perfectas, para que los defendiera á ellos con las veleras naves y
el mucho botín que dentro se guardaba. Levantado el muro contra la
voluntad de los inmortales dioses, no debía subsistir largo tiempo.
Mientras vivió Héctor, estuvo Aquiles irritado y la ciudad del rey
Príamo no fué expugnada, la gran muralla de los aqueos se mantuvo
firme. Pero cuando hubieron muerto los más valientes teucros, de los
argivos, unos perecieron y otros se salvaron, la ciudad de Príamo fué
destruída en el décimo año, y los argivos se embarcaron para regresar á
su patria; Neptuno y Apolo decidieron arruinar el muro con la fuerza de
los ríos que corren de los montes ideos al mar: el Reso, el Heptáporo,
el Careso, el Rodio, el Gránico, el Esepo, el divino Escamandro y el
Símois, en cuya ribera cayeron al polvo muchos cascos, escudos de
boyuno cuero y la generación de los hombres semidioses.--Febo Apolo
desvió el curso de los ríos y dirigió sus corrientes á la muralla por
espacio de nueve días, y Júpiter no cesó de llover para que más presto
se sumergiese en el mar. Iba al frente de aquéllos el mismo Neptuno,
que bate la tierra, con el tridente en la mano, y tiró á las olas
los cimientos de troncos y piedras que con tanta fatiga echaron los
aquivos, arrasó la orilla del Helesponto, de rápida corriente, enarenó
la gran playa en que estuvo el destruído muro, y volvió los ríos á los
cauces por donde discurrían sus cristalinas aguas.
34 De tal modo Neptuno y Apolo debían obrar más tarde. Entonces ardía
el clamoroso combate al pie del bien labrado muro, y las vigas de las
torres resonaban al chocar de los dardos. Los argivos, vencidos por el
azote de Júpiter, encerrábanse en el cerco de las cóncavas naves por
miedo á Héctor, cuya valentía les causaba la derrota, y éste seguía
peleando y parecía un torbellino. Como un jabalí ó un león se revuelve,
orgulloso de su fuerza, entre perros y cazadores que agrupados le tiran
muchos venablos--la fiera no siente en su ánimo audaz ni temor ni
espanto, y su propio valor la mata--y va de un lado á otro, probando,
y se apartan aquéllos hacia los que se dirige; de igual modo agitábase
Héctor entre la turba y exhortaba á sus compañeros á pasar el foso. Los
corceles, de pies ligeros, no se atrevían á hacerlo, y parados en el
borde relinchaban, porque el ancho foso les daba horror. No era fácil,
en efecto, salvarlo ni atravesarlo, pues tenía escarpados precipicios á
uno y otro lado, y en su parte alta grandes y puntiagudas estacas, que
los aqueos clavaron espesas para defenderse de los enemigos. Un caballo
tirando de un carro de hermosas ruedas difícilmente hubiera entrado en
el foso, y los peones meditaban si podrían realizarlo. Entonces llegóse
Polidamante al audaz Héctor, y dijo:
61 «¡Héctor y demás caudillos de los troyanos y sus auxiliares!
Dirigimos imprudentemente los caballos al foso, y éste es muy difícil
de pasar, porque está erizado de agudas estacas y á lo largo de él se
levanta el muro de los aqueos. Allí no podríamos apearnos del carro
ni combatir, pues se trata de un sitio estrecho donde temo que pronto
seríamos heridos. Si Júpiter altitonante, meditando males contra los
aqueos, quiere destruirlos completamente para favorecer á los teucros,
deseo que lo realice cuanto antes y que aquéllos perezcan sin gloria
en esta tierra, lejos de Argos. Pero si los aqueos se volviesen, y
viniendo de las naves nos obligaran á repasar el profundo foso, me
figuro que ni un mensajero podría retornar á la ciudad, huyendo de los
aqueos que nuevamente entraran en combate. Ea, obremos todos como voy
á decir. Los escuderos tengan los caballos en la orilla del foso y
nosotros sigamos á Héctor á pie, con armas y en batallón cerrado, pues
los aqueos no resistirán el ataque si sobre ellos pende la ruina.»
80 Así habló Polidamante, y su prudente consejo plugo á Héctor, el
cual, en seguida y sin dejar las armas, saltó del carro á tierra.
Los demás teucros tampoco permanecieron en sus carros; pues así que
vieron que el divino Héctor lo dejaba, apeáronse todos, mandaron á los
aurigas que pusieran los caballos en línea junto al foso, y agrupándose
formaron cinco batallones que, regidos por sus respectivos jefes,
emprendieron la marcha.
88 Iban con Héctor y Polidamante los más y mejores, que anhelaban
romper el muro y pelear cerca de las cóncavas naves; su tercer jefe era
Cebrión, porque Héctor había dejado á otro auriga inferior para cuidar
del carro. De otro batallón eran caudillos Paris, Alcátoo y Agenor.
El tercero lo mandaban Heleno y el deiforme Deífobo, hijos de Príamo,
y el héroe Asio Hirtácida, que había venido de Arisbe, de las orillas
del río Seleente, en un carro tirado por altos y fogosos corceles. El
cuarto lo regía Eneas, valiente hijo de Anquises, y con él Arquéloco y
Acamante, hijos de Antenor, diestros en toda suerte de combates. Por
último, Sarpedón se puso al frente de los ilustres aliados, eligiendo
por compañeros á Glauco y al belígero Asteropeo, á quienes tenía por
los más valientes después de sí mismo, pues él descollaba entre todos.
Tan pronto como hubieron embrazado los fuertes escudos y cerrado las
filas, marcharon animosos contra los dánaos; y esperaban que éstos,
lejos de oponer resistencia, se refugiarían en las negras naves.
108 Todos los troyanos y sus auxiliares venidos de lejas tierras,
siguieron el consejo del eximio Polidamante, menos Asio Hirtácida,
príncipe de hombres, que negándose á dejar el carro y al auriga, se
acercó con ellos á las veleras naves. ¡Insensato! No había de librarse
de la funesta muerte, ni volver, ufano de sus corceles y de su carro,
de las naves á la ventosa Ilión; porque su hado infausto le hizo morir
atravesado por la lanza del ilustre Idomeneo Deucálida. Fuése, pues,
hacia la izquierda de las naves, al sitio por donde los aqueos solían
volver de la llanura con los caballos y carros; hacia aquel lugar
dirigió los corceles, y no halló las puertas cerradas y aseguradas con
el gran cerrojo, porque unos hombres las tenían abiertas, con el fin
de salvar á los compañeros que, huyendo del combate, llegaran á las
naves. Á aquel paraje enderezó los caballos, y los demás le siguieron
dando agudos gritos, porque esperaban que los aqueos, en vez de oponer
resistencia, se refugiarían en las negras naves. ¡Insensatos! En las
puertas encontraron á dos valentísimos guerreros hijos gallardos de
los belicosos lapitas: el esforzado Polipetes, hijo de Pirítoo, y
Leonteo, igual á Marte, funesto á los mortales. Ambos estaban delante
de las altas puertas, como encinas de elevada copa que, fijas al suelo
por raíces gruesas y extensas, desafían constantemente el viento y
la lluvia; de igual manera aquéllos, confiando en sus manos y en su
valor, aguardaron la llegada del gran Asio y no huyeron. Los teucros
se encaminaron con gran alboroto al bien construído muro, levantando
los escudos de secas pieles de buey, mandados por el rey Asio, Yámeno,
Orestes, Adamante Asíada, Toón y Enomao. Polipetes y Leonteo hallábanse
dentro é instigaban á los aqueos, de hermosas grebas, á pelear por las
naves; mas así que vieron á los teucros atacando la muralla y á los
dánaos en clamorosa fuga, salieron presurosos á combatir delante de las
puertas, semejantes á montaraces jabalíes que en el monte son objeto de
la acometida de hombres y canes, y en curva carrera tronchan y arrancan
de raíz las plantas de la selva, dejando oir el crujido de sus dientes,
hasta que los hombres, tirándoles venablos, les quitan la vida; de
parecido modo resonaba el luciente bronce en el pecho de los héroes á
los golpes que recibían, pues peleaban con gran denuedo, confiando en
los guerreros de encima de la muralla y en su propio valor. Desde las
torres bien construídas los aqueos tiraban piedras para defenderse á sí
mismos, las tiendas y las naves de ligero andar. Como caen al suelo los
copos de nieve que impetuoso viento, agitando las pardas nubes, derrama
en abundancia sobre la fértil tierra; así llovían los dardos que
arrojaban aqueos y teucros, y los cascos y abollonados escudos sonaban
secamente al chocar con ellos las ingentes piedras. Entonces Asio
Hirtácida, dando un gemido y golpeándose el muslo, exclamó indignado:
162 «¡Padre Júpiter! Muy falaz te has vuelto, pues yo no esperaba que
los héroes aqueos opusieran resistencia á nuestro valor é invictas
manos. Como las abejas ó las flexibles avispas que han anidado en
fragoso camino y no abandonan su hueca morada al acercarse los
cazadores, sino que luchan por los hijuelos; así aquéllos, con ser dos
solamente, no quieren retirarse de las puertas mientras no perezcan, ó
la libertad no pierdan.»
173 Tal dijo; pero sus palabras no cambiaron la mente de Jove, que
deseaba conceder tal gloria á Héctor.
[Ilustración: LOS CORCELES NO SE ATREVÍAN Á PASAR EL FOSO Y PARADOS EN
EL BORDE RELINCHABAN
(-Canto XII, versos 50 á 53.-)]
175 Otros peleaban delante de otras puertas, y me sería difícil, no
siendo un dios, contarlo todo. Por doquiera ardía el combate al pie del
lapídeo muro; los argivos, aunque llenos de angustia, veíanse obligados
á defender las naves; y estaban apesarados todos los dioses que en
la guerra protegían á los dánaos. Entonces fué cuando los lapitas
empezaron el combate y la refriega.
182 El fuerte Polipetes, hijo de Pirítoo, hirió á Dámaso con la lanza
á través del casco de broncíneas carrilleras: el casco de bronce no
detuvo á aquélla cuya punta, de bronce también, rompió el hueso;
conmovióse el cerebro, y el guerrero sucumbió mientras combatía con
denuedo. Aquél mató luego á Pilón y á Órmeno. Leonteo, hijo de Antímaco
y vástago de Marte, arrojó un dardo á Hipómaco y se lo clavó junto
al ceñidor; luego desenvainó la aguda espada, y acometiendo por en
medio de la muchedumbre á Antífates, le hirió y le tumbó de espaldas;
y después derribó sucesivamente á Menón, Yámeno y Orestes, que fueron
cayendo al almo suelo.
195 Mientras ambos héroes quitaban á los muertos las lucientes armas,
adelantaron la marcha con Polidamante y Héctor los más y más valientes
de los jóvenes, que sentían un vivo deseo de romper el muro y pegar
fuego á las naves. Pero detuviéronse indecisos en la orilla del foso,
cuando ya se disponían á atravesarlo, por haber aparecido encima de
ellos y á su derecha una ave agorera: Un águila de alto vuelo, llevando
en las garras un enorme dragón sangriento, vivo, palpitante, que no
había olvidado la lucha, pues encorvándose hacia atrás hirióla en el
pecho, cerca del cuello. El águila, penetrada de dolor, dejó caer el
dragón en medio de la turba; y chillando, voló con la rapidez del
viento. Los teucros estremeciéronse al ver la manchada sierpe, prodigio
de Júpiter, que lleva la égida. Entonces acercóse Polidamante al audaz
Héctor, y le dijo:
211 «¡Héctor! Siempre me increpas en las juntas, aunque lo que proponga
sea bueno; mas no es decoroso que un ciudadano hable en las reuniones ó
en la guerra contra lo debido, sólo para acrecentar tu poder. También
ahora he de manifestar lo que considero conveniente. No vayamos á
combatir con los dánaos cerca de las naves. Creo que nos ocurrirá lo
que diré si vino realmente para los teucros, cuando deseaban atravesar
el foso, esta ave agorera: Un águila de alto vuelo, á la derecha,
llevando en las garras un enorme dragón sangriento y vivo, que hubo
de soltar pronto antes de llegar al nido y darlo á los polluelos. De
semejante modo, si con gran ímpetu rompemos ahora las puertas y el
muro, y los aqueos retroceden, luego no nos será posible volver de
las naves en buen orden por el mismo camino; y dejaremos á muchos
teucros tendidos en el suelo, á los cuales los aquivos, combatiendo
en defensa de sus naves, habrán matado con las broncíneas armas. Así
lo interpretaría un augur que, por ser muy entendido en prodigios,
mereciera la confianza del pueblo.»
230 Encarándole la torva vista, respondió Héctor, de tremolante casco:
«¡Polidamante! No me place lo que propones y podías haber pensado algo
mejor. Si realmente hablas con seriedad, los mismos dioses te han
hecho perder el juicio; pues me aconsejas que, olvidando las promesas
que Júpiter tonante me hizo y ratificó luego, obedezca á las aves
aliabiertas, de las cuales no me cuido ni en ellas paro mientes, sea
que vayan hacia la derecha por donde aparecen la Aurora y el Sol, sea
que se dirijan á la izquierda, al tenebroso ocaso. Confiemos en las
promesas del gran Júpiter que reina sobre todos, mortales é inmortales.
El mejor agüero es este: combatir por la patria. ¿Por qué te dan miedo
el combate y la pelea? Aunque los demás fuéramos muertos en las naves
argivas, no debieras temer por tu vida; pues ni tu corazón es belicoso,
ni te permite aguardar á los enemigos. Y si dejas de luchar, ó con tus
palabras logras que otro se abstenga, pronto perderás la vida, herido
por mi lanza.»
251 Dijo, y echó á andar. Siguiéronle todos con fuerte gritería, y
Júpiter, que se complace en lanzar rayos, enviando desde los montes
ideos un viento borrascoso, levantó gran polvareda en las naves,
abatió el ánimo de los aqueos, y dió gloria á los teucros y á Héctor,
que, fiados en las prodigiosas señales del dios y en su propio valor,
intentaban romper la gran muralla aquea. Arrancaban las almenas de
las torres, demolían los parapetos y derribaban los zócalos salientes
que los aqueos habían hecho estribar en el suelo para que sostuvieran
las torres. También tiraban de éstas, con la esperanza de romper el
muro de los aqueos. Mas los dánaos no les dejaban libre el camino; y
protegiendo los parapetos con boyunas pieles, herían desde allí á los
enemigos que al pie de la muralla se encontraban.
265 Los dos Ayaces recorrían las torres, animando á los aqueos y
excitando su valor; á todas partes iban, y á uno le hablaban con suaves
palabras y á otro le reñían con duras frases porque flojeaba en el
combate:
269 «¡Amigos, ya seais preeminentes, mediocres ó los peores, pues los
hombres no son iguales en la guerra! Ahora el trabajo es común á todos
y vosotros mismos lo conocéis. Que nadie se vuelva atrás, hacia los
bajeles, por oir las amenazas de un teucro; id adelante y animaos
mutuamente por si Júpiter olímpico, fulminador, nos permite rechazar el
ataque y perseguir á los enemigos hasta la ciudad.»
277 Dando tales voces animaban á los aqueos para que combatieran. Cuan
espesos caen los copos de nieve cuando en el invierno Júpiter decide
nevar, mostrando sus armas á los hombres; y adormeciendo á los vientos,
nieva incesantemente hasta que cubre las cimas y los riscos de los
montes más altos, las praderas cubiertas de loto y los fértiles campos
cultivados por el hombre; y la nieve se extiende por los puertos y
playas del espumoso mar, y únicamente la detienen las olas, pues todo
lo restante queda cubierto cuando arrecia la nevada de Júpiter: así,
tan espesas, volaban las piedras por ambos lados, las unas hacia los
teucros y las otras de éstos á los aqueos, y el estrépito se elevaba
sobre todo el muro.
290 Mas los teucros y el esclarecido Héctor no habrían roto aún las
puertas de la muralla y el gran cerrojo, si el próvido Júpiter no
hubiese incitado á su hijo Sarpedón contra los argivos, como á un león
contra bueyes de retorcidos cuernos. Sarpedón levantó el escudo liso,
hermoso, protegido por planchas de bronce, obra de un broncista que
sujetó muchas pieles de buey con varitas de oro prolongadas por ambos
lados hasta el borde circular; alzando, pues, la rodela y blandiendo
un par de lanzas, se puso en marcha como el montaraz león que en mucho
tiempo no ha probado la carne y su ánimo audaz le impele á acometer un
rebaño de ovejas yendo á la alquería sólidamente construída; y aunque
en ella encuentre hombres que, armados con venablos y provistos de
perros, guardan las ovejas, no quiere que le echen del establo sin
intentar el ataque, hasta que saltando dentro, ó consigue hacer presa
ó es herido por un venablo que ágil mano le arroja; del mismo modo, el
deiforme Sarpedón se sentía impulsado por su ánimo á asaltar el muro y
destruir los parapetos. Y en seguida dijo á Glauco, hijo de Hipóloco:
310 «¡Glauco! ¿Por qué á nosotros nos honran en la Licia con asientos
preferentes, manjares y copas de vino, y todos nos miran como á dioses,
y poseemos campos grandes y magníficos á orillas del Janto, con viñas y
tierras de pan llevar? Preciso es que ahora nos sostengamos entre los
más avanzados y nos lancemos á la ardiente pelea, para que diga alguno
de los licios, armados de fuertes corazas: -No sin gloria imperan
nuestros reyes en la Licia; y si comen pingües ovejas y beben exquisito
vino, dulce como la miel, también son esforzados, pues combaten al
frente de los licios-. ¡Oh amigo! Ojalá que huyendo de esta batalla,
nos libráramos de la vejez y de la muerte, pues ni yo me batiría en
primera fila, ni te llevaría á la lid, donde los varones adquieren
gloria; pero como son muchas las muertes que penden sobre los mortales,
sin que éstos puedan huir de ellas ni evitarlas, vayamos y daremos
gloria á alguien, ó alguien nos la dará á nosotros.»
329 Así dijo; y Glauco ni retrocedió ni fué desobediente. Ambos fueron
adelante en línea recta, siguiéndoles la numerosa tropa de los licios.
331 Estremecióse al advertirlo Menesteo, hijo de Peteo, pues se
encaminaban hacia su torre, llevando consigo la ruina. Ojeó la cohorte
de los aqueos, por si divisaba á algún jefe que librara del peligro
á los compañeros, y distinguió á entrambos Ayaces, incansables en
el combate, y á Teucro, recién salido de la tienda, que se hallaban
cerca. Pero no podía hacerse oir por más que gritara, porque era tanto
el estrépito que el ruido de los escudos al parar los golpes, el de
los cascos guarnecidos con crines de caballo, y el de las puertas,
llegaba al cielo; todas las puertas se hallaban cerradas, y los
teucros, detenidos por las mismas, intentaban penetrar rompiéndolas á
viva fuerza. Y Menesteo decidió enviar á Tootes, el heraldo, para que
llamase á Ayax:
343 «Ve, divino Tootes, y llama corriendo á Ayax ó mejor á los dos;
esto sería preferible, pues pronto habrá aquí gran estrago. ¡Tal carga
dan los caudillos licios, que siempre han sido sumamente impetuosos
en las encarnizadas peleas! Y si también allí se ha promovido recio
combate, venga por lo menos el esforzado Ayax Telamonio y sígale
Teucro, excelente arquero.»
351 Tal dijo; y el heraldo oyóle y no desobedeció. Fuése corriendo á lo
largo del muro de los aqueos, de broncíneas lorigas; se detuvo cerca de
los Ayaces, y les habló en estos términos:
354 «¡Ayaces, jefes de los argivos, de broncíneas lorigas! El caro
hijo de Peteo, alumno de Júpiter, os ruega que vayáis á tomar parte
en la refriega, aunque sea por breve tiempo. Que fuerais los dos,
sería preferible; pues pronto habrá allí gran estrago. ¡Tal carga
dan los caudillos licios, que siempre han sido sumamente impetuosos
en las encarnizadas peleas! Y si también aquí se ha promovido recio
combate, vaya por lo menos el esforzado Ayax Telamonio y sígale Teucro,
excelente arquero.»
364 Así habló; y el gran Ayax Telamonio no fué desobediente. En el acto
dijo al de Oileo estas aladas palabras:
366 «¡Ayax! Vosotros, tú y el fuerte Licomedes, seguid aquí y alentad
á los dánaos para que peleen con denuedo. Yo voy allá, combatiré con
aquéllos, y volveré tan pronto como los haya socorrido.»
370 Dichas estas palabras, Ayax Telamonio partió, acompañado de Teucro,
su hermano de padre, y de Pandión que llevaba el corvo arco de Teucro.
Llegaron á la torre del magnánimo Menesteo, y penetrando en el muro, se
unieron á los defensores, que ya se veían acosados; pues los caudillos
y esforzados príncipes de los licios asaltaban los parapetos como un
obscuro torbellino. Trabóse el combate y se produjo gran vocerío.
378 Fué Ayax Telamonio el primero que mató á un hombre, al magnánimo
Epicles, compañero de Sarpedón, arrojándole una piedra grande y áspera
que había en el muro cerca del parapeto. Difícilmente habría podido
sospesarla con ambas manos uno de los actuales jóvenes, y aquél, la
levantó y tirándola desde lo alto á Epicles, rompióle el casco de
cuatro abolladuras y aplastóle los huesos de la cabeza; el teucro
cayó de la elevada torre como salta un buzo, y el alma separóse
de sus miembros. Teucro, desde lo alto de la muralla, disparó una
flecha á Glauco, esforzado hijo de Hipóloco, que valeroso acometía; y
dirigiéndola adonde vió que el brazo aparecía desnudo, le puso fuera de
combate. Saltó Glauco y se alejó del muro, ocultándose para que ningún
aqueo, al advertir que estaba herido, profiriera jactanciosas palabras.
Apesadumbróse Sarpedón al notarlo; mas no por esto se olvidó de la
pelea, pues habiendo alcanzado á Alcmaón Testórida, le envasó la lanza,
que al punto volvió á sacar: el guerrero dió de ojos en el suelo, y las
broncíneas labradas armas resonaron. Después, cogiendo con sus robustas
manos un parapeto, tiró del mismo y lo arrancó entero; quedó el muro
desguarnecido en su parte superior y con ello se abrió camino para
muchos.
400 Pero en el mismo instante acertáronle á Sarpedón, Ayax y Teucro:
éste atravesó con una flecha el lustroso correón del gran escudo,
cerca del pecho; mas Júpiter apartó de su hijo la muerte, para que no
sucumbiera junto á las naves; Ayax, arremetiendo, dió un bote de lanza
en el escudo, penetró en éste la punta é hizo vacilar al héroe cuando
se disponía para el ataque. Apartóse Sarpedón del parapeto; pero no se
retiró, porque en su ánimo deseaba alcanzar gloria. Y volviéndose á los
licios, iguales á los dioses, les exhortó diciendo:
409 «¡Oh licios! ¿Por qué se afloja tanto vuestro impetuoso valor?
Difícil es que yo solo, aunque haya roto la muralla y sea valiente,
pueda abrir camino hasta las naves. Ayudadme todos, pues la obra de
muchos siempre resulta mejor.»
413 Tales fueron sus palabras. Los licios, temiendo la reconvención
del rey, junto con éste y con mayores bríos que antes, cargaron á
los argivos; quienes, á su vez, cerraron las filas de las falanges
dentro del muro, porque era grande la acción que se les presentaba.
Y ni los bravos licios, á pesar de haber roto el muro de los dánaos,
lograban abrirse paso hasta las naves; ni los belicosos dánaos podían
rechazar de la muralla á los licios desde que á la misma se acercaron.
Como dos hombres altercan, con la medida en la mano, sobre los lindes
de campos contiguos y se disputan un pequeño espacio; así, licios y
dánaos estaban separados por los parapetos, y por cima de los mismos
hacían chocar ante los pechos las rodelas de boyuno cuero y los ligeros
broqueles. Ya muchos combatientes habían sido heridos con el cruel
bronce, unos en la espalda, que al volverse dejaron indefensa, otros
á través del mismo escudo. Por doquiera torres y parapetos estaban
regados con sangre de teucros y aqueos. Mas ni aun así los teucros
hacían volver la espalda á los aqueos. Como una honrada obrera coge un
peso y lana y los pone en los platillos de una balanza, equilibrándolos
hasta que quedan iguales, para llevar á sus hijos el miserable salario;
así el combate y la pelea andaban iguales para unos y otros, hasta que
Júpiter quiso dar excelsa gloria á Héctor Priámida, el primero que
asaltó el muro aqueo. El héroe, con pujante voz, gritó á los teucros:
440 «¡Acometed, teucros domadores de caballos! Romped el muro de los
argivos y arrojad á las naves el fuego abrasador.»
442 De tal suerte habló para excitarlos. Escucháronle todos; y
reunidos, fuéronse derechos al muro, subieron y pasaron por encima de
las almenas, llevando siempre en las manos las afiladas lanzas.
445 Héctor cogió entonces una piedra de ancha base y aguda punta que
había delante de la puerta: dos de los más forzudos hombres del pueblo,
tales como son hoy, con dificultad hubieran podido cargarla en un
carro; pero aquél la manejaba fácilmente, porque el hijo del artero
Saturno la volvió liviana. Bien así como el pastor lleva en una mano el
vellón de un carnero, sin que el peso le fatigue; Héctor, alzando la
piedra, la conducía hacia las tablas que fuertemente unidas formaban
las dos hojas de la alta puerta y estaban aseguradas por dos cerrojos
puestos en dirección contraria, que abría y cerraba una sola llave.
Héctor se detuvo delante de la puerta, separó los pies, y, estribando
en el suelo para que el golpe no fuese débil, arrojó la piedra al
centro de aquélla: rompiéronse ambos quiciales, cayó la piedra dentro
por su propio peso, recrujieron las tablas, y como los cerrojos no
ofrecieron bastante resistencia, desuniéronse las hojas y cada una
se fué por su lado, al impulso de la piedra. El esclarecido Héctor,
que por su aspecto á la rápida noche semejaba, saltó al interior: el
bronce relucía de un modo terrible en torno de su cuerpo, y en la mano
llevaba dos lanzas. Nadie, á no ser un dios, hubiera podido salirle al
encuentro y detenerle cuando traspuso la puerta. Sus ojos brillaban
como el fuego. Y volviéndose á la tropa, alentaba á los teucros para
que pasaran la muralla. Obedecieron, y mientras unos asaltaban el muro,
otros afluían á las bien construídas puertas. Los dánaos refugiáronse
en las cóncavas naves y se promovió un gran tumulto.
[Ilustración: Neptuno, compadecido de los aqueos, sube á su carro y lo
guía hacia las naves griegas]
CANTO XIII
BATALLA JUNTO Á LAS NAVES
1 Cuando Jove hubo acercado á Héctor y los teucros á las naves, dejó
que sostuvieran el trabajo y la fatiga de la batalla; y desviando de
los mismos los ojos refulgentes, miraba á lo lejos la tierra de los
tracios, diestros jinetes; de los misios, que combaten de cerca; de
los ilustres hipomolgos, que se alimentan con leche; y de los abios,
los más justos de los hombres. Y ya no volvió á poner los brillantes
ojos en Troya, porque su corazón no temía que inmortal alguno fuera á
socorrer ni á los teucros ni á los dánaos.
10 Pero no en vano el poderoso Neptuno, que bate la tierra, estaba al
acecho en la cumbre más alta de la selvosa Samotracia, contemplando
la lucha y la pelea. Desde allí se divisaba todo el Ida, la ciudad de
Príamo y las naves aqueas. En aquel sitio habíase sentado Neptuno al
salir del mar, y compadecía á los aqueos, vencidos por los teucros, á
la vez que cobraba gran indignación contra Júpiter.
17 Pronto Neptuno bajó del escarpado monte con ligera planta; las altas
colinas y las selvas temblaban bajo los pies inmortales, mientras el
dios iba andando. Dió tres pasos, y al cuarto arribó al término de
su viaje, á Egas; allí, en las profundidades del mar, tenía palacios
magníficos, de oro, resplandecientes é indestructibles. Luego que hubo
llegado, unció al carro un par de corceles de cascos de bronce y áureas
crines que volaban ligeros; y seguidamente envolvió su cuerpo en dorada
túnica, tomó el látigo de oro hecho con arte, subió al carro y lo guió
por cima de las olas. Debajo saltaban los cetáceos, que salían de sus
latebras reconociendo al rey; el mar abría, gozoso, sus aguas, y los
ágiles caballos con apresurado vuelo, sin dejar que el eje de bronce se
mojara, conducían á Neptuno hacia las naves aqueas.
32 Hay una vasta gruta en lo hondo del profundo mar entre Ténedos y
la escabrosa Imbros; y al llegar á la misma, Neptuno, que bate la
tierra, detuvo los bridones, desunciólos del carro, dióles á comer
un pasto divino, púsoles en los pies trabas de oro indestructibles
é indisolubles, para que sin moverse de aquel sitio aguardaran su
regreso, y se fué al ejército de los aquivos.
39 Los teucros, semejantes á una llama ó á una tempestad y poseídos
de marcial furor, seguían apiñados á Héctor Priámida con alboroto y
vocerío; y tenían esperanzas de tomar las naves y matar entre las
mismas á todos los aqueos.
43 Mas Neptuno, que ciñe y bate la tierra, asemejándose á Calcas en
el cuerpo y en la voz infatigable, incitaba á los argivos desde que
salió del profundo mar, y dijo á los Ayaces, que ya estaban deseosos de
combatir:
47 «¡Ayaces! Vosotros salvaréis á los aqueos si os acordáis de vuestro
valor y no de la fuga horrenda. No me ponen en cuidado las audaces
manos de los teucros que asaltaron en tropel la gran muralla, pues á
todos resistirán los aqueos, de hermosas grebas; pero es de temer,
y mucho, que padezcamos algún daño en esta parte donde aparece á la
cabeza de los suyos el rabioso Héctor, semejante á una llama, el cual
blasona de ser hijo del prepotente Júpiter. Una deidad levante el ánimo
en vuestro pecho para resistir firmemente y exhortar á los demás;
con esto podríais rechazar á Héctor de las naves, de ligero andar,
por furioso que estuviera y aunque fuese el mismo Olímpico quien le
instigara.»
59 Dijo así Neptuno, que ciñe y bate la tierra; y tocando á entrambos
con el cetro, llenóles de fuerte vigor y agilitóles todos los miembros
y especialmente los pies y las manos. Y como el gavilán de ligeras
alas se arroja desde altísima y abrupta peña, enderezando el vuelo á
la llanura para perseguir á un ave; de aquel modo apartóse de ellos
Neptuno, que bate la tierra. El primero que le reconoció fué el ágil
Ayax de Oileo, quien dijo al momento á Ayax, hijo de Telamón:
68 «¡Ayax! Un dios del Olimpo nos instiga, transfigurado en adivino, á
pelear cerca de las naves; pues ése no es Calcas, el inspirado augur:
he observado las huellas que dejan sus plantas y su andar, y á los
dioses se les reconoce fácilmente. En mi pecho el corazón siente un
deseo más vivo de luchar y combatir, y mis manos y pies se mueven con
impaciencia.»
76 Respondió Ayax Telamonio: «También á mí se me enardecen las audaces
manos en torno de la lanza y mi fuerza aumenta y mis pies saltan, y
deseo batirme con Héctor Priámida, cuyo furor es insaciable.»
81 Así éstos conversaban, alegres por el bélico ardor que una deidad
puso en sus corazones.
83 En tanto, Neptuno, que ciñe la tierra, animaba á los aqueos de las
últimas filas, que junto á las veleras naves reparaban las fuerzas.
Tenían los miembros relajados por el penoso cansancio, y se les llenó
el corazón de pesar cuando vieron que los teucros asaltaban en tropel
la gran muralla: contemplábanlo con los ojos arrasados de lágrimas, y
no creían escapar de aquel peligro. Pero Neptuno, que bate la tierra,
intervino y reanimó fácilmente las esforzadas falanges. Fué primero á
incitar á Teucro, Leito, el héroe Penéleo, Toante, Deípiro, Meriones
y Antíloco, aguerridos campeones; y para alentarlos, les dijo estas
aladas palabras:
95 «¡Qué vergüenza, argivos, jóvenes adolescentes! Figurábame que
peleando conseguiríais salvar las naves; pero si cejáis en el funesto
combate, ya luce el día en que sucumbiremos á manos de los teucros.
¡Oh dioses! Veo con mis ojos un prodigio grande y terrible que jamás
pensé que llegara á realizarse. ¡Venir los troyanos á nuestros bajeles!
Parecíanse antes á las medrosas ciervas que vagan por el monte, débiles
y sin fuerza para la lucha, y son el pasto de chacales, panteras
y lobos; semejantes á ellas, nunca querían los teucros afrontar á
los aqueos, ni osaban resistir su valor y sus manos. Y ahora pelean
lejos de la ciudad, junto á los bajeles, por la culpa del jefe y la
indolencia de los hombres que, no obrando de acuerdo con él, se niegan
á defender los navíos, de ligero andar, y reciben la muerte cerca de
los mismos. Mas, aunque el poderoso Agamenón sea el verdadero culpable
de todo, porque ultrajó al Pelida de pies ligeros, en modo alguno nos
es lícito dejar de combatir. Remediemos con presteza el mal, que la
mente de los buenos es aplacable. No es decoroso que decaiga vuestro
impetuoso valor, siendo como sois los más valientes del ejército.
Yo no increparía á un hombre tímido porque se abstuviera de pelear;
pero contra vosotros se enciende en ira mi corazón. ¡Oh cobardes!
Con vuestra indolencia, haréis que pronto se agrave el mal. Poned en
vuestros pechos vergüenza y pundonor, ahora que se promueve esta gran
contienda. Ya el fuerte Héctor, valiente en la pelea, batalla cerca de
las naves y ha roto las puertas y el gran cerrojo.»
125 Con tales amonestaciones, el que ciñe la tierra instigó á los
aqueos. Rodeaban á los Ayaces fuertes falanges que hubieran declarado
irreprochables Marte y Minerva, que enardece á los guerreros, si por
ellas se hubiesen entrado. Los tenidos por más valientes aguardaban á
los teucros y al divino Héctor, y las astas y los escudos se tocaban en
las cerradas filas: la rodela apoyábase en la rodela, el yelmo en otro
yelmo, cada hombre en su vecino, y chocaban los penachos de crines de
caballo y los lucientes conos de los cascos cuando alguien inclinaba
la cabeza. ¡Tan apiñadas estaban las filas! Cruzábanse las lanzas, que
blandían audaces manos, y ellos deseaban arremeter á los enemigos y
trabar la pelea.
136 Los teucros acometieron unidos, siguiendo á Héctor que deseaba ir
en derechura á los aqueos. Como la piedra insolente que cae de una
cumbre y lleva consigo la ruina, porque se ha desgajado, cediendo á la
fuerza de torrencial avenida causada por la mucha lluvia, y desciende
dando tumbos con ruido que repercute en el bosque, corre segura hasta
el llano, y allí se detiene, á pesar de su ímpetu; de igual modo,
Héctor amenazaba con atravesar fácilmente por las tiendas y naves
aqueas, matando siempre, y no detenerse hasta el mar; pero encontró las
densas falanges, y tuvo que hacer alto después de un violento choque.
Los aqueos le afrontaron; procuraron herirle con las espadas y lanzas
de doble filo, y apartáronle de ellos; de suerte que fué rechazado, y
tuvo que retroceder. Y con voz penetrante, gritó á los teucros:
150 «¡Troyanos, licios, dárdanos que cuerpo á cuerpo peleáis! Persistid
en el ataque; pues los aqueos no resistirán largo tiempo, aunque
se hayan formado en columna cerrada; y creo que mi lanza les hará
retroceder pronto, si verdaderamente me impulsa el dios más poderoso,
el tonante esposo de Juno.»
[Ilustración: NEPTUNO GUIABA EL CARRO POR CIMA DE LAS OLAS Y LOS
CETÁCEOS SALTABAN, RECONOCIENDO Á SU REY
(-Canto XIII, versos 27 á 28.-)]
155 Con estas palabras les excitó á todos el valor y la fuerza. Entre
los teucros iba muy ufano Deífobo Priámida, que se adelantaba, ligero
y se cubría con el liso escudo. Meriones arrojóle una reluciente lanza,
y no erró el tiro: acertó á dar en la rodela hecha de pieles de toro,
sin conseguir atravesarla, porque aquélla se rompió en la unión del
asta con el hierro. Deífobo apartó de sí el escudo, temiendo la lanza
del aguerrido Meriones; y este héroe retrocedió al grupo de sus amigos,
muy disgustado, así por la victoria perdida, como por la rotura del
arma, y luego se encaminó á las tiendas y naves aqueas para tomar otra
de las que en su bajel tenía.
169 Los demás batallaban, y una vocería inmensa se dejaba oir. Teucro
Telamonio fué el primero que mató á un hombre, al belígero Imbrio,
hijo de Méntor, rico en caballos. Antes de llegar los aquivos, Imbrio
moraba en Pedeo con su esposa Medesicasta, hija bastarda de Príamo;
mas cuando las corvas naves de los dánaos aportaron en Ilión, volvió á
la ciudad, descolló entre los teucros y vivió en el palacio de Príamo,
que le honraba como á sus propios hijos. Entonces el hijo de Telamón
hirióle debajo de la oreja con la gran lanza, que retiró en seguida;
y el guerrero cayó como el fresno nacido en una cumbre que desde
lejos se divisa, cuando es cortado por el bronce y vienen al suelo
sus tiernas hojas. Así cayó Imbrio, y sus armas, de labrado bronce,
resonaron. Teucro acudió corriendo, movido por el deseo de quitarle
la armadura; pero Héctor le tiró una reluciente lanza; viólo aquél y
hurtó el cuerpo, y la broncínea punta se clavó en el pecho de Anfímaco,
hijo de Ctéato Actorión, que acababa de entrar en combate. El guerrero
cayó con estrépito, y sus armas resonaron. Héctor fué presuroso á
quitarle al magnánimo Anfímaco el casco que llevaba adaptado á las
sienes; Ayax levantó, á su vez, la reluciente lanza contra Héctor, y si
bien no pudo hacerla llegar á su cuerpo, protegido todo por horrendo
bronce, dióle un bote en medio del escudo, y rechazó al héroe con gran
ímpetu; éste dejó los cadáveres y los aqueos los retiraron. Estiquio
y el divino Menesteo, caudillos atenienses, llevaron á Anfímaco al
campamento aqueo; y los dos Ayaces, que siempre anhelaban la impetuosa
pelea, levantaron el cadáver de Imbrio. Como dos leones que, habiendo
arrebatado una cabra de los agudos dientes de los perros, la llevan en
la boca por los espesos matorrales, en alto, levantada de la tierra;
así los belicosos Ayaces, alzando el cuerpo de Imbrio, lo despojaron
de las armas; y el hijo de Oileo, irritado por la muerte de Anfímaco,
le separó la cabeza del tierno cuello y la hizo rodar por entre la
turba, cual si fuese una bola, hasta que cayó en el polvo á los pies de
Héctor.
206 Entonces Neptuno, airado en el corazón porque su nieto había
sucumbido en la terrible pelea, se fué hacia las tiendas y naves de
los aqueos para reanimar á los dánaos y causar males á los teucros.
Encontróse con él Idomeneo, famoso por su lanza, que volvía de
acompañar á un amigo á quien sacaron del combate porque los teucros le
habían herido en la corva con el agudo bronce. Idomeneo, una vez lo
hubo confiado á los médicos, se encaminaba á su tienda, con intención
de volver á la batalla. Y el poderoso Neptuno, que bate la tierra,
díjole, tomando la voz de Toante, hijo de Andremón, que en Pleurón
entera y en la excelsa Calidón reinaba sobre los etolos y era honrado
por el pueblo cual si fuese un dios:
219 «¡Idomeneo, príncipe de los cretenses! ¿Qué se hicieron las
amenazas que los aqueos hacían á los teucros?»
221 Respondió Idomeneo, caudillo de los cretenses: «¡Oh Toante! No
creo que ahora se pueda culpar á ningún guerrero, porque todos sabemos
combatir y nadie está poseído del exánime terror, ni deja por flojedad
la funesta batalla; sin duda debe de ser grato al prepotente Saturnio
que los aqueos perezcan sin gloria en esta tierra, lejos de Argos. Mas,
oh Toante, puesto que siempre has sido belicoso y sueles animar al que
ves remiso, no dejes de pelear y exhorta á los demás.»
231 Contestó Neptuno, que bate la tierra: «¡Idomeneo! No vuelva desde
Troya á su patria y venga á ser juguete de los perros, quien en el día
de hoy deje voluntariamente de lidiar. Ea, toma las armas y ven á mi
lado; apresurémonos, por si, á pesar de estar solos, podemos hacer algo
provechoso. Nace una fuerza de la unión de los hombres, aunque sean
débiles; y nosotros somos capaces de luchar con los valientes.»
239 Dichas estas palabras, el dios se entró de nuevo por el combate de
los hombres; é Idomeneo, yendo á la bien construída tienda, vistió la
magnífica armadura, tomó un par de lanzas y volvió á salir, semejante
al encendido relámpago que el Saturnio agita en su mano desde el
resplandeciente Olimpo para mostrarlo á los hombres como señal: tanto
centelleaba el bronce en el pecho de Idomeneo mientras éste corría.
Encontróse con él, no muy lejos de la tienda, el valiente escudero
Meriones, que iba en busca de una lanza; y el fuerte Diomedes dijo:
249 «¡Meriones, hijo de Molo, el de los pies ligeros, mi compañero
más querido! ¿Por qué vienes, dejando el combate y la pelea? ¿Acaso
estás herido y te agobia puntiaguda flecha? ¿Me traes, quizás, alguna
noticia? Pues no deseo quedarme en la tienda, sino pelear.»
254 Respondióle el prudente Meriones: «¡Idomeneo, príncipe de los
cretenses, de broncíneas lorigas! Vengo por una lanza, si la hay en tu
tienda; pues la que tenía se ha roto al dar un bote en el escudo del
feroz Deífobo.»
259 Contestó Idomeneo, caudillo de los cretenses: «Si la deseas,
hallarás, en la tienda, apoyadas en el lustroso muro, no una sino
veinte lanzas, que he quitado á los teucros muertos en la batalla; pues
jamás combato á distancia del enemigo. He aquí por qué tengo lanzas,
escudos abollonados, cascos y relucientes lorigas.»
266 Replicó el prudente Meriones: «También poseo en la tienda y en la
negra nave muchos despojos de los teucros, mas no están cerca para
tomarlos; que nunca me olvido de mi valor, y en el combate, donde los
hombres se hacen ilustres, aparezco siempre entre los delanteros desde
que se traba la batalla. Quizás algún otro de los aqueos de broncíneas
lorigas no habrá fijado su atención en mi persona cuando peleo, pero no
dudo que tú me has visto.»
274 Idomeneo, caudillo de los cretenses, díjole entonces: «Sé cuán
grande es tu valor. ¿Por qué me refieres estas cosas? Si los más
señalados nos reuniéramos junto á las naves para armar una celada, que
es donde mejor se conoce la bravura de los hombres y donde fácilmente
se distingue al cobarde del animoso--el cobarde se pone demudado, ya
de un modo, ya de otro; y como no sabe tener firme ánimo en el pecho,
no permanece tranquilo, sino que dobla las rodillas y se sienta sobre
los pies y el corazón le da grandes saltos por el temor de la muerte y
los dientes le crujen; y el animoso no se inmuta ni tiembla, una vez
se ha emboscado, sino que desea que cuanto antes principie el funesto
combate,--ni allí podrían reprocharse tu valor y la fuerza de tus
brazos. Y si peleando te hirieran de cerca ó de lejos, no sería en la
nuca ó en la espalda, sino en el pecho ó en el vientre, mientras fueras
hacia adelante con los guerreros más avanzados. Mas, ea, no hablemos
de estas cosas, permaneciendo ociosos como unos simples; no sea que
alguien nos increpe duramente. Ve á la tienda y toma la fornida lanza.»
295 Así dijo; y Meriones, igual al veloz Marte, entrando en la tienda,
cogió una broncínea lanza y fué en seguimiento de Idomeneo, muy
deseoso de volver al combate. Como va á la guerra Marte, funesto á los
mortales, acompañado del Terror, su hijo querido, fuerte é intrépido,
que hasta al guerrero valeroso causa espanto; y los dos se arman y
saliendo de la Tracia enderezan sus pasos hacia los éfiros y los
magnánimos flegias, y no escuchan los ruegos de ambos pueblos, sino
que dan la victoria á uno de ellos; de la misma manera, Meriones é
Idomeneo, caudillos de hombres, se encaminaban á la batalla, armados de
luciente bronce. Y Meriones fué el primero que habló, diciendo:
307 «¡Deucaliónida! ¿Por dónde quieres que penetremos en la turba; por
la derecha del ejército, por en medio ó por la izquierda? Pues no creo
que los aqueos, de larga cabellera, dejen de pelear en parte alguna.»
311 Respondióle Idomeneo, caudillo de los cretenses: «Hay en el centro
quienes defiendan los navíos: los dos Ayaces y Teucro, el más diestro
arquero aquivo y esforzado también en el combate á pie firme; ellos
se bastan para rechazar á Héctor Priámida por fuerte que sea y por
incitado que esté á la batalla. Difícil será, aunque tenga muchos
deseos de batirse, que triunfando del valor y de las manos invictas
de aquéllos, llegue á incendiar los bajeles; á no ser que el mismo
Saturnio arroje una tea encendida en las veleras naves. El gran Ayax
Telamonio no cedería á ningún hombre mortal que coma el fruto de Ceres
y pueda ser herido con el bronce ó con grandes piedras; ni siquiera se
retiraría ante Aquiles, que destruye los escuadrones, en un combate á
pie firme; pues en la carrera Aquiles no tiene rival. Vayamos, pues, á
la izquierda del ejército, para ver si presto daremos gloria á alguien,
ó alguien nos la dará á nosotros.»
328 Tal dijo; y Meriones, igual al veloz Marte, echó á andar hasta que
llegaron al ejército por donde Idomeneo le indicara.
330 Cuando los teucros vieron á Idomeneo, que por su impetuosidad
parecía una llama, y á su escudero, ambos revestidos de labradas
armas, animáronse unos á otros por entre la turba y arremetieron todos
contra aquel. Y se trabó una refriega, sostenida con igual tesón
por ambas partes, junto á las popas de los navíos. Como aparecen
de repente las tempestades, suscitadas por los sonoros vientos en
ocasión en que los caminos están muy secos y se levantan nubes de
polvo; así entonces unos y otros vinieron á las manos, deseando en
su corazón matarse recíprocamente con el agudo bronce por entre la
turba. La batalla, destructora de hombres, se presentaba horrible con
las largas y afiladas picas que los guerreros manejaban; cegaba los
ojos el resplandor del bronce de los lucientes cascos, de las corazas
recientemente bruñidas y de los escudos refulgentes de cuantos iban á
encontrarse; y hubiera tenido corazón muy audaz quien al contemplar
aquella acción se hubiese alegrado en vez de afligirse.
345 Los dos hijos poderosos de Saturno, disintiendo en el modo de
pensar, preparaban deplorables males á los héroes. Júpiter quería que
triunfaran Héctor y los teucros para glorificar á Aquiles, el de los
pies ligeros; mas no por eso deseaba que el ejército aqueo pereciera
totalmente delante de Ilión, pues sólo se proponía honrar á Tetis y
á su hijo, de ánimo esforzado. Neptuno había salido ocultamente del
espumoso mar, recorría las filas y animaba á los argivos; porque le
afligía que fueran vencidos por los teucros, y se indignaba mucho
contra Júpiter. Igual era el origen de ambas deidades y uno mismo su
linaje, pero Jove había nacido primero y sabía más; por esto Neptuno
evitaba el socorrer abiertamente á aquéllos; y transfigurado en hombre,
discurría, sin darse á conocer, por el ejército y le amonestaba. Y
los dioses inclinaban alternativamente en favor de unos y de otros la
reñida pelea y el indeciso combate; y tendían sobre ellos una cadena
irrompible é indisoluble que á muchos les quebró las rodillas.
361 Entonces Idomeneo, aunque ya semicano, animó á los dánaos,
arremetió contra los teucros, llenándoles de pavor, y mató á Otrioneo.
Éste había acudido de Cabeso á Ilión cuando tuvo noticia de la guerra
y pedido en matrimonio á Casandra, la más hermosa de las hijas de
Príamo, sin obligación de dotarla; pero ofreciendo una gran cosa: que
echaría de Troya á los aqueos. El anciano Príamo accedió y consintió en
dársela; y el héroe combatía, confiando en la promesa. Idomeneo tiróle
la reluciente lanza y le hirió mientras se adelantaba con arrogante
paso: la coraza de bronce no resistió, clavóse aquélla en medio del
vientre, cayó el guerrero con estrépito, é Idomeneo dijo con jactancia:
374 «¡Otrioneo! Te ensalzaría sobre todos los mortales si cumplieras lo
que ofreciste á Príamo Dardánida cuando te prometió su hija. También
nosotros te haremos promesas con intención de cumplirlas: traeremos
de Argos la más bella de las hijas del Atrida y te la daremos por
mujer, si junto con los nuestros destruyes la populosa ciudad de Ilión.
Pero sígueme, y en las naves que atraviesan el ponto nos pondremos de
acuerdo sobre el casamiento; que no somos malos suegros.»
383 Hablóle así el héroe Idomeneo, mientras le asía de un pie y
le arrastraba por el campo de la dura batalla; y Asio se adelantó
para vengarle, presentándose como peón delante de su carro, cuyos
corceles, gobernados por el auriga, sobre los mismos hombros del
guerrero resoplaban. Asio deseaba en su corazón herir á Idomeneo; pero
anticipósele éste y le hundió la pica en la garganta, debajo de la
barba, hasta que salió al otro lado. Cayó el teucro como en el monte
la encina, el álamo ó el elevado pino que unos artífices cortan con
afiladas hachas para convertirlo en mástil de navío; así yacía aquél,
tendido delante de los corceles y del carro, rechinándole los dientes y
cogiendo con las manos el polvo ensangrentado. Turbóse el escudero, y
ni siquiera se atrevió á torcer la rienda á los caballos para escapar
de las manos de los enemigos. Y el belígero Antíloco se llegó á él y le
atravesó con la lanza, pues la broncínea loriga no pudo evitar que se
la clavara en el vientre. El auriga, jadeante, cayó del bien construído
carro; y Antíloco, hijo del magnánimo Néstor, sacó los caballos de
entre los teucros y se los llevó hacia los aqueos, de hermosas grebas.
402 Deífobo, irritado por la muerte de Asio, se acercó mucho á Idomeneo
y le arrojó la reluciente lanza. Mas Idomeneo advirtiólo y burló el
golpe encogiéndose debajo de su rodela, la cual era lisa y estaba
formada por boyunas pieles y una lámina de bruñido bronce con dos
abrazaderas: la broncínea lanza resbaló por la superficie del escudo,
que sonó roncamente, y no fué lanzada en balde por el robusto brazo
de aquél, pues fué á clavarse en el hígado, debajo del diafragma, de
Hipsenor Hipásida, pastor de hombres, haciéndole doblar las rodillas. Y
Deífobo se jactaba así, dando grandes voces:
414 «Asio yace en tierra, pero ya está vengado. Figúrome que al
descender á la morada de sólidas puertas del terrible Plutón, se
holgará su espíritu de que le haya proporcionado un compañero.»
417 Así habló. Sus jactanciosas frases apesadumbraron á los argivos
y conmovieron el corazón del belicoso Antíloco; pero éste, aunque
afligido, no abandonó á su compañero, sino que corriendo se puso junto
á él y le cubrió con la rodela. É introduciéndose por debajo dos
amigos fieles, Mecisteo hijo de Equio y el divino Alástor, llevaron á
Hipsenor, que daba hondos suspiros, hacia las cóncavas naves.
424 Idomeneo no dejaba que desfalleciera su gran valor y deseaba
siempre ó sumir á algún teucro en tenebrosa noche, ó caer él mismo
con estrépito, librando de la ruina á los aqueos. Neptuno dejó que
sucumbiera á manos de Idomeneo el hijo querido del noble Esietes, el
héroe Alcátoo (era yerno de Anquises y tenía por esposa á Hipodamia,
la hija primogénita, á quien el padre y la veneranda madre amaban
cordialmente en el palacio porque sobresalía en hermosura, destreza y
talento entre todas las de su edad, y á causa de esto casó con ella el
hombre más ilustre de la vasta Troya): el dios ofuscóle los brillantes
ojos y paralizó sus hermosos miembros, y el héroe no pudo huir ni
evitar la acometida de Idomeneo, que le envasó la lanza en medio del
pecho, mientras estaba inmóvil como una columna ó un árbol de alta
copa, y le rompió la coraza que siempre le había salvado de la muerte,
y entonces produjo un sonido ronco al quebrarse por el golpe de la
lanza. El guerrero cayó con estrépito; y como la lanza se había clavado
en el corazón, movíanla las palpitaciones de éste; pero pronto el arma
impetuosa perdió su fuerza. É Idomeneo con gran jactancia y á voz en
grito exclamó:
446 «¡Deífobo! Ya que tanto te glorías, ¿no te parece que es una buena
compensación haber muerto á tres, por uno que perdimos? Ven, hombre
admirable, ponte delante y verás quién es el descendiente de Júpiter
que aquí ha venido; porque Jove engendró á Minos, protector de Creta,
Minos fué padre del eximio Deucalión, y de éste nací yo, que reino
sobre muchos hombres en la vasta Creta y vine en las naves para ser una
plaga para ti, para tu padre y para los demás teucros.»
455 Así se expresó; y Deífobo vacilaba entre retroceder para que se le
juntara alguno de los magnánimos teucros ó atacar él solo á Idomeneo.
Parecióle lo mejor ir en busca de Eneas, y le halló entre los últimos;
pues siempre estaba irritado con el divino Príamo, que no le honraba
como por su bravura merecía. Y deteniéndose á su lado, le dijo estas
aladas palabras:
463 «¡Eneas, príncipe de los teucros! Es preciso que defiendas á tu
cuñado, si te tomas algún interés por los parientes. Sígueme y vayamos
á combatir por tu cuñado Alcátoo, que te crió cuando eras niño y ha
muerto á manos de Idomeneo, famoso por su lanza.»
468 Tal fué lo que dijo. Eneas sintió que en el pecho se le conmovía
el corazón, y llegóse hacia Idomeneo con grandes deseos de pelear.
Éste no se dejó vencer del temor, cual si fuera un niño; sino que le
aguardó como el jabalí que, confiando en su fuerza, espera en un paraje
desierto del monte el gran tropel de hombres que se avecina, y con las
cerdas del lomo erizadas y los ojos brillantes como ascuas, aguza los
dientes y se dispone á rechazar la acometida de perros y cazadores: de
igual manera Idomeneo, famoso por su lanza, aguardaba sin arredrarse á
Eneas, ágil en la lucha, que le salía al encuentro; pero llamaba á sus
compañeros, poniendo los ojos en Ascálafo, Afareo, Deípiro, Meriones
y Antíloco, aguerridos campeones, y los exhortaba con estas aladas
palabras:
481 «Venid, amigos, y ayudadme; pues estoy solo y temo mucho á Eneas,
ligero de pies, que contra mí arremete. Es muy vigoroso para matar
hombres en el combate, y se halla en la flor de la juventud, cuando
mayor es la fuerza. Si con el ánimo que tengo, fuésemos de la misma
edad, pronto le daría ocasión para alcanzar una gran victoria ó él me
la proporcionaría á mí.»
487 Así dijo; y todos con el mismo ánimo en el pecho y los escudos en
los hombros, se pusieron á la vera de Idomeneo. También Eneas exhortaba
á sus amigos, echando la vista á Deífobo, Paris y el divino Agenor, que
eran asimismo capitanes de los teucros. Inmediatamente marcharon las
tropas detrás de los jefes, como las ovejas siguen al carnero cuando
después del pasto van á beber, y el pastor se regocija en el alma; así
se alegró el corazón de Eneas en el pecho, al ver el grupo de hombres
que tras él seguía.
496 Pronto trabaron alrededor del cadáver de Alcátoo un combate cuerpo
á cuerpo, blandiendo grandes picas; y el bronce resonaba de horrible
modo en los pechos al darse botes de lanza los unos á los otros. Dos
hombres belicosos y señalados entre todos, Eneas é Idomeneo, iguales
á Marte, deseaban herirse recíprocamente con el cruel bronce. Eneas
arrojó el primero la lanza á Idomeneo; pero como éste la viera venir,
evitó el golpe: la broncínea punta clavóse en tierra, vibrando, y el
arma fué echada en balde por el robusto brazo. Idomeneo hundió la suya
en el vientre de Enomao y el bronce rompió la concavidad de la coraza
y desgarró las entrañas: el teucro, caído en el polvo, asió el suelo
con las manos. Acto continuo, Idomeneo arrancó del cadáver la ingente
lanza, pero no le pudo quitar de los hombros la magnífica armadura
porque estaba abrumado por los tiros. Como ya no tenía seguridad en sus
pies para recobrar la lanza que arrojara, ni para librarse de la que le
tiraran, evitaba la cruel muerte combatiendo á pie firme; y no pudiendo
tampoco huir con ligereza, retrocedía paso á paso. Deífobo, que
constantemente le odiaba, le tiró la lanza reluciente y erró el golpe,
pero hirió á Ascálafo, hijo de Marte: la impetuosa lanza se clavó en
la espalda, y el guerrero, caído en el polvo, asió el suelo con las
manos. Y el ruidoso y furibundo Marte no se enteró de que su hijo
hubiese sucumbido en el duro combate porque se hallaba detenido en la
cumbre del Olimpo, debajo de áureas nubes, con otros dioses inmortales
á quienes Júpiter no permitía que intervinieran en la batalla.
526 La pelea cuerpo á cuerpo se encendió entonces en torno de
Ascálafo, á quien Deífobo logró quitar el reluciente casco; pero
Meriones, igual al veloz Marte, dió á Deífobo una lanzada en el brazo
y le hizo soltar el casco con agujeros á guisa de ojos, que cayó al
suelo produciendo ronco sonido. Meriones, abalanzándose á Deífobo con
la celeridad del buitre, arrancóle la impetuosa lanza de la parte
superior del brazo y retrocedió hasta el grupo de sus amigos. Á Deífobo
sacóle del horrísono combate su hermano carnal Polites: abrazándole
por la cintura, le condujo adonde tenía los rápidos corceles con el
labrado carro, que estaban algo distantes de la batalla, gobernados por
un auriga. Ellos llevaron á la ciudad al héroe, que se sentía agotado,
daba hondos suspiros y le manaba sangre de la herida que en el brazo
acababa de recibir.
540 Los demás combatían y alzaban una gritería inmensa. Eneas,
acometiendo á Afareo Caletórida que contra él venía, hirióle en
la garganta con la aguda lanza: la cabeza se inclinó á un lado,
arrastrando el casco y el escudo, y la muerte destructora rodeó al
guerrero. Antíloco, como advirtiera que Toón volvía pie á atrás,
arremetió contra él y le hirió: cortóle la vena que, corriendo por el
dorso, llega hasta el cuello, y el teucro cayó de espaldas en el polvo
y tendía los brazos á los compañeros queridos. Acudió Antíloco y le
despojó de la armadura, mirando á todos lados, mientras los teucros
iban cercándole é intentaban herirle; mas el ancho y labrado escudo
paró los golpes, y ni aun consiguieron rasguñar la tierna piel del
héroe, porque Neptuno, que bate la tierra, defendió al hijo de Néstor
contra los muchos tiros. Antíloco no se apartaba nunca de los enemigos,
sino que se agitaba en medio de ellos; su lanza, jamás ociosa, siempre
vibrante, se volvía á todas partes, y él pensaba en su mente si la
arrojaría á alguien, ó acometería de cerca.
560 No se le ocultó á Adamante Asíada lo que Antíloco meditaba en
medio de la turba; y acercándosele, le dió con el agudo bronce un bote
con el escudo; pero Neptuno, el de cerúlea cabellera, no permitió que
quitara la vida á Antíloco, é hizo vano el golpe rompiendo la lanza en
dos partes, una de las cuales quedó clavada en el escudo, como estaca
consumida por el fuego, y la otra cayó al suelo. Adamante retrocedió
hacia el grupo de sus amigos, para evitar la muerte; pero Meriones
corrió tras él y arrojóle la lanza, que penetró por entre el ombligo y
el pubis, donde son muy peligrosas las heridas que reciben en la guerra
los míseros mortales. Allí, pues, se hundió la lanza, y Adamante,
cayendo encima de ella, se agitaba como un buey á quien los pastores
han atado en el monte con recias cuerdas y llevan contra su voluntad;
así aquél, al sentirse herido, se agitó algún tiempo, que no fué largo
porque Meriones se le acercó, arrancóle la lanza del cuerpo, y las
tinieblas velaron los ojos del guerrero.
576 Heleno dió á Deípiro un tajo en una sien con su gran espada tracia,
y le rompió el casco. Éste, sacudido por el golpe, cayó al suelo, y
rodando fué á parar á los pies de un guerrero aquivo que lo alzó de
tierra. Á Deípiro, tenebrosa noche le cubrió los ojos.
581 Gran pesar sintió por ello el Atrida Menelao, valiente en el
combate; y blandiendo la lanza, arremetió, amenazador, contra el
héroe y príncipe Heleno, quien, á su vez, armó la ballesta. Ambos
fueron á encontrarse, deseosos el uno de alcanzar al contrario con
la aguda lanza, y el otro de herir á su enemigo con la flecha que el
arco despidiera. El Priámida dió con la saeta en el pecho de Menelao,
donde la coraza presentaba una concavidad; pero la cruel flecha fué
rechazada y voló á otra parte. Como en la espaciosa era saltan del
bieldo las negruzcas habas ó los garbanzos al soplo sonoro del viento y
al impulso del aventador; de igual modo, la amarga flecha, repelida por
la coraza del glorioso Menelao, voló á lo lejos. Por su parte Menelao
Atrida, valiente en la pelea, hirió á Heleno en la mano en que llevaba
el pulimentado arco: la broncínea lanza atravesó la palma y penetró
en la ballesta. Heleno retrocedió hasta el grupo de sus amigos, para
evitar la muerte; y su mano, colgando, arrastraba el asta de fresno.
El magnánimo Agenor se la arrancó y le vendó la mano con una honda de
lana de oveja, bien tejida, que les facilitó el escudero del pastor de
hombres.
601 Pisandro embistió al glorioso Menelao. El hado funesto le llevaba
al fin de su vida, empujándole para que fuese vencido por ti, oh
Menelao, en la terrible pelea. Así que entrambos se hallaron frente á
frente, acometiéronse, y el Atrida erró el golpe porque la lanza se le
desvió; Pisandro dió un bote en la rodela del glorioso Menelao, pero no
pudo atravesar el bronce: resistió el ancho escudo y quebróse la lanza
por el asta cuando aquél se regocijaba en su corazón con la esperanza
de salir victorioso. Pero el Atrida desnudó la espada guarnecida de
argénteos clavos y asaltó á Pisandro; quien, cubriéndose con el escudo,
aferró una hermosa hacha, de bronce labrado, provista de un largo y
liso mango de madera de olivo. Acometiéronse, y Pisandro dió un golpe á
Menelao en la cimera del yelmo, adornado con crines de caballo, debajo
del penacho; y Menelao hundió su espada en la frente del teucro, encima
de la nariz: crujieron los huesos, y los ojos, ensangrentados, cayeron
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