y arruinan nuestra casa. Por esto no me curo de los huéspedes, ni
de los suplicantes, ni de los heraldos, que son ministros públicos;
sino que, padeciendo soledad de Ulises, se me consume el ánimo.
Ellos me dan prisa á que me case, y yo tramo engaños. Primeramente
sugirióme un dios que me pusiese á tejer en el palacio una gran tela
sutil é interminable, y entonces les hablé de este modo: -¡Jóvenes,
pretendientes míos! Ya que ha muerto el divinal Ulises, aguardad,
para instar mis bodas, que acabe este lienzo--no sea que se me
pierdan inútilmente los hilos,--á fin de que tenga sudario el héroe
Laertes en el momento fatal de la aterradora muerte. ¡No se me vaya á
indignar alguna de las aqueas del pueblo, si ve enterrar sin mortaja
á un hombre que ha poseído tantos bienes!- Así les dije y su ánimo
generoso se dejó persuadir. Desde aquel instante, pasábame el día
labrando la gran tela y por la noche, tan luego como me alumbraba
con las antorchas, deshacía lo tejido. De esta suerte logré ocultar
el engaño y que mis palabras fueran creídas por los aqueos durante
un trienio; mas, así que vino el cuarto año y volvieron á sucederse
las estaciones, después de transcurrir los meses y de pasar muchos
días, entonces, gracias á las perras de mis esclavas que de nada se
cuidan, vinieron á sorprenderme y me increparon con sus palabras. Así
fué como, mal de mi grado, me vi en la necesidad de acabar la tela.
Ahora ni me es posible evitar las bodas, ni hallo ningún otro consejo
que me valga. Mis padres desean apresurar el casamiento y mi hijo
siente gran pena al notar cómo son devorados nuestros bienes, porque
ya es un hombre apto para regir la casa y Júpiter le da gloria.
Mas, con todo eso, dime tu linaje y de dónde eres; que no serán tus
progenitores la encina ó el peñasco de la vieja fábula.»
164 Respondióle el ingenioso Ulises: «¡Oh veneranda esposa de Ulises
Laertíada! ¿No cesarás de interrogarme acerca de mi progenie? Pues
bien, voy á decírtela, aunque con ello acrecientes los pesares que me
agobian; pues así le ocurre al hombre que, como yo, ha permanecido
mucho tiempo fuera de su patria, peregrinando por tantas ciudades y
padeciendo fatigas. Mas, con todo, te hablaré de aquello acerca de lo
cual me preguntas é interrogas.
172 »En medio del vinoso ponto, rodeada del mar, existe una tierra
hermosa y fértil, Creta; donde hay muchos, innumerables hombres,
y noventa ciudades. Allí se oyen mezcladas varias lenguas, pues
viven en aquel país los aqueos, los magnánimos cretenses indígenas,
los cidones, los dorios, que están divididos en tres tribus, y los
divinales pelasgos. Entre las ciudades se halla Cnoso, gran urbe, en
la cual reinó por espacio de nueve años Minos, que conversaba con el
gran Júpiter y fué padre de mi padre, del magnánimo Deucalión. Éste
engendróme á mí y al rey Idomeneo, que fué á Ilión en las corvas
naves, juntamente con los Atridas; mi preclaro nombre es Etón y soy
el más joven de los dos hermanos, pues aquél es el mayor y el más
valiente. En Cnoso conocí á Ulises y aun le ofrecí los dones de la
hospitalidad. El héroe enderezaba el viaje para Troya cuando la
fuerza del viento lo apartó de Malea y lo llevó á Creta: y entonces
ancoró sus barcos en un puerto peligroso, en la desembocadura del
Amniso, donde está la gruta de Ilitia, y á duras penas pudo escapar
de la tormenta. Entróse en seguida por la ciudad y preguntó por
Idomeneo, que era, según afirmaba, su huésped querido y venerado;
mas ya la Aurora había aparecido diez ú once veces desde que
partiera para Ilión con sus corvas naves. Al punto lo conduje al
palacio, le proporcioné digna hospitalidad, tratándole solícita y
amistosamente--que en nuestra casa reinaba la abundancia--é hice
que á él y á los compañeros que llevaba se les diera harina y
negro vino en común por el pueblo, y también bueyes para que los
sacrificaran y satisficieran de este modo su apetito. Los divinales
aqueos permanecieron con nosotros doce días, por soplar el Bóreas tan
fuertemente que casi no se podía estar ni aun en la tierra. Debió de
excitarlo alguna deidad malévola. Mas, en el día treceno echóse el
viento y se dieron á la vela.»
203 De tal suerte forjaba su relato, refiriendo muchas cosas falsas
que parecían verdaderas; y á Penélope, al oirlo, le brotaban las
lágrimas de los ojos y se le deshacía el cuerpo. Así como en las
altas montañas se derrite la nieve al soplo del Euro, después que
el Céfiro la hiciera caer, y la corriente de los ríos crece con la
que se funde; así se derretían con el llanto las hermosas mejillas
de Penélope, que lloraba por su marido teniéndolo á su vera. Ulises,
aunque interiormente compadecía á su mujer, que sollozaba, tuvo los
ojos tan firmes dentro de los párpados cual si fueran de cuerno ó de
hierro, y logró con astucia que no se le rezumasen las lágrimas. Y
Penélope, después que se hubo saciado de llorar y de gemir, tornó á
hablarle con estas palabras:
215 «Ahora, oh huésped, pienso someterte á una prueba para saber si
es verdad, como lo afirmas, que en tu palacio hospedaste á mi esposo
con sus compañeros iguales á los dioses. Dime qué vestiduras llevaba
su cuerpo y cómo eran el propio Ulises y los compañeros que le
seguían.»
220 Respondióle el ingenioso Ulises: «¡Oh mujer! Es difícil referirlo
después de tanto tiempo, porque hace ya veinte años que se fué
de allá y dejó mi patria; esto no obstante, te diré cómo se lo
representa mi corazón. Llevaba el divinal Ulises un manto lanoso,
doble, purpúreo, con áureo broche de dos agujeros; en la parte
anterior del manto estaba bordado un perro que tenía entre sus patas
delanteras un manchado cervatillo, mirándole forcejar; y á todos
pasmaba que, siendo entrambos de oro, aquél mirara al cervatillo á
quien ahogaba, y éste forcejara con los pies, deseando escapar. En
torno al cuerpo de Ulises vi una espléndida túnica que semejaba árida
binza de cebolla, ¡tan suave era! y relucía como un sol; y muchas
mujeres la contemplaban admiradas. Pero he de decirte una cosa que
fijarás en la memoria: no sé si Ulises ya llevaría estas vestiduras
en su casa ó se las dió uno de los compañeros, cuando iba en su
velera nave, ó quizás algún huésped; que Ulises tenía muchos amigos,
como que eran pocos los aqueos que pudieran comparársele. También yo
le regalé una broncínea espada, un hermoso manto doble de color de
púrpura, y una túnica talar; después de lo cual fuí á despedirle con
gran respeto hasta su nave de muchos bancos. Acompañábale un heraldo
un poco más viejo que él y voy á decirte cómo era: metido de hombros,
de negra tez y rizado cabello, y su nombre Euríbates. Honrábale
Ulises mucho más que á otro alguno de sus compañeros, porque ambos
solían pensar de igual manera.»
249 Así le dijo, y acrecentóle el deseo del llanto, pues Penélope
reconoció las señales que Ulises describiera con tal certidumbre.
Y cuando estuvo harta de llorar y de gemir, le respondió con estas
palabras:
253 «¡Oh huésped! Aunque ya antes de ahora te tuve compasión, en
adelante has de ser querido y venerado en esta casa; pues yo misma
le entregué esas vestiduras que dices, sacándolas bien plegadas de
mi estancia, y les puse el lustroso broche, para que le sirviese de
ornamento á Ulises. Mas ya no tornaré á recibirle, de vuelta á su
hogar y á su patria; que con hado funesto partió en las cóncavas
naves, para ver aquella Ilión perniciosa y nefanda.»
[Ilustración: FORJABA SU RELATO REFIRIENDO Á PENÉLOPE MUCHAS COSAS
FALSAS QUE PARECÍAN VERDADERAS
(-Canto XIX verso 203.-)]
261 Respondióle el ingenioso Ulises: «¡Oh veneranda consorte
de Ulises Laertíada! No mortifiques más el hermoso cuerpo, ni
consumas el ánimo, llorando á tu marido; bien que por ello no he de
reprenderte, porque la mujer acostumbra á sollozar cuando perdió el
varón con quien se casó virgen y de cuyo amor tuvo hijos, aunque
no sea como Ulises, que, según cuentan, se asemejaba á los dioses.
Suspende el llanto y presta atención á mis palabras, pues voy á
hablarte con sinceridad y no te callaré nada de cuanto sé sobre el
regreso de Ulises; el cual vive, está cerca--en el opulento país
de los tesprotos--y trae muchas y excelentes preciosidades que ha
logrado recoger por entre el pueblo. Perdió sus fieles compañeros y
la cóncava nave en el vinoso ponto, al venir de la isla de Trinacria,
porque contra él se airaron Júpiter y el Sol, á cuyas vacas habían
dado muerte sus compañeros. Los demás perecieron en el alborotado
ponto, y Ulises, que montó en la quilla de su nave, fué arrojado por
las olas á tierra firme, al país de los feacios, que son cercanos
por su linaje á los dioses; y ellos le honraron cordialmente como á
un numen, le hicieron muchos regalos y deseaban conducirlo sano y
salvo á su casa. Y ya estuviera Ulises aquí mucho tiempo ha, si no
le hubiese parecido más útil irse por la vasta tierra para juntar
riquezas; como que sobresale por sus astucias entre los mortales
hombres y con él no puede rivalizar ninguno. Así me lo dijo Fidón,
rey de los tesprotos, y juró en mi presencia, haciendo libaciones
en su casa, que ya habían botado la nave al mar y estaban á punto
los compañeros para conducirlo á su tierra. Pero antes envióme á mí,
porque se ofreció casualmente un barco de varones tesprotos que iba
á Duliquio, la abundosa en trigo. Y me mostró todos los bienes que
Ulises había juntado, con los cuales pudiera mantenerse un hombre
y sus descendientes hasta la décima generación: ¡tantos objetos
preciosos tenía en el palacio de aquel rey! Añadió que Ulises estaba
en Dodona para saber por la alta encina la voluntad de Júpiter acerca
de si convendría que volviese manifiesta ó encubiertamente á su
patria, de la cual tanto ha que se halla ausente. Salvo está, pues, y
vendrá pronto, que no permanecerá mucho tiempo alejado de sus amigos
y de su patria; y sobre este punto voy á prestar un juramento. -Sean
testigos Júpiter, el más excelso y poderoso de los dioses, y el hogar
del irreprochable Ulises á que he llegado, de que todo se cumplirá
como lo digo: Ulises vendrá aquí este año, al terminar el corriente
mes y comenzar el próximo.-»
308 Respondióle la discreta Penélope: «Ojalá se cumpliese cuanto
dices, oh forastero, que bien pronto conocerías mi amistad, pues te
haría tantos regalos que te considerara dichoso quien contigo se
encontrase. Pero mi ánimo presiente lo que ha de ocurrir: ni Ulises
volverá á esta casa, ni tú conseguirás que te lleven á la tuya; que
no hay en el palacio quienes lo rijan, siendo cual era Ulises--si
todo no fué un sueño--para acoger y conducir á los venerables
huéspedes. Mas vosotras, criadas, lavad al huésped y aparejadle
un lecho, con su cama, mantas y colchas espléndidas; para que,
calentándose bien, aguarde la aparición de la Aurora de áureo trono.
Mañana, muy temprano, bañadle y ungidle; y coma aquí dentro, en esta
sala, al lado de Telémaco. Mal para aquél que con el ánimo furioso
le molestare, pues será la última acción que aquí realice por muy
irritado que se ponga. ¿Cómo sabrías, oh huésped, si aventajo á las
demás mujeres en inteligencia y prudente consejo, si dejara que así,
tan sucio y miserablemente vestido, comieras en el palacio? Son los
hombres de vida corta: el cruel, el que procede inicuamente, consigue
que todos los mortales le imprequen desventuras mientras vive y que
todos lo insulten después que ha muerto; mas, el intachable, el
que se porta con corrección, alcanza una fama grandísima que sus
huéspedes difunden entre todos los hombres y son muchos los que le
llaman bueno.»
335 Respondióle el ingenioso Ulises: «¡Oh veneranda mujer de Ulises
Laertíada! Los mantos y las colchas espléndidas los tengo aborrecidos
desde la hora en que dejé los nevados montes de Creta y partí en
la nave de largos remos. Me acostaré como antes, cuando pasaba las
noches sin pegar el ojo; pues en muchas de ellas descansé en ruin
lecho, aguardando la aparición de la divinal Aurora, de hermoso
trono. Tampoco le agradan á mi ánimo los baños de pies, ni tocará
los míos ninguna mujer de las que te sirven en el palacio, si no hay
alguna muy vieja y de honestos pensamientos, que en su alma haya
sufrido tanto como yo; pues á ésa no la he de impedir que mis pies
toque.»
349 Contestóle la discreta Penélope: «¡Huésped amado! Jamás aportó á
mi casa otro varón de tan buen juicio entre los amigables huéspedes
que vinieron de lejas tierras á mi morada; tal perspicuidad y cordura
denotan tus palabras. Tengo una anciana de prudente espíritu, que fué
la que alimentó y crió á aquel infeliz después de recibirlo en sus
brazos cuando la madre lo parió: ésta te lavará los pies aunque sus
fuerzas son ya menguadas. Ea, prudente Euriclea, levántate y lava á
este varón coetáneo de tu señor; que en los pies y en la manos debe
de estar Ulises de semejante modo, pues los mortales envejecen presto
en la desgracia.»
361 Así habló. La vieja cubrióse el rostro con ambas manos, rompió en
ardientes lágrimas y dijo estas lastimeras razones:
363 «¡Ay, hijo mío, que no puedo salvarte! Sin duda Júpiter te
cobró más odio que á hombre alguno, á pesar de que tu ánimo era tan
temeroso de las deidades. Ningún mortal quemó tantos pingües muslos
en honor de Jove, que se huelga con el rayo, ni le sacrificó tantas
y tan selectas hecatombes, como tú le has ofrecido rogándole que
te diese placentera senectud y te dejara criar á tu hijo ilustre;
y ahora te ha privado, á ti tan sólo, de ver lucir el día de la
vuelta. Quizás se mofaron de mi señor las criadas de lejano huésped á
cuyo magnífico palacio llegara, como se burlan de ti, oh forastero,
estas perras cuyos denuestos y abundantes infamias quieres evitar no
permitiendo que te laven; y por tal razón me manda que lo haga yo, no
ciertamente contra mi deseo, la hija de Icario, la discreta Penélope.
Y así, te lavaré los pies por consideración á la propia Penélope y
á ti mismo; pues siento que en el interior me conmueven el ánimo
tus desventuras. Mas, ea, oye lo que voy á decir: muchos huéspedes
infortunados vinieron á esta casa, pero en ninguno he advertido una
semejanza tan grande con Ulises en el cuerpo, en la voz y en los
pies, como en ti la noto.»
382 Respondióle el ingenioso Ulises: «¡Oh anciana! Lo mismo dicen
cuantos nos vieron con sus propios ojos: que somos muy semejantes,
como tú lo has observado.»
386 Tales fueron sus palabras. La vieja tomó un reluciente caldero en
el que acostumbraba lavar los pies, echóle gran cantidad de agua fría
y derramó sobre ella otra caliente. Mientras tanto, sentóse Ulises
cabe al hogar y se volvió hacia lo obscuro, pues súbitamente le entró
en el alma el temor de que la anciana, al asirle el pie, reparase en
cierta cicatriz y todo quedara descubierto. Euriclea se acercó á su
señor, comenzó á lavarlo y pronto reconoció la cicatriz de la herida
que le hiciera un jabalí con su blanco diente, con ocasión de haber
ido aquél al Parnaso, á ver á Autólico y sus hijos. Era ése el padre
ilustre de la madre de Ulises, y descollaba sobre los hombres en
hurtar y jurar, presentes que le había hecho el propio Mercurio en
cuyo honor quemaba agradables muslos de corderos y de cabritos; por
esto el dios le asistía benévolo. Cuando anteriormente fué Autólico
á la opulenta población de Ítaca, halló un niño recién nacido de su
hija; y, después de cenar, Euriclea se lo puso en las rodillas, y le
habló de semejante modo:
403 «¡Autólico! Busca tú ahora algún nombre para ponérselo al hijo de
tu hija, que tanto deseaste.»
405 Y Autólico respondió diciendo: «¡Yerno, hija mía! Ponedle el
nombre que os voy á decir. Como llegué aquí después de haberme
airado[1] contra muchos hombres y mujeres, yendo por la fértil
tierra, sea Ulises[2] el nombre por el que se le llame. Y cuando
llegue á mozo y vaya al Parnaso, á la grande casa materna donde se
hallan mis riquezas, le daré parte de las mismas y os lo enviaré
contento.»
[1] Ὀδυσσάμενος (odyssámenos), participio de aoristo del verbo
ὀδύσσομαι que significa -airarse-.
[2] Ὀδυσεύς (Odyseus). Nombre del principal personaje de la
-Odisea-, transformado por los latinos en -Ulysses- y -Ulyxes-.
413 Por esto fué Ulises: para que aquél le entregara los espléndidos
dones. Autólico y sus hijos recibiéronlo afectuosamente, con
apretones de mano y dulces palabras; y Anfitea, su abuela materna,
lo abrazó y le besó la cabeza y los lindos ojos. Autólico mandó
seguidamente á sus gloriosos hijos que aparejasen la comida; y,
habiendo ellos atendido la exhortación, trajeron un buey de cinco
años. Al instante lo desollaron y prepararon, lo partieron todo, lo
dividieron con suma habilidad en pedazos pequeños que espetaron en
los asadores y asaron cuidadosamente, y acto continuo distribuyeron
las raciones. Todo el día, hasta la puesta del sol, celebraron el
festín; y nadie careció de su respectiva porción. Y tan pronto como
el sol se puso y sobrevino la noche, acostáronse y el don del sueño
recibieron.
428 Así que se descubrió la hija de la mañana, la Aurora de rosáceos
dedos, los hijos de Autólico y el divinal Ulises se fueron á cazar
llevándose los canes. Encamináronse al alto monte Parnaso, cubierto
de bosque, y pronto llegaron á sus ventosos collados. Ya el sol
hería con sus rayos los campos, saliendo de la plácida y profunda
corriente del Océano, cuando los cazadores penetraron en un valle:
iban al frente los perros, que rastreaban la caza; detrás, los hijos
de Autólico, y con éstos, pero á poca distancia de los canes, el
divinal Ulises, blandiendo ingente lanza. En aquel sitio estaba
echado un enorme jabalí, en medio de una espesura tan densa que ni
el húmedo soplo de los vientos pasaba á su través, ni la herían los
rayos del resplandeciente sol, ni la lluvia la penetraba del todo,
¡así era de densa!, habiendo en la misma gran copia de hojas secas
amontonadas. El ruido de los pasos de los hombres y de los canes,
que se acercaban cazando, llegó hasta el jabalí; y éste dejó el
soto, fué á encontrarles con las crines del cuello erizadas y los
ojos echando fuego, y se detuvo muy cerca de los mismos. Ulises, que
fué el primero en acometerle, levantó con su mano robusta la luenga
lanza, deseando herirle; pero adelantósele el jabalí, le dió un golpe
sobre la rodilla, y, como arremetiera oblicuamente, desgarró con su
diente mucha carne sin llegar al hueso. Entonces Ulises le acertó en
la espalda derecha, se la atravesó con la punta de la luciente lanza,
y el animal quedó tendido en el polvo y perdió la vida. Los caros
hijos de Autólico reuniéronse en torno del eximio Ulises, igual á un
dios, para socorrerle: vendáronle hábilmente la herida, restañaron
la negruzca sangre con un ensalmo, y volvieron todos á la casa
paterna. Autólico y sus hijos, después de curarle bien, le hicieron
espléndidos regalos; y pronto, con mutuo regocijo, lo enviaron á
Ítaca. El padre y la veneranda madre de Ulises holgáronse de su
vuelta y le preguntaron muchas cosas y qué le había ocurrido que
llevaba aquella cicatriz; y él refirióles por menor cómo, habiendo
ido al Parnaso á cazar con los hijos de Autólico, hirióle un jabalí
con su albo diente.
467 Al tocar la vieja con la palma de la mano esta cicatriz,
reconocióla y soltó el pie de Ulises: dió la pierna contra el
caldero, resonó el bronce, inclinóse la vasija hacia atrás, y el agua
se derramó en tierra. El gozo y el dolor invadieron simultáneamente
el corazón de Euriclea, se le arrasaron los ojos de lágrimas y la voz
sonora se le cortó. Mas luego tomó á Ulises de la barba y hablóle así:
474 «Tú eres ciertamente Ulises, hijo querido; y yo no te conocí,
hasta que pude tocar todo mi señor con estas manos.»
476 Dijo; y volvió los ojos hacia Penélope, queriendo indicarle que
tenía dentro de la casa á su marido. Mas ella no pudo notarlo ni
advertirlo desde la parte opuesta, porque Minerva le distrajo el
pensamiento. Ulises, tomando del pescuezo á la anciana con la mano
derecha, con la otra la atrajo á sí y le dijo:
482 «¡Ama! ¿Por qué quieres perderme? Sí, tú me criaste á tus pechos,
y ahora, después de pasar muchas fatigas, he llegado en el vigésimo
año á la patria tierra. Mas, ya que lo entendiste y un dios lo
sugirió á tu mente, calla y nadie lo sepa en el palacio. Lo que voy á
decir llevárase á efecto. Si un dios hiciere sucumbir á mis manos los
ilustres pretendientes, no te perdonaría á ti, á pesar de que fuiste
mi ama, cuando matare á las demás esclavas en el palacio.»
491 Contestóle la prudente Euriclea: «¡Hijo mío! ¡Qué palabras se te
escaparon del cerco de los dientes! Bien sabes que mi ánimo es firme
é indomable, y guardaré el secreto como una sólida piedra ó como el
hierro. Otra cosa quiero manifestarte que pondrás en tu corazón: Si
un dios hace sucumbir á tus manos los ilustres pretendientes, te diré
cuáles mujeres no te honran en el palacio y cuáles están sin culpa.»
499 Respondióle el ingenioso Ulises: «¡Ama! ¿Á qué nombrarlas?
Ninguna necesidad tienes de hacerlo. Yo mismo las observaré para
conocerlas una por una. Guarda silencio y confía en los dioses.»
503 Así dijo; y la vieja se fué por el palacio á buscar agua para
lavarle los pies, porque la primera se había derramado toda. Después
que lo hubo lavado y ungido con pingüe aceite, Ulises acercó
nuevamente la silla al fuego, para calentarse, y cubrióse la cicatriz
con los harapos. Entonces rompió el silencio la discreta Penélope,
hablando de este modo:
509 «¡Huésped! Aún te haré algunas preguntas, muy pocas; que presto
será hora de dormir plácidamente, para quien logre conciliar el
dulce sueño aunque esté afligido. Á mí me ha dado algún dios un
pesar inmenso, pues durante el día me complazco en llorar, gemir
y ver mis labores y las de las siervas de la casa; pero, así que
viene la noche y todos se acuestan, yago en mi lecho y fuertes y
punzantes inquietudes me asedian el oprimido corazón y me excitan
los sollozos. De la suerte que Aedón, la hija de Pandáreo, canta
hermosamente en la verde espesura, al comenzar la primavera; y,
posada en el tupido follaje de los árboles, deja oir su voz de
variados sones que muda á cada momento, llorando á Ítilo, el vástago
que tuvo del rey Zeto y mató con el bronce por imprudencia: de
semejante manera está mi ánimo, vacilando entre dos partidos, pues
no sé si seguir viviendo con mi hijo y guardar y mantener en pie
todas las cosas--mis posesiones, mis esclavas y esta casa grande y de
elevada techumbre--por respeto al tálamo conyugal y temor del dicho
de la gente; ó irme ya con quien sea el mejor de los aqueos que me
pretenden en el palacio y me haga muchísimas donaciones nupciales.
Mi hijo, mientras fué insipiente muchacho, no quiso que me casara y
me fuera de esta mansión de mi esposo; mas ahora, que ya es grande
por haber llegado á la flor de la juventud, desea que desampare el
palacio, viendo con indignación que sus bienes son devorados por
los aquivos. Pero, ea, oye y declárame este sueño. Hay en la casa
veinte gansos que comen trigo remojado en agua y yo me huelgo de
contemplarlos; mas, he aquí que bajó del monte un águila grande, de
corvo pico, y, rompiéndoles el cuello, los mató á todos; quedaron
éstos tendidos en montón y subióse aquélla al divino éter. Yo, aunque
entre sueños, lloré y di gritos; y las aquivas, de hermosas trenzas,
fueron juntándose á mi alrededor, mientras me lamentaba tanto de que
el águila hubiese matado mis gansos, que movía á compasión. Entonces
el águila tornó á venir, se posó en el borde de la techumbre, y me
calmó diciendo con voz humana:
546 «¡Cobra ánimo, hija del celebérrimo Icario!, pues no es
sueño, sino visión veraz que ha de cumplirse. Los gansos son los
pretendientes; y yo, que era el águila, soy tu esposo que he llegado
y daré á todos los pretendientes ignominiosa muerte.»
551 »Así dijo. Ausentóse de mí el dulce sueño, y mirando en derredor,
vi los gansos en el palacio, junto al pesebre, que comían trigo como
antes.»
554 Respondióle el ingenioso Ulises: «¡Oh mujer! No es posible
declarar el sueño de otra manera, ya que el propio Ulises te
manifestó cómo lo llevará al cabo: aparece clara la perdición de
todos los pretendientes y ninguno escapará de la muerte y el hado.»
559 Contestóle la discreta Penélope: «¡Huésped! Hay sueños
inescrutables y de lenguaje obscuro, y no se cumple todo lo que
anuncian á los hombres. Existen dos puertas para los leves sueños:
una, construída de cuerno; y otra, de marfil. Los que vienen por
el bruñido marfil nos engañan, trayéndonos palabras sin efecto; y
los que salen por el pulimentado cuerno anuncian, al mortal que
los ve, cosas que realmente han de cumplirse. Mas, no me figuro
que mi terrible sueño haya salido por el último, que nos fuera muy
grato á mí y á mi hijo. Otra cosa voy á decirte que pondrás en tu
corazón. No tardará en lucir la infausta aurora que ha de alejarme
de la casa de Ulises, pues ya quiero ofrecer á los pretendientes un
certamen: las segures, que aquél fijaba en línea recta y en número
de doce, dentro de su palacio, cual si fuesen los puntales de un
navío en construcción, y desde muy lejos hacía pasar una flecha por
los anillos. Ahora, pues, los invitaré á esta lucha y aquel que más
fácilmente maneje el arco, lo arme y haga pasar una flecha por el ojo
de las segures, será con quien yo me vaya, dejando esta casa á la que
vine doncella, que es tan hermosa, que está tan abastecida, y de la
cual me figuro que habré de acordarme aun entre sueños.»
582 Respondióle el ingenioso Ulises: «¡Oh veneranda mujer de Ulises
Laertíada! No difieras por más tiempo ese certamen que ha de
efectuarse en el palacio; pues el ingenioso Ulises vendrá antes que
ellos, manejando el pulido arco, logren tirar de la cuerda y consigan
que pase la flecha á través del hierro.»
588 Díjole entonces la discreta Penélope: «¡Huésped! Si quisieras
deleitarme con tus dichos, sentado junto á mí, en esta sala, no
caería ciertamente el sueño en mis ojos; mas no es posible que los
hombres estén sin dormir porque los númenes han ordenado que los
mortales de la fértil tierra empleen una parte del tiempo en cada
cosa. Voyme á la estancia superior y me acostaré en mi lecho tan
luctuoso, que siempre está regado de lágrimas desde que Ulises
partió para ver aquella Ilión perniciosa y nefanda. Allí descansaré.
Acuéstate tú en el interior del palacio, tendiendo algo por el suelo
ó en la cama que te hicieren.»
600 Diciendo así, subió á la espléndida habitación superior sin que
fuese sola, pues la acompañaban las esclavas. Y, en llegando con
ellas á lo alto de la casa, se puso á llorar por Ulises, su caro
marido, hasta que Minerva, la de los brillantes ojos, le difundió en
los párpados el dulce sueño.
[Ilustración: Las hijas de Pandáreo son arrebatadas por las Harpías]
CANTO XX
LO QUE PRECEDIÓ Á LA MATANZA DE LOS PRETENDIENTES
1 Acostóse á su vez el divinal Ulises en el vestíbulo de la casa:
tendió la piel cruda de un buey, echó encima otras muchas pieles de
ovejas sacrificadas por los aqueos y, tan pronto como yació, cobijóle
Eurínome con un manto. Mientras Ulises estaba echado y en vela y
discurría males contra los pretendientes, salieron del palacio,
riendo y bromeando unas con otras, las mujeres que con ellos solían
juntarse. El héroe sintió conmovérsele el ánimo en el pecho, y
revolvió muchas cosas en su mente y en su espíritu, pues se hallaba
indeciso entre echarse sobre las criadas y matarlas ó dejar que por
la última y postrera vez se uniesen con los orgullosos pretendientes;
y en tanto el corazón desde dentro le ladraba. Como la perra que anda
alrededor de sus tiernos cachorrillos, ladra y desea acometer cuando
ve á un hombre á quien no conoce; así, al presenciar con indignación
aquellas malas acciones, ladraba interiormente el corazón de Ulises.
Y éste, dándose de golpes en el pecho, reprendiólo con semejantes
palabras:
18 «¡Sufre, corazón, que algo más vergonzoso hubiste de soportar
aquel día en que el Ciclope, de fuerza indómita, me devoraba los
esforzados compañeros; y tú lo toleraste, hasta que mi astucia nos
sacó del antro donde creíamos perecer!»
22 Tal dijo, increpando en su pecho al corazón que en todo instante
se mostraba sufrido y obediente; mas Ulises revolvíase ya á un
lado ya al opuesto. Del modo que, cuando un hombre asa á un grande
y encendido fuego un vientre repleto de gordura y de sangre, le
da vueltas acá y allá con el propósito de acabar pronto; así se
revolvía Ulises á una y á otra parte, mientras pensaba de qué manera
conseguiría poner las manos en los desvergonzados pretendientes,
hallándose solo contra tantos. Pero acercósele Minerva, que había
descendido del cielo; y, transfigurándose en una mujer, se detuvo
sobre su cabeza y le habló diciendo:
33 «¿Por qué velas todavía, oh desdichado sobre todos los varones?
Ésta es tu casa y tienes dentro á tu mujer y á tu hijo, que es tal
como todos desearan que fuese el suyo.»
36 Respondióle el ingenioso Ulises: «Sí, muy oportuno es, oh diosa,
cuanto acabas de decir; pero mi ánimo me hace pensar cómo lograré
poner las manos en los desvergonzados pretendientes, hallándome solo,
mientras que ellos están siempre reunidos en el palacio. Considero
también otra cosa aún más importante: Si logro matarlos, por la
voluntad de Júpiter y la tuya, ¿adónde me podré refugiar? Yo te
invito á que lo pienses.»
44 Díjole entonces Minerva, la deidad de los brillantes ojos:
«¡Desdichado! Se tiene confianza en un compañero peor, que es mortal
y no sabe dar tantos consejos; y yo soy una diosa que te guarda en
todos tus trabajos. Te hablaré muy claramente. Aunque nos rodearan
cincuenta compañías de hombres de voz articulada, ansiosos de acabar
con nosotros peleando, te fuera posible llevarte sus bueyes y sus
pingües ovejas. Pero ríndete al sueño, que es gran molestia pasar la
noche sin dormir y vigilando; y ya en breve saldrás de estos males.»
54 Así le habló; y, apenas hubo infundido el sueño en los párpados de
Ulises, la divina entre las diosas volvió al Olimpo.
56 Cuando al héroe le vencía el sueño, que deja el ánimo libre de
inquietudes y relaja los miembros, despertaba su honesta esposa, la
cual rompió en llanto, sentándose en la mullida cama. Y así que su
ánimo se cansó de sollozar, la divina entre las mujeres elevó á Diana
la siguiente súplica:
61 «¡Oh Diana, venerable diosa hija de Júpiter! ¡Ojalá que, tirándome
una saeta al pecho, ahora mismo me quitaras la vida; ó que una
tempestad me arrebatara, conduciéndome hacia las sombrías sendas, y
me dejara caer en los confines del refluente Océano, de igual modo
que las borrascas se llevaron las hijas de Pandáreo! Cuando, por
haberles los númenes muerto los padres, se quedaran huérfanas en
el palacio, la diosa Venus las crió con queso, dulce miel y suave
vino; dotólas Juno de hermosura y prudencia sobre todas las mujeres;
dióles la casta Diana buena estatura, y adestrólas Minerva en labores
eximias. Pero, mientras la diosa Venus se encaminaba al vasto Olimpo
á pedirle á Júpiter, que se huelga con el rayo, florecientes nupcias
para las doncellas--pues aquel dios lo sabe todo y conoce el destino
favorable ó adverso de los mortales--arrebatáronlas las Harpías y se
las dieron á las odiosas Furias como esclavas. Háganme desaparecer de
igual suerte los que viven en olímpicos palacios ó máteme Diana, la
de lindas trenzas, para que yo penetre en la odiosa tierra, teniendo
ante mis ojos á Ulises, y no haya de alegrar la mente de ningún
hombre inferior. Cualquier mal es soportable, aunque pasemos el día
llorando y con el corazón muy triste, si por la noche viene el sueño,
que nos trae el olvido de las cosas buenas y malas al cerrarnos los
ojos. Pero á mí me envía algún dios perniciosos ensueños. Esta misma
noche acostóse á mi lado un fantasma muy semejante á él, tal como
era Ulises cuando partió con el ejército; y mi corazón se alegraba,
figurándose que no era sueño sino veras.»
91 Así dijo; y al punto se descubrió la Aurora, de áureo trono.
Ulises oyó las voces que Penélope daba en su llanto, meditó luego
y le pareció como si la tuviese junto á su cabeza por haberle
reconocido. Á la hora recogió el manto y las pieles en que estaba
echado y lo puso todo en una silla del palacio, sacó afuera la piel
de buey y, alzando las manos, dirigió á Júpiter esta súplica:
98 «¡Padre Júpiter! Si vosotros los dioses me habéis traído de buen
grado, por tierra y por mar, á mi patrio suelo, después de enviarme
multitud de infortunios; haz que diga algún presagio cualquiera de
los que en el interior despiertan y muéstrese en el exterior otro
prodigio tuyo.»
102 Tal fué su plegaria. Oyóla el próvido Júpiter y en el acto mandó
un trueno desde el resplandeciente Olimpo, desde lo alto de las
nubes, que le causó á Ulises profunda alegría. El presagio dióselo
en la casa una mujer que molía el grano cerca de él, donde estaban
las muelas del pastor de hombres. Doce eran las que allí trabajaban
solícitamente, fabricando harinas de cebada y de trigo, que son el
alimento de los hombres; pero todas descansaban ya, por haber molido
su parte correspondiente de trigo, á excepción de una que aún no
había terminado porque era muy flaca. Ésta, pues, paró la muela y
dijo las siguientes palabras, que fueron una señal para su amo:
112 «¡Padre Júpiter, que imperas sobre los dioses y sobre los
hombres! Has enviado un fuerte trueno desde el cielo estrellado y no
hay nube alguna; indudablemente es una señal que haces á alguien.
Cúmpleme ahora también á mí, á esta mísera, lo que te voy á pedir:
Tomen hoy los pretendientes por la última y postrera vez la agradable
comida en el palacio de Ulises; y, ya que hicieron desfallecer mis
rodillas con el penoso trabajo de fabricarles harina, sea también
ésta la última vez que cenen.»
120 Así se expresó; y holgóse el divinal Ulises con el presagio y
el trueno enviado por Júpiter, pues creyó que podría castigar á los
culpables.
122 Las demás esclavas, juntándose en la bella mansión de Ulises,
encendían en el hogar el fuego infatigable. Telémaco, varón igual á
un dios, se levantó de la cama, vistióse, colgó del hombro la aguda
espada, ató á sus nítidos pies hermosas sandalias y asió la fuerte
lanza de broncínea punta. Salió luego y, parándose en el umbral, dijo
á Euriclea:
129 «¡Ama querida! ¿Honrasteis al huésped dentro de la casa,
dándole lecho y cena, ó yace por ahí sin que nadie le cuide? Pues
mi madre es tal, aunque la discreción no le falta, que suele honrar
inconsideradamente al peor de los hombres de voz articulada y
despedir sin honra alguna al que más vale.»
134 Respondióle la prudente Euriclea: «No la acuses ahora, hijo
mío, que no es culpable. El huésped estuvo sentado y bebiendo vino
hasta que le plugo; y en cuanto á comer, manifestó que ya no tenía
más gana, y fué ella misma quien le hizo la pregunta. Tan luego
como decidió acostarse para dormir, ordenó tu madre á las esclavas
que le aparejasen la cama; pero, como es tan mísero y desventurado,
no quiso descansar en un lecho ni entre colchas y se tendió en el
vestíbulo sobre una piel cruda de buey y otras de ovejas. Y nosotras
le cubrimos con un manto.»
144 Así le dijo: Telémaco salió del palacio con su lanza en la mano
y dos perros de ágiles pies que le seguían; y fuése al ágora, á
juntarse con los aqueos de hermosas grebas. Entonces la divina entre
las mujeres, Euriclea, hija de Ops Pisenórida, comenzó á mandar de
este modo á las esclavas:
149 «Ea, algunas de vosotras barran el palacio diligentemente,
riéguenlo y pongan tapetes purpúreos en las labradas sillas; pasen
otras la esponja por las mesas y limpien las crateras y las copas
dobles, artísticamente fabricadas; y vayan las demás por agua á la
fuente y tráiganla presto. Pues los pretendientes no han de tardar
en venir al palacio; antes acudirán muy de mañana, que hoy es día de
fiesta para todos.»
157 Así les habló; y ellas la escucharon y obedecieron. Veinte
esclavas se encaminaron á la fuente de aguas profundas y las otras se
pusieron á trabajar hábilmente dentro de la casa.
160 Presentáronse poco después los servidores de los aqueos y
cortaron leña con gran pericia; volvieron de la fuente las esclavas;
é inmediatamente llegó el porquerizo con tres cerdos, los mejores de
cuantos tenía á su cuidado. Eumeo dejó que pacieran en el hermoso
cercado y hablóle á Ulises con dulces palabras:
166 «¡Huésped! ¿Te ven los aqueos con mejores ojos, ó siguen
ultrajándote en el palacio como anteriormente?»
168 Respondióle el ingenioso Ulises: «Ojalá castigue un dios, oh
Eumeo, los ultrajes que con tal descaro infieren, maquinando inicuas
acciones en la casa de otro, sin tener ni sombra de vergüenza.»
172 De tal suerte conversaban. Acercóseles el cabrero Melantio,
que traía las mejores cabras de sus rebaños para la comida de los
pretendientes y le acompañaban dos pastores. Y, atando á aquéllas
debajo del sonoro pórtico, le dijo á Ulises estas mordaces palabras:
178 «¡Forastero! ¿Nos importunarás todavía en esta casa, con pedir
limosna á los varones? ¿Por ventura no saldrás de aquí? Ya me figuro
que no nos separaremos hasta haber probado la fuerza de nuestros
brazos; porque tú no mendigas como se debe, que hay otros convites de
los aqueos.»
183 Así se expresó. El ingenioso Ulises no le dió respuesta; pero
meneó la cabeza silenciosamente, agitando en lo íntimo de su alma
siniestros propósitos.
185 Fué el tercero en llegar, Filetio, mayoral de los pastores, que
traía una vaca no paridera y pingües cabras. Los barqueros, que
conducen á cuantos hombres se les presentan, los habían transportado.
Y, atando aquél las reses debajo del sonoro pórtico, paróse cabe al
porquerizo y le interrogó de esta manera:
191 «¡Porquerizo! ¿Quién es ese forastero recién llegado á nuestra
casa? ¿Á qué hombres se gloría de pertenecer? ¿Dónde se hallan su
familia y su patria tierra? ¡Infeliz! Parece, por su cuerpo, un rey
soberano; mas los dioses anegan en males á los hombres que han vagado
mucho, cuando hasta á los reyes les destinan infortunios.»
197 Dijo; y, parándose junto á Ulises, le saludó con la diestra y le
habló con estas aladas palabras:
199 «¡Salve, padre huésped! Sé dichoso en lo sucesivo, ya que ahora
te abruman tantos males. ¡Oh, padre Júpiter!: no hay dios más funesto
que tú; pues, sin compadecerte de los hombres, á pesar de haberlos
criado, los entregas al infortunio y á los tristes dolores. Desde
que te vi, empecé á sudar y se me arrasaron los ojos de lágrimas,
acordándome de Ulises; porque me figuro que aquél vaga entre los
hombres, cubierto con unos harapos semejantes, si aún vive y goza de
la lumbre del sol. Y si ha muerto y está en la morada de Plutón, ¡ay
de mí! á quien, desde niño, puso el eximio Ulises al frente de sus
vacadas en el país de los cefalenos. Hoy las vacas son innumerables
y á ningún hombre podría crecerle más el ganado vacuno de ancha
frente; pero unos extraños me ordenan que les traiga vacas para
comérselas, y no se cuidan del hijo de la casa, ni temen la venganza
de las deidades, pues ya desean repartirse las posesiones del rey
cuya ausencia se hace tan larga. Muy á menudo mi ánimo revuelve en
el pecho estas ideas: malo es que en vida del hijo me vaya á otro
pueblo, emigrando con las vacas hacia los hombres de un país extraño;
pero me resulta más duro quedarme, guardando las vacas para otros
y sufriendo pesares. Y mucho ha que me hubiese ido á refugiarme
cerca de alguno de los prepotentes reyes, porque lo de acá ya no es
tolerable; pero aguardo aún á aquel infeliz, por si, viniendo de
algún sitio, dispersa á los pretendientes que están en el palacio.»
226 Respondióle el ingenioso Ulises: «¡Boyero! Como no me pareces ni
vil ni insensato, y conozco que la prudencia rige tu espíritu, voy á
decirte una cosa que afirmaré con solemne juramento: -Sean testigos
primeramente Júpiter entre los dioses y luego la mesa hospitalaria
y el hogar del irreprochable Ulises á que he llegado, de que Ulises
vendrá á su casa, estando tú en ella; y podrás ver con tus ojos,
si quieres, la matanza de los pretendientes que hoy señorean en el
palacio.-»
[Ilustración: VEINTE ESCLAVAS SE ENCAMINARON Á LA FUENTE DE AGUAS
PROFUNDAS.--(-Canto XX, verso 158.-)]
235 Díjole entonces el boyero: «¡Oh huésped! Ojalá el Saturnio
llevara á cumplimiento cuanto dices; que no tardarías á conocer cuál
es mi fuerza y de qué brazos dispongo.»
238 Eumeo suplicó asimismo á todos los dioses que el prudente Ulises
volviera á su casa.
240 Así éstos decían. Los pretendientes maquinaban contra Telémaco la
muerte y el destino, cuando de súbito apareció un ave á su izquierda,
un águila altanera, con una tímida paloma entre las garras. Y
Anfínomo les arengó diciendo:
245 «¡Amigos! Este propósito--la muerte de Telémaco--no tendrá buen
éxito para nosotros; mas, ea, pensemos ya en la comida.»
247 De tal suerte se expresó Anfínomo, y á todos les plugo lo que
dijo. Volviendo, pues, al palacio del divinal Ulises, dejaron sus
mantos en sillas y sillones; sacrificaron ovejas muy crecidas,
pingües cabras, puercos gordos y una gregal vaca; asaron y
distribuyeron las entrañas; mezclaron el vino en las crateras; y el
porquerizo les sirvió las copas. Filetio, mayoral de los pastores,
repartióles el pan en hermosos canastillos; y Melantio les escanciaba
el vino. Y todos echaron mano á las viandas que tenían delante.
257 Telémaco, con astuta intención, hizo sentar á Ulises dentro de
la sólida casa, junto al umbral de piedra, donde le había colocado
una pobre silla y una mesa pequeña; sirvióle parte de las entrañas,
escancióle vino en una copa de oro y le habló de esta manera:
262 «Siéntate aquí, entre estos varones, y bebe vino. Yo te libraré
de las injurias y de las manos de todos los pretendientes; pues
esta casa no es pública, sino de Ulises que la adquirió para mí. Y
vosotros, oh pretendientes, reprimid el ánimo y absteneos de las
amenazas y de los golpes, para que no se suscite disputa ni altercado
alguno.»
268 Tales fueron sus palabras y todos se mordieron los labios,
admirándose de que Telémaco les hablase con tanta audacia. Entonces
Antínoo, hijo de Eupites, dijo de esta suerte:
271 «¡Aqueos! Cumplamos, aunque es dura, la orden de Telémaco, que
con tono tan amenazador acaba de hablarnos. No lo ha querido Jove
Saturnio; pues, de otra suerte, ya le habríamos hecho callar en el
palacio, aunque sea arengador sonoro.»
275 Así habló Antínoo; pero Telémaco no hizo caso de sus palabras.
En esto, ya los heraldos conducían por la ciudad la sacra hecatombe
de las deidades; y los aqueos, de larga cabellera, se juntaban en el
umbrío bosque consagrado al flechador Apolo.
279 Tan pronto como los pretendientes hubieron asado los cuartos
delanteros, retiráronlos de la lumbre, dividiéronlos en partes, y
celebraron un gran banquete. Á Ulises sirviéronle los que en esto se
ocupaban, una parte tan cumplida como la que á ellos mismos les cupo
en suerte; pues así lo ordenó Telémaco, el hijo amado del divinal
Ulises.
284 Tampoco dejó entonces Minerva que los ilustres pretendientes se
abstuvieran por completo de la dolorosa injuria, á fin de que el
pesar atormentara aún más el corazón de Ulises Laertíada. Hallábase
entre los mismos un hombre de ánimo perverso llamado Ctesipo, que
tenía su morada en Same, y, confiando en sus posesiones inmensas,
solicitaba á la esposa de Ulises ausente á la sazón desde largo
tiempo. Éste tal dijo á los ensoberbecidos pretendientes:
292 «Oíd, ilustres pretendientes, lo que os voy á decir. Rato ha
que el forastero tiene su parte igual á la nuestra, como es debido;
que no fuera decoroso ni justo privar del festín á los huéspedes de
Telémaco, sean cuales fueren los que vengan á este palacio. Mas, ea,
también yo voy á ofrecerle el don de la hospitalidad, para que á su
vez haga un presente al bañero ó á algún otro de los esclavos que
viven en la casa del divinal Ulises.»
299 Habiendo hablado así, tiróle con fuerte mano una pata de buey,
que tomó de un canastillo; Ulises evitó el golpe, inclinando
ligeramente la cabeza, y en seguida se sonrió con risa sardonia; y
la pata fué á dar en el bien construído muro. Acto continuo increpó
Telémaco á Ctesipo con estas palabras:
304 «¡Ctesipo! Mucho mejor ha sido para ti no acertar al forastero,
porque éste haya evitado el golpe; que yo te traspasara con mi aguda
lanza y tu padre te hiciera acá los funerales en vez de celebrar tu
casamiento. Por tanto nadie se porte insolentemente dentro de la
casa, que ya conozco y entiendo muchas cosas, buenas y malas, aunque
antes fuese un niño. Y si toleramos lo que vemos--que sean degolladas
las ovejas, y se beba el vino, y se consuma el pan--es por la
dificultad de que uno solo refrene á muchos. Mas, ea, no me causéis
más daño, siéndome malévolos; y si deseáis matarme con el bronce, yo
quisiera que lo llevaseis á cumplimiento, pues más valdría morir que
ver de continuo esas inicuas acciones: maltratados los huéspedes y
forzadas indignamente las siervas en las hermosas estancias.»
320 Así habló. Todos enmudecieron y quedaron silenciosos. Mas al fin
les dijo Agelao Damastórida:
322 «¡Amigos! Nadie se irrite, oponiendo contrarias razones al dicho
justo de Telémaco; y no maltratéis al huésped, ni á ningún esclavo
de los que moran en la casa del divinal Ulises. Á Telémaco y á su
madre les diría unas suaves palabras, si fuere grato al corazón
de entrambos. Mientras en vuestro pecho esperaba el ánimo que el
prudente Ulises volviese, no podíamos indignarnos por la demora, ni
porque se entretuviera en la casa á los pretendientes; y aun hubiese
sido lo mejor, si Ulises viniera y tornara á su palacio. Pero ahora
ya es evidente que no volverá. Ea, pues, siéntate al lado de tu madre
y dile que tome por esposo al varón más eximio y que más donaciones
le haga; para que tú sigas en posesión de los bienes de tu padre,
comiendo y bebiendo en los mismos, y ella cuide la casa de otro.»
338 Respondióle el prudente Telémaco: «No, ¡por Júpiter y por los
trabajos de mi padre que ha fallecido ó va errante lejos de Ítaca!,
no difiero, oh Agelao, las nupcias de mi madre; antes la exhorto á
casarse con aquél que, siéndole grato, le haga muchísimos presentes;
pero me daría vergüenza arrojarla del palacio contra su voluntad y
con duras palabras. ¡No permitan los dioses que así suceda!»
345 Tales fueron las palabras de Telémaco. Palas Minerva movió á los
pretendientes á una risa inextinguible y les perturbó la razón. Reían
con risa forzada, devoraban sanguinolentas carnes, se les llenaron
de lágrimas los ojos y su ánimo presagiaba el llanto. Entonces
Teoclímeno, semejante á un dios, les dijo de esta suerte:
351 «¡Ah míseros! ¿Qué mal es ése que padecéis? Noche obscura os
envuelve la cabeza, y el rostro, y abajo las rodillas; crecen los
gemidos; báñanse en lágrimas las mejillas; y así los muros como
los hermosos intercolumnios aparecen rociados de sangre. Llenan el
vestíbulo y el patio las sombras de los que descienden al tenebroso
Érebo; el sol desapareció del cielo y una horrible obscuridad se
extiende por doquier.»
358 En tales términos les habló; y todos rieron dulcemente. Entonces
Eurímaco, hijo de Pólibo, comenzó á decirles:
360 «Está loco ese huésped venido de país extraño. Ea, jóvenes,
llevadle ahora mismo á la puerta y váyase al ágora, ya que aquí le
parece que es de noche.»
363 Contestóle Teoclímeno, semejante á un dios: «¡Eurímaco! No
pido que me acompañen. Tengo ojos, orejas y pies, y en mi pecho la
razón que está sin menoscabo: con su auxilio me iré afuera, porque
comprendo que viene sobre vosotros la desgracia, de la cual no
podréis huir ni libraros ninguno de los pretendientes que en el
palacio del divinal Ulises insultáis á los hombres, maquinando
inicuas acciones.»
371 Cuando esto hubo dicho, salió del cómodo palacio y se fué á la
casa de Pireo, que lo acogió benévolo. Los pretendientes se miraban
los unos á los otros y zaherían á Telémaco, burlándose de sus
huéspedes. Y entre los jóvenes soberbios hubo quien habló de esta
manera:
376 «¡Telémaco! Nadie tiene en los huéspedes más desgracia que tú.
Uno es tal como ese mendigo vagabundo, necesitado de que le den pan y
vino, inhábil para todo, sin fuerzas, carga inútil de la tierra; y el
otro se ha levantado á pronunciar vaticinios. Si quieres creerme--y
sería lo mejor,--echemos á los huéspedes en una nave de muchos bancos
y mandémoslos á Sicilia; y allí te los comprarán por razonable
precio.»
384 Así decían, pero Telémaco no hizo ningún caso de estas palabras;
sino que miraba silenciosamente á su padre, aguardando el momento en
que había de poner las manos en los desvergonzados pretendientes.
387 La discreta Penélope, hija de Icario, mandó colocar su magnífico
sillón en frente de los hombres, y oía cuanto se hablaba en la sala.
Y los pretendientes reían y se preparaban el almuerzo que fué dulce
y agradable, pues sacrificaron multitud de reses; pero ninguna cena
tan triste como la que pronto iban á darles la diosa y el esforzado
varón, porque habían sido los primeros en maquinar acciones inicuas.
[Ilustración]
[Ilustración: Penélope, por inspiración de Minerva, les saca á los
pretendientes el arco y las segures de Ulises y promete casarse con
el que venza en el certamen]
CANTO XXI
LA PROPUESTA DEL ARCO
1 Minerva, la deidad de los brillantes ojos, inspiróle en el corazón
á la discreta Penélope, hija de Icario, que en la propia casa de
Ulises les sacara á los pretendientes el arco y el blanquizco
hierro; á fin de celebrar el certamen que había de ser el preludio
de su matanza. Subió Penélope la alta escalera de la casa; tomó
en su hermosa y robusta mano una magnífica llave bien curvada, de
bronce, con el cabo de marfil; y se fué con las siervas al aposento
más interior donde guardaba los objetos preciosos del rey--bronce,
oro y labrado hierro--y también el flexible arco y la aljaba para
las flechas, que contenía muchas y dolorosas saetas; dones ambos
que á Ulises le hiciera su huésped Ífito Eurítida, semejante á los
inmortales, cuando se juntó con él en Lacedemonia. Encontráronse en
Mesena, en casa del belicoso Orsíloco. Ulises iba á cobrar una deuda
de todo el pueblo, pues los mesenios se habían llevado de Ítaca, en
naves de muchos bancos, trescientas ovejas con sus pastores: por
esta causa Ulises, que aún era joven, emprendió como embajador aquel
largo viaje, enviado por su padre y otros ancianos. Á su vez, Ífito
iba en busca de doce yeguas de vientre con sus potros, pacientes
en el trabajo, que antes le quitaran y que luego habían de ser la
causa de su muerte y miserable destino; pues, habiéndose llegado
á Hércules, hijo de Júpiter, varón de ánimo esforzado que sabía
realizar grandes hazañas, ése le mató en su misma casa, sin embargo
de tenerlo como huésped. ¡Inicuo! No temió la venganza de los dioses,
ni respetó la mesa que le puso él en persona: matóle y retuvo en su
palacio las yeguas de fuertes cascos. Cuando Ífito iba, pues, en
busca de las mentadas yeguas, se encontró con Ulises y le dió el arco
que antiguamente llevara el gran Eurito y que éste legó á su vástago
al morir en su excelsa casa; y Ulises, por su parte, regaló á Ífito
afilada espada y fornida lanza; presentes que hubieran originado
entre ambos cordial amistad, mas los héroes no llegaron á verse el
uno en la mesa del otro, porque el hijo de Júpiter mató antes á Ífito
Eurítida, semejante á los inmortales. Y el divinal Ulises llevaba en
su patria el arco que le había dado Ífito, pero no lo quiso tomar al
partir para la guerra en las negras naves; y lo dejó en el palacio
como recuerdo de su caro huésped.
42 Al instante que la divina entre las mujeres llegó al aposento
y puso el pie en el umbral de encina que en otra época puliera el
artífice con gran habilidad y enderezara por medio de un nivel,
alzando los dos postes en que había de encajar la espléndida puerta;
desató la correa del anillo, introdujo la llave é hizo correr los
cerrojos de la puerta, empujándola hacia dentro. Rechinaron las hojas
como muge un toro que pace en la pradera--¡tanto ruido produjo la
hermosa puerta al empuje de la llave!--y abriéronse inmediatamente.
Penélope subió al excelso tablado donde estaban las arcas de los
perfumados vestidos; y, tendiendo el brazo, descolgó de un clavo el
arco con la funda espléndida que lo envolvía. Sentóse allí mismo,
teniéndolo en sus rodillas, lloró ruidosamente y sacó de la funda el
arco del rey. Y cuando ya estuvo harta de llorar y de gemir, fuése
hacia la habitación donde se hallaban los ilustres pretendientes; y
llevó en su mano el flexible arco y la aljaba para las flechas, la
cual contenía abundantes y dolorosas saetas. Juntamente con Penélope,
llevaban las siervas una caja con mucho hierro y bronce que servía
para los juegos del rey. Cuando la divina entre las mujeres hubo
llegado adonde estaban los pretendientes, paróse ante la columna que
sostenía el techo sólidamente construído, con las mejillas cubiertas
por espléndido velo y una honrada doncella á cada lado. Y á la hora
dirigió la palabra á los pretendientes, hablándoles de esta guisa:
68 «Oídme, mis ilustres pretendientes, los que habéis caído sobre
esta casa para comer y beber de continuo durante la prolongada
ausencia de mi esposo, sin poder hallar otra excusa que la intención
de casaros conmigo y tenerme por mujer. Ea, pretendientes míos, os
espera este certamen: pondré aquí el gran arco del divinal Ulises, y
aquel que más fácilmente lo maneje, lo tienda y haga pasar una flecha
por el ojo de las doce segures, será con quien yo me vaya, dejando
esta casa á la que vine doncella, que es tan hermosa, que está tan
abastecida, y de la cual me figuro que habré de acordarme aun entre
sueños.»
80 Tales fueron sus palabras; y mandó en seguida á Eumeo, el divinal
porquerizo, que ofreciera á los pretendientes el arco y el blanquizco
hierro. Eumeo lo recibió llorando y lo puso en tierra; y desde la
parte contraria el boyero, al ver el arco de su señor, lloró también.
Y Antínoo les increpó, diciéndoles de esta suerte:
85 «¡Rústicos necios, que no pensáis más que en lo del día! ¡Ah
míseros! ¿Por qué, vertiendo lágrimas, conmovéis el ánimo de esta
mujer, cuando ya lo tiene sumido en el dolor desde que perdió á su
consorte? Comed ahí, en silencio, ó idos afuera á llorar; dejando
ese pulido arco que ha de ser causa de un certamen fatigoso para los
pretendientes, pues creo que nos será difícil armarlo. Que no hay
entre todos los que aquí nos encontramos un hombre como fué Ulises.
Le vi y de él guardo memoria, aunque en aquel tiempo era yo un niño.»
96 Así les habló, pero allá dentro en su ánimo tenía esperanzas de
armar el arco y hacer pasar la flecha á través del hierro; aunque
debía gustar antes que nadie la saeta despedida por mano de Ulises, á
quien estaba ultrajando en su palacio y aun incitaba á sus compañeros
á que también lo hiciesen. Mas el esforzado y divinal Telémaco les
dirigió la palabra y les dijo:
[Ilustración: SENTÓSE PENÉLOPE Y LLORÓ RUIDOSAMENTE TENIENDO EN SUS
RODILLAS EL ARCO DEL REY
(-Canto XXI, versos 55 y 56.-)]
102 «¡Oh dioses! En verdad que Júpiter Saturnio me ha vuelto el
juicio. Díceme mi madre querida, siendo tan discreta, que se irá
con otro y saldrá de esta casa; y yo me río y me deleito con ánimo
insensato. Ea, pretendientes, ya que os espera este certamen por
una mujer que no tiene par en el país aqueo, ni en la sacra Pilos,
ni en Argos, ni en Micenas, ni en la misma Ítaca, ni en el obscuro
continente, como vosotros mismos lo sabéis. ¿Qué necesidad tengo
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