palabras últimas, y exclamó:
--¡No...! ¡No hable usted de eso!... ¡No me lo recuerde, por lo que más
quiera!
Darnay guardó silencio.
--Perdóneme usted--repuso el doctor al cabo de algunos segundos.--No
dudo que usted ama a Lucía...
Sin mirar a Darnay, sin alzar los ojos del suelo, con semblante triste,
preguntó:
--¿Ha hablado usted de su amor a Lucía?
--Nunca.
--¿Le ha escrito?
--Jamás.
--Sería yo poco generoso si desconociera que en su abnegación ha
entrado por mucho la consideración al padre. El padre da a usted las
gracias.
Ofreció la diestra a su interlocutor, pero sus ojos no siguieron el
movimiento de la mano.
--Sé--dijo Darnay con mucho respeto--sé... ¿cómo no saberlo, si he
visto a ustedes la mayor parte de los días? sé que entre usted y Lucía
media un cariño tan tierno, tan excepcional, tan conmovedor, tan en
armonía con las circunstancias que han presidido su nacimiento y
desarrollo, que aun en la ternura que liga a los padres con sus débiles
hijitos sería difícil encontrar precedentes. Sé, doctor Manette, que
juntamente con el cariño de la hija, que es ya mujer, alienta en el
corazón de ésta todo el amor de la infancia. Sé que, por lo mismo que
durante su niñez se vió privada de las caricias de su padre, hoy se
ha consagrado a usted con toda la constancia, con todo el fervor que
la dan sus años y su carácter. Sé perfectamente bien que, si usted,
después de muerto, hubiera descendido del cielo para acompañar a su
hija en la tierra, no podría ser ni más querido, ni más sagrado, ni
más reverenciado de lo que hoy es. Sé que cuando su hija le abraza,
son los brazos de la niña, los brazos de la doncella, los brazos de
la mujer los que con ternura infinita rodean su cuello. Sé que Lucía,
amando a usted como hoy es, ama a una madre tan joven como ella y a un
padre tan joven como yo; ve y adora a una madre contristada, sumida
en insondables mares de amargura, y ve y adora a un padre sepultado
en vida. Todo esto lo sé, lo he estado viendo noche y día, pues para
saberlo, me ha bastado ver a ustedes en el sagrado del hogar.
El padre continuaba sin variar de actitud, doblada la cabeza y bajos
los ojos. Su respiración se hizo un poquito entrecortada, pero no
reveló otras señales de agitación.
--Y sabiéndolo, doctor Manette, convencido de que interponer entre
ustedes un amor... mi amor, equivale a introducir en su cielo algo que
es menos sublime que éste, he procurado imponer silencio a mi corazón,
me he resistido hasta el último límite. ¡No puedo más!... ¡La amo!...
¡El Cielo me es testigo de que la amo!
--Lo creo--contestó el padre con acento doloroso.--Lo venía sospechando
de antiguo... Lo creo.
--Pero sentiría--repuso Darnay, quien creyó ver una reconvención en el
acento doloroso del doctor--sentiría que creyera también que, si fuese
tan inmensa mi fortuna que un día me fuera dado llamarla mi mujer,
había de intentar separar a ustedes ni pronunciar una sola palabra
distinta de las que en este momento salen de mis labios. Bien se me
alcanza que sería inútil; pero de todas suertes, no soy yo capaz de
cometer vileza semejante. Si pensamientos tan bajos rozaran siquiera mi
mente, no sería yo digno de tocar esta mano honrada--añadió, tendiendo
la suya a su interlocutor.--No, mi querido doctor Manette; como a
usted, me aleja de Francia un destierro impuesto voluntariamente; como
usted, he huído de ella para no ver sus desaciertos, sus opresiones,
sus miserias; como usted, he resuelto expatriarme, vivir del trabajo
de mis manos y cifrar mis esperanzas en un futuro más venturoso. Mi
aspiración única es compartir su suerte de usted, compartir su vida y
su hogar, y serle fiel hasta la muerte. No aspiro a tener participación
en el preciado privilegio de Lucía en su calidad de hija y compañera
amante de su vida; sino a robustecer ese privilegio, a unirla más
estrechamente a usted, suponiendo que eso sea posible.
La mano del joven continuaba sobre la del padre, quien tenía las suyas
sobre los brazos del sillón en el que estaba sentado. Por primera vez
desde el comienzo de la conferencia, alzó el doctor los ojos del suelo.
Su cara reflejaba la lucha que se libraba en su interior.
--Habla usted con tanta ternura, y a la par con tanta entereza, Carlos
Darnay, que le doy las gracias con todo mi corazón, y voy a ponerle
de manifiesto... casi de manifiesto el mío. ¿Tiene usted motivos para
creer que Lucía corresponda a su amor?
--Ninguno.
--El objeto inmediato de esta confidencia, ¿es cerciorarse desde luego
y con mi autorización de ese extremo?
--Ni eso siquiera. No espero obtener esa dicha en muchas semanas,
aunque, como es natural, desearía salir de dudas mañana mismo.
--¿Busca usted que yo le aconseje y guíe?
--Tampoco he venido con ánimo de solicitar sus consejos y ayuda; pero
sí creyendo que, si en su mano está ayudarme, y lo considera justo, me
proporcionará algún auxilio.
--Entonces, lo que usted busca es una promesa mía.
--En efecto; eso busco.
--¿Qué promesa es?
--Bien convencido estoy de que, sin usted, nada puedo esperar: bien
convencido estoy de que, aun cuando Lucía me amara como yo la amo...
y no crea usted que mi presunción llegue a suponer semejante cosa, de
nada me serviría, si mi amor fuese incompatible con el que debe a su
padre.
--Siendo así, estará bien convencido de...
--Estoy convencido también de que, una sola palabra pronunciada por su
padre en favor de cualquier aspirante a su mano, pesaría decisivamente
en su ánimo, y precisamente porque de ello estoy convencido, doctor
Manette, no he de solicitar esa palabra, aun cuando de ella dependiera
mi vida--terminó el joven, con modestia, pero con decisión varonil.
--De ello estoy seguro, Carlos Darnay. Los misterios suelen brotar de
los amores profundos y de las divisiones anchas: en el primer caso,
los misterios son sutiles, delicados y de difícil penetración. Bajo
este aspecto, Lucía es para mí un misterio: ni aproximadamente me es
dado adivinar el estado de su corazón.
--¿Me permitirá preguntar, doctor, si ella...?
--¿Si tiene algún otro pretendiente?
--Eso fué lo que quise decir.
El padre contestó al cabo de algunos momentos de reflexión:
--Ha visto usted mismo que vienen a esta casa con alguna frecuencia los
señores Carton y Stryver; si alguien aspira a la mano de mi hija, será
en todo caso uno de los dos.
--O los dos--observó Darnay.
--No se me ha ocurrido que puedan ser los dos; es más: ni creo probable
que sea ninguno de los dos. Pero me ha dicho usted que desea de mí una
promesa: dígame de qué se trata.
--La promesa que deseo obtener es que, si algún día su hija hiciera
a usted la confianza que yo acabo de hacerle, la repitiera usted mis
palabras, añadiendo que cree en la sinceridad de las mismas. Creo
merecerle a usted bastante buena opinión para no tomar partido en
contra mía. Yo, por mi parte, cumpliré estrictamente la condición sobre
la cual fundo mi súplica, porque a que la cumpla tiene usted derecho
indiscutible.
--Hago la promesa que usted desea, sin condición alguna--respondió el
doctor.--Creo firmemente que su objeto es el que me ha expuesto; creo
que intenta usted perpetuar, y en ningún caso debilitar, los lazos que
me unen a quien me es más querida que yo mismo. Si algún día me dice
mi hija que usted le es necesario para su felicidad, me apresuraré a
entregársela. Si existieran, Carlos Darnay, si existieran...
El joven estrechó agradecido la mano del doctor.
--... Caprichos, motivos verdaderos, aprensiones, cualquier otra cosa,
antigua o reciente, en contra del hombre a quien mi hija amase de
veras..., siempre que la responsabilidad no fuera personalmente suya...
todo lo olvidaría por amor a aquélla. Lo es todo para mí. Ante su dicha
callan todos los agravios que yo haya recibido, todos los tormentos
que... ¡Estoy diciendo lo que no viene al caso!
Tan singular fué el tono que el doctor dió a sus palabras, tan singular
la brusca interrupción, tan singular la mirada que dirigía a su
interlocutor, que éste sintió penetrar el frío hasta el fondo de su
corazón.
--Sin darme cuenta he desviado la conversación--añadió el doctor
sonriendo.--¿Qué era lo que me decía?
No supo Darnay qué contestar en el primer momento, hasta que recordó
que había hablado de una condición. Más tranquilo entonces, dijo:
--A su confianza tengo el deber ineludible de contestar con la mía. Mi
apellido actual, aunque apenas si discrepa del de mi madre, no es el
mío, conforme sabe usted. Deseo decirle cuál es el que me corresponde,
y explicarle los motivos de encontrarme en Inglaterra.
--¡No! ¡Cállese usted!
El doctor llevó ambas manos a sus oídos y a continuación a los labios
de Darnay.
--Lo deseo, porque quisiera merecer su confianza y no tener secretos
para usted.
--¡No! ¡Me lo dirá usted cuando se lo pregunte, pero en manera alguna
ahora! Si sus aspiraciones entran en vías de realización, si Lucía
corresponde a su amor, me hará esas revelaciones la mañana misma de su
matrimonio. ¿Me lo promete?
--Con mucho gusto.
--Déme su mano. Mi hija llegará de un momento a otro, y no quisiera que
nos encontrara juntos esta noche. ¡Váyase... y que Dios le bendiga!
Había cerrado la noche cuando salió Carlos Darnay, y aun tardó Lucía
una hora en llegar. Corriendo se dirigió a la habitación en que solía
estar su padre, no siendo pequeña su sorpresa al encontrar vacante el
sillón que aquél ocupaba invariablemente cuando leía.
--¡Padre!--llamó.--¡Mi querido padre!
Nadie contestó; pero como llegaran a sus oídos repetidos martillazos
que sonaban en la alcoba de su padre, hacia esta se dirigió corriendo.
Miró por la puerta, y retrocedió asustada, llorando.
--¿Qué haré, Dios mío, qué haré?--exclamó.
Un instante nada más duraron sus incertidumbres. Llamó con los nudillos
en la puerta y pronunció en voz muy baja el nombre de su padre. Cesaron
inmediatamente los martillazos, salió su padre, la miró silencioso, y
comenzó a pasear por la estancia. Lucía caminaba a su lado.
A la mañana siguiente, Lucía entró muy temprano en el dormitorio del
doctor. Encontróle durmiendo profundamente. No observó alteración
alguna en la banqueta de zapatero, ni en las herramientas ni en el
zapato sin terminar.
XI
ENTRE COMPAÑEROS
--Prepara otro ponche, Sydney--dijo el abogado Stryver aquella misma
noche, ya de madrugada, a su compañero el chacal.--Tengo que hacerte
una confidencia.
Desde algunas noches antes, Sydney trabajaba con ardor a fin de
disminuir y acabar con el monte de papeles que esperaban turno en la
mesa de trabajo antes de salir de vacaciones. Todos quedaron al día;
ya no había que hacer otra cosa que esperar la llegada del mes de
noviembre, pródigo en nieblas atmosféricas y en nieblas legales.
No era Sydney un dechado de sobriedad y de templanza: aquella noche
hubo de aumentar en dos el número de las toallas empapadas en agua fría
que solía aplicar a su cabeza, de la misma manera que duplicó también
la cantidad de vino ingerido con anterioridad a la aplicación de las
toallas.
--¿Estás preparando el otro ponche?--preguntó Stryver, desde el sofá
sobre el cual estaba tumbado de espaldas.
--Sí.
--Escucha, pues. Voy a revelarte algo que seguramente te maravillará, y
quién sabe si hasta te hará creer que soy mucho menos listo de lo que
aparento. He pensado casarme.
--¿Tú?
--Sí. Aun te sorprenderá más el saber que no me caso por móviles de
dinero. ¿Qué me dices?
--No siento comezón de decir mucho. ¿Quién es ella?
--Adivínalo.
--¿La conozco?
--Adivínalo.
--No me parece ocasión propicia para echarme a adivinar, a las cinco
de la madrugada y con la cabeza convertida en volcán en erupción. Si
quieres que adivine, convídame a comer.
--Puesto que no quieres adivinar, te lo diré yo--dijo Stryver,
sentándose perezosamente.--Por supuesto, que no abrigo la más
insignificante esperanza de hacerme comprender de ti, sencillamente
porque eres y has sido siempre un perro insensible.
--En cambio tú has sido siempre y eres un espíritu todo sensibilidad y
poesía--replicó Sydney con acento irónico.
--¡Hombre!...--exclamó Stryver riendo.--No aspiro a pasar plaza de
héroe de novela sentimental, pero no me negarás que soy más blando que
tú.
--Querrás decir más afortunado.
--No; he querido decir más... más...
--Galante: ¿acerté ahora?
--¡Bueno! ¡Diremos galante! Mi intención era decir que yo soy hombre
que cuido de hacerme más agradable, que me tomo más interés para
hacerme más agradable, que sé la manera de hacerme más agradable a las
mujeres que tú.
--Adelante--dijo Sydney Carton.
--Ten calma, amigo mío--replicó Stryver, moviendo la cabeza.--Antes
de seguir adelante, quiero hacer constar lo siguiente: Has visitado
con tanta, con más frecuencia que yo la casa del doctor Manette, y
francamente, me ha avergonzado la aspereza de carácter, el ceño que
siempre has mantenido allí. Tus modales han sido los de un perro
malhumorado y tu manera de ser tan tétrica, que he salido avergonzado
de ti, Sydney.
--Deberías estarme altamente agradecido, Stryver, porque los hombres de
tu profesión no suelen avergonzarse de nada--replicó Carton.
--No te salgas por la tangente, Sydney. Considero deber mío decirte,
y te lo digo en tus barbas, porque creo hacerte un favor, que careces
de condiciones para estar en sociedad. Eres un compañero decididamente
desagradable.
Sydney bebió un trago de ponche y soltó la carcajada.
--¡Mírame a mí!--repuso Stryver, poniéndose en pie y en actitud
arrogante.--Menos necesidad tengo que tú de hacerme agradable, toda vez
que mi posición es mil veces más independiente que la tuya. ¿Por qué,
pues, consigo siempre hacerme agradable?
--En mi vida vi que te lo hicieras.
--Me hago agradable porque así lo exige la finura de modales y porque
lo tengo en la masa de la sangre. Prosigo.
--Lo que no prosigues, según veo, es la exposición de tus proyectos
matrimoniales. En cuanto a lo demás, hazme el favor de no proseguir.
¿No te convencerás nunca de que soy incorregible?
Carton hizo esta pregunta con entonación sarcástica.
--Para ser incorregible sería preciso que tuvieras negocios, y yo no sé
que los tengas--replicó Stryver un poquito picado.
--Que yo sepa, no los tengo... ¿Quién es la favorecida?
--No quisiera que la mención del nombre te produjera pena o
desagrado--dijo Stryver, preparando con circunloquios amistosos la
revelación que iba a hacer.--Me consta que no sientes ni la mitad de
lo que dices, aunque, a decir verdad, si lo sintieras todo, sería
igual, pues no tendría importancia. Hago este preámbulo porque en una
ocasión hablaste con bastante ligereza de la señorita cuyo nombre voy a
pronunciar.
--¿Yo?
--Tú, sí; y en esta misma habitación.
Carton se obsequió con otro vaso de ponche y miró a su amigo.
--Refiriéndote a la señorita a que aludo, dijiste que era una muñeca
de cabellos de oro. La señorita a que me refiero es la señorita Lucía
Manette. Si conocieras la sensibilidad, si fueras hombre de delicadeza
de sentimientos, me habría molestado que hablaras de ella como lo
hiciste; pero como ni eres sensible ni delicado, no hice caso de tu
ligereza. Careces de entrambas cualidades, y por tanto, cuando a mi
memoria acude tu expresión, la doy la misma importancia que daría a
la opinión de un ciego que afirmara que era malo un cuadro pintado
por mí, o a la de un sordo-mudo que pretendiera poner defectos a una
composición musical obra mía.
Carton continuaba menudeando las visitas a la ponchera.
--Ya lo sabes todo, Sydney--prosiguió Stryver.--Me caso con esa niña,
sin importarme que tenga o no fortuna. Es una criatura encantadora, y
me he propuesto hacerla feliz, y sin jactancias ni inmodestias creo
que puedo decir que lo he conseguido. Ocupo una posición envidiable,
prospero y subo con rapidez y no me falta distinción. En una palabra:
soy para ella un tesoro, y me alegro, pues tesoros merece ella. ¿Te
maravilla lo que oyes?
--¿Por qué me ha de maravillar?--respondió Sydney, entre trago y trago
de ponche.
--¿Lo apruebas?
--¿Por qué no he de aprobarlo?
--¡Vaya! Veo que lo tomas con mayor calma de la que yo esperaba, y
que, en obsequio mío, eres menos mercenario de lo que creía. No me
sorprende, en medio de todo, pues sabes perfectamente que tu antiguo
condiscípulo se ha distinguido siempre por su entereza de carácter.
Sí, Sydney, sí; me hastía la vida que hago y ha llegado el momento de
variarla. Me he convencido de que es una delicia para un hombre tener
un hogar, crearse una familia, si a ello siente inclinaciones, y estoy
seguro de que la señorita Manette lo embellecerá y honrará siempre.
Estoy, pues, resuelto, firmemente decidido. Y ahora, Sydney, mi querido
amigo, me permitirás que te diga cuatro palabras sobre tu situación.
Caminas por derroteros falsos, por mal camino; eso lo sabes tan bien
como yo mismo. Desconoces el valor del dinero, vives vida desordenada,
no piensas en el mañana, y en suma, tu conducta no puede conducirte más
que a las enfermedades y a la miseria. Creo que necesitas buscarte una
enfermera.
El tono de protección con que hablaba Stryver acentuaba la
impertinencia de sus palabras y las hacía doblemente ofensivas.
--No te ofenda que ahora te recomiende que estudies la cuestión de
frente y sin prevenciones estúpidas tal como la he estudiado yo,
aunque nuestra condición respectiva difiere mucho. Cásate. Busca a
quien cuide de tu persona. No importa que la compañía de las mujeres
no sea de tu gusto; no importa que carezcas de inteligencia, de tacto
para tratarlas. Busca una mujer respetable que tenga algunos bienes,
y cásate con ella cuanto antes, única manera de prevenirte con tiempo
contra las calamidades e incertidumbres de la vida. He terminado.
Piensa en ello, Sydney.
--Lo pensaré--contestó Sydney Carton.
XII
EL CABALLERO DELICADO
Una vez resuelto el señor Stryver a labrar la felicidad de la señorita
Manette, nada más natural que hacerla saber cuanto antes la dicha que
en su magnanimidad la había deparado. Después de debatir mentalmente
y con el detenimiento debido un punto tan importante, llegó a la
conclusión de que debía dar desde luego, antes de salir de vacaciones,
los pasos preliminares, dejando para más tarde el señalamiento del
día de la boda, que podría celebrarse una o dos semanas antes de la
-sanmiguelada-, o bien durante las breves vacaciones de las Pascuas de
Nochebuena.
Que tenía ganado de antemano el pleito era tan evidente, que hubiera
sido necio dudarlo. Tratábase de un pleito claro, sin punto débil, de
uno de esos pleitos en los que basta formular la demanda para obtener
sentencia favorable. Hasta podría dispensarse de la molestia de razonar
su petición. ¿Para qué? El jurado fallaría en su favor sin deliberar
siquiera: de ello estaba más que persuadido el famoso abogado.
En consecuencia, Stryver inauguró sus vacaciones proponiendo a la
señorita Manette llevarla a los jardines de Vauxhall. Declinada
la oferta, invitóla a Ranelagh; y como, con mucha sorpresa suya,
tampoco fuera aceptada esta invitación, resolvió declarar las nobles
aspiraciones de su alma en la misma casita de Soho.
Una mañana, Stryver salió del Tribunal del Temple y enderezó sus pasos
hacia el plácido retiro en que vivía el doctor Manette. Como quiera
que el Banco Tellson le tomaba al paso, sabedor de la amistad íntima
que mediaba entre el señor Lorry y los Manette, ocurriósele entrar en
el Banco y revelar a aquél la radiante estrella que derramaba vivos
resplandores en el horizonte de Soho. Abrió, pues, la puerta, que
rechinó ásperamente al girar sobre sus gastados goznes, descendió los
dos escalones, y no tardó en presentarse en el despacho en que Lorry,
inclinado sobre sus libros, escribía interminables columnas de números,
perfectamente alineados.
--¡Hola, señor Lorry!--exclamó Stryver al entrar.--¿Cómo está usted?
Supongo que tan bien como siempre.
--¡Hola, señor Stryver!--respondió Lorry, estrechando la mano que el
abogado le tendía.--Muy bien, gracias; ¿y usted? ¿Desea algo de mí,
señor Stryver?
--No... muchas gracias. Me trae el deseo de hacerle una visita
particular, señor Lorry; el deseo de decirle cuatro palabras a solas.
--¡Oh, las que usted quiera!--contestó Lorry, cerrando el libro y
preparándose a oir.
--Voy...--comenzó diciendo el abogado, apoyando sus codos sobre la mesa
y con tono confidencial,--voy a hacer una proposición matrimonial a su
querida y agradable amiguita Lucía Manette, señor Lorry.
--¡Demonio!--exclamó Lorry, rascándose la barba y mirando perplejo al
abogado.
--¿Demonio?--repitió Stryver vivamente.--¿Eso es lo que a usted se le
ocurre decirme? ¿Qué significa su exclamación, señor Lorry?
--Es una exclamación... amistosa... personal... puramente apreciativa,
que puede significar todo lo que usted desee que signifique. La verdad,
señor Stryver... me parece... encuentro...
--¡Basta!--respondió el abogado, descargando un manotazo sobre la
mesa.--¡Si entiendo lo que me dice, señor Lorry, que me cuelguen!
Lorry ajustó a su cabeza su peluquín, y quedó mirando a su interlocutor
mordiendo las barbas de su pluma.
--¿Es que me considera usted -no- elegible?--preguntó Stryver, mirando
con fijeza a su interlocutor.
--¡Muy al contrario, señor Stryver! Sí... es usted elegible.
--¿No soy buen partido?
--Buen partido; sí... ¿por qué no?
--¿No progreso? ¿No medro?
--Sí, señor... ¿quién lo duda?
--Entonces, ¿qué demonios quiere decir su actitud?
--Pues... yo... Dígame: ¿adónde iba usted ahora?
--De frente al asunto--contestó Stryver, dando un puñetazo sobre la
mesa.
--Si yo me encontrara en su lugar, lo dejaría para mejor ocasión.
--¿Por qué?--tronó el abogado.--Voy a estrechar a usted hasta el último
límite. Como hombre de negocios que es usted, está en la obligación de
hablar con motivo justificado. Vengan los motivos: ¿por qué no iría
usted?
--Porque se trata de un asunto que no abordaría yo nunca sin contar con
esperanzas fundadas de conseguir la realización de mi deseo.
--¡Ira de Dios!--gritó Stryver.--¡Es una razón que tumba de espaldas!
Lorry no contestó.
--He aquí a un hombre de negocios, un hombre de años, un hombre de
experiencia... en un Banco, quien después de admitir la existencia
de las tres razones principales, cada una de las cuales basta por sí
sola para asegurar el éxito, se descuelga diciendo que no existe razón
alguna. ¡Si eso no es el más desatinado de los desatinos, venga Dios y
lo vea!
--Cuando me referí al éxito, pensaba en la señorita Manette, y al
hablar de causas y razones en que fundar las esperanzas de ver
realizado el deseo, me refería a causas que lo fueran en realidad para
la señorita Manette. Sí... mi buen amigo... la señorita, porque la
señorita es el juez único e inapelable.
--Entonces, lo que usted quiere decirme, señor Lorry, es que la
señorita, en opinión de usted, es una tonta melindrosa.
--Me interpreta usted de una manera lastimosa, señor Stryver--replicó
Lorry, rojo de cólera.--Lo que he querido decir, y lo que digo, es
que no toleraré que lengua alguna pronuncie una palabra irrespetuosa
acerca de la señorita Manette, y que si supiera de algún hombre... que
quiero creer que no existe, de algún hombre de gusto tan grosero y
temperamento tan arrebatado, que osara hablar con poco respeto de la
señorita Manette, la consideración de encontrarnos en el Banco Tellson
no sería bastante para que yo dejara impune su grosería.
La necesidad de contener dentro del pecho la cólera que pugnaba por
hacer explosión había puesto a Stryver en estado de ánimo peligroso; en
cuanto a Lorry, no obstante tener acostumbrada su sangre a no alterarse
por nada ni por nadie, se hallaba en situación de ánimo tan peligrosa
como la del abogado.
--Ya sabe usted lo que quería decirle, caballero--repuso Lorry.--Mucho
le agradeceré que no lo olvide.
Siguió un rato de silencio, durante el cual Stryver chupaba el extremo
de un cuadradillo de hierro que había tomado de la mesa. Al fin rompió
el silencio, verdaderamente penoso, diciendo:
--Tan nuevo es lo que usted me dice, señor Lorry, tan inconcebible, que
no acierto a comprenderlo bien, pese a la claridad de sus palabras. ¿Me
aconseja de veras que no me presente en Soho, y ofrezca mi mano... la
mano del famoso abogado Stryver, a la hija del doctor Manette?
--¿Me pide usted franqueza, señor Stryver?
--Sí.
--Perfectamente. Ha repetido usted palabra por palabra y letra por
letra lo que yo debo contestar. No se presente usted en Soho, ni
ofrezca su mano... la mano del brillante abogado Stryver, a la hija del
doctor Manette.
--Y yo contesto que eso... ¡ja, ja, ja, ja! da ciento y raya a todos
los desatinos pasados, presentes y futuros.
--Pongamos los puntos sobre las íes--añadió Lorry;--como hombre de
negocios, nada puedo decir sobre el asunto que debatimos, porque como
hombre de negocios, nada sé: pero como amigo antiguo de la casa, como
hombre que ha mecido a la señorita Manette en sus brazos, que es el
amigo de confianza de la señorita Manette y de su padre, como hombre
que quiere a los dos con cariño entrañable, puedo hablar, y como tal he
hablado. Ahora bien: ¿cree usted que puedo estar equivocado?
--¡Ni por pienso! El sentido común es planta rara que crece en pocas
partes. Jamás he tenido esperanzas de encontrarla fuera de mí mismo.
Suponía yo que acaso existiera donde, por lo visto, según usted, sólo
encuentra terreno abonado la insensatez. Me llevo un desencanto, lo
confieso, pues esperaba otra cosa; pero creo que tiene usted razón.
--¡Ni he hablado de terrenos abonados o por abonar para que en ellos
crezca la insensatez, ni toleraré... dentro o fuera del Banco Tellson,
que nacido alguno ofenda a personas cuyo nombre sólo puede pronunciar
de rodillas!--gritó Lorry, enfureciéndose de nuevo.
--No se moleste usted: le ruego perdone frases dichas sin ánimo de
molestar a nadie.
--Perdonado, y gracias. Lo que quise decir fué lo siguiente: sería
doloroso para usted sufrir un desengaño, sería doloroso para el
doctor Manette verse en la precisión de ser explícito con usted, y
sería muy doloroso para la señorita Lucía encontrarse en la dura
necesidad de hablar a usted con franqueza. Sabe usted que me cabe el
honor y la dicha de ser buen amigo de la familia. Pues bien: si usted
quiere que, sin ostentar representación alguna suya, sin mezclar a
usted en nada ni para nada, haga observaciones nuevas que confirmen
o modifiquen las impresiones que hoy tengo, a ello me ofrezco desde
luego. Si el resultado de mis nuevas observaciones no le satisficiese,
dueño será usted de comprobar personalmente su fundamento; en caso
contrario, habremos conseguido al menos evitar escenas y situaciones
desagradables. ¿Qué le parece mi plan?
--¿Cuánto tiempo tardaría usted en contestarme?
--¡Oh! ¡Es cuestión de pocas horas! Esta tarde puedo ir a Soho, y desde
allí llegarme en derechura a su casa.
--Siendo así, me parece bien. Espero a usted esta noche... ¡Buenos días!
Salió el señor Stryver del edificio del Banco llevando en su pecho una
tempestad de ira. Sobrábale penetración para comprender que el banquero
no hubiera exteriorizado con la claridad que lo hizo sus opiniones
sobre el particular de no haber contado en su apoyo un fundamento tan
sólido, que equivalía a una certeza moral. Lejos estaba de pensar,
cuando entró en el Banco, que le esperase una píldora tan amarga; pero
no tuvo más remedio que tragársela.
--Te has puesto en situación poco airosa, Stryver--se decía a sí
mismo;--has hecho el ridículo... ¡Aquí de tu talento forense para salir
bien del paso!
Claramente se veía que la píldora se le había atragantado y que el
eminente abogado buscaba la forma de escupirla.
--¡Ah, mi querida señorita!--murmuró al cabo de pocos momentos.--¡No
seré yo quien cargue con el ridículo!... ¡Vas a tener el placer de
quedarte con el fruto de la familia de las cucurbitáceas que me
reservas!
En efecto: aquella noche, cuando Lorry se presentó en la casa del
abogado, encontró a éste entre rimeros de papeles y pilas de libros
colocados de propósito sobre su mesa de trabajo, absorto en su labor
y ajeno por completo al asunto tratado aquella mañana. Hasta pareció
sorprendido al ver a Lorry.
--He estado en Soho--dijo el emisario, al cabo de más de media hora de
tiempo, empleada en vanas tentativas para abordar la cuestión.
--¿En Soho?--repitió con indiferencia glacial Stryver.--¡Ah... ya! ¡Qué
cabeza la mía! ¿Creerá usted que no me acordaba de semejante cosa?
--Ya no me cabe la menor duda de que el consejo que a usted di fué
acertadísimo. Mis impresiones se han confirmado plenamente.
--Crea usted que lo lamento muy de veras por usted--contestó Stryver
con calma perfecta,--y no menos de veras por el pobre padre. Es un
incidente que la familia recordará siempre con dolor, y que... Pero no
hablemos de ello.
--Confieso que no comprendo.
--Lo creo; pero no importa... no importa.
--Al contrario--replicó Lorry,--importa, y desearía que se explicase.
--Repito que no importa. Creí ver sentido común y ambición laudable
donde no existe lo uno ni lo otro. Me engañé, quedo curado de mi error,
y asunto concluído. Por fortuna, mi error es de los que no acarrean
perjuicios a quien fué de él víctima. Son muchas las damiselas que han
cometido locuras semejantes, de las cuales han venido a arrepentirse
cuando no era ya tiempo, cuando se han visto sumidas en la ruina y en
la miseria... ¡Pobrecillas!... ¡No las culpo! ¡A fe que son dignas de
compasión! ¡Es tan irreflexiva la juventud!... Visto lo ocurrido desde
un punto de vista puro de todo egoísmo, lo siento, porque para ella
hubiera sido un buen negocio, y si lo estudio a través del prisma de mi
egoísmo, no puedo menos de celebrar un fracaso que me evita hacer un
negocio desastroso. Comprenderá usted, sin que yo se lo diga, que yo,
lejos de salir ganando, perdía, y no poco. Por supuesto, hasta ahora
ningún daño me ha hecho. No he ofrecido mi mano a esa señorita, y aquí
para nosotros, hablando con franqueza, nunca pensé en hacer semejante
ofrecimiento. Siga mi consejo, señor Lorry: no intente usted nunca
luchar contra las frivolidades y locuras de esas cabecitas casquivanas
si no quiere cosechar desencantos a granel... ¡No... hágame el favor!
Dejemos esta conversación. Repito que lamento lo ocurrido por los demás
pero que me alegro por lo que a mí toca. Nunca agradeceré a usted
bastante el consejo que me dió. Conoce usted a esa señorita mucho mejor
que yo... Tenía usted razón... Se me ocurrió cometer un desatino aunque
seguramente no habría llegado a cometerlo.
Fué tal el desconcierto, la estupefacción de Lorry, que no se le
ocurrió otra cosa que mirar con expresión estúpida a su interlocutor,
cuya cara reflejaba generosidad, nobleza y buenos deseos.
--¡Créame usted, mi querido amigo!--repetía Stryver mientras acompañaba
a Lorry hasta la puerta,--siga mi consejo. Muchas gracias... ¡Buenas
noches!
Lorry se encontró en la calle antes de darse cuenta de lo que le
pasaba. Stryver quedó tendido boca arriba en el sofá mirando al techo.
XIII
EL SUJETO NO DELICADO
Si en alguna ocasión, o en alguna parte, brilló Sydney Carton, a
buen seguro que no fué en la morada del señor Manette. La visitó con
bastante frecuencia durante un año entero, y siempre estuvo triste,
taciturno, caviloso. Y no es que careciera de oratoria, no; sabía
hablar perfectamente cuando se lo proponía; pero era tan tupida la nube
que le envolvía, que muy contadas veces consiguieron taladrarla los
destellos luminosos de su inteligencia.
Que las calles próximas a la casa mencionada, y hasta las piedras
insensibles de las aceras, ejercían sobre él misterioso atractivo,
no cabía ponerlo en tela de juicio. Más de una noche se le hubiera
encontrado rondando cual alma en pena aquellos lugares, sobre todo,
cuando el vino no llegaba a infiltrar en su pecho una alegría ficticia
y transitoria. Más de una madrugada, los pálidos fulgores de la aurora
naciente pusieron de manifiesto, no lejos de la casa del doctor, los
contornos de un bulto, que si no era Sydney Carton en persona, ofrecía
con el de éste notable analogía. Más de una mañana, los primeros rayos
del sol, a la par que hacían resaltar las bellezas arquitectónicas
de los campanarios de las iglesias y de los edificios más notables,
llevaban el desaliento al pecho del solitario noctámbulo, haciéndole
ver que hay cosas que el hombre, con toda su buena voluntad, no puede
alcanzar. Desde algún tiempo antes, el lecho desordenado que en el
Tribunal del Temple tenía Carton, rara vez merecía el honor de ser
usado por su propietario, siendo de notar que, aun cuando por excepción
ocurriera esto último, Carton se levantaba al cabo de pocos minutos
para continuar sus peregrinaciones.
Un día del mes de agosto, cuando ya el señor Stryver, después de
manifestar a su amigo que «reflexiones más detenidas habíanle inducido
a renunciar a sus proyectos matrimoniales», había trasladado a
Devonshire los tesoros de finura y de delicadeza anejos a su persona,
uno de esos días de agosto en que los malos encuentran en el cáliz
de las flores ricos manantiales de bondad, de salud los enfermos, y
de juventud los viejos y gastados, Carton, esclavo de su costumbre,
rondaba como alma en pena las calles. Caminaba irresoluto y sin rumbo
fijo; mas de pronto brillaron sus ojos; sus pies se animaron al soplo
de la intención que brotó en su cerebro, y fieles y sumisos esclavos de
esta última aquéllos, lleváronle en derechura a la puerta del doctor
Manette.
Lucía, a la que encontró sola y entregada a sus labores, recibióle con
alguna turbación, y hasta es más que probable que de poder hacer su
gusto se hubiera negado a recibirle, pues siempre la inspiró cierta
sensación de recelo la manera de ser de Carton. Sin embargo, al
cruzarse entre los dos las primeras frases, algo notó en la expresión
del rostro de su visitante que la tranquilizó, primero, y luego excitó
en su pecho la compasión.
--¿Se siente usted malo, señor Carton?--preguntó.
--No me encuentro bien, es cierto: pero la vida que llevo, señorita
Manette, no es el medio más indicado para gozar de salud. ¡Qué podemos
esperar los libertinos!
--¿Y no es lástima?... Le ruego que me perdone; pero ya que sin darme
cuenta, salió de mis labios el principio de la pregunta, la terminaré,
bien que haciendo constar que nada más lejos de mi ánimo que el
propósito de ofenderle. ¿No es lástima que no procure usted vivir vida
más ordenada?
--¡Es algo más que lástima! ¡Dios sabe muy bien que es una vergüenza!
--Entonces, ¿por qué no se corrige?
Lucía, que al formular la pregunta miró de frente a su interlocutor,
vió, con sorpresa mezclada de pena, que los ojos de Carton estaban
arrasados en lágrimas. Lágrimas destilaba también su voz cuando
contestó:
--Ya no es tiempo... Nunca seré mejor de lo que hoy soy... antes al
contrario... empeoraré... descenderé más y más...
Puesto de codos sobre la mesa, cubrióse los ojos con las manos. La mesa
temblaba durante el penoso silencio que siguió.
--Perdóneme, señorita Manette--repuso Carton.--Guardo un secreto que me
pesa demasiado y que desearía revelarla: ¿será tan buena que se digne
escucharme?
--Si escucharle ha de ser beneficioso para usted, señor Carton, si ha
de proporcionarle un contento que por lo visto no tiene ahora, hable
usted, que en escucharle tendré yo placer espacial.
--Dios, sin duda, la premiará la compasión con que me trata.
Serenóse algún tanto Carton, separó las manos de sus ojos y repuso, con
acento firme:
--No le alarmen mis palabras ni se asuste si le digo que he vivido ya
lo que debía vivir, que soy como el que ha muerto muy joven. Nada queda
en mí capaz de fructificar... soy estéril para el bien.
--¡No, señor Carton, no! Es usted joven, quedan en su alma sedimentos
de bondad. Segura estoy de que, con un poquito de buena voluntad, puede
hacerse muy digno de sí mismo...
--Dígame que puedo hacerme digno de su piedad, al menos, señorita,
y aunque me consta que se equivoca, aunque leo en el fondo de mi
naufragado corazón el engaño en que se halla, no lo olvidaré jamás.
Densa palidez cubrió las mejillas de la niña: sus manos temblaban.
--Si un milagro de Dios, suponiendo que a tanto alcance la omnipotencia
divina, hubiera hecho posible que usted, señorita Lucía, correspondiera
al amor del hombre que en este instante tiene ante sus ojos, al amor
de este ser degradado, perdido, libertino, borracho, de este despojo
repugnante de la humanidad... que no otra cosa soy... usted lo sabe
muy bien, la felicidad que inundaría mi alma, con ser tan grande, no
me impediría ver que la unión de nuestros destinos arrastraría a usted
hasta el fondo de mis miserias, la sumiría en los abismos del dolor y
del arrepentimiento tardío, la envolvería en olas de deshonra. De ello
estoy firmemente convencido; tan convencido como de que su corazón no
puede guardar ternuras para mí. ¡No las espero, no las pido! Es más:
¡doy gracias al Cielo que las ha hecho imposibles!
--¿No podría salvar a usted, señor Carton, sin esas ternuras a que se
refiere? ¿No podría yo?... ¡Perdón otra vez! ¿No podría yo mostrarle un
camino mejor, guiarle por senderos más rectos? ¿Ha de serme imposible
pagar de alguna manera la confianza que en mí hace? Porque yo sé que
se trata de una confianza--añadió Lucía con modestia, bien que con
cierta vacilación,--de una confianza que no depositaría en nadie, y que
deposita en mí. ¿No podríamos dar a esa confianza un giro beneficioso
para usted, señor Carton?
--No, señorita Lucía--respondió Carton, moviendo con expresión de
amarga tristeza la cabeza.--Imposible. Conque me dispense la bondad de
escucharme durante algunos momentos más, habrá hecho en mi obsequio
cuanto puede hacer. Quiero que sepa usted que ha sido el sueño
último de mi alma: quiero que sepa que su imagen y la de su padre,
la vista de este hogar, que lo es gracias a usted, han llegado hasta
el abismo profundo de mi degradación y agitado allí sombras que yo
creía muertas para siempre: quiero que sepa que, desde que conozco a
usted, siento el aguijón de remordimientos que yo suponía sin vida
ni eficacia, y suenan en mis oídos susurros de voces antiguas que yo
creía por siempre enmudecidas. ¡Hasta he llegado a pensar seriamente en
empezar, en entablar nuevas luchas, en inaugurar una vida nueva, en
correr con arrestos nuevos a la palestra tantos años ha abandonada!...
¡Quimeras... ilusiones, sueños que a nada práctico pueden conducir!
¡Pero quimeras, sueños e ilusiones evocados por usted, inspirados por
usted!
--Pero esas ilusiones, esos ensueños, algo habrán dejado en su alma...
¡Oh señor Carton! ¡Busque... medite... pruebe!
--Es inútil: perdería el tiempo, y además no merezco vivir. Y sin
embargo, para que se forme usted idea del extremo inconcebible a
que llegan las aberraciones humanas, confesaré que he tenido la
debilidad, tengo aún la franqueza de desear que usted conozca la
rapidez prodigiosa con que me ha transformado a mí, montón de cenizas
extinguidas y heladas, en fuego vivo... bien que en fuego en todo
semejante a mi naturaleza corrompida, en fuego que nada anima, que nada
ilumina, que para nada sirve, en fuego que se pierde.
--Puesto que he tenido la desgracia de hacerle más desventurado de lo
que era antes de conocerme...
--No diga usted eso, señorita Lucía; que si de redención fuera yo
capaz, usted me habría redimido; si mis desventuras pudieran tener
término, usted se lo habría puesto. No es usted, no ha podido ser usted
causa de que mi desgracia sea mayor.
--Quise decir que, si el estado actual de su alma se debe a influencias
mías, ¿no habría medio de encauzar esas influencias en forma que le
resultaran beneficiosas? ¿Ningún bien puedo hacerle?
--El mayor, el único que yo podía apetecer, me lo ha proporcionado ya.
Me permite usted que durante el resto de mi desordenada vida conserve
el recuerdo de que fué usted la última persona a quien abrí mi corazón,
y la creencia de que en éste queda algo que ha merecido la piedad
compasiva de usted, y con ello me hace el mayor bien que pude soñar.
--Con toda mi alma desearía convencerle, señor Carton, de que, con un
poquito de esfuerzo, y otro poquito de buena voluntad, conseguiría
usted mejores cosas.
--La engaña su excelente corazón, señorita Lucía. Créame usted: me
he puesto a prueba, y el resultado ha sido deplorable: soy incapaz
de redención. Sé que estoy apenando a usted, y voy a terminar. He
depositado en un corazón puro e inocente el secreto más dulce de mi
vida. Cuando el recuerdo de este día brote en mi memoria, ¿me será
permitido abrigar la consoladora creencia de que ese corazón lo ha
recogido y lo conserva, resuelto a no confiarlo a ningún otro?
--Si esa creencia es para usted un consuelo, abríguela usted.
--¿Me promete usted no revelarlo a nadie, ni aun a la persona que más
querida le sea hoy, o pueda serlo en lo futuro?
--Señor Carton--respondió Lucía con agitación,--el secreto no es mío,
sino de usted: tenga la seguridad más absoluta de que sabré respetarlo.
--¡Muchas gracias... y que Dios la bendiga!
Tomó Carton la mano que Lucía le tendió, la llevó a sus labios, y
comenzó a caminar hacia la puerta.
--Cuente usted, señorita Lucía, con que jamás haré referencia a la
conversación que acabamos de sostener. Si cayera muerto en este
instante, el secreto no quedaría, por lo que a mí toca, mejor guardado.
Un corazón puro, un corazón inocente es el arca santa donde desde hoy
quedan guardados mi nombre, mis extravíos, mis miserias, mi confesión
postrera... ¡Ah! ¡A la hora de mi muerte, será para mí un consuelo
inefable abrazarme a este pensamiento, que ha de ser mi compañero
sagrado durante el resto de mi vida!
Lágrimas abundantes corrían por las mejillas de Lucía Manette.
--No llore usted, señorita Lucía, que no merezco que nadie, y menos un
ángel como usted, vierta lágrimas por mí. Dentro de una o dos horas,
amistades viles y hábitos viciosos, que desprecio, pero a los cuales
sucumbo, harán de mí un objeto menos digno de esas lágrimas que el
último despojo humano que arrastra sus miserias por las calles. Quiero,
sin embargo, hacer constar que, si exteriormente seguiré siendo lo que
hasta el presente he sido, para usted, mi interior será lo que ahora
es. Mi penúltima súplica tiene por objetivo rogar a usted que me crea.
--Le creo, señor Carton, le creo.
--Voy a dirigirle mi ruego último y seguidamente la libraré de la
presencia de un visitante en cuya alma degradada no puede encontrar la
suya de ángel una sola cuerda armónica, y de quien está usted separada
por un abismo sin fondo y sin bordes. Sé que decirlo es inútil; pero
brota de mi alma y me es imposible callarlo. Por usted, y por cualquier
persona que usted quiera, lo haré todo. Sacrificar una existencia
perdida, no es mérito alguno, lo sé; pero si la Providencia me deparara
ocasión de sacrificarla, por usted y por las personas que le fueran
queridas la sacrificaría con gusto. Procure retener en su memoria lo
que estoy diciendo. Vendrá día, y no tardará, en que contraiga usted
nuevos lazos, lazos nuevos que la ligarán muy estrechamente al hombre
que tenga la dicha de merecerla, lazos los más tiernos, los más dulces,
los más hermosos que pueden alegrar la humana existencia. ¡Oh, señorita
Lucía! ¡En medio de la felicidad que la espera, cuando al rostro
feliz de su padre se una al de otro hombre que se mira en sus ojos,
acuérdese alguna vez de que en el mundo vive un ser dispuesto a dar
en todo momento su vida a trueque de conservar la del mortal que usted
ame! El último favor que la pido, es que no olvide mi ofrecimiento...
¡Adiós... adiós!... ¡Que Dios la bendiga!
XIV
EL HONRADO MENESTRAL
Muchos y muy variados objetos desfilaban ante los ojos de Jeremías
-Lapa-, durante las horas que diariamente se pasaba sentado en su
rústico banco en la calle Fleet, acompañado de su poco agraciado
retoño. Quien se pasara las horas más animadas del día en la calle
Fleet, sentado sobre un banco o sobre una silla, sobre una piedra
o sobre el duro suelo, necesariamente había de salir de la jornada
aturdido y sordo, por efecto de las dos procesiones inmensas,
interminables que, no obstante seguir rumbos opuestos, una de Oriente
a Poniente, otra de Poniente a Oriente, caminaban fatalmente hacia el
mismo final, hacia el mundo que jamás visitan los rayos rojos y púrpura
del sol.
El buen -Lapa-, mascando la obligada paja, contemplaba el curso de
los dos gigantescos arroyos, semejante a aquel gentil rústico que
permaneció varios siglos contemplando el curso de un río, sin más
diferencia entre uno y otro que la de temer el segundo que el río se
secase, y abrigar Jeremías la seguridad de que el curso de aquellos no
se interrumpiría jamás. Verdad es que esa seguridad era para -Lapa-
manantial de risueñas esperanzas, toda vez que gran parte de sus
rentas las ganaba sirviendo de piloto a las mujeres que deseaban hacer
la travesía de la calle. Aunque por regla general, las señoras que
recurrían a sus servicios habían entrado de lleno en el declinar de
la vida, y por otra parte, las relaciones entabladas durante la breve
travesía eran forzosamente de poca duración, tanta impresión ejercía en
el fogoso Jeremías el bello sexo, que nunca prestó un servicio de esa
clase sin expresar deseos vehementes de que le fuera concedido el honor
de beber a la salud de la acompañada.
Hubo tiempos en que los poetas se sentaban sobre un banco en los sitios
más públicos para pensar, y meditar, y reflexionar a la vista de los
hombres. Jeremías -Lapa- se sentaba también en un banco y en sitio
público; pero como no era poeta, pensaba, reflexionaba y meditaba lo
menos posible, y en cambio miraba mucho.
Atravesaba uno de esos momentos angustiosos en que el tránsito
por la calle era escaso, y más escasas las mujeres que deseaban
cruzarla, uno de esos momentos en que sus negocios presentaban cariz
tan desconsolador, que nuestro héroe llegó a recelar que su mujer
estuviera arrodillada y rezando en cualquier rincón, cuando llamó
su atención un torrente humano de caudal inusitado, que descendía
arrollador por la calle Fleet, siguiendo el curso mismo del sol, es
decir, hacia Oeste. Examinado el torrente, vió -Lapa- que se trataba
de un entierro que sin duda no sería de gusto del pueblo, toda vez que
éste ofrecía objeciones a su paso.
--Es un entierro, hijo--dijo Jeremías a su retoño.
--¡Viva... padre!--gritó el hijo de -Lapa-, dando cuatro zapatetas en
el aire.
El caballerito puso en su grito de alegría una significación misteriosa
que desagradó hasta tal extremo al padre, que acechó, y aprovechó muy
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