los míseros mortales: que los suyos se corten la cabellera y surquen
con lágrimas las mejillas. También murió mi hermano, que no era
ciertamente el peor de los argivos; y tú le debiste conocer--yo ni
estuve allá, ni llegué á verle--y dicen que descollaba entre todos,
así en la carrera como en las batallas.»
203 Respondióle el rubio Menelao: «¡Amigo! Has hablado como lo
hiciera un varón sensato que tuviese más edad. De tal padre eres
hijo, y por esto te expresas con gran prudencia. Fácil es conocer la
prole del varón á quien el Saturnio tiene destinada la dicha desde
que se casa ó desde que ha nacido; como ahora concedió á Néstor
constantemente, todos los días, que disfrute de placentera vejez en
el palacio y que sus hijos sean discretos y sumamente hábiles en
manejar la lanza. Pongamos fin al llanto que ahora hicimos, tornemos
á acordarnos de la cena, y dennos agua á las manos.»
216 Así habló. Dióles aguamanos Asfalión, diligente servidor del
glorioso Menelao, y acto continuo echaron mano á las viandas que
tenían delante.
219 Entonces Helena, hija de Júpiter, ordenó otra cosa. Echó en el
vino que estaban bebiendo una droga contra el llanto y la cólera, que
hacía olvidar todos los males. Quien la tomare, después de mezclarla
en la cratera, no logrará que en todo el día le caiga una sola
lágrima en las mejillas, aunque con sus propios ojos vea morir á su
padre y á su madre ó degollar con el bronce á su hermano ó á su mismo
hijo. Tan excelentes y bien preparadas drogas guardaba en su poder
la hija de Júpiter por habérselas dado la egipcia Polidamna, mujer
de Ton, cuya fértil tierra produce muchísimas, y la mezcla de unas
es saludable y la de otras nociva. Allí cada individuo es un médico
que descuella por su saber entre todos los hombres, porque vienen del
linaje de Peón. Y Helena, al punto que hubo echado la droga, mandó
escanciar el vino y volvió á hablarles de esta manera:
235 «¡Atrida Menelao, alumno de Júpiter, y vosotros, hijos de nobles
varones! En verdad que el dios Júpiter, como lo puede todo, ya nos
manda bienes, ya nos envía males; comed ahora, sentados en esta sala,
y deleitaos con la conversación, que yo os diré cosas oportunas. No
podría narrar ni referir todos los trabajos del paciente Ulises y
contaré tan sólo esto, que el fuerte varón realizó y sufrió en el
pueblo troyano donde tantos males padecisteis los aqueos. Infirióse
vergonzosas heridas, echóse á la espalda unos viles harapos, como si
fuera un siervo, y se entró por la ciudad de anchas calles donde sus
enemigos habitaban. Así, encubriendo su ser, transfigurado en otro
hombre que parecía un mendigo, quien no era tal ciertamente junto
á las naves aqueas, fué como penetró en la ciudad de Troya. Todos
se dejaron engañar y yo sola le reconocí é interrogué, pero él con
sus mañas se me escabullía. Mas cuando lo hube lavado y ungido con
aceite, y le entregué un vestido, y le prometí con firme juramento
que á Ulises no se le descubriría á los troyanos hasta que llegara
nuevamente á las tiendas y á las veleras naves, entonces me refirió
todo lo que tenían proyectado los aqueos. Y después de matar con
el bronce de larga punta á buen número de troyanos, volvió á los
argivos, llevándose el conocimiento de muchas cosas. Prorrumpieron
las troyanas en fuertes sollozos, y á mí el pecho se me llenaba de
júbilo porque ya sentía en mi corazón el deseo de volver á mi casa y
deploraba el error en que me pusiera Venus cuando me condujo allá,
lejos de mi patria, y hube de abandonar á mi hija, el tálamo y un
marido que á nadie le cede ni en inteligencia ni en gallardía.»
265 Respondióle el rubio Menelao: «Sí, mujer, con gran exactitud lo
has contado. Conocí el modo de pensar y de sentir de muchos héroes,
pues llevo recorrida gran parte de la tierra; pero mis ojos jamás
pudieron dar con un hombre que tuviera el corazón de Ulises, de ánimo
paciente. ¡Qué no hizo y sufrió aquel fuerte varón en el caballo de
pulimentada madera, cuyo interior ocupábamos los mejores argivos
para llevar á los troyanos la carnicería y la muerte! Viniste tú en
persona--pues debió de moverte algún numen que anhelaba dar gloria á
los troyanos--y te seguía Deífobo, semejante á los dioses. Tres veces
rodeaste, tocando la hueca emboscada y llamando por su nombre á los
mejores argivos de cuyas mujeres remedabas la voz. Yo y el Tidida,
que con el divinal Ulises estábamos en el centro, te oímos cuando
nos llamaste y queríamos salir ó responder desde dentro; mas Ulises
lo impidió y nos contuvo á pesar de nuestro deseo. Entonces todos
guardaron silencio y sólo Anticlo deseaba contestar, pero Ulises
tapóle la boca con sus robustas manos y salvó á todos los aqueos con
sujetarle continuamente hasta que te apartó de allí Palas Minerva.»
290 Replicóle el prudente Telémaco: «¡Atrida Menelao, alumno de
Júpiter, príncipe de hombres! Más doloroso es que sea así, pues
ninguna de estas cosas le libró de una muerte deplorable, ni la
evitara aunque tuviese un corazón de hierro. Mas, ea, mándanos á la
cama para que, acostándonos, nos regalemos con el dulce sueño.»
296 Dijo. La argiva Helena mandó á las esclavas que pusieran lechos
debajo del pórtico, los proveyesen de hermosos cobertores de púrpura,
extendiesen por encima colchas, y dejasen en ellos afelpadas túnicas
para abrigarse. Las doncellas salieron del palacio con hachas
encendidas y aderezaron las camas, y un heraldo acompañó á los
huéspedes. Así se acostaron en el vestíbulo de la casa el héroe
Telémaco y el ilustre hijo de Néstor; mientras que el Atrida durmió
en el interior de la excelsa morada y junto á él Helena, la de largo
peplo, la divina sobre todas las mujeres.
306 Mas, al punto que apareció la hija de la mañana, la Aurora de
rosáceos dedos, Menelao, valiente en el combate, se levantó de la
cama, púsose sus vestidos, colgóse al hombro la aguda espada, calzó
sus blancos pies con hermosas sandalias y, parecido á un dios, salió
de la habitación, fué á sentarse junto á Telémaco, llamóle y así le
dijo:
312 «¡Héroe Telémaco! ¿Qué necesidad te ha obligado á venir aquí, á
la divina Lacedemonia, por el ancho dorso del mar? ¿Es un asunto del
pueblo ó propio tuyo? Dímelo francamente.»
315 Respondióle el prudente Telémaco: «¡Atrida Menelao, alumno de
Júpiter, príncipe de hombres! He venido por si me pudieres dar alguna
nueva de mi padre. Consúmese todo lo de mi casa y se pierden las
ricas heredades: el palacio está lleno de hombres malévolos que,
pretendiendo á mi madre y portándose con gran insolencia, matan
continuamente las ovejas de mis copiosos rebaños y los flexípedes
bueyes de retorcidos cuernos. Por tal razón vengo á abrazar tus
rodillas, por si quisieras contarme la triste muerte de aquél, ora
la hayas visto con tus ojos, ora la hayas oído referir á algún
peregrino, que muy sin ventura lo parió su madre. Y nada atenúes por
respeto ó compasión que me tengas; al contrario, entérame bien de
lo que hayas visto. Yo te lo ruego: si mi padre, el noble Ulises,
te cumplió algún día su palabra ó llevó al cabo una acción que te
hubiese prometido, allá en el pueblo de los troyanos donde tantos
males padecisteis los aqueos, acuérdate de la misma y dime la verdad
de lo que te pregunto.»
332 Y el rubio Menelao le contestó indignadísimo: «¡Oh dioses! En
verdad que pretenden dormir en la cama de un varón muy esforzado
aquellos hombres tan cobardes. Así como una cierva puso sus hijuelos
recién nacidos en la guarida de un bravo león y fuése á pacer por
los bosques y los herbosos valles, y el león volvió á la madriguera
y dió á entrambos cervatillos indigna muerte; de semejante modo
también Ulises les ha de dar á aquéllos vergonzosa muerte. Ojalá se
mostrase, ¡oh padre Júpiter, Minerva, Apolo!, tal como era cuando
en la bien construída Lesbos se levantó contra el Filomelida, en
una disputa, y luchó con él, y lo derribó con ímpetu, de lo cual se
alegraron todos los aqueos; si, mostrándose tal, se encontrara Ulises
con los pretendientes, fuera corta la vida de éstos y las bodas les
resultarían muy amargas. Pero en lo que me preguntas y suplicas que
te cuente, no querría apartarme de la verdad ni engañarte; y de
cuantas cosas me refirió el veraz anciano de los mares, no te callaré
ni ocultaré ninguna.
351 »Los dioses me habían detenido en Egipto, á pesar de mi anhelo de
volver acá, por no haberles sacrificado hecatombes perfectas; que las
deidades quieren que no se nos vayan de la memoria sus mandamientos.
Hay en el alborotado ponto una isla, enfrente del Egipto, que la
llaman Faro y se halla tan lejos de él cuanto puede andar en todo
el día una cóncava embarcación si la empuja sonoro viento. Tiene
la isla un puerto magnífico desde el cual echan al ponto las bien
proporcionadas naves, después de hacer aguada en un manantial
profundo. Allí me tuvieron los dioses veinte días, sin que se alzaran
los vientos favorables que soplan en el mar y conducen los navíos
por su ancho dorso. Ya todos los bastimentos se me iban agotando y
también menguaba el ánimo de los hombres; pero me salvó una diosa
que tuvo piedad de mí: Idotea, hija del fuerte Proteo, el anciano de
los mares; la cual, sintiendo conmovérsele el corazón, se me hizo
encontradiza mientras vagaba solo y apartado de mis hombres, que
andaban continuamente por la isla pescando con corvos anzuelos, pues
el hambre les atormentaba el vientre. Paróse Idotea y díjome estas
palabras:
371 «¡Forastero! ¿Eres así, tan simple é inadvertido? ¿Ó te abandonas
voluntariamente y te huelgas de pasar dolores, puesto que detenido en
la isla, desde largo tiempo, no hallas medio de poner fin á semejante
situación á pesar de que ya desfallece el ánimo de tus amigos?»
375 »Tal habló, y le respondí de este modo: «Te diré, seas cual
fueres de las diosas, que no estoy detenido por mi voluntad; sino que
debo de haber pecado contra los inmortales que habitan el anchuroso
cielo. Mas revélame--ya que los dioses lo saben todo--cuál de los
inmortales me detiene y me cierra el camino, y cómo podré llegar á la
patria, atravesando el mar en peces abundoso.»
382 »Así le hablé. Contestóme en el acto la divina entre las diosas:
«¡Oh forastero! Voy á informarte con gran sinceridad. Frecuenta este
sitio el veraz anciano de los mares, el inmortal Proteo egipcio, que
conoce las honduras de todo el mar y es servidor de Neptuno: dicen
que es mi padre, que fué él quien me engendró. Si, poniéndote en
asechanza, lograres agarrarlo de cualquier manera, te diría el camino
que has de seguir, cuál será su duración y cómo podrás restituirte
á la patria, atravesando el mar en peces abundoso. Y también te
relataría, oh alumno de Júpiter, si deseares saberlo, lo malo ó lo
bueno que haya ocurrido en tu casa desde que te ausentaste para hacer
este viaje largo y difícil.»
394 »Tales fueron sus palabras; y le contesté diciendo: «Enséñame
tú la asechanza que he de tender al divinal anciano: no sea que
me descubra antes de tiempo ó llegue á conocer mi propósito, y se
escape; que es muy difícil para un hombre mortal sujetar á un dios.»
398 »Así le dije, y respondióme la divina entre las diosas: «¡Oh
forastero! Voy á instruirte con gran sinceridad. Cuando el sol,
siguiendo su curso, llega al centro del cielo, el veraz anciano de
los mares, oculto por negras y encrespadas olas, salta en tierra
al soplo del Céfiro. En seguida se acuesta en honda gruta y á su
alrededor se ponen á dormir, todas juntas, las focas de natátiles
pies, hijas de la hermosa Halosidne, que salen del espumoso mar
exhalando el acerbo olor del mar profundísimo. Allí he de llevarte,
al romper el día, á fin de que te pongas acostado y contigo los tuyos
por el debido orden; que para ello escogerás tres compañeros, los
mejores que tengas en las naves de muchos bancos. Voy á decirte todas
las astucias del anciano. Primero contará las focas, paseándose por
entre ellas; y, después de contarlas de cinco en cinco y de mirarlas
todas, se acostará en el centro como un pastor en medio del ganado.
Tan pronto como le viereis dormido, cuidad de tener fuerza y valor,
y sujetadle allí mismo aunque desee é intente escaparse. Entonces
probará de convertirse en todos los seres que se arrastran por la
tierra, y en agua, y en ardentísimo fuego; pero vosotros tenedle
con firmeza y apretadle más. Y cuando te interrogue con palabras,
mostrándose tal como lo visteis dormido, abstente de emplear la
violencia: deja libre al anciano, oh héroe, y pregúntale cuál de las
deidades se te opone y cómo podrás volver á la patria, atravesando el
mar en peces abundoso.»
[Ilustración: SALVÓME UNA DIOSA, IDOTEA, LA CUAL ME SALIÓ AL
ENCUENTRO Y ME DIJO...
(-Canto IV, versos 364 á 370.-)]
425 »Cuando esto hubo dicho, sumergióse en el agitado ponto. Yo me
encaminé á las naves, que se hallaban sobre las arenas del litoral,
mientras mi corazón revolvía muchos propósitos. Apenas hube llegado
á mi bajel y al mar, aparejamos la cena; vino en seguida la divinal
noche y nos acostamos en la playa. Y, así que se descubrió la hija
de la mañana, la Aurora de rosáceos dedos, me fuí á la orilla del
mar, de anchos caminos, haciendo fervientes súplicas á los dioses;
y me llevé los tres compañeros en quienes tenía más confianza para
cualquier empresa.
435 »En tanto, la diosa, que se había sumergido en el vasto seno
del mar, sacó cuatro pieles de focas recientemente desolladas; pues
con ellas pensaba urdir la asechanza contra su padre. Y, habiendo
cavado unos hoyos en la arena de la playa, nos aguardaba sentada.
No bien llegamos, hizo que nos tendiéramos por orden dentro de los
hoyos y nos echó encima sendas pieles de foca. Fué la tal asechanza
molesta en extremo, pues el malísimo hedor de las focas, criadas en
el mar, nos abrumaba terriblemente. ¿Quién podría acostarse junto á
un monstruo marino? Pero ella nos salvó con idear un gran remedio:
nos puso en las narices algo de ambrosía, la cual, despidiendo olor
suave, quitó el hedor de aquellos monstruos. Toda la mañana estuvimos
esperando con ánimo paciente; hasta que al fin las focas salieron
juntas del mar y se tendieron por orden en la ribera. Era mediodía
cuando vino del mar el anciano: halló las obesas focas, paseóse por
entre las mismas y contó su número. La cuenta de los cetáceos la
comenzó por nosotros, sin que en su corazón sospechase el engaño; y,
luego, acostóse también. Entonces acometímosle con inmensa gritería
y todos le echamos mano. No olvidó el viejo sus dolosos artificios:
transfiguróse sucesivamente en melenudo león, en dragón, en pantera
y en corpulento jabalí; después se nos convirtió en agua líquida y
hasta en árbol de excelsa copa. Mas, como lo teníamos reciamente
asido, con ánimo firme, aburrióse al cabo aquel astuto viejo y díjome
de esta suerte:
462 «¡Hijo de Atreo! ¿Cuál de los dioses te aconsejó para que me
asieras contra mi voluntad, armándome tal asechanza? ¿Qué deseas?»
464 »Así se expresó; y le contesté diciendo: «Lo sabes, anciano. ¿Por
qué hablas de ese modo, con el propósito de engañarme? Sabes que,
detenido en la isla desde largo tiempo, no hallo medio de poner fin á
tal situación y ya mi ánimo desfallece. Mas revélame--puesto que los
dioses lo saben todo--cuál de los inmortales me detiene y me cierra
el camino, y cómo podré llegar á la patria atravesando el mar en
peces abundoso.»
471 »Así le dije. Y en seguida me respondió de esta manera: Debieras
haber ofrecido, antes de embarcarte, hermosos sacrificios á Júpiter
y á los demás dioses para llegar sin dilación á tu patria, navegando
por el vinoso ponto. El hado ha dispuesto que no veas á tus amigos,
ni vuelvas á tu casa bien construída y á la patria tierra, hasta
que tornes á las aguas del Egipto, río que las lluvias celestiales
alimentan, y sacrifiques sacras hecatombes á los inmortales dioses
que poseen el anchuroso cielo: entonces te permitirán las deidades
hacer el camino que apeteces.»
481 »De esta suerte habló: Se me partía el corazón al considerar
que me ordenaba volver á Egipto por el obscuro ponto, viaje largo y
difícil. Mas, con todo eso, le contesté diciendo:
485 «Haré, oh anciano, lo que me mandas. Pero, ea, dime sinceramente,
si volvieron salvos en sus galeras los aquivos á quienes Néstor y yo
dejamos al partir de Troya, ó si alguno pereció de cruel muerte en su
nave ó en brazos de los amigos, después que se acabó la guerra.»
491 »Así le hablé; y me respondió acto seguido: «¡Atrida! ¿Por qué
me preguntas tales cosas? No te cumple á ti conocerlas, ni explorar
mi pensamiento; y me figuro que no estarás mucho rato sin llorar
tan luego como las sepas todas. Muchos de aquellos sucumbieron y
muchos se salvaron. Sólo dos capitanes de los aquivos, de broncíneas
lorigas, han perecido en la vuelta; pues en cuanto á las batallas,
tú mismo las presenciaste. Uno, vivo aún, se encuentra detenido
en el anchuroso ponto. Ayax sucumbió con sus naves de largos
remos: primeramente acercóle Neptuno á las grandes rocas llamadas
Giras, sacándole incólume del mar; y se librara de la muerte,
aunque aborrecido de Minerva, si no hubiese soltado una expresión
soberbia que le ocasionó gran daño: dijo que, aun á despecho de
los dioses, escaparía del gran abismo del mar. Neptuno oyó sus
jactanciosas palabras, y, al instante, agarrando con las robustas
manos el tridente, golpeó la roca Girea y partióla en dos: uno de
los pedazos quedó allí, y el otro, en el cual hubo de sentarse Ayax
anteriormente para recibir gran daño, cayó en el piélago y llevóse el
héroe al inmenso y undoso ponto. Y allí murió, después que bebiera
la salobre agua del mar. Tu hermano huyó los hados en las cóncavas
naves, pues le salvó la veneranda Juno. Mas, cuando iba á llegar
al excelso monte de Malea, arrebatóle una tempestad, que le llevó
por el ponto abundante en peces, mientras daba grandes gemidos, á
una extremidad del campo donde antiguamente tuvo Tiestes la casa
que habitaba entonces Egisto Tiestíada. Ya desde allí les pareció
la vuelta segura y, como los dioses tornaron á enviarles próspero
viento, llegaron por fin á sus casas. Agamenón pisó alegre el suelo
de su patria, que tocaba y besaba, y de sus ojos corrían ardientes
lágrimas al contemplar con júbilo aquella tierra. Pero vióle desde
una eminencia un atalaya, puesto allí por el doloso Egisto que le
prometió como gratificación dos talentos de oro, el cual hacía un
año que vigilaba--no fuera que Agamenón viniese sin ser advertido y
mostrase su impetuoso valor;--y en seguida se fué al palacio á dar la
nueva al pastor de hombres. Y Egisto urdió al momento una engañosa
trama: escogió de entre el pueblo veinte hombres muy valientes y
los puso en emboscada, mientras, por otra parte, ordenaba que se
aparejase un banquete. Fuése después á invitar á Agamenón, pastor
de hombres, con caballos y carros, revolviendo en su ánimo indignos
propósitos. Y se llevó al héroe, que nada sospechaba acerca de la
muerte que le habían preparado, dióle de comer y le quitó la vida
como se mata á un buey junto al pesebre. No quedó ninguno de los
compañeros del Atrida que con él llegaron, ni se escapó ninguno de
los de Egisto, sino que todos fueron muertos en el palacio.»
538 »Tal dijo. Sentí destrozárseme el corazón y, sentado en las
arenas, lloraba y no quería vivir ni contemplar ya la lumbre del sol.
Mas, cuando me sacié de llorar y de revolcarme por el suelo, hablóme
así el veraz anciano de los mares:
543 «No llores, oh hijo de Atreo, mucho tiempo y sin tomar descanso,
que ningún remedio se puede hallar. Pero haz por volver lo antes
posible á la patria tierra y hallarás á aquél, vivo aún; y, si
Orestes se te adelantara y lo matase, llegarás para el banquete
fúnebre.»
548 »Así se expresó. Regocijéme en mi corazón y en mi ánimo generoso,
aunque me sentía afligido, y hablé al anciano con estas aladas
palabras:
551 «Ya sé de éstos. Nómbrame el tercer varón, aquél que, vivo aún,
se encuentra detenido en el anchuroso ponto, ó quizás haya muerto.
Pues, á pesar de que estoy triste, deseo tener noticias suyas.»
554 »Así le dije, y me respondió en el acto: «Es el hijo de Laertes,
el que tiene en Ítaca su morada. Le vi en una isla y echaba de sus
ojos abundantes lágrimas: está en el palacio de la ninfa Calipso, que
le detiene por fuerza, y no le es posible llegar á su patria tierra
porque no dispone de naves provistas de remos ni de compañeros que
le conduzcan por el ancho dorso del mar. Por lo que á ti se refiere,
oh Menelao, alumno de Júpiter, el hado no ordena que acabes la vida
y cumplas tu destino en Argos, país fértil de corceles, sino que los
inmortales te enviarán á los campos Elíseos, al extremo de la tierra,
donde se halla el rubio Radamanto--allí se vive dichosamente, allí
jamás hay nieve, ni invierno largo, ni lluvia, sino que el Océano
manda siempre las brisas del Céfiro, de sonoro soplo, para dar á los
hombres más frescura,--porque siendo Helena tu mujer, eres para los
dioses el yerno de Júpiter.»
570 »Cuando esto hubo dicho, sumergióse en el agitado ponto. Yo
me encaminé hacia los bajeles, con mis divinales compañeros, y mi
corazón revolvía muchos propósitos. Así que hubimos llegado á mi
embarcación y al mar, aparejamos la cena; vino muy pronto la divina
noche y nos acostamos en la playa. Y al punto que se descubrió la
hija de la mañana, la Aurora de rosáceos dedos, echamos las bien
proporcionadas naves en el mar divino y les pusimos sus mástiles
y velas; después, sentáronse mis compañeros ordenadamente en los
bancos y comenzaron á herir con los remos el espumoso mar. Volví
á detener las naves en el Egipto, río que las celestiales lluvias
alimentan, y sacrifiqué cumplidas hecatombes. Aplacada la ira de los
sempiternos dioses, erigí un túmulo á Agamenón para que su gloria
fuera inextinguible. En acabando estas cosas, emprendí la vuelta y
los inmortales concediéronme próspero viento y trajéronme con gran
rapidez á mi querida patria. Mas, ea, quédate en el palacio hasta
que llegue la undécima ó duodécima aurora y entonces te despediré,
regalándote como espléndidos presentes tres caballos y un carro
hermosamente labrado; y también he de darte una magnífica copa para
que hagas libaciones á los inmortales dioses y te acuerdes de mí
todos los días.»
593 Respondióle el prudente Telémaco: «¡Atrida! No me detengas mucho
tiempo. Yo pasaría un año á tu vera, sin sentir añoranza por mi casa
ni por mis padres--pues me deleita muchísimo oir tus palabras y
razones;--mas deben de aburrirse mis compañeros en la divina Pilos y
hace ya mucho que me detienes. El don que me hagas consista en algo
que se pueda guardar. Los corceles no pienso llevarlos á Ítaca, sino
que los dejaré para tu ornamento, ya que reinas sobre un gran llano
en que hay mucho loto, juncia, trigo, espelta y blanca cebada muy
lozana. Ítaca no tiene lugares espaciosos donde se pueda correr, ni
prado alguno, que es tierra apta para pacer cabras y más agradable
que las que nutren caballos. Las islas, que se inclinan hacia el mar,
no son propias para la equitación ni tienen hermosos prados, é Ítaca
menos que ninguna.»
609 Así dijo. Sonrióse Menelao, valiente en la pelea, y,
acariciándole con la mano, le habló de esta manera:
611 «¡Hijo querido! Bien se muestra en lo que hablas la noble sangre
de que procedes. Cambiaré el regalo, ya que puedo hacerlo, y de
cuantas cosas se guardan en mi palacio voy á darte la más bella y
preciosa. Te haré el presente de una cratera labrada, toda de plata
con los bordes de oro, que es obra de Vulcano y diómela el héroe
Fédimo, rey de los sidonios, cuando me acogió en su casa al volver yo
á la mía. Tal es lo que deseo regalarte.»
620 Así éstos conversaban. Los convidados fueron llegando á la
mansión del divino rey: unos traían ovejas, otros confortante vino; y
sus esposas, que llevaban hermosas cintas en la cabeza, trajéronles
el pan. De tal suerte se ocupaban, dentro del palacio, en preparar la
comida.
625 Mientras tanto solazábanse los pretendientes ante el palacio de
Ulises, tirando discos y jabalinas en el labrado pavimento donde
acostumbraban ejecutar sus insolentes acciones. Antínoo estaba
sentado y también el deiforme Eurímaco, que eran los príncipes de
los pretendientes y sobre todos descollaban por su bravura. Y fué á
encontrarlos Noemón, hijo de Fronio; el cual, dirigiéndose á Antínoo,
interrogóle con estas palabras:
632 «¡Antínoo! ¿Sabemos, por ventura, cuándo Telémaco volverá de la
arenosa Pilos? Se fué en mi nave y ahora la necesito para ir á la
vasta Élide, que allí tengo doce yeguas de vientre y sufridos mulos
aún sin desbravar, y traería alguno de éstos para domarlo.»
638 Así les habló; y quedáronse atónitos porque no se figuraban
que Telémaco hubiese tomado la rota de Pilos, la ciudad de Neleo;
sino que estaba en el campo, viendo las ovejas, ó en la cabaña del
porquerizo.
641 Mas al fin Antínoo, hijo de Eupites, contestóle diciendo: «Habla
con sinceridad. ¿Cuándo se fué y qué jóvenes escogidos de Ítaca le
siguieron? ¿Ó son quizás hombres asalariados y esclavos suyos? Pues
también pudo hacerlo de semejante manera. Refiéreme asimismo la
verdad de esto, para que yo me entere: ¿te quitó la negra nave por
fuerza y mal de tu grado, ó se la diste voluntariamente cuando fué á
hablarte?»
648 Noemón, hijo de Fronio, le respondió de esta guisa: «Se la di
yo mismo y de buen grado. ¿Qué hiciera cualquier otro, pidiéndosela
un varón tan ilustre y lleno de cuidados? Difícil hubiese sido
negársela. Los mancebos que le acompañan son los que más sobresalen
en el pueblo, entre nosotros, y como capitán vi embarcarse á Méntor
ó á un dios que en todo le era semejante. Mas, de una cosa estoy
asombrado; ayer, cuando apuntaba la aurora, vi aquí al divinal Méntor
y entonces se embarcó para ir á Pilos.»
657 Dicho esto, fuése Noemón á la casa de su padre. Indignáronse en
su corazón soberbio Antínoo y Eurímaco; y los demás pretendientes se
sentaron con ellos, cesando de jugar. Y ante todos habló Antínoo,
hijo de Eupites, que estaba afligido y tenía las negras entrañas
llenas de cólera y los ojos parecidos al relumbrante fuego:
663 «¡Oh dioses! ¡Gran proeza ha realizado orgullosamente Telémaco
con ese viaje! ¡Y decíamos que no lo llevaría á efecto! Contra la
voluntad de muchos se fué el niño, habiendo logrado botar una nave
y elegir á los mejores del pueblo. De aquí adelante comenzará á ser
un peligro para nosotros; ojalá que Júpiter le aniquile las fuerzas,
antes que llegue á la flor de la juventud. Mas, ea, proporcionadme
ligero bajel y veinte compañeros, y le armaré una emboscada cuando
vuelva, acechando su retorno en el estrecho que separa á Ítaca de la
escabrosa Samos, á fin de que le resulte funestísima la navegación
que emprendió por saber noticias de su padre.»
673 Así les dijo. Todos lo aprobaron, exhortándole á ponerlo por
obra; y levantándose, se fueron en seguida al palacio de Ulises.
675 No tardó Penélope en saber los propósitos que los pretendientes
formaban en secreto, porque se lo dijo el heraldo Medonte, que oyó lo
que hablaban desde el exterior del patio mientras en éste urdían la
trama. Entró, pues, en la casa para contárselo á Penélope; y ésta, al
verle en el umbral, le habló diciendo:
681 «¡Heraldo! ¿Con qué objeto te envían los ilustres pretendientes?
¿Acaso para decir á las esclavas del divino Ulises que suspendan el
trabajo y les preparen el festín? Ojalá dejaran de pretenderme y de
frecuentar esta morada, celebrando hoy su postrera y última comida.
Oh vosotros, los que, reuniéndoos á menudo, consumís los muchos
bienes que constituyen la herencia del prudente Telémaco: ¿no oísteis
decir á vuestros padres, cuando erais todavía niños, de qué manera
los trataba Ulises que á nadie hizo agravio ni profirió en el pueblo
palabras ofensivas, como acostumbran hacer los divinales reyes,
que aborrecen á unos hombres y aman á otros? Jamás cometió aquél
la menor iniquidad contra hombre alguno; y ahora son bien patentes
vuestro ánimo y vuestras malvadas acciones, porque ninguna gratitud
sentís por los beneficios.»
696 Entonces le respondió Medonte, que concebía sensatos
pensamientos: «Fuera ése, oh reina, el mal mayor. Pero los
pretendientes fraguan ahora otro más grande y más grave, que ojalá el
Saturnio no lleve á término. Propónense matar á Telémaco con el agudo
bronce, al punto que llegue á este palacio; pues ha ido á la sagrada
Pilos y á la divina Lacedemonia en busca de noticias de su padre.»
703 Tal dijo. Penélope sintió desfallecer sus rodillas y su corazón,
estuvo un buen rato sin poder hablar, llenáronse de lágrimas sus ojos
y la voz sonora se le cortó. Mas, al fin hubo de responder con estas
palabras:
707 «¡Heraldo! ¿Por qué se fué mi hijo? Ninguna necesidad tenía de
embarcarse en las naves de ligero curso, que sirven á los hombres
como caballos por el mar y atraviesan la grande extensión del agua.
¿Lo hizo acaso para que ni memoria quede de su nombre entre los
mortales?»
711 Le contestó Medonte, que concebía sensatos pensamientos: «Ignoro
si le incitó alguna deidad ó fué únicamente su corazón quien le
impulsó á ir á Pilos para saber noticias de la vuelta de su padre, y
tampoco sé cuál suerte le haya cabido.»
715 En diciendo esto, fuése por la morada de Ulises. Apoderóse de
Penélope el dolor, que destruye los ánimos, y ya no pudo permanecer
sentada en la silla, habiendo muchas en la casa; sino que se sentó
en el umbral del labrado aposento y lamentábase de tal modo que
inspiraba compasión. En torno suyo plañían todas las esclavas del
palacio, así las jóvenes como las viejas. Y díjoles Penélope,
mientras derramaba abundantes lágrimas: «Oídme, amigas; pues el
Olímpico me ha dado más pesares que á ninguna de las que conmigo
nacieron y se criaron: anteriormente perdí un egregio esposo que
tenía el ánimo de un león y descollaba sobre los dánaos en toda
clase de excelencias, varón ilustre cuya fama se difundía por la
Hélade y en medio de Argos; y ahora las tempestades se habrán llevado
del palacio á mi hijo querido, sin gloria y sin que ni siquiera me
enterara de su partida. ¡Crueles! ¡Á ninguna de vosotras le vino á
las mientes hacerme levantar de la cama, y supisteis con certeza
cuándo aquél se fué á embarcar en la cóncava y negra nave! Pues de
llegar á mis oídos que proyectaba ese viaje, quedárase en casa, por
deseoso que estuviera de partir, ó me hubiese dejado muerta en
el palacio. Vaya alguna á llamar prestamente al anciano Dolio, mi
esclavo, el que me dió mi padre cuando vine aquí y cuida de mi huerto
poblado de muchos árboles, para que corra á encontrar á Laertes y se
lo cuente todo; por si Laertes, ideando algo, sale á quejarse de los
ciudadanos que desean exterminarle el linaje, el de Ulises igual á un
dios.»
742 Díjole entonces Euriclea, su nodriza amada: «¡Niña querida!
Ya me mates con el cruel bronce, ya me dejes viva en el palacio,
nada te quiero ocultar. Yo lo supe todo y di á Telémaco cuanto me
ordenara--pan y dulce vino--pero hízome prestar solemne juramento de
que no te lo dijese hasta el duodécimo día ó hasta que te aquejara
el deseo de verle ú oyeras decir que había partido, á fin de evitar
que lloraras, dañando así tu hermoso cuerpo. Mas ahora, sube con
tus esclavas á lo alto de la casa, lávate, envuelve tu cuerpo en
vestidos puros, ora á Minerva hija de Júpiter, que lleva la égida,
y la diosa salvará á tu hijo de la muerte. No angusties más á un
anciano afligido, pues yo no creo que el linaje del Arcesíada les sea
odioso hasta tal grado á los bienaventurados dioses; sino que siempre
quedará alguien que posea la casa de elevada techumbre y los extensos
y fértiles campos.»
758 Así le dijo y calmóle el llanto, consiguiendo que sus ojos
dejaran de llorar. Lavóse Penélope, envolvió su cuerpo en vestidos
puros, subió con las esclavas á lo alto de la casa, puso las molas en
un cestillo, y oró de este modo á la diosa Minerva:
762 «¡Óyeme, hija de Júpiter que lleva la égida; indómita deidad!
Si alguna vez el ingenioso Ulises quemó en tu honor, dentro del
palacio, pingües muslos de buey ó de oveja; acuérdate de los mismos,
sálvame el hijo amado y aparta á los perversos y ensoberbecidos
pretendientes.»
767 En acabando de hablar dió un grito; y la diosa escuchó la
plegaria. Los pretendientes movían alboroto en la obscura sala, y uno
de los soberbios jóvenes dijo de esta guisa:
770 «La reina, á quien tantos pretenden, debe de aparejar el
casamiento é ignora que su hijo ya tiene la muerte preparada.»
772 Así habló; pero no sabían lo que dentro pasaba. Y Antínoo
arengóles diciendo:
774 «¡Desgraciados! Absteneos todos de pronunciar frases insolentes;
no sea que alguno vaya á contarlas á Penélope. Mas, ea, levantémonos
y pongamos en obra, silenciosamente, el proyecto que á todos nos
place.»
778 Dicho esto, escogió los veinte hombres más esforzados y fuése
con ellos á la orilla del mar, donde estaba la velera nao. Ante todo
echaron la negra embarcación al mar profundo, después le pusieron el
mástil y las velas, luego aparejaron los remos con correas de cuero,
haciéndolo como era debido, desplegaron más tarde las blancas velas
y sus bravos servidores trajéronles las armas. Anclaron la nave,
después de llevarla adentro del mar; saltaron en tierra y se pusieron
á comer, aguardando que viniese la tarde.
787 Mientras tanto, la prudente Penélope yacía en el piso superior
y estaba en ayunas, sin haber comido ni bebido, pensando siempre en
si su irreprochable hijo escaparía de la muerte ó lo harían sucumbir
los orgullosos pretendientes. Y cuantas cosas piensa un león al
verse cercado por multitud de hombres que forman á su alrededor
insidioso círculo, otras tantas revolvía Penélope en su mente cuando
le sobrevino dulce sueño. Durmió recostada, y todos sus miembros se
relajaron.
795 Entonces Minerva, la de los brillantes ojos, ordenó otra cosa.
Hizo un fantasma parecido á una mujer, á Iftima, hija del magnánimo
Icario, con la cual estaba casado Eumelo, que tenía su casa en
Feras; y enviólo á la morada del divinal Ulises, para poner fin de
algún modo al llanto y á los gemidos de Penélope, que se lamentaba
sollozando. Entró, pues, deslizándose por la correa del cerrojo, se
le puso sobre la cabeza y díjole estas palabras:
804 «¿Duermes, Penélope, con el corazón afligido? Los dioses, que
viven felizmente, no te permiten llorar ni angustiarte; pues tu hijo
aún ha de volver, que en nada pecó contra las deidades.»
808 Respondióle la prudente Penélope desde las puertas del sueño,
donde estaba muy suavemente dormida: «¡Hermana! ¿Á qué has venido?
Hasta ahora no solías frecuentar el palacio, porque se halla muy
lejos de tu morada. ¡Mandas que cese mi aflicción y los muchos
pesares que me conturban la mente y el ánimo! Anteriormente perdí
un egregio esposo que tenía el ánimo de un león y descollaba sobre
los dánaos en toda clase de excelencias, varón ilustre cuya fama se
difundía por la Hélade y en medio de Argos; y ahora mi hijo amado
se fué en cóncavo bajel, niño aún, inexperto en el trabajo y en
el habla. Por éste me lamento todavía más que por aquél; por éste
tiemblo, y temo que padezca algún mal en el país de aquellos adonde
fué, ó en el ponto. Que son muchos los enemigos que están maquinando
contra él, deseosos de matarle antes de que llegue á su patria
tierra.»
824 El obscuro fantasma le respondió diciendo: «Cobra ánimo y no
sientas en tu pecho excesivo temor. Tu hijo va acompañado por quien
desearan muchos hombres que á ellos les protegiese como puede
hacerlo, por Palas Minerva, que se compadece de ti y me envía á
participarte estas cosas.»
830 Entonces hablóle de esta manera la prudente Penélope: «Pues
si eres diosa y has oído la voz de una deidad, ea, dime si aquél
desgraciado vive aún y goza de la lumbre del sol, ó ha muerto y se
halla en la morada de Plutón.»
835 El obscuro fantasma le contestó diciendo: «No te revelaré
claramente si vive ó ha muerto, porque es malo hablar de cosas vanas.»
838 Cuando esto hubo dicho, fuése por la cerradura de la puerta como
un soplo de viento. Despertóse la hija de Icario y se le alegró el
corazón porque había tenido tan claro ensueño en la obscuridad de la
noche.
842 Ya los pretendientes se habían embarcado y navegaban por la
líquida llanura, maquinando en su pecho una muerte cruel para
Telémaco. Hay en el mar una isla pedregosa, en medio de Ítaca y de la
áspera Same--Ásteris--que no es extensa, pero tiene puertos de doble
entrada, excelentes para que fondeen los navíos: allí los aqueos se
pusieron en emboscada para aguardar á Telémaco.
[Ilustración]
[Ilustración: Mercurio, enviado por Júpiter, manda á Calipso que
deje partir á Ulises]
CANTO V
LA BALSA DE ULISES
1 La Aurora se levantaba del lecho, dejando al ilustre Titón, para
llevar la luz á los inmortales y á los mortales, cuando los dioses se
reunieron en junta, sin que faltara Júpiter altitonante cuyo poder es
grandísimo. Y Minerva, trayendo á la memoria los muchos infortunios
de Ulises, los refirió á las deidades; interesándose por el héroe,
que se hallaba entonces en el palacio de la ninfa:
7 «¡Padre Júpiter, bienaventurados y sempiternos dioses! Ningún
rey, que empuñe cetro, sea benigno, ni blando, ni suave, ni emplee
el entendimiento en cosas justas; antes, por el contrario, obre
siempre con crueldad y lleve al cabo acciones nefandas; ya que nadie
se acuerda del divino Ulises, entre los ciudadanos sobre los cuales
reinaba con la suavidad de un padre. Hállase en una isla atormentado
por fuertes pesares: en el palacio de la ninfa Calipso, que le
detiene por fuerza; y no le es posible llegar á su patria porque le
faltan naves provistas de remos y compañeros que le conduzcan por
el ancho dorso del mar. Y ahora quieren matarle el hijo amado así
que torne á su casa, pues ha ido á la sagrada Pilos y á la divina
Lacedemonia en busca de noticias de su padre.»
21 Respondióle Júpiter, que amontona las nubes: «¡Hija mía! ¡Qué
palabras se te escaparon del cerco de los dientes! ¿No formaste tú
misma ese proyecto: que Ulises, al tornar á su tierra, se vengaría
de aquéllos? Pues acompaña con discreción á Telémaco, ya que puedes
hacerlo, á fin de que se restituya incólume á su patria y los
pretendientes que están en la nave tengan que volverse.»
28 Dijo; y, dirigiéndose á Mercurio, su hijo amado, hablóle de esta
suerte: «¡Mercurio! Ya que en lo demás eres tú el mensajero, ve á
decir á la ninfa de hermosas trenzas nuestra firme resolución--que
Ulises torne á su patria--para que el héroe emprenda el regreso
sin ir acompañado ni por los dioses ni por los mortales hombres:
navegando en una balsa hecha con gran número de ataduras, llegará
en veinte días y padeciendo trabajos á la fértil Esqueria, á la
tierra de los feacios, que por su linaje son cercanos á los dioses;
y ellos le honrarán cordialmente, como á una deidad, y le enviarán
en un bajel á su patria tierra, después de regalarle bronce, oro
en abundancia, vestidos, y tantas cosas como jamás sacara de Troya
si llegase indemne y habiendo obtenido la parte de botín que le
correspondiese. Dispuesto está por el hado que Ulises vea á sus
amigos y llegue á su casa de alto techo y á su patria.»
43 Así habló. El mensajero Argicida no fué desobediente: al punto ató
á sus pies los áureos divinos talares, que le llevaban sobre el mar y
sobre la tierra inmensa con la rapidez del viento, y tomó la vara con
la cual adormece los ojos de los hombres que quiere ó despierta á los
que duermen. Teniéndola en las manos, el poderoso Argicida emprendió
el vuelo y, al llegar á la Pieria, bajó al ponto y comenzó á volar
rápidamente, como la gaviota que, pescando peces en los grandes
senos del mar estéril, moja en el agua del mar sus tupidas alas: tal
parecía Mercurio mientras volaba por encima del gran oleaje. Cuando
hubo arribado á aquella isla tan lejana, salió del violáceo ponto,
saltó en tierra, prosiguió su camino hacia la vasta gruta donde
moraba la ninfa de hermosas trenzas, y hallóla dentro. Ardía en el
hogar un gran fuego y el olor del hendible cedro y de la tuya, que
en él se quemaban, difundíase por la isla hasta muy lejos; mientras
ella, cantando con voz hermosa, tejía en el interior con lanzadera
de oro. Rodeando la gruta, había crecido una verde selva de chopos,
álamos y cipreses olorosos, donde anidaban aves de luengas alas:
buhos, gavilanes y cornejas marinas, de ancha lengua, que se ocupan
en cosas del mar. Allí mismo, junto á la honda cueva, extendíase
una viña floreciente, cargada de uvas; y cuatro fuentes manaban,
muy cerca la una de la otra, dejando correr en varias direcciones
sus aguas cristalinas. Veíanse en contorno verdes y amenos prados
de violetas y apio; y, al llegar allí, hasta un inmortal se hubiese
admirado, sintiendo que se le alegraba el corazón. Detúvose el
Argicida á contemplar aquello; y, después de admirarlo, penetró en
la ancha gruta, y fué conocido por Calipso, la divina entre las
diosas, desde que á ella se presentara--que los dioses inmortales se
conocen, aunque vivan apartados;--pero no halló al magnánimo Ulises,
que estaba llorando en la ribera, donde tantas veces, consumiendo su
ánimo con lágrimas, suspiros y dolores, fijaba los ojos en el ponto
estéril y derramaba copioso llanto. Y Calipso, la divina entre las
diosas, hizo sentar á Mercurio en espléndido y magnífico sitial, é
interrogóle de esta suerte:
87 «¿Por qué, oh Mercurio, el de la áurea vara, venerable y caro,
vienes á mi morada? Antes no solías frecuentarla. Di qué deseas,
pues mi ánimo me impulsa á realizarlo si puedo y es factible. Pero
sígueme, á fin de que te ofrezca los dones de la hospitalidad.»
92 Habiendo hablado de semejante modo, la diosa púsole delante una
mesa, que había llenado de ambrosía, y mezcló el rojo néctar. Allí
bebió y comió el mensajero Argicida. Y cuando hubo cenado y repuesto
su ánimo con la comida, respondió á Calipso con estas palabras:
97 «Me preguntas, oh diosa, á mí, que soy dios, por qué he venido.
Voy á decírtelo con sinceridad, ya que así lo mandas. Júpiter me
ordenó que viniese, sin que yo lo deseara: ¿quién pasaría de buen
grado tanta agua salada que ni decirse puede, mayormente no habiendo
por ahí ninguna ciudad en que los mortales hagan sacrificios á los
dioses y les inmolen selectas hecatombes? Mas no le es posible
á ningún dios ni transgredir ni dejar sin efecto la voluntad de
Júpiter, que lleva la égida. Dice que está contigo un varón, que es
el más infortunado de cuantos combatieron alrededor de la ciudad de
Príamo durante nueve años y, en el décimo, habiéndola destruído,
tornaron á sus casas; pero en la vuelta ofendieron á Minerva y la
diosa hizo que se levantara un viento desfavorable é hinchadas
olas. En éstas hallaron la muerte sus esforzados compañeros; y á él
trajéronlo acá el viento y el oleaje. Y Júpiter te manda que á tal
varón le permitas que se vaya cuanto antes; porque no es su destino
morir lejos de los suyos, sino que el hado tiene dispuesto que los
vuelva á ver, llegando á su casa de elevada techumbre y á su patria
tierra.»
116 Tal dijo. Estremecióse Calipso, la divina entre las diosas, y
respondió con estas aladas palabras: «Sois, oh dioses, malignos y
celosos como nadie, pues sentís envidia de las diosas que no se
recatan de dormir con el hombre á quien han tomado por esposo. Así,
cuando la Aurora de rosáceos dedos arrebató á Orión, le tuvisteis
envidia vosotros los dioses, que vivís sin cuidados, hasta que la
casta Diana, la de trono de oro, lo mató en Ortigia alcanzándole con
sus dulces flechas. Asimismo, cuando Ceres, la de hermosas trenzas,
cediendo á los impulsos de su corazón, juntóse en amor y cama con
Yasión en una tierra noval labrada tres veces, Júpiter, que no
tardó en saberlo, mató al héroe hiriéndole con el ardiente rayo. Y
así también me tenéis envidia, oh dioses, porque está conmigo un
hombre mortal; á quien salvé cuando bogaba sólo y montado en una
quilla, después que Júpiter le hendió la nave, en medio del vinoso
ponto, arrojando contra la misma el ardiente rayo. Allí acabaron la
vida sus fuertes compañeros; mas á él trajéronlo acá el viento y
el oleaje. Y le acogí amigablemente, le mantuve y díjele á menudo
que le haría inmortal y libre de la vejez para siempre jamás. Pero,
ya que no le es posible á ningún dios ni transgredir ni dejar sin
efecto la voluntad de Júpiter, que lleva la égida, váyase aquél por
el mar estéril, si ése le incita y se lo manda; que yo no le he de
despedir--pues no dispongo de naves provistas de remos, ni puedo
darle compañeros que le conduzcan por el ancho dorso del mar,--aunque
le aconsejaré de muy buena voluntad, sin ocultarle nada, para que
llegue sano y salvo á su patria tierra.»
145 Replicóle el mensajero Argicida: «Despídele pronto y teme la
cólera de Júpiter; no sea que este dios, irritándose, se ensañe
contra ti en lo sucesivo.»
148 En diciendo esto, partió el poderoso Argicida; y la veneranda
ninfa, oído el mensaje de Júpiter, fuése á encontrar al magnánimo
Ulises. Hallóle sentado en la playa, que allí se estaba, sin que sus
ojos se secasen del continuo llanto, y consumía su dulce existencia
suspirando por el regreso; pues la ninfa ya no le era grata. Obligado
á pernoctar en la profunda cueva, durmiendo con la ninfa que le
quería sin que él la quisiese, pasaba el día sentado en las rocas
de la ribera del mar y, consumiendo su ánimo en lágrimas, suspiros
y dolores, clavaba los ojos en el ponto estéril y derramaba copioso
llanto. Y, parándose cerca de él, díjole de esta suerte la divina
entre las diosas:
160 «¡Desdichado! No llores más ni consumas tu vida, pues de muy buen
grado dejaré que partas. Ea, corta maderos grandes; y, ensamblándolos
con el bronce, forma una extensa balsa y cúbrela con piso de tablas,
para que te lleve por el obscuro ponto. Yo pondré en ella pan, agua
y el rojo vino, regocijador del ánimo, que te librarán de padecer
hambre; te daré vestidos y te mandaré próspero viento, á fin de que
llegues sano y salvo á tu patria tierra si así lo quieren los dioses
que habitan el anchuroso cielo; los cuales me aventajan lo mismo en
formar propósitos que en llevarlos á término.»
171 Tal dijo. Estremecióse el paciente divinal Ulises y respondió con
estas aladas palabras:
173 «Algo revuelves en tu pensamiento, oh diosa, y no por cierto mi
partida, al ordenarme que atraviese en una balsa el gran abismo del
mar, tan terrible y peligroso que no lo pasaran fácilmente naves
de buenas proporciones, veleras, animadas por un viento favorable
que les enviara Jove. Yo no subiría en la balsa, mal de tu grado,
si no te resolvieras á prestar firme juramento de que no maquinarás
causarme ningún otro pernicioso daño.»
180 De tal suerte habló. Sonrióse Calipso, la divina entre las
diosas; y, acariciándole con la mano, le dijo estas palabras:
182 «Eres en verdad injusto, aunque no sueles pensar cosas livianas,
cuando tales palabras te has atrevido á proferir. Sépanlo la Tierra
y desde arriba el anchuroso Cielo y el agua de la Estigia--que
es el juramento mayor y más terrible para los bienaventurados
dioses:--no maquinaré contra ti ningún pernicioso daño, y pienso y
he de aconsejarte cuanto para mí misma discurriera si en tan grande
necesidad me viese. Mi intención es justa, y en mi pecho no se
encierra un ánimo férreo, sino compasivo.»
192 Cuando así hubo hablado, la divina entre las diosas echó á andar
aceleradamente y Ulises fué siguiendo las pisadas de la deidad.
Llegaron á la profunda cueva la diosa y el varón, éste se acomodó
en la silla de donde se levantara Mercurio y la ninfa sirvióle
toda clase de alimentos, así comestibles como bebidas, de los que
se mantienen los mortales hombres. Luego sentóse ella enfrente del
divinal Ulises, y sirviéronle las criadas ambrosía y néctar. Cada uno
echó mano á las viandas que tenía delante; y, apenas se hubieron
saciado de comer y de beber, Calipso, la divina entre las diosas,
rompió el silencio y dijo:
[Ilustración: ¡DESDICHADO! NO LLORES MÁS, NI CONSUMAS TU VIDA, PUES
DE MUY BUEN GRADO DEJARÉ QUE PARTAS
(-Canto V, versos 160 y 161.-)]
203 «¡Laertíada, de jovial linaje! ¡Ulises, fecundo en recursos! Así
pues ¿deseas irte en seguida á tu casa y á tu patria tierra? Sé, esto
no obstante, dichoso. Pero, si tu inteligencia conociese los males
que habrás de padecer fatalmente antes de llegar á tu patria, te
quedaras conmigo, custodiando esta morada, y fueras inmortal, aunque
estés deseoso de ver á tu esposa de la que padeces soledad todos
los días. Yo me jacto de no serle inferior ni en el cuerpo ni en el
natural, que no pueden las mortales competir con las diosas ni por su
cuerpo ni por su belleza.»
214 Respondióle el ingenioso Ulises: «¡No te enojes conmigo,
veneranda deidad! Conozco muy bien que la prudente Penélope te es
inferior en belleza y en estatura; siendo ella mortal y tú inmortal
y exenta de la vejez. Esto no obstante, deseo y anhelo continuamente
irme á mi casa y ver lucir el día de mi vuelta. Y si alguno de los
dioses quisiera aniquilarme en el vinoso ponto, lo sufriré con el
ánimo que llena mi pecho y tan paciente es para los dolores; pues he
padecido muy mucho así en el mar como en la guerra, y venga este mal
tras de los otros.»
225 Así habló. Púsose el sol y sobrevino la obscuridad. Retiráronse
entonces á lo más hondo de la profunda cueva; y allí, muy juntos,
hallaron en el amor contentamiento.
228 Mas, no bien se mostró la hija de la mañana, la aurora de
rosáceos dedos, vistióse Ulises la túnica y el manto; y ella se puso
amplia vestidura, fina y hermosa, ciñó el talle con lindo cinturón de
oro, veló su cabeza, y ocupóse en disponer la partida del magnánimo
Ulises. Dióle una gran segur que pudiera manejar, de bronce, aguda
de entrambas partes, con un hermoso astil de olivo bien ajustado;
entrególe después una azuela muy pulimentada; y le llevó á un extremo
de la isla, donde habían crecido altos árboles--chopos, álamos y
el abeto que sube hasta el cielo--todos los cuales estaban secos
desde antiguo y eran muy duros y á propósito para mantenerse á flote
sobre las aguas. Y tan presto como le hubo enseñado donde crecieran
aquellos grandes árboles, Calipso, la divina entre las diosas, volvió
á su morada.
243 Ulises se puso á cortar troncos y no tardó en dar fin á su
trabajo. Derribó veinte, que desbastó con el bronce, pulió con
habilidad y enderezó por medio de un nivel. Calipso, la divina entre
las diosas, trájole unos barrenos con los cuales taladró el héroe
todas las piezas que unió luego, sujetándolas con clavos y clavijas.
Cuan ancho es el redondeado fondo de un buen navío de carga, que
hábil artífice construyera, tan grande hizo Ulises la balsa. Labró
después la cubierta, adaptándola á espesas vigas y dándole remate
con un piso de largos tablones; puso en el centro un mástil con su
correspondiente entena, y fabricó un timón para regir la balsa. Á
ésta la protegió por todas partes con mimbres entretejidos, que
fuesen reparo de las olas, y la lastró con abundante madera. Mientras
tanto Calipso, la divina entre las diosas, trájole lienzo para las
velas; y Ulises las construyó con gran habilidad. Y, atando en la
balsa cuerdas, maromas y bolinas, echóla por medio de unos parales al
mar divino.
262 Al cuarto día ya todo estaba terminado, y al quinto despidióle
de la isla la divina Calipso, después de lavarlo y de vestirle
perfumadas vestiduras. Entrególe la diosa un pellejo de negro vino,
otro grande de agua, un saco de provisiones y muchos manjares gratos
al ánimo; y mandóle favorable y plácido viento. Gozoso desplegó las
velas el divinal Ulises y, sentándose, comenzó á regir hábilmente
la balsa con el timón, sin que el sueño cayese en sus párpados,
mientras contemplaba las Pléyades, el Bootes, que se pone muy tarde,
y la Osa, llamada el Carro por sobrenombre, la cual gira siempre en
el mismo lugar, acecha á Orión y es la única que no se baña en el
Océano; pues habíale ordenado Calipso, la divina entre las diosas,
que tuviera la Osa á la mano izquierda durante la travesía. Diez y
siete días navegó, atravesando el mar, y al décimo octavo pudo ver
los umbrosos montes del país de los feacios en la parte más cercana,
apareciéndosele como un escudo en medio del sombrío ponto.
282 El poderoso Neptuno, que sacude la tierra, regresaba entonces de
Etiopía y vió á Ulises de lejos, desde los montes Solimos, pues se
le apareció navegando por el ponto. Encendióse en ira la deidad y,
sacudiendo la cabeza, habló entre sí de semejante modo:
286 «¡Ah! Sin duda cambiaron los dioses sus propósitos con respecto
á Ulises, mientras yo me hallaba entre los etíopes. Ya está junto á
la tierra de los feacios donde es fatal que se libre del cúmulo de
desgracias que le han alcanzado. Creo, no obstante, que aún habrá de
sufrir no pocos males.»
291 Dijo; y, echando mano al tridente, congregó las nubes y turbó el
mar; suscitó grandes torbellinos de toda clase de vientos; cubrió de
nubes la tierra y el ponto, y la noche cayó del cielo. Soplaron á la
vez el Euro, el Noto, el impetuoso Céfiro y el Bóreas que, nacido en
el éter, levanta grandes olas. Entonces desfallecieron las rodillas
y el corazón de Ulises; y el héroe, gimiendo, á su magnánimo espíritu
así le hablaba:
299 «¡Ay de mí, desdichado! ¿Qué es lo que, por fin, me va á suceder?
Temo que resulten verídicas las predicciones de la diosa, la cual me
aseguraba que había de pasar grandes trabajos en el ponto antes de
volver á la patria tierra, pues ahora todo se está cumpliendo. ¡Con
qué nubes ha cerrado Júpiter el anchuroso cielo! Y ha conturbado el
mar; y arrecian los torbellinos de toda clase de vientos. Ahora me
espera, á buen seguro, una terrible muerte. ¡Oh, una y mil veces
dichosos los dánaos que perecieron en la vasta Troya, luchando para
complacer á los Atridas! ¡Así hubiese muerto también, cumpliéndose mi
destino, el día en que multitud de teucros me arrojaban broncíneas
lanzas junto al cadáver del Pelida! Allí obtuviera honras fúnebres y
los aqueos ensalzaran mi gloria; pero dispone el hado que yo sucumba
con deplorable muerte.»
313 Mientras esto decía, vino una grande ola que desde lo alto
cayó horrendamente sobre Ulises é hizo que la balsa zozobrara. Fué
arrojado el héroe lejos de la balsa, sus manos dejaron el timón,
llegó un horrible torbellino de mezclados vientos que rompió el
mástil por la mitad, y la vela y la entena cayeron en el ponto á gran
distancia. Mucho tiempo permaneció Ulises sumergido, que no pudo
salir á flote inmediatamente por el gran ímpetu de las olas y porque
le apesgaban los vestidos que le había entregado la divinal Calipso.
Emergió, por fin, despidiendo de la boca el agua amarga que asimismo
le corría de la cabeza en sonoros chorros. Mas, aunque fatigado,
no se olvidó de la balsa; sino que, moviéndose con vigor por entre
las olas, la asió y sentóse en medio para evitar la muerte. El gran
oleaje llevaba la balsa de acá para allá, según la corriente. Del
mismo modo que el otoñal Bóreas arrastra por la llanura unos vilanos,
que entre sí se entretejen espesos; así los vientos conducían la
balsa por el piélago, de acá para allá: unas veces el Noto la
arrojaba al Bóreas, para que se la llevase, y en otras ocasiones el
Euro la cedía al Céfiro á fin de que éste la persiguiera.
333 Pero vióle Ino Leucotea, hija de Cadmo, la de pies hermosos,
que antes había sido mortal dotada de voz y entonces, residiendo en
lo hondo del mar, disfrutaba de honores divinos. Y como se apiadara
de Ulises, al contemplarle errabundo y abrumado por la fatiga,
transfiguróse en mergo, salió volando del abismo del mar y, posándose
en la balsa construída con muchas ataduras, díjole estas palabras:
339 «¡Desdichado! ¿Por qué Neptuno, que sacude la tierra, se airó
tan fieramente contigo y te está suscitando numerosos males? No
logrará anonadarte por mucho que lo anhele. Haz lo que voy á decir,
pues me figuro que no te falta prudencia: quítate esos vestidos, deja
la balsa para que los vientos se la lleven y, nadando con las manos,
procura llegar á la tierra de los feacios, donde el hado ha dispuesto
que te salves. Toma, extiende este velo inmortal debajo de tu pecho y
no temas padecer, ni morir tampoco. Y así que toques con tus manos la
tierra firme, quítatelo y arrójalo en el vinoso ponto, volviéndote á
otro lado.»
351 Dichas estas palabras, la diosa le entregó el velo y,
transfigurada en mergo, tornó á sumergirse en el undoso ponto y las
:
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