104 Respondióle la discreta Penélope: «¡Hijo mío! Estupefacto está
mi ánimo en el pecho, y no podría decirle ni una sola palabra,
ni hacerle preguntas, ni mirarlo frente á frente. Pero, si
verdaderamente es Ulises que vuelve á su casa, ya nos reconoceremos
mejor; pues hay señas para nosotros, que los demás ignoran.»
111 Así se expresó. Sonrióse el paciente divinal Ulises y en seguida
dirigió á Telémaco estas aladas palabras:
113 «¡Telémaco! Deja á tu madre que me pruebe dentro del palacio;
pues quizás de este modo me reconozca más fácilmente. Como estoy
sucio y llevo miserables vestiduras, me tiene en poco y no cree
todavía que sea aquél. Deliberemos ahora para que todo se haga de la
mejor manera. Pues si quien mata á un hombre del pueblo, el cual no
deja tras de sí muchos vengadores, huye y desampara á sus deudos y su
patria tierra; nosotros hemos dado muerte á los que eran el sostén de
la ciudad, á los más eximios jóvenes de Ítaca. Yo te invito á pensar
en esto.»
123 Respondióle el prudente Telémaco: «Conviene que tú mismo lo veas,
padre amado, pues dicen que tu consejo es en todas las cosas el más
excelente y que ninguno de los hombres mortales competiría contigo.
Nosotros te seguiremos muy prontos, y no han de faltarnos bríos en
cuanto lo permitan nuestras fuerzas.»
129 Contestóle el ingenioso Ulises: «Pues voy á decir lo que
considero más conveniente. Empezad por lavaros, poneos las túnicas y
ordenad á las esclavas que se vistan en el palacio; y acto seguido
el divinal aedo, tomando la sonora cítara, nos guiará en la alegre
danza; de suerte que, en oyéndolo desde fuera algún transeunte ó
vecino, piense que son las nupcias lo que celebramos. No sea que la
gran noticia de la matanza de los pretendientes se divulgue por la
ciudad antes de salirnos á nuestros campos llenos de arboledas. Allí
examinaremos lo que nos presente el Olímpico como más provechoso.»
141 Así les dijo; y ellos le escucharon y obedecieron. Comenzaron por
lavarse y ponerse las túnicas, ataviáronse las mujeres, y el divino
aedo tomó la hueca cítara y movió en todos el deseo del dulce canto
y de la eximia danza. Presto resonó la gran casa con el ruido de los
pies de los hombres y de las mujeres de bella cintura que estaban
bailando. Y los de fuera, al oirlo, solían exclamar:
149 «Ya debe de haberse casado alguno con la reina que se vió tan
solicitada. ¡Infeliz! No tuvo constancia para guardar la casa de su
primer esposo hasta la vuelta del mismo.»
152 Así hablaban, por ignorar lo que dentro había pasado. Entonces
Eurínome, la despensera, lavó y ungió con aceite al magnánimo
Ulises en su casa, y le puso un hermoso manto y una túnica; y
Minerva esmaltó con una gran hermosura la cabeza del héroe é hizo
que apareciese más alto y más grueso, y que de su cabeza colgaran
ensortijados cabellos que á flores de jacinto semejaban. Y así como
el hombre experto, á quien Vulcano y Palas Minerva han enseñado artes
de toda especie, cerca de oro la plata y hace lindos trabajos; de
semejante modo, Minerva difundió la gracia por la cabeza y por los
hombros de Ulises. El héroe salió del baño con el cuerpo parecido
completamente al de los inmortales; volvió á sentarse en la silla que
antes ocupara, frente á su esposa, y le dijo estas palabras:
166 «¡Desgraciada! Los que viven en olímpicos palacios te dieron un
corazón más duro que á las otras mujeres. Ninguna se quedaría así,
con el ánimo firme, alejada de su marido; cuando éste, después de
pasar tantos males, vuelve en el vigésimo año á la patria tierra.
Pero ve, nodriza, y aparéjame la cama para que pueda acostarme; que
ésa tiene en su pecho un corazón de hierro.»
173 Contestóle la discreta Penélope: «¡Infortunado! Ni me crezco, ni
me tengo en poco, ni me admiro en demasía; pues sé muy bien cómo eras
cuando partiste de Ítaca en la nave de largos remos. Ve, Euriclea,
y ponle la fuerte cama en el exterior de la sólida habitación que
construyó él mismo: sácale allí la fuerte cama y aderézale el lecho
con pieles, mantas y colchas espléndidas.»
181 Habló de semejante modo para probar á su marido; pero Ulises,
irritado, díjole á la honesta esposa:
183 «¡Oh mujer! En verdad que me produce gran pena lo que has dicho.
¿Quién me habrá trasladado el lecho? Difícil le fuera hasta al más
hábil, si no viniese un dios á cambiarlo fácilmente de sitio; mas
ninguno de los mortales que hoy viven ni aun de los más jóvenes, lo
movería con facilidad, pues hay una gran señal en el labrado lecho
que hice yo mismo y no otro alguno. Creció dentro del patio un olivo
de alargadas hojas, robusto y floreciente, que tenía el grosor de una
columna. En torno del mismo labré las paredes de mi cámara, empleando
multitud de piedras; la cubrí con excelente techo y la cerré con
puertas sólidas, firmemente ajustadas. Después corté el ramaje de
aquel olivo de alargadas hojas; pulí con el bronce su tronco desde la
raíz, haciéndolo diestra y hábilmente; lo enderecé por medio de un
nivel para convertirlo en pie de la cama, y lo taladré todo con un
barreno. Comenzando por este pie, fuí haciendo y pulimentando la cama
hasta terminarla; la adorné con oro, plata y marfil; y extendí en
su parte interior unas vistosas correas de piel de buey, teñidas de
púrpura. Ésta es la señal de que te hablaba; pero ignoro, oh mujer,
si mi lecho sigue incólume ó ya lo trasladó alguno, habiendo cortado
el olivo por el pie.»
205 Así le dijo; y Penélope sintió desfallecer sus rodillas y su
corazón, al reconocer las señales que Ulises describiera con tal
certidumbre. Al punto corrió á su encuentro, derramando lágrimas;
echóle los brazos alrededor del cuello, le besó en la cabeza y le
dijo:
209 «No te enojes conmigo, Ulises, ya que eres en todo el más
circunspecto de los hombres; y las deidades nos enviaron la
desgracia y no quisieron que gozásemos juntos de nuestra juventud,
ni que juntos llegáramos al umbral de la vejez. Pero no te enfades
conmigo, ni te irrites si no te abracé, como ahora, tan luego como
estuviste en mi presencia; que mi ánimo, acá dentro del pecho, temía
horrorizado que viniese algún hombre á engañarme con sus palabras,
pues son muchos los que traman perversas astucias. La argiva Helena,
hija de Júpiter, no se hubiera juntado nunca en amor y concúbito con
un extraño, si hubiese sabido que los belicosos aqueos habían de
traerla nuevamente á su casa y á su patria tierra. Algún dios debió
de incitarla á realizar aquella vergonzosa acción; pues anteriormente
jamás pensara cometer la deplorable falta que fué el origen de
nuestras penas. Ahora, como acabas de referirme las señales evidentes
de aquel lecho, que no vió mortal alguno sino solos tú y yo, y
una esclava, Áctoris, que me había dado mi padre al venirme acá y
custodiaba la puerta de nuestra sólida estancia, has logrado traer el
convencimiento á mi espíritu con ser éste tan obstinado.»
231 Diciendo de esta guisa, acrecentóle el deseo de sollozar; y
Ulises lloraba, abrazado á su dulce y honesta esposa. Así como la
tierra aparece grata á los que vienen nadando porque Neptuno les
hundió en el ponto la bien construída embarcación, haciéndola juguete
del viento y del gran oleaje; y unos pocos, que consiguieron salir
del espumoso mar al continente, lleno el cuerpo de sarro, pisan la
tierra muy alegres porque se ven libres de aquel infortunio: pues de
igual manera le era agradable á Penélope la vista del esposo y no le
quitaba del cuello los níveos brazos. Llorando los hallara la Aurora
de rosáceos dedos, si Minerva, la deidad de los brillantes ojos,
no hubiese ordenado otra cosa: alargó la noche, cuando ya tocaba á
su término, y detuvo en el Océano á la Aurora, de áureo trono, no
permitiéndole uncir los caballos de pies ligeros que traen la luz á
los hombres, Lampo y Faetonte, que son los potros que conducen á la
Aurora. Y entonces dijo á su consorte el ingenioso Ulises:
[Ilustración: PENÉLOPE, DERRAMANDO LÁGRIMAS, CORRIÓ Á ENCONTRARLE,
LE ECHÓ LOS BRAZOS AL CUELLO, LE BESÓ LA CABEZA Y LE DIJO...
(-Canto XXIII, versos 207 y 208.-)]
248 «¡Mujer! Aún no hemos llegado al fin de todos los trabajos, pues
falta otra empresa muy grande, larga y difícil, que he de llevar á
cumplimiento. Así me lo vaticinó el alma de Tiresias el día que bajé
á la morada de Plutón procurando la vuelta de mis compañeros y la mía
propia. Mas, ea, mujer, vámonos á la cama para que, acostándonos, nos
regalemos con el dulce sueño.»
256 Respondióle la discreta Penélope: «El lecho lo tendrás cuando á
tu ánimo le plegue, ya que los dioses te hicieron tornar á tu casa
bien construída y á tu patria tierra. Mas, puesto que pensaste en ese
trabajo, por haberte sugerido su recuerdo alguna deidad, explícame en
qué consiste; me figuro que más tarde lo he de saber y no será malo
que me entere desde ahora.»
263 Respondióle el ingenioso Ulises: «¡Desdichada! ¿Por qué me
incitas tanto, con tus súplicas, á que te lo explique? Voy á
declarártelo sin omitir cosa alguna. No se alegrará tu ánimo de
saberlo, como yo no me alegro tampoco, pues Tiresias me ordenó que
recorriera muchas poblaciones, llevando en la mano un manejable remo,
hasta llegar á aquellos hombres que nunca vieron el mar, ni comen
manjares sazonados con sal, ni conocen las naves de encarnadas proas,
ni tienen noticia de los manejables remos que son como las alas de
los buques. Para ello me dió una señal muy manifiesta, que no te he
de ocultar. Me mandó que, cuando encuentre otro caminante y me diga
que llevo un aventador sobre el gallardo hombro, clave en tierra el
manejable remo, haga al soberano Neptuno hermosos sacrificios de un
carnero, un toro y un verraco, y vuelva á esta casa donde ofreceré
sagradas hecatombes á los inmortales dioses que poseen el anchuroso
cielo, á todos por su orden. Me vendrá más adelante y lejos del mar,
una muy suave muerte, que me quitará la vida cuando ya esté abrumado
por placentera vejez; y á mi alrededor los ciudadanos serán dichosos.
Todas estas cosas aseguró Tiresias que habían de cumplirse.»
285 Repuso entonces la discreta Penélope: «Si los dioses te conceden
una feliz senectud, aún puedes esperar que te librarás de los
infortunios.»
288 Así éstos conversaban. Mientras tanto, Eurínome y el ama
aparejaban el lecho con blandas ropas, alumbrándose con antorchas
encendidas. En acabando de hacer la cama diligentemente, la vieja
tornó al palacio para acostarse y Eurínome, la camarera, fué delante
de aquéllos, con una antorcha en la mano, hasta que los condujo á
la cámara nupcial, retirándose en seguida. Y entrambos consortes
llegaron muy alegres al sitio donde se hallaba su antiguo lecho.
297 Entonces Telémaco, el boyero y el porquerizo dejaron de bailar,
mandaron que cesasen igualmente las mujeres, y acostáronse todos en
el obscuro palacio.
300 Después que los esposos hubieron disfrutado del deseable amor,
entregáronse al deleite de la conversación. La divina entre las
mujeres refirió cuanto había sufrido en el palacio al contemplar la
multitud de los funestos pretendientes, que por su causa degollaban
muchos bueyes y pingües ovejas, en tanto que se concluía el copioso
vino de las tinajas. Ulises, de jovial linaje, contó á su vez cuantos
males había inferido á otros hombres y cuantas penas había soportado
en sus propios infortunios. Y ella se holgaba de oirlo y el sueño no
le cayó en los ojos hasta que se acabó el relato.
310 Empezó por narrarle cómo venciera á los cícones; y le fué
refiriendo su llegada al fértil país de los lotófagos; cuanto hizo
el Ciclope y cómo él tomó venganza de que le hubiese devorado
despiadadamente los fuertes compañeros; cómo pasó á la isla de Éolo,
quien le acogió benévolo hasta que vino la hora de despedirle, pero
el hado no había dispuesto que el héroe tornara aún á la patria y una
tempestad lo arrebató nuevamente y lo llevó por el ponto, abundante
en peces, mientras daba profundos suspiros; y cómo desde allí aportó
á Telépilo, la ciudad de los lestrigones, que le destruyeron los
bajeles y le mataron todos los compañeros, de hermosas grebas,
escapando tan sólo Ulises en su negra nave. Describióle también los
engaños y múltiples astucias de Circe; y explicóle luego cómo había
ido en su nave de muchos bancos á la lóbrega morada de Plutón para
consultar al alma del tebano Tiresias, y cómo pudo ver allí á todos
sus compañeros y á la madre que lo dió á luz y que lo crió en su
infancia; cómo oyó más tarde el cantar de las Sirenas, de voz sonora;
cómo pasó por las peñas Erráticas, por la horrenda Caribdis y por
la roca de Escila, de la cual nunca pudieron los hombres escapar
indemnes; cómo sus compañeros mataron las vacas del Sol; cómo el
altitonante Júpiter hirió la velera nave con el ardiente rayo,
habiendo perecido todos sus esforzados compañeros y librádose él
de la perniciosa muerte; cómo llegó á la isla Ogigia y á la ninfa
Calipso, la cual le retuvo en huecas grutas, deseosa de tomarle por
marido, le alimentó y le dijo repetidas veces que le haría inmortal y
le eximiría perpetuamente de la senectud, sin que jamás consiguiera
llevarle la persuasión al ánimo; y cómo, padeciendo muchas fatigas,
arribó á los feacios, quienes le honraron cordialmente, cual si
fuese un numen, y lo condujeron en una nave á la patria tierra,
después de regalarle bronce, oro en abundancia y vestidos. Tal fué lo
postrero que mencionó, cuando ya le vencía el dulce sueño, que relaja
los miembros y deja el ánimo libre de inquietudes.
344 Luego Minerva, la deidad de los brillantes ojos, ordenó otra
cosa. Tan pronto como le pareció que Ulises ya se habría recreado con
su mujer y con el sueño, hizo que saliese del Océano la hija de la
mañana, la de áureo trono, para que les trajera la luz á los humanos.
Entonces se levantó Ulises del blando lecho y dirigió á su esposa las
siguientes palabras:
350 «¡Mujer! Los dos hemos padecido muchos trabajos: tú aquí,
llorando por mi vuelta tan abundante en fatigas; y yo sufriendo los
infortunios que me enviaron Júpiter y los demás dioses para detenerme
lejos de la patria cuando anhelaba volver á ella. Mas, ya que nos
hemos reunido nuevamente en este deseado lecho, tú cuidarás de mis
bienes en el palacio; y yo, para reponer el ganado que los soberbios
pretendientes me devoraron, apresaré un gran número de reses y los
aqueos me darán otras hasta que llenemos todos los establos. Ahora me
iré al campo, lleno de árboles, á ver á mi padre que tan afligido se
halla por mi ausencia; y á ti, oh mujer, aunque eres juiciosa, oye lo
que te encomiendo: como al salir el sol se divulgará la noticia de
que maté en el palacio á los pretendientes, vete á lo alto de la casa
con tus siervas y quédate allí sin mirar á nadie ni preguntar cosa
alguna.»
366 Dijo; cubrió sus hombros con la magnífica armadura y, haciendo
levantar á Telémaco, al boyero y al porquerizo, les mandó que tomasen
las marciales armas. Ellos no dejaron de obedecerle: armáronse todos
con el bronce, abrieron la puerta y salieron de la casa, precedidos
por Ulises. Ya la luz se esparcía por la tierra; pero cubriólos
Minerva con obscura nube y los sacó de la ciudad muy prestamente.
[Ilustración: Mercurio conduce al Orco las almas de los
pretendientes]
CANTO XXIV
LAS PACES
1 El cilenio Mercurio llamaba á las almas de los pretendientes,
teniendo en su mano la hermosa áurea vara con la cual adormece los
ojos de cuantos quiere ó despierta á los que duermen. Empleábala
entonces para mover y guiar las almas y éstas le seguían profiriendo
estridentes gritos. Como los murciélagos revolotean chillando en lo
más hondo de una vasta gruta si alguno de ellos se separa del racimo
colgado de la peña, pues se traban los unos con los otros: de la
misma suerte, las almas andaban chillando, y el benéfico Mercurio,
que las precedía, llevábalas por lóbregos senderos. Transpusieron en
primer lugar las corrientes del Océano y la roca de Léucade, después
las puertas del Sol y el país de los Sueños, y pronto llegaron á la
pradera de asfódelos donde residen las almas, que son imágenes de los
difuntos.
15 Encontráronse allí con las almas de Aquiles, hijo de Peleo, de
Patroclo, del irreprochable Antíloco y de Ayax, que fué el más
excelente de todos los dánaos, en cuerpo y hermosura, después del
eximio Pelida. Éstos andaban en torno de Aquiles; y se les acercó,
muy angustiada, el alma de Agamenón Atrida, á cuyo alrededor se
reunían las de cuantos en la mansión de Egisto perecieron con el
héroe, cumpliendo su destino. Y el alma del Pelida fué la primera que
habló, diciendo de esta suerte:
24 «¡Oh Atrida! Nos figurábamos que entre todos los héroes eras
siempre el más acepto á Júpiter, que se huelga con el rayo, porque
imperabas sobre muchos y fuertes varones allá en Troya, donde los
aqueos padecimos tantos infortunios; y, con todo, te había de
alcanzar antes de tiempo la funesta Parca, de la cual nadie puede
librarse una vez nacido. Ojalá se te hubiesen presentado la muerte
y el destino en el país teucro, cuando disfrutabas de la dignidad
suprema con que ejercías el mando; pues entonces todos los aqueos te
erigieran un túmulo, y le legaras á tu hijo una gloria inmensa. Ahora
el hado te ha hecho sucumbir con la más deplorable de las muertes.»
35 Respondióle el alma del Atrida: «¡Afortunado tú, oh hijo de
Peleo, Aquiles semejante á los dioses, que expiraste en Troya,
lejos de Argos, y á tu alrededor murieron, defendiéndote, otros
valentísimos troyanos y aqueos; y tú yacías en tierra sobre un
gran espacio, envuelto en un torbellino de polvo y olvidado del
arte de guiar los carros! Nosotros luchamos todo el día y por nada
hubiésemos suspendido el combate; pero Júpiter nos obligó á desistir,
enviándonos una tormenta. Después de haber llevado tu hermoso
cuerpo del campo de la batalla á las naves, lo pusimos en un lecho,
lo lavamos con agua tibia y lo ungimos; y los dánaos, cercándote,
vertían muchas y ardientes lágrimas y se cortaban las cabelleras.
También vino tu madre, que salió del mar, con las inmortales diosas
marinas, en oyendo la nueva: levantóse en el ponto un clamoreo
grandísimo y tal temblor les entró á todos los aqueos, que se
lanzaran á las cóncavas naves si no les detuviera un hombre que
conocía muchas y antiguas cosas, Néstor, cuya opinión era considerada
siempre como la mejor. Éste, pues, arengándolos con benevolencia, les
habló diciendo:
54 «¡Deteneos, argivos; no huyáis, varones aqueos! Ésta es la madre
que viene del mar, con las inmortales diosas marinas, á ver á su hijo
muerto.»
57 »Así se expresó; y los magnánimos aquivos suspendieron la fuga.
Rodeáronte las hijas del anciano del mar, lamentándose de tal suerte
que movían á compasión, y te pusieron divinales vestidos. Las nueve
Musas entonaron el canto fúnebre, alternando con su hermosa voz,
y no vieras á ningún argivo que no llorara: ¡tanto les conmovía
la canora Musa! Diez y siete días con sus noches te lloramos, así
los inmortales dioses como los mortales hombres, y al deciocheno
te entregamos á las llamas, degollando á tu alrededor y en gran
abundancia pingües ovejas y bueyes de retorcidos cuernos. Ardió
tu cadáver, adornado con vestidura de dios, con gran cantidad de
ungüento y de dulce miel; agitáronse con sus armas multitud de héroes
aquivos, unos á pie y otros en carros, en torno de la pira en que
te quemaste; y prodújose un gran tumulto. Después que la llama de
Vulcano acabó de consumirte, oh Aquiles, y se mostró la Aurora,
recogimos tus blancos huesos y los echamos en vino puro y ungüento.
Tu madre nos entregó un ánfora de oro, diciendo que se la había
regalado Dioniso y era obra del ínclito Vulcano; y en ella están
tus blancos huesos, preclaro Aquiles, junto con los de Patroclo
Menetíada, y aparte los de Antíloco, que fué el compañero á quien
más apreciaste después del difunto Patroclo. En torno de los restos
el sacro ejército de los argivos te erigió un túmulo grande y eximio
en un lugar prominente, á orillas del dilatado Helesponto; para que
pudieran verlo á gran distancia, desde el mar, los hombres que ahora
viven y los que nazcan en lo futuro. Tu madre puso en la liza, con el
consentimiento de los dioses, hermosos premios para el certamen que
habían de celebrar los argivos más señalados. Tú te hallaste en las
exequias de muchos héroes cuando, con motivo de la muerte de algún
rey, se ciñen los jóvenes y se aprestan para los juegos fúnebres;
esto no obstante, te hubieses asombrado muchísimo en tu ánimo al
ver cuán hermosos eran los que en honor tuyo estableció la diosa
Tetis, la de los pies argénteos, porque siempre fuiste muy caro á
las deidades. Así pues, ni muriendo has perdido tu nombradía; y tu
gloriosa fama, oh Aquiles, subsistirá perpetuamente entre todos los
hombres. Pero yo, ¿cómo he de gozar de tal satisfacción, si, después
que acabé la guerra y volví á la patria, me aparejó Júpiter una
deplorable muerte por la mano de Egisto y de mi funesta esposa?»
98 Mientras de tal modo conversaban, presentóseles el mensajero
Argicida guiando las almas de los pretendientes á quienes matara
Ulises. Ambos, al punto que los vieron, fuéronse muy admirados á
encontrarlos. El alma del Atrida Agamenón reconoció al hijo amado de
Melaneo, al perínclito Anfimedonte, cuyo huésped había sido en la
casa que éste habitaba en Ítaca, y comenzó á hablarle de esta manera:
106 «¡Anfimedonte! ¿Qué os ha ocurrido, que penetráis en la obscura
tierra tantos y tan selectos varones, y todos de la misma edad? Si
se escogieran por la población, no se hallaran otros más excelentes.
¿Acaso Neptuno os mató en vuestras naves, desencadenando el fuerte
soplo de terribles vientos y levantando grandes olas? ¿Ó quizás unos
hombres enemigos acabaron con vosotros en el continente porque os
llevabais sus bueyes y sus magníficos rebaños de ovejas ó porque
combatíais para apoderaros de su ciudad y de sus mujeres? Responde á
lo que te digo, pues me precio de ser huésped tuyo. ¿No recuerdas que
fuí allá, á vuestra casa, junto con el deiforme Menelao, á exhortar á
Ulises para que nos siguiera á Ilión en las naves de muchos bancos?
Un mes entero empleamos en atravesar el anchuroso ponto, y á duras
penas persuadimos á Ulises, asolador de ciudades.»
120 Díjole á su vez el alma de Anfimedonte: «¡Atrida gloriosísimo,
rey de hombres Agamenón! Recuerdo cuanto dices, oh alumno de Júpiter,
y te contaré exacta y circunstanciadamente de qué triste modo
ocurrió que llegáramos al término de nuestra vida. Pretendíamos á
la esposa de Ulises, ausente á la sazón desde largo tiempo, y ni
rechazaba las odiosas nupcias ni quería celebrarlas, preparándonos
la muerte y la negra Parca; y entonces discurrió en su inteligencia
este nuevo engaño. Se puso á tejer en el palacio una gran tela sutil
é interminable, y á la hora nos habló de esta guisa: -¡Jóvenes,
pretendientes míos! Ya que ha muerto el divinal Ulises, aguardad,
para instar mis bodas, que acabe este lienzo--no sea que se me
pierdan inútilmente los hilos,--á fin de que tenga sudario el héroe
Laertes en el momento fatal de la aterradora muerte. ¡No se me vaya á
indignar alguna de las aqueas del pueblo, si ve enterrar sin mortaja
á un hombre que ha poseído tantos bienes!- Así dijo, y nuestro ánimo
generoso se dejó persuadir. Desde aquel instante, pasaba el día
labrando la gran tela, y por la noche, tan luego como se alumbraba
con las antorchas, deshacía lo tejido. De esta suerte logró ocultar
el engaño y que sus palabras fueran creídas por los aqueos durante
un trienio; mas, así que vino el cuarto año y volvieron á sucederse
las estaciones, después de transcurrir los meses y de pasar muchos
días, nos lo reveló una de las mujeres, que conocía muy bien lo que
pasaba, y sorprendimos á Penélope destejiendo la espléndida tela.
Así fué cómo, mal de su grado, se vió en la necesidad de acabarla.
Cuando, después de tejer y lavar la gran tela, nos mostró aquel
lienzo que se asemejaba al sol ó á la luna, funesta deidad trajo á
Ulises de alguna parte á los confines del campo donde el porquero
tenía su morada. Allí fué también el hijo amado del divinal Ulises,
cuando volvió de Pilos en su negra nave; y, concertándose para dar
mala muerte á los pretendientes, vinieron á la ínclita ciudad, y
Ulises entró el último, pues Telémaco se le anticipó algún tanto.
El porquero acompañó á Ulises; y éste, con sus pobres harapos,
parecía un viejo y miserable mendigo que se apoyaba en el bastón y
llevaba feas vestiduras. Ninguno de nosotros pudo conocerle, ni aun
los más viejos, cuando se presentó de súbito; y lo maltratábamos,
dirigiéndole injuriosas palabras y dándole golpes. Con ánimo paciente
sufría Ulises que en su propio palacio se le pegara é injuriara; mas
apenas le incitó Júpiter, que lleva la égida, comenzó por quitar de
las paredes, ayudado de Telémaco, las magníficas armas que depositó
en su habitación, corriendo los cerrojos; y luego, con refinada
astucia, aconsejó á su esposa que nos sacara á los pretendientes
el arco y el blanquizco hierro á fin de celebrar el certamen que
había de ser para nosotros, oh infelices, el preludio de la matanza.
Ninguno logró tender la cuerda del recio arco, pues nos faltaba
mucha parte del vigor que para ello se requería. Cuando el gran arco
iba á llegar á manos de Ulises, todos increpábamos al porquero para
que no se lo diese, por más que lo solicitara; y tan sólo Telémaco,
animándole, mandó que se lo entregase. El paciente divinal Ulises
lo tomó en sus manos, tendiólo con suma facilidad, é hizo pasar la
flecha á través del hierro; inmediatamente se fué al umbral, derramó
por el suelo las veloces flechas, echando terribles miradas, y
mató al rey Antínoo. Pero en seguida disparó contra los demás las
dolorosas saetas, apuntando á su frente; y caían los unos en pos
de los otros. Era evidente que alguno de los dioses le ayudaba;
pues muy pronto, dejándose llevar de su furor, empezaron á matar á
diestro y siniestro por la sala: los que recibían los golpes en la
cabeza levantaban horribles suspiros, y el suelo manaba sangre por
todos lados. Así hemos perecido, Agamenón, y los cadáveres yacen
abandonados en el palacio de Ulises; porque la nueva aún no ha
llegado á las casas de nuestros amigos, los cuales nos llorarían
después de lavarnos la negra sangre de las heridas y de colocarnos
en lechos; que tales son los honores que han de tributarse á los
difuntos.»
191 Contestóle el alma del Atrida: «¡Feliz hijo de Laertes! ¡Ulises,
fecundo en recursos! Tú acertaste á poseer una esposa virtuosísima.
Como la irreprochable Penélope, hija de Icario, ha tenido tan
excelentes sentimientos y ha guardado tan buena memoria de Ulises,
el varón con quien se casó virgen, jamás se perderá la gloriosa fama
de su virtud y los inmortales inspirarán á los hombres de la tierra
graciosos cantos en loor de la discreta Penélope. No se portó así
la hija de Tíndaro, que, maquinando inicuas acciones, dió muerte al
marido con quien se casara virgen; por lo cual ha de ser objeto de
odiosos cantos, y ya ha proporcionado triste fama á las mujeres, sin
exceptuar á las que son virtuosas.»
203 Así conversaban en la morada de Plutón, dentro de las
profundidades de la tierra.
205 Mientras tanto, Ulises y los suyos, descendiendo de la ciudad,
llegaron muy pronto al bonito y bien cultivado predio de Laertes, que
éste comprara en otra época después de pasar muchas fatigas. Allí
estaba la casa del anciano, con un cobertizo á su alrededor adonde
iban á comer, á sentarse y á dormir los siervos propios de aquél;
siervos que le hacían cuantas labores eran de su agrado. Una vieja
siciliana le cuidaba con gran solicitud allá en el campo, lejos de
la ciudad. En llegando, pues, á tal paraje, Ulises les habló de esta
manera á sus servidores y á su hijo:
214 «Vosotros, entrando en la bien labrada casería, sacrificad al
punto el mejor de los cerdos para el almuerzo; y yo iré á probar si
mi padre me reconoce al verme ante sus ojos, ó no distingue quién soy
después de tanto tiempo de hallarme ausente.»
219 Diciendo así, entregó las marciales armas á los criados. Fuéronse
éstos á buen paso hacia la casería y Ulises se encaminó al huerto,
en frutas abundoso, para hacer aquella prueba. Y, bajando al grande
huerto, no halló á Dolio, ni á ninguno de los esclavos, ni á los
hijos de éste; pues todos habían salido á coger espinos para hacer el
seto del huerto, y el anciano Dolio los guiaba. Por esta razón halló
en el bien cultivado huerto á su padre solo, aporcando una planta.
Vestía Laertes una túnica sucia, remendada y miserable; llevaba
atadas á las piernas unas polainas de vaqueta cosida para reparo
contra los rasguños y en las manos guantes por causa de las zarzas;
y cubría su angustiada cabeza con un gorro de piel de cabra. Cuando
el paciente divinal Ulises le vió abrumado por la vejez y con tan
grande dolor allá en su espíritu, se detuvo al pie de un alto peral y
le saltaron las lágrimas. Después encontrábase indeciso en su mente y
en su corazón, no sabiendo si besar y abrazar á su padre, contárselo
todo y explicarle cómo había llegado al patrio suelo; ó interrogarle
primeramente con el fin de hacer aquella prueba. Tan luego como lo
hubo pensado, parecióle que era mejor tentarle con burlonas palabras.
Con este propósito fuése el divinal Ulises derecho al mismo, que
estaba con la cabeza baja cavando en torno de una planta. Y,
deteniéndose á su vera, hablóle así su preclaro hijo:
244 «¡Oh anciano! No te falta pericia para cultivar un huerto, pues
en éste se halla todo muy bien cuidado y no se ve planta alguna,
ni higuera, ni vid, ni olivo, ni peral, ni cuadro de legumbres,
que no lo esté de igual manera. Otra cosa te diré, mas no por ello
recibas enojo en tu corazón: no tienes tan buen cuidado de ti mismo,
pues no sólo te agobia la triste vejez, sino que estás sucio y mal
vestido. No será sin duda á causa de tu ociosidad el que un señor
te tenga en semejante desamparo; y, además, nada servil se advierte
en ti, pues por tu aspecto y grandeza te asemejas á un rey, á un
varón que después de lavarse y de comer haya de dormir en blando
lecho; que tal es la costumbre de los ancianos. Mas, ea, habla y
responde sinceramente: ¿De quién eres siervo? ¿Cúyo es el huerto que
cultivas? Dime con verdad, á fin de que lo sepa, si realmente he
llegado á Ítaca; como me aseguró un hombre que encontré al venir y
que no debe de ser muy sensato, pues no tuvo paciencia para referirme
algunas cosas ni para escuchar mis palabras cuando le pregunté si
cierto huésped mío aún vive y existe ó ha muerto y se halla en la
morada de Plutón. Voy á contártelo á ti: atiende y óyeme. En mi
patria hospedé en otro tiempo á un varón que llegó á nuestra morada;
y jamás mortal alguno de los que vinieron de lejas tierras á posar
en mi casa me fué más grato: preciábase de ser natural de Ítaca y
decía que Laertes Arcesíada era su padre. Yo mismo lo conduje al
palacio, le proporcioné digna hospitalidad, tratándolo solícita
y amistosamente,--que en mi mansión reinaba la abundancia,--y le
hice los presentes hospitalarios que convenía dar á tal persona. Le
entregué siete talentos de oro bien labrado; una argéntea cratera
floreada; doce mantos sencillos, doce tapetes, doce bellos palios y
otras tantas túnicas; y además, cuatro mujeres de hermosa figura,
diestras en hacer irreprochables labores, que él mismo escogió entre
mis esclavas.»
280 Respondióle su padre, con los ojos anegados en lágrimas:
«¡Forastero! Estás ciertamente en la tierra por la cual preguntas;
pero la tienen dominada unos hombres insolentes y malvados, y te
saldrán en vano esos múltiples presentes que á aquél le hiciste.
Si lo hallaras vivo en el pueblo de Ítaca, no te despidiera
sin corresponder á tus obsequios con otros dones y una buena
hospitalidad, como es justo que se haga con quien anteriormente nos
dejó obligados. Mas, ea, habla y responde sinceramente: ¿Cuántos años
ha que acogiste á ese tu infeliz huésped, á mi hijo infortunado,
si todo no ha sido un sueño? Alejado de sus amigos y de su patria
tierra, ó se lo comieron los peces en el ponto ó fué pasto, en el
continente, de las fieras y de las aves: y ni su madre lo amortajó,
llorándole conmigo que lo engendramos; ni su rica mujer, la discreta
Penélope, gimió sobre el lecho fúnebre de su marido, como era justo,
ni le cerró los ojos; que tales son las honras debidas á los muertos.
Dime también la verdad de esto, para que me entere: ¿Quién eres y de
qué país procedes? ¿Dónde se hallan tu ciudad y tus padres? ¿Dónde
está el rápido bajel que te ha traído con tus compañeros iguales á
los dioses? ¿Ó viniste pasajero en la nave de otro, que después de
dejarte en tierra continuó su viaje?»
302 Díjole en respuesta el ingenioso Ulises: «De todo voy á
informarte circunstanciadamente. Nací en Alibante, donde tengo
magnífica morada, y soy hijo del rey Afidante Polipemónida; mi nombre
es Epérito; algún dios me ha apartado de Sicania para traerme aquí
á pesar mío, y mi nave está cerca del campo, antes de llegar á la
población. Hace ya cinco años que Ulises se fué de allá y dejó mi
patria. ¡Infeliz! Propicias aves volaban á su derecha cuando partió,
y, al notarlo, le despedí alegre y se alejó contento; porque nos
quedaba en el corazón la esperanza de que la hospitalidad volvería á
juntarnos y nos podríamos obsequiar con espléndidos presentes.»
315 Tales fueron sus palabras; y negra nube de pesar envolvió á
Laertes que tomó ceniza con ambos manos y echóla sobre su cabeza
cana, suspirando muy gravemente. Conmoviósele el corazón á Ulises;
sintió el héroe aguda picazón en la nariz al contemplar á su padre, y
dando un salto, le besó y le dijo:
321 «Yo soy, oh padre, ése mismo por quien preguntas; que torno en el
vigésimo año á la patria tierra. Pero cesen tu llanto, tus sollozos y
tus lágrimas. Y te diré, ya que el tiempo nos apremia, que he muerto
á los pretendientes en nuestra casa, vengando así sus dolorosas
injurias y sus malvadas acciones.»
327 Laertes le contestó diciendo: «Pues si eres mi hijo Ulises que ha
vuelto, muéstrame alguna señal evidente para que me convenza.»
[Ilustración: ¿QUIÉN ERES, LE PREGUNTÓ LAERTES, Y DE QUÉ PAÍS
PROCEDES?
(-Canto XXIV, verso 298.-)]
330 Respondióle el ingenioso Ulises: «Primeramente vean tus ojos
la herida que en el Parnaso me infirió un jabalí con su blanco
diente, cuando tú y mi madre veneranda me enviasteis á Autólico, mi
caro abuelo paterno, á recibir los dones que al venir acá prometió
hacerme. Y, si lo deseas, te enumeraré los árboles que una vez me
regalaste en este bien cultivado huerto: pues yo, que era niño, te
seguía y te los iba pidiendo uno tras otro; y, al pasar por entre
ellos, me los mostrabas y me decías su nombre. Fueron trece perales,
diez manzanos y cuarenta higueras; y me ofreciste, además, cincuenta
liños de cepas, cada uno de los cuales daba fruto en diversa época,
como que hay aquí racimos de uvas de todas clases cuando los hacen
madurar las estaciones que desde lo alto nos envía Jove.»
345 Así le dijo; y Laertes sintió desfallecer sus rodillas y su
corazón, reconociendo las señales que Ulises describiera con tal
certidumbre. Echó los brazos sobre su hijo; y el paciente divinal
Ulises trajo hacia sí al anciano, que se hallaba sin aliento. Y
cuando Laertes tornó á respirar y volvió en su acuerdo, respondió con
estas palabras:
351 «¡Padre Júpiter! Vosotros los dioses permanecéis aún en el vasto
Olimpo, si es verdad que los pretendientes recibieron el castigo
de su temeraria insolencia. Mas ahora teme mucho mi corazón que
se reúnan y vengan muy pronto los itacenses, y que además envíen
emisarios á todas las ciudades de los cefalenos.»
356 Respondióle el ingenioso Ulises: «Cobra ánimo y no te preocupes
por tales cosas. Pero vámonos á la casa que se halla próxima á este
huerto, que allí envié á Telémaco, al boyero y al porquerizo para que
cuanto antes nos aparejen la comida.»
361 Pronunciadas estas palabras, encamináronse á la hermosa casería.
Cuando hubieron llegado á la cómoda mansión, hallaron á Telémaco, al
boyero y al porquerizo ocupados en cortar mucha carne y en mezclar el
negro vino.
365 Al punto la esclava siciliana lavó y ungió con aceite al
magnánimo Laertes dentro de la casa, echándole después un hermoso
manto sobre las espaldas; y Minerva se acercó é hizo que le crecieran
los miembros al pastor de hombres, de suerte que apareciese más alto
y más grueso que anteriormente. Cuando salió del baño, admiróse
Ulises de verle tan parecido á los inmortales númenes y le dirigió
estas aladas palabras:
373 «¡Oh padre! Alguno de los sempiternos dioses ha mejorado á buen
seguro tu aspecto y tu grandeza.»
375 Contestóle el discreto Laertes: «Ojalá me hallase, ¡oh padre
Júpiter, Minerva, Apolo!, como cuando reinaba sobre los cefalenos
y tomé á Nérico, ciudad bien construída, allá en la punta del
continente: si, siendo tal, me hubiera encontrado ayer en nuestra
casa, con los hombros cubiertos por la armadura, á tu lado y
rechazando á los pretendientes, yo les quebrara á muchos las rodillas
en el palacio y tu alma se regocijara al contemplarlo.»
383 Así éstos conversaban. Cuando los demás terminaron la faena y
dispusieron el banquete, sentáronse por orden en sillas y sillones.
Y así que comenzaban á tomar los manjares, llegó el anciano Dolio
con sus hijos--que venían cansados de tanto trabajar;--pues salió á
llamarlos su madre, la vieja siciliana, que los había criado y que
cuidaba al anciano con gran esmero desde que el mismo llegara á la
senectud. Tan pronto como vieron á Ulises y lo reconocieron en su
espíritu, paráronse atónitos dentro de la sala; y Ulises les habló
halagándolos con dulces palabras:
394 «¡Oh anciano! Siéntate á comer y cese tu asombro, porque mucho
ha que, con harto deseo de echar mano á los manjares, os estábamos
aguardando en esta sala.»
397 Así se expresó. Dolio se fué derechamente á él con los brazos
abiertos, tomó la mano de Ulises, se la besó en la muñeca, y le
dirigió estas aladas palabras:
400 «¡Amigo! Como quiera que has vuelto á nosotros que anhelábamos tu
tornada--aunque ya perdíamos la esperanza--y los mismos dioses te han
traído, salve, sé muy dichoso, y las deidades te concedan toda clase
de venturas. Dime ahora la verdad de lo que te voy á preguntar, para
que me entere: ¿la discreta Penélope sabe ciertamente que te hallas
de regreso, ó convendrá enviarle un propio?»
406 Respondióle el ingenioso Ulises: «¡Oh anciano! Ya lo sabe. ¿Qué
necesidad hay de hacer lo que propones?»
408 Así le habló; y Dolio fué á sentarse en su pulimentada silla. De
igual manera se allegaron á Ulises los hijos de Dolio, le saludaron
con palabras, le tomaron las manos y se sentaron por orden cerca de
su padre.
412 Mientras éstos comían allá en la casa, fué la Fama anunciando
rápidamente por toda la ciudad la horrorosa muerte y el hado de los
pretendientes. Al punto que los ciudadanos la oían, presentábanse
todos en la mansión de Ulises, unos por éste y otros por aquel lado,
profiriendo voces y gemidos. Sacaron los muertos; y, después de
enterrar cada cual á los suyos y de entregar los de otras ciudades
á los pescadores para que los transportaran en veleras naves,
encamináronse al ágora todos juntos, con el corazón triste. Cuando
hubieron acudido y estuvieron congregados, levantóse Eupites á
hablar; porque era intolerable la pena que sentía en el alma por su
hijo Antínoo, que fué el primero á quien mató el divinal Ulises. Y,
derramando lágrimas, los arengó diciendo:
426 «¡Oh amigos! Grande fué la obra que ese varón maquinó contra los
aqueos: Llevóse á muchos y valientes hombres en sus naves y perdió
las cóncavas naves y los hombres; y, al volver, ha muerto á los más
señalados entre los cefalenos. Mas, ea, marchemos á su encuentro
antes que se escape á Pilos ó á la divina Élide, donde ejercen su
dominio los epeos, para que no nos veamos perpetuamente confundidos.
Afrentoso será que lleguen á enterarse de estas cosas los venideros;
y, si no castigáramos á los matadores de nuestros hijos y de nuestros
hermanos, no me fuera grata la vida y ojalá me muriese cuanto antes
para estar con los difuntos. Pero vayamos pronto: no sea que nos
prevengan con la huída.»
438 Así les dijo, vertiendo lágrimas; y movió á compasión á los
aqueos todos. Mas en aquel punto presentáronse Medonte y el divinal
aedo, que al despertar habían salido de la morada de Ulises;
pusiéronse en medio, y el asombro se apoderó de los circunstantes. Y
el discreto Medonte les habló de esta manera:
443 «Oídme ahora á mí, oh itacenses; pues no sin la voluntad de los
inmortales dioses ha realizado Ulises tal hazaña. Yo mismo vi á un
dios inmortal que se hallaba cerca de él y era en un todo semejante
á Méntor. Este dios inmortal á las veces aparecía delante de Ulises,
á quien animaba; y á las veces, corriendo furioso por el palacio,
tumultuaba á los pretendientes, que caían los unos en pos de los
otros.»
450 Así se expresó; y todos se sintieron poseídos del pálido temor.
Seguidamente dirigióles la palabra el anciano héroe Haliterses
Mastórida, el único que conocía lo pasado y lo venidero. Éste, pues,
les arengó con benevolencia, diciendo:
454 «Oíd ahora, oh itacenses, lo que os digo. Por vuestra culpable
debilidad ocurrieron tales cosas, amigos: que nunca os dejasteis
persuadir ni por mí, ni por Méntor, pastor de hombres, cuando os
exhortábamos á poner término á las locuras de vuestros hijos;
y éstos, con su pernicioso orgullo, cometieron una gran falta,
devorando los bienes y ultrajando á la mujer de un varón eximio que
se figuraban que ya no había de volver. Y al presente, ojalá se haga
lo que os voy á decir. Creedme á mí: no vayamos; no sea que alguien
halle el mal que se habrá buscado.»
463 Así les dijo. Levantáronse con gran clamoreo más de la mitad; y
los restantes, que se quedaron allí porque no les plugo la arenga y
en cambio los persuadió Eupites, corrieron muy pronto á tomar las
armas. Apenas se hubieron revestido de luciente bronce, juntáronse en
compacto escuadrón fuera de la espaciosa ciudad. Y Eupites asumió el
mando, dejándose llevar por su simpleza: pensaba vengar la muerte de
su hijo y no había de volver á la población, porque estaba dispuesto
que allá fuera le alcanzase el hado.
472 Mientras esto ocurría, dijo Minerva á Jove Saturnio: «¡Padre
nuestro, Saturnio, el más excelso de los que imperan! Responde á
lo que voy á preguntarte. ¿Cuál es el propósito que interiormente
has formado? ¿Llevarás á efecto la perniciosa guerra y el horrible
combate, ó pondrás amistad entre unos y otros?»
477 Contestóle Júpiter, que amontona las nubes: «¡Hija mía! ¿Por
qué inquieres y preguntas tales cosas? ¿No formaste tú misma ese
proyecto: que Ulises, al tornar á su tierra, se vengaría de aquéllos?
Haz ahora cuanto te plazca; mas yo te diré lo que es oportuno.
Puesto que el divinal Ulises se ha vengado de los pretendientes,
inmólense víctimas y préstense juramentos de mutua fidelidad; tenga
aquél siempre su reinado en Ítaca; hagamos que se olvide la matanza
de los hijos y de los hermanos; ámense los unos á los otros, como
anteriormente; y haya paz y riqueza en gran abundancia.»
487 Con tales palabras instigóle á hacer lo que ella deseaba; y
Minerva bajó presurosa de las cumbres del Olimpo.
489 Cuando los de la casa de Laertes hubieron satisfecho el apetito
con la agradable comida, el paciente divinal Ulises rompió el
silencio para decirles: «Salga alguno á mirar: no sea que ya estén
cerca los que vienen.»
492 Tal dijo. Salió uno de los hijos de Dolio, cumpliendo lo mandado
por Ulises; detúvose en el umbral, y, al verlos á todos ya muy
próximos, dirigió al héroe estas aladas palabras: «Ya vienen cerca;
armémonos cuanto antes.»
496 Así les habló. Levantáronse y vistieron la armadura los cuatro
con Ulises, los seis hijos de Dolio y además, aunque ya estaban
canosos, Laertes y Dolio, pues la necesidad les obligó á ser
guerreros. Y cuando se hubieron revestido de luciente bronce,
abrieron la puerta y salieron de la casa, precedidos por Ulises.
502 En aquel instante se les acercó Minerva, hija de Júpiter, que
había tomado la figura y la voz de Méntor. El paciente y divinal
Ulises se alegró de verla y al punto dijo á Telémaco, su hijo amado:
506 «¡Telémaco! Ahora que vas á la pelea, donde se señalan los más
eximios, procura no deshonrar el linaje de tus mayores; pues en ser
esforzados y valientes hemos descollado todos sobre la haz de la
tierra.»
510 Respondióle el prudente Telémaco: «Verás, si quieres, padre
amado, que con el ánimo que tengo no deshonraré tu linaje como dices.»
513 Así se expresó. Holgóse Laertes y dijo estas palabras: «¡Qué día
éste para mí, amados dioses! ¡Cuán grande es mi júbilo! ¡Mi hijo y mi
nieto rivalizan en ser valientes!»
516 Entonces Minerva, la de los brillantes ojos, se detuvo junto á él
y hablóle en estos términos: «¡Oh Arcesíada, el más caro de todos mis
amigos! Eleva tus preces á la doncella de los brillantes ojos y al
padre Júpiter, y acto continuo blande y arroja la ingente lanza.»
520 Diciendo así, infundióle gran valor Palas Minerva. Incontinenti
elevó sus preces á la hija del gran Júpiter, blandió y arrojó la
ingente lanza, é hirió á Eupites á través del casco de broncíneas
carrilleras, que no logró detener el arma, pues fué atravesado por el
bronce. Eupites cayó con estrépito y sus armas resonaron. Ulises y su
ilustre hijo se habían arrojado á los enemigos que iban delante, y
heríanlos con espadas y lanzas de doble filo. Y á todos los mataran,
privándoles de volver á sus hogares, si Minerva, la hija de Júpiter
que lleva la égida, no hubiese alzado su voz y detenido á todo el
pueblo:
531 «¡Dejad la terrible pelea, oh itacenses, para que os separéis en
seguida sin derramar más sangre!»
533 Así dijo Minerva; y todos se sintieron poseídos del pálido temor.
No bien se oyó la voz de la deidad, las armas volaron de las manos y
cayeron en tierra; y los itacenses, deseosos de conservar la vida,
se volvieron hacia la población. El paciente divinal Ulises gritó
horriblemente y, encogiéndose, lanzóse á perseguirlos como un águila
de alto vuelo. Mas el Saturnio despidió un ardiente rayo, que fué á
caer ante la diosa de los brillantes ojos, hija del prepotente padre.
Y entonces Minerva, la de los brillantes ojos, dijo á Ulises de esta
suerte:
542 «¡Laertíada, de jovial linaje! ¡Ulises, fecundo en recursos!
Tente y haz que termine esta lucha, este combate igualmente funesto
para todos: no sea que el longividente Jove Saturnio se enoje
contigo.»
545 Así habló Minerva; y Ulises, muy alegre en su ánimo, cumplió la
orden. Y luego hizo que juraran la paz entrambas partes, la propia
Palas Minerva, hija de Júpiter que lleva la égida, que había tomado
el aspecto y la voz de Méntor.
FIN
[Ilustración]
ÍNDICE DE NOMBRES PROPIOS
En este índice hallará el lector:--1.º Los nombres propios,
así personales como geográficos, que figuran en el poema, tal
como se escriben en griego; y de este modo distinguirá algunos
que en castellano se confunden.--2.º Una breve explicación de
dichos nombres.--3.º La serie de los principales hechos de cada
personaje; con lo cual, bastará recordar el nombre de cualquiera
de los que intervengan en una acción determinada, para dar en
seguida con el pasaje que se busque. Para este fin se indican al
principio de los párrafos los versos del texto original á que
corresponden.
En las citas, el número romano indica el canto, y el arábigo, el
verso.
ACASTO (Ἄκαστος): Rey de Duliquio. Ulises en la fingida relación
de sus aventuras á Eumeo, dice que Fidón, rey de los tesprotos,
envióle á Acasto, XIV, 336.
ACAYA (Ἀχαιίς): Región del Peloponeso; se toma asimismo por la
Grecia en general, XI, 166, 481; XXIII, 68.
ACRÓNEO (Ἀκρόνεως): Uno de los jóvenes feacios que tomaron parte
en los juegos celebrados en presencia de Ulises, VIII, 111.
ÁCTORIS (Ἀκτορίς): Esclava que dió á Penélope su padre, cuando
ésta se casó con Ulises. Custodiaba las puertas de la cámara
nupcial, XXIII, 228 y 229.
ADRASTA (Ἀδρήστη): Criada de Helena. Coloca el sillón en que ésta
toma asiento, IV, 123.
AEDÓN (Ἀηδών): Hija de Pandáreo. Tuvo del rey Zeto un hijo
llamado Ítilo, á quien mató por imprudencia; fué transformada
en ruiseñor, y al comenzar la primavera canta en la espesura
llorando á su hijo, XIX, 518 á 523.
AFIDANTE (Ἀφείδας): Nombre inventado por Ulises. Llama así á un
rey de quien se dice hijo, en su conversación con Laertes, antes
de darse á conocer, XXIV, 305.
AGAMEMNÓNIDA (Ἀγαμεμνονίδης): Hijo de Agamenón. Nombre
patronímico de Orestes, I, 30.
AGAMENÓN (Ἀγαμέμνων): Hijo de Atreo, rey de Micenas y caudillo
supremo de las tropas griegas que fueron á Troya. Estuvo con
Menelao en Ítaca para persuadir á Ulises á que les siguiera
á Ilión, según refiere su alma en el Orco, XXIV, 115 á 119;
regocíjase al presenciar la disputa de Ulises y Aquiles; la cual,
según el oráculo, era la señal de que iba á terminar la contienda
de teucros y dánaos, VIII, 77 á 82. Después de la toma de Ilión,
quiso detener al pueblo hasta ofrecer sacrificios á Minerva, y,
al llegar á su patria, fué muerto por Egisto, que había seducido
á Clitemnestra, y vengado más tarde por Orestes, I, 35 á 41; III,
143 á 164, 193 á 198, 234 y 235, 248 á 310; IV, 91 y 92, 512 á
537; como lo refiere en el Orco su misma alma, XI, 387 á 461;
XXIV, 20 á 22 y 95 á 97; Menelao le erigió un túmulo en Egipto,
IV, 584.
AGELAO (Ἀγέλαος): Hijo de Damástor y uno de los pretendientes de
Penélope. Exhorta á los demás pretendientes á que no maltraten
á los huéspedes ni á los criados de Telémaco y aconseja á éste
que case á Penélope, XX, 321 á 337; durante la matanza, pregunta
á sus amigos si podría salir alguien por el postigo, XXII, 131 á
136; increpa y amenaza á Minerva, que había tomado la figura de
Méntor, XXII, 212 á 223; aconseja á los demás pretendientes que
no arrojen todos á la vez el dardo, XXII, 247 á 254; y muere,
atravesado por la lanza de Ulises, XXII, 293.
AGUDAS (Θοαί): Islas situadas frente á la desembocadura del río
Aqueloo, XV, 299.
ALCANDRA (Ἀλκάνδρη): Esposa de Pólibo, que moraba en Tebas,
ciudad de Egipto, IV, 126 y 127.
ALCÍMIDA (Ἀλκιμίδης): Hijo de Álcimo. Nombre patronímico de
Méntor, XXII, 235.
ALCÍNOO (Ἀλκίνοος): Rey de los feacios en Esqueria, hijo de
Nausítoo, esposo de Arete y padre de Nausícaa y y de cinco
varones, VI, 12, 17. Accede á la súplica de Nausícaa de que
le dé un carro para ir al río á lavar la ropa, VI, 56 á 71;
su genealogía referida por Minerva á Ulises, VII, 56 á 63;
descripción de su palacio y del jardín que lo circunda, VII, 84 á
132; entra Ulises en el palacio y llega hasta la habitación donde
se hallan Alcínoo y Arete, abraza las rodillas de la reina, y
Alcínoo, por exhortación de Equeneo, lo levanta, lo hace sentar
á su vera, manda que se ofrezcan libaciones, VII, 139 á 181, y
despide á los comensales, citándoles para el día siguiente en que
tratarán de la conducción del héroe, VII, 185 á 207; siéntase con
Arete al lado de Ulises, VII, 231, oye el relato de éste acerca
de cómo llegó á la isla de Calipso y ha venido de ella al país de
los feacios, VII, 240 á 297, censura el proceder de Nausícaa por
no haberlo traído ella misma á la casa, VII, 298 á 301, expresa
su deseo de que Ulises se quede y sea el marido de Nausícaa, VII,
307 á 333, y se acuesta con Arete, VII, 346, 347; levántase al
día siguiente, se encamina al ágora, pide á los feacios que
conduzcan á Ulises á su patria, ofrece un convite á los marineros
y manda llamar á Demódoco, VIII, 1 á 45; vuelve al palacio, da un
banquete en el cual canta Demódoco, y, al ver que Ulises derrama
lágrimas, propone que se trasladen á la plaza y se prueben en
los juegos, VIII, 46 á 104; sus hijos se levantan y toman parte
en los juegos, VIII, 118; increpado Ulises por uno de los hijos
de Alcínoo, VIII, 132, 140 á 151, el rey lo apacigua y manda que
salgan los danzadores á bailar al son de la cítara, VIII, 236 á
256; Alcínoo ordena que bailen Halio y Laodamante, VIII, 370,
371; exprésale Ulises su admiración por los danzadores y el rey
manda que se ofrezcan presentes de hospitalidad á Ulises y que
Euríalo lo desenoje, y éste obedece, VIII, 381 á 405; vuelven
todos al palacio y Alcínoo dice á Arete que traiga un arca para
poner los presentes ofrecidos á Ulises y le da á éste una copa de
oro, VIII, 421 á 432; Ulises, después de lavarse, se sienta junto
á Alcínoo, VIII, 469; el rey, al ver que Ulises llora mientras
el aedo canta lo del caballo de madera, le pregunta quién es,
de dónde viene y por qué llora, VIII, 532 á 586; oye el relato
que hace Ulises de sus aventuras, IX; X; XI, 1 á 333; pide á
Ulises que continúe el relato y el héroe obedece, XI, 347 á 640;
XII; ruega á los comensales que den á Ulises sendos trípodes y
calderos, coloca por sí mismo en la nave todo lo del héroe, da un
banquete y al ponerse el sol manda ofrecer libaciones, despide á
Ulises y lo hace acompañar por un heraldo, XIII, 1 á 65; manda
ofrecer un sacrificio á Neptuno cuando, al volver la nave que
condujo á Ulises, el dios la convierte en piedra, XIII, 171 á 183.
ALCIPE (Ἀλκίππη): Criada de Helena. Coloca un tapete en la silla
en que ha de sentarse Helena, IV, 124.
ALCMENA (Ἀλκμήνη): Esposa de Anfitrión y madre de Hércules. Nunca
se valió de astucias como las de Penélope, II, 120; Ulises la vió
entre las sombras de los muertos cuando descendió á la morada de
Plutón, XI, 266 á 268.
ALCMEÓN (Ἀλκμαίων): Hijo de Anfiarao, XV, 248.
ALÉCTOR (Ἀλέκτωρ): Suegro de Megapentes, IV, 10.
ALFEO (Ἀλφειός): Río de Élide, padre del antiguo rey Orsíloco y
nieto de Diocles, III, 489; XV, 187.
ALIBANTE (Ἀλύβας): Ciudad del Sur de Italia, XXIV, 304.
ALOEO (Ἀλωεύς): Padre de Oto y de Efialtes, que tuvo de Ifimedia,
XI, 305 á 308.
AMITAÓN (Ἀμυθάων): Hijo de Creteo y de Tiro, XI, 259.
AMNISO (Ἀμνισός): Puerto de Creta, donde está la gruta de Ilitia,
XIX, 188.
ANABESÍNEO (Ἀναβησίνεως): Uno de los jóvenes feacios que toman
parte en los juegos celebrados ante Ulises, VIII, 113.
ANDREMÓN (Ἀνδραίμων): Príncipe etolo, padre del rey Toante, XIV,
499.
ANFÍALO (Ἀμφίαλος): Hijo de Políneo. Uno de los jóvenes feacios
que toman parte en los juegos celebrados ante Ulises, VIII, 114;
queda vencedor en el salto, VIII, 128.
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