[Ilustración]
-CANTO VIGESIMOCTAVO-
¿Quién podría jamás, ni aún con palabras sin medida, por más que lo
intentase muchas veces, describir toda la sangre y las heridas que vi
entonces? No existe ciertamente lengua alguna que pueda expresar, ni
entendimiento que retenga, lo que apenas cabe en la imaginación. Si
pudiera reunirse toda la gente que derramó su sangre en la infortunada
tierra de la Pulla, cuando combatieron los romanos durante aquella
prolongada guerra en que se recogió tan gran botín de anillos, como
refiere Tito Livio y no se equivoca, con la que sufrió tan rudos golpes
por contrastar a Roberto Guiscardo, y con aquella cuyos huesos se
recogen aún, tanto en Ceperano, donde cada habitante fué un traidor,
como en Tagliacozzo, donde el viejo Allard venció sin armas, y fuera
posible que todos los combatientes mencionados enseñaran sus miembros
rotos y traspasados, ni aun así tendría una idea del aspecto horrible
que presentaba la novena fosa. Una cuba que haya perdido las duelas del
fondo no se vacía tanto como un espíritu que ví hendido desde la barba
hasta la parte inferior del vientre; sus intestinos le colgaban por
las piernas: se veía el corazón en movimiento y el triste saco donde
se convierte en excremento todo cuanto se come. Mientras le estaba
contemplando atentamente, me miró, y con las manos se abrió el pecho,
diciendo:
--Mira cómo me desgarro: mira cuán estropeado está Mahoma. Allí va
delante de mí llorando, con la cabeza abierta desde el cráneo hasta la
barba, y todos los que aquí ves, vivieron; mas por haber diseminado
el escándalo y el cisma en la tierra, están hendidos del mismo modo.
En pos de nosotros viene un diablo que nos hiere cruelmente, dando
tajos con su afilada espada a cuantos alcanza entre esta multitud de
pecadores, luego que hemos dado una vuelta por esta lamentable fosa;
porque nuestras heridas se cierran antes de volvernos a encontrar con
aquel demonio. Pero tú, que estás husmeando desde lo alto del escollo,
quizá para demorar tu marcha hacia el suplicio que te haya sido
impuesto por tus culpas, ¿quién eres?
--Ni la muerte le alcanzó aún, ni le traen aquí sus culpas para que sea
atormentado--contestó mi Maestro--, sino que ha venido para conocer
todos los suplicios. Yo, que estoy muerto, debo guiarle por cada uno de
los círculos del profundo Infierno, y esto es tan cierto como que te
estoy hablando.
Al oír estas palabras, más de cien condenados se detuvieron en la fosa
para contemplarme, haciéndoles olvidar la sorpresa su martirio.
--Pues bien, tú que tal vez dentro de poco volverás a ver el sol, di a
fray Dolcino que, si no quiere reunirse conmigo aquí muy pronto, debe
proveerse de víveres y no dejarse rodear por la nieve; pues sin el
hambre y la nieve, difícil le será al novarés vencerle.
Mahoma me dijo estas palabras después de haber levantado un pie para
alejarse; cuando cesó de hablar, lo fijó en el suelo y partió.
Otro, que tenía la garganta atravesada, la nariz cortada hasta las
cejas, y una oreja solamente, se quedó mirándome asombrado con los
demás espíritus, y abriendo antes que ellos su boca, exteriormente
rodeada de sangre por todas partes, dijo:
--¡Oh, tú a quien no condena culpa alguna, y a quien ya vi allá arriba,
en la tierra latina, si es que no me engaña una gran semejanza!,
acuérdate de Pedro de Medicina, si logras ver de nuevo la hermosa
llanura que declina desde Vercelli a Marcabó; y haz saber a los dos
mejores de Fano, a messer Guido y Angiolello, que si la previsión no es
aquí vana, serán arrojados fuera de su bajel, y ahogados cerca de la
Católica por la traición de un tirano desleal. Desde la isla de Chipre
a la de Mallorca no habrá visto jamás Neptuno una felonía tan grande,
llevada a cabo por piratas, ni por corsarios griegos. Aquel traidor,
que ve solamente con un ojo, y que gobierna el país que no quisiera
haber visto uno que está aquí conmigo, les invitará a parlamentar con
él, y después hará de modo que no necesiten conjurar con sus votos y
oraciones el viento de Focara.
Yo le dije:
--Si quieres que lleve noticias tuyas allá arriba, muéstrame y declara
quién es ése que deplora haber visto aquel país.
Entonces puso su mano sobre la mandíbula de uno de sus compañeros, y le
abrió la boca exclamando:
--Héle aquí; pero no habla.
Era aquel que, desterrado de Roma, ahogó la duda en el corazón de
César, afirmando que el que está preparado, se perjudica en aplazar
la realización de una empresa. ¡Oh! ¡Cuán acorbardado me parecía con
su lengua cortada en la garganta aquel Curión, que tan audaz fué para
hablar!
Otro, que tenía las manos cortadas, levantando sus muñones al aire
sombrío, de tal modo que se inundaba la cara de sangre, gritó:
--Acuérdate también de Mosca, que dijo, ¡desventurado!: "Cosa hecha
está concluída." Palabras que fueron el origen de las discordias
civiles de los toscanos.
--¡Y de la muerte de tu raza!--exclamé yo.
Entonces él, acumulando dolor sobre dolor, se alejó como una persona
triste y demente.
Continué examinando la banda infernal, y vi cosas que no me atrevería a
referir sin otra prueba, si no fuese por la seguridad de mi conciencia;
esa buena compañera, que confiada en su pureza, fortifica tanto el
corazón del hombre: vi, en efecto, y aun me parece que lo estoy viendo,
un cuerpo sin cabeza, andando como los demás que formaban aquella
triste grey: asida por los cabellos, y pendiente a guisa de linterna,
llevaba en una mano su cabeza cortada, la cual nos miraba exclamando:
"¡Ay de mí!" Servíase de sí mismo como de una lámpara, y eran dos en
uno y uno en dos: cómo puede ser esto, sólo lo sabe Aquél que nos
gobierna. Cuando llegó al pie del puente, levantó en alto su brazo con
la cabeza para acercarnos más sus palabras, que fueron éstas:
--Mira mi tormento cruel, tú que, aunque estás vivo, vas contemplando
los muertos: ve si puede haber alguno tan grande como éste. Y para que
puedas dar noticias mías, sabe que yo soy Bertrán de Born, aquel que
dió tan malos consejos al rey joven. Yo armé al padre y al hijo uno
contra otro: no hizo más Aquitofel con sus perversas instigaciones a
David y Absalón. Por haber dividido a personas tan unidas, llevo ¡ay
de mí! mi cabeza separada de su principio, que queda encerrado en este
tronco: así se observa conmigo la pena del talión.
[Ilustración]
-CANTO VIGESIMONONO-
El espectáculo de aquella multitud de precitos y de sus diversas
heridas, de tal modo henchía de lágrimas mis ojos, que hubiera deseado
detenerme para llorar. Pero Virgilio me dijo:
--¿Qué miras ahora? ¿Por qué tu vista se obstina en contemplar ahí
abajo esas sombras tristes y mutiladas? Tú no has hecho eso en las
otras fosas: si crees poder contar esas almas, piensa que la fosa tiene
veintidós millas de circunferencia. La luna está ya debajo de nosotros:
el tiempo que se nos ha concedido es muy corto, y aún nos queda por ver
más de lo que has visto.
--Si hubieses considerado atentamente--le respondí--la causa que me
obligaba a mirar, quizá hubieras permitido que me detuviera aquí un
poco.
Mi Guía se alejaba ya, mientras yo iba tras de él contestándole y
añadiendo:
--Dentro de aquella cueva donde tenía los ojos tan fijos, creo que
había un espíritu de mi familia llorando el delito que se castiga ahí
con tan graves penas.
Entonces me contestó el Maestro:
--No se ocupe ya más tu pensamiento en la suerte de ese espíritu;
piensa en otra cosa, y quédese él donde está. Le he visto al pie del
puente señalarte y amenazarte airadamente con el dedo, y oí que le
llamaban Geri del Bello; pero tú estabas tan distraído con el que
gobernó a Altaforte, que como no miraste hacia donde él estaba, se
marchó.
--¡Oh, mi Guía!--dije yo--Su violenta muerte, que no ha sido aún
vengada por ninguno de nosotros, partícipes de la ofensa, le ha
indignado: he aquí por qué, según presumo, se ha ido sin hablarme; y
esto es causa de que me inspire más compasión.
Así continuamos hablando hasta el primer punto del peñasco, desde
donde se distinguiría la otra fosa hasta el fondo, si hubiera en ella
más claridad. Cuando estuvimos colocados sobre el último recinto de
Malebolge, de manera que los transfigurados que contenía pudieran
aparecer a nuestra vista, hirieron mis oídos diversos lamentos que cual
agudas flechas me traspasaron el corazón; por lo cual tuve que cubrirme
las orejas con ambas manos. Si entre los meses de julio y septiembre
los hospitales de la Valdichiana y los enfermos de las Marismas y
de Cerdeña estuvieran reunidos en una sola fosa, esta acumulación
formaría un espectáculo tan doloroso como el que ví en aquella, de la
cual se exhalaba la misma pestilencia que la que despiden los miembros
gangrenados. Descendimos hacia la izquierda por la última orilla del
largo peñasco, y entonces pude distinguir mejor la profundidad de aquel
abismo, donde la infalible Justicia, ministro del Altísimo, castiga a
los falsarios que apunta en su registro.
No creo que causara mayor tristeza ver enfermo el pueblo entero de
Egina, cuando se inficionó tanto el aire, que perecieron todos los
animales hasta el miserable gusano, habiendo salido después los
habitantes de aquella isla de la raza de las hormigas, según aseguran
los poetas, como causaba el ver a los espíritus languidecer en tristes
montones por aquel obscuro valle. Cuál yacía tendido sobre el vientre,
cuál sobre las espaldas unos de otros; y alguno andaba a rastras por el
triste camino.
Ibamos caminando paso a paso sin decir una palabra, mirando y
escuchando a los enfermos, que no podían sostener sus cuerpos. Vi dos
de ellos sentados y apoyados el uno contra el otro, como se apoyan las
tejas para cocerlas, y llenos de pústulas desde la cabeza hasta los
pies. Nunca he visto criado alguno, a quien espera su amo o que vela a
pesar suyo, tan diligente en remover la almohaza, como lo era cada uno
de aquellos condenados para rascarse con frecuencia y calmar así la
terrible rabia de su comezón, que no tenía otro remedio. Se arrancaban
con las uñas las pústulas, como el cuchillo arranca las escamas del
escaro o de otro pescado que las tenga más grandes.
--¡Oh tú, que con los dedos te desarmas--dijo mi Guía a uno de ellos--,
y que los empleas como si fueran tenazas! Dime si hay algún latino
entre los que están aquí, y ¡ojalá puedan tus uñas bastarte eternamente
para ese trabajo!
--Latinos somos los dos a quienes ves tan deformes--respondió uno de
ellos llorando--; pero ¿quién eres tú, que preguntas por nosotros?
Y el Guía repuso:
--Soy un espíritu que he descendido con este sér viviente de grado en
grado, y tengo el encargo de enseñarle el Infierno.
Las dos sombras cesaron entonces de prestarse mutuo apoyo, y cada una
de ellas se volvió temblando hacia mí, juntamente con otras que lo
oyeron, aunque no se dirigía a ellas la contestación. El buen Maestro
se me acercó diciendo: "Diles lo que quieras." Y ya que él lo permitía,
empecé de este modo:
--Así vuestra memoria no se borre de las mentes humanas en el primer
mundo, y antes bien dure por muchos años; decidme quiénes sois y de qué
nación: no tengáis reparo en franquearos conmigo, sin que os lo impida
vuestro insoportable y vergonzoso suplicio.
--Yo fuí de Arezzo--respondió uno--, y Alberto de Siena me condenó a
las llamas; pero la causa de mi muerte no es la que me ha traído al
Infierno.[37] Es cierto que le dije chanceándome: "Yo sabría elevarme
por el aire volando;" y él, que era curioso y de cortos alcances, quiso
que yo le enseñase aquel arte: y tan sólo porque no le convertí en
Dédalo, me hizo quemar por mandato de uno que le tenía por hijo; pero
Minos, que no puede equivocarse, me condenó a la última de las diez
fosas por haberme dedicado a la alquimia en el mundo.
[37] Dícese que éste fué cierto Griffolino, alquimista, que
alabándose de conocer el arte de volar, prometió enseñárselo a
un sienés llamado Alberto, el cual al principio le creyó; pero
habiendo advertido después el engaño, le acusó ante el obispo
de Siena como reo de nigromancia, y Griffolino fué condenado
por dicho obispo a ser quemado vivo, como nigromante.
Yo dije al Poeta:
--¿Hubo jamás un pueblo tan vano como el sienés? Seguramente no lo es
tanto, ni con mucho, el pueblo francés.
Entonces el otro leproso, que me oyó, contestó a mis palabras:
--Exceptúa a Stricca, que supo hacer tan moderados gastos; y a Niccolo,
que fué el primero que descubrió la rica usanza del clavo de especia,
en la ciudad donde hoy es tan común su uso. Exceptúa también la
sociedad en que malgastó Caccia de Asciano sus viñas y sus bosques, y
en la que Abbagliato demostró hasta donde llegaba su juicio. Mas para
que sepas quién es el que de este modo te secunda contra los sieneses,
fija en mí tus ojos a fin de que mi rostro corresponda al deseo que
tienes de conocerme, y podrás ver que soy la sombra de Capocchio, el
que falsificó los metales por medio de la alquimia: y debes recordar,
si eres efectivamente el que pienso, que fuí por naturaleza un buen
imitador.
[Ilustración]
[Ilustración]
-CANTO TRIGESIMO-
En aquel tiempo en que Juno, por causa de Semele, estaba irritada
contra la sangre tebana, como lo demostró más de una vez, Atamas se
volvió tan insensato que, al ver acercarse a su mujer, llevando de
la mano a sus dos hijos, exclamó: "Tendamos las redes de modo que yo
coja a su paso la leona con sus cachorros;" y extendiendo después las
desapiadadas manos, agarró a uno de ellos, que se llamaba Learco, le
hizo dar vueltas en el aire y lo estrelló contra una roca: la madre se
ahogó con el hijo restante. Cuando la fortuna abatió la grandeza de
los troyanos, que a todo se atrevían, hasta que el reino fué destruído
juntamente con el rey, la triste Hécuba, miserable y cautiva, después
de haber visto a Polixena muerta, y el cuerpo de su Polidoro tendido en
la orilla del mar quedó con el corazón tan desgarrado, que, fuera de
sí, empezó a ladrar como un perro; de tal modo la había trastornado el
dolor. Pero ni los tebanos ni los troyanos furiosos demostraron tanta
crueldad, no ya en torturar cuerpos humanos, sino ni siquiera animales,
como la que vi en dos sombras desnudas y pálidas, que corrían
mordiéndose, como el cerdo cuando se escapa de su pocilga. Una de ellas
alcanzó a Capocchio, y se le afianzó a la nuca de tal modo, que tirando
de él, le hizo arañar con su vientre el duro suelo. El aretino, que
quedó temblando, me dijo:
--Ese loco es Gianni Schicchi, que va rabioso maltratando a los demás.
--¡Oh!--le dije yo--: no temas decirme quién es la otra sombra que va
con él, antes que desaparezca, y ojalá no venga a hincarte los dientes
en el cuerpo.
Me contestó:
--Es el alma antigua de la perversa Mirra, que fué amante de su padre
contra las leyes del amor honesto: para cometer tal pecado se disfrazó
bajo la forma de otra; como aquel que ya se va tuvo empeño en fingirse
Buoso Donati, a fin de ganar la "Donna della Torma," testando en su
lugar, y dictando las cláusulas del testamento.[38]
[38] Gianni Schicchi acometió la empresa de suplantar la
persona de Buoso Donati, muerto sin testar; para lo cual se
metió en la cama de éste, y fingiendo que estaba cercano a la
muerte, testó e instituyó por heredero a Simón Donati, hijo de
Buoso, y como legado, dejó a Gianni Schicchi, es decir, a sí
mismo, la mejor yegua de las caballerizas de Buoso, llamada
Madona Tonina. Dante dice: della Torma por desprecio.
Cuando hubieron pasado aquellas dos almas furiosas, sobre las cuales
había tenido fija mi vista, me volví para mirar las sombras de los
otros mal nacidos. Vi uno, que pareciera un laúd, si hubiese tenido
el cuerpo cortado en el sitio donde el hombre se bifurca. La pesada
hidropesía, que, a causa de los humores convertidos en maligna
sustancia, hace los miembros tan desproporcionados, que el rostro
no corresponde al vientre, le obligaba a tener la boca abierta,
pareciéndose al hético que, cuando está sediento, dirige uno de sus
labios hacia la barba y otro hacia la nariz.
--¡Oh vosotros, que no sufrís pena alguna (y no sé por qué) en este
mundo miserable!--nos dijo--: mirad y estad atentos al infortunio de
maese Adam: yo tuve en abundancia, mientras viví, todo cuanto deseé; y
ahora, ¡ay de mí!, sólo deseo una gota de agua.
Los arroyuelos que desde las verdes colinas del Casentino descienden
hasta el Arno, trazando frescos y apacibles cauces, continuamente están
ante mi vista, y no en vano; pues su imagen me reseca más que el mal
que descarna mi rostro. La rígida justicia que me castiga se sirve
del mismo lugar donde he pecado para hacerme exhalar más suspiros.
Allí está Romena, donde falsifiqué la moneda acuñada con el busto del
Bautista, por lo cual dejé en la tierra mi cuerpo quemado. Pero si yo
viese aquí el alma criminal de Guido, o la de Alejandro, o la de su
hermano, no cambiaría el placer de mirarlos a mi lado ni aun por la
fuente Branda. Una de ellas está ya aquí dentro, si es cierto lo que
dicen las coléricas sombras de los que giran por estos sitios; pero
¿qué me importa, si tengo encadenados mis miembros? Si a lo menos fuese
yo tan ágil que en cien años pudiera andar una pulgada, ya me habría
internado por el sendero, buscándola entre esa gente deforme, a pesar
de que la fosa tiene once millas de circunferencia y no menos de media
milla de diámetro. Por su causa me veo entre estos condenados: ellos me
indujeron a acuñar los florines, que bien tenían tres quilates de liga.
A mi vez lo dije:
--¿Quiénes son esos dos espíritus infelices, que despiden vaho, como en
el invierno una mano mojada, y que tan unidas yacen a tu derecha?
--Aquí los encontré--respondióme--, cuando bajé a este abismo; y desde
entonces, ni se han movido, ni creo que eternamente se muevan. El uno
es la falsa que acusó a José; el otro es el falso Sinón, griego de
Troya: por efecto de su ardiente fiebre, lanzan ese vapor fétido.
Uno de ellos, indignado quizá porque se le daba aquel nombre infame, le
golpeó con el puño en su endurecido vientre, haciéndoselo resonar como
un tambor. Maese Adam le dió a su vez en el rostro con su puño, que no
parecía menos duro, diciéndole:
--Aunque me vea privado de moverme a causa de la pesadez de algunos de
mis miembros, tengo el brazo suelto para semejante tarea.
A lo que aquél replicó:
--Cuando marchabas hacia la hoguera no lo tenías tan suelto; pero lo
tenías mucho más cuando acuñabas moneda.
El hidrópico repuso:
--Eres verídico en eso; mas no lo fuiste tanto cuando en Troya te
incitaron a que dijeses la verdad.
--Si allí dije una falsedad, en cambio tú falsificaste el cuño--dijo
Sinón--; y si yo estoy aquí por una falta, tú lo estás por muchas más
que ninguno otro demonio.
--Acuérdate, perjuro, del caballo--replicó aquel que tenía el vientre
hinchado--; y sírvate de castigo el que el mundo entero conoce tu
delito.
--Sírvate a ti también de castigo la sed que tiene agrietada tu
lengua--contestó el Griego--, y el agua podrida que eleva tu vientre
como una barrera ante tus ojos.
Entonces el monedero replicó:
--También tu boca se rasga por hablar mal, como acostumbra: si yo tengo
sed, y si el humor me hincha, tú tienes fiebre y te duele la cabeza;
no te harías mucho de rogar para lamer el espejo de Narciso.
Yo estaba escuchándoles atentamente, cuando me dijo mi Maestro:
--Sigue, sigue contemplándolos aún; que poco me falta para reírme de ti.
Cuando le oí hablarme con ira, me volví hacia él tan abochornado, que
aún conservo vivo el recuerdo en mi memoria: y como quien sueña en su
desgracia, que aun soñando desea soñar, y anhela ardientemente que sea
sueño lo que ya lo es, así estaba yo, sin poder proferir una palabra,
por más que quisiera excusarme; y a pesar de que con el silencio me
excusaba, no creía hacerlo así.
--Con menos vergüenza habría bastante para borrar una falta mayor que
la tuya--me dijo el Maestro--: consuélate; y si acaso vuelve a suceder
que te reunas con gente entregada a semejantes debates, piensa en que
estoy siempre a tu lado; porque querer oír eso es querer una bajeza.
[Ilustración]
[Ilustración]
-CANTO TRIGESIMOPRIMERO-
La misma lengua que antes me hirió, tiñendo de rubor mis mejillas,
me aplicó en seguida el remedio: Así he oído contar que la lanza de
Aquiles y de su padre solía ocasionar primero un disfavor, y luego un
buen regalo. Volvimos la espalda a aquel desventurado valle, andando,
sin decir una palabra, por encima del margen que lo rodea. Allí no
era de día ni de noche, de modo que mi vista alcanzaba poco delante
de mí: pero oí resonar una gran trompa, tan fuertemente, que habría
impuesto silencio a cualquier trueno; por lo cual mis ojos, siguiendo
la dirección que aquel ruido traía, se fijaron totalmente en un solo
punto. No hizo sonar tan terriblemente su trompa Orlando, después de
la dolorosa derrota en que Carlo Magno perdió el fruto de su santa
empresa. A poco de haber vuelto hacia aquel lado la cabeza, me pareció
ver muchas torres elevadas, por lo que dije:
--Maestro, ¿qué tierra es ésta?
Me respondió:
--Como miras a lo lejos a través de las tinieblas, te equivocas en lo
que te imaginas. Ya verás, cuando hayas llegado allí, cuánto engaña a
la vista la distancia: así pues, aprieta el paso.
Después me cogió afectuosamente de la mano, y me dijo:
--Antes que pasemos más adelante, y a fin de que el caso no te cause
tanta extrañeza, sabe que eso no son torres, sino gigantes; todos los
cuales están metidos hasta el ombligo en el pozo alrededor de sus muros.
Así como la vista, cuando se disipa la niebla, reconoce poco a poco
las cosas ocultas por el vapor en que estaba envuelto el aire, de
igual modo, y a medida que la mía atravesaba aquella atmósfera densa
y obscura, conforme nos íbamos acercando hacia el borde del pozo, mi
error se disipaba y crecía mi miedo. Lo mismo que Montereggione corona
de torres su recinto amurallado, así, por el borde que rodea el pozo,
se elevaban como torres y hasta la mitad del cuerpo los horribles
gigantes, a quienes amenaza todavía Júpiter desde el cielo, cuando
truena. Yo podía distinguir ya el rostro, los hombros y el pecho de
uno de ellos, y gran parte de su vientre, y sus dos brazos a lo largo
de los costados. En verdad que hizo bien la Naturaleza cuando abandonó
el arte de crear semejantes animales, para quitar pronto a Marte
tales ejecutores; y si ella no se arrepiente de producir elefantes y
ballenas, quien lo repare sutilmente, verá en esto mismo su justicia
y su discreción; porque donde la fuerza del ingenio se une a la
malevolencia y al vigor, no hay resistencia posible para los hombres.
Su cabeza me parecía tan larga y gruesa como la piña de San Pedro en
Roma[39], guardando la misma proporción los demás huesos; de suerte
que, aun cuando el ribazo le ocultaba de medio cuerpo abajo, se veía lo
bastante para que tres frisones no hubieran podido alabarse de alcanzar
a su cabellera; porque yo calculaba que tendría treinta grandes palmos
desde el borde del pozo hasta el sitio donde el hombre se abrocha la
capa.
[39] Piña de bronce que primero estuvo sobre la Mole Adriana;
en tiempo de Dante estaba en la plaza de la antigua basílica
de San Pedro en el Vaticano, y ahora en la sala del gran nicho
de Bramante en el jardín que rodean los Museos, llamado por
esto "giardin della pigna." Su altura actualmente es de diez
palmos, pero en tiempo de Dante, antes de truncada su parte
superior, medía unos quince.
"Raphel mai amech isabi almi"[40], empezó a gritar la fiera boca, en la
cual no estarían bien otras voces más suaves; y mi Guía le dijo:
--Alma insensata, sigue entreteniéndote con la trompa, y desahógate con
ella, cuando te agite la cólera u otra pasión. Busca por tu cuello y
encontrarás la soga que la sujeta, ¡oh alma turbada!; mírala cómo ciñe
tu enorme pecho.
[40] Según Fraticelli, cada una de estas cinco extrañas
palabras pertenece a diferente lengua; la primera al hebreo,
y las otras a cuatro de los principales dialectos derivados
de aquélla. Esta opinión parece confirmarla Dante, cuando
dice más abajo: "El mismo se acusa: este es Nemrod, etc.;"
el que por haber querido construir la torre de Babel,
produjo la confusión e hizo que en el mundo no se hable una
sola lengua. En tal supuesto, y admitiendo la versión del
abate José Venturi (aunque éste dice que las palabras son
siriacas), significarían ¡Poder de Dios! ¿Por qué estoy en
esta profundidad? Vuelve atrás: escóndete: pero perteneciendo
a varias lenguas, sería como si traducidas en español,
latín, alemán, francés e italiano, dijésemos: ¡Pardiez!--cur
ego--hier--Va-t-en:--fascondi.
Después me dijo:
El mismo se acusa: ese es Nemrod, por cuyo audaz pensamiento se ve
obligado el mundo a usar más de una lengua. Dejémosle estar, y no
lancemos nuestras palabras al viento; pues ni él comprende el lenguaje
de los demás, ni nadie conoce el suyo.
Continuamos, pues, nuestro viaje, siguiendo hacia la izquierda; y a un
tiro de ballesta de aquel punto encontramos otro gigante mucho más
grande y fiero. No podré decir quién fué capaz de sujetarle; pero sí
que tenía ligado el brazo izquierdo por delante y el otro por detrás
con una cadena, la cual le rodeaba del cuello abajo, dándole cinco
vueltas en la parte del cuerpo que salía fuera del pozo.
--Ese soberbio quiso ensayar su poder contra el sumo Júpiter--dijo mi
Guía--, por lo cual tiene la pena que ha merecido. Llámase Efialto,
y dió muestras de audacia cuando los gigantes causaron miedo a los
Dioses: los brazos que tanto movió entonces, no los moverá ya jamás.
Y yo le dije:
--Si fuese posible, quisiera que mis ojos tuviesen una idea de lo que
es el desmesurado Briareo.
A lo que contestó:
--Verás cerca de aquí a Anteo, que habla y anda suelto, el cual nos
conducirá al fondo del Infierno. El que tú quieres ver está atado mucho
más lejos, y es lo mismo que éste, sólo que su rostro parece más feroz.
El más impetuoso terremoto no sacudió nunca una torre con tal violencia
como se agitó repentinamente Efialto. Entonces temí la muerte más que
nunca, y a no haber visto que el gigante estaba bien atado, bastara
para ello el miedo que me poseía. Seguimos avanzando, y llegamos adonde
estaba Anteo, que, sin contar la cabeza, salía fuera del abismo lo
menos cinco alas.[41]
[41] Antigua medida inglesa, equivalente a un metro ciento
sesenta y ocho milímetros. Cinco alas equivalen, pues, a unos
treinta palmos.
--¡Oh tú, que en el afortunado valle donde Escipión heredó tanta
gloria, cuando Aníbal y los suyos volvieron las espaldas, recogiste mil
leones por presa, y que, si hubieras asistido a la gran guerra de tus
hermanos, aún hay quien crea que habrías asegurado la victoria a los
hijos de la Tierra! Si no lo llevas a mal, condúcenos al fondo en donde
el frío endurece al Cocito. No hagas que me dirija a Ticio ni a Tifeo:
este que ves puede dar lo que aquí se desea: por tanto, inclínate y no
tuerzas la boca. Todavía puede renovar tu fama en el mundo; pues vive,
y espera gozar aún de larga vida, si la gracia no lo llama a sí antes
de tiempo.
Así le dijo el Maestro; y el gigante, apresurándose a extender aquellas
manos que tan rudamente oprimieron a Hércules, cogió a mi Guía. Cuando
Virgilio se sintió agarrar, me dijo: "Acércate para que yo te tome."
Y en seguida me abrazó de modo, que los dos juntos formábamos un solo
fardo.
Como al mirar la Carisenda[42] por el lado a que está inclinada, cuando
pasa una nube por encima de ella en sentido contrario, parece próxima a
derrumbarse, tal me pareció Anteo cuando le vi inclinarse; y fué para
mí tan terrible aquel momento, que habría querido ir por otro camino.
Pero él nos condujo suavemente al fondo del abismo que devora a Lucifer
y a Judas; y sin demora cesó su inclinación, volviendo a erguirse como
el mástil de un navío.
[42] Torre inclinada de Bolonia, llamada así del nombre de
sus constructores, Felipe y Odón de Garisendi (año de 1110),
y que hoy se llama la Torre Mozza por haberla mandado truncar
en 1355 el tirano Juan Visconti de Oleggio. Tiene 130 pies de
elevación. Al que se coloca al pie de ella en el lado a que
se inclina, mirando arriba cuando pasa una nube en sentido
contrario a su inclinación, le parece que la torre va a caerse.
[Ilustración]
-CANTO TRIGESIMOSEGUNDO-
Si poseyese un estilo áspero y ronco, cual conviene para describir el
sombrío pozo, sobre el que se apoyan todas las otras rocas, expresaría
mucho mejor la esencia de mi pensamiento; pero como no lo tengo,
me decido a ello con temor; pues no es empresa que pueda tomarse
como juego, ni para ser acometida por una lengua balbuciente, la de
describir el fondo de todo el universo. Pero vengan en auxilio de
mis versos aquellas Mujeres que ayudaron a Anfión a fundar a Tebas,
para que el estilo no desdiga de la naturaleza del asunto. ¡Oh gentes
malditas sobre todas las demás, que estáis en el sitio del que me es
tan duro hablar; más os valiera haber sido aquí convertidas en ovejas o
cabras!
Cuando llegamos al fondo del obscuro pozo, mucho más abajo de donde
tenía los pies el gigante, como yo estuviese aún mirando el alto muro,
oí que me decían: "Cuidado cómo andas: procura no pisar las cabezas de
nuestros infelices y torturados hermanos." Volvíme al oír esto, y vi
delante de mí y a mis pies un lago, que por estar helado, parecía de
vidrio y no de agua. Ni el Danubio en Austria durante el invierno,
ni el Tanais allá, bajo el frío cielo, cubren su curso de un velo tan
denso como el de aquel lago, en el cual, aunque hubieran caído el
Tabernick o el Pietrapana, no habrían causado el menor estallido. Y a
la manera de las ranas cuando gritan con la cabeza fuera del agua, en
la estación en que la villana sueña que espiga, así estaban aquellas
sombras llorosas y lívidas, sumergidas en el hielo hasta el sitio donde
aparece la vergüenza, produciendo con sus dientes el mismo sonido que
la cigüeña con su pico. Tenían todas el rostro vuelto hacia abajo: su
boca daba muestras del frío que sentían, y sus ojos las daban de la
tristeza de su corazón. Cuando hube examinado algún tiempo en torno
mío, miré a mis pies, y vi dos sombras tan estrechamente unidas, que
sus cabellos se mezclaban.
--Decidme quiénes sois, vosotros, que tanto unís vuestros pechos--dije
yo.
Levantaron la cabeza, y después de haberme mirado, sus ojos, que
estaban preñados de lágrimas, se derramaron en los párpados; pero el
frío congeló en ellos aquellas lágrimas, volviéndolos a cerrar. Ninguna
grapa unió jamás tan fuertemente dos trozos de madera; por lo cual
ambos condenados se entrechocaron como dos carneros: tanta fué la ira
que los dominó. Y otro, a quien el frío había hecho perder las orejas,
me dijo, sin levantar la cabeza:
--¿Por qué nos miras tanto? Si quieres saber quiénes son estos dos, te
diré que el valle por donde corre el Bisenzio fué de su padre Alberto
y de ellos. Ambos salieron de un mismo cuerpo; y aunque recorras toda
la Caína, no encontrarás una sombra más digna de estar sumergida en el
hielo, ni aun la de aquel a quien la mano de Arturo rompió de un golpe
el pecho y la sombra, ni la de Focaccia, ni la de éste que me impide
con su cabeza ver más lejos, y que se llamó Sassolo Mascheroni: si eres
toscano, bien sabrás quién es. Y para que no me hagas hablar más, sabe
que yo soy Camiccione de Pazzi, y que espero a Carlino, cuyas culpas
harán aparecer menos graves las mías.
Después vi otros mil rostros amoratados por el frío, tanto que desde
entonces tengo horror, y lo tendré siempre a los estanques helados.
Y mientras nos dirigíamos hacia el centro, donde converge toda la
gravedad de la Tierra, yo temblaba en la lobreguez eterna; y no sé
si lo dispuso Dios, el Destino o la Fortuna; pero al pasar por entre
aquellas cabezas, dí un fuerte golpe con el pie en el rostro de una de
ellas, que me dijo llorando:
--¿Por qué me pisas? Si no vienes a aumentar la venganza de
Monteaperto, ¿por qué me molestas?
Entonces dije yo:
--Maestro mío, espérame aquí, a fin de que éste me esclarezca una duda:
en seguida me daré cuanta prisa quieras.
El Guía se detuvo, y yo dije a aquel que aún estaba blasfemando:
--¿Quien eres tú, que así reprendes a los demás?
Me contestó:
--Y tú, que vas por el recinto de Antenor, golpeando a los demás en
el rostro, de modo que, si estuvieras vivo, aún serían tus golpes
demasiado fuertes, ¿quién eres?
--Yo estoy vivo--fué mi respuesta--; y puede serte grato, si fama
deseas, que ponga tu nombre entre los otros que conservo en la memoria.
A lo que repuso:
--Deseo todo lo contrario: véte de aquí, y no me causes más molestia,
pues suenan mal tus lisonjas en esta caverna.
Entonces le cogí por los pelos del cogote, y le dije:
--Es preciso que digas tu nombre, o no te quedará ni un solo cabello.
Pero él me replicó:
--Aunque me repeles, ni te diré quien soy, ni verás mi rostro, por más
que me golpees mil veces en la cabeza.
Yo tenía ya sus cabellos enroscados en mi mano, y le había arrancado
más de un puñado de ellos, mientras él aullaba con los ojos fijos en
el hielo, cuando otro condenado gritó: "¿Qué tienes, Bocca? ¿No te
basta castañetear los dientes, sino que también ladras? ¿Qué demonio te
atormenta?"
--Ahora--dije--ya no quiero que hables, traidor maldito; que para tu
eterna vergüenza, llevaré al mundo noticias ciertas de ti.
--Véte pronto--repuso--, y cuenta lo que quieras; pero si sales de
aquí, no dejes de hablar de ese que ha tenido la lengua tan suelta,
y que está llorando el dinero que recibió de los franceses: "Yo
vi, podrás decir, a Buoso de Duera, allí donde los pecadores están
helados." Si te preguntan por los demás que están aquí, a tu lado
tienes al de Becchería, cuya garganta segó Florencia. Creo que más allá
está Gianni de Soldanieri con Ganelón y Tebaldello, el que entregó a
Faenza cuando sus habitantes dormían.
Estábamos ya lejos de aquél, cuando vi a otros dos helados en una
misma fosa, colocados de tal modo, que la cabeza del uno parecía ser
el sombrero del otro. Y como el hambriento en el pan, así el de encima
clavó sus dientes al de debajo en el sitio donde el cerebro se une con
la nuca. No mordió con más furor Tideo las sienes de Menalipo, que
aquél roía el cráneo de su enemigo y las demás cosas inherentes al
mismo.
--¡Oh tú, que demuestras, por medio de tan brutal acción, el odio que
tienes al que estás devorando! Dime qué es lo que te induce a ello--le
pregunté--bajo el pacto de que, si te quejas con razón de él, sabiendo
yo qué crimen es el suyo y quiénes sois, te vengaré en el mundo, si mi
lengua no llega antes a secarse.
[Ilustración]
[Ilustración]
-CANTO TRIGESIMOTERCIO-
Aquel pecador apartó su boca de tan horrible alimento, limpiándosela en
los pelos de la cabeza cuya parte posterior acababa de roer; y luego
empezó a hablar de esta manera:
--Tú quieres que renueve el desesperado dolor que oprime mi corazón,
sólo al pensar en él, y aun antes de hablar. Pero si mis palabras
deben ser un germen de infamia para el traidor a quien devoro, me
verás llorar y hablar a un mismo tiempo. No sé quién eres, ni de qué
medios te has valido para llegar hasta aquí; pero al oírte, me pareces
efectivamente florentino. Has de saber que yo fuí el conde Ugolino,
y éste el arzobispo Ruggieri: ahora te diré por qué lo trato así. No
es necesario manifestarte que por efecto de sus malos pensamientos,
y fiándome de él, fuí preso y muerto después. Pero te contaré lo
que no puedes haber sabido; esto es, lo cruel que fué mi muerte, y
comprenderás cuánto me ha ofendido. Un pequeño agujero abierto en la
torre, que por mi mal se llama hoy del Hambre, y en la que todavía
serán encerrados otros, me había permitido ver por su hendedura ya
muchas lunas, cuando tuve el mal sueño que descorrió para mí el velo
del porvenir. Ruggieri se me aparecía como señor y caudillo, cazando el
lobo y los lobeznos en el monte que impide a los pisanos ver la ciudad
de Luca. Se había hecho preceder de los Gualandi, de los Sismondi y los
Lanfranchi, que iban a la cabeza con perros hambrientos, diligentes y
amaestrados. El padre y sus hijuelos me parecieron rendidos después de
una corta carrera, y creí ver que aquéllos les desgarraban los costados
con sus agudas presas. Cuando desperté antes de la aurora, oí llorar
entre sueños a mis hijos, que estaban conmigo, y pedían pan. Bien
cruel eres, si no te contristas pensando en lo que aquello anunciaba
a mi corazón; y si ahora no lloras, no sé lo que puede excitar tus
lágrimas. Estábamos ya despiertos, y se acercaba la hora en que solían
traernos nuestro alimento; pero todos dudábamos, porque cada cual había
tenido un sueño semejante. Oí que clavaban la puerta de la horrible
torre, por lo cual miré al rostro de mis hijos sin decir palabra: yo
no podía llorar, porque el dolor me tenía como petrificado: lloraban
ellos, y mi Anselmito dijo: "¿Qué tienes, padre, que así nos miras?"
Sin embargo, no lloré ni respondí una palabra en todo aquel día, ni
en la noche siguiente, hasta que el otro Sol alumbró el mundo. Cuando
entró en la dolorosa prisión uno de sus débiles rayos, y consideré
en aquellos cuatro rostros el aspecto que debía tener el mío, empecé
a morderme las manos desesperado; y ellos, creyendo que yo lo hacía
obligado por el hambre, se levantaron con presteza y dijeron: "Padre,
nuestro dolor será mucho menor, si nos comes a nosotros: tú nos diste
estas miserables carnes; despójanos, pues, de ellas." Entonces me calmé
para no entristecerlos más; y aquel día y el siguiente permanecimos
mudos. ¡Ay, dura tierra! ¿Por qué no te abriste? Cuando llegamos al
cuarto día, Gaddo se tendió a mis pies, diciendo: "Padre mío, ¿por qué
no me auxilias?" Allí murió; y lo mismo que me estás viendo, vi yo caer
los tres, uno a uno, entre el quinto y el sexto día. Ciego ya, fuí a
tientas buscando a cada cual, llamándolos durante tres días después de
estar muertos; hasta que, al fin, pudo en mí más la inedia que el dolor.
Cuando hubo pronunciado estas palabras, torciendo los ojos, volvió a
coger el miserable cráneo con los dientes, que royeron el hueso como
los de un perro. ¡Ah, Pisa, vituperio de las gentes del hermoso país
donde el "si" suena! Ya que tus vecinos son tan morosos en castigarte,
muévanse la Capraja y la Gorgona, y formen un dique a la embocadura del
Arno, para que sepulte en sus aguas a todos tus habitantes; pues si el
conde Ugolino fué acusado de haber vendido tus castillos, no debiste
someter a sus hijos a tal suplicio. Su tierna edad patentizaba, ¡oh
nueva Tebas!, la inocencia de Ugucción y del Brigata, y la de los otros
dos que ya he nombrado.
Seguimos luego más allá, donde el hielo oprime duramente a otros
condenados, que no están con el rostro hacia abajo, sino vueltos hacia
arriba. Su mismo llanto no les deja llorar; pues las lágrimas, que al
salir encuentran otras condensadas, se vuelven adentro, aumentando la
angustia; porque las primeras lágrimas forman un dique, y como una
visera de cristal, llenan debajo de los párpados toda la cavidad del
ojo. Y aunque mi rostro, a causa del gran frío, había perdido toda
sensibilidad, como si estuviera encallecido, me pareció qué sentía
algún viento, por lo cual dije:
--Maestro, ¿qué causa mueve este viento? ¿No está extinguido aquí todo
vapor?
A lo cual me contestó:
--Pronto llegarás a un sitio donde tus ojos te darán la respuesta,
viendo la causa de ese viento.
Y uno de los desgraciados de la helada charca nos gritó:
--¡Oh almas tan culpables que habéis sido destinadas al último recinto!
Arrancadme de los ojos este duro velo, a fin de que pueda desahogar el
dolor que me hincha el corazón, antes que mis lágrimas se hielen de
nuevo.
Al oír tales palabras, le dije:
--Si quieres que te alivie, dime quién fuiste; y si no te presto ese
consuelo, véame sumergido en el fondo de ese hielo.
Entonces me contestó:
--Yo soy fray Alberigo[43]: soy aquel, cuyo huerto ha producido tan
mala fruta, que aquí recibo un dátil por un higo.
[43] Alberigo de Manfredi, señor de Faenza, que ingresó en la
orden de los hermanos Gozosos, se había enemistado con sus
parientes. Un día, fingiendo reconciliarse con ellos, les
invitó a un gran banquete, y en el momento de servirse los
postres, les hizo asesinar. De aquí tuvo origen el proverbio
italiano: "Ese ha probado la fruta de Alberigo."
--¡Oh!--le dije--; ¿también tú has muerto?
--No sé cómo estará mi cuerpo allá arriba--repuso--; esta Ptolomea
tiene el privilegio de que las almas caigan con frecuencia en ella
antes de que Atropos mueva los dedos; y para que de mejor grado me
arranques las congeladas lágrimas del rostro, sabe que en cuanto un
alma comete alguna traición como la que yo cometí, se apodera de su
cuerpo un demonio, que después dirige todas sus acciones, hasta que
llega el término de su vida. En cuanto al alma, cae en esta cisterna;
y por eso tal vez aparezca todavía en el mundo el cuerpo de esa sombra
que está detrás de mí en este hielo. Debes conocerle, si es que acabas
de llegar al Infierno: es "ser" Branca d'Oria, el cual hace ya muchos
años que fué encerrado aquí.
--Yo creo--le dije--que me engañas; porque Branca d'Oria no ha muerto
aún, y come, y bebe, y duerme, y va vestido.
--Aun no había caído Miguel Zanche--repuso aquél--en la fosa de
Malebranche, allí donde hierve continuamente la pez, cuando Branca
d'Oria ya dejaba un diablo haciendo sus veces en su cuerpo y en el de
uno de sus parientes, que fué cómplice de su traición. Extiende ahora
la mano y ábreme los ojos.
Yo no se los abrí, y creo que fué una lealtad el ser con él desleal.
¡Ah, genoveses!, ¡hombres diversos de los demás en costumbres, y llenos
de toda iniquidad!, ¿por qué no sois desterrados del mundo? Junto con
el peor espíritu de la Romanía he encontrado uno de vosotros, que, por
sus acciones, tiene el alma sumergida en el Cocito, mientras que su
cuerpo aparece aún vivo en el mundo.
[Ilustración]
[Ilustración]
-CANTO TRIGESIMOCUARTO-
"Vexilla regis prodeunt inferni"[44] hacia nosotros. Mira
adelante--dijo mi Maestro,--a ver si lo distingues.
[44] "Los estandartes del rey de los Infiernos
avanzan."--Imitación del primer verso del himno que entona
la Iglesia ante el estandarte de la Cruz, y que aquí aplica
irónicamente Virgilio hablando de Lucifer.
Como aparece a lo lejos un molino, cuyas aspas hace girar el viento,
cuando éste arrastra una espesa niebla, o cuando anochece en nuestro
hemisferio, así me pareció ver a gran distancia un artificio semejante;
y luego, para resguardarme del viento, a falta de otro abrigo, me
encogí detrás de mi Guía. Estaba ya (con pavor lo digo en mis versos)
en el sitio donde las sombras se hallaban completamente cubiertas de
hielo, y se transparentaban como paja en vidrio. Unas estaban tendidas,
otras derechas; aquéllas con la cabeza, éstas con los pies hacia abajo,
y otras por fin con la cabeza tocando a los pies como un arco. Cuando
mi Guía creyó que habíamos avanzado lo suficiente para enseñarme la
criatura que tuvo el más hermoso rostro, me dejó libre el paso, e hizo
que me detuviera.
--He ahí a Dite--me dijo--, y he aquí el lugar donde es preciso que te
armes de fortaleza.
No me preguntes, lector, si me quedaría entonces helado y yerto; no
quiero escribirlo, porque cuanto dijera sería poco. No quedé muerto ni
vivo: piensa por ti, si tienes alguna imaginación, lo que me sucedería
viéndome así privado de la vida sin estar muerto. El emperador del
doloroso reino salía fuera del hielo desde la mitad del pecho: mi
estatura era más proporcionada a la de un gigante, que la de uno de
éstos a la longitud de los brazos de Lucifer: juzga, pues, cuál deba
ser el todo que a semejante parte corresponda. Si fué tan bello como
deforme es hoy, y osó levantar sus ojos contra su Creador, de él debe
proceder sin duda todo mal. ¡Oh! ¡Cuánto asombro me causó, al ver
que su cabeza tenía tres rostros! Uno por delante, que era de color
bermejo: los otros dos se unían a éste sobre el medio de los hombros,
y se juntaban por detrás en lo alto de la coronilla, siendo el de la
derecha entre blanco y amarillo, según me pareció; el de la izquierda
tenía el aspecto de los oriundos del valle del Nilo.[45] Debajo de
cada rostro salían dos grandes alas, proporcionadas a la magnitud de
tal pájaro; y no he visto jamás velas de buque comparables a ellas:
no tenían plumas, pues eran por el estilo de las del murciélago; y se
agitaban de manera que producían tres vientos, con los cuales se helaba
todo el Cocito. Con seis ojos lloraba Lucifer, y por las tres barbas
corrían sus lágrimas, mezcladas de baba sanguinolenta. Con los dientes
de cada boca, a modo de agramadera, trituraba un pecador, de suerte que
hacía tres desgraciados a un tiempo. Los mordiscos que sufría el de
adelante no eran nada en comparación de los rasguños que le causaban
las garras de Lucifer, dejándole a veces las espaldas enteramente
desolladas.
[45] Los tres rostros de diversos colores significan las tres
partes del mundo entonces conocidas. El rojo o bermejo, los
europeos; el entre blanco y amarillo, los asiáticos; el negro,
los africanos.--Los tres vientos de que habla luego simbolizan
tal vez los tres vicios generadores de todo mal, a saber: la
soberbia, la envidia y la avaricia.
--El alma que está sufriendo la mayor pena allá arriba--dijo el
Maestro--es la de Judas Iscariote, que tiene la cabeza dentro de la
boca de Lucifer y agita fuera de ella las piernas. De las otras dos,
que tienen la cabeza hacia abajo, la que pende de la boca negra es
Bruto; mira cómo se retuerce sin decir una palabra: el otro, que tan
membrudo parece, es Casio. Pero se acerca la noche, y es hora ya de
partir, pues todo lo hemos visto.
Según le plugo, me abracé a su cuello; aprovechó el momento y el lugar
favorable, y cuando las alas estuvieron bien abiertas, agarróse a las
velludas costillas de Lucifer, y de pelo en pelo descendió por entre
el hirsuto costado y las heladas costras. Cuando llegamos al sitio en
que el muslo se desarrolla justamente sobre el grueso de las caderas,
mi Guía, con fatiga y con angustia, volvió su cabeza hacia donde aquél
tenía las zancas, y se agarró al pelo como un hombre que sube, de modo
que creí que volvíamos al Infierno.
--Sosténte bien--me dijo jadeando como un hombre cansado--; que por
esta escalera es preciso partir de la mansión del dolor.
Después salió fuera por la hendedura de una roca, y me sentó sobre el
borde de la misma, poniendo junto a mí su pie prudente. Yo levanté mis
ojos, creyendo ver a Lucifer como le había dejado; pero vi que tenía
las piernas en alto. Si debí quedar asombrado, júzguelo el vulgo, que
no sabe qué punto es aquel por donde yo había pasado.
--Levántate--me dijo el Maestro--; la ruta es larga, el camino malo, y
ya el Sol se acerca a la mitad de tercia.
El sitio donde nos encontrábamos no era como la galería de un palacio,
sino una caverna de mal piso y escasa de luz.
--Antes que yo salga de este abismo, Maestro mío,--le dije al ponerme
en pie--, dime algo que me saque de confusiones. ¿Dónde está el hielo,
y cómo es que Lucifer está de ese modo invertido? ¿Cómo es que, en tan
pocas horas, ha recorrido el Sol su carrera desde la noche a la mañana?
Me contestó:
--¿Te imaginas sin duda que estás aún al otro lado del centro, donde me
cogí al pelo de ese miserable gusano que atraviesa el mundo? Allá te
encontrabas mientras descendíamos; cuando me volví, pasaste el punto
hacia el que converge toda la gravedad de la Tierra; y ahora estás
bajo el hemisferio opuesto a aquel que cubre el árido desierto, y bajo
cuyo más alto punto fué muerto el Hombre que nació y vivió sin pecado.
Tienes los pies sobre una pequeña esfera, que por el otro lado mira a
la Judesca. Aquí amanece, cuando allí anochece; y éste de cuyo pelo nos
hemos servido como de una escala, permanece aún fijo del mismo modo
que antes. Por esta parte cayó del cielo; y la tierra, que antes se
mostraba en este lado, aterrorizada al verle, se hizo del mar un velo,
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