la idea que nuestro Señor engendra por efecto de su bondad; porque
aquella viva luz que sale del radiante Padre, y no se separa de él
ni del Amor que se interpone entre ambos, por un efecto de su bondad,
comunica su irradiación a nueve cielos, como transmitida de espejo en
espejo, pero permaneciendo una eternamente. De allí desciende hasta las
últimas potencias, disminuyendo de tal modo su fuerza por grados, que
últimamente sólo produce breves contingencias. Por estas contingencias
entiendo las cosas engendradas, que el Cielo en su movimiento produce
con germen o sin él. La materia de éstas, y la mano que le da forma,
no causan siempre los mismos efectos; por lo cual dichas cosas, que
llevan el sello de la idea divina, aparecen más o menos perfectas.
De aquí se sigue que una misma especie de árboles dé frutos buenos o
malos, y que vosotros nazcáis con diferente ingenio. Si la materia
fuese enteramente perfecta, y el Cielo estuviese también en su virtud
suprema, la luz de la idea divina se mostraría en todo su esplendor.
Pero la naturaleza da siempre una forma imperfecta, semejante en
sus obras al artista que domina prácticamente su arte, y cuya mano
tiembla. Si, pues, el ferviente amor dispone la materia, e imprime en
ella la clara luz del ideal divino, entonces las cosas contingentes
alcanzan la perfección. Así es como fué hecha la tierra digna de toda
perfección animal, y así es cómo concibió la Virgen. Por lo tanto,
apruebo tu opinión, porque la humana naturaleza no fué ni será jamás
lo que ha sido en esas dos personas. Pero si yo no siguiese ahora
adelante, empezarías por exclamar: "¿Cómo es, pues, que aquél no tuvo
igual?" Para que aparezca bien lo que ahora no aparece, piensa quién
era, y la razón que tuvo para pedir cuando se le dijo: "Pide." No he
hablado de modo que no hayas podido comprender que aquél fué un rey,
que pidió la sabiduría, a fin de ser un verdadero rey, y no por saber
cuál es el número de los motores celestiales; o si lo necesario con
lo contingente produce lo necesario; o bien "si est dare primum motum
esse," ni si en un semicírculo puede colocarse un triángulo que no
tenga un ángulo recto: así pues, si has comprendido bien lo que he
dicho y lo que digo, conocerás que la sabiduría real era la ciencia sin
par en que se clavaba la flecha de mi intención. Si claramente miras,
verás que la palabra "Ascendió" sólo hacía referencia a los reyes,
que son muchos, pero pocos los buenos. Acoge mis palabras con esta
distinción; y así podrás conservar tu creencia sobre el primer padre
y nuestro Amado. Esto debe hacerte andar siempre con pies de plomo,
para que, cual hombre cansado, los muevas lentamente hacia el sí y el
no que no distingues con claridad; pues necio es entre los necios el
que sin distinción afirma o niega, ya en uno, ya en otro caso; porque
acontece a menudo que una opinión precipitada se extravía, y después
el amor propio ofusca nuestro entendimiento. El que va en busca de la
verdad, sin conocer el arte de encontrarla, hace el viaje peor que en
vano, porque no vuelve tal como fué; de lo cual son en el mundo pruebas
ostensibles Parménides, Meliso, Briso y otros muchos que marchaban y
no sabían adónde. Así hicieron Sabelio y Arrio, y aquellos necios que
fueron como espadas para las Escrituras, torciendo el recto sentido de
sus palabras. Los hombres no deben aventurarse a juzgar, como hace el
que aprecia las mieses en el campo sin estar granadas; porque he visto
primero el zarzal áspero y punzante durante todo el invierno, y luego
cubrirse de rosas en su cima; y he visto a la nave surcar el mar recta
y veloz durante su viaje, y perecer a la entrada del puerto. No crean
doña Berta y seor Martino,[144] por haber visto a uno robando, y a otro
haciendo ofrendas, verlos del mismo modo en la mente de Dios, porque
aquél puede elevarse y éste caer.
[143] El rey Salomón.
[144] Nombres usados antiguamente para significar gentes de
poco cacúmen.
[Ilustración]
[Ilustración]
-CANTO DECIMOCUARTO-
El agua contenida en un vaso redondo se mueve del centro a la
circunferencia o de ésta al centro, según que la agiten por dentro o
por fuera. Ocurrióseme de pronto esto que digo en cuanto calló el alma
gloriosa de Santo Tomás, por la semejanza que nacía de sus palabras y
de las de Beatriz, a quien plugo decir, después de aquél:
--Este necesita, aunque no os lo indique ni con la voz ni con el
pensamiento, llegar a la raíz de otra verdad. Decidle si la luz con que
se adorna vuestra substancia permanecerá con vosotros eternamente tal
como es ahora; y si así es, decidle cómo podrá suceder que no os ofenda
la vista cuando os rehagáis visiblemente.
Así como en un arranque de alegría los que dan vueltas danzando elevan
la voz y manifiestan en sus gestos su regocijo, del mismo modo, ante
aquel ruego piadoso y expresivo, los santos círculos demostraron nuevo
gozo en su danza y en su admirable canto. El que se lamenta de que
haya de morir aquí abajo para vivir después en el cielo, no ha visto
el placer que la lluvia eterna de la sacrosanta luz produce en los
bienaventurados. Aquel uno y dos y tres que vive siempre, y siempre
reina en tres y dos y uno, no circunscrito y circunscribiéndolo todo,
era cantado tres veces por cada uno de aquellos espíritus con tal
melodía, que oírlos sería justa recompensa para todo mérito. Yo oí en
la luz más resplandeciente del menor círculo una voz modesta,[145]
quizá como la del Angel al dirigirse a María que respondió:
[145] La voz de Salomón, modesta como lo es la verdadera
sabiduría.
--Mientras dure la fiesta del Paraíso, otro tanto tiempo irradiará
nuestro amor en torno de nuestra vestidura. Su claridad corresponde
al ardor que nos inflama; el ardor, a nuestras celestiales visiones;
y éstas son tanto más claras, cuanto mayor es la gracia que cada uno
tiene según su valor. Cuando nos revistamos de la carne gloriosa y
santa, nuestra persona será mucho más grata a Dios y a nosotros, porque
estará completa: entonces se aumentará lo que de su gratuita luz nos
da el Sumo Bien, luz que nos permite contemplarle; y entonces deberá
aumentarse también nuestra santa visión, el ardor que ésta produce y el
rayo que del ardor desciende; pero así como el carbón que origina la
llama la sobrepuja en deslumbrante blancura, de tal modo que aparece
en medio de ella, de igual suerte este fulgor que ya nos rodea, será
vencido en apariencia por la carne, que todavía está cubierta por la
tierra; y un esplendor tan grande no podrá ofendernos, porque los
órganos del cuerpo serán bastante fuertes para todo lo que pueda
deleitarnos.
Uno y otro coro me parecieron tan prontos y unánimes en decir "Amén,"
que manifestaron bien claramente el deseo de revestir sus cuerpos
mortales; no por ellos quizá, sino por sus madres, por sus padres,
y por los demás seres que les fueron queridos antes de convertirse
en sempiternas llamas. Y he aquí que en derredor de tales claridades
nació una nueva luz sobre la que allí había, semejante a un horizonte
luminoso; y así como al anochecer empiezan a entreverse en el Cielo
nuevas apariciones, que parecen ser y no ser, así me pareció empezar
a ver allí nuevas substancias. ¡Oh verdadero centelleo del Espíritu
Santo! ¡Cuán brillante se presentó de improviso a mis ojos que,
vencidos, no pudieron soportarlo! Pero se me mostró Beatriz tan bella y
sonriente, que a su aspecto hubo de quedar esta visión entre las demás
que no he podido retener en la memoria: entonces mis ojos recobraron
fuerzas para alzarse de nuevo, y me vi transportado a mayor gloria
sólo con mi Dama. Por el ígneo fulgor de la estrella, que me parecía
más rojo que de costumbre, eché de ver que había subido a un punto
más elevado; y con el lenguaje que es común a todos, de todo corazón
ofrecí a Dios el holocausto debido por esta nueva gracia. No se había
extinguido aún en mi pecho el ardor del sacrificio, cuando conocí que
éste había sido felizmente bien aceptado; pues se me aparecieron unos
resplandores tan deslumbrantes y rojos dentro de dos rayos luminosos,
que exclamé: "¡Oh Helios, cuánto los embelleces!"
Salpicados de grandes y pequeños luminares, lo mismo de Galaxia, cuya
blancura extendida entre los polos del mundo hace dudar a los más
sabios, aquellos rayos formaban en el fondo de Marte el venerable signo
que produce la intersección de los cuadrantes en un círculo. Aquí el
ingenio es inferior a mi memoria; en aquella cruz resplandecía Cristo
de suerte, que no puedo encontrar una comparación digna; pero el que
toma su cruz y sigue a Cristo me perdonará una vez más lo que omito,
cuando vea centellear a Cristo en aquel albor. De uno a otro extremo de
los brazos de la cruz y de arriba abajo se agitaban luces, que lanzaban
vívidos destellos cada vez que se unían o pasaban más allá, tal como se
ven en la Tierra los átomos agitándose en línea recta o curva, ágiles
o lentos, cambiando sin cesar de aspecto, en el rayo de luz que corta
la sombra que el hombre, por medio de su inteligencia y de su arte,
se procura contra el Sol; y así como el laúd o el arpa forman con sus
numerosas cuerdas una dulce armonía, aun para el que no distingue
cada nota, del mismo modo aquellas luces que allí se me aparecieron
produjeron alrededor de la cruz una melodía, que me arrebataba a pesar
de no comprender el himno. Bien conocí que encerraba altas alabanzas,
porque llegaron hasta mí estas palabras: "Resucita y vence," pero como
el que oye sin entender. Y aquella melodía me arrobaba tanto, que hasta
entonces no hubo cosa alguna que me ligara con tan dulces vínculos.
Quizá parezcan demasiado atrevidas mis palabras, creyendo que pospongo
a otras delicias el placer de los bellos ojos, en cuya contemplación se
calman todos mis deseos; pero quien sepa que las vivas marcas de toda
belleza la imprimen mayor a medida que están más elevadas, y considere
que allí no me había vuelto aun hacia ellos, podrá excusarme de lo que
me acuso para excusarme, y conocerá que digo la verdad; pues el santo
placer de aquella mirada no está excluído aquí, supuesto que se hace
más puro a medida que nos elevamos.
[Ilustración]
[Ilustración]
-CANTO DECIMOQUINTO-
La benigna voluntad, en la que se manifiesta siempre el amor cuyas
aspiraciones son rectas, como la codicia se manifiesta en la voluntad
inicua, impuso silencio a aquella dulce armonía e hizo reposar las
santas cuerdas que por la diestra de Dios están templadas. ¿Cómo se
habían de hacer sordas a súplicas justas aquellas substancias, que,
para infundirme el deseo de dirigirles alguna pregunta, estuvieron
acordes en callarse? Justo es que se lamente sin tregua el que, por
amor a cosas que no pueden durar eternamente, se desprende de aquel
amor. Como en noche serena discurre acá o allá por el cielo tranquilo
y puro un repentino fuego, atrayendo las miradas hasta entonces
indiferentes, y parecido a una estrella que cambia de sitio, sólo que
ninguna desaparece de la parte donde aquél se enciende y dura poco, así
desde el extremo del brazo derecho al pie de la cruz se corrió un astro
de la constelación que aquí resplandece;[146] pero el diamante no se
separó de su ángulo, sino que siguió la faja luminosa, asemejándose a
una luz que pasa por detrás del alabastro. No menos afectuosa que aquel
espíritu se mostró la sombra de Anquises cuando reconoció a su hijo en
los Campos Elíseos, si hemos de dar crédito a nuestro mayor Poeta.
[146] El alma de Caociaguida, tatarabuelo del Poeta.
--¡Oh sangre mía!, ¡oh superabundante gracia de Dios! ¿Quién, como tú,
ha visto abiertas dos veces ante sí las puertas del Cielo?
Así dijo aquella luz; por lo cual fijé en ella toda mi atención:
después volví el rostro hacia mi Dama, y por una y otra parte quedé
asombrado; pues en sus ojos brillaba tal sonrisa, que creí llegar con
los míos al fondo de mi gracia y de mi Paraíso. Luego aquel espíritu,
al que era tan grato ver y oír, añadió a sus primeras palabras cosas
que no comprendí; tan profundos fueron sus conceptos: no porque fuese
su intento el ocultármelos, sino por necesidad a causa de ser éstos
superiores a la inteligencia de los mortales. Cuando el arco de su
ardiente afecto estuvo menos tirante para que sus palabras descendiesen
hasta el límite concedido a nuestra inteligencia, la primera cosa que
oí fué:
--Bendito seas Tú, trino y uno, que tan propicio eres a mi descendencia.
Y continuó diciendo:
--Hijo mío: gracias a ésa que te ha revestido de plumas para emprender
tan alto vuelo, has satisfecho dentro de esta luz en que te hablo un
plácido y largo deseo de verte, originado en mí de haber leído tu
venida en el gran libro donde no se cambia jamás lo blanco en negro,
ni lo negro en blanco. Tú crees que tu pensamiento ha llegado hasta mí
por medio de aquel que es el primero, así como de la unidad, de todos
conocida, se forman el cinco y el seis; y por eso ni me preguntas
quién soy, ni por qué te parezco más gozoso que otro alguno de esta
alegre cohorte. Crees la verdad; porque, en esta vida, los espíritus
que disfrutan, así de mayor como de menor gloria, miran en el espejo
en que aparece el pensamiento antes de nacer. Pero a fin de que el
sagrado amor que observo con perpetua atención, y que excita en mí un
dulce deseo, se satisfaga mejor, manifiesta con voz segura, franca y
placentera, cuál es tu voluntad, cuál tu deseo, pues mi respuesta está
ya preparada.
Yo me volví hacia Beatriz; y ella, que me había oído antes de que yo
hablara, se sonrió de un modo que hizo crecer las alas de mi deseo.
Después empecé de este modo:
--Desde que se os patentizó la Igualdad primera, el afecto y la
inteligencia tienen un peso igual en cada uno de vosotros; porque en
ese Sol, que os ilumina y abrasa con su luz y su calor, son tan iguales
ambas virtudes, que toda semejanza es poca. Pero el entendimiento y
la voluntad de los mortales, por la razón que os es ya manifiesta,
vuelan con diferentes alas. Así es que yo, que soy mortal, me veo en
esta desigualdad, y únicamente puedo dar gracias con el corazón a tan
paternal acogida. Te suplico, pues, encarecidamente, ¡oh vivo topacio,
que enriqueces esa preciosa joya!, que me hagas sabedor de tu nombre.
--¡Oh vástago mío, en quien me complacía mientras te esperaba! Yo fuí
tu raíz.
De esta suerte dió principio a su respuesta. Después añadió:
--Aquel de quien ha tomado su nombre tu prosapia, y que por espacio de
ciento y más años ha estado girando por el primer círculo del monte,
fué mi hijo y tu bisabuelo: bien necesita que con tus obras disminuyas
su prolongada fatiga. Florencia, dentro del antiguo recinto donde
oye sonar aún tercia y nona, estaba en paz, sobria y púdica. No tenía
gargantillas, ni coronas, ni mujeres ostentosamente calzadas, ni
cinturones más llamativos a la vista que la persona que los lleva.
Al nacer, no causaba miedo la hija al padre, porque la época del
matrimonio y el dote no habían salido aún de los límites regulares. No
estaban entonces las casas vacías de moradores; no había llegado aún
Sardanápalo a enseñar lo que se puede hacer en una cámara. Montemalo
no era aún vencido por Uccellatoio, el cual, así como le excede en
la subida, le excederá en la bajada. Yo he visto a Bellincion Berti
con cinturón de cuero y hebilla de hueso, y a su mujer separarse del
espejo sin colorete en el rostro: he visto a los de Nerli y a los
del Vecchio contentarse con ir cubiertos de una simple piel, y a sus
mujeres dedicadas a la rueca y al huso. ¡Oh afortunadas! Cada una de
ellas conocía el lugar donde había de ser sepultada, y ninguna se
había visto abandonada en el lecho por causa de Francia. La una velaba
su cuna, y para consolar a su hijo usaba el idioma que constituye la
primera alegría de los padres y de las madres: la otra, tirando de la
blanca cabellera de su rueca, charlaba con su familia de los troyanos,
y de Fiésole y de Roma. En aquellos tiempos se habría mirado como una
maravilla a una Cianghella y a un Lapo Salterello, como hoy causarían
asombro un Cincinato y una Cornelia. En medio de tanta calma, y de
tan hermosa vida por parte de todos y entre tan fieles conciudadanos,
me hizo nacer la Virgen María, llamada a grandes gritos, y en vuestro
antiguo Baptisterio fuí a un tiempo cristiano y Cacciaguida. Moronto
y Eliseo fueron mis hermanos; mi esposa procedía del valle del Po, y
de ella viene tu apellido. Después seguí al emperador Conrado, que me
concedió el título de caballero; tanto fué lo que le agradé por mis
buenas acciones. Tras él fuí contra la maldad de aquella ley, cuyo
pueblo usurpa vuestro dominio, por culpa del Pastor. Allí aquella torpe
raza me libró del mundo falaz, cuyo amor envilece tantas almas, y desde
el martirio llegué a esta paz.
[Ilustración]
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-CANTO DECIMOSEXTO-
¡Oh nobleza de la sangre! Aunque seas muy poca cosa, nunca me admiraré
de que hagas vanagloriarse de ti a la gente aquí abajo, donde nuestros
afectos languidecen; pues yo mismo, allá donde el apetito no se tuerce,
quiero decir, en el cielo, me vanaglorié de poseerte. A la verdad,
eres como un manto que se acorta en breve, de modo que si cada día
no se le añade algún pedazo, el tiempo lo va recortando en torno con
sus tijeras. Con el "vos," al que Roma fué la primera en someterse y
en cuyo empleo no han perseverado tanto sus descendientes, empezaron
esta vez mis palabras: por lo cual, Beatriz, que estaba algún tanto
apartada, sonrióse, pareciéndose a la que tosió cuando Ginebra cometió
la primera falta de que habla la crónica.[147] Yo empecé a decir:
[147] Según cuenta la crónica de la Tabla redonda, la camarera
de la reina Ginebra tosió al notar el primer mal paso dado por
su señora, llevada del amor a Lanzarote.
--Vos sois mi padre; vos me infundís aliento para hablar; vos me
enaltecéis de modo, que soy más que yo mismo. Por tantos arroyos se
inunda de alegría mi mente, que se goza en sí misma al considerar que
puede contener tanta sin que la abrume. Decidme, pues, ¡oh mi querido
antepasado!, quiénes fueron vuestros predecesores, y cuáles los años en
que comenzó vuestra infancia. Decidme lo que era entonces el rebaño de
San Juan, y cuáles las personas más dignas de elevados puestos.
Como se aviva la llama del carbón al soplo del viento, así vi yo
resplandecer aquella luz ante mis afectuosas palabras; y si pareció más
bella a mis ojos, más dulce y suave fué también su acento cuando me
dijo, aunque no en nuestro moderno lenguaje:
--Desde el día en que se dijo "Ave," hasta el parto en que mi madre,
que hoy es santa, se libró de mi peso, este Planeta fué a inflamarse
quinientas cincuenta y tres veces a los pies del León. Mis antepasados
y yo nacimos en aquel sitio donde primero encuentra el último distrito
el que corre en vuestros juegos anuales. Bástete saber esto con
respecto a mis mayores; lo que fueron o de dónde vinieron, es más
cuerdo callarlo que decirlo. Todos los que se encontraban entonces en
estado de llevar las armas, entre la estatua de Marte y el Baptisterio,
formaban la quinta parte de los que ahora viven allí; pero la
población, que es al presente una mezcla de gente de Campi, de Certaldo
y de Fighine, se veía pura hasta en el último artesano. ¡Oh!, ¡cuánto
mejor fuera tener por vecinas a aquellas gentes, y vuestras fronteras
en Galluzo y Trespiano, que no tenerlas dentro de vuestros muros, y
soportar la fetidez del villano de Aguglión y del de Signa, que tiene
ya los ojos muy abiertos para traficar! Si la gente que está más
degenerada en el mundo no hubiera sido una madrastra para César, sino
benigna como una madre para con su hijo, más de uno que se ha hecho
florentino, y cambia y trafica, se habría vuelto a Semifonti, donde
andaba su abuelo pordioseando: los Conti estarían aún en Montemurlo;
los Cerchi en la jurisdicción de Ancona, y quizá aun en Valdigrieve
los Buondelmonti. La confusión de las personas fué siempre el
principio de las desgracias de las ciudades, como la mescolanza de los
alimentos lo es de las del cuerpo; pues un toro ciego cae más pronto
que un cordero ciego; y muchas veces corta más y mejor una espada
que cinco. Si consideras cómo han desaparecido Luni y Urbisaglia, y
cómo siguen sus huellas Chiusi y Sinigaglia, no te parecerá una cosa
difícil de creer el oír cómo se deshacen las familias, puesto que las
ciudades mismas tienen un término. Todas vuestras cosas mueren como
vosotros; pero se os oculta la muerte de algunas que duran mucho,
porque vuestra vida es muy corta; y así como los giros del cielo de
la Luna cubren y descubren sin tregua las orillas del mar, lo mismo
hace con Florencia la Fortuna: por lo cual no debe asombrarte lo que
voy a decir con respecto a los primeros florentinos, cuya fama está
envuelta en la obscuridad de los tiempos. He visto ya en decadencia
los Ughi, los Catellini, Filippi, Greci, Ormanni y Alberichi, todos
ilustres caballeros; he visto también con los de la Sannella a los
del Arca y a los Soldanieri, los Ardinghi y los Bostichi, tan grandes
como antiguos. Sobre la puerta, cargada al presente con una felonía de
tan gran peso, que en breve hará zozobrar vuestra barca, estaban los
Ravignani, de quienes descienden el conde Guido, y los que han tomado
después el nombre del gran Bellincion. El primogénito de la familia de
la Pressa conocía el arte de gobernar bien, y en casa de Galigaio se
veían ya los distintivos de la nobleza, que consistían en usar dorados
la guarnición y el pomo de la espada. Grande era ya la columna de la
Comadreja, e ilustres los Cacchetti, Giuochi, Fifanti, Baruci y Galli,
y los que se avergüenzan al recuerdo de la medida. El tronco de que
nacieron los Calfucci era ya grande, y ya habían sido promovidos a las
sillas curules los Sizii y los Arrigucci. ¡Oh! ¡cuán fuertes he visto a
aquéllos, que han sido destruídos por su soberbia! Y sin embargo, las
bolas de oro[148] con sus altos hechos hacían florecer a Florencia;
así como también los padres de aquellos que siempre que está vacante
vuestra iglesia engordan mientras se hallan reunidos en consistorio. La
presuntuosa familia[149] que persigue como un dragón al que huye, y se
humilla como un cordero ante el que le enseña los dientes o la bolsa,
venía ya engrandeciéndose; pero su origen era bajo: por esto no agradó
a Ubertino Donato que su suegro le hiciera emparentar con ella. Los
Caponsacco habían descendido ya de Fiésole, y habitaban en el Mercado,
y ya Giuda e Infangato eran buenos ciudadanos. Voy a decirte una cosa
increíble y verdadera: en el pequeño círculo que formaba la ciudad, se
entraba por una puerta que debía su nombre a la familia de la Pera.
Todos los que llevan las bellas insignias del gran Barón, cuyo nombre
y cuya gloria se renuevan en la fiesta de Santo Tomás, recibieron
de él sus títulos de caballero y sus privilegios; si bien hoy se ha
colocado en el partido del pueblo aquel que rodea sus insignias de un
círculo de oro. Ya los Gualterotti y los Importuni vivían tranquilos
en el Borgo, y más lo habrían estado sin nuevos vecinos. La casa de
que ha nacido vuestro llanto, por el justo rencor que os ha destruído
y dado fin a vuestra agradable vida, era honrada con todos los suyos.
¡Oh Buondelmonte!, ¡cuán mal hiciste en no aliarte con ella por medio
del matrimonio para consuelo de los demás! Muchos de los que hoy están
tristes estarían alegres, si Dios te hubiese entregado a Ema la primera
vez que viniste a la ciudad. Pero era preciso que ante aquella piedra
rota que guarda el puente sacrificara Florencia una víctima en sus
últimos días de paz. Con tales familias y con otras muchas he visto a
Florencia en medio de tan gran reposo, que no tenía motivo para llorar.
Con estas familias he visto a su pueblo tan glorioso y justo, que jamás
el lirio fué llevado al revés en la lanza, ni se había vuelto aún rojo
a causa de las discordias.
[148] Los Umberti y los Lamberti, que en sus armas tenían
bolas de oro.
[149] Los Adimari, uno de los cuales perjudicó mucho a Dante.
[Ilustración]
[Ilustración]
-CANTO DECIMOSEPTIMO-
Estaba yo afanoso como aquel cuyo ejemplo hace que los padres sean
un poco condescendientes con sus hijos, cuando acudió a Climene para
cerciorarse de lo que acerca de él había oído; y bien lo conocían
Beatriz y aquella luz que por mí había cambiado antes de sitio; por lo
cual me dijo mi Dama:
--Exhala el ardor de tu deseo de tal modo que salga bien expresado con
la fuerza que lo sientes; no para que nosotros lo conozcamos mejor por
tus palabras, sino para que te atrevas a manifestar tu sed, a fin de
que otros te den de beber.
--¡Oh mi querida planta, que te elevas tanto, que mirando al punto
a quien todos los tiempos son presentes, ves las cosas contingentes
antes de que sean en sí, como ven las inteligencias terrestres que dos
ángulos obtusos no pueden caber en un triángulo! Mientras acompañado
de Virgilio subía yo por el monte donde se curan las almas, y cuando
bajaba por el mundo de los muertos, se me dijeron palabras graves
acerca de mi vida futura; y aunque me considere como un tetrágono ante
los golpes de la desgracia, quisiera saber cuál es la suerte que me
está reservada; pues el dardo previsto hiere con menos fuerza.
Así dije a la misma luz que me había hablado antes, manifestando mi
deseo como lo quiso Beatriz. Aquel amoroso progenitor mío, encerrado y
patente a un mismo tiempo en su esplendor risueño, me contestó, no en
los términos ambiguos con que eran engañados los necios gentiles antes
de que fuese inmolado el Cordero de Dios que redimió los pecados, sino
con palabras claras y en latín correcto:
--Las contingencias a cuyo conocimiento no alcanzan los límites de
vuestra materia, están todas presentes a la vista de Dios. De aquí
no se infiere, sin embargo, su necesidad, sino como es preciso que
se pinte en los ojos de quien la mira, la nave que desciende por una
corriente. Desde la mente divina llega a mi vista, como a los oídos la
dulce armonía del órgano, el tiempo que para ti se prepara. Del mismo
modo que Hipólito partió de Atenas por la crueldad y perfidia de su
madrastra, tendrás que salir de Florencia. Esto es lo que se quiere, y
lo que se busca y pronto será hecho por los que lo meditan allá donde
diariamente se vende a Cristo. Las culpas caerán sobre los vencidos,
como es costumbre; pero el castigo dará testimonio de la verdad, que
lo envía al que lo merece. Tú abandonarás todas las cosas que más
entrañablemente amas, y este es el primer dardo que arroja el arco del
destierro. Tú probarás cuán amargo es el pan ajeno, y cuán duro camino
el que conduce a subir y bajar las escaleras de otros. Y lo que más
gravará tus espaldas será la compañía estúpida y malvada con la cual
caerás en este valle; porque ingrata, loca e impía, se revolverá contra
tí; si bien poco después, ella y no tú, verá destrozada su frente.
Su conducta probará su bestialidad, de suerte que para ti será más
laudable haberte separado completamente de ella. Tu primer refugio y
tu primer albergue serán la cortesía del Gran Lombardo, que sobre la
escala lleva el ave santa,[150] el cual te mirará tan benignamente, que
entre ambos el dar precederá al pedir, al contrario de lo que sucede
entre los demás. Sí, verás a aquel que al nacer fué tan inspirado por
esta fuerte estrella, que sus hechos serán siempre admirados. Los
pueblos no han reparado en él aún a causa de su corta edad, pues sólo
hace nueve años que giran en derredor suyo estas esferas. Pero antes de
que el Gascón engañe al gran Enrique,[151] aparecerán los destellos de
su virtud en su desprecio al dinero y a las fatigas. Sus magnificencias
serán tan conocidas, que ni aun sus mismos enemigos podrán dejar de
referirlas. Espera en él y en sus beneficios; por él muchos hombres
serán transformados, y los ricos y los pobres cambiarán de condición.
Lleva grabado en tu mente cuanto te predigo acerca de él; pero no lo
manifiestes a nadie.
[150] Can el Grande, señor de Verona.
[151] El papa Clemente V, de Gascuña, después de haber
promovido al imperio a Enrique VII, favoreció a sus enemigos.
Y me refirió después cosas, que parecerán increíbles aun a aquellos que
las presencien. Después añadió:
--Hijo mío, tales son las interpretaciones de lo que se te ha dicho;
tales las asechanzas que se te ocultarán por pocos años. No quiero, sin
embargo, que odies a tus conciudadanos; pues tu vida se prolongará más
aún de lo que tarde el castigo de su perfidia.
Cuando, por su silencio, demostró el alma santa que había concluído de
poner la trama en la tela que le presenté urdida, empecé a decir, como
el que en sus dudas desea el consejo de una persona entendida, recta y
amante:
--Bien veo, padre mío, cómo corre el tiempo hacia mí para darme uno de
esos golpes, tanto más graves, cuanto más desprevenido se vive; por lo
cual es bueno que me arme de previsión, a fin de que, si se me priva
del lugar que más quiero, no pierda los demás por causa de mis versos.
Allá abajo, en el mundo eternamente amargo, y en el monte desde cuya
hermosa cumbre me elevaron los ojos de mi Dama, y después en el cielo,
de luz en luz, he oído cosas, que si las repitiera, serían para muchos
de un sabor desagradable; y si soy cobarde amigo de la verdad, temo
perder la fama entre los que llamarán a este tiempo el tiempo antiguo.
La luz en que sonreía el tesoro que yo había encontrado allí, empezó
por brillar como un espejo de oro a los rayos del Sol, y después
respondió:
--Sólo una conciencia manchada por su propia vergüenza o por la ajena
encontrará aspereza en tus palabras: no obstante esto, aparte de ti
toda mentira manifiesta por completo tu visión, y deja que se rasque
el que tenga sarna; pues si tu voz es desagradable al gustarla por
primera vez, dejará un alimento vivificante cuando sea digerida. Tu
grito hará lo que el viento, que azota más las más elevadas cumbres, lo
cual no será una pequeña prueba de honor. Por eso tan sólo se te han
mostrado en estas esferas, en el monte y en el doloroso valle las almas
que han gozado de cierto renombre; porque el ánimo del que escucha no
fija su atención ni presta fe a ejemplos sacados de una raíz oculta y
desconocida, ni a otras cosas que no se manifiesten claramente.
[Ilustración]
-CANTO DECIMOCTAVO-
Aquel espíritu bienaventurado se recreaba ya en sus reflexiones, y yo
saboreaba las mías, atemperando lo amargo con lo dulce, cuando la Dama
que me conducía hasta Dios me dijo:
--Cambia de ideas; piensa que yo estoy al lado de Aquél que alivia
todas las contrariedades.
Yo me volví hacia la voz amorosa de mi consuelo, y desisto de expresar
cuál fué el amor que vi entonces en sus santos ojos; no sólo porque
desconfíe de mis palabras, sino porque la mente no puede repetir lo
que es superior a ella, si otro poder no le ayuda. Sólo puedo decir
con respecto a este punto que, contemplándola, mi ánimo se vió libre
de todo otro deseo: pues el placer eterno, que irradiaba directamente
sobre Beatriz, me hacía dichoso al verlo reflejado en su hermoso
rostro. Pero ella, desviándome de esta contemplación con la luz de una
sonrisa, me dijo:
--Vuélvete y escucha; que no está solamente en mis ojos el paraíso.
Así como algunas veces se ve la pasión en la fisonomía, si aquélla
es tanta que el alma entera le está sometida, del mismo modo en los
destellos del fulgor santo, hacia el cual me volví, conocí el deseo de
continuar nuestra plática. Y en efecto, empezó diciendo:
--En esta quinta rama del árbol que recibe la vida por la copa, y
fructifica siempre y nunca pierde sus hojas, son bienaventurados los
espíritus que allá abajo, antes de venir al cielo, alcanzaron tan gran
renombre, que toda musa se enriquecería con sus acciones: mira los
brazos de la cruz, y los que te iré nombrando harán en ellos lo que el
relámpago en la nube.
Apenas nombró a Josué, vi pasar un fulgor por la cruz, y el oír
pronunciar aquel nombre y ver deslizarse su resplandor fué todo uno. Al
nombre del Gran Macabeo, vi moverse otra luz dando vueltas a causa de
su alegría. Del mismo modo, a los nombres de Carlo-Magno y de Orlando,
mi atenta mirada siguió a dos luces, como sigue la vista el vuelo
del halcón. Después pasaron ante mis ojos por aquella cruz Guillermo
y Rinoardo, el duque Godofredo y Roberto Guiscardo. En seguida, el
alma que me había hablado se movió del mismo modo y se reunió a los
anteriores, demostrándome lo artista que era entre los cantores del
cielo.
Volvíme hacia la derecha para conocer en Beatriz lo que debía hacer,
bien por sus palabras o por sus ademanes; y vi sus ojos tan serenos,
tan gozosos, que su rostro sobrepujaba a todos los otros, y hasta a
su anterior aspecto. Y así como el hombre que obra bien, por el mayor
placer que siente, advierte de día en día el aumento de su virtud, así
yo, viendo más resplandeciente aquel milagro de belleza, reparé que se
había hecho más extenso el círculo de mi rotación juntamente con el
cielo; y en breve espacio de tiempo que muda de color el rostro de una
doncella cuando depone el peso de la vergüenza, presentóse a mis ojos,
al volverme, una transmutación semejante, por efecto de la blancura
de la sexta y templada estrella, que me había recibido en su interior.
Yo vi en aquella antorcha de Jove los destellos del amor que en ella
existía, representando a mis ojos nuestro alfabeto; y así como las aves
que se elevan sobre un río, regocijándose al llegar al sitio donde
encuentran su alimento, forman a veces una hilera circular, y otras
veces la prolongan, de igual suerte revoloteaban cantando las santas
criaturas dentro de aquellas luces, y describiendo D, I o L con sus
movimientos.[152] Primeramente ajustaban su baile al canto; después,
representando uno de aquellos caracteres, se detenían un momento y
guardaban silencio.
[152] Son las tres primeras letras de la palabra Diligite de
la frase: Diligite justitiam qui judicatis terram; que se lee
en la Sagrada Escritura.
¡Oh divina Pegásea,[153] que glorificas y prolongas la vida de los
ingenios, haciendo que perpetúen la memoria de las ciudades y de los
reinos! Ilumíname a fin de que describa sus figuras tales cuales las he
visto, y de que aparezca tu poder en estos cortos versos.
[153] La musa Calíope.
Las luces formaron, pues, cinco veces siete vocales y consonantes, y
yo observé aquellas figuras conforme me fueron apareciendo. "Diligite
justitiam" fué el primer verbo y el primer nombre que representaron;
"qui judicatis terram" fueron las últimas palabras. Después, en la M
del quinto vocablo se quedaron formadas de modo que la estrella de
Júpiter en aquel punto parecía de plata moteada de oro. Entonces vi
descender otras luces sobre la parte superior de la M y detenerse allí
cantando, según creo, el bien que hacia sí las atrae. Después, así como
del choque de dos tizones ardientes salen innumerables chispas, de
donde los necios deducen augurios, parecióme que se elevaban más de
mil luces, remontándose unas más y otras menos, según las distribuye el
Sol que las enciende; y cuando cada cual quedó fijo en su puesto, vi
que aquellas luces formaban distintamente la cabeza y el cuello de un
águila. Aquel que pinta esto no tiene quien le guíe, antes bien él guía
todas las cosas, y de él procede esa virtud que mueve a los animales
a dar una forma apropiada a sus nidos. Los demás bienaventurados, que
anteriormente parecían contentarse con formar sobre la M una corona de
lises, por medio de un pequeño movimiento concluyeron la figura del
águila.
--¡Oh dulce estrella!, ¡cuántas y qué resplandecientes almas me
demostraron allí que nuestra justicia es un efecto del cielo que tú
adornas! Por eso suplico a la Mente, principio de tu movimiento y de
tu fuerza, que repare de dónde sale el humo que obscurece tus rayos, a
fin de que se irrite otra vez contra los compradores y vendedores del
templo que se fortificó con los milagros y la sangre de los mártires.
¡Oh milicia celestial a quien contemplo! Ruega por los que existen en
la Tierra extraviados por el mal ejemplo. Era ya antigua costumbre
hacer la guerra con la espada; hoy se hace arrebatando por doquiera
el pan que a nadie niega nuestro piadoso Padre. Pero tú, que escribes
solamente para borrar, piensa que aún están vivos Pedro y Pablo, los
cuales murieron por la viña que de tal modo echas a perder. Con razón
puedes decir: "Tengo tan fijos mis deseos en aquél que quiso vivir
solo, y que a consecuencia de un baile fué arrastrado al martirio,[154]
que no conozco al Pescador ni a Pablo."
[154] San Juan Bautista.
[Ilustración]
-CANTO DECIMONONO-
Ante mi aparecía, con las alas abiertas, la bella imagen que en su
dulce fruición hacía dichosas a las almas reunidas. Cada una de éstas
parecía un pequeño rubí, en el que brillaba tan encendido un rayo
de Sol, que reflejaba a mis ojos la imagen del mismo Sol. Y lo que
necesito describir ahora no lo anunció la voz jamás, ni lo escribió la
tinta, ni lo concibió la imaginación. Porque vi, y aun oí hablar al
pico del águila y decir con su voz "Yo" y "Mio," cuando su intención
era decir: "Nos" y "Nuestro." Y empezó así:
--Por haber sido justo y piadoso estoy aquí exaltado hasta esta gloria,
que no se deja vencer por el deseo; y en la Tierra dejé tal memoria de
mí, que los hombres más perversos la recomiendan, pero no siguen su
ejemplo.
Así como de muchas brasas sale un solo calor, así también de aquella
imagen, formada por muchos amores, salía una sola voz. Entonces
respondí:
--¡Oh perpetuas flores de la dicha eterna, que como un solo perfume me
hacéis sentir todos vuestros aromas! Poned fin con vuestras palabras
al gran ayuno que me ha tenido hambriento durante largo tiempo, por
no encontrar en la Tierra alimento alguno. Bien sé que, si la justicia
divina se refleja en otras esferas como en un espejo, en la vuestra no
se ve a través de un velo. Sabéis cuán atento me preparo a escucharos;
sabéis también cuál es aquella duda que para mí se convierte en tan
antiguo ayuno.
Así como el halcón a quien quitan la caperuza mueve la cabeza, y bate
las alas en señal de contento, demostrando sus deseos e irguiéndose con
gallardía, lo mismo ví hacer al águila que estaba formada de alabanzas
de la divina Gracia, las cuales cantaban como sabe cantar el que se
deleita allá arriba. Después comenzó de esta suerte:
--Aquel que abarcó con su compás hasta las extremidades del mundo, y
encerró en su abertura tantas cosas ocultas y manifiestas, no pudo
dejar sobre todo el universo una huella tan profunda de su poder,
que su entendimiento no fuese infinitamente superior al de todos los
entendimientos creados, como lo prueba el que el primer soberbio, que
era la criatura más excelente, por no esperar la luz de la gracia
divina, cayó del Cielo antes de ser confirmado en ella. De aquí resulta
que las criaturas menos perfectas que aquélla son pequeños receptáculos
para contener aquel bien sin fin, único que puede medirse a sí mismo.
Aun nuestra vista, que es casi un rayo de la mente divina de que están
llenas todas las cosas, no puede, por su naturaleza, ser tan penetrante
que discierna su principio sino bajo una apariencia muy lejana de la
verdad. La vista que recibe vuestro mundo sólo penetra en la justicia
sempiterna como el ojo se interna en el mar; que aunque vea el fondo
cerca de la orilla, no lo ve en el inmenso piélago; y sin embargo, el
fondo existe, pero su profundidad misma lo oculta. No existe luz si
no procede del Sér tranquilo que no se turba nunca; fuera de él no
hay más que tinieblas, o sombras de la carne o su veneno. Bastante
he descorrido el velo que te ocultaba la viva justicia, sobre la que
hacías tan frecuentes preguntas, pues tú decías: "Un hombre nace en
la orilla del Indo, y allí no hay quien hable de Cristo, ni quien lea
o escriba con respecto a él; todas sus acciones y deseos son buenos,
y en cuanto puede ver la razón humana, no ha pecado ni en obras ni en
palabras: si muere sin bautismo y sin fe, ¿dónde está la justicia que
le condena? ¿Dónde su falta, si no cree?" Ahora bien: ¿quién eres tú,
que quieres tomar asiento en el tribunal para juzgar a mil millas de
distancia con un palmo de vista? En verdad que quien hablando conmigo
sutiliza por ver los rayos de la justicia divina, tendría razón para
dudar de su rectitud, si no estuviese sobre vosotros la Escritura. ¡Oh
animales terrestres!, ¡oh inteligencias burdas! La primera voluntad,
que es buena por sí misma, que es el Sumo Bien, no se ha separado jamás
de sí misma. Solamente es justo lo que a ella se conforma; ningún bien
creado la atrae; pero ella produce este bien con sus rayos.
Cual cigüeña que se revuelve sobre el nido, después de haber alimentado
a sus hijos, y así como uno de éstos, ya alimentado, la mira, del mismo
modo empezó la bella imagen a agitarse sobre mí, e igualmente elevé mis
ojos hacia ella, que movía sus alas, impelidas por tantos espíritus.
Al dar vueltas, cantaba y decía: "Mis notas son tan incomprensibles
para tí, como el juicio eterno para vosotros los mortales." Luego
que aquellos refulgentes ardores del Espíritu Santo se detuvieron,
sin dejar de formar el signo que hizo a los Romanos temibles en el
mundo,[155] el mismo signo continuó diciendo:
[155] El águila.
--A este reino no ha subido jamás quien no creyó en Cristo, ni antes
ni después de que éste fuera enclavado en el santo leño: pero mira;
muchos que exclaman "Cristo, Cristo," estarán menos próximos a él en
el día del juicio, que algunos de los que no han conocido a Cristo; y
a tales cristianos causará vergüenza el Etíope, cuando se dividan los
dos colegios, uno enteramente rico, y otro miserable. ¿Qué no podrán
decir los Persas a vuestros reyes, cuando vean abierto aquel volumen
en el que se escriben todos sus desprecios? Allí se verá, entre las
obras de Alberto, la que en breve agitará la pluma, y por la cual
quedará desierto el reino de Praga. Allí se verá el daño que ocasiona
junto al Sena, falsificando la moneda, el que morirá herido por un
jabalí.[156] Allí se verá la insaciable soberbia que enloquece del tal
modo al escocés y al inglés, que no pueden sufrir el verse contenidos
en los límites de sus Estados.[157] Se verá la lujuria y la molicie
del de España, y del de Bohemia, que jamás conoció ni quiso conocer el
valor.[158] Allí se verá también marcada con una I la bondad del Cojo
de Jerusalén,[159] mientras que lo contrario a ella tendrá por marca
una M. Se verá la avaricia y la vileza de aquel que guarda la isla
del fuego, donde terminaron los prolongados días de Anquises;[160] y
para demostrar su mezquindad, se emplearán muchas abreviaturas en su
escrito, a fin de que en poco espacio se contengan muchas palabras.
Y a la vista de todos aparecerán las vergonzosas obras del tío y del
hermano,[161] que han envilecido tan egregia estirpe y dos coronas.
Allí serán conocidos el de Portugal y el de Noruega,[162] y el de
Rascia, que alteró los cuños de Venecia.[163] ¡Oh Hungría feliz, si no
se deja guiar mal! ¡Oh dichosa Navarra, si se defendiese con el monte
que la rodea! Todos deben creer que ya, en presagio de esto, Nicosia y
Famagusta se lamentan y claman contra su bestia, que no discrepa de las
otras.
[156] Felipe el Hermoso.
[157] Los reyes Roberto de Escocia y Eduardo I de Inglaterra.
[158] Alfonso, rey de España. Wenceslao, rey de Bohemia.
[159] La bondad de Carlos el Cojo, rey de Pulla y Jerusalén,
estará marcada con una I (uno): es decir, que será igual a
uno, mientras que sus maldades llevarán por marca una M (mil),
serán iguales a mil.
[160] Fadrique, hijo de Pedro de Aragón, que gobierna la isla
de Sicilia, donde está el fuego del Etna.--Dice la vileza,
porque Fadrique, después de la muerte de Enrique VII, abandonó
vilmente la causa de los gibelinos.
[161] Jaime, rey de Mallorca, y Menorca, y Jaime de Aragón,
tío aquél y hermano éste de dicho Fadrique.
[162] Dionisio el Agrícola, rey de Portugal. Noruega, en
tiempo de Dante, tenía su rey propio.
[163] Rascia, Raugia, Ragusa, ciudad y territorio de la
antigua Dalmacia, sobre el Adriático, cuyo rey falsificó los
ducados de Venecia.
[Ilustración]
[Ilustración]
-CANTO VIGESIMO-
Cuando Aquél que ilumina el mundo entero desciende de nuestro
hemisferio, de tal modo que el día se extingue en todas partes, el
cielo encendido antes por él solo, aparece súbitamente sembrado de
luces, en las cuales se refleja una sola. Y aquel estado del cielo
me vino a la imaginación, cuando la enseña del mundo y de sus jefes
cerró su bendito pico; porque brillando mucho más todos aquellos vivos
resplandores, entonaron suaves cantos, que han desaparecido de mi
memoria. ¡Oh dulce amor, que bajo aquella riente luz te ocultas! ¡Cuán
ardiente me parecías en medio de aquellos efluvios sonoros, que sólo
respiran santos pensamientos!
Después que las preciosas y brillantes joyas de que vi adornada la
sexta estrella cesaron en sus cantos angélicos, me pareció oír el
murmullo de un río que límpido desciende de roca en roca, mostrando la
fecundidad de su elevado manantial. Y así como el sonido adquiere su
forma en el cuello de la cítara, y en los orificios de la zampoña el
soplo del que la toca, así también subió de improviso aquel murmullo
por el cuello del Aguila, como si éste estuviese perforado. Prodújose
allí una voz, que salió por su pico en forma de palabras, según las
esperaba mi corazón, donde las escribí:
--Debes ahora mirar fijamente--empezó a decir--aquella parte de mí
misma que en las águilas mortales contempla y soporta la luz del
Sol; porque entre los fuegos que componen mi figura, los que hacen
centellear el ojo de mi cabeza tienen un grado de luz mayor que todos
los demás. Aquel que, haciendo las veces de pupila, luce en medio,
fué el cantor del Espíritu Santo, que transportó el arca de ciudad en
ciudad: ahora conoce el mérito de su canto en la parte que fué obra
de su propia voluntad, por la remuneración que proporcionalmente ha
recibido. De los cinco que forman el arco de mi ceja, el que está más
próximo al pico consoló a la viuda de la pérdida de su hijo;[164] ahora
conoce cuán caro cuesta no seguir a Cristo, por la experiencia que
tiene de esta dulce vida y de la opuesta. El que le sigue en la parte
superior de la circunferencia de que hablo, dilató su muerte para hacer
verdadera penitencia:[165] ahora conoce que los eternos juicios de Dios
son invariables, aunque una ferviente oración consiga allá abajo que
suceda mañana lo que debería suceder hoy. El otro que sigue se hizo
griego conmigo y con las leyes para ceder su puesto al Pastor, guiado
por una buena intención que produjo malos frutos:[166] ahora conoce que
el mal resultado de su buena acción no le es nocivo, por más que haya
sido causa de la destrucción del mundo. Aquel que ves en el declive
del arco fué Guillermo, a quien llora la Tierra que se lamenta de
Carlos y Federico vivos:[167] ahora conoce el amor del cielo hacia un
rey justo, y así lo manifiesta por el resplandor de que está rodeado.
¿Quién creería en el mundo lleno de errores, que el troyano Rifeo fuera
en este arco la quinta de las luces santas? Aunque su vista no penetre
hasta el fondo de la divina gracia, demasiado conoce ahora lo que en
ella no puede ver el mundo.
[164] El emperador Trajano. (Véase el canto X del Purgatorio.)
[165] Ezequías, rey de Judá, a quien Dios, escuchando sus
ruegos, concedió quince años más de vida para arrepentirse de
sus culpas.
[166] El emperador Constantino, que se hizo griego, esto es,
trasladó de Roma a Bizancio la capital del Imperio romano, con
las leyes romanas y con el Aguila imperial, por ceder al Papa
la ciudad eterna.
[167] Guillermo II, llamado el Bueno, de cuya pérdida se
lamenta Sicilia, así como de ver vivos a Carlos el Cojo y
Fadrique de Aragón.
Como la alondra que en el aire se cierne cantando, y después calla,
contenta de la última melodía que la satisface, tal me pareció la
imagen, satisfecha del eterno placer, por cuya voluntad todas las cosas
son lo que son: y aun cuando yo hiciese allí visibles mis dudas como el
vidrio manifiesta por su transparencia el color de que se ha revestido
su superficie, esas mismas dudas no me permitieron esperar la respuesta
callando, sino que con su fuerza hicieron salir de mi boca estas
palabras: "¿Qué cosas son esas?": por lo cual conocí en los nuevos
destellos que despedían aquellas almas dichosas la alegría que les
causaba responder a mis preguntas. Después, con el ojo más inflamado,
me respondió el bendito signo, para no tenerme por más tiempo entregado
a mi asombro:
--Veo que crees estas cosas, porque yo las digo; pero no comprendes
cómo pueden ser: de suerte que, aunque creídas, no por eso están menos
ocultas. Tú haces como aquel que aprende a conocer las cosas por su
nombre, pero que no puede ver su esencia, si otro no se la manifiesta.
"Regnum coelorum" cede a la violencia del ardiente deseo y de la
viva esperanza, cuyos afectos vencen a la divina voluntad; pero no a
la manera que el hombre prevalece sobre el hombre, sino que la vencen
porque quiere ser vencida; y vencida, vence con su benignidad. Te
causan asombro la primera y la quinta almas que forman el arco de
la ceja, porque ves adornada con ellas la región de los Angeles. No
salieron paganas de sus cuerpos, como crees, sino cristianas, teniendo
fe viva, la una en los pies que debían ser crucificados, y la otra en
los que ya lo habían sido. Una de ellas, saliendo del Infierno donde
nadie se convierte a Dios con buen deseo, volvió a habitar su cuerpo
en recompensa de una viva esperanza; de una viva esperanza, que rogó
fervientemente a Dios para resucitarla, a fin de que su voluntad
pudiera ser movida. El alma gloriosa de que se habla, vuelta a su carne
en que permaneció poco tiempo, creyó en Aquél que podía ayudarla; y
al creer, se abrasó de tal modo en el fuego de un verdadero amor,
que después de su segunda muerte fué digna de venir a participar de
estos goces. La otra, merced a una gracia que mana de una fuente tan
profunda, que no ha habido criatura cuya mirada pudiera penetrar
hasta su manantial, cifró allá abajo todo su amor en la justicia; por
lo cual de gracia en gracia Dios abrió sus ojos a nuestra redención
futura, y creyendo en ella, no soportó por más tiempo la fetidez
del paganismo, reprendiendo por su causa a las gentes pervertidas.
Aquellas tres mujeres que viste junto a la rueda derecha del carro, le
bautizaron más de mil años antes de que se instituyera el bautismo. ¡Oh
predestinación!, ¡cuán remota está tu raíz de la vista de aquellos que
no ven toda la causa primera! Y vosotros, mortales, sed circunspectos
en vuestros juicios; pues nosotros, que vemos a Dios, no conocemos aún
todos sus elegidos: y sin embargo, no es grata semejante ignorancia;
porque nuestra beatitud se perfecciona con este bien, y queremos lo que
Dios quiere.
Tal fué el suave remedio que me dió aquella imagen divina para aclarar
mi vista. Y así como un buen tocador de cítara hace acompañamiento a un
buen cantor con la vibración de las cuerdas, adquiriendo de este modo
mayor atractivo el canto, así mientras hablaba, recuerdo que vi a los
benditos resplandores agitar sus llamas al compás de las palabras, como
los párpados que se mueven acordes y al mismo tiempo.
[Ilustración]
[Ilustración]
-CANTO VIGESIMOPRIMERO-
Mis ojos se habían fijado de nuevo en el rostro de mi Dama, y el ánimo
con ellos se había separado de todo otro objeto. Ella no sonreía:
--Pero si yo riese--empezó a decirme--, te quedarías como Semele,
cuando fué reducida a cenizas; pues mi belleza, que, según has visto,
brilla más cuanto más asciende por las gradas del eterno palacio, si no
se moderase, resplandecería tanto, que tu fuerza mortal perecería ante
su fulgor como la rama destrozada por el rayo. Nos hemos elevado al
séptimo esplendor[168] que, colocado bajo el pecho del ardiente León,
difunde ahora sobre la Tierra sus rayos mezclados con el fuerte influjo
de aquél. Fija la mente en pos de tus miradas, y haz de tus ojos un
espejo para la imagen que se te aparecerá en este espejo.
[168] Al cielo de Saturno.
Quien supiese cuán dulcemente se recreaba mi vista en el semblante
dichoso de Beatriz, cuando invitado por ella la dirigí hacia otro
objeto, conocería lo grato que me sería obedecer a mi Guía celestial,
considerando que el placer de obedecerla contrabalanceaba al que yo
sentía contemplándola. Dentro del cristal que, rodeando al mundo,
lleva el nombre de su querido señor, bajo cuyo imperio permaneció
muerto todo mal, vi una escala del color del oro en que se refleja
un rayo de Sol, y tan elevada, que mis ojos no podían seguirla. Vi
además bajar por sus escalones tantos resplandores, que pensé que todas
las luces que brillaban en el cielo estaban esparcidas allí. Y así,
como, por una costumbre natural, las cornejas se agitan reunidas al
romper el día para dar calor a sus ateridas alas, y mientras se alejan
algunas sin volver, otras regresan al punto de donde se remontaban,
y otras revolotean sobre él, lo mismo me pareció que hacían aquellos
fulgores que habían ido descendiendo hasta que se detuvieron en un
escalón determinado. El que se quedó más cerca de nosotros empezó a
resplandecer tanto, que yo decía entre mí: "Conozco el amor que me
anuncias." Pero Aquélla, de quien espero la orden para hablar o callar,
permaneció inmóvil: así es que, a pesar mío, hice bien en no preguntar
nada. Por lo cual, ella, que leía en la vista de Aquél que lo ve todo
el deseo que yo ocultaba, me dijo:
--Puedes manifestar tu ardiente anhelo.
Entonces empecé de esta suerte:
--Mis méritos no me hacen digno de tu respuesta; pero en nombre de
aquella que me permite interrogarte, alma bienaventurada, que te
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