negruzcas olas la cubrieron. Mas el paciente divinal Ulises estaba
indeciso y, gimiendo, habló de esta guisa á su corazón magnánimo:
356 «¡Ay de mí! No sea que alguno de los inmortales me tienda un
lazo, cuando me da la orden de que desampare la balsa. No obedeceré
todavía, que con mis ojos veo que está muy lejana la tierra donde,
según afirman, he de hallar refugio; antes procederé de esta suerte
por ser, á mi juicio, lo mejor: mientras los maderos estén sujetados
por las clavijas, seguiré aquí y sufriré los males que haya de
padecer, y luego que las olas deshagan la balsa me pondré á nadar;
pues no se me ocurre nada más provechoso.»
365 Tales cosas revolvía en su mente y en su corazón, cuando Neptuno,
que sacude la tierra, alzó una oleada tremenda, difícil de resistir,
alta como un techo, y llevóla contra el héroe. De la suerte que
impetuoso viento revuelve un montón de pajas secas, dispersándolas
por este y por el otro lado; de la misma manera desbarató la ola los
grandes leños de la balsa. Pero Ulises asió uno de los tablones y se
puso á caballo en él; desnudóse los vestidos que la divinal Calipso
le entregara, extendió prestamente el velo debajo de su pecho y se
dejó caer en el agua boca abajo, con los brazos abiertos, deseoso de
nadar. Vióle el poderoso dios que sacude la tierra y, moviendo la
cabeza, habló entre sí de semejante modo:
377 «Ahora, que has padecido tantos males, vaga por el ponto hasta
que llegues á juntarte con esos hombres, alumnos de Júpiter. Se me
figura que ni aun así te parecerán pocas tus desgracias.»
380 Dicho esto, picó con el látigo á los corceles y se fué á Egas,
donde posee ínclita morada.
382 Entonces Minerva, hija de Júpiter, ordenó otra cosa. Cerró el
camino á los vientos, y les mandó que se sosegaran y durmieran; y,
haciendo soplar el rápido Bóreas, quebró las olas hasta que Ulises,
de jovial linaje, librándose de la muerte y de las Parcas, llegase á
los feacios, amantes de manejar los remos.
388 Dos días con sus noches anduvo errante el héroe sobre las densas
olas, y su corazón presagióle la muerte en repetidos casos. Mas, tan
luego como la Aurora, de hermosas trenzas, dió principio al tercer
día, cesó el vendaval, reinó sosegada calma y Ulises pudo ver, desde
lo alto de una ingente ola y aguzando mucho la vista, que la tierra
se hallaba cerca. Cuan grata se les presenta á los hijos la vida
de un padre que estaba postrado por la enfermedad y padecía graves
dolores, consumiéndose desde largo tiempo á causa de la persecución
de infesto numen, si los dioses le libran felizmente del mal; tan
agradable apareció para Ulises la tierra y el bosque. Nadaba, pues,
esforzándose por asentar el pie en tierra firme; mas, así que estuvo
tan cercano á la orilla que hasta ella hubiesen llegado sus gritos,
oyó el estrépito con que en las peñas se rompía el mar. Bramaban las
inmensas olas, azotando horrendamente la árida costa, y todo estaba
cubierto de salada espuma; pues allí no había puertos, donde las
naves se acogiesen, ni siquiera ensenadas, sino orillas abruptas,
rocas y escollos. Entonces desfallecieron las rodillas y el corazón
de Ulises; y el héroe, gimiendo, á su magnánimo espíritu así le
hablaba:
408 «¡Ay de mí! Después que Júpiter me concedió que viese inesperada
tierra, y acabé de surcar este abismo, ningún paraje descubro por
donde consiga salir del albo mar. Por defuera hay agudos peñascos á
cuyo alrededor braman las olas impetuosamente, y la roca se levanta
lisa; y aquí es el mar tan hondo que no puedo afirmar los pies para
librarme del mal. No sea que, cuando me disponga á salir, ingente ola
me arrebate y dé conmigo en el pétreo peñasco; y resulte inútil mi
intento. Mas, si voy nadando, en busca de una playa ó de un puerto
de mar, temo que nuevamente me arrebate la tempestad y me lleve al
ponto, abundante en peces, haciéndome proferir hondos suspiros; ó que
una deidad incite contra mí algún monstruo marino, como los que cría
en gran abundancia la ilustre Anfitrite; pues sé que el ínclito dios
que bate la tierra está enojado conmigo.»
[Ilustración: VAGA POR EL PONTO, LE DIJO NEPTUNO, HASTA QUE LLEGUES
Á JUNTARTE CON ESOS HOMBRES ALUMNOS DE JÚPITER
(-Canto V, versos 377 y 378.-)]
424 Mientras tales pensamientos revolvía en su mente y en su corazón,
una oleada lo llevó á la áspera ribera. Allí se habría desgarrado
la piel y roto los huesos, si Minerva, la deidad de los brillantes
ojos, no le hubiese sugerido en el ánimo lo que llevó á efecto:
lanzóse á la roca, la asió con ambas manos y, gimiendo, permaneció
adherido á la misma hasta que la enorme ola hubo pasado. De esta
suerte la evitó; mas, al refluir, dióle tal acometida, que lo echó
en el ponto y bien adentro. Así como el pulpo, cuando lo sacan de
su escondrijo, lleva pegadas á los tentáculos muchas pedrezuelas;
así, la piel de las fornidas manos de Ulises se desgarró y quedó en
las rocas, mientras le cubría inmensa ola. Y allí acabara el infeliz
Ulises, contra lo dispuesto por el hado, si Minerva, la deidad de
los brillantes ojos, no le inspirara prudencia. Salió á flote y,
apartándose de las olas que se rompen con estrépito en la ribera,
nadó á lo largo de la orilla, mirando á la tierra, por si hallaba
alguna playa ó un puerto de mar. Mas, como llegase, nadando, á la
boca de un río de hermosa corriente, el lugar parecióle óptimo por
carecer de rocas y formar un reparo contra el viento. Y conociendo
que era un río que desembocaba, suplicóle así en su corazón:
445 «¡Óyeme, oh soberano, quienquiera que seas! Vengo á ti, tan
deseado, huyendo del ponto y de las amenazas de Neptuno. Es digno
de respeto aun para los inmortales dioses el hombre que se presenta
errabundo, como llego ahora á tu corriente y á tus rodillas después
de pasar muchos trabajos. ¡Oh rey, apiádate de mí, ya que me glorío
de ser tu suplicante!»
451 Tales fueron sus palabras. En seguida suspendió el río su
corriente, apaciguó las olas, hizo reinar la calma delante de sí
y salvó á Ulises en la desembocadura. El héroe dobló entonces las
rodillas y los fuertes brazos, pues su corazón estaba fatigado de
luchar con el ponto. Tenía Ulises todo el cuerpo hinchado, de su
boca y de su nariz manaba en abundancia el agua del mar; y, falto de
aliento y de voz, quedóse tendido y sin fuerzas porque el terrible
cansancio le abrumaba. Cuando ya respiró y volvió en su acuerdo,
desató el velo de la diosa y arrojólo en el río, que corría hacia el
mar: llevóse el velo una ola grande en la dirección de la corriente y
pronto Ino lo tuvo en sus manos. Ulises se apartó del río, echóse al
pie de unos juncos, besó la fértil tierra y, gimiendo, á su magnánimo
espíritu así le hablaba:
465 «¡Ay de mí! ¿Qué no padezco? ¿Qué es lo que al fin me va á
suceder? Si paso la molesta noche junto al río, quizás la dañosa
helada y el fresco rocío me acaben; pues estoy tan débil que apenas
puedo respirar, y una brisa glacial viene del río antes de rayar el
alba. Y si subo al collado y me duermo entre los espesos arbustos
de la selva umbría, como me dejen el frío y el cansancio y me venga
dulce sueño, temo ser presa y pasto de las fieras.»
474 Después de meditarlo, se le ofreció como mejor el último partido.
Fuése, pues, á la selva que halló cerca del agua, en un altozano, y
metióse debajo de dos arbustos que habían nacido en un mismo lugar y
eran un acebuche y un olivo. Ni el húmedo soplo de los vientos pasaba
á través de ambos, ni el resplandeciente sol los hería con sus rayos,
ni la lluvia los penetraba del todo: tan espesos y entrelazados
habían crecido. Debajo de ellos se introdujo Ulises y al instante
aparejóse con sus manos ancha cama, pues había tal abundancia de
hojas secas que bastaran para abrigar á dos ó tres hombres en lo más
fuerte del invierno por riguroso que fuese. Mucho holgó de verlas
el paciente divinal Ulises, que se acostó en medio y se cubrió con
multitud de las mismas. Así como el que vive en remoto campo y no
tiene vecinos, esconde un tizón en la negra ceniza para conservar el
fuego y no tener que ir á encenderlo á otra parte; de esta suerte
se cubrió Ulises con la hojarasca. Y Minerva infundióle en los ojos
dulce sueño y le cerró los párpados para que cuanto antes se librara
del penoso cansancio.
[Ilustración]
[Ilustración: Nausícaa guía á Ulises, que se le ha presentado cerca
del río, al palacio de Alcínoo]
CANTO VI
LLEGADA DE ULISES AL PAÍS DE LOS FEACIOS
1 Mientras así dormía el paciente y divinal Ulises, rendido del
sueño y del cansancio, Minerva se fué al pueblo y á la ciudad de los
feacios, los cuales habitaron antiguamente en la espaciosa Hiperea,
junto á los Ciclopes, varones soberbios que les causaban daño porque
eran más fuertes y robustos. De allí los sacó Nausítoo, semejante á
un dios: condújolos á Esqueria, lejos de los hombres industriosos,
donde se establecieron; construyó un muro alrededor de la ciudad,
edificó casas, erigió templos á las divinidades y repartió los
campos. Mas ya entonces, vencido por la Parca, había bajado al Orco
y reinaba Alcínoo, cuyos consejos eran inspirados por los propios
dioses; y al palacio de éste enderezó Minerva, la deidad de los
brillantes ojos, pensando en la vuelta del magnánimo Ulises. Penetró
la diosa en la estancia labrada con gran primor en que dormía una
doncella parecida á las inmortales por su natural y por su hermosura:
Nausícaa, hija del magnánimo Alcínoo; cabe á la misma, á uno y otro
lado de la entrada, hallábanse dos esclavas á quienes las Gracias
habían dotado de belleza, y las magníficas hojas de la puerta
estaban entornadas. Minerva se lanzó, como un soplo de viento, á la
cama de la joven; púsose sobre su cabeza y empezó á hablarle, tomando
el aspecto de la hija de Dimante, el célebre marino, que tenía la
edad de Nausícaa y érale muy grata. De tal suerte transfigurada, dijo
Minerva, la de los brillantes ojos:
25 «¡Nausícaa! ¿Por qué tu madre te parió tan floja? Tienes
descuidadas las espléndidas vestiduras y está cercano tu casamiento,
en el cual has de llevar lindas ropas, proporcionándoselas también á
los que te conduzcan; que así se consigue gran fama entre los hombres
y se huelgan el padre y la veneranda madre. Vayamos, pues, á lavar
tan luego como despunte la aurora, y te acompañaré y ayudaré para
que en seguida lo tengas aparejado todo; que no ha de prolongarse
mucho tu doncellez, puesto que ya te pretenden los mejores de todos
los feacios, cuyo linaje es también el tuyo. Ea, insta á tu ilustre
padre para que mande prevenir antes de rayar el alba las mulas y el
carro en que llevarás los cíngulos, los peplos y los espléndidos
cobertores. Para ti misma es mejor ir de este modo que no á pie, pues
los lavaderos se hallan á gran distancia de la ciudad.»
41 Cuando así hubo hablado, Minerva, la de los brillantes ojos,
fuése al Olimpo, donde dicen que está la mansión perenne y segura
de las deidades; á la cual ni la agitan los vientos, ni la lluvia
la moja, ni la nieve la cubre--pues el tiempo es constantemente
sereno y sin nubes,--y en cambio la envuelve esplendorosa claridad:
en ella disfrutan perdurable dicha los bienaventurados dioses. Allí
se encaminó, pues, la de los brillantes ojos tan luego como hubo
aconsejado á la doncella.
48 Pronto vino la Aurora, de hermoso trono, y despertó á Nausícaa,
la del lindo peplo; y la doncella, admirada del sueño, se fué por
el palacio á contárselo á sus progenitores, al padre querido y á
la madre, y á entrambos los halló dentro: á ésta, sentada junto
al fuego, con las siervas, hilando lana de color purpúreo; y á
aquél, cuando iba á salir para reunirse en consejo con los ilustres
príncipes, pues los más nobles feacios le habían llamado. Detúvose
Nausícaa muy cerca de su padre y así le dijo:
57 «¡Padre querido! ¿No querrías aparejarme un carro alto, de fuertes
ruedas, en el cual transporte al río, para lavarlos, los hermosos
vestidos que tengo sucios? Á ti mismo te conviene llevar vestiduras
limpias, cuando con los varones más principales deliberas en el
consejo. Tienes, además, cinco hijos en el palacio: dos ya casados,
y tres que son mancebos florecientes y cuantas veces van al baile
quieren llevar vestidos limpios; y tales cosas están á mi cuidado.»
66 Así dijo; pues dióle vergüenza mentar las florecientes nupcias á
su padre. Mas él, comprendiéndolo todo, le respondió de esta suerte:
68 «No te negaré, oh hija, ni las mulas ni cosa alguna. Ve, y los
esclavos te aparejarán un carro alto, de fuertes ruedas, provisto de
tablado.»
71 Dichas tales palabras, dió la orden á los esclavos, que al punto
le obedecieron. Aparejaron fuera de la casa un carro de fuertes
ruedas, propio para mulas; y, conduciendo á éstas, unciéronlas
al yugo. Mientras tanto, la doncella sacaba de la habitación los
espléndidos vestidos y los colocaba en el pulido carro. Su madre
púsole en una cesta toda clase de gratos manjares y viandas; echóle
vino en un cuero de cabra; y cuando aquélla subió al carro, entrególe
líquido aceite en una ampolla de oro á fin de que se ungiese con sus
esclavas. Nausícaa tomó el látigo y, asiendo las lustrosas riendas,
azotó las mulas para que corrieran. Arrancaron éstas con estrépito y
trotaron ágilmente, llevando los vestidos y á la doncella que no iba
sola, sino acompañada de sus criadas.
85 Tan pronto como llegaron á la bellísima corriente del río, donde
había unos lavaderos perennes con agua abundante y cristalina para
lavar hasta lo más sucio, desuncieron las mulas y echáronlas hacia
el vorticoso río á pacer la dulce grama. Tomaron del carro los
vestidos, lleváronlos al agua profunda y los pisotearon en las pilas,
compitiendo unas con otras en hacerlo con presteza. Después que los
hubieron limpiado, quitándoles toda la inmundicia, tendiéronlos
con orden en los guijarros de la costa, que el mar lavaba con gran
frecuencia. Acto continuo se bañaron, se ungieron con pingüe aceite
y se pusieron á comer en la orilla del río, mientras las vestiduras
se secaban á los rayos del sol. Apenas las esclavas y Nausícaa se
hubieron saciado de comida, quitáronse los velos y jugaron á la
pelota; y entre ellas Nausícaa, la de los níveos brazos, comenzó
á cantar. Cual Diana, que se complace en tirar flechas, va por
el altísimo monte Taigeto ó por el Erimanto, donde se deleita en
perseguir á los jabalíes ó á los veloces ciervos, y en sus juegos
tienen parte las ninfas agrestes, hijas de Júpiter que lleva la
égida, holgándose Latona de contemplarlo; y aquélla levanta su
cabeza y su frente por encima de las demás y es fácil distinguirla,
aunque todas son hermosas: de igual suerte la doncella, libre aún,
sobresalía entre las esclavas.
110 Mas cuando ya estaba á punto de volver á su morada unciendo las
mulas y plegando los hermosos vestidos, Minerva, la de los brillantes
ojos, ordenó otra cosa para que Ulises recordara del sueño y viese
á aquella doncella de lindos ojos, que debía llevarlo á la ciudad
de los feacios. La princesa arrojó la pelota á una de las esclavas
y erró el tiro, echándola en un hondo remolino; y todas gritaron
muy fuertemente. Despertó con esto el divinal Ulises y, sentándose,
revolvía en su mente y en su corazón estos pensamientos:
119 «¡Ay de mí! ¿Qué hombres deben de habitar esta tierra á que he
llegado? ¿Serán violentos, salvajes é injustos, ú hospitalarios y
temerosos de los dioses? Desde aquí se oyó la femenil gritería de
jóvenes ninfas que residen en las altas cumbres de las montañas, en
las fuentes de los ríos y en lugares pantanosos cubiertos de hierba.
¿Me encuentro, por ventura, cerca de hombres de voz articulada? Ea,
yo mismo probaré de salir é intentaré verlo.»
127 Hablando así, el divinal Ulises salió de entre los arbustos y en
la poblada selva desgajó con su fornida mano una rama frondosa con
que pudiera cubrirse las partes verendas. Púsose en marcha de igual
manera que un montaraz león, confiado de sus fuerzas, sigue andando
á pesar de la lluvia ó del viento, y le arden los ojos, y se echa
sobre los bueyes, las ovejas ó las agrestes ciervas, pues el vientre
le incita á que vaya á una sólida casa é intente acometer al ganado;
de tal modo había de presentarse Ulises á las doncellas de hermosas
trenzas, aunque estaba desnudo, pues la necesidad le obligaba. Y se
les apareció horrible, afeado por el sarro del mar; y todas huyeron,
dispersándose por las orillas prominentes. Pero se quedó sola é
inmóvil la hija de Alcínoo, porque Minerva dióle ánimo y libró del
temor á sus miembros. Siguió, pues, delante del héroe sin huir; y
Ulises meditaba si convendría rogar á la doncella de lindos ojos,
abrazándola por las rodillas, ó suplicarle, desde lejos y con dulces
palabras, que le mostrara la ciudad y le diera con que vestirse.
Pensándolo bien, le pareció que lo mejor sería rogarle desde lejos
con suaves frases: no fuese á irritarse la doncella si le abrazaba
las rodillas. Y á la hora pronunció estas dulces é insinuantes
palabras:
149 «¡Yo te imploro, oh reina, seas diosa ó mortal! Si eres una de
las deidades que poseen el anchuroso cielo, te hallo muy parecida
á Diana, hija del gran Júpiter, por tu hermosura, por tu grandeza
y por tu aire; y si naciste de los hombres que moran en la tierra,
dichosos mil veces tu padre, tu veneranda madre y tus hermanos,
pues su espíritu debe de alegrarse intensamente cuando ven á tal
retoño salir á las danzas. Y dichosísimo en su corazón, más que
otro alguno, quien consiga, descollando por la esplendidez de sus
donaciones nupciales, llevarte á su casa por esposa. Que nunca se
ofreció á mis ojos un mortal semejante, ni hombre ni mujer, y me he
quedado atónito al contemplarte. Solamente una vez vi algo que se te
pudiera comparar en un joven retoño de palmera, que creció en Delos,
junto al ara de Apolo (estuve allá con numeroso pueblo, en aquel
viaje del cual habían de seguírseme funestos males): de la suerte que
á la vista del retoño quedéme estupefacto mucho tiempo, pues jamás
había brotado de la tierra un tallo como aquél; de la misma manera te
contemplo con admiración, oh mujer, y me tienes absorto y me infunde
miedo abrazar tus rodillas, aunque estoy abrumado por un pesar muy
grande. Ayer pude salir del vinoso ponto, después de veinte días de
permanencia en el mar, en el cual me vi á merced de las olas y de los
veloces torbellinos desde que desamparé la isla Ogigia; y algún numen
me ha echado acá, para que padezca nuevas desgracias, que no espero
que éstas se hayan acabado, antes los dioses deben de prepararme
otras muchas todavía. Pero tú, oh reina, apiádate de mí, ya que
eres la primer persona á quien me acerco después de soportar tantos
males y me son desconocidos los hombres que viven en la ciudad y en
esta comarca. Muéstrame la población y dame un trapo para atármelo
alrededor del cuerpo, si al venir trajiste alguno para envolver la
ropa. Y los dioses te concedan cuanto en tu corazón anheles: marido,
familia y feliz concordia: pues no hay nada mejor ni más útil que
el que gobiernen en casa el marido y la mujer con ánimo concorde,
lo cual produce gran pena á sus enemigos y alegría á los que los
quieren, y son ellos los que más aprecian sus ventajas.»
186 Respondió Nausícaa, la de los níveos brazos: «¡Forastero! Ya
que no me pareces ni vil ni insensato, sabe que el mismo Júpiter
distribuye la felicidad á los buenos y á los malos, y si te envió
esas penas debes sufrirlas pacientemente; mas ahora, que has
llegado á nuestra ciudad y á nuestro país, no carecerás de vestido
ni de ninguna de las cosas que por decoro debe obtener un mísero
suplicante. Te mostraré la población y diréte el nombre de sus
habitantes: los feacios poseen la ciudad y la comarca, y yo soy la
hija del magnánimo Alcínoo, cuyo es el imperio y el poder en este
pueblo.»
[Ilustración: ¡YO TE IMPLORO, OH REINA, SEAS DIOSA Ó
MORTAL!--(-Canto VI, verso 149.-)]
198 Dijo; y dió esta orden á las esclavas, de hermosas trenzas:
«¡Deteneos, esclavas! ¿Á dónde huis, por ver á un hombre? ¿Pensáis
acaso que sea un enemigo? No existe ni existirá nunca un mortal
terrible que venga á hostilizar la tierra de los feacios, pues á
éstos los quieren mucho los inmortales. Vivimos separadamente y
nos circunda el mar alborotado; somos los últimos de los hombres,
y ningún otro mortal tiene comercio con nosotros. Éste es un
infeliz que viene perdido y es necesario socorrerle, pues todos los
forasteros y pobres son de Júpiter y un exiguo don que se les haga
les es grato. Así pues, esclavas, dadle de comer y de beber y lavadle
en el río, en un lugar que esté resguardado del viento.»
211 De tal suerte habló. Detuviéronse las esclavas y, animándose
mutuamente, hicieron sentar á Ulises en un lugar abrigado, conforme
á lo dispuesto por Nausícaa, hija del magnánimo Alcínoo; dejaron
cerca de él un manto y una túnica para que se vistiera; entregáronle,
en ampolla de oro, líquido aceite, y le invitaron á lavarse en la
corriente del río. Y entonces el divinal Ulises les habló diciendo:
218 «¡Esclavas! Alejaos un poco á fin de que lave de mis hombros el
sarro del mar y me unja después con el aceite, del cual mucho ha que
mi cuerpo se ve privado. Yo no puedo tomar el baño ante vosotras,
pues haríaseme vergüenza desnudarme entre jóvenes de hermosas
trenzas.»
223 Así se expresó. Ellas se apartaron y fueron á contárselo á
Nausícaa. Entretanto el divinal Ulises se lavaba en el río, quitando
de su cuerpo el sarro del mar que le cubría la espalda y los
anchurosos hombros, y se limpiaba la cabeza de la espuma que en ella
dejara el mar estéril. Mas después que, ya lavado, se ungió con el
pingüe aceite y se puso los vestidos que la doncella, libre aún, le
entregara, Minerva, hija de Júpiter, hizo que apareciese más alto y
más grueso, y que de su cabeza colgaran ensortijados cabellos que á
flores de jacinto semejaban. Y así como el hombre experto, á quien
Vulcano y Palas Minerva han enseñado artes de toda especie, cerca
de oro la plata y hace lindos trabajos, de semejante modo Minerva
difundió la gracia por la cabeza y por los hombros de Ulises. Éste,
apartándose un poco, se sentó en la ribera del mar y resplandecía por
su gracia y hermosura. Admiróse la doncella y dijo á las esclavas de
hermosas trenzas:
239 «Oíd, esclavas de níveos brazos, lo que os voy á decir: no sin
la voluntad de los dioses que habitan el Olimpo, viene ese hombre
á los deiformes feacios. Al principio se me ofreció como un ser
despreciable, pero ahora se asemeja á los dioses que poseen el
anchuroso cielo. ¡Ojalá á tal varón pudiera llamársele mi marido,
viviendo acá; ojalá le pluguiera quedarse con nosotros! Mas, oh
esclavas, dadle de comer y de beber al forastero.»
247 Así habló. Ellas la escucharon y obedecieron, llevando al héroe
alimentos y bebida. Y el paciente divinal Ulises bebió y comió
ávidamente, pues hacía mucho tiempo que estaba en ayunas.
251 Entonces Nausícaa, la de los níveos brazos, ordenó otras cosas:
puso en el hermoso carro la ropa bien plegada, unció las mulas de
fuertes cascos, montó ella misma y, llamando á Ulises, exhortóle de
semejante modo:
255 «Levántate ya, oh forastero, y partamos para la población; á
fin de que te guíe á la casa de mi discreto padre, donde te puedo
asegurar que verás á los más ilustres de todos los feacios. Pero
obra de esta manera, ya que no me pareces falto de juicio: mientras
vayamos por el campo, por terrenos cultivados por el hombre, anda
ligeramente con las esclavas detrás del carro y yo te enseñaré el
camino por donde se sube á la ciudad, que está cercada por alto y
torreado muro y tiene á uno y otro lado un hermoso puerto de boca
estrecha adonde son conducidas las corvas embarcaciones, pues hay
estancias seguras para todas. Cabe á un magnífico templo de Neptuno
se halla el ágora, labrada con piedras de acarreo profundamente
hundidas: allí guardan los aparejos de las negras naves, las gúmenas
y los cables, y aguzan los remos; pues los feacios no se cuidan de
arcos ni de aljabas, sino de mástiles y de remos y de navíos bien
proporcionados con los cuales atraviesan alegres el espumoso mar.
Ahora quiero evitar sus amargos dichos; no sea que alguien me censure
después--que hay en la población hombres insolentísimos--ú otro
peor hable así al encontrarnos: «¿Quién es ese forastero tan alto y
tan hermoso que sigue á Nausícaa? ¿Dónde lo halló? Debe de ser su
esposo. Quizás haya recogido á un hombre de lejanas tierras que iría
errante por haberse extraviado de su nave, puesto que no los hay
en estos contornos; ó por ventura es un dios que, accediendo á sus
múltiples instancias, descendió del cielo y lo tendrá consigo todos
los días. Tanto mejor si ella fué á buscar marido en otra parte y
menosprecia el pueblo de los feacios, en el cual la pretenden muchos
é ilustres varones.» Así dirán y tendré que sufrir tamaños ultrajes.
Y también yo me indignaría contra la que tal hiciera; contra la que,
á despecho de su padre y de su madre todavía vivos, se juntara con
hombres antes de haber contraído público matrimonio. Oh forastero,
entiende bien lo que voy á decir, para que pronto obtengas de mi
padre que te dé compañeros y te haga conducir á tu patria. Hallarás
junto al camino un hermoso bosque de álamos, consagrado á Minerva,
en el cual mana una fuente y á su alrededor se extiende un prado:
allí tiene mi padre un campo y una viña floreciente, tan cerca de la
ciudad que puede oirse el grito que en ésta se dé. Siéntate en aquel
lugar y aguarda que nosotras, entrando en la población, lleguemos al
palacio de mi padre. Y cuando juzgues que ya habremos de estar en
casa, encamínate también á la ciudad y pregunta por la morada de mi
padre, del magnánimo Alcínoo; la cual es fácil de conocer y á ella
te conduciría hasta un niño, pues las demás casas de los feacios son
muy diferentes de la del héroe Alcínoo. Después que entrares en el
palacio y en el patio del mismo, atraviesa la sala rápidamente hasta
que llegues adonde mi madre, sentada al resplandor del fuego del
hogar, de espaldas á una columna, hila lana purpúrea, cosa admirable
de ver, y tiene detrás de ella á las esclavas. Allí, arrimado á la
misma columna, se levanta el trono en que mi padre se sienta y bebe
vino como un inmortal. Pasa por delante de él y tiende los brazos á
las rodillas de mi madre, para que pronto amanezca el alegre día de
tu regreso á la patria, por lejos que ésta se halle. Pues si mi madre
te fuere benévola, puedes concebir la esperanza de ver á tus amigos y
de llegar á tu casa bien labrada y á tu patria tierra.»
316 Diciendo así, hirió con el lustroso azote las mulas, que dejaron
al punto la corriente del río, pues trotaban muy bien y alargaban el
paso en la carrera. Nausícaa tenía las riendas, para que pudiesen
seguirla á pie las esclavas y Ulises, y aguijaba con gran discreción
á las mulas. Poníase el sol cuando llegaron al magnífico bosque
consagrado á Minerva. Ulises se sentó en él y acto seguido suplicó de
esta manera á la hija del gran Júpiter:
324 «¡Óyeme, hija de Júpiter, que lleva la égida! ¡Indómita deidad!
Atiéndeme ahora ya que nunca lo hiciste cuando me maltrataba el
ínclito dios que bate la tierra. Concédeme que, al llegar á los
feacios, me reciban éstos como amigo y de mí se apiaden.»
328 Tal fué su plegaria que oyó Palas Minerva. Pero la diosa no se le
apareció aún, porque temía á su tío paterno, quien estuvo vivamente
irritado contra Ulises, mientras el héroe no arribó á su patria.
[Ilustración: Refiere Ulises cómo partió de la isla Ogigia y llegó
al país de los feacios]
CANTO VII
ENTRADA DE ULISES EN EL PALACIO DE ALCÍNOO
1 Mientras así rogaba el paciente divinal Ulises, la doncella era
conducida á la ciudad por las vigorosas mulas. Apenas hubo llegado á
la ínclita morada de su padre, paró en el umbral; sus hermanos, que
se asemejaban á los dioses, pusiéronse á su alrededor, desengancharon
las mulas y llevaron los vestidos adentro de la casa; y ella se
encaminó á su habitación donde encendía fuego la anciana Eurimedusa
de Apira, su camarera, á quien en otro tiempo habían traído de allá
en las corvas naves y elegido para ofrecérsela como regalo á Alcínoo,
que reinaba sobre todos los feacios y era escuchado por el pueblo
cual si fuese un dios. Ésta fué la que crió á Nausícaa en el palacio;
y entonces le encendía fuego y le aparejaba la cena.
14 En aquel punto levantábase Ulises, para ir á la ciudad; y Minerva,
que le quería bien, envolvióle en copiosa nube: no fuera que alguno
de los magnánimos feacios, saliéndole al camino, le zahiriese con
palabras y le preguntase quién era. Mas, al entrar el héroe en la
agradable población, se le hizo encontradiza Minerva, la deidad de
los brillantes ojos, transfigurada en joven doncella que llevaba un
cántaro, y se detuvo ante él. Y el divinal Ulises le dirigió esta
pregunta:
22 «¡Oh hija! ¿No podrías llevarme al palacio de Alcínoo, que reina
sobre estos hombres? Soy un infeliz forastero que, después de padecer
mucho, he llegado acá, viniendo de lejos, de una tierra apartada; y
no conozco á ninguno de los que habitan en la ciudad ni de los que
moran en el campo.»
27 Respondióle Minerva, la deidad de los brillantes ojos: «Yo te
mostraré, oh forastero venerable, el palacio de que hablas, pues
está cerca de la mansión de mi eximio padre. Anda sin desplegar los
labios, y te guiaré en el camino; pero no mires á los hombres ni les
hagas preguntas, que ni son muy tolerantes con los forasteros ni
acogen amistosamente al que viene de otro país. Aquéllos, fiando en
sus rápidos bajeles, atraviesan el gran abismo del mar por concesión
de Neptuno, que sacude la tierra; y sus embarcaciones son tan ligeras
como las alas ó el pensamiento.»
37 Cuando así hubo dicho, Palas Minerva caminó á buen paso y Ulises
fué siguiendo las pisadas de la diosa. Y los feacios, ínclitos
navegantes, no se percataron de que anduviese por la ciudad y entre
ellos porque no lo permitió Minerva, la terrible deidad de hermosas
trenzas, la cual, usando de benevolencia, cubrióle con una niebla
divina. Atónito contemplaba Ulises los puertos, las naves bien
proporcionadas, las ágoras de aquellos héroes y los muros grandes,
altos, provistos de empalizadas, que era cosa admirable de ver. Pero,
no bien llegaron al magnífico palacio del rey, Minerva, la deidad de
los brillantes ojos, comenzó á hablarle de esta guisa:
[Ilustración: AL ENTRAR ULISES EN LA POBLACIÓN, SE LE HIZO
ENCONTRADIZA MINERVA, TRANSFIGURADA EN UNA DONCELLA, Y SE DETUVO ANTE
ÉL
(-Canto VII, versos 18 á 21.-)]
48 «Éste es, oh forastero venerable, el palacio que me ordenaste
te mostrara: encontrarás en él á los reyes, alumnos de Júpiter,
celebrando un banquete; pero vete adentro y no se turbe tu ánimo, que
el hombre, si es audaz, es más afortunado en lo que emprende, aunque
haya venido de otra tierra. Ya en la sala, hallarás primero á la
reina, cuyo nombre es Arete y procede de los mismos ascendientes que
engendraron al rey Alcínoo. En un principio, engendraron á Nausítoo
el dios Neptuno, que sacude la tierra, y Peribea, la más hermosa de
las mujeres, hija menor del magnánimo Eurimedonte, el cual había
reinado en otro tiempo sobre los orgullosos Gigantes. Pero éste
perdió á su pueblo malvado y pereció él mismo; y Neptuno hubo en
aquélla un hijo, el magnánimo Nausítoo, que luego imperó sobre los
feacios. Nausítoo engendró á Rexénor y á Alcínoo: mas, estando el
primero recién casado y sin hijos varones, fué muerto por Apolo, el
del arco de plata, y dejó en el palacio una sola hija, Arete, á quien
Alcínoo tomó por consorte y se ve honrada por él como ninguna de las
mujeres de la tierra que gobiernan una casa y viven sometidas á sus
esposos. Así, tan cordialmente, ha sido y es honrada de sus hijos,
del mismo Alcínoo y de los ciudadanos, que la contemplan como á una
diosa y la saludan con cariñosas palabras cuando anda por la ciudad.
No carece de buen entendimiento y dirime los litigios de las mujeres
por las que siente benevolencia, y aun los de los hombres. Si ella te
fuere benévola, ten esperanza de ver á tus amigos y de llegar á tu
casa de elevado techo y á tu patria tierra.»
78 Cuando Minerva, la de los brillantes ojos, hubo dicho esto, se
fué por cima del mar; y, saliendo de la encantadora Esqueria, llegó
á Maratón y á Atenas, la de anchas calles, y entróse en la tan
sólidamente construída morada de Erecteo. Ya Ulises enderezaba sus
pasos á la ínclita casa de Alcínoo y, al llegar frente al broncíneo
umbral, meditó en su ánimo muchas cosas; pues la mansión excelsa
del magnánimo Alcínoo resplandecía con el brillo del sol ó de la
luna. Á derecha é izquierda corrían sendos muros de bronce desde el
umbral al fondo; en lo alto de los mismos extendíase una cornisa de
lapislázuli; puertas de oro cerraban por dentro la casa sólidamente
construída; las dos jambas eran de plata y arrancaban del broncíneo
umbral; apoyábase en ellas argénteo dintel, y el anillo de la puerta
era de oro. Estaban á entrambos lados unos perros de plata y de oro,
inmortales y exentos para siempre de la vejez, que Vulcano había
fabricado con sabia inteligencia para que guardaran la casa del
magnánimo Alcínoo. Había sillones arrimados á la una y á la otra de
las paredes, cuya serie llegaba sin interrupción desde el umbral á lo
más hondo, y cubríanlos delicados tapices hábilmente tejidos, obra de
las mujeres. Sentábanse allí los príncipes feacios á beber y á comer,
pues de continuo celebraban banquetes. Sobre pedestales muy bien
hechos hallábanse de pie unos niños de oro, los cuales alumbraban
de noche, con hachas encendidas en las manos, á los convidados que
hubiera en la casa. Cincuenta esclavas tiene Alcínoo en su palacio:
unas quebrantan con la muela el rubio trigo; otras tejen telas y,
sentadas, hacen girar los husos, moviendo las manos cual si fuesen
hojas de excelso plátano, y las bien labradas telas relucen como
si destilaran aceite líquido. Cuanto los feacios son expertos
sobre todos los hombres en conducir una velera nave por el ponto,
así sobresalen grandemente las mujeres en fabricar lienzos, pues
Minerva les ha concedido que sepan hacer bellísimas labores y posean
excelente ingenio. En el exterior del patio, cabe á las puertas, hay
un gran jardín de cuatro yugadas, y alrededor del mismo se extiende
un seto por entrambos lados. Allí han crecido grandes y florecientes
árboles: perales, granados, manzanos de espléndidas pomas, dulces
higueras y verdes olivos. Los frutos de estos árboles no se pierden
ni faltan, ni en invierno ni en verano: son perennes; y el Céfiro,
soplando constantemente, á un tiempo mismo produce unos y madura
otros. La pera envejece sobre la pera, la manzana sobre la manzana,
la uva sobre la uva y el higo sobre el higo. Allí han plantado una
viña muy fructífera y parte de sus uvas se secan al sol en un lugar
abrigado y llano, á otras las vendimian, á otras las pisan, y están
delante las verdes, que dejan caer la flor, y las que empiezan á
negrear. Allí, en el fondo del huerto, crecían liños de legumbres de
toda clase, siempre lozanas. Hay en él dos fuentes: una corre por
todo el huerto; la otra va hacia la excelsa morada y sale debajo
del umbral, adonde acuden por agua los ciudadanos. Tales eran los
espléndidos presentes de los dioses en el palacio de Alcínoo.
133 Detúvose el paciente divinal Ulises á contemplar todo aquello; y,
después de admirarlo, pasó con ligereza el umbral, entró en la casa y
halló á los caudillos y príncipes de los feacios ofreciendo con las
copas libaciones al vigilante Argicida, que era el último á quien
las hacían cuando ya determinaban acostarse; mas el paciente divinal
Ulises anduvo por el palacio, envuelto en la espesa nube con que lo
cubrió Minerva, hasta llegar adonde estaban Arete y el rey Alcínoo.
Entonces tendió Ulises sus brazos á las rodillas de Arete, disipóse
la divinal niebla, enmudecieron todos los de la casa al percatarse
de aquel hombre á quien contemplaban admirados, y Ulises comenzó su
ruego de esta manera:
146 «¡Arete, hija de Rexénor, que parecía un dios! Después de sufrir
mucho, vengo á tu esposo, á tus rodillas y á estos convidados, á
quienes permitan los dioses vivir felizmente y legar sus bienes á
los hijos que dejen en sus palacios así como también los honores que
el pueblo les haya conferido. Mas, apresuraos á darme hombres que me
conduzcan, para que muy pronto vuelva á la patria; pues hace mucho
tiempo que ando lejos de los amigos, padeciendo infortunios.»
153 Dicho esto, sentóse junto á la lumbre del hogar, en la ceniza; y
todos enmudecieron y quedaron silenciosos. Pero, al fin, el anciano
héroe Equeneo que era el de más edad entre los varones feacios y
descollaba por su elocuencia, sabiendo muchas y muy antiguas cosas,
les arengó benévolamente y les dijo:
159 «¡Alcínoo! No es bueno ni decoroso para ti, que el huésped esté
sentado en tierra, sobre la ceniza del hogar; y éstos se hallan
cohibidos, esperando que hables. Ea, pues, levántale, hazle sentar en
una silla de clavazón de plata, y manda á los heraldos que mezclen
vino para ofrecer libaciones á Júpiter, que se huelga con el rayo,
dios que acompaña á los venerandos suplicantes. Y tráigale de cenar
la despensera, de aquellas cosas que allá dentro se guardan.»
167 Cuando esto oyó la sacra potestad de Alcínoo, asiendo por la mano
al prudente y sagaz Ulises, alzóle de junto al fuego é hízolo sentar
en una silla espléndida, mandando que se la cediese un hijo suyo, el
valeroso Laodamante, que se sentaba á su lado y érale muy querido.
Una esclava dióle aguamanos, que traía en magnífico jarro de oro y
vertió en fuente de plata, y puso delante de Ulises una pulimentada
mesa. La veneranda despensera trájole pan y dejó en la mesa buen
número de manjares, obsequiándole con los que tenía reservados. El
paciente divinal Ulises comenzó á beber y á comer; y entonces el
poderoso Alcínoo dijo al heraldo:
179 «¡Pontónoo! Mezcla vino en la cratera y distribúyelo á cuantos se
encuentren en el palacio, á fin de que hagamos libaciones á Júpiter,
que se huelga con el rayo, dios que acompaña á los venerandos
suplicantes.»
182 Así se expresó. Pontónoo mezcló el dulce vino y lo distribuyó
á todos los presentes, después de haber ofrecido en copas las
primicias. Y cuando hubieron hecho la libación y bebido cuanto plugo
á su ánimo, Alcínoo les arengó diciéndoles de esta suerte:
186 «¡Oíd, caudillos y príncipes de los feacios, y os diré lo que
en el pecho mi corazón me dicta! Ahora, que habéis cenado, idos á
acostar en vuestras casas: mañana, así que rompa el día, llamaremos
á un número mayor de ancianos, trataremos al forastero como huésped
en el palacio, ofreceremos á las deidades hermosos sacrificios, y
hablaremos de la conducción de aquél para que pueda, sin fatigas
ni molestias y acompañándole nosotros, llegar rápida y alegremente
á su patria tierra, aunque esté muy lejos, y no haya de padecer
mal ni daño alguno antes de tornar á su país; que, ya en su casa,
padecerá lo que el hado y las graves Parcas dispusieron al hilar el
hilo cuando su madre le dió ser. Y si fuere uno de los inmortales,
que ha bajado del cielo, algo nos preparan los dioses; pues hasta
aquí, siempre se nos han aparecido claramente cuando les ofrecemos
magníficas hecatombes, y comen, sentados con nosotros, donde comemos
los demás. Y si algún solitario caminante se encuentra con ellos, no
se le ocultan; porque somos tan cercanos á los mismos por nuestro
linaje como los Ciclopes y la salvaje raza de los Gigantes.»
207 Respondióle el ingenioso Ulises: «¡Alcínoo! Piensa otra cosa,
pues no soy semejante ni en cuerpo ni en natural á los inmortales
que poseen el anchuroso cielo, sino á los mortales hombres: puedo
equipararme por mis penas á los varones de quienes sepáis que han
soportado más desgracias y contaría males aún mayores que los suyos,
si os dijese cuantos he padecido por la voluntad de los dioses.
Mas dejadme cenar, aunque me siento angustiado; que no hay cosa
tan importuna como el vientre, que nos obliga á pensar en él, aun
hallándonos muy afligidos ó con el ánimo lleno de pesares como me
encuentro ahora, nos incita siempre á comer y á beber, y en la
actualidad me hace echar en olvido todos mis trabajos, mandándome
que lo sacie. Y vosotros daos prisa, así que se muestre la Aurora,
y haced que yo, oh desgraciado, vuelva á mi patria, no obstante lo
mucho que he padecido. No se me acabe la vida sin ver nuevamente mis
posesiones, mis esclavos y mi gran casa de elevado techo.»
226 Así dijo. Todos aprobaron sus palabras y aconsejaron que al
huésped se le llevase á la patria, ya que era razonable cuanto decía.
Hechas las libaciones y habiendo bebido todos cuanto les plugo,
fueron á recogerse en sus respectivas moradas; pero el divinal Ulises
se quedó en el palacio y á par de él sentáronse Arete y el deiforme
Alcínoo, mientras las esclavas retiraban lo que había servido para el
banquete. Arete, la de los níveos brazos, fué la primera en hablar,
pues, contemplando los hermosos vestidos de Ulises, reconoció el
manto y la túnica que labrara con sus siervas. Y en seguida habló al
héroe con estas aladas palabras:
237 «¡Huésped! Ante todo quiero preguntarte yo misma: ¿Quién eres
y de qué país procedes? ¿Quién te dió esos vestidos? ¿No dices que
llegaste vagando por el ponto?»
240 Respondióle el ingenioso Ulises: «Difícil sería, oh reina,
contar menudamente mis infortunios, pues me los enviaron en gran
abundancia los dioses celestiales; mas te hablaré de aquello acerca
de lo cual me preguntas é interrogas. Hay en el mar una isla lejana,
Ogigia, donde mora la hija de Atlante, la dolosa Calipso, de lindas
trenzas, deidad poderosa que no se comunica con ninguno de los dioses
ni de los mortales hombres; pero á mí, oh desdichado, me llevó á
su hogar algún numen, después que Jove hendiera mi veloz nave en
medio del vinoso ponto, arrojando contra la misma el ardiente rayo.
Perecieron mis esforzados compañeros, mas yo me abracé á la quilla
del corvo bajel, fuí errante nueve días y en la décima y obscura
noche lleváronme los dioses á la isla Ogigia donde mora Calipso, de
lindas trenzas, terrible diosa: ésta me recogió, me trató solícita
y amorosamente, me mantuvo y díjome á menudo que me haría inmortal
y exento de la senectud para siempre, sin que jamás lograra llevar
la persuasión á mi ánimo. Allí estuve detenido siete años, y regué
incesantemente con lágrimas las divinales vestiduras que me dió
Calipso. Pero cuando vino el año octavo, me exhortó y me invitó
á partir; sea á causa de algún mensaje de Júpiter, sea porque su
mismo pensamiento hubiese cambiado. Envióme en una balsa hecha con
buen número de ataduras, me dió abundante pan y dulce vino, me puso
vestidos divinales y me mandó favorable y plácido viento. Diez y
siete días navegué, atravesando el mar; al décimoctavo pude ver los
umbrosos montes de vuestra tierra y á mí, oh infeliz, se me alegró
el corazón. Mas, aún había de encontrarme con grandes trabajos que
me suscitaría Neptuno, que sacude la tierra: el dios levantó vientos
contrarios, impidiéndome el camino, y conmovió el mar inmenso;
de suerte que las olas no me permitían á mí, que daba profundos
suspiros, ir en la balsa, y ésta fué desbaratada muy pronto por la
tempestad. Entonces nadé, atravesando el abismo, hasta que el viento
y el agua me acercaron á vuestro país. Al salir del mar, la ola
me hubiese estrellado contra la tierra firme, arrojándome á unos
peñascos y á un lugar funesto; pero retrocedí nadando y llegué á
un río, cual paraje parecióme óptimo por carecer de rocas y formar
como un reparo contra los vientos. Me dejé caer sobre la tierra,
cobrando aliento; pero sobrevino la divinal noche y me alejé del
río, que las celestiales lluvias alimentan, me eché á dormir entre
unos arbustos, después de haber amontonado hojas á mi alrededor,
é infundióme un dios profundísimo sueño. Allí, entre las hojas y
con el corazón triste, dormí toda la noche, toda la mañana y el
mediodía; y al ponerse el sol dejóme el dulce sueño. Vi entonces á
las siervas de tu hija jugando en la playa junto con ella que parecía
una diosa. La imploré y no le faltó buen juicio, como no se esperaría
que demostrase en sus actos una persona joven que se hallara en
tal trance, porque los mozos siempre se portan inconsideradamente.
Dióme abundante pan y vino tinto, mandó que me lavaran en el río y me
entregó estas vestiduras. Tal es lo que, aunque angustiado, deseaba
contarte, conforme á la verdad de lo ocurrido.»
298 Respondióle Alcínoo diciendo: «¡Huésped! En verdad que mi hija
no tomó el acuerdo más conveniente; ya que no te trajo á nuestro
palacio, con las esclavas, habiendo sido la primer persona á quien
suplicaste.»
302 Contestóle el ingenioso Ulises: «¡Oh héroe! No por eso reprendas
á tan eximia doncella, que ya me invitó á seguirla con las esclavas;
mas yo no quise por temor y respeto: no fuera que mi vista te
irritara, pues somos muy suspicaces los hombres que vivimos en la
tierra.»
308 Respondióle Alcínoo diciendo: «¡Huésped! No hay en mi pecho
un corazón de tal índole que se irrite sin motivo, y lo mejor es
siempre lo más justo. Ojalá, ¡por el padre Júpiter, Minerva y Apolo!,
que siendo cual eres y pensando como yo pienso, tomases á mi hija
por mujer y fueras llamado yerno mío, permaneciendo con nosotros.
Diérate casa y riquezas, si de buen grado te quedaras; que contra tu
voluntad ningún feacio te ha de detener, pues esto disgustaría al
padre Júpiter. Y desde ahora decido, para que lo sepas bien, que tu
conducción se haga mañana: mientras dormirás, vencido del sueño, los
compañeros remarán por el mar en calma hasta que llegues á tu patria
y á tu casa, ó á donde te fuere grato, aunque esté mucho más lejos
que Eubea; la cual dicen que se halla lejísima los ciudadanos que la
vieron cuando llevaron al rubio Radamanto á visitar á Ticio, hijo de
la Tierra: fueron allá y en un solo día y sin cansarse terminaron
el viaje y se restituyeron á sus casas. Tú mismo apreciarás cuán
excelentes son mis naves y cuán hábiles los jóvenes en quebrantar el
mar con los remos.»
329 Tal dijo. Alegróse el paciente divinal Ulises y, orando, habló de
esta manera:
331 «¡Padre Júpiter! Ojalá que Alcínoo lleve á cumplimiento cuanto ha
dicho; que su gloria jamás se extinga sobre la fértil tierra y que
logre yo tornar á mi patria.»
334 Así éstos conversaban. Arete, la de los níveos brazos, mandó á
las esclavas que pusieran un lecho debajo del pórtico, lo proveyesen
de hermosos cobertores de púrpura, extendiesen por encima tapetes, y
dejasen afelpadas túnicas para abrigarse. Las doncellas salieron del
palacio con hachas encendidas y, en acabando de hacer diligentemente
la cama, presentáronse á Ulises y le llamaron con estas palabras:
342 «Levántate, huésped, y vete á acostar, que ya está hecha la
cama.» Así dijeron, y le pareció grato dormir. De este modo el
paciente divinal Ulises durmió allí, en torneado lecho, debajo del
sonoro pórtico. Y Alcínoo se acostó en el interior de la excelsa
mansión, y á su lado la reina, después de aparejarle lecho y cama.
[Ilustración]
[Ilustración: Ulises se entristece y derrama lágrimas al oirle
cantar á Demódoco la toma de Troya]
CANTO VIII
PRESENTACIÓN DE ULISES Á LOS FEACIOS
1 Al punto que se descubrió la hija de la mañana, la Aurora de
rosáceos dedos, levantáronse de la cama la sacra potestad de Alcínoo
y Ulises, el de jovial linaje, asolador de ciudades. La sacra
potestad de Alcínoo se puso al frente de los demás, y juntos se
encaminaron al ágora, que los feacios habían construído cerca de las
naves. Tan luego como llegaron, sentáronse en unas piedras pulidas,
los unos al lado de los otros; mientras Palas Minerva, transfigurada
en heraldo del prudente Alcínoo, recorría la ciudad y pensaba en la
vuelta del magnánimo Ulises á su patria. Y la diosa, allegándose á
cada varón, dirigíales estas palabras:
11 «¡Ea, caudillos y príncipes de los feacios! Id al ágora para que
oigáis hablar del forastero que no ha mucho llegó á la casa del
prudente Alcínoo, después de ir errante por el ponto, y es un varón
que se asemeja por su cuerpo á los inmortales.»
15 Diciendo así, movíales el corazón y el ánimo. El ágora y los
asientos llenáronse bien presto de varones que se iban juntando, y
eran en gran número los que contemplaban con admiración al prudente
hijo de Laertes, pues Minerva difundió la gracia por la cabeza y los
hombros de Ulises é hizo que pareciese más alto y más grueso para que
á todos los feacios les fuera grato, temible y venerable, y llevara á
término los muchos juegos con que éstos habían de probarlo. Y no bien
acudieron los ciudadanos, una vez reunidos todos, Alcínoo les arengó
de esta manera:
26 «¡Oídme, caudillos y príncipes de los feacios, y os diré lo que
en el pecho mi corazón me dicta! Este forastero, que no sé quién es,
llegó errante á mi palacio--ya venga de los hombres de Oriente, ya
de los de Occidente--y nos suplica con mucha insistencia que tomemos
la firme resolución de llevarlo á su patria. Apresurémonos, pues, á
conducirle, como anteriormente lo hicimos con tantos otros; ya que
ninguno de los que vinieron á mi casa, hubo de estar largo tiempo
suspirando por la vuelta. Ea, pues, botemos al mar divino una negra
nave sin estrenar y escójanse de entre el pueblo los cincuenta y dos
mancebos que hasta aquí hayan sido los más excelentes. Y, atando
bien los remos á los bancos, salgan de la embarcación y aparejen
en seguida un convite en mi palacio; que á todos lo he de dar muy
abundante. Esto mando á los jóvenes; pero vosotros, reyes portadores
de cetro, venid á mi hermosa mansión para que festejemos en la sala á
nuestro huésped. Nadie se me niegue. Y llamad á Demódoco, el divino
aedo á quien los númenes otorgaron gran maestría en el canto para
deleitar á los hombres, siempre que á cantar le incita su ánimo.»
46 Cuando así hubo hablado, se puso en marcha; siguiéronle los reyes,
portadores de cetro, y el heraldo fué á llamar al divinal aedo.
Los cincuenta y dos jóvenes elegidos, cumpliendo la orden del rey,
enderezaron á la ribera del estéril mar; y, en llegando á do estaba
la negra embarcación, echáronla al mar profundo, pusieron el mástil
y el velamen, y ataron los remos con correas, haciéndolo todo de
conveniente manera. Extendieron después las blancas velas, anclaron
la nave donde el agua era profunda, y acto continuo se fueron á la
gran casa del prudente Alcínoo. Llenáronse los pórticos, el recinto
de los patios y las salas con los hombres que allí se congregaron;
pues eran muchos, entre jóvenes y ancianos. Para ellos inmoló Alcínoo
doce ovejas, ocho puercos de albos dientes y dos flexípedes bueyes:
todos fueron desollados y preparados, y aparejóse una agradable
comida.
62 Compareció el heraldo con el amable aedo á quien la Musa quería
extremadamente y le había dado un bien y un mal: privóle de la
vista y concedióle el dulce canto. Pontónoo le puso en medio de los
convidados una silla de clavazón de plata, arrimándola á excelsa
columna; y el heraldo le colgó de un clavo la sonora cítara, más
arriba de la cabeza, enseñóle á tomarla con las manos y le acercó
un canastillo, una pulcra mesa y una copa de vino para que bebiese
siempre que su ánimo se lo aconsejara. Todos echaron mano á las
viandas que tenían delante. Y apenas saciado el deseo de comer y
de beber, la Musa excitó al aedo á que celebrase la gloria de los
guerreros con un cantar cuya fama llegaba entonces al anchuroso
cielo: la disputa de Ulises y del Pelida Aquiles, quienes en el
espléndido banquete en honor de los dioses contendieron con horribles
palabras, mientras el rey de hombres Agamenón se regocijaba en su
ánimo al ver que reñían los mejores de los aqueos; pues Febo Apolo
se lo había pronosticado en la divina Pito, cuando el héroe pasó el
umbral de piedra y fué á consultarle, diciéndole que desde aquel
punto comenzaría á revolverse la calamidad entre teucros y dánaos por
la decisión del gran Jove.
83 Tal era lo que cantaba el ínclito aedo. Ulises tomó con sus
robustas manos el gran manto de color de púrpura y se lo echó por
encima de la cabeza, cubriendo su faz hermosa, pues dábale vergüenza
que brotaran lágrimas de sus ojos delante de los feacios; y así que
el divinal aedo dejó de cantar, enjugóse las lágrimas, se quitó el
manto de la cabeza y, asiendo una copa doble, hizo libaciones á las
deidades. Pero, cuando aquél volvió á comenzar--habiéndole pedido
los más nobles feacios que cantase, porque se deleitaban con sus
relatos--Ulises se cubrió nuevamente la cabeza y tornó á llorar. Á
todos les pasó inadvertido que derramara lágrimas menos á Alcínoo;
el cual, sentado junto á él, lo advirtió y notó, oyendo asimismo
que suspiraba profundamente. Y entonces dijo el rey á los feacios,
amantes de manejar los remos:
97 «¡Oídme, caudillos y príncipes de los feacios! Como ya hemos
gozado del común banquete y de la cítara, que es la compañera del
festín espléndido, salgamos á probar toda clase de juegos; para que
el huésped participe á sus amigos, después que se haya restituído á
la patria, cuánto superamos á los demás hombres en el pugilato, la
lucha, el salto y la carrera.»
104 Cuando así hubo hablado se puso en marcha, y los demás le
siguieron. El heraldo colgó del clavo la sonora cítara y, asiendo
de la mano á Demódoco, lo sacó de la casa y le fué guiando por el
mismo camino por donde iban los nobles feacios á admirar los juegos.
Encamináronse todos al ágora, seguidos de una turba numerosa,
inmensa; y allí se pusieron en pie muchos y vigorosos jóvenes.
Levantáronse Acróneo, Ocíalo, Elatreo, Nauteo, Primneo, Anquíalo,
Eretmeo, Ponteo, Proreo, Toón, Anabesíneo y Anfíalo, hijo de Políneo
Tectónida; levantóse también Euríalo, igual á Marte, funesto á los
mortales, y Naubólides, el más excelente en cuerpo y hermosura de
todos los feacios después del intachable Laodamante; y alzáronse,
por fin, los tres hijos del egregio Alcínoo: Laodamante, Halio y
Clitoneo, parecido á un dios. Empezaron por probarse en la carrera.
Partieron simultáneamente de la raya, y volaban ligeros y levantando
polvo por la llanura. Entre ellos descollaba mucho en el correr el
eximio Clitoneo, y cuan largo es el surco que abren dos mulas en
campo noval, tanto se adelantó á los demás que le seguían rezagados.
Probáronse otros en la fatigosa lucha, y Euríalo venció á cuantos
en ella sobresalían. En el salto fué Anfíalo superior á los demás;
en arrojar el disco señalóse Elatreo sobre todos; y en el pugilato,
Laodamante, el buen hijo de Alcínoo. Y cuando todos hubieron recreado
su ánimo con los juegos, Laodamante, hijo de Alcínoo, hablóles de
esta suerte:
133 «Venid, amigos, y preguntemos al huésped si conoce ó ha aprendido
algún juego. Que no tiene mala presencia á juzgar por su desarrollo,
por sus muslos, piernas y brazos, por su robusta cerviz y por su
gran vigor; ni le ha desamparado todavía la juventud; aunque está
quebrantado por muchos males, pues no creo que haya cosa alguna que
pueda compararse con el mar para abatir á un hombre por fuerte que
sea.»
140 Euríalo le contestó en seguida. «¡Laodamante! Muy oportunas son
tus razones. Ve tú mismo y provócale repitiéndoselas.»
143 Apenas lo oyó, adelantóse el buen hijo de Alcínoo, púsose en
medio de todos y dijo á Ulises:
145 «Ea, padre huésped, ven tú también á probarte en los juegos,
si aprendiste alguno; y debes de conocerlos, que no hay gloria más
ilustre para el varón en esta vida, que la de campear por las obras
de sus pies ó de sus manos. Ea, pues, ven á probarte y echa del alma
las penas, pues tu viaje no se diferirá mucho: ya la nave ha sido
botada y los que te han de acompañar están prestos.»
152 Respondióle el ingenioso Ulises: «¡Laodamante! ¿Por qué me
ordenáis tales cosas para hacerme burla? Más que en los juegos
ocúpase mi alma en sus penas, que son muchísimas las que he padecido
y soportado. Y ahora me asiento en vuestra ágora, anhelando volver á
la patria, con el fin de suplicar al rey y á todo el pueblo.»
158 Mas Euríalo le contestó, echándole á la cara este reproche:
«¡Huésped! No creo, en verdad, que seas un varón instruído en los
muchos juegos que se usan entre los hombres; antes pareces un capitán
de marineros traficantes, que permaneciera asiduamente en la nave de
muchos bancos para acordarse de la carga y vigilar las mercancías y
el lucro debido á las rapiñas. No, no te asemejas á un atleta.»
165 Mirándole con torva faz, le repuso el ingenioso Ulises:
«¡Huésped! Mal hablaste y me pareces un insensato. Los dioses no han
repartido de igual modo á todos los hombres sus amables presentes:
hermosura, ingenio y elocuencia. Un hombre, inferior por su aspecto,
recibe de una deidad el adorno de la facundia y ya todos se complacen
en mirarlo, cuando los arenga con firme voz y suave modestia, y le
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