dar alojamiento a Monseñor de Pradt, obispo de Poitiers, limosnero del Emperador, y más tarde arzobispo de Malines, tan célebre por su adulación y por su ingratitud con Napoleón, después de su caída. Me desagrada tener que hospedar a semejante personaje. LXIV Lyón, 26 de abril de 1805. Mi venida a Lyón ha tenido por objeto ver al Papa. Estoy aquí en compañía de mi hermana. He visto al santo padre cuando paseaba por el jardín del palacio del obispo. Ayer estuve a oír la misa del Papa en la iglesia de San Juan; vi perfectamente todas las ceremonias, pero me costó mucho trabajo poder llegar hasta su trono para besarle la chinela; sin embargo, tuve por fin esta satisfacción. Este anciano tiene verdaderamente el aspecto de un santo, como también algunos de los prelados que le acompañan. LXV 12 de mayo de 1805. Aumenta nuestra fortuna: mi marido acaba de comprar la casa de M. de Ozenay; tiene un jardincito, y es muy espaciosa; la amueblaremos para habitarla este verano, Dios mediante. Mi marido me entrega ciento veinte pesos mensuales y los frutos naturales que proceden de nuestras dos fincas, para sostener la casa y pagar el colegio de Alfonso, lo cual es más que suficiente. Cada día admiro más las prodigalidades de la divina Providencia para con nosotros. Mi cuartito está muy bien arreglado, y cuantos nos visitan dicen que es muy bello. Comprendo que estoy demasiado bien en este mundo y que tengo mayores bienes de los que me pertenecen. He leído un tratado místico sobre la dulce virtud de la confianza, que me ha hecho un gran bien. Es el tesoro por excelencia, el dulce abandono a la voluntad celestial. LXVI 20 de agosto de 1805. El hermoso cuarto en el cual estoy instalada desde ayer, será probablemente el último cambio de habitación que yo haga; en él moriré, sin duda. (En él murió efectivamente.) Alfonso llegó ayer. Me preocupo mucho por él y por sus hermanas, pues no veo medio de educarlos fácilmente. Sin embargo, cuando me veo rodeada de estas seis hermosas criaturas, me siento orgullosa y satisfecha. Ruego a Dios me dé las luces necesarias, al objeto de cumplir debidamente mis obligaciones con respecto a mis hijos. LXVII 9 de noviembre de 1805. Hemos venido a pasar unos días en el castillo de Monceau, propiedad de mi cuñado. M. de Lamartine, el ángel de la familia, y Mme. de Villars, nuestra Providencia, están con nosotros. Aquí se reúnen los vecinos más distinguidos, y entre ellos se encuentran M. Blondel, el abate Bourdon y el comendador Folin; cada uno de estos ancianos cuenta a porfía instructivas anécdotas. Llevamos una vida deliciosa; el tiempo es precioso y paseamos mucho; durante las veladas, se cuentan historias. Pero no estoy bien de salud: me ha salido como un fuego en la cara, y voy persuadiéndome de que mi tez se agosta; no he de ocultar que siento mucho esta fealdad. No obstante, si hay en ello humillación, puede ser que encierre una gracia que me aparte del mundo alejando de mí sus miradas. Me someto gustosa, pero no sin molestia, pues hubiera querido verme dispensada de la ley común, conservando en mi vejez los atractivos de la juventud. Con frecuencia me olvido de que ya cuento treinta y ocho años, y todo cuanto me lo recuerda me es desagradable. Dios mío, haced que acuda siempre a mí el recuerdo de la nada y tened compasión de esta débil mujer. LXVIII Milly, 6 de julio de 1806. Otra vez estoy en mi retiro, donde me hallo más en paz con mi especial manera de ser. Es cierto que amo al mundo, pero también amo el recogimiento que me proporcionan mi jardín y mi cuartito. Hemos hecho mis hijas y yo, montadas en asnos, una excursión a las ruinas y lugares vecinos; hemos bebido leche, hemos charlado largamente con los aldeanos que me conocen, y que parece que me quieren por haberles dado consejos y remedios para sus hijos: esto me satisface. Siempre gusta uno de ser amado, y no deja de ser conveniente y agradable el cariño de las pobres mujeres del campo; nunca se pierde el tiempo empleado en hacer el bien y en adquirir simpatías. LXIX 7 de septiembre. Mi marido ha vuelto de la posesión que su hermano tiene en Dijón. Nos hallamos nuevamente en Saint-Point, lugar que, a decir verdad, prefiero a todos, a pesar de los destrozos del castillo; quiero encerrarme en un retiro moral aún más profundo. Conviene alguna vez aislar nuestro corazón en la soledad y en el silencio. LXX Domingo, 24 de septiembre. Estos días los he pasado completamente retirada; únicamente el señor cura nos ha acompañado a comer algún día que otro. El día no resulta bastante largo para todo lo que yo quisiera hacer, y mis fuerzas se agotan antes que la voluntad y el deber. Voy todos los días a misa a eso de las siete, como me propuse en un principio. Mis hijas me acompañan. Después de la misa nos desayunamos y comenzamos a trabajar, alternando nuestras tareas con la lectura de la Biblia; después y hasta la hora de comer, mis hijas dan lecciones de gramática e historia. Con estas ocupaciones, el tiempo lo encontramos corto. Después de comer tenemos una hora de recreo. Luego volvemos a tomar nuestra labor y alguna lectura amena que yo escojo siempre, procurando que sea tan agradable como instructiva; algunas veces recitamos de memoria algunos párrafos de la historia o de la gramática. Vamos luego a rezar nuestro rosario a la iglesia o a nuestro gabinete; paseamos después hasta la noche, y durante la velada, mientras yo juego al ajedrez con mi marido, las niñas se entretienen aprendiendo de memoria algunas de las fábulas de La Fontaine. Mientras no ocurra novedad alguna que nos interrumpa, esta es la vida ordinaria que llevo con mis hijas, con las diferencias naturales que exigen las diversas estaciones del año; mi principal objeto es inspirarles mucha piedad, ocupándolas siempre en cosas útiles. Ayer recibí carta de mi Alfonso; está bien de salud; me parece un sabio en la manera de escribir. LXXI Milly, 25 de septiembre. Mi pobre esposo ha sufrido una pérdida de cuatro mil doscientos pesos. El comerciante encargado de vender el vino se ha declarado en quiebra. Esta gran desgracia mi marido la sufre con la mayor resignación. Según se dice, el comerciante de vinos, que es de Nuits, resulta ser un desgraciado, pero de una honradez sin límites. Esta mañana ha venido él mismo a anunciarnos la suspensión de pagos, diciendo que va a convocar a todos sus acreedores para que se repartan cuanto le queda, y que no se reserva nada para él. ¿Cómo no apreciar semejante conducta y no compadecer a quien nos arruina tan contra su voluntad? Porque no hay duda que vamos a quedar por ello pobres durante todo el año, ya que sólo contábamos con la suma que se ha perdido. ¡Hágase la voluntad de Dios! Admiro la calma de mi marido después de semejante contratiempo; él sufre, sin embargo, por mis hijos y por mí; pero exteriormente, es decir, en cuanto no nos hiera materialmente a nosotros, es un hombre de bronce. Alfonso debía regresar el día 17 del colegio; fui a recibirle en Mâcón. Llegó por la noche, solo. Le encontré mucho mejor de lo que esperaba; es ya cuatro dedos más alto que yo, está algo flaco y pálido; parece un buen muchacho: los jesuitas, sus maestros, se admiran de sus facultades; ha venido cargado de coronas, premios, discursos en latín y en francés, versiones y poesías latinas y... a pesar de todo, es modesto sin petulancia alguna. Lo que me ha agradado también mucho es que parece inclinado a la piedad. ¡Dios lo quiera! ¡Porque creo que es lo único que puede hacerle feliz! Después de su llegada he corrido a la iglesia, llenos los ojos de lágrimas de alegría, a dar gracias a Dios por el gran favor que acaba de hacerme con el feliz regreso del hijo de mi corazón. * * * * * Al presentar a Alfonso a toda la familia en Monceau, he sentido un poco de orgullo. Sin embargo, no le encuentro el tono tan dulce como yo quisiera. Creo que debo alejarle de mí, que tanto le amo y que tanto le mimo por añadidura; y por otra parte, he de mimarle por condescendencia. ¡Cuan difícil es formar un hombre!... Tanto mi marido como yo nos encontramos apurados para acertar en lo que debemos hacer con él. Adora la carrera militar, que es la de su padre: ¡pero esa guerra contra la Prusia devora tantos y tantos jóvenes! y además, la carrera de las armas es mortal de necesidad para la juventud inocente. LXXII Mi madre vuelve a la ciudad el 25 de diciembre de 1806.--He aquí lo que se lee en su -diario- del 2 de enero de 1807: 2 de enero. Hoy he quedado convencida de que camino aceleradamente hacia la eternidad. Las virtudes en que yo pienso fijar especialmente la atención este año, son la dulzura y la humildad. Me parece que son las principales. Quiero hablar poco de mí, sobrellevar con paciencia las contrariedades y las humillaciones que pueda soportar sin menoscabo de la dignidad humana, no rebuscar en mi tocado vanidad alguna, no reprender a mis hijos y a otras personas con acritud ni enredarme nunca en discusiones; quiero asimismo no decir jamás una palabra que pueda molestar al prójimo, presente o ausente. Estos son mis proyectos durante este año; si puedo cumplirlos fielmente, habré empleado bien el tiempo. LXXIII No hay nada de particular en las anotaciones de este año hasta el mes de septiembre, en el cual se lee: * * * * * Vivo sola en Milly con mis hijas y mis libros; esta soledad me encanta. He dado esta tarde un gran paseo por la montaña de Craz, situada detrás de nuestra casa, sobre nuestras viñas. Estoy sola; gusto mucho, durante las horas de la tarde, de irme sola y lejos. Amo mucho el otoño y los largos paseos, sin otro entretenimiento que mis impresiones; éstas son grandes como el horizonte y llenas del espíritu de Dios. La Naturaleza conmueve mi corazón bajo mis reflexiones, y me infunde cierta tristeza que me fascina; no sé lo que es, pero siento una especie de armonía secreta entre nuestra alma infinita y el infinito de las obras de Dios. Cuando vuelvo la vista y observo desde lo alto de la montaña la luz que brilla en el interior del cuarto de mis hijas, bendigo y doy gracias a la Providencia por haberme concedido este nido, casi oculto a la vista de todo el mundo, para dar calor y vida a los hijos de mi alma. * * * * * Todos los días, por la tarde, digo una oración de muy pocas palabras: un cántico interior que ninguna persona llegaría a entender; pero vos, Dios mío, vos lo comprendéis muy bien, como entendéis el zumbar de los insectos entre las florecillas de los matorrales y el ruido de la hoja seca, juguete del viento. * * * * * En el año 1807 sólo contiene el -diario- misteriosos exámenes de una conciencia escrupulosa hasta el extremo, y obligaciones de una madre para salvar de todo peligro a sus hijos. De regreso a la ciudad para pasar en ella el invierno de 1808, vuelve a tomar la pluma alguna que otra vez, pero la pluma parece que se resiste a trazar sus ideas. 1808 y una parte de 1809 faltan. Véase, no obstante, lo que sucedió entonces a mi familia. Había por aquel tiempo en Mâcón una bellísima joven perteneciente a cierta familia muy distinguida; era elegante, hermosa y de espíritu recto y cultivado, quien inspiró a su hijo una de aquellas inclinaciones infantiles e inocentes y puras, que son siempre, mejor que las explosiones, el presentimiento del amor. No obstante las diferencias de edad, temían entrambas familias pudiera traer aquella simpatía consecuencias que no entraban en sus cálculos. Por este motivo, acordaron alejar de allí por algún tiempo al joven bajo el pretexto de un viaje a Italia. Creíase, no sin razón, que el aire de los Alpes desvanecería aquella fantástica imaginación. Veamos el manuscrito. Aquellos pensamientos prudentísimos casi no existen en él: su imaginación se ocupa exclusivamente en buscar el bien para su hijo. LXXIV Domingo, 26 de noviembre de 1809. Me ocupo en leer las -Memorias- de Mme. Roland, cuyo marido fue ministro al principio de la Revolución, por la cual Mme. Roland fue guillotinada. Hubiera sido esta mujer un gran talento, un carácter, un dechado de virtudes, si durante su juventud no se hubiese penetrado del deslumbrante y falso espíritu que entonces reinaba, arrastrándola en la detestable cima, desde la que derrumbó el mundo, perdiéndose a sí propia; porque fueron sus opiniones las que la condujeron a la guillotina. Sus Memorias están bien escritas y me han interesado, pero no he leído nada de lo que se trata de religión, puesto que habla de ella bastante mal. No he querido que mi hijo leyera dichas -Memorias-, a pesar de que lo ha deseado mucho. Ya sé yo que él puede hacerse, a pesar mío, con cuantos libros quiera, pero al menos no deberé reprocharme el haberle dado autorización para leerlos y menos proporcionárselos. He pensado asimismo que el hombre se permite a cierta edad leer cuantos libros se le presentan, bajo el pretexto de que ya no corre peligro; sin embargo, siempre esto es peligroso, ya que la fe puede extraviarse a todas las edades; debe estar siempre prohibido el combatir con el espíritu. El hombre acaba por llenar su cabeza con el abigarramiento de toda especie de lecturas; así es que sólo a la prohibición de aquellas que, aun agradables, pueden ser peligrosas, debe confiarse la conservación de las sanas creencias. Ha muerto en Mâcón M. Sigorgne, a la edad de noventa años. Como era un sabio, había sostenido correspondencia con J. J. Rousseau sobre la religión y sobre la filosofía. Gran amigo de M. de Lamartine, mi cuñado, dio por amistad lecciones de matemáticas a mi Alfonso. Era uno de estos monumentos antiguos que no quisiéramos jamás ver derrumbados. Amamos el tiempo cuando somos jóvenes, pero al llegar a viejos, el amor se convierte en veneración. Alfonso irá a pasar este invierno a Lyón para que se vaya acostumbrando, poco a poso, a los usos y costumbres de la alta sociedad. Ha marchado en compañía de M. de Balathier, persona de excelentes modales; estamos muy contentos de semejante oportunidad, porque ella será causa que le privará de las malas compañías de otros jóvenes de su edad. Me encuentro sola con mis cinco hijas, todas ellas fáciles de ser conducidas al bien. Nuestra vida aseméjase a la de un monasterio: por la mañana leemos en comunidad algo piadoso, luego estudiamos juntas la historia antigua; me agrada e interesa tanto como a las niñas. Después de comer se trabaja un poco; al caer la tarde rezamos también juntas, y durante la velada, acostumbramos a leer alguna de las comedias de Moliere. Creo yo que no hay en ello ningún mal, pero suprimo las palabras que creo peligrosas. Después de esto, rezamos la oración de la noche; de esta suerte el día pasa ligero. ¡Que nuestras oraciones aprovechen a nuestras almas! Si fuera yo libre, creo que me consagraría completamente a Dios. LXXV Mi esposo se halla en Mâcón, en el consejo general del departamento, presidido por M. Denon. M. Denon es hombre de bastante edad, pero joven de ingenio. Este señor ha estado con nosotros unos días y nos ha contado sus viajes a Egipto con el Emperador; dice que diseñaba las batallas durante los combates. Ha colmado a mi marido de distinciones, y le ha propuesto hacerle nombrar diputado; pero mi marido ha dicho que podría encontrarse, si llegaba el caso, entre su conciencia y su fortuna, y que prefería, por lo tanto, sacrificar toda grandeza mundanal a la oscuridad y paz de su conciencia. Admiro y respeto mucho los motivos que le obligan a obrar de tal manera, aunque mi amor propio disfrazado bajo el color de la fortuna de mis hijos, me conduzca a desear tales honores, y la natural forma y nombradía que lleva consigo un cargo semejante. LXXVI 7 de enero de 1810. La peligrosa ociosidad en que se encuentra mi Alfonso me tiene inquieta. En estos momentos, es cuando necesito para él todo el socorro divino que siempre he solicitado. Sus pasiones empiezan a desarrollarse; temo que su juventud y su vida sean demasiado borrascosas; le veo de continuo melancólico y agitado; no sé lo que pretende. ¡Ah! quisiera encontrar el medio para tenerlo contento. Nos critican por haberle dejado ir a pasar el invierno a Lyón, fiados en su buena fe; pero los que tal hacen desconocen las razones que hemos tenido para ello. Muchas veces conviene dejar que diga el mundo lo que quiera y hacer lo que nosotros creamos mejor. El parece que desea adquirir relaciones y tiene afición al estudio; contando con recursos suficientes, es mucho más fácil en una población grande ocupar el tiempo, huyendo de los peligros de la ociosidad, que en una población pequeña, donde hay que hacer siempre la misma cosa. Por otra parte, estoy muy contenta de que todo el mundo no lo vea así, porque siendo, como es, de aspecto gallardo y elevada estatura, podría también tentar a los agentes del Emperador para que no admitiesen en reemplazo suyo el substituto que le hemos comprado para que sirva en el ejército. LXXVII Milly, 11 de abril de 1810. Desde ayer estoy en este pueblo con Cecilia y Eugenia; el tiempo es magnífico; he querido venir a gozar de una hermosa mañana de primavera, y lo he conseguido por completo. Hoy, desde que me he levantado, he estado en mi jardín por espacio de más de tres horas leyendo, rezando, reflexionando y dando gracias a Dios por sus beneficios, que procuro aprovechar tan bien como es posible. La hora ha sido deliciosa, los árboles están cargados de flores y capullos que perfuman el aire. Empiezan a brotar las hojas, a cantar los enamorados pajarillos y a zumbar los insectos. Es esta la época en que resucita la Naturaleza de su muerte aparente durante el invierno, y en que más se disfruta de ella en estos solitarios parajes. Por desgracia, tengo necesidad de volver a la ciudad, donde he de permanecer algún tiempo. Será la voluntad de Dios el que yo me aleje de estos sitios; cúmplase, pues, su santa voluntad. El domingo estuvo a comer con nosotros M. Morel, distinguido dibujante y buen músico; es él quien ha trazado la mayor parte de los jardines ingleses que admira todo el mundo en los alrededores de París. Ha venido aquí para hacer algunos trabajos que le ha encargado M. Rambuteau. He tenido ocasión de hablarle y me ha dicho que había sido muy amigo de mi madre y de mi padre, con lo cual he tenido una alegría grande; en su consecuencia, le he convidado a comer y he tenido la satisfacción de entrar en relaciones con él. Es ya muy viejo, pero conserva perfectamente expedito el uso de todas sus facultades, a pesar de sus ochenta y cuatro años, lo cual se atribuye a su gran sobriedad; dice que jamás ha bebido vino. Esto me ha confirmado en el propósito que yo tengo hecho de no beberlo nunca. Creo ver mañana a M. Rambuteau, porque dice que ha asistido al casamiento del Emperador y tengo deseos de saber algo de aquella ceremonia tan magnífica, según dicen todos; las iluminaciones parecen haber excedido a todo cuanto se había visto hasta hoy en su género. He aquí una cosa que me hace reflexionar sobre la insignificancia de lo que se ocupan los hombres, puesto que uno de sus mayores placeres consiste en reunir algunos centenares de candilejas colocándolas unas junto a otras, es decir, que podemos exclamar fundadamente: -¡Vanitas, vanitatum!- un poco de luz, un poco de ruido y otro poco de humo; ¡esta es la gloria a que todos aspiramos! ¡Y pensar que yo la deseo para mi hijo! LXXVIII Milly, 17 de abril de 1810. He pasado sola, en Milly, un día delicioso. Hace un tiempo precioso. Nunca he paseado tanto. He leído el primer volumen de un libro interesantísimo; se titula -Itinerario de París a Jerusalén-, por M. de Chateaubriand. Es una obra excelente. Ayer fui a Changrenon a hacer una visita a madame Rambuteau, en compañía de la cual se encuentran actualmente M. de Narbonne, su padre, su marido y su hermana. Tenía curiosidad de volver a ver a M. de Narbonne, quien había sido en otra época muy amigo de mi hermano mayor (secretario en la embajada de Holanda y hombre distinguido). He hablado con él, y parece persona muy amable; dicen que goza de la consideración del Emperador. Se habla de él para el ministerio de Relaciones Exteriores. Ha hecho una grande acogida a Alfonso, y le ha comprometido a que vaya a visitarle cuando esté en París; pero tengo para mí que esto puede acarrear más daño que utilidad. Yo no pido para mis hijos las grandezas de este mundo; únicamente deseo para ellos un modesto y tranquilo bienestar, adquirido en el cumplimiento estricto de sus deberes. LXXIX 11 de octubre de 1811. Alfonso me escribe desde Roma cartas llenas de entusiasmo sobre los monumentos de esta ciudad célebre; mucho me gustaría estar en su compañía, pero mi pobreza no me lo permite. Los gastos de su viaje nos ayudan a cubrirlos sus tíos. Para este objeto, nos dieron ayer trescientos pesos. Alfonso, si es económico, podrá pasar con cuatrocientos pesos el invierno en Nápoles, pero como es joven y de imaginación viva y ardiente, ¿qué va a hacer entregado a sí mismo en los países lejanos? Yo, que aspiraba a verle partir, aspiro ahora a verle volver; durante el día, lo recomiendo veinte veces a la protección divina, ¡Qué desgracia es tener un hijo desocupado! A pesar de la repugnancia de la familia por verle servir a Bonaparte, deberíamos mejor pensar en él que en semejantes repugnancias; cuando se trata de los hijos conviene hacer caso omiso de las opiniones políticas. Yo confío en que su amigo M. Almón de Virieu irá a reunírsele; es un bellísimo sujeto, ya entrado en años, y que ha de serle de gran utilidad en algunas circunstancias. * * * * * En esta época fue cuando yo abandoné Roma para ir a Nápoles, en cuya ciudad hice la vida errante y poética descrita en el episodio, verdadero en su fondo, titulado -Graziella-. (Véase el primer volumen de las -Confidencias-). LXXX Hay aquí una grande interrupción. El -diario- no continúa hasta que su hijo ha vuelto de sus viajes, el 24 de julio de 1812. 24 de julio. Más de quince días hace que me encuentro aquí; fue el 7 de julio el día que vine a establecerme; mi esposo ha estado en la ciudad con Cecilia. Los primeros días creí disgustarme porque no experimentaba el placer ordinario que siento cuando estoy en el campo, pero desde que vine, he ido acostumbrándome poco a poco y me encuentro ya muy bien. Mis paseos solitarios, el trabajo y la lectura en compañía de mis hijas y el cuidado de algunos enfermos, todo ha recobrado para mí su interés ordinario, y yo he estado tan bien como merezco, si puedo estarlo. Solamente Dios sabe cuán escasos son mis merecimientos. Pero esta tranquilidad ha sido turbada por una circunstancia. LXXXI 10 de agosto de 1812. Me encuentro ya en la deliciosa morada de mi cuñado el abate Lamartine, en Montculot, en medio de bosques y de fuentes, en una especie de desierto que parece una abadía. Debiera estar aquí en paz, y sin embargo no es así; los cuidados de madre de familia me siguen por todas partes, incluso aquí mismo. ¡Ah! ¡cuántos reproches debo echarme en cara! Soy extremada en todo, toda del mundo, y en la soledad, acaso demasiada austera; los objetos presentes agítanse con violencia sobre mis sentidos; en fin, yo sufro. Ofrezco todas mis penas a Dios, rezo muy poco y leo mucho; estoy excesivamente impresionada por la brevedad de la vida y la necesidad de prepararme para la eternidad. Trato frecuentemente de penetrarme de lo que recuerdo haber escrito una vez, esto es, que yo no quería considerar esta vida más que como un purgatorio, y que todas las penas que Dios me envíe debo encontrarlas dulces en comparación de las que yo merezco. Lo que me hace temblar es el porvenir de mis seis hijas. ¡Cuántos disgustos preveo por esta causa!; pero el tormento que semejante previsión me ocasiona es condenable, porque vengo probando de continuo que el socorro de Dios jamás me ha faltado en circunstancia alguna, y que con mayor fuerza de razón debo yo considerar ser éste el verdadero centro de mi vida. LXXXII 17 de diciembre de 1812. Nuevamente he regresado de Milly para instalarme en la ciudad: al pasar por Changrenon he comido en casa de Mme. Rambuteau, lo cual me ha causado un placer grande, porque hemos hablado mucho de personajes de París que conocimos durante nuestra juventud. LXXXIII 31 de enero de 1813. Mañana se anuncia, al fin, el casamiento de mi primera hija, con un gentilhombre del Franco Condado, que se llama M. de Cessia. Cecilia es muy bella y más joven que él. A pesar de la diferencia de edad, él es muy bueno y razonable. A los dieciséis años recibió una herida formando parte del ejército de Condé, y cojea un poco. Vive con su padre; que cuenta ya ochenta y seis años, de carácter imperioso y absoluto, y dos hermanos solteros. Es un excelente casamiento que, aunque me preocupa un poco, espero ha de hacer la felicidad de mi Cecilia. Alfonso está en París; ha sido muy bien acogido por M. de Pansey, consejero de Estado y presidente del Tribunal de Casación. La prima de Alfonso, madame de Pré, quien vive en compañía de M. de Pansey, es una persona muy amable, aunque de mucha edad. Me admira que en las postrimerías de la vida y cuando vamos a perder ya todo lo que pertenece a este bajo mundo, seamos todavía sensibles a la ambición... He penetrado en el cuarto de Alfonso y examinado sus libros, quemando aquellos que yo creo perjudiciales: he encontrado el -Emilio-, de J. J. Rousseau; me he permitido leer algunas páginas; no me pesa, porque, los párrafos que he visto me han parecido magníficos, y me han hecho un gran bien, tanto, que voy por mí misma a copiar alguno. Es bien sensible que semejante libro esté envenenado por tantas extravagancias, buenas únicamente para ahuyentar la fe y el buen sentido de los jóvenes. Quemaré este libro, y sobre todo, la -Nueva Eloísa-, más peligroso todavía, porque éste exalta las pasiones al propio tiempo que debilita el espíritu. ¡Qué lástima que un talento tan grande como el de Rousseau enloquezca de este modo! Yo no temo nada por mí, puesto que mi fe está bien cimentada y es superior a toda tentación; ¿pero y mis hijos, Dios mío?... Por causa de Alfonso he tenido hoy un gran disgusto: han enviado de Lyón y de Italia a sus tíos y tías gran número de notas por las muchas deudas que ha contraído durante sus viajes; la familia, que sabe que yo le mimo, me hace responsable de sus desaciertos; me han hecho en este sentido muchos cargos, por lo que he derramado lágrimas de amargura. ¡Ah! efectivamente: ¡las faltas de mi hijo son mis faltas! ¿Por qué no hube de ser yo más severa para él desde un principio? El hubiera temido el disgustarme, de esto estoy bien segura: es verdad que no me amaría, tal vez con la misma pasión, y que después, por circunstancias más graves, el temor de afligirme hubiera sido tal vez para él como una segunda conciencia. ¡Todo se pagará; pero antes pagaré yo en reproches fundados y lágrimas amargas las ligerezas de mi pobre hijo! Ahora se encuentra en París; M. de Larnaud, excelente sujeto, de ingenio distinguido, vive en el mismo hotel y es íntimo amigo de mi cuñado, quien acaba de recibir una carta confidencial de su amigo Larnaud, en la que se le advierte que su sobrino está en peligro, porque, arrastrado por sus amigos, se deja dominar por la pasión del juego; que pasa las noches en casa de M. Livry, casa en la cual puede perder fácilmente toda su fortuna, que si bien es cierto trabaja la mayor parte del día con gran asiduidad, el cansancio del estudio y el poco dormir pueden quebrantar su salud, si no lo alejan de París a todo trance. Al saber esto, me he puesto en camino inmediatamente para París, en compañía de mi segunda hija, Eugenia, de quien he hecho mi confidente. He tomado de la gaveta de mi marido todo el dinero que dejó en ella cuando salió para Borgoña, donde se encuentra en casa del abate Lamartine. Mi amiga, madame Paradis; mi cuñado, M. de Lamartine, y mis cuñadas, me proporcionarán más. He escrito a mi esposo para prevenirle y evitar al mismo tiempo la escena de reproches que él dirigirá naturalmente a nuestro hijo al saber el género de vida que hace. Al llegar a París no quise apearme en el mismo hotel donde se aloja Alfonso para no causarle una emoción de sorpresa demasiado fuerte y dolorosa, y porque yo temblaba con motivo de la carta del buen M. de Larnaud, ante el temor de que mi hijo estaría muy cambiado, y que semejante cambio podría afectarme de una manera muy visible a sus ojos, al encontrarme frente a frente sin ningún preparativo anterior. Determiné, por lo tanto, visitar antes secretamente a M. y Mme. de Larnaud, para que me lo contasen y prevenirlo todo convenientemente. Descendí, pues, ante una fonda de la calle Richelieu, muy cercana a la que él habita; era aún de día. ¡Dios mío! ¡cuánto sufría al retardar hasta el día siguiente el placer de abrazarle, después de visitar a M. y Mme. Larnaud! Estaba yo abatida por la inquietud, llorando y rogando sentada en un canapé, con los balcones abiertos. Eugenia se asomó a ellos para ver pasar los coches que se dirigían a la Opera o al teatro Francés; de pronto lanzó Eugenia un grito, diciendo: «¡Mamá, ven, creo que veo a Alfonso!» Corrí a la ventana y le reconocí efectivamente: iba en un elegante cabriolé que él mismo guiaba, acompañado de otro joven: su aire era alegre y animado, lo cual me quitó gran parte del pesar que me oprimía; acababa de ver que estaba bien. Todas mis inquietudes desaparecieron al verle; no quise en manera alguna interrumpir su diversión de aquella noche. * * * * * Al día siguiente me levanté temprano, con la impaciencia de ver a mi hijo, y preocupada por el efecto que le había de producir mi visita, y el temor de encontrarle delicado, poco dispuesto para venirse conmigo, o acaso enredado en algún mal negocio. Por fin le escribí dándole cuenta de mi viaje y de las razones que lo habían motivado: se presentó inmediatamente y pareció como que se admiraba mucho de vernos, sintiendo y deplorando la conducta que habíamos observado. Su salud me pareció menos mala de lo que yo temía; me dijo que por ser yo quien había ido a buscarle, se vendría a Mâcón, pero que con ninguna otra persona se hubiera venido; me ha pedido algunos días para arreglar sus negocios, y yo le he concedido ocho: estos días los aprovecharé enseñando a Eugenia todo lo más notable que París encierra. * * * * * Sigue el -diario- con una extensa reseña de París, sus museos y edificios más notables, expresando deseos de presenciar alguna diversión pública, de lo que se abstiene por escrúpulos de conciencia. * * * * * Alfonso nos ha conducido hoy a Saint-Cloud en un cabriolé; es un sitio en el cual pasé la mayor parte del tiempo de mi niñez, cuando mi madre educaba a los hijos del duque de Orleans; en aquellos fui yo extremadamente feliz; salí de allí a los quince años, y desde entonces no había vuelto a ver aquellos lugares, a pesar de que tenía grandes deseos y muy gratos recuerdos de ellos. He paseado todo el parque acompañada de Alfonso y Eugenia; les hacía notar árbol por árbol todos los sitios en donde había yo jugado cuando niña; hubiera querido poder enseñarles las habitaciones, pero esto no fue posible, porque la emperatriz María Luisa las tiene actualmente ocupadas. He dado a Alfonso todo el dinero que yo me había traído, para pagar las deudas adquiridas en el juego. Me he dejado llevar a la Opera por M. y Mme. de Larnaud, quienes me han asegurado que semejante espectáculo no viene a ser más que una academia musical, y, por consiguiente, la Iglesia no lo prohíbe. Me he alegrado mucho de verlo, porque tenía de ello una idea bastante exagerada; no me ha producido la extrañeza que yo me figuraba, según lo que había oído decir; antes al contrario, he sentido una impresión de compasión por aquellas gentes y, a la vez, de cuando en cuando, decíame a mí misma: He aquí la reunión de todas las artes, de todas las reputaciones y talentos, ¿y esto es lo que ha concedido la celebridad en todo el mundo? ¿nada más que esto? Me pareció algo así como una gran función de polichinelas; un juego de niños bien combinado, cuatro diabluras, un poco de fuego producido con alcohol, contorsiones de toda especie y máquinas cuyos secretos se adivinan en seguida, ¡esto es todo! ¡hombres! ¡hombres!... Cuando sentí verdadera compasión por el público, que llenaba el teatro, fue al advertir que muchas personas demostraban fastidio y otras permanecían dormidas desde que dio principio el espectáculo. He conseguido alejar a mi hijo de aquel abismo de seducciones. He vuelto por Rieux, tierra de mi padre, en donde he pasado quince días al lado de mi hermana. El día antes de mi salida mandé celebrar una misa en memoria de mis padres junto a su tumba, donde descansan sus cenizas. El recibimiento de mi marido y de la familia ha sido tan tierno para mí, como frío para mi hijo. Hemos vuelto a Milly. Alfonso parece conformado con esta soledad; trabaja, lee, escribe; siempre en su cuarto; por la noche, junto al hogar, se habla con los vecinos de las derrotas de nuestro ejército y de las calamidades que las locuras de Bonaparte han atraído sobre Francia. La Europa entera se ha puesto sobre él: ¿qué será de esta desgraciada Francia, invadida por innumerables ejércitos extranjeros que ha provocado al mismo tiempo, así en España, como en Rusia y Alemania? ¡Dios mío! ¡cuán cara tienen que pagar los pueblos la pretendida gloria de los conquistadores y de los ambiciosos! Todos los hombres solteros han sido llamados a las armas, los impuestos se han cargado extraordinariamente. Nosotros, por economía, hemos vendido nuestro caballo. LXXXIV 31 de diciembre de 1813. Estamos refugiados en Mâcón; todos los días corre la noticia de que los enemigos van a venir; hay quien asegura ya que han pasado por Génova. He ido a Milly para esconder un poco de trigo por lo que pueda ocurrir, que me parece será de importancia. ¡El año que hoy acaba, ha parecido un sueño sangriento de Bonaparte! ¡Qué será, Dios mío, el que empieza mañana! Tengo esperanza de que caerá... * * * * * Estos puntos suspensivos indican bien claro su deseo de la caída de Bonaparte y de la vuelta de los Borbones, los reyes queridos de su niñez. LXXXV 9 de enero de 1814. Han llegado los enemigos hasta Besançon junto a Lyón; se espera en este sitio una batalla: no sé si deba preocuparme o no por este esperado acontecimiento: el peligro produce sangre fría y concentra en el corazón todas sus fuerzas. Espero y creo en Dios. Las gentes están agitadísimas, y cada cual se deja llevar por sus opiniones. Hago esfuerzos para no decir nada en contra del espíritu de paz y caridad que debe reinar entre los verdaderos cristianos, y a pesar de mi excesiva moderación soy criticada. No importa, tengo fuerza de voluntad para sufrirlo todo. Mis ocupaciones y mis gastos son grandes; tengo poquísimo dinero, puesto que mi viaje me arruinó, y mi marido no quiere reducir nuestros gastos. * * * * * Hasta el día 10 de marzo de 1814 el -diario- no es más que un confuso relato de maniobras de los ejércitos austriacos y franceses, que toman y vuelven a tomar, cada uno a su vez, la ciudad de Mâcón y demás poblaciones vecinas. La batalla del 10 de marzo entre los soldados de Angereau y los del general austriaco Bianchi, a las puertas de la población, se observa con todas sus peripecias en el hogar desgraciado de la atribulada madre que tiembla por la vida de su familia. * * * * * El día 10 (jueves) han tenido otra batalla; los franceses, en número de doce mil hombres, han atacado para rechazar a los austriacos. El combate ha durado desde las siete de la mañana hasta las cuatro de la tarde con igual ardor por ambas partes, pero al fin han sido rechazados los franceses. Las pérdidas han sido casi iguales entre ambas partes; el número de muertos y heridos dicen que asciende a cuatro mil hombres. No hemos estado un momento sin oír cañonazos ni ver pasar heridos. ¡Qué horrorosa jornada! Después de la batalla, la noche que ha precedido al día siguiente, han sido saqueadas casi todas las casas de los alrededores de Mâcón y muchas de la misma ciudad, como la mayor parte de los arrabales de san Antonio y la Barre. Se han cometido muchos excesos de todas clases: He aquí el resultado de esta guerra cien veces maldita. ¡Qué inmensa responsabilidad para los culpables de estas desgracias! Pobres madres que ignoráis en este momento la muerte de vuestros hijos, ¡cuál será vuestro desconsuelo al recibir la infausta noticia! * * * * * Muchas señoras, el señor cura y yo nos hemos presentado al general Bianchi, rogándole cesara el saqueo. Este general nos ha recibido muy cortésmente, pero nos ha dejado ver que no se juzgaba dueño de dominar por completo el pillaje: me parece, sin embargo, que ha tomado alguna medida en este sentido, porque durante la noche han recorrido el pueblo patrullas de soldados a caballo. LXXXVI 17 de marzo de 1814. Se encuentra refugiada en mi casa mi hija Cecilia, que ha venido huyendo del Franco-Condado; el día 9 de marzo alumbró entre el tronar de los cañones y los gritos lastimeros de los heridos. Por todas partes hay soldados; estamos abrumados de gentes a quienes alimentar; tenemos un general en casa, y damos de comer a los que le acompañan, en número de veintiocho. Nos tienen arruinados. Alfonso está en Milly, en donde hay igualmente unos trescientos hombres; cuatro oficiales se alojan en la casa con sus caballos y sus asistentes. Se están temiendo siempre nuevas batallas; sin embargo, creo que se irán alejando de estos contornos, porque las tropas francesas se encuentran junto a Villafranca, y los austriacos entre esta ciudad y sus cercanías. Mi hijo Alfonso salió el 10, con M. Pierreclos, para asistir a la gran batalla frente a Villafranca. Estuvieron un momento cercados por un cuerpo austriaco que se adelantaba oculto detrás de una montaña. La velocidad de sus caballos les salvó; sin embargo, algunas balas atravesaron sus vestidos y uno de los caballos quedó herido. A pesar de este percance, pudieron llegar a Pierreclos y a Milly, abandonados ya estos pueblos por el enemigo. Ayer tuvieron otra batalla junto a Villafranca, en la que los franceses fueron rechazados; se dice que las pérdidas han sido grandes por ambas partes. Han entrado gran número de heridos. ¡Dios mío! ¿cuándo se apaciguará vuestra cólera? ¡Perdonad nuestras faltas y haced que nuestros males terminen! LXXXVII Domingo, 20 de marzo de 1814. Toda, la noche hemos tenido alojados algunos oficiales y algunos soldados; cuerpo de guardia y centinelas en toda la casa. Por fin se han marchado. Todo esto nos cuesta grandes tesoros, además de las cantidades que ellos nos exigen en calidad de contribución. LXXXVIII Jueves Santo, 7 de abril de 1814. El domingo, día 20, fue tomada la ciudad de Lyón. El general Angereau, que mandaba las tropas francesas, cesó el tiroteo junto a las mismas puertas de la ciudad; el alcalde capituló, dejando tiempo bastante a las tropas francesas para retirarse, lo cual verificaron por la puerta de la Guillotiere, al mediodía de la ciudad. Ni el menor desorden hubo en Lyón. Este hecho nos ha causado gran alegría, porque de seguir mucho tiempo este continuo alojamiento de tropas, quedaríamos completamente arruinados. Ha venido a vernos nuestro hijo Alfonso, que se encuentra en Milly, administrando nuestras propiedades y los pueblos que lo han nombrado alcalde. Los aldeanos lo quieren mucho. Les ha enseñado los medios de hacer economías y contribuido él mismo para realizarlas. Todos dicen que se ha portado muy bien durante su gestión administrativa. Estoy de ello muy satisfecha. Según se dice, nuestra querida Francia, muerta en la actualidad, resucitará, saliendo de la tiránica opresión en que está sumida dos años hace. LXXXIX 10 de abril, día de Pascua. Lyón, Burdeos y París han levantado bandera blanca, y se han puesto la escarapela del mismo color; Bonaparte ha sido declarado indigno del trono que no ha sabido sostener, y dicen que irá a la isla de -Elba-, que le ha sido concedida en soberanía, además de seis millones de renta anual. Llega en este momento un correo de Lyón con bandera blanca; el Ayuntamiento de aquí se ha reunido para resolver si se declararía la caída de Bonaparte y la soberanía de los Borbones. Mi marido, mi yerno M. de Cessia y Alfonso, han asistido; yo les animé cuanto pude, porque para Francia no hay más salvación que la conciliación con Europa, bajo la salvaguardia de los antiguos reyes que hoy se encuentran desterrados. No creo que sea imprudente declararlo desde luego: el extremado ardor con que yo defiendo lo que creo justo, me está produciendo serias desazones; se me ha tachado de imprudente. Nada sabemos aún de positivo sobre los acontecimientos actuales; se dice que París fue tomado el 31 de marzo, y estamos a 10 de abril sin haber recibido todavía noticias oficiales. Se temía igualmente que hubiera algún trastorno con motivo de los pronunciamientos, y algo debe haber de verdad sobre esto porque anoche hubo en el paseo una intentona. Hoy hemos pasado sin saber noticias de París, el pueblo estaba excitadísimo, cuando allá sobre las seis de la tarde llegó un correo portador del -Senatus consulto-, que declaraba la caída del imperio. El gozo fue grande. Este aumentó por la noche con las noticias que se recibieron de la abdicación de Napoleón y la exaltación de los Borbones. Todo el mundo estaba en el paseo; éste parecía atestado materialmente, el tiempo era magnífico; hablábanse las gentes sin conocerse apenas. Se reunían, se felicitaban, se abrazaban; era aquello una manifestación general de entusiasmo. Hubo luego iluminación y se prolongó el paseo hasta la madrugada. Al día siguiente tuvo lugar la solemne proclamación del nuevo orden de cosas, con músicas y luminarias; se dieron gritos de «viva el rey.» He tenido hoy a comer y almorzar a muchos miembros del consejo provincial, que han llegado de Mâcón, donde han sido convocados por el gobernador de la provincia. He salido para Milly con mis tres pequeñitas. Estoy contenta y necesito pasar aquí algunos días de reposo para ordenar en calma las ideas que agitan mi cerebro. Mañana procuraré escribir algunas reflexiones que me han sugerido los acontecimientos ocurridos. * * * * * En las reflexiones que vamos a copiar, escritas en su retiro de Milly, se advierte desde luego el sentimiento, tanto tiempo comprimido, que la madre de familia abrigaba contra la dominación militar de Bonaparte, y los deseos de que la Francia estuviera gobernada por un gobierno más pacífico, que ella creía de buena fe había de ser el de los Borbones, a cuya familia amaba desde su niñez. Esta página viene a ser el lirismo de la esperanza, después de la desesperación. Un régimen tan odiado por las mujeres no podía ser por ningún estilo todo lo popular que los historiadores del partido quieren hacernos creer. Continuemos leyendo las impresiones de aquella madre amantísima. * * * * * Milly, viernes 15 de abril. Señor, jamás hubo en el mundo una criatura más colmada de vuestros beneficios que esta humilde pecadora. A medida que voy avanzando en edad, me encuentro rodeada cada día de una protección particular de vuestra divina piedad. En medio de todo lo que acaba de suceder, no he sufrido particularmente una sola desgracia. Mis hijos se encuentran todos a mi lado. Conservo a mi único varón, cuando tantos otros padres han perdido los suyos. Su salud se modifica de continuo, tanto, que puede decirse ya que está del todo restablecido. Todo lo que os pido, Dios mío, es que le hagáis un buen cristiano. Combato, por mi parte, todo lo que puedo, todos los impulsos que la ambición pretende encender en mi pecho; todo esto que pido es en bien de mi hijo, de su alma. Pero al pedir en bien del alma (y no deseando realmente más que eso), siento una tristeza y un desfallecimiento que me causa horror. Acaso este será un castigo de Dios por haberme inclinado demasiado a las cosas mundanas; será que se me advierte la pérdida de los goces verdaderos; yo así lo creo, porque antes de ahora, cuando me dedicaba a Dios solamente, era feliz en mi retiro, me alzaba sobre las miserias terrenales y sentía una , , 1 , , 2 , . 3 . 4 5 6 7 8 9 10 , . 11 12 13 . 14 15 . 16 . 17 ; 18 , 19 ; , . 20 , 21 . 22 23 24 25 26 27 28 . 29 30 31 : . 32 ; , ; 33 , . 34 35 36 , 37 , . 38 39 . 40 41 , 42 . 43 . 44 , . 45 , . 46 47 48 49 50 51 52 . 53 54 55 , 56 ; , 57 . 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