el liso escudo, y profiriendo horribles gritos se disponía á matar á
quien se le opusiera. Mas el Tidida, cogiendo una gran piedra que dos
de los actuales hombres no podrían llevar y que él manejaba fácilmente,
hirió á Eneas en la articulación del isquion con el fémur que se llama
-cótyla-; la áspera piedra rompió la cótila, desgarró ambos tendones y
arrancó la piel. El héroe cayó de rodillas, apoyó la robusta mano en el
suelo y la noche obscura cubrió sus ojos.
311 Y allí pereciera el rey de hombres Eneas, si no lo hubiese
advertido su madre Venus, hija de Júpiter, que lo había concebido de
Anquises, pastor de bueyes. La diosa tendió sus níveos brazos al hijo
amado y le cubrió con un doblez del refulgente manto, para defenderle
de los tiros; no fuera que alguno de los dánaos, de ágiles corceles,
clavándole el bronce en el pecho, le quitara la vida.
318 Mientras Venus sacaba á Eneas de la liza, el hijo de Capaneo no
echó en olvido las órdenes que le diera Diomedes, valiente en el
combate: sujetó allí, separadamente de la refriega, sus solípedos
caballos, amarrando las bridas al barandal; y apoderándose de los
corceles, de lindas crines, de Eneas, hízolos pasar de los teucros á
los aqueos de hermosas grebas y entrególos á Deípilo, el compañero
á quien más honraba á causa de su prudencia, para que los llevara á
las cóncavas naves. Acto continuo subió al carro, asió las lustrosas
riendas y guió solícito hacia Diomedes los caballos de duros cascos. El
héroe perseguía con el cruel bronce á Ciprina, conociendo que era una
deidad débil, no de aquéllas que imperan en el combate de los hombres,
como Minerva ó Belona, asoladora de ciudades. Tan pronto como llegó á
alcanzarla por entre la multitud, el hijo del magnánimo Tideo, calando
la afilada pica, rasguñó la tierna mano de la diosa: la punta atravesó
el peplo divino, obra de las mismas Gracias, y rompió la piel de la
palma. Brotó la sangre divina, ó por mejor decir, el -icor-; que tal es
lo que tienen los bienaventurados dioses, pues no comen pan ni beben
vino negro, y por esto carecen de sangre y son llamados inmortales. La
diosa, dando una gran voz, apartó al hijo que Febo Apolo recibió en sus
brazos y envolvió en espesa nube; no fuera que alguno de los dánaos, de
ágiles corceles, clavándole el bronce en el pecho, le quitara la vida.
Y Diomedes, valiente en el combate, dijo á voz en cuello:
348 «¡Hija de Júpiter, retírate del combate y la pelea! ¿No te basta
engañar á las débiles mujeres? Creo que si intervienes en la batalla te
dará horror la guerra, aunque te encuentres á gran distancia de donde
la haya.»
[Ilustración: DIOMEDES PERSEGUÍA Á VENUS Y CON LA AFILADA PICA
RASGUÑÓ LA TIERNA MANO DE LA DIOSA
(-Canto V, versos 330 á 342.-)]
352 Así se expresó. La diosa retrocedió turbada y afligida; Iris, de
pies veloces como el viento, asiéndola por la mano, la sacó del tumulto
cuando ya el dolor la abrumaba y el hermoso cutis se ennegrecía; y como
aquélla encontrara al furibundo Marte sentado á la izquierda de la
batalla, con la lanza y los veloces caballos envueltos en una nube, se
hincó de rodillas y pidióle con instancia los corceles de áureas bridas:
359 «¡Querido hermano! Compadécete de mí y dame los bridones para que
pueda volver al Olimpo, á la mansión de los inmortales. Me duele mucho
la herida que me infirió un hombre, el Tidida, quien sería capaz de
pelear con el padre Júpiter.»
363 Dijo, y Marte le cedió los corceles de áureas bridas. Venus subió
al carro, con el corazón afligido; Iris se puso á su lado, y tomando
las riendas avispó con el látigo á aquéllos, que gozosos alzaron el
vuelo. Pronto llegaron á la morada de los dioses, al alto Olimpo; y la
diligente Iris, de pies ligeros como el viento, detuvo los caballos,
los desunció del carro y les echó un pasto divino. La diosa Venus se
refugió en el regazo de su madre Dione; la cual, recibiéndola en los
brazos y halagándola con la mano, le dijo:
373 «¿Cuál de los celestes dioses, hija querida, de tal modo te
maltrató, como si á su presencia hubieses cometido alguna falta?»
375 Respondióle al punto la risueña Venus: «Hirióme el hijo de Tideo,
Diomedes soberbio, porque sacaba de la liza á mi hijo Eneas, carísimo
para mí más que otro alguno. La enconada lucha ya no es sólo de teucros
y aqueos, pues los dánaos se atreven á combatir con los inmortales.»
381 Contestó Dione, divina entre las diosas: «Sufre el dolor, hija
mía, y sopórtalo aunque estés afligida; que muchos de los moradores
del Olimpo hemos tenido que tolerar ofensas de los hombres, á
quienes excitamos para causarnos, unos dioses á otros, horribles
males.--Las toleró Marte, cuando Oto y el fornido Efialtes, hijos
de Aloeo, le tuvieron trece meses atado con fuertes cadenas en una
cárcel de bronce: allí pereciera el dios insaciable de combate, si su
madrastra, la bellísima Eribea, no lo hubiese participado á Mercurio,
quien sacó furtivamente de la cárcel á Marte casi exánime, pues las
crueles ataduras le agobiaban.--Las toleró Juno, cuando el vigoroso
hijo de Anfitrión hirióla en el pecho diestro con trifurcada flecha;
vehementísimo dolor atormentó entonces á la diosa.--Y las toleró
también el ingente Plutón, cuando el mismo hijo de Júpiter, que lleva
la égida, disparándole en la puerta del infierno veloz saeta, á él
que estaba entre los muertos, le entregó al dolor: con el corazón
afligido, traspasado de dolor--pues la flecha se le había clavado en la
robusta espalda y abatía su ánimo,--fué el dios al palacio de Júpiter,
al vasto Olimpo, y Peón curóle, que mortal no naciera, esparciendo
sobre la herida drogas calmantes. ¡Osado! ¡Temerario! No se abstenía de
cometer acciones nefandas y contristaba con el arco á los dioses que
habitan el Olimpo.--Á ése le ha excitado contra ti Minerva, la diosa
de los brillantes ojos. ¡Insensato! Ignora el hijo de Tideo que quien
lucha con los inmortales, ni llega á viejo ni los hijos le reciben,
llamándole ¡papá! y abrazando sus rodillas, de vuelta del combate y de
la terrible pelea. Aunque es valiente, tema que le salga al encuentro
alguien más fuerte que tú: no sea que luego la prudente Egialea,
hija de Adrasto y cónyuge ilustre de Diomedes, domador de caballos,
despierte con su llanto á los domésticos por sentir soledad de su
legítimo esposo, el mejor de los aqueos todos.»
416 Dijo, y con ambas manos restañó el icor; curóse la herida y los
acerbos dolores se calmaron. Minerva y Juno que lo presenciaban,
intentaron zaherir á Jove Saturnio con mordaces palabras; y la diosa de
los brillantes ojos empezó á hablar de esta manera:
421 «¡Padre Júpiter! ¿Te enfadarás conmigo por lo que diré? Sin duda
Ciprina quiso persuadir á alguna aquea de hermoso peplo á que se fuera
con los troyanos, que tan queridos le son; y acariciándola, áureo
broche le rasguñó la delicada mano.»
426 De este modo habló. Sonrióse el padre de los hombres y de los
dioses, y llamando á la dorada Venus, le dijo:
428 «Á ti, hija mía, no te han sido asignadas las acciones bélicas:
dedícate á los dulces trabajos del himeneo, y el impetuoso Marte y
Minerva cuidarán de aquéllas.»
431 Así los dioses conversaban. Diomedes, valiente en el combate,
cerró con Eneas, no obstante comprender que el mismo Apolo extendía la
mano sobre él; pues impulsado por el deseo de acabar con el héroe y
despojarle de las magníficas armas, ya ni al gran dios respetaba. Tres
veces asaltó á Eneas con intención de matarle; tres veces agitó Apolo
el refulgente escudo. Y cuando, semejante á un dios, atacaba por cuarta
vez, el flechador Apolo le increpó con aterradoras voces:
440 «¡Tidida, piénsalo mejor y retírate! No quieras igualarte á las
deidades, pues jamás fueron semejantes la raza de los inmortales dioses
y la de los hombres que andan por la tierra.»
443 Tal dijo. El Tidida retrocedió un poco para no atraerse la cólera
del flechador Apolo; y el dios, sacando á Eneas del combate, le
llevó al templo que tenía en la sacra Pérgamo: dentro de éste, Latona
y Diana, que se complace en tirar flechas, curaron al héroe y le
aumentaron el vigor y la belleza del cuerpo. En tanto Apolo, que lleva
arco de plata, formó un simulacro de Eneas y su armadura; y alrededor
del mismo, teucros y divinos aqueos chocaban los escudos de cuero de
buey y los alados broqueles que los pechos protegían. Y Febo Apolo dijo
entonces al furibundo Marte:
455 «¡Marte, Marte, funesto á los mortales, manchado de homicidios,
demoledor de murallas! ¿Quieres entrar en la liza y sacar á ese hombre,
al Tidida, que sería capaz de combatir hasta con el padre Júpiter?
Primero hirió á Ciprina en el puño, y luego, semejante á un dios, cerró
conmigo.»
460 Cuando esto hubo dicho, sentóse en la excelsa Pérgamo. El funesto
Marte, tomando la figura del ágil Acamante, caudillo de los tracios,
enardeció á los que militaban en las filas troyanas y exhortó á los
ilustres hijos de Príamo:
464 «¡Hijos del rey Príamo, alumno de Jove! ¿Hasta cuándo dejaréis que
el pueblo perezca á manos de los aqueos? ¿Acaso hasta que el enemigo
llegue á las sólidas puertas de los muros? Yace en tierra un varón
á quien honrábamos como al divino Héctor: Eneas, hijo del magnánimo
Anquises. Ea, saquemos del tumulto al valiente amigo.»
470 Con estas palabras les excitó á todos el valor y la fuerza. Á su
vez, Sarpedón reprendía así al divino Héctor:
472 «¡Héctor! ¿Qué se hizo el valor que antes mostrabas? Dijiste que
defenderías la ciudad sin tropas ni aliados, solo, con tus hermanos y
tus deudos. De éstos á ninguno veo ni descubrir puedo: temblando están
como perros en torno de un león, mientras combatimos los que únicamente
somos auxiliares. Yo que figuro como tal, he venido de muy lejos, de la
Licia, situada á orillas del voraginoso Janto; allí dejé á mi esposa
amada, al tierno infante y riquezas muchas que el menesteroso apetece.
Mas, sin embargo de esto y de no tener aquí nada que los aqueos puedan
llevarse ó apresar, animo á los licios y deseo luchar con ese guerrero;
y tú estás parado y ni siquiera exhortas á los demás hombres á que
resistan al enemigo y defiendan á sus esposas. No sea que, como si
hubierais caído en una red de lino que todo lo envuelve, lleguéis á
ser presa y botín de los enemigos, y éstos destruyan vuestra populosa
ciudad. Preciso es que te ocupes en ello día y noche y supliques á los
caudillos de los auxiliares venidos de lejas tierras, que resistan
firmemente y no se hagan acreedores á graves censuras.»
493 Así habló Sarpedón. Sus palabras royéronle el ánimo á Héctor, que
saltó del carro al suelo, sin dejar las armas; y blandiendo un par de
afiladas picas, recorrió el ejército, animóle á combatir y promovió
una terrible pelea. Los teucros volvieron la cara á los aqueos para
embestirlos, y los argivos sostuvieron apiñados la acometida y no se
arredraron. Como en el abaleo, cuando la rubia Ceres separa el grano
de la paja al soplo del viento, el aire lleva el tamo por las sagradas
eras y los montones de paja blanquean; del mismo modo los aqueos se
tornaban blanquecinos por el polvo que levantaban hasta el cielo de
bronce los corceles de cuantos volvían á encontrarse en la refriega.
Los aurigas guiaban los caballos al combate y los guerreros acometían
de frente con toda la fuerza de sus brazos. El furibundo Marte cubrió
el campo de espesa niebla para socorrer á los teucros y á todas partes
iba; cumpliendo así el encargo que le hizo Febo Apolo, el de la áurea
espada, de que excitara el ánimo de aquéllos, cuando vió que Minerva,
la protectora de los dánaos, se ausentaba.
512 El dios sacó á Eneas del suntuoso templo; é infundiendo valor al
pastor de hombres, le dejó entre sus compañeros, que se alegraron de
verle vivo, sano y revestido de valor; pero no le preguntaron nada,
porque no se lo permitía el combate suscitado por el dios del arco de
plata, por Marte, funesto á los mortales, y por la Discordia, cuyo
furor es insaciable.
519 Ambos Ayaces, Ulises y Diomedes enardecían á los dánaos en la
pelea; y éstos, en vez de atemorizarse ante la fuerza y las voces de
los teucros, aguardábanlos tan firmes como las nubes que Júpiter deja
inmóviles en las cimas de los montes durante la calma, cuando duermen
el Bóreas y demás vientos fuertes que con sonoro soplo disipan los
pardos nubarrones; tan firmemente esperaban los dánaos á los teucros,
sin pensar en la fuga. El Atrida bullía entre la muchedumbre y á todos
exhortaba:
529 «¡Oh amigos! ¡Sed hombres, mostrad que tenéis un corazón esforzado
y avergonzaos de parecer cobardes en el duro combate! De los que
sienten este temor, son más los que se salvan que los que mueren; los
que huyen, ni gloria alcanzan ni entre sí se ayudan.»
533 Dijo, y despidiendo con ligereza el dardo, hirió al caudillo
Deicoonte Pergásida, compañero del magnánimo Eneas; á quien veneraban
los troyanos como á la prole de Príamo, por su arrojo en pelear en
las primeras filas. El rey Agamenón acertó á darle un bote en el
escudo, que no logró detener al dardo: éste lo atravesó, y rasgando
el cinturón, clavóse en el empeine del guerrero. Deicoonte cayó con
estrépito y sus armas resonaron.
541 Eneas mató á dos hijos de Diocles, Cretón y Orsíloco, varones
valentísimos cuyo padre vivía en la bien construída Feras, abastado de
bienes, y era descendiente del anchuroso Alfeo que riega el país de los
pilios. El Alfeo engendró á Orsíloco, que reinó sobre muchos hombres;
Orsíloco fué padre del magnánimo Diocles, y de éste nacieron los dos
mellizos Cretón y Orsíloco, diestros en toda especie de combates;
quienes, apenas llegados á la juventud, fueron en negras naves y junto
con los argivos á Troya, para vengar á los Atridas Agamenón y Menelao,
y allí la muerte los cubrió con su manto. Como dos leones criados por
su madre en la espesa selva de la cumbre de un monte, devastan los
establos, robando bueyes y pingües ovejas, hasta que los hombres los
matan con el afilado bronce; del mismo modo, aquéllos, que parecían
altos abetos, cayeron vencidos por Eneas.
561 Al verlos derribados en el suelo, condolióse Menelao, caro á
Marte, y en seguida, revestido de luciente bronce y blandiendo la
lanza, se abrió camino por las primeras filas: Marte le excitaba el
valor para que sucumbiera á manos de Eneas. Pero Antíloco, hijo del
magnánimo Néstor, que lo advirtió, se fué en pos del pastor de hombres
temiendo que le ocurriera algo y les frustrara la empresa. Cuando los
dos guerreros, deseosos de pelear, calaban las agudas lanzas para
acometerse, colocóse Antíloco al lado del pastor de hombres; Eneas,
aunque era luchador brioso, no se atrevió á esperarlos; y ellos
pudieron llevarse los cadáveres de aquellos infelices, ponerlos en las
manos de sus amigos y volver á combatir en el punto más avanzado.
576 Entonces mataron á Pilémenes, igual á Marte, caudillo de los
ardidos paflagones que de escudos van armados: el Atrida Menelao,
famoso por su pica, envasóle la lanza junto á la clavícula. Antíloco
hirió de una pedrada en el codo al valiente escudero Midón Atimníada,
cuando éste revolvía los solípedos caballos--las ebúrneas riendas
vinieron de sus manos al polvo,--y acometiéndole con la espada, le
dió un tajo en las sienes. Midón, anhelante, cayó del carro: hundióse
su cabeza con el cuello y parte de los hombros en la arena que allí
abundaba, y así permaneció un buen espacio hasta que los corceles,
pataleando, lo tiraron al suelo; Antíloco se apoderó del carro, picó á
los corceles, y se los llevó al campamento aqueo.
590 Héctor atisbó á los dos guerreros en las filas, arremetió á ellos,
gritando, y le siguieron las fuertes falanges troyanas que capitaneaban
Marte y la venerable Belona: ésta promovía el horrible tumulto de la
pelea; Marte manejaba una lanza enorme, y ya precedía á Héctor, ya
marchaba detrás del mismo.
596 Al verle, estremecióse Diomedes, valiente en el combate. Como el
inexperto viajero, después que ha atravesado una gran llanura, se
detiene al llegar á un río de rápida corriente que desemboca en el mar,
percibe el murmurio de las espumosas aguas y vuelve con presteza atrás;
de semejante modo retrocedió el hijo de Tideo, gritando á los suyos:
601 «¡Oh amigos! ¿Cómo nos admiramos de que el divino Héctor sea hábil
lancero y audaz luchador? Á su lado hay siempre alguna deidad para
librarle de la muerte, y ahora es Marte, transfigurado en mortal,
quien le acompaña. Emprended la retirada, con la cara vuelta hacia los
teucros, y no queráis combatir denodadamente con los dioses.»
607 De esta manera habló. Los teucros llegaron muy cerca de ellos, y
Héctor mató á dos varones diestros en la pelea que iban en un mismo
carro: Menestes y Anquíalo.
610 Al verlos derribados por el suelo, compadecióse el gran Ayax
Telamonio; y deteniéndose muy cerca del enemigo, arrojó la pica
reluciente á Anfio, hijo de Selago, que moraba en Peso, era riquísimo
en bienes y sembrados, y había ido--impulsábale el hado--á ayudar á
Príamo y sus hijos. Ayax Telamonio acertó á darle en el cinturón, la
larga pica se clavó en el empeine, y el guerrero cayó con estrépito.
Corrió el esclarecido Ayax á despojarle de las armas--los teucros
hicieron llover sobre el héroe agudos relucientes dardos, de los cuales
recibió muchos el escudo,--y poniendo el pie encima del cadáver,
arrancó la broncínea lanza; pero no pudo quitarle de los hombros la
magnífica armadura, porque estaba abrumado por los tiros. Temió verse
encerrado dentro de un fuerte círculo por los arrogantes teucros, que
en gran número y con valentía le enderezaban sus lanzas; y aunque era
corpulento, vigoroso é ilustre, fué rechazado y hubo de retroceder.
627 Así se portaban éstos en el duro combate. El hado poderoso llevó
contra Sarpedón, igual á un dios, á Tlepólemo Heraclida, valiente y
de gran estatura. Cuando ambos héroes, hijo y nieto de Júpiter, que
amontona las nubes, se hallaron frente á frente, Tlepólemo fué el
primero en hablar y dijo:
633 «¡Sarpedón, príncipe de los licios! ¿Qué necesidad tienes, no
estando ejercitado en la guerra, de venir á temblar? Mienten cuantos
afirman que eres hijo de Júpiter, que lleva la égida, pues desmereces
mucho de los varones engendrados en tiempos anteriores por este dios,
como dicen que fué mi intrépido padre, el fornido Hércules, de corazón
de león; el cual, habiendo venido por los caballos de Laomedonte,
con seis solas naves y pocos hombres, consiguió saquear la ciudad y
despoblar sus calles. Pero tú eres de ánimo apocado, dejas que las
tropas perezcan, y no creo que tu venida de la Licia sirva para la
defensa de los troyanos por muy vigoroso que seas; pues vencido por mí,
entrarás por las puertas del Orco.»
647 Respondióle Sarpedón, caudillo de los licios: «¡Tlepólemo! Aquél
destruyó, con efecto, la sacra Ilión á causa de la perfidia del ilustre
Laomedonte, que pagó con injuriosas palabras sus beneficios y no quiso
entregarle los caballos por los que viniera de tan lejos. Pero yo
te digo que la perdición y la negra muerte de mi mano te vendrán; y
muriendo, herido por mi lanza, me darás gloria, y á Plutón, el de los
famosos corceles, el alma.»
655 Así dijo Sarpedón y Tlepólemo alzó la lanza de fresno. Las luengas
lanzas partieron á un mismo tiempo de las manos. Sarpedón hirió á
Tlepólemo: la dañosa punta atravesó el cuello, y las tinieblas de la
noche velaron los ojos del guerrero. Tlepólemo dió con su gran lanza
en el muslo derecho de Sarpedón: el bronce penetró con ímpetu hasta el
hueso, pero todavía Jove libró á su hijo de la muerte.
663 Los ilustres compañeros de Sarpedón, igual á un dios, sacáronle del
combate, con la gran lanza que, arrastrando, le apesgaba; pues con la
prisa nadie la advirtió ni pensó en arrancársela del muslo, para que
pudiera subir al carro. Tanta era la fatiga con que de él cuidaban.
668 Á su vez, los aqueos, de hermosas grebas, se llevaron del campo á
Tlepólemo. El divino Ulises, de ánimo paciente, viólo, sintió que se
le enardecía el corazón, y revolvió en su mente y en su espíritu si
debía perseguir al hijo de Júpiter tonante ó privar de la vida á muchos
licios. No le había concedido el hado matar con el agudo bronce al
esforzado hijo de Júpiter, y por esto Minerva le inspiró que acometiera
á los licios. Mató entonces á Cérano, Alástor, Cromio, Alcandro, Halio,
Noemón y Prítanis, y aun á más licios hiciera morir el divino Ulises,
si no lo hubiese notado el gran Héctor, de tremolante casco; el cual,
cubierto de luciente bronce, se abrió calle por los combatientes
delanteros é infundió terror á los dánaos. Holgóse de su llegada
Sarpedón, hijo de Júpiter, y profirió estas lastimeras palabras:
684 «¡Priámida! No permitas que yo, tendido en el suelo, llegue á ser
presa de los dánaos; socórreme y pierda la vida en vuestra ciudad, ya
que no he de alegrar, volviendo á mi casa y á la patria tierra, ni á mi
esposa querida ni al tierno infante.»
689 De esta suerte habló. Héctor, de tremolante casco, pasó corriendo,
sin responderle, porque ardía en deseos de rechazar cuanto antes á los
argivos y quitar la vida á muchos guerreros. Los ilustres camaradas
de Sarpedón, igual á un dios, lleváronle al pie de una hermosa encina
consagrada á Júpiter, que lleva la égida; y el valeroso Pelagonte,
su compañero amado, le arrancó la lanza de fresno. Amortecido quedó
el héroe y obscura niebla cubrió sus ojos; pero pronto volvió en
su acuerdo, porque el soplo del Bóreas le reanimó cuando ya apenas
respirar podía.
699 Los argivos, al acometerlos Marte y Héctor armado de bronce, ni se
volvían hacia las negras naves, ni rechazaban el ataque, sino que se
batían en retirada desde que supieron que aquel dios se hallaba con los
teucros.
703 ¿Cuál fué el primero, cuál el último de los que entonces mataron
Héctor, hijo de Príamo, y el férreo Marte? Teutrante, igual á un dios;
Orestes, aguijador de caballos; Treco, lancero etolo; Enomao; Heleno
Enópida y Oresbio, de tremolante mitra; quien, muy ocupado en cuidar
de sus bienes, moraba en Hila, á orillas del lago Cefisis, con otros
beocios que constituían un opulento pueblo.
711 Cuando Juno, la diosa de los níveos brazos, vió que ambos mataban á
muchos argivos en el duro combate, dijo á Minerva estas aladas palabras:
714 «¡Oh dioses! ¡Hija de Júpiter, que lleva la égida! ¡Indómita
deidad! Vana será la promesa que hicimos á Menelao de que no se iría
sin destruir la bien murada Ilión, si dejamos que el pernicioso Marte
ejerza sus furores. Ea, pensemos en prestar al héroe poderoso auxilio.»
719 Dijo; y Minerva, la diosa de los brillantes ojos, no desobedeció.
Juno, deidad veneranda hija del gran Saturno, aparejó los corceles con
sus áureas bridas, y Hebe puso diligentemente en el férreo eje, á ambos
lados del carro, las corvas ruedas de bronce que tenían ocho rayos.
Era de oro la indestructible pina, de bronce las ajustadas admirables
llantas, y de plata los torneados cubos. El asiento descansaba sobre
tiras de oro y de plata, y un doble barandal circundaba el carro. Por
delante salía argéntea lanza, en cuya punta ató la diosa un yugo de oro
con bridas de oro también; y Juno, que anhelaba el combate y la pelea,
unció los corceles de pies ligeros.
733 Minerva, hija de Júpiter, que lleva la égida, dejó caer al suelo
el hermoso peplo bordado que ella misma tejiera y labrara con sus
manos; vistió la loriga de Jove, que amontona las nubes, y se armó
para la luctuosa guerra. Suspendió de sus hombros la espantosa égida
floqueada que el terror corona: allí están la Discordia, la Fuerza y
la Persecución horrenda; allí la cabeza de la Gorgona, monstruo cruel
y horripilante, portento de Júpiter, que lleva la égida. Cubrió su
cabeza con áureo casco de doble cimera y cuatro abolladuras, apto para
resistir á la infantería de cien ciudades. Y subiendo al flamante
carro, asió la lanza ponderosa, larga, fornida, con que la hija del
prepotente padre destruye filas enteras de héroes cuando contra ellos
monta en cólera. Juno picó con el látigo á los bridones, y abriéronse
de propio impulso, rechinando, las puertas del cielo de que cuidan
las Horas--á ellas está confiado el espacioso cielo y el Olimpo--para
remover ó colocar delante la densa nube. Por allí, á través de las
puertas, dirigieron los corceles dóciles al látigo y hallaron al
Saturnio, sentado aparte de los otros dioses, en la más alta de las
muchas cumbres del Olimpo. Juno, la diosa de los níveos brazos, detuvo
entonces los corceles, para hacer esta pregunta al excelso Jove
Saturnio:
757 «¡Padre Júpiter! ¿No te indignas contra Marte al presenciar sus
atroces hechos? ¡Cuántos y cuáles varones aqueos ha hecho perecer
temeraria é injustamente! Yo me aflijo, y Ciprina y Apolo se alegran de
haber excitado á ese loco que no conoce ley alguna. Padre Júpiter, ¿te
enfadarás conmigo si á Marte le ahuyento del combate causándole graves
heridas?»
764 Respondióle Júpiter, que amontona las nubes: «Ea, aguija contra él
á Minerva, que impera en las batallas, pues es quien suele causarle más
vivos dolores.»
767 Así se expresó. Juno, la diosa de los níveos brazos, obedecióle
y picó á los corceles, que volaron gozosos entre la tierra y el
estrellado cielo. Cuanto espacio alcanza á ver el que sentado en alta
cumbre fija sus ojos en el vinoso ponto, otro tanto salvan de un brinco
los caballos, de sonoros relinchos, de los dioses. Tan luego como
ambas deidades llegaron á Troya, Juno paró el carro en el lugar donde
el Símois y el Escamandro juntan sus aguas; desunció los corceles,
cubriólos de espesa niebla, y el Símois hizo nacer la ambrosía para que
pacieran.
778 Las diosas empezaron á andar, semejantes en el paso á tímidas
palomas, impacientes por socorrer á los argivos. Cuando llegaron al
sitio donde estaba el fuerte Diomedes, domador de caballos, con los
más y mejores de los adalides que parecían carniceros leones ó puercos
monteses, cuya fuerza es grande, se detuvieron; y Juno, la diosa de los
níveos brazos, tomando el aspecto del magnánimo Esténtor, que tenía
vozarrón de bronce y gritaba tanto como cincuenta, exclamó:
787 «¡Qué vergüenza, argivos, hombres sin dignidad, admirables sólo
por la figura! Mientras el divino Aquiles asistía á las batallas, los
teucros, amedrentados por su formidable pica, no pasaban de las puertas
dardanias; y ahora combaten lejos de la ciudad, junto á las cóncavas
naves.»
792 Con tales palabras les excitó á todos el valor y la fuerza.
Minerva, la diosa de los brillantes ojos, fué en busca del hijo de
Tideo y le halló junto á su carro y sus corceles, refrescando la herida
que Pándaro con una flecha le causara. El sudor le molestaba debajo de
la abrazadera del redondo escudo, cuyo peso sentía el héroe; y alzando
éste con su cansada mano la correa, se enjugaba la denegrida sangre. La
diosa apoyó la diestra en el yugo de los caballos y dijo:
800 «¡Cuán poco se parece á su padre el hijo de Tideo! Era éste de
pequeña estatura, pero belicoso. Y aunque no le dejase combatir ni
señalarse--como en la ocasión en que, habiendo ido por embajador á
Tebas, se encontró lejos de los suyos entre multitud de cadmeos y le dí
orden de que banqueteara tranquilo en el palacio,--conservaba siempre
su espíritu valeroso; y desafiando á los jóvenes cadmeos, los vencía
fácilmente en toda clase de luchas. ¡De tal modo le protegía! Ahora
es á ti á quien asisto y defiendo, exhortándote á pelear animosamente
con los teucros. Mas, ó el excesivo trabajo de la guerra ha fatigado
tus miembros, ó te domina el exánime terror. No, tú no eres hijo del
aguerrido Tideo Enida.»
814 Respondióle el fuerte Diomedes: «Te conozco, oh diosa, hija de
Júpiter, que lleva la égida. Por esto te hablaré gustoso, sin ocultarte
nada. No me domina el exánime terror ni flojedad alguna; pero recuerdo
todavía las órdenes que me diste. No me dejabas combatir con los
bienaventurados dioses; pero si Venus, hija de Júpiter, se presentara
en la pelea, debía herirla con el agudo bronce. Pues bien: ahora
retrocedo y he mandado que los argivos se replieguen aquí, porque
comprendo que Marte impera en la batalla.»
825 Contestó Minerva, la diosa de los brillantes ojos: «¡Diomedes
Tidida, carísimo á mi corazón! No temas á Marte ni á ninguno de los
inmortales; tanto te voy á ayudar. Ea, endereza los solípedos caballos
á Marte, hiérele de cerca y no respetes al furibundo dios, á ese loco
voluble y nacido para dañar, que á Juno y á mí nos prometió combatir
contra los teucros en favor de los argivos y ahora está con aquéllos y
de sus palabras se ha olvidado.»
835 Apenas hubo dicho estas palabras, asió de la mano á Esténelo
que saltó diligente del carro á tierra. Subió la enardecida diosa,
colocándose al lado de Diomedes, y el eje de encina recrujió porque
llevaba á una diosa terrible y á un varón fortísimo. Palas Minerva,
habiendo recogido el látigo y las riendas, guió los solípedos caballos
hacia Marte; el cual quitaba la vida al gigantesco Perifante, preclaro
hijo de Oquesio y el más valiente de los etolos. Á tal varón mataba
Marte, manchado de homicidios. Y Minerva se puso el casco de Plutón,
para que el furibundo dios no la conociera.
846 Cuando Marte, funesto á los mortales, los vió venir, dejando al
gigantesco Perifante tendido donde le matara, se encaminó hacia el
divino Diomedes, domador de caballos. Al hallarse á corta distancia,
Marte, que deseaba acabar con Diomedes, le dirigió la broncínea lanza
por cima del yugo y las riendas; pero Minerva, cogiéndola y alejándola
del carro, hizo que aquél diera el golpe en vano. Á su vez Diomedes,
valiente en el combate, atacó á Marte con la broncínea pica, y Palas
Minerva, apuntándola á la ijada del dios, donde el cinturón le ceñía,
hirióle, desgarró el hermoso cutis y retiró el arma. El férreo Marte
clamó como gritarían nueve ó diez mil hombres que en la guerra llegaran
á las manos; y temblaron, amedrentados, aquivos y teucros. ¡Tan fuerte
bramó Marte, insaciable de combate!
864 Cual vapor sombrío que se desprende de las nubes por la acción de
un impetuoso viento abrasador, tal le parecía á Diomedes Tidida el
férreo Marte cuando, cubierto de niebla, se dirigía al anchuroso cielo.
El dios llegó en seguida al alto Olimpo, mansión de las deidades; se
sentó, con el corazón afligido, á la vera del Saturnio Jove; mostró la
sangre inmortal que manaba de la herida, y suspirando dijo estas aladas
palabras:
872 «¡Padre Júpiter! ¿No te indignas al presenciar tan atroces hechos?
Siempre los dioses hemos padecido males horribles que recíprocamente
nos causamos para complacer á los hombres; pero todos estamos airados
contigo, porque engendraste una hija loca, funesta, que sólo se ocupa
en acciones inicuas. Cuantos dioses hay en el Olimpo te obedecen y
acatan; pero á ella no la sujetas con palabras ni con obras, sino que
la instigas, por ser tú el padre de esa hija perniciosa que ha movido
al insolente Diomedes, hijo de Tideo, á combatir, en su furia, con
los inmortales dioses. Primero hirió á Ciprina en el puño, y después,
cual si fuese un dios, arremetió contra mí. Si no llegan á salvarme
mis ligeros pies, hubiera tenido que sufrir horrores entre espantosos
montones de cadáveres, ó quedar inválido, aunque vivo, á causa de las
heridas que me hiciera el bronce.»
888 Mirándole con torva faz, respondió Júpiter, que amontona las
nubes: «¡Inconstante! No te lamentes, sentado á mi vera, pues me eres
más odioso que ningún otro de los dioses del Olimpo. Siempre te han
gustado las riñas, luchas y peleas, y tienes el espíritu soberbio, que
nunca cede, de tu madre Juno, á quien apenas puedo dominar con mis
palabras. Creo que cuanto te ha ocurrido, lo debes á sus consejos. Pero
no permitiré que los dolores te atormenten, porque eres de mi linaje y
para mí te parió tu madre. Si, siendo tan perverso, hubieses nacido de
algún otro dios, tiempo ha que estarías en un abismo más profundo que
el de los hijos de Urano.»
899 Dijo, y mandó á Peón que lo curara. Éste le sanó, aplicándole
drogas calmantes; que nada mortal en él había. Como el jugo cuaja la
blanca y líquida leche cuando se le mueve rápidamente con ella; con
igual presteza curó aquél al furibundo Marte, á quien Hebe lavó y puso
magníficas vestiduras. Y el dios se sentó al lado del Saturnio Jove,
ufano de su gloria.
907 Juno argiva y Minerva alalcomenia regresaron también al palacio
del gran Júpiter, cuando hubieron conseguido que Marte, funesto á los
mortales, de matar hombres se abstuviera.
[Ilustración: Héctor se despide de Andrómaca]
CANTO VI
COLOQUIO DE HÉCTOR Y ANDRÓMACA
1 Quedaron solos en la batalla horrenda teucros y aqueos, que se
arrojaban unos á otros broncíneas lanzas; y la pelea se extendía, acá y
allá de la llanura, entre las corrientes del Símois y del Janto.
5 Ayax Telamonio, antemural de los aqueos, rompió el primero la falange
troyana é hizo aparecer la aurora de la salvación entre los suyos,
hiriendo de muerte al tracio más denodado, al alto y valiente Acamante,
hijo de Eusoro. Acertóle en la cimera del casco guarnecido con crines
de caballo, la lanza se clavó en la frente, la broncínea punta atravesó
el hueso y las tinieblas cubrieron los ojos del guerrero.
12 Diomedes, valiente en el combate, mató á Axilo Teutránida, que,
abastado de bienes, moraba en la bien construída Arisbe; y era muy
amigo de los hombres, porque en su casa, situada cerca del camino, á
todos les daba hospitalidad. Pero ninguno de ellos vino entonces á
librarle de la lúgubre muerte, y Diomedes le quitó la vida á él y á su
escudero Calesio, que gobernaba los caballos. Ambos penetraron en el
seno de la tierra.
20 Euríalo dió muerte á Dreso y Ofeltio, y fuése tras Esepo y Pédaso,
á quienes la náyade Abarbarea concibiera en otro tiempo del eximio
Bucolión, hijo primogénito y bastardo del ilustre Laomedonte (Bucolión
apacentaba ovejas y tuvo amoroso consorcio con la ninfa, la cual quedó
encinta y dió á luz los dos mellizos): el Mecistíada acabó con el valor
de ambos, privó de vigor á sus bien formados miembros y les quitó la
armadura de los hombros. El belígero Polipetes dejó sin vida á Astíalo;
Ulises, con la broncínea lanza, á Pidites percosio; y Teucro, á Aretaón
divino.
32 Antíloco Nestórida mató con la pica reluciente á Ablero; Agamenón,
rey de hombres, á Élato, que habitaba en la excelsa Pédaso, á orillas
del Sátniois, de hermosa corriente; el héroe Leito, á Fílaco mientras
huía; y Eurípilo, á Melantio.
37 Menelao, valiente en la pelea, cogió vivo á Adrasto, cuyos caballos,
corriendo despavoridos por la llanura, chocaron con las ramas de un
tamarisco, rompieron el corvo carro por el extremo del timón, y se
fueron á la ciudad con los que huían espantados. El héroe cayó al suelo
y dió de boca en el polvo junto á la rueda; acercósele Menelao Atrida
con la ingente lanza, y aquél, abrazando sus rodillas, así le suplicaba:
46 «Hazme prisionero, Atrida, y recibirás digno rescate. Muchas cosas
de valor tiene mi opulento padre en casa: bronce, oro, hierro labrado;
con ellas te pagaría inmenso rescate, si supiera que estoy vivo en las
naves aqueas.»
51 Dijo Adrasto, y le conmovió el corazón. É iba Menelao á ponerle en
manos del escudero, para que lo llevara á las veleras naves aqueas,
cuando Agamenón corrió á su encuentro y le increpó diciendo:
55 «¡Ah bondoso! ¡Ah Menelao! ¿Por qué así te apiadas de los hombres?
¡Excelentes cosas hicieron los troyanos en tu palacio! ¡Que ninguno de
los que caigan en nuestras manos se libre de tener nefanda muerte, ni
siquiera el que la madre lleve en el vientre, ni ese escape! ¡Perezcan
todos los de Ilión, sin que sepultura alcancen ni memoria dejen!»
61 Así diciendo, cambió la mente de su hermano con la oportuna
exhortación. Repelió Menelao al héroe Adrasto que, herido en el ijar
por el rey Agamenón, cayó de espaldas. El Atrida le puso el pie en
el pecho y le arrancó la lanza. Y Néstor animaba á los argivos, dando
grandes voces:
67 «¡Amigos, héroes dánaos, ministros de Marte! Que nadie se quede
atrás para recoger despojos y volver, cargado de ellos, á las naves;
ahora matemos hombres y luego con más tranquilidad despojaréis en la
llanura los cadáveres de cuantos mueran.»
72 Con tales palabras les excitó á todos el valor y la fuerza. Y los
teucros hubieran vuelto á entrar en Ilión, acosados por los belicosos
aqueos y vencidos por su cobardía, si Heleno Priámida, el mejor de los
augures, no se hubiese presentado á Eneas y á Héctor para decirles:
77 «¡Eneas y Héctor! Ya que el peso de la batalla gravita
principalmente sobre vosotros entre los troyanos y los licios, porque
sois los primeros en toda empresa, ora se trate de combatir, ora de
razonar, quedaos aquí, recorred las filas, y detened á los guerreros
antes que se encaminen á las puertas, caigan huyendo en brazos de
las mujeres y sean motivo de gozo para los enemigos. Cuando hayáis
reanimado todas las falanges, nosotros, aunque estamos abatidos,
pelearemos con los dánaos porque la necesidad nos apremia. Y tú,
Héctor, ve á la ciudad y di á nuestra madre que llame á las venerables
matronas; vaya con ellas al templo dedicado á Minerva, la de los
brillantes ojos, en la acrópolis; abra la puerta del sacro recinto;
ponga sobre las rodillas de la deidad, de hermosa cabellera, el peplo
que mayor sea, más lindo le parezca y más aprecie de cuantos haya en
el palacio, y le vote sacrificar en el templo doce vacas de un año,
no sujetas aún al yugo, si apiadándose de la ciudad y de las esposas
y niños de los troyanos, aparta de la sagrada Ilión al hijo de Tideo,
feroz guerrero, cuya braveza causa nuestra derrota y á quien tengo por
el más esforzado de los aqueos todos. Nunca temimos tanto ni al mismo
Aquiles, príncipe de hombres, que es, según dicen, hijo de una diosa.
Con gran furia se mueve el hijo de Tideo y en valentía nadie con él se
iguala.»
102 Dijo; y Héctor obedeció á su hermano. Saltó del carro al suelo
sin dejar las armas; y blandiendo dos puntiagudas lanzas, recorrió el
ejército, animóle á combatir y promovió una terrible pelea. Los teucros
volvieron la cara y afrontaron á los argivos; y éstos retrocedieron
y dejaron de matar, figurándose que algún dios habría descendido del
estrellado cielo para socorrer á aquéllos; de tal modo se volvieron. Y
Héctor exhortaba á los teucros diciendo en alta voz:
111 «¡Animosos troyanos, aliados de lejas tierras venidos! Sed hombres,
amigos, y mostrad vuestro impetuoso valor, mientras voy á Ilión y
encargo á los respetables próceres y á nuestras esposas que oren y
ofrezcan hecatombes á los dioses.»
116 Dicho esto, Héctor, de tremolante casco, partió; y la negra piel
que orlaba el abollonado escudo como última franja, le batía el cuello
y los talones.
119 Glauco, vástago de Hipóloco, y el hijo de Tideo, deseosos de
combatir, fueron á encontrarse en el espacio que mediaba entre ambos
ejércitos. Cuando estuvieron cara á cara, Diomedes, valiente en la
pelea, dijo el primero:
123 «¿Cuál eres tú, guerrero valentísimo, de los mortales hombres?
Jamás te vi en las batallas, donde los varones adquieren gloria,
pero al presente á todos los vences en audacia cuando te atreves á
esperar mi fornida lanza. ¡Infelices de aquellos cuyos hijos se oponen
á mi furor! Mas si fueses inmortal y hubieses descendido del cielo,
no quisiera yo luchar con dioses celestiales. Poco vivió el fuerte
Licurgo, hijo de Driante, que contendía con las celestes deidades:
persiguió en los sacros montes de Nisa á las nodrizas del furente
Baco, las cuales tiraron al suelo los tirsos al ver que el homicida
Licurgo las acometía con la aguijada; el dios, espantado, se arrojó al
mar y Tetis le recibió en su regazo, despavorido y agitado por fuerte
temblor que la amenaza de aquel hombre le causara; pero los felices
dioses se irritaron contra Licurgo, cególe el Saturnio, y su vida no
fué larga, porque se había hecho odioso á los inmortales todos. Con
los bienaventurados dioses no quisiera combatir; pero si eres uno de
los mortales que comen los frutos de la tierra, acércate para que más
pronto llegues de tu perdición al término.»
144 Respondióle el preclaro hijo de Hipóloco: «¡Magnánimo Tidida! ¿Por
qué me interrogas sobre el abolengo? Cual la generación de las hojas,
así la de los hombres. Esparce el viento las hojas por el suelo, y la
selva, reverdeciendo, produce otras al llegar la primavera: de igual
suerte, una generación humana nace y otra perece. Pero ya que deseas
saberlo, te diré cuál es mi linaje, de muchos conocido. Hay una ciudad
llamada Éfira en el riñón de la Argólide, criadora de caballos, y
en ella vivía Sísifo Eólida, que fué el más ladino de los hombres.
Sísifo engendró á Glauco, y éste al eximio Belerofonte, á quien los
dioses concedieron gentileza y envidiable valor. Mas Preto, que era
muy poderoso entre los argivos, pues á su cetro los había sometido
Júpiter, hízole blanco de sus maquinaciones y le echó de la ciudad.
La divina Antea, mujer de Preto, había deseado con locura juntarse
clandestinamente con Belerofonte; pero no pudo persuadir al prudente
héroe, que sólo pensaba en cosas honestas, y mintiendo dijo al rey
Preto:
164 “¡Preto! Muérete ó mata á Belerofonte que ha querido juntarse
conmigo, sin que yo lo deseara.”
166 »Así habló. El rey se encendió en ira al oirla; y si bien se
abstuvo de matar á aquél por el religioso temor que sintió su corazón,
le envió á la Licia; y haciendo en un díptico pequeño mortíferas
señales, entrególe los perniciosos signos con orden de que los mostrase
á su suegro para que éste le hiciera perecer. Belerofonte, poniéndose
en camino debajo del fausto patrocinio de los dioses, llegó á la vasta
Licia y á la corriente del Janto: el rey recibióle con afabilidad,
hospedóle durante nueve días y mandó matar otros tantos bueyes; pero
al aparecer por décima vez la Aurora de rosados dedos, le interrogó
y quiso ver la nota que de su yerno Preto le traía. Y así que tuvo
la funesta nota, ordenó á Belerofonte que lo primero de todo matara
á la ineluctable Quimera, ser de naturaleza no humana, sino divina,
con cabeza de león, cola de dragón y cuerpo de cabra, que respiraba
encendidas y horribles llamas; y aquél le dió muerte, alentado por
divinales indicaciones. Luego tuvo que luchar con los afamados Solimos,
y decía que éste fué el más recio combate que con hombres sostuviera.
Más tarde quitó la vida á las varoniles Amazonas. Y cuando regresaba á
la ciudad, el rey, urdiendo otra dolosa trama, armóle una celada con
los varones más fuertes que halló en la espaciosa Licia; y ninguno
de éstos volvió á su casa, porque á todos les dió muerte el eximio
Belerofonte. Comprendió el rey que el héroe era vástago ilustre de
alguna deidad y le retuvo allí, le casó con su hija y compartió con
él la realeza; los licios, á su vez, acotáronle un hermoso campo de
frutales y sembradío que á los demás aventajaba, para que pudiese
cultivarlo. Tres hijos dió á luz la esposa del aguerrido Belerofonte:
Isandro, Hipóloco y Laodamia; y ésta, amada por el próvido Júpiter,
parió al deiforme Sarpedón, que lleva armadura de bronce. Cuando
Belerofonte se atrajo el odio de todas las deidades, vagaba solo por
los campos de Ale, royendo su ánimo y apartándose de los hombres;
Marte, insaciable de pelea, hizo morir á Isandro en un combate con los
afamados Solimos, y Diana, la que usa riendas de oro, irritada, mató á
su hija. Á mí me engendró Hipóloco--de éste, pues, soy hijo--y envióme
á Troya, recomendándome muy mucho que descollara y sobresaliera entre
todos y no deshonrase el linaje de mis antepasados, que fueron los
hombres más valientes de Éfira y la extensa Licia. Tal alcurnia y tal
sangre me glorío de tener.»
212 Así dijo. Alegróse Diomedes, valiente en el combate; y clavando la
pica en el almo suelo, respondió con cariñosas palabras al pastor de
hombres:
215 «Pues eres mi antiguo huésped paterno, porque el divino Eneo
hospedó en su palacio al eximio Belerofonte, le tuvo consigo veinte
días y ambos se obsequiaron con magníficos presentes de hospitalidad.
Eneo dió un vistoso tahalí teñido de púrpura, y Belerofonte una
copa doble de oro, que en mi casa quedó cuando me vine. Á Tideo no
lo recuerdo; dejóme muy niño al salir para Tebas, donde pereció el
ejército aqueo. Soy, por consiguiente, tu caro huésped en el centro
de Argos, y tú lo serás mío en la Licia cuando vaya á tu pueblo. En
adelante no nos acometamos con la lanza por entre la turba. Muchos
troyanos y aliados ilustres me restan, para matar á quienes, por la
voluntad de un dios, alcance en la carrera; y asimismo te quedan muchos
aqueos, para quitar la vida á cuantos te sea posible. Y ahora troquemos
la armadura, á fin de que sepan todos que de ser huéspedes paternos nos
gloriamos.»
232 Dichas estas palabras, descendieron de los carros y se estrecharon
la mano en prueba de amistad. Entonces Júpiter Saturnio hizo perder la
razón á Glauco; pues permutó sus armas por las de Diomedes Tidida, las
de oro por las de bronce, las valoradas en cien bueyes por las que en
nueve se apreciaban.
237 Al pasar Héctor por la encina y las puertas Esceas, acudieron
corriendo las esposas é hijos de los troyanos y preguntáronle por sus
hijos, hermanos, amigos y esposos; y él les encargó que unas tras otras
orasen á los dioses, porque para muchas eran inminentes las desgracias.
242 Cuando llegó al magnífico palacio de Príamo, provisto de bruñidos
pórticos (en él había cincuenta cámaras de pulimentada piedra,
seguidas, donde dormían los hijos de Príamo con sus legítimas esposas;
y enfrente, dentro del mismo patio, otras doce construídas igualmente
con sillares, continuas y techadas, donde se acostaban los yernos de
Príamo y sus castas mujeres), le salió al encuentro su alma madre que
iba en busca de Laódice, la más hermosa de las princesas; y asiéndole
de la mano, le dijo:
254 «¡Hijo! ¿Por qué has venido, dejando el áspero combate? Sin duda
los aqueos, ¡aborrecido nombre!, deben de estrecharnos, combatiendo
alrededor de la ciudad, y tu corazón te ha impulsado á volver con el
fin de levantar desde la acrópolis las manos á Júpiter. Pero aguarda,
traeré vino dulce como la miel para que lo libes al padre Jove y á los
demás inmortales, y puedas también, si bebes, recobrar las fuerzas. El
vino aumenta mucho el vigor del hombre fatigado y tú lo estás de pelear
por los tuyos.»
263 Respondióle el gran Héctor, de tremolante casco: «No me des vino
dulce como la miel, veneranda madre; no sea que me enerves y me hagas
perder valor y fuerza. No me atrevo á libar el negro vino en honor de
Júpiter sin lavarme las manos, ni es lícito orar al Saturnio, el de
las sombrías nubes, cuando se está manchado de sangre y polvo. Pero
tú congrega á las matronas, llévate perfumes, y entrando en el templo
de Minerva, que impera en las batallas, pon sobre las rodillas de
la deidad de hermosa cabellera el peplo mayor, más lindo y que más
aprecies de cuantos haya en el palacio; y vota á la diosa sacrificar en
su templo doce vacas de un año, no sujetas aún al yugo, si, apiadándose
de la ciudad y de las esposas y niños de los troyanos, aparta de la
sagrada Ilión al hijo de Tideo, feroz guerrero cuya valentía causa
nuestra derrota. Encamínate, pues, al templo de Minerva, que impera
en las batallas, y yo iré á la casa de Paris á llamarle, si me quiere
escuchar. ¡Así la tierra se lo tragara! Crióle el Olímpico como una
gran plaga para los troyanos y el magnánimo Príamo y sus hijos. Creo
que si le viera descender al Orco, olvidaríase mi alma de los enojosos
pesares.»
286 De esta suerte se expresó. Hécuba, volviendo al palacio, llamó
á las esclavas, y éstas anduvieron por la ciudad y congregaron á
las matronas; bajó luego al fragrante aposento donde se guardaban
los peplos bordados, obra de las mujeres que se llevara de Sidón el
deiforme Alejandro en el mismo viaje en que robó á Helena, la de nobles
padres; tomó, para ofrecerlo á Minerva, el peplo mayor y más hermoso
por sus bordaduras, que resplandecía como un astro y se hallaba debajo
de todos, y partió acompañada de muchas matronas.
297 Cuando llegaron á la acrópolis, abrióles las puertas del templo
Teano, la de hermosas mejillas, hija de Ciseo y esposa de Antenor,
domador de caballos, á la cual habían elegido los troyanos sacerdotisa
de Minerva. Todas, con lúgubres lamentos, levantaron las manos á la
diosa. Teano, la de hermosas mejillas, tomó el peplo, lo puso sobre las
rodillas de Minerva, la de hermosa cabellera, y orando rogó así á la
hija del gran Jove:
305 «¡Veneranda Minerva, protectora de la ciudad, divina entre las
diosas! ¡Quiébrale la lanza á Diomedes, concédenos que caiga de pechos
en el suelo, ante las puertas Esceas, y te sacrificaremos en este
templo doce vacas de un año, no sujetas aún al yugo, si de este modo te
apiadas de la ciudad y de las esposas y niños de los troyanos!»
311 Tal fué su plegaria, pero Palas Minerva no accedió. En tanto ellas
invocaban á la hija del gran Júpiter, Héctor se encaminó al magnífico
palacio que para Alejandro labrara él mismo con los más hábiles
constructores de la fértil Troya; éstos le hicieron una cámara nupcial,
una sala y un patio, en la acrópolis, cerca de los palacios de Príamo
y de Héctor. Allí entró Héctor, caro á Júpiter, llevando una lanza de
once codos, cuya broncínea y reluciente punta estaba sujeta por áureo
anillo. En la cámara halló á Alejandro que acicalaba las magníficas
armas, escudo y loriga, y probaba el corvo arco; y á la argiva Helena,
que, sentada entre sus esclavas, ocupábalas en primorosas labores. Y en
viendo á aquél, increpóle con injuriosas palabras:
326 «¡Desgraciado! No es decoroso que guardes en el corazón ese rencor.
Los hombres perecen combatiendo al pie de los altos muros de la ciudad;
el bélico clamor y la lucha se encendieron por tu causa alrededor de
nosotros, y tú mismo reconvendrías á quien cejara en la pelea horrenda.
Ea, levántate. No sea que la ciudad llegue á ser pasto de las voraces
llamas.»
332 Respondióle el deiforme Alejandro: «¡Héctor! Justos y no excesivos
son tus reproches, y por lo mismo voy á contestarte. Atiende y
óyeme. Permanecía aquí, no tanto por estar airado ó resentido con
los troyanos, cuanto porque deseaba entregarme al dolor. En este
instante mi esposa me exhortaba con blandas palabras á volver al
combate; y también á mí me parece preferible, porque la victoria tiene
sus alternativas para los guerreros. Ea, pues, aguarda y visto las
marciales armas; ó vete y te sigo, y creo que lograré alcanzarte.»
342 Así dijo. Héctor, de tremolante casco, nada contestó. Y Helena
hablóle con dulces palabras:
344 «¡Cuñado mío, de esta perra maléfica y abominable! ¡Ojalá que
cuando mi madre me dió á luz, un viento proceloso me hubiese llevado
al monte ó al estruendoso mar, para hacerme juguete de las olas, antes
que tales hechos ocurrieran! Y ya que los dioses determinaron causar
estos males, debió tocarme ser esposa de un varón más fuerte, á quien
dolieran la indignación y los reproches de los hombres. Éste ni tiene
firmeza de ánimo ni la tendrá nunca, y creo que recogerá el debido
fruto. Pero, entra y siéntate en esta silla, cuñado, que la fatiga te
oprime el corazón por mí, perra, y por la falta de Alejandro; á quienes
Júpiter nos dió tan mala suerte á fin de que sirvamos á los venideros
de asunto para sus cantos.»
359 Respondióle el gran Héctor, de tremolante casco: «No me ofrezcas
asiento, amable Helena, pues no lograrás persuadirme: ya mi corazón
desea socorrer á los troyanos que me aguardan con impaciencia. Anima á
éste, y él mismo se dé prisa para que me alcance dentro de la ciudad,
mientras voy á mi casa y veo á la esposa querida, al niño y á los
criados; que ignoro si volveré de la batalla, ó los dioses me harán
sucumbir á manos de los aqueos.»
369 Apenas hubo dicho estas palabras, Héctor, de tremolante casco,
se fué. Llegó en seguida á su palacio que abundaba de gente, mas no
encontró á Andrómaca, la de níveos brazos, pues con el niño y la criada
de hermoso peplo estaba en la torre llorando y lamentándose. Héctor,
como no hallara á su excelente esposa, detúvose en el umbral y habló
con las esclavas:
376 «¡Ea, esclavas! Decidme la verdad: ¿Adónde ha ido Andrómaca, la
de níveos brazos, desde el palacio? ¿Á visitar á mis hermanas ó á mis
cuñadas de hermosos peplos? ¿Ó, acaso, al templo de Minerva, donde las
troyanas, de lindas trenzas, aplacan á la terrible diosa?»
381 Respondióle la fiel despensera: «¡Héctor! Ya que nos mandas decir
la verdad, no fué á visitar á tus hermanas ni á tus cuñadas de hermosos
peplos, ni al templo de Minerva, donde las troyanas, de lindas trenzas,
aplacan á la terrible diosa, sino que subió á la gran torre de Ilión,
porque supo que los teucros llevaban la peor parte y era grande el
ímpetu de los aqueos. Partió hacia la muralla, ansiosa, como loca, y
con ella se fué la nodriza que lleva el niño.»
[Ilustración: ¡ESPOSA QUERIDA! NO SE ACONGOJE TU CORAZÓN, QUE NADIE ME
ENVIARÁ AL ORCO ANTES DE LO DISPUESTO POR EL HADO
(-Canto VI, versos 486 y 487.-)]
390 Así habló la despensera, y Héctor, saliendo presuroso de la casa,
desanduvo el camino por las bien trazadas calles. Tan luego como,
después de atravesar la gran ciudad, llegó á las puertas Esceas--por
allí había de salir al campo,--corrió á su encuentro su rica esposa
Andrómaca, hija del magnánimo Eetión, que vivía al pie del Placo en
Tebas de Hipoplacia y era rey de los cilicios. Hija de éste era, pues,
la esposa de Héctor, de broncínea armadura, que entonces le salió
al camino. Acompañábale una doncella llevando en brazos al tierno
infante, hijo amado de Héctor, hermoso como una estrella, á quien
su padre llamaba Escamandrio y los demás Astianacte, porque sólo por
Héctor se salvaba Ilión. Vió el héroe al niño y sonrió silenciosamente.
Andrómaca, llorosa, se detuvo á su vera, y asiéndole de la mano le dijo:
407 «¡Desgraciado! Tu valor te perderá. No te apiadas del tierno
infante ni de mí, infortunada, que pronto seré viuda; pues los aqueos
te acometerán todos á una y acabarán contigo. Preferible sería que,
al perderte, la tierra me tragara, porque si mueres no habrá consuelo
para mí, sino pesares; que ya no tengo padre ni venerable madre. Á
mi padre matóle el divino Aquiles cuando tomó la populosa ciudad de
los cilicios, Tebas, la de altas puertas: dió muerte á Eetión, y sin
despojarle, por el religioso temor que le entró en el ánimo, quemó el
cadáver con las labradas armas y le erigió un túmulo, á cuyo alrededor
plantaron álamos las ninfas Oréades, hijas de Júpiter, que lleva la
égida. Mis siete hermanos, que habitaban en el palacio, descendieron
al Orco el mismo día; pues á todos los mató el divino Aquiles, el de
los pies ligeros, entre los bueyes de tornátiles patas y las cándidas
ovejas. Á mi madre, que reinaba al pie del selvoso Placo, trájola aquél
con el botín y la puso en libertad por un inmenso rescate; pero Diana,
que se complace en tirar flechas, hirióla en el palacio de mi padre.
Héctor, ahora tú eres mi padre, mi venerable madre y mi hermano; tú, mi
floreciente esposo. Pues, ea, sé compasivo, quédate en la torre--¡no
hagas á un niño huérfano y á una mujer viuda!--y pon el ejército junto
al cabrahigo, que por allí la ciudad es accesible y el muro más fácil
de escalar. Los más valientes--los dos Ayaces, el célebre Idomeneo, los
Atridas y el fuerte hijo de Tideo con los suyos respectivos--ya por
tres veces se han encaminado á aquel sitio para intentar el asalto:
alguien que conoce los oráculos se lo indicó, ó su mismo arrojo los
impele y anima.»
440 Contestó el gran Héctor, de tremolante casco: «Todo esto me
preocupa, mujer, pero mucho me sonrojaría ante los troyanos y las
troyanas de rozagantes peplos, si como un cobarde huyera del combate;
y tampoco mi corazón me incita á ello, que siempre supe ser valiente y
pelear en primera fila, manteniendo la inmensa gloria de mi padre y de
mí mismo. Bien lo conoce mi inteligencia y lo presiente mi corazón: día
vendrá en que perezcan la sagrada Ilión, Príamo y su pueblo armado con
lanzas de fresno. Pero la futura desgracia de los troyanos, de la misma
Hécuba, del rey Príamo y de muchos de mis valientes hermanos que caerán
en el polvo á manos de los enemigos, no me importa tanto como la que
padecerás tú cuando alguno de los aqueos, de broncíneas lorigas, se te
lleve llorosa, privándote de libertad, y luego tejas tela en Argos,
á las órdenes de otra mujer, ó vayas por agua á la fuente Meseida ó
Hiperea, muy contrariada porque la dura necesidad pesará sobre ti. Y
quizás alguien exclame, al verte deshecha en lágrimas: -Ésta fué la
esposa de Héctor, el guerrero que más se señalaba entre los teucros,
domadores de caballos, cuando en torno de Ilión peleaban-. Así dirán, y
sentirás un nuevo pesar al verte sin el hombre que pudiera librarte de
la esclavitud. Pero que un montón de tierra cubra mi cadáver, antes que
oiga tus clamores ó presencie tu rapto.»
466 Así diciendo, el esclarecido Héctor tendió los brazos á su hijo, y
éste se recostó, gritando, en el seno de la nodriza de bella cintura,
por el terror que el aspecto de su padre le causaba: dábanle miedo el
bronce y el terrible penacho de crines de caballo, que veía ondear en
lo alto del yelmo. Sonriéronse el padre amoroso y la veneranda madre.
Héctor se apresuró á dejar el refulgente casco en el suelo, besó y
meció en sus manos al hijo amado, y rogó así á Júpiter y á los demás
dioses:
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