Fué interrogado a continuación el doctor Manette. Su gran popularidad
personal y la claridad y precisión de sus respuestas ejercieron en
el auditorio sensación indescriptible; pero cuando demostró que el
acusado fué el que con mayor eficacia contribuyó a libertarle de
su eterno cautiverio, cuando manifestó que el acusado permaneció en
Inglaterra rodeando de tierna solicitud y de cariño abnegado, no ya
sólo a su hija, sino también a él mismo, cariño y solicitud que les
hicieron dulce el destierro, cuando añadió que lejos de ser partidario
y defensor del gobierno aristócrata del país en que vivía fué procesado
y estuvo a punto de ser condenado a muerte como enemigo de Inglaterra
y amigo de los Estados Unidos. Luego que hizo una exposición clara
y elocuente de todas estas circunstancias, Tribunal y auditorio se
identificaron. Tanto es así, que cuando invocó el testimonio del señor
Lorry, caballero inglés allí presente, testigo, como él, del proceso
seguido en Inglaterra contra Darnay, y dispuesto a corroborar todas sus
manifestaciones, contestaron los jueces que les bastaba lo que habían
oído, y que con gusto votarían, si el Presidente tenía a bien recibir
los votos.
A medida que los jueces votaban (hacíanlo individualmente y en voz
alta), el auditorio prorrumpía en aplausos frenéticos. Por unanimidad
declararon inocente al prisionero, y como consecuencia el Presidente le
declaró libre.
Siguió entonces una de esas escenas extraordinarias que ponen de
relieve la volubilidad del populacho, o los impulsos hacia la
generosidad y la piedad, dormidos en el fondo de su alma, o bien lo que
a juicio suyo es a manera de demostración de que no se deja arrastrar
por la fuerza explosiva de una rabia cruel. Imposible precisar cuál
de estos tres motivos influyó por modo decisivo en las escenas
extraordinarias que siguieron; probablemente influirían los tres, bien
que predominando el segundo. El hecho es que, no bien fué pronunciado
el fallo absolutorio, brotaron las lágrimas en tanta abundancia como
en otras ocasiones brotaba la sangre, y fueron tantos y tan apretados
los abrazos que el prisionero recibió de todos, sin distinción de
sexos, que corrió verdadero peligro de que su dilatado cautiverio
tuviera como desenlace una asfixia en toda regla; siendo de notar que
aquellos abrazos se los daban las mismas personas que, impulsadas por
otra corriente distinta, se habrían lanzado sobre él con idéntica
intensidad, para destrozarle entre sus uñas y arrastrar sus restos
palpitantes por las calles.
Gracias a que hubo de salir de la sala para ceder el puesto a otros
acusados que esperaban sentencia, pudo librarse por el momento de aquel
torrente deshecho de caricias.
Comparecieron a continuación cinco acusados juntos, sobre los cuales
pesaba la inculpación de enemigos de la República, no porque hubiesen
trabajado en su contra, sino porque nada habían hecho, ni de palabra
ni de obra, en su favor. Tal prisa se dió el Tribunal para compensar a
la nación por la libertad concedida a un acusado, que no había salido
éste de la sala cuando ya pesaba sobre los cinco infelices sentencia
de muerte, que debía ejecutarse a las veinticuatro horas. El primero
de los condenados manifestó a Darnay la suerte que le esperaba alzando
un dedo, símbolo de muerte entre los encarcelados, y sus compañeros
gritaron a coro con acento sarcástico:
--¡Viva la República!
Cierto que no dispuso Darnay de más tiempo para escuchar las
explicaciones que pudieran o desearan darle los condenados, pues no
bien salió a la calle en compañía del doctor Manette, se vió rodeado
de compacta muchedumbre, en la que vió casi todas las caras que antes
viera en la sala, excepción hecha de dos, que en vano buscó con la
mirada. Nuevamente le envolvió el furioso torbellino que antes estuvo
a punto de asfixiarle, para besarle, abrazarle, llorar, gritar y
entregarse a otras expansiones más propias de locos que de personas
cuerdas.
Sentáronle a viva fuerza en un gran sillón que, o habían sacado de
la sala del Tribunal, o tomado de cualquiera de las casas próximas.
Engalanaron el sillón con una bandera roja y una lanza en cuyo hierro
se veía un gorro colorado atravesado. Todas las súplicas del doctor no
bastaron a impedir que fuera conducido en triunfo a su casa, sentado en
aquel sillón que, llevado en hombros, semejaba trono emplazado sobre
agitado mar de gorros rojos.
Adelantándose a aquella procesión salvaje, que abrazaba a cuantos
topaba en el camino, el doctor llegó a su casa a fin de preparar
convenientemente a su hija. Esto no obstante, cuando Carlos pudo bajar
de su improvisado trono y abrió los brazos a su amante esposa, ésta
cayó en ellos desvanecida.
Mientras Darnay sostenía a Lucía apoyándola contra su pecho, doblada
la cabeza a fin de que el populacho no viera las lágrimas que copiosas
corrían por sus mejillas, algunos de los que le habían llevado en
triunfo comenzaron a bailar, contagiáronse los demás, y segundos
después se improvisaba en el patio de la casa una desenfrenada
Carmañola. Más tarde instalaron sobre el sillón vacante a una joven, a
la que proclamaron Diosa de la Libertad, llevándola en hombros por las
calles adyacentes, entre gritos ensordecedores y cantos discordantes.
Carlos, después de estrechar entre sus brazos al doctor, cuya cara
ofrecía aires de vencedor, después de abrazar al señor Lorry, que
jadeante y sin aliento consiguió llegar hasta él nadando contra el
inmenso oleaje que bailaba la Carmañola, después de besar a Lucita,
a la que alzó del suelo para que pudiera rodear con sus bracitos su
cuello, después de abrazar a la fiel Pross, alzó entre sus brazos a
Lucía y la condujo a sus habitaciones.
--¡Lucía... mi Lucía... Libre... Libre!...
--¡Oh mi querido Carlos! ¡Permíteme que hincada de rodillas dé gracias
a Dios con el mismo fervor con que le pedí por ti!
Cayó de hinojos Lucía. Todos los presentes doblaron reverentes las
cabezas y rezaron desde el fondo de sus corazones. Cuando, terminada la
oración, Lucía volvió a sus brazos, dijo Carlos.
--¡Da ahora las gracias a tu padre, mujercita mía! ¡Ningún hombre de
Francia habría podido hacer por mí tanto como él ha hecho!
Reclinó Lucía la cabeza sobre el pecho de su padre, de la misma manera
que la había reclinado largos años antes. El doctor se consideró feliz
al poder pagar de alguna manera las muestras de cariño abnegado de su
hija, dió por bien empleados todos sus sufrimientos y sintió noble
orgullo al pensar en sus fuerzas.
--Sé fuerte en la bonanza como lo fuiste en la tormenta, hija mía. No
tiembles... No llores. Le he salvado yo.
VII
VISITA INESPERADA
No era un sueño como tantas otras veces; allí estaba Carlos, y sin
embargo, temblaba su mujer presa de un terror vago pero intenso.
Respirábase una atmósfera tan negra y corrompida, eran las gentes tan
brutalmente vengativas y crueles, con tan terrible regularidad eran
llevados al matadero los inocentes que tenían la desgracia de inspirar
cualquier sospecha, por vaga que fuera, o de despertar la malicia, tan
imposible era olvidar cuantos, tan limpios de culpa como su marido, y
tan idolatrados por los suyos como Carlos lo fuera por Lucía, caían a
los golpes que el yerno del doctor Manette había conseguido eludir,
que el corazón de su afligida esposa no conseguía verse libre del peso
horrible que lo oprimía. Las sombras del crepúsculo vespertino de
invierno comenzaban a envolver la ciudad, y aun continuaban rodando
por las calles las fatídicas carretas de la muerte. Con la imaginación
las seguía Lucía, los ojos del alma buscaban a su marido entre los
condenados, y al verlo con los de la carne a su lado, se estrechaba
contra él y temblaba más que nunca.
Su padre, esforzándose por tranquilizarla, riéndose de sus temores
daba muestras de una superioridad compasiva admirable, de una entereza
varonil que contrastaba con la debilidad mujeril de su hija. El
sotabanco, la banqueta de zapatero, al anciano que se pasaba los días
cosiendo zapatos, el Ciento Cinco, Torre del Norte, eran sucesos
pasados de los que ni rastros quedaban. Había acabado felizmente la
empresa que con ánimo varonil acometiera, había redimido su promesa,
Carlos estaba en libertad, ¿por qué temer? Fuerzas le sobraban al
doctor para servir de robusto sostén a todos los que sintieran decaer
las suyas.
El menaje de su casa no podía ser más modesto; no sólo porque la
prudencia así lo aconsejaba, para no herir la pobreza del pueblo,
sino también porque no eran ricos, pues Carlos, durante el período
dilatado de su cautiverio, había tenido que pagar a precio exorbitante
la comida, las dietas de sus guardianes, y una parte proporcional para
sufragar los gastos de los prisioneros más pobres que él. Debido en
parte a los motivos apuntados, y en parte a evitar el peligro de ser
espiados dentro del mismo hogar, no tenían criados. El ciudadano y la
ciudadana encargados del servicio de la portería prestaban a la familia
los servicios necesarios, si las circunstancias lo exigían, aparte
de Jeremías, que les había sido cedido casi por completo por el buen
Lorry, y estaba durante el día a su disposición y dormía en la casa por
las noches.
Había dispuesto la República Una e Indivisible de la Libertad,
Igualdad, Fraternidad o Muerte, que sobre las puertas de todas las
casas y a una altura determinada, hubiese un cartelón, en el cual
estuvieran inscriptos, con letras de tamaño también determinado, los
nombres de cuantas personas las habitasen. Como consecuencia, entre los
nombres inscriptos en el cartelón puesto en la puerta del domicilio
del doctor, figuraba el de Jeremías -Lapa-, y en la ocasión a que se
refiere esta historia, no sólo el nombre, sino también el propietario
del nombre se hallaba plantado junto a la puerta, contemplando al
pintor llamado por el doctor Manette para que añadiera al cartelón el
nombre de Carlos Evrémonde, llamado también Darnay.
La atmósfera de terror y de desconfianza en que se vivía había alterado
profundamente hasta los hábitos más inocentes y más inofensivos de
la vida. En la casa del doctor, como en casi todas las demás, los
artículos de primera necesidad y de consumo diario se compraban todas
las tardes por cantidades pequeñas y en distintas tiendas pequeñas. Era
la manera de no llamar la atención y de suministrar la menor ocasión
posible a las murmuraciones y a la envidia.
Desde algunos meses antes, estaban encargados de la compra la señorita
Pross y Jeremías -Lapa-; este último llevaba la cesta, la primera el
dinero. Todas las tardes, cuando se encendían los faroles del alumbrado
público, salían ambos y traían a la casa los artículos de consumo
necesario para el día siguiente. Aunque la señorita Pross, dados los
muchos años que llevaba viviendo con una familia francesa, parece que
debía hablar el francés con tanta corrección y soltura como el inglés,
sabía exactamente lo mismo que Jeremías -Lapa-, quien no conocía ni
una palabra, y es que, o carecía de talento, o no quería aplicarlo
a tonterías (tal era el nombre que ella le daba) como aquélla. Como
consecuencia, su sistema comercial consistía en disparar un nombre
substantivo a quema ropa, en cuanto se encaraba con el tendero, y si el
nombre no cuadraba con el artículo que necesitaba, como ocurría casi
siempre, tendía en derredor sus miradas, agarraba el artículo, y no
lo soltaba hasta después de cerrado el trato. En cuanto al precio, se
entendía sin dificultad, alzando un dedo menos que el tendero, fuera el
que fuera el número de los que aquél levantase.
--Señor -Lapa---dijo la señorita Pross, en cuyos ojos chispeaba la
felicidad,--yo estoy dispuesta; ¿y usted?
Jeremías contestó que estaba a las órdenes de la señorita Pross.
--Hoy nos hace falta de todo,--observó la señorita Pross,--y entre
otras cosas, vino. Mal rato nos espera. En cualquier parte que lo
compremos, hemos de encontrar abundantes gorros colorados brindando
como condenados.
--No se romperán mucho los cascos para encontrar sus brindis--observó
Jeremías.--Siempre les oigo brindar por el mismo; por el Unico.
--¿Y quién es ese único?
--Vaya usted a saber. Como no se refieran a Noé... el que plantó la
primera viña...
--¡Ah... ya! No hace falta ser muy sabio para comprender por quién
brindan esos desdichados. Brindan por el Asesino... por el Malvado.
--¡Cuidado, amiga mía!--terció Lucía--¡Prudencia, por favor, mucha
prudencia!
--¡Sí, sí, sí! seré muy prudente; pero me parece que entre nosotros
puedo decir que no es muy grato recibir por esas calles suspiros que
apestan a cebolla, a aguardiente y a tabaco, mezclados con abrazos.
Voy a salir; pero no se mueva usted de junto a la lumbre hasta que yo
vuelva, mi querida señorita. Cuide del marido que ha recobrado y nada
tema. ¿Puedo hacer una pregunta antes de marchar, señor doctor?
--Me parece que puede usted tomarse esa libertad--respondió el doctor
con tono humorístico.
--Por todos los santos del Cielo, no hable usted de libertad, señor
doctor. Estoy de libertad hasta la coronilla--exclamó la Pross.
--Por Dios, querida; ¿otra vez?--dijo Lucía.
--Vaya, señorita--replicó la Pross, moviendo la cabeza con aire
solemne;--si quiere que diga lo que siento, manifestaré que yo, como
súbdita que soy de Su Graciosa Majestad el Rey Jorge III, me río de
esos descamisados. Mi máxima es: «Maldita de Dios sea su política;
quiera Dios frustrar sus criminales propósitos; en Dios tengo puesta
mi confianza, y viva el Rey.»
-Lapa-, en un arrebato de lealtad a su soberano, repitió el viva con
voz estentórea.
--Celebro que sea usted un inglés castizo, señor -Lapa-,--dijo la
señorita Pross con tono de aprobación,--aunque hubiese sido de desear
que no hubiera puesto tanta energía en su grito. Pero vamos a la
pregunta, señor doctor; ¿no ha encontrado usted aún el medio de salir
para siempre de esta maldita ciudad?
--No, por ahora; salir en estas circunstancias, sería peligroso para
Carlos.
--¡Qué se le va a hacer!--exclamó la señorita Pross, conteniendo un
suspiro y mirando a Lucía.--Tendremos paciencia y esperaremos... Animo,
y que ruja la tempestad sobre la cabeza del vecino, como solía decir mi
hermano Salomón. Vámonos ya, señor -Lapa-... No se mueva, señorita.
Salieron la Pross y -Lapa-, dejando a Lucía, al marido de ésta, al
doctor y a Lucita, sentados al amor de la lumbre. Esperaban que de
un momento a otro llegase el señor Lorry. Había encendido una luz la
señorita Pross, pero la colocó en un rincón, a fin de que la familia
disfrutara exclusivamente de la débil que irradiaba la chimenea.
Lucita, sentada sobre la rodilla de su abuelo, escuchaba la historia de
un hada grande y poderosa que en una ocasión rompió los robustos muros
de un calabozo, para libertar a un cautivo que en otros tiempos había
prestado al hada un servicio.
--¿Qué es eso?--exclamó de pronto Lucía.
--¡Querida mía!--contestó el doctor, suspendiendo la narración de la
historia--Tranquilízate. El desorden de tus nervios es extraordinario.
La cosa más insignificante... hasta sin motivo alguno... te alarma. Me
tienes a mí... a tu padre, hija mía.
--He creído oir rumor de pasos en la escalera--balbuceó Lucía.
--¡Tontuela...! La escalera está tan silenciosa como una tumba.
Mientras salía de sus labios la palabra última, sonó un golpe en la
puerta.
--¡Oh, padre... padre mío! ¿Qué será? ¡Que se esconda Carlos...!
¡Sálvalo!
--¡Hija querida!--contestó el doctor levantándose y poniendo su
mano sobre el hombro de Lucía.--Le he salvado ya. No comprendo tu
debilidad... Voy a abrir la puerta.
Tomó en su mano el candelero, cruzó las dos habitaciones intermedias
y abrió la puerta. Cuatro hombres de aspecto salvaje, cubiertos
con gorros rojos y armados de sables y pistolas penetraron en el
recibimiento, desde donde pasaron a la habitación en que se hallaba la
familia.
--¿El ciudadano Evrémonde?--preguntó el que entró primero.
--¿Quién le busca?--preguntó Darnay.
--Yo... nosotros le buscamos. Te conozco, Evrémonde; te vi ayer en la
sala del Tribunal. Vuelves a ser prisionero de la República.
Los cuatro hombres rodearon el grupo formado por Darnay, su mujer y su
hijita, que se había abrazado a él.
--¿Cómo y por qué vuelvo a ser prisionero?
--Ven con nosotros a la Conserjería, y mañana podrás satisfacer tu
curiosidad. Mañana debes comparecer ante el Tribunal.
El doctor Manette, a quien la inesperada visita había dejado en estado
perfectamente atónito, hasta el punto de parecer una estatua con un
candelero en la mano, sacudió su marasmo después de escuchar las
palabras últimas, dejó el candelero sobre la repisa de la chimenea,
encaróse con el que llevaba la voz cantante, y, asiéndole por la
pechera de su camisa, roja como el gorro, dijo:
--Has dicho que le conoces; ¿me conoces también a mí?
--Sí; te conozco, ciudadano doctor.
--Todos te conocemos, ciudadano doctor--añadieron los tres restantes.
Paseó el anciano su mirada por las caras de los cuatro hombres, y
después de una pausa, repuso, bajando la voz:
--¿Quieres contestarme a mí la pregunta que él te ha hecho? ¿Por qué se
le prende de nuevo?
--Ciudadano doctor,--contestó con repugnancia manifiesta el que habló
primero,--ha sido denunciado por la Sección de San Antonio... a la que
pertenece este ciudadano--añadió, señalando con la mano al individuo
que estaba a su lado.
El ciudadano aludido hizo un movimiento afirmativo de cabeza, y dijo:
--Ha sido acusado por San Antonio.
--¿De qué?
--Ciudadano doctor--replicó el primero,--no preguntes más. Si la
República te exige sacrificios, tú, como buen patriota que eres, te
tendrás por feliz haciéndolos. Ante todo y sobre todo la República. El
Pueblo es soberano. Evrémonde, tenemos prisa.
--Una palabra más--objetó el doctor.--¿Quieres decirme quién le ha
denunciado?
--Faltaría a mi deber... Mañana podrás preguntarlo a San Antonio.
Dirigió entonces el doctor una mirada a otro de los hombres, quien se
movió con cierta expresión de malestar, se frotó la barba, y dijo:
--¡Vaya! Verdad es que no podemos decirlo sin faltar a nuestro deber;
pero no tengo inconveniente en manifestar que le ha acusado... por
cierto de grandes crímenes, el ciudadano y la ciudadana Defarge... y
además, otra persona.
--¿Quién es esta otra persona?
--¿Lo preguntas -tú-, ciudadano doctor?
--Sí.
--Lo sabrás mañana--contestó el de San Antonio con entonación
extraña.--¡Ahora, soy mudo!
VIII
UNA PARTIDA ORIGINAL
Sumida en la feliz ignorancia de la nueva desgracia acaecida a la
familia, la señorita Pross dejaba a sus espaldas una porción de
callejuelas estrechas y atravesaba el río por el Puente-Nuevo,
repasando en su imaginación el número de compras que tenía que hacer.
A su lado caminaba -Lapa-, portador de la cesta. Uno y otro, aunque
al parecer no tenían ojos más que para examinar las tiendas abiertas
a derecha e izquierda de las calles que atravesaban, avizoraban las
manadas de patriotas, sobre todo, si eran muy numerosas, y variaban
con frecuencia el itinerario a fin de evitar el encuentro de los
que hablaban con animación excesiva. Era una tarde fría y húmeda.
Los puntos de luz que salpicaban la capa gris que cubría el río
indicaban los sitios donde estaban ancladas las barcazas convertidas
en talleres por los que fabricaban armas para el ejército de la
República. ¡Desgraciado el mortal que osase burlarse de aquel ejército!
¡Desgraciado del que ocupase en aquel ejército un grado que no
mereciera! Valiérale más que nunca le hubiese crecido la barba, pues la
Navaja Barbera Nacional se la afeitaba que era una bendición.
Luego que compró una porción de artículos de comer, y una cantidad de
aceite para la lámpara, la señorita Pross pensó en adquirir el vino
que le hacía falta. Desdeñó una porción de tabernas y al fin mereció
su preferencia una, puesta bajo la advocación del Buen Republicano
Bruto de la Antigüedad, situada a corta distancia del Palacio Nacional,
antes de las Tullerías, establecimiento más tranquilo que ninguno de
sus similares encontrados hasta allí, en el cual es cierto que se veían
bastantes gorros colorados, pero abundaban menos que en los otros.
Consultado -Lapa-, y visto que era de su misma opinión, la señorita
Pross penetró en el templo del Buen Republicano Bruto de la Antigüedad,
acompañada por su caballero.
Sin reparar apenas en las luces mortecinas, en los hombres que pipa
en boca jugaban con barajas mugrientas o con dominós amarillentos,
en el jornalero que, arremangadas hasta los hombros las mangas de la
camisa y con el pecho desnudo leía a gritos un periódico a un grupo de
tipos que escuchaban con la boca abierta, en las armas que llenaban
las mesas o pendían de las cinturas de los bebedores, ni en los tres
o cuatro parroquianos que dormían sus -monas-, tendidos de bruces en
el suelo, y que, más que hombres, tenían aspecto de osos o de mastines
yacentes, los dos compradores se acercaron al mostrador y pidieron lo
que necesitaban.
Mientras el tabernero medía el vino, un sujeto, que con otro hablaba en
un rincón del establecimiento, se levantó y echó a andar. Para salir a
la calle tenía que pasar forzosamente junto a la señorita Pross, lo que
nada tiene de particular, pero sí lo tuvo el que, no bien tropezó con
ella, rasgó los aires un alarido penetrante seguido de un semi-desmayo
de la señorita.
Cuantas personas había en la taberna se pusieron en pie. Tan corriente
era ver que las personas se asesinaban bonitamente por motivo tan
justificado como defender una opinión cualquiera, que todos miraron
para ver quién era el mortal que caía sin vida en tierra, pero con
asombro general, lo único que vieron fué a una pareja, hombre y mujer,
que se miraban mutuamente con extraordinaria fijeza, y que el hombre
parecía francés, y republicano rojo, y la mujer era a no dudar inglesa.
Las frases pintorescas con que expresaron su desencanto los buenos
discípulos del Buen Bruto Republicano de la Antigüedad, sonaron en
los oídos de la señorita Pross y de su acompañante como si en hebreo
o en caldeo hubieran sido dichas. No se enteraron sino de que fueron
pronunciadas a gritos, que no otra cosa les consintió su sorpresa.
Hablamos en plural porque, si la señorita Pross quedó sorprendida,
Jeremías -Lapa- estuvo a dos dedos de caer al suelo bajo el golpe
violento de su estupefacción.
--¿Qué hay?--preguntó el hombre que fué causa del chillido de la
señorita Pross.
Las dos palabras habían sido pronunciadas en inglés, con acento brusco
y amenazador y tono de voz muy bajo.
--¡Oh Salomón... Salomón querido!--exclamó la señorita Pross, juntando
las manos.--¡Al fin te encuentro, después de tantos años de ausencia,
después de tantos años pasados sin noticias tuyas!
--No me llames Salomón. ¿Buscas mi muerte, desgraciada?--preguntó aquel
hombre, dirigiendo en derredor miradas de espanto.
--¡Hermano... hermano mío!--exclamó la señorita Pross, hecha un mar de
lágrimas--¿Tan mal me he portado contigo para que me hagas una pregunta
tan cruel?
--¡Pues métete en el bolsillo esa lengua endiablada!--gruñó
Salomón.--Si quieres decirme algo, salgamos fuera. Paga el vino y
vámonos... ¿Quién es ese hombre?
--Es el -señor Lapa---contestó con desaliento la señorita Pross.
--Pues que salga también... ¿Pero qué es eso? ¿Me toma ese individuo
por un aparecido?
La pregunta estaba muy en su lugar, pues -Lapa- le miraba en realidad
como se mira a un espectro. No despegó, sin embargo, los labios, y
la señorita Pross, derramando lágrimas, pagó el vino. Mientras tanto,
Salomón se dirigió a los discípulos del Buen Bruto Republicano de la
Antigüedad y les dió, en lengua francesa, algunas explicaciones que
bastaron para que todos ellos volvieran a sus puestos respectivos.
--Veamos--dijo Salomón, una vez llegó a un rincón obscuro de la
calle--¿Qué es lo qué quieres de mí?
--¡Es horroroso encontrarse con un hermano querido que no da la menor
muestra de afecto a la hermana que siempre fué con él tierna y cariñosa!
--¡Bah! ¡Tonterías!--exclamó Salomón, rozando con sus labios la frente
de la señorita Pross--¿Estás contenta ahora?
La señorita Pross movió la cabeza y rompió a llorar de nuevo.
--Si te figuras que me has dado una sorpresa, te engañas de medio a
medio; no me ha sorprendido encontrarte. Sabía que estabas en París,
pues bueno es que sepas que son muy pocos los que en París viven sin
que lo sepa yo. Si no quieres poner en peligro grave mi existencia...
tentado estoy de creer que esa es tu intención... sigue tu camino
lo más pronto posible, y deja que yo siga el mío. Tengo muchas
ocupaciones... Soy funcionario público.
--¡Mi hermano Salomón, inglés de nacimiento y de alma, mi hermano
Salomón, que en su patria hubiera podido ser uno de los más grandes
hombres, funcionario público en país que no es el suyo, dependiendo de
hombres que no son ingleses... y qué hombres, Cielo santo! ¡Hubiese
preferido encontrarte muerto en su...!
--¡Lo creo!... ¡Lo suponía!... ¡Lo sabía de cierto!--exclamó su hermano
interrumpiéndola.--Lo que tú quieres es mi muerte. Mi tierna, mi
cariñosa hermana hará que me hagan figurar entre los sospechosos... Es
decir; lo está haciendo ya.
--¡No lo permita Dios!--gritó la señorita Pross.--Mucho te he querido,
Salomón, mucho te quiero; pero hubiese preferido no volver a verte más,
a encontrarte como te encuentro. Dime una palabra de cariño, dime que
no me aborreces, que no nos separa el odio, y me voy sin detenerte un
segundo más.
Salomón estaba pronunciando la palabra de cariño solicitada, dando
pruebas de una condescendencia que seguramente no habría tenido
de haber estado invertidas las posiciones respectivas, cuando
inopinadamente terció Jeremías -Lapa- en la conversación, poniendo una
zarpa sobre el hombro del cariñoso hermano y diciendo con voz ronca:
--Me parece que también a mí se me permitirá colocar una pregunta.
¿Quiere usted decirme si su nombre es Juan Salomón o Salomón Juan?
El funcionario público, por toda contestación, se volvió hacia quien
rompía su mutismo para dirigirle una pregunta que le intranquilizó, y
quedó mirándole de hito en hito con visible recelo.
--Estoy esperando--repuso -Lapa-.--¿Ha quedado usted mudo de repente?
¿Juan Salomón o Salomón Juan? ¿En qué quedamos? La señorita le llama
Salomón, y es de suponer que conozca bien su nombre, toda vez que es
su hermana, según veo. Pero es el caso que yo le conozco como Juan.
¿Cuál de los dos nombres es el verdadero? Otro tanto digo acerca del
apellido. En Inglaterra no se llamaba usted Pross.
--¿Pero qué está usted diciendo?
--Ni yo mismo lo sé muy bien, pues confieso que no recuerdo el apellido
que usted llevaba en la orilla opuesta del Canal.
--¿Lo ha olvidado?
--Sí; pero juraría que era un apellido de dos sílabas.
--¡De veras!
--De veras. Pross no tiene más que una sílaba; el otro tenía dos...
En nombre del Padre de la Mentira, que indudablemente es su padre
de usted, ¿quiere decirme cómo se llamaba cuando ejercía el honroso
ejercicio de soplón del Old Bailey?
--¡Barsad!--contestó otra voz, terciando en la conversación.
El que acababa de hablar era nuestro antiguo amigo Sydney Carton.
Colocadas ambas manos a la espalda bajo los faldones de su levita,
habíase puesto junto a -Lapa-, afectando la misma negligencia con que
solía asistir a las vistas del Old Bailey.
--No se alarme usted, señorita Pross--repuso.--Ayer tarde me presenté
en el domicilio del señor Lorry, con no poca sorpresa de este señor,
que estaba muy lejos de esperar mi vista. Convinimos los dos en que no
me dejaría ver en parte alguna hasta después que el asunto estuviera
resuelto definitiva y satisfactoriamente, o bien hasta tanto no fuera
necesaria mi presencia. Ateniéndome a lo pactado, me he personado aquí,
porque es indispensable que cruce cuatro palabras con su hermano.
Muy de veras lamento que sea usted hermana de un sujeto tan poco
recomendable; muy de veras lamento que tenga por hermano a un mirlo del
verdugo.
Era éste el nombre con que solían designarse los espías.
--¿Cómo se atreve usted--preguntó el espía, pálido como un difunto--a
decirme...?
--Me explicaré, para que vea usted que no hablo a tontas y a
locas--contestó Carton.--Me hallaba yo hace media hora contemplando
los muros de la Conserjería, cuando vi salir a usted por sus puertas.
Entre otras cualidades, buenas unas, malas otras, tengo la de recordar
bien las caras, y cuente que la suya es de las que con dificultad se
despintan. Me sorprendió ver a usted en aquel lugar, y como por otra
parte, tengo mis motivos para relacionar la persona de usted con las
desgracias de un amigo, en este instante más desgraciado que nunca, se
me ocurrió la idea de seguirle. Pisándole los talones entré tras de
usted en la taberna y me senté a su lado. De la conversación de usted,
y de los rumores de admiración que arrancó a sus oyentes, no me fué
difícil inferir cuál es el oficio de usted. Lo que en un principio
había yo hecho al azar, fué convirtiéndose gradualmente en objetivo
determinado, señor Barsad.
--¿Y ese objetivo?...--preguntó el espía.
--Sería molesto, y hasta peligroso, explicarlo en la calle. ¿Tiene
usted la bondad de favorecerme con su compañía durante algunos
minutos... hasta el Banco Tellson, por ejemplo?
--¿Bajo amenaza?
--¡Bah! ¿He hablado de amenazas?
--Entonces, ¿a santo de qué voy a ir allí?
--Con franqueza, señor Barsad; no puedo decirlo.
--¿No puede, o no quiere, señor?--preguntó con cierta indecisión el
espía.
--Me interpreta usted maravillosamente bien; no quiero.
Fué auxiliar muy poderoso de la habilidad prodigiosa de Carton el tono
de glacial indiferencia con que hablaba. Su vista de lince lo advirtió
desde el primer momento, y dicho está que sacó de ello todo el partido
posible.
--¡Acuérdate de lo que te digo y no lo olvides nunca!--exclamó Barsad,
dirigiendo a su hermana una mirada de furiosa reconvención.--Obra tuya
será, si me ocurre una desgracia.
--¡Vamos, vamos, señor Barsad!--dijo Carton--No sea usted ingrato.
Agradezca el respeto que su hermana me inspira la benignidad con que me
conduzco haciéndole una proposición que ha de dejarnos satisfechos a
todos. ¿Me acompaña al Banco?
--Sí; le acompaño. Estoy pronto a escuchar lo que desee decirme.
--Ante todo, escoltaremos a su hermana de usted hasta la esquina de la
casa donde vive. Tenga la bondad de aceptar mi brazo, señorita Pross.
Dadas las circunstancias por que la ciudad atraviesa, no debe usted ir
sola y sin protección, y como quiera que el hombre que la acompaña a
usted conoce al señor Barsad, me tomo la libertad de invitarle a venir
con nosotros al domicilio del señor Lorry. ¿Estamos dispuestos? ¿Sí?
Pues en marcha.
Más tarde recordó la señorita Pross, y no lo olvidó en su vida, que al
aferrarse al brazo de Carton y mirarle a la cara para dirigirle una
súplica muda, pero elocuente, en favor de su hermano, observó en la
fortaleza del brazo y en la expresión de los ojos de aquel algo que no
sólo estaba reñido con la ligereza de tono y de modales de Carton, sino
también transformaba y elevaba al hombre. Si por el momento no le llamó
la atención, fué porque la preocupaban demasiado los temores que la
inspiraba la suerte de un hermano tan poco merecedor de su afecto para
hacer observaciones.
Después de despedirse de la señorita Pross en las inmediaciones de la
casa del doctor, Carton, caminando entre Barsad y Jeremías -Lapa-,
dirigióse hacia el edificio del Banco Tellson, muy poco distante.
Lorry, que acababa de comer, y se hallaba sentado al amor de la lumbre,
volvió la cabeza al oir los pasos de los que le visitaban, y no pudo
evitar un gesto de extrañeza al ver una cara desconocida.
--Le presento al hermano de la señorita Pross--dijo Carton,--el señor
Barsad.
--¿Barsad?--repitió Lorry.--¿Barsad? Me parece recordar ese apellido...
y el rostro de quien lo lleva.
--¿No dije antes a usted que tiene una cara de las que difícilmente
se despintan, señor Barsad?--preguntó con frialdad Carton.--Hágame el
favor de sentarse.
Carton, al mismo tiempo que acercaba una silla, suministró a Lorry
el eslabón que éste andaba buscando para enlazar la cadena de sus
recuerdos.
--Testigo de aquella causa--dijo sencillamente Carton.
Fué lo bastante para que Lorry recordara, y también para que mirase a
Barsad con repugnancia visible.
--La señorita Pross ha reconocido en el señor Barsad al hermano
cariñoso de quien tantas veces la ha oído usted hablar--observó
Carton.--No ha negado Barsad el parentesco... Pero pasemos a otras
noticias peores; Darnay ha sido encarcelado de nuevo.
--¡Qué me dice usted!--exclamó Lorry, profundamente consternado.--No
hace dos horas que le dejé en su casa libre y contento, y ahora mismo
me disponía a ir a verle.
--Pues está preso. ¿Cuándo le prendieron, Barsad?
--En todo caso, habrá sido hace un momento.
--Barsad es en este asunto fuente de información segura--observó
Carton.--De sus labios escuché la noticia cuando se la contaba, entre
copa y copa de aguardiente, a un amigo suyo, soplón como él. Parece que
acompañó a los encargados de prenderle hasta la puerta de la casa del
doctor, alejándose al ver que el portero les franqueaba el paso. La
duda, pues, es imposible.
Lorry comprendió que la desgracia era cierta. En su cerebro sintió
el rudo batallar de mil ideas confusas y contradictorias, pero se
dió cuenta de lo muchísimo que le convenía no perder la presencia de
espíritu y, a costa de esfuerzos titánicos, se dominó, recobró la
serenidad, y permaneció callado y atento.
--Es de esperar... esa confianza abrigo--repuso Carton--que el nombre
del doctor y su influencia en las masas sean tan eficaces mañana... ¿No
dijo usted, Barsad, que ha de comparecer mañana ante el Tribunal?
--Sí; creo que la comparecencia será mañana.
--... Tan eficaces mañana, y tan decisivas, como hoy; pero no es
imposible que ocurra lo contrario. Confesaré, señor Lorry, que me
inspira vivos temores el hecho de que el doctor no haya podido impedir
la prisión.
--Quizá no sospechase siquiera la posibilidad del peligro--contestó
Lorry.
--Lo que, a juicio mío, sería circunstancia altamente alarmante, visto
lo identificado que está con su yerno.
--Es verdad--contestó Lorry, apoyando la barbilla sobre la palma de la
mano y mirando a Carton con expresión de abatimiento.
--En suma--continuó Carton:--cuando se entabla una partida desesperada
y se cruzan apuestas desesperadas, fuerza es recurrir también a medidas
desesperadas. Juegue en buena hora el doctor con las cartas de ganar,
que yo manejaré, mientras, las de perder. Empeñe el doctor la partida
encaminada a sacar a su yerno de la Conserjería; que yo, mientras
tanto, jugaré otra independiente y con vistas a encerrar a un -amigo-
en la Conserjería. El amigo que me propongo encerrar, señor Barsad, es
usted.
--Muy buenas cartas tendrá usted que reunir para ganar ese juego,
replicó el espía.
--Las he reunido ya, y voy a ponerlas boca arriba... pero ya sabe
usted, señor Lorry, lo torpe que soy si no aplico a mi cacumen el
acicate de unas copas. Si me diera una copita de brandy, se lo
agradecería.
Fuéle servido el licor, del que tomó dos copas consecutivas.
--El señor Barsad--dijo, separando la botella y hablando como si en
la mano tuviera una colección de cartas,--mirlo del verdugo, emisario
de los comités republicanos, hoy calabocero, ayer prisionero, siempre
espía y soplón secreto, cuya valía aquí aumenta considerablemente
por la circunstancia de ser inglés, y por tanto, menos expuesto a
sospechas que ningún francés, se presenta a los mismos a quienes
sirve bajo nombre supuesto; este triunfo es de primer orden. El señor
Barsad, a sueldo hoy del Gobierno revolucionario francés, sirvió, no
ha mucho tiempo, al Gobierno aristocrático inglés, enemigo jurado de
Francia y de sus libertades; me parece que acabo de enseñar otra carta
que difícilmente se -falla-. Si ahora entramos en el terreno de las
sospechas y deducciones, encontraremos una, clara como la luz del sol,
sospecha que expresaré con las palabras siguientes: el señor Barsad,
soplón asalariado del Gobierno aristocrático inglés, lo es al mismo
tiempo de Pitt, enemigo artero que herirá a la República en medio del
corazón, inglés traidor, agente, instrumento, autor de todas esas
indignidades de que todo el mundo habla y nadie es capaz de probar.
Este es un triunfo que casi asegura la partida. ¿Va usted siguiendo mi
juego, señor Barsad?
--Voy haciéndome cargo de la importancia de las cartas, pero aun ignoro
cómo piensa usted jugarlas--contestó el espía visiblemente intranquilo.
--Principio jugando el triunfo siguiente: Denuncia contra el llamado
Barsad ante el Comité del distrito más próximo. Vea usted sus cartas,
Barsad, y juegue... sin precipitaciones, que nadie nos corre.
Tomó de nuevo la botella, se sirvió otra copa, la bebió con calma
imperturbable y esperó. Vió que el espía temía que de las libaciones
resultase una denuncia inmediata, y, sin duda para acrecentar el temor,
se sirvió y apuró la cuarta copa.
--Tómese todo el tiempo que quiera, Barsad, no sea que pierda la
partida a la primera jugada.
Era Barsad adversario más débil de lo que Carton había supuesto. A
decir verdad, en su juego tenía cartas muy malas, y él lo sabía,
aunque no lo supiese Carton. Sabía, por ejemplo, que, destituído de su
honroso cargo en Inglaterra, como resultados de imperdonables torpezas
cometidas en el ejercicio de aquél, atravesó el Canal y ofreció sus
servicios en Francia, donde fueron aceptados, al principio, para
tentar y sonsacar a sus compatriotas, y más tarde, para tentar y
sonsacar a los franceses. Sabía que, durante el gobierno derribado,
estuvo encargado de vigilar el barrio de San Antonio y la taberna de
Defarge; que recibió de la policía los datos necesarios acerca del
cautiverio, libertad e historia del doctor Manette, merced a los cuales
creyó que conseguiría hacerse amigo confidencial de los Defarges,
aunque muy pronto hubo de convencerse de que, en algunas ocasiones,
el que va por lana vuelve trasquilado. Siempre recordó con terror que
aquella tabernera terrible había hecho calceta mientras él intentaba
sonsacarla, y se echaba a temblar cada vez que se acordaba de que le
miraba con expresión sombría mientras sus dedos se movían vertiginosos.
Habíala visto desde entonces infinidad de veces en el distrito de San
Antonio, armada de sus registros hechos a punto de media y denunciando
personas cuyas cabezas no tardaba en cercenar la guillotina. Sabía,
como lo saben todos los que ejercen empleos como el suyo, que sobre su
cabeza rugía a todas horas la tormenta; que su cabeza corría peligro,
que la fuga era imposible, que por momentos acercaba su pescuezo a la
cuchilla, y que, pese a los servicios prestados a la causa del terror
imperante, una sola palabra bastaba para llevarle al patíbulo. No bien
le denunciasen, fulminando contra él todos o parte de los gravísimos
cargos que acababan de insinuarle, comprendió que aquella formidable
mujer, de cuyo carácter implacable había visto pruebas sobradas,
exhibiría el registro fatal que disiparía la última posibilidad de
salvación. Unase a esto la ley, mil veces comprobada, de que todos los
soplones, todos los delatores secretos, son cobardes por temperamento,
hombres que se amedrentan sin dificultad, y se comprenderá la la
disposición de ánimo en que quedó Barsad.
--Parece que no son muy de su gusto sus cartas--dijo Carton con la
calma de siempre.--¿No juega usted?
--Creo, señor--respondió Barsad, volviéndose hacia Lorry y hablando con
humildad rastrera,--que me veo en el caso de solicitar de un caballero
de sus años y de su benevolencia el favor de que recabe de este otro
caballero, mucho más joven que usted, que desista de jugar la carta
de que acaba de hablarme. Confieso que soy un espía, y reconozco que
el oficio a nadie honra, aunque me admitirán ustedes que alguno ha de
desempeñarlo; pero este caballero no es espía, este caballero no es
delator; y puesto que ahora no lo es, ¿que necesidad tiene de serlo en
lo sucesivo?
--Jugaré mi carta, señor Barsad--dijo Carton, sin esperar a que
contestase Lorry,--sin el menor escrúpulo y dentro de cinco minutos.
--Yo había dado cabida a la esperanza, señores, de que, por
consideración a mi hermana...
--El mayor favor que podemos hacer a su hermana, es librarla para
siempre de un hermano como usted--replicó Carton.
--¿Lo cree usted así, señor?
--Estoy convencidísimo de ello.
El espía, con toda su humildad, que tanto contrastaba con su
indumentaria de terrorista y probablemente con su manera ordinaria
de ser, recibió golpe tan rudo de la inescrutabilidad de Carton, que
siempre fué un misterio para hombres más honrados y más listos que
él, que vaciló, tembló, y se dió por perdido. Mientras desconcertado,
estupefacto, callaba sin saber cómo salir del atolladero, repuso Carton:
--Estoy examinando otra vez mis cartas, y encuentro una, tan buena
como las enumeradas, de la que no había hecho mención. ¿Quién es aquel
colega suyo, que hablaba como quien toda su vida se la ha pasado
paciendo en las cárceles?
--Es un francés; no le conoce usted--respondió vivamente el espía.
--¿Francés, eh?--exclamó Carton, como si no pensase en lo que estaba
diciendo--puede ser.
--Lo es... se lo aseguro... aunque eso es lo de menos--dijo el espía.
--Aunque eso es lo de menos...--repitió Carton como
maquinalmente--aunque eso es lo de menos... Sí... es lo de menos...
Pero es el caso que yo conozco esa cara.
--Creo que no... Desde luego aseguro que no... No es posible...
--No es posible...--murmuró Carton, llenando por quinta vez su copa,
que por fortuna era pequeña.--No es posible... Habla francés con
corrección... pero con acento ligeramente extranjero...
--Acento provinciano--explicó el espía.
--¡No! ¡Acento extranjero!--replicó Carton, descargando un puñetazo
sobre la mesa.--¡Es Cly! ¡Disfrazado, desfigurado, pero el mismísimo
Cly! Lo he tenido muchas veces ante mi vista en el Old Bailey.
--Se arrebata usted con facilidad, señor--dijo Barsad con sonrisa que
acentuó la inclinación hacia un lado de su nariz aguileña,--lo que pone
en mis manos una ventaja sobre usted. Cly, mi colega en otro tiempo, no
tengo inconveniente en confesarlo, murió hace una porción de años. Le
cuidé yo mismo durante su última enfermedad. Fué enterrado en Londres,
en el cementerio de la parroquia de San Pancracio. No le acompañé hasta
el cementerio, porque temí a las muchedumbres, pues mi amigo y colega
tuvo la desgracia de hacerse extraordinariamente impopular; pero ayudé
a los que le encerraron en el ataúd.
De pronto Lorry vió proyectada en la pared la sombra de un trasgo o
cosa análoga. Volvió la cabeza buscando el origen de la proyección, y
con sorpresa que no es para ser descrita, advirtió que estaba en la
cabeza de Jeremías -Lapa-, cuyos cabellos, semejantes a aceradas púas,
se habían puesto de punta.
--Póngase usted en razón, señor, y no se deje engañar por suspicacias
que no tienen base racional--repuso el espía.--Para demostrar a
usted cuán engañado está, y la ninguna base de su suposición, voy a
presentarle un certificado en regla de la defunción de Cly, certificado
que siempre llevo en el bolsillo. Tómelo usted--añadió, ofreciendo a su
interlocutor un papel doblado.--¡Léalo, léalo... tómelo en sus manos,
examínelo con detenimiento... no es falso, no, sino auténtico y muy
auténtico!
Lorry observó que la sombra proyectada en la pared se prolongaba. Era
que -Lapa- se había levantado del asiento y se aproximaba al espía, a
cuyo lado se colocó sin ser visto ni oído por él. Poniendo su diestra
sobre el hombro de Barsad, preguntó:
--¿Conque fué usted el que puso a Rogerio Cly dentro del ataúd?
--Yo fuí; sí.
--¿Y quién le sacó de él?
Barsad, echándose sobre el respaldo de su silla, balbuceó:
--¿Qué significan sus palabras?
--Significan--contestó -Lapa---que el cadáver de Cly nunca estuvo
dentro del ataúd. ¡No... y no! ¡Que me corten la cabeza si estuvo!
El espía miró alternativamente a los dos caballeros, los que, a su vez,
contemplaban con estupefacción infinita a -Lapa-.
--Y añado--repuso Jeremías -Lapa---que enterrasteis adoquines de calle
y tierra dentro de aquel féretro. No me venga aquí con monsergas ni
con pretensiones de hacerme creer que enterraron a Cly, que yo, y dos
hombres más, sabemos muy bien lo que había dentro del ataúd.
--¿Pero cómo lo sabe usted?
--¿Y a usted qué le importa?--gruñó -Lapa-.--Hace mucho tiempo que
aborrezco a usted, sí, señor, porque hasta en asuntos tan graves
como la muerte se atreve a engañar a menestrales honrados que sólo
ambicionan trabajar. ¡Sepa usted, señor mío, que por menos de media
guinea lo agarraría por el pescuezo y lo estrangularía!
Tanto Carton como Lorry, cuyo asombro había llegado al colmo, rogaron a
Jeremías -Lapa- que se moderase y que les explicase lo que para ellos
era enigma de imposible solución.
--Otro día lo haré, señor--replicó -Lapa-, poco propicio a dar las
explicaciones que se le pedían,--que no es esta ocasión conveniente
para entrar en explicaciones. Lo que yo quiero dejar sentado es que
ese individuo sabe muy bien que Cly no pensó nunca en ser encerrado en
aquel ataúd. Que se atreva a repetirlo ese embustero, y lo ahogo entre
mis zarpas o salgo corriendo a delatarlo.
--¡Hum!--gruñó Carton.--Me encuentro con otro triunfo, Barsad. Aquí
en París, donde se respira la atmósfera de las sospechas, bien seguro
es que no sale con vida de una denuncia el que, como usted, sostiene
relaciones estrechas con otro espía aristócrata de su misma calaña,
sobre quien pesa el misterio de haberse fingido muerto y enterrado
para resucitar contra todas las leyes divinas y humanas. Maquinaciones
contra la República fraguadas por extranjeros que la República tiene
a sueldo... ¡Malo, malo! Es un triunfo muy grande... el triunfo de la
Guillotina, Barsad. ¿No juega usted?
--¡No! ¡No juego!--contestó el espía.--¡Me rindo! Confieso que nos
habíamos hecho tan impopulares con la vil gentuza, que yo logré escapar
de Inglaterra donde corría riesgo de ser ahorcado, y Cly se vió tan
comprometido, que si no se muere es bien cierto que ni por los aires
habría podido salir. Lo que me maravilla, lo que me aturde, lo que me
vuelve loco, es que ese hombre sepa que Cly no fuera enterrado. ¿Cómo
lo averiguó?
--No se caliente usted los cascos, señor mío--contestó -Lapa---Harto
hará con prestar atención a lo que éstos caballeros le dicen. Pero
no olvide que por menos de media guinea le estrangulo con mis propias
manos.
El mirlo del verdugo se volvió hacia Carton, y dijo con decisión que
hasta aquel instante no había tenido:
--Entro de servicio dentro de muy poco, y no me es posible entretenerme
más. Me dijo usted que deseaba hacerme una proposición; ¿tiene la
bondad de formularla? Principiaré por decirle que no me pida grandes
cosas, que no pretenda exigirme nada que esté reñido con mi cargo, nada
que ponga mi cabeza en mayor riesgo del que ahora corre, pues prefiero
abandonar mi vida a las contingencias de una negativa que a las de
un consentimiento. Antes habló usted de una partida desesperada; ya
estamos todos desesperados; por mi parte, confieso que lo estoy como
el que más. Otra cosa; sin el menor escrúpulo delataré a usted si veo
que me conviene, pues cuando se hunde la casa, uno busca salida entre
los montones de ruinas. Hechas estas advertencias, que conviene que no
pierda usted de vista, dígame qué desea de mí.
--Muy poca cosa. ¿No es usted calabocero de la Conserjería?
--En vez de contestar su pregunta, le diré que no hay escape
posible--replicó con entereza el espía.
--Y yo exijo que conteste lo que acabo de preguntar.
--Lo soy algunas veces.
--¿Puede serlo cuando quiere?
--Puedo entrar y salir de la Conserjería cuando quiero.
Carton llenó otra copita de licor, la vertió gota a gota en el suelo, y
al cabo de algunos instantes de reflexión dijo:
--Hasta aquí, hemos hablado en presencia de estos dos señores, porque
me convenía que alguien, además de nosotros dos, tuviera noticia del
valor de las cartas que tengo, pero lo que falta, es cosa que debe
quedar entre usted y yo. Acompáñeme a esa habitación, donde cambiaremos
las pocas palabras que faltan.
IX
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