sed más pausados en vuestras acciones; no seáis como la pluma a todo
viento, ni creáis que toda agua pueda lavaros. Tenéis el Antiguo y el
Nuevo Testamento, y el Pastor de la Iglesia que os guía: baste esto
para vuestra salvación. Si os dice otra cosa el espíritu del mal,
sed hombres, y no locas ovejas, de suerte que el judío no se ría de
vosotros entre vosotros. No hagáis como el cordero, que deja la leche
de su madre, y sencillo y alegre, combate a su placer consigo mismo.
[110] Agamenón.
Así me habló Beatriz, según lo escribo: después se volvió anhelante
hacia aquella parte donde el mundo es más vivo. Su silencio y la
mudanza de su semblante impusieron silencio a mi ávido espíritu, que
tenía ya preparadas nuevas preguntas. Y como la saeta que da en el
blanco antes de que haya quedado en reposo la cuerda, así corríamos
hacia el segundo reino[111]. Allí vi yo tan contenta a mi Dama
cuando penetró en la luz de aquel cielo, que el planeta se volvió
más resplandeciente. Y si la estrella se transformó y rió, ¿cuánto
más alegre estaría yo, que por mi naturaleza soy en todos sentidos
transmutable? Así como en un vivero, que está tranquilo y puro, acuden
solícitos los peces al objeto procedente del exterior, por creerlo su
pasto, así vi yo más de mil almas esplendorosas acudir hacia nosotros,
y a cada cual de ellas se oía exclamar: "¡He ahí quien acrecentará
nuestros amores!" Y tan pronto como cada una se nos acercaba, conocíase
su júbilo por el claro fulgor que de ella salía. Piensa, lector, cuál
sería tu impaciente anhelo de saber, si lo que aquí empieza no siguiese
adelante, y por ti comprenderás cuánto sería mi deseo de conocer la
condición de estas almas, en cuanto se presentaron a mi vista.
[111] Al cielo de Mercurio.
--¡Oh bien nacido, a quien está concedida la gracia de ver los tronos
del triunfo eterno, antes de haber abandonado la milicia de los vivos!
Nosotros nos abrasamos en el fuego que se extiende por todo el cielo:
así, pues, si deseas que te iluminemos acerca de nuestra suerte, puedes
saciarte según tu deseo.
Así me dijo uno de aquellos espíritus piadosos, y Beatriz añadió:
--Di, di con toda confianza, y créeles como a Dioses.
--Veo bien cómo anidas en tu propia luz, y que la despides por tus
ojos, para que resplandezcan cuando ríes; pero no sé quién eres, ni por
qué ocupas, ¡oh alma digna!, el grado de la esfera que se oculta a los
mortales con los rayos de otro.
Esto dije dirigiéndome al alma resplandeciente que me había hablado;
por lo cual se volvió más luminosa de lo que antes era. Lo mismo que
el Sol, que a sí mismo se oculta por su excesiva luz, cuando el calor
ha destruído los densos vapores que la amortiguaban, así aquella santa
figura se ocultó a causa de su alegría en su mismo fulgor, y encerrada
de aquel modo me contestó como se verá en el canto siguiente.
[Ilustración]
[Ilustración]
-CANTO SEXTO-
Después que Constantino volvió el águila contra el curso del Cielo que
antes siguiera tras el antiguo esposo de Lavinia, cien y cien años y
más permaneció el ave de Dios en el extremo de Europa, próxima a los
montes de que primitivamente había salido; y bajo la sombra de las
sagradas plumas gobernó allí el mundo pasando de mano en mano, hasta
que en estos cambios llegó a las mías. César fuí; soy Justiniano,
que por voluntad del primer Amor, de que ahora disfruto en el cielo,
suprimí de las leyes lo superfluo y lo inútil: antes de haberme
dedicado a esta obra, creí que había en Cristo una sola naturaleza y
no más, y estaba contento con tal creencia; pero el bendito Agapito,
que fué Sumo Pastor, me encaminó con sus palabras a la verdadera fe;
yo le creí, y ahora veo claramente cuanto él me decía, así como tú
ves en toda contradicción una parte falsa y otra verdadera. En cuanto
caminé al par de la Iglesia, plugo a Dios por su gracia inspirarme la
grande obra, y me dediqué completamente a ella: confié las armas a
mi Belisario, a quien se unió de tal modo la diestra del cielo, que
ésta fué para mí una señal de que debía descansar en él. Aquí termina,
pues, mi respuesta a tu primera pregunta; pero su condición me obliga
a añadir algunas explicaciones. Para que veas con cuán poca razón se
levantan contra la sacrosanta enseña los que se la apropian y los
que se le oponen, considera cuántas virtudes la han hecho digna de
reverencia, desde el día en que Palanto murió para darle el imperio. Tú
sabes que aquel signo fijó su mansión en Alba por más de trescientos
años, hasta el día en que por él combatieron tres contra tres[112].
Sabes lo que hizo bajo siete reyes, desde el robo de las Sabinas hasta
el dolor de Lucrecia, conquistando los países circunvecinos. Sabes lo
que hizo llevado por los egregios romanos contra Breno, contra Pirro,
contra otros príncipes solos y coligados, por lo cual Torcuato, y
Quintio que recibió un sobrenombre por su descuidada cabellera[113],
los Decios y los Fabios, conquistaron un renombre que me complazco
en admirar. El abatió el orgullo de los árabes que tras de Aníbal
pasaron las rocas alpestres de donde tú, Po, te desprendes. A su sombra
triunfaron, siendo aún muy jóvenes, Escipión y Pompeyo; y su dominio
pareció amargo a aquella colina bajo la cual naciste[114]. Después,
cerca del tiempo en que todo el cielo quiso reducir el mundo al estado
sereno de que es modelo, César tomó aquel signo por la voluntad del
pueblo romano; y lo que hizo desde el Var hasta el Rhin, lo vieron el
Isere y el Loira, y lo vió el Sena, y todos los ríos que afluyen al
Ródano. Lo que hizo cuando César salió de Ravena y pasó el Rubicón
fué con tan levantado vuelo, que no lo podrían seguir la lengua ni la
pluma. Hacia España dirigió sus tropas, después hacia Durazzo, y a
Farsalia hirió de tal modo, que hasta en las cálidas orillas del Nilo
se sintió el dolor. Volvió a ver a Antandro y al Simois de donde había
salido, y el sitio donde reposa Héctor; después se alejó de nuevo, con
detrimento de Tolomeo. Desde allí cayó como un rayo sobre Juba, y luego
se dirigió hacia vuestro Occidente, donde oía la trompa pompeyana. Lo
que aquel signo hizo en manos del que lo llevó en seguida lo ladran
Bruto y Casio en el Infierno; y de ello se lamentan Módena y Perusa.
También llora la triste Cleopatra, que, huyendo ante él, recibió de
un áspid muerte cruel y súbita. Con él corrió en seguida al mar Rojo;
con él estableció en el mundo paz tan grande que se cerró el templo
de Jano. Pero lo que el signo de que hablo había hecho antes, y lo
que debía hacer después por el reino mortal que le está sometido, es
en la apariencia poco y obscuro, si con mirada clara y con afecto
puro se le considera después en manos del tercer César; porque la
viva justicia que me inspira le concedió, puesto en manos de aquel a
quien me refiero, la gloria de vengar la cólera divina[115]. Admírate,
pues, ante lo que voy a repetirte. Con Tito corrió en seguida a tomar
venganza de la venganza del pecado antiguo. Cuando el diente lombardo
mordió a la Santa Iglesia, venciendo Carlo-Magno bajo sus alas,
acudió a socorrerla. En adelante puedes juzgar a los que he acusado
más arriba y sus faltas, que son la causa de todos vuestros males.
El uno opone a la enseña común las amarillas lises, y el otro se la
apropia, no pensando más que en su partido, de suerte que es difícil
comprender cuál comete mayor falta. Lleven los gibelinos, lleven a
cabo sus empresas bajo otra enseña; que mal sigue ésta a los que ponen
un obstáculo entre ella y la justicia; y que este nuevo Carlos no la
abata con sus güelfos, pues debe temer las garras que a más feroces
leones arrancaron la piel. Muchas veces han tenido que llorar los hijos
las faltas de los padres; y no se crea que Dios cambie sus armas por
las lises. Esta pequeña estrella está poblada de buenos espíritus,
que fueron activos en la Tierra, para dejar en ella memoria de su
honor y su fama; y cuando los deseos se elevan hacia tales objetos
desviándose del Cielo, es preciso que los rayos del verdadero amor se
eleven también con menos viveza; pero nuestra beatitud consiste en la
medida de las recompensas con nuestros méritos, porque no la vemos
mayor ni menor que éstos. La viva justicia endulza, pues, de tal modo
en nosotros el deseo, que nunca puede dirigirse éste a ninguna malicia.
Diversas voces despiden dulce armonía; así también los diversos grados
de gloria de nuestra vida producen una dulce armonía entre estas
esferas. Dentro de la presente margarita fulgura la luz de Romeo[116],
cuya hermosa y grande obra fué tan mal agradecida. Pero los Provenzales
que se declararon en contra suya no se han reído por mucho tiempo;
porque mal camina quien convierte en desgracia propia los beneficios
que ha recibido de otro. Raimundo Berenguer tuvo cuatro hijas; todas
fueron reinas, y esto lo hizo Romeo, persona humilde y errante
peregrino; pero después algunas palabras envidiosas movieron a aquél a
pedir cuentas a este justo, que le dió siete y cinco por diez, por lo
cual partió pobre y anciano; y si el mundo hubiera sabido cuál era su
corazón al mendigar pedazo a pedazo su vida, le ensalzaría más de lo
que ahora le ensalza.
[112] Alude al combate de los Horacios y los Curiacios, en que
éstos fueron vencidos por aquéllos, quedando Alba sujeta al
dominio romano.
[113] Cincinato.
[114] Alude a la destrucción de Fiésole, ocasionada por haber
dado asilo esta ciudad a Catilina. En su lugar fué edificada
Florencia, donde nació Dante.
[115] El emperador Tiberio.
[116] Hombre de obscuro nacimiento, que al volver de su
peregrinación a Santiago de Galicia, llegó a Provenza y se
acomodó en casa del conde Raimundo Berenguer. Administrando
los bienes de éste, los acrecentó de tal modo que lo que valía
diez valió después doce, lo que fué causa de que cuatro hijas
del Conde se casaran con cuatro reyes. Romeo, malquistado con
Raimundo por algunos barones envidiosos, se separó de él, y
fué mendigando su vida.
[Ilustración]
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-CANTO SEPTIMO-
"Gloria a ti, Santo Dios de los Ejércitos, que esparces tu claridad
sobre los felices fuegos, esto es, sobre las almas dichosas de este
reino." Así oí que cantaba, volviéndose hacia su esfera, aquella
substancia, sobre la cual resplandece un doble fulgor. Ella y las otras
emprendieron su danza, y cual centellas velocísimas se me ocultaron con
su repentino alejamiento. Yo dudaba y decía entre mí: "Dile, dile a mi
Dama que calme mi sed con sus dulces palabras." Pero aquel respeto que
se apodera completamente de mí tan sólo al oír B o ICE,[117] me hacía
inclinar la cabeza como un hombre que dormita. Beatriz no consintió que
yo estuviese así mucho tiempo; e irradiando sobre mí una sonrisa que
haría feliz a un hombre en el fuego, empezó a decirme:
[117] Bice, diminutivo de Beatriz. Significa que la reverencia
que le causaba sólo el oír pronunciar una sílaba de aquel
nombre, le tenía con la cabeza baja y sin atreverse a hablar.
--Según mi parecer infalible, estás pensando cómo fué justamente
castigada la justa venganza; pero yo despejaré en breve tu espíritu:
escucha, pues, que mis palabras te ofrecerán el dón de una gran
verdad. Por no haber soportado un útil freno a su voluntad aquel hombre
que no nació[118], al condenarse, condenó a toda su descendencia; por
lo cual la especie humana yació enferma por muchos siglos en medio de
un grande error, hasta que el Verbo de Dios se dignó descender adonde,
por un sólo acto de su eterno amor, unió a sí en persona la naturaleza,
que se había alejado de su Hacedor. Ahora mira atentamente lo que
digo: Esta naturaleza unida a su Hacedor, tal cual fué creada, era
sincera y buena; pero por sí misma fué desterrada del Paraíso, porque
se salió del camino de la verdad y de su vida. La pena, pues, que la
Cruz hizo sufrir a la naturaleza humana de Jesucristo, si se mide por
esa misma naturaleza, fué más justa que otra cualquiera; pero tampoco
hubo otra tan injusta, si se atiende a la Persona divina que la sufrió,
y a la que estaba unida aquella naturaleza. Por lo tanto, aquel hecho
produjo efectos diferentes; porque la misma muerte fué grata a Dios
y a los Judíos; por ella tembló la Tierra, y por ella se abrió el
Cielo. No te debe ya parecer tan incomprensible cuando te digan que un
tribunal justo ha castigado una justa venganza. Mas ahora veo tu mente
comprimida, de idea en idea, en un nudo, del que espera con ansia verse
libre. Tú dices: "Comprendo bien lo que oigo; pero no veo bien por
qué Dios quisiera valerse de este medio para nuestra redención." Este
decreto, hermano, está velado a los ojos de todo aquel cuyo espíritu no
haya crecido en la llama de la caridad. Y en efecto, como se examina
mucho este punto, y se le comprende poco, te diré por qué fué elegido
aquel medio como el más digno. La divina bondad, que rechaza de sí todo
rencor, ardiendo en sí misma centellea de tal modo, que hace brotar
las bellezas eternas. Lo que procede inmediatamente de ella sin otra
cooperación no tiene fin; porque nada hace cambiar su sello una vez
impreso. Lo que sin cooperación procede de ella es completamente libre,
porque no está sujeto a la influencia de las cosas secundarias; y
cuanto más se le asemeja, más le place, pues el amor divino que irradia
sobre todo, se manifiesta con mayor brillo en lo que se le parece más.
La criatura humana disfruta la ventaja de todos estos dones; pero si le
falta uno solo, es preciso que decaiga su nobleza. Sólo el pecado es
el que le arrebata su libertad y su semejanza con el Sumo Bien; por lo
cual refleja muy poco su luz, y no vuelve a adquirir su dignidad, si no
llena de nuevo el vacío que dejó la culpa, expiando sus malos placeres
por medio de justas penas. Cuando vuestra naturaleza entera pecó en su
germen, se vió despojada de estas dignidades y lanzada del Paraíso, y
no hubiera podido recobrarlas (si lo examinas sutilmente) por ningún
camino, sin pasar por uno de estos vados: o porque Dios, en su bondad,
perdonara el pecado, o porque el hombre por sí mismo redimiera su
falta. Fija ahora tus miradas en el abismo del Consejo eterno, y está
tan atento como puedas a mis palabras. El hombre no podía jamás, en sus
límites naturales, dar satisfacción, por no poder después humillarse
con su obediencia tanto cuanto pretendió elevarse con su desobediencia;
y esta es la causa porque el hombre fué exceptuado de poder dar
satisfacción por sí mismo. Era preciso, pues, que Dios condujera al
hombre a la vida sempiterna por sus propias vías, bien por una, o bien
por ambas. Pero, como la obra es tanto más grata al obrero, cuanto más
representa la bondad del corazón de donde ha salido, la divina bondad,
que imprime al mundo su imagen, se regocijó de proceder por todas sus
vías para elevaros hasta ella. Entro el primer día y la última noche
no hubo ni habrá jamás un procedimiento tan sublime y magnífico, de
cualquier modo que se le considere; porque al entregarse Dios a sí
mismo, haciendo al hombre apto para levantarse de su caída, fué más
liberal que si le hubiese perdonado por su clemencia; y todos los demás
medios eran insuficientes ante la justicia, si el Hijo de Dios no se
hubiera humillado hasta encarnarse. Ahora, para colmar bien todos tus
deseos, vuelvo atrás, a fin de aclararte algún punto de modo que lo
veas como yo. Tú dices: "Yo veo el aire, veo el fuego, el agua, la
tierra y todas sus mezclas llegar a corromperse y durar poco; y estas
cosas, sin embargo, fueron creadas: ahora bien, si lo que has dicho
es cierto, deberían estar al abrigo de la corrupción." Los ángeles,
hermano, y el país libre y puro en que estás, pueden decirse creados
tales como son, en su eterno sér; pero los elementos que has nombrado,
y aquellas cosas que de ellos se componen, tienen su forma de una
potencia creada. Creada fué la materia de que están hechos: creada
fué la virtud generatriz de las formas en estas estrellas que giran
en torno suyo. El rayo y el movimiento de las santas luces sacan de
la complexión potencial el alma de todos los brutos y plantas; pero
vuestra vida aspira directamente la divina bondad, la cual la enamora
de sí de modo que siempre la desea. De aquí puedes deducir aún vuestra
resurrección, si reflexionas cómo fué creada la carne humana, cuando
fueron creados los primeros padres.
[118] Adán.
[Ilustración]
[Ilustración]
-CANTO OCTAVO-
Solía creer el mundo en su peligro, que de los rayos de la bella
Ciprina, que gira en el tercer epiciclo, emanaba el loco amor: por esto
las naciones antiguas, en su antiguo error, no solamente la honraban
por medio de sacrificios y de ruegos votivos, sino que también honraban
a Dione y a Cupido, a aquélla como madre, y a éste como hijo suyo, de
quien decían que estaba sentado en el regazo de Dido. Y de ésta que he
citado al empezar mi canto dieron nombre a la estrella que el Sol mira
placentero, ya contemplando sus pestañas, ya su cabellera[119].
[119] Ya cuando va tras de él y se llama Espero, ya cuando va
delante y se llama Lucífero, de cuya palabra hemos hecho los
españoles lucero.
Yo no advertí mi ascensión a ella; pero me cercioré de que estaba en su
interior, cuando vi a mi Dama adquirir más hermosura. Y así como se ve
la chispa en la llama, y se distinguen dos voces entre sí, cuando la
una sostiene una nota y la otra ejecuta varias modulaciones, del mismo
modo vi en aquella luz otros resplandores que se movían en círculo
más o menos ágiles, con arreglo, según creo, a sus dichosas visiones
eternas. De fría nube no salieron jamás, visibles o invisibles, vientos
tan veloces, que no parecieran entorpecidos y lentos a quien hubiese
visto llegar hasta nosotros aquellos divinos fulgores, dejando la
órbita comenzada antes en el Cielo de los serafines. Y dentro de los
que se nos aparecieron delante resonaba "Hosanna," tan dulce que nunca
me ha abandonado el deseo de volverlo a oír. Entonces se acercó uno de
ellos a nosotros, y empezó a decir solo:
--Todos estamos prontos en tu obsequio, para que te regocijes en
nosotros. Todos giramos con los príncipes celestiales dentro de la
misma órbita, con el mismo movimiento circular y con idéntico deseo que
aquellos de quienes has dicho ya en el mundo: "Vosotros que movéis el
tercer cielo con vuestra inteligencia"[120], y estamos tan llenos de
amor, que por agradarte, no nos será menos dulce un momento de reposo.
[120] Así comienza una canción de Dante en el Convito.
Después que mis ojos se fijaron reverentes en mi Dama, y que ella
les dió la seguridad de su contentamiento, los volví hacia la
resplandeciente alma que tanto se me había ofrecido, y:
--Di, ¿quién fuiste?--fué mi respuesta, impregnada del mayor afecto.
¡Oh, cuánto más brillante y bella se volvió cuando le hablé, a causa
del nuevo gozo que acrecentó sus alegrías! Embellecida de este modo, me
dijo:
--Poco tiempo me tuvo allá abajo el mundo[121]: si yo hubiera
permanecido más en él, no habrían sucedido muchos de los males que
allí suceden. La alegría que despide en torno mío estos fulgores, me
cubre como al gusano su capullo, y me oculta a tus ojos. Tú me has
amado mucho, y tuviste motivo para ello; porque si yo hubiera estado
allá abajo más tiempo, te habría dado en prueba de mi amor algo más
que las hojas. Aquella ribera izquierda, que baña el Ródano después
de haberse unido con el Sorgues, me esperaba, andando el tiempo, para
recibirme por su señor; así como también aquella punta de la Ausonia
que comprende los pueblos de Bari, Gaeta y Crotona, desde donde el
Tronto y el Verde desembocan en el mar. Brillaba ya en mi frente la
corona de aquella tierra que riega el Danubio después de abandonar las
riberas tudescas; y la bella Trinacria, que entre los promontorios
Pachino y Peloro, sobre el golfo que el Euro azota con más violencia,
se cubre de humo caliginoso, no a causa de Tifeo, sino por el azufre
que se exhala de su suelo, habría esperado aún sus reyes nacidos por
mí de Carlos y de Rodolfo, si el mal gobierno que rebela siempre a
los pueblos sumisos, no hubiese excitado a Palermo a gritar: "¡Muera!
¡muera!" Y si mi hermano hubiera previsto esto, huiría ya la avara
pobreza de Cataluña para no ofender a aquellos pueblos. Necesita, en
verdad, proveer por sí mismo o por otros, a fin de que su barca no
tenga más carga de la que pueda soportar. Su índole, que de liberal se
ha hecho avara, necesitaría ministros que no se cuidasen sólo de llenar
sus arcas.
[121] Esta es el alma de Carlos Martel, muerto en 1295, hijo
de Carlos II.
--El gran contento que me infunden tus palabras, ¡oh señor mío!, me
es mucho más grato al considerar que aquí, donde está el principio y
el fin de todo bien, lo ves como yo lo veo; y también gozo pensando
que en presencia de Dios conoces mi felicidad. Ya que me has dado esta
alegría, aclárame (pues hablando me has hecho dudar) cómo de una
semilla dulce puede salir un fruto amargo.
Esto le dije, y él me contestó:
--Si puedo demostrarte una verdad, volverás el rostro a lo que
preguntas, como ahora le vuelves la espalda. El Bien que da movimiento
y alegría a todo el reino por donde asciendes, hace que su providencia
sea virtud influyente de estos grandes cuerpos; y en la Mente perfecta
por sí misma, no sólo se ha provisto a la naturaleza de cada cosa, sino
también a la conservación y estabilidad de todas juntas: por lo cual,
todo cuanto desciende disparando de este arco, va dispuesto hacia un
fin determinado, como la flecha se dirige al blanco. Si esto no fuese
así, el cielo sobre que caminas produciría sus efectos de tal modo, que
no serían obras de arte, sino ruinas; y eso no puede ser, a no admitir
que son defectuosas las inteligencias que mueven estos astros, y
defectuoso también el Sér primero, que no las hizo perfectas. ¿Quieres
que te aclare más esta verdad?
--No es menester--contesté--; pues considero imposible que la
naturaleza llegue a faltar en aquello que es necesario.
El Alma continuó:
--Dime, pues: ¿sería peor la existencia del hombre en la Tierra, si no
viviera en sociedad?
--Sí--repuse--; y no pregunto la razón de eso.
--¿Y puede ser tal cosa, si allá abajo no vive cada cual de diferente
modo por la diversidad de oficios? No puede ser, si vuestro maestro
escribió la verdad.
Así, procediendo de una en otra deducción, llegó a ésta; y después
concluyó:
--Luego es preciso que sean diversas las raíces de vuestras aptitudes;
por lo cual uno nace Solón y otro Jerjes, uno Melquisedec y otro aquel
que perdió a su hijo, al volar éste por el aire.[122] La influencia
de los círculos celestes, que imprime su sello a la cera mortal, hace
bien su oficio; pero no distingue una morada de otra. De aquí proviene
que Esaú se aparte de Jacob desde el vientre materno, y que Quirino
descienda de un padre tan vil, que se atribuye su origen a Marte. La
naturaleza engendrada sería siempre semejante a la naturaleza que
engendra, si la Providencia divina no predominase. Ahora tienes ya
delante lo que antes detrás; mas para que sepas que me complazco en
instruirte, quiero proveerte aún de un corolario. La naturaleza es
siempre estéril, si la fortuna le es contraria, como toda simiente
esparcida fuera del clima que le conviene. Y si el mundo allá abajo
se apoyara en los cimientos que pone la naturaleza, habría por cierto
mejores habitantes en él; pero vosotros destináis para el templo al que
nació para ceñir la espada, y hacéis rey al que debía ser predicador:
así es que vuestros pasos se separan siempre del camino recto.
[122] Uno nace, como Solón, a propósito para dar leyes a los
pueblos; otro, como Jerjes, para regir imperios; otro, como
Melquisedec, para el sacerdocio, y otro, como Dédalo, para
la industria.--Estas diferentes aptitudes con que nacen los
hombres las infunden los influjos celestes, según el poeta,
pero sin distinguir de clases ni de jerarquías.
[Ilustración]
[Ilustración]
-CANTO NONO-
Cuando tu Carlos, hermosa Clemencia, hubo aclarado mis dudas, me
refirió los fraudes de que había de ser víctima su descendencia, pero
añadió: "Calla, y deja transcurrir los años." Así es que yo no puedo
decir más, sino que tras de vuestros daños vendrá el llanto originado
por un justo castigo.
La santa y viva luz se había vuelto ya hacia el Sol que la inunda, como
hacia el bien que a todo alcanza. ¡Oh almas engañadas, locas e impías,
que apartáis vuestros corazones de semejante bien, dirigiendo hacia la
vanidad vuestros pensamientos! He aquí que otro de aquellos esplendores
se dirigió hacia mí, expresando, con la claridad que esparcía, su deseo
de complacerme. Los ojos de Beatriz, que estaban fijos en mí, como
antes, me aseguraron del dulce asentimiento que daba a mi deseo.
--¡Oh espíritu bienaventurado!--dije--; satisface cuanto antes mi
anhelo, y pruébame que lo que pienso puede reflejarse en ti.
Entonces la luz, a quien aún no conocía, desde su interior donde antes
cantaba, respondió a mis palabras como quien se complace en ser cortés
con otro:
--En aquella parte de la depravada tierra de Italia que está situada
entre Rialto y las fuentes del Brenta y del Piava, se eleva una
colina no muy alta, de donde descendió una llamarada que causó un
gran desastre en toda la comarca. Ella y yo salimos de la misma raíz:
Cunizza fué llamada; y aquí brillo, porque me venció la luz de esta
estrella; pero con alegría me perdono a mí misma la causa de mi muerte,
y no me pesa, lo cual quizá parecerá difícil de comprender a vuestro
vulgo. Esta alma próxima a mí, que es una espléndida y preciosa joya de
nuestro cielo, dejó en la Tierra una gran fama; y antes que su gloria
se pierda, este centésimo año se quintuplicará. Ya ves si el hombre
debe hacerse ilustre a fin de que su primera vida deje sobre la tierra
una segunda. Esto es lo que no piensa la turba presente que habita
entre el Tagliamento y el Adigio, sin que le sirvan de escarmiento
los males de que es víctima. Pero pronto sucederá que Padua y sus
habitantes, por ser obstinados contra el deber, enrojecerán el agua de
la laguna que baña a Vicenza, y allí donde el Sile y el Cagnano se unen
hay quien domina y va con la cabeza erguida,[123] cuando ya se componen
las redes que han de cogerle. También llorará Feltro la felonía de su
impío pastor, que será tal, que ninguno por otra semejante ha sido
encerrado en Malta. Será necesario un recipiente muy ancho para recibir
la sangre ferraresa, y cansado quedará el que quiera pesar onza a onza
la que derramará tan cortés sacerdote por mostrarse hombre de partido,
siendo por otra parte tales dones conformes a las costumbres de tal
país. Allá arriba hay unos espejos, que vosotros llamáis Tronos, de
donde se reflejan hasta nosotros los juicios de Dios; así es que
tenemos por buenas y verídicas nuestras palabras.
[123] Ricardo de Cammino, que fué muerto por instigación de
Altiniero del Calzoni.
Al llegar aquí, el alma guardó silencio, y habiéndose vuelto a colocar
en la órbita como estaba anteriormente, me dió a conocer que no pensaba
ya en mí. La otra alma dichosa, a quien ya conocía, se me presentó tan
resplandeciente como una piedra preciosa herida por los rayos del Sol.
Allá arriba la alegría produce un vivo esplendor, como entre nosotros
produce la risa; pero en el Infierno la sombra de los condenados se
obscurece cada vez más, a medida que se entristece su espíritu.
--Dios lo ve todo, y tu vista se identifica en El--exclamé--, ¡oh feliz
espíritu!, de suerte que ningún deseo puede ocultarse a ti. Así, pues,
¿por qué tu voz, que deleita siempre al Cielo con el canto de aquellas
llamas piadosas que se forman una ancha vestidura con sus seis alas,
no satisface mis deseos? No esperaría yo por cierto tus preguntas, si
viera en tu interior como tú ves en el mío.
Entonces contestó con estas palabras:
--El mayor valle en que se vierten las aguas, después de aquel mar que
circunda la Tierra, se aleja tanto contra el curso del Sol entre las
desacordes playas, que aquel círculo que antes era su horizonte se
convierte en meridiano. Yo fuí uno de los ribereños de aquel valle,
entre el Ebro y el Macra, que por un corto trecho separa el genovés
del toscano. Casi a la misma distancia a Oriente y Occidente se
asienta Bugia y la tierra de donde fuí, en cuyo puerto se vertió un
día la sangre de sus habitantes.[124] Folco me llamó aquella gente,
que conocía mi nombre, y este cielo recibe mi luz, como recibí yo su
influjo amoroso; pues en tanto que me lo permitió la edad, no ardieron
cual yo en aquel fuego la hija de Belo, causando enojos a Siqueo
y a Creusa; ni aquella Rodopea que fué abandonada por Demofón, ni
Alcides cuando tuvo a Iole encerrada en su pecho. Aquí empero no hay
arrepentimiento, sino regocijo; no de las culpas, que jamás vuelven a
la memoria, sino de la sabiduría que ordenó este cielo y provee sus
influjos. Aquí se contempla el arte que adorna y embellece tantas cosas
creadas, y se descubre el bien por el cual el mundo de arriba obra
directamente sobre el de abajo. Mas a fin de que queden satisfechos
todos los deseos que te han nacido en esta esfera, es preciso que lleve
más adelante mis instrucciones. Tú quieres saber quién está en esa
luz que centellea cerca de mí, como un rayo de Sol en el agua pura y
cristalina. Sabe, pues, que en su interior es dichosa Rahab, y unida
a nuestro coro, brilla en él con el esplendor más eminente. Ascendió
a este cielo, en el que termina la sombra que proyecta vuestro mundo,
antes que ninguna otra alma se viese libre por el triunfo de Cristo.
Era justo dejarla en algún cielo como trofeo de la alta victoria que El
alcanzó con ambas palmas; porque aquella mujer favoreció las primeras
hazañas de Josué en la Tierra Santa, que tan poco excita la memoria
del Papa. Tu ciudad, que debió su origen a aquel que fué el primero
en volver las espaldas a su Hacedor y cuya envidia ocasionó tantas
lágrimas, produce y esparce las malditas flores, que han descarriado a
las ovejas y los corderos, porque han convertido en lobo al pastor. Por
eso están abandonados el Evangelio y los grandes doctores, y tan sólo
se estudian las Decretales, según lo indica lo usado de sus márgenes. A
eso se dedican el Papa y los cardenales: sus pensamientos no llegan a
Nazareth, allí donde Gabriel abrió las alas; pero el Vaticano y demás
sitios elegidos de Roma, que han sido el cementerio de la milicia que
siguió a Pedro, pronto se verán libres del adulterio.
[124] Se refiere al sitio de Marsella por Julio César.
[Ilustración]
[Ilustración]
-CANTO DECIMO-
El inefable poder primero, juntamente con su hijo y con el amor
que de uno y otro eternamente procede, hizo con tanto orden todo
cuanto concibe la inteligencia y ven los ojos, que no es posible a
nadie contemplarlo sin gustar de sus bellezas. Eleva, pues, lector,
conmigo tus ojos hacia las altas esferas, por aquella parte en que un
movimiento se encuentra con otro, y empieza a recrearte en la obra de
aquel Maestro, que la ama tanto en su interior, que jamás separa de
ella sus miradas. Observa cómo desde allí se desvía el círculo oblicuo,
conductor de los planetas, para satisfacer al mundo que le llama. Y
si el camino de aquéllos no fuese inclinado, más de una influencia en
el cielo sería vana, y como muerta aquí abajo toda potencia. Y si al
girar se alejaran más o menos de la línea recta, dejaría mucho que
desear arriba y abajo el orden del mundo. Ahora, lector, permanece
tranquilo en tu asiento, meditando acerca de estas cosas que aquí sólo
se bosquejan, si quieres que te causen mayor deleite antes que tedio.
Te he puesto delante el alimento; tómalo ya por ti mismo, porque el
asunto de que escribo reclama para sí todos mis cuidados.
El mayor ministro de la naturaleza, que imprime en el mundo la
virtud del Cielo y mide el tiempo con su luz, giraba, juntamente con
aquella parte de que te he hablado antes, por las espirales en que
cada día se nos presenta más temprano. Yo estaba en él, sin haber
notado mi ascensión, sino como nota el hombre una idea después que
se le ocurre. ¡Oh Beatriz! ¡Cuán esplendorosa no debía de estar por
sí misma, ella que de tal modo me hacía pasar de bien a mejor tan
súbitamente, que su acción no se sujetaba al transcurso del tiempo!
Lo que por dentro era el Sol, donde yo entraba, y lo que aparecía,
no por medio de colores, sino de luz, jamás pudiera imaginarse, aun
cuando para explicarlo llamase en mi auxilio el ingenio, el arte y
todos sus recursos; pero puede creérseme, y debe desearse verlo. Y
si nuestra fantasía no alcanza a tanta altura, no es maravilla; pues
nadie ha visto un resplandor que supere al del Sol. Como él era allí la
cuarta familia[125] del Padre Supremo, que siempre sacia sus deseos,
mostrándole cómo engendra al Hijo, y cómo procede el Espíritu. Y
Beatriz exclamó:
--Da gracias, da gracias al Sol de los ángeles, que por su bondad te ha
elevado a este Sol sensible.
[125] Brillantes como el Sol eran los bienaventurados que allí
estaban. Los llama cuarta familia, porque se le aparecen en
el cuarto cielo. Estos son las almas de los doctores de la
Iglesia.
Jamás ha habido un corazón humano tan dispuesto a la devoción y a
entregarse a Dios tan vivamente con todo su agradecimiento, como el
mío al oír aquellas palabras; y puse en El de tal modo todo mi amor,
que Beatriz se eclipsó en el olvido. No le desagradó; antes por el
contrario, se sonrió; y el esplendor de sus ojos sonrientes dividió en
muchos mi pensamiento absorto en uno solo. Vi muchos espíritus vivos y
triunfantes, más gratos aún por su voz que relucientes a la vista, los
cuales, tomándonos por centro, nos formaron una corona de sí mismos.
No de otro modo vemos a veces a la hija de Latona rodeada de un cerco,
cuando el aire, impregnado de vapores, retiene las substancias de que
aquél se compone. En la corte del cielo, de donde vuelvo, se encuentran
muchas joyas, tan raras y bellas, que no es posible hallarlas fuera de
aquel reino; y una de estas joyas era el encanto de aquellos fulgores:
el que no se provea de alas para volar hasta allí, espere tener
noticias de aquel canto como si las preguntase a un mudo.
Después que, cantando de esta suerte, aquellos ardientes soles dieron
tres vueltas en derredor nuestro, como las estrellas próximas a los
fijos polos, me parecieron semejantes a las mujeres, que, sin dejar
el baile, se detienen escuchando con atención, hasta que han conocido
cuáles son las nuevas notas. Y oí que del interior de una de aquellas
luces salían estas palabras:
--Ya que el rayo de la gracia, en que se enciende el verdadero amor,
y que después crece amando, resplandece en ti tan multiplicado, que
te conduce hacia arriba por aquella escala de donde nadie desciende
sin volver a subir de nuevo, el que negase a tu sed el vino de su
redoma se vería en el mismo estado de violencia en que está el agua
impedida de correr hasta el mar. Tú quieres saber de qué flores se
compone esta guirnalda, que acaricia en torno a la hermosa Dama que
te da ánimo para subir al cielo. Yo fuí uno de los corderos del santo
rebaño que condujo Domingo por el camino en que el alma se fortifica
si no se extravía. Este, que está el más próximo a mi derecha, fué mi
maestro y mi hermano; es Alberto de Colonia, y yo Tomás de Aquino.
Si quieres saber quiénes son los demás, sigue mis palabras con tus
miradas, dando la vuelta a la bienaventurada corona. Aquel otro
esplendor brota de la sonrisa de Graciano, tan útil por sus escritos
a uno y otro fuero, que mereció el Paraíso. El otro que le sigue fué
Pedro,[126] que, como la pobre viuda, ofreció su tesoro a la Santa
Iglesia. La quinta luz,[127] que es la más bella entre nosotros, se
abrasa en tal amor, que todo el mundo tiene abajo sed de sus noticias.
Dentro de ella está el alto espíritu, donde se albergó tan profunda
sabiduría, que si la verdad es verdad, ninguno otro ascendió a tanto
saber. Después contempla la luz de aquel cirio, que ha sido el que
en vida vió mejor la naturaleza y el ministerio de los ángeles.[128]
En aquella diminuta luz sonríe el abogado de los tiempos cristianos,
cuya doctrina aprovechó Agustín.[129] Si diriges ahora la mirada de
tu entendimiento de luz en luz, siguiendo mis elogios, debes ya tener
sed de conocer la octava. Dentro de ella se recrea en la vista del
soberano Bien el alma santa que pone de manifiesto las falacias del
mundo a quien atentamente escucha sus doctrinas. El cuerpo de donde fué
separada yace en Cieldauro,[130] y desde el martirio y el destierro
ha venido a disfrutar de esta paz celestial. Ve más allá fulgurar el
ardiente espíritu de Isidoro, el de Beda y el de Ricardo,[131] que en
sus contemplaciones fué más que hombre. Esa, de quien se separa tu
mirada para fijarse en mí, es la luz de un espíritu que, considerando
tranquilamente la vanidad del mundo, deseó morir. Es la luz eterna de
Sigieri,[132] que ejerciendo el profesorado en la calle de la Paja,
excitó la envidia por sus verdaderos silogismos.
[126] Pedro Lombardo, llamado el =Maestro de las sentencias=.
En el proemio de su obra dice modestamente que con ella hacía
un pequeño dón a la Iglesia, como la viuda de que habla San
Lucas, cap. XXI.
[127] El rey Salomón.
[128] San Dionisio Areopagita, autor de un libro titulado: =De
coelesti hierarchia=.
[129] Paulo Orosio, que escribió contra los idólatras siete
libros de historia, y los dedicó a San Agustín.
[130] Boecio, a quien hizo morir Teodorico, rey de los godos,
y que está sepultado en la iglesia de San Pedro llamada Cielo
de oro, en Pavía.
[131] Canónigo regular de San Víctor, escocés.
[132] Seguier, profesor de Filosofía y Ciencias, que enseñaba
en la rue du Fouarre, de París, donde estaban las escuelas.
En seguida, como el reloj que nos llama a la hora en que la Esposa de
Dios principia a cantar maitines a su Esposo, a fin de que la ame, y
cuyas ruedas mueven unas a otras, y apresuran a la que va delante hasta
que ese oye "tin tin" con notas tan dulces, que el espíritu felizmente
dispuesto se inflama de amor; así vi yo en la gloriosa esfera moverse y
responder las voces a las voces con una armonía tan llena de dulzura,
que sólo puede conocerse allá donde la dicha se eterniza.
[Ilustración]
[Ilustración]
-CANTO UNDECIMO-
¡Oh insensatos afanes de los mortales!, ¡cuán débiles son las razones
que os inducen a bajar el vuelo y a rozar la Tierra con vuestras
alas! Mientras unos se dedicaban al foro, y otros se entregaban a los
aforismos de la medicina; y éstos seguían el sacerdocio, y aquéllos
se esforzaban en reinar por la fuerza de las armas, haciendo creer
en su derecho por medio de sofismas; y algunos rodaban, y otros se
consagraban a los negocios civiles; y muchos se enervaban en los
placeres de la carne, y bastantes por fin se daban a la ociosidad, yo,
libre de todas estas cosas, había subido con Beatriz hasta el cielo,
donde tan gloriosamente fuí acogido. Después que cada uno de aquellos
espíritus hubo vuelto al punto del círculo en que antes estaba, tan
inmóvil como la bujía de un candelero, la luz[133] que me había hablado
anteriormente se hizo más esplendorosa y risueña, y dentro de ella oí
una voz que comenzó a decir de esta manera:
[133] Santo Tomás de Aquino.
--Así como yo me enciendo a los rayos de la luz eterna, del mismo
modo, mirándola, conozco la causa de donde proceden tus pensamientos.
Tú dudas, y quieres que mi boca emplee palabras tan claras y
ostensibles, que pongan al alcance de tu inteligencia las que pronuncié
antes cuando dije: "Camino en que el alma se fortifica;" y las otras:
"Ningún otro ascendió." En cuanto a éstas, es preciso hacer una
distinción. La Providencia, que gobierna al mundo con el consejo en
que se abisma la mirada de todo sér creado antes de penetrar en el
fondo, a fin de que la Esposa de Aquél, que con su bendita sangre
se unió a ella en altas voces, corriese hacia su amado segura de sí
misma y siéndole más fiel, envió en su ayuda dos príncipes, que para
entrambos objetos le sirvieran de guías. El uno fué todo seráfico en
su ardor; el otro, por su sabiduría, resplandeció en la Tierra con
la luz de los querubines.[134] Hablaré de uno solo; pues elogiando a
cualquiera de ellos indistintamente, se habla de los dos, porque sus
obras tendieron a un mismo fin. Entre el Tupino y el agua que desciende
del collado elegido por el beato Ubaldo, baja un fértil declive de un
alto monte, del cual Perusa siente venir el calor y el frío por la
parte de Porta Sole, y tras de cuyo monte lloran oprimidas Nocera y
Gualdo. En el sitio donde aquella pendiente es menos rápida, vino al
mundo un Sol, resplandeciendo como éste a veces cuando asoma sobre las
márgenes del Ganges. Quien hable de ese lugar, no le llame Asís, pues
diría muy poco: si quiere hablar con propiedad, llámele Oriente. Aun
no distaba mucho de su nacimiento, cuando aquel Sol comenzó a hacer
que la Tierra sintiese algún consuelo con su gran virtud; pues siendo
todavía muy joven, incurrió en la cólera de su padre por inclinarse
a una dama,[135] a quien, como a la muerte, nadie acoge con gusto; y
ante la corte espiritual "et coram patre" se unió a ella, amándola
después más y más cada día. Ella, privada de su primer marido,[136]
permaneció despreciada y obscura mil cien años y más, sin que nadie lo
solicitase hasta que vino éste. De nada le valió que se oyera decir
cómo aquel que hizo temer a todo el mundo la encontró alegre con
Amiclates, cuando llamó a su puerta: ni le valió haber sido constante
y animosa hasta el punto de ser crucificada con Cristo, mientras María
estaba al pie de la Cruz. Mas, para no continuar en un estilo demasiado
obscuro, reconoce en mis difusas palabras que estos dos amantes son
Francisco y la Pobreza. Su concordia y sus placenteros semblantes, su
amor maravilloso y sus dulces miradas inspiraban santos pensamientos
a otros; de tal modo que el venerable Bernardo fué el primero que se
descalzó para correr en pos de tanta paz, y aun corriendo le parecía
llegar tarde. ¡Oh riqueza ignorada! ¡Oh verdadero bien! Egidio se
descalza, se descalza también Silvestre por seguir al Esposo; tanto es
lo que les agrada la Esposa. Desde allí partió aquel padre y maestro
con su mujer y con aquella familia, ceñida ya del humilde cordón; y sin
que una vil cobardía le hiciese bajar la frente por ser hijo de Pedro
Bernardone, ni por su apariencia asombrosamente despreciable, manifestó
con gran dignidad sus rígidas intenciones a Inocencio, de quien recibió
la primera aprobación de su orden. Luego que fué aumentado en torno
suyo la pobre gente, cuya admirable vida se cantaría mejor entre las
glorias del Cielo, el Eterno Espíritu, valiéndose de Honorio, coronó
de nuevo el santo propósito de aquel archimandrita; y cuando éste,
sediento del martirio, predicó en presencia del soberbio Soldán la
doctrina de Cristo y de los que le siguieron, encontrando aquella gente
poco dispuesta a la conversión, para no permanecer inactivo, volvió a
recoger el fruto de las plantas de Italia. Sobre un áspero monte, entre
el Tíber y el Arno, recibió de Cristo el último sello, que sus miembros
llevaron durante dos años. Cuando plugo a Aquél que le había elegido
para tan gran tarea elevarle a la recompensa que mereció por haberse
humillado, recomendó a sus hermanos, como a herederos legítimos, el
cuidado de su más querida Esposa, y que la amaran con fe: y en el
seno de ella quiso el alma preclara desprenderse para volver a su
reino, sin permitir que a su cuerpo se le diese otra sepultura. Piensa
ahora cuál fué el digno colega de Francisco, encargado de mantener
la barca de Pedro en alta mar y dirigirla hacia su objeto: ese fué,
pues, nuestro patriarca; por lo cual, el que le sigue, según él manda,
puede decir que adquiere buena mercancía. Pero su rebaño se ha vuelto
tan codicioso de nuevo alimento, que no puede menos de esparcirse por
distintos prados; y cuanto más lejos de él van sus vagabundas ovejas,
más exhaustas de leche vuelven al redil. Algunas de ellas, temiendo
el peligro, se agrupan junto al pastor; pero son tan pocas, que no se
necesita mucho paño para sus capas. Así pues, si mis palabras no son
obscuras, si me has escuchado con atención, y si tu mente recuerda
lo que te he dicho, tu deseo debe estar en parte satisfecho; porque
habrás visto la causa de que la planta se desgaje, y comprenderás la
distinción que hice al decir: "Donde el alma se fortifica, si no se
extravía."
[134] Los dos grandes jefes que debían guiar a la Iglesia,
el uno hacia la caridad por el espíritu de pobreza, el otro
a la mayor fidelidad por medio de la predicación, son,
respectivamente, San Francisco de Asís, modelo de amor
seráfico, y Santo Domingo, dotado de esplendor querúbico por
su sabiduría.
[135] La Pobreza.
[136] Jesucristo.
[Ilustración]
-CANTO DUODECIMO-
En cuanto la bendita llama hubo dicho su última palabra, empezó a girar
la santa rueda, y aún no había dado una vuelta entera, cuando otra la
encerró en un círculo, uniendo movimiento a movimiento y canto a canto:
y eran éstos tales que, articulados por los dulces órganos de aquellos
espíritus, sobrepujaban a los de nuestras Musas y nuestras Sirenas,
tanto como la luz directa supera a sus reflejos. Cual se ve a dos arcos
paralelos y del mismo color encorvarse sobre una ligera nube, cuando
Juno envía a su mensajera (naciendo el de fuera del de dentro, al modo
de la voz de aquella ninfa[137] que consumió el amor, como el Sol
consume los vapores), y cuyos arcos son un presagio para los hombres,
a causa del pacto que Dios hizo con Noé, de que el mundo no volverá
a sufrir otro diluvio, de igual suerte aquellas dos guirnaldas de
sempiternas rosas daban vueltas en torno de nosotros, correspondiendo
en todo la guirnalda exterior a la interior. Cuando cesaron simultánea
y unánimemente las danzas y los fulgurantes y mutuos destellos de
aquellas luces gozosas y placenteras, semejantes a los ojos que se
abren y se cierran al mismo tiempo, dóciles a la voluntad del que los
mueve, del seno de una de las nuevas luces salió una voz,[138] la cual
hizo que me volviese hacia donde estaba, como la aguja hacia el polo:
aquella voz empezó a decir:
[137] La ninfa Eco, que enamorada de Narciso, se consumió,
quedando únicamente su voz. Entiéndase: naciendo el arco
exterior de la reflexión de los rayos del arco menor
concéntrico, lo mismo que el eco nace de la reflexión de la
voz.
[138] San Buenaventura.
--El amor que me embellece me obliga a tratar del otro jefe por quien
se habla tan bien del mío.[139] Es justo que donde se hace mención del
uno, se haga también del otro; pues habiendo militado ambos por una
misma causa, debe brillar su gloria juntamente. El ejército de Cristo,
al que tan caro costó armar de nuevo, seguía su enseña lento, receloso
y escaso, cuando el Emperador que siempre reina acudió en ayuda de
su milicia, que se hallaba en peligro, no porque ésta fuera digna de
ello, sino por un efecto de su gracia; y según se ha dicho, socorrió
a su Esposa con dos campeones, ante cuyas obras y palabras se reunió
el descarriado pueblo. En aquella parte donde el dulce céfiro acude a
hacer germinar las nuevas plantas de que se reviste Europa,[140] no
muy lejos de los embates de las olas, tras de las cuales, por su larga
extensión, el Sol se oculta a veces a todos los hombres, se asienta la
afortunada Calahorra, bajo la protección del grande escudo, en que el
león está subyugado y subyuga a su vez. En ella nació el apasionado
amante de la fe cristiana, el santo atleta, benigno para los suyos, y
cruel para sus enemigos. Apenas fué creada, su alma se llenó de virtud
tan viva, que en el seno mismo de su madre inspiró a ésta el dón de
profecía. Cuando se celebraron los esponsales entre él y la fe en la
sagrada pila, donde se dotaron de mutua salud, la mujer que dió por
él su asentimiento vió en sueños el admirable fruto que debía salir
de él y de sus herederos; y para que fuese más visible lo que ya era,
descendió del cielo un espíritu, y le dió el nombre de Aquél que le
poseía por completo. Domingo se llamó; y habló de él como del labrador
que Cristo escogió para que le ayudase a cultivar su huerto. Pareció
en efecto enviado y familiar de Cristo; porque el primer deseo que se
manifestó en él fué el de seguir el primer consejo de Cristo. Muchas
veces su nodriza lo encontró despierto y arrodillado en el suelo, como
diciendo: "He venido para esto." ¡Oh padre verdaderamente Feliz!, ¡oh
madre verdaderamente Juana!, si la interpretación de sus nombres es
la que se les da. En poco tiempo llegó a ser un gran doctor, no por
esa vanidad mundana por la que se afanan hoy todos tras del Ostiense
y de Tadeo, sino por amor hacia el verdadero maná; entonces se puso
a custodiar la viña que pierde en breve su verdura, si el viñador
es malo; y habiendo acudido a la Sede, que en otro tiempo fué más
benigna de lo que es ahora para los pobres justos, no por culpa suya,
sino del que en ella se sienta y la mancilla, no pidió la facultad de
dispensar dos o tres por seis; no pidió el primer beneficio vacante;
"non decimas, quæ sunt pauperum Dei;" sino que pidió licencia para
combatir los errores del mundo, y en defensa de la semilla de que
nacieron las veinticuatro plantas que te rodean. Después, con su
doctrina y su voluntad juntamente, corrió a desempeñar su misión
apostólica, cual torrente que se desprende de un elevado origen; y su
ímpetu atacó con más vigor los retoños de la herejía allí donde era
mayor la resistencia. De él salieron en breve varios arroyos, con los
que se regó el jardín católico, de modo que sus arbustos adquirieron
más vida. Si tal fué una de las ruedas del carro en que se defendió la
Santa Iglesia, venciendo en el campo las discordias civiles, bastante
debes conocer ya la excelencia de la otra rueda de que te ha hablado
Tomás con tantos elogios antes de mi llegada. Pero el carril trazado
por la parte superior de la circunferencia de esta última rueda está
abandonado, de suerte que ahora se halla el mal donde antes el bien.
La familia que seguía fielmente las huellas de Francisco ha cambiado
tanto su marcha, que pone la punta del pie donde él ponía los talones:
pero pronto verá la cosecha que ha producido tan mal cultivo, cuando
la cizaña se queje de que no se la lleve al granero. Convengo en que
quien examinase hoja por hoja nuestro libro aún encontraría una página
en que leería: "Yo soy el que acostumbro;" pero no procederá de Casale
ni Acquasparta, de donde vienen algunos que, o huyen el rigor de la
regla, o aumentan desmesuradamente su austeridad. Yo soy el alma de
Buenaventura de Bagnoregio, que en mis grandes cargos pospuse siempre
los cuidados temporales a los espirituales. Iluminato y Agustín están
aquí: éstos fueron de los primeros pobres descalzos que, llevando el
cordón, se hicieron amigos de Dios. Con ellos están Hugo de San Víctor,
y Pedro Mangiadore, y Pedro Hispano, el cual brilló allá abajo por
sus doce libros; el profeta Natán, y el metropolitano Crisóstomo, y
Anselmo, y aquel Donato que se dignó poner su mano en la primera de las
artes.[141] Aquí está también Rabano, y a mi lado brilla Joaquín, abad
de Calabria, que estuvo dotado de espíritu profético. He debido alabar
a aquel gran paladín de la Iglesia, por moverme a ello la ardiente
simpatía y las discretas palabras de fray Tomás, que, así como a mí,
han conmovido a todas estas almas.
[139] Me obliga a ocuparme en Santo Domingo, por quien Santo
Tomás habló tan bien de mi jefe San Francisco.
[140] En España.
[141] La Gramática.
[Ilustración]
[Ilustración]
-CANTO DECIMOTERCIO-
Quien deseare conocer bien lo que yo vi ahora, imagínese (y, mientras
hablo, retenga la imagen como si fuese esculpida en fuerte roca) las
quince estrellas, que en diversas regiones iluminan el cielo con tanta
viveza, que vencen toda la densidad del aire: imagínese aquel Carro, al
cual le basta el espacio de nuestro cielo para girar de noche y día,
sin desaparecer nunca de aquella bocina, que comienza en la punta del
eje en torno del cual se mueve la primera esfera; y piense que estas
estrellas forman juntas en el cielo dos signos semejantes al que formó
la hija de Minos cuando sintió el frío de la muerte:[142] figúrese uno
de ellos despidiendo sus resplandores dentro del otro, y ambos a dos
girando de manera que vayan en sentido inverso; y así tendrá como una
sombra de la verdadera constelación y de la doble danza que circulaba
en el sitio donde yo me encontraba; pues lo que vi es tan superior a
lo que acostumbramos a ver, como el lento curso del Chiana es inferior
al movimiento del más alto y veloz de los cielos. Allí se cantaba,
no a Baco ni Peán, sino a tres Personas en una Naturaleza Divina, y
ésta y la humana en una sola Persona. Tan luego como en las danzas
y los cantos invirtieron el debido tiempo, aquellas santas luces se
fijaron en nosotros, felicitándose de pasar de uno a otro cuidado.
Después rompió el silencio de los espíritus acordes la luz que me había
referido la admirable vida del Pobre de Dios, y dijo:
[142] Imagine que estas veinticuatro estrellas formen en el
cielo dos constelaciones dispuestas en círculo, como aquella
corona en que al morir Ariadna, hija de Minos, hizo que se
convirtiera la guirnalda de flores que adornaba su cabeza.
--Estando ya trillada una parte del trigo y guardado el grano, el
dulce amor que te profeso me invita a trillar la otra parte. Tú
crees que en el pecho de donde fué sacada la costilla para formar
la hermosa boca cuyo paladar costó caro a todo el mundo, y en aquel
otro que, atravesado de una lanzada, satisfizo tanto, que venció el
peso de toda culpa cometida antes y después, el gran poder creador
de uno y otro infundió cuanta ciencia es asequible a la naturaleza
humana: por esto te admiras de lo que dije antes, al manifestar que
el bienaventurado que está contenido en la quinta luz[143] fué sin
segundo. Abre, pues, los ojos de la inteligencia a lo que voy a
exponerte, y verás cómo tu creencia y mis palabras son con respecto a
la verdad como el centro es respecto de todos los puntos del círculo.
Lo que no muere, y lo que puede morir, no es más que un destello de
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