mirmidones dejaría de ver la luz del sol, á manos de los teucros, antes
de que yo falleciera. Sin duda ha muerto el esforzado hijo de Menetio.
¡Infeliz! Yo le mandé que tan pronto como apartase el fuego enemigo,
regresara á los bajeles y no quisiera pelear valerosamente con Héctor.»
15 Mientras tales pensamientos revolvía en su mente y en su corazón,
llegó el hijo del ilustre Néstor; y derramando ardientes lágrimas,
dióle la triste noticia:
18 «¡Ay de mí, hijo del aguerrido Peleo! Sabrás una infausta nueva, una
cosa que no hubiera de haber ocurrido. Patroclo yace en el suelo, y
teucros y aqueos combaten en torno del cadáver desnudo, pues Héctor, el
de tremolante casco, tiene la armadura.»
22 Así dijo; y negra nube de pesar envolvió á Aquiles. El héroe cogió
ceniza con ambas manos y derramándola sobre su cabeza, afeó el gracioso
rostro y manchó la divina túnica; después se tendió en el polvo,
ocupando un gran espacio, y con las manos se arrancaba los cabellos.
Las esclavas que Aquiles y Patroclo cautivaran salieron afligidas; y
dando agudos gritos, rodearon á Aquiles; todas se golpeaban el pecho y
sentían desfallecer sus miembros. Antíloco también se lamentaba, vertía
lágrimas y tenía de las manos á Aquiles, cuyo gran corazón deshacíase
en suspiros, por el temor de que se cortase la garganta con el hierro.
Dió Aquiles un horrendo gemido; oyóle su veneranda madre, que se
hallaba en el fondo del mar, junto al padre anciano, y prorrumpió en
sollozos; y cuantas diosas nereidas había en aquellas profundidades,
todas se congregaron á su alrededor. Allí estaban Glauce, Talía,
Cimodoce, Nesea, Espío, Toe, Halia, la de los grandes ojos, Cimotoe,
Actea, Limnorea, Melita, Yera, Anfitoe, Agave, Doto, Proto, Ferusa,
Dinámene, Dexámene, Anfínome, Calianira, Doris, Pánope, la célebre
Galatea, Nemertes, Apseudes, Calianasa, Climene, Yanira, Yanasa, Mera,
Oritía, Amatía, la de hermosas trenzas, y las restantes nereidas que
habitan en lo hondo del mar. La blanquecina gruta se llenó de ninfas, y
todas se golpeaban el pecho. Y Tetis, dando principio á los lamentos,
exclamó:
52 «Oíd, hermanas nereidas, para que sepáis cuántas penas sufre mi
corazón. ¡Ay de mí, desgraciada! ¡Ay de mí, madre infeliz de un
valiente! Parí un hijo ilustre, fuerte é insigne entre los héroes,
que creció semejante á un árbol; le crié como á una planta en terreno
fértil y lo mandé á Ilión en las corvas naves para que combatiera con
los teucros; y ya no le recibiré otra vez, porque no volverá á mi
casa, á la mansión de Peleo. Mientras vive y ve la luz del Sol está
angustiado, y no puedo, aunque á él me acerque, llevarle socorro. Iré
á verle y me dirá qué pesar le aflige ahora que no interviene en las
batallas.»
65 Dijo, y salió de la gruta; las nereidas la acompañaron llorosas, y
las olas del mar se rompían en torno de ellas. Cuando llegaron á la
fértil Troya, subieron todas á la playa donde las muchas naves de los
mirmidones habían sido colocadas á ambos lados de la del veloz Aquiles.
La veneranda madre se acercó al héroe, que suspiraba profundamente; y
rompiendo el aire con agudos clamores abrazóle la cabeza, y en tono
lastimero pronunció estas aladas palabras:
73 «¡Hijo! ¿Por qué lloras? ¿Qué pesar te ha llegado al alma? Habla;
no me lo ocultes. Júpiter ha cumplido lo que tú, levantando las manos,
le pediste: que los aqueos fueran acorralados junto á los navíos y
padecieran vergonzosos desastres.»
78 Exhalando profundos suspiros, contestó Aquiles, el de los pies
ligeros: «¡Madre mía! El Olímpico, efectivamente, lo ha cumplido; pero
¿qué placer puede producirme, habiendo muerto Patroclo, el fiel amigo
á quien apreciaba sobre todos los compañeros y tanto como á mi propia
cabeza? Lo he perdido, y Héctor, después de matarlo, le despojó de las
armas prodigiosas, admirables, magníficas que los dioses regalaron
á Peleo, como espléndido presente, el día en que te colocaron en el
tálamo de un hombre mortal. Ojalá hubieras seguido habitando en el mar
con las inmortales ninfas, y Peleo hubiese tomado esposa mortal. Mas
no sucedió así, para que sea inmenso el dolor de tu alma cuando muera
tu hijo, á quien ya no recibirás en tu casa, de vuelta de Troya; pues
mi ánimo no me incita á vivir, ni á permanecer entre los hombres, si
Héctor no pierde la vida, atravesado por mi lanza, y recibe de este
modo la condigna pena por la muerte de Patroclo Menetíada.»
94 Respondióle Tetis, derramando lágrimas: «Breve será tu existencia,
á juzgar por lo que dices; pues la muerte te aguarda así que Héctor
perezca.»
97 Contestó muy afligido Aquiles, el de los pies ligeros: «Muera yo
en el acto, ya que no pude socorrer al amigo cuando le mataron: ha
perecido lejos de su país y sin tenerme al lado para que le librara
de la desgracia. Ahora, puesto que no he de volver á la patria, ni he
salvado á Patroclo ni á los muchos amigos que murieron á manos del
divino Héctor, permanezco en las naves cual inútil peso de la tierra;
siendo tal en la batalla como ninguno de los aqueos, de broncíneas
lorigas, pues en la junta otros me superan. Ojalá pereciera la
discordia para los dioses y para los hombres, y con ella la ira, que
encruelece hasta al hombre sensato cuando más dulce que la miel se
introduce en el pecho y va creciendo como el humo. Así me irritó el rey
de hombres Agamenón. Pero dejemos lo pasado, aunque afligidos, pues es
preciso refrenar el furor del pecho. Iré á buscar al matador del amigo
querido, á Héctor; y sufriré la muerte cuando lo dispongan Júpiter y
los demás dioses inmortales. Pues ni el fornido Hércules pudo librarse
de ella, con ser carísimo al soberano Jove Saturnio, sino que el hado
y la cólera funesta de Juno le hicieron sucumbir. Así yo, si he de
tener igual suerte, yaceré en la tumba cuando muera; mas ahora ganaré
gloriosa fama y haré que algunas de las matronas troyanas ó dardanias,
de profundo seno, den fuertes suspiros y con ambas manos se enjuguen
las lágrimas de sus tiernas mejillas. Conozcan que hace días que me
abstengo de combatir. Y tú, aunque me ames, no me prohibas que pelee,
pues no lograrás persuadirme.»
127 Respondióle Tetis, la de los argentados pies: «Sí, hijo, es justo,
y no puede reprobarse que libres á los afligidos compañeros de una
muerte terrible; pero tu magnífica armadura de luciente bronce la
tienen los teucros, y Héctor, el de tremolante casco, se vanagloria
de cubrir con ella sus hombros. Con todo eso, me figuro que no durará
mucho su jactancia, pues ya la muerte se le avecina. Tú no entres en
combate hasta que con tus ojos me veas volver; y mañana, al romper el
alba, vendré á traerte una hermosa armadura fabricada por Vulcano.»
138 Cuando así hubo hablado, dejó á su hijo; y volviéndose á las
nereidas, sus hermanas, les dijo:
140 «Bajad vosotras al anchuroso seno del mar, id al alcázar del
anciano padre y contádselo todo; y yo subiré al elevado Olimpo para que
Vulcano, el ilustre artífice, dé á mi hijo una magnífica y reluciente
armadura.»
145 Así habló. Las nereidas se sumergieron prestamente en las olas del
mar, y Tetis, la diosa de los argentados pies, enderezó sus pasos al
Olimpo para proporcionar á su hijo las magníficas armas.
148 Mientras la diosa se encaminaba al Olimpo, los aqueos, de hermosas
grebas, huyendo con gritería inmensa ante Héctor, matador de hombres,
llegaron á las naves y al Helesponto; y ya no podían sacar fuera de los
tiros el cadáver de Patroclo, escudero de Aquiles, porque de nuevo los
alcanzaron los teucros con sus carros y Héctor, hijo de Príamo, que por
su vigor parecía una llama. Tres veces el esclarecido Héctor asió á
Patroclo por los pies é intentó arrastrarlo, exhortando con horrendos
gritos á los teucros; tres veces los Ayaces, revestidos de impetuoso
valor, le rechazaron. Héctor, confiando en su fuerza, unas veces se
arrojaba á la pelea, otras se detenía y daba grandes voces; pero nunca
se retiraba por completo. Como los pastores pasan la noche en el campo
y no consiguen apartar de la presa á un fogoso león muy hambriento; de
semejante modo, los belicosos Ayaces no lograban ahuyentar del cadáver
á Héctor Priámida. Y éste lo arrastrara, consiguiendo inmensa gloria,
si no se hubiese presentado al Pelida, para aconsejarle que tomase las
armas, la veloz Iris, de pies ligeros como el viento; á la cual enviaba
Juno, sin que lo supieran Júpiter ni los demás dioses. Colocóse la
diosa cerca de Aquiles y pronunció estas aladas palabras:
170 «¡Sus, Pelida, el más portentoso de los hombres! Ve á defender á
Patroclo, por cuyo cuerpo se ha trabado un vivo combate cerca de las
naves. Mátanse allí, los aqueos defendiendo el cadáver, y los teucros,
acometiendo con el fin de arrastrarlo á la ventosa Ilión. Y el que más
empeño tiene en llevárselo es el esclarecido Héctor, porque su ánimo
le incita á cortarle la cabeza del tierno cuello para clavarla en
una estaca. Levántate, no yazgas más; avergüéncese tu corazón de que
Patroclo llegue á ser juguete de los perros troyanos; pues será para ti
motivo de afrenta que el cadáver reciba algún ultraje.»
181 Respondióle el divino Aquiles, el de los pies ligeros: «¡Diosa
Iris! ¿Cuál de las deidades te envía como mensajera?»
183 Díjole la veloz Iris, de pies ligeros como el viento: «Me manda
Juno, la ilustre esposa de Júpiter, sin que lo sepan el excelso
Saturnio ni los demás dioses inmortales que habitan el nevado Olimpo.»
187 Replicóle Aquiles, el de los pies ligeros: «¿Cómo puedo ir á la
batalla? Los teucros tienen mis armas, y mi madre no me permite entrar
en combate hasta que con estos ojos la vea volver, pues aseguró que
me traería una hermosa armadura fabricada por Vulcano. Y en tanto,
no sé de cuál guerrero podría vestir las armas, á no ser que tomase
el escudo de Ayax Telamonio; pero creo que éste se encuentra entre
los combatientes delanteros y pelea con la lanza por el cadáver de
Patroclo.»
196 Contestóle la veloz Iris, de pies ligeros como el viento: «Bien
sabemos nosotros que aquéllos tienen tu magnífica armadura; pero
muéstrate á los teucros en la orilla del foso para que, temiéndote,
cesen de pelear; los belicosos aqueos, que tan abatidos están, se
reanimen, y la batalla tenga su tregua, aunque sea por breve tiempo.»
[Ilustración: JUNO OBLIGÓ AL SOL Á HUNDIRSE, MAL DE SU GRADO, EN LA
CORRIENTE DEL OCÉANO
(-Canto XVIII, versos 239 y 240.-)]
202 En diciendo esto, fuése Iris, ligera de pies. Aquiles, caro á
Júpiter, se levantó, y Minerva cubrióle los fornidos hombros con
la égida floqueada y circundóle la cabeza con áurea nube, en la
cual ardía resplandeciente llama. Como se ve desde lejos el humo
que saliendo de una isla donde se halla una ciudad sitiada por los
enemigos, llega al éter, cuando sus habitantes, después de combatir
todo el día en horrenda batalla, al ponerse el sol encienden muchos
fuegos, cuyo resplandor sube á lo alto, para que los vecinos los vean,
se embarquen y les libren del apuro; de igual modo el resplandor de la
cabeza de Aquiles llegaba al éter. Y acercándose á la orilla del foso,
fuera de la muralla, se detuvo, sin mezclarse con los aqueos, porque
respetaba el prudente mandato de su madre. Allí dió recias voces y á
alguna distancia Palas Minerva vociferó también y suscitó un inmenso
tumulto entre los teucros. Como se oye la voz sonora de la trompeta
cuando vienen á cercar la ciudad enemigos que la vida quitan; tan
sonora fué entonces la voz del Eácida. Cuando se dejó oir la voz de
bronce del héroe, á todos se les conturbó el corazón, y los caballos,
de hermosas crines, volvíanse hacia atrás con los carros porque en su
ánimo presentían desgracias. Los aurigas se quedaron atónitos al ver
el terrible é incesante fuego que en la cabeza del magnánimo Pelida
hacía arder Minerva, la diosa de los brillantes ojos. Tres veces el
divino Aquiles gritó á orillas del foso, y tres veces se turbaron
los troyanos y sus ínclitos auxiliares; y doce de los más valientes
guerreros murieron atropellados por sus carros y heridos por sus
propias lanzas. Y los aqueos, muy alegres, sacaron á Patroclo fuera del
alcance de los tiros y colocáronlo en un lecho. Los amigos le rodearon
llorosos, y con ellos iba Aquiles, el de los pies ligeros, derramando
ardientes lágrimas, desde que vió al fiel compañero desgarrado por el
agudo bronce y tendido en el féretro. Habíale mandado á la batalla con
su carro y sus corceles, y ya no podía recibirle, porque de ella no
tornaba vivo.
239 Juno veneranda, la de los grandes ojos, obligó al Sol infatigable
á hundirse, mal de su grado, en la corriente del Océano. Y una vez
puesto, los divinos aqueos suspendieron la enconada pelea y el general
combate.
243 Los teucros, por su parte, retirándose de la dura contienda,
desuncieron de los carros los veloces corceles y celebraron junta antes
de preparar la cena. En ella estuvieron de pie y nadie osó sentarse;
pues á todos les hacía temblar el que Aquiles se presentara después
de haber permanecido tanto tiempo apartado del funesto combate. Fué
el primero en arengarles Polidamante Pantoida, el único que conocía
lo futuro y lo pasado: era amigo de Héctor, y ambos nacieron en la
misma noche; pero Polidamante superaba á Héctor en la elocuencia, y
éste descollaba mucho más en el manejo de la lanza. Y dirigiéndoles,
benévolo, la palabra, así les dijo:
254 «Pensadlo bien, amigos, pues yo os exhorto á volver á la ciudad en
vez de aguardar á la divinal Aurora en la llanura, junto á las naves, y
tan lejos del muro como al presente nos hallamos. Mientras ese hombre
estuvo irritado con el divino Agamenón, fué más fácil combatir contra
los aqueos; y también yo gustaba de pernoctar junto á las veleras
naves, esperando que acabaríamos por tomarlas. Ahora temo mucho al
Pelida, de pies ligeros, que con su ánimo arrogante no se contentará
con quedarse en la llanura, donde teucros y aqueos sostienen el furor
de Marte, sino que batallará para apoderarse de la ciudad y de las
mujeres. Volvamos á la población; seguid mi consejo, antes de que
ocurra lo que voy á decir. La noche inmortal ha detenido al Pelida, de
pies ligeros; pero si mañana nos acomete armado y nos encuentra aquí,
conoceréis quién es, y llegará gozoso á la sagrada Ilión el que logre
escapar, pues á muchos se los comerán los perros y los buitres. ¡Ojalá
que tal noticia nunca llegue á mis oídos! Si, aunque estéis afligidos,
seguís mi consejo, tendremos el ejército reunido en el ágora durante
la noche, pues la ciudad queda defendida por las torres y las altas
puertas con sus tablas grandes, labradas, sólidamente unidas. Por la
mañana, al apuntar la aurora, subiremos armados á las torres; y si
aquél viniere de las naves á combatir con nosotros al pie del muro,
peor para él; pues habrá de volverse después de cansar á los caballos,
de erguido cuello, con carreras de todas clases, llevándolos errantes
en torno de la ciudad. Pero no tendrá ánimo para entrar en ella, y
nunca podrá destruirla; antes se lo comerán los veloces perros.»
284 Mirándole con torva faz, exclamó Héctor, el de tremolante casco:
«¡Polidamante! No me place lo que propones de volver á la ciudad
y encerrarnos en ella. ¿Aún no os cansáis de vivir dentro de los
muros? Antes todos los hombres dotados de palabra llamaban á la
ciudad de Príamo rica en oro y en bronce, pero ya las hermosas joyas
desaparecieron de las casas: muchas riquezas han sido llevadas á la
Frigia y á la Meonia para ser vendidas, desde que Júpiter se irritó
contra nosotros. Y ahora que el hijo del artero Saturno me ha concedido
alcanzar gloria junto á las naves y acorralar contra el mar á los
aqueos, no des, ¡oh necio!, tales consejos al pueblo. Ningún troyano te
obedecerá, porque no lo permitiré. Ea, obremos todos como voy á decir.
Cenad en el campamento, sin romper las filas; acordaos de la guardia
y vigilad todos. Y el troyano que sienta gran temor por sus bienes,
júntelos y entréguelos al pueblo para que en común se consuman; pues es
mejor que los disfrute éste que no los aquivos. Mañana, al apuntar la
aurora, vestiremos la armadura y suscitaremos un reñido combate junto
á las cóncavas naves. Y si verdaderamente el divino Aquiles se propone
salir del campamento, le pesará tanto más, cuanto más se arriesgue.
Porque me propongo no huir de él, sino afrontarle en la batalla
horrísona; y alcanzará una gran victoria, ó seré yo quien la consiga.
Que Marte es á todos común y suele causar la muerte del que matar
deseaba.»
310 Así se expresó Héctor, y los teucros le aclamaron, ¡oh necios!
porque Palas Minerva les quitó el juicio. ¡Aplaudían todos á Héctor por
sus funestos propósitos y ni uno siquiera á Polidamante, que les daba
un buen consejo! Tomaron, pues, la cena en el campamento; y los aquivos
pasaron la noche dando gemidos y llorando á Patroclo. El Pelida,
poniendo sus manos homicidas sobre el pecho del amigo, dió comienzo á
las sentidas lamentaciones, mezcladas con frecuentes sollozos. Como el
melenudo león á quien un cazador ha quitado los cachorros en la poblada
selva, cuando vuelve á su madriguera se aflige y, poseído de vehemente
cólera, recorre los valles en busca de aquel hombre; de igual modo, y
despidiendo profundos suspiros, dijo Aquiles entre los mirmidones:
324 «¡Oh dioses! Vanas fueron las palabras que pronuncié en el palacio
para tranquilizar al héroe Menetio, diciendo que á su ilustre hijo le
llevaría otra vez á Opunte tan pronto como, tomada Ilión, recibiera su
parte de botín. Júpiter no les cumple á los hombres todos sus deseos;
y el hado ha dispuesto que nuestra sangre enrojezca una misma tierra,
aquí en Troya; porque ya no me recibirán en su palacio ni el anciano
caballero Peleo, ni Tetis, mi madre; sino que esta tierra me contendrá
en su seno. Ya que he de morir, oh Patroclo, después que tú, no te haré
las honras fúnebres hasta que traiga las armas y la cabeza de Héctor,
tu magnánimo matador. Degollaré ante la pira, para vengar tu muerte,
doce hijos de ilustres troyanos. Y en tanto permanezcas tendido junto
á las corvas naves, te rodearán, llorando noche y día, las troyanas
y dardanias de profundo seno que conquistamos con nuestro valor y la
ingente lanza, al entrar á saco opulentas ciudades de hombres de voz
articulada.»
343 Cuando esto hubo dicho, el divino Aquiles mandó á sus compañeros
que pusieran al fuego un gran trípode para que cuanto antes le lavaran
á Patroclo las manchas de sangre. Y ellos colocaron sobre el ardiente
fuego una caldera propia para baños, sostenida por un trípode;
llenáronla de agua, y metiendo leña debajo la encendieron: el fuego
rodeó la caldera y calentó el agua. Cuando ésta hirvió en la caldera
de bronce reluciente, lavaron el cadáver, ungiéronlo con pingüe aceite
y taparon las heridas con un ungüento que tenía nueve años; después,
colocándolo en el lecho, lo envolvieron desde la cabeza hasta los pies
en fina tela de lino y lo cubrieron con un velo blanco. Los mirmidones
pasaron la noche alrededor de Aquiles, el de los pies ligeros, dando
gemidos y llorando á Patroclo. Y Júpiter habló de este modo á Juno, su
hermana y esposa:
357 «Lograste al fin, Juno veneranda, la de los grandes ojos, que
Aquiles, ligero de pies, volviera á la batalla. Sin duda nacieron de ti
los aqueos de larga cabellera.»
360 Respondió Juno veneranda, la de los grandes ojos: «¡Terribilísimo
Saturnio! ¡Qué palabras proferiste! Si un hombre, no obstante su
condición de mortal y no saber tanto, puede realizar su propósito
contra otro hombre, ¿cómo yo, que me considero la primera de las diosas
por mi abolengo y por llevar el nombre de esposa tuya, de ti que reinas
sobre los inmortales todos, no había de causar males á los teucros
estando irritada contra ellos?»
368 Así éstos conversaban. Tetis, la de los argentados pies, llegó
al palacio imperecedero de Vulcano, que brillaba como una estrella,
lucía entre los de las deidades, era de bronce y habíalo edificado el
Cojo en persona. Halló al dios bañado en sudor y moviéndose en torno
de los fuelles, pues fabricaba veinte trípodes que debían permanecer
arrimados á la pared del bien construído palacio y tenían ruedas de
oro en los pies para que de propio impulso pudieran entrar donde los
dioses se congregaban y volver á la casa. ¡Cosa admirable! Estaban casi
terminados, faltándoles tan sólo las labradas asas, y el dios preparaba
los clavos para pegárselas. Mientras hacía tales obras con sabia
inteligencia, llegó Tetis, la diosa de los argentados pies. La bella
Caris, que llevaba luciente diadema y era esposa del ilustre Cojo,
vióla venir, salió á recibirla, y, asiéndola por la mano, le dijo:
385 «¿Por qué, oh Tetis la de largo peplo, venerable y cara, vienes
á nuestro palacio? Antes no solías frecuentarlo. Pero, sígueme, y te
ofreceré los dones de la hospitalidad.»
388 Dichas estas palabras, la divina entre las diosas introdujo á Tetis
y la hizo sentar en un hermoso trono labrado, tachonado con clavos de
plata y provisto de un escabel para los pies. Y llamando á Vulcano,
ilustre artífice, le dijo: «¡Vulcano! Ven acá, pues Tetis te necesita.»
393 Respondió el ilustre cojo de ambos pies: «Respetable y veneranda es
la diosa que ha venido á este palacio. Fué mi salvadora cuando me tocó
padecer, pues vime arrojado del cielo y caí á lo lejos por la voluntad
de mi insolente madre, que me quería ocultar á causa de la cojera.
Entonces mi corazón hubiera tenido que soportar terribles penas, si
no me hubiesen acogido en el seno del mar Tetis y Eurínome, hija del
refluente Océano. Nueve años viví con ellas fabricando muchas piezas
de bronce--broches, redondos brazaletes, sortijas y collares--en una
cueva profunda rodeada por la inmensa, murmurante y espumosa corriente
del Océano. De todos los dioses y los mortales hombres, sólo lo sabían
Tetis y Eurínome, las mismas que antes me salvaran. Hoy que Tetis, la
de hermosas trenzas, viene á mi casa, tengo que pagarle el beneficio de
haberme conservado la vida. Sírvele hermosos presentes de hospitalidad,
ínterin yo recojo los fuelles y demás herramientas.»
410 Dijo; y levantóse de cabe al yunque el gigantesco é infatigable
numen que al andar cojeaba arrastrando sus gráciles piernas. Apartó de
la llama los fuelles y puso en un arcón de plata las herramientas con
que trabajaba; enjugóse con una esponja el sudor del rostro, de las
manos, del vigoroso cuello y del velludo pecho; vistió la túnica; tomó
el fornido cetro, y salió cojeando, apoyado en dos estatuas de oro que
eran semejantes á vivientes jóvenes, pues tenían inteligencia, voz y
fuerza, y hallábanse ejercitadas en las obras propias de los inmortales
dioses. Ambas sostenían cuidadosamente á su señor, y éste, andando, se
sentó en un trono reluciente cerca de Tetis, asió la mano de la deidad,
y le dijo:
424 «¿Por qué, oh Tetis, la de largo peplo, venerable y cara, vienes
á nuestro palacio? Antes no solías frecuentarlo. Di qué deseas; mi
corazón me impulsa á realizarlo, si puedo y es hacedero.»
428 Respondióle Tetis, derramando lágrimas: «¡Oh Vulcano! ¿Hay alguna
entre las diosas del Olimpo que haya sufrido en su ánimo tantos y tan
graves pesares como á mí me ha enviado el Saturnio Jove? De las ninfas
del mar, únicamente á mí me sujetó á un hombre, á Peleo Eácida, y
tuve que tolerar, contra toda mi voluntad, el tálamo de un mortal que
yace en el palacio, rendido á la triste vejez. Ahora me envía otros
males: concedióme que pariera y alimentara á un hijo insigne entre los
héroes, que creció semejante á un árbol, le crié como á una planta
en terreno fértil y lo mandé á Ilión en las corvas naves, para que
combatiera con los teucros; y ya no le recibiré otra vez, porque no
volverá á mi casa, á la mansión de Peleo. Mientras vive y ve la luz
del sol está angustiado, y no puedo, aunque á él me acerque, llevarle
socorro. Los aqueos le habían asignado, como recompensa, una moza, y el
rey Agamenón se la quitó de las manos. Apesadumbrado por tal motivo,
consumía su corazón; pero los teucros acorralaron á los aqueos junto
á los bajeles y no les dejaban salir del campamento, y los próceres
argivos intercedieron con Aquiles y le ofrecieron espléndidos regalos.
Entonces, aunque se negó á librarles de la ruina, hizo que vistiera sus
armas Patroclo y envióle á la batalla con muchos hombres. Combatieron
todo el día en las puertas Esceas; y los aqueos hubieran tomado la
ciudad, á no haber sido por Apolo, el cual mató entre los combatientes
delanteros al esforzado hijo de Menetio, que tanto estrago causara, y
dió gloria á Héctor. Y yo vengo á abrazar tus rodillas por si quieres
dar á mi hijo, cuya vida ha de ser breve, escudo, casco, hermosas
grebas ajustadas con broches, y coraza; pues las armas que tenía las
perdió su fiel amigo al morir á manos de los teucros, y Aquiles yace en
tierra con el corazón afligido.»
462 Contestóle el ilustre cojo de ambos pies: «Cobra ánimo y no te
preocupes por las armas. Ojalá pudiera ocultarlo á la muerte horrísona
cuando la terrible Parca se le presente, como tendrá una hermosa
armadura que admirarán cuantos la vean.»
468 Así habló; y dejando á la diosa, encaminóse á los fuelles, los
volvió hacia la llama y les mandó que trabajasen. Éstos soplaban en
veinte hornos, despidiendo un aire que avivaba el fuego y era de varias
clases: unas veces fuerte, como lo necesita el que trabaja de prisa, y
otras al contrario, según Vulcano lo deseaba y la obra lo requería. El
dios puso al fuego duro bronce, estaño, oro precioso y plata; colocó en
el tajo el gran yunque, y cogió con una mano el pesado martillo y con
la otra las tenazas.
478 Hizo lo primero de todo un escudo grande y fuerte, de variada
labor, con triple cenefa brillante y reluciente, provisto de una
abrazadera de plata. Cinco capas tenía el escudo, y en la superior
grabó el dios muchas artísticas figuras, con sabia inteligencia.
483 Allí puso la tierra, el cielo, el mar, el sol infatigable y la luna
llena; allí, las estrellas que el cielo coronan, las Pléyades, las
Híades, el robusto Orión y la Osa, llamada por sobrenombre el Carro,
la cual gira siempre en el mismo sitio, mira á Orión y es la única que
deja de bañarse en el Océano.
490 Allí representó también dos ciudades de hombres dotados de palabra.
En la una se celebraban bodas y festines: las novias salían de sus
habitaciones y eran acompañadas por la ciudad á la luz de antorchas
encendidas, oíanse repetidos cantos de himeneo, jóvenes danzantes
formaban ruedos, dentro de los cuales sonaban flautas y cítaras,
y las matronas admiraban el espectáculo desde los vestíbulos de
las casas.--Los hombres estaban reunidos en el foro, pues se había
suscitado una contienda entre dos varones acerca de la multa que debía
pagarse por un homicidio: el uno, declarando ante el pueblo, afirmaba
que ya la tenía satisfecha; el otro negaba haberla recibido, y ambos
deseaban terminar el pleito presentando testigos. El pueblo se hallaba
dividido en dos bandos que aplaudían sucesivamente á cada litigante;
los heraldos aquietaban á la muchedumbre, y los ancianos, sentados
sobre pulimentadas piedras en sagrado círculo, tenían en las manos los
cetros de los heraldos, de voz potente, y levantándose uno tras otro
publicaban el juicio que habían formado. En el centro estaban los dos
talentos de oro que debían darse al que mejor demostrara la justicia de
su causa.
509 La otra ciudad aparecía cercada por dos ejércitos cuyos individuos,
revestidos de lucientes armaduras, no estaban acordes: los del primero
deseaban arruinar la plaza, y los otros querían dividir en dos partes
cuantas riquezas encerraba la hermosa población. Pero los ciudadanos
aún no se rendían, y preparaban secretamente una emboscada. Mujeres,
niños y ancianos, subidos en la muralla, la defendían. Los sitiados
marchaban, llevando al frente á Marte y á Palas Minerva, ambos de oro
y con áureas vestiduras, hermosos, grandes, armados y distinguidos,
como dioses; pues los hombres eran de estatura menor. Luego, en el
lugar escogido para la emboscada, que era á orillas de un río y cerca
de un abrevadero que utilizaba todo el ganado, sentábanse, cubiertos
de reluciente bronce, y ponían dos centinelas avanzados para que
les avisaran la llegada de las ovejas y de los bueyes de retorcidos
cuernos. Pronto se presentaban los rebaños con dos pastores que se
recreaban tocando la zampoña, sin presentir la asechanza. Cuando los
emboscados los veían venir, corrían á su encuentro, se apoderaban de
los rebaños de bueyes y de los magníficos hatos de blancas ovejas y
mataban á los guardianes. Los sitiadores, que se hallaban reunidos en
junta, oían el vocerío que se alzaba en torno de los bueyes, y montando
ágiles corceles, acudían presurosos. Pronto se trababa á orillas del
río una batalla en la cual heríanse unos á otros con broncíneas lanzas.
Allí se agitaban la Discordia, el Tumulto y la funesta Parca, que á un
tiempo cogía á un guerrero con vida aún, pero recientemente herido,
dejaba ileso á otro y arrastraba, asiéndolo de los pies, por el campo
de la batalla á un tercero que la muerte recibiera; y el ropaje que
cubría su espalda estaba teñido de sangre humana. Movíanse todos como
hombres vivos, peleaban y retiraban los muertos.
541 Representó también una blanda tierra noval, un campo fértil y vasto
que se labraba por tercera vez: acá y allá muchos labradores guiaban
las yuntas, y al llegar al confín del campo, un hombre les salía al
encuentro y les daba una copa de dulce vino; y ellos volvían atrás,
abriendo nuevos surcos, y deseaban llegar al otro extremo del noval
profundo. Y la tierra que dejaban á su espalda negreaba y parecía
labrada, siendo toda de oro; lo cual constituía una singular maravilla.
550 Grabó asimismo un campo de crecidas mieses que los jóvenes segaban
con hoces afiladas: muchos manojos caían al suelo á lo largo del surco,
y con ellos formaban gavillas los atadores. Tres eran éstos, y unos
rapaces cogían los manojos y se los llevaban á brazados. En medio, de
pie en un surco, estaba el rey sin desplegar los labios, con el corazón
alegre y el cetro en la mano. Debajo de una encina, los heraldos
preparaban para el banquete un corpulento buey que habían matado. Y las
mujeres aparejaban la comida de los trabajadores, haciendo abundantes
puches de blanca harina.
561 También entalló una hermosa viña de oro cuyas cepas, cargadas de
negros racimos, estaban sostenidas por rodrigones de plata. Rodeábanla
un foso de negruzco acero y un seto de estaño, y conducía á ella un
solo camino por donde pasaban los acarreadores ocupados en la vendimia.
Doncellas y mancebos, pensando en cosas tiernas, llevaban el dulce
fruto en cestos de mimbre; un muchacho tañía suavemente la harmoniosa
cítara y entonaba con tenue voz un hermoso lino, y todos le acompañaban
cantando, profiriendo voces de júbilo y golpeando con los pies el suelo.
573 Representó luego un rebaño de vacas de erguida cornamenta: los
animales eran de oro y estaño, y salían del establo, mugiendo, para
pastar á orillas de un sonoro río, junto á un flexible cañaveral.
Cuatro pastores de oro guiaban á las vacas y nueve canes de pies
ligeros los seguían. Entre las primeras vacas, dos terribles leones
habían sujetado y conducían á un toro que daba fuertes mugidos.
Perseguíanlos mancebos y perros. Pero los leones lograban desgarrar la
piel del animal y tragaban los intestinos y la negra sangre; mientras
los pastores intentaban, aunque inútilmente, estorbarlo, y azuzaban
á los ágiles canes: éstos se apartaban de los leones sin morderlos,
ladraban desde cerca y rehuían el encuentro de las fieras.
587 Hizo también el ilustre cojo de ambos pies un gran prado en hermoso
valle, donde pacían las cándidas ovejas, con establos, chozas techadas
y apriscos.
590 El ilustre cojo de ambos pies puso luego una danza como la que
Dédalo concertó en la vasta Cnoso en obsequio de Ariadna, la de lindas
trenzas. Mancebos y doncellas hermosas, cogidos de las manos, se
divertían bailando: éstas llevaban vestidos de sutil lino y bonitas
guirnaldas, y aquéllos, túnicas bien tejidas y algo lustrosas, como
frotadas con aceite, y sables de oro suspendidos de argénteos tahalíes.
Unas veces, moviendo los diestros pies, daban vueltas á la redonda con
la misma facilidad con que el alfarero aplica su mano al torno y lo
prueba para ver si corre, y en otras ocasiones se colocaban por hileras
y bailaban separadamente. Gentío inmenso rodeaba el baile y se holgaba
en contemplarlo. Un divino aedo cantaba, acompañándose con la cítara; y
en cuanto se oía el preludio, dos saltadores hacían cabriolas en medio
de la muchedumbre.
606 En la orla del sólido escudo representó la poderosa corriente del
río Océano.
609 Después que construyó el grande y fuerte escudo, hizo para Aquiles
una coraza más reluciente que el resplandor del fuego; un sólido casco,
hermoso, labrado, de áurea cimera, que á sus sienes se adaptara, y unas
grebas de dúctil estaño.
614 Cuando el ilustre cojo de ambos pies hubo fabricado las armas,
entrególas á la madre de Aquiles. Y Tetis saltó, como un gavilán, desde
el nevado Olimpo, llevando la reluciente armadura que Vulcano había
construído.
[Ilustración: Tetis halla á su hijo Aquiles reclinado sobre el cuerpo
de Patroclo, al llevarle las armas fabricadas por Vulcano]
CANTO XIX
AQUILES RENUNCIA Á LA CÓLERA
1 La Aurora, de azafranado velo, se levantaba de la corriente del
Océano para llevar la luz á los dioses y á los hombres, cuando Tetis
llegó á las naves con la armadura que Vulcano le entregara. Halló
al hijo querido reclinado sobre el cadáver de Patroclo, llorando
ruidosamente y en torno suyo á muchos amigos que derramaban lágrimas.
La divina entre las diosas se puso en medio, asió la mano de Aquiles, y
hablóle de este modo:
8 «¡Hijo mío! Aunque estamos afligidos, dejemos que ese yazga, ya
que sucumbió por la voluntad de los dioses; y tú recibe la armadura
fabricada por Vulcano, tan excelente y bella como jamás varón alguno la
haya llevado para proteger sus hombros.»
12 La diosa, apenas acabó de hablar, colocó en el suelo delante de
Aquiles las labradas armas, y éstas resonaron. Á todos los mirmidones
les sobrevino temblor; y sin atreverse á mirarlas de frente, huyeron
espantados. Mas Aquiles, así que las vió, sintió que se le recrudecía
la cólera; los ojos le centellearon terriblemente, como una llama,
debajo de los párpados; y el héroe se gozaba teniendo en las manos
el espléndido presente de la deidad. Y cuando hubo deleitado su ánimo
con la contemplación de la labrada armadura, dirigió á su madre estas
aladas palabras:
21 «¡Madre mía! El dios te ha dado unas armas como es natural que sean
las obras de los inmortales y como ningún hombre mortal las hiciera.
Ahora me armaré, pero temo que en el entretanto penetren las moscas por
las heridas que el bronce causó al esforzado hijo de Menetio, engendren
gusanos, desfiguren el cuerpo--pues le falta la vida--y corrompan todo
el cadáver.»
28 Respondióle Tetis, la diosa de los argentados pies: «Hijo, no te
preocupe el ánimo tal pensamiento. Yo procuraré apartar los importunos
enjambres de moscas, que se ceban en la carne de los varones muertos
en la guerra. Y aunque estuviera tendido un año entero, su cuerpo se
conservaría igual ó más fresco que ahora. Tú convoca á junta á los
héroes aqueos, renuncia á la cólera contra Agamenón, pastor de pueblos,
ármate en seguida para el combate y revístete de valor.»
37 Dicho esto, infundióle fortaleza y audacia, y echó unas gotas de
ambrosía y rojo néctar en la nariz de Patroclo, para que el cuerpo se
hiciera incorruptible.
40 El divino Aquiles se encaminó á la orilla del mar, y dando horribles
voces, convocó á los héroes aqueos. Y cuantos solían quedarse en el
recinto de las naves, y hasta los pilotos que las gobernaban y como
despenseros distribuían los víveres, fueron entonces á la junta; porque
Aquiles se presentaba, después de haberse abstenido de combatir durante
mucho tiempo. El intrépido Tidida y el divino Ulises, ministros de
Marte, acudieron cojeando, apoyándose en el arrimo de la lanza--aún no
tenían curadas las graves heridas,--y se sentaron delante de todos.
Agamenón, rey de hombres, llegó el último y también estaba herido, pues
Coón Antenórida habíale clavado su broncínea pica. Cuando todos los
aqueos se hubieron congregado, levantándose entre ellos, dijo Aquiles,
el de los pies ligeros:
56 «¡Atrida! Mejor hubiera sido para entrambos continuar unidos que
sostener, con el corazón angustiado, roedora disputa por una muchacha.
Así la hubiese muerto Diana en las naves con una de sus flechas, el
mismo día que la cautivé al tomar á Lirneso; y no habrían mordido el
anchuroso suelo tantos aquivos como sucumbieron á manos del enemigo
mientras duró mi cólera. Para Héctor y los troyanos fué el beneficio,
y me figuro que los aqueos se acordarán largo tiempo de nuestra
altercación. Mas dejemos lo pasado, aunque nos hallemos afligidos,
puesto que es preciso refrenar el furor del pecho. Desde ahora depongo
la cólera, que no sería razonable estar siempre irritado. Mas, ea,
incita á los aqueos, de larga cabellera, á que peleen; y veré, saliendo
al encuentro de los troyanos, si querrán pasar la noche junto á los
bajeles. Creo que con gusto se entregará al descanso el que logre
escapar del feral combate, puesto en fuga por mi lanza.»
74 Así habló; y los aqueos, de hermosas grebas, holgáronse de que el
magnánimo Pelida renunciara á la cólera. Y el rey de hombres Agamenón
les dijo desde su asiento, sin levantarse en medio del concurso:
78 «¡Oh amigos, héroes dánaos, ministros de Marte! Bueno será que
escuchéis sin interrumpirme, pues lo contrario molesta aun al que está
ejercitado en el hablar. ¿Cómo se podría oir ó decir algo en medio del
tumulto producido por muchos hombres? Hasta un orador elocuente se
turbaría. Yo me dirigiré al Pelida; pero vosotros, los demás argivos,
prestadme atención y cada uno comprenda bien mis palabras. Muchas veces
los aqueos me han increpado por lo ocurrido, y yo no soy el culpable,
sino Júpiter, el Hado y la Furia que vaga en las tinieblas; los cuales
hicieron padecer á mi alma, durante la junta, cruel ofuscación el día
en que le arrebaté á Aquiles la recompensa. Mas, ¿qué podía hacer?
La divinidad es quien lo dispone todo. Hija veneranda de Júpiter es
la perniciosa Ate, á todos tan funesta: sus pies son delicados y no
los acerca al suelo, sino que anda sobre las cabezas de los hombres,
á quienes causa daño, y se apodera de uno, por lo menos, de los que
contienden. En otro tiempo fué aciaga para el mismo Júpiter, que es
tenido por el más poderoso de los hombres y de los dioses; pues Juno,
no obstante ser hembra, le engañó cuando Alcmena había de parir al
fornido Hércules en Tebas, ceñida de hermosas murallas. El dios,
gloriándose, dijo así ante todas las deidades:
101 «Oídme todos, dioses y diosas, para que os manifieste lo que en
el pecho mi corazón me dicta. Hoy Ilitia, la que preside los partos,
sacará á luz un varón que, perteneciendo á la familia de los hombres
engendrados de mi sangre, reinará sobre todos sus vecinos.»
106 »Respondióle con astucia la venerable Juno: «Mientes, y no
cumplirás lo que dices. Y si no, ea, Júpiter Olímpico, jura
solemnemente que reinará sobre todos sus vecinos el niño que,
perteneciendo á la familia de los hombres engendrados de tu sangre,
caiga hoy á los pies de una mujer.»
112 »Tal dijo; Júpiter, no sospechando el dolo, prestó el gran
juramento que tan funesto le había de ser. Juno dejó en raudo vuelo la
cima del Olimpo, y pronto llegó á Argos de Acaya, donde vivía la esposa
ilustre de Esténelo Perseida. Y como ésta se hallara encinta de siete
meses cumplidos, la diosa sacó á luz el niño, aunque era prematuro, y
retardó el parto de Alcmena, deteniendo á las Ilitias. Y en seguida
participóselo á Jove Saturnio, diciendo:
121 »¡Padre Júpiter, fulminador! Una noticia tengo que darte. Ya nació
el noble varón que reinará sobre los argivos: Euristeo, hijo de
Esténelo Perseida, descendiente tuyo. No es indigno de reinar sobre
aquéllos.»
125 »Tales fueron sus palabras, y un agudo dolor penetró el alma del
dios que, irritado en su corazón, cogió á Ate por los nítidos cabellos
y prestó solemne juramento de que Ate, tan funesta á todos, jamás
volvería al Olimpo y al cielo estrellado. Y volteándola con la mano, la
arrojó del cielo. En seguida llegó Ate á los campos cultivados por los
hombres. Y Júpiter gemía por causa de ella, siempre que contemplaba á
su hijo realizando los penosos trabajos que Euristeo le impusiera.
134 »Por esto, cuando el gran Héctor, de tremolante casco, mataba á los
argivos junto á las popas de las naves, yo no podía olvidarme de Ate,
cuyo funesto influjo había experimentado. Pero ya que falté y Júpiter
me hizo perder el juicio, quiero aplacarte y hacerte muchos regalos, y
tú marcha al combate y anima á los demás guerreros. Voy á darte cuanto
ayer te ofreció en tu tienda el divino Ulises. Y si quieres, aguarda,
aunque estés impaciente por combatir, y mis servidores traerán de la
nave los presentes para que veas si son capaces de apaciguar tu ánimo
los que te brindo.»
145 Respondióle Aquiles, el de los pies ligeros: «¡Atrida gloriosísimo,
rey de hombres Agamenón! Luego podrás regalarme estas cosas, como es
justo, ó retenerlas. Ahora pensemos solamente en la batalla. Preciso
es que no perdamos el tiempo hablando, ni difiramos la acción--la
gran empresa está aún por acabar,--para que vean nuevamente á Aquiles
entre los combatientes delanteros, aniquilando con su broncínea lanza
las falanges teucras. Y vosotros pensad también en combatir con los
enemigos.»
154 Contestó el ingenioso Ulises: «Aunque seas valiente, deiforme
Aquiles, no exhortes á los aqueos á que peleen en ayunas con los
teucros, cerca de Ilión; que no durará poco tiempo la batalla cuando
las falanges vengan á las manos y la divinidad excite el valor de
ambos ejércitos. Ordénales, por el contrario, que en las veleras naves
se sacien de manjares y vino, pues esto da fuerza y valor. Estando en
ayunas no puede el varón combatir todo el día, hasta la puesta del
sol, con el enemigo: aunque su corazón lo desee, los miembros se le
entorpecen, le rinden el hambre y la sed, y las rodillas se le doblan
al andar. Pero el que pelea todo el día con los enemigos, saciado de
vino y de manjares, tiene en el pecho un corazón audaz y sus miembros
no se cansan antes que todos se hayan retirado de la lid. Ea, despide
las tropas y manda que preparen el desayuno; el rey de hombres Agamenón
traiga los regalos en medio de la junta para que los vean todos los
aqueos con sus propios ojos y te regocijes en el corazón; jure el
Atrida, de pie entre los argivos, que nunca subió al lecho de Briseida
ni yació con la misma, como es costumbre, oh rey, entre hombres y
mujeres; y tú, Aquiles, procura tener en el pecho un ánimo benigno.
Que luego se te ofrezca en el campamento un espléndido banquete de
reconciliación, para que nada falte de lo que se te debe. Y el Atrida
sea en adelante más justo con todos; pues no se puede reprender que se
apacigüe á un rey, á quien primero se injuriara.»
184 Dijo entonces el rey de hombres Agamenón: «Con agrado escuché tus
palabras, Laertíada, pues en todo lo que narraste y expusiste has sido
oportuno. Quiero hacer el juramento: mi ánimo me lo aconseja, y no
será para un perjurio mi invocación á la divinidad. Aquiles aguarde,
aunque esté impaciente por combatir, y los demás continuad reunidos
aquí hasta que traigan de mi tienda los presentes y consagremos con un
sacrificio nuestra fiel amistad. Á ti mismo te lo encargo y ordeno:
escoge entre los jóvenes aqueos los más principales; y encaminándoos á
mi nave, traed cuanto ayer ofrecimos á Aquiles, sin dejar las mujeres.
Y Taltibio, atravesando el anchuroso campamento aquivo, vaya á buscar y
prepare un jabalí para inmolarlo á Júpiter y al Sol.»
198 Replicó Aquiles, el de los pies ligeros: «¡Atrida gloriosísimo, rey
de hombres Agamenón! Todo esto debierais hacerlo cuando se suspenda
el combate y no sea tan grande el ardor que inflama mi pecho. ¡Yacen
insepultos los que hizo sucumbir Héctor Priámida cuando Júpiter le
dió gloria, y vosotros nos aconsejáis que comamos! Yo mandaría á los
aqueos que combatieran en ayunas, sin tomar nada; y que á la puesta
del sol, después de vengar la afrenta, celebraran un gran banquete.
Hasta entonces no han de entrar en mi garganta ni manjares ni bebidas;
porque mi compañero yace en la tienda, atravesado por el agudo bronce,
con los pies hacia el vestíbulo y rodeado de amigos que le lloran. Por
esto, ni regalos ni banquetes interesan á mi espíritu, sino tan sólo la
matanza, la sangre y el triste gemir de los guerreros.»
215 Respondióle el ingenioso Ulises: «¡Oh Aquiles, hijo de Peleo, el
más valiente de todos los aquivos! Eres más fuerte que yo y me superas
no poco en el manejo de la lanza; pero te aventajo mucho en el pensar,
porque nací antes y mi experiencia es mayor. Acceda, pues, tu corazón
á lo que voy á decir. Pronto se cansan los hombres de pelear, si,
haciendo caer el bronce muchas espigas al suelo, la mies es escasa
porque Júpiter, el árbitro de la guerra humana, inclina al otro lado la
balanza. No es justo que los aqueos lloren al muerto con el vientre,
pues siendo tantos los que sucumben unos en pos de otros todos los
días, ¿cuándo podríamos respirar sin pena? Se debe enterrar con ánimo
firme al que muere y llorarle un día, y luego cuantos hayan escapado
del combate funesto piensen en comer y beber para vestir otra vez el
indomable bronce y pelear continuamente y con más tesón aún contra los
enemigos. Ningún guerrero deje de salir aguardando otra exhortación,
que para su daño la esperará quien se quede junto á las naves argivas.
Vayamos todos juntos y excitemos al cruel Marte contra los teucros,
domadores de caballos.»
238 Dijo; mandó que le siguiesen los hijos de Néstor, Meges Filida,
Toante, Meriones, Licomedes Creontíada y Melanipo, y encaminóse con
ellos á la tienda de Agamenón Atrida. Y apenas hecha la proposición,
ya estaba cumplida. Lleváronse de la tienda los siete trípodes que el
Atrida había ofrecido, veinte calderas relucientes y doce caballos;
é hicieron salir siete mujeres, diestras en primorosas labores, y
á Briseida, la de hermosas mejillas, que fué la octava. Al volver,
Ulises iba delante con los diez talentos de oro que él mismo había
pesado, y le seguían los jóvenes aqueos con los presentes. Pusiéronlo
todo en medio de la junta, y alzóse Agamenón, teniendo á su lado á
Taltibio, cuya voz parecía la de una deidad, sujetando con la mano á
un jabalí. El Atrida sacó el cuchillo que llevaba colgado junto á la
gran vaina de la espada, cortó por primicias algunas cerdas del jabalí
y oró, levantando las manos á Júpiter; y todos los argivos, sentados
en silencio y en buen orden, escuchaban las palabras del rey. Éste,
alzando los ojos al anchuroso cielo, hizo esta plegaria:
258 «Sean testigos Júpiter, el más excelso y poderoso de los dioses, y
luego la Tierra, el Sol y las Furias que debajo de la tierra castigan
á los muertos que fueron perjuros, de que jamás he puesto la mano sobre
la moza Briseida para yacer con ella ni para otra cosa alguna; sino que
en mi tienda ha permanecido intacta. Y si en algo perjurare, envíenme
los dioses los muchísimos males con que castigan al que, jurando,
contra ellos peca.»
266 Dijo; y con el cruel bronce degolló el jabalí que Taltibio arrojó,
haciéndole dar vueltas, al gran abismo del espumoso mar para pasto de
los peces. Y Aquiles, levantándose entre los belicosos argivos, habló
en estos términos:
270 «¡Padre Júpiter! Grandes son los infortunios que mandas á los
hombres. Jamás el Atrida me hubiera suscitado el enojo en el pecho, ni
hubiese tenido poder para arrebatarme la moza contra mi voluntad; pero
sin duda quería Júpiter que muriesen muchos aqueos. Ahora id á comer
para que luego trabemos el combate.»
276 Así se expresó; y al momento disolvió la junta. Cada uno volvió á
su respectiva nave. Los magnánimos mirmidones se hicieron cargo de los
presentes, y llevándolos hacia el bajel del divino Aquiles, dejáronlos
en la tienda, dieron sillas á las mujeres, y servidores ilustres
guiaron á los caballos al sitio en que los demás estaban.
282 Briseida, que á la dorada Venus se asemejaba, cuando vió á Patroclo
atravesado por el agudo bronce, se echó sobre el mismo y prorrumpió
en fuertes sollozos, mientras con las manos se golpeaba el pecho, el
delicado cuello y el lindo rostro. Y llorando aquella mujer semejante á
una diosa, así decía:
287 «¡Oh Patroclo, amigo carísimo al corazón de esta desventurada! Vivo
te dejé al partir de la tienda, y te encuentro difunto al volver, oh
príncipe de hombres. ¡Cómo me persigue una desgracia tras otra! Vi al
hombre á quien me entregaron mi padre y mi venerable madre, atravesado
por el agudo bronce al pie de los muros de la ciudad; y los tres
hermanos queridos que mi padre me diera, murieron también. Pero tú,
cuando el ligero Aquiles mató á mi esposo y tomó la ciudad del divino
Mines, no me dejabas llorar, diciendo que lograrías que yo fuera la
mujer legítima del divino Aquiles, que éste me llevaría en su nave
á Ptía y que allí, entre los mirmidones, celebraríamos el banquete
nupcial. Y ahora que has muerto, no me cansaré de llorar por ti, que
siempre has sido afable.»
301 Así dijo llorando, y las mujeres sollozaron, aparentemente por
Patroclo, y en realidad por sus propios males. Los caudillos aqueos se
reunieron en torno de Aquiles y le suplicaron que comiera; pero él se
negó, dando suspiros:
305 «Yo os ruego, si es que alguno de mis compañeros quiere obedecerme
aún, que no me invitéis á saciar el deseo de comer ó de beber; porque
un grave dolor se apodera de mí. Aguardaré hasta la puesta del sol y
soportaré la fatiga.»
309 Cuando esto hubo dicho, despidió á los reyes, y sólo se quedaron
los dos Atridas, el divino Ulises, Néstor, Idomeneo y el anciano Fénix
para distraer á Aquiles, que estaba profundamente afligido. Pero nada
podía alegrar el corazón del héroe, mientras no entrara en sangriento
combate. Y acordándose de Patroclo, daba hondos y frecuentes suspiros,
y así decía:
315 «En otro tiempo, tú, infeliz, el más amado de los compañeros, me
servías en esta tienda, diligente y solícito, el agradable desayuno
cuando los aqueos se daban prisa por trabar el luctuoso combate con
los teucros, domadores de caballos. Y ahora yaces, atravesado por el
bronce, y yo estoy ayuno de comida y de bebida, á pesar de no faltarme,
por la soledad que de ti siento. Nada peor me puede ocurrir; ni que
supiera que ha muerto mi padre, el cual quizás llora allá en Ptía por
no tener á su lado un hijo como yo, mientras peleo con los teucros en
país extranjero á causa de la odiosa Helena; ni que falleciera mi hijo
amado que se cría en Esciros, si el deiforme Neoptólemo vive todavía.
Antes el corazón abrigaba en mi pecho la esperanza de que solo yo
perecería en Troya, y de que tú, volviendo á Ptía, irías en una veloz
nave negra á Esciros, recogerías á mi hijo y le mostrarías todos mis
bienes: las posesiones, los esclavos y el palacio de elevado techo.
Porque me figuro que Peleo ya no existe; y si le queda un poco de vida,
estará afligido, se verá abrumado por la odiosa vejez y temerá siempre
recibir la triste noticia de mi muerte.»
338 Así dijo, llorando, y los caudillos gimieron, porque cada uno se
acordaba de aquellos á quienes había dejado en su respectivo palacio.
El Saturnio, al verlos sollozar, se compadeció de ellos, y al instante
dirigió á Minerva estas aladas palabras:
342 «¡Hija mía! Desamparas de todo en todo á ese eximio varón. ¿Acaso
tu espíritu ya no se cuida de Aquiles? Hállase junto á las naves de
altas popas, llorando á su compañero amado; los demás se fueron á
comer, y él sigue en ayunas y sin probar bocado. Ea, ve y derrama en su
pecho un poco de néctar y ambrosía para que el hambre no le atormente.»
[Ilustración: ¡JANTO Y BALIO! ¡CUIDAD DE TRAER SALVO AL CAMPAMENTO AL
QUE HOY OS GUÍA Y NO LE DEJÉIS MUERTO EN LA LIZA COMO Á PATROCLO!
(-Canto XIX, versos 400 á 403.-)]
349 Con tales palabras instigóle á hacer lo que ella misma deseaba.
Minerva emprendió el vuelo, cual si fuese un halcón de anchas alas y
aguda voz, desde el cielo á través del éter. Ya los aquivos se armaban
en el ejército, cuando la diosa derramó en el pecho de Aquiles un
poco de néctar y de ambrosía deliciosa, para que el hambre molesta
no hiciera flaquear las rodillas del héroe, regresando en seguida al
sólido palacio del prepotente padre. Los guerreros afluyeron á un lugar
algo distante de las veleras naves. Cuan numerosos caen los copos de
nieve que envía Júpiter y vuelan helados al impulso del Bóreas, nacido
en el éter; en tan gran número veíanse salir del recinto de las naves
los refulgentes cascos, los abollonados escudos, las fuertes corazas y
las lanzas de fresno. El brillo llegaba hasta el cielo; toda la tierra
se mostraba risueña por los rayos que el bronce despedía, y un gran
ruido se levantaba de los pies de los guerreros. Armábase entre éstos
el divino Aquiles: rechinándole los dientes, con los ojos centelleantes
como encendida llama y el corazón traspasado por insoportable dolor,
lleno de ira contra los teucros, vestía el héroe la armadura regalo del
dios Vulcano, que la había fabricado. Púsose en las piernas elegantes
grebas ajustadas con broches de plata; protegió su pecho con la
coraza; colgó del hombro una espada de bronce guarnecida con argénteos
clavos, y embrazó el grande y fuerte escudo cuyo resplandor semejaba
desde lejos al de la luna. Como aparece el fuego encendido en sitio
solitario de la cumbre de un monte á los navegantes que vagan por el
mar, abundante en peces, porque las tempestades los alejaron de sus
amigos; de la misma manera, el resplandor del hermoso y labrado escudo
de Aquiles llegaba al éter. Cubrió después la cabeza con el fornido
yelmo que brillaba como un astro; y á su alrededor ondearon las áureas
y espesas crines que Vulcano había colocado en la cimera. El divino
Aquiles probó si la armadura se le ajustaba, y si, llevándola puesta,
movía con facilidad los miembros; y las armas vinieron á ser como alas
que levantaban al pastor de hombres. Sacó del estuche la lanza paterna,
ponderosa, grande y robusta, que entre todos los aqueos, solamente
él podía manejar: había sido cortada de un fresno de la cumbre del
Pelión y regalada por Quirón al padre de Aquiles para que con ella
matara héroes. En tanto, Automedonte y Álcimo se ocupaban en uncir los
caballos: sujetáronlos con hermosas correas, les pusieron el freno en
la boca y tendieron las riendas hacia atrás, atándolas á la fuerte
silla. Sin dilación cogió Automedonte el magnífico látigo y saltó
al carro. Aquiles, cuya armadura relucía como el fúlgido Sol, subió
también y exhortó con horribles voces á los caballos de su padre:
400 «¡Janto y Balio, ilustres hijos de Podarga! Cuidad de traer salvo
al campamento de los dánaos al que hoy os guía; y no le dejéis muerto
en la liza como á Patroclo.»
404 Y Janto, el corcel de ligeros pies, bajó la cabeza--sus crines
cayendo en torno de la extremidad del yugo llegaban al suelo,--y
habiéndole dotado de voz Juno, la diosa de los níveos brazos, respondió
de esta manera:
408 «Hoy te salvaremos aún, impetuoso Aquiles; pero está cercano el
día de tu muerte, y los culpables no seremos nosotros, sino un dios
poderoso y el hado cruel. No fué por nuestra lentitud ni por nuestra
pereza por lo que los teucros quitaron la armadura de los hombros
de Patroclo; sino que el dios fortísimo, á quien parió Latona, la
de hermosa cabellera, matóle entre los combatientes delanteros y
dió gloria á Héctor. Nosotros correríamos tan veloces como el soplo
del Céfiro, que es tenido por el más rápido. Pero también tú estás
destinado á sucumbir á manos de un dios y de un mortal.»
418 Dichas estas palabras, las Furias le cortaron la voz. Y muy
indignado, Aquiles, el de los pies ligeros, así le habló:
420 «¡Janto! ¿Por qué me vaticinas la muerte? Ninguna necesidad tienes
de hacerlo. Ya sé que mi destino es perecer aquí, lejos de mi padre y
de mi madre; mas con todo eso, no he de descansar hasta que harte de
combate á los teucros.»
424 Dijo; y dando voces, dirigió los solípedos caballos por las
primeras filas.
[Ilustración: Júpiter permite que los dioses del Olimpo intervengan en
el combate de aquivos y teucros]
CANTO XX
COMBATE DE LOS DIOSES
1 Mientras los aqueos se armaban junto á los corvos bajeles, alrededor
de ti, oh hijo de Peleo, incansable en la batalla, los teucros se
apercibían también para el combate en una eminencia de la llanura.
4 Júpiter ordenó á Temis que, partiendo de las cumbres del Olimpo, en
valles abundante, convocase la junta de los dioses; y ella fué de un
lado para otro y á todos les mandó que acudieran al palacio de Jove.
De los ríos sólo faltó el Océano; y de cuantas ninfas habitan los
amenos bosques, las fuentes de los ríos y los herbosos prados, ninguna
dejó de presentarse. Tan luego como llegaban al palacio de Júpiter,
acomodábanse en asientos de piedra pulimentada que para Jove había
construído Vulcano con sabia inteligencia. Allí, pues, se reunieron.
Neptuno tampoco desobedeció á la diosa; y dirigiéndose desde el mar á
la junta, se sentó en medio y exploró la voluntad de Júpiter:
16 «¿Por qué, oh tú que lanzas encendidos rayos, convocas de nuevo
la junta de los dioses? ¿Acaso tienes algún propósito acerca de los
teucros y de los aqueos? El combate y la pelea volverán á encenderse
muy pronto entre ambos pueblos.»
19 Respondióle Júpiter, que amontona las nubes: «Comprendiste, Neptuno,
que bates la tierra, el designio que encierra mi pecho y por el cual
os he reunido. Me curo de ellos, aunque van á perecer. Yo me quedaré
sentado en la cumbre del Olimpo y recrearé mi espíritu contemplando la
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