ocultas en tu alegría, dame a conocer la causa que tanto te aproxima
a mí, y dime por qué no se oye en esta esfera la dulce sinfonía del
Paraíso, que tan devotamente resuena en las de abajo.
--Tu oído es tan débil como tu vista--me contestó--; aquí no se canta
por la misma razón que Beatriz no sonríe. He descendido tanto por las
gradas de la escala santa, sólo para recrearte con mis palabras y con
la luz de que estoy revestida. No es un mayor afecto lo que me ha hecho
más solícita; pues en toda esta escala hay un amor tan ferviente y más
que el mío, según te lo manifiestan los destellos de esas almas; pero
la alta caridad, que nos convierte en siervas atentas a la voluntad que
rige al mundo, nos designa el sitio en que, según puedes ver, estamos
colocadas.
--Bien veo--dije yo--, ¡oh sagrada lámpara!, que un amor libre basta en
esta corte para hacer lo que quiere la eterna Providencia; mas lo que
me parece sumamente difícil de comprender es por qué fuiste tú entre
todas tus compañeras la destinada a este cargo.
Aun no había pronunciado la última palabra, cuando la luz, haciendo
un eje de su centro, giró con la rapidez de una rueda. Después me
respondió la amorosa alma que estaba dentro de ella:
--La luz divina se fija en mí penetrando en la que me envuelve, y su
virtud, unida a mi vista, me eleva tanto sobre mí misma, que veo la
suma esencia de que aquélla emana. De aquí proviene la alegría con que
brillo; porque a la claridad de mi visión junto la de la luz que me
rodea. Pero el alma que más brilla en el cielo, el serafín que tiene
más fijos los ojos en Dios no podrá satisfacer tus preguntas; porque
lo que deseas saber penetra tan profundamente en el abismo del decreto
eterno, que está muy apartado de toda vista creada; y cuando vuelvas al
mundo mortal, refiere lo que te digo, a fin de que nadie presuma llegar
al fondo de tal arcano. La mente, que aquí es luz, en la Tierra es
humo; considera, pues, cómo podrá comprender allá abajo lo que aquí no
comprende, por más que el cielo la enaltezca.
Sus palabras me contuvieron de tal modo, que abandoné la cuestión, y me
limité a rogarle humildemente que me dijese quién era.
--Entre las dos costas de Italia, y no muy lejos de tu patria, se
elevan unos peñascos, tanto que los truenos retumban a mucha menos
altura. Aquellos peñascos forman una eminencia que se llama Catria,
al pie de la cual hay un yermo consagrado únicamente al culto del
verdadero Dios.
Así empezó a hablar por tercera vez; y continuando luego, añadió:
--De tal modo me dediqué allí al servicio de Dios, que sólo con
legumbres y zumo de olivas pasaba fácilmente fríos y calores,
satisfecho con mis ideas contemplativas. Aquel claustro producía
fértilmente para esta parte de los cielos, y ahora está tan vacío,
que será preciso que en breve lo sepa el mundo. En aquel sitio estuve
yo, Pedro Damián; y Pedro el Pecador en la casa de Nuestra Señora,
a orillas del Adriático. Escasa era ya mi vida mortal, cuando fuí
llamado y obligado a recibir aquel capelo que sólo se transmite de
malo a peor. Vinieron en otro tiempo Cefas y el Vaso de elección del
Espíritu Santo,[169] flacos y descalzos, aceptando su alimento de
cualquier mano. Ahora los modernos pastores quieren que de uno y otro
lado los apoyen, ¡tan pesados son!, y que les lleven en litera, y que
vaya detrás quien les sostenga la cola. Cubren con sus mantos sus
cabalgaduras, de suerte que van dos bestias bajo una sola piel. ¡Oh
paciencia de Dios, que tanto soportas!
[169] San Pedro y San Pablo.
Al sonido de estas palabras, vi muchas llamas que bajaban girando de
escalón en escalón, y a cada vuelta se hacían más bellas. Vinieron
a detenerse alrededor de aquella luz, y prorrumpieron en un clamor
tan alto, que nada en el mundo puede asemejársele: su estruendo me
ensordeció de tal modo, que no comprendí lo que dijeron.
[Ilustración]
[Ilustración]
-CANTO VEGESIMOSEGUNDO-
Mudo de estupor me volví hacia mi Guía, como un niño que se acoge
siempre a quien le inspira más confianza: y aquélla, como la madre que
socorre prontamente al hijo azorado y pálido con su voz consoladora, me
dijo:
--¿No sabes que estás en el cielo? ¿No sabes que todo el cielo es
santo, y que lo que en él se hace procede de un buen celo? Si el grito
que acabas de oír te ha conmovido tanto, ahora puedes pensar cómo te
habría perturbado aquel suave cántico unido a mi sonrisa. Y si hubieras
comprendido lo que se rogó al exhalar ese grito, conocerías la venganza
que verás antes de tu muerte. La espada de aquí arriba no hiere nunca
demasiado pronto, ni demasiado tarde, como suele parecerles a los que
la esperan con temor o con deseo. Pero ahora vuélvete hacia otro lado,
y verás muchos espíritus ilustres, si diriges tus miradas según te
indico.
Volví los ojos como ella quiso, y vi cien pequeñas esferas, que se
embellecían unas a otras con sus mutuos rayos. Yo estaba como aquel
que reprime en sí el agudo estímulo del deseo, y no se aventura a
preguntar, temiendo excederse, cuando la mayor y más brillante de
aquellas perlas se adelantó para contentar mi curiosidad: después oí en
su interior:
--Si vieses, como yo, la caridad que arde entre nosotros, habrías
expresado ya tus deseos; pero a fin de que, por demasiado esperar, no
tardes en llegar al alto fin de tu viaje, contestaré al pensamiento
que no te atreves a proferir. La cumbre de aquel monte en cuya falda
está Casino fué frecuentada en otro tiempo por gentes engañadas y mal
dispuestas. Yo soy el que llevó allí el nombre de Aquél que enseñó en
la Tierra la verdad que tanto nos enaltece;[170] y lució sobre mí tanta
gracia, que aparté a las ciudades circunvecinas del impío culto que
sedujo al mundo. Esos otros fuegos fueron todos hombres contemplativos,
abrasados en aquel ardor que hace nacer las flores y los frutos
santos. Aquí están Macario y Romualdo; aquí están mis hermanos, que se
encerraron en el claustro y conservaron un corazón perseverante.
[170] San Benito abad, que dió a conocer allí la religión
cristiana.
Lo contesté:
--El afecto que demuestras hablando conmigo, y la benevolencia que veo
y observo en todas vuestras luces, me inspiran la misma confianza que
inspira el Sol a la rosa cuando se abre tanto cuanto le es posible. Por
eso te ruego, padre, que si soy digno de tal merced, me concedas la
gracia de ver tu imagen descubierta.
--Hermano--me respondió--: tu elevado deseo se realizará en la última
esfera, donde se realizan todos los otros y los míos, y donde todos
son perfectos, maduros y enteros: en aquella sola esfera, todas sus
partes permanecen inmóviles, porque no está en un sitio, ni gira
entre dos polos, y nuestra escala llega hasta ella, lo que hace que la
pierdas de vista. El patriarca Jacob la vió prolongarse hasta arriba,
cuando se le apareció tan llena de ángeles; pero ahora no retira
nadie sus pies de la tierra para subirla, y mi regla sólo sirve abajo
para gastar papel. Los muros que eran una abadía se han convertido en
cavernas; y las cogullas en sacos de mala harina. La más sórdida usura
no es tan contraria a la voluntad de Dios, como lo es el fruto de esas
riquezas que tanto enloquecen el corazón de los monjes, porque todo lo
que la Iglesia guarda pertenece a aquellos que piden por Dios, y no
a los parientes o a otros más indignos. La carne de los mortales es
tan flexible, que las buenas obras no duran el tiempo que transcurre
desde el nacimiento de la encina hasta la formación de la bellota.
Pedro empezó su fecunda tarea sin oro ni plata; yo con oraciones y
con ayunos; Francisco basó su orden en la humildad: y si atiendes al
principio de cada orden, y consideras después adonde han llegado, verás
lo blanco cambiado en negro. Más admiración causó en verdad ver al
Jordán retrocediendo y al mar huír cuando Dios quiso, que la causará
ver remediados estos males.
Así me dijo, y después se reunió a sus demás compañeros, que a su
vez se reconcentraron, y como un torbellino se elevaron a lo alto.
La dulce Dama con un solo ademán me impulsó a subir tras ellos por
aquella escala: tanto fué lo que su virtud venció mi grave naturaleza:
y jamás aquí abajo, donde se sube y desciende naturalmente, hubo un
movimiento tan rápido que pudiera igualar a mi vuelo. Así pueda volver,
¡oh lector!, a aquel piadoso reino triunfante, por el que lloro con
frecuencia mis pecados golpeándome el pecho, como es cierto que vi el
signo que sigue al Tauro,[171] y me encontré en él en menos tiempo del
que necesitarías para meter y sacar un dedo del fuego. ¡Oh gloriosas
estrellas!, ¡oh luz llena de gran virtud, en la que reconozco todo mi
ingenio, cualquiera que ésta sea! Con vosotras nacía, y se ocultaba
con vosotras aquel que es padre de toda vida mortal,[172] cuando sentí
por vez primera el aire toscano; y cuando más tarde se me concedió la
gracia de entrar en la alta rueda que os hace girar, me fué también
permitido pasar por la región en donde estáis. A vosotras dirige ahora
devotamente mi alma sus suspiros, para alcanzar la virtud necesaria en
la difícil empresa que la atrae.
[171] La constelación de Géminis.
[172] El Sol.
--Estás tan cerca de la última salvación--empezó a decirme Beatriz--,
que debes tener los ojos claros y penetrantes; así pues, antes de que
llegues a ella, mira hacia abajo y contempla cuántos mundos he puesto
bajo tus pies, a fin de que tu corazón se presente tan gozoso como
pueda ante la triunfante multitud que alegre acude por esta bóveda
etérea.
Recorrí con la vista todas las siete esferas, y ví a nuestro globo
tan pequeño, que me reí de su vil aspecto: así es que apruebo como
mejor parecer el de quien le tiene en poca estima; pudiendo llamarse
verdaderamente probo el que sólo piensa en el otro mundo.
Vi a la hija de Latona inflamada, sin aquella sombra que fué causa de
que yo la creyera enrarecida y densa. Allí, ¡oh Hiperión!, pudieron
soportar mis ojos la luz de tu hijo, y vi cómo se mueven próximas a él
y en derredor suyo Maya y Dione. Allí me apareció Júpiter atemperando a
su padre y a su hijo;[173] allí distinguí con claridad sus frecuentes
cambios de lugar, y todos los siete planetas me manifestaron su
magnitud, su velocidad, y la distancia a que respectivamente se
encuentran colocados. Aquel pequeño punto que nos hace tan orgullosos
se me apareció por completo desde las montañas a los mares, mientras
que yo giraba con los eternos Gemelos. Después fijé mis ojos en los
hermosos ojos.
[173] Saturno y Marte.
[Ilustración]
[Ilustración]
-CANTO VIGESIMOTERCERO-
Como el ave que, habiendo reposado entre la predilecta enramada junto
al nido de sus dulces hijuelos, durante la noche ocultadora de las
cosas, y deseando ver tan caros objetos y hallar el sustento para
nutrirlos, cuyo penoso trabajo soporta placentera, se adelanta al
día, y antes de rayar el alba sube a la cima del abierto follaje, y
fijamente mira, esperando con ardoroso anhelo la salida del Sol, así
estaba mi Dama, en pie y atenta, vuelto el rostro hacia la región del
cielo bajo la cual se muestra el Sol menos presuroso; y en tanto yo,
viéndola suspensa y ansiosa, permanecí como el que anhelante querría
otra cosa, pero se calma con la esperanza de obtenerla. Poco intervalo
medió entre ambos momentos, es decir, entre el de mi expectativa y el
de ver de un instante a otro iluminarse más el cielo. Y Beatriz dijo:
--He ahí la legión del triunfo de Cristo, y todo el fruto recogido de
la rotación de estas esferas.
Me pareció que ardía todo su semblante; y tenía los ojos tan llenos
de alegría, que debo seguir adelante sin más explicación. Cual en los
plenilunios serenos Trivia ríe entre las ninfas eternas, que iluminan
el cielo por todas partes, así vi yo sobre millares de luces un Sol,
que las encendía todas, como hace el nuestro con las que vemos sobre
nosotros; y a través de su viva luz aparecía tan clara a mis ojos la
divina substancia, que no podían soportarla.
--¡Oh Beatriz--exclamé--, Guía dulce y querida!
Ella me dijo:
--Lo que te abisma es una virtud a la que nada resiste. Allí están la
Sabiduría y el Poder que abrieron entre el Cielo y la Tierra las vías
por tanto tiempo deseadas.
Así como el fuego de la nube, dilatándose de modo que ésta no puede
contenerlo, se escapa de ella, y, contra su naturaleza, se precipita
hacia abajo, de igual suerte mi mente, engrandeciéndose más entre
aquellas delicias, salió de sí misma, y no sabe recordar lo que fué de
ella.
--Abre los ojos y mírame cual soy; has visto cosas que te han dado
fuerza suficiente para sostener mi sonrisa.
Yo estaba como aquel que conserva cierta reminiscencia de una visión
olvidada, y que se esfuerza en vano por renovarla en su imaginación,
cuando oí proferir estas palabras tan dignas de gratitud, que no
se borrarán jamás del libro donde se consigna lo pasado. Si ahora
resonasen todas aquellas lenguas que Polimnia y sus hermanas hicieron
más pingües con su dulcísima leche para venir en mi ayuda, no
expresarían la milésima parte de la verdad, al pretender cantar tan
santa sonrisa, y el resplandor que comunicaba a aquel santo rostro:
por lo mismo, al describir yo el Paraíso, es forzoso que mi sagrado
poema salte como un hombre que encuentra cortado su camino. Quien
considere el peso del asunto y el hombro mortal que soporta la carga,
no censurará el que éste tiemble bajo su gravedad. El derrotero que
hiende mi atrevida proa no es a propósito para una pequeña embarcación,
ni para el nauta que quiera ahorrarse la fatiga.
--¿Por qué te enamora mi faz de tal suerte, que no te vuelves hacia
el hermoso jardín que florece bajo los rayos de Cristo? Allí está la
Rosa[174] en que el Verbo divino encarnó; y allí están los lirios[175]
por cuyo aroma se descubre el buen camino.
[174] La Virgen María, llamada por la Iglesia Rosa Mística.
[175] Los bienaventurados.
Así dijo Beatriz, y yo, que estaba siempre pronto a seguir sus
consejos, me lancé nuevamente a la batalla de mis débiles párpados.
Y así como mis ojos, al abrigo de la sombra, han visto alguna vez un
prado de flores iluminado por un rayo de Sol que atravesaba por entre
desgarrada nube, del mismo modo distinguí entonces una multitud de
esplendores, iluminados desde arriba por ardientes rayos, sin ver el
origen de donde estos fulgores procedían.
¡Oh benigna virtud que así los iluminas! Sin duda te elevaste por dejar
campo libre a mis ojos, que eran demasiado débiles para contemplarte.
El nombre de la hermosa flor que invoco siempre, por mañana y tarde,
concentró todo mi espíritu en la contemplación del mayor fuego; y
cuando mis dos ojos me representaron la belleza y la extensión de
la fulgente estrella que vence arriba, como venció abajo, desde el
interior del cielo descendió una llamarada, que tenía la forma de un
círculo como una corona,[176] y rodeó a la estrella girando en torno
suyo. La melodía que más dulcemente se deje oír en la Tierra, y que más
atraiga el ánimo, parecería una nube que desgarrada truena, comparada
con el sonido de aquella lira de que estaba coronado el bello zafiro
con que se engalana el más claro cielo.
[176] El arcángel San Gabriel.
--Yo soy el amor angélico, que giro difundiendo la sublime dicha,
nacida del vientre que fué morada de nuestro deseo; y giraré, Señora
del Cielo, mientras acompañas a tu Hijo, y hagas resplandeciente la
suprema esfera en donde habitas.
Así se dejaba oír la circular melodía, y todas las demás luces hacían
resonar el nombre de María. El manto real de todas las esferas del
mundo, que más se inflama y anima bajo el hálito y las perfecciones de
Dios, tenía sobre nosotros tan distante la faz interna, que no me era
posible distinguir su aspecto desde el sitio en que me encontraba; por
lo cual no tuvieron mis ojos la fuerza necesaria para seguir a la llama
coronada, que se elevó en pos de su divina primogenitura. Y semejantes
al niño que tiende los brazos hacia su madre después de haberse
alimentado con su leche, movido del afecto que aun exteriormente
se inflama, cada uno de aquellos fulgores se prolongó hacia
arriba, patentizándome así el amor que profesaban a María. Después
permanecieron ante mi vista cantando "Regina coeli" tan dulcemente,
que jamás ha huído de mí el placer que me causaron.
¡Oh cuánta es la abundancia que se encierra en aquellas arcas
riquísimas por haber esparcido en la Tierra buenas semillas! Allí
viven y gozan del eterno tesoro que conquistaron en el destierro de
Babilonia, donde hicieron dejación del oro. Allí triunfa de su victoria
bajo el alto Hijo de Dios y de María, y juntamente con el antiguo y el
nuevo concilio, el que tiene las llaves de tal gloria.
[Ilustración]
-CANTO VIGESIMOCUARTO-
¡Oh compañía escogida para la gran cena del cordero bendito, el cual
os alimenta de tal modo, que vuestro apetito está siempre satisfecho!
Ya que por la gracia de Dios éste prueba prematuramente lo que cae de
vuestra mesa, antes de que la muerte ponga fin a sus días, pensad en su
deseo inmenso, y refrescadlo algún tanto: vosotros bebéis siempre en la
fuente de donde procede lo que él piensa.
Esto dijo Beatriz: y aquellas almas gozosas se convirtieron en esferas
sobre polos fijos, resplandeciendo vivamente a guisa de cometas. Y
como las ruedas en el mecanismo de un reloj se mueven de tal suerte,
que a quien las observa le parece que la primera está quieta y la
última vuela, así también aquellos glóbulos, danzando diferentemente,
me hacían estimar su velocidad o lentitud por el grado de sus
resplandores. De aquel conjunto de bellas luces vi salir un fulgor tan
alegre y esplendente, que superaba a todos los demás. Tres veces giró
en torno de Beatriz, cantando de un modo tan divino, que mi fantasía no
ha podido retener su encanto; por lo cual mi pluma pasa adelante sin
describirlo, pues para pintar tales pliegues carece de matices, no ya
la lengua, sino la misma imaginación.
--¡Oh mi santa hermana, que tan devotamente ruegas, movida de tu
ardiente afecto, que me separas de aquella hermosa esfera!
De este modo, luego que se detuvo aquel fuego bendito,[177] dirigió su
aliento hacia mi Dama, y le habló como he dicho. Y ella contestó:
[177] San Pedro.
--¡Oh luz eterna del gran Barón a quien nuestro Señor dejó las llaves
que llevó abajo desde este goce maravilloso! Examina a éste como te
plazca con respecto a los puntos fáciles y difíciles de la Fe, que te
hizo andar sobre el mar. A ti no se te oculta si él ama bien, y espera
bien y cree; porque tienes la vista fija donde todo está patente; pero
ya que este reino ha conseguido ciudadanos por medio de la Fe veraz, es
bueno que para glorificarla le toque a él hablar de ella.
Así como el bachiller se prepara, y no habla hasta que el maestro
propone la cuestión que debe aprobar, pero no resolver, del mismo modo
preparaba yo todas mis razones, mientras ella hablaba, para estar
pronto a contestar a tal examinador y a tal profesión.
--Dí buen cristiano, explícate: ¿Qué es la Fe?
Al oír esto alcé la frente hacia aquella luz de donde salían tales
palabras; después me volví hacia Beatriz, y ella me hizo un rápido
ademán para que dejara brotar el agua de mi fuente interior.
La gracia divina que me permite confesarme con tan alto
primipilo--exclamé,--haga claros y expresivos mis conceptos.
Después continué:
--Según lo ha escrito, padre, la verídica pluma de tu querido
hermano,[178] que contigo hizo entrar a Roma por el buen camino, la Fe
es la substancia de las cosas que se esperan, y el argumento de las que
no aparecen a nuestra mente: tal me parece su esencia.
[178] San Pablo.
Entonces oí:
--Piensas rectamente, si comprendes bien por qué la colocó entre las
substancias, y no entre los argumentos.
A lo cual contesté:
--Las profundas cosas que aquí se me manifiestan claras y patentes
están tan ocultas a los ojos del mundo, que sólo existen en la creencia
sobre que se funda la alta esperanza; por eso toma el nombre de
substancia. Con respecto a esta creencia es preciso argumentar sin otra
luz; por eso toma el nombre de argumento.
Entonces oí:
--Si todo lo que en la Tierra se aprende por vía de enseñanza, se
entendiera de ese modo, la sutileza del sofisma sería en vano.
Tales fueron las palabras que exhaló aquel ardiente amor; y después
añadió:
--Ha salido bien la prueba de la liga y el peso de esta moneda; pero
dime si la tienes en tu bolsa.
Le respondí:
--Sí, la tengo tan brillante y tan redonda, que no cabe duda sobre su
cuño.
En seguida salieron estas palabras de la profunda luz que allí
resplandecía:
--Esa querida joya, en la que se funda toda otra virtud, ¿de dónde te
proviene?
--La abundante lluvia del Espíritu Santo--le contesté--, que está
esparcida sobre las antiguas y las nuevas páginas, es el silogismo que
me la ha demostrado tan sutilmente, que comparada con ella me parece
obtusa toda otra demostración.
Después oí:
--¿Por qué tienes por palabra divina a la antigua y la nueva
proposición, que así te han convencido?
Respondí:
--La prueba que me descubre la verdad consiste en las obras
subsiguientes, para las cuales la naturaleza no calentó nunca el hierro
ni dió golpes en el yunque.
Se me contestó:
--Dí, ¿quién te asegura que aquellas obras hayan existido? ¿Acaso te lo
asegura aquello mismo que se quiere probar con ellas? ¿No tienes otro
testimonio?
--Si el mundo se convirtió al cristianismo sin necesidad de
milagros--dije yo--esto sólo es un milagro tan grande, que los otros no
son la centésima parte de él; porque tú entraste pobre y famélico en el
campo a sembrar la buena planta que en otro tiempo fué vid y ahora se
ha convertido en zarza.
Terminadas estas palabras, resonó en las esferas de la sublime y
elevada corte un "Alabemos a Dios" con la melodía que se canta allá
arriba. Y aquel Barón que examinándome así me había llevado de rama en
rama hasta acercarnos a las últimas hojas, volvió a empezar de esta
manera:
--La gracia que enamora a tu mente hate abierto la boca hasta este
punto, como abrirse debía: por tanto apruebo cuanto ha salido de ella;
mas ahora es preciso que expliques lo que crees y el origen de tu
creencia.
--¡Oh Santo Padre!, ¡oh Espíritu, que ves lo que creíste con tal
firmeza, que dirigiéndote hacia el sepulcro venciste a pies más
jóvenes!--empecé a decir--: quieres que te manifieste el orden de las
cosas en que creo, y además me preguntas el motivo de mi creencia.
Pues bien, yo te respondo: Creo en un solo y eterno Dios, que sin ser
movido, mueve todo el Cielo con amor y con deseo; y en apoyo de tal
creencia, no sólo tengo pruebas físicas y metafísicas, sino que también
me las suministra la verdad que de aquí llueve por medio de Moisés, por
los profetas, por los salmos, por el Evangelio, y por lo que vosotros
escribistéis después de haberos iluminado el ardiente Espíritu. Creo
en tres Personas eternas, y las creo una esencia tan trina y una, que
admiten a la vez "son" y "es." La profunda naturaleza divina de que
ahora trato se ha grabado en mi mente muchas veces por la doctrina
evangélica. Tal es el principio, tal la chispa que se dilata hasta
convertirse en viva llama, y que brilla en mi interior como estrella en
el cielo.
Cual señor que oye lo que lo agrada, y por ello abraza a su siervo,
congratulándose por la noticia en cuanto éste se calla, de igual
suerte me bendijo cantando y giró tres veces en derredor de mi frente,
luego que me callé, aquel apostólico fulgor, por cuyo mandato había yo
hablado: tanto fué lo que mis palabras le agradaron.
[Ilustración]
[Ilustración]
-CANTO VIGESIMOQUINTO-
Si alguna vez sucede que el poema sagrado en que han puesto sus manos
el Cielo y la Tierra, y que me ha hecho enflaquecer por espacio de
muchos años, triunfe de la crueldad que me tiene alejado del bello
redil, donde dormí corderillo enemigo de los lobos que le hacen la
guerra; entonces volveré como poeta, con otra voz y otros cabellos, y
tomaré la corona de laurel sobre mis fuentes bautismales: porque allí
entré en la fe que hace las almas familiares a Dios, y por ella me
rodeó Pedro de aquel modo la frente. Después se adelantó hacia nosotros
un resplandor desde aquella legión de que salió el primero de los
vicarios que Cristo dejó en la Tierra; y mi Dama, llena de alegría, me
dijo:
--Mira, mira, he ahí el Barón por quien allá abajo visitan a
Galicia.[179]
[179] El apóstol Santiago.
Cual dos palomas que, al reunirse, se demuestran su amor dando vueltas
y arrullándose, así vi yo aquellos grandes y gloriosos príncipes
acogerse mutuamente, alabando el alimento de que allá arriba se
nutren. Mas, cuando hubieron dado fin a sus gratulaciones, ambos se
detuvieron silenciosos "coram me," tan encendidos que humillaban mi
rostro. Beatriz dijo entonces riendo:
--¡Oh alma ilustre, que has escrito acerca de la liberalidad de nuestra
basílica! Haz resonar la Esperanza en esta altura. Tú sabes que la has
simbolizado tantas veces cuantas Jesucristo se os manifestó a los tres
en todo su esplendor.
--Levanta la cabeza, y tranquilízate; porque es preciso que lo que
llega aquí arriba desde el mundo mortal se madure a nuestros rayos.
Tan consoladoras palabras me fueron dirigidas por el segundo
resplandor: entonces elevé los ojos hacia aquellos montes que antes los
habían inclinado con su excesivo peso.
--Ya que nuestro Emperador te dispensa la merced de que te encuentres,
antes de tu muerte, en la estancia más secreta de su palacio con sus
condes, a fin de que habiendo visto la verdad de esta corte, os anime
por eso a ti y a los otros la Esperanza que tanto enamora allá abajo,
dime en qué consiste ésta; dime cómo florece en tu mente, y de dónde te
proviene.
Así habló el segundo resplandor. Y aquella piadosa Dama que guió las
plumas de mis alas hacia tan elevado vuelo, respondió antes que yo de
esta suerte:
--La Iglesia militante no tiene entre sus hijos otro más provisto
de esperanza, como está escrito en el Sol que irradia sobre nuestra
multitud: por eso se le ha concedido que desde Egipto venga a ver a
Jerusalén, antes de terminar sus combates. Los otros dos puntos sobre
que han versado tus preguntas, no por deseo de saber, sino para que él
refiera lo grata que te es esta virtud, los dejo a su cargo; que no
le serán de difícil resolución, ni le servirán de jactancia: responda,
pues, y que la gracia de Dios se lo conceda.
Cual discípulo que responde a su maestro con gusto y prontitud en
aquello en que es experto, a fin de revelar su mérito, así respondí yo:
--La Esperanza es una expectación cierta de la vida futura, producida
por la gracia divina y los méritos anteriores. Muchas son las estrellas
que me comunican esta luz; pero quien primero la derramó en mi corazón
fué el supremo cantor[180] del Supremo Señor, "Que esperen en ti los
que conocen tu nombre," dice en sus sublimes cánticos; y ¿quién no lo
conoce teniendo mi fe? Tú me has inundado después con su oleada en tu
Epístola; de modo que ya estoy lleno, y derramo sobre otros vuestra
lluvia.
[180] David.
Mientras yo hablaba, en el seno de aquel incendio fulguraba una llama
rápida y frecuente como un relámpago. Después me dijo:
--El amor en que me abraso todavía por la virtud que me siguió hasta la
palma y hasta mi salida del campo, quiero que te hable, a ti que con
ella te deleitas; siéndome por lo mismo grato que me digas lo que la
Esperanza te promete.
Yo le contesté:
--Las nuevas y las antiguas Escrituras prefijan el término a que deben
aspirar las almas a quienes Dios ha concedido su amistad, y ese término
lo veo ahora tal cual es. Isaías dice que cada una de ellas vestirá
en su patria un doble ropaje, y su patria es esta dulce vida. Y tu
hermano[181] nos manifiesta más claramente esta revelación, allí donde
trata de las blancas vestiduras.
[181] San Juan en el Apocalipsis.
Inmediatamente después de pronunciadas estas palabras, se oyó
primeramente sobre nosotros: "Sperent in te;" a lo cual respondieron
todos los círculos de almas. Luego resplandeció entre ellas una luz tan
viva, que si Cáncer tuviera semejante claridad, el invierno tendría un
mes de un solo día. Y como la doncella placentera, que se levanta, y va
y toma parte en la danza, sólo por festejar a la recién venida, y no
por vanidad u otra flaqueza, así vi al esclarecido esplendor acercarse
a los otros dos, que seguían dando vueltas cual era necesario a su
ardiente amor. Púsose a cantar con ellos las mismas palabras con la
misma melodía; y mi Dama fijó en él sus miradas como esposa inmóvil y
silenciosa.
--Ese es aquél que descansó sobre el pecho de nuestro Pelícano; es el
que fué elegido desde la cruz para el gran cargo.
Así dijo mi Dama; y sus miradas no dejaron de estar más atentas después
que antes de pronunciar estas palabras. Como a quien fija los ojos
en el Sol esperando verlo eclipsarse un poco, que a fuerza de mirar,
concluye por no ver, así me sucedió con aquel último fuego, hasta que
me fué dicho:
--¿Por qué te deslumbras para ver una cosa que aquí no existe? Mi
cuerpo es tierra en la Tierra, y allí permanecerá con los otros cuerpos
hasta tanto que nuestro número se iguale con el eterno propósito. Las
dos luces que se elevaron antes son las únicas que existen en este
bienaventurado claustro con sus dos vestiduras; y así lo debes repetir
en tu mundo.
Dichas estas palabras, cesó el girar del círculo inflamado juntamente
con el dulce concierto que formaba la armonía del triple canto; así
como, para descansar o huír de un peligro, se detienen al sonido de un
silbo los remos que venían azotando el agua.
¡Ah! ¡Cuánta fué la turbación de mi mente cuando me volví para ver a
Beatriz, y no pude lograrlo, a pesar de encontrarme cerca de ella y en
el dichoso mundo!
[Ilustración]
[Ilustración]
-CANTO VIGESIMOSEXTO-
Mientras yo permanecía indeciso a causa de mi deslumbrada vista, salió
la fúlgida llama que la deslumbró una voz, que llamó mi atención
diciendo:
--En tanto que recobras la vista que has perdido mirándome, bueno es
que hablando conmigo compenses su pérdida. Empieza, pues, y dime adónde
se dirige tu alma, y persuádete de que tu vista sólo está ofuscada,
pero no destruída; pues la Dama que te conduce por esta región luminosa
tiene en su mirada la virtud que tuvo la mano de Ananías.
Yo dije:
--Venga tarde o temprano, según su voluntad, el remedio a mis ojos, que
fueron las puertas por donde ella entró con el fuego en que me abraso.
El bien que esparce la alegría en esta corte es el "alfa" y el "omega"
de cuanto el amor escribe en mí, ya sea leve o fuertemente.
Aquella misma voz que había desvanecido el miedo causado por mi súbito
deslumbramiento, excitó nuevamente en mí el deseo de hablar, diciendo:
--Es preciso que te limpies en una criba más fina: es preciso que digas
quién dirigió tu arco hacia tal blanco.
--Los argumentos filosóficos--contesté--, y la autoridad que desciende
de aquí, han debido infundirme tal amor; porque el bien, por sí mismo,
apenas es conocido, enciende tanto más el amor, cuanta mayor bondad
encierra. Así pues, la mente de todo el que conoce la verdad en que se
funda esta prueba, debe inclinarse a amar con preferencia a ninguna
otra cosa aquella esencia,[182] en la cual hay tanta ventaja, que los
demás bienes existentes fuera de ella no son más que un rayo de su luz.
Esa verdad la ha declarado a mi inteligencia aquel que me demuestra el
primer amor de todas las substancias eternas. Me la declaran también
las palabras del veraz Hacedor, que dijo a Moisés hablando de sí mismo:
"Yo te mostraré reunidas en mí todas las perfecciones." Tú también me
la declaras en el principio de tu sublime anuncio, que publica en la
Tierra el arcano de arriba más altamente que ningún otro.
[182] Dios.
Y yo oí:
--Por cuanto te dice la inteligencia humana, de acuerdo con la
autoridad divina, reserva para Dios el mayor de tus amores. Pero dime
todavía si te sientes atraído hacia él por otras cuerdas, y dime con
cuantos dientes te muerde este amor.
No se me ocultó la santa intención del águila de Cristo; pues comprendí
hasta dónde quería llevar mi confesión: por eso empecé a decir:
--Todos los estímulos que pueden obligar al corazón a volverse hacia
Dios concurren en mi caridad; porque la existencia del mundo y mi
existencia, la muerte que El sufrió para que yo viva, y lo que espera
todo fiel como yo, juntamente con el conocimiento antedicho, me han
sacado del piélago de los amores tortuosos, y me han puesto en la playa
del recto amor. Amo las hojas que adornan todo el huerto del Hortelano
eterno en la misma proporción del bien que aquél les comunica.
Apenas guardé silencio, resonó por el Cielo un dulcísimo canto; y
mi Dama decía con los demás: "¡Santo, Santo, Santo!" Y así como la
aparición de una luz penetrante desvanece el sueño, excitando el
sentido de la vista, el cual acude a la claridad que atraviesa las
membranas; y el despertado la rehuye, aturdido en su repentino desvelo,
mientras no le ayuda la facultad estimativa, de igual suerte ahuyentó
Beatriz todo entorpecimiento de mis ojos con el rayo de los suyos,
que brillaba a más de mil millas: entonces vi mejor que antes, y casi
estupefacto pregunté quién era un cuarto resplandor que distinguí con
nosotros. Mi Dama me dijo:
--Dentro de esos rayos contempla amorosa a su Hacedor la primera alma
creada por la Virtud primera.[183]
[183] Adán.
Como el follaje que doblega su copa al paso del viento, y después se
levanta por la propia virtud que la endereza, tal hice yo, maravillado
mientras ella hablaba, e irguiéndome después a impulsos del deseo de
preguntar que me abrasaba; por lo que empecé de esta suerte:
--¡Oh fruto, que fuiste producido ya maduro! ¡Oh padre antiguo, de
quien toda esposa es hija y nuera! Tan devotamente como puedo te
suplico que me hables; tú ves mis deseos, los cuales no te manifiesto
por oír más pronto tus palabras.
A veces un animal encubertado se agita de modo que manifiesta por los
movimientos de su envoltura aquello que desea: del mismo modo la primer
alma me daba a conocer por la luz de que estaba revestida la alegría
que le causaba complacerme. Después dijo:
--Sin que me lo hayas expresado, conozco tu deseo mejor que tú aquello
de que estés más cierto; porque lo veo en el veraz espejo cuyo parhelio
son las demás cosas, y que no es parhelio de ninguna. Quieres oír
cuánto tiempo ha que Dios me colocó en el excelso jardín en donde ésa
te preparó a subir tan larga escala; por cuánto tiempo deleitó mis
ojos; la verdadera causa de la gran ira, y el idioma inventado por mí
de que hice uso. Sabe, pues, hijo mío, que el haber probado la fruta
del árbol no fué la causa de tan largo destierro, sino solamente
el haber infringido la orden. En aquel lugar de donde tu Dama hizo
partir a Virgilio, estuve deseando esta compañía por espacio de cuatro
mil trescientas dos revoluciones del Sol; y mientras permanecí en
la Tierra, le vi volver a todas las luces de su carrera novecientas
treinta veces. La lengua que hablé se extinguió completamente antes
que las gentes de Nemrod se dedicaran a la obra interminable; porque
ningún efecto racional fué jamás duradero, a causa de la voluntad
humana, que se renueva según la posición y la influencia de los astros.
Es cosa muy natural que el hombre hable; pero la naturaleza deja a
vuestra discreción que lo hagáis de este o del otro modo. Antes que yo
descendiese a las angustias infernales, se daba en la Tierra el nombre
de I[184] al Sumo Bien de quien procede la alegría que me circunda;
ELI se le llamó después y así debía ser; porque el uso de los mortales
es como la hoja de una rama, que desaparece para ceder su puesto a otra
nueva. En el monte que se eleva más sobre las ondas estuve yo, con
vida pura y deshonesta, desde la primera hora hasta la que es segunda
después de la hora sexta, cuando el Sol pasa de uno a otro cuadrante.
[184] Otros escriben un (único), El, por Eli, o J, principio
del nombre de Jehová, y sobre cada una de estas opiniones se
ha discutido mucho.
[Ilustración]
[Ilustración]
-CANTO VIGESIMOSEPTIMO-
"Gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo," entonó
todo el Paraíso con tan dulce canto, que me embriagaba. Lo que veía
me parecía una sonrisa del Universo, pues mi embriaguez penetraba por
el oído y por la vista. ¡Oh gozo!, ¡oh inefable alegría!, ¡oh vida
entera de amor y de paz!, ¡oh riqueza segura y sin deseo! Ante mis
ojos estaban encendidas las cuatro antorchas, y aquella que había
venido primero empezó a lanzar más vivos destellos, transformándose su
aspecto cual aparecería el de Júpiter, si éste y Marte fueran aves y
trocasen su plumaje. La Providencia, que distribuye aquí a su placer
los oficios de cada uno, había impuesto silencio a todo el coro de los
bienaventurados, cuando oí estas palabras:
--No te admires al ver que mi semblante se demuda; pues verás demudarse
el de todos éstos mientras hablo. Aquel que usurpa en la Tierra mi
puesto, mi puesto, mi puesto, que está vacante a los ojos del Hijo de
Dios, ha hecho de mi cementerio una sentina de sangre y podredumbre,
que al perverso caído desde aquí[185] sirve allá abajo de complacencia.
[185] Lucifer.
Entonces vi cubrirse todo el cielo de aquel color que comunica el Sol
por mañana y tarde a las nubes opuestas a él; y cual mujer honesta que,
segura de sí misma, se ruboriza tan sólo al escuchar las faltas ajenas,
así vi yo a Beatriz cambiar de aspecto: un eclipse semejante creo que
hubo en el cielo cuando la pasión del Poder Supremo. Después, con voz
tan alterada, que no fué mayor la alteración de su semblante, continuó
en estos términos:
--Mi sangre, así como la de Lino y la de Cleto,[186] no alimentó a
la Esposa de Cristo para acostumbrarla a adquirir oro, sino para que
adquiriese aquella vida virtuosa por la que Sixto y Pío, Calixto y
Urbano derramaron su sangre después de muchas lágrimas. No fué nuestra
intención que una parte del pueblo cristiano estuviese sentada a la
derecha y otra a la izquierda de nuestro sucesor, ni que las llaves
que me fueron concedidas se convirtieran en una enseña de guerra para
combatir contra los bautizados, ni que estuviese representada mi imagen
en un sello para servir a privilegios vendidos y falsos, de que con
frecuencia me avergüenzo e irrito. En todos los prados se ven allá
abajo lobos rapaces disfrazados de pastores. ¡Oh justicia de Dios!,
¿por qué duermes? Los de Cahors y los de Gascuña se preparan a beber
nuestra sangre. ¡Oh buen principio, en que fin tan vil has de venir a
parar! Pero la alta Providencia, que por medio de Escipión defendió
en Roma la gloria del mundo, lo socorrerá en breve según imagino. Y
tú, hijo, que todavía has de volver abajo, llevado por el peso de tu
cuerpo mortal, abre allí la boca y no ocultes lo que yo no oculto.
[186] Papas y mártires, sucesores de San Pedro.
Así como nuestro aire despide hacia la Tierra copos de helados vapores,
cuando el cuerno de la Cabra del cielo toca al Sol,[187] de igual modo
vi elevarse aquel éter puro, y despedir hacia lo alto los vapores
triunfantes que allí se habían detenido con nosotros. Mi vista seguía
sus semblantes, y los siguió hasta que la mucha distancia me impidió ir
más adelante: por lo cual mi Dama, reparando que había cesado de mirar
hacia arriba, me dijo:
--Baja la vista y advierte cuánto has girado.
[187] Cuando el Sol está en Capricornio, o sea en diciembre y
enero.
Entonces vi que, desde la hora en que miré por primera vez a la Tierra,
había yo recorrido todo el arco formado por el primer clima desde la
mitad hasta el fin; de modo que veía más allá de Cádiz el insensato
paso de Ulises, y a esta parte casi divisaba la playa donde Europa se
convirtió en dulce carga:[188] y aun habría descubierto mayor espacio
de este globulillo, a no ser porque el Sol me precedía bajo mis pies
un signo y algo más. El amoroso espíritu con que adoro siempre a mi
Dama ardía más que nunca en deseos de volver nuevamente hacia ella
los ojos; y las bellezas que la naturaleza o el arte han producido
para cautivar la vista y atraer los espíritus, ya en cuerpos humanos,
ya en pinturas, todas juntas serían nada en comparación del placer
divino que me iluminó cuando me volví hacia su faz riente: la fuerza
que me infundió su mirada me apartó del bello nido de Leda,[189] y me
transportó al cielo más veloz.[190] Sus partes vivísimas y excelsas
son tan uniformes, que no sabré decir cuál de ellas escogió Beatriz
para mi entrada en él; pero ella, que veía mi deseo, empezó a decirme,
sonriéndose tan placentera, que parecía regocijarse Dios en su
semblante:
[188] Las playas fenicias, donde Júpiter, transformado en
toro, robó a Europa.
[189] Del signo de Géminis.
[190] Al cielo llamado Primer móvil.
--En esta esfera empieza, como en su meta, el movimiento, que
naturalmente cesa en el centro, mientras todo lo demás gira en torno
suyo; y este cielo no tiene otro sitio donde adquirir movimiento más
que la mente divina, en la cual se enciende el amor que le impulsa y
la influencia que vierte sobre las demás cosas. La luz y el amor la
circundan, así como él circunda a los otros cielos inferiores; y ese
círculo de luz y de amor lo dirige y lo comprende tan sólo Aquél que
rodea con él a este cielo. Su movimiento no está determinado por otro
alguno; pero los demás están medidos por éste, lo mismo que diez por
la mitad y el quinto. Ahora puedes comprender cómo el tiempo tiene sus
raíces en este tiesto, y en los otros las hojas. ¡Oh concupiscencia,
que de tal modo sumerges en ti a los mortales, que a ninguno le es
posible sacar los ojos fuera de tus ondas! Mucho florece la voluntad
en los hombres; pero la continua lluvia convierte las verdaderas
ciruelas en endrinas. La fe y la inocencia sólo se encuentran en los
niños; y después cada una de ellas huye antes de que el vello cubra sus
mejillas. Hay quien ayuna balbuceando todavía, y luego que tiene la
lengua suelta, devora cualquier alimento en cualquier época; y también
hay quien, balbuciente aún, ama y escucha a su madre, y cuando llega
a hablar claramente, desea verla sepultada. No de otro modo la piel
de la bella hija del que os trae la mañana y os deja la noche, siendo
blanca al principio, se ennegrece después.[191] Y a fin de que no te
maravilles, sabe que en la Tierra no hay quien gobierne; por lo cual
va tan descarriada la raza humana. Pero antes de que el mes de enero
deje de pertenecer al invierno, a causa del centésimo de que allá abajo
no hacen caso, estos círculos superiores rugirán de tal suerte, que
la borrasca, por tanto tiempo esperada, volverá las popas donde ahora
están las proas, haciendo que la flota navegue directamente, y que el
verdadero fruto venga en pos de la flor.
[191] La Naturaleza humana.
[Ilustración]
[Ilustración]
-CANTO VIGESIMOCTAVO-
Después que aquella que eleva mi alma al Paraíso me manifestó la verdad
contrapuesta a la vida actual de los míseros mortales, recuerda mi
memoria que, así como el que ve en un espejo la llama de una antorcha
encendida detrás de él, antes de haberla visto o pensado en ella,
se vuelve para cerciorarse de si el cristal le dice la verdad, y ve
que los dos están acordes, como la nota musical con el compás, así
hice yo al contemplar los hermosos ojos en donde tejió amor la cuerda
que me sujetó: y cuando me volví, y se vieron heridos los míos por
lo que aparece en aquel cielo toda vez que se observe con atención
su movimiento, distinguí un punto que despedía tan penetrante luz,
que es preciso cerrar los ojos iluminados por ella, a causa de su
aguda intensidad. La estrella que más pequeña parece desde la Tierra,
colocada a su lado, como una estrella cerca de otra, parecería una
luna. Casi tanto como el cerco de un astro parece distar de la luz
que le traza, cuando el vapor que lo forma es más denso, distaba del
centro de aquel punto un círculo de fuego, girando tan rápidamente,
que hubiera vencido en celeridad al movimiento de aquel Cielo que más
velozmente gira ciñendo al mundo. Este círculo estaba rodeado por
otro, y éste por un tercero, y el tercero por el cuarto, por el quinto
el cuarto, y después por el sexto el quinto; sobre éstos seguía el
séptimo, de tan gran extensión, que la mensajera de Juno[192] sería
demasiado estrecha para contenerlo por completo. Lo mismo sucedía con
el octavo y el noveno,[193] y cada cual de ellos se movía con más
lentitud según su mayor distancia del Uno, teniendo la llama más clara
el que menos distaba de la luz purísima; porque, según creo, participa
más de su verdad. Mi Dama, que me veía presa de una viva curiosidad, me
dijo:
[192] Iris.
[193] Estos nueve círculos luminosos son formados por los
nueve órdenes angélicos, y su punto céntrico es Dios.
--De aquel punto depende el Cielo y toda la naturaleza. Mira aquel
círculo que está más próximo a él, y sabe que su movimiento es tan
rápido a causa del ardiente amor que le impulsa.
Le contesté:
--Si el mundo estuviera dispuesto en el orden en que veo esas ruedas,
tu explicación me hubiera satisfecho; pero en el mundo sensible se
pueden ver las cosas tanto más rápidas cuanto más apartadas están de su
centro: así es que, si mi deseo debe tener fin en este maravilloso y
angélico templo, cuyos únicos confines son el amor y la luz, necesito
todavía oír cómo es que el modelo y la copia no van del mismo modo;
porque yo en vano reflexiono en ello.
--Si tus dedos no bastan para deshacer ese nudo, no es maravilla: ¡tan
sólido se ha hecho por no haber sido tocado!
Así dijo mi Dama; después añadió:
--Medita lo que voy a decirte, si quieres quedar satisfecho, y aguza
sobre ello el ingenio. Los círculos corpóreos son anchos y estrechos,
según la mayor o menor virtud que se difunde por todas partes. Cuanto
mayor es su bondad, más saludables son los efectos que produce; y el
cuerpo mayor contiene mayor bondad, con tal que sean todas sus partes
igualmente perfectas. Ahora bien, este círculo en que estamos, que
arrastra consigo todo el alto universo, corresponde al que más ama y
más sabe; por lo cual, si te fijas en la virtud y no en la extensión
de las substancias que te aparecen dispuestas en círculos, verás una
relación admirable y gradual entre cada Cielo y su inteligencia.
Puro y sereno, como queda el hemisferio del aire cuando Bóreas sopla
con la menos impetuosa de sus mejillas, limpiando y disolviendo la
niebla que antes lo obscurecía todo, y haciendo que el cielo ostente
las bellezas de toda su comitiva, quedé yo cuando mi Dama me satisfizo
con sus claras respuestas, viendo entonces la verdad tan brillante
como las estrellas en el cielo. Cuando hubo terminado sus palabras,
empezaron a chispear los círculos, como chispea el hierro candente; y
aquel centelleo, que parecía un incendio, era imitado por cada chispa
de por sí, siendo éstas tantas, que su número se multiplicaba mil
veces más que el producido por la multiplicación de las casillas de un
tablero de ajedrez.[194] Yo oía cantar "Hosanna," de coro en coro, en
alabanza del punto fijo, que los tiene y siempre los tendrá en el lugar
donde siempre han estado: y aquella que veía las dudas de mi mente dijo:
[194] La multiplicación duplicada de las casillas del tablero
de ajedrez produce una cantidad asombrosa, en esta forma:
1.ª casilla, 1; 2.ª, 2; 3.ª, 4; 4.ª, 8; 5.ª, 16; 6.ª, 32;
hasta la casilla 64, que arroja veinte cifras, o sean decenas
de trillón. Cuéntase que el inventor del ajedrez fué un
indiano, el cual presentó el nuevo juego a un rey de Persia;
y habiéndole ofrecido éste darle lo que pidiese, pidió un
cuartillo de grano, duplicado y tantas veces multiplicado
cuantas eran las casillas del tablero. El rey se lo concedió
riéndose; pero no pudo pagarle, porque no hubo en todo el
reino bastante grano para ello.
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