cabaña y junto con ellos los demás hombres. Y apenas satisficieron el
deseo de comer y de beber, Ulises,--probando si el porquerizo aún le
trataría con amistosa solicitud, mandándole que se quedara allí, en
el establo, ó le incitaría á que ya se fuése á la ciudad,--les habló
de esta manera:
307 «¡Oídme Eumeo y demás compañeros! Así que amanezca, quiero ir á
la ciudad para mendigar y no seros gravoso ni á ti ni á tus amigos.
Aconséjame bien y proporcióname un guía experto que me conduzca;
y vagaré por la población, obligado por la necesidad, para ver si
alguien me da una copa de vino y un mendrugo de pan. Yendo al palacio
del divinal Ulises, podré comunicar nuevas á la prudente Penélope y
mezclarme con los soberbios pretendientes por si me dieren de comer,
ya que disponen de innumerables viandas. Yo les serviría muy bien
en cuanto me ordenaren. Voy á decirte una cosa y tú atiende y óyeme:
merced á Mercurio, el mensajero, el cual da gracia y fama á los
trabajos de los hombres, ningún otro mortal rivalizaría conmigo en el
servir, lo mismo si se tratase de amontonar debidamente la leña para
encender un fuego, ó de cortarla cuando está seca, que de trinchar ó
asar carne, ó bien de escanciar el vino, que son los servicios que
los inferiores prestan á los grandes.»
325 Y tú, muy afligido, le hablaste de esta manera, porquerizo Eumeo:
«¡Ay, huésped! ¿Cómo se te aposentó en el espíritu tal pensamiento?
Quieres sin duda perecer allá, cuando te decides á penetrar por entre
la muchedumbre de los pretendientes cuya insolencia y orgullo llegan
al férreo cielo. Sus criados no son como tú, pues siempre les sirven
jóvenes ricamente vestidos de mantos y túnicas, de luciente cabellera
y de lindo rostro; y las mesas están cargadas de pan, de carnes y de
vino. Quédate con nosotros, que nadie se enoja de que estés presente:
ni yo, ni ninguno de mis compañeros. Y cuando venga el amado hijo de
Ulises, te dará un manto y una túnica para vestirte y te conducirá
adonde tu corazón y tu ánimo prefieran.»
340 Respondióle el paciente divinal Ulises: «¡Ojalá seas, Eumeo, tan
caro al padre Júpiter como á mí; ya que pones término á mi fatigosa y
miserable vagancia! Nada hay tan malo para los hombres como la vida
errante: por el funesto vientre pasan los mortales muchas fatigas,
cuando los abruman la vagancia, el infortunio y los pesares. Mas
ahora, ya que me detienes, mandándome que aguarde la vuelta de aquél,
ea, dime si la madre del divinal Ulises y su padre, á quien al partir
dejara en los umbrales de la vejez, viven aún y gozan de los rayos
del sol ó han muerto y se hallan en la morada de Plutón.»
351 Díjole entonces el porquerizo, mayoral de los pastores: «De todo,
oh huésped, voy á informarte con exactitud. Laertes vive aún y en su
morada ruega continuamente á Júpiter que el alma se le separe de los
miembros; porque padece grandísimo dolor por la ausencia de su hijo y
por el fallecimiento de su legítima y prudente esposa, que le llenó
de tristeza y le ha anticipado la senectud. Ella tuvo deplorable
muerte por el pesar que sentía por su glorioso hijo; ojalá no perezca
de tal modo persona alguna, que, habitando en esta comarca, sea amiga
mía y como á tal me trate. Mientras vivió, aunque apenada, holgaba yo
de preguntarle y consultarle muchas cosas, porque me había criado
juntamente con Ctímene, la de largo peplo, su hija ilustre, á quien
parió la postrimera: juntos nos criamos, y era yo honrado casi lo
mismo que su hija. En llegando á la deseable pubertad, á Ctímene
casáronla en Same, recibiendo por su causa infinitos dones; y á mí
púsome aquélla un manto y una túnica, vestidos muy hermosos, dióme
con que calzar los pies, me envió al campo y aún me quiso más en su
corazón. Ahora me falta su amparo, pero las bienaventuradas deidades
prosperan la obra en que me ocupo, de la cual como y bebo, y hasta
doy limosna á venerandos suplicantes. Pero no me es posible oir al
presente dulces palabras de mi señora ni lograr de ella ninguna
merced, pues el infortunio entró en el palacio con la llegada de esos
hombres tan soberbios; y, con todo, tienen los criados gran precisión
de hablar con su dueña y hacerle preguntas sobre cada asunto, y comer
y beber, y llevarse al campo alguno de aquellos presentes que alegran
el ánimo de los servidores.»
380 Respondióle el ingenioso Ulises: «¡Oh dioses! ¡Cómo, niño aún, oh
porquerizo Eumeo, tuviste que vagar tanto y tan lejos de tu patria y
de tus padres! Mas, ea, dime, hablando sinceramente, si fué destruída
la ciudad de anchas calles en que habitaban tu padre y tu veneranda
madre; ó si, habiéndote quedado solo junto al ganado de ovejas ó de
bueyes, unos piratas te echaron mano y te trajeron en sus naves para
venderte en la casa de este varón que les entregó un buen precio.»
389 Díjole entonces el porquerizo, mayoral de los pastores:
«¡Huésped! Ya que sobre esto me preguntas é interrogas, óyeme y
recréate, sentado y bebiendo vino. Estas noches son inmensas, hay
en las mismas tiempo para dormir y tiempo para deleitarse oyendo
relatos, y á ti no te cumple irte á la cama antes de la hora, puesto
que daña el dormir demasiado. De los demás aquél á quien el corazón y
el ánimo se lo aconseje, salga y acuéstese; y, no bien raye el día,
tome el desayuno y váyase con los puercos de su señor. Nosotros,
bebiendo y comiendo en la cabaña, deleitémonos con renovar la memoria
de nuestros tristes infortunios; pues halla placer en el recuerdo
de los trabajos sufridos, quien padeció muchísimo y anduvo errante
largo tiempo. Voy, pues, á hablarte de aquello acerca de lo cual me
preguntas é interrogas.
403 »Hay una isla que se llama Siria--quizás la oíste nombrar--sobre
Ortigia, donde el sol vuelve su giro: no está muy poblada, pero es
fértil y abundosa en bueyes, en ovejas, en vino y en trigales. Jamás
se padece hambre en aquel pueblo y ninguna dolencia aborrecible les
sobreviene á los míseros mortales: cuando envejecen los hombres
de una generación, preséntanse Apolo, que lleva arco de plata, y
Diana, y los van matando con suaves flechas. Existen en la isla dos
ciudades, que se han repartido todo el territorio, y en ambas reinaba
mi padre, Ctesio Orménida, semejante á los inmortales.
415 »Allí vinieron unos fenicios, hombres ilustres en la navegación
pero falaces, que traían innúmeros joyeles en su negra nave. Había
entonces en casa de mi padre una mujer fenicia, hermosa, alta
y diestra en irreprochables labores; y los astutos fenicios la
sedujeron. Uno, que la encontró lavando, unióse con ella, junto á la
cóncava nave, en amor y concúbito, lo cual les turba la razón á las
débiles mujeres, aunque sean laboriosas. Preguntóle luego quién era y
de dónde había venido; y la mujer, señalándole al punto la alta casa
de mi padre, le respondió de esta guisa:
425 «Me jacto de haber nacido en Sidón, que abunda en bronce, y soy
hija del opulento Aribante. Robáronme unos piratas tafios un día que
tornaba del campo y, habiéndome traído aquí, me vendieron al amo de
esa morada, quien les entregó un buen precio.»
430 »Díjole á su vez el hombre que con ella se había unido
secretamente: «¿Querrías tornar á tu patria con nosotros, para ver la
alta casa de tu padre y de tu madre y á ellos mismos? Pues aún viven
y gozan fama de ricos.»
434 »La mujer le respondió con estas palabras: «Así lo hiciera si
vosotros, oh navegantes, os obligaseis de buen grado y con juramento
á conducirme sana y salva á mi patria.»
437 »Así les habló; y todos juraron, como se lo mandaba. Tan pronto
como hubieron acabado de prestar el juramento, la mujer les dirigió
nuevamente la palabra y les dijo:
440 «Silencio ahora, y ninguno de vuestros compañeros me hable si me
encuentra en la calle ó en la fuente: no sea que vayan á decírselo
al viejo, allá en su morada; y éste, poniéndose receloso, me ate con
duras cadenas y maquine cómo exterminaros á vosotros. Guardad en
vuestra mente lo convenido y apresurad la compra de las provisiones
para el viaje. Y así que el bajel esté lleno de vituallas, penetre
alguien en el palacio para anunciármelo; y traeré cuanto oro me
venga á las manos. Encima de esto quisiera daros otra recompensa por
mi pasaje: en la casa cúidome de un hijo de ese noble señor, y es
tan despierto que ya corre conmigo fuera del palacio; lo traeré á
vuestra nave y os reportará una suma inmensa dondequiera que en el
país de otras gentes lo vendiereis.»
454 »Cuando así hubo dicho, fuése al hermoso palacio. Quedáronse los
fenicios un año entero con nosotros y compraron muchas vituallas
para la cóncava nave; mas, así que estuvo cargada y en disposición
de partir, enviaron un propio para decírselo á la mujer. Presentóse
en casa de mi padre un hombre muy sagaz, que traía un collar de oro
engastado con ámbar; y, mientras las esclavas y mi veneranda madre lo
tomaban en las manos, lo contemplaban con sus ojos y ofrecían precio,
aquél hizo á la mujer silenciosa señal y se volvió acto continuo
á la cóncava nave. La fenicia, tomándome por la mano, me sacó del
palacio y, como hallara en el vestíbulo las copas y las mesas de
los convidados que frecuentaban la casa de mi padre y que entonces
habían ido á sentarse en la junta del pueblo, llevóse tres copas que
escondió en su seno; y yo la fuí siguiendo simplemente. Poníase el
Sol y las tinieblas ocupaban todos los caminos, en el momento en que
nosotros, andando á buen paso, llegamos al famoso puerto donde se
hallaba la veloz embarcación de los fenicios. Nos hicieron subir,
embarcáronse todos, empezó la navegación por la líquida llanura y
Júpiter nos envió próspero viento. Navegamos seguidamente por espacio
de seis días con sus noches; mas, cuando el Saturnio Jove nos trajo
el séptimo día, Diana, que se complace en tirar flechas, hirió á la
mujer, y ésta cayó con estrépito en la sentina, cual si fuese una
paviota. Echáronla al mar, para pasto de focas y de peces; y yo me
quedé con el corazón afligido. El viento y las olas los trajeron á
Ítaca, y acá Laertes me compró con sus bienes. Así fué como mis ojos
vieron esta tierra.»
485 Ulises, el de jovial linaje, respondióle con estas palabras:
«¡Eumeo! Has conmovido hondamente mi corazón al contarme por menudo
los males que padeciste. Mas Júpiter te ha puesto cerca del mal un
bien, ya que, aunque á costa de muchos trabajos, llegaste á la morada
de un hombre benévolo que te da solícitamente de comer y de beber, y
disfrutas de buena vida; mientras que yo tan sólo he podido llegar
aquí, después de peregrinar por gran número de ciudades.»
493 Así éstos conversaban. Echáronse después á dormir, mas no fué por
mucho tiempo; que en seguida vino la Aurora, de hermoso trono.
495 Los compañeros de Telémaco, cuando ya la nave se acercó á la
tierra, amainaron las velas, abatieron rápidamente el mástil, y
llevaron el buque, á fuerza de remos, al fondeadero. Echaron anclas
y ataron las amarras, saltaron á la playa y aparejaron la comida,
mezclando el negro vino. Y así que hubieron satisfecho el deseo de
comer y de beber, el prudente Telémaco empezó á decirles:
503 «Llevad ahora el negro bajel á la ciudad; pues yo me iré hacia el
campo y los pastores; y al caer de la tarde, cuando haya visto mis
tierras, bajaré á la población. Y mañana os daré, como premio de este
viaje, un buen convite de carnes y dulce vino.»
508 Díjole entonces Teoclímeno, semejante á un dios: «¿Y yo, hijo
amado, adónde iré? ¿Á cúya casa de los varones que imperan en la
áspera Ítaca? ¿Ó habré de encaminarme adonde está tu madre, á tu
morada?»
512 Respondióle el prudente Telémaco: «En otras circunstancias
te mandaría á mi casa, donde no faltan recursos para hospedar al
forastero: mas ahora fuera lo peor para ti, porque yo no estaré y mi
madre tampoco te ha de ver; que en el palacio no se muestra á menudo
á los pretendientes, antes vive muy apartada en la estancia superior,
labrando una tela. Voy á indicarte un varón á cuya casa puedes ir:
Eurímaco, preclaro hijo del prudente Pólibo, á quien los itacenses
miran ahora como á un numen, pues es, con mucho, el mejor de todos
y anhela casarse con mi madre y alcanzar la dignidad real que tuvo
Ulises. Mas, Júpiter Olímpico, que vive en el éter, sabe si antes de
las bodas hará que luzca para los pretendientes un infausto día.»
525 No hubo acabado de hablar, cuando voló en lo alto, hacia la
derecha, un gavilán, el rápido mensajero de Apolo; el cual desplumaba
una paloma que tenía entre sus garras, dejando caer las plumas á
tierra entre la nave y el mismo Telémaco. Entonces Teoclímeno llamóle
á éste, separadamente de los compañeros, le tomó la mano y así le
dijo:
531 «¡Telémaco! No sin ordenarlo un dios, voló el ave á tu derecha;
pues, mirándola de frente, he comprendido que es agorera. No hay en
la población de Ítaca un linaje más real que el vuestro y mandaréis
allá perpetuamente.»
535 Respondióle el prudente Telémaco: «Ojalá se cumpliese lo que
dices, oh forastero, que bien pronto conocerías mi amistad, pues te
hiciera tantos presentes que te considerara dichoso quien contigo se
encontrase.»
539 Dijo; y habló así á Pireo, su fiel amigo: «¡Pireo Clítida! Tú,
que en las restantes cosas eres el más obediente de los compañeros
que me han seguido á Pilos, llévate ahora mi huésped á tu casa,
trátale con solícita amistad y hónrale hasta que yo llegue.»
544 Respondióle Pireo, señalado por su lanza: «¡Telémaco! Aunque
fuere mucho el tiempo que aquí te detengas, yo me cuidaré de él y no
echará de menos los dones de la hospitalidad.»
547 Cuando así hubo hablado, subió á la nave y ordenó á los
compañeros que le siguieran y desataran las amarras. Éstos se
embarcaron en seguida, sentándose por orden en los bancos. Telémaco
se calzó las hermosas sandalias y tomó del tablado del bajel la lanza
fuerte y de broncínea punta, mientras los marineros soltaban las
amarras.
553 Hiciéronse á la vela y navegaron con rumbo á la población, como
se lo mandara Telémaco, hijo amado del divinal Ulises. Y él se fué á
buen paso hacia la majada donde tenía innumerables puercos, junto á
los cuales pasaba la noche el porquerizo, que tan afecto era á sus
señores.
[Ilustración]
[Ilustración: Minerva toca á Ulises con la vara y le devuelve su
primitiva figura]
CANTO XVI
RECONOCIMIENTO DE ULISES POR TELÉMACO
1 No bien rayó la luz de la aurora, Ulises y el divinal porquerizo
encendieron fuego en la cabaña y prepararon el desayuno, después de
despedir á los pastores que se fueron con los cerdos agrupados en
piaras. Cuando Telémaco llegó á la majada, los perros ladradores le
halagaron, sin que ninguno ladrase. Advirtió Ulises que los perros
movían la cola, percibió el ruido de las pisadas, y en seguida dijo á
Eumeo estas aladas palabras:
8 «¡Eumeo! sin duda viene algún compañero tuyo ú otro conocido,
porque los perros en vez de ladrar mueven la cola y oigo ruido de
pasos.»
11 Aún no había terminado de proferir estas palabras, cuando su caro
hijo se detuvo al umbral. Levantóse atónito el porquerizo, se le
cayeron las tazas con las que se ocupaba en mezclar el negro vino,
fuése al encuentro de su señor, y le besó la cabeza, los bellos
ojos y ambas manos, vertiendo abundantes lágrimas. De la suerte
que el padre amoroso abraza al hijo unigénito que le nació en la
senectud y por quien ha pasado muchas fatigas, cuando éste torna de
lejanos países después de una ausencia de diez años; así el divinal
porquerizo estrechaba al deiforme Telémaco y le besaba, como si el
joven se hubiera librado de la muerte. Y sollozando, estas aladas
palabras le decía:
23 «¡Has vuelto, Telémaco, mi dulce luz! No pensaba verte más, desde
que te fuiste en la nave á Pilos. Mas, ea, entra, hijo querido, para
que se huelgue mi ánimo en contemplarte, ya que estás en mi cabaña
recién llegado de otras tierras. Pues no vienes á menudo á ver el
campo y los pastores, sino que te quedas en la ciudad: ¡tanto te
place fijar la vista en la multitud de los funestos pretendientes!»
30 Respondióle el prudente Telémaco: «Así lo haré, abuelo, que por ti
vine, por verte con mis ojos y saber si mi madre permanece todavía
en el palacio ó ya alguno de aquellos varones se casó con ella y
el lecho de Ulises, no habiendo quien yazca en él, está por las
telarañas ocupado.»
36 Le dijo entonces el porquerizo, mayoral de los pastores: «Aquélla
permanece en tu palacio, con el ánimo afligido, y consume tristemente
los días y las noches, llorando sin cesar.»
40 Cuando así hubo hablado, tomóle la broncínea lanza; y Telémaco
entró por el umbral de piedra. Su padre Ulises quiso ceder el asiento
al que llegaba, pero Telémaco prohibióselo con estas palabras:
44 «Siéntate, huésped, que ya hallaremos asiento en otra parte de
nuestra majada, y está muy próximo el varón que ha de prepararlo.»
46 Así le dijo; y el héroe tornó á sentarse. Para Telémaco, el
porquerizo esparció por tierra ramas verdes y cubriólas con una
pelleja, en la cual se acomodó el caro hijo de Ulises. Luego
sirvióles el porquerizo platos de carne asada que habían sobrado
de la comida de la víspera, amontonó diligentemente el pan en los
canastillos, vertió en una copa de yedra vino dulce como la miel, y
sentóse enfrente del divinal Ulises. Todos echaron mano á las viandas
que tenían delante. Y ya satisfecho el deseo de comer y de beber,
Telémaco habló de este modo al divinal porquerizo:
57 «¡Abuelo! ¿De dónde te ha llegado este huésped? ¿Cómo los
marineros lo trajeron á Ítaca? ¿Quiénes se precian de ser? Pues no me
figuro que haya venido andando.»
60 Y tú le respondiste así, porquerizo Eumeo: «¡Oh hijo! De todo voy
á decirte la verdad. Se precia de tener su linaje en la espaciosa
Creta, y dice que ha andado vagabundo por muchas de las poblaciones
de los mortales porque su hado así lo dispuso. Ahora llegó á mi
establo, huyendo del bajel de unos tesprotos, y á ti te lo entrego:
haz por él lo que quieras, pues se gloría de ser tu suplicante.»
68 Contestóle el prudente Telémaco: «¡Eumeo! En verdad que me produce
gran pena lo que has dicho. ¿Cómo acogeré en mi casa al forastero? Yo
soy joven y no tengo confianza en mis manos para rechazar á quien lo
injurie; y mi madre trae en su pecho el ánimo indeciso entre quedarse
á mi lado y cuidar de la casa, por respeto al lecho conyugal y temor
del dicho de la gente, ó irse con quien sea el mejor de los aqueos
que la pretenden en el palacio y le haga más donaciones. Pero, ya que
ese huésped llegó á tu morada, le entregaré un manto y una túnica,
vestidos muy hermosos, le daré una espada de doble filo y sandalias
para los pies, y le enviaré adonde su corazón y su ánimo prefieran. Y
si quieres, cuídate de él, teniéndolo en la majada; que yo te enviaré
vestidos y manjares de toda especie para que coma y no os sea gravoso
ni á ti ni á tus compañeros. Mas, no he de permitir que vaya allá,
á juntarse con los pretendientes, cuya malvada insolencia es tan
grande, para evitar que lo zahieran y me causen un grave disgusto;
pues un hombre, por fuerte que sea, nada consigue revolviéndose
contra tantos, que al fin han de resultar más poderosos.»
90 Díjole entonces el paciente divinal Ulises: «¡Oh amigo! Puesto
que es justo que te responda, se me desgarra el corazón cuando
te oigo hablar de las iniquidades que, según decís, maquinan los
pretendientes en tu palacio, contra tu voluntad y siendo cual eres.
Dime si te sometes voluntariamente, ó te odia quizás la gente del
pueblo á causa de lo revelado por una deidad, ó por acaso te quejas
de tus hermanos; pues con la ayuda de éstos, cualquier hombre pelea
confiadamente, aunque sea grande la lucha que se suscite. Ojalá
que, con el ánimo que tengo, gozara de tu juventud y fuera hijo
del eximio Ulises ó Ulises en persona que, vagando, tornase á su
patria--pues aún hay esperanza de que así suceda:--cortárame la
cabeza un varón enemigo, si no me convertía entonces en una calamidad
para todos aquellos, encaminándome al palacio de Ulises Laertíada. Y
si, con estar yo solo, hubiera de sucumbir ante la multitud de los
mismos, más querría recibir la muerte en mi palacio que presenciar
continuamente esas acciones inicuas: huéspedes maltratados, siervas
forzadas indignamente en las hermosas estancias, el vino exhausto; y
los pretendientes comiendo de temerario modo, sin cesar, y por una
empresa que no ha de llevarse á cumplimiento.»
112 Respondióle el prudente Telémaco: «¡Oh forastero! Voy á
informarte con gran sinceridad. No me hice odioso para que se airara
conmigo todo el pueblo; ni tampoco he de quejarme de los hermanos,
con cuya ayuda cualquier hombre pelea confiadamente aunque sea grande
la lucha que se suscite, pues el Saturnio hizo que fueran siempre
unigénitos los de mi linaje: Arcesio engendró á Laertes, su hijo
único; éste no engendró más que á mi padre Ulises; y Ulises, después
de haberme engendrado á mí tan solamente, dejóme en el palacio y no
disfrutó de mi compañía. Por esto hay en mi mansión innumerables
enemigos. Cuantos próceres mandan en las islas, en Duliquio, en Same
y en la selvosa Zacinto, y cuantos imperan en la áspera Ítaca, todos
pretenden á mi madre y arruinan nuestra casa. Mi madre ni rechaza las
odiosas nupcias, ni sabe poner fin á tales cosas; y aquéllos comen y
agotan mi hacienda, y pronto acabarán conmigo mismo. Mas el asunto
está en mano de los dioses. Y ahora tú, abuelo, ve aprisa y dile á la
discreta Penélope que estoy en salvo y que he llegado de Pilos. Yo me
quedaré aquí y tú vuelve inmediatamente que se lo hayas participado,
pero á ella sola y sin que ninguno de los aqueos se entere; pues son
muchos los que maquinan en mi daño cosas malas.»
135 Y tú le respondiste así, porquerizo Eumeo: «Entiendo, hágome
cargo, lo mandas á quien te comprende. Mas, ea, habla y dime con
sinceridad si me iré de camino á participárselo al infortunado
Laertes; el cual, aunque pasaba gran pena por la ausencia de Ulises,
iba á vigilar las labores y dentro de su casa comía y bebía con los
siervos cuando su ánimo se lo aconsejaba; pero dicen que ahora, desde
que te fuiste en la nave á Pilos, no come ni bebe como acostumbraba,
ni vigila las labores, antes está sollozando y lamentándose, y la
piel se le seca en torno á los huesos.»
146 Contestóle el prudente Telémaco: «Muy triste es, pero dejémoslo
aunque nos duela; que si todo se hiciese al arbitrio de los mortales,
escogeríamos primeramente que luciera el día del regreso de mi padre.
Tú vuelve así que hayas dado la noticia y no vagues por los campos en
busca de aquél; pero encarga á mi madre que le envíe escondidamente y
sin perder tiempo la esclava despensera; y ésta se lo participará al
anciano.»
154 Dijo, y dió prisa al porquero; quien tomó las sandalias y,
atándoselas á los pies, se fué á la ciudad. No dejó Minerva de
advertir que el porquerizo Eumeo salía de la majada; y se acercó á
ésta, transfigurándose en una mujer hermosa, alta y entendida en
primorosas labores. Paróse al umbral de la cabaña y se le apareció
á Ulises, sin que Telémaco la viese, ni notara su llegada, pues los
dioses no se hacen visibles para todos; mas Ulises la vió y también
los canes, que no ladraron sino que huyeron, dando gañidos, á otro
lugar de la majada. Hizo Minerva una señal con las cejas; la entendió
el divino Ulises y salió de la cabaña, trasponiendo el alto muro del
patio. Detúvose luego ante la deidad y oyó á Minerva que le decía:
167 «¡Laertíada, de jovial linaje! ¡Ulises, fecundo en recursos!
Habla con tu hijo y nada le ocultes, para que, después de tramar
cómo daréis la muerte y el hado á los pretendientes, os vayáis á la
ínclita ciudad; que yo no permaneceré mucho tiempo lejos de vosotros,
deseosa como estoy de entrar en combate.»
172 Dijo Minerva; y, tocándole con la varita de oro, le cubrió el
pecho con una túnica y un manto limpio, y le aumentó la talla y
el vigor juvenil. El héroe recobró también su color moreno, se le
redondearon las mejillas y ennegreciósele el pelo de la barba. Hecho
esto, la diosa se fué, y Ulises volvió á la cabaña. Vióle con gran
asombro su hijo amado, el cual se turbó, volvió los ojos á otra
parte, por si aquella persona fuese alguna deidad, y le dijo estas
aladas palabras:
181 «¡Oh forastero! Te muestras otro en comparación de antes, pues se
han cambiado tus vestiduras y tu cuerpo no se parece al que tenías.
Indudablemente debes de ser uno de los dioses que poseen el anchuroso
cielo. Pues sénos propicio, á fin de que te ofrezcamos sacrificios
agradables y áureos presentes de fina labor. ¡Apiádate de nosotros!»
186 Contestóle el paciente divinal Ulises: «No soy ningún dios. ¿Por
qué me confundes con los inmortales? Soy tu padre, por quien gimes y
sufres tantos dolores y aguantas las violencias de los hombres.»
190 Diciendo así, besó á su hijo y dejó que las lágrimas, que hasta
entonces había detenido, le cayeran por las mejillas al suelo. Mas
Telémaco, como aún no estaba convencido de que aquél fuese su padre,
respondióle nuevamente con estas palabras:
194 «Tú no eres mi padre Ulises, sino un dios que me engaña para que
luego me lamente y suspire aún más; que un mortal no haría tales
cosas con su inteligencia, á no ser que se le acercase un dios y lo
transformara fácilmente y á su antojo en joven ó viejo. Poco ha eras
anciano y estabas vestido miserablemente; mas ahora te pareces á los
dioses que habitan el anchuroso cielo.»
201 Replicóle el ingenioso Ulises: «¡Telémaco! No conviene que te
admires de tan extraordinaria manera, ni que te asombres de tener á
tu padre aquí dentro; pues ya no vendrá otro Ulises, que ése soy yo,
tal como ahora me ves, que habiendo padecido y vagado mucho, torno en
el vigésimo año á la patria tierra. Lo que has presenciado es obra
de Minerva, que impera en las batallas; la cual me transforma á su
gusto, porque puede hacerlo; y unas veces me cambia en un mendigo y
otras en un joven que cubre su cuerpo con hermosas vestiduras. Muy
fácil es para las deidades que residen en el anchuroso cielo, dar
gloria á un mortal ó envilecerle.»
213 Dichas estas palabras, se sentó. Telémaco abrazó á su buen padre,
entre sollozos y lágrimas. Á entrambos les vino el deseo del llanto y
lloraron ruidosamente, plañendo más que las aves--águilas ó buitres
de corvas uñas--cuando los rústicos les quitan los hijuelos que aún
no volaban: de semejante manera, derramaron aquéllos tantas lágrimas
que movían á compasión. Y entregados al llanto los dejara el sol al
ponerse, si Telémaco no hubiera dicho repentinamente á su padre:
222 «¿En qué nave los marineros te han traído acá, á Ítaca, padre
amado? ¿Quiénes se precian de ser? Pues no creo que hayas venido
andando.»
225 Díjole entonces el paciente divinal Ulises: «Yo te contaré,
oh hijo, la verdad. Trajéronme los feacios, navegantes ilustres
que suelen conducir á cuantos hombres arriban á su tierra: me
trasportaron por el ponto en su velera nave mientras dormía y me
dejaron en Ítaca, habiéndome dado espléndidos presentes--bronce,
oro en abundancia y vestiduras tejidas--que se hallan en una cueva
por la voluntad de los dioses. Y he venido acá, por consejo de
Minerva, á fin de que tramemos la muerte de nuestros enemigos. Mas,
ea, enumérame y descríbeme los pretendientes para que, sabiendo yo
cuántos y cuáles son, medite en mi ánimo irreprochable si nosotros
dos nos bastaremos contra todos ó será preciso buscar ayuda.»
[Ilustración: MINERVA, TOCANDO Á ULISES CON LA VARITA DE ORO, LE
CUBRIÓ CON UNA TÚNICA Y UN MANTO, Y LE AUMENTÓ LA TALLA Y EL VIGOR
JUVENIL
(-Canto XVI, versos 172 á 174.-)]
240 Respondióle el prudente Telémaco: «¡Oh padre! Siempre oí decir
que eres famoso por el valor de tus manos y por la prudencia
de tus consejos; pero es muy grande lo que dijiste y me tienes
asombrado, que no pudieran dos hombres solos luchar contra muchos y
esforzados varones. Pues aquéllos no son una decena justa, ni dos
tan solamente, sino muchos más, y pronto vas á saber el número.
De Duliquio vinieron cincuenta y dos mozos escogidos, á los que
acompañan seis criados; otros veinticuatro mancebos son de Same; de
Zacinto hay veinte jóvenes aqueos; y de la misma Ítaca, doce, todos
ilustres; y están con ellos el heraldo Medonte, un divinal aedo y dos
criados peritos en el arte de trinchar. Si cerramos con todos los
que se hallan dentro, no sea que ahora que has llegado pagues de una
manera bien amarga y terrible el propósito de castigar sus demasías.
Pero tú piensa si es posible hallar algún defensor que nos ayude con
ánimo benévolo.»
258 Contestóle el paciente divinal Ulises: «Voy á decirte una cosa;
atiende y óyeme. Reflexiona si nos bastarán Minerva y el padre
Júpiter, ó he de buscar algún otro defensor.»
262 Respondióle el prudente Telémaco: «Buenos son los defensores de
que me hablas, aunque residen en lo alto, en las nubes; que ellos
imperan sobre los hombres y los inmortales dioses.»
266 Díjole á su vez el paciente divinal Ulises: «No permanecerán
mucho tiempo apartados de la encarnizada lucha, así que la fuerza de
Marte ejerza el oficio de juez en el palacio entre los pretendientes
y nosotros. Ahora tú, apenas se descubra la aurora, vete á casa y
mézclate con los soberbios pretendientes; y á mí el porquerizo me
llevará más tarde á la población, transformado en viejo y miserable
mendigo. Si me ultrajaren en el palacio, sufre en el corazón que
tienes en el pecho que yo padezca malos tratamientos. Y si vieres
que me echan, arrastrándome en el palacio por los pies, ó me hieren
con saetas, sopórtalo también. Mándales únicamente, amonestándolos
con dulces palabras, que pongan fin á sus locuras; mas ellos no
te harán caso, que ya les llegó el día fatal. Otra cosa te diré
que guardarás en tu corazón: tan luego como la sabia Minerva me lo
inspire, te haré una señal con la cabeza; así que la notes, llévate
las marciales armas que hay en el palacio, colócalas en lo hondo
de mi habitación de elevado techo y engaña á los pretendientes con
suaves palabras cuando, echándolas de menos, te pregunten por las
mismas: «Las he llevado lejos del humo, porque ya no parecen las que
dejara Ulises al partir para Troya; sino que están afeadas en la
parte que alcanzó el ardor del fuego. Además, el Saturnio sugirióme
en la mente esta otra razón más poderosa: no sea que, embriagándoos,
trabéis una disputa, os hiráis los unos á los otros, y mancilléis
el convite y el noviazgo; que ya el hierro por sí solo atrae al
hombre.» Tan solamente dejarás para nosotros dos espadas, dos lanzas
y dos escudos de boyuno cuero, que podamos tomar al acometer á los
pretendientes; y á éstos los ofuscarán después Palas Minerva y el
próvido Júpiter. Otra cosa te diré que pondrás en tu corazón; si en
verdad eres hijo mío y de mi sangre, ninguno oiga decir que Ulises
está dentro, ni lo sepa Laertes, ni el porquerizo, ni los domésticos,
ni la misma Penélope; sino solos tú y yo procuremos conocer la
disposición en que se hallan las mujeres y pongamos á prueba los
esclavos, para averiguar cuáles nos honran y nos temen en su corazón
y cuáles no se cuidan de nosotros y te desprecian á ti siendo cual
eres.»
308 Repúsole su preclaro hijo: «¡Oh padre! Figúrome que pronto te
será conocido mi ánimo, que no es la pobreza de espíritu lo que me
domina; mas no creo que lo que propones haya de sernos ventajoso y te
invito á meditarlo. Andarás mucho tiempo y en vano si quieres probar
á cada uno, yéndote por los campos; mientras aquéllos, muy tranquilos
en el palacio, devoran nuestros bienes orgullosa é inmoderadamente.
Yo te exhorto á que averigües cuáles mujeres te hacen poco honor y
cuáles están sin culpa; pero no quisiera ir á probar á los hombres
por las majadas, sino dejarlo para más tarde, en el supuesto de que
hayas visto verdaderamente alguna señal enviada por Júpiter, que
lleva la égida.»
321 Así éstos conversaban. En tanto, arribaba á Ítaca la bien
construída nave que trajera de Pilos á Telémaco y á todos sus
compañeros; los cuales, así que llegaron al profundo puerto, sacaron
la negra embarcación á tierra firme, y, después de llevarse los
aparejos unos diligentes servidores, trasportaron los magníficos
presentes á la morada de Clitio. Luego enviaron un heraldo á la casa
de Ulises, que diese nuevas á la prudente Penélope de cómo Telémaco
estaba en el campo y había ordenado que el bajel navegase hacia la
ciudad, para evitar que la ilustre reina, sintiendo temor en su
corazón, derramara tiernas lágrimas. Encontráronse el heraldo y el
divinal porquerizo, que iban á dar la misma nueva, y tan pronto como
llegaron á la casa del divino rey, dijo el heraldo en medio de las
esclavas: «¡Oh reina! Ya llegó de Pilos tu hijo amado.» El porquerizo
se acercó á Penélope, le refirió cuanto su hijo ordenaba que se le
dijese y, hecho el mandado, volvióse á sus puercos, dejando atrás la
cerca y el palacio.
342 Los pretendientes, afligidos y confusos, salieron del palacio,
traspusieron el alto muro del patio y sentáronse delante de la
puerta. Y Eurímaco, hijo de Pólibo, comenzó á arengarles:
346 «¡Oh amigos! ¡Gran proeza ha realizado orgullosamente Telémaco
con ese viaje! ¡Y decíamos que no lo llevaría á efecto! Mas, ea,
botemos al agua la mejor nave, proveámosla de remadores, y vayan al
punto á decir á aquéllos que tornen prestamente al palacio.»
351 Apenas hubo dicho estas palabras, cuando Anfínomo, volviéndose
desde su sitio, vió que el bajel entraba en el hondísimo puerto y sus
tripulantes amainaban las velas ó tenían el remo en la mano. Y con
suave risa, dijo á sus compañeros:
355 «No enviemos ningún mensaje, que ya están en el puerto, sea
porque un dios se lo haya dicho, sea porque vieron pasar la nave y no
lograron alcanzarla.»
358 Así habló. Levantáronse todos, fuéronse á la ribera del mar,
sacaron en el acto la nave á tierra firme y los diligentes servidores
se llevaron los aparejos. Seguidamente se encaminaron juntos al
ágora, no dejando que se sentase con ellos ningún otro hombre, ni
mozo ni anciano. Y Antínoo, hijo de Eupites, hablóles de esta suerte:
364 «¡Ah, cómo las deidades libraron del mal á ese hombre! Durante
el día, los atalayas estaban sentados en las ventosas cumbres,
sucediéndose sin interrupción; y después de ponerse el sol, jamás
pasamos la noche en tierra firme, pues, yendo por el ponto en la
velera nave hasta la aparición de la divinal Aurora, acechábamos
la llegada de Telémaco para aprisionarle y acabar con él; y en
tanto lo condujo á su casa alguna deidad. Mas, tramemos algo ahora
mismo para que le podamos dar deplorable muerte: no sea que se
nos escape; pues se me figura que mientras viva no se llevarán á
cumplimiento nuestros propósitos, ya que él sobresale por su consejo
é inteligencia y nosotros no nos hemos congraciado totalmente con
el pueblo. Ea, antes que Telémaco reúna á los aqueos en el ágora--y
opino que no dejará de hacerlo, sino que guardará su cólera y,
levantándose en medio de todos, les participará que tramamos contra
él una muerte terrible, sin que lográramos alcanzarle; y los demás,
en oyéndolo, no han de alabar estas malas acciones y quizás nos
causen algún daño y nos echen de nuestra tierra, y tengamos que irnos
á otro país,--prevengámosle con darle muerte en el campo, lejos de
la ciudad, ó en el camino; apoderémonos de sus bienes y heredades
á fin de repartírnoslos equitativamente; y entreguemos el palacio
á su madre y á quien la despose, para que en común lo posean. Y si
esta proposición os desplace y queréis que Telémaco viva y conserve
íntegros los bienes paternos, de hoy más no le comamos en gran
abundancia, reunidos todos aquí, las agradables riquezas; antes
bien, pretenda cada cual desde su casa á Penélope, solicitándola con
regalos de boda, y cásese ella con quien le haga más presentes y
venga designado por el destino.»
393 Así habló. Todos enmudecieron y quedaron silenciosos, hasta que
les arengó el preclaro hijo del rey Niso Aretíada, Anfínomo, que
había venido de la herbosa Duliquio, abundante en trigo, estaba á la
cabeza de los pretendientes y era el más grato á Penélope porque sus
palabras revelaban buenos sentimientos. Éste, pues, les arengó con
benevolencia diciendo:
400 «¡Oh amigos! Yo no quisiera matar de tal suerte á Telémaco,
que es grave cosa destruir el linaje de los reyes; sino consultar
primeramente la voluntad de las deidades. Si los decretos del gran
Júpiter lo aprobaren, yo mismo lo mataría, exhortándoos á todos á que
me ayudarais; mas si los dioses nos apartaren de este propósito, os
invitaría á que desistierais.»
406 De tal manera se expresó Anfínomo y á todos les plugo lo que
dijo. Levantáronse en seguida, fuéronse á la casa de Ulises y, en
llegando, tomaron asiento en pulimentadas sillas.
409 Entonces la prudente Penélope decidió otra cosa: mostrarse á los
pretendientes, que se portaban con orgullosa insolencia; pues supo
por el heraldo Medonte, el cual había escuchado las deliberaciones,
que en el palacio se tramaba la muerte de su propio hijo. Fuése
hacia la sala, acompañándola sus esclavas. Cuando la divina entre
las mujeres hubo llegado adonde estaban los pretendientes, paróse
ante la columna que sostenía el techo sólidamente construído, con
las mejillas cubiertas por espléndido velo, é increpó á Antínoo,
diciéndole de esta suerte:
418 «¡Antínoo, poseído de insolencia, urdidor de maldades! Dicen
en el pueblo de Ítaca que descuellas sobre los de tu edad en el
consejo, y en la palabra, mas no eres ciertamente cual se figuran.
¡Desatinado! ¿Por qué estás maquinando cómo dar á Telémaco la muerte
y el destino, y no te cuidas de los suplicantes, los cuales tienen
por testigo á Júpiter? No es justo que traméis males los unos contra
los otros. ¿Acaso ignoras que tu padre vino acá huído, con gran temor
del pueblo? Hallábase éste muy irritado contra él, porque había ido
en conserva de los piratas tafios á causar daño á los tesprotos,
nuestros aliados; y querían matarlo, y arrancarle el corazón, y
devorar sus muchos y agradables bienes; pero Ulises los contuvo
é impidió que lo hicieran, no obstante su deseo. Y ahora te comes
ignominiosamente su casa, pretendes á su mujer, intentas matarle el
hijo y me tienes grandemente contristada. Mas, yo te requiero que
ceses ya y mandes á los demás que hagan lo propio.»
434 Respondióle Eurímaco, hijo de Pólibo: «¡Hija de Icario! ¡Discreta
Penélope! Cobra ánimo y no te preocupes por tales cosas. No hay
hombre, ni lo habrá, ni nacerá siquiera, que ponga sus manos en tu
hijo Telémaco mientras yo viva y vea la luz acá en la tierra. Lo que
voy á decir, llevárase al cabo: presto su negruzca sangre correría
en torno de mi lanza. Muchas veces Ulises, el asolador de ciudades,
tomándome sobre sus rodillas, me puso en la mano carne asada y me
dió á beber rojo vino: por esto Telémaco me es caro sobre todos los
hombres y le exhorto á no temer la muerte que pueda venirle de los
pretendientes; que la enviada por los dioses es inevitable.»
448 Así le habló para tranquilizarla; pero también maquinaba la
muerte de Telémaco. Y Penélope se fué nuevamente á la espléndida
habitación superior, donde lloró por Ulises, su querido esposo, hasta
que Minerva, la de los brillantes ojos, le difundió en los párpados
el dulce sueño.
452 Al caer de la tarde, el divinal porquerizo volvió junto á Ulises
y su hijo, los cuales habían sacrificado un puerco añal y aparejaban
la cena. Entonces se les acercó Minerva y, tocando con su vara á
Ulises Laertíada, lo convirtió otra vez en anciano y le cubrió el
cuerpo con miserables vestiduras: no fuera que el porquerizo, al
verle cara á cara, lo reconociese, y, en vez de guardar la noticia en
su pecho, partiera para anunciársela á la discreta Penélope.
460 Telémaco fué el primero en hablar y dijo de esta suerte:
«¡Llegaste ya, divinal Eumeo! ¿Qué se dice por la población? ¿Están
en ella, de regreso de la emboscada, los soberbios pretendientes ó me
acechan aún, esperando que torne á mi casa?»
464 Y tú le respondiste así, porquerizo Eumeo: «No me cuidé de
inquirir ni de preguntar tales cosas mientras anduve por la ciudad;
pues tan luego como di la noticia, incitóme el ánimo á venirme á toda
diligencia. Encontróse conmigo un heraldo, diligente nuncio de tus
compañeros, que fué el primero que le habló á tu madre. También sé
otra cosa, que he visto con mis ojos. Al volver, cuando ya me hallaba
más alto que la ciudad, en el cerro de Mercurio, vi que una velera
nave bajaba á nuestro puerto; y en ella había multitud de hombres, y
estaba cargada de escudos y de lanzas de doble filo. Creí que serían
aquéllos, mas no puedo asegurarlo.»
476 Así se expresó. Sonrióse el esforzado y divinal Telémaco y volvió
los ojos á su padre, recatándose de que lo viera el porquerizo.
478 Terminada la faena y dispuesto el banquete, comieron, y á nadie
le faltó su respectiva porción. Y ya satisfecho el deseo de comer y
de beber, pensaron en acostarse y el don del sueño recibieron.
[Ilustración]
[Ilustración: Ulises, al llegar á su palacio, es reconocido por el
perro Argos, que muere en seguida]
CANTO XVII
VUELTA DE TELÉMACO Á ÍTACA
1 Así que se descubrió la hija de la mañana, la Aurora de rosáceos
dedos, Telémaco, hijo amado del divinal Ulises, ató á sus pies
hermosas sandalias, asió una fornida lanza que se adaptaba á su mano
y, disponiéndose á partir para la ciudad, habló de este modo á su
porquerizo:
6 «¡Abuelo! Voyme á la ciudad, para que mi madre me vea; pues no creo
que deje el triste llanto, ni el luctuoso gemir, hasta que nuevamente
me haya visto. Á ti te ordeno que lleves al infeliz huésped á la
población, á fin de que mendigue en ella para comer, y el que quiera
le dará un mendrugo y una copa de vino; pues yo tengo el ánimo
apesarado y no puedo hacerme cargo de todos los hombres. Y si el
huésped se irritase mucho, peor para él; que á mí me agrada decir las
verdades.»
16 Respondióle el ingenioso Ulises: «¡Amigo! También yo prefiero que
no me detengan, pues más le conviene á un pobre mendigar la comida
por la ciudad que por los campos. Me dará el que quiera. Por mi edad
ya no estoy para quedarme en la majada y obedecer á un amo en todas
las cosas que me ordenare. Vete, pues; que á mí me acompañará ese
hombre á quien se lo mandas, tan pronto como me caliente al fuego y
venga el calor del día: no fuera que, hallándose en tan mal estado
mis vestiduras, el frío de la mañana acabase conmigo, pues decís que
la ciudad está lejos.»
26 Así se expresó. Salió Telémaco de la majada, andando á buen paso
y maquinando males contra los pretendientes. Cuando llegó al cómodo
palacio, arrimó su lanza á una alta columna y entróse más adentro,
pasando el lapídeo umbral.
31 Vióle la primera de todas Euriclea, su nodriza, que se ocupaba
en cubrir con pieles los labrados asientos, y corrió á encontrarle
derramando lágrimas. Asimismo se juntaron á su alrededor las demás
esclavas de Ulises, de ánimo paciente; y todas le abrazaron,
besándole la cabeza y los hombros.
36 Salió de su estancia la discreta Penélope, que parecía Diana ó la
dorada Venus; y, muy llorosa, echó los brazos sobre el hijo amado,
besóle la cabeza y los lindos ojos, y dijo, sollozando, estas aladas
palabras:
41 «¡Has vuelto, Telémaco, mi dulce luz! Ya no pensaba verte más
desde que te fuiste en la nave á Pilos, ocultamente y contra mi
deseo, en busca de noticias de tu padre. Mas, ea, relátame lo que
hayas visto.»
45 Contestóle el prudente Telémaco: «¡Madre mía! Ya que me he salvado
de una terrible muerte, no me incites á que llore, ni me conmuevas
el corazón dentro del pecho; antes bien, torna con tus esclavas á
lo alto de la casa, lávate, envuelve tu cuerpo en vestidos puros y
haz voto de sacrificar á todos los dioses perfectas hecatombes, si
Júpiter permite que tenga cumplimiento la venganza. Y yo, en tanto,
iré al ágora para llamar á un huésped que se vino conmigo desde Pilos
y lo envié con los compañeros iguales á los dioses, con orden de que
Pireo llevándoselo á su morada, lo tratase con solícita amistad y lo
honrara hasta que yo viniera.»
57 Así le dijo; y ninguna palabra voló de los labios de Penélope.
Lavóse ésta, envolvió su cuerpo en vestidos puros, é hizo voto de
sacrificar á todos los dioses perfectas hecatombes, si Júpiter
permitía que tuviere cumplimiento la venganza.
61 Telémaco salió del palacio con su lanza en la mano y dos canes
de ágiles pies que le siguieron. Y Minerva puso en él tal gracia
divinal que, al verle llegar, todo el pueblo lo contemplaba
con admiración. Pronto le rodearon los soberbios pretendientes,
pronunciando buenas palabras y revolviendo en su espíritu cosas
malas; pero se apartó de la gran muchedumbre de los mismos y fué
á sentarse donde estaban Méntor, Ántifo y Haliterses, antiguos
compañeros de su padre, que le hicieron preguntas sobre muchas cosas.
Presentóseles Pireo, señalado por su lanza, que traía el huésped al
ágora, á través de la ciudad; y Telémaco no se quedó lejos de éste,
sino que en seguida se le puso al lado. Pireo fué el primero en
hablar y dijo de semejante modo:
75 «¡Telémaco! Manda presto mujeres á mi casa, para que te remita los
presentes que te dió Menelao.»
77 Respondióle el prudente Telémaco: «¡Pireo! Aún no sabemos cómo
acabarán estas cosas. Si los soberbios pretendientes, matándome á
traición en el palacio, se repartieran los bienes de mi padre, quiero
más que goces tú de los presentes, que no alguno de ellos; y si yo
alcanzare á darles la muerte y el destino, entonces, que estaré con
alegría, me los traerás alegre á mi morada.»
84 Diciendo así, llevóse el infortunado huésped á su casa. Llegados
al cómodo palacio, dejaron sus mantos en sillas y sillones, y fueron
á lavarse en unas bañeras muy pulidas. Y una vez lavados y ungidos
con aceite por las esclavas, que les pusieron túnicas y lanosos
mantos, salieron del baño y asentáronse en sillas. Una esclava dióles
aguamanos, que traía en magnífico jarro de oro y vertió en fuente de
plata, y puso delante de ellos una pulimentada mesa. La veneranda
despensera trájoles pan y dejó en la mesa buen número de manjares,
obsequiándolos con los que tenía reservados. Sentóse la madre
enfrente de los dos jóvenes, cerca de la columna en que se apoyaba el
techo de la habitación; y, reclinada en una silla, se puso á sacar de
la rueca tenues hilos. Aquéllos echaron mano á las viandas que tenían
delante. Y cuando hubieron satisfecho las ganas de comer y de beber,
la discreta Penélope comenzó á hablarles de esta suerte:
101 «¡Telémaco! Me iré á la estancia superior para acostarme en
aquel lecho que tan luctuoso es para mí y que siempre está regado
de mis lágrimas desde que Ulises se fué á Ilión con los Atridas; y
aún no habrás querido decirme con claridad, antes que los soberbios
pretendientes vuelvan á esta casa, si en algún sitio oíste hablar del
regreso de tu padre.»
107 Respondióle el prudente Telémaco: «Yo te referiré, oh madre,
la verdad. Fuimos á Pilos para ver á Néstor, pastor de hombres; el
cual me recibió en su excelso palacio y me trató tan solícita y
amorosamente como un padre al hijo que vuelve tras larga ausencia.
¡Con tal solicitud me acogieron él y sus gloriosos hijos! Pero me
aseguró que no había oído que ningún hombre de la tierra hablara
del paciente Ulises, vivo ó muerto; y envióme al Atrida Menelao,
famoso por su lanza, dándome corceles y un sólido carro. Vi allí á la
argiva Helena, que fué causa, por la voluntad de los dioses, de que
tantas fatigas padecieran argivos y teucros. No tardó en preguntarme
Menelao, valiente en la pelea, qué necesidad me llevaba á la divina
Lacedemonia; yo se lo relaté todo sinceramente, y entonces me
respondió con estas palabras:
124 «¡Oh dioses! En verdad que pretenden dormir en la cama de un
varón muy esforzado aquellos hombres tan cobardes. Así como una
cierva puso sus hijuelos recién nacidos en la guarida de un bravo
león y fuése á pacer por los bosques y los herbosos valles, y el león
volvió á la madriguera y dió á entrambos cervatillos indigna muerte;
de semejante modo también Ulises les ha de dar á aquéllos vergonzosa
muerte. Ojalá se mostrase, ¡oh padre Júpiter, Minerva, Apolo!, tal
como era cuando en la bien construída Lesbos se levantó contra el
Filomelida, en una disputa, y luchó con él, y lo derribó con ímpetu,
de lo cual se alegraron todos los aqueos; si, mostrándose tal, se
encontrara Ulises con los pretendientes, fuera corta la vida de éstos
y las bodas les resultarían muy amargas. Pero en lo que me preguntas
y suplicas que te cuente, no quisiera apartarme de la verdad ni
engañarte; y de cuantas cosas me refirió el veraz anciano de los
mares, no te callaré ni ocultaré ninguna. Dijo que lo vió en una
isla, abrumado por recios pesares--en el palacio de la ninfa Calipso,
que le detiene por fuerza--y que no le es posible llegar á la patria
tierra porque no tiene naves provistas de remos ni compañeros que lo
conduzcan por el ancho dorso del mar.»
147 »Así habló el Atrida Menelao, famoso por su lanza. Realizadas
tales cosas, emprendí la vuelta, y los inmortales concediéronme
próspero viento y me han traído con gran rapidez á mi querida patria.»
150 Tales fueron sus palabras; y ella sintió que en el pecho se le
conmovía el corazón. Entonces Teoclímeno, semejante á un dios, les
dijo de esta suerte:
152 «¡Oh veneranda esposa de Ulises Laertíada! Aquél nada sabe
con claridad; pero oye mis palabras, que yo te haré un vaticinio
cierto y no he de ocultarte cosa alguna. Sean testigos primeramente
Júpiter entre los dioses y luego la mesa hospitalaria y el hogar del
irreprochable Ulises á que he llegado, de que el héroe ya se halla en
su patria tierra, sentado ó moviéndose; tiene noticia de esas inicuas
acciones, y maquina males contra todos los pretendientes. Tal augurio
observé desde la nave de muchos bancos, como se lo dije á Telémaco.»
162 Respondióle la discreta Penélope: «Ojalá se cumpliese lo que
dices, oh forastero, que bien pronto conocerías mi amistad; pues te
hiciera tantos presentes que te considerara dichoso quien contigo se
encontrase.»
166 Así éstos conversaban. En tanto divertíanse los pretendientes,
ante el palacio de Ulises, tirando discos y jabalinas en el labrado
pavimento donde acostumbraban hacer sus insolencias. Mas cuando fué
hora de cenar y vinieron de todos los campos reses conducidas por los
pastores que solían traerlas, dijo Medonte, el heraldo que más grato
les era á los pretendientes y á cuyos banquetes asistía:
174 «¡Jóvenes! Ya que todos habéis recreado vuestro ánimo con los
juegos, venid al palacio y dispondremos la cena, pues conviene que se
tome en tiempo oportuno.»
177 Así les habló; y ellos se levantaron y obedecieron sus palabras.
Llegados al cómodo palacio, dejaron sus mantos en sillas y sillones,
y sacrificaron ovejas muy crecidas, pingües cabras, puercos gordos y
una gregal vaca, aparejando con ello su banquete.
182 En esto, disponíanse Ulises y el divinal porquerizo á partir del
campo hacia la ciudad. Y el porquerizo, mayoral de los pastores,
comenzó á decir:
185 «¡Huésped! Ya que deseas encaminarte hoy mismo á la ciudad,
como lo ordenó mi señor--yo preferiría que permanecieses aquí para
guardar los establos; mas, respeto á aquél y temo que me riña, y las
increpaciones de los amos son muy pesadas--ea, vámonos ahora, que ya
pasó la mayor parte del día y pronto vendrá la tarde y sentirás el
fresco.»
192 Respondióle el ingenioso Ulises: «Entiendo, hágome cargo,
lo mandas á quien te comprende. Vamos, pues, y guíame hasta que
lleguemos. Y si has cortado algún bastón, dámelo para apoyarme; que
os oigo decir que la senda es muy resbaladiza.»
197 Dijo, y echóse al hombro el astroso zurrón lleno de agujeros,
con su correa retorcida. Eumeo le entregó el palo que deseaba; y
seguidamente emprendieron el camino. Quedáronse allí, custodiando la
majada, los perros y los pastores; mientras Eumeo conducía hacia la
ciudad á su rey, transformado en un viejo y miserable mendigo que se
apoyaba en el bastón y llevaba el cuerpo revestido de feas vestiduras.
204 Mas cuando, recorriendo el áspero camino, halláronse á poca
distancia de la ciudad y llegaron á la labrada fuente de claras
linfas, de la cual tomaban el agua los ciudadanos--era obra de Ítaco,
Nérito y Políctor; rodeábala por todos lados un bosque de álamos, que
se nutren en la humedad; vertía el agua, sumamente fresca, desde lo
alto de una roca; y en su parte superior se había construído un altar
á las ninfas, donde todos los caminantes sacrificaban--encontróse
con ellos el hijo de Dolio, Melantio, que llevaba las mejores cabras
de sus rebaños para la cena de los pretendientes y le seguían dos
pastores. Así que los vió, increpóles con palabras amenazadoras y
groseras, que conmovieron el corazón de Ulises:
217 «Ahora se ve muy cierto que un ruin lleva á otro ruin, pues
un dios junta siempre á cada cual con su semejante. ¿Adónde, no
envidiable porquero, conduces ese glotón, ese mendigo importuno, esa
peste de los banquetes, que con su espalda frotará las jambas de
muchas puertas no pidiendo ciertamente trípodes ni calderos, sino
tan sólo mendrugos de pan? Si me lo dieses para guardar mi majada,
barrer el establo y llevarles el forraje á los cabritos, bebería
suero y echaría gordo muslo. Mas, como ya es ducho en malas obras, no
querrá aplicarse al trabajo; antes irá mendigando por la población
para llenar su vientre insaciable. Lo que voy á decir se cumplirá:
si fuere al palacio del divinal Ulises, rozarán sus costados muchos
escabeles que habrán hecho llover sobre su cabeza las manos de
aquellos varones.»
233 Así dijo; y, acercándose, dióle una coz en la cadera, locamente;
pero no le pudo arrojar del camino, sino que el héroe permaneció muy
firme. Entonces se le ocurrió á Ulises acometerle y quitarle la vida
con el palo, ó levantarlo un poco y estrellarle la cabeza contra
el suelo. Mas al fin sufrió el ultraje y contuvo la cólera en su
corazón. Y el porquerizo increpó á aquél, mirándole cara á cara, y
oró fervientemente levantando las manos:
240 «¡Ninfas de las fuentes! ¡Hijas de Júpiter! Si Ulises os quemó
alguna vez muslos de corderos y de cabritos, cubriéndolos de pingüe
grasa, cumplidme este voto: Ojalá vuelva aquel varón, traído por
algún dios; pues él te quitaría toda esa jactancia con que ahora nos
insultas, vagando siempre por la ciudad mientras pastores perversos
acaban con los rebaños.»
247 Replicóle el cabrero Melantio: «¡Oh dioses! ¡Qué dice ese perro,
que sólo entiende en cosas malas! Un día me lo he de llevar lejos de
Ítaca, en negro bajel de muchos bancos, para que, vendiéndolo, me
proporcione una buena ganancia. Ojalá Apolo, que lleva arco de plata,
hiriera á Telémaco hoy mismo en el palacio, ó sucumbiera el joven á
manos de los pretendientes; como perdió Ulises, lejos de aquí, la
esperanza de ver el día de su regreso.»
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