pocas esperanzas que de salvarla abrigaba.
»--¿Ha muerto ya?--preguntó el Marqués, que acababa de entrar en la
estancia, después de un paseo a caballo.
»--No ha muerto, pero muerta parece--respondí.
»--¡Qué resistencia tienen estos villanos!--exclamó, contemplándola con
curiosidad.
»--Las penas y la desesperación suelen resistir lo indecible--contesté.
»Mis palabras excitaron en el primer momento su risa, pero luego
frunció el entrecejo. Acercó con el pie una silla a la que yo estaba
sentado, mandó a la enfermera que nos dejase solos, y dijo, con voz
baja:
»--Doctor, al ver a mi hermano en la dificultad en que se encontraba,
le aconsejé que buscase a usted. Goza usted de una reputación
envidiable, pero todavía tiene que labrarse su fortuna, y supongo que
no ha de serle indiferente lo que afecte a sus intereses. Está usted
presenciando cosas que pueden verse, pero nunca decirse.
»Yo fingí que prestaba atención a la respiración de la enferma y no
contesté.
»--¿Me dispensa usted el honor de escucharme, doctor?
»--En mi profesión, caballero, cuantas noticias se dan
al médico referentes a los enfermos, se entiende que son
confidenciales--contesté, evitando comprometerme a nada, pues lo que
había oído y visto llenaba mi alma de recelos.
»La respiración de la infeliz se iba dificultando en tales términos,
que hube de buscar síntomas de vida en su pulso y en los latidos de
su corazón. Para ello me fué preciso levantarme de la silla, y cuando
volví a sentarme me encontré frente a frente de los dos hermanos...
»Tropiezo para escribir con dificultades horribles. En primer lugar,
el frío es insoportable, y, como por otra parte, temo con fundamento
que averigüen que escribo, en cuyo caso me encerrarían en un calabozo
subterráneo adonde no llega ni un hilo de luz, conceptúo prudente
abreviar todo lo posible mi narración. Mi memoria no puede ser más
fresca; conservo en ella todos los detalles, todas las palabras que se
cruzaron entre mí y los dos hermanos.
»Por espacio de una semana, estuvo la enferma entre la vida y la
muerte; más cerca de la última que de la primera. Hacia el final de
la semana, logré entender algunas palabras que me dijo, aplicando mi
oído a sus labios. Me preguntó dónde se encontraba, y se lo dije; deseó
saber quién era yo, y satisfice su deseo; pero fué en vano que yo la
preguntara su apellido; cayó su cabeza sobre la almohada, y guardó su
secreto, como lo guardara antes que ella su hermano.
»No tuve ocasión de hacerla nuevas preguntas hasta después que
manifesté a los hermanos que la enferma se moría, y que no viviría
un día más. Hasta entonces, aunque ninguno de los dos se dejó ver
de la enferma, unas veces el uno, otras el otro, se encontraban
invariablemente detrás de una cortina tendida en la cabecera de la
cama; pero al comunicarles yo mi pronóstico, parece que ya no les
importó que yo hablase con la moribunda; ya no trataron de impedir las
confidencias que la que estaba para abandonar el mundo pudiera hacer a
quien... se encontraba probablemente en el mismo caso.
»Siempre observé que el hecho de que el hermano menor (continuaré
llamándole así) hubiera cruzado la espada con un muchacho, y por
añadidura labriego y plebeyo, hería profundamente el orgullo de los
dos. Lo que al parecer les afectaba, no eran las desgracias que habían
ocasionado, sino el pensamiento de que el incidente aludido degradaba
a la familia y la colocaba en situación altamente ridícula. Infinidad
de veces sorprendí en los ojos del hermano menor miradas que rebosaban
odio, aunque aparentemente me trataba con mayor finura que el mayor.
Tampoco se me ocultó que para este último era yo estorbo molesto.
»Murió mi enferma a las diez de la noche. Me encontraba yo solo a su
lado, dobló su juvenil cabeza, terminaron para siempre sus desdichas
sobre la tierra.
»En la planta baja de la casa esperaban los hermanos.
»--¿Ha muerto al fin?--preguntó el mayor, al verme entrar.
»--Acaba de morir--contesté.
»--Sea en hora buena, hermano--repuso, volviéndose hacia el menor.
»Ya antes me habían ofrecido dinero, que yo no acepté, diciendo
que ultimaríamos ese detalle al final. El hermano mayor me entregó
un cartucho de monedas de oro, que yo recibí de su mano, pero que
dejé seguidamente sobre la mesa. Había meditado el asunto, y de la
meditación resultó el propósito decidido de no aceptar nada.
»--Dispénsenme ustedes--dije;--dadas las circunstancias, nada debo
aceptar.
»Los hermanos cambiaron una mirada, me hicieron una inclinación de
cabeza, que yo contesté con otra, montaron a caballo, y se fueron....
»Me siento cansado, rendido, extenuado... Ni leer puedo lo que mi
descarnada mano ha escrito.
»A la mañana siguiente, muy temprano, trajeron a mi casa el cartucho
de monedas de oro, colocado dentro de una cajita dirigida a mi nombre.
Yo, entretanto, después de largas meditaciones, había resuelto ya la
norma de conducta que habría de seguir. Decidí escribir aquel mismo
día al Ministro, haciéndole historia de los dos casos en que había
intervenido y detallando el lugar en que aquéllos ocurrieron; en una
palabra: enviarle una relación circunstanciada, bien que con carácter
particular. Conocía yo hasta dónde llegaban las influencias en la
Corte, no eran para mí un secreto los privilegios e inmunidades de que
gozaban los nobles, y, como consecuencia, suponía que mi escrito no
daría ningún resultado; pero aun así, quise tranquilizar mi conciencia.
Decidí no revelar a nadie mi secreto, ni siquiera a mi mujer, y así
lo hice constar en la carta dirigida al Ministro. No creí que a mí me
amenazase peligro alguno; pero supuse que lo correrían otros, si los
comprometía haciéndoles dueños del secreto que yo poseía.
»Estuve aquel día tan ocupado, que no me fué posible terminar la carta
hasta después de cerrar la noche. A la mañana siguiente, dejé el lecho
antes de la hora acostumbrada. Era el último día del año. Acababa de
dar la última mano a la carta, cuando me avisaron que me esperaba una
señora que deseaba verme...
»Por momentos me considero más incapaz de dar cima a la tarea que me
he impuesto. ¡Es tan insoportable el frío, tan escasa la luz, tan
completa la parálisis de mis facultades, tan horrible la obscuridad de
mi alma!...
»Era una señora joven, simpática y hermosa, pero señalada con el dedo
descarnado de la muerte. La encontré presa de intensa agitación. Me
dijo que era la esposa del marqués de Evrémonde. Yo relacioné el
título de marqués que el muchacho moribundo diera al hermano mayor con
la inicial que descubrí en la corbata blasonada y, con tales datos a
la vista, no me fué difícil adivinar que el hombre de quien me había
separado y el marqués de Evrémonde eran una misma persona.
»Aunque mi memoria continúa despejada, me es imposible consignar aquí
las palabras que se cruzaron en nuestra conversación. Parece que la
señora tenía noticia de la intervención que yo había tenido en un
suceso que conocía en parte y en parte sospechaba. No sabía que la
infortunada joven hubiese muerto. Sus deseos, según me manifestó
anegada en lágrimas, eran visitarla en secreto y testimoniarla su
simpatía, y sus anhelos, desviar la cólera de Dios suspendida sobre una
casa que de antiguo venía siendo objeto del odio de tantos a quienes
había precipitado en los negros abismos de la desgracia.
»El objeto de la visita de aquella señora, que tenía sus motivos
para creer que la desdichada víctima de su marido dejaba una hermana
más joven, era suplicarme que la indicase el nombre y lugar de la
residencia de la hermana en cuestión, a fin de ayudarla y protegerla.
No pude contestar otra cosa sino que, en efecto, existía aquella
hermana; mas no facilitarla datos que desconocía entonces, y desconozco
a la hora en que escribo estas líneas...
»Me falta ya el papel. Ayer me quitaron una hoja, temo que la
vigilancia de que me hacen objeto es más estrecha que nunca, y hoy
mismo es preciso que termine mi relato.
»La señora era buena, de corazón compasivo, y desgraciadísima en su
matrimonio. El hermano de su marido la odiaba, desconfiaba de ella
y empleaba en su contra toda su influencia. Ella le temía, y temía
también a su marido. Cuando la acompañé hasta la puerta de mi casa,
después de despedirse de mí, vi a un hijo suyo, que la esperaba en el
coche, un niño precioso de dos a tres años de edad.
»--Por amor a este inocente, doctor,--me dijo la pobre madre hecha
un mar de lágrimas,--he de llegar, en el camino de las reparaciones,
hasta donde alcancen mis escasas fuerzas. Una voz interior me dice que
ha de purgar el inocente hijo los delitos de su culpable padre, si
oportunamente no ofrezco alguna expiación por ellos. Mi preocupación
primera ha de ser inocular en su tierno corazón la compasión hacia sus
semejantes, y mi postrer encargo, el de velar por la hermana que busco,
si puedo encontrarla.
»Besó a continuación al niño, y le dijo:
»--Por ti lo hago todo, Carlos. ¿Olvidarás mis encargos?
»--Nunca--respondió con resolución el niño.
»No consigné en mi carta un nombre que me habían comunicado
confidencialmente. La cerré, y no queriendo confiarla a nadie, aquel
día la llevé yo mismo a su destino.
»Por la noche, era la última del año, a eso de las nueve, llamó en mi
casa un hombre vestido de negro, dijo que necesitaba verme, y mi criado
Ernesto Defarge lo condujo a mi presencia.
»--Un caso urgente en la calle St. Honoré--dijo.
»Salí inmediatamente. En la calle me esperaba un coche... que me
condujo aquí, a la tumba. Apenas habíamos perdido de vista mi casa,
cuando inopinadamente me amordazaron y sujetaron con cuerdas los
brazos. No tardaron en salir los dos hermanos al encuentro del coche.
El Marqués sacó del bolsillo la carta que yo había llevado al Ministro,
me la enseñó, la quemó con la llama de una linterna que llevaba en la
mano, y pisoteó las cenizas. No se habló ni una palabra. Me trajeron a
esta tumba, y en ella sigo.
»Si en el lapso de estos horribles años, Dios se hubiera dignado tocar
el corazón de cualquiera de los dos hermanos, no para que pusieran
término a mi espantoso cautiverio, sino para que me dieran noticias de
mi adorada esposa... para que me dijeran, ya que no otra cosa, si vive
o ha muerto, creería que, a pesar de sus maldades, no los ha dejado
por completo de su mano; pero hoy creo que las cruces rojas trazadas
con sangre por el muchacho moribundo han sido fatales para ellos,
creo que el Cielo los ha condenado. Como consecuencia, yo, Alejandro
Manette, cautivo infortunado, en la noche última del año 1767, denuncio
a los dos hermanos y a todos sus descendientes, hasta el último, a los
tiempos que no pueden menos de llegar, en que los hombres castiguen
maldades como las de que se han hecho reos. También los denuncio al
cielo y a la tierra.»
Terribles rugidos siguieron a la lectura de este documento. No se
oían palabras, que las gargantas no podían modular, sino rugidos que
revelaban sed insaciable de sangre.
Ante aquel tribunal, y ante aquel auditorio, ninguna necesidad había de
explicar cómo poseía Defarge aquel terrible documento que acababa de
hacerse público, cómo no lo había tampoco de hacer saber que el nombre
de aquella familia odiada figuraba desde largo tiempo antes en los
formidables registros de San Antonio. No había nacido el hombre capaz
de defender al mortal sobre quien pesase tan grave denuncia.
Venía a agravar hasta lo infinito la situación del condenado la
circunstancia de que su delator fuera un ciudadano conocidísimo y muy
respetable, su amigo del alma, nada menos que el padre de su mujer. Una
de las aspiraciones más corrientes en el populacho era la de imitar
las virtudes públicas de la antigüedad, sacrificarse por la causa del
pueblo, inmolar los efectos más tiernos en aras de la República. He
aquí por qué, cuando el Presidente dijo que el buen médico republicano
no vacilaba en dejar viuda a su hija y huérfano a su nieto, a trueque
de exterminar una familia de perniciosos aristócratas, las turbas
dieron rienda suelta a un fervor patriótico salvaje, sin que en ningún
pecho vibrasen las cuerdas de la simpatía humana.
--¿Conque le has rodeado de influencias poderosas, eh, doctor?--murmuró
la señora Defarge, mirando, sonriendo, a La Venganza--¡Sálvale, doctor,
sálvale ahora, si puedes!
Los jurados se expresaron por medio de rugidos. Cada voto emitido fué
un rugido, la sentencia, una sucesión de rugidos.
Poco se hizo esperar el fallo. Carlos Evrémonde, por otro nombre
Darnay, aristócrata de corazón y de sangre, enemigo de la República y
feroz opresor del pueblo, volvería a la Conserjería para ser decapitado
a las veinticuatro horas.
XI
SOMBRAS
La feroz sentencia que condenaba a la última pena a un inocente fué
para la esposa sin ventura agudo puñal que traspasó su tierno corazón.
No exhaló, sin embargo, la infeliz un quejido; en el fondo de su alma
se alzó una voz potente que la marcó el camino de su deber, diciéndola
que su obligación era sostener a su esposo adorado en vez de acrecentar
con las suyas sus agonías, y ante el conjuro de aquella voz, la joven
se irguió arrogante, sobreponiéndose a los efectos del tremendo golpe
recibido.
Los jueces levantaron la sesión para tomar parte en la bulliciosa
manifestación pública que no podía menos de tener lugar después del
incidente de la vista, y muy en breve, abiertas todas las puertas de
la Sala de Justicia, salía el público, indiferente al dolor de Lucía,
que tendía sus brazos anhelantes hacia la plataforma donde quedaba su
marido.
--¡Si me fuera dado llegar hasta él, Dios mío! ¡Si pudiera darle un
abrazo, uno solo! ¡Oh ciudadanos! ¡Buscad en vuestros pechos un resto
de piedad y acceded a una súplica que os hago de rodillas!
No quedaban allí más personas que un carcelero con dos de los cuatro
individuos que el día anterior fueron a prender a Carlos, y Barsad. El
público corría ya bullicioso por las calles.
--Dejemos que le dé un abrazo--propuso Barsad a sus compañeros;--es
cuestión de un momento.
Aquellas fieras se ablandaron. Lucía pudo llegar hasta el pie de la
plataforma, y su marido, inclinándose sobre la barandilla, la estrechó
entre sus brazos.
--¡Adiós, dulce alma mía!--dijo.--Abandono este mundo bendiciendo los
amores que en él dejo. En la mansión donde duermen los odios y las
pasiones humanas volveremos a encontrarnos.
--Espantosa es mi desventura, Carlos querido; pero la recibo resignada.
No sufras por mí, que Dios me protege y sostiene mis fuerzas. ¡La
última bendición para nuestro ángel, y adiós!
--Contigo se la envío, y al besarte a ti, beso a las dos, y de las dos
me despido al hacerlo de ti.
--¡No... Carlos querido, no! ¡Un momento más!--exclamó Lucía, al ver
que el condenado intentaba desasirse de sus brazos.--Nuestra separación
no será larga. Presiento que mis amarguras pondrán pronto fin a mi
triste vida; pero mientras me quede un soplo de energía, cumpliré con
mi deber, y cuando deje a nuestra hija, el Dios misericordioso que
me deparó almas buenas que, con su cariño y abnegación alegraron mi
existencia, no ha de regateárselas a ella.
Habíala seguido su padre convertido en muda estatua del dolor, quien
habría caído de rodillas a los pies de los dos, de no haberlo impedido
Carlos.
--¡No... no!--gritó éste, tendiéndole los brazos--¿Ha cometido usted
acaso alguna culpa, para postrarse de rodillas ante nosotros? ¡Ah,
no! ¡Todo lo contrario! ¡Ahora es cuando me doy cuenta cabal de
las torturas horribles que desgarraron su alma! ¡Ahora es cuando
puedo aquilatar lo que usted sufrió cuando sospechó la sangre que
por mis venas corría y la desesperación que debió sentir cuando las
sospechas se trocaron en certeza! ¡Ahora es cuando comprendo las
luchas encarnizadas que hubo de librar contra una antipatía natural,
los esfuerzos que necesariamente tuvo que hacer para vencerla! ¡Con
todo nuestro corazón le damos las gracias! Suyo es todo nuestro
agradecimiento, suyo todo nuestro cariño. ¡Que el Cielo le bendiga,
como le bendecimos nosotros!
No pudo contestar el anciano, pues ni su garganta agarrotada era capaz
de articular palabra, ni en su cuerpo quedaban energías más que para
mesarse los cabellos y lanzar alguno que otro quejido de angustia.
--Tenía que suceder así--repuso el reo.--Todo ha conspirado para
llegar al fatal resultado a que llegamos. Han sido estériles cuantos
esfuerzos he hecho para satisfacer aquella aspiración de mi santa madre
a la que dió salida el día primero que usted la conoció y me conoció.
Hubiera sido necio esperar bien alguno de una siembra tan abundante de
males, hacerse ilusiones de que podría tener término feliz lo que se
inauguró con principios fatales. Tenga valor, y perdóneme. ¡El Dios
misericordioso le colme de bendiciones!
Separáronse los esposos; y mientras el reo se alejaba entre sus
guardianes, su esposa permanecía mirándole, juntas las manos en actitud
de súplica y con rostro radiante en el que predominaba una sonrisa
acariciadora y confortadora. Sin embargo, no bien desapareció el
condenado por la puerta que comunicaba con la cárcel, Lucía dobló su
cabeza cual flor segada por el tallo, intentó hablar, y cayó desplomada
en tierra.
Del obscuro rincón donde había permanecido oculto desde el comienzo de
la vista, salió entonces Sydney Carton y alzó a la desventurada del
suelo. No quedaban con ella más que su padre y Lorry. Temblaba el brazo
de Carton mientras la levantaba, y, sin embargo, su expresión no era
sólo de piedad; había en ella fuerte mezcla de orgullo.
--¿La llevo al coche?--preguntó.--No sentiré su peso.
En sus brazos la condujo hasta el coche que esperaba en la puerta,
donde la acomodó. El anciano doctor y el buen Lorry se sentaron a su
lado, y Carton se acomodó en el pescante, junto al cochero.
Llegados frente a la verja, al sitio en que horas antes se detuviera
Carton procurando adivinar qué piedras habían hollado los pies de
Lucía, sacó a ésta del coche, y en sus brazos la subió orgulloso hasta
sus habitaciones, acostándola sobre un sofá. Lucita y la señorita Pross
lloraban desconsoladas.
--No haga nada por disipar su desmayo.--dijo Carton a la última con voz
muy baja.--Está mejor así.
--¡Oh Carton, Carton!--gritó Lucita, saltando al cuello de Carton y
rodeándole con sus brazos.--Ahora que ha venido usted, no dudo que hará
algo para consolar a mamá, para salvar a papá. ¡Véala usted, Carton!
¿Puede usted, puede nadie que la quiera contemplarla sin que salte
hecho pedazos su corazón?
Carton dió un beso a la niña, separó con dulzura sus bracitos,
contempló durante algunos segundos a la madre, y dijo:
--Antes de irme... ¿puedo besarla?
Más tarde recordaron los testigos de esta escena que, mientras rozaban
sus labios las mejillas de la desmayada, murmuró algunas palabras. La
niña, que era la que se encontraba más cerca, dijo después, y repitió
muchas veces a sus nietos, cuando era una viejecita encorvada bajo el
peso de los años: «Es una vida que amas».
En la habitación inmediata, donde encontró al doctor y a Lorry, dijo al
primero:
--Ayer tenía usted mucha influencia, doctor Manette; debe usted ponerla
toda en juego. Los jueces, y todos los que hoy tienen algún poder, son
amigos suyos y están agradecidos a sus servicios; ¿no es cierto?
--Nada me ocultaron de lo que a Carlos se refería. Abrigaba yo
esperanzas, casi seguridad absoluta de salvarle, y le salvé--contestó
el doctor, hablando con mucha lentitud y con expresión conturbada.
--Pruebe otra vez. Breves son las horas que separan a hoy de mañana;
pero pruebe.
--Probaré... No descansaré un instante.
--Es lo que debe hacer. He visto hacer grandes cosas a hombres dotados
de las energías de usted, aunque nunca--añadió, sonriendo y suspirando
al mismo tiempo--tan grandes como la que le propongo. Pruebe, sin
embargo. La salvación de una vida querida bien vale ese esfuerzo.
--Me presentaré al Fiscal de la República y al Presidente--contestó el
doctor Manette,--así como también a otros que no es necesario nombrar.
Escribiré también, y... Pero ahora recuerdo que hoy se celebran
festejos públicos y que no podré ver a nadie hasta que sea de noche.
--Es verdad. ¡Bah! De todas suertes, se trata de una esperanza muy
remota; poco se pierde con esperar hasta la noche. Comienzo por decir
que nada espero. Dígame, doctor Manette, ¿cuándo cree que podrá ver a
esas autoridades formidables?
--Inmediatamente después de anochecido; yo creo que dentro de una o dos
horas.
--Anochecerá poco después de las cuatro... Aprovechemos la hora o dos
horas que tenemos por delante. Si a las nueve me presento en casa del
señor Lorry, ¿podré saber el resultado de sus gestiones?
--Desde luego.
--¡Ojalá tengan buen éxito!
Acompañó Lorry a Carton hasta la puerta de la calle, donde le dijo con
voz muy baja y acento apesadumbrado:
--Nada espero.
--Ni yo.
--Aun cuando uno cualquiera de esos hombres... aun cuando todos esos
hombres estuvieran dispuestos a concederle la vida... lo que es suponer
demasiado, después de lo ocurrido en la vista, dudo mucho que se
atrevieran a hacerlo.
--También lo dudo yo... La cuchilla no se detendrá.
Lorry llevó las manos a la cara y dejó escapar algunos sollozos.
--No se desespere usted... no ceda al abatimiento--dijo con dulzura
extremada Carton.--Si he aconsejado al doctor que trabaje sin descanso,
ha sido porque sus trabajos, aunque han de ser estériles, han de
consolar a su hija algún día. Si su padre se cruzara de brazos, podría
pensar que había sido sacrificada una vida sin que nadie se tomase el
trabajo de disputarla al verdugo.
--¡Sí, sí, sí! ¡Tiene usted razón!--respondió Lorry, secándose los
ojos.--Se trabajará; pero morirá... ¡no resta un átomo de esperanza!
--Es cierto. Morirá... ¡No queda un átomo de esperanza!--repitió Carton
como un eco.
Seguidamente echó a andar con paso firme.
XII
TINIEBLAS
Muy poco trecho había recorrido Carton cuando se detuvo, no bien
decidido acerca del sitio al que se encaminaría.
--A las nueve en el Banco Tellson--murmuró.--De aquí a entonces, ¿será
prudente que me deje ver? Creo que sí. No estará de más que esas gentes
tengan noticia de que por aquí anda un hombre como yo... quizá sea una
precaución acertada... una precaución necesaria... ¡Cuidado, Carton,
cuidado...! ¡Pensémoslo otra vez!
Suspendiendo la marcha ya iniciada en una dirección determinada,
entró en una calleja obscura y solitaria y procuró pesar el pro y el
contra de su proyecto, midiendo con su imaginación el alcance y las
consecuencias probables que aquél pudiera tener.
--No hay duda; es lo mejor--pensó.--Esas gentes deben saber que por la
ciudad anda un hombre que se llama Carton.
Con paso resuelto echó a andar hacia San Antonio.
Como aquel mismo día había dicho Defarge en la vista que era dueño de
una taberna sita en el barrio de San Antonio, pocas dificultades había
de encontrar cualquiera que conociera bien la ciudad para dar con
la taberna en cuestión, sin necesidad de preguntar a nadie. Carton,
pues, salió de la calleja obscura y comió en una casa de comidas,
descabezando a continuación un sueño. En muchos años no había bebido
tan poco como aquel día. Desde la noche anterior, sólo había tomado un
poco de vino aguado.
A eso de las siete despertó, y reanudó su marcha. Al llegar al barrio
de San Antonio, detúvose un instante frente a una tienda donde vió
un espejo, y alteró ligeramente el lazo de su corbata y desordenó su
cuello y su cabello. Hecho esto, encaminóse en derechura a la taberna
Defarge y entró resueltamente en ella.
No encontró en el establecimiento más que a Santiago Tercero, a quien
recordó haber visto aquella tarde entre los jurados, el cual estaba
bebiendo y conversando con los Defarges, marido y mujer. La Venganza,
en su calidad de miembro de la taberna, asistía a la conversación.
Carton, luego que tomó asiento, pidió un vaso de vino. La señora
Defarge le dirigió una mirada indiferente, luego otra más detenida,
siguió otra extraordinariamente penetrante, y terminó acercándose a él
y preguntándole qué deseaba.
Carton repitió lo que antes había dicho.
--¿Inglés?--preguntó la tabernera, enarcando las cejas.
Carton, después de mirarla un buen espacio, cual si le costase gran
trabajo pronunciar una palabra francesa, contestó con acento extranjero
marcadísimo:
--Sí, señora, sí; inglés.
Fué la tabernera al mostrador para servir el vino, y Carton, mientras
tomaba entre sus manos un periódico jacobino y fingía hacer esfuerzos
por interpretar la lengua en que estaba escrito, oyó que decía la
primera:
--Juro que se parece a Evrémonde.
Sirvió el vino Defarge, dando las buenas noches al parroquiano.
--¿Qué?--preguntó Carton.
--Buenas noches.
--¡Oh... muy buenas noches, ciudadano... y muy buen vino! ¡Brindo por
la República!
Volvió Defarge al mostrador, diciendo:
--Es cierto; se le parece un poco.
--¡Y yo repito que se le parece mucho!--replicó con dureza la tabernera.
--Lo tienes tan presente en tu memoria...--observó Santiago Tercero.
--¡A fe que yo tampoco le olvido un momento!--exclamó La Venganza
riendo.--Y si no me engaño, estás tú esperando llegue el día de mañana
para verle otra vez.
Carton continuaba leyendo, siguiendo con el índice las líneas del
periódico y puesta en la lectura toda su atención. Los Defarges, La
Venganza y Santiago Tercero, juntas las cabezas y de codos sobre el
mostrador, conversaban en voz muy baja. Después de algunos momentos
de silencio, durante los cuales las cuatro personas tuvieron sus ojos
clavados en el aplicado lector, que no tenía ojos ni oídos más que para
el periódico, reanudaron la conversación.
--Opino que tiene razón tu mujer. ¿Por qué detenernos hasta el final
del viaje? El argumento es de gran fuerza.
--Todo lo que quieras--objetó Defarge--pero en una parte o en otra
tendremos que hacer alto. En realidad, lo único que hay que acordar es
dónde se hace ese alto.
--¡Después del exterminio!--replicó la tabernera.
--¡Magnífico!--aulló Santiago Tercero.
--¡Soberbio!--gritó La Venganza.
--Profeso la santa doctrina del exterminio, y dicho se está que, en
general, nada tengo que decir en su contra--observó Defarge.--Pero
hay que tener en cuenta que ese pobre doctor ha sufrido ya mucho. Hoy
habéis podido convenceros de ello, pues todos habréis reparado en la
expresión de su cara mientras se leía el papel.
--¡He reparado en la expresión de su cara, sí!--replicó la tabernera,
poniendo en sus palabras todo el desprecio y todo el odio de su corazón
de fiera.--He reparado en la expresión de su cara, sí; y he visto que
no era la cara de un amigo verdadero de la República; eso es lo que he
visto.
--Y no te habrán pasado inadvertidas las crueles agonías de su hija,
agonías que habrán exacerbado enormemente las suyas--repuso Defarge.
--También he observado a su hija, sí--contestó la tabernera;--la
he observado muchas veces; no hoy sólo. La he observado hoy en el
Tribunal, y la he observado otros días en la calle, contemplando
los muros de la cárcel. Me basta alzar un dedo, para que baje
inmediatamente la cuchilla que haga rodar su cabeza.
--¡Eres una ciudadana prodigiosa!--rugió Santiago Tercero.
--¡Un ángel!--suspiró La Venganza.
--En cuanto a ti--prosiguió la tabernera implacable, dirigiéndose a su
marido,--segura estoy de que, si de ti dependiera... que por fortuna no
depende... serías capaz de salvar aún a ese hombre.
--¡No!--protestó Defarge--¡Si con levantar este vaso pudiera salvarlo,
ten por seguro que no lo levantaría! Pero me detendría allí; repito que
daría mi obra por acabada.
--Ya lo estás viendo, Santiago--exclamó la tabernera lanzando por los
ojos llamaradas de rabia--Ya lo estás viendo también tú, mi querida
Venganza... Los dos lo véis... Los dos lo oís... Hace mucho tiempo
que figura esa raza en mis registros condenada a la destrucción, al
exterminio, por crímenes que nada tienen que ver con los de la tiranía
y opresión. Preguntad a mi marido si miento.
--Es verdad--contestó Defarge, sin esperar a que le preguntasen.
--En los comienzos de los grandes días, cuando cayó la Bastilla,
encuentra mi marido el papel que se ha hecho público hoy, lo trae a
casa, y después de media noche, cuando el establecimiento está cerrado
y desierto, lo leemos en este mismo sitio y a la luz de esta misma
lámpara. Preguntadle si digo verdad.
--Es verdad, sí--contestó Defarge.
--Aquella misma noche, después de leído el papel y apagada la lámpara,
cuando comenzaba a filtrarse el día por entre las grietas de las
ventanas y los hierros de las rejas, le dije que tenía que comunicarle
un secreto. Que os diga si miento.
--Es cierto--asintió Defarge.
--Y le comuniqué el secreto. Golpeé su pecho con estas dos manos, como
lo golpeo ahora, y le dije: «Defarge; me crié entre pescadores de la
playa, y la familia labriega tan ultrajada por los hermanos Evrémonde,
esa familia que describe el papel encontrado en la Bastilla, es mi
familia. Defarge, la hermana moribunda del muchacho campesino herido
mortalmente era mi hermana, el marido era el marido de mi hermana, el
fruto de sus amores que jamás abrió los ojos a la luz, era el hijo de
mi hermana, y aquel hermano labriego era mi hermano, y el padre muerto
de dolor era mi padre, los que murieron eran mis muertos, y sus gritos
de venganza a mí se han dirigido desde entonces...» Preguntadle si es
verdad lo que digo.
--Así es--confesó Defarge.
--¡Y ahora, decidme si es posible poner compuertas al vendaval o
extinguir el fuego del infierno!--repuso la tabernera.--Pero no; no es
necesario que me lo digáis.
Los dos oyentes saboreaban un placer horrible al convencerse de la
índole implacable del odio de la tabernera, cuya palidez de espectro
estaba viendo el lector del periódico sin ver su rostro. Defarge,
minoría insignificante, aventuró algunas palabras haciendo resaltar
la compasión de la esposa del Marqués; pero no consiguió más que la
repetición de las palabras últimas de su mujer:
--¡Dime si es posible poner compuertas al vendaval o extinguir el fuego
del infierno!
La entrada de algunos parroquianos puso fin a la conferencia. El inglés
pagó el gasto hecho y preguntó dónde estaba el Palacio Nacional.
Acompañóle hasta la puerta la señora Defarge, y allí, poniendo su brazo
sobre el de aquél, le indicó el camino que debía seguir. Ganas se le
vinieron al parroquiano inglés de alzar aquel brazo y herir con mano
segura a su propietaria.
Alejóse Carton de aquellos parajes, no tardando en rondar los muros
de la cárcel. A la hora convenida se presentó en la casa de Lorry,
donde halló al anciano que le esperaba inquieto y lleno de ansiedad.
Manifestóle el buen banquero que había estado acompañando a Lucía hasta
momentos antes, y que se había separado de ella para acudir a la cita
convenida; que no habían visto a su padre desde que salió a las cuatro
de la tarde; que Lucía abrigaba alguna esperanza de que, por mediación
del doctor, acaso se salvase Carlos, pero que las esperanzas eran muy
débiles.
Cinco horas duraba la ausencia del doctor: ¿dónde podría estar? Lorry
le esperó hasta las diez, y como no podía resignarse a dejar a Lucía
sola y sin noticias durante tanto tiempo, decidieron que Lorry volviera
a la casa de la infeliz, y que Carton esperaría la llegada del doctor.
Lorry debía regresar al Banco a media noche.
Dieron las doce y el doctor no apareció. Volvió Lorry, y ni encontró
noticias, ni trajo ninguna. ¿Dónde estaría?
Este era el punto que estaban discutiendo, casi abriendo sus pechos a
la esperanza, fundada en lo prolongado de la ausencia, cuando oyeron
sonar sus pasos en la escalera. No bien apareció en la habitación,
vieron que todo estaba perdido.
Jamás ha podido saberse si se pasó todas las largas horas de ausencia
vagando al azar por las calles, o bien si visitó a sus relaciones.
Entró en la estancia, permaneció con la mirada fija en los que le
esperaban, y no despegó los labios, ni nadie le dirigió la palabra,
pues bien claramente decía la expresión de su rostro que todo estaba
perdido.
--No puedo encontrarlo--dijo.--¿Dónde está? Me hace falta.
Venía con la cabeza desnuda y abierta la pechera de la camisa. Después
de tender miradas de angustia en derredor, se quitó la levita y se
sentó en el suelo.
--¿Pero dónde está mi banqueta? Por todas partes la ando buscando sin
poder dar con ella. ¿Qué han hecho con mi labor? Necesito concluir esos
zapatos... los esperan con urgencia.
Los dos oyentes se miraron consternados.
--¡Vaya... vaya!--repuso el anciano.--¡Mi banqueta... mi labor
comenzada...! ¡Repito que es muy urgente!...
Al no recibir contestación, se tiró del cabello y pateó el suelo,
semejante a un niño enfadado.
--¡No martiricen a un desgraciado!--exclamó, lanzando un grito
formidable.--¡Dénme mi labor... por Dios! ¿Qué será de nosotros si esta
noche no termino los zapatos?
¡Perdido, perdido por completo!
Era inútil intentar encender una luz que el recio huracán de la
desgracia había extinguido para siempre. Con espanto de Lorry, con
terror de Sydney Carton, el doctor Manette volvía a ser el zapatero
del sotabanco, el desventurado idiota que años antes entregaron al
tabernero Defarge.
Impresionados ambos, afectados por la misma idea y comprendiendo
la necesidad de sobreponerse a sus emociones, dedicáronse, no a
intentar reanimar aquella inteligencia, totalmente extinguida, sino
a tranquilizar al infeliz anciano, prometiéndole que muy en breve le
serían devueltos la banqueta, las herramientas y los zapatos.
--Ha sucumbido al golpe, excesivamente rudo para él--dijo Carton.--Sí;
no hay más remedio que llevarlo a su hija; pero antes de hacerlo,
¿tendrá usted la bondad de prestarme un momento de atención? Necesito
imponer algunas condiciones y arrancar a usted una promesa; pero no me
pregunte el motivo de las primeras ni el por qué de la segunda, que
para callarlas tengo una razón... y de mucho peso.
--No lo dudo--respondió Lorry.--Siga usted.
En una silla colocada entre los dos interlocutores estaba el anciano,
meciéndose con monotonía maquinal y sollozando. Los interlocutores
hablaban con voz muy baja, cual si se hallaran junto al lecho de un
enfermo.
Carton se bajó para alzar del suelo la levita del doctor. Al hacerlo,
cayó al suelo una cajita donde el doctor tenía la costumbre de guardar
la lista de las visitas que debía hacer durante el día. La recogió y
abrió, encontrando dentro un papel doblado.
--¿Quiere usted que veamos qué es esto?--preguntó.
Lorry asintió con un movimiento de cabeza.
--¡Gracias, Dios mío!--exclamó Carton no bien desdobló el papel.
--¿Qué es?--preguntó Lorry con acento anhelante.
--Un poquito de paciencia; se lo explicaré a su tiempo. Ante
todo--dijo, llevando la mano al bolsillo interior de su levita
y sacando otro papel,--conviene que vea usted esto, que es un
certificado, merced al cual puedo salir de la ciudad sin inconveniente.
Léalo usted.... Sydney Carton, súbdito inglés...
Lorry quedó contemplando el papel.
--Guárdelo usted hasta mañana. Recordará usted que he de visitar al
prisionero, y no creo prudente llevarlo conmigo a la cárcel.
--¿Por qué no?
--No lo sé... Un capricho, quizá, pero prefiero no llevarlo. Tome
también el papel que el doctor Manette llevaba en su bolsillo, y que es
otro certificado análogo, un salvo conducto para que él, su hija y su
nieta, puedan franquear la Barrera y la frontera en cualquier momento.
¿Lo ve usted?
--Sí.
--Probablemente se lo proporcionaría ayer, a fin de adoptar toda clase
de precauciones contra la tormenta. ¿Qué fecha tiene? Pero no importa;
no hay necesidad de tomar nota de ese dato. Lo esencial es que lo
guarde usted juntamente con el mío y el de usted. Ahora bien; escuche
con atención mis palabras, y no las olvide; hasta hace dos horas, no
pasó por mi imaginación que pudieran necesitar ese papel, que hoy
es firme y valedero, y lo será mientras no lo revoquen. Pero pueden
revocarlo; y es más: motivos poderosos me hacen creer que lo revocarán
muy pronto.
--¿Están en peligro?
--Están en peligro inminente. Están en peligro de ser denunciados
por la tabernera Defarge; no me lo ha contado nadie; lo he escuchado
yo de sus propios labios. Esta noche he sorprendido una conversación
de esa mujer, y la conversación me ha hecho ver el peligro que a la
familia del doctor amenaza. Desde que la oí, no he desperdiciado el
tiempo, he visitado a mi espía, y mis impresiones primeras se han
confirmado plenamente. Sabe aquél que un aserrador de leña, hechura
de los Defarges, está pronto a declarar que -la- ha visto (Carton
no pronunciaba nunca el nombre de Lucía) haciendo señas a los
prisioneros. No es difícil adivinar que sobran motivos para fundar
sobre el hecho mencionado una acusación cualquiera, un complot contra
la República, por ejemplo, cuya consecuencia sería la muerte de -ella-,
quién sabe si también la de su hija... acaso hasta la de su padre,
pues ambos han sido también vistos en el mismo sitio... No se asuste
usted... que a todos los salvará usted.
--¡Quiéralo el Cielo, Carton! ¿pero cómo?
--Es lo que voy a decirle ahora mismo. Fío en usted, convencido de que
no podría poner el asunto en mejores manos. La nueva delación no será
formulada hasta que pase el día de mañana... probablemente la dejarán
para dos o tres días después, y aun es más probable que la dilaten
una semana. Sabe usted perfectamente que incurre en pena de muerte
en este bendito país el que llora o simpatiza con una víctima de la
guillotina. No cabe dudar que tanto -ella- como su padre se harán reos
del crimen mencionado, y desde luego aseguro que la tabernera, cuyo
odio feroz llega a extremos inconcebibles, esperará hasta contar con
armas que aumenten la fuerza de su denuncia y hagan doblemente seguro
el resultado. ¿Va usted comprendiendo?
--Con tanta atención, y tan penetrado de la exactitud de lo que usted
afirma, que hasta olvido momentáneamente esta desdicha--contestó
extendiendo la diestra hacia la silla del doctor.
--No ha de encontrar dificultades usted, que dispone de dinero en
abundancia, para ganar la costa utilizando los medios de locomoción
más rápidos. Hace ya días que tiene usted ultimados sus preparativos
para regresar a Inglaterra. Dé usted órdenes para que mañana tengan
enganchados los caballos para emprender el viaje a las dos de la tarde.
--Lo estarán.
--¿No dije antes que era imposible poner el asunto en mejores manos?
Tiene usted un corazón todo nobleza. Esta noche, dirá a -ella- que
conoce el peligro que se cierne sobre su cabeza, y que ese peligro
puede envolver también a su hija y a su padre. Insista usted en este
punto, pues de no hacerlo así, es probable que nada consiguiera, porque
-ella-, sin inconveniente, antes bien llena de alegría, colocaría su
hermosa cabeza junto a la de su marido, para que el mismo golpe hiciera
rodar las de los dos. Insistiendo en el peligro que corre su hija y en
el que amenaza a su padre, hágala usted ver la necesidad imperiosa de
salir mañana a la hora indicada de París, con ellos y con usted. Dígala
que es deseo de su marido, deseo expreso de cuyo cumplimiento depende
mucho más de lo que ella puede suponer o esperar. ¿No le parece a usted
que su padre, no obstante la lamentable condición de su espíritu, se
someterá a los deseos de la hija?
--Estoy seguro de ello.
--Lo suponía. Sobre todo, téngalo todo dispuesto para la hora indicada.
El coche preparado, enganchados los caballos y ustedes acomodados en
sus asientos. En el momento que llegue yo, colóquenme en el coche, y en
marcha.
--¿He de esperar su llegada de usted, suceda lo que suceda?
--Tiene usted en su poder mi salvoconducto, juntamente con los demás,
salvoconducto que me da derecho a un asiento. Esperará usted hasta que
ese asiento esté ocupado, y en cuanto lo esté, a Inglaterra lo más
rápidamente posible.
--En ese caso--observó Lorry, dando un fuerte apretón de manos a
Carton,--ya no depende todo de un pobre viejo, puesto que llevaré a mi
lado a un joven ardiente y decidido.
--¡Con la ayuda de Dios, lo tendrá usted! Prométame ahora solemnemente
que por nada del mundo alterará ni modificará nada de lo que hemos
convenido.
--Nada, Carton; lo juro.
--Mañana, procure recordar con frecuencia estas palabras: «Una
variación... una demora... sea la que sea la causa a que obedezca,
puede comprometer la salvación de las vidas de todos y ocasionar el
sacrificio inevitable de muchas otras.»
--Las recordaré. Espero que Dios me dará fuerzas para llenar fielmente
mi misión.
--Yo también espero que no me faltarán para cumplir la mía. Y ahora...
adiós.
No se fué, sin embargo, aunque a continuación de pronunciar la palabra
de despedida, llevó a sus labios y besó la mano que Lorry le tendía.
Antes ayudó a levantar al doctor de la silla, a ponerle la levita y
el sombrero, y a inducirle a salir, diciéndole que iban a buscar la
banqueta y los zapatos que deseaba. Acompañó a los dos ancianos hasta
el jardín de la casa donde lloraba un corazón lacerado, tan feliz en
otros tiempos, y, cuando aquellos le dejaron solo, permaneció algunos
momentos contemplando una ventana, cuyas maderas dejaban escapar
algunos hilos de luz, la ventana de la habitación de -ella-. Antes
de irse, su corazón envió a la ventana un adiós solemne envuelto en
hermosa nube de bendiciones.
XIII
CINCUENTA Y DOS
Encerrados en negruzcos muros, los condenados del día esperaban la hora
de subir al cadalso en la siniestra cárcel de la Conserjería. Eran
tantos como semanas tiene el año. Cincuenta y dos vidas humanas debían
perderse aquella tarde en el mar insaciable que las absorbe todas.
Antes que se vaciasen sus celdas quedaban designados los que habrían
de remplazarlos, antes que corriera su sangre sobre la sangre vertida
el día anterior, había sido puesta en sitio separado la que al día
siguiente vendría a mezclarse con la suya.
Cincuenta y dos vidas segadas, cincuenta y dos víctimas, pertenecientes
a todas las clases sociales; desde el rico propietario de setenta
años, cuyas riquezas de nada le servían para prolongar la existencia,
hasta el mísero jornalero, a quien tampoco podía salvar su obscuridad
y su miseria. De la misma manera que en las enfermedades físicas, que
tienen su origen en los vicios y en los descuidos de los hombres, hacen
sus víctimas sin reparar en categorías ni edades, así también las
espantosas dolencias morales, engendradas por sufrimientos indecibles,
opresiones intolerables e indiferencias crueles, hieren por igual y sin
distinción de personas.
Carlos Darnay, encerrado en su celda a solas con sus pensamientos,
no se hizo ilusión alguna desde que salió de la Sala de Justicia. En
cada palabra de la terrible narración allí leída vió una sentencia
de muerte, y no se le ocultó que no había influencia humana capaz de
salvarle, que virtualmente pesaba sobre él una sentencia pronunciada
por millones de votos, contra los cuales de nada servían los esfuerzos
individuales.
No era, sin embargo, empresa fácil resignarse a morir, el que como
él conservaba fresca en su mente la imagen de su adorada esposa.
Lazos muy sólidos le unían a la vida, y era duro, muy duro, ver tan
de cerca la cuchilla que los cortaría para siempre. Sus pensamientos
se atropellaban, se agitaban tumultuosos en su pecho, reñían entre
sí rudas batallas, y a la postre unían sus fuerzas para contender
contra la resignación. Si momentáneamente conseguía calmarlos, brotaba
inmediatamente la imagen de su mujer, la imagen de su tierna hija,
acordábase de que las dejaba en el mundo, y protestaba contra ello
con todas las fuerzas de su alma, ni más ni menos que si en su pecho
alentase el egoísmo más agudo.
Verdad es que estas luchas no fueron de larga duración. No pasó mucho
rato sin que actuara en él como estimulante poderoso la consideración
de que la muerte que le esperaba no llevaba consigo el apéndice de
la deshonra, y el pensamiento de que muchos, tan inocentes como él,
recorrían todos los días y con paso firme el mismo camino doloroso que
él debía recorrer. Pensó luego en la futura tranquilidad de espíritu de
que, pasados los primeros momentos, disfrutarían los seres queridos que
dejaba en el mundo, si le veían aceptar la muerte con entereza varonil,
y de esta suerte, poco a poco y por grados, fué recobrando la calma y
engolfándose en reflexiones de índole más elevada.
Antes que cerrase la noche, había adelantado la mayor parte del camino
en el viaje de su resignación. Provisto de recado de escribir y de luz,
tomó la pluma y no la dejó hasta que llegó la hora en que el reglamento
de la cárcel obligaba a apagar las lámparas.
Escribió una carta muy extensa a Lucía, demostrándola que jamás
tuvo noticia del eterno cautiverio de su padre hasta que lo oyó de
los mismos labios de éste, y que, con anterioridad a la lectura del
documento encontrado en la Bastilla, estaba tan ignorante como ella
misma de la culpabilidad directa de su padre y de su tío en aquel
triste acontecimiento. Ya antes la había explicado que, si ocultó su
apellido verdadero, apellido que había renunciado, fué para cumplir
una condición, cuyo motivo comprendía ahora perfectamente, impuesta
por el doctor al dar su asentimiento a las relaciones amorosas con su
hija, y ratificada la mañana de su boda. La suplicaba encarecidamente
que, por amor a su padre, jamás intentase averiguar si aquél había
olvidado la existencia del documento, o bien si se la recordó la
historia de la Torre de Londres narrada bajo el plátano del jardín
aquella noche de verano. Si del documento en cuestión conservaba algún
recuerdo, indudablemente lo supuso destruído con la Bastilla, al ver
que no figuraba entre las reliquias de los prisioneros encontradas por
el populacho y hechas tan públicas que las conocía el mundo entero.
Instábala--bien que añadiendo que ya sabía que la recomendación era
inútil--a que consolase a su padre, convenciéndole, por todos los
medios imaginables, de que no sólo no había hecho nada vituperable,
nada que hubiera ocasionado su desventura, sino que, por el contrario,
se había sacrificado siempre por la felicidad de su hija y del marido
de su hija. Terminaba recomendándola que procurase sobreponerse a su
dolor, que se consagrase a su querida hija, y sobre todo, que a fuerza
de ternura consolase a su padre.
Escribió al doctor otra carta inspirada en los mismos pensamientos y
diciéndole que confiaba a su cariño a su mujer y a su hija. Con frase
vibrante le hacía ese encargo, no porque lo considerara necesario,
sino más bien con objeto de levantar su ánimo y alejar de su mente
pensamientos retrospectivos, que desde luego suponía que se alzarían
con mayor fuerza que nunca.
Dirigió una carta al señor Lorry, encomendando a su solicitud los seres
queridos que dejaba y explicándole todos sus asuntos terrenos. No se
acordó de Carton. Eran tantos los pensamientos que le embargaban, que
no dejaron hueco para una persona con la que nunca sostuvo relaciones
frecuentes.
Cuando se apagaron las luces y se tendió sobre el mísero jergón de
paja, creyó que había concluído ya con el mundo.
Resurgió, sin embargo, éste durante su sueño, y resurgió brillante,
encantador. Encontróse de nuevo en el tranquilo rinconcito de Soho,
libre, feliz, contento, en compañía de su Lucía, la cual le aseguraba
que todo había sido un sueño, una pesadilla, que nunca habían
abandonado a Inglaterra, que nunca se había separado de ella. A este
sueño siguió una pausa de olvido completo, después de la cual se
imaginó que vivía con su mujer, pero muerto, decapitado. Sobrevino otra
pausa de olvido, y despertó al fin por la mañana, sin darse cuenta del
sitio en que se encontraba sin acordarse de lo ocurrido la víspera,
hasta que brotaron en su mente con caracteres de fuego estas palabras:
«Hoy es el día de tu muerte.»
Encontrábase en el día en que debían rodar cincuenta y dos cabezas,
una de ellas la suya, y mientras, resignado a su triste suerte,
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