dar alojamiento a Monseñor de Pradt, obispo de Poitiers, limosnero del
Emperador, y más tarde arzobispo de Malines, tan célebre por su
adulación y por su ingratitud con Napoleón, después de su caída. Me
desagrada tener que hospedar a semejante personaje.
LXIV
Lyón, 26 de abril de 1805.
Mi venida a Lyón ha tenido por objeto ver al Papa.
Estoy aquí en compañía de mi hermana. He visto al santo padre cuando
paseaba por el jardín del palacio del obispo. Ayer estuve a oír la misa
del Papa en la iglesia de San Juan; vi perfectamente todas las
ceremonias, pero me costó mucho trabajo poder llegar hasta su trono para
besarle la chinela; sin embargo, tuve por fin esta satisfacción. Este
anciano tiene verdaderamente el aspecto de un santo, como también
algunos de los prelados que le acompañan.
LXV
12 de mayo de 1805.
Aumenta nuestra fortuna: mi marido acaba de comprar la casa de M. de
Ozenay; tiene un jardincito, y es muy espaciosa; la amueblaremos para
habitarla este verano, Dios mediante.
Mi marido me entrega ciento veinte pesos mensuales y los frutos
naturales que proceden de nuestras dos fincas, para sostener la casa y
pagar el colegio de Alfonso, lo cual es más que suficiente. Cada día
admiro más las prodigalidades de la divina Providencia para con
nosotros.
Mi cuartito está muy bien arreglado, y cuantos nos visitan dicen que es
muy bello. Comprendo que estoy demasiado bien en este mundo y que tengo
mayores bienes de los que me pertenecen. He leído un tratado místico
sobre la dulce virtud de la confianza, que me ha hecho un gran bien. Es
el tesoro por excelencia, el dulce abandono a la voluntad celestial.
LXVI
20 de agosto de 1805.
El hermoso cuarto en el cual estoy instalada desde ayer, será
probablemente el último cambio de habitación que yo haga; en él moriré,
sin duda. (En él murió efectivamente.)
Alfonso llegó ayer. Me preocupo mucho por él y por sus hermanas, pues no
veo medio de educarlos fácilmente. Sin embargo, cuando me veo rodeada de
estas seis hermosas criaturas, me siento orgullosa y satisfecha. Ruego a
Dios me dé las luces necesarias, al objeto de cumplir debidamente mis
obligaciones con respecto a mis hijos.
LXVII
9 de noviembre de 1805.
Hemos venido a pasar unos días en el castillo de Monceau, propiedad de
mi cuñado. M. de Lamartine, el ángel de la familia, y Mme. de Villars,
nuestra Providencia, están con nosotros. Aquí se reúnen los vecinos más
distinguidos, y entre ellos se encuentran M. Blondel, el abate Bourdon y
el comendador Folin; cada uno de estos ancianos cuenta a porfía
instructivas anécdotas. Llevamos una vida deliciosa; el tiempo es
precioso y paseamos mucho; durante las veladas, se cuentan historias.
Pero no estoy bien de salud: me ha salido como un fuego en la cara, y
voy persuadiéndome de que mi tez se agosta; no he de ocultar que siento
mucho esta fealdad. No obstante, si hay en ello humillación, puede ser
que encierre una gracia que me aparte del mundo alejando de mí sus
miradas. Me someto gustosa, pero no sin molestia, pues hubiera querido
verme dispensada de la ley común, conservando en mi vejez los atractivos
de la juventud. Con frecuencia me olvido de que ya cuento treinta y ocho
años, y todo cuanto me lo recuerda me es desagradable. Dios mío, haced
que acuda siempre a mí el recuerdo de la nada y tened compasión de esta
débil mujer.
LXVIII
Milly, 6 de julio de 1806.
Otra vez estoy en mi retiro, donde me hallo más en paz con mi especial
manera de ser. Es cierto que amo al mundo, pero también amo el
recogimiento que me proporcionan mi jardín y mi cuartito.
Hemos hecho mis hijas y yo, montadas en asnos, una excursión a las
ruinas y lugares vecinos; hemos bebido leche, hemos charlado largamente
con los aldeanos que me conocen, y que parece que me quieren por
haberles dado consejos y remedios para sus hijos: esto me satisface.
Siempre gusta uno de ser amado, y no deja de ser conveniente y agradable
el cariño de las pobres mujeres del campo; nunca se pierde el tiempo
empleado en hacer el bien y en adquirir simpatías.
LXIX
7 de septiembre.
Mi marido ha vuelto de la posesión que su hermano tiene en Dijón. Nos
hallamos nuevamente en Saint-Point, lugar que, a decir verdad, prefiero
a todos, a pesar de los destrozos del castillo; quiero encerrarme en un
retiro moral aún más profundo. Conviene alguna vez aislar nuestro
corazón en la soledad y en el silencio.
LXX
Domingo, 24 de septiembre.
Estos días los he pasado completamente retirada; únicamente el señor
cura nos ha acompañado a comer algún día que otro.
El día no resulta bastante largo para todo lo que yo quisiera hacer, y
mis fuerzas se agotan antes que la voluntad y el deber.
Voy todos los días a misa a eso de las siete, como me propuse en un
principio. Mis hijas me acompañan. Después de la misa nos desayunamos y
comenzamos a trabajar, alternando nuestras tareas con la lectura de la
Biblia; después y hasta la hora de comer, mis hijas dan lecciones de
gramática e historia. Con estas ocupaciones, el tiempo lo encontramos
corto. Después de comer tenemos una hora de recreo. Luego volvemos a
tomar nuestra labor y alguna lectura amena que yo escojo siempre,
procurando que sea tan agradable como instructiva; algunas veces
recitamos de memoria algunos párrafos de la historia o de la gramática.
Vamos luego a rezar nuestro rosario a la iglesia o a nuestro gabinete;
paseamos después hasta la noche, y durante la velada, mientras yo juego
al ajedrez con mi marido, las niñas se entretienen aprendiendo de
memoria algunas de las fábulas de La Fontaine.
Mientras no ocurra novedad alguna que nos interrumpa, esta es la vida
ordinaria que llevo con mis hijas, con las diferencias naturales que
exigen las diversas estaciones del año; mi principal objeto es
inspirarles mucha piedad, ocupándolas siempre en cosas útiles.
Ayer recibí carta de mi Alfonso; está bien de salud; me parece un sabio
en la manera de escribir.
LXXI
Milly, 25 de septiembre.
Mi pobre esposo ha sufrido una pérdida de cuatro mil doscientos pesos.
El comerciante encargado de vender el vino se ha declarado en quiebra.
Esta gran desgracia mi marido la sufre con la mayor resignación.
Según se dice, el comerciante de vinos, que es de Nuits, resulta ser un
desgraciado, pero de una honradez sin límites. Esta mañana ha venido él
mismo a anunciarnos la suspensión de pagos, diciendo que va a convocar a
todos sus acreedores para que se repartan cuanto le queda, y que no se
reserva nada para él. ¿Cómo no apreciar semejante conducta y no
compadecer a quien nos arruina tan contra su voluntad? Porque no hay
duda que vamos a quedar por ello pobres durante todo el año, ya que sólo
contábamos con la suma que se ha perdido. ¡Hágase la voluntad de Dios!
Admiro la calma de mi marido después de semejante contratiempo; él
sufre, sin embargo, por mis hijos y por mí; pero exteriormente, es
decir, en cuanto no nos hiera materialmente a nosotros, es un hombre de
bronce.
Alfonso debía regresar el día 17 del colegio; fui a recibirle en Mâcón.
Llegó por la noche, solo. Le encontré mucho mejor de lo que esperaba; es
ya cuatro dedos más alto que yo, está algo flaco y pálido; parece un
buen muchacho: los jesuitas, sus maestros, se admiran de sus facultades;
ha venido cargado de coronas, premios, discursos en latín y en francés,
versiones y poesías latinas y... a pesar de todo, es modesto sin
petulancia alguna. Lo que me ha agradado también mucho es que parece
inclinado a la piedad. ¡Dios lo quiera! ¡Porque creo que es lo único que
puede hacerle feliz!
Después de su llegada he corrido a la iglesia, llenos los ojos de
lágrimas de alegría, a dar gracias a Dios por el gran favor que acaba de
hacerme con el feliz regreso del hijo de mi corazón.
* * * * *
Al presentar a Alfonso a toda la familia en Monceau, he sentido un poco
de orgullo. Sin embargo, no le encuentro el tono tan dulce como yo
quisiera. Creo que debo alejarle de mí, que tanto le amo y que tanto le
mimo por añadidura; y por otra parte, he de mimarle por condescendencia.
¡Cuan difícil es formar un hombre!... Tanto mi marido como yo nos
encontramos apurados para acertar en lo que debemos hacer con él.
Adora la carrera militar, que es la de su padre: ¡pero esa guerra contra
la Prusia devora tantos y tantos jóvenes! y además, la carrera de las
armas es mortal de necesidad para la juventud inocente.
LXXII
Mi madre vuelve a la ciudad el 25 de diciembre de 1806.--He aquí lo que
se lee en su -diario- del 2 de enero de 1807:
2 de enero.
Hoy he quedado convencida de que camino aceleradamente hacia la
eternidad.
Las virtudes en que yo pienso fijar especialmente la atención este año,
son la dulzura y la humildad. Me parece que son las principales. Quiero
hablar poco de mí, sobrellevar con paciencia las contrariedades y las
humillaciones que pueda soportar sin menoscabo de la dignidad humana, no
rebuscar en mi tocado vanidad alguna, no reprender a mis hijos y a otras
personas con acritud ni enredarme nunca en discusiones; quiero asimismo
no decir jamás una palabra que pueda molestar al prójimo, presente o
ausente. Estos son mis proyectos durante este año; si puedo cumplirlos
fielmente, habré empleado bien el tiempo.
LXXIII
No hay nada de particular en las anotaciones de este año hasta el mes de
septiembre, en el cual se lee:
* * * * *
Vivo sola en Milly con mis hijas y mis libros; esta soledad me encanta.
He dado esta tarde un gran paseo por la montaña de Craz, situada detrás
de nuestra casa, sobre nuestras viñas. Estoy sola; gusto mucho, durante
las horas de la tarde, de irme sola y lejos. Amo mucho el otoño y los
largos paseos, sin otro entretenimiento que mis impresiones; éstas son
grandes como el horizonte y llenas del espíritu de Dios. La Naturaleza
conmueve mi corazón bajo mis reflexiones, y me infunde cierta tristeza
que me fascina; no sé lo que es, pero siento una especie de armonía
secreta entre nuestra alma infinita y el infinito de las obras de Dios.
Cuando vuelvo la vista y observo desde lo alto de la montaña la luz que
brilla en el interior del cuarto de mis hijas, bendigo y doy gracias a
la Providencia por haberme concedido este nido, casi oculto a la vista
de todo el mundo, para dar calor y vida a los hijos de mi alma.
* * * * *
Todos los días, por la tarde, digo una oración de muy pocas palabras: un
cántico interior que ninguna persona llegaría a entender; pero vos, Dios
mío, vos lo comprendéis muy bien, como entendéis el zumbar de los
insectos entre las florecillas de los matorrales y el ruido de la hoja
seca, juguete del viento.
* * * * *
En el año 1807 sólo contiene el -diario- misteriosos exámenes de una
conciencia escrupulosa hasta el extremo, y obligaciones de una madre
para salvar de todo peligro a sus hijos. De regreso a la ciudad para
pasar en ella el invierno de 1808, vuelve a tomar la pluma alguna que
otra vez, pero la pluma parece que se resiste a trazar sus ideas. 1808 y
una parte de 1809 faltan. Véase, no obstante, lo que sucedió entonces a
mi familia.
Había por aquel tiempo en Mâcón una bellísima joven perteneciente a
cierta familia muy distinguida; era elegante, hermosa y de espíritu
recto y cultivado, quien inspiró a su hijo una de aquellas inclinaciones
infantiles e inocentes y puras, que son siempre, mejor que las
explosiones, el presentimiento del amor. No obstante las diferencias de
edad, temían entrambas familias pudiera traer aquella simpatía
consecuencias que no entraban en sus cálculos.
Por este motivo, acordaron alejar de allí por algún tiempo al joven bajo
el pretexto de un viaje a Italia. Creíase, no sin razón, que el aire de
los Alpes desvanecería aquella fantástica imaginación.
Veamos el manuscrito.
Aquellos pensamientos prudentísimos casi no existen en él: su
imaginación se ocupa exclusivamente en buscar el bien para su hijo.
LXXIV
Domingo, 26 de noviembre de 1809.
Me ocupo en leer las -Memorias- de Mme. Roland, cuyo marido fue ministro
al principio de la Revolución, por la cual Mme. Roland fue guillotinada.
Hubiera sido esta mujer un gran talento, un carácter, un dechado de
virtudes, si durante su juventud no se hubiese penetrado del
deslumbrante y falso espíritu que entonces reinaba, arrastrándola en la
detestable cima, desde la que derrumbó el mundo, perdiéndose a sí
propia; porque fueron sus opiniones las que la condujeron a la
guillotina.
Sus Memorias están bien escritas y me han interesado, pero no he leído
nada de lo que se trata de religión, puesto que habla de ella bastante
mal. No he querido que mi hijo leyera dichas -Memorias-, a pesar de que
lo ha deseado mucho. Ya sé yo que él puede hacerse, a pesar mío, con
cuantos libros quiera, pero al menos no deberé reprocharme el haberle
dado autorización para leerlos y menos proporcionárselos.
He pensado asimismo que el hombre se permite a cierta edad leer cuantos
libros se le presentan, bajo el pretexto de que ya no corre peligro; sin
embargo, siempre esto es peligroso, ya que la fe puede extraviarse a
todas las edades; debe estar siempre prohibido el combatir con el
espíritu. El hombre acaba por llenar su cabeza con el abigarramiento de
toda especie de lecturas; así es que sólo a la prohibición de aquellas
que, aun agradables, pueden ser peligrosas, debe confiarse la
conservación de las sanas creencias.
Ha muerto en Mâcón M. Sigorgne, a la edad de noventa años. Como era un
sabio, había sostenido correspondencia con J. J. Rousseau sobre la
religión y sobre la filosofía. Gran amigo de M. de Lamartine, mi cuñado,
dio por amistad lecciones de matemáticas a mi Alfonso. Era uno de estos
monumentos antiguos que no quisiéramos jamás ver derrumbados. Amamos el
tiempo cuando somos jóvenes, pero al llegar a viejos, el amor se
convierte en veneración.
Alfonso irá a pasar este invierno a Lyón para que se vaya acostumbrando,
poco a poso, a los usos y costumbres de la alta sociedad.
Ha marchado en compañía de M. de Balathier, persona de excelentes
modales; estamos muy contentos de semejante oportunidad, porque ella
será causa que le privará de las malas compañías de otros jóvenes de su
edad.
Me encuentro sola con mis cinco hijas, todas ellas fáciles de ser
conducidas al bien. Nuestra vida aseméjase a la de un monasterio: por la
mañana leemos en comunidad algo piadoso, luego estudiamos juntas la
historia antigua; me agrada e interesa tanto como a las niñas. Después
de comer se trabaja un poco; al caer la tarde rezamos también juntas, y
durante la velada, acostumbramos a leer alguna de las comedias de
Moliere. Creo yo que no hay en ello ningún mal, pero suprimo las
palabras que creo peligrosas. Después de esto, rezamos la oración de la
noche; de esta suerte el día pasa ligero. ¡Que nuestras oraciones
aprovechen a nuestras almas! Si fuera yo libre, creo que me consagraría
completamente a Dios.
LXXV
Mi esposo se halla en Mâcón, en el consejo general del departamento,
presidido por M. Denon. M. Denon es hombre de bastante edad, pero joven
de ingenio. Este señor ha estado con nosotros unos días y nos ha contado
sus viajes a Egipto con el Emperador; dice que diseñaba las batallas
durante los combates.
Ha colmado a mi marido de distinciones, y le ha propuesto hacerle
nombrar diputado; pero mi marido ha dicho que podría encontrarse, si
llegaba el caso, entre su conciencia y su fortuna, y que prefería, por
lo tanto, sacrificar toda grandeza mundanal a la oscuridad y paz de su
conciencia. Admiro y respeto mucho los motivos que le obligan a obrar de
tal manera, aunque mi amor propio disfrazado bajo el color de la fortuna
de mis hijos, me conduzca a desear tales honores, y la natural forma y
nombradía que lleva consigo un cargo semejante.
LXXVI
7 de enero de 1810.
La peligrosa ociosidad en que se encuentra mi Alfonso me tiene inquieta.
En estos momentos, es cuando necesito para él todo el socorro divino que
siempre he solicitado.
Sus pasiones empiezan a desarrollarse; temo que su juventud y su vida
sean demasiado borrascosas; le veo de continuo melancólico y agitado; no
sé lo que pretende. ¡Ah! quisiera encontrar el medio para tenerlo
contento. Nos critican por haberle dejado ir a pasar el invierno a Lyón,
fiados en su buena fe; pero los que tal hacen desconocen las razones que
hemos tenido para ello. Muchas veces conviene dejar que diga el mundo lo
que quiera y hacer lo que nosotros creamos mejor. El parece que desea
adquirir relaciones y tiene afición al estudio; contando con recursos
suficientes, es mucho más fácil en una población grande ocupar el
tiempo, huyendo de los peligros de la ociosidad, que en una población
pequeña, donde hay que hacer siempre la misma cosa. Por otra parte,
estoy muy contenta de que todo el mundo no lo vea así, porque siendo,
como es, de aspecto gallardo y elevada estatura, podría también tentar a
los agentes del Emperador para que no admitiesen en reemplazo suyo el
substituto que le hemos comprado para que sirva en el ejército.
LXXVII
Milly, 11 de abril de 1810.
Desde ayer estoy en este pueblo con Cecilia y Eugenia; el tiempo es
magnífico; he querido venir a gozar de una hermosa mañana de primavera,
y lo he conseguido por completo. Hoy, desde que me he levantado, he
estado en mi jardín por espacio de más de tres horas leyendo, rezando,
reflexionando y dando gracias a Dios por sus beneficios, que procuro
aprovechar tan bien como es posible. La hora ha sido deliciosa, los
árboles están cargados de flores y capullos que perfuman el aire.
Empiezan a brotar las hojas, a cantar los enamorados pajarillos y a
zumbar los insectos. Es esta la época en que resucita la Naturaleza de
su muerte aparente durante el invierno, y en que más se disfruta de ella
en estos solitarios parajes. Por desgracia, tengo necesidad de volver a
la ciudad, donde he de permanecer algún tiempo. Será la voluntad de Dios
el que yo me aleje de estos sitios; cúmplase, pues, su santa voluntad.
El domingo estuvo a comer con nosotros M. Morel, distinguido dibujante y
buen músico; es él quien ha trazado la mayor parte de los jardines
ingleses que admira todo el mundo en los alrededores de París. Ha venido
aquí para hacer algunos trabajos que le ha encargado M. Rambuteau. He
tenido ocasión de hablarle y me ha dicho que había sido muy amigo de mi
madre y de mi padre, con lo cual he tenido una alegría grande; en su
consecuencia, le he convidado a comer y he tenido la satisfacción de
entrar en relaciones con él. Es ya muy viejo, pero conserva
perfectamente expedito el uso de todas sus facultades, a pesar de sus
ochenta y cuatro años, lo cual se atribuye a su gran sobriedad; dice que
jamás ha bebido vino. Esto me ha confirmado en el propósito que yo tengo
hecho de no beberlo nunca.
Creo ver mañana a M. Rambuteau, porque dice que ha asistido al
casamiento del Emperador y tengo deseos de saber algo de aquella
ceremonia tan magnífica, según dicen todos; las iluminaciones parecen
haber excedido a todo cuanto se había visto hasta hoy en su género. He
aquí una cosa que me hace reflexionar sobre la insignificancia de lo que
se ocupan los hombres, puesto que uno de sus mayores placeres consiste
en reunir algunos centenares de candilejas colocándolas unas junto a
otras, es decir, que podemos exclamar fundadamente: -¡Vanitas,
vanitatum!- un poco de luz, un poco de ruido y otro poco de humo; ¡esta
es la gloria a que todos aspiramos! ¡Y pensar que yo la deseo para mi
hijo!
LXXVIII
Milly, 17 de abril de 1810.
He pasado sola, en Milly, un día delicioso. Hace un tiempo precioso.
Nunca he paseado tanto. He leído el primer volumen de un libro
interesantísimo; se titula -Itinerario de París a Jerusalén-, por M. de
Chateaubriand. Es una obra excelente.
Ayer fui a Changrenon a hacer una visita a madame Rambuteau, en compañía
de la cual se encuentran actualmente M. de Narbonne, su padre, su marido
y su hermana. Tenía curiosidad de volver a ver a M. de Narbonne, quien
había sido en otra época muy amigo de mi hermano mayor (secretario en la
embajada de Holanda y hombre distinguido). He hablado con él, y parece
persona muy amable; dicen que goza de la consideración del Emperador. Se
habla de él para el ministerio de Relaciones Exteriores. Ha hecho una
grande acogida a Alfonso, y le ha comprometido a que vaya a visitarle
cuando esté en París; pero tengo para mí que esto puede acarrear más
daño que utilidad. Yo no pido para mis hijos las grandezas de este
mundo; únicamente deseo para ellos un modesto y tranquilo bienestar,
adquirido en el cumplimiento estricto de sus deberes.
LXXIX
11 de octubre de 1811.
Alfonso me escribe desde Roma cartas llenas de entusiasmo sobre los
monumentos de esta ciudad célebre; mucho me gustaría estar en su
compañía, pero mi pobreza no me lo permite. Los gastos de su viaje nos
ayudan a cubrirlos sus tíos. Para este objeto, nos dieron ayer
trescientos pesos. Alfonso, si es económico, podrá pasar con
cuatrocientos pesos el invierno en Nápoles, pero como es joven y de
imaginación viva y ardiente, ¿qué va a hacer entregado a sí mismo en los
países lejanos? Yo, que aspiraba a verle partir, aspiro ahora a verle
volver; durante el día, lo recomiendo veinte veces a la protección
divina, ¡Qué desgracia es tener un hijo desocupado! A pesar de la
repugnancia de la familia por verle servir a Bonaparte, deberíamos mejor
pensar en él que en semejantes repugnancias; cuando se trata de los
hijos conviene hacer caso omiso de las opiniones políticas.
Yo confío en que su amigo M. Almón de Virieu irá a reunírsele; es un
bellísimo sujeto, ya entrado en años, y que ha de serle de gran utilidad
en algunas circunstancias.
* * * * *
En esta época fue cuando yo abandoné Roma para ir a Nápoles, en cuya
ciudad hice la vida errante y poética descrita en el episodio, verdadero
en su fondo, titulado -Graziella-. (Véase el primer volumen de las
-Confidencias-).
LXXX
Hay aquí una grande interrupción.
El -diario- no continúa hasta que su hijo ha vuelto de sus viajes, el 24
de julio de 1812.
24 de julio.
Más de quince días hace que me encuentro aquí; fue el 7 de julio el día
que vine a establecerme; mi esposo ha estado en la ciudad con Cecilia.
Los primeros días creí disgustarme porque no experimentaba el placer
ordinario que siento cuando estoy en el campo, pero desde que vine, he
ido acostumbrándome poco a poco y me encuentro ya muy bien. Mis paseos
solitarios, el trabajo y la lectura en compañía de mis hijas y el
cuidado de algunos enfermos, todo ha recobrado para mí su interés
ordinario, y yo he estado tan bien como merezco, si puedo estarlo.
Solamente Dios sabe cuán escasos son mis merecimientos. Pero esta
tranquilidad ha sido turbada por una circunstancia.
LXXXI
10 de agosto de 1812.
Me encuentro ya en la deliciosa morada de mi cuñado el abate Lamartine,
en Montculot, en medio de bosques y de fuentes, en una especie de
desierto que parece una abadía. Debiera estar aquí en paz, y sin embargo
no es así; los cuidados de madre de familia me siguen por todas partes,
incluso aquí mismo. ¡Ah! ¡cuántos reproches debo echarme en cara! Soy
extremada en todo, toda del mundo, y en la soledad, acaso demasiada
austera; los objetos presentes agítanse con violencia sobre mis
sentidos; en fin, yo sufro. Ofrezco todas mis penas a Dios, rezo muy
poco y leo mucho; estoy excesivamente impresionada por la brevedad de la
vida y la necesidad de prepararme para la eternidad. Trato
frecuentemente de penetrarme de lo que recuerdo haber escrito una vez,
esto es, que yo no quería considerar esta vida más que como un
purgatorio, y que todas las penas que Dios me envíe debo encontrarlas
dulces en comparación de las que yo merezco. Lo que me hace temblar es
el porvenir de mis seis hijas. ¡Cuántos disgustos preveo por esta
causa!; pero el tormento que semejante previsión me ocasiona es
condenable, porque vengo probando de continuo que el socorro de Dios
jamás me ha faltado en circunstancia alguna, y que con mayor fuerza de
razón debo yo considerar ser éste el verdadero centro de mi vida.
LXXXII
17 de diciembre de 1812.
Nuevamente he regresado de Milly para instalarme en la ciudad: al pasar
por Changrenon he comido en casa de Mme. Rambuteau, lo cual me ha
causado un placer grande, porque hemos hablado mucho de personajes de
París que conocimos durante nuestra juventud.
LXXXIII
31 de enero de 1813.
Mañana se anuncia, al fin, el casamiento de mi primera hija, con un
gentilhombre del Franco Condado, que se llama M. de Cessia. Cecilia es
muy bella y más joven que él.
A pesar de la diferencia de edad, él es muy bueno y razonable. A los
dieciséis años recibió una herida formando parte del ejército de Condé,
y cojea un poco. Vive con su padre; que cuenta ya ochenta y seis años,
de carácter imperioso y absoluto, y dos hermanos solteros. Es un
excelente casamiento que, aunque me preocupa un poco, espero ha de hacer
la felicidad de mi Cecilia.
Alfonso está en París; ha sido muy bien acogido por M. de Pansey,
consejero de Estado y presidente del Tribunal de Casación. La prima de
Alfonso, madame de Pré, quien vive en compañía de M. de Pansey, es una
persona muy amable, aunque de mucha edad. Me admira que en las
postrimerías de la vida y cuando vamos a perder ya todo lo que pertenece
a este bajo mundo, seamos todavía sensibles a la ambición...
He penetrado en el cuarto de Alfonso y examinado sus libros, quemando
aquellos que yo creo perjudiciales: he encontrado el -Emilio-, de J. J.
Rousseau; me he permitido leer algunas páginas; no me pesa, porque, los
párrafos que he visto me han parecido magníficos, y me han hecho un gran
bien, tanto, que voy por mí misma a copiar alguno. Es bien sensible que
semejante libro esté envenenado por tantas extravagancias, buenas
únicamente para ahuyentar la fe y el buen sentido de los jóvenes.
Quemaré este libro, y sobre todo, la -Nueva Eloísa-, más peligroso
todavía, porque éste exalta las pasiones al propio tiempo que debilita
el espíritu. ¡Qué lástima que un talento tan grande como el de Rousseau
enloquezca de este modo!
Yo no temo nada por mí, puesto que mi fe está bien cimentada y es
superior a toda tentación; ¿pero y mis hijos, Dios mío?...
Por causa de Alfonso he tenido hoy un gran disgusto: han enviado de Lyón
y de Italia a sus tíos y tías gran número de notas por las muchas deudas
que ha contraído durante sus viajes; la familia, que sabe que yo le
mimo, me hace responsable de sus desaciertos; me han hecho en este
sentido muchos cargos, por lo que he derramado lágrimas de amargura.
¡Ah! efectivamente: ¡las faltas de mi hijo son mis faltas! ¿Por qué no
hube de ser yo más severa para él desde un principio? El hubiera temido
el disgustarme, de esto estoy bien segura: es verdad que no me amaría,
tal vez con la misma pasión, y que después, por circunstancias más
graves, el temor de afligirme hubiera sido tal vez para él como una
segunda conciencia. ¡Todo se pagará; pero antes pagaré yo en reproches
fundados y lágrimas amargas las ligerezas de mi pobre hijo!
Ahora se encuentra en París; M. de Larnaud, excelente sujeto, de ingenio
distinguido, vive en el mismo hotel y es íntimo amigo de mi cuñado,
quien acaba de recibir una carta confidencial de su amigo Larnaud, en la
que se le advierte que su sobrino está en peligro, porque, arrastrado
por sus amigos, se deja dominar por la pasión del juego; que pasa las
noches en casa de M. Livry, casa en la cual puede perder fácilmente
toda su fortuna, que si bien es cierto trabaja la mayor parte del día
con gran asiduidad, el cansancio del estudio y el poco dormir pueden
quebrantar su salud, si no lo alejan de París a todo trance.
Al saber esto, me he puesto en camino inmediatamente para París, en
compañía de mi segunda hija, Eugenia, de quien he hecho mi confidente.
He tomado de la gaveta de mi marido todo el dinero que dejó en ella
cuando salió para Borgoña, donde se encuentra en casa del abate
Lamartine. Mi amiga, madame Paradis; mi cuñado, M. de Lamartine, y mis
cuñadas, me proporcionarán más. He escrito a mi esposo para prevenirle y
evitar al mismo tiempo la escena de reproches que él dirigirá
naturalmente a nuestro hijo al saber el género de vida que hace.
Al llegar a París no quise apearme en el mismo hotel donde se aloja
Alfonso para no causarle una emoción de sorpresa demasiado fuerte y
dolorosa, y porque yo temblaba con motivo de la carta del buen M. de
Larnaud, ante el temor de que mi hijo estaría muy cambiado, y que
semejante cambio podría afectarme de una manera muy visible a sus ojos,
al encontrarme frente a frente sin ningún preparativo anterior.
Determiné, por lo tanto, visitar antes secretamente a M. y Mme. de
Larnaud, para que me lo contasen y prevenirlo todo convenientemente.
Descendí, pues, ante una fonda de la calle Richelieu, muy cercana a la
que él habita; era aún de día. ¡Dios mío! ¡cuánto sufría al retardar
hasta el día siguiente el placer de abrazarle, después de visitar a M. y
Mme. Larnaud! Estaba yo abatida por la inquietud, llorando y rogando
sentada en un canapé, con los balcones abiertos. Eugenia se asomó a
ellos para ver pasar los coches que se dirigían a la Opera o al teatro
Francés; de pronto lanzó Eugenia un grito, diciendo: «¡Mamá, ven, creo
que veo a Alfonso!» Corrí a la ventana y le reconocí efectivamente: iba
en un elegante cabriolé que él mismo guiaba, acompañado de otro joven:
su aire era alegre y animado, lo cual me quitó gran parte del pesar que
me oprimía; acababa de ver que estaba bien. Todas mis inquietudes
desaparecieron al verle; no quise en manera alguna interrumpir su
diversión de aquella noche.
* * * * *
Al día siguiente me levanté temprano, con la impaciencia de ver a mi
hijo, y preocupada por el efecto que le había de producir mi visita, y
el temor de encontrarle delicado, poco dispuesto para venirse conmigo, o
acaso enredado en algún mal negocio. Por fin le escribí dándole cuenta
de mi viaje y de las razones que lo habían motivado: se presentó
inmediatamente y pareció como que se admiraba mucho de vernos, sintiendo
y deplorando la conducta que habíamos observado. Su salud me pareció
menos mala de lo que yo temía; me dijo que por ser yo quien había ido a
buscarle, se vendría a Mâcón, pero que con ninguna otra persona se
hubiera venido; me ha pedido algunos días para arreglar sus negocios, y
yo le he concedido ocho: estos días los aprovecharé enseñando a Eugenia
todo lo más notable que París encierra.
* * * * *
Sigue el -diario- con una extensa reseña de París, sus museos y
edificios más notables, expresando deseos de presenciar alguna diversión
pública, de lo que se abstiene por escrúpulos de conciencia.
* * * * *
Alfonso nos ha conducido hoy a Saint-Cloud en un cabriolé; es un sitio
en el cual pasé la mayor parte del tiempo de mi niñez, cuando mi madre
educaba a los hijos del duque de Orleans; en aquellos fui yo
extremadamente feliz; salí de allí a los quince años, y desde entonces
no había vuelto a ver aquellos lugares, a pesar de que tenía grandes
deseos y muy gratos recuerdos de ellos. He paseado todo el parque
acompañada de Alfonso y Eugenia; les hacía notar árbol por árbol todos
los sitios en donde había yo jugado cuando niña; hubiera querido poder
enseñarles las habitaciones, pero esto no fue posible, porque la
emperatriz María Luisa las tiene actualmente ocupadas.
He dado a Alfonso todo el dinero que yo me había traído, para pagar las
deudas adquiridas en el juego.
Me he dejado llevar a la Opera por M. y Mme. de Larnaud, quienes me han
asegurado que semejante espectáculo no viene a ser más que una academia
musical, y, por consiguiente, la Iglesia no lo prohíbe. Me he alegrado
mucho de verlo, porque tenía de ello una idea bastante exagerada; no me
ha producido la extrañeza que yo me figuraba, según lo que había oído
decir; antes al contrario, he sentido una impresión de compasión por
aquellas gentes y, a la vez, de cuando en cuando, decíame a mí misma: He
aquí la reunión de todas las artes, de todas las reputaciones y
talentos, ¿y esto es lo que ha concedido la celebridad en todo el mundo?
¿nada más que esto? Me pareció algo así como una gran función de
polichinelas; un juego de niños bien combinado, cuatro diabluras, un
poco de fuego producido con alcohol, contorsiones de toda especie y
máquinas cuyos secretos se adivinan en seguida, ¡esto es todo! ¡hombres!
¡hombres!...
Cuando sentí verdadera compasión por el público, que llenaba el teatro,
fue al advertir que muchas personas demostraban fastidio y otras
permanecían dormidas desde que dio principio el espectáculo.
He conseguido alejar a mi hijo de aquel abismo de seducciones. He vuelto
por Rieux, tierra de mi padre, en donde he pasado quince días al lado de
mi hermana. El día antes de mi salida mandé celebrar una misa en memoria
de mis padres junto a su tumba, donde descansan sus cenizas.
El recibimiento de mi marido y de la familia ha sido tan tierno para mí,
como frío para mi hijo. Hemos vuelto a Milly. Alfonso parece conformado
con esta soledad; trabaja, lee, escribe; siempre en su cuarto; por la
noche, junto al hogar, se habla con los vecinos de las derrotas de
nuestro ejército y de las calamidades que las locuras de Bonaparte han
atraído sobre Francia. La Europa entera se ha puesto sobre él: ¿qué será
de esta desgraciada Francia, invadida por innumerables ejércitos
extranjeros que ha provocado al mismo tiempo, así en España, como en
Rusia y Alemania? ¡Dios mío! ¡cuán cara tienen que pagar los pueblos la
pretendida gloria de los conquistadores y de los ambiciosos!
Todos los hombres solteros han sido llamados a las armas, los impuestos
se han cargado extraordinariamente. Nosotros, por economía, hemos
vendido nuestro caballo.
LXXXIV
31 de diciembre de 1813.
Estamos refugiados en Mâcón; todos los días corre la noticia de que los
enemigos van a venir; hay quien asegura ya que han pasado por Génova. He
ido a Milly para esconder un poco de trigo por lo que pueda ocurrir, que
me parece será de importancia. ¡El año que hoy acaba, ha parecido un
sueño sangriento de Bonaparte! ¡Qué será, Dios mío, el que empieza
mañana! Tengo esperanza de que caerá...
* * * * *
Estos puntos suspensivos indican bien claro su deseo de la caída de
Bonaparte y de la vuelta de los Borbones, los reyes queridos de su
niñez.
LXXXV
9 de enero de 1814.
Han llegado los enemigos hasta Besançon junto a Lyón; se espera en este
sitio una batalla: no sé si deba preocuparme o no por este esperado
acontecimiento: el peligro produce sangre fría y concentra en el
corazón todas sus fuerzas. Espero y creo en Dios.
Las gentes están agitadísimas, y cada cual se deja llevar por sus
opiniones. Hago esfuerzos para no decir nada en contra del espíritu de
paz y caridad que debe reinar entre los verdaderos cristianos, y a pesar
de mi excesiva moderación soy criticada. No importa, tengo fuerza de
voluntad para sufrirlo todo.
Mis ocupaciones y mis gastos son grandes; tengo poquísimo dinero, puesto
que mi viaje me arruinó, y mi marido no quiere reducir nuestros gastos.
* * * * *
Hasta el día 10 de marzo de 1814 el -diario- no es más que un confuso
relato de maniobras de los ejércitos austriacos y franceses, que toman y
vuelven a tomar, cada uno a su vez, la ciudad de Mâcón y demás
poblaciones vecinas. La batalla del 10 de marzo entre los soldados de
Angereau y los del general austriaco Bianchi, a las puertas de la
población, se observa con todas sus peripecias en el hogar desgraciado
de la atribulada madre que tiembla por la vida de su familia.
* * * * *
El día 10 (jueves) han tenido otra batalla; los franceses, en número de
doce mil hombres, han atacado para rechazar a los austriacos. El combate
ha durado desde las siete de la mañana hasta las cuatro de la tarde con
igual ardor por ambas partes, pero al fin han sido rechazados los
franceses. Las pérdidas han sido casi iguales entre ambas partes; el
número de muertos y heridos dicen que asciende a cuatro mil hombres. No
hemos estado un momento sin oír cañonazos ni ver pasar heridos. ¡Qué
horrorosa jornada!
Después de la batalla, la noche que ha precedido al día siguiente, han
sido saqueadas casi todas las casas de los alrededores de Mâcón y muchas
de la misma ciudad, como la mayor parte de los arrabales de san Antonio
y la Barre. Se han cometido muchos excesos de todas clases: He aquí el
resultado de esta guerra cien veces maldita. ¡Qué inmensa
responsabilidad para los culpables de estas desgracias! Pobres madres
que ignoráis en este momento la muerte de vuestros hijos, ¡cuál será
vuestro desconsuelo al recibir la infausta noticia!
* * * * *
Muchas señoras, el señor cura y yo nos hemos presentado al general
Bianchi, rogándole cesara el saqueo. Este general nos ha recibido muy
cortésmente, pero nos ha dejado ver que no se juzgaba dueño de dominar
por completo el pillaje: me parece, sin embargo, que ha tomado alguna
medida en este sentido, porque durante la noche han recorrido el pueblo
patrullas de soldados a caballo.
LXXXVI
17 de marzo de 1814.
Se encuentra refugiada en mi casa mi hija Cecilia, que ha venido huyendo
del Franco-Condado; el día 9 de marzo alumbró entre el tronar de los
cañones y los gritos lastimeros de los heridos. Por todas partes hay
soldados; estamos abrumados de gentes a quienes alimentar; tenemos un
general en casa, y damos de comer a los que le acompañan, en número de
veintiocho. Nos tienen arruinados.
Alfonso está en Milly, en donde hay igualmente unos trescientos hombres;
cuatro oficiales se alojan en la casa con sus caballos y sus asistentes.
Se están temiendo siempre nuevas batallas; sin embargo, creo que se irán
alejando de estos contornos, porque las tropas francesas se encuentran
junto a Villafranca, y los austriacos entre esta ciudad y sus cercanías.
Mi hijo Alfonso salió el 10, con M. Pierreclos, para asistir a la gran
batalla frente a Villafranca. Estuvieron un momento cercados por un
cuerpo austriaco que se adelantaba oculto detrás de una montaña. La
velocidad de sus caballos les salvó; sin embargo, algunas balas
atravesaron sus vestidos y uno de los caballos quedó herido. A pesar de
este percance, pudieron llegar a Pierreclos y a Milly, abandonados ya
estos pueblos por el enemigo.
Ayer tuvieron otra batalla junto a Villafranca, en la que los franceses
fueron rechazados; se dice que las pérdidas han sido grandes por ambas
partes. Han entrado gran número de heridos. ¡Dios mío! ¿cuándo se
apaciguará vuestra cólera? ¡Perdonad nuestras faltas y haced que
nuestros males terminen!
LXXXVII
Domingo, 20 de marzo de 1814.
Toda, la noche hemos tenido alojados algunos oficiales y algunos
soldados; cuerpo de guardia y centinelas en toda la casa. Por fin se han
marchado. Todo esto nos cuesta grandes tesoros, además de las cantidades
que ellos nos exigen en calidad de contribución.
LXXXVIII
Jueves Santo, 7 de abril de 1814.
El domingo, día 20, fue tomada la ciudad de Lyón. El general Angereau,
que mandaba las tropas francesas, cesó el tiroteo junto a las mismas
puertas de la ciudad; el alcalde capituló, dejando tiempo bastante a las
tropas francesas para retirarse, lo cual verificaron por la puerta de
la Guillotiere, al mediodía de la ciudad. Ni el menor desorden hubo en
Lyón.
Este hecho nos ha causado gran alegría, porque de seguir mucho tiempo
este continuo alojamiento de tropas, quedaríamos completamente
arruinados.
Ha venido a vernos nuestro hijo Alfonso, que se encuentra en Milly,
administrando nuestras propiedades y los pueblos que lo han nombrado
alcalde. Los aldeanos lo quieren mucho. Les ha enseñado los medios de
hacer economías y contribuido él mismo para realizarlas. Todos dicen que
se ha portado muy bien durante su gestión administrativa. Estoy de ello
muy satisfecha.
Según se dice, nuestra querida Francia, muerta en la actualidad,
resucitará, saliendo de la tiránica opresión en que está sumida dos años
hace.
LXXXIX
10 de abril, día de Pascua.
Lyón, Burdeos y París han levantado bandera blanca, y se han puesto la
escarapela del mismo color; Bonaparte ha sido declarado indigno del
trono que no ha sabido sostener, y dicen que irá a la isla de -Elba-,
que le ha sido concedida en soberanía, además de seis millones de renta
anual.
Llega en este momento un correo de Lyón con bandera blanca; el
Ayuntamiento de aquí se ha reunido para resolver si se declararía la
caída de Bonaparte y la soberanía de los Borbones. Mi marido, mi yerno
M. de Cessia y Alfonso, han asistido; yo les animé cuanto pude, porque
para Francia no hay más salvación que la conciliación con Europa, bajo
la salvaguardia de los antiguos reyes que hoy se encuentran desterrados.
No creo que sea imprudente declararlo desde luego: el extremado ardor
con que yo defiendo lo que creo justo, me está produciendo serias
desazones; se me ha tachado de imprudente. Nada sabemos aún de positivo
sobre los acontecimientos actuales; se dice que París fue tomado el 31
de marzo, y estamos a 10 de abril sin haber recibido todavía noticias
oficiales. Se temía igualmente que hubiera algún trastorno con motivo de
los pronunciamientos, y algo debe haber de verdad sobre esto porque
anoche hubo en el paseo una intentona.
Hoy hemos pasado sin saber noticias de París, el pueblo estaba
excitadísimo, cuando allá sobre las seis de la tarde llegó un correo
portador del -Senatus consulto-, que declaraba la caída del imperio. El
gozo fue grande. Este aumentó por la noche con las noticias que se
recibieron de la abdicación de Napoleón y la exaltación de los Borbones.
Todo el mundo estaba en el paseo; éste parecía atestado materialmente,
el tiempo era magnífico; hablábanse las gentes sin conocerse apenas. Se
reunían, se felicitaban, se abrazaban; era aquello una manifestación
general de entusiasmo. Hubo luego iluminación y se prolongó el paseo
hasta la madrugada.
Al día siguiente tuvo lugar la solemne proclamación del nuevo orden de
cosas, con músicas y luminarias; se dieron gritos de «viva el rey.» He
tenido hoy a comer y almorzar a muchos miembros del consejo provincial,
que han llegado de Mâcón, donde han sido convocados por el gobernador de
la provincia.
He salido para Milly con mis tres pequeñitas. Estoy contenta y necesito
pasar aquí algunos días de reposo para ordenar en calma las ideas que
agitan mi cerebro.
Mañana procuraré escribir algunas reflexiones que me han sugerido los
acontecimientos ocurridos.
* * * * *
En las reflexiones que vamos a copiar, escritas en su retiro de Milly,
se advierte desde luego el sentimiento, tanto tiempo comprimido, que la
madre de familia abrigaba contra la dominación militar de Bonaparte, y
los deseos de que la Francia estuviera gobernada por un gobierno más
pacífico, que ella creía de buena fe había de ser el de los Borbones, a
cuya familia amaba desde su niñez. Esta página viene a ser el lirismo de
la esperanza, después de la desesperación. Un régimen tan odiado por las
mujeres no podía ser por ningún estilo todo lo popular que los
historiadores del partido quieren hacernos creer.
Continuemos leyendo las impresiones de aquella madre amantísima.
* * * * *
Milly, viernes 15 de abril.
Señor, jamás hubo en el mundo una criatura más colmada de vuestros
beneficios que esta humilde pecadora. A medida que voy avanzando en
edad, me encuentro rodeada cada día de una protección particular de
vuestra divina piedad. En medio de todo lo que acaba de suceder, no he
sufrido particularmente una sola desgracia. Mis hijos se encuentran
todos a mi lado. Conservo a mi único varón, cuando tantos otros padres
han perdido los suyos. Su salud se modifica de continuo, tanto, que
puede decirse ya que está del todo restablecido. Todo lo que os pido,
Dios mío, es que le hagáis un buen cristiano. Combato, por mi parte,
todo lo que puedo, todos los impulsos que la ambición pretende encender
en mi pecho; todo esto que pido es en bien de mi hijo, de su alma. Pero
al pedir en bien del alma (y no deseando realmente más que eso), siento
una tristeza y un desfallecimiento que me causa horror. Acaso este será
un castigo de Dios por haberme inclinado demasiado a las cosas mundanas;
será que se me advierte la pérdida de los goces verdaderos; yo así lo
creo, porque antes de ahora, cuando me dedicaba a Dios solamente, era
feliz en mi retiro, me alzaba sobre las miserias terrenales y sentía una
,
,
1
,
,
2
,
.
3
.
4
5
6
7
8
9
10
,
.
11
12
13
.
14
15
.
16
.
17
;
18
,
19
;
,
.
20
,
21
.
22
23
24
25
26
27
28
.
29
30
31
:
.
32
;
,
;
33
,
.
34
35
36
,
37
,
.
38
39
.
40
41
,
42
.
43
.
44
,
.
45
,
.
46
47
48
49
50
51
52
.
53
54
55
,
56
;
,
57
.
(
.
)
58
59
.
,
60
.
,
61
,
.
62
,
63
.
64
65
66
67
68
69
70
.
71
72
73
,
74
.
.
,
,
.
,
75
,
.
76
,
.
,
77
;
78
.
;
79
;
,
.
80
:
,
81
;
82
.
,
,
83
84
.
,
,
85
,
86
.
87
,
.
,
88
89
.
90
91
92
93
94
95
96
,
.
97
98
99
,
100
.
,
101
.
102
103
,
,
104
;
,
105
,
106
:
.
107
,
108
;
109
.
110
111
112
113
114
115
116
.
117
118
119
.
120
-
,
,
,
121
,
;
122
.
123
.
124
125
126
127
128
129
130
,
.
131
132
133
;
134
.
135
136
,
137
.
138
139
,
140
.
.
141
,
142
;
,
143
.
,
144
.
.
145
,
146
;
147
.
148
;
149
,
,
150
,
151
.
152
153
,
154
,
155
;
156
,
.
157
158
;
;
159
.
160
161
162
163
164
165
166
,
.
167
168
169
.
170
.
171
172
.
173
174
,
,
,
175
,
.
176
,
177
,
178
.
¿
179
?
180
,
181
.
¡
!
182
;
183
,
,
;
,
184
,
,
185
.
186
187
;
.
188
,
.
;
189
,
;
190
:
,
,
;
191
,
,
,
192
.
.
.
,
193
.
194
.
¡
!
¡
195
!
196
197
,
198
,
199
.
200
201
*
*
*
*
*
202
203
,
204
.
,
205
.
,
206
;
,
.
207
¡
!
.
.
.
208
.
209
210
,
:
¡
211
!
,
212
.
213
214
215
216
217
218
219
.
-
-
220
-
-
:
221
222
.
223
224
225
226
.
227
228
,
229
.
.
230
,
231
,
232
,
233
;
234
,
235
.
;
236
,
.
237
238
239
240
241
242
243
244
245
,
:
246
247
*
*
*
*
*
248
249
;
.
250
,
251
,
.
;
,
252
,
.
253
,
;
254
.
255
,
256
;
,
257
.
258
259
,
260
,
261
,
.
262
263
*
*
*
*
*
264
265
,
,
:
266
;
,
267
,
,
268
269
,
.
270
271
*
*
*
*
*
272
273
-
-
274
,
275
.
276
,
277
,
.
278
.
,
,
279
.
280
281
282
;
,
283
,
284
,
,
285
,
.
286
,
287
.
288
289
,
290
.
,
,
291
.
292
293
.
294
295
:
296
.
297
298
299
300
301
302
303
,
.
304
305
306
-
-
.
,
307
,
.
.
308
,
,
309
,
310
,
311
,
,
312
;
313
.
314
315
,
316
,
317
.
-
-
,
318
.
,
,
319
,
320
.
321
322
323
,
;
324
,
,
325
;
326
.
327
;
328
,
,
,
329
.
330
331
.
,
.
332
,
.
.
333
.
.
,
,
334
.
335
.
336
,
,
337
.
338
339
,
340
,
.
341
342
.
,
343
;
,
344
345
.
346
347
,
348
.
:
349
,
350
;
.
351
;
,
352
,
353
.
,
354
.
,
355
;
.
¡
356
!
,
357
.
358
359
360
361
362
363
364
365
,
,
366
.
.
.
,
367
.
368
;
369
.
370
371
,
372
;
,
373
,
,
,
374
,
375
.
376
,
377
,
,
378
.
379
380
381
382
383
384
385
.
386
387
388
.
389
,
390
.
391
392
;
393
;
;
394
.
¡
!
395
.
,
396
;
397
.
398
.
399
;
400
,
401
,
,
402
,
.
,
403
,
,
404
,
,
405
406
.
407
408
409
410
411
412
413
,
.
414
415
416
;
417
;
,
418
.
,
,
419
,
,
420
,
421
.
,
422
.
423
424
,
425
.
426
,
427
.
,
428
,
.
429
;
,
,
.
430
431
.
,
432
;
433
.
434
.
.
435
436
,
;
437
,
438
.
,
439
,
440
,
;
441
.
442
.
443
444
.
,
445
446
,
;
447
.
448
449
,
450
451
,
,
:
-
¡
,
452
!
-
,
;
¡
453
!
¡
454
!
455
456
457
458
459
460
461
,
.
462
463
464
,
,
.
.
465
.
466
;
-
-
,
.
467
.
.
468
469
,
470
.
,
,
471
.
.
,
472
(
473
)
.
,
474
;
.
475
.
476
,
477
;
478
.
479
;
,
480
.
481
482
483
484
485
486
487
.
488
489
490
491
;
492
,
.
493
.
,
494
.
,
,
495
,
496
,
¿
497
?
,
,
498
;
,
499
,
¡
!
500
,
501
;
502
.
503
504
.
;
505
,
,
506
.
507
508
*
*
*
*
*
509
510
,
511
,
512
,
-
-
.
(
513
-
-
)
.
514
515
516
517
518
519
520
521
.
522
523
-
-
,
524
.
525
526
.
527
528
;
529
;
.
530
531
,
,
532
.
533
,
534
,
535
,
,
.
536
.
537
.
538
539
540
541
542
543
544
.
545
546
547
,
548
,
,
549
.
,
550
;
,
551
.
¡
!
¡
!
552
,
,
,
553
;
554
;
,
.
,
555
;
556
.
557
,
558
,
559
,
560
.
561
.
¡
562
!
;
563
,
564
,
565
.
566
567
568
569
570
571
572
.
573
574
575
:
576
.
,
577
,
578
.
579
580
581
582
583
584
585
.
586
587
588
,
,
,
589
,
.
.
590
.
591
592
,
.
593
,
594
.
;
,
595
,
.
596
,
,
597
.
598
599
;
.
,
600
.
601
,
,
.
,
602
,
.
603
604
,
.
.
.
605
606
,
607
:
-
-
,
.
.
608
;
;
,
,
609
,
610
,
,
.
611
,
612
.
613
,
,
-
-
,
614
,
615
.
¡
616
!
617
618
,
619
;
¿
,
?
.
.
.
620
621
:
622
623
;
,
624
,
;
625
,
.
626
¡
!
:
¡
!
¿
627
?
628
,
:
,
629
,
,
630
,
631
.
¡
;
632
!
633
634
;
.
,
,
635
,
,
636
,
637
,
,
638
,
;
639
.
,
640
,
641
,
642
,
.
643
644
,
,
645
,
,
.
646
647
,
648
.
,
;
,
.
,
649
,
.
650
651
.
652
653
654
655
,
.
656
,
,
657
,
658
.
659
660
,
,
.
.
661
,
.
662
,
,
,
663
;
.
¡
!
¡
664
,
.
665
.
!
,
666
,
.
667
668
;
,
:
«
¡
,
,
669
!
»
:
670
,
:
671
,
672
;
.
673
;
674
.
675
676
*
*
*
*
*
677
678
,
679
,
,
680
,
,
681
.
682
:
683
,
684
.
685
;
686
,
,
687
;
,
688
:
689
.
690
691
*
*
*
*
*
692
693
-
-
,
694
,
695
,
.
696
697
*
*
*
*
*
698
699
-
;
700
,
701
;
702
;
,
703
,
704
.
705
;
706
;
707
,
,
708
.
709
710
,
711
.
712
713
.
.
,
714
715
,
,
,
.
716
,
;
717
,
718
;
,
719
,
,
,
:
720
,
721
,
¿
?
722
¿
?
723
;
,
,
724
,
725
,
¡
!
¡
!
726
¡
!
.
.
.
727
728
,
,
729
730
.
731
732
.
733
,
,
734
.
735
,
.
736
737
,
738
.
.
739
;
,
,
;
;
740
,
,
741
742
.
:
¿
743
,
744
,
,
745
?
¡
!
¡
746
!
747
748
,
749
.
,
,
750
.
751
752
753
754
755
756
757
.
758
759
760
;
761
;
.
762
,
763
.
¡
,
764
!
¡
,
,
765
!
.
.
.
766
767
*
*
*
*
*
768
769
770
,
771
.
772
773
774
775
776
777
778
.
779
780
781
;
782
:
783
:
784
.
.
785
786
,
787
.
788
,
789
.
,
790
.
791
792
;
,
793
,
.
794
795
*
*
*
*
*
796
797
-
-
798
,
799
,
,
800
.
801
,
802
,
803
.
804
805
*
*
*
*
*
806
807
(
)
;
,
808
,
.
809
810
,
811
.
;
812
.
813
.
¡
814
!
815
816
,
,
817
818
,
819
.
:
820
.
¡
821
!
822
,
¡
823
!
824
825
*
*
*
*
*
826
827
,
828
,
.
829
,
830
:
,
,
831
,
832
.
833
834
835
836
837
838
839
.
840
841
842
,
843
-
;
844
.
845
;
;
846
,
,
847
.
.
848
849
,
;
850
.
851
;
,
852
,
853
,
.
854
855
,
.
,
856
.
857
.
858
;
,
859
.
860
,
,
861
.
862
863
,
864
;
865
.
.
¡
!
¿
866
?
¡
867
!
868
869
870
871
872
873
874
,
.
875
876
877
,
878
;
.
879
.
,
880
.
881
882
883
884
885
886
887
,
.
888
889
890
,
,
.
,
891
,
892
;
,
893
,
894
,
.
895
.
896
897
,
898
,
899
.
900
901
,
,
902
903
.
.
904
.
905
.
906
.
907
908
,
,
,
909
,
910
.
911
912
913
914
915
916
917
,
.
918
919
920
,
,
921
;
922
,
-
-
,
923
,
924
.
925
926
;
927
928
.
,
929
.
,
;
,
930
,
931
.
932
:
933
,
934
;
.
935
;
936
,
937
.
938
,
939
.
940
941
,
942
,
943
-
-
,
.
944
.
945
.
946
;
,
947
;
.
948
,
,
;
949
.
950
.
951
952
953
,
;
«
.
»
954
,
955
,
956
.
957
958
.
959
960
.
961
962
963
.
964
965
*
*
*
*
*
966
967
,
,
968
,
,
969
,
970
971
,
,
972
.
973
,
.
974
975
.
976
977
.
978
979
*
*
*
*
*
980
981
,
.
982
983
,
984
.
985
,
986
.
,
987
.
988
.
,
989
.
,
,
990
.
,
991
,
.
,
,
992
,
993
;
,
.
994
(
)
,
995
.
996
;
997
;
998
,
,
,
999
,
1000