caballos; y éstos volaban, levantando polvo por la llanura. Idomeneo,
caudillo de los cretenses, fué quien antes distinguió los primeros
corceles que llegaban; pues era el que estaba en el sitio más alto por
haberse sentado en un altozano, fuera del circo. Oyendo desde lejos la
voz del auriga que animaba á los corceles, la reconoció; y al momento
vió que corría, adelantándose á los demás, un caballo magnífico, todo
bermejo, con una mancha en la frente, blanca y redonda como la luna. Y
poniéndose en pie, dijo estas palabras á los argivos:
457 «¡Oh amigos, capitanes y príncipes de los argivos! ¿Veo los
caballos yo solo ó también vosotros? Paréceme que no son los mismos
de antes los que vienen delanteros, ni el mismo el auriga: deben de
haberse lastimado en la llanura las yeguas que poco ha eran vencedoras.
Las vi cuando doblaban la meta; pero ahora no puedo distinguirlas,
aunque registro con mis ojos todo el campo troyano. Quizás las riendas
se le fueron al auriga, y, siéndole imposible gobernar las yeguas al
llegar á la meta, no dió felizmente la vuelta: me figuro que habrá
caído, el carro estará roto y las yeguas, dejándose llevar por su ánimo
enardecido, se habrán echado fuera del camino. Pero levantaos y mirad,
pues yo no lo distingo bien: paréceme que el que viene delante es un
varón etolo, el fuerte Diomedes, hijo de Tideo, domador de caballos,
que reina sobre los argivos.»
473 Y el veloz Ayax de Oileo increpóle con injuriosas voces:
«¡Idomeneo! ¿Por qué charlas antes de lo debido? Las voladoras yeguas
vienen corriendo á lo lejos por la llanura espaciosa. Tú no eres el
más joven de los argivos, ni tu vista es la mejor; pero siempre hablas
mucho y sin substancia. Preciso es que no seas tan gárrulo, estando
presentes otros que te son superiores. Esas yeguas que aparecen las
primeras, son las de antes, las de Eumelo, y él mismo viene en el carro
y tiene las riendas.»
482 El caudillo de los cretenses le respondió enojado: «Ayax, valiente
en la injuria, detractor; pues en todo lo restante estás por debajo de
los argivos á causa de tu espíritu perverso. Apostemos un trípode ó
una caldera y nombremos árbitro á Agamenón Atrida, para que manifieste
cuáles son las yeguas que vienen delante y tú lo aprendas perdiendo la
apuesta.»
488 Así habló. En seguida el veloz Ayax de Oileo se alzó colérico para
contestarle con palabras duras. Y la altercación se hubiera prolongado
más, si el propio Aquiles, levantándose, no les hubiese dicho:
492 «¡Ayax é Idomeneo! No alterquéis con palabras duras y pesadas,
porque no es decoroso; y vosotros mismos os irritaríais contra el que
así lo hiciera. Sentaos en el circo y fijad la vista en los caballos,
que pronto vendrán aquí por el anhelo de alcanzar la victoria, y
sabréis cuáles corceles argivos son los delanteros y cuáles los
rezagados.»
499 Así dijo; el Tidida, que ya se había acercado un buen trecho,
aguijaba á los corceles, y constantemente les azotaba la espalda con el
látigo, y ellos, levantando en alto los pies, recorrían velozmente el
camino y rociaban de tierra al auriga. El carro, guarnecido de oro y
estaño, corría arrastrado por los veloces caballos y las llantas casi
no dejaban huella en el tenue polvo. ¡Con tal ligereza volaban los
corceles! Cuando Diomedes llegó al circo, detuvo el luciente carro;
copioso sudor corría de la cerviz y del pecho de los bridones hasta el
suelo, y el héroe, saltando á tierra, dejó el látigo colgado del yugo.
Entonces no anduvo remiso el esforzado Esténelo, sino que al instante
tomó el premio y lo entregó á los magnánimos compañeros; y mientras
éstos conducían la cautiva á la tienda y se llevaban el trípode con
asas, desunció del carro á los corceles.
514 Después de Diomedes llegó Antíloco, descendiente de Neleo, el cual
se había anticipado á Menelao por haber usado de fraude y no por la
mayor ligereza de su carro; pero así y todo, Menelao guiaba muy cerca
de él los veloces caballos. Cuanto el corcel dista de las ruedas del
carro en que lleva á su señor por la llanura (las últimas cerdas de
la cola tocan la llanta y un corto espacio los separa mientras aquél
corre por el campo inmenso): tan rezagado estaba Menelao del eximio
Antíloco; pues si bien al principio se quedó á la distancia de un tiro
de disco, pronto volvió á alcanzarle porque el fuerte vigor de la yegua
de Agamenón, de Eta, de hermoso pelo, iba aumentando. Y si la carrera
hubiese sido más larga, el Atrida se le habría adelantado, sin dejar
dudosa la victoria.--Meriones, el buen escudero de Idomeneo, seguía
al ínclito Menelao, como á un tiro de lanza; pues sus corceles, de
hermoso pelo, eran más tardos y él muy poco diestro en guiar el carro
en un certamen.--Presentóse, por último, el hijo de Admeto tirando de
su hermoso carro y conduciendo por delante los caballos. Al verle, el
divino Aquiles, el de los pies ligeros, se compadeció de él, y dirigió
á los argivos estas aladas palabras:
536 «Viene el último con los solípedos caballos el varón que más
descuella en guiarlos. Ea, démosle, como es justo, el segundo premio, y
llévese el primero el hijo de Tideo.»
539 Así habló y todos aplaudieron lo que proponía. Y le hubiese
entregado la yegua--pues los aqueos lo aprobaban,--si Antíloco, hijo
del magnánimo Néstor, no se hubiera levantado para decir con razón al
Pelida Aquiles:
544 «¡Oh Aquiles! Mucho me enfadaré contigo si llevas al cabo lo que
dices. Vas á quitarme el premio, atendiendo á que recibieron daño su
carro y los veloces corceles y él es esforzado; pero tenía que rogar á
los inmortales y no habría llegado el último de todos. Si le compadeces
y es grato á tu corazón, como hay en tu tienda abundante oro y posees
bronce, rebaños, esclavas y solípedos caballos, entrégale, tomándolo
de estas cosas, un premio aún mejor que éste, para que los aqueos te
alaben. Pero la yegua no la daré, y pruebe de quitármela quien desee
llegar á las manos conmigo.»
555 Así habló. Sonrióse el divino Aquiles, el de los pies ligeros,
holgándose de que Antíloco se expresara en tales términos, porque era
amigo suyo; y en respuesta, díjole estas aladas palabras:
558 «¡Antíloco! Me ordenas que dé á Eumelo otro premio, sacándolo de
mi tienda, y así lo haré. Voy á entregarle la coraza de bronce que
quité á Asteropeo, la cual tiene en sus orillas una franja de luciente
estaño, y constituirá para él un valioso presente.»
563 Dijo, y mandó á Automedonte, el compañero querido, que la sacara
de la tienda; fué éste y llevósela; y Aquiles la puso en las manos de
Eumelo, que la recibió alegremente.
566 Pero levantóse Menelao, afligido en su corazón y muy irritado
contra Antíloco. El heraldo le dió el cetro, y ordenó á los argivos que
callaran. Y el varón igual á un dios, habló diciendo:
570 «¡Antíloco! Tú, que antes eras sensato, ¿qué has hecho? Desluciste
mi habilidad y atropellaste mis corceles, haciendo pasar delante á los
tuyos, que son mucho peores. ¡Ea, capitanes y príncipes de los argivos!
Juzgadnos imparcialmente á entrambos: no sea que alguno de los aqueos,
de broncíneas lorigas, exclame: -Menelao, violentando con mentiras á
Antíloco, ha conseguido llevarse la yegua, á pesar de la inferioridad
de sus corceles, por ser más valiente y poderoso-. Y si queréis, yo
mismo lo decidiré; y creo que ningún dánao me podrá reprender, porque
el fallo será justo. Ea, Antíloco, alumno de Júpiter, ven aquí y,
puesto, como es costumbre, delante de los caballos y el carro, teniendo
en la mano el flexible látigo con que los guiabas y tocando los
corceles, jura por Neptuno, el que ciñe la tierra, que si detuviste mi
carro fué involuntariamente y sin dolo.»
586 Respondióle el prudente Antíloco: «Perdóname, oh rey Menelao, pues
soy más joven y tú eres mayor y más valiente. No te son desconocidas
las faltas que comete un mozo, porque su pensamiento es rápido y su
juicio escaso. Apacígüese, pues, tu corazón: yo mismo te cedo la yegua
que he recibido; y si de cuanto tengo me pidieras algo de más valor que
este premio, preferiría dártelo en seguida, á perder para siempre tu
afecto y ser culpable ante los dioses.»
596 Así habló el hijo del magnánimo Néstor, y conduciendo la yegua
adonde estaba el Atrida, se la puso en la mano. Á éste se le alegró
el alma: como el rocío cae en torno de las espigas cuando las mieses
crecen y los campos se erizan; del mismo modo, oh Menelao, tu espíritu
se bañó en gozo. Y respondiéndole, pronunció estas aladas palabras:
602 «¡Antíloco! Aunque estaba irritado, seré yo quien ceda; porque
hasta aquí no has sido imprudente ni ligero y ahora la juventud
venció á la razón. Abstente en lo sucesivo de suplantar á los que
te son superiores. Ningún otro aqueo me ablandaría tan pronto; pero
has padecido y trabajado mucho por mi causa, y tu padre y tu hermano
también; accederé, pues, á tus súplicas y te daré la yegua, que es
mía, para que éstos sepan que mi corazón no fué nunca ni soberbio ni
cruel.»
612 Dijo; entregó á Noemón, compañero de Antíloco, la yegua para que se
la llevara, y tomó la reluciente caldera. Meriones, que había llegado
el cuarto, recogió los dos talentos de oro. Quedaba el quinto premio,
el vaso con dos asas; y Aquiles levantólo, atravesó el circo, y lo
ofreció á Néstor con estas palabras:
618 «Toma, anciano; sea tuyo este presente como recuerdo de los
funerales de Patroclo, á quien no volverás á ver entre los argivos. Te
doy el premio porque no podrás ser parte ni en el pugilato, ni en la
lucha, ni en el certamen de los dardos, ni en la carrera; que ya te
abruma la vejez penosa.»
624 Así diciendo, se lo puso en las manos. Néstor recibiólo con
alegría, y respondió con estas aladas palabras:
626 «Sí, hijo, oportuno es cuanto acabas de decir. Ya mis miembros no
tienen el vigor de antes; ni mis pies, ni mis brazos que no se mueven
ágiles á partir de los hombros. Ojalá fuese tan joven y mis fuerzas
tan robustas como cuando los epeos enterraron en Buprasio al poderoso
Amarinceo, y los hijos de éste sacaron premios para los juegos que
debían celebrarse en honor del rey. Allí ninguno de los epeos, ni de
los pilios, ni de los magnánimos etolos, pudo igualarse conmigo. Vencí
en el pugilato á Clitomedes, hijo de Énope, y en la lucha á Anceo
Pleuronio, que osó afrontarme; en la carrera pasé delante de Ificlo,
que era robusto; y en arrojar la lanza superé á Fileo y á Polidoro.
Sólo los hijos de Áctor me dejaron atrás con su carro porque eran
dos; y me disputaron la victoria á causa de haberse reservado los
mejores premios para este juego. Eran aquéllos hermanos gemelos, y
el uno gobernaba con firmeza los caballos, sí, gobernaba con firmeza
los caballos, mientras el otro con el látigo los aguijaba. Así era yo
en aquel tiempo. Ahora los más jóvenes entren en las luchas; que ya
debo ceder á la triste senectud, aunque entonces sobresaliera entre
los héroes. Ve y continúa celebrando los juegos fúnebres de tu amigo.
Acepto gustoso el presente, y se me alegra el corazón al ver que te
acuerdas siempre del buen Néstor y no dejas de advertir con qué honores
he de ser honrado entre los aqueos. Las deidades te concedan por ello
abundantes gracias.»
651 Así habló; y el Pelida, oído todo el elogio que de él hiciera el
hijo de Neleo, fuése por entre la muchedumbre de los aqueos. En seguida
sacó los premios del duro pugilato: condujo al circo y ató en medio de
él una mula de seis años, cerril, difícil de domar, que había de ser
sufridora del trabajo; y puso para el vencido una copa doble. Y estando
en pie, dijo á los argivos:
658 «¡Atrida y demás aqueos de hermosas grebas! Invitemos á los dos
varones que sean más diestros, á que levanten los brazos y combatan á
puñadas por estos premios. Aquél á quien Apolo conceda la victoria,
reconociéndolo así todos los aqueos, conduzca á su tienda la mula
sufridora del trabajo; el vencido se llevará la copa doble.»
664 Así habló. Levantóse al instante un varón fuerte, alto y experto en
el pugilato: Epeo, hijo de Panopeo. Y poniendo la mano sobre la mula
paciente en el trabajo, dijo:
667 «Acérquese el que haya de llevarse la copa doble; pues no creo que
ningún aqueo consiga la mula, si ha de vencerme en el pugilato. Me
glorío de mantenerlo mejor que nadie. ¿No basta acaso que sea inferior
á otros en la batalla? No es posible que un hombre sea diestro en todo.
Lo que voy á decir se cumplirá: al campeón que se me oponga, le rasgaré
la piel y le aplastaré los huesos; los que de él hayan de cuidar
quédense aquí reunidos, para llevárselo cuando sucumba á mis manos.»
676 Así se expresó. Todos enmudecieron y quedaron silenciosos. Y tan
sólo se levantó para luchar con él, Euríalo, varón igual á un dios,
hijo del rey Mecisteo Talayónida; el cual fué á Tebas cuando murió
Edipo y en los juegos fúnebres venció á todos los cadmeos. El Tidida,
famoso por su lanza, animaba á Euríalo con razones, pues tenía un gran
deseo de que alcanzara la victoria, y le ayudaba á disponerse para la
lucha: atóle el cinturón y le dió unas bien cortadas correas de piel
de buey salvaje. Ceñidos ambos contendientes, comparecieron en medio
del circo, levantaron las robustas manos, acometiéronse y los fornidos
brazos se entrelazaron. Crujían de un modo horrible las mandíbulas y el
sudor brotaba de todos los miembros. El divino Epeo, arremetiendo, dió
un golpe en la mejilla de su rival que le espiaba; y Euríalo no siguió
en pie largo tiempo, porque sus hermosos miembros desfallecieron. Como,
encrespándose la mar al soplo del Bóreas, salta un pez en la orilla
poblada de algas y las negras olas lo cubren en seguida; así Euríalo,
al recibir el golpe, dió un salto hacia atrás. Pero el magnánimo Epeo,
cogiéndole por las manos, lo levantó; rodeáronle los compañeros y se
lo llevaron del circo--arrastraba los pies, escupía negra sangre y la
cabeza se le inclinaba á un lado;--sentáronle entre ellos, desvanecido,
y fueron á recoger la copa doble.
700 El Pelida sacó después otros premios para el tercer juego, la
penosa lucha, y se los mostró á los dánaos: para el vencedor un gran
trípode, apto para ponerlo al fuego, que los aqueos apreciaban en doce
bueyes; para el vencido, una mujer diestra en muchas labores y valorada
en cuatro bueyes. Y estando en pie, dijo á los argivos:
707 «Levantaos, los que hayáis de entrar en esta lucha.»
708 Así habló. Alzóse en seguida el gran Ayax Telamonio y luego el
ingenioso Ulises, fecundo en ardides. Puesto el ceñidor, fueron á
encontrarse en medio del circo y se cogieron con los robustos brazos
como se enlazan las vigas que un ilustre artífice une, al construir
alto palacio, para que resistan el embate de los vientos. Sus espaldas
crujían, estrechadas fuertemente por los vigorosos brazos; copioso
sudor les brotaba de todo el cuerpo; muchos cruentos cardenales iban
apareciendo en los costados y en las espaldas; y ambos contendientes
anhelaban siempre alcanzar la victoria y con ella el bien construído
trípode. Pero ni Ulises lograba hacer caer y derribar por el suelo á
Ayax, ni éste á aquél porque la gran fuerza de Ulises se lo impedía.
Y cuando los aqueos de hermosas grebas ya empezaban á cansarse de la
lucha, dijo el gran Ayax Telamonio:
723 «¡Laertíada, descendiente de Júpiter, Ulises fecundo en recursos!
Levántame, ó te levantaré yo; y Jove se cuidará del resto.»
725 Dichas estas palabras, le hizo perder tierra; mas Ulises no se
olvidó de sus ardides, pues dándole por detrás un golpe en la corva,
dejóle sin vigor los miembros, le hizo venir al suelo, de espaldas,
y cayó sobre su pecho: la muchedumbre quedó admirada y atónita al
contemplarlo. Luego, el divino y paciente Ulises alzó un poco á
Ayax, pero no consiguió sostenerlo en vilo; porque se le doblaron
las rodillas y ambos cayeron al suelo, el uno cerca del otro, y se
mancharon de polvo. Levantáronse, y hubieran luchado por tercera vez,
si Aquiles, poniéndose en pie, no los hubiese detenido:
735 «No luchéis ya, ni os hagáis más daño. La victoria quedó por ambos.
Recibid igual premio y retiraos para que entren en los juegos otros
aquivos.»
738 Así habló. Ellos le escucharon y obedecieron; pues en seguida,
después de haberse limpiado el polvo, vistieron la túnica.
740 El Pelida sacó otros premios para la velocidad en la carrera.
Expuso primero una cratera de plata labrada, que tenía seis medidas
de capacidad y superaba en hermosura á todas las de la tierra. Los
sidonios, eximios artífices, la fabricaron primorosa; los fenicios,
después de llevarla por el sombrío ponto de puerto en puerto, se la
regalaron á Toante; más tarde, Euneo Jasónida la dió al héroe Patroclo
para rescatar á Licaón, hijo de Príamo; y entonces, Aquiles la ofreció
como premio, en honor del difunto amigo, al que fuese más veloz en
correr con los pies ligeros. Para el que llegase el segundo señaló un
buey corpulento y pingüe y para el último, medio talento de oro. Y
estando en pie, dijo á los argivos:
753 «Levantaos, los que hayáis de entrar en esta lucha.»
754 Así habló. Levantóse al instante el veloz Ayax de Oileo, después
el ingenioso Ulises, y por fin Antíloco, hijo de Néstor, que en la
carrera vencía á todos los jóvenes. Pusiéronse en fila y Aquiles les
indicó la meta. Empezaron á correr desde el sitio señalado, y el hijo
de Oileo se adelantó á los demás, aunque el divino Ulises le seguía
de cerca. Cuanto dista del pecho el huso que una mujer de hermosa
cintura revuelve en su mano, mientras devana el hilo de la trama, y
tiene constantemente junto al seno; tan inmediato á Ayax corría Ulises:
pisaba las huellas de aquél antes de que el polvo cayera en torno de
las mismas y le echaba el aliento á la cabeza, corriendo siempre con
suma rapidez. Todos los aqueos aplaudían los esfuerzos que realizaba
Ulises por el deseo de alcanzar la victoria, y le animaban con sus
voces. Mas cuando les faltaba poco para terminar la carrera, Ulises oró
en su corazón á Minerva, la de los brillantes ojos:
770 «Óyeme, diosa, y ven á socorrerme propicia, dando á mis pies más
ligereza.»
771 Tal fué su plegaria. Palas Minerva le oyó, y agilitóle los
miembros todos y especialmente los pies y las manos. Ya iban á coger
el premio, cuando Ayax, corriendo, dió un resbalón--pues Minerva quiso
perjudicarle--en el lugar que habían llenado de estiércol los bueyes
mugidores sacrificados por Aquiles, el de los pies ligeros, en honor de
Patroclo; y el héroe llenóse de boñiga la boca y las narices. El divino
y paciente Ulises, le pasó delante y se llevó la cratera; y el preclaro
Ayax se detuvo, tomó el buey silvestre, y, asiéndolo por el asta,
mientras escupía la bosta, habló así á los argivos:
782 «¡Oh dioses! Una diosa me dañó los pies; aquella que desde antiguo
acorre y favorece á Ulises cual una madre.»
784 Así dijo, y todos rieron con gusto. Antíloco recibió, sonriente, el
último premio; y dirigió estas palabras á los argivos:
787 «Os diré, argivos, aunque todos lo sabéis, que los dioses honran á
los hombres de más edad, hasta en los juegos. Ayax es un poco mayor
que yo; Ulises pertenece á la generación precedente, á los hombres
antiguos, es tenido por un anciano vigoroso, y contender con él en la
carrera es muy difícil para cualquier aqueo que no sea Aquiles.»
793 Así dijo, ensalzando al Pelida, de pies ligeros. Aquiles
respondióle con estas palabras:
795 «¡Antíloco! No en balde me habrás elogiado, pues añado á tu premio
medio talento de oro.»
797 Dijo, se lo puso en la mano, y Antíloco lo recibió con alegría.
Acto continuo, el Pelida sacó y colocó en el circo una larga pica, un
escudo y un casco, que eran las armas que Patroclo quitara á Sarpedón.
Y puesto en pie, dijo á los argivos:
802 «Invitemos á los dos varones que sean más esforzados, á que,
vistiendo las armas y asiendo el tajante bronce, pongan á prueba su
valor ante el concurso. Al primero que logre tocar el cuerpo hermoso de
su adversario, le rasguñe el vientre á través de la armadura y le haga
brotar la negra sangre, daréle esta magnífica espada tracia, tachonada
con clavos de plata, que quité á Asteropeo. Ambos campeones se llevarán
las restantes armas y serán obsequiados con un espléndido banquete.»
811 Así habló. Levantóse en seguida el gran Ayax Telamonio y luego
el fuerte Diomedes Tidida. Tan pronto como se hubieron armado,
separadamente de la muchedumbre, fueron á encontrarse en medio del
circo, deseosos de combatir y mirándose con torva faz; y todos los
aqueos se quedaron atónitos. Cuando se hallaron frente á frente, tres
veces se acometieron y tres veces procuraron herirse de cerca. Ayax
dió un bote en el escudo liso del adversario, pero no pudo llegar á su
cuerpo porque la coraza lo impidió. El Tidida intentaba alcanzar con
el hierro de la luciente lanza el cuello de aquél, por cima del gran
escudo. Y los aqueos, temiendo por Ayax, mandaron que cesara la lucha
y ambos contendientes se llevaran igual premio; pero el héroe dió al
Tidida la gran espada, ofreciéndosela con la vaina y el bien cortado
ceñidor.
826 Luego el Pelida sacó la bola de hierro sin bruñir que en otro
tiempo lanzaba el forzudo Eetión: el divino Aquiles, el de los pies
ligeros, mató á este príncipe y se llevó en las naves la bola con otras
riquezas. Y puesto en pie, dijo á los argivos:
831 «¡Levantaos los que hayáis de entrar en esta lucha! La presente
bola proporcionará al que venciere cuanto hierro necesite durante cinco
años, aunque sean muy extensos sus fértiles campos; y sus pastores y
labradores no tendrán que ir por hierro á la ciudad.»
836 Así habló. Levantóse en seguida el intrépido Polipetes; después,
el vigoroso Leonteo, igual á un dios; más tarde, Ayax Telamonio, y por
fin, el divino Epeo. Pusiéronse en fila, y el divino Epeo cogió la
bola y la arrojó, después de voltearla; y todos los aquivos se rieron.
La tiró el segundo, Leonteo, vástago de Marte. Ayax Telamonio la
despidió también, con su robusta mano, y logró pasar las señales de los
anteriores tiros. Tomóla entonces el intrépido Polipetes y cuanta es la
distancia á que llega el cayado cuando lo lanza el pastor y voltea por
cima de la vacada, tanto pasó la bola el espacio del circo; aplaudieron
los aqueos, y los amigos de Polipetes, levantándose, llevaron á las
cóncavas naves el premio que su rey había ganado.
850 Luego sacó Aquiles azulado hierro para los arqueros, colocando en
el circo diez hachas grandes y otras diez pequeñas. Clavó en la arena,
á lo lejos, un mástil de navío después de atar en su punta, por el pie
y con delgado cordel, una tímida paloma; é invitóles á tirarle saetas,
diciendo: El que hiera á la tímida paloma, llévese á su casa las hachas
grandes; el que acierte á dar en la cuerda sin tocar al ave, como más
inferior, tomará las hachas pequeñas.»
859 Así dijo. Levantóse en seguida el robusto Teucro y luego Meriones,
esforzado escudero de Idomeneo. Echaron dos suertes en un casco de
bronce, y, agitándolas, salió primero la de Teucro. Éste arrojó al
momento y con vigor una flecha, sin ofrecer á Apolo una hecatombe
perfecta de corderos primogénitos; y si bien no tocó al ave--negóselo
Apolo,--la amarga saeta rompió el cordel muy cerca de la pata por la
cual se había atado á la paloma: ésta voló al cielo, el cordel quedó
colgando y los aqueos aplaudieron. Meriones arrebató apresuradamente
el arco de las manos de Teucro, acercó á la cuerda la flecha que de
antemano tenía preparada, votó á Apolo sacrificarle una hecatombe de
corderos primogénitos; y viendo á la tímida paloma que daba vueltas
allá en lo alto del aire, cerca de las nubes, disparó y le atravesó
una de las alas. La flecha vino al suelo, á los pies de Meriones; y el
ave, posándose en el mástil del navío de negra proa, inclinó el cuello
y abatió las tupidas alas, la vida huyó veloz de sus miembros y aquélla
cayó del mástil á lo lejos. La gente lo contemplaba con admiración y
asombro. Meriones tomó, por tanto, las diez hachas grandes, y Teucro se
llevó á las cóncavas naves las pequeñas.
884 Luego el Pelida sacó y colocó en el circo una larga pica y una
caldera no puesta aún al fuego, que era del valor de un buey y estaba
decorada con flores. Dos hombres diestros en arrojar la lanza se
levantaron: el poderoso Agamenón Atrida, y Meriones, escudero esforzado
de Idomeneo. Y el divino Aquiles, el de los pies ligeros, les dijo:
890 «¡Atrida! Pues sabemos cuánto aventajas á todos y que así en
la fuerza como en arrojar la lanza eres el más señalado, toma este
premio y vuelve á las cóncavas naves. Y entregaremos la pica al héroe
Meriones, si te place lo que te propongo.»
895 Así habló. Agamenón, rey de hombres, no dejó de obedecerle. Aquiles
dió á Meriones la pica de bronce, y el héroe Atrida tomó el magnífico
premio y se lo entregó al heraldo Taltibio.
[Ilustración: Funerales de Héctor]
CANTO XXIV
RESCATE DE HÉCTOR
1 Disolvióse la junta, y los guerreros se dispersaron por las naves,
tomaron la cena y se regalaron con el dulce sueño. Aquiles lloraba,
acordándose del compañero querido, sin que el sueño, que todo lo
rinde, pudiera vencerle: daba vueltas acá y allá y con amargura traía
á la memoria el vigor y gran ánimo de Patroclo, lo que de mancomún
con él llevara al cabo y las penalidades que ambos habían padecido,
ora combatiendo con los hombres, ora surcando las temibles ondas. Al
recordarlo, prorrumpía en abundantes lágrimas; ya se echaba de lado, ya
de espaldas, ya de pechos; y al fin, levantándose, vagaba triste por
la playa. Nunca le pasaba inadvertido el despuntar de la Aurora sobre
el mar y sus riberas; entonces uncía al carro los ligeros corceles,
y atando al mismo el cadáver de Héctor, lo arrastraba hasta dar tres
vueltas al túmulo del difunto Menetíada; acto continuo volvía á reposar
en la tienda, y dejaba el cadáver tendido de cara al polvo. Mas Apolo,
apiadándose del varón aun después de muerto, le libraba de toda injuria
y lo protegía con la égida de oro para que Aquiles no lacerase el
cuerpo mientras lo arrastraba.
22 De tal manera Aquiles, enojado, insultaba al divino Héctor.
Compadecidos de éste los bienaventurados dioses, instigaban al
vigilante Argicida á que hurtase el cadáver. Á todos les placía tal
propósito, menos á Juno, á Neptuno y á la virgen de los brillantes
ojos, que odiaban como antes á la sagrada Ilión, á Príamo y á su
pueblo por la injuria que Alejandro infiriera á las diosas cuando
fueron á su cabaña y declaró vencedora á la que le había ofrecido
funesta liviandad. Cuando desde el día de la muerte de Héctor llegó la
duodécima aurora, Febo Apolo dijo á los inmortales:
33 «Sois, oh dioses, crueles y maléficos. ¿Acaso Héctor no quemaba en
honor vuestro muslos de bueyes y de cabras escogidas? Ahora, que ha
perecido, no os atrevéis á salvar el cadáver y ponerlo á la vista de
su esposa, de su madre, de su hijo, de su padre Príamo y del pueblo,
que al momento lo entregarían á las llamas y le harían honras fúnebres;
por el contrario, oh dioses, queréis favorecer al pernicioso Aquiles,
el cual concibe pensamientos no razonables, tiene en su pecho un ánimo
inflexible y medita cosas feroces, como un león que dejándose llevar
por su gran fuerza y espíritu soberbio, se encamina á los rebaños de
los hombres para aderezarse un festín: de igual modo perdió Aquiles la
piedad y ni siquiera conserva el pudor que tanto favorece ó daña á los
varones. Aquél á quien se le muere un ser amado, como el hermano carnal
ó el hijo, al fin cesa de llorar y lamentarse; porque las Parcas dieron
al hombre un corazón paciente. Mas Aquiles, después que quitó al divino
Héctor la dulce vida, ata el cadáver al carro y lo arrastra alrededor
del túmulo de su compañero querido; y esto ni á aquél le aprovecha, ni
es decoroso. Tema que nos irritemos contra él, aunque sea valiente,
porque enfureciéndose insulta á lo que tan sólo es ya insensible
tierra.»
55 Respondióle irritada Juno, la de los níveos brazos: «Sería como
dices, oh tú que llevas arco de plata, si á Aquiles y á Héctor los
tuvierais en igual estima. Pero Héctor fué mortal y dióle el pecho
una mujer; mientras que Aquiles es hijo de una diosa á quien yo misma
alimenté y crié y casé luego con Peleo, varón cordialmente amado por
los inmortales. Todos los dioses presenciasteis la boda; y tú pulsaste
la cítara y con los demás tuviste parte en el festín, ¡oh amigo de los
malos, siempre pérfido!»
64 Replicó Júpiter, que amontona las nubes: «¡Juno! No te irrites tanto
contra las deidades. No será el mismo el aprecio en que los tengamos;
pero Héctor era para los dioses, y también para mí, el más querido de
cuantos mortales viven en Ilión, porque nunca se olvidó de dedicarnos
agradables ofrendas. Jamás mi altar careció ni de libaciones ni de
víctimas, que tales son los honores que se nos deben. Desechemos la
idea de robar el cuerpo del audaz Héctor; es imposible que se haga á
hurto de Aquiles, porque siempre, de noche y de día, le acompaña su
madre. Mas si alguno de los dioses llamase á Tetis, yo le diría á ésta
lo que fuera oportuno para que Aquiles, recibiendo los dones de Príamo,
restituyese el cadáver de Héctor.»
77 Así se expresó. Levantóse Iris, de pies rápidos como el huracán,
para llevar el mensaje; saltó al negro ponto entre la costa de Samos y
la escarpada de Imbros, y resonó el estrecho. La diosa se lanzó á lo
profundo, como desciende el plomo asido al cuerno de un buey montaraz
en que se pone el anzuelo y lleva la muerte á los voraces peces. En la
profunda gruta halló á Tetis y á otras muchas diosas marinas que la
rodeaban: la ninfa, sentada en medio de ellas, lloraba por la suerte de
su hijo, que había de perecer en la fértil Troya, lejos de la patria. Y
acercándosele Iris, la de los pies ligeros, así le dijo:
88 «Ven, Tetis, pues te llama Júpiter, el conocedor de los eternales
decretos.»
89 Respondióle Tetis, la diosa de los argentados pies: «¿Por qué
aquel gran dios me ordena que vaya? Me da vergüenza juntarme con los
inmortales, pues son muchas las penas que conturban mi corazón. Esto no
obstante, iré para que sus palabras no resulten vanas y sin efecto.»
93 En diciendo esto, la divina entre las diosas tomó un velo tan
obscuro que no había otro que fuese más negro. Púsose en camino,
precedida por la veloz Iris, de pies rápidos como el viento, y las olas
del mar se abrían al paso de ambas deidades. Salieron éstas á la playa,
ascendieron al cielo y hallaron al longividente Saturnio con los demás
felices sempiternos dioses. Sentóse Tetis al lado de Júpiter, porque
Minerva le cedió el sitio; y Juno le puso en la mano la copa de oro que
la ninfa devolvió después de haber bebido. Y el padre de los hombres y
de los dioses comenzó á hablar de esta manera:
104 «Vienes al Olimpo, oh diosa Tetis, afligida y con el ánimo agobiado
por vehemente pesar. Lo sé. Pero, aun así y todo, voy á decirte por
qué te he llamado. Hace nueve días que se suscitó entre los inmortales
una contienda referente al cadáver de Héctor y á Aquiles, asolador de
ciudades, é instigaban al vigilante Argicida á que hurtase el muerto;
pero yo prefiero dar á Aquiles la gloria de devolverlo, y conservar
así tu respeto y amistad. Ve en seguida al ejército y amonesta á tu
hijo. Dile que los dioses están muy irritados contra él y yo más
indignado que ninguno de los inmortales, porque enfureciéndose retiene
á Héctor en las corvas naves y no permite que lo rediman; por si,
temiéndome, consiente que el cadáver sea rescatado. Y enviaré la diosa
Iris al magnánimo Príamo para que vaya á las naves de los aqueos y
redima á su hijo, llevando á Aquiles dones que aplaquen su enojo.»
120 Así se expresó; y Tetis, la diosa de los argentados pies, no fué
desobediente. Bajando en raudo vuelo de las cumbres del Olimpo, llegó
á la tienda de su hijo: éste gemía sin cesar, y sus compañeros se
ocupaban diligentemente en preparar la comida, habiendo inmolado una
grande y lanuda oveja. La veneranda madre se sentó muy cerca del héroe,
le acarició con la mano y hablóle en estos términos:
128 «¡Hijo mío! ¿Hasta cuándo dejarás que el llanto y la tristeza roan
tu corazón, sin acordarte ni de la comida ni del concúbito? Bueno es
que goces del amor con una mujer, pues ya no vivirás mucho tiempo:
la muerte y el hado cruel se te avecinan. Y ahora préstame atención,
pues vengo como mensajera de Júpiter. Dice que los dioses están muy
irritados contra ti, y él más indignado que ninguno de los inmortales,
porque enfureciéndote retienes á Héctor en las corvas naves y no
permites que lo rediman. Ea, entrega el cadáver y acepta su rescate.»
138 Respondióle Aquiles, el de los pies ligeros: «Sea así. Quien traiga
el rescate se lleve el muerto; ya que, con ánimo benévolo, el mismo
Olímpico lo ha dispuesto.»
141 De este modo, dentro del recinto de las naves, pasaban de madre á
hijo muchas aladas palabras. Y en tanto, el Saturnio envió á Iris á la
sagrada Ilión:
144 «¡Anda, ve, rápida Iris! Deja tu asiento del Olimpo, entra en Ilión
y di al magnánimo Príamo que se encamine á las naves de los aqueos y
rescate al hijo, llevando á Aquiles dones que aplaquen su enojo; vaya
solo y ningún troyano se le junte. Acompáñele un heraldo más viejo que
él, para que guíe los mulos y el carro de hermosas ruedas y conduzca
luego á la población el cadáver de aquel á quien mató el divino
Aquiles. Ni la idea de la muerte ni otro temor alguno conturbe su
ánimo; pues le daremos por guía al Argicida, el cual le llevará hasta
muy cerca de Aquiles. Y cuando haya entrado en la tienda del héroe,
éste no le matará, é impedirá que los demás lo hagan. Pues Aquiles
no es insensato, ni temerario, ni perverso; y tendrá buen cuidado de
respetar á un suplicante.»
159 Tal dijo. Levantóse Iris, de pies rápidos como el huracán, para
llevar el mensaje; y llegando al palacio de Príamo, oyó llantos y
alaridos. Los hijos, sentados en el patio alrededor del padre, bañaban
sus vestidos con lágrimas; y el anciano aparecía en medio, envuelto
en un manto muy ceñido, y tenía en la cabeza y en el cuello abundante
estiércol que al revolcarse por el suelo había recogido con sus manos.
Las hijas y nueras se lamentaban en el palacio, recordando los muchos
varones esforzados que yacían en la llanura por haber dejado la vida
en manos de los argivos. La mensajera de Júpiter se detuvo cerca de
Príamo y hablándole quedo, mientras al anciano un temblor le ocupaba
los miembros, así le dijo:
171 «Cobra ánimo, Príamo Dardánida, y no te espantes; que no vengo á
presagiarte males, sino á participarte cosas buenas: soy mensajera
de Júpiter, que aun estando lejos, se interesa mucho por ti y te
compadece. El Olímpico te manda rescatar al divino Héctor, llevando
á Aquiles dones que aplaquen su enojo; ve solo y ningún troyano se
te junte. Te acompañe un heraldo más viejo que tú, para que guíe los
mulos y el carro de hermosas ruedas y conduzca luego á la población
el cadáver de aquel á quien mató el divino Aquiles. Ni la idea de la
muerte ni otro temor alguno conturbe tu ánimo, pues tendrás por guía
al Argicida, el cual te llevará hasta muy cerca de Aquiles. Y cuando
hayas entrado en la tienda del héroe, éste no te matará é impedirá que
los demás lo hagan. Pues Aquiles no es ni insensato, ni temerario, ni
perverso; y tendrá buen cuidado de respetar á un suplicante.»
188 Cuando esto hubo dicho, fuése Iris, la de los pies ligeros. Príamo
mandó á sus hijos que prepararan un carro de mulas, de hermosas ruedas,
pusieran encima una arca y la sujetaran con sogas. Bajó después al
perfumado tálamo, que era de cedro, tenía elevado techo y guardaba
muchas preciosidades; y llamando á su esposa Hécuba, hablóle en estos
términos:
194 «¡Hécuba infeliz! La mensajera del Olimpo ha venido por orden de
Júpiter á encargarme que vaya á las naves de los aqueos y rescate al
hijo, llevando á Aquiles dones que aplaquen su enojo. Ea, dime ¿qué
piensas acerca de esto? Pues mi mente y mi corazón me instigan á ir
allá, hacia las naves, al campamento vasto de los aqueos.»
[Ilustración: IRIS HALLÓ EN LA GRUTA Á TETIS RODEADA DE NEREIDAS,
LLORANDO POR LA SUERTE DE SU HIJO
(-Canto XXIV, versos 83 á 86.-)]
200 Así dijo. La mujer prorrumpió en sollozos, y respondió diciendo:
«¡Ay de mí! ¿Qué es de la prudencia que antes te hizo célebre entre
los extranjeros y entre aquéllos sobre los cuales reinas? ¿Cómo quieres
ir solo á las naves de los aqueos y presentarte al hombre que te mató
tantos y tan valientes hijos? De hierro tienes el corazón. Si ese
guerrero cruel y pérfido llega á verte con sus propios ojos y te coge,
ni se apiadará de ti, ni te respetará en lo más mínimo. Lloremos á
Héctor sentados en el palacio, á distancia de su cadáver; ya que cuando
le parí, el hado poderoso hiló de esta suerte el estambre de su vida:
que habría de saciar con su carne á los veloces perros, lejos de sus
padres y junto al hombre violento cuyo hígado ojalá pudiera yo comer
hincando en él los dientes. Entonces quedarían vengados los insultos
que ha hecho á mi hijo; que éste, cuando aquél le mató, no se portaba
cobardemente, sino que á pie firme defendía á los troyanos y á las
troyanas de profundo seno, no pensando ni en huir ni en evitar el
combate.»
217 Contestó el anciano Príamo, semejante á un dios: «No te opongas
á mi resolución, ni seas para mí un ave de mal agüero en el palacio.
No me persuadirás. Si me diese la orden uno de los que en la tierra
viven, aunque fuera adivino, arúspice ó sacerdote, la creeríamos falsa
y desconfiaríamos aún más; pero ahora, como yo mismo he oído á la diosa
y la he visto delante de mí, iré y no serán ineficaces sus palabras.
Y si mi destino es morir en las naves de los aqueos de broncíneas
túnicas, lo acepto: que me mate Aquiles tan luego como abrace á mi hijo
y satisfaga el deseo de llorarle.»
228 Dijo; y levantando las hermosas tapas de las arcas, cogió doce
magníficos peplos, doce mantos sencillos, doce tapetes, doce bellos
palios y otras tantas túnicas. Pesó luego diez talentos de oro. Y por
fin sacó dos trípodes relucientes, cuatro calderas y una magnífica copa
que los tracios le dieron cuando fué, como embajador, á su país, y era
un soberbio regalo; pues el anciano no quiso dejarla en el palacio á
causa del vehemente deseo que tenía de rescatar á su hijo. Y volviendo
al pórtico, echó afuera á los troyanos, increpándolos con injuriosas
palabras:
239 «¡Idos enhoramala, hombres infames y vituperables! ¿Por ventura no
hay llanto en vuestra casa, que venís á afligirme? ¿Ó creéis que son
pocos los pesares que Jove Saturnio me envía, con hacerme perder un
hijo valiente? También los probaréis vosotros. Muerto él, será mucho
más fácil que los argivos os maten. Pero antes que con estos ojos vea
la ciudad tomada y destruída, descienda yo á la mansión del Orco.»
247 Dijo; y con el cetro echó á los hombres. Éstos salieron,
apremiados por el anciano. Y en seguida Príamo reprendió á sus hijos
Heleno, Paris, Agatón divino, Pamón, Antífono, Polites, valiente en la
pelea, Deífobo, Hipótoo y el fuerte Dío: á los nueve los increpó y dió
órdenes, diciendo:
253 «¡Daos prisa, malos hijos, ruines! Ojalá que en lugar de Héctor
hubieseis muerto todos en las veleras naves. ¡Ay de mí, desventurado,
que engendré hijos valentísimos en la vasta Troya, y ya puedo decir que
ninguno me queda! Al divino Méstor, á Troílo que combatía en carro, y
á Héctor, que era un dios entre los hombres y no parecía hijo de un
mortal sino de una divinidad, Marte les hizo perecer; y restan los
que son indignos, embusteros, danzarines, señalados únicamente en los
coros y hábiles en robar al pueblo corderos y cabritos. Pero ¿no me
prepararéis al instante el carro, poniendo en él todas estas cosas,
para que emprendamos el camino?»
265 Así les habló. Ellos, temiendo la reconvención del padre, sacaron
un carro de mulas, de hermosas ruedas, magnífico, recién construído;
pusieron encima el arca, que ataron bien; descolgaron del clavo el
corvo yugo de madera de boj, provisto de anillos, y tomaron una correa
de nueve codos que servía para atarlo. Colocaron después el yugo sobre
la parte anterior de la lanza, metieron el anillo en su clavija, y
sujetaron á aquél, atándolo con la correa, á la cual hicieron dar
tres vueltas á cada lado y cuyos extremos reunieron en un nudo. Luego
fueron sacando de la cámara y acomodando en el carro los innumerables
dones para el rescate de Héctor; uncieron los mulos de tiro, de
fuertes cascos, que en otro tiempo regalaron los misios á Príamo como
espléndido presente, y acercaron al yugo dos corceles, á los cuales el
anciano en persona daba de comer en pulimentado pesebre.
281 Mientras el heraldo y Príamo, prudentes ambos, uncían los caballos
en el alto palacio, acercóseles Hécuba, con ánimo abatido, llevando en
su diestra una copa de oro, llena de dulce vino, para que hicieran la
libación antes de partir; y deteniéndose ante el carro, dijo á Príamo:
287 «Toma, haz libación al padre Júpiter y suplícale que puedas volver
del campamento de los enemigos á tu casa; ya que tu ánimo te incita á
ir á las naves contra mi deseo. Ruega, pues, á Júpiter Ideo, el dios
de las sombrías nubes, que desde lo alto contempla la ciudad de Troya,
y pídele que haga aparecer á tu derecha su veloz mensajera, el ave que
le es más cara y cuya fuerza es inmensa, para que en viéndola con tus
propios ojos, vayas, alentado por el agüero, á las naves de los dánaos,
de rápidos corceles. Y si el longividente Júpiter no te enviara su
mensajera, yo no te aconsejaría que fueras á las naves de los argivos
por mucho que lo desees.»
299 Respondióle el deiforme Príamo: «¡Mujer! No dejaré de obrar como me
recomiendas. Bueno es levantar las manos á Júpiter para que de nosotros
se apiade.»
302 Dijo así el anciano, y mandó á la esclava despensera que le diese
agua limpia á las manos. Presentóse la cautiva con una fuente y un
jarro. Y Príamo, así que se hubo lavado, recibió la copa de manos de su
esposa; oró, de pie, en medio del patio; libó el vino, alzando los ojos
al cielo, y pronunció estas palabras:
308 «¡Padre Júpiter, que reinas desde el Ida, gloriosísimo, máximo!
Concédeme que al llegar á la tienda de Aquiles le sea grato y de mí
se apiade; y haz que aparezca á mi derecha tu veloz mensajera, el ave
que te es más cara y cuya fuerza es inmensa, para que después de verla
con mis propios ojos vaya, alentado por el agüero, á las naves de los
dánaos, de rápidos corceles.»
314 Tal fué su plegaria. Oyóla el próvido Júpiter, y al momento envió
la mejor de las aves agoreras, un águila rapaz de color obscuro,
conocida con el nombre de -percnón-. Cuanta anchura suele tener en la
casa de un rico la puerta de la cámara de alto techo, bien adaptada
al marco y asegurada por un cerrojo; tanto espacio ocupaba con sus
alas, desde el uno al otro extremo, el águila que apareció volando á
la derecha por cima de la ciudad. Al verla, todos se alegraron y la
confianza renació en sus pechos.
322 El anciano subió presuroso al carro y lo guió á la calle, pasando
por el vestíbulo y el pórtico sonoro. Iban delante los mulos que
arrastraban el carro de cuatro ruedas, y eran gobernados por el
prudente Ideo; seguían los caballos que el viejo aguijaba con el
látigo para que atravesaran prestamente la ciudad; y todos los amigos
acompañaban al rey, derramando abundantes lágrimas, como si á la muerte
caminara. Cuando hubieron bajado de la ciudad al campo, hijos y yernos
regresaron á Ilión. Mas al atravesar Príamo y el heraldo la llanura, no
dejó de advertirlo Júpiter, que vió al anciano y se compadeció de él. Y
llamando en seguida á su hijo Mercurio, hablóle de esta manera:
334 «¡Mercurio! Puesto que te es grato acompañar á los hombres y
oyes las súplicas del que quieres; anda, ve y conduce á Príamo á las
cóncavas naves aqueas, de suerte que ningún dánao le vea hasta que haya
llegado á la tienda del Pelida.»
339 Así habló. El mensajero Argicida no fué desobediente: calzóse al
instante los áureos divinos talares que le llevaban sobre el mar y la
tierra inmensa con la rapidez del viento, y tomó la vara con la cual
adormece á cuantos quiere ó despierta á los que duermen. Llevándola
en la mano, el poderoso Argicida emprendió el vuelo, llegó muy pronto
á Troya y al Helesponto, y echó á andar, transfigurado en un joven
príncipe á quien comienza á salir el bozo y está graciosísimo en la
flor de la juventud.
349 Cuando Príamo y el heraldo llegaron más allá del gran túmulo de
Ilo, detuvieron los mulos y los caballos para que bebiesen en el río.
Ya se iba haciendo noche sobre la tierra. Advirtió el heraldo la
presencia de Mercurio, que estaba junto á él, y hablando á Príamo, le
dijo:
354 «Atiende Dardánida, pues el lance que se presenta requiere
prudencia. Veo á un hombre y me figuro que en seguida nos matará. Ea,
huyamos en el carro, ó supliquémosle, abrazando sus rodillas, para ver
si se apiada de nosotros.»
358 Esto dijo. Turbósele al anciano la razón, sintió un gran terror,
se le erizó el pelo en los flexibles miembros y quedó estupefacto.
Entonces el benéfico Mercurio se llegó al viejo, tomóle por la mano y
le interrogó diciendo:
362 «¿Adónde, padre mío, diriges estos caballos y mulos durante la
noche divina, mientras duermen los demás mortales? ¿No temes á los
aqueos, que respiran valor, los cuales te son malévolos y enemigos y se
hallan cerca de nosotros? Si alguno de ellos te viera conducir tantas
riquezas en esta obscura y rápida noche, ¿qué resolución tomarías? Tú
no eres joven, éste que te acompaña es también anciano, y no podríais
rechazar á quien os ultrajara. Pero yo no te causaré ningún daño, y
además te defendería de cualquier hombre, porque te pareces á mi padre.»
372 Respondióle el anciano Príamo, semejante á un dios: «Así es, como
dices, hijo querido. Pero alguna deidad extiende la mano sobre mí,
cuando me hace salir al encuentro un caminante de tan favorable augurio
como tú, que tienes cuerpo y aspecto dignos de admiración y espíritu
prudente, y naciste de padres felices.»
377 Díjole á su vez el mensajero Argicida: «Sí, anciano, oportuno es
cuanto acabas de decir. Pero, ea, habla y dime con sinceridad: ¿Mandas
á gente extraña tantas y tan preciosas riquezas á fin de ponerlas en
cobro; ó ya todos abandonáis, amedrentados, la sagrada Ilión, por haber
muerto el varón más fuerte, tu hijo, que á ninguno de los aqueos cedía
en el combate?»
386 Contestóle el anciano Príamo, semejante á un dios: «¿Quién eres,
hombre excelente, y cuáles los padres de que naciste, que con tanta
oportunidad has mencionado la muerte de mi hijo infeliz?»
389 Replicó el mensajero Argicida: «Me quieres probar, oh anciano,
y por eso me preguntas por el divino Héctor. Muchas veces le vieron
estos ojos en la batalla donde los varones se hacen ilustres, y también
cuando llegó á las naves matando argivos, á quienes hería con el agudo
bronce. Nosotros le admirábamos sin movernos, porque Aquiles estaba
irritado contra el Atrida y no nos dejaba pelear. Pues yo soy servidor
de Aquiles, con quien vine en la misma nave bien construída; desciendo
de mirmidones y tengo por padre á Políctor, que es rico y anciano como
tú. Soy el más joven de sus siete hijos y, como lo decidiéramos por
suerte, tocóme á mí acompañar al héroe. Y ahora he venido de las naves
á la llanura, porque mañana los aqueos, de ojos vivos, presentarán
batalla en los contornos de la ciudad; se aburren de estar ociosos,
y los reyes aquivos no pueden contener su impaciencia por entrar en
combate.»
405 Respondióle el anciano Príamo, semejante á un dios: «Si eres
servidor de Aquiles Pelida, ea, dime la verdad: ¿mi hijo yace aún cerca
de las naves, ó Aquiles lo ha desmembrado y entregado á sus perros?»
410 Contestóle el mensajero Argicida: «¡Oh anciano! Ni los perros ni
las aves lo han devorado, y todavía yace junto al bajel de Aquiles,
dentro de la tienda. Doce días lleva de estar tendido, y ni el cuerpo
se pudre, ni lo comen los gusanos que devoran á los hombres muertos en
la guerra. Cuando apunta la divinal Aurora, Aquiles lo arrastra sin
piedad alrededor del túmulo de su compañero querido; pero ni aun así lo
desfigura, y tú mismo, si á él te acercaras, te admirarías de ver cuán
fresco está: la sangre le ha sido lavada, no presenta mancha alguna,
y cuantas heridas recibió--pues fueron muchos los que le envasaron el
bronce--todas se han cerrado. De tal modo los bienaventurados dioses
cuidan de tu hijo, aun después de muerto, porque era muy caro á su
corazón.»
424 Así se expresó. Alegróse el anciano, y respondió diciendo: «¡Oh
hijo! Bueno es ofrecer á los inmortales los debidos dones. Jamás mi
hijo, si no ha sido un sueño que haya existido, olvidó en el palacio á
los dioses que moran en el Olimpo, y por esto se acordaron de él en el
fatal trance de la muerte. Mas, ea, recibe de mis manos esta copa, para
que la guardes, y guíame con el favor de los dioses hasta que llegue á
la tienda del Pelida.»
432 Díjole á su vez el mensajero Argicida: «¡Oh anciano! Quieres
tentarme porque soy más joven; pero no me persuadirás con tus ruegos á
que acepte el regalo sin saberlo Aquiles. Le temo y me da mucho miedo
defraudarle: no fuera que después se me siguiese algún daño. Pero te
acompañaría cuidadosamente en una velera nave ó á pie, aunque fuese
hasta la famosa Argos; y nadie osaría atacarte, despreciando al guía.»
440 Así habló el benéfico Mercurio; y subiendo al carro, recogió al
instante el látigo y las riendas é infundió gran vigor á los corceles y
mulos. Cuando llegaron al foso y á las torres que protegían las naves,
los centinelas comenzaban á preparar la cena, y el mensajero Argicida
los adormeció á todos; en seguida abrió la puerta, descorriendo los
cerrojos, é introdujo á Príamo y el carro que llevaba los espléndidos
regalos. Llegaron, por fin, á la alta tienda que los mirmidones habían
construído para el rey con troncos de abeto, techándola con frondosas
cañas que cortaron en la pradera: rodeábala una gran cerca de muchas
estacas y tenía la puerta asegurada por una barra de abeto que quitaban
ó ponían tres aqueos juntos, y sólo Aquiles la descorría sin ayuda.
Entonces el benéfico Mercurio abrió la puerta é introdujo al anciano y
los presentes para el Pelida, el de los pies ligeros. Y apeándose del
carro, dijo á Príamo:
460 «¡Oh anciano! Yo soy un dios inmortal, soy Mercurio; y mi padre me
envió para que fuese tu guía. Me vuelvo antes de llegar á la presencia
de Aquiles, pues sería indecoroso que un dios inmortal se tomara
públicamente tanto interés por los mortales. Entra tú, abraza las
rodillas del Pelida, y suplícale por su padre, por su madre de hermosa
cabellera y por su hijo, á fin de que conmuevas su corazón.»
468 Cuando esto hubo dicho, Mercurio se encaminó al vasto Olimpo.
Príamo saltó del carro á tierra, dejó á Ideo para que cuidase de los
caballos y mulos, y fué derecho á la tienda en que moraba Aquiles,
caro á Júpiter. Hallóle solo--sus amigos estaban sentados aparte--y el
héroe Automedonte y Álcimo, vástago de Marte, le servían; pues acababa
de cenar; y si bien ya no comía ni bebía, aún la mesa continuaba
puesta. El gran Príamo entró sin ser visto, y acercándose á Aquiles,
abrazóle las rodillas y besó aquellas manos terribles, homicidas, que
habían dado muerte á tantos hijos suyos. Como quedan atónitos los que,
hallándose en la casa de un rico, ven llegar á un hombre que tuvo la
desgracia de matar en su patria á otro varón y ha emigrado á país
extraño; de igual manera asombróse Aquiles de ver á Príamo, semejante
á un dios; y los demás se sorprendieron también y se miraron unos á
otros. Y Príamo suplicó á Aquiles, dirigiéndole estas palabras:
486 «Acuérdate de tu padre, oh Aquiles, semejante á los dioses, que
tiene la misma edad que yo y ha llegado á los funestos umbrales de la
vejez. Quizás los vecinos circunstantes le oprimen y no hay quien le
salve del infortunio y la ruina; pero al menos aquél, sabiendo que tú
vives, se alegra en su corazón y espera de día en día que ha de ver á
su hijo, llegado de Troya. Mas yo, desdichadísimo, después que engendré
hijos valientes en la espaciosa Ilión, puedo decir que de ellos ninguno
me queda. Cincuenta tenía cuando vinieron los aqueos: diez y nueve eran
de una misma madre; á los restantes diferentes mujeres los dieron á luz
en el palacio. Á los más, el furibundo Marte les quebró las rodillas;
y el que era único para mí y defendía la ciudad y á sus habitantes, á
éste tú lo mataste poco ha mientras combatía por la patria, á Héctor;
por quien vengo ahora á las naves de los aqueos, con un cuantioso
rescate, á fin de redimir su cadáver. Respeta á los dioses, Aquiles,
y apiádate de mí, acordándote de tu padre; yo soy aún más digno de
compasión que él, puesto que me atreví á lo que ningún otro mortal de
la tierra: á llevar á mis labios la mano del hombre matador de mis
hijos.»
507 Así habló. Á Aquiles le vino deseo de llorar por su padre; y
cogiendo la mano de Príamo, apartóle suavemente. Los dos lloraban
afligidos por los recuerdos: Príamo, acordándose de Héctor, matador de
hombres, derramaba copiosas lágrimas postrado á los pies de Aquiles;
éste las vertía, unas veces por su padre y otras por Patroclo; y los
gemidos de ambos resonaban en la tienda. Mas así que el divino Aquiles
estuvo saciado de llanto y el deseo de sollozar cesó en su corazón,
alzóse de la silla, tomó por la mano al viejo para que se levantara, y
mirando compasivo la cabeza y la barba encanecidas, díjole estas aladas
palabras:
518 «¡Ah infeliz! Muchos son los infortunios que tu ánimo ha soportado.
¿Cómo te atreviste á venir solo á las naves de los aqueos y presentarte
al hombre que te mató tantos y tan valientes hijos? De hierro tienes el
corazón. Mas, ea, toma asiento en esta silla; y aunque los dos estamos
afligidos, dejemos reposar en el alma las penas, pues el triste llanto
para nada aprovecha. Los dioses condenaron á los míseros mortales á
vivir en la tristeza, y sólo ellos están descuitados. En los umbrales
del palacio de Júpiter hay dos toneles de dones que el dios reparte:
en el uno están los azares y en el otro las suertes. Aquél á quien
Júpiter, que se complace en lanzar rayos, se los da mezclados, unas
veces topa con la desdicha y otras con la buena ventura; pero el que
tan sólo recibe azares, vive con afrenta, una gran hambre le persigue
sobre la divina tierra, y va de un lado para otro sin ser honrado ni
por los dioses ni por los hombres. Así las deidades hicieron á Peleo
grandes mercedes desde su nacimiento: aventajaba á los demás hombres
en felicidad y riqueza, reinaba sobre los mirmidones, y siendo mortal,
tuvo por mujer á una diosa; pero también le impusieron un mal: que no
tuviese hijos que reinaran luego en el palacio. Tan sólo uno engendró,
á mí, cuya vida ha de ser breve; y no le cuido en su vejez, porque
permanezco en Troya, lejos de la patria, para contristarte á ti y
á tus hijos. Y dicen que también tú, oh anciano, fuiste dichoso en
otro tiempo; y que en el espacio que comprende Lesbos, donde reinó
Mácar, y más arriba la Frigia hasta el Helesponto inmenso, descollabas
entre todos por tu riqueza y por tu prole. Mas, desde que los dioses
celestiales te trajeron esta plaga, sucédense alrededor de la ciudad
las batallas y las matanzas de hombres. Súfrelo resignado y no dejes
que se apodere de tu corazón un pesar continuo, pues nada conseguirás
afligiéndote por tu hijo, ni lograrás que se levante; y quizás tengas
que padecer una nueva desgracia.»
552 Respondió el anciano Príamo, semejante á un dios: «No me hagas
sentar en esta silla, alumno de Júpiter, mientras Héctor yace insepulto
en la tienda. Entrégamelo para que lo contemple con mis ojos, y recibe
el cuantioso rescate que te traemos. Ojalá puedas disfrutar de él y
volver á tu patria, ya que ahora me has dejado vivir y ver la luz del
sol.»
559 Mirándole con torva faz, le dijo Aquiles, el de los pies ligeros:
«¡No me irrites más, oh anciano! Dispuesto estoy á entregarte el
cadáver de Héctor, pues para ello Júpiter envióme como mensajera la
madre que me parió, la hija del anciano del mar. Comprendo también,
y no se me oculta, que un dios te trajo á las veleras naves de los
aqueos; porque ningún mortal, aunque estuviese en la flor de la
juventud, se atrevería á venir al ejército, ni entraría sin ser visto
por los centinelas, ni quitaría con facilidad la barra que asegura la
puerta. Abstente, pues, de exacerbar los dolores de mi corazón; no sea
que deje de respetarte, oh anciano, á pesar de que te hallas en mi
tienda y eres un suplicante, y viole las órdenes de Júpiter.»
571 Tales fueron sus palabras. El anciano sintió temor y obedeció el
mandato. El Pelida, saltando como un león, salió de la tienda; y no se
fué solo, pues le siguieron el héroe Automedonte y Álcimo, que eran
los compañeros á quienes más apreciaba después del difunto Patroclo.
En seguida desengancharon los caballos y los mulos, introdujeron al
heraldo del anciano, haciéndole sentar en una silla, y quitaron del
lustroso carro los cuantiosos presentes destinados al rescate de
Héctor. Tan sólo dejaron dos palios y una túnica bien tejida, para
envolver el cadáver antes que Príamo se lo llevase al palacio. Aquiles
llamó entonces á los esclavos y les mandó que lavaran y ungieran el
cuerpo de Héctor, trasladándolo á otra parte para que Príamo no lo
advirtiese; no fuera que, afligiéndose al ver á su hijo, no pudiese
reprimir la cólera en su pecho é irritase el corazón de Aquiles, y éste
le matara, quebrantando las órdenes de Júpiter. Lavado ya y ungido con
aceite, las esclavas lo cubrieron con la túnica y el hermoso palio;
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