* * * * *
Aquí hay muchos detalles exclusivamente domésticos que continúan el
-diario- hasta el día 30. Después sigue de este modo:
30 de julio.
A las diez de la mañana de ayer salimos de Milly para Changrenon, donde
vamos a pasar el día con los señores Rambuteau, nuestros vecinos. El
señor Rambuteau (hijo) es un joven muy simpático, noble, distinguido, de
un trato social muy fino y franco a la vez. La señorita de Rambuteau es
hermosísima, y bien quisiera yo que mis hijas se le pareciesen. Esta
joven es aquella célebre Madame de Mesgrigny, tan admirada por su
belleza en la corte de Napoleón.
Hemos sido obsequiados en casa de estos señores, entre otras cosas, con
la ejecución de algunas piezas musicales cantadas al piano con una
maestría incomparable por la señorita y su maestro: este profesor tiene
una preciosa voz de bajo y se llama Brevaí, quien no desperdicia ocasión
para educar a su discípula; ella, en cambio, hace honor a su maestro,
pero la palidez de su rostro indica que debe fatigarse demasiado en el
estudio.
* * * * *
A la vuelta de Changrenon me encuentro con una carta de mi hermana en la
cual me da noticias de mi hijo Alfonso, muy satisfactorias por cierto.
Me participa también que uno de sus arrendatarios de Vaux, a quien
durante la Revolución le había arrendado las tierras, le ha entregado
cuatro mil pesos, después de haber reconocido por sí propio que lo que
pagaba no era justo: además, se ha comprometido a pagarle por espacio de
veinte años una asignación en frutos de la cosecha. De estos raros
ejemplos de honradez y probidad debemos conservar eterno recuerdo.
¡Si todos imitáramos al arrendatario de mi hermana, cuán felices
fuéramos en el mundo!
XXXIV
31 de julio.
El día de hoy ha sido funesto para nosotros; una tempestad de granizo ha
destruido nuestros viñedos. Esto es más sensible, por cuanto las cepas
están cargadas de racimos que han sido destrozados por el furioso
vendaval y el granizo que despedía a su paso. Estoy muy triste; pues que
además de haber perjudicado nuestro pequeño bienestar, los pobres
viñadores de la comarca quedan en la miseria. El sentimiento que en
estos momentos agobia mi alma, indica que aun a pesar mío, estoy
adherida a las cosas mundanas; creía que las cosas terrenas me eran
indiferentes, y observo que al menor contratiempo sucumbo. ¡Oh, Dios
mío! Que llegue con vuestra ayuda a comprender lo pasajero e
insignificante de este mundo y lo eterno de los bienes del cielo.
XXXV
10 de agosto de 1801.
Me encuentro en cinta, y tanto a mi marido como a mí nos trae esto
preocupados y tristes. ¿Cómo, siendo nuestra fortuna tan pequeña,
habremos de sostener una familia tan numerosa? Es necesario resignarse;
acaso este nuevo hijo que Dios me concede, será entre todos el que me
proporcionará mayor satisfacción.
* * * * *
El hijo a que mi madre se refiere, fue una niña que se llamó Sofía. Fue
después esposa del conde de Lligonnés, gentilhombre de la Lozare; en
este matrimonio tuvo una familia muy numerosa que fue modelo de virtud y
de nobleza. Esta familia vive hoy en Mende, respetada y querida de
todos.
Las fechas que siguen a ésta, vienen consagradas a circunstancias
exclusivamente domésticas, como son: recetas para la cura de
enfermedades, observaciones médicas sobre el estado de los aldeanos
enfermos que ella había aprendido a curar con ayuda de los libros de M.
Tissot.
Después anota algunos acontecimientos de poca importancia, al parecer,
pero que en los pueblecitos son acontecimientos verdaderos, como por
ejemplo:
26 de agosto.
Ayer ha venido aquí un mercader ambulante. Cuando estas gentes aparecen
por aquí, el otoño se acerca. Esto fue un acontecimiento para los niños
del lugar.
No pensaba en desgracia alguna, cuando me han avisado que un niño ha
caído dentro de la lejía caliente que su madre tenía para limpiar la
ropa: ha sido un gran descuido.
Espero salvar a la pobre criatura.
XXXVI
2 de septiembre de 1801.
Estoy enferma de inquietud y sobresalto. Ayer fuimos otra vez castigados
por una horrorosa tempestad que ha acabado de destruir nuestras
cosechas. Se presentaba un año muy bueno, y apenas nos quedará para
vivir y dar de comer a las pobres familias de nuestros trabajadores.
Semejante desgracia nos obliga a hacer mayores economías. El proyecto
que teníamos hecho de ir este verano a Mâcón con nuestras niñas, se ha
frustrado y no sería extraño que hubiéramos de vender nuestro caballo y
también el coche.
Si Dios lo quiere así, paciencia; yo procuraré consolarme en mis
desgracias, y no teniendo que agradecer nada a este mundo, tendré a él
menos afición.
Nada endurece, nada ilusiona tanto como la prosperidad; y lo que a la
Naturaleza parece duro, es, acaso, una de las mayores gracias de Dios,
que deseando atraernos al verdadero bien, nos priva de todo aquello que
sólo es polvo. Si ayer me hubiera hecho estas reflexiones, hubiera sido
mejor: me considero, por tanto, culpable de esta falta.
Cuando nos ocurre alguna desgracia, mi marido sufre mucho en el acto,
pero después tiene más valor que yo. Esta mañana me decía: «Siempre que
ni tú ni mis hijos me falten de este mundo, lo demás poco me importa;
mis bienes y mi felicidad están en vuestros corazones.» Después ha
rezado conmigo mientras la tempestad bramaba furiosa y rompía las ramas
de los árboles. Los pobres aldeanos lloraban en el patio al ver la
catástrofe.
He leído esta noche -Un viaje a los Pirineos-, por M. Dusaux. La lectura
de este libro me ha interesado mucho, porque precisamente fue escrito en
el año 1788, época en que yo debí, en compañía de mi madre, haber hecho
un viaje por aquellos lugares; con bastante disgusto mío, hubimos de
detenernos en casa de unos parientes que teníamos en Limoges, que tenían
unas posesiones a seis leguas de la ciudad; pasamos allí una temporada;
llegó la primavera y con ella la noticia de que la duquesa de Orleans
necesitaba de la compañía y los consejos de mi madre, pues la Revolución
había empezado en París. ¡Lástima grande haberme perdido este viaje a
los Pirineos! Esos montes, esos valles, que yo conozco y que nacieron al
mismo tiempo que las grandes obras de la creación, deben encerrar
grandes maravillas, y las personas sentirán al verlos la aproximación
del infinito.
Durante las noches clarísimas, cuando el firmamento aparece cubierto de
estrellas y pretendo contar uno por uno aquellos mundos de luz más
grandes que el Sol y la Tierra, me consuelo ante aquellas miriadas de
mundos de no haber podido visitar las pequeñas porciones de tierra que
se llaman los Pirineos, o las insignificantes gotas de agua del Océano.
* * * * *
Hoy hace veinticuatro años que comulgué por vez primera. ¡Cómo se aleja
la existencia! Sólo es un sueño la vida, ¡Dios mío! Dadme el sueño tan
doloroso como queráis, pero concededme un buen despertar.
XXXVII
11 de septiembre.
Han venido a pasar el día con nosotros mi cuñado y la señorita de
Lamartine, su hermana. Me han dicho que mi buen hermano está bien de
salud y que mi pobre hijo Alfonso ha ganado dos premios por su
aplicación en el estudio, y que sus maestros están muy satisfechos de su
comportamiento. Esta última noticia me ha enorgullecido bastante. Ruego
a Dios perdone mi vanidad, pues yo no he contribuido en nada a la
creación de la bondad que en el fondo del alma de mi hijo existe.
Esta tarde hemos recibido la visita de Mme. de Lavernette, que se ha
detenido aquí a su regreso de Lyón: me ha dicho que ha visto a mi
querido hijo Alfonso y que sus profesores le han dicho que el pobrecito
hace cuanto puede por salir airoso en la carrera.
Su padre disimula la satisfacción que le causa el oír elogiar a su hijo,
pero en realidad está más orgulloso que yo. ¿Cuánto durará esta
satisfacción? Del niño al hombre hay una distancia grande. Mme.
Lavernette me ha hecho entrega de una carta de Alfonso en la cual me
dice que desea vivir con nosotros. Yo temo que cuando venga lo
encontraré pálido, ojeroso y flaco. Y esto me tiene preocupada.
Las madres no podemos ser felices nunca. Cuando tenemos motivos para
felicitarnos, nosotras mismas envenenamos nuestra felicidad con
presagios y presentimientos tristes.
XXXVIII
18 de septiembre.
Hoy he ido a Mâcón a recibir a Alfonso.
El corazón me late cuando pienso que de aquí a pocas horas veré a mi
querido hijo.
* * * * *
Al fin, aunque algo tarde, ya ha llegado.
He rogado a Dios en el oratorio de las señoras Forcard, religiosas
exclaustradas que han hecho de su casa un convento. He calmado mi
ansiedad al pie de los altares.
Mi Alfonso ha llegado muy bien.
Yo creo que no ha perdido la piedad que yo he procurado comunicarle;
esto me causa mucho temor.
XXXIX
23 de septiembre.
Hoy ha comido con nosotros M. Blondel, antiguo amigo nuestro. En la mesa
hemos hablado (tal vez demasiado) de Alfonso. Hemos leído algunos de sus
escritos y una composición poética que hizo por encargo de su padre,
habiendo quedado todos muy satisfechos y particularmente yo, de las
condiciones y el talento que parece poseer mi hijo. Acaso sean estos
pensamientos únicamente dictados por el amor de una madre, que siempre
ve en sus hijos agrandadas sus buenas cualidades y empequeñecidas las
malas.
* * * * *
Sigue el -diario- conteniendo detalles minuciosos y demasiado íntimos
que se relacionan únicamente con la vida doméstica.
XL
6 de octubre de 1801.
¡Cómo pasa el tiempo! Hoy es para mí una fecha memorable. ¡Doce años han
transcurrido!
Lo recuerdo perfectamente. Era aquel famoso 6 de octubre, tan fatal para
la real familia de Versalles, y yo me encontraba entonces en Chatou
junto con mi madre. Las dos regresábamos de Mesnil con intención de
llegar hasta París; hubo necesidad de caballos para reforzar el tiro, y
a falta de éstos hicimos noche en Chatou, alojándonos en casa de Mme.
Duperron, amiga nuestra. Esta interrupción de nuestro viaje fue para
nosotras una suerte, porque París bullía entre las agitaciones
revolucionarias. En casa de M. Duperron pasamos la noche en continua
alarma, pues M. de Lambert, su yerno, se encontraba de servicio militar
en el palacio de Versalles. La esposa, los hijos, toda la familia, en
fin, temblaban por su vida.
Después de algunos días pasados en Chatou, nos dirigimos a Lyón sin
pasar por París, acompañándonos Mme. Montbriand. Esta señora había sido
como yo, canonesa de Salles.
Este viaje determinó mi casamiento con el caballero Lamartine. Cierto
día nos vimos en el capítulo de Salles, en casa de la condesa Lamartine
y desde entonces ya nos amamos siempre.
Nos detuvimos veinticuatro horas en Mâcón, porque hubo necesidad de que
arreglaran el carruaje, uno de cuyos ejes estaba roto y tuvimos ocasión
de visitar a toda la familia Lamartine, que nos obsequió en extremo.
Estaba a la sazón el caballero Lamartine incorporado al regimiento.
Durante el día que pasé en Mâcón creí haberme atraído las simpatías de
su familia, desapareciendo alguna pequeña dificultad, que a causa de no
conocerme a fondo habían puesto para el casamiento. Este quedó
concertado.
Me complazco en recordar todos los detalles ocurridos durante aquella
semana del mes de octubre, porque a ellos debo mi felicidad.
Doy gracias a Dios por haberme conducido otra vez a Mâcón, donde en
compañía de mi marido y de mis hijos soy feliz y afortunada.
XLI
El día 7 de octubre y los siguientes no tienen interés.
11 de octubre.
Mi madre me dice en carta que hoy he recibido, que se dispone a volver
de Alemania con la señorita de Orleans; esta joven princesa tiene un
miedo terrible al mar y no quiero atravesar la Francia; por estas
causas todavía no han resuelto hacer el viaje a España.
Ayer fui en compañía de mi cuñado a un pueblecito de Champagne junto al
castillo de Peronne, perteneciente a mi familia. M. de Lamartine me ha
enseñado una casita que acaba de edificar en el pueblo, la cual quedará
como herencia para nuestros hijos. Mi cuñado habla de ellos como un
verdadero padre de familia.
Con todas estas tierras que deben heredar de sus tíos, tendrán mis hijos
un buen porvenir. ¡Quiera Dios que sean ricos en honor y piedad, que es
lo que constituye la verdadera riqueza!
Diariamente hago leer a mi hijo Alfonso una parte de un libro religioso
escrito por un sacerdote alemán: en este libro se aprende a comprender
la religión y su emanación de la Naturaleza. La inteligencia de Alfonso
me satisface, pero temo haya de darle algún disgusto su carácter
demasiado altivo e imperioso, si no se corrige. Con mucha frecuencia se
incomoda con sus hermanos, y esto me disgusta.
XLII
9 de noviembre de 1801.
Las ocupaciones no me han permitido continuar este -diario- hasta hoy.
En este momento llego de Lyón; he ido a acompañar a mi hijo al colegio.
Esta nueva separación de mi Alfonso me ha causado hondo pesar. Durante
la misa que esta mañana he oído en la capilla del establecimiento, sólo
veía los hermosos cabellos rubios de mi hijo en medio de aquella
multitud de cabecitas puras como las de un ángel.
¡Qué sensible es, Dios mío, haber de abandonar a manos mercenarias el
tierno pimpollo de nuestro corazón!
Al salir de la iglesia he experimentado una profunda melancolía. Ni la
isla de Baebey de Fourvieres, las pintorescas montañas del Saona, ni el
bullicio de las gentes que bajan por la pendiente de la Cruz Roja y
Lyón, han conseguido distraer mi imaginación. Parecía yo al Abraham
bíblico cuando vuelve la vista para contemplar a Agar y su hijo,
abandonados en el desierto, menos peligroso ciertamente que esta
multitud inmensa, donde las madres, obligadas por la sociedad, abandonan
a sus hijos.
Todo el día de hoy lo he pasado en compañía de Mme. de Vaux, mi buena
hermana, y mezclado mis lágrimas a las suyas, pues también es muy
desgraciada.
Ocho días he pasado en Lyón para poder ver alguna vez más a mi Alfonso y
con el fin de acostumbrarme a estar separada de él.
El abate Lamartine, que habita en su propiedad próxima a Dijón, nos cede
su casita próxima a la calle de Ursulinas en Mâcón, donde pasaremos el
invierno. Esta casa está junto al palacio de la familia que habitan mi
hermano político M. de Lamartine y sus dos hermanas.
* * * * *
El día 10 de enero de 1802 está anotado únicamente con acciones de
gracias a la Providencia por los beneficios recibidos durante el año
pasado.
XLIII
7 de enero de 1802.
Bonaparte ha pasado por aquí en dirección a Lyón, para presidir los
«Cisalpinos». ¡Quién sabe lo que resultará de tal reunión!
En este momento acabo de escribir a mi madre que se encuentra en Liorna
preparándose para embarcar con dirección a España, acompañando a la
señorita de Orleans. Que tenga un feliz viaje y Dios bendiga las aguas
que han de atravesar para que no le sucedan las desgracias que tanto
teme. M. de Pierreclos ha sido borrado de la lista de los emigrados y
nos ha visitado hoy. Viene de Lyón y ha visto a mi Alfonso, que se
encontraba con sus profesores en la plaza de Bellecour, de Lyón,
presenciando la revista militar pasada por Bonaparte.
* * * * *
Durante el invierno de 1802, sólo contiene el -diario- las impresiones
de un alma que continuamente se perfecciona por medio del examen de ella
misma, y que lucha continuamente contra las debilidades que le acosan.
XLIV
El 17 de abril, nuestra madre vuelve al campo y recibe algunas cartas de
España.
He recibido estos días una carta de mi madre anunciándome su llegada a
Barcelona (España). Me dice que durante el viaje ha sufrido muchos
contratiempos, entre otros una tempestad en la travesía de Liorna, al
puerto de Rosas, que duró tres días. Momentos después de haber
desembarcado en Rosas, se fue a pique el buque que las había conducido.
La entrevista entre la señora duquesa de Orleans y su hija ha sido muy
tierna: Once años hacía que la Revolución las tenía separadas.
No me dice mi madre cuándo volverá a Francia.
XLV
5 de septiembre de 1802.
La causa de haber interrumpido por tanto tiempo este -diario-, ha sido
porque el día 18 de agosto hube de guardar cama a consecuencia de haber
dado a luz una niña, la cual estoy criando yo misma del mismo modo que
hice con sus hermanos. Ha venido mi hermana para asistirme.
Hemos establecido en casa la costumbre de rezar todos juntos, amos y
criados. Esto ha de ser de mucha utilidad, si se quiere que sea la casa
según la escritura dice: «Una casa de hermanos». La comunión de amos y
criados arrodillados ante Dios, que no distingue entre pequeños y
grandes, levanta el espíritu a elevadas regiones, llamando a los unos a
la igualdad cristiana y a los otros al fiel cumplimiento de sus deberes
religiosos y morales.
* * * * *
7 de septiembre.
Mi madre está de vuelta a París, y ya ha salido de España.
XLVI
2 de octubre.
Me encuentro en Saint-Point desde ayer, en compañía de Alfonso, Cecilia
y Eugenia; durante el viaje los niños se han divertido mucho. Alfonso,
particularmente, estaba embriagado de alegría al verse caballero en una
mula.
Hemos cogido las uvas del emparrado, de las cuales sacaremos dos toneles
de vino. Mi esposo ha comprado unas fincas con el dinero que su hermano
le ha prestado. Estas fincas le han costado diez mil pesos. ¡Dios quiera
que hagamos fortuna para poder legar a nuestros hijos una pequeña
posición que les permita vivir sin privaciones!
Tengo en mi poder las -Confesiones de San Agustín-, libro que estimo
muchísimo; esta mañana he visto con placer que Alfonso lo estaba
leyendo.
XLVII
28 de octubre.
Con la mayor tristeza he vuelto a acompañar a mi Alfonso a Lyón. Mi
madre me ruega, en todas las cartas que me escribe, que vaya a
consolarla: se encuentra en Rieux, pequeño pueblo junto a Mont-Mirail. A
su regreso ha encontrado todos sus asuntos tan embrollados, que la pobre
está disgustadísima. Iré sola, porque no quisiera agravar sus gastos;
fuera muy mal hecho el que yo favoreciera mis comodidades mientras mi
madre sufre acaso la pérdida de sus bienes.
Con el objeto de emprender el viaje con entera libertad, he dado a criar
mi pequeñita a una robusta aldeana de Milly. El viaje que voy a
emprender es largo, pero me siento tan ágil como si tuviera quince años.
Ayer fui a oír misa a Bussiers e hice el camino a pie, aunque el
trayecto es largo y malo y el tiempo estaba lluvioso, no sentí molestia
alguna. Recuerdo mis buenos tiempos de niña y los paseos que hacía en
compañía de mi padre y de mi hermana desde el castillo de Saint-Cloud al
de Meudon.
Ha muerto mi pobre tía, mi institutriz durante los años de mi infancia.
Estoy preocupada por la suerte de la anciana Jacquelina, su camarera y
mi segunda madre: temo habrá de encontrarse, después de le muerte de mi
tía, completamente sola y en la indigencia acaso.
Yo desearía recogerla en mi casa, pero la familia se opone a ello, y mi
marido teme, con sobrada razón, agraviar a sus hermanos, de quienes
dependemos, pero me ha propuesto que podemos pagar secretamente una
pensión a la pobre Jacquelina, con la cual podrá la viejecita estar al
abrigo de la miseria y la soledad. Yo bien quisiera atender a esta mujer
como ella seguramente me atendería a mí si me encontrase en su lugar;
pero haré cuanto pueda en su favor, librándola desde luego de la
indigencia y proporcionándole cuantas comodidades permitan mis pocos
recursos.
XLVIII
17 de diciembre de 1802.
Alfonso se ha fugado del colegio con dos de sus compañeros. A unas seis
leguas de Lyón los han alcanzado.
Comprendo que la sujeción del colegio se le hace insoportable, y esto me
tiene disgustadísima. La independencia de carácter de mi hijo me
espanta. Procuraré que escriba a su padre pidiéndole perdón por la
falta que ha cometido.
Todos los días leo las -Confesiones-, que procuro imitar en lo posible:
trataré de hacer como Santa Mónica, rogando sin cesar por mis hijos.
XLIX
14 de enero de 1803.
He llegado ayer a Rieux, después de un viaje muy penoso y de haberme
detenido en París algunos días. Desde Coulomiers a Rieux he tenido
necesidad de hacer el viaje montada en un caballo de alquiler, conducido
por un muchacho. Hacía un viento norte muy frío, y no creo que en
Siberia pueda sufrirse tanto como yo he sufrido al atravesar aquellos
montes nevados.
¡Qué alegría ha tenido mi pobre madre al verme!
Ya estoy instalada en mi querida casita de Rieux, donde he pasado tantos
veranos durante mi infancia, pero en estos lugares no se encuentra
aquello que en otros tiempos los vivificaba. Al lado de mi madre olvido
todas las penas. La pobre está muy desfigurada, efecto sin duda de los
disgustos que ha sufrido en viajes y destierros. Ella disfruta
contándome muchas veces cosas interesantes que se refieren a nuestra
familia y a los viajes que ha hecho acompañando a las princesas. Me
admira su resolución, su prudencia ante los grandes peligros y su
cautela y firmeza en los actos que realiza. Está muy vieja ciertamente,
pero conserva en su espíritu la juvenil frescura de otros tiempos. Es
muy sensible encontrarse a su edad en la precaria situación que ella se
encuentra. Yo quisiera ser bastante rica para restablecer su fortuna;
pero es muy poco lo que puedo distraer de las atenciones de mis hijos.
Deseo consignar en este -diario- cuanto ella me cuente de notable.
Ayer me dijo que nuestra familia desciende de Vivarais, y que una joven
de Roys tiene aún como heredera de la rama principal de la casa el feudo
de Rubec, en Montfaucon. Después de la actual poseedora, este feudo debe
pasar a mi madre: acaso entonces pueda vivir con más desahogo. Por falta
de recursos se ha visto obligada a suprimir la camarera, y a su edad
esto es muy penoso. Siempre me acuerdo de sus privaciones cuando
pretendo quejarme de mi suerte.
¡Que Dios auxilie a esta pobre anciana!
* * * * *
Mi madre me ha contado esta noche muchas cosas referentes a Mme. de
Reyniere, viuda de su arrendador y algo parienta nuestra.
M. de Orsay, también pariente nuestro, contrajo matrimonio con una
princesa alemana, parienta del rey de Prusia: un hijo de este matrimonio
se ha casado con una princesa italiana.
Durante estas conversaciones sostenidas junto al hogar, recuerdo las
personas con quienes he vivido durante mi infancia, y de las cuales
quedan muy pocas, después de la terrible sacudida revolucionaria.
Quiero dejar aquí consignada una anécdota muy original, relacionada con
Juan Jacobo Rousseau y la mariscala de Luxemburgo, con la cual mi madre
estaba unida muy íntimamente.
Era la mariscala de Luxemburgo amiga de Rousseau: por casualidad supo
aquélla que la mujer con quien éste vivía estaba en cinta; sin duda,
creyendo que Rousseau quería mandar este nuevo hijo a la Inclusa, como
había hecho con otros, dirigiose a M. Trouchin, de Génova, amigo de
Rousseau, y le encargó que tan pronto la criatura viniera al mundo,
hiciera los posibles por mandársela, para ella encargarse de su cuidado.
M. Trouchin habló de este asunto con su amigo Rousseau, quien al parecer
consintió en que la mariscala fuera satisfecha en sus deseos, los cuales
fueron muy del agrado de la madre de la futura criatura. Tan luego esta
buena mujer dio a luz, avisó a M. Trouchin, el cual presentose en
seguida en la casa, donde le mostraron un hermoso niño. Quedaron
convenidos para el día siguiente en hacerse cargo de la criatura, pero
tan pronto hubo salido M. Trouchin, su amigo Rousseau, embozado en un
capote de paño oscuro, se aproximó al lecho de la recién parida, y a
pesar de sus lágrimas, cogió él mismo a su hijo y se lo llevó al
Hospicio, perdiéndolo para siempre, pues ni siquiera le puso al
entregarlo marca de reconocimiento.
Aquí tienes, hija mía--dijo mi madre,--el hombre sensible como dicen las
gentes.
¡Insensato, le llamo yo, cuya enfermedad cerebral le ha destrozado el
corazón!
Si el genio no es acompañado del buen sentido, no es genio, es locura;
buena prueba de ello son el Tasso y Rousseau.
Si Dios nos envía el genio, bien venido sea, pero una madre solamente
debe desear para sus hijos el buen sentido.
* * * * *
Está nevando copiosamente y hace un frío intensísimo. La campiña se
halla cubierta de nieve. Paso el rato leyendo a Tácito y otros
historiadores de la antigüedad que tanto gustan a mi madre.
Seguramente, que estas aficiones de mi madre debieron nacer a
consecuencia de su trato con los filósofos y literatos que, en otro
tiempo, frecuentaban sus salones.
Mi madre tiene en compañía un sacerdote; llámase este venerable abate
Chauveau y es hombre de mucho mérito. Esta mañana nos ha dicho misa. En
el templo había un bautizo y esto me ha recordado a mis pobres hijos:
los bautizos me enternecen siempre.
He visitado hoy a una pobre mujer recién parida, enferma y sin recursos.
Al reflexionar sobre su miseria y las atenciones de que yo me hallaba
rodeada, he tomado la resolución de no regatear nada, alimentos, ropas,
leñas, dinero, todo, en fin, cuanto pueda facilitar con mis economías a
esta pobre mujer.
¡Cuánto se sienten los ajenos sufrimientos cuando uno los ha probado! Es
muy buena la caridad que se ejerce indirectamente, pero resulta más
eficaz aquella que se hace frente a frente, de corazón a corazón. ¡Que
Dios me inspire con frecuencia en estas resoluciones, y no permita que
olvide el cumplimiento de mis deberes!
La noche pasada he leído a Tácito. Este historiador me entretiene y
casi edifica con sus narraciones; los otros solamente me instruyen.
Tiene mi padre una biblioteca rica en libros de historia; por fortuna no
hay ni siquiera una novela.
Mi madre ha escrito hoy una carta a la señorita de Orleans, que se
encuentra en España, y ha querido que yo también le escriba dos
renglones. Después de esto, hemos salido a paseo y llegado hasta
Mont-Mirail, visitando al mismo tiempo los amigos de la familia. En este
pueblo nos han hablado muy bien de los señores de
Larochefoucauld-Dondeau, que tienen aquí un castillo en el cual reparten
abundantes limosnas a los pobres de la comarca. No hace muchos días que
estos señores han perdido la única hija que tenían; solamente les queda
un hijo que, según dicen, es un guapo mozo de dieciocho años (hoy duque
de Larochefoucauld), del cual se cuentan rasgos de bondad con los
aldeanos de estas cercanías.
Ha llegado ayer mi desgraciado hermano y hecho las paces con mi madre.
Todo le ha sido perdonado y parece en su aire muy formal. Nos ha dicho
que desea marchar a Inglaterra, donde mi madre lo recomendará a los
príncipes de Orleans, que estoy segura harán por él cuanto puedan.
L
Vuelve mi madre a Milly durante la primavera y expresa en su -diario- la
alegría que experimentó al ver de nuevo a su marido y sus hijos. Después
pasa a Lyón para informarse de los motivos que tuvo su hijo para
escaparse del colegio, tomando después de esto la resolución de que
termine sus estudios en otra casa algo más religiosa y paternal que la
que en la actualidad se encontraba.
* * * * *
Sigue el -diario-:
Ayer hice en Lyón algunas compras de telas para arreglar mi cama; he
gastado poco, pues no quiero gastar lo superfluo mientras hay quien
carece de lo necesario.
Estos días se habla mucho de la guerra con Inglaterra: mi hermano me ha
escrito desde allí diciéndome que está muy bien colocado; pero si la
guerra se declara, ¡quién sabe cuál será su suerte!
* * * * *
Hoy he comprado un libro nuevo que he leído esta noche; se titula -Genio
del Cristianismo-; está escrito por M. de Chateaubriand. Yo no sé si
seré competente para juzgar esta nueva obra, pero me encanta su lectura.
* * * * *
Siguen tres meses cuyas fechas llenan el -diario- con detalles
domésticos y exámenes de sus faltas.
LI
Belley, 23 de octubre de 1803.
He podido conseguir de mi marido y de mis hermanos permiso para
trasladar a mi Alfonso del colegio de Lyón al de los Jesuitas
establecido en Belley, al lado de la frontera de la Saboya. Yo misma le
he acompañado; y después de haberlo dejado bajo la confianza de los
padres, he llorado mucho.
LII
27 de octubre.
Esta mañana he visto a mi hijo desde las rendijas que hay en la cerca
del patio del colegio. ¡Pobrecito! Estaba allí en medio de sus
compañeros y a pesar de esto lo he distinguido en seguida. El también me
ha visto y ha venido a decirme que estaba muy contento con sus nuevos
maestros y condiscípulos.
He visitado al abate Montuzer, antiguo prior del capítulo de canonesas
de Salles.
Al anochecer he partido hacia Mâcón y al pasar por frente al colegio de
los Jesuitas, he visto a los colegiales y oído sus gritos alegres: por
fortuna, mi hijo no ha salido a la verja para ver pasar el coche; yo me
alegro mucho, porque hubiéramos tenido un disgusto grande y no conviene
enternecer demasiado el corazón de estos niños que mañana serán hombres
y necesitarán en ocasiones dureza de corazón para sufrir las
adversidades de la suerte.
Yo he llorado mucho durante el día de hoy.
LIII
29 de octubre.
A mi llegada a Mâcón he recibido tristes noticias de mi pobre madre. Mi
hermano se ha visto obligado a dejar el empleo que tenía en Inglaterra,
con motivo de la guerra, y otra vez vuelve a ser una pesada carga para
mi madre, que está vendiendo lo que resta de nuestra posesión de Rieux
para pagar las deudas contraídas durante sus viajes.
Mi hermana me escribe también diciéndome que está muy contenta porque la
señorita de Villars la ha prestado sin interés alguno y a devolver
cuando pueda, mil escudos; esto le ayudará en sus apuros; la señorita de
Villars cumple sus votos de pobreza a pesar de haberle relevado de ellos
la Revolución y el Papa al abolir el capítulo. Ella reparte su numerosa
fortuna entre su familia y las antiguas compañeras pobres del capítulo
de Salles y pasa pensiones vitalicias a seis o siete de ellas que se
encuentran en la mayor necesidad. No falta quien critica la economía en
que vive, pero Dios y los pobres la bendicen diariamente.
LIV
6 de marzo de 1804.
Hoy hace catorce años que tuve la suerte de casarme con un hombre cuyo
corazón es el de un ángel. Siempre me figuré que era generoso y
caballero, pero ignoraba que estas condiciones llegaran a la perfección.
Solamente vive para mí y para sus hijos, aunque algo inquieto por las
dificultades que le ofrece nuestra escasa fortuna para sostener una
familia tan numerosa. Yo rogaré a la Providencia que nos asista, y
procuraré por mi parte aliviar su pena. Confío en Dios, y esta es sin
duda mi única virtud; pues reconozco, por lo demás, las imperfecciones
que tengo.
Para solemnizar el aniversario de mi matrimonio, he mandado a mi hermano
doscientos pesos; para ello he hecho un sacrificio, pero estoy muy
satisfecha de haberlo verificado.
LV
16 de marzo.
Hoy he visto en el cementerio de Bussieres un cuerpo de mujer muy bien
conservado, a pesar de haber transcurrido muchos años desde su
enterramiento. Debió ser una hermosísima mujer a juzgar por las
apariencias. Tiene en el dedo un anillo nupcial y un rosario engarzado
en las manos. Parece que está dormida, y espera de este modo el eterno
despertar. Tengo para mí que debe ser una santa, cuyo cuerpo ha querido
Dios conservar intacto para diferenciarle de los demás.
LVI
20 de marzo.
¡Triste de mí! ¡Qué día tan desgraciado el de hoy para esta pobre mujer!
Al llegar hoy a casa he encontrado sobre la chimenea una carta de mi
hermana dirigida a mi esposo: la he abierto (pues para ello estoy
autorizada), y ¡oh, Dios mío!... he leído en ella que mi hermano ha
muerto de una manera trágica. ¿Qué será de mi madre ante esta horrible
desgracia? ¡Dios mío! ¡Dios mío! Auxiliad a mi desgraciada madre y tened
piedad de mi pobre hermano: perdonadle sus faltas, sed con él
misericordioso.
Después de recibir tan infausta noticia, sólo he salido de casa para ir
a la iglesia. Yo espero que mi hermano estará en el cielo, porque mi
hermana me dice que ha muerto en el seno de la religión cristiana.
Estoy muy desconsolada, y mi alma sólo encuentra alivio en aquello que
la aproxima a la Divinidad.
* * * * *
Estos días hemos celebrado los funerales por el eterno descanso del alma
de mi hermano. Me han acompañado a la iglesia cuatro de mis hijas. He
llorado al ver las muchachas del pueblo vestidas de blanco, según
costumbre en estos casos, entonando cánticos fúnebres, y muchos jóvenes
orando con gran recogimiento. Yo espero que Dios habrá oído las
plegarias de estas buenas gentes, y se apiadará de nosotros y de mi
hermano.
He tenido noticias de que mi madre sufre mucho: en París se ha creído
que mi hermano estaba complicado en una conspiración contra Bonaparte.
Yo no lo creo, porque ni medios ni voluntad tenía para estas cosas. Sin
duda su regreso de Inglaterra ha despertado sospechas e inducido a este
error, porque después de muerto han ido a registrar su domicilio, y sólo
han encontrado papeles que indicaban sus aficiones literarias.
LVII
21 de marzo.
Esta mañana he leído una novela de Mme. de Genlis, que se refiere a la
señorita de La Valliere. La novela tiene algo de histórico y está bien
escrita, pero me parece su lectura algo peligrosa para la juventud. Por
mi parte, me ha sugerido únicamente reflexiones sobre lo pasajero de
las cosas humanas y la insuficiencia del poderío de la tierra para hacer
feliz a un alma grande. Lo terreno no puede satisfacerle, y sólo en Dios
encuentra reposo a sus agitaciones.
¡Oh, Dios mío! Cada día siento mayor necesidad de consagrarme a Vos
únicamente y de sacrificároslo todo. Mi alma, emanación de la vuestra
es, y no puede encontrar la paz sin estar unida a lo que es su principio
y fin.
¡Perdón, Señor!... Esta mañana he cometido un pecado. A una pobre
muchacha que me ha pedido favor, le he contestado con desprecio y he
sentido un poco de orgullo al hablar con ella. Me arrepiento de ello, y
me impongo la obligación de servir y complacer en cuanto pueda a esta
pobre muchacha. Este arrepentimiento y esta obligación que me impongo,
debiera hacerla cien veces cada día.
LVIII
24 de marzo.
Empiezan a encanecer mis cabellos. El tiempo se va y yo ignoro lo que he
hecho de mi juventud. La eternidad me advierte que debo emplear los días
que me restan de estar en la tierra en hacer bien al prójimo.
LIX
Milly, 17 junio de 1804.
Estoy tranquila; he recibido carta de mi hermana, en la que me da
mejores noticias de mi madre. Creo que está ya en completa
convalecencia; habla asimismo de ir a vivir a Mont-Mirail. Ayer mi
marido recibió otra carta de mi hermana que me ha llenado de inquietud.
Dice que en dos días la enfermedad de nuestra madre se ha agravado
seriamente. Temo un fatal desenlace.
* * * * *
Esta triste confirmación ha venido en el preciso momento en que la
señorita de Monceau y mis hijos iban a regalarme un ramillete. Tan
infausta nueva ha envenenado el placer que semejante agasajo nos
preparaba. Debía ir yo, por lo tanto, a comer a Monceau, pero no he
querido ir, mandando sólo a mis hijos con su padre.
LX
¡Dios tenga compasión de mi madre! su gran caridad, sus bondades y otras
mil virtudes que ha practicado durante su vida, pueden haberla
tranquilizado en estos momentos. Pero ¡ay! ¡era tan triste su situación!
Muchas inquietudes y penas son otros tantos motivos de consuelo. Ha
sucumbido a sus penas mejor que a sus años. La triste idea de que no he
de volverla a ver en este mundo, me asusta cuando fijo mis ojos en la
tierra.
Mi abuela vivió hasta los noventa y dos años, yo esperaba igual
longevidad para mi madre. Parece que en su testamento, que no ha podido
firmar, ha favorecido a mi hermana. Mi conciencia no estaría tranquila
si se dejase de acatar semejante voluntad, manifestada por ella, aunque
no escrita. No ha de haber dificultad alguna para que se cumpla, puesto
que mi marido piensa como yo sobre este particular.
Escribo esta mañana a la señorita de Orleans esta triste noticia,
rogándola se sirva comunicársela cautelosamente a la señora duquesa, su
madre.
Mi marido acaba de suscribir la renuncia que yo deseaba en favor de mi
hermana. Esta va a comprar la finca de Rieux, donde pasamos tan alegres
días durante nuestra niñez.
LXI
14 de septiembre de 1804.
Me hallo en Belley, adonde he ido a buscar a mi Alfonso para las
vacaciones. Le he visto en el patio en cuanto he llegado; estaba tan
emocionado como yo misma: ha venido corriendo, y tan pálido, que llegué
a creer que iba a desvanecerse. ¡Ah! ¡Cómo nos hemos abrazado los dos!
¡Pobre hijo mío!
Mañana ha de pronunciar un discurso, con motivo de los ejercicios con
que los jesuitas tienen costumbre de manifestar en público los adelantos
de sus mejores discípulos. Esto me preocupa tanto como si fuese yo quien
debiese hablar.
* * * * *
Hay aquí una larga interrupción.
LXII
5 de febrero de 1805.
Hoy he asistido a una toma de hábito de religiosas hospitalarias, en el
hospital de Mâcón. En el discurso que en semejantes casos se acostumbra
a hacer, se ha dicho que las que acogía la religión, abrazaban para
toda la vida un estado de mortificación y penitencia, y ceñían una
corona de espinas a su cabeza. Yo he admirado mucho tanta devoción; pero
he reflexionado sobre la de las madres de familia, que cumplen sus
deberes, y creo que también se aproximan a Dios sin tomar el hábito
religioso. Y debe calcularse que, cuando se casa una mujer, hace voto de
pobreza, puesto que pone toda su fortuna en manos de su marido, de la
cual no puede disponer sin su permiso. Hace también voto de obediencia a
su propio marido y de castidad, puesto que tampoco le es permitido dar
oídos a la menor palabra amorosa de otros hombres.
Se consagra igualmente a la caridad, que ejerce a la par con su marido,
sus hijos y sus criados, a quienes tiene obligación de cuidar en sus
enfermedades, e instruirles, dándoles buenos consejos. No tengo, pues,
nada que envidiar a las hermanas hospitalarias: yo también cuidaré de
cumplir fielmente mis deberes, tan difíciles como los suyos y quién sabe
si algo más. Estas reflexiones han endulzado mucho mi espíritu, y he
vuelto a renovar ante Dios los juramentos que hice al contraer
matrimonio, rogándole me conceda la gracia y fuerzas indispensables para
cumplirlos exactamente.
LXIII
Domingo de Ramos de 1805.
Reina por estos contornos un extraordinario bullicio con motivo de la
próxima llegada del Emperador. Mi hermana se encuentra todavía a mi
lado; ambas estamos muy inquietas porque se nos ha dicho que debemos
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