El Manuscrito de mi madre
aumentado con las comentarios, prólogo y epílogo
Alphonse de Lamartine
BIBLIOTECA DE «LA NACION»
A. DE LAMARTINE
EL MANUSCRITO DE MI MADRE
AUMENTADO CON LOS COMENTARIOS, PRÓLOGO Y EPÍLOGO
Dios no ha confiado a nadie sus propósitos; la Naturaleza y el
tiempo no lo comprenden, y si deja transpirar algo de sus
misterios, busquémoslo sólo en Él ¡porque en Él se basa todo!
BUENOS AIRES
1911
ADVERTENCIA
Una circunstancia especial que es inútil dar a conocer al público, ha
hecho entregar este libro a la imprenta. De intento y por su naturaleza,
había de ser siempre un manuscrito; todo lo más, debía figurar en uno de
estos archivos íntimos de familia, colección de documentos que eslabonan
la generación presente con las que han dejado de existir; documentos
que, en su manía escudriñadora, suelen encontrar en las arcas viejas los
muchachos, los parientes, quienes se entretienen hojeándolos durante las
tardes ociosas del otoño.
Ya que ha escapado, a pesar nuestro, de la semioscuridad del rincón
casero y va a someterse a las miradas del lector desapasionado, lo
dedicamos únicamente a la familia de la hermosa y tierna madre que
inundó estas páginas con las efusiones de su corazón, sin prever que en
la última hora de su vida le faltaría tiempo para quemar estos papeles.
A los demás les rogamos que no lo lean: nada hay en él de lo que se
busca en los libros; éste sólo tiene interés para aquellos a quienes
esta mujer virtuosa ha de transmitir su sangre a la afinidad de su alma.
No podemos olvidar en nuestra dedicatoria a los amigos de la comarca
donde vivió ella, los servidores ya viejos que no pronuncian su nombre
sin verter una lágrima, ni a los labradores, cuyas pisadas desde hace
veintiocho años, han privado de crecer hierba en el camino que conduce a
su sepultura.
Saint-Point, 2 de noviembre de 1858.
EL MANUSCRITO DE MI MADRE
I
Hoy es el 2 de noviembre, día llamado -de difuntos-. Cuando estoy
desocupado paso este día en Saint-Point con el mayor recogimiento, lo
más cerca posible del pequeño cementerio del pueblo, con el cual
comunica una puerta falsa de mi jardín.
Allí reposa, en aquella tierra que tanto amaba, mi madre, en un ataúd al
lado de otro más pequeño que el suyo, y al cual parece que atrajo, al
igual que se derrumba el nido que consigo arrastra la rama caída... Mi
imaginación no quiere levantar el velo que cubre a éste, por miedo de
ver... ¡lo que no quiero ver más que en el cielo!
II
Durante este conmovedor y breve día de otoño, me esfuerzo para que el
trato de los vivos no me distraiga en modo alguno de mi trato con las
almas de los que no existen. Con placer me interno por los senderos
menos frecuentados del bosque, donde los árboles conservan todavía tanta
cantidad de hojas amarillentas que interceptan los pálidos rayos del
sol, de las cuales también como lluvia constante tantas van cayendo,
hojas muertas que pisamos, que nos dicen que todo está muerto, que todo
muere, que todo morirá. La Naturaleza es durante este mes una inmensa
elegía que se asocia íntimamente con la eterna elegía del corazón
humano.
* * * * *
Voy y vengo por la hierba húmeda sin otro objeto que pisar las huellas
de los seres queridos que no hace mucho iban delante de mí, detrás de mí
o a mi lado por esta senda. Mis pies se paran por sí mismos como si a
cada instante se clavaran en el suelo, delante de los añosos árboles
aislados por el lindero del bosque, debajo de los cuales, por casualidad
o por costumbre, se reunían de ordinario los ancianos, las madres, los
niños, parientes y amigos, cuyas voces creo oír aún, confusas, tiernas o
infantiles entre el murmullo ya sordo, ya argentino del arroyo
inmediato. ¡Ay de mí! no volverán a sentarse en estas raíces, pero han
dejado tal multitud de recuerdos, que hay momentos en que me parece que
sólo están alejados de mí algunos pasos, que he equivocado el árbol o el
claro del bosque para reunirme con ellos, y que voy a verles y oírles al
doblar la senda.
III
Hay especialmente uno de estos lugares, donde mis ojos no se cansan de
buscar a los que no volverán jamás. Está a algunos centenares de pasos
de la casa. Para ir al bosque se sigue un camino con espinos por ambos
lados, que atraviesa un gran campo pedregoso y un prado en declive,
donde grupos de bueyes reflejan en sus marmóreos lomos los rayos del sol
de estío. Esta senda sin sombra ni hierba, hace desear la fresca y
sombreada bóveda del bosque que se ve mecido por la brisa en la ladera
de la montaña, al extremo del campo árido. Bastante fatigado se llega a
los primeros álamos y alisos de la plantación, cuyas raíces humedecen
constantemente las filtraciones y los regueros de la colina. La humedad
que se nota en este sitio, recuerda las inmediaciones de los arroyos.
Pronto desaparecen los alisos, a medida que el suelo se eleva o caldea:
los viejos troncos agujereados; las hayas, cuya corteza tigrada como
tejido parece de musgo dorado; los castaños, con sus ramas extendidas
como los cedros, con hojas agudas cual lanzas, bordan el camino. Este se
corta repentinamente junto a una pendiente brusca, inundada de luz,
deslumbradora y ardorosa. Hay allí una cañada muy honda, cuya pendiente
es muy rápida; penetra por un lado en la oscuridad del bosque y continúa
por la otra parte entre los campos cultivados y la hermosa pradera.
La vegetación silvestre, rumiada de continuo por las cabras y los
carneros, crece allí fina y dorada como el raro plumón que el viento
siembra y también él derriba en las yermas y escabrosas rocas de los
Alpes. Las flores de este campo no crecen más de lo que alcanza el
vellón de un carnero; es menester bajarse para verlas; pero su aroma es
delicioso, y cuando se cogen para desenrollar sus hojas con los dedos y
examinar su textura, sus corolas, sus estambres o sus colores, el
corazón admira a la Providencia, que se ha tomado tanto cuidado para
estas germinaciones del musgo como para los vegetales gigantescos de las
selvas. Las abejas, los zánganos, las mariposas y tantos insectos alados
sin nombre que las chupan al calor del sol, se complacen revoloteando en
el ambiente perfumado de la cañada, llena de vida, de movimiento y de
zumbidos.
IV
En la pendiente opuesta al camino, interrumpido por este espacio,
cuarenta y cinco encinas seculares, olvidadas por los leñadores, forman
un grupo sin orden y a bastante distancia una de otra, cerca de la
torrentera. Los brezos de color rosado, violeta y blancos, tapizan con
un tejido tan aterciopelado y variado como la lana de Esmirna los
espacios que hay entre las matas. Sus copas, agitadas durante tantos
años por el viento Sur, están algo calvas; sus ramas inferiores,
especialmente las de las encinas de en medio del grupo, se ennegrecen y
secan; cuelgan de ellas en su extremo un manojito de hojas amarillentas
que van cayendo poco a poco con las ráfagas del viento equinoccial,
produciendo un ruido seco y repentino, que hace huir y chillar de
espanto a los grajos y los mirlos. Sobre el borde del barranco se
inclinan las siete encinas que forman la fachada del bosque, cuyos
troncos fuertes y robustos las denuncian por las más viejas; sus
ramajes, los más espesos, carecen de aquellas saetas negras, preferidas
por los tordos, que sirven de atalaya a los pájaros y atestiguan la
senectud de los árboles; extienden sus ramas acodilladas en la pendiente
de la cañada, y sus raíces, casi a flor de tierra, hinchan el césped y
el musgo que las cubre.
V
Al pie de la más corpulenta de aquellas encinas, la más inmediata al
bosque, yo encendía hogueras en mi infancia; a pesar de tantas lluvias
de invierno, el humo ennegrece aún aquella corteza ruda. Siendo joven,
allí escribí con lápiz muchas melodías poéticas que cruzaron mi
imaginación conmoviéndola, como la tibia brisa primaveral hacía mover
las ramas armoniosamente sobre mi cabeza. Allí, en días más dichosos,
estábamos con los viejos y los niños de la familia pasando felizmente
las horas caldeadas del día como en un salón de verano. Nada faltaba
allí para el mueblaje natural de un lugar de reposo y de delicias; ni
los pilares rústicos, formados por las cuarenta y cinco encinas
diseminadas por la pintada alfombra, ni el artesonado inimitable del
follaje agitado por el hálito intermitente que reanima al caminante, ni
la melodiosa música de ruiseñores y pinzones que cantan cerca del nido
donde empolla la hembra, ni el blanco cojín de musgo seco formado junto
al tronco de los árboles, ni el sonoro curso del arroyo filtrando entre
las matas tiernas de los juncos, tanto más lustrosos cuanto más oscuros,
para ir a perderse entre los prados, ni el vapor que rodea las montañas,
agrupadas como panorama griego, que vistas entre las ramas, parece que
se admira un cuadro desde una ventana abierta entre ondulantes cortinas.
VI
Una escena de este delicioso sitio y de aquel dulce tiempo está fija en
mis ojos y en mi corazón, cada vez que veo amarillear con el último rayo
de sol las ramas medio desnudas del bosque de encinas.
En las raíces del árbol más viejo, que es también el más inclinado que
forman los de la orilla, está sentada una mujer anciana, doblada por los
años cual el árbol, sus manos hilan maquinalmente con la rueca llena de
lana más blanca que sus cabellos. De vez en cuando, cambia algunas
palabras con una joven en lengua extranjera. Su fisonomía revela la
tranquilidad de un día sereno que acaba, aguardando del cielo su
salario y renace en la tierra contemplando otras generaciones.
Otra mujer, joven aún, tiene en sus manos un libro medio cerrado, que
abre a menudo para leer un breve rato y volverlo a cerrar como si
reflexionara lo leído. En la expresión de su fisonomía se observa que
aquel libro ocupa su imaginación en las cosas eternas: la meditación
piadosa hace bajar a ratos sus párpados, largos y casi transparentes,
luego dirige hacia el cielo el globo pensativo de sus ojos. Su cara, un
tanto ascética, está pálida; hay en ella las delicadas líneas de una
perfecta hermosura moral.
Mejor que un cuerpo es la envolvente de un alma; los trazos de una
sonrisa tierna y graciosa moderan su austeridad hasta cuando ora. Su
mirada, irradiación de celeste luz, se dirige hacia cuanto la rodea, y
cuando la dirige hacia mí, se detiene y se enternece. Se comprende que
es una madre contemplando la felicidad de su hijo.
VII
Más abajo, sobre la hierba que ostenta hermosas manchas de sombra y de
luz, una joven con cabellera rubia y ojos azules, de talle esbelto y
flexible cual las que se mecen al rumor del Océano, dibuja en un libro
que apoya en sus rodillas; reproduce una parte del paisaje que se ofrece
a sus ojos, vivificado por hermosos tonos de sombra y de luz, por el
humo de las cabañas, por el grupo de cabras que hay en lo alto de los
riscos. A cada rasgo la distrae con sus gritos de alegría una hermosa
niña de cuatro años. Esta criatura se deleita descubriendo y cogiendo
para su madre un ranúnculo de botón de oro entre el musgo; viene luego a
esparcir su cosecha a puñados sobre la hoja dibujada para recibir en
recompensa un beso, y corriendo, vuelve a buscar flores entre la hierba,
y cuando se arrodilla para coger una mariposa posada en una flor,
ocultándose enteramente su cuerpo bajo el flotante velo de sus cabellos
dorados por el sol, en su lugar, en vez de un cuerpo infantil,
creeríamos que hay una madeja de seda puesta al sol como hacen las
lavadoras de capullos.
En la semioscuridad del fondo más espeso del encinar, un joven observa
de lejos esta escena campestre de esparcimiento doméstico; con paso
desigual va de una encina a la otra sin que el césped deje percibir el
ruido de sus pasos; tiene en sus manos un libro en blanco deteniéndose a
intervalos para borronear en él algunas líneas.
Lo que yo escribí aquel día, helo aquí: ¡Dios mío, quién creyera que
estos versos habían de trocarse tan pronto en lágrimas!
LO QUE PIENSAN LOS MUERTOS
Mirad las hojas secas corriendo por el suelo.--Entre gemidos, por el
valle las arrastra el viento.--La golondrina roza sus alas por el quieto
pantano.--El niño de la cabaña, va cogiendo leña entre los brezos.--Ya
no susurran las olas, que su encanto dieron al bosque.--Enmudeció el
pajarillo entre las ramas secas.--¡Junto a la aurora, el ocaso!--El sol,
que apenas despunta, brilla pálido un momento al concluir su
carrera.--El carnero por las zarzas va dejando su hermoso vellón de lana
que servirá de nido al jilguero.--La flauta pastoril ha enmudecido;
desapareció su eco; cesó también el encanto de amor y de ventura.--La
hoz cruel ya despojó la tierra de aquel verdor que le prestara
vida...--Así acaban los años, así van feneciendo los días de nuestra
vida.--Éoca en que todo cae.--Al rudo golpe de viento.--Soplo emanado de
la tumba que arranca del mundo la vida con la mayor indiferencia.--Como
el ave se arranca las plumas cuando observa en sus alas otras
nuevas.--Entonces fue cuando vi palidecer y morir a los tiernos frutos
que Dios nos dejó madurar.--Aunque joven, ya en la tierra.--Vago errante
y solitario.--Y al preguntarme yo mismo.--¿En dónde se encuentran los
que adora mi corazón?--La mirada se inclina triste hacia la tierra.--La
cuna está vacía.--El niño, arrebatado por la muerte, ha caído del seno
de la cuna al frío lecho funeral.--Los muertos, envueltos en el polvo
que les cubre, nos dirigen esta voz.--¿Los que gozáis de la vida,
pensáis aún en nosotros?--¡Oh! muertos queridos.--¿Dónde estáis?--¿Acaso
pobláis un astro fulgurante con luz más eterna que la nuestra?--¿Acaso
vagáis entre el cielo y la tierra?--Allá donde os encontréis, ¿jamás
podréis oír la dulce voz de vuestros deudos?--¿Habéis vosotros olvidado
a los que dejasteis sumidos en la mayor tristeza?--¡Oh, no, Dios mío! si
tu gloria.--Les ha borrado el recuerdo humano.--Quitadnos a nosotros la
memoria.--Y nuestro llanto no correrá en vano.--En ti, Señor, sin duda
está su espíritu.--Mas guarda en su recuerdo el lugar
nuestro.--Ampárales, Señor, el don de tu clemencia es grande.--Si aquí
pecaron, dales ¡oh, Dios! tu sublime perdón.--Ellos fueron, lo que
nosotros somos ahora.--Polos, juguetes del viento.--Frágiles y débiles
como la nada.--Si sus plantas resbalaron, y si han faltado por su boca
al precepto de la ley.--Perdónalos, Juez Supremo.--Tu poder es
grande.--A tu voz desaparecen las cosas todas de los hombres.--Si tocas
la luz, tus dedos quedarán empañados.--Las columnas de la tierra y las
del cielo tiemblan a tu voz.--Si dices a la inocencia:
«Sube a mi presencia y habla,» aparecerá velada por tus
virtudes.--Mandas al sol que alumbre.--Y la luz constante luce.--Dices
al tiempo que nazca.--Y dócil la eternidad arroja los siglos por
miles.--Los mundos que tú repones se renuevan a tu vista.--Jamás
separas del pasado el porvenir.--Las edades desiguales se igualan bajo
tu mano.--Nunca tu voz pronuncia estas palabras:--«Ayer, hoy,
mañana».--Padre de la Naturaleza.--Manantial de bondad.--Dios clemente y
misericordioso.--Suprema virtud, ¡perdón! ¡perdón!
VIII
Cuando el día desciende, entro en mi casa a paso lento; me encierro en
mi habitación, la más alta y abandonada de la casa, desde la cual se
domina el viejo campanario de la aldea: desde allí se sienten muy bien
los ecos de la campana y los silbidos del viento. Parece que la
naturaleza y la religión se han puesto de acuerdo en día semejante para
dirigir hacia los sepulcros el pensamiento de los vivos.
El infatigable campanero, asido a la cuerda de las campanas, no cesa de
tocar desde el mediodía del primero de noviembre hasta el amanecer del
siguiente. Aquel célebre clamoreo evoca en los corazones recuerdos de
aquéllos sobre cuyos corruptos cuerpos ha resonado muchas veces el
azadón del sepulturero. Aquella campana, recalentada por los incesantes
golpes del badajo, parece que se agita por la fiebre, y que a cada paso
ha de romperse torturada por tanto martilleo.
Tales fueron las impresiones que yo experimenté en día semejante y que
me inspiraron las siguientes estrofas:
LA CAMPANA DE LA ALDEA
¡Oh! Cuando toca la campana lentamente.--Esparciendo sobre el valle su
voz parecida a un gemido.--Diríase que es la mano de un ángel quien la
mueve.--Y que entre la brisa nocturna, derrama sobre la tierra cuanto en
él hay de divino.
--Cuando huyen del campanario las negras golondrinas.--Porque el viento
hace temblar sus nidos de barro.--Y buscan en los estanques el reposo
apetecido.--Cuando la viuda de la aldea se arrodilla sobre los hilos que
se desprenden de su rueca.--Pagando con el rezo su tributo a los
muertos:
--Siento en mi pecho un canto sonoro, que no es del goce de la vida.--Ni
es producido por los recuerdos de mi infancia.--Ni es de amores la
primera alborada de la savia primaveral que rejuvenece el campo.--Cuando
allá en la pradera.--Suenan las voces virginales que tornan con sus
cántaros llenos de agua--Yo no sé lo que es, pero lloro.--Mi triste
corazón canta al despertar con un melódico murmullo rociado de ambrosia
o yo no sé de qué.--Siento cómo se lleva el invierno mis días
felices.--Mezclados con la hojarasca muerta y con el eco sarcástico y
burlón de la fama.--Flores tejidas en noche oscura, que jamás arraigan
dentro del corazón, aunque exhalen bellísimo perfume--Tiernos capullos
cuyas corolas se rompen entre los dedos emponzoñados de la envidia.--En
este día, cuando la campana lanza sobre el valle su acento plañidero--Se
siente un gemido triste y prolongado que sale del campanario--Es la voz
de lo desconocido que llora al ver pasar dos féretros en dirección al
cementerio.--De la noche a la aurora, ¡oh, campana! tú lloras con mis
ojos y gimes con mi corazón.--Estos gemidos se repiten en el cielo, en
el mar, en los aires,--Como si las estrellas llorasen por sus compañeras
y los vientos por sus hijos. Desde aquel día que tus sones se juntaron
con mi duelo--Creo que un ángel mueve tu badajo y conmueve al mismo
tiempo mi alma.--El eco de tu bronce, antes de herir las fibras de mi
corazón, ha estremecido las sepulturas donde descansa lo que fue.--Las
piedras del campanario tienen gran parecido a las del sepulcro.
No os cause extrañeza si consagro un recuerdo.--Al misterioso sonido de
este bronce.--Yo amo su voz precursora de la muerte.--Canta ¡oh! tú,
fiel mensajero de la humana tristeza.--Que tus cantos presten vida a tus
mármoles, lágrimas a los ojos, oración al descreído y a la muerte
poesía.
Cuando yo muera y mis vecinos, después de haber dejado en el campo de la
muerte el puñado de polvo que reste de mi cuerpo--No llores por mí;
lanza a los horizontes tus alegres sonidos de los días de
fiesta.--Quisiera que imitara tu voz de bronce el ruido alegre que
produce al romperse la cadena del esclavo o el cerrojo de la cárcel
cuando se abre para dar libertad al cautivo.
IX
La época en que el calendario señala el aniversario de los muertos está
en consonancia con el duelo y horror de los sepulcros. La Naturaleza
gime como los corazones, y los elementos al expirar el año parecen
retorcerse entre las convulsiones de una agonía triste.
El prolongado equinoccio renovando durante la noche sus furiosos
resoplidos parecidos por su regularidad a suspiros de muerte; las
furiosas ráfagas de viento chocando contra los muros; los silbadores
torbellinos llevándose consigo ¡Dios sabe dónde! nubes de hojarasca
muerta, en medio de las cuales parece que se oyen como gritos de
angustia; los graznidos siniestros de los cuervos despertados por el
choque de las ramas que van rompiéndose, las bruscas sacudidas de la
tempestad conmoviéndolo todo: aseméjanse, en verdad, a espíritus
escapados de sus tumbas empujándose, chocando y gimiendo arremolinados
por el viento.
¿Quién no ha creído oír muchas veces, entre los bramidos del huracán,
voces que nos llaman por nuestros propios nombres? ¿cuántas veces las
hemos oído llamar a las vidrieras y a las puertas como para hacerse
abrir por la fuerza las habitaciones desiertas en las cuales vivieron
sus almas en algún tiempo?
Yo gozo con semejante tumulto recogiéndome en el frío que en mí produce
la calentura de la agitación, y medio tendido al calor del fuego del
invierno, sobre las mismas losas abrillantadas por las pisadas de
aquellos que están tendidos para siempre no lejos de mí, y abrazándome a
propósito, durante esta noche de recuerdos, a cuanto me resta de sus
vestigios venerados. Dieciocho pequeños volúmenes encuadernados en
cartón de diversos colores están esparcidos junto a mí sobre la
alfombra; tan pronto entreabro y leo aquel o el de más allá, reflexiono
sobre las fechas del principio y el fin de cada uno sin cansarme de leer
y releer, llorando o sonriendo tristemente.
Uno de ellos contiene EL MANUSCRITO DE MI MADRE.
Mi madre, según tengo dicho en mis -Confidencias-, no escribía por
escribir solamente, menos aún para ser admirada; escribía, digámoslo
así, para ella sola con el objeto de encontrar en un registro los
acontecimientos domésticos de su vida, un espejo moral de sí misma,
donde pudiese verse y compararse frecuentemente con lo que ella misma
había sido en otras épocas o era a la sazón, y mejorarse de continuo.
Semejante costumbre, observada por mi madre hasta su muerte, dio por
resultado la existencia de quince o veinte pequeños volúmenes de
confidencias íntimas entre ella y Dios, que he tenido la dicha de
examinar; en ellos he vuelto a ver y veo continuamente a mi madre viva
cuando siento de nuevo la necesidad de refugiarme en su seno.
No escribió mi madre con esa energía de conceptos y brillantez de
imágenes que caracterizan el don de expresar. Hablaba con la sobria y
clara sencillez de quien no se rebusca jamás dentro de sí propio, ni
pide a las frases otra cosa sino que le den a conocer tal como él es,
como no pidió jamás a sus vestidos sino que la vistiesen, sin fijarse en
que pudieran servirle de adorno. La superioridad no se observa en su
estilo; permanecía en su alma, y ésta residía en el corazón
principalmente, lugar en donde la Naturaleza ha colocado el genio de la
mujer, puesto que las obras de la mujer son todas hijas del amor. De
suerte que únicamente por la simpatía se siente el hombre unido a ellas.
Esta superioridad, casi incomprensible e inofensiva, nos subyuga
dulcemente.
X
Dueño de estos recuerdos íntimos, he pensado muchas veces en si debía
esconderlos en el cajón más profundo de mi secreter o entresacar de
ellos un pequeño extracto acompañado de algunas observaciones para la
familia, al objeto de que los restos del alma de semejante madre, no se
evaporen por completo sin haber sido, cuando menos, leídos de sus
nietezuelos.
Este pensamiento ha renacido en mí con mayor fuerza al sentir las
vibraciones clamorosas de la campana que llora sobre su tumba y que
parece hacerme cargos por mi silencio, cuando el mismo bronce llora para
recordármelo.
Acumúlanse los años, la tarde de la vida se acerca, el polvo del tiempo
comienza a empañar las hojas con el tinte pálido del otoño. Me hallo en
uno de estos momentos de recogimiento crepuscular en los que el
pensamiento se detiene ante las inquietudes de la vida activa
remontándose a su origen, como agua estancada sin viento que la agite a
la cual le es imposible encontrar la corriente; es el momento, en fin,
de cumplir con mi piadoso deseo examinando esta reliquia venerada.
Solamente la luz del hogar mismo de mi madre alumbrará estas páginas; y
sólo quien haya llorado su muerte encontrará este libro interesante. A
pesar de los variados espectáculos que representan a la mirada del
hombre sensible y reflexivo la historia y la naturaleza, no existe en su
fondo un solo punto más interesante de que haya concurrido en una sola
alma, dadas las circunstancias, tal conjunto de alegrías, penas y
vicisitudes de la vida, habiendo pertenecido esta alma a una mujer
ignorada entre la oscura y tranquila vida doméstica.
Este drama no pertenece a la escena, se encierra dentro del corazón;
pero una lágrima, ya sea producida por la caída de un imperio o por el
hundimiento de una cabaña, contiene siempre la misma cantidad de agua y
de amargura...
XI
Cuando oímos hablar del alma de una persona, nos gusta conocer
exteriormente la envoltura que la encierra. He aquí el retrato de mi
madre, tal como está trazado en las primeras páginas de las notas
confidenciales de su vida.
Alicia de Roys, tal fue el nombre de mi madre, hija de M. Roys, director
general de la hacienda del señor duque de Orleans. Mme. de Roys, su
esposa, segunda aya de los hijos del duque, fue favorita de aquella
bellísima y virtuosa duquesa de Orleans, que la Revolución respetó a
pesar de haber destruido su palacio y de haber mandado sus hijos al
destierro y su marido al patíbulo.
M. y Mme. de Roys habitaban en el palacio real durante el invierno y en
el de Saint-Cloud los veranos.
En este palacio nació y creció mi madre, pasando su infancia en compañía
del rey Luis-Felipe, niño también. Ambos pasaron la niñez en medio de la
familiaridad respetuosa que se establece generalmente entre los niños de
una misma edad aproximadamente, que reciben iguales lecciones y
participan de las mismas inocentes distracciones.
¡Cuántas veces nuestra madre nos hablaba de la educación de este
príncipe, que una revolución había desterrado de su patria, y que otra
revolución debía levantar sobre su trono! No existe una fuente, una
arboleda, ni un cuadro solamente en los jardines de Saint-Cloud que no
conociéramos antes de haberlos visto. ¡Cuántas veces los nombraba al
recordar su infancia! Saint-Cloud había sido para ella su -Milly-, su
cuna, el lugar en el cual todos sus primeros pensamientos e impresiones
habían germinado, florecido, crecido y vegetado con las exuberantes
plantaciones del magnífico parque.
Los personajes que tuvieron más resonancia durante el siglo XVIII,
quedaron en su memoria profundamente grabados.
Mme. de Roys, su madre, fue mujer de gran mérito. Sus funciones en el
palacio del primer príncipe de la sangre, atraían a su alrededor muchos
personajes célebres de la época. El mismo Voltaire, durante su triunfal
y último viaje a París, hizo una visita de atención a los jóvenes
príncipes.
Mi madre, que no contaba a la sazón más que siete u ocho años, asistió a
la visita, y aunque muy niña, comprendió por las impresiones que se
manifestaban en torno suyo, que estaba viendo un personaje superior a un
emperador.
Aquella actitud soberana de Voltaire, sus vestidos, su porte, en fin, y
sus palabras, quedaron impresas en su memoria de niña, como quedan los
seres antidiluvianos sobre las piedras que forman las montañas.
Dalembert, Laclos, Mme. de Genlis, Buffon, Florián, el historiador
inglés Gibbon, Grimm, Morellet, M. Necker. Los hombres de Estado, los
literatos y los filósofos de su tiempo vivían en la sociedad de Madame
de Roys, distinguiéndose entre todos ellos al más inmortal, a Juan
Jacobo Rousseau.
Aunque mi madre era muy religiosa, conservaba cierta tiernísima
veneración por este grande hombre; sin duda porque veía que a más de su
gran genio, atesoraba un generoso corazón. Y si ella no participaba de
las ideas religiosas del gran genio, sentía las bellezas de su alma.
XII
Unía el duque de Orleans a este título el de conde de Beaujolais, y por
esta causa tenía el derecho de nombrar cierto número de damas para el
cabildo de Salles. Mi madre fue nombrada a los quince o dieciséis años.
Conservaba todavía un retrato suyo de aquella época, además del que
todas sus hermanas y mi padre mismo, me han hecho infinidad de veces al
relatarme su vida.
Está representada con el mismo uniforme del colegio. Vese en él a una
joven alta y delgada, de talle flexible, de blanquísimos brazos,
cubiertos hasta el codo por mangas ajustadas de un tejido negro. Sobre
su pecho ostenta la crucecita de oro del capítulo. Caen por ambos lados
de su gallarda cabeza, sus flotantes cabellos negros, y sobre éstos un
velo de encaje menos negro aún que los rizos que orlan su cara, de un
blanco mate pálido que resplandece mejor entre aquella oscuridad de
colores.
A causa del tiempo, han desaparecido un tanto los colores y frescura de
los dieciséis años, pero los rasgos son aún tan puros y recientes, que
los colores no se han secado todavía en la paleta. Se encuentra a
primera vista en su fisonomía, aquella sonrisa interior de la vida,
aquella ternura inagotable en la mirada que revela en todo su ser una
extraordinaria bondad: rayos de luz de una razón serena empapada en
serenidad, flotando como una caricia eterna en su mirada un tanto
profunda y otro tanto velada por los párpados, como si quisiera evitar
que se escapase todo el fuego y todo el amor que se encerraba en sus
hermosos ojos. Al ver este retrato se comprende muy bien toda la pasión
que semejante mujer debió inspirar a mi padre, y todo el respeto y
veneración que debía inspirar después a sus hijos.
A pesar de esto, tampoco mi padre era indigno por ningún concepto de
atraerse las simpatías de una mujer amorosa y sensible. No era demasiado
joven: contaba treinta y ocho años. Pero para un hombre como él, que
debía morir joven todavía de cuerpo y espíritu a los noventa años, con
todos sus dientes, todos sus cabellos y en toda la varonil belleza de
una vejez fuerte, treinta y ocho años representaban la flor de la
existencia.
Era de elevada estatura, porte militar, líneas varoniles y carácter
severo. La altivez y la franqueza leíanse en su fisonomía a primera
vista. No afectaba ingenuidad y gracia, y eso que poseía en su interior
y en alto grado ambas cualidades. A pesar de su temperamento fogoso,
parecía indiferente y frío en el exterior, creyendo, sin duda, que un
hombre como él debía avergonzarse de manifestar demasiada sensibilidad.
Dudo que hubiera otro hombre en el mundo que dudase más de sus virtudes
y que envolviese con todo el pudor de una mujer las severas perfecciones
de un héroe. Yo mismo tardé en conocerle muchos años.
Le creía duro y áspero, cuando no era más que justo y rígido.
Eran sus gustos sencillos e inocentes como su alma.
Patriarca y militar: he aquí el hombre.
La caza y el bosque, mientras permanecía en el campo; el resto del año,
su regimiento, su caballo, sus armas, la ordenanza escrupulosamente
observada y ennoblecida por el entusiasmo del soldado: éstas eran todas
sus ocupaciones. Nada ambicionaba, y mostrábase cumplidamente satisfecho
con su grado de capitán de caballería. La estimación de sus camaradas
era lo único que, procurando conservarlo con delicadeza suma, encontraba
digno de envidia, y su única ambición.
Consideraba el honor de su regimiento como el suyo propio, y sabía de
memoria los nombres de los oficiales y soldados de todos los
escuadrones. Sin la menor ambición de fortuna ni de grados, cifraba todo
su ideal en ser lo que era: un buen militar, teniendo el honor por alma
y el servicio del rey por religión. Pasábase los seis meses del año de
guarnición en una ciudad y los otros seis en su pequeña casa de campo,
con su esposa y sus hijos. En una palabra, el hombre primitivo un tanto
modificado por el militar; he aquí mi padre.
La Revolución, las desgracias, los años y las ideas fueron modificando
su manera de ser y se completaron en su vejez. Yo mismo puedo asegurar
por mi parte haber visto cómo su espléndida y fácil naturaleza se
desenvolvía después de los sesenta años de existencia. Parecíase a las
encinas que vegetan y se rejuvenecen de continuo hasta el día en que el
hacha del leñador rompe su tronco. A los ochenta años continuaba
modificando sus ideas y buscando la perfección de ellas.
XIII
Y constante como era, logró vencer, en unión de mi madre (no sin tener
que superar grandes obstáculos), todas las dificultades de la fortuna y
las preocupaciones de familia que se interpusieron entre ambos.
Casáronse en el tiempo en que la Revolución removió todas las
edificaciones humanas y hasta la tierra en que se asentaban.
La Asamblea constituyente había realizado su obra. Sabía por la fuerza
de una razón sobrehumana, por decirlo así, los privilegios y
preocupaciones sobre los cuales descansaba el antiguo orden social de
Francia.
Habían los tumultos populares removido ya, como remueven las olas los
vientos precursores de los temporales, el palacio de Versalles, el
fuerte de la Bastilla y el Municipio de París.
Los primeros temblores que removieron los cimientos creíase que serían
una ligera tempestad sin consecuencias.
No existía escala para medir la altura a que debía alcanzar el
desbordamiento de las nuevas ideas.
Mi padre no había abandonado el servicio a pesar de su casamiento: él no
veía en todo aquello más que la bandera que debía seguir, el rey a quien
defender, algunos meses de lucha contra el desorden y algunas gotas de
sangre que derramar en el cumplimiento de su deber.
Los primeros relámpagos de una tempestad que debía sumergir un trono
secular y conmover a Europa durante medio siglo a lo menos, se perdieron
para mi madre y para él, entre las primeras alegrías de su amor y las
perspectivas primeras de su felicidad.
Yo recuerdo haber visto cierto día una rama de sauce desgajada del
tronco por la tempestad de la noche, flotando a la mañana sobre las
aguas desbordadas del Saone. Un ruiseñor hembra empollaba todavía en su
nido flotante, mientras el macho revoloteaba sobre las aguas espumosas
que pretendían tragarse aquella dulce mansión de amor.
XIV
Apenas hubieron probado el deseado bienestar, cuando les fue preciso
interrumpirlo, separándose ¡quién sabe si para no volverse a ver! Llegó
el momento de la emigración. En esta primera época, no fue la emigración
lo que debía ser más tarde; un refugio contra las persecuciones o contra
la muerte. Fue una especie de contagio que existía entre la nobleza
francesa. El ejemplo dado por los nobles cundió y casi todos los
regimientos perdieron sus oficiales. Necesitaban grande firmeza de
carácter para resistir aquella epidemia que tomó el nombre de honor.
Mi padre tuvo esta firmeza y no emigró.
Solamente cuando se exigió a los oficiales del ejército un juramento que
rechazaba su conciencia de servidores del rey, presentó su dimisión.
Pero el 10 de Agosto se aproximaba, se le sentía venir.
Sabíase de antemano que el fuerte de las Tullerías sería atacado, que
los días del rey correrían peligro; que la Constitución de 1791, pacto
provisional de conciliación lo que debía ser más tarde: un refugio
contra las derribado o elevarse triunfante entre ríos de sangre. Los
amigos que aún quedaban a la monarquía y los hombres personalmente
unidos al rey, se contaron y unieron para ir a reformar la guardia
constitucional de Luis XVI.
Mi padre fue uno de estos hombres de corazón.
Mi madre, que a la sazón me llevaba en su seno, no hizo el menor
esfuerzo para detenerle. Aun en medio de sus lágrimas, no comprendió
ella nunca la vida sin honor, ni vaciló un minuto entre el dolor y el
deber.
Mi padre partió sin esperanza, pero sin vacilar un momento. Combatió con
la guardia constitucional y con los suizos para defender el castillo.
Cuando Luis XVI abandonó el palacio, la lucha se convirtió en matanza.
Mi padre fue herido de un tiro de fusil. Cuando a pesar de ello
procuraba escaparse, fue detenido frente a los Inválidos al intentar
atravesar el río. Conducido a Vaugirard se le encerró en una cueva por
algunas horas. Después fue reclamado y salvado por el jardinero de un
pariente suyo, quien, estando de oficial municipal de la Commune, le
reconoció casualmente.
Al escapar así de la muerte, volvió al lado de mi madre, encerrándose en
la más profunda oscuridad del campo hasta el día que las persecuciones
revolucionarias no permitieron a los partidarios del antiguo régimen
otro asilo que la prisión o el patíbulo.
XV
El pueblo fue una noche a arrancar de su hogar a mi abuelo, a pesar de
sus ochenta y cuatro años, a mi abuela, casi tan anciana como él y
enfermiza, a mis dos tíos y tres tías, religiosas que habían sido
arrojadas ya de sus respectivos conventos.
Colocaron a esta respetable familia dentro de un carro escoltado por
gendarmes, y la condujeron en medio de un espantoso alboroto y de gritos
de muerte hasta Autún. Había en este pueblo una inmensa cárcel destinada
a encerrar todos los sospechosos de la provincia.
Mi padre, por una excepción de la cual ignoro la causa, fue separado del
resto de la familia y encerrado en la cárcel de Mâcón. Mi madre, que me
amamantaba a la sazón, fue depositada sola en la casa de mi abuelo, bajo
la salvaguardia de algunos soldados del ejército revolucionario. ¡Y aún
causará asombro el que aquellos en quienes data la vida de estos
siniestros días, hayan aportado con su conocimiento cierto sabor de
tristeza y cierta impresión melancólica al genio francés! Virgilio,
Cicerón, Tíbulo, y el mismo Horacio, que imprimieron semejante carácter
al genio romano, ¿no habían nacido por cierto, como nosotros, durante
las espantosas luchas civiles de Roma, entre el barullo de las
proscripciones de Mario, de Syla o de César?
¡Es preciso no olvidar las impresiones de terror o de piedad que
agitaron las entrañas de las mujeres romanas, durante el tiempo que
llevaron en ellas a aquellos hombres! ¡Es preciso calcular cuan amargada
sería por las lágrimas la leche de que mi madre misma me nutría,
mientras la familia sufría un prolongado cautiverio del que sólo la
muerte debía librarla, mientras el esposo adorado estaba sobre las
gradas del cadalso y ella permanecía encerrada en su desierta casa,
guardada por los feroces soldados que espiaban sus lágrimas considerando
su cariño como un crimen e insultando su dolor!
XVI
Detrás de la casa de mi abuelo, que se extiende entre dos calles,
existía una casita baja y sombría que comunicaba con la grande por medio
de un corredor oscuro y unos pequeños y reducidos patios húmedos como
pozos.
Esta casa servía de alojamiento a los antiguos criados de mi abuelo
retirados del servicio, y a quienes sostenía la familia con pequeñas
pensiones que continuaban percibiendo por algunos servicios que
prestaban de cuando en cuando a sus viejos señores; especie de libertos
romanos, que muchas familias tenían empeño en conservar.
Cuando la casa solariega fue secuestrada, mi madre se retiró a la
pequeña en compañía de una o dos mujeres. Otro poderoso atractivo la
seducía.
Precisamente frente a las ventanas de la otra parte de la oscura
callejuela estrecha y silenciosa, se alzaban y alzan todavía los
elevados y sombríos muros aspillerados por algunas ventanas de un
convento de monjas Ursulinas. Edificio de aspecto austero y recogido
como propio del objeto a que se destinaba, como la bella fachada de la
iglesia adjunta a uno de sus lados y en su trasera unos patios profundos
y un jardín, cercados por negros y espesos muros cuya altura es
infranqueable.
El tribunal revolucionario de Mâcón hizo servir este convento de cárcel
provisional, cuando las cárceles de la ciudad estaban llenas de presos.
Dio la casualidad de que mi padre fuera encerrado en esta
cárcel-convento, cuyo edificio conocía perfectamente en todos sus
detalles.
Mme. Lucy, hermana de mi abuelo, había sido abadesa de las Ursulinas de
Mâcón, y en aquel tiempo iban a visitarla y a jugar en el convento los
hijos pequeños de su hermano.
No había pasadizo, jardín, celda ni escalera secreta que fuese
desconocido por ellos. Mi padre, por lo tanto, retenía en su memoria los
más insignificantes detalles de aquel edificio que cuando niño le había
servido de casa de recreo y ahora de prisión.
Cuando mi padre entró en semejante prisión, se figuró estar en su propia
casa. Por fortuna, también, el carcelero había servido en su mismo
escuadrón, y acostumbrado a respetar a su capitán, enterneciose al verle
de nuevo. Aquel republicano lloró cuando las puertas de las Ursulinas se
cerraron para detener al prisionero.
Encontrose mi padre allí con buena y numerosa compañía, puesto que había
en aquella cárcel más de doscientos sospechosos de la provincia,
amontonados en las habitaciones y los corredores del antiguo convento.
Mi padre pidió por todo favor le concedieran para él solo un rincón en
el granero. Un tragaluz abierto en lo alto y que daba a la calle, le
proporcionó cuando menos la satisfacción de ver a través de las rejas de
hierro el tejado de su casa. Fácilmente le fue concedido este favor, y
quedó instalado definitivamente bajo las negras tejas del edificio,
teniendo por cama dos tablas de madera únicamente.
Durante el día bajaba con sus compañeros de prisión a pasar el tiempo
jugando, única cosa que les era permitido. Ni aun se les permitía
escribir a sus familias. Este aislamiento no fue para mi padre de larga
duración.
La misma idea que había tenido de pedir al carcelero una habitación en
lo alto de la casa, para poder desde allí ver el tejado de la suya, la
había tenido mi madre de subir con frecuencia al desván de su casita y
sentarse allí a contemplar a través de su dolor y con los ojos
humedecidos por el llanto, los muros de la prisión que retenía aquello
que tanto amaba en el mundo.
Si las miradas se buscan, acaban por encontrarse a través del universo;
fácilmente podían los ojos de mis padres encontrarse, no mediando entre
unos y otros más que dos paredes y un callejón estrecho.
Amábanse sus almas, compenetrábanse sus pensamientos y pronto los signos
suplieron a las palabras que jamás salieron de sus labios por temor a
revelar a los centinelas su sistema de comunicarse. La mayor parte de
las horas del día pasábanlas sentados uno enfrente del otro.
Concentrábanse sus almas en las pupilas de sus ojos.
Un día se le ocurrió a mi madre escribir algunas líneas de letras muy
grandes, diciendo en pocas palabras lo que necesitaba que el preso
supiese. Mi padre le contestó por medio de una seña, y desde aquel día
quedaron sus relaciones establecidas: después fueron éstas,
ensanchándose más cada día.
Como quiera que mi padre había sido arcabucero de caballería, guardaba
en casa una arco con sus flechas correspondientes: recuerdo que en mi
infancia jugué muchas veces con ellas.
Tuvo la idea mi madre de servirse de aquel medio para comunicarse con el
prisionero. Algunos días se estuvo ejercitando en su habitación tirando
el arco, y cuando ya estuvo bien diestra, ató a la flecha un hilo,
disparó hacia el tragaluz del convento, y mi padre, al ver la flecha y
el hilo, tiró de éste, y llegó una carta a sus manos. Si por semejante
medio el hilo había llegado, no sería difícil pasar durante la noche,
tinta, papel y plumas: así se hizo, y todos los días, al amanecer, mi
pobre madre recogía las cartas, en las cuales los cautivos expresaban
sus dolores y sus ternezas, preguntaba, aconsejaba, consolaba, en fin, a
su esposa, hablándole de su hijo, de los asuntos de la casa y de sus
sufrimientos.
Al mediodía, mi madre me hacía subir al desván y me alzaba en sus brazos
para que mi desgraciado padre pudiera verme, haciéndome extender mis
manecitas hacia las rejas de la prisión, y devorándome después a besos.
XVII
En aquel tiempo, después de haber los hombres de la Convención repartido
a su capricho las provincias de Francia, ejercían sobre ellas un poder
sanguinario y absoluto, en nombre del orden público.
La vida de las familias dependía casi siempre de una palabra o de una
firma de los representantes del pueblo. En tal estado las cosas, no era
de extrañar que mi madre creyera suspendida sobre la cabeza de su esposo
el hacha del verdugo. Algunas veces tuvo la idea de arrojarse a los pies
de los delegados de la Convención y pedirles la libertad de mi padre.
Los consejos de éste la hicieron desistir de sus propósitos por algún
tiempo, pero a instancias del resto de la familia, que también se
hallaban encerrados en las cárceles de Autún, decidiose al fin, y pudo
conseguir de las autoridades de Mâcón un pasaporte para Dijón y Lyón.
¡Cuántos temores, cuántas súplicas, cuántas idas y venidas, cuántos
disgustos le costó el conseguir hablar solamente con uno de aquellos
representantes del poder revolucionario!
Muchas veces, este representante, con el cual mi madre había por fin
conseguido hablar, era un hombre brutal y grosero, que se negaba a oír
los lamentos de una mujer desolada o la despedía con amenazas,
culpándola de pretender enternecer a los encargados de administrar
justicia. Otras, sin embargo, era algún hombre sensible y piadoso, pero
la presencia de sus compañeros no le permitía obrar con arreglo a sus
ideas, y rechazaba con la boca lo que con el corazón otorgaba. Javoques,
el representante de mejor carácter entre todos aquellos procónsules, fue
quien sirvió a mi madre tan bien como las circunstancias y su deber le
permitieron, y quien la recibió en audiencia escuchando con respeto y
atención cuanto le expuso.
El día que la recibió en audiencia, me llevaba a mí en brazos, sin duda
para que la piedad encontrase dos motivos para manifestarse: la de una
mujer joven y madre, y la de una inocente criatura.
Javoques, después de haberla hecho tomar asiento y deplorado el
sentimiento que le causaba el haber de ejercer sus rigurosas funciones,
me tomó en sus brazos y me colocó sobre sus rodillas: mi madre, creyendo
que me dejaría caer, hizo un movimiento de temor.
«No temas, ciudadana--le dijo:--también nosotros los republicanos
tenemos hijos.» Al ver que yo sonreía jugando con su escarapela
tricolor, añadió: «A fe mía que tienes un niño bien hermoso para ser
hijo de un aristócrata. Debes educarlo para la patria y hacer de él un
buen ciudadano.» Después de esto, le dijo algunas palabras que se
referían a mi padre, y le hizo tener alguna esperanza en su libertad.
Acaso a esta entrevista fue debido el que no lo encausaran y lo dejaron
olvidado en la cárcel. En aquella época, toda formación de una causa,
equivalía a una sentencia de muerte.
De regreso a Mâcón, mi madre volvió a encerrarse en su pequeña casita
junto a las Ursulinas. Cuando la noche estaba oscura y apagados los
faroles de la calle, se deslizaba desde el aposento de mi padre hasta el
desván, una cuerda llena de nudos, por medio de la cual se valía para
pasar junto a los seres que idolatraba, algunas horas deliciosas e
intranquilas a la vez.
Más de un año transcurrió de esta manera.
El 9 de Termidor abriéronse las prisiones y fue libre mi padre. Los
viejos y enfermizos parientes de mi madre, volvieron también a mi
casita, y poco después murieron tranquilamente en su propio lecho, que
no fue poca suerte. El horroroso temporal había pasado sobre ellos.
Ninguno de sus hijos había perecido durante aquel huracán
revolucionario.
XVIII
Muerto mi abuelo, toda su fortuna había de pasar por entero a su hijo
mayor, según las costumbres de la época; pero las leyes nuevas habían
suprimido los mayorazgos, así como también los votos de pobreza, de
manera que las hermanas de mi padre que los habían hecho, quedaban de
ellos relevadas, y por esta circunstancia debían proceder al reparto de
bienes.
Eran éstos de alguna importancia, y estaban divididos entre Borgoña y el
Franco-Condado.
Si mi padre hubiera reclamado la parte que le correspondía, del mismo
modo que lo hicieron sus hermanas, hubiera cambiado su suerte por
completo, obteniendo algunas de las magníficas posesiones territoriales
y que debían repartirse entre la familia.
No fue así; sus escrúpulos le impidieron violar las intenciones de mi
abuelo, a pesar de ser recientes las leyes revolucionarias que suprimían
los mayorazgos. Estas leyes las encontraba muy justas, pero a su
entender, violaban la autoridad paterna y le parecía faltar a un deber
de conciencia pidiendo el cumplimiento de esta ley contra su hermano
mayor.
Renunció, pues, a la herencia legal de sus padres, y se hizo pobre
pudiendo con una sola palabra hacerse rico.
Fueron repartidos los bienes entre los hermanos y hermanas, y él no
quiso nada. Únicamente quedaba como propiedad suya, porque así estaba
1
,
2
3
4
5
6
«
»
7
8
.
9
10
11
12
,
13
14
;
15
,
16
,
¡
!
17
18
19
20
21
22
23
24
25
26
27
28
29
,
30
.
,
31
;
,
32
,
33
;
34
,
,
35
,
,
36
.
37
38
,
,
39
,
40
41
,
42
.
43
:
44
;
45
.
46
47
48
,
49
,
,
50
,
51
.
52
53
-
,
.
54
55
56
57
58
59
60
61
62
63
64
65
66
,
-
-
.
67
-
,
68
,
69
.
70
71
,
,
,
72
,
,
73
.
.
.
74
,
75
.
.
.
¡
!
76
77
78
79
80
81
82
83
,
84
85
.
86
,
87
88
,
,
89
,
,
90
,
.
91
92
.
93
94
*
*
*
*
*
95
96
97
,
98
.
99
,
100
,
,
101
,
,
,
102
,
,
,
,
103
,
104
.
¡
!
,
105
,
106
,
107
,
108
.
109
110
111
112
113
114
115
116
,
117
.
118
.
119
,
,
120
121
.
,
122
123
,
.
124
,
125
.
126
,
.
127
,
:
128
;
,
129
;
,
130
,
,
.
131
,
,
132
.
,
133
;
134
.
135
136
,
137
,
138
139
.
140
;
;
141
,
142
,
,
,
143
,
144
145
.
,
,
146
,
147
,
,
148
.
149
150
151
152
153
154
155
156
,
,
157
,
,
158
,
159
.
,
,
160
161
.
,
162
,
;
,
163
,
164
;
165
,
166
,
167
.
168
,
169
;
170
,
,
,
171
,
172
;
173
,
,
,
174
.
175
176
177
178
179
180
181
182
,
183
,
;
184
,
.
,
185
186
,
187
.
,
,
188
189
.
190
;
191
,
192
,
193
,
194
195
,
196
,
197
,
,
198
,
,
199
,
,
200
.
201
202
203
204
205
206
207
208
209
,
210
.
211
212
,
213
,
,
214
,
215
.
,
216
.
217
,
218
.
219
220
,
,
,
221
222
.
223
:
224
,
,
225
.
,
226
,
;
227
.
228
229
;
230
.
231
,
,
,
232
,
.
233
.
234
235
236
237
238
239
240
241
,
242
,
,
243
,
244
;
245
,
,
246
,
247
.
248
.
249
;
250
251
,
,
,
252
,
253
254
,
,
,
255
256
.
257
258
,
259
;
260
261
;
262
.
263
264
,
:
¡
,
265
!
266
267
268
269
270
271
272
273
.
-
-
,
274
.
-
-
275
.
-
-
,
.
-
-
276
,
.
-
-
277
.
-
-
¡
,
!
-
-
,
278
,
279
.
-
-
280
.
-
-
;
281
;
.
-
-
282
283
.
.
.
-
-
,
284
.
-
-
.
-
-
.
-
-
285
.
-
-
286
287
.
-
-
288
.
-
-
,
.
-
-
289
.
-
-
.
-
-
¿
290
?
-
-
.
-
-
291
.
-
-
,
,
292
.
-
-
,
293
,
.
-
-
¿
,
294
?
-
-
¡
!
.
-
-
¿
?
-
-
¿
295
?
-
-
¿
296
?
-
-
,
¿
297
?
-
-
¿
298
?
-
-
¡
,
,
!
299
.
-
-
.
-
-
300
.
-
-
.
-
-
,
,
301
.
-
-
302
.
-
-
,
,
.
-
-
303
,
¡
,
!
.
-
-
,
304
.
-
-
,
.
-
-
305
.
-
-
,
306
.
-
-
,
.
-
-
307
.
-
-
.
-
-
308
,
.
-
-
309
.
-
-
:
310
311
«
,
»
312
.
-
-
.
-
-
.
-
-
313
.
-
-
314
.
-
-
.
-
-
315
.
-
-
316
.
-
-
:
-
-
«
,
,
317
»
.
-
-
.
-
-
.
-
-
318
.
-
-
,
¡
!
¡
!
319
320
321
322
323
324
325
326
,
;
327
,
,
328
:
329
.
330
331
.
332
333
,
,
334
335
.
336
337
.
,
338
,
,
339
.
340
341
342
:
343
344
345
346
347
348
349
350
¡
!
.
-
-
351
.
-
-
352
.
-
-
,
353
.
354
355
-
-
.
-
-
356
.
-
-
357
.
-
-
358
.
-
-
359
:
360
361
-
-
,
.
-
-
362
.
-
-
363
.
-
-
364
.
-
-
365
-
-
,
.
-
-
366
367
.
-
-
368
.
-
-
369
.
-
-
,
370
,
-
-
371
.
-
-
372
,
-
-
373
-
-
374
375
.
-
-
,
¡
,
!
376
.
-
-
,
377
,
,
-
-
378
.
379
-
-
380
.
-
-
,
381
,
.
-
-
382
.
383
384
.
-
-
385
.
-
-
.
-
-
¡
!
,
386
.
-
-
387
,
,
388
.
389
390
,
391
-
-
;
392
393
.
-
-
394
395
.
396
397
398
399
400
401
402
403
404
.
405
,
406
.
407
408
409
;
410
;
411
¡
!
412
,
413
;
414
,
415
:
,
,
416
,
417
.
418
419
¿
,
,
420
?
¿
421
422
423
?
424
425
426
,
427
,
428
,
429
,
,
430
.
431
432
;
,
433
434
,
.
435
436
.
437
438
,
-
-
,
439
,
;
,
440
,
441
,
,
442
443
,
.
444
,
,
445
446
,
447
;
448
.
449
450
451
.
452
,
453
,
454
,
455
.
456
;
,
457
,
458
,
.
459
.
460
,
,
461
.
462
463
464
465
466
467
468
469
,
470
471
472
,
,
473
,
,
474
.
475
476
477
478
,
479
.
480
481
,
,
482
.
483
484
485
,
486
;
,
,
487
.
488
489
;
490
.
491
492
,
493
494
,
,
,
495
,
496
.
497
498
,
;
499
,
500
,
501
.
.
.
502
503
504
505
506
507
508
509
,
510
.
511
,
512
.
513
514
,
,
.
,
515
.
.
,
516
,
,
517
,
518
519
.
520
521
.
.
522
-
.
523
524
,
525
-
,
.
526
527
,
528
.
529
530
¡
531
,
,
532
!
,
533
,
-
534
.
¡
535
!
-
-
-
,
536
,
537
,
,
538
.
539
540
,
541
.
542
543
.
,
,
.
544
,
545
.
,
546
,
547
.
548
549
,
,
550
,
,
551
,
552
.
553
554
,
,
,
,
555
,
,
556
.
557
558
,
,
.
,
,
,
559
,
,
,
.
.
,
560
561
,
,
562
.
563
564
,
565
;
566
,
.
567
,
.
568
569
570
571
572
573
574
575
,
576
577
.
.
578
,
579
,
580
.
581
582
.
583
,
,
,
584
.
585
.
586
,
,
587
,
588
589
.
590
591
,
592
,
,
593
.
594
,
,
595
596
:
597
,
598
,
599
600
.
601
,
602
.
603
604
,
605
.
606
:
.
,
607
,
608
,
609
,
610
.
611
612
,
,
613
.
614
.
,
615
.
,
616
,
,
,
617
.
618
619
620
.
.
621
622
,
.
623
624
.
625
626
:
.
627
628
,
;
,
629
,
,
,
630
:
631
.
,
632
.
633
,
,
634
,
.
635
636
,
637
638
.
,
639
:
,
640
.
641
,
642
.
,
643
;
.
644
645
,
,
646
.
647
648
.
649
650
.
651
.
652
653
654
655
656
657
658
659
,
,
(
660
)
,
661
.
662
663
.
664
665
.
666
,
,
667
668
.
669
670
,
671
,
,
672
.
673
674
675
.
676
677
678
.
679
680
:
681
,
682
,
683
.
684
685
686
,
687
,
688
.
689
690
691
,
692
.
693
,
694
.
695
696
697
698
699
700
701
702
,
703
,
¡
!
704
.
,
705
;
706
.
707
.
708
.
709
.
710
711
.
712
713
714
,
.
715
,
.
716
717
,
718
;
,
719
:
720
.
721
722
,
723
.
724
725
.
726
727
,
,
728
.
,
729
,
730
.
731
732
,
.
733
.
734
,
.
735
.
736
,
737
.
738
.
739
,
,
,
740
.
741
742
,
,
743
744
745
.
746
747
748
749
750
751
752
753
,
754
,
,
755
,
,
756
.
757
758
759
,
760
.
761
.
762
763
,
,
764
.
,
765
,
,
766
.
¡
767
768
,
769
!
,
770
,
,
,
771
,
¿
,
,
772
,
773
,
?
774
775
¡
776
,
777
!
¡
778
,
779
780
,
781
,
782
783
!
784
785
786
787
788
789
790
791
,
,
792
793
794
.
795
796
797
,
798
799
;
800
,
.
801
802
,
803
.
804
.
805
806
807
,
808
809
.
810
,
811
812
,
813
.
814
815
816
,
.
817
818
-
,
819
.
820
821
.
,
,
822
,
823
.
824
825
,
,
826
.
,
,
827
828
.
829
830
,
831
.
,
,
832
,
,
833
.
834
.
835
836
,
837
,
838
.
839
840
841
.
,
842
843
.
,
844
,
845
.
846
847
848
,
.
849
.
850
.
851
852
853
,
,
854
855
856
,
857
.
858
859
,
;
860
,
861
.
862
863
,
864
865
.
866
.
867
.
868
869
870
,
871
.
,
872
:
,
873
.
874
875
,
876
:
877
.
878
879
880
.
881
,
,
,
882
,
,
883
,
,
.
884
,
,
885
,
:
,
,
,
886
,
887
,
,
,
,
,
888
,
,
889
.
890
891
,
892
,
893
,
.
894
895
896
897
898
899
900
901
,
902
,
903
,
.
904
905
906
.
,
907
908
.
909
.
910
911
,
,
912
,
,
913
.
914
915
¡
,
,
,
916
917
!
918
919
,
,
920
,
,
921
,
922
923
.
,
,
,
924
925
,
.
,
926
,
927
928
,
929
.
930
931
,
,
932
:
933
,
.
934
935
,
936
,
937
:
,
938
,
.
939
940
«
,
-
-
:
-
-
941
.
»
942
,
:
«
943
.
944
.
»
,
945
,
.
946
947
948
.
,
,
949
.
950
951
,
952
.
953
,
954
,
,
955
,
956
.
957
958
.
959
960
.
961
,
962
,
,
963
.
.
964
965
.
966
967
968
969
970
971
972
973
,
974
,
;
975
,
,
976
,
977
,
978
.
979
980
,
981
-
.
982
983
,
984
,
985
,
986
.
987
988
;
989
,
990
.
,
991
,
992
993
.
994
995
,
,
,
996
.
997
998
,
999
.
,
1000