--Los primeros círculos te han mostrado los Serafines y los Querubines.
Siguen con tal velocidad su amorosa cadena para asemejarse al punto
cuanto pueden, y pueden tanto más, cuanto más altos están para verle.
Aquellos otros amores, que van en torno de ellos, se llaman Tronos de
la presencia divina, en los cuales termina el primer ternario; y debes
saber que es tanto mayor su gozo, cuanto más penetra su vista en la
Verdad, en que se calma toda inteligencia. Aquí puede conocerse que
la beatitud se funda en el acto de ver, y no en el de amar a Dios, lo
cual viene después; y siendo las obras meritorias engendradas por la
gracia y la buena voluntad, la medida de la contemplación procede así
de grado en grado. El otro ternario, que germina en esta primavera
eterna de modo que no le despoja el Aries nocturno, canta perpetuamente
"Hosanna" con tres melodías, que resuenan en los tres órdenes de
alegría de que se compone. En esa jerarquía están las tres diosas:
primera, Dominaciones; segunda, Virtudes, y el tercer orden es el de
las Potestades. Después, en los dos penúltimos círculos giran los
Principados y los Arcángeles: el último se compone todo de angélicos
festejos. Todos estos órdenes tienen sus miradas fijas arriba, y
ejercen abajo tal influencia, que así como ellos son atraídos por Dios,
atraen lo que está debajo de ellos. Con tal ardor se puso Dionisio[195]
a contemplar esos órdenes, que los nombró y distinguió como yo. Pero
Gregorio[196] se separó de él después; así es que en cuanto abrió los
ojos en este cielo, se ha reído de sí mismo. Y si un mortal ha revelado
en la Tierra una verdad tan secreta, no quiero que te admires; porque
el que la vió aquí arriba[197] se la descubrió, con otras muchas cosas
referentes a las verdades de estos círculos.
[195] San Dionisio Areopagita, en su libro =De coelesti
hierarchia=.
[196] San Gregorio el Grande, que modificó el orden de los
ángeles seguido por San Dionisio.
[197] San Pablo, que fué transportado al cielo, e instruyó a
San Dionisio.
[Ilustración]
[Ilustración]
-CANTO VIGESIMONONO-
Silenciosa y con el rostro risueño permaneció Beatriz, mirando
fijamente al punto que me había deslumbrado, tanto espacio de
tiempo como el que media desde el momento en que el cenit mantiene
en equilibrio a los dos hijos de Latona, cuando éstos, cobijados
respectivamente por Aries y Libra, se forman una misma zona del
horizonte, hasta que uno y otro rompen aquel cinto cambiando de
hemisferio.[198] Después empezó así:
[198] Quiere decir que Beatriz guardó silencio, mirando
fijamente a Dios sólo un instante. Los hijos de Latona son el
Sol y la Luna: cuando ambos se hallan en el mismo horizonte,
uno en frente de otro, en Aries y Libra, como tenidos en
balanza por una mano invisible, inmediatamente rompen ese
equilibrio aparente, ascendiendo el uno a nuestro hemisferio,
y pasando el otro al hemisferio opuesto.
--Yo te diré sin preguntar lo que deseas oír, porque lo he visto
desde allí donde converge todo "ubi" y todo "quando." No con objeto
de adquirir para sí ningún bien (que esto no puede ser), sino a fin
de que su esplendor, reflejándose en las criaturas, pudiera decir:
"Existo," el Eterno Amor, en su eternidad, antes que el tiempo fuese, y
de un modo incomprensible a toda otra inteligencia, se difundió según
le plugo, creando nuevos amores. No es decir que antes permaneciera
ocioso y como inerte; pues el proceder del espíritu de Dios sobre estas
aguas no tuvo antes ni después. La forma y la materia pura salieron
juntamente con una existencia sin defecto, como salen tres flechas de
un arco de tres cuerdas; y así como la luz brilla en el vidrio, en el
ámbar o en el cristal, de manera que entre el llegar y el ser toda no
media intervalo alguno, así también aquel triforme efecto irradió a
la vez de su Señor, sin distinción entre su principio y su existencia
perfecta. Simultáneamente fué también creado y establecido el orden
de las substancias; y aquellas en que se produjo el acto puro fueron
colocadas en la cima del mundo. A la parte inferior fué destinada
la potencia pura; y en el medio unió a la potencia y a la acción un
vínculo que nunca se desata. Jerónimo escribió que los ángeles fueron
creados muchos siglos antes de que fuera hecho el otro mundo; pero
esta verdad está escrita en varios pasajes de los escritores del
Espíritu Santo, y la podrás observar si bien la examinas, como que
hasta la misma razón la ve en parte; pues no podría comprender que los
motores permanecieran tanto tiempo sin su perfección. Ahora sabes ya
dónde, cómo y cuándo fueron creados estos amores; de modo que están
extinguidos tres ardores de tu deseo. No contarías de uno a veinte
con la prontitud con que una parte de los ángeles turbó el mundo de
vuestros elementos. La otra parte quedó aquí, y empezó la obra que
contemplas, con tanto placer que nunca cesa de girar. La causa de la
caída fué el maldito orgullo de aquel que viste en el centro de la
Tierra, pesando sobre él toda la gravedad del mundo. Esos que ves aquí
fueron modestos, reconociendo la bondad que los había hecho dispuestos
a tan altas miras; por lo cual sus inteligencias fueron de tal modo
exaltadas por la gracia que ilumina y por su mérito, que poseen una
plena y firme voluntad. Y no quiero que dudes, sino que tengas completa
certidumbre de que es meritorio recibir la gracia en proporción del
amor con que se la pide y acoge. En adelante, puedes contemplar a
tu placer y sin otra ayuda este consistorio, si has entendido mis
palabras: pero como en la Tierra y en vuestras escuelas se lee que la
naturaleza angélica es tal que entiende, recuerda y quiere, te diré
más todavía para que veas en toda su pureza la verdad que abajo se
confunde, equivocando semejante doctrina. Estas substancias, después de
haberse recreado en el rostro de Dios, no separaron su mirada de éste
para quien nada hay oculto; así es que su vista no está interceptada
por ningún nuevo objeto, y en consecuencia, no necesitan la memoria
para recordar un concepto separado de su pensamiento. Allá abajo,
pues, se sueña sin dormir, creyendo unos y no creyendo otros decir
la verdad; pero en éstos hay más falta y más vergüenza. Los que allá
abajo os dedicáis a filosofar, no vais por un mismo sendero; tanto
es lo que os arrastra el afán de parecer sabios e ingeniosos: y aun
esto se tolera aquí con menos rigor que el desprecio de la Sagrada
Escritura o su torcida interpretación. No pensáis en la sangre que
cuesta sembrarla por el mundo, y lo grato que es a Dios el que uniforma
humildemente sus ideas a las de aquélla. Sólo por parecer docto, cada
cual se ingenia y se esfuerza en invenciones, que sirven de texto a los
predicadores, mientras que el Evangelio se calla. Uno dice que la Luna
retrocedió cuando la pasión de Cristo, y se interpuso a fin de que la
luz del Sol no pudiera bajar a la Tierra; otros que la luz se ocultó
por sí misma, razón por la cual este eclipse fué tan sensible para
los Españoles y los Indios, como para los Judíos. No tiene Florencia
tantos Lapi y Bindi[199] como fábulas se pronuncian durante un año
y por todas partes en el púlpito; así es que las ovejas ignorantes
vuelven del pasto repletas de viento, sin que les sirva de excusa no
haber visto el daño. Cristo no dijo a su primer convento: "Andad y
predicad patrañas al mundo," sino que les dió por base la verdad: y
ésta sonó en sus bocas de tal modo, que al combatir para encender la
Fe, solamente se valieron del Evangelio como de escudo y lanza. Ahora,
para predicar, se abusa de las argucias y bufonadas; con tal de excitar
la hilaridad, la cogulla se hincha y no se desea otra cosa. Pero en la
punta de esa cogulla anida tal pájaro,[200] que si el vulgo lo viese,
no admitiría las indulgencias de aquellos en quienes confía; por las
cuales ha crecido tanto la necedad en la Tierra, que sin pedir pruebas
de su autenticidad, se agolparía la gente a cualquier promesa de ellas.
Con esto engorda el puerco de San Antonio, y engordan otros muchos
que son peores que puercos, pagando en moneda sin cuño. Mas, poniendo
fin a esta larga digresión, vuelve ya tus ojos hacia la vía recta,
de modo que el camino y el tiempo se abrevien. La naturaleza de los
ángeles aumenta tanto su número de grado en grado, que no hay palabra
ni inteligencia mortal que pueda llegar a significar ese número; y si
examinas bien lo que reveló Daniel, verás que en sus millares no se
manifiesta un número determinado. La primera luz que ilumina toda la
naturaleza angélica penetra en ella de tantos modos cuantos son los
esplendores a que se une. Así pues, como el afecto es proporcionado
a la intensidad de la visión beatífica, la dulzura del amor es en los
ángeles diversamente fervorosa o tibia. Contempla en adelante la altura
y la extensión del Poder Eterno; pues ha formado para sí tantos espejos
en los que se reparte, quedando siempre uno e indivisible como antes de
haberlos creado.
[199] Nombres muy comunes en Florencia.
[200] El demonio.
[Ilustración]
[Ilustración]
-CANTO TRIGESIMO-
Acaso arde la hora sexta distante seis mil millas de nosotros, y este
mundo inclina ya su sombra casi horizontalmente, cuando el centro del
cielo que vemos más profundo empieza a ponerse de modo, que algunas
estrellas van perdiéndose de vista desde la Tierra; y a medida que
viene adelantando la clarísima sierva del Sol, el cielo apaga de una en
una sus luces hasta la más bella. No de otra suerte desapareció poco a
poco a mi vista el triunfo de los coros angélicos, que siempre festeja
en torno de aquel punto que me deslumbró, pareciéndome contenido en
lo mismo que él contiene; por lo cual, no viendo ya nada, esto unido
al amor me obligó a volver los ojos hacia Beatriz. Si todo cuanto
hasta aquí se ha dicho acerca de ella estuviera reunido en una sola
alabanza, sería poco para llenar el objeto. La belleza que en ella
vi no sólo está fuera del alcance de nuestra inteligencia, sino que
creo con certeza que su Hacedor es el único que la comprende toda. Me
confieso vencido por este pasaje de mi poema más de lo que con respecto
a otro punto lo fué jamás autor trágico o cómico; porque así como
el Sol ofusca la vista más trémula, del mismo modo el recuerdo de la
dulce sonrisa paraliza mi mente. Desde el primer día que vi su rostro
en esta vida, hasta mi actual contemplación, no se ha interrumpido la
continuación de mi canto; pero ahora es preciso que mi poema desista de
seguir cantando la belleza de mi Dama, como hace todo artista que llega
al último esfuerzo en su arte. Tal cual la dejo para que la anuncie una
trompa de mayor sonido que la mía, que conduce al término su difícil
tarea, Beatriz repuso con el gesto y la voz de una guía solícita:
--Hemos salido fuera del mayor de los cuerpos celestes, para subir al
cielo que es pura luz;[201] luz intelectual, llena de amor, amor de
verdadero bien, lleno de gozo; gozo superior a toda dulzura. Aquí verás
una y otra milicia del Paraíso, y una de ellas bajo aquel aspecto con
que la contemplarás en el juicio final.
[201] Del Primer móvil al Empíreo.
Como súbito relámpago que disipa las potencias visivas, privando al ojo
de la facultad de distinguir los mayores objetos, así me circundó una
luz resplandeciente, dejándome velado de tal suerte con su fulgor, que
nada descubría.
--El Amor que tranquiliza este cielo, acoge siempre con semejante
saludo al que entra en él, a fin de disponer al cirio para recibir su
llama.
No bien hube oído estas palabras, cuando me sentí elevar de un modo
superior a mis fuerzas, y adquirí una nueva vista de tal vigor, que no
hay luz alguna tan brillante que no pudieran soportarla mis ojos. Y vi
en forma de río una luz áurea, que despedía espléndidos fulgores entre
dos orillas adornadas de admirable primavera. De este río salían vivas
centellas, que por todas partes llovían sobre las flores, pareciendo
rubíes engastados en oro. Después, como embriagadas con aquellos
aromas, volvían a sumergirse en el maravilloso raudal; pero si una
entraba en él, otra salía.
--El alto deseo que ahora te inflama y estimula para comprender lo
que estás viendo, me place tanto más cuanto es más vehemente; pero es
preciso que bebas de esa agua antes que sacies tanta sed.
Así me dijo el Sol de mis ojos. Luego añadió:
--El río y los topacios, que entran y salen, y la sonrisa de las
hierbas son nada más que sombras y prefacios de la verdad: no es decir
que estas cosas sean en sí de difícil comprensión; pues el defecto está
en ti, que no tienes aún la vista bastante elevada.
Ningún niño se tira de cabeza tan presuroso al pecho de su madre cuando
despierta más tarde de lo acostumbrado, como yo, para mejorar los
espejos de mis ojos, me incliné sobre la onda luminosa, que corre a fin
de que se perfeccione la vista; y apenas se bañó en ella la extremidad
de mis párpados, me pareció que la larga corriente se había vuelto
redonda. Después, así como la gente enmascarada parece otra cosa muy
distinta en cuanto se despoja de la falsa apariencia bajo la cual se
ocultaba, así me pareció que adquirían mayor alegría las flores y las
centellas; de modo que vi distintamente las dos cortes del cielo. ¡Oh
esplendor de Dios, merced al cual vi el gran triunfo del reino de la
verdad! Dame fuerzas para decir cómo lo vi.
Hay allá arriba una luz, que hace visible el Creador a toda criatura
que sólo funda su paz en contemplarle; y se extiende en forma circular
por tanto espacio, que su circunferencia sería para el Sol un cinturón
demasiado anchuroso. Toda su apariencia procede de un rayo reflejado
sobre la cumbre del Primer Móvil, que de él adquiere movimiento y
potencia; y así como una colina se contempla en el agua que baña su
base, cual si quisiera mirarse adornada cuando es más rica de verdor y
flores, así, suspendidas en torno, en torno de la luz, vi reflejarse en
más de mil gradas todas las almas que desde nuestro mundo han vuelto
allá arriba. Y si la última grada concentra en sí tanta luz, ¡cuál no
será el esplendor de esta rosa en sus últimas hojas! Mi vista no se
perdía en la anchura ni en la elevación de esta rosa, sino que abarcaba
toda la cantidad y la calidad de aquella alegría. Allí, el estar cerca
o lejos, no da ni quita; porque donde Dios gobierna sin interposición
de causas secundarias, no ejerce ninguna acción la ley natural. Hacia
el centro de la rosa sempiterna, que se dilata, se eleva gradualmente
y exhala un perfume de alabanzas al Sol que allí produce una eterna
primavera, me atrajo Beatriz como el que calla al mismo tiempo que
quiere hablar, y dijo:
--¡Mira cuán grande es la reunión de blancas estolas! ¡Mira qué gran
circuito tiene nuestra ciudad! ¡Mira nuestros escaños tan llenos, que
ya son pocos los llamados a ocuparlos! En aquel gran asiento donde
tienes los ojos fijos a causa de la corona que está colocada sobre
él, antes que tú cenes en estas bodas se sentará el alma de gran
Enrique, que será augusta en la Tierra,[202] el cual irá a reformar
la Italia antes que se halle preparada para ello. La ciega codicia
que os enferma, os ha hecho semejantes al niño que muere de hambre
y rechaza a su nodriza. Entonces será prefecto en el foro divino un
hombre,[203] que abierta y ocultamente no irá por el mismo camino que
aquél; pero poco tiempo le tolerará Dios en su santo cargo; porque será
arrojado donde está Simón Mago por sus merecimientos, y hará que el de
Alagna[204] se hunda más.
[202] Aquí Dante finge predecir en 1300 la coronación del
emperador Enrique VII de Luxemburgo, que tuvo efecto en 1308.
[203] El papa Clemente V.
[204] El papa Bonifacio VIII. (Véase el Infierno, canto XIX.)
[Ilustración]
[Ilustración]
-CANTO TRIGESIMOPRIMERO-
En forma, pues, de blanca rosa se ofrecía a mi vista la milicia santa
que Cristo con su sangre hizo su esposa; pero la otra, que volando ve y
canta la gloria de aquel que la enamora y la bondad que tan excelsa la
ha hecho, como un enjambre de abejas, que ora se posa sobre las flores,
ora vuelve al sitio donde su trabajo se convierte en dulce miel,
descendía a la gran flor que se adorna de tantas hojas, y desde allí
se lanzaba de nuevo hacia el punto donde siempre permanece su Amor.
Todas estas almas tenían el rostro de llama viva, las alas de oro, y
lo restante de tal blancura, que no hay nieve que pueda comparársele.
Cuando descendían por la flor de grada en grada, comunicaban a las
otras almas la paz y el ardor que ellas adquirían volando; y por más
que aquella familia alada se interpusiera entre lo alto y la flor, no
impedía la vista ni el esplendor, porque la luz divina penetra en el
universo según que éste es digno de ello, de manera que nada puede
servirle de obstáculo.
Este reino tranquilo y gozoso, poblado de gente antigua y moderna,
tenía todo él la vista y el amor dirigidos hacia un solo punto. ¡Oh
trina luz, que centelleando en una sola estrella, regocijas de tal
modo la vista de esos espíritus!, mira cuál es aquí abajo nuestra
tormenta. Si los bárbaros, procedentes de la región que cubre Hélice
diariamente girando con su hijo a quien mira con amor,[205] se quedaban
estupefactos al ver a Roma y sus magníficos monumentos, cuando Letrán
superaba a todas las obras salidas de manos de los hombres, yo, que
acababa de pasar de lo humano a lo divino, del tiempo limitado a lo
eterno, y de Florencia a un pueblo justo y santo, ¿de qué estupor no
estaría lleno? En verdad que, entregado a tal estupor y a mi gozo, me
complacía el no oír ni decir nada. Y como el peregrino que se recrea
contemplando el templo que había hecho voto de visitar, y espera, al
volver a su país, referir cómo estaba construído, así yo, contemplando
la viva luz, paseaba mis miradas por todas las gradas, ya hacia arriba,
ya hacia abajo, ya en derredor, y veía rostros que excitaban a la
caridad, embellecidos por otras luces y por su sonrisa, y en actitudes
adornadas de toda clase de gracia. Mi vista había abarcado por completo
la forma general del Paraíso, pero no se había fijado en parte alguna:
entonces, poseído de un nuevo deseo, me volví hacia mi Dama para
preguntarle sobre algunos puntos que tenían en suspenso mi mente; pero
cuando esperaba una cosa, me sucedió otra: creía ver a Beatriz, y vi un
anciano[206] vestido como la familia gloriosa. En sus ojos y en sus
mejillas estaba esparcida una benigna alegría, y su aspecto era tan
dulce como el de un tierno padre.
[205] El Norte, sobre el cual gira constantemente la Osa
mayor, junto con su hijo Bootes o Arturo.
[206] Beatriz ha cumplido ya su misión, y desaparece del
lado de Dante, sustituyéndole San Bernardo, símbolo de la
contemplación y del amor a María, de quien impetra luego que
alcance para el Poeta la gracia de ver a Dios; tal vez porque
para esto no basta la ciencia teológica, y se necesita de la
Gracia.
--Y ella ¿dónde está?--dije al momento.
A lo cual contestó él:
--Beatriz me ha enviado desde mi asiento para poner fin a tu deseo;
y si miras el tercer círculo a partir de la grada superior, la verás
ocupar el trono en que la han colocado sus méritos.
Sin responder levanté los ojos, y la vi formándose una corona de los
eternos rayos que de sí reflejaba. El ojo del que estuviese en lo
profundo del mar no distaría tanto de la región más elevada donde
truena, como distaban de Beatriz los míos; pero nada importaba, porque
su imagen descendía hasta mí sin interposición de otro cuerpo.
--¡Oh mujer, en quien vive mi esperanza, y que consentiste, por mi
salvación, en dejar tus huellas en el Infierno! Si he visto tantas
cosas, a tu bondad y a tu poder debo esta gracia y la fuerza que me ha
sido necesaria. Tú, desde la esclavitud, me has conducido a la libertad
por todas las vías y por todos los medios que para hacerlo han estado a
tu alcance. Consérvame tus magníficos dones, a fin de que mi alma, que
sanaste, se separe de su cuerpo siendo agradable a tus ojos.
Así oré; y aquella que tan lejana parecía, se sonrió y me miró,
volviéndose después hacia la eterna fuente.[207] El santo Anciano me
dijo:
[207] Dios, eterna fuente de bien.
--A fin de que lleves a feliz término tu viaje, para lo cual me han
movido el ruego y el amor santo, vuela con los ojos por este jardín;
pues mirándolo se avivará más tu vista para subir hasta el rayo
divino. Y la Reina del Cielo, por quien ardo enteramente en amor, nos
concederá todas las gracias, porque yo soy su fiel Bernardo.
Como aquel que acaso viene de Croacia para ver nuestra Verónica, y no
se cansa de contemplarla a causa de su antigua fama, antes bien dice
para sí mientras se la enseñan: "Señor mío Jesucristo, Dios verdadero,
¿era tal vuestro rostro?," lo mismo estaba yo mirando la viva caridad
de aquél, que entregado a la contemplación, gustó en el mundo las
delicias de que ahora goza.
--Hijo de la gracia--empezó a decirme--, no podrás conocer esta
existencia dichosa, mientras fijes los ojos solamente aquí abajo. Ve
mirando los círculos hasta el más remoto, a fin de que veas el trono de
la Reina a quien está sometido y consagrado este reino.
Levanté los ojos; y así como por la mañana la parte oriental del
horizonte excede en claridad a aquella por donde el Sol se pone, del
mismo modo, y dirigiendo la vista como el que va del fondo de un valle
a la cumbre de un monte, vi en el más elevado círculo una parte del
mismo que sobrepujaba en claridad a todas las otras; y así como allí
donde se espera el carro que tan mal guió Faetón,[208] más se inflama
el cielo y fuera de aquel punto va perdiendo la luz su viveza, de
igual suerte aquella pacífica oriflama[209] brillaba más en su centro,
disminuyéndose gradualmente el resplandor en todas las demás partes.
En aquel centro vi más de mil ángeles que la festejaban con las alas
desplegadas, diferente cada cual en su esplendor y en su actitud. Ante
sus juegos y sus cantos vi sonreír una beldad, que infundía el contento
en los ojos de los demás santos. Aun cuando tuviera tantos recursos
para decir como para imaginar, no me atrevería a expresar la mínima
parte de sus delicias.
[208] El carro del Sol.
[209] La Virgen María.
Cuando Bernardo vió mis ojos atentos y fijos en el objeto de su
ferviente amor, volvió los suyos hacia él con tanto afecto, que
infundió en los míos más ardor para contemplarlo.
[Ilustración]
[Ilustración]
-CANTO TRIGESIMOSEGUNDO-
Atento a su dicha, aquel contemplador asumió espontáneamente en sí el
cargo de maestro y empezó por estas santas palabras:
--La herida que María restañó y curó fué abierta y enconada por aquella
mujer tan hermosa que está a sus pies.[210] Debajo de ésta, en el
orden que forman los terceros puestos, se sientan, como ves, Raquel
y Beatriz.[211] Sara, Rebeca, Judith, y la bisabuela[212] del Cantor
que en medio del dolor producido por su falta dijo "Miserere mei,"
puedes verlas sucederse de grado en grado, descendiendo, a medida que
en la rosa te las voy nombrando de hoja en hoja. Y desde la séptima
grada para abajo, como desde la más alta a la misma grada, se suceden
las Hebreas, dividiendo todas las hojas de la flor; porque aquéllas
son como un recto muro, que comparte los sagrados escalones, según
como se fijó en Cristo la mirada de la fe. En esa parte, en que la
flor está provista de todas sus hojas, se sientan los que creyeron
en la venida de Jesucristo; y en la otra, en que los semicírculos se
ven interrumpidos por algunos huecos, se sientan los que creyeron en
El después de haber venido; y así como en esa parte el glorioso trono
de la Señora del cielo y los otros escaños inferiores forman tan
gran separación, así en la opuesta está el trono del gran Juan que,
siempre santo, sufrió la soledad y el martirio, y el Infierno después
durante dos años;[213] y así también debajo de él, formando a propósito
igual separación, está el de Francisco; bajo éste el de Benito, bajo
Benito Agustín y otros varios, descendiendo de igual modo hasta aquí
de círculo en círculo. Admira, pues, la elevada Providencia divina;
porque uno y otro aspecto de la Fe llenarán por igual este jardín. Y
sabe que desde la grada que corta por mitad ambas filas hasta abajo,
nadie se sienta por su propio mérito, sino por el que contrajo otro, y
con ciertas condiciones; porque todos ellos son espíritus desprendidos
de la Tierra antes que estuviesen dotados de criterio para elegir la
verdad. Fácil te será cerciorarte de ello por sus rostros y también por
sus voces infantiles, si los miras y los escuchas bien. Ahora dudas,
y dudando guardas silencio; pero yo soltaré las fuertes ligaduras con
que te estrechan tus sutiles pensamientos. En toda la extensión de
este reino no puede tener cabida un asiento dado por casualidad, como
tampoco caben la tristeza, la sed, ni el hambre; pues todo cuanto ves
se halla establecido por eterna ley, de modo que aquí cada cosa viene
justa como anillo al dedo. Por lo tanto, estas almas apresuradas a la
verdadera vida no son aquí "sine causa" más o menos excelentes entre
sí. El Rey por quien este reino reposa en tanto amor y deleite, que
ninguna voluntad se atreve a desear más, creando todas las almas bajo
su dichoso aspecto, las dota según quiere de más o menos gracia: en
cuanto a esto baste conocer el efecto; lo cual se demuestra expresa
y claramente por la Sagrada Escritura en aquellos gemelos a quienes
agitó la ira en el vientre de su madre.[214] Por lo tanto, es preciso
que la altísima luz corone de su gloria a los espíritus según sea el
color de los cabellos de tal gracia. Así pues, sin consideración al
mérito de sus obras, se hallan ésos colocados en diferentes grados,
distinguiéndose tan sólo por su penetración primitiva. En los primeros
siglos bastaba ciertamente para salvarse tener, junto con la inocencia,
la fe de los padres. Transcurridas las primeras edades, fué menester
que los varones todavía inocentes adquiriesen la virtud por medio
de la circuncisión; pero cuando llegó el tiempo de la Gracia, toda
aquella inocencia debió permanecer en el Limbo, si no había recibido el
perfecto bautismo de Cristo. Contempla ahora la faz que más se asemeja
a la de Cristo, pues sólo su resplandor podrá disponerte a ver a Cristo.
[210] Eva.
[211] Beatriz es la imagen de la Teología, y Raquel de la vida
contemplativa.
[212] Ruth, bisabuela de David.
[213] San Juan Bautista estuvo en el Limbo casi dos años,
porque murió antes que Jesucristo.
[214] Esaú y Jacob.
Vi llover sobre ella tanta alegría, llevada por los santos espíritus,
creados para volar por aquella altura, que todo cuanto antes había
visto no me había causado tal admiración, ni me había mostrado mayor
semejanza con Dios. Y aquel amor[215] que fué el primero en descender
cantando "Ave, María, gratia plena," extendió sus alas delante de
ella. A tan divina cantinela respondió por todas partes la corte
bienaventurada, de tal modo que cada espíritu pareció más radiante.
[215] El arcángel San Gabriel.
--¡Oh Santo Padre, que por mí te dignas estar aquí abajo, dejando el
dulce sitio donde te sientas por toda una eternidad! ¿Qué ángel es ese,
que con tanto gozo mira los ojos de nuestra Reina, y tan enamorado está
que parece de fuego?
Con estas palabras recurrí nuevamente a la enseñanza de aquel que se
embellecía con las bellezas de María, como a los rayos del Sol se
embellece la estrella matutina. Y él me respondió:
--Toda la confianza y la gracia que pueden caber en un ángel y en un
alma, se encuentran en él, y así queremos que sea; porque es el que
llevó la palma a María, cuando el Hijo de Dios quiso cargar con nuestro
peso. Pero sigue ahora con la vista según yo vaya hablando, y fija la
atención en los grandes patricios de este imperio justísimo y piadoso.
Aquellos dos que ves sentados allá arriba, más felices por estar
sumamente próximos a la Augusta Señora, son casi dos raíces de esta
rosa. El que está a la izquierda es el padre, cuyo atrevido paladar fué
causa de que la especie humana probara tanta amargura.[216] Contempla a
la derecha al anciano padre de la santa Iglesia, a quien Cristo confió
las llaves de esta encantadora flor:[217] a su lado se sienta aquel que
vió, antes de morir, todos los tiempos calamitosos que debía atravesar
la bella esposa que fué conquistada con la lanza y los clavos;[218] y
próximo al otro, aquel Jefe bajo cuyas órdenes vivió de maná la nación
ingrata, voluble y obstinada.[219] Mira sentada a Ana frente a Pedro,
contemplando a su hija con tal arrobamiento, que ni aun al cantar
"Hosanna" separa de ella los ojos: y frente al mayor Padre de familia
se sienta Lucía, que envió a tu Dama en tu socorro, cuando cerraste
los párpados al borde del abismo. Mas, puesto que huye el tiempo que
te adormece, haremos punto aquí, como un buen sastre, que según el
paño con que cuenta, así hace el traje y elevaremos los ojos hacia el
primer Amor, de modo que, mirándole, penetres en su fulgor cuanto te
sea posible. Sin embargo, a fin de que al mover tus alas no retrocedas
acaso creyendo adelantar, es preciso pedir con ruegos la gracia que
necesitas, e impetrarla de aquella que puede ayudarte: sígueme, pues,
con el afecto, de modo que tu corazón acompañe a mis palabras.
[216] Adán, cabeza del Antiguo Testamento.
[217] San Pedro, cabeza del Nuevo Testamento.
[218] San Juan Evangelista.
[219] Moisés, que está cerca de Adán.
Y comenzó a decir esta santa oración:
[Ilustración]
[Ilustración]
-CANTO TRIGESIMOTERCIO-
"Virgen madre, hija de tu hijo, la más humilde al par que la más alta
de todas las criaturas, término fijo de la voluntad eterna, tú eres la
que has ennoblecido de tal suerte la humana naturaleza, que su Hacedor
no se desdeñó de convertirse en su propia obra. En tu seno se inflamó
el amor cuyo calor ha hecho germinar esta flor en la paz eterna. Eres
aquí para nosotros meridiano Sol de caridad, y abajo para los mortales
vivo manantial de esperanza. Eres tan grande, señora, y tanto vales,
que todo el que desea alcanzar alguna gracia y no recurre a ti, quiere
que su deseo vuele sin alas. Tu benignidad no sólo socorre al que
te implora, sino que muchas veces se anticipa espontáneamente a la
súplica. En ti se reúnen la misericordia, la piedad, la magnificencia,
y todo cuanto bueno existe en la criatura. Este, pues, que desde la más
profunda laguna del universo hasta aquí ha visto una a una todas las
existencias espirituales, te suplica le concedas la gracia de adquirir
tal virtud, que pueda elevarse con los ojos hasta la salud suprema. Y
yo, que nunca he deseado ver más de lo que deseo que él vea, te dirijo
todos mis ruegos, y te suplico que no sean vanos, a fin de que disipes
con los tuyos todas las nieblas procedentes de su condición mortal,
de suerte que pueda contemplar abiertamente el sumo placer. Te ruego
además, ¡oh Reina, que puedes cuanto quieres!, que conserves puros sus
afectos después de tanto ver; que tu custodia triunfe de los impulsos
de las pasiones humanas: mira a Beatriz cómo junta sus manos con todos
los bienaventurados para unir sus plegarias a las mías."
Los ojos que Dios ama y venera,[220] fijos en el que por mí oraba, me
demostraron cuán gratos le son los devotos ruegos. Después se elevaron
hacia la Luz eterna en la cual no es creíble que la mirada de criatura
alguna pueda fijarse tan abiertamente. Y yo, que me acercaba al fin
de todo anhelo, puse término en mí, como debía, al ardor del deseo.
Bernardo sonriéndose me indicaba que mirase hacia arriba; pero yo había
hecho ya por mí mismo lo que él quería: porque mi vista, adquiriendo
más y más pureza y claridad, penetraba gradualmente en la alta luz que
tiene en sí misma la verdad de su existencia. Desde aquel instante, lo
que vi excede a todo humano lenguaje, que es impotente para expresar
tal visión, y la memoria se rinde a tanta grandeza. Como el que ve
soñando, y después del sueño conserva impresa la sensación que ha
recibido, sin que le quede otra cosa en la mente, así estoy yo ahora;
pues casi ha cesado del todo mi visión, y aun destila en mi pecho la
dulzura que nació de ella. Del mismo modo ante el Sol pierde su forma
la nieve, y así también se dispersaban al viento en las ligeras hojas
las sentencias de la Sibila.
[220] Los ojos de la Virgen María.
¡Oh luz suprema que te elevas tanto sobre los pensamientos de los
mortales! Presta a mi mente algo de lo que parecías, y haz que mi
lengua sea tan potente, que pueda dejar a lo menos un destello de tu
gloria a las generaciones venideras; pues si se muestra algún tanto a
mi memoria y resuena lo mínimo en mis versos, se podrá concebir más tu
victoria.
Por la intensidad del vivo rayo que soporté sin cegar, creo que me
habría perdido, si hubiera separado de él mis ojos; y recuerdo que
por esto fuí tan osado para sostenerlo, que uní mi mirada con el
Poder infinito. ¡Oh gracia abundante, por la cual tuve atrevimiento
para fijar mis ojos en la Luz eterna hasta tanto que consumí toda mi
fuerza visiva! En su profundidad vi que se contiene ligado con vínculos
de amor en un volumen todo cuanto hay esparcido por el universo:
substancias, accidentes y sus cualidades, unido todo de tal manera,
que cuanto digo no es más que una pálida luz. Creo que vi la forma
universal de este nudo, porque, recordando estas cosas, me siento
poseído de mayor alegría. Un solo punto me causa mayor olvido, que el
que han causado veinticinco siglos transcurridos desde la empresa que
hizo a Neptuno admirarse de la sombra de Argos. Así es que mi mente en
suspenso miraba fija, inmóvil y atenta, y continuaba mirando con ardor
creciente. El efecto de esta luz es tal, que no es posible consentir
jamás en separarse de ella para contemplar otra cosa; porque el bien,
que es objeto de la voluntad, se encierra todo en ella, y fuera de
ella es defectuoso lo que allí perfecto. Desde este punto, a causa de
lo poco que recuerdo, mis palabras serán más breves que las de un niño
cuya lengua se baña todavía en la leche materna. No porque hubiese más
de un simple aspecto en la viva luz que yo miraba, pues siempre es
tal como antes era, sino porque mi vista se avaloraba contemplándola,
su apariencia única se me representaba en otra forma según iba
alterándose mi aptitud visiva. En la profunda y clara substancia de la
alta luz se me aparecieron tres círculos de tres colores y de una sola
dimensión:[221] el uno parecía reflejado por otro como Iris por Iris, y
el tercero parecía un fuego procedente de ambos por igual. ¡Ah!, ¡cuán
escasa y débil es la lengua para decir mi concepto! Y éste lo es tanto,
comparado a lo que vi, que la palabra "poco" no basta para expresar su
pequeñez.
[221] La Santísima Trinidad.
¡Oh Luz eterna, que en ti solamente resides, que sola te comprendes,
y que siendo por ti a la vez inteligente y entendida, te amas y te
complaces en ti misma! Aquel de tus círculos, que parecía proceder de
ti como el rayo reflejado procede del rayo directo, cuando mis ojos
lo contemplaron en torno, parecióme que dentro de sí con su propio
color representaba nuestra efigie, por lo cual mi vista estaba fija
atentamente en él. Como el geómetra que se dedica con todo empeño a
medir el círculo, y por más que piensa no encuentra el principio que
necesita, lo mismo estaba yo ante aquella nueva imagen. Yo quería ver
cómo correspondía la efigie al círculo, y cómo a él estaba unida; pero
no alcanzaban a tanto mis propias alas, si no hubiera sido iluminada mi
mente por un resplandor, merced al cual fué satisfecho su deseo.
Aquí faltó la fuerza a mi elevada fantasía; pero ya eran movidos mi
deseo y mi voluntad, como rueda cuyas partes giran todas igualmente,
por el Amor que mueve el Sol y las demás estrellas.
FIN
-INDICE-
Pág.
"La Commedia" 5
INFIERNO
Canto Primero 25
Canto Segundo 29
Canto Tercero 33
Canto Cuarto 39
Canto Quinto 45
Canto Sexto51
Canto Séptimo 55
Canto Octavo 59
Canto Nono 63
Canto Décimo 67
Canto Undécimo73
Canto Duodécimo 77
Canto Décimotercio 83
Canto Décimocuarto 89
Canto Décimoquinto 95
Canto Décimosexto99
Canto Décimoséptimo105
Canto Décimoctavo 109
Canto Décimonono118
Canto Vigésimo 119
Canto Vigésimoprimero 128
Canto Vigésimosegundo 129
Canto Vigésimotercio 135
Canto Vigésimocuarto 141
Canto Vigésimoquinto 147
Canto Vigésimosexto153
Canto Vigésimoséptimo 157
Canto Vigésimoctavo161
Canto Vigésimonono 165
Canto Trigésimo 171
Canto Trigésimoprimero177
Canto Trigésimosegundo183
Canto Trigésimotercio 189
Canto Trigésimocuarto 195
PURGATORIO
Canto Primero203
Canto Segundo207
Canto Tercero211
Canto Cuarto 217
Canto Quinto 223
Canto Sexto 229
Canto Séptimo235
Canto Octavo 241
Canto Nono247
Canto Décimo 251
Canto Undécimo 255
Canto Duodécimo 261
Canto Décimotercio 265
Canto Décimocuarto 271
Canto Décimoquinto 277
Canto Décimosexto 283
Canto Décimoséptimo289
Canto Décimoctavo 293
Canto Décimonono299
Canto Vigésimo 305
Canto Vigésimoprimero 311
Canto Vigésimosegundo 315
Canto Vigésimotercio 321
Canto Vigésimocuarto 325
Canto Vigésimoquinto 331
Canto Vigésimosexto337
Canto Vigésimoséptimo 343
Canto Vigésimoctavo347
Canto Vigésimonono 351
Canto Trigésimo 357
Canto Trigésimoprimero361
Canto Trigésimosegundo367
Canto Trigésimotercio 373
PARAISO
Canto Primero381
Canto Segundo385
Canto Tercero391
Canto Cuarto 395
Canto Quinto 399
Canto Sexto 403
Canto Séptimo409
Canto Octavo 413
Canto Nono419
Canto Décimo 425
Canto Décimoprimero431
Canto Décimosegundo435
Canto Décimotercio 441
Canto Décimocuarto 447
Canto Décimoquinto 451
Canto Décimosexto 457
Canto Décimoséptimo463
Canto Décimoctavo 467
Canto Décimonono471
Canto Vigésimo 477
Canto Vigésimoprimero 483
Canto Vigésimosegundo 489
Canto Vigésimotercio 495
Canto Vigésimocuarto 499
Canto Vigésimoquinto 505
Canto Vigésimosexto511
Canto Vigésimoséptimo 517
Canto Vigésimoctavo523
Canto Vigésimonono 529
Canto Trigésimo 535
Canto Trigésimoprimero541
Canto Trigésimosegundo547
Canto Trigésimotercio 553
SE ACABÓ DE IMPRIMIR EN LOS TALLERES
GRÁFICOS, BAJO LA DIRECCIÓN DEL
DEPARTAMENTO EDITORIAL DE LA
SECRETARÍA DE EDUCACIÓN
PÚBLICA, EL 18 DE NOVIEMBRE,
EN EL AÑO DEL SEXTO
CENTENARIO DE LA
MUERTE DEL
POETA.
[Ilustración]
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