Chalón-sur-Saona tuvo el disgusto de encontrarse con una mascarada
grotesca, en la cual todos los objetos de su devoción, esto es, la
piedad, la religión, la monarquía y el pudor, estaban groseramente
ridiculizados; su alma se contrajo dolorosamente bajo este que le
pareció funesto augurio, presintiendo alguna catástrofe; al pasar por
Auxerre, una voz salida del fondo de un coche público, gritaba con voz
de trueno: «El duque de Berry ha sido asesinado». Aquella buena madre
llegó a París tristemente emocionada, pero sin ver cumplidos los fatales
augurios. Su hijo había entrado en el primer período de convalecencia y
había sido asistido cuidadosamente por sus amigos, los cuales se
hallaban a su lado en la pequeña bohardilla que le servía de habitación.
Su alegría fue inmensa y pronto olvidó las malas impresiones recibidas
durante el viaje, al saber que las primeras poesías de su hijo debían
aparecer luego impresas en un pequeño volumen. Esas poesías le habían
conquistado en poquísimo tiempo las simpatías generales y un buen
nombre. M. de Talleyrand mismo, este juez desdeñoso e infalible, acababa
de dar la señal de admiración. La dichosa madre recibió una carta al día
siguiente de la publicación del tomo de su hijo. El diplomático decía a
la princesa*** que le había proporcionado el volumen: He pasado la mayor
parte de la noche leyendo. Mi insomnio es una sentencia. No soy profeta,
no puedo deciros cuál será el efecto que produzca en el público, pero el
público mío, que lo componen mis impresiones, y que se oculta bajo mis
blancos cabellos, oigo que dice: «Aquí hay un genio». Ya tendremos
ocasión de hablar más despacio.
No es esto todo; los amigos de su hijo, confirmándose en la benevolencia
del aplauso público, hombres y mujeres, aprovecharon este momento de
calor para abrumar a solicitudes al ministro de Negocios Extranjeros. M.
Pasquier, literato también al mismo tiempo, nombró inmediatamente al
joven poeta secretario de la embajada de Nápoles. M. Simeón, ministro
del Interior e Instrucción pública, le remitió de parte del rey Luis
XVIII una colección de los clásicos latinos de -Lemaire- con el
lisonjero testimonio de la satisfacción de S. M., quien le concedía
espontáneamente una pensión literaria, con cargo al presupuesto del
fomento de la literatura; cuya pensión venía destinada a suplir en parte
el pequeño sueldo que disfrutaba en la diplomacia.
La vida, la fortuna, la ambición, la gloria, y, sobre todo, el favor
general, estallaron al mismo tiempo sobre aquella existencia por tanto
tiempo retraída y desesperanzada. El corazón de la madre se inundó de
alegría. La celebridad de su hijo, la admiración que causó en París la
extraordinaria belleza de Susana, su hija idolatrada: las presentes
alegrías, las halagüeñas esperanzas del porvenir y sobre todo la
esperanza de que su hijo podía más adelante enlazarse con la joven
inglesa, de tal manera excitaron la mano temblorosa de la madre, que
durante tres meses, se observa en las páginas del -diario- un
embriagador entusiasmo.
Estas páginas son demasiado íntimas; permita el lector que sobre ellas
guarde secreto. Existe una, sin embargo, que debo hacerla pública por la
extraña coincidencia profética de sus leyes, y de los sentimientos entre
el destino de la madre y el del hijo.
La noche del día de Pascua de 1820, escribe ella, se sintió «como
ahogada por su propia dicha y por la de sus hijos», y tuvo necesidad de
ir, a la caída de la tarde, a reponer su corazón demasiado lleno de
gracia y de lágrimas, a la iglesia de San Roque, donde ella iba a orar
frecuentemente en los primeros años de su juventud. Entra en el templo
acompañada de su hija Susana, y se arrodilla al lado de uno de los
pilares de la iglesia para dar gracias a Dios por los inmensos favores
que acaba de recibir. Aquellas oraciones, o mejor dicho, aquel himno que
dejó escrito, surge de su -diario- envuelto en las últimas lágrimas de
júbilo y de piedad que derramó sin duda en medio de aquel éxtasis de
concentración ante Dios. ¡Todos los hijos deberían poder leer líneas
parecidas, para que, observándolas, como depende de ellos, casi siempre,
no amargar con desdichas, y sí llenar de felicidades, los corazones de
sus madres!
CXII
De nuevo vuelve mi madre a abrir su -diario-, interrumpido por algunas
semanas, transcurridas entre viajes y ocurrencias de géneros diversos.
* * * * *
Mâcón, 3 de julio de 1820.
Desde el día 31 de mayo han sido tales mis ocupaciones, que no me ha
sido posible consignar en este -diario-, un hecho altamente interesante
y que es de los más importantes de mi vida.
El casamiento de mi hijo Alfonso ha tenido lugar el 6 de junio en la
iglesia propiedad del gobernador de Chambery. Mi hija política pasó en
el retiro más completo los días que precedieron al de la boda. La
ceremonia tuvo lugar a las ocho de la mañana, habiendo asistido a ella
el gobernador y su esposa, el ayudante de campo del gobernador, la
marquesa de la Pierre y sus cuatro hijas, el señor conde de Maistre, M.
de Vignet y la señorita Olimpia, su hermana, y monseñor el obispo de
Annecy; celebró la misa y consagró el matrimonio el abate de Etioles.
Mi nueva hija vestía con toda la seriedad y elegancia imaginables;
llevaba un magnífico vestido de muselina bordada, y un riquísimo velo de
encaje que la cubría casi por completo; imposible imaginar otra
presencia tan llena de dignidad, de gracia y de modestia. ¡Qué modales
tan elegantes y tan llenos de naturalidad!... Yo estaba afectadísima y
no me es posible referir todo lo que pasó por mí al ver llegado para mi
hijo el momento más solemne e importante de su existencia; he rogado a
Dios con mucho ardor, pero debo reprocharme, como me reprocho todavía,
el no haber rogado lo bastante; ¿cómo puede una madre dar gracias
suficientes por las alegrías de su corazón, cuando llega a tocar para su
hijo el colmo de cuanto podía desear? La misión de las madres sobre la
tierra, termina con el día en que ven asegurada la dicha de aquellos que
son sangre de su sangre.
Espero rezar al pie de estos mismos altares, por iguales ceremonias,
alguna vez más, porque hoy me han hablado de un buen partido para mi
hermosa Susana; ¡dichoso, dichoso aquél a quien Dios tenga destinada la
posesión de semejante ángel!
Alfonso, su esposa y su madre política, han partido para Italia después
de la ceremonia, yendo a ocupar en Nápoles su puesto junto al duque de
Narbona.
Me he llevado conmigo a mi pobre Cesarina hasta. Mâcón, a fin de
consultar por su salud con los médicos de Lyón; se encuentra algo
enferma: Dios parece que quiere mandarme algunas penas proporcionadas a
mi felicidad. He encontrado igualmente a mi buena amiga, Mme. Paradis,
mi segunda hermana en todo conceptos, muy enferma también. ¡Ah! he
estado junto a ella más de quince días, cuidándola día y noche; la pobre
no tenía tranquilidad, aparente a lo menos, sino al verme a su lado:
¡ha muerto en mis brazos! ¡Qué amiga tan santa he perdido en ella! Yo
tuve la fortuna de inspirarle una fe y una resignación que ella no
sentía como yo, al nacer la amistad que nos ha unido; pero ha muerto en
la esperanza y, creo poder asegurarlo, en gracia de Dios. ¡Qué vacío ha
dejado junto a mí semejante pérdida! Vivía en Mâcón, frente a mi casa, y
al ver la menor señal de turbación o de dolor en mi semblante, corría a
mi lado a consolarme y compartir conmigo las penas. Al morir quería
legarme toda su fortuna, pero yo no lo he consentido: únicamente, y como
recuerdo de amistad, he consentido en admitir algo de lo que constituía
su fortuna, que no era escasa. Consiste este recuerdo en una pequeña
propiedad que poseía en Saint-Clement, al lado de la puerta de Mâcón,
hoy en mi dominio.
Sin esta incomparable amiga, que buscaba mis tristezas y mis necesidades
cuando yo las sufría por mis hijos, en el fondo de mi corazón; que se
olvidaba de sí propia para venir en mi socorro y que hacía
frecuentemente más de lo que podía, no sé muchas veces lo que hubiera
sido de mí.
¡Ah! ¡que nuestro afecto dure y se eternice allá en el cielo como yo
deseo! No dejaré pasar ni una noche ni una mañana sin rogar por ella, y
cuando vea delante de mis ventanas, a la otra parte de la calle, aquella
ventana cerrada para siempre, o encuadrando otras caras, ¡cómo se
partirá mi corazón de tristeza y de pesar, sino la entreveo a ella...
allá en el cielo!...
¡Cuánto debo yo a mis buenas amigas! Creo verdaderamente que la amistad
es la forma visible de Dios. El mismo corazón divino parece entendernos,
hablarnos, comprendernos y abrirse, en el corazón de nuestros amigos. No
he tenido privilegiados en ningún lance de mi vida; cuando me han sido
arrebatados, no he creído jamás haberlos perdido, ¡tan presentes los
tengo! Poseo ahora un cariño extraordinario a la joven y bellísima Mme.
Delahante, sobre todo, y a pesar de la diferencia de edades, ella me ha
tomado como a su segunda madre; la quiero como si fuera mi hija.
CXIII
Domingo, 16 de julio de 1820.
Hoy he sufrido mucho: unas mujeres del pueblo dicen que han oído decir,
que los periódicos hablan del asesinato de Alfonso, en la carretera de
Roma a Florencia. Estas buenas gentes han tenido la inocente crueldad de
venir a repetir llorando esta noticia. Ignoro quién se ha cuidado de
esconder a mis ojos los periódicos que explicaban esta especie de
trágica aventura, cuyo origen ignoraba. Por suerte, he recibido esta
mañana una carta del mismo Alfonso con fecha posterior al día en que se
cuenta que el suceso tuvo lugar; esto me ha consolado un tanto, pero la
sola idea de que el hecho haya podido ocurrir, me causa horror. ¿Qué
hubiera sido de mí a no haber recibido la carta? ¿y cuántos rumores
semejantes, impresos por los periodistas, afanosos de dar noticias sin
calcular la trascendencia, habrán matado a otras madres? Espero, llena
de ansiedad, otra carta, porque creo de continuo que debiendo reconocer
este rumor algún fundamento, puede haber querido Alfonso ocultarme lo
ocurrido.
Sé por su amigo, M. de Virieu, que él temía volver a ver en Italia a
cierta persona que no le perdonaba el haberse casado; ¿tendrá esto
relación con el lance que dicen haber ocurrido?
¡Que Dios le bendiga y proteja como yo deseo! ¡Cuánto tiempo hace que a
El le tengo encomendada su existencia!
CXIV
Otra vez en su retiro de Milly se encuentra la pobre madre, después de
tantas agitaciones personales, triste y lamentándose continuamente del
vacío que se va haciendo a su alrededor con los casamientos de sus hijas
y el de su hijo. Luego siente haber de afligirse por esta causa, ya que
semejantes ausencias son condiciones naturales que la misma felicidad
impone.
Su hijo, le da serias inquietudes porque se encuentra en medio de la
revolución de Nápoles. Las agitaciones políticas de Francia, los odios
de los partidos que se disputan o arrancan el poder, la devuelven a sus
consideraciones políticas. Estas agitaciones apasionadas, la hacen
partidaria de la unidad, del poder y la disciplina silenciosa de una
monarquía patriarcal, en la cual sueña. Damos aquí sus reflexiones sin
juzgarlas. Un hijo, en religión y en política, podrá tener los
sentimientos de su madre, pero no sus dogmas. El hijo, al crecer, no se
alimenta como el niño, de la leche del ama o de la madre, y sí del pan
de los hombres ya formados.
Es imposible, sin embargo, reconocer que la unificación del poder, sea
ésta conferida al pueblo en el sistema republicano, o al rey en el
monárquico, aparece más lógicamente útil a la sociedad, que estos odios
originados por el régimen constitucional, como ahora se llama.
Esta clase de gobierno siempre tiene en guerra los partidos, y la guerra
no se concibe sin el odio, ese odio recíproco que es el elemento más
funesto para una sociedad: este es en su fondo, el pensamiento de
aquella buena mujer, y madre cariñosa.
El odio es el extremo opuesto de la caridad; la caridad es Dios;
entonces los gobiernos que constituyen los ciudadanos en estado de
guerra permanente, dejan de ser gobiernos, según y conforme quiere Dios.
A un instinto verdaderamente piadoso sólo esto se le puede contestar: es
que la humanidad está tan mal organizada, que no hay que dar a escoger a
los pueblos entre la paz y la libertad, porque es tan de origen divino
la una como la otra; la libertad es tan divina como la paz.
* * * * *
Continuemos:
¿Qué clase de gobierno es éste bajo el cual nos hallamos, y al que es
preciso respetar, ya que es la voluntad del rey que así sea? Se me
figura completamente opuesto a la paz y caridad que debe reinar entre
los cristianos; pues no se ocupan sino de juzgarse unos a otros y de
revelar todo lo que de malo pueden saber éstos de aquéllos, todos con el
mayor ensañamiento. Bajo el pretexto del bien público, parece lícito
todo esto y así se forja una conciencia, como se falsifica y se gasta
el corazón más noble; ¡cómo son los hombres! por su desdichada
naturaleza, atraídos a la malevolencia, lanzándose desenfrenados por el
fatal precipicio y la sociedad resulta de esta manera desconcertada;
cualquiera se considera capaz, cualquiera se elige a sí mismo,
levantándose los unos contra los otros, porque éstos les tienen miedo a
aquéllos y aquéllos a éstos; cubiertos con la máscara de la dignidad
hablan muchos en contra de lo mismo que sienten, y nadie se atreve a
defender los ausentes torpemente ultrajados, por miedo a ser luego
tratados como aquéllos, y así van introduciéndose en la sociedad las
injusticias.
Yo, que siento viva y dolorosamente todo esto, también me he gastado, y
siento debilitado mi afecto; creo que es únicamente contra los malos,
pero aquellos a quienes yo condeno se justifican igualmente por la misma
creencia. ¡Dios mío! devolvedme mi paz, haced que yo no me mezcle en
nada de lo que no deba, y que me separe, en cuanto dependa de mí, de las
iniquidades de este siglo que han de ser necesariamente odiosas a
vuestros ojos. Mi ideal político tiende únicamente a lo que quepa en mi
religión; ésta me hace creer que el gobierno puramente monárquico es el
mejor, porque es en él en el que Vos, Dios mío, habéis dado el modelo al
mundo; pues aquellos a quienes bien quisisteis, como a los israelitas,
de Vos recibieron el encargo de formar un gobierno, cuando después de
tantos sufrimientos os pidieron un rey que los gobernara.
Un rey concedido por Vos es absolutamente vuestra imagen, y debe, por lo
tanto, conservar todo su prestigio y toda su autoridad: si este rey se
asocia con su pueblo y se mezcla en las luchas que lo dividen, formando
parte de ésta o de la otra fracción, las pasiones se exaltan más y no
cumplirá la misión que de Vos ha recibido, porque la monarquía es una
gran familia de la que el rey es el padre, y no es un padre sabio el que
hace a cada uno de sus hijos juez de su propia conducta y de todas las
razones causadas por todas y por cada una de sus obras; ¿quién le ha
dado el derecho de condenarlo todo, de decirlo todo, escribirlo todo, ya
sea contra su gobierno, ya contra cada uno de sus hermanos, salvo,
empero, el ser castigado, si se equivoca? Lo repito: semejante padre no
será nunca un hombre sabio y su conducta no estará en relación con las
obras de Dios y con el dogma de la caridad. Ved en esto, poco más o
menos, la imagen de un gobierno constitucional. Pero, lo repito,
nosotros debemos callar, respetar y rogar; porque lo que existe de peor
y más censurable, es el hablar y obrar contra un gobierno constituido;
porque al fin, el hombre puede conseguir su salvación en todas partes
donde la mano de Dios le destine.
Mis reflexiones no deben tener, por lo tanto, otro objeto para mí, que
el de no participar en un solo punto del mucho mal que se está haciendo
en este momento. La política consiste en reflexionar mucho, y hoy se
reflexiona tan poco como se puede.
Alfonso pasa el verano en una isla llamada Ischia, del golfo de Gaeta,
de la que se hacen descripciones deliciosas. Estoy muy inquieta por la
salud de Cesarina, y por el casamiento de Susana, que cuenta ya cerca de
veintiún años. En este momento, bien pocas riquezas podemos ofrecer a
sus pretendientes. ¿Qué mayor riqueza que las virtudes que atesora su
corazón y la belleza incomparable de su rostro? Estas gracias naturales,
emanadas de Dios, son, a mi entender, lo suficiente para hacer feliz al
hombre digno que la tome por esposa.
Tengo la costumbre de ir a la iglesia a oír misa todas las mañanas antes
de apuntar el día; me parece que hago bien empezando con la aurora a
sacrificar algo al barullo y los placeres del mundo, dando primero a
Dios lo que es de Dios, sin dejar de dar luego al César lo que es del
César. No ha dejado de ser para mí una mortificación el dejar así, en
todos tiempos, la molicie del lecho y de la dulce temperatura de mi
cuarto, para ir a oír la que aquí llaman la misa de los pobres y de las
criadas; pero, ¿no somos todos por ventura pobres en la gracia de Dios y
servidores todos de nuestros padres primero, de nuestros maridos y de
nuestros hijos después? Yo, por mi parte, me encuentro después de la
misa altamente recompensada por el recogimiento que experimento entre
aquellas casi tinieblas, por el mayor fervor en mis oraciones, por la
calma y por las fuerzas que me infunde para todo el día el sentimiento
de la presencia de Dios y del cumplimiento de mis deberes principales.
Mi gusto sería vivir en el retiro más absoluto, pero cuando pienso en
que aún me quedan dos hijas solteras y en la conveniencia de tener que
mezclarme por ellas en el mundo, lo suficiente, cuando menos, para que
puedan encontrar un partido conveniente, se me figura que cumplo un
sagrado deber, cual es el de mirar por el bien de mis hijas, y esto me
proporciona la conformidad y la resignación que necesito.
CXV
27 de enero de 1821.
He recibido carta de Alfonso: me escribe desde Roma y me dice que es
completamente dichoso. El ser éste un lenguaje al que no me tenía
acostumbrada por su parte, me hace creer que ello es verdad. Me manda
al propio tiempo una cantidad para su pobre amigo el abate Dumont, cura
de Bussieres, a quien ha querido él siempre mucho, y que está
continuamente enfermo y pobre. Esta prueba de amistad, venida de tan
lejos, y tratándose de un amigo que hubiera podido olvidar fácilmente
desde las alturas de su actual bienestar y de sus distracciones, me ha
causado una profunda alegría.
CXVI
11 de marzo de 1821.
¡Albricias! Creo poder casar muy cerca de aquí, convenientemente y casi
en familia, a mi bella Susana. M. de Montherot, uno de nuestros
parientes, hombre de treinta y seis años, persona distinguidísima y de
bella presencia, se ha enamorado de sus gracias durante una entrevista
que indirectamente él mismo se ha procurado. No dudo que este casamiento
nos hará dichosos a todos, tanto por las bellas cualidades del marido
como por ser vecino nuestro y ser probable que siempre estemos juntos;
sus propiedades están repartidas entre la Borgoña y el Lyonesado; es muy
posible que esto salga bien. Mi marido se muestra también muy favorable
a ello; Susana ignora aún ser el objeto de estas entrevistas y
cuchicheos, pero es tan sencilla, tan pura y obediente, que no dudo bajo
ningún concepto de su conformidad tan luego yo le hable del caso.
CXVII
11 de marzo.
Las buenas noticias se aglomeran. Dios concede y da por una parta lo que
por otra quita; démosle gracias por sus dones y sometámonos a sus
negativas; acaba de nacerme un nietezuelo; la esposa de Alfonso ha dado
a luz en Roma, con toda felicidad, un niño, hermoso como un ángel, lo
cual acaba de escribirme su padre, añadiendo que se llama como él,
Alfonso, que ha sido bautizado en San Pedro de Roma, que fueron sus
padrinos un caballero napolitano, llamado el marqués de Gagliati, y la
princesa Oginska, polonesa, y que nació el día 8. Esta noticia me ha
proporcionado una grande alegría. Dicen que este niño se parece mucho a
mí, así es que yo me lo represento como era su padre. Su madre ha
empezado a criárselo; hace muy bien, y ojalá pueda, como yo deseo,
seguir adelante. Parece que están resueltos a venirse a pasar unos días
en nuestra compañía, tan luego la madre se encuentre completamente
restablecida.
CXVIII
12 de mayo de 1821.
Susana lo sabe todo: yo se lo he contado, pero ella, que tiene una
penetración grande, ya se lo había presumido; ¡pobre hija mía! yo espero
que Dios le enviará aquello que puede y debe darle la felicidad,
teniendo en cuenta que su imaginación no está desbordada y posee un
corazón angelical; ella se dedica a sus deberes sin la menor turbación
ni inquietud, con una tranquilidad y una alegría, que me tienen
embelesada.
* * * * *
El -diario- queda interrumpido por espacio de tres años. ¿Será que los
cuadernos se habrán extraviado o que los disgustos que han pasado por
ella durante estos tres años de amargura por la muerte de Cesarina,
fallecida a consecuencia de una anemia ocasionada por el nacimiento de
su tercer hijo, o que la enfermedad mortal, al mismo tiempo, de su
querida y bella Susana, no le hayan dejado el espacio ni la fuerza moral
para registrar sus desventuras?
Durante este tiempo, su hijo y su hija política hicieron un viaje a
Francia y otro a Inglaterra, perdiendo también su querido nietezuelo.
Nacioles una niña que es el ídolo de su madre y de su abuela, la cual
parece renovar en todo su imagen, aquella imagen venerable de la anciana
madre, que, a pesar de su edad, conserva en el corazón el fuego santo
del amor a sus hijos, a sus semejantes y a Dios.
Hasta el 29 de junio de 1824 no hay en su manuscrito ni una sola línea,
y sus páginas primeras no son más que sollozos, trazados a la cabecera
del lecho del dolor de su querida Susana, reflejando todas las
peripecias de la enfermedad y la esperanza; es una prolongada agonía
registrada hora por hora, minuto por minuto, abriendo en la última el
cielo a un ángel para dejar entre las sombras de la tierra a una
desconsolada madre.
No hago más que extractar unas pocas de estas notas monótonas si se
quiere, por el repetido acento del dolor. ¡Pobre madre mía!
CXIX
29 de junio de 1824.
Bien tristemente doy principio a este nuevo libro; mi corazón está
destilando sangre por el cruel estado de mi pobre Susana; parecíame que
había una pequeña tregua de algunos días, creía que la enfermedad se
había detenido en sus progresos; pero ayer, mi desolación llegó a su
colmo, al fijarme en la debilidad, en la flaqueza y descomposición de
aquella figura, ahora terriblemente transformada hasta el horror...
¡Hija de mi alma! ¡a pesar de todo, se la ve tan dulce, tan tranquila y
esperanzada! Su marido está completamente trastornado, porque él es como
yo y no puede renunciar a toda esperanza, aunque ya debiéramos haberla
perdido hace tiempo, porque los signos son mortales.
Ayer nos visitaron muchos parientes y amigos; yo les agradezco muchísimo
el interés y solicitud que demuestran por nosotros, pero confieso que
aumentan mis penas con su presencia. Cuando quedo libre de visitas,
suspiro como si jamás en este mundo me hubiese sido permitido este
desahogo del corazón.
Olvido con harta frecuencia que es ésta un época de prueba. ¡Oh! yo
debería ver, por la de mi Susana, cuán necesaria es la purificación de
las menores faltas para ganar el cielo. Creo a veces que esta enfermedad
es el purgatorio de esta pobre criatura, y si tan inocente ella me
parece, y le hace falta sufrir como sufre, ¿qué será de mí? Todo es para
ella mortificación y pesar; hasta el tomar alimento la molesta.
Sólo esperamos un milagro; este consuelo siempre lo tienen los que como
yo creen en Dios. El día 1.º del mes próximo, celebrará el príncipe de
Hohenloe el santo sacrificio de la misa a su intención y todos uniremos
nuestros ruegos al suyo, que me parece ha de ser muy eficaz.
¿Conseguiremos de Dios la gracia que con fervor le pedimos?
Alfonso y su esposa están en Suiza; les he escrito que se vengan, para
no estar sola y sin apoyo contra esta muerte que yo no puedo creer sin
desesperarme, por más que la vea todos los días retratada en las
facciones de mi querida y santa hija.
CXX
1.º de julio de 1824.
Hemos dejado ayer la casa de campo de Perrieres, que nuestros buenos
amigos los Cortembert nos habían facilitado: está situada sobre la
colina que domina Mâcón y el Saona.
La traslación ha sido muy penosa; sin embargo, he creído recuperar a mi
hija cuando la he vuelto a ver en nuestra casa de Mâcón; la he colocado,
en mi cuarto, está allí muy bien; la temperatura es agradable y por la
tarde salimos un ratito al jardín. No recibo visitas, así es que,
vivimos igualmente retiradas como en los Perrieres.
Nuestra misa, a la misma hora que la del príncipe de Hohenloe, ha sido
edificante, pero todo me dice que no hay nada que esperar, ni de la
oración misma. ¡No me atrevo a pensar cómo ha de salir de aquí este
ángel, ni por qué lecho ha de trocar el que ahora ocupa!
Alfonso, su esposa y su hijita Julia acaban de llegar; me encuentro
perfectamente retratada en la cara de Julia. ¡Qué dicha tan grande es la
de vernos revivir y florecer de nuevo, cuando nos sentimos decrecer y
perder la flor de la juventud! Es verdaderamente lo que era yo a su
edad, ¡yo misma, en mi inocencia y en la apacible edad primera!
Mi Susana, que ya no es más que un ángel, ha recibido a Dios, este
último lunes, con el aparato ordinario de esta santa y terrible
ceremonia; yo creí que se hubiera trastornado algo, pero, por la gracia
de Dios, ni se asustó, ni sufrió su semblante la menor alteración; al
contrario, ha redoblado su tranquilidad y su alegría; todo el día
pareció transparentarse en su mirada cierto fondo de dicha: la noche
antes nos dijo: «Hablemos de mi tranquilidad; yo he hecho cuanto he
podido por mi conciencia, y todo lo que he podido por mi salud. Dios
hará ahora todo lo que él querrá: yo me abandono a El.»
A pesar de esto, ella no ha perdido la esperanza, y nosotros
procuraremos alimentarla, porque fuera muy cruel el hacérsela perder:
líbreme Dios de intentarlo siquiera. El tiempo que habrá de vivir, que
sea con la mayor tranquilidad posible... Dios, que en la forma del santo
viático habita en ella, dispondrá como le plazca de esta tierna planta
agostada en flor.
* * * * *
En medio del dolor que el estado de mi hija me proporciona, he tenido
una alegría por la visita de Alfonso y su esposa, los cuales se
encuentran muy bien: llegaron el jueves 29 volviendo a salir el sábado
para Saint-Point. La estancia en la casa de nuevas personas, fatiga
siempre a la pobre Susana, a pesar de cuantas precauciones se tomen para
evitarlo.
Alfonso volvió el martes, estando con nosotros hasta ayer, y volverá el
lunes nuevamente, dejándonos lo menos posible durante estos tristes
instantes: su buen corazón me consuela y anima mucho.
CXXI
14 de julio de 1824.
Todo ha concluido: mi hija Susana descansa en el seno de Dios desde
anteayer, jueves, a las diez de la noche; quiero, mientras me sea
posible, recordar todas las circunstancias de esta muerte edificante,
dulce y consoladora para los verdaderos cristianos, y terrible siempre
para una pobre madre. En medio de mi acerbo dolor, de mis crueles
angustias y de las escenas más tristes, Dios me concedió la gracia de
una fuerza, de una resistencia y de una confianza en mí misma, que era,
a buen seguro, el fruto de las oraciones que se le han hecho para
nosotros, y en las que reconocí particularmente su eficacia, viendo el
admirable estado de espíritu de mi pobre hija durante sus últimos
momentos.
A pesar del tristísimo estado a que su cuerpo estaba reducido (de que ya
hablé el otro día, aunque algo a la ligera), y a pesar de que se
agravaba por momentos en su terrible enfermedad, ni una queja, ni una
demostración de tristeza; nada, en fin, que pudiera causarnos
pesadumbre. El domingo por la mañana, viéndola muy acabada, mandé un
recado al señor cura para que se sirviese venir por la noche a
visitarla, como cosa suya. Ella se alegró mucho de la visita, y viendo
que yo no me movía de su lado, me dijo: «Mamá, ¿quieres que lo diga todo
delante de ti? Si es que esto puede causarte pena, no estoy tan enferma
que lo crea indispensable, pero me parece a mí que el sacramento de la
Extremaunción es una gracia que no debemos descuidar, y que yo desearía
recibir.»
Había ya ella, durante el tiempo que estuvimos en Perrieres, y sin que
yo lo supiese, pedido al señor cura que no la dejase morir sin darle
todos los sacramentos; el buen sacerdote aprovechose entonces de lo que
ella volvía a repetirle, y después de haberle hecho entender todas las
virtudes que contiene el último sacramento, fuese a buscar lo necesario
para el caso y le administró la Extremaunción que ella recibió con gran
fe y angelical piedad; pidió que no se dijese una palabra a su marido,
que afortunadamente se encontraba fuera en aquel momento. La señorita de
Lamartine y Sofía estuvieron presentes y yo escondida en un gabinete
junto a la alcoba, llena de dolor y resignación. Muchas veces había
pensado en este terrible momento, que creía no poder soportar; pero me
encontró completamente transformada después que el sacerdote cumplió su
divina misión.
Mi pobre hija estaba sonriente; yo he rogado por ella, la he exhortado,
con la misma calma y tranquilidad que si se hubiese tratado de cualquier
otro acto natural de la vida; ella ha preguntado por diversas
personas:--¿Están enteradas?--decía. A la mañana siguiente pidió una
cruz, a pesar de que había en el cuarto un crucifijo de relieve y tenía
otro junto a su cama; quería tener otro en sus manos para besarlo
continuamente. Encontré por fortuna un pequeño crucifijo de plata, tal
como ella deseaba, y desde este momento, hasta el de su muerte, lo tuvo
entre sus manos, besándolo a cada paso y elevando sus ojos al cielo;
antes de tomar alguna medicina hacía la señal de la cruz y a cada
instante me pedía que rogara por ella; yo decía cuantas frases piadosas
Dios me inspiraba, leyendo las oraciones que me parecían más
consoladoras. Tuvo grandes y continuados accesos de sofocación y fatiga,
hasta el punto de que creíamos a cada paso que entraba en la agonía,
pero luego transcurrían algunos intervalos en que parecía calmada y
consolada por la oración. Los tres últimos días los pasamos en continuo
sobresalto, y por la noche descansábamos un poco, porque yo la dejaba
entre ocho y nueve con una asistenta que se acostaba en su propio
cuarto, y una criada que quiero como una hija; hace ya más de veinte
años que está en la casa y duerme en un cuartito junto a la alcoba;
tanto Sofía como yo, nos levantábamos varias veces cada noche para ver
cómo estaba y cómo seguía; siempre la encontrábamos esperanzada y jamás
hablaba de su hijo; estoy segurísima de que ha obrado así
sacrificándose. La víspera de su muerte dijo a su marido: «¡Ay, esposo
mío! ¡qué felices son los que se encuentran como yo me encuentro,
habiendo hecho todo lo que se puede hacer para la paz del alma! ¿Harás
tú lo mismo, si tienes que sufrir una larga enfermedad como yo?» Y luego
ha dicho con mayor fuerza: «Me lo prometes, ¿no es cierto?»
La víspera de su muerte recibió las últimas oraciones que la iglesia da
a los moribundos. ¡Ay! yo le he dado las mías todas las noches desde el
lunes al jueves. Me figuraba yo que cada hora que se iba pasando era la
última, y cuando llegaba la noche, que había ganado todas las
transcurridas creyendo que podía amenguar mi inquietud para una noche
más. El jueves por la mañana, había aumentado notablemente la opresión,
fue necesario cambiarle la cama; era esto una cosa que se hacía lo menos
posible, por el peligro del cansancio que forzosamente le había de
producir y por evitarle los desmayos.
Mi pobre Sofía dirigía la operación con una paciencia, una destreza y
una dulzura que conservó siempre igual durante toda la enfermedad de su
hermana. ¡Oh! Dios la bendecirá indudablemente por todos los cuidados
que le ha prodigado. Durante este día, le daban a la pobre enferma
frecuentes desmayos; me había dicho por la mañana: «He soñado cosas
harto dolorosas para vos, ¿estabais bien?» Le contesté que sí y le
apregunté qué era lo que había soñado: «Cosas bastante desagradables...»
y no pudo decir otra cosa.
Vino el señor cura y le dijo ella en voz baja: «Comprendo que deseo la
muerte más de lo que debiera, porque me siento perfectamente preparada y
llena de fe, como no creo poder estarlo nunca más; si mi vida se
prolonga, tendré que volver a empezar estos preparativos y temo... ¿Será
pereza, señor cura? ¿me perdonará Dios estos deseos?»
Alfonso estuvo solo con ella unos instantes, después que nosotras, y
procuraba disimular sus lágrimas y la emoción de su voz; ella le dijo
algunas palabras, y le tendió la mano; luego bendijo desde su lecho,
pero sin verle, a su tierno hijo. ¡Ah! que se le eduque--dijo la
pobre,--en la fe que me ha de volver todos los seres de quienes, sin
ella, no podría separarme tranquila.
No puedo expresar el efecto que producían en mis ojos, los de la pobre
enferma cuando nuestras miradas se encontraban; parecíame que veía
aclararse de súbito aquella figura, antes radiante de vida, y ahora
completamente cambiada.
Algunos ratos, los pasaba yo rogando en alta voz junto a su lecho: su
hermano, arrodillado en el umbral de la puerta, parecía escuchar el
rezo. ¡Qué espectáculo más triste el que presentaba aquella habitación!
A eso de las siete, empezaron a prolongarse los desvanecimientos, luego
pareció como que quisiera descansar; yo me acosté para aprovechar
algunos momentos de reposo, que bien lo necesitaba después de tan
continuos desvelos; a los pocos minutos me desperté al ruido de una
violenta tempestad; corrí a escuchar junto a la puerta de la alcoba, no
atreviéndome a abrir, por miedo de turbar el sueño a Susana; feliciteme
de que la tempestad no la hubiese despertado; a las cuatro de la
madrugada volví a escuchar otra vez; el mismo silencio e igual
tranquilidad; hice entonces un poco de ruido para que alguien notara mi
presencia y me preguntaran alguna cosa; así sucedió en efecto; una de
las sirvientas se acercó a mí diciéndome: «Susana ha pasado la noche con
la mayor tranquilidad, en este momento descansa y no necesita nada...»
¡Ah! triste de mí: ¡efectivamente que descansaba y no necesitaba de
cuidados! Yo interpreté literalmente las palabras de la sirvienta y me
acosté relativamente tranquila.
A las cinco de la mañana, no pude permanecer en el lecho y me levanté a
impulsos de un fúnebre presentimiento; entré en el cuarto sin que se
apercibieran, y vi a la pobre muchacha de que antes hablé (Filiberta),
de rodillas al pie del lecho de muerte. Sin poder convencerme de la
verdad llegué a creer que estaba orando por habérselo así pedido la
enferma; pero Sofía y Alfonso me arrancaron amorosamente de la estancia,
y desvaneciéndose mi estupor, comprendí entonces que todo había
concluido.
Se llevaron de allí a su desconsolado esposo, incapaz de sobrellevar el
peso del dolor. Yo corrí a abrazar, en su cuna, a su pobre hijo Carlos,
que estaba durmiendo apaciblemente, bien ajeno de comprender que acababa
de experimentar una pérdida que algún día sentirá de todo corazón.
Alfonso quedó solo en la casa, para cuidar de que se cumpliesen los
últimos deberes para con su hermana.
La sirvienta Filiberta me contó después lo sucedido en aquella noche
fatal. Los últimos momentos, decía, fueron tan dulces como apacibles; no
sufrió un solo minuto de agonía; algunos instantes después de haberme yo
retirado, dijo a la asistenta: «¿Por qué no os acostáis?» Ella entonces
hizo ver que la complacía, ocultándose detrás de la cama; desde allí
pudo observar perfectamente cómo besaba Susana el pequeño crucifijo;
luego oyó algunos suspiros, más profundos que los anteriores; fueron los
últimos... Serían como las diez, pero las sirvientas acordaron no decir
nada en toda la noche, puesto que la pobre Susana ya para nada
necesitaba nuestros consuelos, estando, como debía estar, en la mansión
de los justos.
Más de un año hacía que esperaba un fatal desenlace, y por eso mi dolor
no ha resultado tan acerbo. Ahora ya no lloro; es verdad que me
encuentro bajo el atontamiento de los primeros momentos, en los cuales
no se siente el golpe, por lo fuerte que resulta. ¡Dios mío! ¡Llevadme
también a vuestro seno, yo no quiero vivir sino para este cielo que yo
enseñé a mis hijas, desde el cual me están llamando, y en que me
introducirán cuando llegue mi hora! ¡Ay! ¡las familias, acá en el suelo,
se forman y deshacen, pero se reúnen después para siempre en el centro
común donde mora Dios!
Guardo el pequeño crucifijo que tuvo en sus manos últimamente y recibió
sus postreros besos; yo venero y beso de continuo esta santa reliquia,
que llevaré conmigo hasta la huesa.
Estoy en Saint-Point, en casa de mi hijo; leemos en familia, a Fenelón:
dado el estado de nuestros espíritus, no pueden leerse otros libros que
los que hablan de lo divino; todos los demás resultan vanos e
insuficientes... ¿Qué haría yo sin mi Sofía? (su última hija). Ella se
afana para llenar el vacío que han dejado las que se fueron.
* * * * *
Efecto de las separaciones de algunos miembros de la familia y por la
quebrantada salud de mi padre, hay una larga interrupción en el
-diario-.
CXXII
Martes, 4 de diciembre de 1824.
Alfonso ha vuelto de París, sin haber conseguido ser nombrado miembro de
la Academia Francesa; ha sido elegido en su lugar M. Droz. Estoy
disgustada conmigo misma por haber animado a mi hijo a que se
presentase, y lo estoy aún mucho más por mi marido, quien daba
grandísima importancia a este suceso; en fin, Dios y los hombres no lo
han querido; es preciso aceptar ese desencanto sin acritud ni
murmuraciones; por más sensible que ello sea, no puede compararse a
otras desgracias que se incrustan en el corazón para no separarse
jamás.
CXXIII
Martes, 4 de enero de 1825.
Los cambios de tarjetas, las visitas, las felicitaciones, las alegrías,
el movimiento, en fin, de primero de año me han hecho mucho daño; yo no
puedo hacer más que llorar cuando alguien me dirige sus recuerdos; ¡mis
recuerdos están en lo pasado! ¿Y qué es lo que el pasado me recuerda?
Tuve un momento de esperanza al ver un segundo a Alfonso, el hijo del
mío, y desapareció esta esperanza; ahora tengo una satisfacción con lo
que de él poseo, es decir, por el cariño que me tiene, no por eso que
llaman la fama, el renombre, la gloria; él me ama, y eso es lo que
deseo, y eso es para mí su gloria mejor; ¡ojalá pudiese amar lo que amo
yo, las creencias que me dan la paz acá en la tierra, y la verdadera
inmortalidad en perspectiva! Estoy muy contenta de tener a su esposa y a
él en mi compañía todo este invierno, y me aflijo ya con la idea de la
inevitable separación, pero su destino le lleva a vivir lejos de
Francia; respetemos los altos designios de Dios.
Los últimos momentos de Bonaparte en Santa Elena, me han hecho
reflexionar mucho sobre el camino que Dios ha trazado, y que conduce de
las glorias mundanales al panteón de la nada. Algo más cerca ha herido
mi corazón la muerte del célebre poeta inglés lord Byron. Llorosa y
conmovida he notificado a mi hijo la muerte de este joven poeta, lo
mismo que si se tratara de una desgracia ocurrida en la familia. ¿No es,
por ventura, la humanidad una misma familia? ¡Tal vez otro día, una
madre temblando como yo, llorosa, anunciará a su hijo la muerte del mío!
Alfonso ha escrito un poema titulado «Childe Harold» en el cual se
refiere la heroica muerte de lord Byron defendiendo la independencia de
los helenos; hay en él estrofas que me llenan de dolor, porque temo
mucho que sienta un entusiasmo peligroso por las ideas de la moderna
filosofía y de la Revolución, contrarias al trono y al altar, estos
guías que yo he encontrado siempre en mi camino y fuera de los cuales
sólo veo confusión y peligro, y sobre todo, el abismo sin fondo de la
incredulidad.
Yo he conocido estos famosos filósofos nuevos durante mi juventud;
haced, ¡Dios mío! que mi hijo no se les parezca en nada; no dejo yo de
hacerle ciertas consideraciones sobre el peligro de las ideas nuevas,
pero el «espíritu surge donde él quiere», como dice la Sagrada
Escritura. En cuanto una madre ha puesto en el mundo un hijo, y le ha
inculcado su propia fe, ¿qué le resta hacer ya? ¡Como no sea poner todos
los días su débil mano entre la llama de esta fe y el viento del siglo
que pretende apagarla! ¡Ah! yo me he sentido algunas veces orgullosa de
ser madre de hijo semejante pero su independencia de espíritu me ha
hecho sufrir mucho. Yo opino que toda la ciencia se encierra o debe
encerrarse en esto: «Obedecer y creer»; tal vez se me dirá que esto es
poco poético, pero tengo para mí que existe tanta poesía en la sumisión
del espíritu como en la rebelión.
¿Son, por ventura, los ángeles fieles, menos poéticos que los ángeles
que se rebelaron contra Dios? Yo preferiría que mi hijo no tuviese
ninguno de esos vanos talentos mundanos, a que se rebelara contra los
dogmas que han sido fuerza, luz y consuelo de mi existencia, y por los
cuales he sufrido resignada todas las adversidades de este mundo.
CXXIV
20 de febrero de 1825.
Hago la misma solitaria vida bajo el mismo techo, envuelta en mi propia
tristeza y leyendo en compañía de Alfonso, su esposa y mi Sofía, cuya
educación no me da cuidado porque parece ya haber salido instruida y
piadosa de la cuna. Leemos por las noches en compañía de mi esposo y mis
hijos, junto al hogar, cuantos libros pueden alimentar sanamente el alma
y el espíritu. Mi marido parece aficionarse mucho a esta vida retirada,
cuyas principales emociones están en los libros. Ha llegado a la edad en
que los hombres se retiran del sitio grande o pequeño que hayan ocupado,
y se convierten en simples espectadores que observan con indiferencia la
comedia que en el mundo se representa; entonces, son los libros su
distracción, su recreo; constituyen, en fin, parte de su existencia. En
los libros de historia se aprecia la vida real; en la novela el mundo
imaginario. Vienen los libros a ser, irremisiblemente, la vida de
aquellos seres, que, prontos a dejar de vivir, desean vivir en otras
edades.
CXXV
Domingo, 26 de junio de 1825.
¡Qué largo tiempo transcurrido sin escribir una sola línea en este
libro! Es que a causa de mis sufrimientos llegué a dudar de mi vuelta al
camino de la virtud; luego, entreveo con horror la muerte, porque aún no
me creo bien preparada... ¿Llegaré a estarlo? No pido la prolongación de
mi vida más que el tiempo necesario a prepararme y purificarme: y nada
más. Dios me ha hecho esta gracia. Pero al llegar a la convalecencia me
mandó un nuevo dolor, y luego me lo ha quitado de nuevo y sin
preparación.
En un pequeño poema que ha escrito Alfonso sobre la consagración del
rey, no decía una palabra del duque de Orleans, de quien no es
partidario, porque tiene sobre este príncipe las prevenciones de su
padre y de toda la familia de los Lamartine: encuentra algunos puntos
oscuros e inconvenientes en la conducta de un príncipe de la familia
real, cuyo padre cometió la fatalidad de condenar a muerte a su pariente
y a su rey, al desgraciado Luis XVI, y que después de esto ha sido
colmado de honores y perdonado por los Borbones, dando en lugar de un
testimonio de agradecimiento, pruebas de deslealtad para halagar a sus
partidarios. Alfonso habla con cierta amargura contra lo que llama su
deslealtad, y esto me mortifica, porque yo creo bueno a este príncipe e
inocente del crimen de su desventurado padre. Hubiera yo preferido, sin
embargo, que el tal hubiese hecho una oposición menos abierta que los
demás, sin que para ello se hubiese rodeado de todos los ambiciosos y
descontentos, revolucionarios o bonapartistas, que han formado eso que
llama él un partido; pero es preciso atacar o conjurar las intenciones,
antes que acusar temerariamente a nadie.
Cuando me leyó Alfonso los versos de su poema, donde ensalza todos los
guerreros y todos los príncipes de la familia real, y observé que ni una
sola palabra decía del duque de Orleans, tuve un disgusto tan grave que
me hizo derramar lágrimas; entonces le supliqué que no dejara desairado
con semejante silencio a un príncipe en cuya casa pasé yo mi niñez, y
cuya madre y hermana nos habían colmado de bondades. Resistiose
obstinadamente, y me dijo que todo lo más que podía hacer por el duque
de Orleans, era no pronunciar su nombre, mientras que se honraba
nombrando a los reyes Luis XVIII y Carlos X, a quienes había tenido el
honor de servir en el ejército y en la diplomacia, y que él había
heredado de su padre el cariño a estos príncipes desgraciados, y para
sus enemigos, la repugnancia y el desprecio. A pesar de esto, conseguí a
fuerza de lágrimas, que recogió con respeto, el que pronunciara de una
manera conveniente el nombre del duque de Orleans, en aquel homenaje a
los Borbones. Hízolo, pero resultó desgraciado al querer expresar un
sentimiento que su corazón no sentía. Los párrafos que aludían al 21 de
Enero y a la muerte de Luis XVI, parecieron un insulto al duque de
Orleans, y no sé cómo, pero es el caso que este príncipe tuvo
conocimiento de lo sucedido por el librero, sin duda, antes de que
fuesen publicados, e hizo escribir una carta a mi hijo por nuestro
pariente M. Henrion de Pansey, presidente de su consejo. M. de Pansey,
en nombre del príncipe, pedía a mi hijo, en términos corteses, la
supresión de los versos en que era aludido.
Alfonso contestó en seguida, con mucha cortesía por cierto, que él no
había tenido la menor intención de mortificar la personalidad de un
príncipe, de cuya casa tantos beneficios había alcanzado su madre, y que
en aquel momento escribía al impresor para que se suprimiesen los versos
que pudiesen molestar al señor duque de Orleans. El escribió,
efectivamente, al editor, para que fuesen retirados los párrafos en
cuestión.
Todo parecía haber terminado aquí; pero el duque de Orleans, ignorando
que Alfonso hubiese condescendido a sus deseos, y más impaciente de lo
que convenía por semejante supresión, mandó escribir una segunda carta,
en la cual se hacían amenazas contra el crédito de que mi hijo gozaba en
la corte, advirtiéndole, que en el caso de no acceder a sus deseos,
tenía un príncipe real sobrados medios para hacer sentir a quien
intentara solamente ofenderle, el peso terrible de sus resentimientos y
de su indignación. Cuando Alfonso recibió esta segunda carta, su natural
dignidad ofendiose de tal suerte, que no quiso en manera alguna acceder
a los deseos de Orleans y escribió inmediatamente a su editor que no
retirara una sola palabra del original. Sin embargo, por no hacer una
ofensa, sin previa explicación, al duque de Orleans, le escribió el
mismo día en que habían ya los periódicos publicado esta carta de
intimidación que no podía ser conocida más que por una indiscreción
palaciega, diciéndole que la supresión del párrafo por los periódicos
adictos a su corte, no podía atribuirse más que a una ligereza de su
carácter, y se veía él obligado a dejarlo en suspenso; decíale también
al príncipe que, apreciando debidamente esta necesidad de honor,
confiaba no lo atribuiría a la intención de ofenderle. El príncipe fue
justo, y contestó inmediatamente haciéndose cargo de esta exigencia de
honor, desde el momento en que la publicidad hecha en los periódicos
liberales, había colocado a mi hijo en una situación tan especial. El
párrafo apareció según Alfonso lo escribiera al principio.
Pero, eso fue para mi corazón una flecha que lo atravesó de parte a
parte, tanto más, cuanto no me atreví a decírselo jamás a mi esposo ni a
mi hijo; porque yo había sido colmada, durante mi infancia, de todas las
bondades de aquella augusta casa, cuyo nombre habíame mi madre enseñado
a venerar desde mi niñez. En las circunstancias dolorosas para mi madre
y para otros varios miembros de la familia, la señorita de Orleans nos
había favorecido con cariñosa solicitud y con una generosidad sin
límites: yo no podía ni puedo olvidar los bienes recibidos de esta
augusta familia, y mi marido y mi hijo ignoraban estos transportes
íntimos que yo no podía tampoco confiarles. ¡Júzguese de mi asombro y de
mi aflicción, al considerar que esta excelente princesa pudiese atribuir
mejor que a un error, a ingratitud u olvido, una ofensa al nombre de su
casa salida de la mano de mi hijo! Pasé muchas noches derramando
lágrimas. Escribí a la señorita de Orleans para desengañarla y
manifestarle todo mi pesar; ella me contestó mejor como amiga que como
princesa, comprendiendo perfectamente la situación en que me encontraba.
A Dios gracias, todo ha terminado; temo solamente que lo ocurrido
ocasione entre la princesa y mi hijo una frialdad y una irritación
secreta que vaya alejando poco a poco su amistad de aquella casa, en la
cual hubiera tenido unos protectores desinteresados. Las prevenciones de
los nobles realistas contra el nombre de los Orleans, son injustas,
extremadas y, como si dijéramos, han sido infiltradas en la sangre de
padres a hijos. Tuve todavía un gran pesar, que de tan vivo y doloroso,
no puedo confiárselo a nadie; la susceptible altivez de mi esposo no le
dejaba comprender que existiera correspondencia entre la señorita de
Orleans y yo, ni las gracias que mi familia recibió de ella, en muchas y
determinadas ocasiones.
* * * * *
Dice Alfonso que cree habrá de partir para Alemania, y por lo tanto, que
estará ausente de nosotros por mucho tiempo. Cuando pienso en su
separación no hago otra cosa que llorar. ¡Ah, Dios mío! ¡Cuán solitaria
va quedando esta casa, antes tan alegre y tan llena de vida! Cuantas
veces reflexiono en nuestra soledad, recuerdo los muchos nidos que
tantas veces he visto durante el otoño bajo los álamos del patio de
Saint-Point; en lugar de los pequeñuelos hay nieve, y el viento se va
llevando sus pajas, ¡una a una! Así es nuestra casa en la actualidad.
CXXVI
18 septiembre de 1825.
Hoy han salido mis hijos para Italia, donde fijarán su residencia. ¡Ay!
¡cuán sola he quedado en este retiro de Saint-Point! No puedo adivinar
cuánto tiempo durará esta situación.
* * * * *
Ya estamos en la ciudad; no pudiendo dedicarse a la caza, mi marido no
está bien en el campo. Estoy muy disgustada, pero en medio de mi
tristeza me encuentro aquí mejor; Nicole me acompaña por la mañana; sus
«Ensayos de moral» me llegan directamente al alma, y por las noches leo
a Mme. de Sevigné, mi confidente favorita; después... pienso mucho en
los ausentes. ¡Ay! ¡y en los muertos que no volverán!
Ayer recibí una visita del excelente, amable y resignado M. de X...
Aquél que tanto hubiera deseado casarse con Cesarina. No hemos hablado
de nada, puede decirse, pero su sola presencia y su ternura expresaban
muchísimo; he llorado mucho; todas aquellas personas, todos aquellos
objetos que amaron o fueron amados por mis hijos, despiertan en mi
corazón recuerdos de tristeza. ¡Triste de mí!... esta época tan lúgubre
de mi vida la lloraré siempre, ¿no habrá para mí consuelo? creo que sí;
y hasta tengo la certeza absoluta de volver a ver a los seres queridos
que murieron para este mundo. ¡Qué dicha la de poseer una fe como la
mía! Aun cuando la religión no nos diera más que esta fe en el
renacimiento del pasado, deberíamos bendecir a ella y a su fundador. ¡Y
quién no tiene en este mundo seres queridos que espera ver en el otro!
CXXVII
24 octubre de 1825.
Me encuentro sola en la casa, arreglándolo todo y disponiendo su cierre.
Ayer salieron todos para la ciudad acompañando a mi esposo. He ido a
Saint-Point, montada en una mula, y acompañada del jardinero, al objeto
de arreglar y ordenar los libros, los naranjos y las macetas de flores
que mi nuera Mariana me recomendó muy especialmente al partir para
Italia. He estado detenida por las lluvias en este viejo, querido y
desierto castillo, y admirablemente servida por María Litaud, una santa
mujer que está encargada de gobernar la casa durante la ausencia de sus
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