en el polvo, á los pies del guerrero, que se encorvó y vino á tierra. El Atrida, poniéndole el pie en el pecho, le despojó de la armadura; y blasonando del triunfo, dijo: 620 «¡Así dejaréis las naves de los aqueos, de ágiles corceles, oh teucros soberbios é insaciables de la pelea horrenda! No os basta haberme inferido una vergonzosa afrenta, infames perros, sin que vuestro corazón temiera la ira terrible del tonante Júpiter hospitalario, que algún día destruirá vuestra ciudad excelsa. Os llevasteis, además de muchas riquezas, á mi legítima esposa que os había recibido amigablemente; y ahora deseáis arrojar el destructor fuego en las naves, que atraviesan el ponto, y dar muerte á los héroes aqueos; pero quizás os hagamos renunciar al combate, aunque tan enardecidos os mostréis. ¡Padre Júpiter! Dicen que superas en inteligencia á los demás dioses y hombres, y todo esto procede de ti. ¿Cómo favoreces á los teucros, á esos hombres insolentes, de espíritu siempre perverso, y que nunca se hartan de la guerra á todos tan funesta? De todo llega el hombre á saciarse: del sueño, del amor, del dulce canto y de la agradable danza, cosas más apetecibles que la pelea; pero los teucros no se cansan de combatir.» 640 En diciendo esto, el eximio Menelao quitóle al cadáver la ensangrentada armadura; y entregándola á sus amigos, volvió á batallar entre los combatientes delanteros. 643 Entonces le salió al encuentro Harpalión, hijo del rey Pilémenes, que fué á Troya con su padre á pelear y no había de volver á la patria tierra: el teucro dió un bote de lanza en medio del escudo del Atrida, pero no pudo atravesar el bronce y retrocedió hacia el grupo de sus amigos para evitar la muerte, mirando á todos lados; no fuera alguien á herirle con el bronce. Mientras él se iba, Meriones le asestó el arco, y la broncínea saeta se hundió en la nalga derecha del teucro, atravesó la vejiga por debajo del hueso y salió al otro lado. Y Harpalión, cayendo allí en brazos de sus amigos, dió el alma y quedó tendido en el suelo como un gusano; de su cuerpo fluía negra sangre que mojaba la tierra. Pusiéronse á su alrededor los magnánimos paflagones, y colocando el cadáver en un carro, lleváronlo, afligidos, á la sagrada Ilión; el padre iba con ellos derramando lágrimas, y ninguna venganza pudo tomar de aquella muerte. 660 Paris, muy irritado en su espíritu por la muerte de Harpalión, que era su huésped en la populosa Paflagonia, arrojó una broncínea flecha. Había un cierto Euquenor, rico y valiente, que era vástago del adivino Poliido, habitaba en Corinto y se embarcó para Troya, no obstante saber la funesta suerte que allí le aguardaba. El buen anciano Poliido habíale dicho repetidas veces que moriría de penosa dolencia en el palacio ó sucumbiría á manos de los teucros en las naves aqueas; y él, queriendo evitar los reproches de los aquivos y la enfermedad odiosa con sus dolores, decidió ir á Ilión. Á éste, pues, Paris le clavó la flecha por debajo de la quijada y de la oreja: la vida huyó de los miembros del guerrero, y la obscuridad horrible le envolvió. 673 Así combatían, con el ardor de encendido fuego. Héctor, caro á Júpiter, aún no se había enterado, é ignoraba por completo que sus tropas fuesen destruídas por los argivos á la izquierda de las naves. Pronto la victoria hubiera sido de éstos. ¡De tal suerte Neptuno, que ciñe y sacude la tierra, los alentaba y hasta los ayudaba con sus propias fuerzas! Estaba Héctor en el mismo lugar adonde llegara después que pasó las puertas y el muro y rompió las cerradas filas de los escudados dánaos. Allí, en la playa del espumoso mar, habían sido colocadas las naves de Ayax y Protesilao; y se había levantado para defenderlas un muro bajo, porque los hombres y corceles acampados en aquel paraje eran muy valientes en la guerra. 685 Los beocios, los yáones, de larga vestidura, los locros, los ptiotas y los ilustres epeos detenían al divino Héctor que, semejante á una llama, porfiaba en su empeño de ir hacia las naves; pero no conseguían que se apartase de ellos. Los atenienses habían sido designados para las primeras filas y los mandaba Menesteo, hijo de Peteo, á quien seguían Fidante, Estiquio y el valeroso Biante. De los epeos eran caudillos Meges Filida, Anfión y Dracio. Al frente de los ptiotas estaban Medonte y el belígero Podarces: aquél era hijo bastardo del divino Oileo y hermano de Ayax, y vivía en Fílace, lejos de su patria, por haber dado muerte á un hermano de Eriopis, su madrastra y mujer de Oileo; y el otro era hijo de Ificlo Filácida. Ambos combatían al frente de los ptiotas y en unión con los beocios para defender las naves. 701 El ágil Ayax de Oileo no se apartaba un instante de Ayax Telamonio: como en tierra noval dos negros bueyes tiran con igual ánimo del sólido arado, abundante sudor brota en torno de sus cuernos, y sólo los separa el pulimentado yugo mientras andan por los surcos para abrir el hondo seno de la tierra; así, tan cercanos el uno del otro, estaban los Ayaces. Al Telamonio seguíanle muchos y valientes hombres, que tomaban su escudo cuando la fatiga y el sudor llegaban á las rodillas del héroe. Mas al alentoso hijo de Oileo no le acompañaban los locros, porque no podían sostener una lucha á pie firme: no llevaban broncíneos cascos, adornados con crines de caballo, ni tenían rodelas ni lanzas de fresno; habían ido á Ilión, confiando en sus ballestas y en sus hondas de lana de ovejas retorcida, y con las mismas destrozaban las falanges teucras. Aquéllos peleaban con Héctor y los suyos; éstos, ocultos detrás, disparaban; y los teucros apenas pensaban en combatir, porque las flechas los ponían en desorden. 723 Entonces los teucros hubieran vuelto en deplorable fuga de las naves y tiendas á la ventosa Ilión, si Polidamante no se hubiese acercado al audaz Héctor para decirle: 726 «¡Héctor! Eres reacio en seguir los pareceres ajenos. Porque un dios te ha dado esa superioridad en las cosas de la guerra, ¿crees que aventajas á los demás en prudencia? No es posible que tú solo lo reunas todo. La divinidad á uno le concede que sobresalga en las acciones bélicas, á otro en la danza, al de más allá en la cítara y el canto; y el longividente Jove pone en el pecho de algunos un espíritu prudente que aprovecha á gran número de hombres, salva las ciudades y lo aprecia particularmente quien lo posee. Te diré lo que considero más conveniente. Alrededor de ti arde la pelea por todas partes; pero de los magnánimos teucros que pasaron la muralla, unos se han retirado con sus armas, y otros, dispersos por las naves, combaten con mayor número de hombres. Retrocede y llama á los más valientes caudillos para deliberar si nos conviene arrojarnos á las naves, de muchos bancos, por si un dios nos da la victoria, ó alejarnos de las mismas antes que seamos heridos. Temo que los aqueos se desquiten de lo de ayer, porque en las naves hay un varón incansable en la pelea, y me figuro que no se abstendrá de combatir.» 748 Así habló Polidamante, y su prudente consejo plugo á Héctor, que saltó en seguida del carro á tierra, sin dejar las armas, y le dijo estas aladas palabras: 751 «¡Polidamante! Reune tú á los más valientes caudillos, mientras voy á la otra parte de la batalla y vuelvo tan pronto como haya dado las convenientes órdenes.» 754 Dijo; y semejante á un monte cubierto de nieve, partió volando y profiriendo gritos por entre los troyanos y sus auxiliares. Todos los caudillos se encaminaron hacia el bravo Polidamante Pantoida, así que oyeron las palabras de Héctor. Éste buscaba en los combatientes delanteros á Deífobo, al robusto rey Heleno, á Adamante Asíada, y á Asio, hijo de Hirtaco; pero no los halló ilesos ni á todos salvados de la muerte: los unos yacían, muertos por los argivos, junto á las naves aqueas; y los demás, heridos, quien de cerca, quien de lejos, estaban dentro de los muros de la ciudad. Pronto se encontró, en la izquierda de la batalla luctuosa, con el divino Alejandro, esposo de Helena, la de hermosa cabellera, que animaba á sus compañeros y les incitaba á pelear; y deteniéndose á su lado, díjole estas injuriosas palabras: 769 «¡Miserable Paris, el de más hermosa figura, mujeriego, seductor! ¿Dónde están Deífobo, el robusto rey Heleno, Adamante Asíada y Asio, hijo de Hirtaco? ¿Qué es de Otrioneo? Hoy la excelsa Ilión se arruina desde la cumbre, y horrible muerte te aguarda.» 774 Respondióle el deiforme Paris: «¡Héctor! Ya que tienes intención de culparme sin motivo, quizás otras veces fuí más remiso en la batalla, aunque no del todo pusilánime me dió á luz mi madre. Desde que al frente de los compañeros promoviste el combate junto á las naves, peleamos sin cesar contra los dánaos. Los amigos por quienes preguntas han muerto, menos Deífobo y el robusto rey Heleno; los cuales, heridos en el brazo por ingentes lanzas, se fueron, y el Saturnio les salvó la vida. Llévanos adonde el corazón y el ánimo te ordenen; te seguiremos presurosos, y no dejaremos de mostrar todo el valor compatible con nuestras fuerzas. Más allá de lo que éstas permiten, nada es posible hacer en la guerra, por enardecido que uno esté.» 788 Así diciendo, cambió el héroe la mente de su hermano. Enderezaron al sitio donde era más ardiente el combate y la pelea; allí estaban Cebrión, el eximio Polidamante, Falces, Orteo, Polifetes igual á un dios, Palmis, Ascanio y Moris, hijos los dos últimos de Hipotión; todos los cuales habían llegado el día anterior de la fértil Ascania, y entonces Jove les impulsó á combatir. Á la manera que un torbellino de vientos impetuosos desciende á la llanura, acompañado del trueno de Júpiter, y al caer en el mar con ruido inmenso levanta grandes y espumosas olas que se van sucediendo; así los teucros seguían en filas cerradas á los jefes, y el bronce de las armas relucía. Iba á su frente Héctor Priámida, cual si fuese Marte, funesto á los mortales: llevaba por delante un escudo liso, formado por muchas pieles de buey y una gruesa lámina de bronce, y el refulgente casco temblaba en sus sienes. Movíase Héctor, defendiéndose con la rodela, y probaba por todas partes si las falanges cedían; pero no logró turbar el ánimo en el pecho de los aqueos. Entonces Ayax adelantóse con ligero paso y provocóle con estas palabras: 810 «¡Varón admirable! ¡Acércate! ¿Por qué quieres amedrentar de este modo á los argivos? No somos inexpertos en la guerra, sino que los aqueos sucumben bajo el cruel azote de Júpiter. Tú esperas quemar las naves, pero nosotros tenemos los brazos prontos para defenderlas; y mucho antes que lo consigas, vuestra populosa ciudad será tomada y destruída por nuestras manos. Yo te aseguro que está cerca el momento en que tú mismo, puesto en fuga, pedirás al padre Júpiter y á los demás inmortales que tus corceles sean más veloces que los gavilanes; y los caballos te llevarán á la ciudad, levantando gran polvareda en la llanura. 821 Así que acabó de hablar, pasó por cima de ellos, hacia la derecha, un águila de alto vuelo; y los aquivos gritaron, animados por el agüero. El esclarecido Héctor respondió: 824 «Ayax lenguaz y fanfarrón, ¿qué dijiste? Así fuera yo hijo de Júpiter, que lleva la égida, y me hubiese dado á luz la venerable Juno y gozara de los mismos honores que Minerva ó Apolo, como este día será funesto para todos los argivos. Tú también morirás si tienes la osadía de aguardar mi larga pica: ésta te desgarrará el delicado cuerpo; y tú, cayendo junto á las naves aqueas, saciarás de carne y grasa á los perros y aves de la comarca troyana.» 833 En diciendo esto, pasó adelante; los otros capitanes le siguieron con vocerío inmenso; y detrás las tropas gritaban también. Los argivos movían por su parte gran alboroto y, sin olvidarse de su valor, aguardaban la acometida de los más valientes teucros. Y el estruendo que producían ambos ejércitos llegaba al éter y á la morada resplandeciente de Jove. [Ilustración: El Sueño, á quien Júpiter quería arrojar al ponto, es salvado por la Noche] CANTO XIV ENGAÑO DE JÚPITER 1 Néstor, aunque estaba bebiendo, no dejó de advertir la gritería; y hablando al descendiente de Esculapio, pronunció estas aladas palabras: 3 «¡Oh divino Macaón! ¿Cómo te parece que acabarán estas cosas? Junto á las naves crece el vocerío de los robustos jóvenes. Tú, sentado aquí, bebe el negro vino, mientras Hecamede, la de hermosas trenzas, pone á calentar el agua del baño y te lava después la sangrienta herida; y yo, en el ínterin, subiré á un altozano para ver lo que ocurre.» 9 Dijo; y después de embrazar el labrado escudo de reluciente bronce, que su hijo Trasimedes, domador de caballos, dejara allí por haberse llevado el del anciano, asió la fuerte lanza de broncínea punta y salió de la tienda. Pronto se detuvo ante el vergonzoso espectáculo que se ofreció á sus ojos: los aquivos eran derrotados por los feroces teucros y la gran muralla aquea estaba destruída. Como el piélago inmenso empieza á rizarse con sordo ruido y purpurea, presagiando la rápida venida de los sonoros vientos, pero no mueve las olas hasta que Júpiter envía un viento determinado; así el anciano hallábase perplejo entre encaminarse á la turba de los dánaos, de ágiles corceles, ó enderezar sus pasos hacia el Atrida Agamenón, pastor de hombres. Parecióle que sería lo mejor ir en busca del Atrida, y así lo hizo; mientras los demás, combatiendo, se mataban unos á otros, y el duro bronce resonaba alrededor de sus cuerpos á los golpes de las espadas y de las lanzas de doble filo. 27 Encontráronse con Néstor los reyes, alumnos de Júpiter, que antes fueron heridos con el bronce--el Tidida, Ulises y Agamenón, hijo de Atreo,--y entonces venían de sus naves. Éstas habían sido colocadas lejos del campo de batalla, en la orilla del espumoso mar: sacáronlas á la llanura las primeras, y labraron un muro delante de las popas. Porque la ribera, con ser vasta, no podía contener todos los bajeles en una sola fila, y por esto los pusieron escalonados y llenaron con ellos el gran espacio de costa que limitaban altos promontorios. Los reyes iban juntos, con el ánimo abatido, apoyándose en las lanzas, porque querían presenciar el combate y la clamorosa pelea; y cuando vieron venir al anciano, se les sobresaltó el corazón en el pecho. Y el rey Agamenón, dirigiéndole la palabra, exclamó: 42 «¡Oh Néstor Nelida, gloria insigne de los aqueos! ¿Por qué vienes, dejando la homicida batalla? Temo que el impetuoso Héctor cumpla la amenaza que me hizo en su arenga á los teucros: Que no regresaría á Ilión antes de pegar fuego á las naves y matar á los aquivos. Así decía, y todo se va cumpliendo. ¡Oh dioses! Los aqueos, de hermosas grebas, tienen, como Aquiles, el ánimo poseído de ira contra mí y no quieren combatir junto á los bajeles.» 52 Respondió Néstor, caballero gerenio: «Patente es lo que dices, y ni el mismo Júpiter altitonante puede modificar lo que ya ha sucedido. Derribado está el muro que esperábamos fuese indestructible reparo para las veleras naves y para nosotros mismos; y junto á ellas los teucros sostienen vivo é incesante combate. No conocerías, por más que lo miraras, hacia qué parte van los aqueos acosados y puestos en desorden: en montón confuso reciben la muerte, y la gritería llega hasta el cielo. Deliberemos sobre lo que puede ocurrir, por si damos con alguna idea provechosa; y no propongo que entremos en combate, porque es imposible que peleen los que están heridos.» 64 Díjole el rey de hombres Agamenón: «¡Néstor! Puesto que ya los teucros combaten junto á las popas de las naves y de ninguna utilidad ha sido el muro con su foso que los dánaos construyeron con tanta fatiga, esperando que fuese indestructible reparo para los barcos y para ellos mismos; sin duda debe de ser grato al prepotente Jove que los aqueos perezcan sin gloria aquí, lejos de Argos. Antes yo veía que el dios auxiliaba, benévolo, á los dánaos; mas al presente da gloria á los teucros, cual si fuesen dioses bienaventurados, y encadena nuestro valor y nuestros brazos. Ea, obremos todos como voy á decir. Arrastremos las naves que se hallan más cerca de la orilla, echémoslas al mar divino y que estén sobre las anclas hasta que venga la noche inmortal; y si entonces los teucros se abstienen de combatir, podremos botar las restantes. No es reprensible evitar una desgracia, aunque sea durante la noche. Mejor es librarse huyendo, que dejarse coger.» 82 El ingenioso Ulises, mirándole con torva faz, exclamó: «¡Atrida! ¿Qué palabras se escaparon de tus labios? ¡Hombre funesto! Debieras estar al frente de un ejército de cobardes y no mandarnos á nosotros, á quienes Jove concedió llevar al cabo arriesgadas empresas bélicas desde la juventud á la vejez, hasta que perezcamos. ¿Quieres que dejemos la ciudad troyana de anchas calles, después de haber padecido por ella tantas fatigas? Calla y no oigan los aqueos esas palabras, las cuales no saldrían de la boca de ningún varón que supiera hablar con espíritu prudente, llevara cetro y fuera obedecido por tantos hombres cuantos son los argivos sobre quienes imperas. Repruebo completamente la proposición que hiciste: sin duda nos aconsejas que botemos al mar las naves de muchos bancos durante el combate y la pelea, para que más presto se cumplan los deseos de los teucros, ya al presente vencedores, y nuestra perdición sea inminente. Porque los aqueos no sostendrán el combate si las naves son echadas al mar; sino que, volviendo los ojos adonde puedan huir, cesarán de pelear, y tu consejo, príncipe de hombres, habrá sido dañoso.» 103 Contestó el rey de hombres Agamenón: «¡Oh Ulises! Tu duro reproche me ha llegado al alma; pero yo no mandaba que los aqueos arrastraran al mar, contra su voluntad, las naves de muchos bancos. Ojalá que alguien, joven ó viejo, propusiera una cosa mejor, pues le oiría con gusto.» 109 Y entonces les dijo Diomedes, valiente en la pelea: «Cerca tenéis á tal hombre--no habremos de buscarle mucho--si os halláis dispuestos á obedecer; y no me vituperéis ni os irritéis contra mí, recordando que soy más joven que vosotros, pues me glorío de haber tenido por padre al valiente Tideo, cuyo cuerpo está enterrado en Tebas. Engendró Porteo tres hijos ilustres que habitaron en Pleurón y en la excelsa Calidón: Agrio, Melas y el caballero Eneo, mi abuelo paterno, que era el más valiente. Eneo quedóse en su país; pero mi padre, después de vagar algún tiempo, se estableció en Argos porque así lo quisieron Júpiter y los demás dioses, casó con una hija de Adrasto y vivió en una casa abastada de riqueza: poseía muchos trigales, no pocas plantaciones de árboles en los alrededores de la población, y copiosos rebaños; y aventajaba á todos los aquivos en el manejo de la lanza. Tales cosas las habréis oído referir como ciertas que son. No sea que, figurándoos quizás que por mi linaje he de ser cobarde y débil, despreciéis lo bueno que os diga. Ea, vayamos á la batalla, no obstante estar heridos, pues la necesidad apremia; pongámonos fuera del alcance de los tiros para no recibir lesiones sobre lesiones; animemos á los demás y hagamos que entren en combate cuantos, cediendo á su ánimo indolente, permanecen alejados y no pelean.» 133 Así se expresó, y ellos le escucharon y obedecieron. Echaron á andar, y el rey de hombres Agamenón iba delante. 135 El ilustre Neptuno, que sacude la tierra, estaba al acecho; y transfigurándose en un viejo, se dirigió á los reyes, tomó la diestra de Agamenón Atrida y le dijo estas aladas palabras: 139 «¡Atrida! Aquiles, al contemplar la matanza y la derrota de los aqueos, debe de sentir que en el pecho se le regocija el corazón pernicioso, porque está falto de juicio. ¡Así pereciera y una deidad le cubriese de ignominia! Pero los bienaventurados dioses no se hallan irritados contigo, y los caudillos y príncipes de los teucros serán puestos en fuga y levantarán nubes de polvo en la llanura espaciosa; tú mismo los verás huir desde las tiendas y naves á la ciudad.» 147 Cuando así hubo hablado, dió un gran alarido y empezó á correr por la llanura. Cual es la gritería de nueve ó diez mil guerreros al trabarse la marcial contienda, tan pujante fué la voz que el soberano Neptuno, que bate la tierra, hizo salir de su pecho. Y el dios infundió valor en el corazón de todos los aqueos para que lucharan y combatieran sin descanso. 153 Juno, la de áureo trono, mirando desde la cima del Olimpo, conoció á su hermano y cuñado, y regocijóse en el alma; pero vió á Júpiter sentado en la más alta cumbre del Ida, abundante en manantiales, y se le hizo odioso en su corazón. Entonces Juno veneranda, la de los grandes ojos, pensaba cómo podría engañar á Júpiter, que lleva la égida. Al fin parecióle que la mejor resolución sería ataviarse bien y encaminarse al Ida, por si Jove, abrasándose en amor, quería dormir á su lado y ella lograba derramar sobre los párpados y el prudente espíritu del dios dulce y placentero sueño. Sin perder un instante, fuése á la habitación labrada por su hijo Vulcano--la cual tenía una sólida puerta con cerradura oculta que ninguna otra deidad sabía abrir,--entró, y habiendo entornado la puerta, lavóse con ambrosía el cuerpo encantador y lo untó con un aceite craso, divino, suave y tan oloroso que, al moverlo en el palacio de Júpiter, erigido sobre bronce, su fragancia se difundió por el cielo y la tierra. Ungido el hermoso cutis, se compuso el cabello y con sus propias manos formó los rizos lustrosos, bellos, divinales, que colgaban de la cabeza inmortal. Echóse en seguida el manto divino, adornado con muchas bordaduras, que Minerva le hiciera; y sujetólo al pecho con broche de oro. Púsose luego un ceñidor que tenía cien borlones, y colgó de las perforadas orejas unos pendientes de tres piedras preciosas grandes como ojos, espléndidas, de gracioso brillo. Después, la divina entre las diosas se cubrió con un velo hermoso, nuevo, tan blanco como el sol; y calzó sus nítidos pies con bellas sandalias. Y cuando hubo ataviado su cuerpo con todos los adornos, salió de la estancia; y llamando á Venus aparte de los dioses, hablóle en estos términos: 190 «¡Hija querida! ¿Querrás complacerme en lo que te diga, ó te negarás, irritada en tu ánimo, porque yo protejo á los dánaos y tú á los teucros?» 193 Respondióle Venus, hija de Júpiter: «¡Juno, venerable diosa, hija del gran Saturno! Di qué quieres; mi corazón me impulsa á realizarlo, si puedo y es hacedero.» 197 Contestóle dolosamente la venerable Juno: «Dame el amor y el deseo con los cuales rindes á todos los inmortales y á los mortales hombres. Voy á los confines de la fértil tierra para ver á Océano, padre de los dioses, y á la madre Tetis, los cuales me recibieron de manos de Rea y me criaron y educaron en su palacio, cuando el longividente Júpiter puso á Saturno debajo de la tierra y del mar estéril. Iré á visitarlos para dar fin á sus rencillas. Tiempo ha que se privan del amor y del tálamo, porque la cólera anidó en sus corazones. Si apaciguara con mis palabras su ánimo y lograra que reanudasen el amoroso consorcio, me llamarían siempre querida y venerable.» 211 Respondió de nuevo la risueña Venus: «No es posible ni sería conveniente negarte lo que pides, pues duermes en los brazos del poderosísimo Júpiter.» 214 Dijo; y desató del pecho el cinto bordado, de variada labor, que encerraba todos los encantos: hallábanse allí el amor, el deseo, las amorosas pláticas y el lenguaje seductor que hace perder el juicio á los más prudentes. Púsolo en las manos de Juno, y pronunció estas palabras: 219 «Toma y esconde en tu seno el bordado ceñidor donde todo se halla. Yo te aseguro que no volverás sin haber logrado lo que te propongas.» 222 Así habló. Sonrióse Juno veneranda, la de los grandes ojos; y sonriente aún, escondió el ceñidor en el seno. Venus, hija de Júpiter, volvió á su morada. Juno dejó en raudo vuelo la cima del Olimpo, y pasando por la Pieria y la deleitosa Ematia, salvó las altas y nevadas cumbres de las montañas donde viven los jinetes tracios, sin que sus pies tocaran la tierra; descendió por el Atos al fluctuoso ponto y llegó á Lemnos, ciudad del divino Toante. Allí se encontró con el Sueño, hermano de la Muerte; y asiéndole de la diestra, le dijo estas palabras: 233 «¡Oh Sueño, rey de todos los dioses y de todos los hombres! Si en otra ocasión escuchaste mi voz, obedéceme también ahora, y mi gratitud será perenne. Adormece los brillantes ojos de Júpiter debajo de sus párpados, tan pronto como, vencido por el amor, se acueste conmigo. Te daré como premio un trono hermoso, incorruptible, de oro; y mi hijo Vulcano, el cojo de ambos pies, te hará un escabel que te sirva para apoyar las nítidas plantas, cuando asistas á los festines.» [Ilustración: SONRIÓSE JUNO VENERANDA, LA DE LOS GRANDES OJOS, Y SONRIENTE AÚN ESCONDIÓ EL CEÑIDOR EN SU SENO (-Canto XIV, versos 222 y 223.-)] 242 Respondióle el dulce Sueño: «¡Juno, venerable diosa, hija del gran Saturno! Fácilmente adormecería á cualquier otro de los sempiternos dioses y aun á las corrientes del río Océano, que es el padre de todos ellos, pero no me acercaré ni adormeceré á Júpiter Saturnio, si él no lo manda. Me hizo cuerdo tu mandato el día en que el animoso hijo de Jove se embarcó en Ilión, después de destruir la ciudad troyana. Entonces sumí en grato sopor la mente de Júpiter, que lleva la égida, difundiéndome suave en torno suyo; y tú, que te proponías causar daño á Hércules, conseguiste que los vientos impetuosos soplaran sobre el ponto y lo llevaran á la populosa Cos, lejos de sus amigos. Júpiter despertó y encendióse en ira: maltrataba á los dioses en el palacio, me buscaba á mí, y me hubiera hecho desaparecer, arrojándome del éter al ponto, si la Noche, que rinde á los dioses y á los hombres, no me hubiese salvado; lleguéme á ella, y aquél se contuvo, aunque irritado, porque temió hacer algo que á la rápida noche desagradara. Y ahora me mandas realizar otra cosa peligrosísima.» 263 Respondióle Juno veneranda, la de los grandes ojos: «¡Sueño! ¿Por qué en la mente revuelves tales cosas? ¿Crees que el longividente Júpiter favorecerá tanto á los teucros, como en la época en que se irritó protegía á su hijo Hércules? Ea, ve y prometo darte, para que te cases con ella y lleve el nombre de esposa tuya, la más joven de las Gracias, Pasitea, cuya posesión constantemente anhelas.» 270 Así habló. Alegróse el Sueño, y respondió diciendo: «Jura por el agua sagrada de la Estigia, tocando con una mano la fértil tierra y con la otra el brillante mar, para que sean testigos los dioses subtartáreos que están con Saturno, que me darás la más joven de las Gracias, Pasitea, cuya posesión constantemente anhelo.» 277 Así dijo. No desobedeció Juno, la diosa de los níveos brazos, y juró, como se le pedía, nombrando á todos los dioses subtartáreos, llamados Titanes. Prestado el juramento, partieron ocultos en una nube, dejaron atrás á Lemnos y la ciudad de Imbros, y siguiendo con rapidez el camino llegaron á Lecto, en el Ida, abundante en manantiales y criador de fieras; allí pasaron del mar á tierra firme, y anduvieron haciendo estremecer bajo sus pies la cima de los árboles de la selva. Detúvose el Sueño, antes que los ojos de Júpiter pudieran verle, y encaramándose en un abeto altísimo que naciera en el Ida y por el aire llegaba al éter, se ocultó entre las ramas como la montaraz ave canora llamada por los dioses -calcis- y por los hombres -cymindis-. 292 Juno subió ligera al Gárgaro, la cumbre más alta del Ida; Júpiter, que amontona las nubes, la vió venir; y apenas la distinguió, enseñoreóse de su prudente espíritu el mismo deseo que cuando gozaron las primicias del amor, acostándose á escondidas de sus padres. Y así que la tuvo delante, le habló diciendo: 298 «¡Juno! ¿Adónde vas, que tan presurosa vienes del Olimpo, sin los caballos y el carro que podrían conducirte?» 300 Respondióle dolosamente la venerable Juno: «Voy á los confines de la fértil tierra, á ver á Océano, padre de los dioses, y á la madre Tetis, que me recibieron de manos de Rea y me criaron y educaron en su palacio. Iré á visitarlos para dar fin á sus rencillas. Tiempo ha que se privan del amor y del tálamo, porque la cólera anidó en sus corazones. Tengo al pie del Ida los corceles que me llevarán por tierra y por mar, y vengo del Olimpo á participártelo; no fuera que te enfadaras si me encaminase, sin decírtelo, al palacio del Océano, de profunda corriente.» 312 Contestó Júpiter, que amontona las nubes: «¡Juno! Allá se puede ir más tarde. Ea, acostémonos y gocemos del amor. Jamás la pasión por una diosa ó por una mujer se difundió por mi pecho, ni me avasalló como ahora: nunca he amado así, ni á la esposa de Ixión, que parió á Pirítoo, consejero igual á los dioses; ni á Dánae, la de bellos talones, hija de Acrisio, que dió á luz á Perseo, el más ilustre de los hombres; ni á la celebrada hija de Fénix, que fué madre de Minos y de Radamanto, igual á un dios; ni á Semele, ni á Alcmena en Tebas, de la que tuve á Hércules, de ánimo valeroso, y de Semele á Baco, alegría de los mortales; ni á Ceres, la soberana de hermosas trenzas; ni á la gloriosa Latona; ni á ti misma: con tal ansia te amo en este momento y tan dulce es el deseo que de mí se apodera.» 329 Replicóle dolosamente la venerable Juno: «¡Terribilísimo Saturnio! ¡Qué palabras proferiste! ¡Quieres acostarte y gozar del amor en las cumbres del Ida, donde todo es patente! ¿Qué ocurriría si alguno de los sempiternos dioses nos viese dormidos y lo manifestara á todas las deidades? Yo no volvería á tu palacio al levantarme del lecho; vergonzoso fuera. Mas, si lo deseas y á tu corazón es grato, tienes la cámara que tu hijo Vulcano labró, cerrando la puerta con sólidas tablas que encajan en el marco. Vamos á acostarnos allí, ya que folgar te place.» 341 Respondióle Júpiter, que amontona las nubes: «¡Juno! No temas que nos vea ningún dios ni hombre: te cubriré con una nube dorada que ni el Sol, con su luz, que es la más penetrante de todas, podría atravesar para mirarnos.» 346 Dijo el Saturnio, y estrechó en sus brazos á la esposa. La tierra produjo verde hierba, loto fresco, azafrán y jacinto espeso y tierno para levantarlos del suelo. Acostáronse allí y cubriéronse con una hermosa nube dorada, de la cual caían lucientes gotas de rocío. 352 Tan tranquilamente dormía el padre sobre el alto Gárgaro, vencido por el sueño y el amor y abrazado con su esposa. El dulce Sueño corrió hacia las naves aqueas para llevar la noticia á Neptuno, que ciñe la tierra; y deteniéndose cerca de él, pronunció estas aladas palabras: 357 «¡Oh Neptuno! Socorre pronto á los dánaos y dales gloria, aunque sea breve, mientras duerme Júpiter; á quien he sumido en dulce letargo, después que Juno, engañándole, logró que se acostara para gozar del amor.» 361 Dicho esto, fuése hacia las ínclitas tribus de los hombres. Y Neptuno, más incitado que antes á socorrer á los dánaos, saltó en seguida á las primeras filas y les exhortó diciendo: 364 «¡Argivos! ¿Cederemos nuevamente la victoria á Héctor Priámida, para que se apodere de los bajeles y alcance gloria? Así se lo figura él y de ello se jacta, porque Aquiles permanece en las cóncavas naves con el corazón irritado. Pero Aquiles no hará gran falta, si los demás procuramos auxiliarnos mutuamente. Ea, obremos todos como voy á decir. Embrazad los escudos mayores y más fuertes que haya en el ejército, cubríos la cabeza con el refulgente casco, coged las picas más largas, y pongámonos en marcha: yo iré delante, y no creo que Héctor Priámida, por enardecido que esté, se atreva á esperarnos. Y el varón, que siendo bravo, tenga un escudo pequeño para proteger sus hombros, déselo al menos valiente y tome otro mejor.» 378 En tales términos habló, y ellos le escucharon y obedecieron. Los mismos reyes--el Tidida, Ulises y Agamenón Atrida,--sin embargo de estar heridos, formaban el escuadrón; y recorriendo las hileras, hacían el cambio de las marciales armas. El esforzado tomaba las más fuertes y daba las peores al que le era inferior. Tan pronto como hubieron vestido el luciente bronce, se pusieron en marcha: precedíales Neptuno, que sacude la tierra, llevando en la robusta mano una espada terrible, larga y puntiaguda, que parecía un relámpago; y á nadie le era posible luchar con el dios en el funesto combate, porque el temor se lo impedía á todos. 388 Por su parte, el esclarecido Héctor puso en orden á los teucros. Y Neptuno, el de cerúlea cabellera, y el preclaro Héctor, auxiliando éste á los teucros y aquél á los argivos, extendieron el campo de la terrible pelea. El mar, agitado, llegó hasta las tiendas y naves de los argivos, y los combatientes se embistieron con gran alboroto. No braman tanto las olas del mar cuando, levantadas por el soplo terrible del Bóreas, se rompen en la tierra; ni hace tanto estrépito el ardiente fuego en la espesura del monte, al quemarse una selva; ni suena tanto el viento en las altas copas de las encinas, si arreciando muge; cuanta fué la grita de teucros y aqueos en el momento en que, vociferando de un modo espantoso, vinieron á las manos. 402 El preclaro Héctor arrojó el primero la lanza á Ayax, que contra él arremetía, y no le erró; pero acertó á dar en el sitio en que se cruzaban la correa del escudo y el tahalí de la espada, guarnecida con argénteos clavos, y ambos protegieron el delicado cuerpo. Irritóse Héctor porque la lanza había sido arrojada inútilmente por su mano, y retrocedió hacia el grupo de sus amigos para evitar la muerte. El gran Ayax Telamonio, al ver que Héctor se retiraba, cogió una de las muchas piedras que servían para calzar las naves y rodaban entonces entre los pies de los combatientes, y con ella le hirió en el pecho, por cima del escudo, junto á la garganta; la piedra, lanzada con ímpetu, giraba como un torbellino. Como viene á tierra la encina arrancada de raíz por el rayo de Júpiter, despidiendo un fuerte olor de azufre, y el que se halla cerca desfallece, pues el rayo del gran Jove es formidable; de igual manera, el robusto Héctor dió consigo en el suelo y cayó en el polvo: la pica se le fué de la mano, quedaron encima de él escudo y casco, y la armadura de labrado bronce resonó en torno del cuerpo. Los aquivos corrieron hacia Héctor, dando recias voces, con la esperanza de arrastrarlo á su campo; mas, aunque arrojaron muchas lanzas, no consiguieron herir al pastor de hombres, ni de cerca, ni de lejos, porque fué rodeado por los más valientes teucros--Polidamante, Eneas, el divino Agenor, Sarpedón, caudillo de los licios, y el eximio Glauco,--y los otros tampoco le abandonaron, pues se pusieron delante con sus rodelas. Los amigos de Héctor levantáronle en brazos, condujéronle adonde tenía los ágiles corceles con el labrado carro y el auriga, y se lo llevaron hacia la ciudad, mientras daba profundos suspiros. 433 Mas, al llegar al vado del voraginoso Janto, río de hermosa corriente que el inmortal Júpiter engendró, bajaron á Héctor del carro y le rociaron el rostro con agua: el héroe cobró los perdidos espíritus, miró á lo alto, y poniéndose de rodillas, tuvo un vómito de negra sangre; luego cayó de espaldas, y la noche obscura cubrió sus ojos, porque aún tenía débil el ánimo á consecuencia del golpe recibido. 440 Los argivos, cuando vieron que Héctor se ausentaba, arremetieron con más ímpetu á los teucros, y sólo pensaron en combatir. Entonces el veloz Ayax de Oileo fué el primero que, acometiendo con la puntiaguda lanza, hirió á Satnio Enópida, á quien una náyade había tenido de Énope, mientras éste apacentaba rebaños á orillas del Sátniois: Ayax de Oileo, famoso por su lanza, llegóse á él, le hirió en el ijar y le tumbó de espaldas; y en torno del cadáver, teucros y dánaos trabaron un duro combate. Fué á vengarle Polidamante, hábil en blandir la lanza; é hirió en el hombro derecho á Protoenor, hijo de Areilico: la impetuosa lanza atravesó el hombro, y el guerrero, cayendo en el polvo, cogió el suelo con sus manos. Y Polidamante exclamó con gran jactancia y á voz en grito: 454 «No creo que el brazo robusto del valeroso hijo de Pántoo haya despedido la lanza en vano; algún argivo la recibió en su cuerpo, y me figuro que le servirá de báculo para apoyarse en ella y descender á la morada de Plutón.» 458 Así habló. Sus jactanciosas palabras apesadumbraron á los argivos y conmovieron el corazón del aguerrido Ayax Telamonio, á cuyo lado cayó Protoenor. En el acto arrojó Ayax una reluciente lanza á Polidamante, que ya se retiraba; éste dió un salto oblicuo y evitóla, librándose de la negra muerte; pero en cambio la recibió Arquéloco, hijo de Antenor, á quien los dioses habían destinado á morir: la lanza se clavó en la unión de la cabeza con el cuello, en la primera vértebra, y cortó ambos ligamentos; cayó el guerrero, y cabeza, boca y narices llegaron al suelo antes que las piernas y las rodillas. Y Ayax, vociferando, al eximio Polidamante le decía: 470 «Reflexiona, oh Polidamante, y dime sinceramente: ¿La muerte de ese hombre no compensa la de Protoenor? No parece vil, ni de viles nacido, sino hermano ó hijo de Antenor, domador de caballos, pues tiene el mismo aire de familia.» 475 Así dijo, porque le conocía bien; y á los teucros se les llenó el corazón de pesar. Entonces Acamante, que se hallaba junto al cadáver de su hermano para protegerlo, envasó la lanza á Prómaco, el beocio, cuando éste cogía por los pies al muerto é intentaba llevárselo. Y en seguida jactóse grandemente, dando recias voces: 479 «¡Argivos que sólo con el arco sabéis combatir y nunca os cansáis de proferir amenazas! El trabajo y los pesares no han de ser solamente para nosotros, y algún día recibiréis la muerte de este mismo modo. Mirad á Prómaco, que yace en el suelo, vencido por mi pica, para que la venganza por la muerte de un hermano no sufra dilación. Por esto el hombre que es víctima de alguna desgracia, anhela dejar un hermano que pueda vengarle.» 486 Así se expresó. Sus jactanciosas frases apesadumbraron á los argivos y conmovieron el corazón del aguerrido Penéleo, que arremetió contra Acamante; pero éste no aguardó la acometida. Penéleo hirió á Ilioneo, hijo único que á Forbante--hombre rico en ovejas y amado sobre todos los teucros por Mercurio, que le dió muchos bienes--su esposa le pariera: la lanza, penetrando por debajo de una ceja, le arrancó la pupila, le atravesó el ojo y salió por la nuca, y el guerrero vino al suelo con los brazos abiertos. Penéleo, desnudando la aguda espada, le cercenó la cabeza, que cayó á tierra con el casco; y como la fornida lanza seguía clavada en el ojo, cogióla, levantó la cabeza cual si fuese una flor de adormidera, la mostró á los teucros, y blasonando del triunfo, dijo: 501 «¡Teucros! Decid en mi nombre á los padres del ilustre Ilioneo que le lloren en su palacio; ya que tampoco la esposa de Prómaco Alegenórida recibirá con alegre rostro á su marido cuando, embarcándonos en Troya, volvamos á nuestra patria.» 506 Así habló. Á todos les temblaban las carnes de miedo, y cada cual buscaba adonde huir para librarse de una muerte espantosa. 508 Decidme ahora, Musas que poseéis olímpicos palacios, cuál fué el primer aquivo que alzó del suelo cruentos despojos, cuando el ilustre Neptuno, que bate la tierra, inclinó el combate en favor de los aqueos. 511 Ayax Telamonio, el primero, hirió á Hirtio Girtíada; Antíloco hizo perecer á Falces y á Mérmero, despojándolos luego de las armas; Meriones mató á Moris é Hipotión; Teucro quitó la vida á Protoón y Perifetes; y el Atrida hirió en el ijar á Hiperenor, pastor de hombres: el bronce atravesó los intestinos, el alma salió presurosa por la herida, y la obscuridad cubrió los ojos del guerrero. Y el veloz Ayax, hijo de Oileo, mató á muchos; porque nadie le igualaba en perseguir á los guerreros aterrorizados, cuando Júpiter los ponía en fuga. [Ilustración: Ayax rechaza á los teucros que van á incendiar las naves de los griegos] CANTO XV LOS AQUEOS REVUELVEN, DESDE LAS NAVES, SOBRE LOS TEUCROS Y LOS PONEN EN FUGA 1 Cuando los teucros hubieron atravesado en su huída el foso y la estacada, muriendo muchos á manos de los dánaos, llegaron al sitio donde tenían los corceles é hicieron alto, amedrentados y pálidos de miedo. En aquel instante despertó Jove en la cumbre del Ida, al lado de Juno, la de áureo trono. Levantóse y vió á los teucros perseguidos por los aqueos, que los ponían en desorden; y entre éstos, al soberano Neptuno. Vió también á Héctor tendido en la llanura y rodeado de amigos, jadeante, privado de conocimiento, vomitando sangre; que no fué el más débil de los aqueos quien le causó la herida. El padre de los hombres y de los dioses, compadeciéndose de él, miró con torva y terrible faz á Juno, y así le dijo: 14 «Tu engaño, Juno maléfica é incorregible, ha hecho que Héctor dejara de combatir y que sus tropas se dieran á la fuga. No sé si castigarte con azotes, para que seas la primera en gozar de tu funesta astucia. ¿Por ventura no te acuerdas de cuando estuviste colgada en lo alto y puse en tus pies sendos yunques, y en tus manos áureas é irrompibles esposas? Te hallabas suspendida en medio del éter y de las nubes, los dioses del vasto Olimpo te rodeaban indignados, pero no podían desatarte--si entonces llego á coger á alguno, le arrojo de estos umbrales y llega á la tierra casi sin vida--y yo no lograba echar del corazón el continuo pesar que sentía por el divino Hércules, á quien tú, produciendo una tempestad con el auxilio del Bóreas, arrojaste con perversa intención al mar estéril y llevaste luego á la populosa Cos; allí le libré de los peligros y le conduje nuevamente á la Argólide, criadora de caballos, después que hubo padecido muchas fatigas. Te lo recuerdo para que pongas fin á tus engaños y sepas si te será provechoso haber venido de la mansión de los dioses á burlarme con los goces del amor.» 34 Así se expresó. Estremecióse Juno veneranda, la de los grandes ojos, y pronunció estas aladas palabras: 36 «Sean testigos la Tierra y el anchuroso Cielo y el agua de la Estigia, de subterránea corriente--que es el juramento mayor y más terrible para los bienaventurados dioses,--y tu cabeza sagrada y nuestro tálamo nupcial, por el que nunca juraría en vano: No es por mi consejo que Neptuno, el que sacude la tierra, daña á los teucros y á Héctor y auxilia á los otros; su mismo ánimo debe de impelerle y animarle, ó quizás se compadece de los aqueos al ver que son derrotados junto á las naves. Mas yo aconsejaría á Neptuno que fuera por donde tú, el de las sombrías nubes, le mandaras.» 47 Así dijo. Sonrióse el padre de los hombres y de los dioses, y respondió con estas aladas palabras: 49 «Si tú, Juno veneranda, la de los grandes ojos, cuando te sientas entre los inmortales estuvieras de acuerdo conmigo; Neptuno, aunque otra cosa deseara, acomodaría muy pronto su modo de pensar al nuestro. Pero si en este momento hablas franca y sinceramente, ve á la mansión de los dioses y manda venir á Iris y á Apolo, famoso por su arco; para que aquélla, encaminándose al ejército de los aqueos, de lorigas de bronce, diga al soberano Neptuno que cese de combatir y vuelva á su palacio; y Febo Apolo incite á Héctor á la pelea, le infunda valor y le haga olvidar los dolores que le oprimen el corazón, á fin de que rechace nuevamente á los aquivos, los cuales llegarán en cobarde fuga á las naves, de muchos bancos, del Pelida Aquiles. Éste enviará á la lid á su compañero Patroclo, que morirá, herido por la lanza del preclaro Héctor, cerca de Ilión, después de quitar la vida á muchos jóvenes, y entre ellos al ilustre Sarpedón, mi hijo. Irritado por la muerte de Patroclo, el divino Aquiles matará á Héctor. Desde aquel instante haré que los teucros sean perseguidos continuamente desde las naves, hasta que los aqueos tomen la excelsa Ilión. Y no cesará mi enojo, ni dejaré que ningún inmortal socorra á los dánaos, mientras no se cumpla el voto del Pelida, como lo prometí, asintiendo con la cabeza, el día en que Tetis abrazó mis rodillas y me suplicó que honrase á Aquiles, asolador de ciudades.» 78 De tal suerte habló. Juno, la diosa de los níveos brazos, no fué desobediente, y pasó de los montes ideos al vasto Olimpo. Como corre veloz el pensamiento del hombre que habiendo viajado por muchas tierras, las recuerda en su reflexivo espíritu, y dice estuve aquí ó allí y revuelve en la mente muchas cosas, tan rápida y presurosa volaba la venerable Juno, y pronto llegó al excelso Olimpo. Los dioses inmortales, que se hallaban reunidos en el palacio de Júpiter, levantáronse al verla y le ofrecieron copas de néctar. Y Juno aceptó la que le presentaba Temis, la de hermosas mejillas, que fué la primera que corrió á su encuentro, y le dijo estas aladas palabras: 90 «¡Juno! ¿Por qué vienes con esa cara de espanto? Sin duda te atemorizó tu esposo, el hijo de Saturno.» 92 Respondióle Juno, la diosa de los níveos brazos: «No me lo preguntes, diosa Temis; tú misma sabes cuán soberbio y despiadado es el ánimo de Jove. Preside tú en el palacio el festín de los dioses, y oirás con los demás inmortales qué desgracias anuncia Júpiter; figúrome que nadie, sea hombre ó dios, se regocijará en el alma por más alegre que esté en el banquete.» 100 Dichas estas palabras, sentóse la venerable Juno. Afligiéronse los dioses en la morada de Júpiter. Aquélla, aunque con la sonrisa en los labios, no mostraba alegría en la frente, sobre las negras cejas. É indignada, exclamó: 104 «¡Cuán necios somos los que tontamente nos irritamos contra Júpiter! Queremos acercarnos á él y contenerle con palabras ó por medio de la violencia; y él, sentado aparte, ni nos hace caso, ni se preocupa, porque dice que en fuerza y poder es muy superior á todos los dioses inmortales. Por tanto, sufrid los infortunios que respectivamente os envíe. Creo que al impetuoso Marte le ha ocurrido ya una desgracia; pues murió en la pelea Ascálafo, á quien amaba sobre todos los hombres y reconocía por su hijo.» 113 Así habló. Marte bajó los brazos, golpeóse los muslos, y suspirando dijo: 115 «No os irritéis conmigo, vosotros los que habitáis olímpicos palacios, si voy á las naves aqueas para vengar la muerte de mi hijo; iría aunque el destino hubiese dispuesto que me cayera encima el rayo de Júpiter, dejándome tendido con los muertos, entre sangre y polvo.» 119 Dijo, y mandó al Terror y á la Fuga que uncieran los caballos, mientras vestía las refulgentes armas. Mayor y más terrible hubiera sido entonces el enojo y la ira de Jove contra los inmortales; pero Minerva, temiendo por todos los dioses, se levantó del trono, salió por el vestíbulo, y quitándole á Marte de la cabeza el casco, de la espalda el escudo y de la robusta mano la pica de bronce, que apoyó contra la pared, dirigió al impetuoso dios estas palabras: 128 «¡Loco, insensato! ¿Quieres perecer? En vano tienes oídos para oir, ó has perdido la razón y la vergüenza. ¿No oyes lo que dice Juno, la diosa de los níveos brazos, que acaba de ver á Júpiter olímpico? ¿Ó deseas, acaso, tener que regresar al Olimpo á viva fuerza, triste y habiendo padecido muchos males, y causar gran daño á los otros dioses? Porque Jove dejará en seguida á los altivos teucros y á los aqueos, vendrá al Olimpo á promover tumulto entre nosotros, y castigará, así al culpable como al inocente. Por esta razón te exhorto á templar tu enojo por la muerte del hijo. Algún otro superior á él en valor y fuerza ha muerto ó morirá, porque es difícil conservar todas las familias de los hombres y salvar á todos los individuos.» 142 Dicho esto, condujo á su asiento al furibundo Marte. Juno llamó afuera del palacio á Apolo y á Iris, la mensajera de los inmortales dioses, y les dijo estas aladas palabras: 146 «Júpiter os manda que vayáis al Ida lo antes posible; y cuando hubiereis llegado á su presencia, haced lo que os encargue y ordene.» 149 La venerable Juno, apenas acabó de hablar, volvió al palacio y se sentó en su trono. Ellos bajaron en raudo vuelo al Ida, abundante en manantiales y criador de fieras, y hallaron al longividente Saturnio sentado en la cima del Gárgaro, debajo de olorosa nube. Al llegar á la presencia de Júpiter, que amontona las nubes, se detuvieron; y Jove, al verlos, no se irritó, porque habían obedecido con presteza las órdenes de Juno. Y hablando primero con Iris, profirió estas aladas palabras: 158 «¡Anda, ve, rápida Iris! Anuncia esto al soberano Neptuno y no seas mensajera falaz: Mándale que, cesando de pelear y combatir, se vaya á la mansión de los dioses ó al mar divino. Y si no quiere obedecer mis palabras y las desprecia, reflexione en su mente y en su corazón si, aunque sea poderoso, se atreverá á esperarme cuando me dirija contra él; pues le aventajo mucho en fuerza y edad, por más que en su ánimo se crea igual á mí, á quien todos temen.» 168 De este modo habló. La veloz Iris, de pies veloces como el viento, no desobedeció; y bajó de los montes ideos á la sagrada Ilión. Como cae de las nubes la nieve ó el helado granizo, á impulso del Bóreas, nacido en el éter; tan rápida y presurosa volaba la ligera Iris; y deteniéndose cerca del ínclito Neptuno, así le dijo: 174 «Vengo, oh Neptuno, el de cerúlea cabellera, á traerte un mensaje de parte de Júpiter, que lleva la égida. Te manda que, cesando de pelear y combatir, te vayas á la mansión de los dioses ó al mar divino. Y si no quieres obedecer sus palabras y las desprecias, te amenaza con venir á luchar contigo y te aconseja que evites sus manos; porque dice que te supera mucho en fuerza y edad, por más que en tu ánimo te creas igual á él, á quien todos temen.» 184 Respondióle muy indignado el ínclito Neptuno, que bate la tierra: «¡Oh dioses! Con soberbia habla, aunque sea valiente, si dice que me sujetará por fuerza y contra mi querer; á mí, que disfruto de sus mismos honores. Tres somos los hermanos nacidos de Rea y de Saturno: Júpiter, yo y el tercero Plutón, que reina en los infiernos. El universo se dividió en tres partes para que cada cual imperase en la suya. Yo obtuve por suerte habitar siempre en el espumoso y agitado mar, tocáronle á Plutón las tinieblas sombrías, correspondió á Jove el anchuroso cielo en medio del éter y las nubes; pero la tierra y el alto Olimpo son de todos. Por tanto, no obraré según lo decida Júpiter; y éste, aunque sea poderoso, permanezca tranquilo en la tercia parte que le pertenece. No pretenda asustarme con sus manos como si tratase con un cobarde. Mejor fuera que con esas vehementes palabras riñese á los hijos é hijas que engendró, pues estos tendrían que obedecer necesariamente lo que les ordenare.» 200 Replicó la veloz Iris, de pies veloces como el viento: «¿He de llevar á Jove, oh Neptuno, el de cerúlea cabellera, una respuesta tan dura y fuerte? ¿No querrías modificarla? La mente de los sensatos es flexible. Ya sabes que las Furias se declaran siempre por los de más edad.» [Ilustración: MINERVA QUITÓLE Á MARTE EL CASCO, EL ESCUDO Y LA PICA DE BRONCE, Y DIRIGIÓ AL IMPETUOSO DIOS ESTAS PALABRAS... (-Canto XV, versos 125 á 128.-)] 205 Contestó Neptuno, que sacude la tierra: «¡Diosa Iris! Muy oportuno es cuanto acabas de decir. Bueno es que el mensajero comprenda lo que es conveniente. Pero el pesar me llega al corazón y al alma, cuando aquél quiere increpar con iracundas voces á quien el hado hiciera su igual en suerte y destino. Ahora cederé, aunque estoy irritado. Mas te diré otra cosa y haré una amenaza: Si á despecho de mí, de Minerva, que impera en las batallas, de Juno, de Mercurio y del rey Vulcano, conservare la excelsa Ilión é impidiere que, destruyéndola, alcancen los argivos una gran victoria, sepa que nuestra ira será implacable.» 218 Cuando esto hubo dicho, el dios que bate la tierra desamparó á los aqueos y se sumergió en el mar; pronto los héroes aquivos le echaron de menos. Entonces Júpiter, que amontona las nubes, dijo á Apolo: 221 «Ve ahora, querido Febo, á encontrar á Héctor, el de broncíneo casco. Ya Neptuno, que ciñe y bate la tierra, se fué al mar divino, para librarse de mi terrible cólera; pues hasta los dioses que están en torno de Saturno, debajo de la tierra, hubieran oído el estrépito de nuestro combate. Mucho mejor es para mí y para él que, temeroso, haya cedido á mi fuerza, porque no sin sudor se hubiera efectuado la lucha. Ahora, toma en tus manos la égida floqueada, agítala, y espanta á los héroes aquivos; y luego, cuídate, oh Flechador, del esclarecido Héctor é infúndele gran vigor, hasta que los aqueos lleguen, huyendo, á las naves y al Helesponto. Entonces pensaré lo que fuere conveniente hacer ó decir para que los aqueos respiren de sus cuitas.» 236 Tal dijo, y Apolo no desobedeció á su padre. Descendió de los montes ideos, semejante al gavilán que mata á las palomas y es la más veloz de las aves, y halló al divino Héctor, hijo del belicoso Príamo, ya no postrado en el suelo, sino sentado: iba cobrando ánimo y aliento, y reconocía á los amigos que le circundaban, porque la anhelación y el sudor habían cesado desde que Júpiter decidiera animar al héroe. El flechador Apolo se detuvo á su vera, y le dijo: 244 «¡Héctor, hijo de Príamo! ¿Por qué te encuentro sentado, lejos de los demás y desfallecido? ¿Te abruma algún pesar?» 246 Con lánguida voz respondióle Héctor, de tremolante casco: «¿Quién eres tú, oh el mejor de los dioses, que vienes á mi presencia y me interrogas? ¿No sabes que Ayax, valiente en la pelea, me hirió en el pecho con una piedra, mientras yo mataba á sus compañeros junto á las naves de los aqueos, é hizo desfallecer mi impetuoso valor? Figurábame que vería hoy mismo á los muertos y la morada de Plutón, porque ya iba á exhalar el alma.» 253 Contestó el soberano flechador Apolo: «Cobra ánimo. El Saturnio te manda desde el Ida como defensor, para asistirte y ayudarte, á Febo Apolo, el de la áurea espada; á mí, que ya antes protegía tu persona y tu excelsa ciudad. Ea, ordena á tus muchos caudillos que guíen los veloces caballos hacia las cóncavas naves; y yo, marchando á su frente, allanaré el camino á los corceles y pondré en fuga á los héroes aquivos.» 262 Dijo, é infundió un gran vigor al pastor de hombres. Como el corcel avezado á bañarse en la cristalina corriente de un río, cuando se ve atado en el establo come la cebada del pesebre, y rompiendo el ronzal sale trotando por la llanura, yergue orgulloso la cerviz, ondean las crines sobre su cuello y ufano de su lozanía mueve ligero las rodillas encaminándose al sitio donde los caballos pacen; tan ligeramente movía Héctor pies y rodillas, exhortando á los capitanes, después que oyó la voz de Apolo. Así como, cuando perros y pastores persiguen á un cornígero ciervo ó á una cabra montés que se refugia en escarpada roca ó umbría selva, porque no estaba decidido por el hado que el animal fuese cogido; si atraído por la gritería, se presenta un melenudo león, á todos los pone en fuga á pesar de su empeño; así también los dánaos avanzaban en tropel, hiriendo á sus enemigos con espadas y lanzas de doble filo; mas al notar que Héctor recorría las hileras de los suyos, turbáronse y se les cayó el alma á los pies. 281 Entonces Toante, hijo de Andremón y el más señalado de los etolos--era diestro en arrojar el dardo, valiente en el combate á pie firme y pocos aqueos vencíanle en las juntas cuando los jóvenes contendían sobre la elocuencia,--benévolo les arengó diciendo: 286 «¡Oh dioses! Grande es el prodigio que á mi vista se ofrece. ¡Cómo Héctor, librándose de la muerte, se ha vuelto á levantar! Gran esperanza teníamos de que hubiese sido muerto por Ayax Telamonio; pero algún dios protegió y salvó nuevamente á Héctor, que ha quebrado las rodillas de muchos dánaos, como ahora lo hará también, pues no sin la voluntad de Júpiter tonante aparece tan resuelto al frente de sus tropas. Ea, obremos todos como voy á decir. Ordenemos á la muchedumbre que vuelva á las naves, y cuantos nos gloriamos de ser los más valientes, permanezcamos aquí y rechacémosle, yendo á su encuentro con las picas levantadas. Creo que por embravecido que tenga el corazón, temerá penetrar por entre los dánaos.» 300 Así habló, y ellos le escucharon y obedecieron. Ayax, el rey Idomeneo, Teucro, Meriones y Meges, igual á Marte, llamando á los más valientes, los dispusieron para la batalla contra Héctor y los troyanos; y la turba se retiró á las naves aqueas. 306 Los teucros acometieron apiñados, siguiendo á Héctor, que marchaba con arrogante paso. Delante del héroe iba Febo Apolo, cubierto por una nube, con la égida impetuosa, terrible, hirsuta, magnífica, que Vulcano, el broncista, diera á Júpiter para que llevándola amedrentara , , . 1 , , ; 2 , : 3 4 « ¡ , , 5 ! 6 , , 7 8 , . 9 , , 10 ; 11 , , 12 ; , 13 . ¡ ! 14 , . 15 ¿ , , 16 , 17 ? : , , 18 , 19 ; . » 20 21 , 22 ; , 23 . 24 25 , , 26 27 : , 28 29 , ; 30 . , , 31 , 32 . , 33 , 34 ; 35 . , 36 , , , 37 ; , 38 . 39 40 , , 41 , . 42 , , 43 , , 44 . 45 46 ; , 47 48 , . , , 49 : 50 , . 51 52 , . , 53 , , 54 . 55 . ¡ , 56 , 57 ! 58 59 . , , 60 ; 61 , 62 . 63 64 , , , , 65 , 66 , ; 67 . 68 , 69 , , . 70 , . 71 : 72 , , 73 , , 74 ; . 75 76 . 77 78 : 79 80 , , 81 82 ; , , 83 . , 84 85 . , 86 : 87 , , 88 ; , 89 , 90 . ; , 91 , ; , 92 . 93 94 95 , 96 : 97 98 « ¡ ! . 99 , ¿ 100 ? 101 . 102 , , 103 ; 104 , 105 . 106 . ; 107 , 108 , , , 109 . 110 , , 111 , 112 . , 113 , 114 . » 115 116 , , 117 , , 118 : 119 120 « ¡ ! , 121 122 . » 123 124 ; , 125 . 126 , 127 . 128 , , , 129 , ; 130 : , , 131 ; , , , , 132 . , 133 , , , 134 , 135 ; , : 136 137 « ¡ , , , ! 138 ¿ , , , 139 ? 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