El Manuscrito de mi madre aumentado con las comentarios, prólogo y epílogo Alphonse de Lamartine BIBLIOTECA DE «LA NACION» A. DE LAMARTINE EL MANUSCRITO DE MI MADRE AUMENTADO CON LOS COMENTARIOS, PRÓLOGO Y EPÍLOGO Dios no ha confiado a nadie sus propósitos; la Naturaleza y el tiempo no lo comprenden, y si deja transpirar algo de sus misterios, busquémoslo sólo en Él ¡porque en Él se basa todo! BUENOS AIRES 1911 ADVERTENCIA Una circunstancia especial que es inútil dar a conocer al público, ha hecho entregar este libro a la imprenta. De intento y por su naturaleza, había de ser siempre un manuscrito; todo lo más, debía figurar en uno de estos archivos íntimos de familia, colección de documentos que eslabonan la generación presente con las que han dejado de existir; documentos que, en su manía escudriñadora, suelen encontrar en las arcas viejas los muchachos, los parientes, quienes se entretienen hojeándolos durante las tardes ociosas del otoño. Ya que ha escapado, a pesar nuestro, de la semioscuridad del rincón casero y va a someterse a las miradas del lector desapasionado, lo dedicamos únicamente a la familia de la hermosa y tierna madre que inundó estas páginas con las efusiones de su corazón, sin prever que en la última hora de su vida le faltaría tiempo para quemar estos papeles. A los demás les rogamos que no lo lean: nada hay en él de lo que se busca en los libros; éste sólo tiene interés para aquellos a quienes esta mujer virtuosa ha de transmitir su sangre a la afinidad de su alma. No podemos olvidar en nuestra dedicatoria a los amigos de la comarca donde vivió ella, los servidores ya viejos que no pronuncian su nombre sin verter una lágrima, ni a los labradores, cuyas pisadas desde hace veintiocho años, han privado de crecer hierba en el camino que conduce a su sepultura. Saint-Point, 2 de noviembre de 1858. EL MANUSCRITO DE MI MADRE I Hoy es el 2 de noviembre, día llamado -de difuntos-. Cuando estoy desocupado paso este día en Saint-Point con el mayor recogimiento, lo más cerca posible del pequeño cementerio del pueblo, con el cual comunica una puerta falsa de mi jardín. Allí reposa, en aquella tierra que tanto amaba, mi madre, en un ataúd al lado de otro más pequeño que el suyo, y al cual parece que atrajo, al igual que se derrumba el nido que consigo arrastra la rama caída... Mi imaginación no quiere levantar el velo que cubre a éste, por miedo de ver... ¡lo que no quiero ver más que en el cielo! II Durante este conmovedor y breve día de otoño, me esfuerzo para que el trato de los vivos no me distraiga en modo alguno de mi trato con las almas de los que no existen. Con placer me interno por los senderos menos frecuentados del bosque, donde los árboles conservan todavía tanta cantidad de hojas amarillentas que interceptan los pálidos rayos del sol, de las cuales también como lluvia constante tantas van cayendo, hojas muertas que pisamos, que nos dicen que todo está muerto, que todo muere, que todo morirá. La Naturaleza es durante este mes una inmensa elegía que se asocia íntimamente con la eterna elegía del corazón humano. * * * * * Voy y vengo por la hierba húmeda sin otro objeto que pisar las huellas de los seres queridos que no hace mucho iban delante de mí, detrás de mí o a mi lado por esta senda. Mis pies se paran por sí mismos como si a cada instante se clavaran en el suelo, delante de los añosos árboles aislados por el lindero del bosque, debajo de los cuales, por casualidad o por costumbre, se reunían de ordinario los ancianos, las madres, los niños, parientes y amigos, cuyas voces creo oír aún, confusas, tiernas o infantiles entre el murmullo ya sordo, ya argentino del arroyo inmediato. ¡Ay de mí! no volverán a sentarse en estas raíces, pero han dejado tal multitud de recuerdos, que hay momentos en que me parece que sólo están alejados de mí algunos pasos, que he equivocado el árbol o el claro del bosque para reunirme con ellos, y que voy a verles y oírles al doblar la senda. III Hay especialmente uno de estos lugares, donde mis ojos no se cansan de buscar a los que no volverán jamás. Está a algunos centenares de pasos de la casa. Para ir al bosque se sigue un camino con espinos por ambos lados, que atraviesa un gran campo pedregoso y un prado en declive, donde grupos de bueyes reflejan en sus marmóreos lomos los rayos del sol de estío. Esta senda sin sombra ni hierba, hace desear la fresca y sombreada bóveda del bosque que se ve mecido por la brisa en la ladera de la montaña, al extremo del campo árido. Bastante fatigado se llega a los primeros álamos y alisos de la plantación, cuyas raíces humedecen constantemente las filtraciones y los regueros de la colina. La humedad que se nota en este sitio, recuerda las inmediaciones de los arroyos. Pronto desaparecen los alisos, a medida que el suelo se eleva o caldea: los viejos troncos agujereados; las hayas, cuya corteza tigrada como tejido parece de musgo dorado; los castaños, con sus ramas extendidas como los cedros, con hojas agudas cual lanzas, bordan el camino. Este se corta repentinamente junto a una pendiente brusca, inundada de luz, deslumbradora y ardorosa. Hay allí una cañada muy honda, cuya pendiente es muy rápida; penetra por un lado en la oscuridad del bosque y continúa por la otra parte entre los campos cultivados y la hermosa pradera. La vegetación silvestre, rumiada de continuo por las cabras y los carneros, crece allí fina y dorada como el raro plumón que el viento siembra y también él derriba en las yermas y escabrosas rocas de los Alpes. Las flores de este campo no crecen más de lo que alcanza el vellón de un carnero; es menester bajarse para verlas; pero su aroma es delicioso, y cuando se cogen para desenrollar sus hojas con los dedos y examinar su textura, sus corolas, sus estambres o sus colores, el corazón admira a la Providencia, que se ha tomado tanto cuidado para estas germinaciones del musgo como para los vegetales gigantescos de las selvas. Las abejas, los zánganos, las mariposas y tantos insectos alados sin nombre que las chupan al calor del sol, se complacen revoloteando en el ambiente perfumado de la cañada, llena de vida, de movimiento y de zumbidos. IV En la pendiente opuesta al camino, interrumpido por este espacio, cuarenta y cinco encinas seculares, olvidadas por los leñadores, forman un grupo sin orden y a bastante distancia una de otra, cerca de la torrentera. Los brezos de color rosado, violeta y blancos, tapizan con un tejido tan aterciopelado y variado como la lana de Esmirna los espacios que hay entre las matas. Sus copas, agitadas durante tantos años por el viento Sur, están algo calvas; sus ramas inferiores, especialmente las de las encinas de en medio del grupo, se ennegrecen y secan; cuelgan de ellas en su extremo un manojito de hojas amarillentas que van cayendo poco a poco con las ráfagas del viento equinoccial, produciendo un ruido seco y repentino, que hace huir y chillar de espanto a los grajos y los mirlos. Sobre el borde del barranco se inclinan las siete encinas que forman la fachada del bosque, cuyos troncos fuertes y robustos las denuncian por las más viejas; sus ramajes, los más espesos, carecen de aquellas saetas negras, preferidas por los tordos, que sirven de atalaya a los pájaros y atestiguan la senectud de los árboles; extienden sus ramas acodilladas en la pendiente de la cañada, y sus raíces, casi a flor de tierra, hinchan el césped y el musgo que las cubre. V Al pie de la más corpulenta de aquellas encinas, la más inmediata al bosque, yo encendía hogueras en mi infancia; a pesar de tantas lluvias de invierno, el humo ennegrece aún aquella corteza ruda. Siendo joven, allí escribí con lápiz muchas melodías poéticas que cruzaron mi imaginación conmoviéndola, como la tibia brisa primaveral hacía mover las ramas armoniosamente sobre mi cabeza. Allí, en días más dichosos, estábamos con los viejos y los niños de la familia pasando felizmente las horas caldeadas del día como en un salón de verano. Nada faltaba allí para el mueblaje natural de un lugar de reposo y de delicias; ni los pilares rústicos, formados por las cuarenta y cinco encinas diseminadas por la pintada alfombra, ni el artesonado inimitable del follaje agitado por el hálito intermitente que reanima al caminante, ni la melodiosa música de ruiseñores y pinzones que cantan cerca del nido donde empolla la hembra, ni el blanco cojín de musgo seco formado junto al tronco de los árboles, ni el sonoro curso del arroyo filtrando entre las matas tiernas de los juncos, tanto más lustrosos cuanto más oscuros, para ir a perderse entre los prados, ni el vapor que rodea las montañas, agrupadas como panorama griego, que vistas entre las ramas, parece que se admira un cuadro desde una ventana abierta entre ondulantes cortinas. VI Una escena de este delicioso sitio y de aquel dulce tiempo está fija en mis ojos y en mi corazón, cada vez que veo amarillear con el último rayo de sol las ramas medio desnudas del bosque de encinas. En las raíces del árbol más viejo, que es también el más inclinado que forman los de la orilla, está sentada una mujer anciana, doblada por los años cual el árbol, sus manos hilan maquinalmente con la rueca llena de lana más blanca que sus cabellos. De vez en cuando, cambia algunas palabras con una joven en lengua extranjera. Su fisonomía revela la tranquilidad de un día sereno que acaba, aguardando del cielo su salario y renace en la tierra contemplando otras generaciones. Otra mujer, joven aún, tiene en sus manos un libro medio cerrado, que abre a menudo para leer un breve rato y volverlo a cerrar como si reflexionara lo leído. En la expresión de su fisonomía se observa que aquel libro ocupa su imaginación en las cosas eternas: la meditación piadosa hace bajar a ratos sus párpados, largos y casi transparentes, luego dirige hacia el cielo el globo pensativo de sus ojos. Su cara, un tanto ascética, está pálida; hay en ella las delicadas líneas de una perfecta hermosura moral. Mejor que un cuerpo es la envolvente de un alma; los trazos de una sonrisa tierna y graciosa moderan su austeridad hasta cuando ora. Su mirada, irradiación de celeste luz, se dirige hacia cuanto la rodea, y cuando la dirige hacia mí, se detiene y se enternece. Se comprende que es una madre contemplando la felicidad de su hijo. VII Más abajo, sobre la hierba que ostenta hermosas manchas de sombra y de luz, una joven con cabellera rubia y ojos azules, de talle esbelto y flexible cual las que se mecen al rumor del Océano, dibuja en un libro que apoya en sus rodillas; reproduce una parte del paisaje que se ofrece a sus ojos, vivificado por hermosos tonos de sombra y de luz, por el humo de las cabañas, por el grupo de cabras que hay en lo alto de los riscos. A cada rasgo la distrae con sus gritos de alegría una hermosa niña de cuatro años. Esta criatura se deleita descubriendo y cogiendo para su madre un ranúnculo de botón de oro entre el musgo; viene luego a esparcir su cosecha a puñados sobre la hoja dibujada para recibir en recompensa un beso, y corriendo, vuelve a buscar flores entre la hierba, y cuando se arrodilla para coger una mariposa posada en una flor, ocultándose enteramente su cuerpo bajo el flotante velo de sus cabellos dorados por el sol, en su lugar, en vez de un cuerpo infantil, creeríamos que hay una madeja de seda puesta al sol como hacen las lavadoras de capullos. En la semioscuridad del fondo más espeso del encinar, un joven observa de lejos esta escena campestre de esparcimiento doméstico; con paso desigual va de una encina a la otra sin que el césped deje percibir el ruido de sus pasos; tiene en sus manos un libro en blanco deteniéndose a intervalos para borronear en él algunas líneas. Lo que yo escribí aquel día, helo aquí: ¡Dios mío, quién creyera que estos versos habían de trocarse tan pronto en lágrimas! LO QUE PIENSAN LOS MUERTOS Mirad las hojas secas corriendo por el suelo.--Entre gemidos, por el valle las arrastra el viento.--La golondrina roza sus alas por el quieto pantano.--El niño de la cabaña, va cogiendo leña entre los brezos.--Ya no susurran las olas, que su encanto dieron al bosque.--Enmudeció el pajarillo entre las ramas secas.--¡Junto a la aurora, el ocaso!--El sol, que apenas despunta, brilla pálido un momento al concluir su carrera.--El carnero por las zarzas va dejando su hermoso vellón de lana que servirá de nido al jilguero.--La flauta pastoril ha enmudecido; desapareció su eco; cesó también el encanto de amor y de ventura.--La hoz cruel ya despojó la tierra de aquel verdor que le prestara vida...--Así acaban los años, así van feneciendo los días de nuestra vida.--Éoca en que todo cae.--Al rudo golpe de viento.--Soplo emanado de la tumba que arranca del mundo la vida con la mayor indiferencia.--Como el ave se arranca las plumas cuando observa en sus alas otras nuevas.--Entonces fue cuando vi palidecer y morir a los tiernos frutos que Dios nos dejó madurar.--Aunque joven, ya en la tierra.--Vago errante y solitario.--Y al preguntarme yo mismo.--¿En dónde se encuentran los que adora mi corazón?--La mirada se inclina triste hacia la tierra.--La cuna está vacía.--El niño, arrebatado por la muerte, ha caído del seno de la cuna al frío lecho funeral.--Los muertos, envueltos en el polvo que les cubre, nos dirigen esta voz.--¿Los que gozáis de la vida, pensáis aún en nosotros?--¡Oh! muertos queridos.--¿Dónde estáis?--¿Acaso pobláis un astro fulgurante con luz más eterna que la nuestra?--¿Acaso vagáis entre el cielo y la tierra?--Allá donde os encontréis, ¿jamás podréis oír la dulce voz de vuestros deudos?--¿Habéis vosotros olvidado a los que dejasteis sumidos en la mayor tristeza?--¡Oh, no, Dios mío! si tu gloria.--Les ha borrado el recuerdo humano.--Quitadnos a nosotros la memoria.--Y nuestro llanto no correrá en vano.--En ti, Señor, sin duda está su espíritu.--Mas guarda en su recuerdo el lugar nuestro.--Ampárales, Señor, el don de tu clemencia es grande.--Si aquí pecaron, dales ¡oh, Dios! tu sublime perdón.--Ellos fueron, lo que nosotros somos ahora.--Polos, juguetes del viento.--Frágiles y débiles como la nada.--Si sus plantas resbalaron, y si han faltado por su boca al precepto de la ley.--Perdónalos, Juez Supremo.--Tu poder es grande.--A tu voz desaparecen las cosas todas de los hombres.--Si tocas la luz, tus dedos quedarán empañados.--Las columnas de la tierra y las del cielo tiemblan a tu voz.--Si dices a la inocencia: «Sube a mi presencia y habla,» aparecerá velada por tus virtudes.--Mandas al sol que alumbre.--Y la luz constante luce.--Dices al tiempo que nazca.--Y dócil la eternidad arroja los siglos por miles.--Los mundos que tú repones se renuevan a tu vista.--Jamás separas del pasado el porvenir.--Las edades desiguales se igualan bajo tu mano.--Nunca tu voz pronuncia estas palabras:--«Ayer, hoy, mañana».--Padre de la Naturaleza.--Manantial de bondad.--Dios clemente y misericordioso.--Suprema virtud, ¡perdón! ¡perdón! VIII Cuando el día desciende, entro en mi casa a paso lento; me encierro en mi habitación, la más alta y abandonada de la casa, desde la cual se domina el viejo campanario de la aldea: desde allí se sienten muy bien los ecos de la campana y los silbidos del viento. Parece que la naturaleza y la religión se han puesto de acuerdo en día semejante para dirigir hacia los sepulcros el pensamiento de los vivos. El infatigable campanero, asido a la cuerda de las campanas, no cesa de tocar desde el mediodía del primero de noviembre hasta el amanecer del siguiente. Aquel célebre clamoreo evoca en los corazones recuerdos de aquéllos sobre cuyos corruptos cuerpos ha resonado muchas veces el azadón del sepulturero. Aquella campana, recalentada por los incesantes golpes del badajo, parece que se agita por la fiebre, y que a cada paso ha de romperse torturada por tanto martilleo. Tales fueron las impresiones que yo experimenté en día semejante y que me inspiraron las siguientes estrofas: LA CAMPANA DE LA ALDEA ¡Oh! Cuando toca la campana lentamente.--Esparciendo sobre el valle su voz parecida a un gemido.--Diríase que es la mano de un ángel quien la mueve.--Y que entre la brisa nocturna, derrama sobre la tierra cuanto en él hay de divino. --Cuando huyen del campanario las negras golondrinas.--Porque el viento hace temblar sus nidos de barro.--Y buscan en los estanques el reposo apetecido.--Cuando la viuda de la aldea se arrodilla sobre los hilos que se desprenden de su rueca.--Pagando con el rezo su tributo a los muertos: --Siento en mi pecho un canto sonoro, que no es del goce de la vida.--Ni es producido por los recuerdos de mi infancia.--Ni es de amores la primera alborada de la savia primaveral que rejuvenece el campo.--Cuando allá en la pradera.--Suenan las voces virginales que tornan con sus cántaros llenos de agua--Yo no sé lo que es, pero lloro.--Mi triste corazón canta al despertar con un melódico murmullo rociado de ambrosia o yo no sé de qué.--Siento cómo se lleva el invierno mis días felices.--Mezclados con la hojarasca muerta y con el eco sarcástico y burlón de la fama.--Flores tejidas en noche oscura, que jamás arraigan dentro del corazón, aunque exhalen bellísimo perfume--Tiernos capullos cuyas corolas se rompen entre los dedos emponzoñados de la envidia.--En este día, cuando la campana lanza sobre el valle su acento plañidero--Se siente un gemido triste y prolongado que sale del campanario--Es la voz de lo desconocido que llora al ver pasar dos féretros en dirección al cementerio.--De la noche a la aurora, ¡oh, campana! tú lloras con mis ojos y gimes con mi corazón.--Estos gemidos se repiten en el cielo, en el mar, en los aires,--Como si las estrellas llorasen por sus compañeras y los vientos por sus hijos. Desde aquel día que tus sones se juntaron con mi duelo--Creo que un ángel mueve tu badajo y conmueve al mismo tiempo mi alma.--El eco de tu bronce, antes de herir las fibras de mi corazón, ha estremecido las sepulturas donde descansa lo que fue.--Las piedras del campanario tienen gran parecido a las del sepulcro. No os cause extrañeza si consagro un recuerdo.--Al misterioso sonido de este bronce.--Yo amo su voz precursora de la muerte.--Canta ¡oh! tú, fiel mensajero de la humana tristeza.--Que tus cantos presten vida a tus mármoles, lágrimas a los ojos, oración al descreído y a la muerte poesía. Cuando yo muera y mis vecinos, después de haber dejado en el campo de la muerte el puñado de polvo que reste de mi cuerpo--No llores por mí; lanza a los horizontes tus alegres sonidos de los días de fiesta.--Quisiera que imitara tu voz de bronce el ruido alegre que produce al romperse la cadena del esclavo o el cerrojo de la cárcel cuando se abre para dar libertad al cautivo. IX La época en que el calendario señala el aniversario de los muertos está en consonancia con el duelo y horror de los sepulcros. La Naturaleza gime como los corazones, y los elementos al expirar el año parecen retorcerse entre las convulsiones de una agonía triste. El prolongado equinoccio renovando durante la noche sus furiosos resoplidos parecidos por su regularidad a suspiros de muerte; las furiosas ráfagas de viento chocando contra los muros; los silbadores torbellinos llevándose consigo ¡Dios sabe dónde! nubes de hojarasca muerta, en medio de las cuales parece que se oyen como gritos de angustia; los graznidos siniestros de los cuervos despertados por el choque de las ramas que van rompiéndose, las bruscas sacudidas de la tempestad conmoviéndolo todo: aseméjanse, en verdad, a espíritus escapados de sus tumbas empujándose, chocando y gimiendo arremolinados por el viento. ¿Quién no ha creído oír muchas veces, entre los bramidos del huracán, voces que nos llaman por nuestros propios nombres? ¿cuántas veces las hemos oído llamar a las vidrieras y a las puertas como para hacerse abrir por la fuerza las habitaciones desiertas en las cuales vivieron sus almas en algún tiempo? Yo gozo con semejante tumulto recogiéndome en el frío que en mí produce la calentura de la agitación, y medio tendido al calor del fuego del invierno, sobre las mismas losas abrillantadas por las pisadas de aquellos que están tendidos para siempre no lejos de mí, y abrazándome a propósito, durante esta noche de recuerdos, a cuanto me resta de sus vestigios venerados. Dieciocho pequeños volúmenes encuadernados en cartón de diversos colores están esparcidos junto a mí sobre la alfombra; tan pronto entreabro y leo aquel o el de más allá, reflexiono sobre las fechas del principio y el fin de cada uno sin cansarme de leer y releer, llorando o sonriendo tristemente. Uno de ellos contiene EL MANUSCRITO DE MI MADRE. Mi madre, según tengo dicho en mis -Confidencias-, no escribía por escribir solamente, menos aún para ser admirada; escribía, digámoslo así, para ella sola con el objeto de encontrar en un registro los acontecimientos domésticos de su vida, un espejo moral de sí misma, donde pudiese verse y compararse frecuentemente con lo que ella misma había sido en otras épocas o era a la sazón, y mejorarse de continuo. Semejante costumbre, observada por mi madre hasta su muerte, dio por resultado la existencia de quince o veinte pequeños volúmenes de confidencias íntimas entre ella y Dios, que he tenido la dicha de examinar; en ellos he vuelto a ver y veo continuamente a mi madre viva cuando siento de nuevo la necesidad de refugiarme en su seno. No escribió mi madre con esa energía de conceptos y brillantez de imágenes que caracterizan el don de expresar. Hablaba con la sobria y clara sencillez de quien no se rebusca jamás dentro de sí propio, ni pide a las frases otra cosa sino que le den a conocer tal como él es, como no pidió jamás a sus vestidos sino que la vistiesen, sin fijarse en que pudieran servirle de adorno. La superioridad no se observa en su estilo; permanecía en su alma, y ésta residía en el corazón principalmente, lugar en donde la Naturaleza ha colocado el genio de la mujer, puesto que las obras de la mujer son todas hijas del amor. De suerte que únicamente por la simpatía se siente el hombre unido a ellas. Esta superioridad, casi incomprensible e inofensiva, nos subyuga dulcemente. X Dueño de estos recuerdos íntimos, he pensado muchas veces en si debía esconderlos en el cajón más profundo de mi secreter o entresacar de ellos un pequeño extracto acompañado de algunas observaciones para la familia, al objeto de que los restos del alma de semejante madre, no se evaporen por completo sin haber sido, cuando menos, leídos de sus nietezuelos. Este pensamiento ha renacido en mí con mayor fuerza al sentir las vibraciones clamorosas de la campana que llora sobre su tumba y que parece hacerme cargos por mi silencio, cuando el mismo bronce llora para recordármelo. Acumúlanse los años, la tarde de la vida se acerca, el polvo del tiempo comienza a empañar las hojas con el tinte pálido del otoño. Me hallo en uno de estos momentos de recogimiento crepuscular en los que el pensamiento se detiene ante las inquietudes de la vida activa remontándose a su origen, como agua estancada sin viento que la agite a la cual le es imposible encontrar la corriente; es el momento, en fin, de cumplir con mi piadoso deseo examinando esta reliquia venerada. Solamente la luz del hogar mismo de mi madre alumbrará estas páginas; y sólo quien haya llorado su muerte encontrará este libro interesante. A pesar de los variados espectáculos que representan a la mirada del hombre sensible y reflexivo la historia y la naturaleza, no existe en su fondo un solo punto más interesante de que haya concurrido en una sola alma, dadas las circunstancias, tal conjunto de alegrías, penas y vicisitudes de la vida, habiendo pertenecido esta alma a una mujer ignorada entre la oscura y tranquila vida doméstica. Este drama no pertenece a la escena, se encierra dentro del corazón; pero una lágrima, ya sea producida por la caída de un imperio o por el hundimiento de una cabaña, contiene siempre la misma cantidad de agua y de amargura... XI Cuando oímos hablar del alma de una persona, nos gusta conocer exteriormente la envoltura que la encierra. He aquí el retrato de mi madre, tal como está trazado en las primeras páginas de las notas confidenciales de su vida. Alicia de Roys, tal fue el nombre de mi madre, hija de M. Roys, director general de la hacienda del señor duque de Orleans. Mme. de Roys, su esposa, segunda aya de los hijos del duque, fue favorita de aquella bellísima y virtuosa duquesa de Orleans, que la Revolución respetó a pesar de haber destruido su palacio y de haber mandado sus hijos al destierro y su marido al patíbulo. M. y Mme. de Roys habitaban en el palacio real durante el invierno y en el de Saint-Cloud los veranos. En este palacio nació y creció mi madre, pasando su infancia en compañía del rey Luis-Felipe, niño también. Ambos pasaron la niñez en medio de la familiaridad respetuosa que se establece generalmente entre los niños de una misma edad aproximadamente, que reciben iguales lecciones y participan de las mismas inocentes distracciones. ¡Cuántas veces nuestra madre nos hablaba de la educación de este príncipe, que una revolución había desterrado de su patria, y que otra revolución debía levantar sobre su trono! No existe una fuente, una arboleda, ni un cuadro solamente en los jardines de Saint-Cloud que no conociéramos antes de haberlos visto. ¡Cuántas veces los nombraba al recordar su infancia! Saint-Cloud había sido para ella su -Milly-, su cuna, el lugar en el cual todos sus primeros pensamientos e impresiones habían germinado, florecido, crecido y vegetado con las exuberantes plantaciones del magnífico parque. Los personajes que tuvieron más resonancia durante el siglo XVIII, quedaron en su memoria profundamente grabados. Mme. de Roys, su madre, fue mujer de gran mérito. Sus funciones en el palacio del primer príncipe de la sangre, atraían a su alrededor muchos personajes célebres de la época. El mismo Voltaire, durante su triunfal y último viaje a París, hizo una visita de atención a los jóvenes príncipes. Mi madre, que no contaba a la sazón más que siete u ocho años, asistió a la visita, y aunque muy niña, comprendió por las impresiones que se manifestaban en torno suyo, que estaba viendo un personaje superior a un emperador. Aquella actitud soberana de Voltaire, sus vestidos, su porte, en fin, y sus palabras, quedaron impresas en su memoria de niña, como quedan los seres antidiluvianos sobre las piedras que forman las montañas. Dalembert, Laclos, Mme. de Genlis, Buffon, Florián, el historiador inglés Gibbon, Grimm, Morellet, M. Necker. Los hombres de Estado, los literatos y los filósofos de su tiempo vivían en la sociedad de Madame de Roys, distinguiéndose entre todos ellos al más inmortal, a Juan Jacobo Rousseau. Aunque mi madre era muy religiosa, conservaba cierta tiernísima veneración por este grande hombre; sin duda porque veía que a más de su gran genio, atesoraba un generoso corazón. Y si ella no participaba de las ideas religiosas del gran genio, sentía las bellezas de su alma. XII Unía el duque de Orleans a este título el de conde de Beaujolais, y por esta causa tenía el derecho de nombrar cierto número de damas para el cabildo de Salles. Mi madre fue nombrada a los quince o dieciséis años. Conservaba todavía un retrato suyo de aquella época, además del que todas sus hermanas y mi padre mismo, me han hecho infinidad de veces al relatarme su vida. Está representada con el mismo uniforme del colegio. Vese en él a una joven alta y delgada, de talle flexible, de blanquísimos brazos, cubiertos hasta el codo por mangas ajustadas de un tejido negro. Sobre su pecho ostenta la crucecita de oro del capítulo. Caen por ambos lados de su gallarda cabeza, sus flotantes cabellos negros, y sobre éstos un velo de encaje menos negro aún que los rizos que orlan su cara, de un blanco mate pálido que resplandece mejor entre aquella oscuridad de colores. A causa del tiempo, han desaparecido un tanto los colores y frescura de los dieciséis años, pero los rasgos son aún tan puros y recientes, que los colores no se han secado todavía en la paleta. Se encuentra a primera vista en su fisonomía, aquella sonrisa interior de la vida, aquella ternura inagotable en la mirada que revela en todo su ser una extraordinaria bondad: rayos de luz de una razón serena empapada en serenidad, flotando como una caricia eterna en su mirada un tanto profunda y otro tanto velada por los párpados, como si quisiera evitar que se escapase todo el fuego y todo el amor que se encerraba en sus hermosos ojos. Al ver este retrato se comprende muy bien toda la pasión que semejante mujer debió inspirar a mi padre, y todo el respeto y veneración que debía inspirar después a sus hijos. A pesar de esto, tampoco mi padre era indigno por ningún concepto de atraerse las simpatías de una mujer amorosa y sensible. No era demasiado joven: contaba treinta y ocho años. Pero para un hombre como él, que debía morir joven todavía de cuerpo y espíritu a los noventa años, con todos sus dientes, todos sus cabellos y en toda la varonil belleza de una vejez fuerte, treinta y ocho años representaban la flor de la existencia. Era de elevada estatura, porte militar, líneas varoniles y carácter severo. La altivez y la franqueza leíanse en su fisonomía a primera vista. No afectaba ingenuidad y gracia, y eso que poseía en su interior y en alto grado ambas cualidades. A pesar de su temperamento fogoso, parecía indiferente y frío en el exterior, creyendo, sin duda, que un hombre como él debía avergonzarse de manifestar demasiada sensibilidad. Dudo que hubiera otro hombre en el mundo que dudase más de sus virtudes y que envolviese con todo el pudor de una mujer las severas perfecciones de un héroe. Yo mismo tardé en conocerle muchos años. Le creía duro y áspero, cuando no era más que justo y rígido. Eran sus gustos sencillos e inocentes como su alma. Patriarca y militar: he aquí el hombre. La caza y el bosque, mientras permanecía en el campo; el resto del año, su regimiento, su caballo, sus armas, la ordenanza escrupulosamente observada y ennoblecida por el entusiasmo del soldado: éstas eran todas sus ocupaciones. Nada ambicionaba, y mostrábase cumplidamente satisfecho con su grado de capitán de caballería. La estimación de sus camaradas era lo único que, procurando conservarlo con delicadeza suma, encontraba digno de envidia, y su única ambición. Consideraba el honor de su regimiento como el suyo propio, y sabía de memoria los nombres de los oficiales y soldados de todos los escuadrones. Sin la menor ambición de fortuna ni de grados, cifraba todo su ideal en ser lo que era: un buen militar, teniendo el honor por alma y el servicio del rey por religión. Pasábase los seis meses del año de guarnición en una ciudad y los otros seis en su pequeña casa de campo, con su esposa y sus hijos. En una palabra, el hombre primitivo un tanto modificado por el militar; he aquí mi padre. La Revolución, las desgracias, los años y las ideas fueron modificando su manera de ser y se completaron en su vejez. Yo mismo puedo asegurar por mi parte haber visto cómo su espléndida y fácil naturaleza se desenvolvía después de los sesenta años de existencia. Parecíase a las encinas que vegetan y se rejuvenecen de continuo hasta el día en que el hacha del leñador rompe su tronco. A los ochenta años continuaba modificando sus ideas y buscando la perfección de ellas. XIII Y constante como era, logró vencer, en unión de mi madre (no sin tener que superar grandes obstáculos), todas las dificultades de la fortuna y las preocupaciones de familia que se interpusieron entre ambos. Casáronse en el tiempo en que la Revolución removió todas las edificaciones humanas y hasta la tierra en que se asentaban. La Asamblea constituyente había realizado su obra. Sabía por la fuerza de una razón sobrehumana, por decirlo así, los privilegios y preocupaciones sobre los cuales descansaba el antiguo orden social de Francia. Habían los tumultos populares removido ya, como remueven las olas los vientos precursores de los temporales, el palacio de Versalles, el fuerte de la Bastilla y el Municipio de París. Los primeros temblores que removieron los cimientos creíase que serían una ligera tempestad sin consecuencias. No existía escala para medir la altura a que debía alcanzar el desbordamiento de las nuevas ideas. Mi padre no había abandonado el servicio a pesar de su casamiento: él no veía en todo aquello más que la bandera que debía seguir, el rey a quien defender, algunos meses de lucha contra el desorden y algunas gotas de sangre que derramar en el cumplimiento de su deber. Los primeros relámpagos de una tempestad que debía sumergir un trono secular y conmover a Europa durante medio siglo a lo menos, se perdieron para mi madre y para él, entre las primeras alegrías de su amor y las perspectivas primeras de su felicidad. Yo recuerdo haber visto cierto día una rama de sauce desgajada del tronco por la tempestad de la noche, flotando a la mañana sobre las aguas desbordadas del Saone. Un ruiseñor hembra empollaba todavía en su nido flotante, mientras el macho revoloteaba sobre las aguas espumosas que pretendían tragarse aquella dulce mansión de amor. XIV Apenas hubieron probado el deseado bienestar, cuando les fue preciso interrumpirlo, separándose ¡quién sabe si para no volverse a ver! Llegó el momento de la emigración. En esta primera época, no fue la emigración lo que debía ser más tarde; un refugio contra las persecuciones o contra la muerte. Fue una especie de contagio que existía entre la nobleza francesa. El ejemplo dado por los nobles cundió y casi todos los regimientos perdieron sus oficiales. Necesitaban grande firmeza de carácter para resistir aquella epidemia que tomó el nombre de honor. Mi padre tuvo esta firmeza y no emigró. Solamente cuando se exigió a los oficiales del ejército un juramento que rechazaba su conciencia de servidores del rey, presentó su dimisión. Pero el 10 de Agosto se aproximaba, se le sentía venir. Sabíase de antemano que el fuerte de las Tullerías sería atacado, que los días del rey correrían peligro; que la Constitución de 1791, pacto provisional de conciliación lo que debía ser más tarde: un refugio contra las derribado o elevarse triunfante entre ríos de sangre. Los amigos que aún quedaban a la monarquía y los hombres personalmente unidos al rey, se contaron y unieron para ir a reformar la guardia constitucional de Luis XVI. Mi padre fue uno de estos hombres de corazón. Mi madre, que a la sazón me llevaba en su seno, no hizo el menor esfuerzo para detenerle. Aun en medio de sus lágrimas, no comprendió ella nunca la vida sin honor, ni vaciló un minuto entre el dolor y el deber. Mi padre partió sin esperanza, pero sin vacilar un momento. Combatió con la guardia constitucional y con los suizos para defender el castillo. Cuando Luis XVI abandonó el palacio, la lucha se convirtió en matanza. Mi padre fue herido de un tiro de fusil. Cuando a pesar de ello procuraba escaparse, fue detenido frente a los Inválidos al intentar atravesar el río. Conducido a Vaugirard se le encerró en una cueva por algunas horas. Después fue reclamado y salvado por el jardinero de un pariente suyo, quien, estando de oficial municipal de la Commune, le reconoció casualmente. Al escapar así de la muerte, volvió al lado de mi madre, encerrándose en la más profunda oscuridad del campo hasta el día que las persecuciones revolucionarias no permitieron a los partidarios del antiguo régimen otro asilo que la prisión o el patíbulo. XV El pueblo fue una noche a arrancar de su hogar a mi abuelo, a pesar de sus ochenta y cuatro años, a mi abuela, casi tan anciana como él y enfermiza, a mis dos tíos y tres tías, religiosas que habían sido arrojadas ya de sus respectivos conventos. Colocaron a esta respetable familia dentro de un carro escoltado por gendarmes, y la condujeron en medio de un espantoso alboroto y de gritos de muerte hasta Autún. Había en este pueblo una inmensa cárcel destinada a encerrar todos los sospechosos de la provincia. Mi padre, por una excepción de la cual ignoro la causa, fue separado del resto de la familia y encerrado en la cárcel de Mâcón. Mi madre, que me amamantaba a la sazón, fue depositada sola en la casa de mi abuelo, bajo la salvaguardia de algunos soldados del ejército revolucionario. ¡Y aún causará asombro el que aquellos en quienes data la vida de estos siniestros días, hayan aportado con su conocimiento cierto sabor de tristeza y cierta impresión melancólica al genio francés! Virgilio, Cicerón, Tíbulo, y el mismo Horacio, que imprimieron semejante carácter al genio romano, ¿no habían nacido por cierto, como nosotros, durante las espantosas luchas civiles de Roma, entre el barullo de las proscripciones de Mario, de Syla o de César? ¡Es preciso no olvidar las impresiones de terror o de piedad que agitaron las entrañas de las mujeres romanas, durante el tiempo que llevaron en ellas a aquellos hombres! ¡Es preciso calcular cuan amargada sería por las lágrimas la leche de que mi madre misma me nutría, mientras la familia sufría un prolongado cautiverio del que sólo la muerte debía librarla, mientras el esposo adorado estaba sobre las gradas del cadalso y ella permanecía encerrada en su desierta casa, guardada por los feroces soldados que espiaban sus lágrimas considerando su cariño como un crimen e insultando su dolor! XVI Detrás de la casa de mi abuelo, que se extiende entre dos calles, existía una casita baja y sombría que comunicaba con la grande por medio de un corredor oscuro y unos pequeños y reducidos patios húmedos como pozos. Esta casa servía de alojamiento a los antiguos criados de mi abuelo retirados del servicio, y a quienes sostenía la familia con pequeñas pensiones que continuaban percibiendo por algunos servicios que prestaban de cuando en cuando a sus viejos señores; especie de libertos romanos, que muchas familias tenían empeño en conservar. Cuando la casa solariega fue secuestrada, mi madre se retiró a la pequeña en compañía de una o dos mujeres. Otro poderoso atractivo la seducía. Precisamente frente a las ventanas de la otra parte de la oscura callejuela estrecha y silenciosa, se alzaban y alzan todavía los elevados y sombríos muros aspillerados por algunas ventanas de un convento de monjas Ursulinas. Edificio de aspecto austero y recogido como propio del objeto a que se destinaba, como la bella fachada de la iglesia adjunta a uno de sus lados y en su trasera unos patios profundos y un jardín, cercados por negros y espesos muros cuya altura es infranqueable. El tribunal revolucionario de Mâcón hizo servir este convento de cárcel provisional, cuando las cárceles de la ciudad estaban llenas de presos. Dio la casualidad de que mi padre fuera encerrado en esta cárcel-convento, cuyo edificio conocía perfectamente en todos sus detalles. Mme. Lucy, hermana de mi abuelo, había sido abadesa de las Ursulinas de Mâcón, y en aquel tiempo iban a visitarla y a jugar en el convento los hijos pequeños de su hermano. No había pasadizo, jardín, celda ni escalera secreta que fuese desconocido por ellos. Mi padre, por lo tanto, retenía en su memoria los más insignificantes detalles de aquel edificio que cuando niño le había servido de casa de recreo y ahora de prisión. Cuando mi padre entró en semejante prisión, se figuró estar en su propia casa. Por fortuna, también, el carcelero había servido en su mismo escuadrón, y acostumbrado a respetar a su capitán, enterneciose al verle de nuevo. Aquel republicano lloró cuando las puertas de las Ursulinas se cerraron para detener al prisionero. Encontrose mi padre allí con buena y numerosa compañía, puesto que había en aquella cárcel más de doscientos sospechosos de la provincia, amontonados en las habitaciones y los corredores del antiguo convento. Mi padre pidió por todo favor le concedieran para él solo un rincón en el granero. Un tragaluz abierto en lo alto y que daba a la calle, le proporcionó cuando menos la satisfacción de ver a través de las rejas de hierro el tejado de su casa. Fácilmente le fue concedido este favor, y quedó instalado definitivamente bajo las negras tejas del edificio, teniendo por cama dos tablas de madera únicamente. Durante el día bajaba con sus compañeros de prisión a pasar el tiempo jugando, única cosa que les era permitido. Ni aun se les permitía escribir a sus familias. Este aislamiento no fue para mi padre de larga duración. La misma idea que había tenido de pedir al carcelero una habitación en lo alto de la casa, para poder desde allí ver el tejado de la suya, la había tenido mi madre de subir con frecuencia al desván de su casita y sentarse allí a contemplar a través de su dolor y con los ojos humedecidos por el llanto, los muros de la prisión que retenía aquello que tanto amaba en el mundo. Si las miradas se buscan, acaban por encontrarse a través del universo; fácilmente podían los ojos de mis padres encontrarse, no mediando entre unos y otros más que dos paredes y un callejón estrecho. Amábanse sus almas, compenetrábanse sus pensamientos y pronto los signos suplieron a las palabras que jamás salieron de sus labios por temor a revelar a los centinelas su sistema de comunicarse. La mayor parte de las horas del día pasábanlas sentados uno enfrente del otro. Concentrábanse sus almas en las pupilas de sus ojos. Un día se le ocurrió a mi madre escribir algunas líneas de letras muy grandes, diciendo en pocas palabras lo que necesitaba que el preso supiese. Mi padre le contestó por medio de una seña, y desde aquel día quedaron sus relaciones establecidas: después fueron éstas, ensanchándose más cada día. Como quiera que mi padre había sido arcabucero de caballería, guardaba en casa una arco con sus flechas correspondientes: recuerdo que en mi infancia jugué muchas veces con ellas. Tuvo la idea mi madre de servirse de aquel medio para comunicarse con el prisionero. Algunos días se estuvo ejercitando en su habitación tirando el arco, y cuando ya estuvo bien diestra, ató a la flecha un hilo, disparó hacia el tragaluz del convento, y mi padre, al ver la flecha y el hilo, tiró de éste, y llegó una carta a sus manos. Si por semejante medio el hilo había llegado, no sería difícil pasar durante la noche, tinta, papel y plumas: así se hizo, y todos los días, al amanecer, mi pobre madre recogía las cartas, en las cuales los cautivos expresaban sus dolores y sus ternezas, preguntaba, aconsejaba, consolaba, en fin, a su esposa, hablándole de su hijo, de los asuntos de la casa y de sus sufrimientos. Al mediodía, mi madre me hacía subir al desván y me alzaba en sus brazos para que mi desgraciado padre pudiera verme, haciéndome extender mis manecitas hacia las rejas de la prisión, y devorándome después a besos. XVII En aquel tiempo, después de haber los hombres de la Convención repartido a su capricho las provincias de Francia, ejercían sobre ellas un poder sanguinario y absoluto, en nombre del orden público. La vida de las familias dependía casi siempre de una palabra o de una firma de los representantes del pueblo. En tal estado las cosas, no era de extrañar que mi madre creyera suspendida sobre la cabeza de su esposo el hacha del verdugo. Algunas veces tuvo la idea de arrojarse a los pies de los delegados de la Convención y pedirles la libertad de mi padre. Los consejos de éste la hicieron desistir de sus propósitos por algún tiempo, pero a instancias del resto de la familia, que también se hallaban encerrados en las cárceles de Autún, decidiose al fin, y pudo conseguir de las autoridades de Mâcón un pasaporte para Dijón y Lyón. ¡Cuántos temores, cuántas súplicas, cuántas idas y venidas, cuántos disgustos le costó el conseguir hablar solamente con uno de aquellos representantes del poder revolucionario! Muchas veces, este representante, con el cual mi madre había por fin conseguido hablar, era un hombre brutal y grosero, que se negaba a oír los lamentos de una mujer desolada o la despedía con amenazas, culpándola de pretender enternecer a los encargados de administrar justicia. Otras, sin embargo, era algún hombre sensible y piadoso, pero la presencia de sus compañeros no le permitía obrar con arreglo a sus ideas, y rechazaba con la boca lo que con el corazón otorgaba. Javoques, el representante de mejor carácter entre todos aquellos procónsules, fue quien sirvió a mi madre tan bien como las circunstancias y su deber le permitieron, y quien la recibió en audiencia escuchando con respeto y atención cuanto le expuso. El día que la recibió en audiencia, me llevaba a mí en brazos, sin duda para que la piedad encontrase dos motivos para manifestarse: la de una mujer joven y madre, y la de una inocente criatura. Javoques, después de haberla hecho tomar asiento y deplorado el sentimiento que le causaba el haber de ejercer sus rigurosas funciones, me tomó en sus brazos y me colocó sobre sus rodillas: mi madre, creyendo que me dejaría caer, hizo un movimiento de temor. «No temas, ciudadana--le dijo:--también nosotros los republicanos tenemos hijos.» Al ver que yo sonreía jugando con su escarapela tricolor, añadió: «A fe mía que tienes un niño bien hermoso para ser hijo de un aristócrata. Debes educarlo para la patria y hacer de él un buen ciudadano.» Después de esto, le dijo algunas palabras que se referían a mi padre, y le hizo tener alguna esperanza en su libertad. Acaso a esta entrevista fue debido el que no lo encausaran y lo dejaron olvidado en la cárcel. En aquella época, toda formación de una causa, equivalía a una sentencia de muerte. De regreso a Mâcón, mi madre volvió a encerrarse en su pequeña casita junto a las Ursulinas. Cuando la noche estaba oscura y apagados los faroles de la calle, se deslizaba desde el aposento de mi padre hasta el desván, una cuerda llena de nudos, por medio de la cual se valía para pasar junto a los seres que idolatraba, algunas horas deliciosas e intranquilas a la vez. Más de un año transcurrió de esta manera. El 9 de Termidor abriéronse las prisiones y fue libre mi padre. Los viejos y enfermizos parientes de mi madre, volvieron también a mi casita, y poco después murieron tranquilamente en su propio lecho, que no fue poca suerte. El horroroso temporal había pasado sobre ellos. Ninguno de sus hijos había perecido durante aquel huracán revolucionario. XVIII Muerto mi abuelo, toda su fortuna había de pasar por entero a su hijo mayor, según las costumbres de la época; pero las leyes nuevas habían suprimido los mayorazgos, así como también los votos de pobreza, de manera que las hermanas de mi padre que los habían hecho, quedaban de ellos relevadas, y por esta circunstancia debían proceder al reparto de bienes. Eran éstos de alguna importancia, y estaban divididos entre Borgoña y el Franco-Condado. Si mi padre hubiera reclamado la parte que le correspondía, del mismo modo que lo hicieron sus hermanas, hubiera cambiado su suerte por completo, obteniendo algunas de las magníficas posesiones territoriales y que debían repartirse entre la familia. No fue así; sus escrúpulos le impidieron violar las intenciones de mi abuelo, a pesar de ser recientes las leyes revolucionarias que suprimían los mayorazgos. Estas leyes las encontraba muy justas, pero a su entender, violaban la autoridad paterna y le parecía faltar a un deber de conciencia pidiendo el cumplimiento de esta ley contra su hermano mayor. Renunció, pues, a la herencia legal de sus padres, y se hizo pobre pudiendo con una sola palabra hacerse rico. Fueron repartidos los bienes entre los hermanos y hermanas, y él no quiso nada. Únicamente quedaba como propiedad suya, porque así estaba 1 , 2 3 4 5 6 « » 7 8 . 9 10 11 12 , 13 14 ; 15 , 16 , ¡ ! 17 18 19 20 21 22 23 24 25 26 27 28 29 , 30 . , 31 ; , 32 , 33 ; 34 , , 35 , , 36 . 37 38 , , 39 , 40 41 , 42 . 43 : 44 ; 45 . 46 47 48 , 49 , , 50 , 51 . 52 53 - , . 54 55 56 57 58 59 60 61 62 63 64 65 66 , - - . 67 - , 68 , 69 . 70 71 , , , 72 , , 73 . . . 74 , 75 . . . ¡ ! 76 77 78 79 80 81 82 83 , 84 85 . 86 , 87 88 , , 89 , , 90 , . 91 92 . 93 94 * * * * * 95 96 97 , 98 . 99 , 100 , , 101 , , , 102 , , , , 103 , 104 . ¡ ! , 105 , 106 , 107 , 108 . 109 110 111 112 113 114 115 116 , 117 . 118 . 119 , , 120 121 . , 122 123 , . 124 , 125 . 126 , . 127 , : 128 ; , 129 ; , 130 , , . 131 , , 132 . , 133 ; 134 . 135 136 , 137 , 138 139 . 140 ; ; 141 , 142 , , , 143 , 144 145 . , , 146 , 147 , , 148 . 149 150 151 152 153 154 155 156 , , 157 , , 158 , 159 . , , 160 161 . , 162 , ; , 163 , 164 ; 165 , 166 , 167 . 168 , 169 ; 170 , , , 171 , 172 ; 173 , , , 174 . 175 176 177 178 179 180 181 182 , 183 , ; 184 , . , 185 186 , 187 . , , 188 189 . 190 ; 191 , 192 , 193 , 194 195 , 196 , 197 , , 198 , , 199 , , 200 . 201 202 203 204 205 206 207 208 209 , 210 . 211 212 , 213 , , 214 , 215 . , 216 . 217 , 218 . 219 220 , , , 221 222 . 223 : 224 , , 225 . , 226 , ; 227 . 228 229 ; 230 . 231 , , , 232 , . 233 . 234 235 236 237 238 239 240 241 , 242 , , 243 , 244 ; 245 , , 246 , 247 . 248 . 249 ; 250 251 , , , 252 , 253 254 , , , 255 256 . 257 258 , 259 ; 260 261 ; 262 . 263 264 , : ¡ , 265 ! 266 267 268 269 270 271 272 273 . - - , 274 . - - 275 . - - , . - - 276 , . - - 277 . - - ¡ , ! - - , 278 , 279 . - - 280 . - - ; 281 ; . - - 282 283 . . . - - , 284 . - - . - - . - - 285 . - - 286 287 . - - 288 . - - , . - - 289 . - - . - - ¿ 290 ? 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