quiere decir Dante, sus ojos (las oes) estaban tan hundidos en
la cabeza, claramente podía verse la M, formada por la nariz,
las cejas y las mejillas.
Nunca le hubiera conocido por su rostro; pero su voz me recordó todo lo
que sus facciones habían absorbido en sí mismas; esta chispa encendió
en mí el completo conocimiento de aquel rostro cambiado, y reconocí el
de Forese.
--¡Ah!--me dijo--; no fijes tu atención en esta lepra árida, que me
decolora la piel, ni en la carne que me falta. Pero dime la verdad
con respecto a ti, y dime quiénes son esas dos almas que te guían: no
pararé hasta que me lo digas.
--Tu rostro, que ya muerto me hizo llorar, excita ahora en mí nuevos
deseos de llanto--le respondí viéndole tan desfigurado--; pero dime,
por Dios, qué es lo que os demacra tanto; y no me hagas hablar de otra
cosa mientras dura mi asombro, porque mal puede hablar el que está
poseído de otro deseo.
Me contestó:
--Desde el eterno tribunal desciende una virtud sobre el agua y
la planta que hemos dejado más atrás; virtud que me extenúa de
esta suerte. Todos esos que cantan llorando por haberse entregado
desenfrenadamente al vicio de la gula, deben santificarse aquí por
medio del hambre y de la sed. El olor que se exhala de la fruta y el
agua que se extiende sobre ese follaje, excitan en nosotros el deseo
de comer y beber, y más de una vez se repite nuestra pena mientras
damos la vuelta a este círculo: he dicho pena, debiendo decir consuelo;
porque el deseo que nos conduce hacia ese árbol es el mismo que condujo
a Jesucristo a decir lleno de gozo: "Eli," cuando nos redimió con la
sangre de sus venas.
--Forese--repliqué--, desde aquel día en que dejaste el mundo por mejor
vida, no han transcurrido aún cinco años. Si la facultad de pecar
concluyó en ti antes de que sobreviniera la hora del saludable dolor
que nos reconcilia con Dios, ¿cómo es que has venido aquí arriba? Creía
encontrarte abajo, donde el tiempo con el tiempo se repara.
Respondióme:
--Mi Nella es la que, con sus ruegos asiduos, me ha conducido a beber
el dulce ajenjo del dolor. Con sus devotas oraciones y sus suspiros
me ha sacado del lugar donde se espera, y me ha librado de los otros
círculos. Mi viudita, a quien amé mucho, es tanto más querida y
agradable a Dios, cuanto más sola es en obrar bien; pues la Barbagia
de Cerdeña tiene mujeres mucho más púdicas que la Barbagia donde la
he dejado. ¡Oh caro hermano!, ¿qué quieres que te diga? Ante mi vista
se presenta un tiempo futuro, del que no dista mucho el presente, en
el cual se prohibirá desde el púlpito a las descaradas florentinas ir
enseñando los pechos, ¿Qué mujeres bárbaras ni sarracenas ha habido
jamás, contra las que se debiera apelar a penas espirituales o a otras
restricciones para obligarlas a ir cubiertas? Pero si las impúdicas
estuvieran seguras de lo que el cielo les prepara pronto, tendría ya la
boca abierta para aullar; porque si mi previsión no me engaña, serán
entristecidas antes de que salga el bozo al niño que ahora se consuela
con la "nana." ¡Ah, hermano!, no te me ocultes más: estás viendo que,
no sólo yo, sino todas esas almas, miran el sitio donde interceptas la
luz del Sol.
Entonces le dije:
--Si recuerdas lo que tú y yo fuimos, aun el mencionarlo ahora deberá
serte doloroso. De aquella vida me sacó el otro día ese que va delante
de mí, cuando se ostentaba redonda la hermana de aquel (y le designé el
Sol). Ese sabio me ha guiado a través de la profunda noche por entre
los verdaderos muertos, y con mi verdadera carne que le sigue. Su
auxilio me ha sostenido hasta aquí en las cuestas y recodos del monte,
que hace que seáis rectos vosotros a quienes tan torcidos hizo el
mundo. Me ha dicho que me acompañaría hasta dejarme donde está Beatriz:
allí es preciso que me quede sin él. Virgilio es ese que me habló así
(y se lo indiqué con el dedo); el otro es aquella sombra por quien hubo
hace poco tales sacudimientos en todos los ámbitos de vuestro monte,
que de sí la despide.
[Ilustración]
-CANTO VIGESIMOCUARTO-
Ni la conversación detenía nuestra marcha, ni ésta a aquélla, sino que,
a pesar de ir hablando, caminábamos de prisa, como la nave impelida
por un viento favorable. Las sombras, que parecían cosas doblemente
muertas, noticiosas de que yo estaba vivo, mostraban su admiración por
las hondas cavidades de sus ojos. Continuando yo mi discurso, dije:
--Esa sombra, quizá por causa del otro, se dirige arriba más lentamente
de lo que lo haría. Pero dime, si acaso lo sabes, dónde está Piccarda,
y si entre esta gente que así me mira veo alguna persona digna de
llamar mi atención.
--Mi hermana, que no sé lo que fué más, si hermosa o buena, ostenta ya
su triunfal corona en el alto Olimpo.
Esto dijo primero, y luego añadió:
--Aquí no está prohibido nombrar a nadie, atendida la prontitud con que
es alterado nuestro semblante por la dieta. Ese (y lo señaló con el
dedo) es Buonaggiunta, Buonaggiunta el de Luca; y aquel de más allá,
más apergaminado que los otros, tuvo en sus brazos la Santa Iglesia:
fué natural de Tours, y ahora expía con el ayuno las anguilas del
Bolsena y la garnacha[78].
[78] El papa Martín IV, natural de Tours. Fué hombre de bien,
y muy amigo de la casa de Francia. Dado a la gula, hacía morir
las anguilas del lago de Bolsena, ahogándolas en vino blanco
generoso y dulce (garnacha), y después de bien guisadas, las
comía con afán.
Otros muchos me fué citando uno a uno, y todos parecían contentos de
que se les nombrase; pues no reparé en ellos ningún gesto de desagrado.
Vi mover las mandíbulas, mascando en vacío por efecto del hambre, a
Ubaldino de la Pila, y a Bonifacio, que apacentó a muchos revestido
con el roquete[79]. Vi a meser Marchese, que habiendo tenido tiempo
para beber en Forli con menos sed, fué tal que nunca se sintió saciado.
Pero, como aquel que mira, y después simpatiza más con uno que con
otro, así me pasó con el de Luca, que parecía querer decirme algo.
Murmuraba entre dientes; y yo le oía no sé qué de Gentucca donde él
sentía el castigo que tanto le devoraba.
[79] Bonifacio de Fieschi, conde de Lavagna y arzobispo de
Ravena.
--¡Oh alma, le dije, que tan deseosa pareces de hablar conmigo! Haz de
modo que yo te entienda, y satisfácenos a los dos con tu conversación.
El empezó a decir:
--Existe una mujer que no lleva el velo todavía, la cual hará que te
agrade mi ciudad, aunque alguno hable mal de ella. Tú irás allá con
esta predicción, y si acaso no has entendido bien lo que murmuro, ya
te lo pondrá en claro la realidad de los hechos. Pero dime: ¿no estoy
viendo al que ha dado a luz las nuevas rimas, que comienzan así:
"Donne, ch'avete intelleto d'Amore"[80]
[80] Así empieza una bellísima canción de Dante, que puede
verse en La Vida Nueva.
Le contesté:
--Yo soy uno que voy notando lo que Amor inspira, y luego lo expreso
tal como él me dicta dentro del alma.
--¡Oh hermano!--exclamó.--Ahora veo el nudo que al Notario, a
Guittone[81] y a mí nos impidió llegar al dulce y nuevo estilo que
oigo. Bien veo que vuestras plumas siguen fielmente al que les dicta,
lo cual no han hecho en verdad las nuestras; y que quien se propone
remontarse a mayor altura, no ve la diferencia del uno al otro estilo.
[81] Jacobo de Lentino, llamado el Notario, y Guittone de
Arezzo, poetas mediocres.
Dichas estas palabras, se calló como si estuviese satisfecho.
Así como las grullas que pasan el invierno a orillas del Nilo forman
a veces una bandada en el aire, y luego vuelan rápidamente marchando
en hilera, de igual suerte todas las almas que allí estaban, volviendo
el rostro, aceleraron el paso, ligeras por su demacración y por su
deseo: y al modo que un hombre cansado de correr deja ir delante a sus
compañeros, y sigue lentamente hasta que cesa la agitación de su pecho,
así Forese dejó pasar a la grey santa, y continuó conmigo su camino
diciéndome:
--¿Cuándo te volveré a ver?
--No sé cuánto he de vivir--le respondí--; pero no será tan pronto mi
regreso, que antes no llegue yo con el deseo a la orilla; porque el
sitio donde fuí colocado para vivir se despoja de día en día y cada vez
más del bien, y parece destinado a una triste ruina.
--Vé, pues--repuso--; que ya estoy viendo al que tiene la mayor
culpa de esa ruina, arrastrado a la cola de un animal hacia el valle
donde nadie se excusa de sus faltas[82]. El animal a cada paso va
más rápido, aumentando siempre su celeridad, hasta que lo arroja, y
abandona el cuerpo vilmente destrozado. Esas esferas no darán muchas
vueltas (y dirigió sus ojos al cielo) sin que sea claro para ti lo que
mis palabras no pueden ampliar más. Ahora te dejo; porque el tiempo es
caro en este reino, y yo pierdo mucho caminando a tu lado.
[82] Corso Donati, hermano del mismo Forese, jefe de los
Negros, y principal causante de los males de Florencia. Forese
no nombra a Corso, porque es su hermano.
Cual jinete que se adelanta al galope de entre el escuadrón que
avanza, a fin de alcanzar el honor del primer choque, del mismo modo
y con mayores pasos se apartó de nosotros aquel espíritu, y yo quedé
en el camino con aquellos dos que fueron tan grandes generales del
mundo. Cuando estuvo tan retirado de nosotros, que mis ojos no podían
seguirle, así como tampoco podía mi mente alcanzar el sentido de sus
palabras, observé no muy lejos las ramas frescas y cargadas de frutas
de otro manzano, por haberme vuelto entonces hacia aquel lado. Y vi
debajo de él muchas almas que alzaban las manos y gritaban no sé qué en
dirección del follaje, como los niños que, codiciando impotentes alguna
cosa, la piden sin que aquel a quien ruegan les responda, y antes al
contrario, para excitar más sus deseos, tiene elevado y sin ocultar lo
que causa su anhelo. Después se marcharon como desengañadas, y nosotros
nos acercamos entonces al gran árbol, que rechaza tantos ruegos y
tantas lágrimas.
"Pasad adelante sin aproximaros: más arriba existe otro árbol, cuyo
fruto fué mordido por Eva, y éste es un retoño de aquél." Así decía no
sé quién entre las ramas; por lo cual Virgilio, Estacio y yo seguimos
adelante, estrechándonos cuanto pudimos hacia el lado en que se eleva
el monte. "Acordaos, decía la voz, de los malditos formados en las
nubes, que, repletos, combatieron a Teseo con sus dobles pechos[83].
Acordaos de los hebreos, que mostraron al beber su molicie, por lo que
Gedeón no los quiso por compañeros cuando descendió de las colinas
cerca de Madián." De este modo, arrimados a una de las orillas,
pasamos adelante, oyendo diferentes ejemplos del pecado de la gula,
seguidos de las miserables consecuencias de aquel vicio. Después,
entrando nuevamente en medio del camino desierto, nos adelantamos mil
pasos y aun más, reflexionando cada cual y sin hablar. "¿Qué vais
pensando vosotros tres solos?", dijo de improviso una voz, que me hizo
estremecer, como sucede a los animales tímidos y asustadizos. Levanté
la cabeza para ver quién fuese, y jamás se vieron en un horno vidrios o
metales tan luminosos y rojos como lo estaba uno que decía: "Si queréis
llegar hasta arriba, es preciso que deis aquí la vuelta: por aquí va
el que quiere ir en paz." Su aspecto me había deslumbrado la vista;
por lo cual me volví, siguiendo a mis Doctores a la manera de quien se
guía por lo que escucha. Y sentí que me daba en medio de la frente un
viento, como sopla y embalsama el ambiente la brisa de Mayo, mensajera
del alba, impregnada con el aroma de las plantas y flores; y bien sentí
moverse la pluma, que me hizo percibir el perfume de la ambrosía,
oyendo decir: "Bienaventurados aquellos a quienes ilumina tanta gracia,
que la inclinación a comer no enciende en sus corazones desmesurados
deseos, y sólo tienen el hambre que es razonable."
[83] Los Centauros, engendrados por el consorcio de Ixion
con una nube, llenos de vino, intentaron robar la esposa
de Piritóo en medio del convite nupcial, por lo cual Teseo
los mató. Combatieron con sus dobles pechos, de hombre y de
caballo.
[Ilustración]
-CANTO VIGESIMOQUINTO-
Era la hora en que no debía demorarse nuestra subida, pues el sol había
dejado el círculo meridional al Tauro, y la noche al Escorpión: por lo
cual, así como el hombre a quien estimula el aguijón de la necesidad,
no se detiene por nada que encuentre, sino que sigue su camino, de
igual suerte entramos nosotros por la abertura del peñasco, uno delante
de otro, tomando la escalera, que por su angostura obliga a separarse a
los que la suben. Y como la joven cigüeña que extiende sus alas deseosa
de volar, y no atreviéndose a abandonar el nido, las pliega nuevamente,
lo mismo hacía yo llevado de un ardiente deseo de preguntar, que se
inflamaba y se extinguía, hasta que llegué a hacer el ademán del que
se prepara a hablar. A pesar de lo rápido de nuestra marcha, mi amado
Padre no dejó de decirme:
--Dispara el arco de la palabra, que tienes tirante hasta el hierro.
Entonces abrí la boca con seguridad, y empecé a decir:
--¿Cómo es posible enflaquecer donde no hay necesidad de alimentarse?
--Si te acordaras de cómo se consumió Meleagre al consumirse un
tizón--respondió--, no te sería ahora tan difícil comprender esto; y
si considerases cómo, al moveros, se mueve vuestra imagen dentro del
espejo, te parecería blando lo que te parece duro. Mas para que tu
deseo quede satisfecho, aquí tienes a Estacio, a quien pido y suplico
que sea el médico de tus heridas.
--Si estando tú presente, le descubro los arcanos de la eterna
justicia--respondió Estacio--, sírvame de disculpa el no poder negarte
nada.
Luego empezó diciendo:
--Hijo, si tu mente recibe y guarda mis palabras, ellas te darán
luz sobre el punto de que hablas. La sangre más pura, que nunca es
absorbida por las sedientas venas y que sobra, como el resto de los
alimentos que se retiran de la mesa, adquiere en el corazón una virtud
tan apta para formar todos los miembros humanos, como la que tiene para
transformarse en ellos la que va por las venas. Todavía más depurada,
desciende a un punto que es mejor callar que nombrar, de donde se
destila después sobre la sangre de otro ser en vaso natural. Aquí se
mezclan las dos, la una dispuesta a recibir la impresión, la otra a
producirla por efecto de la perfección del lugar de que procede; y
apenas están juntas, la sangre viril empieza desde luego a operar,
coagulando primero, y vivificando en seguida lo que ha hecho unírsele
como materia propia. Convertida la virtud activa en alma, como la de
una planta, pero con la diferencia de que aquélla está en vías de
formación, mientras que la otra ha llegado ya a su término, continúa
obrando de tal modo, que luego se mueve y siente como la esponja
marina, y en seguida emprende la organización de las potencias, de la
cual es el germen. Hijo mío, la virtud que procede del corazón del
padre, y desde la cual atiende la naturaleza a todos los miembros, ora
se ensancha, y ora se prolonga; mas no ves todavía cómo el feto, de
animal pasa a ser racional: este punto es tal, que uno más sabio que tú
incurrió con su doctrina en el error de separar del alma el intelecto
posible, porque no vió que éste tuviese ningún órgano especial adecuado
a sus funciones. Abre tu corazón a la verdad que te presento, y sabe
que, en cuanto está concluído el organismo del cerebro del feto, el
Primer Motor se dirige placentero hacia aquella obra maestra de la
naturaleza, y le infunde un nuevo espíritu, lleno de virtud, que atrae
a su substancia lo que allí encuentra de activo, y se convierte en
un alma sola, que vive, y siente, y se refleja sobre sí misma: a fin
de que te causen menos admiración mis palabras, considera el calor
del Sol, que se transforma en vino, uniéndose al humor que sale de la
vid. Cuando Laquesis no tiene ya lino, el alma se separa del cuerpo,
llevándose virtualmente consigo sus potencias divinas y humanas:
todas las facultades sensitivas quedan como mudas; pero la memoria,
el entendimiento y la voluntad son en su acción mucho más sutiles que
antes. Sin detenerse, el alma llega maravillosamente por sí misma a una
de las orillas, donde conoce el camino que le está reservado. En cuanto
se encuentra circunscrita en él, la virtud informativa irradia en
torno, del mismo modo que cuando vivía en sus miembros; y así como el
aire, cuando el tiempo está lluvioso, se presenta adornado de distintos
colores por los rayos del Sol que en él se reflejan, de igual suerte el
aire de alrededor toma la forma que le imprime virtualmente el alma que
está allí detenida; y semejante después a la llama que sigue en todos
sus movimientos al fuego, la nueva forma va siguiendo al espíritu. Por
fin, como el alma toma de esto su apariencia, se le llama sombra, y
en esa forma organiza luego cada uno de sus sentidos, hasta el de la
vista. En virtud de este cuerpo aéreo hablamos, reímos, derramamos
lágrimas y suspiramos, como habrás podido observar por el monte. Según
como los deseos y los demás afectos nos impresionan, la sombra toma
diferentes figuras: tal es la causa de lo que te admira.
Habíamos llegado ya al círculo de la última tortura, y nos dirigíamos
hacia la derecha, cuando llamó nuestra atención otro cuidado. Allí
la ladera de la montaña lanza llamas con ímpetu hacia el exterior, y
la orilla opuesta del camino da paso a un viento que, dirigiéndose
hacia arriba, la rechaza y aleja de sí. Por esta razón nos era preciso
caminar de uno en uno por el lado descubierto del camino, de modo
que si, por una parte, me causaba temor el fuego, por otra temía
despeñarme. Mi Jefe decía:
--En este sitio es preciso refrenar bien los ojos, porque muy poco
bastaría para dar un mal paso.
Entonces oí cantar en el seno de aquel gran ardor: "Summæ Deus
clementiæ"[84]; lo cual excitó en mí un deseo no menos ardiente de
volverme, y vi a varios espíritus andando por la llama: yo les miraba,
pero fijando alternativamente la vista, ya en sus pasos, ya en los
míos. Después de la última estrofa de aquel himno, gritaron en voz
alta: "Virum non cognosco"[85]; y en seguida volvieron a entonarlo en
voz baja. Terminado el himno, gritaron aún: "Diana corrió al bosque, y
arrojó de él a Hélice, que había gustado el veneno de Venus." Repetían
su canto, y citaban después ejemplos de mujeres y maridos que fueron
castos, como lo exigen la virtud y el matrimonio. Y de este modo, según
creo, continuarán durante todo el tiempo que los abrase el fuego; pues
con tal remedio y tales ejercicios ha de cicatrizarse la última llaga.
[84] Principio del himno que la Iglesia recita en los maitines
del Sábado, y que cantan las almas que se purifican del vicio
de la lujuria, porque en él se pide a Dios la pureza.
[85] Palabras dichas por María al arcángel San Gabriel. Dante
continúa haciendo citar a las almas ejemplos contrarios a los
vicios de que se purifican. Enumeran los ejemplos en alta voz,
porque con ellos las almas se reprenden a sí mismas: el himno
lo cantan en voz baja, como una oración que dirigen a Dios.
[Ilustración]
[Ilustración]
-CANTO VIGESIMOSEXTO-
Mientras que uno tras otro íbamos por el borde del camino, el buen
Maestro decía muchas veces: "Mira, y ten cuidado, pues ya estás
advertido." Daba en mi hombro derecho el Sol, que irradiando por todo
el Occidente, cambiaba en blanco su color azulado. Con mi sombra hacía
parecer más roja la llama, y aquí también vi muchas almas que, andando,
fijaban su atención en tal indicio. Con este motivo se pusieron a
hablar de mí, y empezaron a decir: "Parece que éste no tenga un cuerpo
ficticio." Después se cercioraron, aproximándose a mí cuanto podían,
pero siempre con el cuidado de no salir adonde no ardieran.
--¡Oh tú, que vas en pos de los otros, no por ser el más lento, sino
quizá por respeto!, respóndeme a mí, a quien abrasan la sed y el fuego.
No soy yo el único que necesita tu respuesta, pues todos éstos tienen
mayor sed, que deseo de agua fresca el Indio y el Etíope. Dinos: ¿cómo
es que formas con tu cuerpo un muro que se antepone al Sol, cual si no
hubieras caído aún en las redes de la muerte?
Así me hablaba una de aquellas sombras, y yo me habría explicado en
el acto, si no hubiese atraído mi atención otra novedad que apareció
entonces. Por el centro del camino inflamado venía una multitud
de almas con el rostro vuelto hacia las primeras, lo cual me hizo
contemplarlas asombrado. Por ambas partes vi apresurarse todas las
sombras, y besarse unas a otras, sin detenerse, y contentándose con tan
breve agasajo; semejantes a las hormigas, que en medio de sus pardas
hileras, van a encontrarse cara a cara, quizá para darse noticias de su
viaje o de su botín. Una vez terminado el amistoso saludo, y antes de
dar el primer paso, cada una de ellas se ponía a gritar con todas sus
fuerzas, las recién llegadas: "Sodoma y Gomorra," y las otras: "En la
vaca entró Pasifae, para que el toro acudiera a su lujuria." Después,
como grullas que dirigiesen su vuelo, parte hacia los montes Rifeos, y
parte hacia las ardientes arenas, huyendo éstas del hielo, y aquéllas
del Sol, así unas almas se iban y otras venían, volviendo a entonar
entre lágrimas sus primeros cantos, y a decir a gritos lo que más
necesitaban. Como anteriormente, se acercaron a mí las mismas almas que
me habían preguntado, atentas y prontas a escucharme. Yo, que dos veces
había visto su deseo, empecé a decir:
--¡Oh almas seguras de llegar algún día al estado de paz! Mis miembros
no han quedado allá verdes ni maduros, sino que están aquí conmigo, con
su sangre y con sus coyunturas. De este modo voy arriba, a fin de no
ser ciego nunca más: sobre nosotros existe una mujer, que alcanza para
mí esta gracia por la cual llevo por vuestra mundo mi cuerpo mortal.
Pero decidme, ¡así se logre en breve vuestro mayor deseo, y os acoja
el cielo que está más lleno de amor y por más ancho espacio se dilata!
Decidme, a fin de que yo pueda ponerlo por escrito, ¿quiénes sois, y
quién es aquella turba que se va en dirección contraria a la vuestra?
No de otra suerte se turba estupefacto el montañés, y enmudece absorto,
cuando, rudo y salvaje, entra en una ciudad, de como pareció turbarse
cada una de aquellas sombras: pero repuestas de su estupor, el cual
se calma pronto en los corazones elevados, empezó a decirme la que
anteriormente me había preguntado:
--¡Dichoso tú, que sacas de nuestra actual mansión experiencia para
vivir mejor! Las almas que no vienen con nosotros cometieron el
pecado por el que César, en medio de su triunfo, oyó que se burlaban
de él y le llamaban reina. Por esto se alejan gritando "Sodoma;"
y reprendiéndose a sí mismos, como has oído, añaden al fuego que
les abrasa el que les produce su vergüenza. Nuestro pecado fué
hermafrodita; pero no habiendo observado la ley humana, y sí seguido
nuestro apetito al modo de las bestias, por eso, al separarnos de los
otros, gritamos para oprobio nuestro el nombre de aquélla, que se
bestializó en una envoltura bestial. Ya conoces nuestras acciones y el
delito que cometimos: si por nuestros nombres quieres conocer quiénes
somos, ni sabré decírtelos, ni tengo tiempo para ello. Satisfaré, sin
embargo, tu deseo diciéndote el mío: soy Guido Guinicelli, que me
purifico ya por haberme arrepentido antes de mi última hora.
Como corrieron hacia su madre los dos hijos al encontrarla bajo las
tristes iras de Licurgo, así me lancé yo, pero sin atreverme a tanto,
cuando escuché nombrarse a sí mismo a mi padre, y al mejor de todos
los míos que jamás hicieron rimas de amor dulces y floridas; y sin oír
hablar, anduve pensativo largo trecho, contemplándolo, aunque sin poder
acercarme más a causa del fuego. Cuando me harté de mirarle, me ofrecí
de todo corazón a su servicio con aquellos juramentos que hacen creer
en las promesas. Me contestó:
--Dejas en mí, por lo que oigo, una huella tan profunda y clara, que
el Leteo no puede borrarla ni obscurecerla: pero si tus palabras han
jurado la verdad, dime, ¿cuál es la causa del cariño que me demuestras
en tus frases y en tus miradas?
Le contesté:
--Vuestras dulces rimas, que harán preciosos los manuscritos que las
contienen, tanto como dure el lenguaje moderno.
--¡Oh hermano!--replicó--; éste que te señalo con el dedo[86] (e
indicó un espíritu que iba delante de él), fué mejor obrero en su
lengua materna. Sobrepujó a todos en sus versos amorosos y en la
prosa de sus novelas; y deja hablar a los necios, que creen que el
Lemosín[87] es mejor que él; prestan más atención al ruido que a la
verdad, y así forman su juicio antes de dar oídos al arte o la razón.
Lo mismo hicieron muchos de los antiguos con respecto a Guittone,
colocándole, merced a sus gritos, en el primer lugar, hasta que lo ha
vencido la verdad con los méritos adquiridos por otras personas. Ahora,
si tienes el alto privilegio de poder penetrar en el claustro donde
Cristo es abad del colegio, díle por mí del "Padre nuestro" todo lo
que necesitamos nosotros los habitantes de este mundo, en el que ya no
tenemos el poder de pecar.
[86] Arnaldo Daniel, célebre poeta provenzal del siglo XII,
celebrado por Petrarca como gran maestro de amor y como el
primer poeta en lengua vulgar. Escribió novelas caballerescas
en prosa.
[87] Gerardo Borneil, poeta de Limoges.
Luego, tal vez para hacer sitio a otro que venía en pos de él,
desapareció entre el fuego, como desaparece el pez en el fondo del
agua. Yo me adelanté un poco hacia el que me había designado, y le dije
que mi deseo preparaba a su nombre una grata acogida: él empezó a decir
donosamente:
--Me complace tanto vuestra cortés pregunta, que ni puedo ni quiero
ocultarme a vos: yo soy Arnaldo, que lloro y voy cantando: veo, triste,
mis pasadas locuras, y veo, contento, el día que en adelante me espera.
Ahora os ruego, por esa virtud que os conduce a lo más alto de la
escala, que os acordéis de endulzar mi dolor.
Después se ocultó en el fuego que les purifica.
[Ilustración]
[Ilustración]
-CANTO VIGESIMOSEPTIMO-
El Sol estaba ya en aquel punto desde donde lanza sus primeros rayos
sobre la ciudad en que se derramó la sangre de su Hacedor: el Ebro caía
bajo el alto signo de Libra, y las ondas del Ganges eran caldeadas al
empezar la hora de nona; de modo que donde estábamos terminaba el día,
cuando nos divisó placentero el Angel de Dios, que apartado de la llama
se puso en la orilla a cantar: "Beati mundo corde," en voz bastante más
viva que la nuestra. Después dijo:
--No se sigue adelante, almas santas, si el fuego no os muerde antes:
entrad en él, y no os hagáis sordas al cántico que llegará hasta
vosotras.
Así habló cuando estuvimos cerca de él, por lo que me quedé al oirle
como aquel que es metido en la fosa. Elevé mis manos entrelazadas
mirando al fuego, y se representaron vivamente en mi imaginación los
cuerpos humanos que había visto arder. Mis buenos Guías se volvieron
hacia mí, y Virgilio me dijo:
--Hijo mío, aquí puedes encontrar un tormento; pero no la muerte.
Acuérdate, acuérdate... y si te guié sano y salvo sobre Gerión, ¿qué
no haré ahora que estoy más cerca de Dios? Ten por cierto que, aunque
estuvieras mil años en medio de esa llama, no perderías un solo
cabello; y si acaso crees que te engaño, ponte cerca de ella, y como
prueba, aproxima con tus manos al fuego la orla de tu ropaje. Depón,
pues, depón todo temor; vuélvete hacia aquí, y pasa adelante con
seguridad.
Yo, sin embargo, permanecí inmóvil aun en contra de mi conciencia.
Cuando vió que me estaba quieto y reacio, repuso algo turbado:
--Hijo mío, repara en que entre Beatriz y tú sólo existe ese obstáculo.
Así como al oír el nombre de Tisbe, Piramo, cercano a la muerte, abrió
los ojos y la contempló bajo la morera, que desde entonces echó frutos
rojos, así yo, vencida mi obstinación, me dirigí hacia mi sabio Guía,
al oír el nombre que siempre está en mi mente. Entonces él, moviendo la
cabeza, dijo:
--¡Cómo! ¿Queremos permanecer aquí?
Y se sonrió, como se sonríe al niño a quien se conquista con una fruta.
Después se metió en el fuego el primero, rogando a Estacio, que durante
todo el camino se había interpuesto entre ambos, que viniese detrás
de mí. Cuando estuve dentro, habríame arrojado, para refrescarme, en
medio del vidrio hirviendo; tan desmesurado era el ardor que allí se
sentía. Mi dulce Padre, para animarme, continuaba hablando de Beatriz y
diciendo: "Ya me parece ver sus ojos." Nos guiaba una voz que cantaba
al otro lado; y nosotros, atentos solamente a ella, salimos del fuego
por el sitio donde está la subida.
--"Venite, benedicti patris mei"--se oyó en medio de una luz que allí
había, tan resplandeciente que me ofuscó y no la pude mirar.--El Sol se
va--añadió--, y viene la noche; no os detengáis, sino acelerad el paso
antes que el horizonte se obscurezca.
El sendero subía recto a través de la peña hacia el Oriente, y yo
interrumpía delante de mí los rayos del Sol, que ya estaba muy bajo.
Habíamos subido pocos escalones, cuando mis sabios Guías y yo, por mi
sombra que se desvanecía, observamos que tras de nosotros se ocultaba
el Sol; y antes de que en toda su inmensa extensión tomara el horizonte
el mismo aspecto, y de que la noche se esparciera por todas partes,
cada uno de nosotros hizo de un escalón su lecho; porque la naturaleza
del monte, más bien que nuestro deseo, nos impedía subir. Como las
cabras que antes de haber satisfecho su apetito van veloces y atrevidas
por los picos de los montes, y una vez saciado éste, se quedan rumiando
tranquilas a la sombra, mientras el Sol quema, guardadas por el
pastor, que, apoyado en su cayado, cuida de ellas; y como el pastor
que se queda fuera y pernocta cerca de su rebaño, para preservarlo de
que lo disperse alguna bestia feroz, así estábamos entonces nosotros
tres, yo como cabra, y ellos como pastores, estrechados por los dos
lados de aquella abertura. Poco alcanzaba nuestra vista de las cosas
que había fuera de allí; pero por aquel reducido espacio veía yo las
estrellas más claras y mayores de lo acostumbrado. Rumiando de esta
suerte y contemplándolas me sorprendió el sueño; el sueño que muchas
veces predice lo que ha de sobrevenir. En la hora, según creo, en que
Citerea, que parece siempre abrasada por el fuego del amor, lanzaba
desde Oriente sus primeros rayos sobre la montaña, me parecía ver
entre sueños una mujer joven y bella, que iba cogiendo flores por una
pradera, y decía cantando: "Sepa todo aquel que preguntó mi nombre, que
yo soy Lía, y voy extendiendo en torno mis bellas manos para formarme
una guirnalda. Para agradarme delante del espejo, me adorno aquí; pero
mi hermana Raquel no se separa jamás del suyo, y permanece todo el día
sentada ante él. A ella le gusta contemplar sus hermosos ojos, como a
mí adornarme con mis propias manos: ella se satisface con mirar, yo con
obrar." Ya, ante los esplendores que preceden al día, tanto más gratos
a los peregrinos, cuanto más cerca de su patria se albergan al volver a
ella, huían por todas partes las tinieblas, y con ellas mi sueño; por
lo cual me levanté, y vi a mis grandes Maestros levantados también.
La dulce fruta que por tantas ramas va buscando la solicitud de los
mortales, hoy calmará tu hambre.
Tales fueron las palabras que me dirigió Virgilio; palabras que
me causaron un placer como no lo ha causado jamás regalo alguno.
Acrecentóse tanto en mí el deseo de llegar a la cima del monte, que a
cada paso que daba sentía crecer alas para mi vuelo. Cuando, recorrida
toda la escalera, estuvimos en la última grada, Virgilio fijó en mí sus
ojos y dijo:
--Has visto el fuego temporal y el eterno, hijo mío, y has llegado a un
sitio donde no puedo ver nada más por mí mismo. Con ingenio y con arte
te he conducido hasta aquí: en adelante sírvate de guía tu voluntad;
fuera estás de los caminos escarpados y de las estrechuras; mira el Sol
que brilla en tu frente; mira la hierba, las flores, los arbustos, que
se producen solamente en esta tierra. Mientras no vengan radiantes de
alegría los hermosos ojos que, entre lágrimas, me hicieron acudir en tu
socorro, puedes sentarte, y puedes pasear entre esas flores. No esperes
ya mis palabras, ni mis consejos: tu albedrío es ya libre, recto y
sano, y sería una falta no obrar según lo que él te dicte. Así, pues,
ensalzándote sobre ti mismo, te corono y te mitro.[88]
[88] Tu albedrío es ya libre; recto y sano, por el
esclarecimiento de tu razón y el dominio de tus pasiones:
por lo tanto te hago señor de ti mismo, en lo tocante a la
dirección civil (corona), y a la espiritual (mitra).
[Ilustración]
-CANTO VIGESIMOCTAVO-
Deseoso ya de observar en su interior y en sus contornos la divina
floresta espesa y viva, que amortiguaba la luz del nuevo día, dejé sin
esperar más el borde del monte y marché lentamente a través del campo,
cuyo suelo por todas partes despedía gratos aromas. Un aura blanda e
invariable me oreaba la frente con no mayor fuerza que la de un viento
suave: a su impulso, todas las verdes frondas se inclinaban trémulas
hacia el lado a que proyecta su primera sombra el sagrado monte; pero
sin separarse tanto de su derechura, que las avecillas dejaran por
esta causa de ejercitar su arte sobre las copas de los árboles, pues
antes bien, llenas de alegría, saludaban a las primeras auras, cantando
entre las hojas, que acompañaban a sus ritmos haciendo el bajo, con un
susurro semejante al que de rama en rama va creciendo en los pinares
del llano de Chiassi, cuando Eolo deja escapar el Sirocco.
Ya me habían transportado mis lentos pasos tan adentro de la antigua
selva, que no podía distinguir el sitio por donde había entrado, cuando
vi interceptado mi camino por un riachuelo, que corriendo hacia la
izquierda, doblegaba bajo el peso de pequeñas linfas las hierbas que
brotaban en sus orillas. Las aguas que en la tierra se tienen por más
puras, parecerían turbias comparadas con aquellas, que no ocultan nada,
aunque corran obscurecidas bajo una perpetua sombra, que no da paso
nunca a los rayos del Sol ni de la Luna. Detuve mis pasos, y atravesé
con la vista aquel riachuelo, para admirar la gran variedad de sus
frescas arboledas, cuando se me apareció, como aparece súbitamente una
cosa maravillosa que desvía de nuestra mente todo otro pensamiento, una
mujer sola, que iba cantando y cogiendo flores de las muchas de que
estaba esmaltado todo su camino.
--¡Ah!, hermosa Dama, que te abrasas en los rayos de Amor, si he de
dar crédito al semblante que suele ser testimonio del corazón; dígnate
adelantarte--le dije--hacia este riachuelo, lo bastante para que pueda
comprender qué es lo que cantas. Tú traes a mi memoria el sitio donde
estaba Proserpina, y cómo era cuando la perdió su madre, y ella perdió
sus lozanas flores.
Así como bailando se vuelve una mujer, con los pies juntos y arrimados
al suelo, poniendo apenas uno delante de otro, de igual suerte se
volvió aquélla hacia mí sobre las florecillas rojas y amarillas,
semejante a una virgen que inclina sus modestos ojos, y satisfizo mis
súplicas aproximándose tanto, que llegaba hasta mí la dulce armonía
de su canto, y sus palabras claras y distintas. Luego que se detuvo
en el sitio donde las hierbas son bañadas por las ondas del lindo
riachuelo, me concedió el favor de levantar sus ojos. No creo que
saliera tal resplandor bajo las cejas de Venus, cuando su hijo la
hirió inconsideradamente. Ella se sonreía desde la orilla derecha,
cogiendo mientras tanto las flores que aquella elevada tierra produce
sin necesidad de simiente. El río nos separaba a la distancia de tres
pasos; pero el Helesponto por donde pasó Jerjes, cuyo ejemplo sirve aún
de freno a todo orgullo humano, no fué tan odioso a Leandro, por el
impetuoso movimiento de sus aguas entre Sestos y Abydos, como lo era
aquél para mí por no abrirme paso.
--Sois recién llegados--dijo ella--; y quizá porque me sonrío en este
sitio escogido para nido de la humana naturaleza, os causo asombro y
hasta alguna sospecha; pero el salmo "Delectasti" esparce una luz que
puede disipar las nubes de vuestro entendimiento. Y tú, que vas delante
y me has rogado que hable, dime si quieres oír otra cosa, que yo
responderé con presteza a todas tus preguntas hasta dejarte satisfecho.
--El agua--le dije--y el rumor de la floresta impugnan en mi interior
una nueva creencia sobre una cosa que he oído y que es contraria a esta.
A lo que ella contestó:
--Te diré cómo procede de su causa eso que te admira, y disiparé la
nube que te ciega. El Sumo Bien, que se complace sólo en sí mismo, hizo
al hombre bueno y apto para el bien, y le dió este sitio como arras en
señal de eterna paz. El hombre, por sus culpas, permaneció aquí poco
tiempo: por sus culpas cambió su honesta risa y su dulce pasatiempo en
llanto y en tristeza. A fin de que todas las conmociones producidas
más abajo por las exhalaciones del agua y de la tierra, que se dirigen
cuanto pueden tras del calor, no molestasen al hombre, se elevó este
monte hacia el cielo tanto como has visto, y está libre de todas ellas
desde el punto donde se cierra su puerta. Ahora bien, como el aire gira
en torno de la tierra con la primera bóveda movible del cielo, si el
círculo no es interrumpido por algún punto, un movimiento semejante
viene a repercutir en esta altura, que está libre de toda perturbación
en medio del aire puro, produciendo este ruido en la selva, porque
es espesa; y la planta sacudida comunica su propia virtud generativa
al aire, el cual girando en torno deposita dicha virtud en el suelo;
y la otra tierra, según que es apta por sí misma o por su cielo,
concibe y produce diversos árboles de diferentes especies. Una vez oído
esto, no te parecerá ya maravilloso que haya plantas que broten sin
semillas aparentes. Debes saber, además, que la santa campiña en que te
encuentras está llena de toda clase de semillas, y encierra frutos que
allá abajo no se cogen. El agua que ves no brota de ninguna vena que
sea renovada por los vapores que el frío del cielo convierte en lluvia,
como un río que adquiere o pierde caudal, sino que sale de una fuente
invariable y segura, que recibe de la voluntad de Dios cuanto derrama
por dos partes. Por esta desciende con una virtud que borra la memoria
del pecado; por la otra renueva la de toda buena acción. Aquí se llama
Leteo; en el otro lado, Eunoe; y no produce sus efectos si no se bebe
aquí primero que allí: su sabor supera a todos los demás. Aunque tu
sed esté ya bastante mitigada sin necesidad de más explicaciones mías,
por una gracia especial, aún te daré un corolario; y no creo que mis
palabras te sean menos gratas, si por ti exceden a mis promesas. Los
que antiguamente fingieron la edad de oro y su estado feliz, quizá
soñaron en el Parnaso este sitio. Aquí fué inocente el origen de la
raza humana; aquí la primavera y los frutos son eternos: este es el
verdadero néctar de que todos hablan.
Entonces me volví completamente hacia mis Poetas y vi que habían
acogido con una sonrisa esta última explicación: después dirigí de
nuevo mis ojos hacia la bella Dama.
[Ilustración]
-CANTO VIGESIMONONO-
Después de aquellas últimas palabras, continuó cantando cual mujer
enamorada: "Beati, quorum tecta sunt peccata"[89]: y a la manera de
las ninfas, que andaban solas por las umbrías selvas, complaciéndose
unas en huír del Sol, y otras en verle, púsose a caminar por la orilla
contra la corriente del río; y yo al igual de ella, seguí sus cortos
pasos con los míos. Entre los dos no habíamos aún adelantado ciento,
cuando las dos riberas equidistantes presentaron una curva, de tal modo
que me encontré vuelto hacia Oriente. A poco de andar así, volvióse la
Dama enteramente a mí, diciendo: "Hermano mío, mira y escucha." Y he
aquí que por todas partes iluminó la selva un resplandor tan súbito,
que dudé si había sido un relámpago; mas como éste desaparece en cuanto
brilla, y aquél duraba cada vez más resplandeciente, decía yo entre
mí: "¿Qué será esto?" Circulaba por el luminoso aire una dulce melodía,
por lo cual mi buen celo me hizo censurar el atrevimiento de Eva; pues
que allí, donde obedecían la tierra y el cielo, una mujer sola y apenas
formada, no pudo sufrir el permanecer bajo ningún velo; cuando si
hubiera permanecido resignado bajo él, habría yo gozado más pronto, y
luego eternamente aquellas inefables delicias.
[89] Beati, quorum remissae sunt iniquitates, et quorum tecta
sunt peccata: palabras del segundo Salmo penitencial, con las
cuales la Dama congratula a Dante por verle limpio de las
manchas de los siete pecados. Esta Dama representa, según
algunos comentadores, la Iglesia católica.
Mientras iba yo enteramente absorto en la contemplación de tantas
primicias del placer eterno, y deseoso todavía de más dichas, el aire,
semejante a un gran fuego, apareció ante nosotros inflamado bajo las
verdes ramas, y la dulce armonía que habíamos percibido se convirtió en
un canto claro y distinto. ¡Oh sacrosantas Vírgenes! Si alguna vez he
soportado por vosotras el hambre, el frío y las vigilias, prestadme en
cambio la ayuda, que la necesidad me obliga a demandaros. Es preciso
que Helicón derrame para mí sus aguas, y que el coro de Urania me ayude
a poner en versos cosas apenas concebibles.
Parecióme ver algo más allá siete árboles de oro[90], engañado por la
gran distancia que todavía mediaba entre nosotros y ellos; mas cuando
me hube aproximado tanto, que la semejanza engañadora del sentido
no perdía ya por la distancia ninguno de sus rasgos distintivos, la
facultad que prepara materia al raciocinio me hizo conocer que eran
candelabros, y que las voces cantaban "Hosanna." Los hermosos muebles
llameaban en su parte superior despidiendo una luz mucho más clara
que la Luna a media noche y a la mitad de su mes. Me volví lleno de
admiración al buen Virgilio, y él me respondió con una mirada no
menos llena de asombro. Después fijé de nuevo mi atención en los altos
candelabros, los cuales avanzaban en nuestra dirección tan lentamente
que una recién desposada los habría vencido en celeridad. La Dama me
gritó:
--¿Por qué contemplas con tanto ardor esas vívidas luces, y no reparas
en lo que viene tras de ellas?
[90] Según unos comentadores, los siete dones del Espíritu
Santo; según otros, los siete sacramentos.
Entonces vi venir detrás de las luces, y como guiadas por éstas, muchos
personajes[91], vestidos de un blanco tan puro como no ha brillado
jamás en el mundo. A la izquierda resplandecía el agua, y reflejaba
la parte izquierda de mi cuerpo; así es que me miraba en ella como en
un espejo. Cuando desde mi orilla llegué a un punto en que únicamente
el río me separaba de aquéllos, me detuve para mirar mejor, y vi las
llamas caminando hacia adelante, dejando tras de sí pintado el aire
con rasgos semejantes a banderolas extendidas; de modo que sobre ellas
se veían claramente siete listas formadas de los colores de que el Sol
hace su arco y Delia su cinturón. Aquellas listas se extendían por el
cielo más allá de lo que alcanzaba mi vista, y según me pareció, las
de los extremos distaban entre sí diez pasos una de otra[92]. Bajo el
hermoso cielo que describo, se adelantaban de dos en dos veinticuatro
ancianos coronados de azucenas[93]. Todos cantaban: "Bendita tú eres
entre las hijas de Adán, y benditas sean eternamente tus bellezas."
Después que las flores y las frescas hierbecillas que había en la otra
ribera frente a mí se vieron libres de aquellos espíritus elegidos,
así como en el cielo siguen unas a otras las estrellas, en pos de
los ancianos vinieron cuatro animales, con ellos coronados de verdes
hojas[94]. Cada uno tenía seis alas, con las plumas llenas de ojos,
como serían los de Argos si viviese[95]. Lector, no empleo mis rimas en
describir las formas de estos animales, pues me contiene tanto el gasto
futuro, que no puedo ser ahora pródigo; pero puedes leer a Ezequiel,
que los pinta tales como los vió acudir de las frías regiones, con
el viento, con las nubes y con el fuego; y del mismo modo que los
encontrarás en sus libros, así se presentaban aquí si se exceptúa que,
en cuanto a las alas, Juan está conmigo y se separa de él. El espacio
que quedaba entre los cuatro lo ocupaba un carro triunfal sobre dos
ruedas, que iba tirado por un grifo. Este extendía sus alas ante la
lista de en medio y las tres de ambos lados, sin que interceptara
ninguna de ellas al hender el espacio entre las mismas comprendido. Se
elevaban tanto, que se las perdía de vista: la parte de su cuerpo que
era ave tenía los miembros de oro, y los de la otra parte eran blancos
manchados de rojo. Ni Escipión el Africano, ni aun Augusto, hicieron
jamás recrearse a Roma en la contemplación de un carro tan bello, y aun
comparado con él, sería pobre aquel carro del Sol, que desviándose de
su camino, fué abrasado, por los ruegos de la Tierra suplicante, cuando
Júpiter fué misteriosamente justo.
[91] Los patriarcas, profetas y otros santos varones, que
creyeron en la venida de Jesucristo.
[92] Estos diez pasos figuran, según todos los comentadores,
los diez mandamientos.
[93] Símbolos de los libros del Antiguo Testamento.
[94] Símbolos de los cuatro Evangelistas.
[95] Las alas son símbolo de la prontitud con que el Evangelio
recorrió el mundo. Los ojos, semejantes a los de Argos, lo son
de la vigilancia que es necesaria para mantener pura la verdad
evangélica contra los sofismas de que se valen las pasiones.
Tres mujeres venían danzando en redondo al lado de la rueda derecha;
una de ellas tan roja, que apenas se la hubiera distinguido dentro
del fuego: la otra era como si su carne y sus huesos fuesen de
esmeralda: la tercera parecía nieve recién caída[96]. Tan pronto iba
a la cabeza la blanca, como la roja; y según el canto de ésta, así
las demás ajustaban el paso, avanzando lentas o rápidas. Hacia la
izquierda del carro venían gozosas otras cuatro vestidas de púrpura
asustando sus movimientos al de una de ellas, que tenía tres ojos
en la cabeza.[97] En pos de estos grupos de que acabo de hablar, vi
dos ancianos con diferentes vestiduras; pero iguales en su actitud,
venerable y reposada. Uno de ellos parecía ser de los discípulos de
aquel gran Hipócrates, a quien hizo la naturaleza en favor de los seres
animados que le son más queridos;[98] el otro demostraba un cuidado
contrario, con una espada tan reluciente y aguda, que a través del río
me causó miedo.[99] Después vi otros cuatro de humilde apariencia;[100]
y detrás de todos venía un anciano solo y durmiendo, pero con la faz
inspirada.[101] Estos siete estaban vestidos como los veinticuatro
primeros; pero no iban coronados de azucenas, sino de rosas y de otras
flores coloradas; quien los hubiese visto desde algo lejos, habría
jurado que ardía una llama sobre sus sienes. Cuando el carro estuvo
frente a mí, se oyó un trueno; y aquellos dignos personajes, como si
se les hubiera prohibido seguir adelante, se detuvieron allí al mismo
tiempo que los candelabros.
[96] Las tres virtudes teologales: la Fe, color de nieve; la
Esperanza, color de esmeralda, y la Caridad, color de fuego.
[97] Las cuatro Virtudes cardinales: Prudencia, Justicia,
Fortaleza y Templanza. Se suponen tres ojos a la Prudencia:
con uno mira al pasado, para sacar un recuerdo provechoso;
con el otro al presente, para no equivocarse al tomar una
determinación; y con el otro al porvenir, para evitar a tiempo
el mal y prepararse al bien.
[98] San Lucas.
[99] San Pablo.
[100] Los apóstoles Santiago, Pedro, Juan y Judas, escritores
de las Epístolas canónicas; y dice de humilde apariencia,
porque sus escritos son breves.
[101] S. Juan Apóstol, que cuando escribió el Apocalipsis,
estaba cercano a los noventa años.
[Ilustración]
[Ilustración]
-CANTO TRIGESIMO-
Cuando se detuvo el septentrión del primer Cielo, que no conoció
nunca orto ni ocaso, ni más niebla que el velo que sobre él corrió el
pecado, y que allí enseñaba a cada cual su deber, como el septentrión
más bajo lo enseña al que dirige el timón para llegar al puerto, los
veraces personajes que iban entre el Grifo y los siete candelabros
se volvieron hacia el carro, como hacia el fin de sus deseos; y uno
de ellos como enviado del Cielo, exclamó tres veces cantando: "Veni,
sponsa, de Libano," y todos los demás cantaron lo mismo después de él.
Así como los bienaventurados, cuando llegue la hora del juicio final,
se levantarán con presteza de sus tumbas, cantando "Aleluya" con su voz
recobrada por fin, del mismo modo se elevaron sobre el carro divino,
"ad vocem tanti senis," cien ministros y mensajeros de la vida eterna.
Todos decían: "Benedictus qui venis," y después, esparciendo flores por
encima y alrededor, añadían: "Manibus o date lilia plenis."
Yo he visto, al romper el día, la parte oriental enteramente sonrosada,
el resto del cielo adornado de una hermosa serenidad, y la faz del Sol
naciente cubierta de sombras, de suerte que a través de los vapores
que amortiguaban su resplandor, podía contemplarla el ojo por largo
tiempo: del mismo modo, a través de una nube de flores que salía de
manos angelicales y caía sobre el carro y en torno suyo, se me apareció
una dama coronada de oliva sobre un velo blanco, cubierta de un verde
manto, y vestida del color de una vívida llama.[102] Mi espíritu, que
hacía largo tiempo no había quedado abatido, temblando de estupor en
su presencia, sin que mis ojos la reconocieran, sintió no obstante el
gran poder del antiguo amor, a causa de la oculta influencia que de
ella emanaba. En cuanto hirió mis ojos la alta virtud que me había
avasallado antes de que yo saliera de la infancia, me volví hacia la
izquierda, con el mismo respeto con que corre el niño hacia su madre,
cuando tiene miedo, o cuando está afligido, para decir a Virgilio:
"No ha quedado en mi cuerpo una sola gota de sangre que no tiemble;
reconozco las señales de mi antigua llama." Pero Virgilio nos había
privado de sí; Virgilio, el dulcísimo padre, Virgilio, que me había
sido enviado por aquélla para mi salvación. Ni aun todo lo que perdió
la antigua madre pudo impedir que mis mejillas enjutas se bañaran en
triste llanto.
[102] El velo blanco, el manto verde y el vestido color de
fuego, que adornan a Beatriz, simbolizan las tres Virtudes
teologales: la corona de oliva indica la Sabiduría.
--¡Dante, no llores todavía; no llores todavía porque Virgilio se vaya,
pues es preciso que llores por otra herida!
Como el almirante que va de popa a proa examinando la gente que monta
los otros buques, y la anima a portarse bien, del mismo modo sobre el
borde izquierdo del carro, vi yo, cuando me volví al oír mi nombre,
que aquí se consigna por necesidad, a la Dama que se me apareció
anteriormente velada por los halagos angelicales, dirigiendo sus
ojos hacia mí de la parte acá del río. Aunque el velo que descendía
de su cabeza, rodeado de las hojas de Minerva, no permitiese que se
distinguieran sus facciones, con su actitud regia y altiva continuó
de esta suerte, como aquel que al hablar reserva las palabras más
calurosas para lo último:
--Mírame bien, soy yo; soy en efecto Beatriz, ¿Cómo te has dignado
subir a este monte? ¿No sabías que el hombre es aquí dichoso?
Mis ojos se inclinaron hacia las limpias ondas; pero viéndome reflejado
en ellas, los dirigí hacia la hierba: tanta fué la vergüenza que abatió
mi frente. Parecióme Beatriz tan terrible como una madre irritada a su
hijo, porque amarga el sabor de la piedad acerba. Ella guardó silencio,
y los ángeles cantaron de improviso: "In te Domine speravi;" pero
no pasaron de "pedes meos." Así como la nieve se congela y endurece
al soplo de los vientos de Esclavonia, entre los árboles que crecen
sobre el dorso de Italia; y luego se licúa por sí misma, en cuanto
la tierra que pierde la sombra envía su aliento, semejante al fuego
que derrite una vela; así me quedé sin lágrimas ni suspiros antes que
cantasen aquéllos cuyas notas responden siempre a la armonía de las
esferas celestiales: mas cuando comprendí por sus dulces palabras que
se compadecían de mí más que si hubiesen dicho: "Mujer, ¿por qué así
le maltratas?," el hielo que oprimía mi corazón se deshizo en suspiros
y agua, y junto con mi angustia, salió del pecho por la boca y por los
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