencio
de las sombras, y no podras
ver brillar el sol sin desear al momento
el es del dia.
Yo he separado de tus lagrimas
perfidas la esencia de un veneno
mortal, he escogido la sangre mas
negra de tu corazon, he arrancado
a tu sonrisa la serpiente que se
mantenia escondida en las arrugas
de tu rostro, he tomado el hechizo
que hacia tus labios tan peligrosos,
he comparado todas estas ponzonas
a los venenos mas sutiles; los tuyos
son aun mas temibles.
Por tu corazon de hierro y tu
sonrisa de vibora, por tus ardides
fatales, por tus miradas enganosas,
por tu alma hipocrita, por tus artificios
seductores y tu falsa sensibilidad,
por el placer que encuentras
en el dolor de los otros, por la fraternidad
con Cain, vengo a condenarte
a que seas tu mismo tu infierno.
Derramo sobre tu cabeza el licor
magico que te destina a los tormentos
que te preparo, el sueno y la
muerte estaran sordos a tus deseos y
a tus suplicas; veras la muerte a
tu lado para desearla y temerla.
Pero ya tu decreto se cumple, y
una cadena invisible te rodea con
sus eslabones; mis palabras magicas
producen su efecto: tu cabeza se
turba y tu corazon esta proximo a
marchitarse.
ESCENA II.
[El teatro representa el monte Jungfro; el dia da
principio. Manfredo esta solo entre las rocas.]
MANFREDO.
Los espiritus que habia invocado
me abandonan, las ciencias magicas
que habia estudiado me son inutiles.
Busco un remedio a mis males
y no he hecho sino agriarlos: ceso
de contar con el socorro de los espiritus;
lo pasado no es de su resorte,
y el porvenir ... hasta tanto que
tambien este sepultado en la noche
de los tiempos, me causa muy poca
inquietud. iO tierra en donde he
nacido! aurora radiante, y vosotras
altas montanas ? porque sois tan hermosas?
Yo no puedo amaros. Y tu,
antorcha brillante del universo, que
estiendes tu luz sobre toda la naturaleza,
y la haces temblar de gozo,
tu no puedes lucir en mi helado corazon.
Desde esta cima escarpada
veo las orillas del torrente, los pinos
magestuosos que la distancia
los hace semejantes a los humildes
arbustos; y cuando un solo movimiento
bastaria para hacer pedazos
mi cuerpo sobre esta cama de rocas,
y para fijarlo en un eterno descanso,
?por que razon estoy dudoso?
Siento el deseo de precipitarme
al pie de la montana y no me atrevo
a ejecutarlo, veo el peligro y no
pienso en huirle. Un vertigo se ha
apoderado de mi vista, y sin embargo
mis pies se mantienen inmoviles
y firmes. Un poder secreto me
detiene y me condena a vivir a pesar
mio, si es vivir el llevar un desierto
arido en mi corazon, y el ser
yo mismo el sepulcro de mi alma,
supuesto que no trato de justicar
mis crimenes a mis propios ojos:
esta es la ultima desgracia de los
malos.
[Un aguila pasa sobre Manfredo.]
iO tu, reina de los aires, cuyo
rapido vuelo te remonta hacia los cielos,
que no te dignes caer sobre mi,
para hacer presa de mi cadaver, y
alimentar con el a tus hijuelos! Ya
has atravesado el espacio en que podian
seguirte mis ojos; y los tuyos
pueden todavia descubrir todos los
objetos que estan sobre la tierra y
en el aire... iAh! icuantos objetos
dignos de admiracion ofrece este
mundo visible! icuan grande es en
sus causas y en sus efectos! pero nosotros
que nos llamamos sus senores,
nosotros, criaturas de barro y
semidioses al mismo tiempo, incapaces
de poder caer a un rango mas
inferior, y tambien de elevarnos,
escitamos una guerra continua entre
los elementos diversos de nuestra
doble esencia, respirando a un mismo
tiempo la bajeza y el orgullo,
estamos indecisos entre nuestras miserables
necesidades y nuestros deseos
soberbios, hasta el dia en que
la muerte triunfa y en que el hombre
viene a ser ... lo que no se atreve
a confesar a si mismo, ni a sus semejantes.
[Un pastor toca la flauta en un parage lejano.]
iQue dulce melodia es el sonido
natural de la zampona campestre!
porque, en estos parages, la vida
patriarcal no es ciertamente una fabula
de la edad de oro; el aire de la
libertad no resuena aqui sino en las
armonias de la flauta pastoral, y en
el ruido sonoro de los cencerros del
ganado que retoza en las colinas.
iMi alma esta hechizada con semejantes
ecos!... iQue no sea yo el invisible
espiritu de un sonido melodioso,
de una voz viva, de una
armonia animada, qne nace y muere
con el soplo que la produce!
[Llega un cazador de gamuzas que viene del pie de la
montana.]
EL CAZADOR.
La gamuza ha salvado las rocas,
y sus pies agiles la han llevado lejos
de mi; apenas mi caza me habra proporcionado
en el dia con que hacerme
olvidar mis correrias peligrosas...
?Pero que veo? ?Quien es
este hombre que parece que no es
ninguno de nuestros cazadores, y
que no obstante ha sabido recorrer
estas alturas escarpadas que nuestros
companeros los mas ejercitados son
los unicos que pueden practicarlo?
Sus vestidos anuncian la riqueza;
su aspecto es varonil, y sus ojos son
tan arrogantes como los de un labrador
que sabe que ha nacido libre.
Acerquemonos a el.
MANFREDO.
[Sin haber visto al cazador.]
iEs indispensable el verse encanecer
por las penas; semejante a los
pinos disecados, restos de los destrozos
de un solo invierno, despojados
de su corteza y de sus verdes
hojas! iEs necesario conservar una
vida que no sustenta en mi sino el
sentimiento de mi ruina! ies preciso
recordarme siempre de los tiempos
mas dichosos! iTengo mi rostro
lleno de arrugas, no por los anos,
pero si por las horas y los momentos
mas largos que los siglos! iy todavia
puedo vivir! iCumbres coronadas
del hielo, avalanges que un soplo
puede separar de las montanas,
venid a confundirme! He oido muchas
veces rodar en los valles vuestras
masas destructoras, pero vosotros
no aniquilais sino los seres que
todavia quisieran vivir, las tiernas
plantas de un nuevo bosque, la cabana
o la choza del inocente labrador.
EL CAZADOR.
La niebla empieza a levantarse en
el centro del valle, voy a advertirle
que se baje, se arriesgaria a perder
a un mismo tiempo el camino y la
vida.
MANFREDO.
Los vapores se amontonan al rededor
de los hielos, las nubes se
forman en copos blanquecinos y sulfureos,
semejantes a la espuma que
salta por encima de los abismos infernales,
en donde cada ola burmugeante
va a romperse en la costa en
donde estan reunidos los condenados
como las piedras en la de la mar.
Un vertigo se apodera de mi.
EL CAZADOR
Acerquemonos con precaucion
por temor de no sobrecogerle: parece
que ya titubea.
MANFREDO.
Las montanas se han abierto un
camino al traves de las nubes, y con
su choque han hecho temblar toda
la cordillera de los Alpes, cubriendo
de escombros los verdes valles, deteniendo
el curso de los rios por
su caida repentina, reduciendo sus
aguas en turbillones de vapores y
forzando al manantial a que se forme
una nueva madre. Asi cayo en otros
tiempos el monte Rosemberg minado
por los anos. iQue no hubiese caido
sobre mi!
EL CAZADOR.
iAmigo tened cuidado! el dar
otro paso pudiera seros fatal. Por el
amor del Criador, no permanezcais
a la orilla de este precipicio.
[Manfredo continua sin oirle.]
MANFREDO.
iHubiera sido un sepulcro digno
de Manfredo! mis huesos habrian
descansado en paz bajo un monumento
semejante, no hubieran quedado
sembrados sobre las rocas, viles
juguetes de los vientos, como
van a serlo, despues que me haya
precipitado... iA Dios bovedas celestes;
que vuestras miradas no me
reprendan mi accion, vosotras no
estais hechas para mi! iTierra, yo
te restituyo tus atomos!
[Cuando Manfredo va a precipitarse, el cazador le coge y
le detiene.]
EL CAZADOR.
iDetente! insensato: aunque te
halles fatigado de la vida, no manches
nuestros pacificos valles con tu
sangre culpable. Ven conmigo, yo
no te dejare.
MANFREDO.
Tengo el corazon desolado...
Vaya, no me detengas mas... Me
siento desfallecer... Las montanas
dan vueltas delante de mi como si
fuesen turbillones. Yo ceso de vivir...
?Quien eres?
EL CAZADOR.
Yo respondere despues, ven conmigo.
Las nubes se apaciguan.
Apoyate sobre mi brazo y pon aqui
tu pie... Toma este baston y ostente
un momento en este arbolito
dame la mano y no abandones mi
cinto... Poco a poco... Bien ... de
aqui a una hora estaremos en la casa
en donde se hacen los quesos. Valor;
muy luego encontraremos un pasage
mas seguro, una especie de sendero
abierto por un torrente de invierno...
Vamos; ved que esta bueno. Tu hubieras
sido un escelente cazador;
sigueme....
[Descienden con trabajo por las rocas.]
FIN DEL ACTO PRIMERO.
ACTO II, ESCENA PRIMERA.
[El teatro representa una choza de los Alpes.]
MANFREDO Y EL CAZADOR DE GAMUZAS.
EL CAZADOR.
No, no, permaneced todavia,
partireis mas tarde, vuestro espiritu
y vuestro cuerpo tienen necesidad
de mas descanso. De aqui a algunas
horas estareis mejor, os servire de
guia, ?pero adonde iremos?
MANFREDO.
Conozco el camino y no necesito
guia.
EL CAZADOR.
Vuestros vestidos y vuestro aire
anuncian un hombre de un nacimiento
distinguido; vos sois sin
duda uno de los senores cuyos castillos
dominan los valles; ?cual es
vuestra morada? Yo no conozco sino
la puerta de los palacios de los grandes.
Mi modo de vivir me conduce
muy rara vez a sus vastos hogares,
para sentarme alli al rededor del
fuego con sus vasallos; pero los senderos
que se dirigen a dichos castillos
me son muy conocidos desde
mi infancia. ?Cual es el que os pertenece?
MANFREDO.
Poco te importa.
EL CAZADOR.
iY bien! perdonadme mis preguntas;
pero dignaos estar mas alegre.
Venid a gustar mi vino; es muy
viejo: muchas veces me ha confortado
el corazon en medio de nuestros
hielos; recurrid a el para reanimar
vuestro valor. Vamos, bebamos
juntos.
MANFREDO.
Separa, separa esa copa; isus
bordes estan mojados con sangre!
iNo vere nunca esta sangre sepultada
bajo la tierra!
EL CAZADOR.
?Que quereis decir? ?vuestros
sentidos estan turbados?
MANFREDO.
Digo que es mi sangre, mi propia
sangre, la sangre pura que corria en
las venas de nuestros padres y en
las nuestras, cuando en los primeros
dias de nuestra juventud no teniamos
sino un corazon, y nos amabamos
como no hubieramos nunca debido
amarnos. Esta sangre ha sido
derramada, pero se eleva eternamente
de la tierra y va a tenir las
nubes que me cierran la entrada del
cielo, en donde tu no estas y en
donde yo no estare jamas!
EL CAZADOR.
iHombre singular en tus palabras,
a quien sin duda persigue algun remordimiento
y a quien el delirio
manifiesta las fantasmas! cualesquiera
que sean tus terrores y tus
penas, todavia hay consuelos para ti
en la piedad de los hombres justos
y en la paciencia....
MANFREDO.
iLa paciencia! iy siempre la paciencia!
esta palabra fue creada para
los hombres dociles y no para las
aves de presa... Predica la paciencia
a los mortales formados con el miserable
polvo, yo soy de otra especie.
EL CAZADOR.
iGracias a Dios! yo no quisiera
ser de la tuya por la gloria de Guillermo
Tell. Pero cualquiera que sea
el mal que te oprime, es preciso soportarle,
y todos esos movimientos
convulsivos son inutiles.
MANFREDO.
Yo le soporto sobradamente. Mirame:
yo vivo.
EL CAZADOR.
Tu te agitas con terror, pero no
vives.
MANFREDO.
Te respondere que he vivido muchos
anos, y que no cuentan por
nada en el dia en comparacion de
los que me faltan vivir. Veo delante
de mi siglos, el infinito, la eternidad,
mi conciencia y la sed ardiente
de la muerte que me atormenta sin
cesar.
EL CAZADOR.
Apenas se reconoce en tu frente
la edad de la virilidad, yo cuento
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