consignado en los capítulos matrimoniales, la pequeña propiedad de
Milly, que sólo producía de renta unos quinientos pesos anuales.
La revolución había suprimido también los sueldos que sus padres y sus
hermanos disfrutaban en la casa de Orleans. Los príncipes de esta
familia escribían alguna vez a mi madre desde el destierro donde se
encontraban, y mitigaban, sin duda, los dolores, recordando en las
cartas los bellos días de su infancia.
XIX
Jamás creyó mi padre que la Revolución le impidiera guardar fidelidad al
honor de su bandera.
Una casita en el campo medio arruinada y quinientos pesos de renta, no
eran lo suficiente para sostener con algo de holgura a su esposa y a los
muchos hijos que rodeaban la mesa a la hora de comer.
Ciertamente que tenía la satisfacción de su conciencia, el amor de su
mujer y su confianza en Dios, pero esto no era suficiente para
satisfacer las necesidades materiales de la vida.
Educada mi madre entre el fausto de la corte, contentábase con
resignación viviendo alegre en aquella casa sin muebles ni adornos de
lujo, y con aquel jardincito cercado de pedruscos.
Más de una vez oí decir, tanto al uno como al otro, que en aquella
soledad pasaron los días más felices de su vida.
A pesar de la escasez de medios, mi madre despreciaba siempre la
riqueza. Recuerdo que una vez me dijo señalando con el dedo nuestros
campos de Milly: «Hijo mío, esto es bien pequeño, pero sabiendo limitar
nuestro deseo a lo que poseemos, resulta grande; la felicidad está en
nosotros mismos, y ensanchando los límites de nuestros viñedos no
conseguiremos la felicidad. No se mide la dicha por la yunta como la
tierra; se mide sí, con la resignación que Dios ha dado al pobre como al
rico.»
XX
Otra vez encuentro el retrato de mi madre a los treinta y ocho años;
helo aquí:
Es de noche; las puertas de la casita de campo están cerradas. Un perro
ladra de cuando en cuando. La lluvia de otoño azota los vidrios de las
ventanas, y el viento produce al chocar con las ramas de los plátanos
intermitentes y melancólicos silbidos.
Me encuentro en una habitación grande, pero casi desamueblada. Hay en el
fondo de ella una alcoba con una cama de pabellón formado con tela de
cuadros azules y blancos: al lado de la cama se encuentran sobre dos
bancos de madera dos cunas, grande la una, pequeña la otra. Es el
dormitorio de mi madre y de mis hermanas. En el fondo de la habitación
hay una chimenea en la que arden cepas y sarmientos, produciendo un gran
fuego. Esta chimenea es de piedra blanca y está medio destrozada a
fuerza de martillazos, al igual que los adornos flordelisados de los
armarios. En la superficie de uno de ellos había grabadas las armas del
rey, y por esta razón está vuelto al revés. Las vigas del techo están
ennegrecidas por el humo, y sobre al suelo sin alfombras ni tarimas, hay
algunos ladrillos rotos en mil pedazos, en cuyos fragmentos se conocen
las señales de los clavos que llevaban en los zapatos los campesinos,
cuando convirtieron en sala de baile esta habitación. Las paredes,
recubiertas de yeso, dejan ver la descarnada piedra a la manera de un
pobre andrajoso que enseña las carnes a través de su vestido hecho
trizas.
En uno de los ángulos se halla un viejo clavicordio sobre el que hay
papeles de música: es el -Adiós del pueblo-, composición de Juan Jacobo
Rousseau. En medio de la sala, una mesita de juego cubierta con un
tapete verde apolillado, y sobre ella dos candelabros de latón. Apoyado
el codo sobre esta mesa, hay un hombre sentado y con un libro en la
mano. Sus miembros robustos indican que aún conserva el vigor de la
juventud. Sus ojos son azules y su frente ancha. Cuando se ríe descubre
una brillante y blanca dentadura. Su tocado revela algunos restos de
antigua grandeza y cierta rudeza de carácter. Suspendidos de un clavo
están en una de las paredes los arreos militares: el casco, las placas
doradas, el sable, las pistolas de reglamento, como indicando que aquel
hombre hizo uso de ellas en algún tiempo, y que ahora está retirado del
servicio.
El lector habrá comprendido que este hombre es mi padre.
En un canapé de paja y sentada entre la chimenea y la alcoba, hay una
mujer que parece joven a pesar de sus treinta y cinco años cumplidos.
Aún conserva su talle la esbeltez de la niña de quince años, y sus ojos
negros, la vivacidad y expresión de tiempos pasados. Al través de su
piel blanca como la leche, se distingue el azul de las venas y el rojo
de la sangre cuando el rubor o la expresión la enciende.
Sus finos cabellos, negros como el azabache, caen sobre los hombros, de
suerte que le dan todo el aspecto de una jovencíta. Nadie diría que
tiene más de treinta años. La belleza de esta mujer, pura y perceptible
en sus detalles, es completa en el conjunto exterior por su gracia
natural, y en el interior por aquella belleza de alma que parece
iluminar los cuerpos por dentro.
Esta mujer se encuentra medio vuelta de espaldas sobre su asiento, y
sostiene en sus brazos a una niña que duerme tranquilamente. A su lado,
y sentada también, hay otra niña de algo más edad, cuya cabecita rubia
reposa sobre las rodillas de su madre.
Esta mujer es mi madre, y las dos niñas mis hermanas mayores. Las otras
dos, que son las más pequeñas, duermen en las cunas colocadas en la
alcoba.
XXI
Esta era mi familia, cuando mi madre dio principio nuevamente a la
narración de su -diario-, el día 11 de junio de 1801. Tenía, al parecer,
desde su infancia, la costumbre de escribir en su libro de notas todos
los acontecimientos que tuvieran íntima relación con su modo de ser.
Esta especie de confidencias íntimas empiezan de esta manera:
«Durante los primeros años de mi juventud, empecé a escribir un -diario-
exacto de cuanto me ocurrió a mí, o en torno mío, con todas aquellas
reflexiones que los diversos acontecimientos de mi vida me sugirieren.
Después de largo tiempo, perdí esta costumbre, y quemé los apuntes que
tenía hechos. Siento haber abandonado aquella idea, pues hoy comprendo
que si hubiera persistido en mi trabajo, hubiese sido para mí de gran
utilidad. Es mi intención empezar de nuevo, con la gracia de Dios, a
escribir todos los días (mientras me sea posible), los diferentes
sucesos que pueden ocurrirme, y sobre las cosas buenas o malas que yo
haga; me parece que esto me ayudará a practicar un diario examen de
conciencia, que ha de serme provechoso, porque me facilitará el
conocimiento de las disposiciones de mi espíritu.
«Yo creo, asimismo que, si mis hijos leen por casualidad este -diario-,
no carecerá para ellos de interés; y además, que les ha de ser útil y
provechoso cuando yo falte, porque quiero hablar de todos y cada uno de
ellos, así como también de sus diferentes caracteres.
«Tengo cinco hijos actualmente, después de haber perdido uno. Cuatro
niñas y un niño llamado Alfonso, que se encuentra en Lyón empezando su
educación clásica. Es un muchacho muy bueno: ¡quiera Dios que sea buen
cristiano, sabio y dichoso! La niña mayor se llama Cecilia, tiene siete
años y medio: es de una viveza extraordinaria, pero muy buena. Su
hermana, que se llama Eugenia, tiene cinco años y medio: es muy
sensible y de corazón excelente.
«Cesarina tiene dos años, y Susana nueve meses. Sin la ayuda de Dios,
sería para mí bastante difícil la educación de estas cuatro niñas.
«En mi casa tengo, además, una parienta, enferma de cuerpo y espíritu, a
quien he de cuidar con la misma solicitud que a mis hijos: por manera
que son seis criaturas las que tengo que atender. ¡Cuánto necesito, Dios
mío, de vuestro auxilio!
«Mi esposo y yo vivimos casi siempre en Milly, y pasamos en Saint-Point
algunas temporadas. Es éste un punto muy agradable por el solitario
recogimiento que se advierte al abrigo de las montañas. ¡Cuántas gracias
debemos dar a la Providencia por los favores que nos concede!
«Mi hermana--Mme. de Vaux,--ha llegado hoy mismo de Lyón. Es una
angelical y virtuosa mujer. Me ha contado muchas cosas de mi Alfonso:
dice que sus maestros no cesan de hablar de él mucho y bien. ¡Dios le
bendiga como yo le bendigo de todo corazón! Mañana empiezo a dar
lecciones a mis niñas...
«Después de comer, han venido a decirme que acaba de morir un pobre
anciano abandonado en la cabaña del monte donde yo acostumbraba a pasar
el rato. Este acontecimiento me ha causado un gran pesar, porque me he
reprochado mi negligencia en ir a visitarle durante sus últimos
momentos. Ciertamente que yo lo creía ya curado; pero no hube de fiarme
en su aparente mejoría y debí tener en cuenta lo avanzado de su edad. Mi
obligación era haberme ocupado con mayor solicitud del pobre anciano.
Siento por esta causa un gran remordimiento, pero comprendo que no me
preocupo lo bastante del poco bien que hago, y que me dejo llevar hacia
las distracciones; éstas no serán faltas, pero son ligerezas que no
dejan hacer buen uso del tiempo que transcurre. El tiempo es para
aprovecharlo en hacer el bien a nuestros semejantes y a nosotros mismos.
«Mi esposo y yo acabamos de dar un paseo por nuestras viñas en flor:
hemos respirado un aire embalsamado de dulces aromas. Todo nuestro
porvenir está cifrado en estos viñedos; nuestros hijos, nuestros criados
y nuestros pobres, también esperan disfrutar de los productos que
rendirán estos racimos floridos. ¡La Providencia preserve nuestra
pobreza de un pedrisco que podría acabar con nuestra esperanza! Durante
el paseo hemos llegado a la choza que hay en la parte alta de las viñas,
donde ha muerto esta mañana el pobre viejo.
«Mi esposo no me ha permitido entrar a verle y a rogar a Dios por su
alma; sin duda ha querido evitar un disgusto al presenciar el doloroso
espectáculo que hubiéramos visto dentro de aquella humilde vivienda. Yo
hubiera deseado pedir perdón a su alma por no haber estado junto a su
cuerpo moribundo para consolarle con palabras de esperanza y recibir su
último suspiro.
«Estaba la puerta de la cabaña abierta, y una cabrita no hacía más que
balar y entrar y salir, como si pidiera socorro para su viejo compañero.
He conseguido de mi esposo autorización para que mañana mande a buscar
la cabrita, para tenerla en compañía de nuestra vaca de leche y de los
carneros.»
* * * * *
Estas primeras páginas del -diario- de mi madre dejan ver que, aunque
aquella joven se crió en los palacios del príncipe más rico de Europa,
pudo ser trasladada, sin que por esto sufriera la más mínima alteración
el amor de su marido, de sus hijos y de sus semejantes, al apartado
rincón de una campiña distante de París más de cien leguas. Para tener
una idea exacta de la casita de Milly, donde mi madre y nosotros nos
encontrábamos relegados en invierno como en verano, puede verse la
descripción hecha en mis -Confidencias- y la composición poética
titulada -La tierra natal-.
XXII
Hace ocho años, decía yo en mis -Confidencias-:
Dejando de seguir el curso del río Saone, si os dirigís por las verdes
praderas de Mâcón hacia el pequeño pueblo y cerca de las ruinas de la
antigua abadía donde murió Abelardo, el infortunado amante de Eloísa,
siguiendo una tortuosa senda, veréis a derecha e izquierda blanquear
algunos pueblecitos entre los verdes pámpanos de las vides. Dominan a
estos pueblecitos montañas incultas que se extienden en rápidas
pendientes formando como unas praderas blanquecinas. Coronan estas
montañas grandes moles de piedra que surgen de la tierra, y cuyas
cúspides dentelladas aseméjanse a las ruinas de antiguas viviendas
feudales. Siguiendo el camino pedregoso que se extiende alrededor de la
base de estas rocas, se encuentra a la izquierda y a dos leguas de la
población un camino estrecho y bien cuidado, adornado de sauces, que
llega hasta un riachuelo cuyas aguas mueven las ruedas de un molino.
Cuando la corriente del río aumenta por las lluvias, se atraviesa por un
pequeño puente y se sube por una pendiente rápida y escabrosa a unas
casitas cubiertas de tejas que se ven agrupadas sobre una pequeña
eminencia. Un campanario de piedra color gris domina este grupo de
casas. Este es mi pueblo.
El camino serpentea por entre las casas, de suerte que los pasajeros que
lo siguen han de ver necesariamente, y mientras atraviesan el pueblo,
todas las casas de que se compone. Encuéntrase, sin embargo, una puerta
algo más alta y otra más pequeña que las demás: éstas son las del patio
en cuyo centro aparece escondida la casita de mi padre.
La casa se esconde, en efecto, y no puede verse ni desde las afueras del
pueblo. Está construida en un recodo del valle, y dominada en todas
direcciones por los árboles, por otras edificaciones y por el
campanario. Únicamente trepando por la peligrosa pendiente de una
montaña elevadísima y volviendo los ojos, pudiera verse bajo nuestros
pies aquella casita baja y maciza que aparece como una piedra negra en
un rincón del jardín. Su forma es cuadrangular y consta de un solo piso,
con tres grandes ventanas en cada una de sus fachadas. Ni siquiera están
cubiertas de yeso las paredes, y las piedras han adquirido con la
humedad un color sombrío y secular: parecen los viejos claustros de una
abadía.
Se entra en la casa por una alta puerta de madera, asentada sobre una
grada de cinco peldaños de piedra, de dimensiones colosales, pero
descantilladas por el uso, por el tiempo y por los grandes pesos que en
el transcurso de los años habrán sostenido. Al sentarse sobre ellas,
murmuran y vacilan sordamente. Crecen en sus intersticios ortigas y
parietarias, que sirven de guarida en el verano a los pequeños
renacuajos.
Penétrase en seguida en espacioso corredor, cuya anchura queda un tanto
reducida por unos grandes armarios de nogal que sirven a los campesinos
para guardar la ropa, el trigo y la harina. La cocina se encuentra a la
izquierda de este corredor, y su puerta, continuamente abierta, permite
ver una mesa de encina y en torno de ella algunos bancos. A cualquier
hora del día se encuentran sentados en ellos labradores de la casa o
forasteros que comen pan y queso, y beben vino alegremente.
Inmediato a la cocina está el comedor, en el que sólo hay una mesa de
abeto, algunas sillas, alacenas y cajones; muebles, en fin, propios de
las antiguas viviendas solariegas que el arte busca sin cesar, para
construir bajo sus modelos el mobiliario moderno. Al lado del comedor
hay un salón con dos ventanas que la una da al patio y la otra al
jardín.
Para subir al único piso de la casa, hay que ascender por una escalera
que fue en algún tiempo de madera, y que mi padre la reemplazó por la
actual, que es de piedra groseramente labrada. En el piso se encuentran
hasta diez piezas casi sin muebles que dan a unos corredores oscuros. En
el piso y los corredores habitaban entonces mi familia, los criados y
los huéspedes. ¡He aquí la casita que por espacio de tanto tiempo nos
cobijó bajo su sombría techumbre! ¡He aquí la morada de paz, la
Jerusalén, como mi madre la llamaba! ¡He aquí el humilde y caliente nido
que por tantos años nos preservó del frío, del hambre, de las lluvias y
de las tormentosas tempestades del mundo!... Nido del que la muerte fue
arrebatando, primero a mi padre, a mi madre después, y del cual se han
alejado también los hijos, cada uno por su lado, los unos a un sitio,
los otros a otro... algunos, a la eternidad.
Aun conservo la paja, el musgo, la lana: restos preciosos de aquel nido
hoy vacío y sin las ternezas que algún día le animaron a pesar de la
frialdad que en él se observa, me gusta recogerme en él de cuando en
cuando; la voz de mis padres, los gritos alegres de mis hermanas, los
ruidos que producen la alegría y el amor, parece que resuenan bajo las
viejas maderas que sostienen el techo.
XXIII
Por la parte exterior del patio de nuestra casa, alcanza la vista los
establos, los pajares, las leñeras y los corrales que la rodean, y la
puerta que siempre permanece abierta, da a la calle del pueblo, por
donde cruzan los aldeanos llevando las herramientas de labranza sobre el
hombro, y algunas veces sobre el otro una cuna con un niño dormido;
sigue después la esposa con otra criatura de pecho, y después una cabra
con su cabrito, que al pasar por la puerta se detiene un momento para
jugar con los perros, y se aleja después dando saltos.
Hay en la otra parte de la calle un horno público para cocer pan, donde
se reúnen al calor de aquel fuego que nunca se extingue, los viejos, los
muchachos y las mujeres. Todo esto es lo que se ve desde una de las
ventanas del salón. La otra permite extender la vista hacia el Norte,
sobre los tejados de algunas casas bajas y las tapias del jardín,
contemplando de esta suerte el horizonte de montañas sembrado por la
nubes, en el que, de cuando en cuando, se junta algún rayo de sol que
alumbra entre aquella sombra las ruinas de un castillo antiguo rodeado
de almenas y torreones, cuya severa figura da carácter al paisaje. Si
entre los fantásticos vapores de la bruma, y a la caída de la tarde,
dirigimos la mirada sobre este castillo, lo vemos desaparecer entre las
sombras. Entonces únicamente queda una montaña negruzca y un barranco
amarillento.
Una ruina sobre el monte o una vela sobre el mar, forman y completan un
paisaje. La tierra es únicamente la escena; la vida, el pensamiento, el
drama están en aquélla que el hombre ha usado o construido. Donde hay
vida, allí hay también interés.
Detrás de la casa está el jardín cercado de piedras, desde cuyo fondo
empieza la montaña a elevarse. La falda de esta montaña es verde,
después árida y desnuda como si en ella no hubiera tierra vegetal. En su
cúspide dibujan una especie de dientes enormes dos piedras peladas. Nada
hay que anime aquella pedregosa sierra: ni un árbol ni una choza. A
causa de esto, sin duda, el jardín produce un encanto misterioso.
Aseméjase a la cuna de un niño que la aldeana haya colocado dentro del
surco mientras trabaja, y al descorrer la cortina del sueño, no puede
ver otra cosa entre las ondulaciones del surco que un estrecho pedazo de
cielo.
El jardín no puede compararse al primitivo que Homero describe al
diseñar el cercado de las siete piedras del viejo Laeter. Entrando, a la
derecha, aparecen ocho cuadros sembrados de legumbres y cercados por
árboles frutales y hierba forrajera; de un cuadro a otro hay un paseo
sembrado de arena; al extremo de estos paseos, algunos troncos de parra
que sustentan un verde artesonado de pámpanos sombreando un banco de
roble. En el fondo del jardín hay otro emparrado de vides de Judea que
se enredan entre los cerezos; una fuente, un pozo y una cisterna que mi
padre mandó abrir a pico en las rocas, para depositar en ella las aguas
pluviales. Rodean esta cisterna varios sicomoros y otras plantas de
anchas hojas que sombrean aquella parte del jardín.
En otoño estas hojas forman sobre el estanque un tapiz que cubre
completamente las aguas.
¡He aquí lo que, por espacio de tantos años, fue el goce, la alegría, el
consuelo a las desdichas sufridas por un padre, una madre y ocho hijos
pequeños!
Este es el edén de mi juventud, donde se albergan mis sentimientos más
tiernos, siempre que desean disfrutar de este consuelo que proporciona
el recuerdo de esa infancia; algo de esa aurora boreal que sólo se
divisa desde la cuna.
¡Parece que forman parte de mi corazón aquellos árboles, aquellas flores
y hasta la tierra del jardín que me parece inmensa! Extraña cosa es que
en un espacio tan reducido puedan reunirse tantos y tan dulces
recuerdos.
La gradería de madera que conducía allí por la cual nos precipitábamos
alegres; las plantas de lechugas que separaban las primeras propiedades
de tierra que nos repartíamos entre todos los hermanos, y que cada uno
cultivaba por su cuenta; el plátano bajo cuya sombra mi padre se sentaba
rodeado de sus fieles perros de caza; los árboles bajo cuya fresca
sombra mi madre rezaba el rosario mientras nosotros corríamos tras las
mariposas; la pared que da frente al Mediodía, junto a la cual tomábamos
el sol alineados como árboles de cercado; los dos viejos nogales, las
tres lilas, las fresas coloreando por entre las hojas, las peras, las
ciruelas, los melocotones glutinosos y brillantes con su goma dorada por
el rocío de la mañana; el emparrado, que buscaba yo al mediodía para
leer tranquilamente mis libros, con el recuerdo que dejaron en mí
aquellas páginas leídas entre continuas impresiones y la memoria de las
conversaciones íntimas tenidas entre este o aquel árbol; el sitio donde
oí, y algunas veces di, mil adioses de despedida al abandonar aquellas
soledades; el otro en el que nos encontramos al regreso, o que
ocurrieron alguna de aquellas escenas tristes propias del drama
conmovedor y tierno de la familia, donde vimos nublarse el rostro
descarnado de nuestro padre y el de nuestra madre que nos perdonaba
cuando arrodillados a sus pies escondíamos el nuestro entre los pliegues
de su ropa; donde mi madre recibió la noticia de la muerte de una hija a
quien amaba; y donde alzó los ojos al cielo pidiendo resignación...
Estas ternezas, estas felicidades, estas imágenes, estos grupos, y, en
fin, estas figuras, existen, andan, viven aún para mí en aquel pequeño
cercado, vivificando mis días más felices. Quisiera yo que el universo
tuviera principio y fin dentro de los muros de aquel pobre pedazo de
tierra.
Este jardín conserva todavía el mismo aspecto; únicamente los árboles,
algo envejecidos, tapizan sus troncos con algunas manchas mohosas; pero
los surcos de rosales y claveles extienden sus lozanos pimpollos sobre
la arena de las sendas; y cantan los ruiseñores en las noches de estío
entre los emparrados y las enramadas. Los tres abetos plantados por mi
madre conservan su follaje y sus brisas melodiosas.
Sale y se pone el sol por entre las mismas nubes, y se disfruta aún de
la misma calma interrumpida tan sólo por el sonido de la campana al
tocar el -Angelus- o por el ruido cadencioso de los trillos que baten
las mieses en las eras.
Las hierbas parásitas han aumentado; surgen por todos lados zarzas,
cardos y malvas azules, agarrándose cruelmente a los rosales, y la
hiedra extiende sus brazos por el muro como si quisiera derribarlo; y no
se limita a esto su poder, todos los años adquiere más lozanía, y ya
empieza a trepar por las ventanas del cuarto de mi madre...
Cuando durante mis paseos por estos lugares me olvido de mí mismo y,
ensimismado en profundas cavilaciones, me dejo caer sobre el césped,
sólo me arrancan de la soledad las pisadas del viejo podador, nuestro
antiguo jardinero, que viene a visitar sus plantas como yo mis tristes
recuerdos y mis fantásticas apariciones.
Cuando me encontraba lejos de mi patria y mi imaginación veía la imagen
de esta tierra, más poética sin duda cuanto más distante de ella me
hallaba, compuse en honor de aquella casita los siguientes versos:
Hay en mi tierra una árida montaña.--Que no produce flores ni frutos, y
aparece inclinada, sin duda por el dolor que le causa su estéril
situación.--Los despojos de su suelo ruedan hacia el barranco cuando las
cabras saltan por las rocas.--Y las piedras desprendidas forman otro
monte que crece gradualmente.--Al abrigo de éste, vive alguna cepa, que
busca en vano un árbol donde enredar sus sarmientos.--En vano también,
el arce crece y se arrastra entre los zarzales.--Donde los chicos del
pueblo roban a los pájaros las moras negras como el azabache.--Donde la
pobre oveja deja su lana enganchada a los espinos.--Donde no se siente
en verano el murmullo de las aguas.--Ni el susurro de las hojas agitadas
por el viento.--Ni el canto del ruiseñor, cuyas melodías de paz
consuelan el alma.--Bajo los rayos de aquel sol cobrizo, sólo la
cigarra ensordece con sus chirridos.--Todo es sombrío en aquella selva,
que resguarda únicamente la montaña descarnada, en cuyo muro, azotado
por las lluvias y el viento, anotan los años su edad.--Detrás de una
colina hay un campo labrado, cuya tierra seca y sin vida deja ver el
arado cuando por ella pasa.--Ni capas de verdura, ni rocío en el bosque,
ni fuentes murmurantes.--Tan sólo siete tilos que ha olvidado la reja
del labrador, adornan aquel pedazo de tierra inculta.--A su sombra soñé
yo durante mi infancia.--Hay entre las rocas un pozo que guarda las
aguas pluviales, donde el caminante puede saciar su sed.--Sobre el
terreno arcilloso de la era, hay en verano abundancia de mieses, donde
los gorriones recogen alimento para sus hijuelos.--Aquí, instrumentos de
labranza en desorden.--Allá, el aldeano con su pipa encendida esperando
que el viento sople para dar principio a la limpia del montón de trigo
que, mezclado con paja molida, espera ser aventado.
* * * * *
Nada alegra la vista en esta estéril prisión.--Ni los dorados capiteles,
ni las altas torres de las grandes ciudades.--Ni la carretera ni el río
bullicioso.--Ni los terrados de las casas abrasados por el sol de
Mediodía.
* * * * *
Sólo se divisan allá lejos en la escabrosa pendiente.--Las rústicas
techumbres que albergan a los pobres montañeses.--Y la senda tortuosa y
prolongada, que serpentea entre las chozas.--Donde el viejo mece a su
nieto en la cuna hecha de juncos.--En fin, cielo sin color, sol sin
sombra, valles sin verdor... ¡Y es allí donde está mi corazón!--Es allí
donde está la casita, las sendas, los ribazos donde he tenido los sueños
más felices.--El aspecto de las montañas, cuando el ganado aterido de
frío baja a la llanura.--Los espinos, el viento, la hierba seca, tienen
íntimas melodías, que sólo el alma comprende.--En todos estos sitios se
halla mi corazón; a cada paso encuentra amigos; hasta las piedras y los
árboles me conocen y pronuncian un nombre.--¿Qué importa que este
nombre, como Thebas o Palmira, no recuerde al viajero la fastuosidad de
un imperio?--La sangre humana vertida por causa de los
tiranos.--Empequeñece aquella grandeza y convierte los imperios en azote
de Dios.--Y sobre los monumentos de los héroes y de los dioses, el
pastor pasa silbando sin mirarlos siquiera.
* * * * *
¡Oh! lugares deliciosos y solitarios.--¡Cuántos recuerdos encerráis en
mi alma!--Entre vosotros está el banco donde mi padre descansaba.--La
habitación donde resonaron sus varoniles acentos, cuando contaba a los
labriegos sus hazañas guerreras.--Cuando les preguntaba los surcos que
trazaba el arado en una hora.--Cuando contaba las peripecias que
ocurrieron a Luis XVI en el cadalso.--Cuando estimulaba a los mozos a
seguir la senda del honor y de la virtud.--También está entre vosotros
la plaza donde mi buena madre nos hacía llevar pan, vino y ropas para
socorrer a los pobres del lugar.--Las cabañas, donde, con mano amiga,
dulcificaba los dolores de sus convecinos.--Donde recogía el último
suspiro de los moribundos.--Donde socorría a las viudas y enjugaba el
llanto de los niños arrodillados ante el cadáver de su padre, mientras
les decía estas palabras:--«A cambio del oro que os doy, rezad por su
alma.»
* * * * *
Allí está la higuera al pie de cuyo tronco mecía nuestras cunas.--La
senda por donde corríamos al oír la campana que nos llamaba a misa
primera.--El banco en el que nos explicaba los misterios de la Pasión y
nos definía a Dios, enseñándonoslo en el grano de trigo encerrado en sus
gérmenes.--En el racimo de uvas chorreando licor.--La vaca transformando
en leche el jugo de las plantas.--En la roca que se abre naturalmente
para dar paso a las aguas.--En la lana de las ovejas robada por las
zarzas para que después con ella puedan hacer los pajarillos su
nido.--En el sol que en su marcha regular va repartiendo las estaciones
y vivificando los planetas que le rodean.--En todo, en fin, lo que nos
rodeaba; hasta en el más insignificante insecto nos enseñaba el poder
del Criador.
* * * * *
Viñas, praderas, campos y matorrales.--Sois recuerdo perenne de sombras
y de amor.--Entre vosotras jugaron mis hermanitas lanzando al viento sus
rubias cabelleras.--Mientras yo encendía hogueras con los espinos y la
hierba seca, donde venían a calentarse los hijos de los pastores.
* * * * *
El vigoroso sauce que nos prestaba auxilio cuando el huracán se
desencadenaba violento por el valle.--Las rocas, las encinas, el poyo
que hay en la puerta del molino.--Todo permanece en pie, todo ocupa su
puesto.--Pero, ¡ay de mí... han desaparecido algunos de los que os
contemplaban en algún tiempo!...
* * * * *
Como las aristas se dispersan por el aire.--Así se han dispersado los
seres de mi hogar querido.--Hasta las golondrinas dejan de fabricar el
nido cabe las cornisas del tejado.--Y sube por puertas y ventanas, la
hiedra trepadora.--Como queriendo cubrir de luto aquella mansión
querida.
* * * * *
Tengo un presentimiento que me hace sufrir horriblemente.--Un
desconocido no tardará en llegar al pueblo, y a fuerza de oro, se
posesionará de todo cuanto alberga la sombra de mis padres.--Donde están
mis recuerdos más santos, mis afecciones más íntimas.--Entonces, hasta
los pajarillos huirán espantados ante la figura de seres extraños...
¡Dios mío!... ahuyenta de mí semejantes ideas...
* * * * *
Ruego a mis hermanos y sobrinos que me perdonen si he insertado los
versos anteriores en el presente diario.
Yo entiendo que unos y otros no están en disonancia, puesto que son dos
frutos de la misma savia.
Continuemos el manuscrito de mi madre.
XXIV
16 de junio de 1801.
Ayer he ido a Saint-Point, y estoy muy fatigada, a pesar de haber hecho
el viaje mitad a pie y mitad a caballo sobre un asno. Los caminos están
impracticables, y a no ser por el borriquillo, no me hubiera determinado
a hacer este viaje, que ha sido, sin embargo, muy agradable, pues hemos
paseado mucho. He acompañado a mis hijas a la iglesia y he pedido a Dios
que las haga felices. También le he dado gracias por habernos concedido
aquellas fincas, con las cuales ni mi marido ni yo contábamos. Da
lástima ver los edificios: el castillo está casi arruinado, las paredes
interiores están desnudas, y los adornos, los escudos y las chimeneas,
destrozados a fuerza de martillazos.
Durante los días de saqueo del año 1789, unos aldeanos, venidos de otros
departamentos lejanos, todo lo destrozaron; particularmente los escudos
heráldicos, aparecen hechos trizas. Nada puede lisonjear nuestro amor
propio. Yo me alegro de ello, porque algunas veces este amor propio lo
he tenido con exageración. Todo me sonríe, el país, los parientes, los
amigos, los vecinos, que vivían a mi puerta y me saludaban con un
jubileo tal, como si hubiese llegado la Providencia. Soy muy feliz, y
esto me causa espanto, porque en este mundo lo bueno dura poco. Es
indispensable que me mortifique con las buenas obras, y que no me deje
arrastrar sino por el reconocimiento hacia el divino Dispensador.
XXV
17 de junio de 1801.
La señorita de Lamartine, mi buena cuñada, a quien adoro en el alma, nos
ha convidado hoy a comer en su castillo de Monceau. Este castillo es
propiedad de mi cuñada y del hermano mayor de mi marido, que es el jefe
de la familia. Los dos permanecen solteros.
M. de Lamartine era el que debía posesionarse de la inmensa fortuna de
mi familia: estaba enamorado de la señorita de Saint-Huruge, pero no
siendo ésta suficientemente rica, el matrimonio no se llevó a cabo, y él
ha preferido el celibato a casarse con otra mujer.
La señorita de Saint-Huruge es hoy demasiado vieja, y no piensa ya en
casamientos: es hermana del célebre Saint-Huruge, aquel gran tribuno de
los demagogos, que se hizo famoso en las revueltas de París. Fue un buen
hombre que se entregó con entusiasmo a la causa de la Revolución. Ella
es buena, piadosa y simpática. Mi cuñado y ella se veían en Mâcón en las
reuniones de familia, y aun se conservan en amistad sincera y constante.
Mi cuñado es un hombre de mucho mérito; puede decirse que es un sabio,
porque escribe con talento, posee grandes conocimientos científicos, y
es consultado por los principales políticos del departamento.
La nobleza intentó nombrarlo diputado en los Estados generales, pero su
delicada salud le impidió aceptar. Los republicanos también deseaban que
fuese miembro de la Convención, pero tampoco aceptó.
Cuando salió de la prisión, donde estuvo algún tiempo encerrado por las
ideas moderadas, volvió a sus posesiones del castillo de Monceau en
unión de su hermana, bella criatura que se ha dedicado a cuidar a su
hermano: parece que ha nacido para hacer la dicha de un esposo. Según se
dice, esta joven sintió antes de la Revolución ciertas inclinaciones que
fueron correspondidas por M. de Marigny, vecino y pariente próximo, buen
sujeto, poeta, músico distinguido, que hubo de emigrar el año 1791. Sus
bienes fueron vendidos en pública subasta, y murió el año 1799 en un
hospital de Mâcón. Después de su muerte, la señorita de Lamartine no
quiere ni oír hablar de matrimonio. Parece que una dulce tristeza invade
su ser y da a su fisonomía cierta gravedad.
Sus bienes de fortuna, que son bastante importantes, los ha tenido
unidos a los de su hermano, empleándolos en buenas obras. La oración, la
caridad y el gobierno de la casa son sus ocupaciones. Hace el bien por
hacerlo, sencillamente; no hay en sus actos ni un átomo de egoísmo: es
una santa mujer: es religiosa sin ser fanática ni supersticiosa. Pasamos
el día juntas, me quiere y la quiero mucho.
XXVI
19 de junio de 1801.
Todo el día de hoy he estado reflexionando sobre lo peligroso de las
lecturas fútiles. Estoy en la creencia de que si me privo de ellas, será
un sacrificio para mí ciertamente, pero evitaré un peligro. He notado
que cuando estoy distraída con estas frívolas lecturas, las útiles y
serias me disgustan y cansan al momento. Decididamente, si he de
adquirir capacidad para educar a mis hijos, me conviene adquirirla y la
adquiriré en los libros serios; a ellos me inclino, pues, desde hoy.
Ayer, día 18, he recibido carta de mi madre, en la que me dice que ha
llegado de Alemania, sin indicarme dónde se encuentra. Yo creo, sin
embargo, que estará con la señorita de Orleans, ocupada en el arreglo
del matrimonio de esta princesa. ¡Quiera Dios que sean felices!...
* * * * *
Para mejor comprensión del anterior capítulo, conviene hacer saber que
Mme. de Roys (mi abuela), estaba de sub-aya en casa de los duques de
Orleans antes de que Mme. de Genlis fuese aya de los infantes.
Muerto el duque de Orleans, o mejor dicho, ejecutado Felipe Igualdad, la
familia de éste huyó de Francia, y Mme. de Roys se consagró con el mayor
cariño a la viuda duquesa de Orleans, hija del duque de Penthievre.
Largo tiempo vivió esta desgraciada familia en España.
La duquesa tuvo alguna sospecha de Mme. de Genlis, y la despidió de su
servicio, encargando al mismo tiempo a Mme. de Roys fuese a un convento
de Suiza en busca de la señorita de Orleans, donde se encontraba
recogida.
Esta princesa, conocida después por el nombre de madame Adelaida, era
muy joven, hermosa y excelente de corazón. Durante el reinado de su
hermano Luis-Felipe, dícese que ejerció gran influencia política.
Creyó mi madre que se trataba de casar a esta princesa desde el momento
que la separaban del convento. Pero no era este el motivo. Tratábase
únicamente de separar a la joven de la influencia directa de madame de
Genlis y de la acción política del partido orleanista.
La duquesa viuda de Felipe Igualdad jamás quiso asociarse a los manejos
revolucionarios de los partidarios de su marido, así como tampoco a las
intrigas dinásticas que se desarrollaban en este partido, capitaneado
por Dumouriez, hacia donde madame de Genlis conducía poco a poco a su
discípula. ¡Lástima grande que las intenciones de madame de Genlis
hubiesen triunfado! La virtud y la hermosura hubiéranse mezclado
horriblemente con las intrigas palaciegas.
La corte española honró en la viuda de -Igualdad- a la víctima de la
Revolución y de los desaciertos de su marido.
XXVII
3 de julio de 1801.
Ayer quedamos definitivamente instalados aquí, en Saint-Point. El día lo
he pasado arreglando mi pequeño ajuar. Estoy muy cansada. A la caída de
la tarde he ido a la iglesia que está lindante con nuestro jardín, y he
dado gracias a Dios. Para ir al templo, hay que atravesar el cementerio.
He visto en él una fosa abierta, que me ha hecho pensar mucho en lo
efímero de nuestra existencia. Mientras yo estaba contemplando la fosa
se ha verificado el entierro. He presenciado una escena por demás
conmovedora.
La hija del hombre muerto, linda joven de unos dieciséis años, se ha
desmayado al ver caer la primera porción de tierra sobre el ataúd que
encerraba el cadáver de su padre. Yo la he auxiliado con un frasquito de
sales y ha vuelto en sí; después me la he llevado a mi casa, donde se ha
reanimado un poco después de haber tomado unos bizcochos y algo de vino.
Lo que más le ha consolado ha sido el ver que yo lloraba también, y que
mis hijos, al verme llorar a mí, lloraban igualmente. Aquel padre ha
sido llorado por quien ni de nombre le conocía, mientras su hija
balbuceaba algunas palabras que partían el corazón. ¡Pobre hija!
Las gentes del campo se admiran cuando ven que comparten con ellos los
sufrimientos personas que por su posición ellos creen de naturaleza
diferente.
Ya era de noche cuando acompañamos a la joven hasta su casa. En la
puerta estaban sus hermanitos, que al verla le preguntaban si su padre
volvería más tarde. ¡Inocentes criaturas!...
Este suceso ha hecho que mis hijas comprendan lo que son estas eternas
separaciones de familia que la muerte produce, y que ellas habrán de
sufrir tarde o temprano. A los niños no se les debe ocultar estas
tristes escenas de la vida. Antes por el contrario, hay que hacer por
que las vean. ¿Aprender a sufrir no es, pues, aprender a vivir?
XXVIII
3 de julio de 1801.
Hoy he subido a los altos del castillo con el objeto de hacer una visita
a una anciana soltera de ochenta años, que vive gracias a una corta
pensión que le han dejado y a haberle cedido, sin pagar retribución
alguna, una pequeña habitación bajo el tejado del edificio. Vive en
compañía únicamente de una gallina dócil como un perro. Esta viejecita
se llama la señorita Felicidad. Sus cabellos blancos como el copo de su
rueca y su blanca sonrisa, indican que debió ser en otro tiempo una
mujer hermosa. A pesar de las incomodidades que su estancia en el
castillo nos pudiera causar, he podido con seguir de mi esposo que
continúe en su vivienda, porque son muy peligrosos los traslados de las
plantas cuando llegan a ser viejas. A cierta edad, una habitación es un
mundo, y el objeto más insignificante es un recuerdo querido que llega a
formar parte de nuestro mismo ser. He encargado a Juanita, la esposa de
nuestro mayordomo, que la visite y la sirva siempre que se le ofrezca.
Esta mujer, que ha servido muchos años en el castillo, sabe todas las
historias referentes a él; es muy agradable saber quiénes han vivido y
ocupado nuestra casa antes que nosotros.
Algún día, seguramente se hablará de mí como hoy se habla de otros.
¡Acaso este día no está lejano!
Después de comer, o sea a la una de la tarde, me pongo a leer y coser, y
después doy lectura al -Evangelio meditado-, teniendo a mis criados por
oyentes. Ya anochecido, voy a la iglesia; la oscuridad parece que ayuda
al recogimiento y a la piedad. De esta manera paso la vida mientras mi
marido se halla ausente.
Mis hijas y yo iremos pronto a tomar el fresco por las orillas del
bosque. Esta vida es demasiado dulce y ahuyenta los dolores físicos y
morales. ¡Dios mío! os doy las gracias, pero yo no soy merecedora de
tanta felicidad.
¡Que las inquietudes de mi espíritu no me impidan reconocer los inmensos
beneficios que de Vos recibo!
Cuando era niña creía que no era posible la vida fuera de la corte, del
Palacio Real o de los jardines de Saint-Cloud que habitábamos con mi
familia; pero, actualmente, pido a Dios que me agraden siempre los
lugares que su voluntad designe. Siempre que comparo la casa
destrozada, pero sana y bien orientada, situada en un valle ameno como
los de Suiza, donde pasé los primeros años de mi casamiento, con esas
casas ennegrecidas por el humo, con esas chozas cubiertas de heno y
retama, siempre que veo esas mujeres más laboriosas y más resignadas que
yo, a pesar de carecer de pan y abrigo para ellas y para sus hijos, me
considero demasiado favorecida y privilegiada por la bondad de Dios.
XXIX
9 de julio.
Me encuentro triste y abatida, y no sé a qué atribuir esta situación.
Acaso es producida por la ausencia de mi marido. En este miserable
mundo, la cosa más insignificante hace cambiar la felicidad; nuestros
cuerpos son en extremo impresionables...
Me he vestido de negro: parece que así me encuentro mejor y, sin
embargo, no creo que pueda resistir muchos días esta excitación de
espíritu.
He leído un libro de madame de Genlis y me ha causado su lectura una
impresión de alegría y satisfacción como jamás hubiera creído. Hay en
este libro muchos y buenos consejos que aprovecharé para mis hijos. Es
muy peligroso dejarse dominar por las impresiones de los otros. Yo había
juzgado mal y sin conocer la obra ni a su autor; pero confieso que me
equivoqué y me arrepiento de ello.
XXX
10 de julio.
Ayer me dijeron que una pobre mujer carecía de pan y que tenía muchos
hijos que alimentar. En seguida me fui a visitarla, pero había muchas
personas en la casa y no me atreví a socorrerla por temor a que se
creyera que ejercía la caridad con ostentación. Volví a casa con la
intención de mandarle alguna cosa; se hizo tarde, y no me atreví a
mandar a los criados. ¡Acaso la pobre mujer habrá pasado la noche sin
alimentarse ni alimentar a sus hijos! Confieso que he obrado mal, y al
amanecer, he corrido a casa de la pobre mujer y la he socorrido. Nadie
debe avergonzarse de hacer el bien, cuando en el mundo se hace tanto
mal. He resuelto no caer jamás en esta debilidad.
XXXI
14 de julio.
Este día lo he pasado muy apaciblemente. ¡Quiera Dios que lo hayan
pasado así todas las personas que conozco!
Continuamente pienso en mi marido: hoy debe estar con mi hijo Alfonso en
Lyón. ¡Cuánto me gustaría estar con ellos!
Seguramente que lo habrá sacado del colegio.
Por la mañana, he recibido carta de mi madre, que continúa en Alemania y
sigue bien: esto me ha causado una alegría inmensa.
Esta mañana he leído en un libro de Mme. de Genlis: en él se hace una
descripción de la vida de los frailes de la Trapa, que me ha
impresionado mucho. También me ha sorprendido el leer que estos hombres
no encuentran en este mundo, donde viven en las mayores privaciones, un
solo punto de desgracia, y ven con gusto aproximarse la muerte. Esto me
acaba de convencer de que la felicidad no se encuentra en los mundanales
placeres, y sí en el cumplimiento del deber, por penoso que éste sea.
Cuando se ha empleado el tiempo en terminar un trabajo cualquiera, se
encuentra uno contento, y dentro de las leyes de actividad impuestas
por Dios mismo.
El que esté bien convencido de esta verdad, y se deje sin resistencia
conducir tranquilamente por las circunstancias y por las personas que
tienen derecho a gobernarnos, será más feliz, como yo lo soy desde que
me he amoldado a esta manera de ser.
En algún tiempo tuve yo la pretensión de subordinar todo a mi única
voluntad, y siempre estaba inquieta: después he reconocido que si mis
deseos se hubiesen cumplido, casi siempre eran en perjuicio mío. Hoy
vivo completamente entregada a la infinita y soberana sabiduría, y me
siento mejor física y moralmente. ¡Bendito sea Dios! El es el único
sabio. El únicamente debe gobernar el mundo.
XXXII
19 de julio.
Ha llegado mi marido, y hemos salido con nuestros hijos a dar un paseo
por las altas montañas, que parece como si crecieran impulsadas por la
poderosa mano de Dios; están pobladas de hayas, abetos y retama, cuyas
amarillentas flores aseméjanse a láminas doradas sobre un fondo verde:
de trecho en trecho hay grandes matorrales entre hierbas, sobre los que
se distinguen algunos carneros; a cada momento se encuentran lindas
cascadas que se desprenden de lo alto de las rocas y serpentean sus
aguas por entre las hojas y los abetos más verdes que los otros por la
continua humedad que reciben. Este grandioso espectáculo expresa el
sentimiento y la grandeza del Creador. Nuestra alma es un espejo
viviente donde se reflejan todas estas bellezas, y en cuyo centro está
Dios siempre que no permítimos colocar nubes ni sombras sobre la
Naturaleza y el espejo.
Desde lo más alto de la montaña pudimos ver el Mont-Blanc y la
cordillera de los Alpes cubierta por la nieve: mi marido camina a pie en
compañía del guarda, y detrás de nosotros mis hijas, montadas en asnos
que unos muchachos conducen del diestro. El dueño de los asnos, nuestro
antiguo mayordomo, dirige la expedición. Hemos necesitado más de tres
horas para llegar a la cima más alta; yo me había figura que subiríamos
en media hora, pero las distancias nos engañan como el tiempo en la
vida: aunque el engaño es a la inversa: en la existencia, se nos figura
el tiempo largo, y es corto: creemos cortas las distancias y resultan
largas.
Todo el día lo hemos pasado corriendo con los niños y sentándonos sobre
la hierba. El panorama que se desarrolla a nuestra vista es magnífico:
las colinas del Mâconnais, blanqueadas por pueblecitos, desde los cuales
llegaba hasta nosotros el sonido lanzado desde sus campanarios. Las
praderas interminables del Bresse, parecidas a las de Holanda, que yo
conocía por las vistas de ellas que mi hermano me mandaba cuando estuvo
en aquel país de secretario de la embajada; y allá a lo lejos el
Mont-Blanc, que cambia de aspecto según reciben sus nieves los rayos del
sol: blanco, violado, negruzco; imitando a un hierro que se colora de
rojo o se ennegrece al fuego de la fragua y según las operaciones que
el obrero realiza con él.
Hemos tendido sobre la hierba nuestros manteles, y comido juntos, los
pastores, nuestros criados y nosotros. Terminada la comida, hemos vuelto
a montar en nuestros borriquillos y empezado el descenso de la montaña
por diferente camino del que habíamos ascendido, el cual está rodeado de
avellanos campestres.
La algazara de los niños, el ruido que hacen las cabalgaduras al caminar
por entre los guijarros de la sierra, el canto de los mirlos, las
detonaciones que producen los escopetazos que mi marido y el guarda
tiran a las perdices, forman, en conjunto, un ruido semejante al de una
caravana a la llegada al oasis. Los pastorcillos debieron tener miedo al
sentir aquel ruido, porque al llegar a un pequeño claro que forman los
árboles en la falda del monte, encontramos una pequeña manada de
corderos y cabras sin pastor y bajo la única vigilancia de dos grandes
perros negros, que, al vernos, ladraban con fuerza.
Algo más lejos, observamos las cenizas humeantes de una hoguera entre
dos grandes piedras. Junto al fuego había unos zuecos de madera. Desde
luego comprendimos que los partorcillos guardianes de los corderos
debían de estar cerca de nosotros, y que al ruido de las voces y de los
tiros se habrían escondido entre las matas cercanas sin tiempo para
recoger el calzado. Tuve entonces una idea que fue muy del agrado de mis
niños. Junto a las cenizas de la hoguera apagada, nos detuvimos un
momento, y mi marido colocó dentro de cada uno de los zuecos doce
sueldos, y mis hijas un puñado de confites que habían guardado para
merendar. Hecho esto, emprendimos de nuevo la marcha, gozando en la
alegría que los pequeños pastores habían de experimentar, cuando después
de haber pasado nosotros salieran de su escondite recelosos e
ignorantes de lo ocurrido, y se encontraran con la sorpresa que les
habíamos preparado. Seguramente que ellos creerían que las hadas de la
montaña les habrían hecho aquel regalo, escondiéndose después entre las
sombras del bosque donde ellas viven.
Habíamos caminado un buen rato, cuando oímos el eco de repetidas
risotadas y alegres exclamaciones. Eran los pastorcillos que discutían
entre el estupor que el hallazgo les hubo causado y la natural alegría
que había producido en ellos tan inesperado acontecimiento.
Como habíamos previsto, atribuyeron el hecho a las hadas del bosque,
pero al contar a sus padres lo ocurrido, éstos le indicaron la verdad
del suceso, que bien pronto adivinaron; tanto es así, que al día
siguiente nos pagaron la sorpresa con otra sorpresa, pero de un modo muy
delicado, según acostumbran aquellos buenos campesinos.
Cuando un criado abrió la puerta de la casa que da a un patio abierto,
se encontró cuatro cestitas de junco llenas de quesos, panecillos de
manteca hechos en forma de zuecos y avellanas. Los pastorcillos que
habían dejado allí aquellos regalos, se escondieron y pudieron oír
también nuestras exclamaciones de asombro; misterio por misterio,
ofrenda por ofrenda.
Esta delicadeza de los campesinos nos encantó; no hemos sabido jamás a
qué choza pertenecían los autores del anónimo presente.
Aquellos cambios de atención entre los pobres campesinos y nosotros los
ricos, según ellos nos llaman, son muy convenientes y ayudan a formar el
corazón de nuestros pequeñuelos, enterneciéndolo de tal suerte, que no
puedan los años y las vicisitudes de la vida endurecerlo.
XXXIII
22 de julio.
Hemos vuelto de nuevo a Milly, nuestra morada antigua.
Estoy muy lejos de la iglesia y lo siento; pero rezaré con igual fervor
que en el templo, dentro de mi casa; Dios acoge la oración que se le
dirige con fervor, proceda de donde quiera que sea: rezaré también en el
campo. ¡Qué hermoso templo el de la Naturaleza!
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