sus ojos sanguinolentos.--¿Queréis un centinela? ¡Aquí le tenéis! ¡Es un soldado de nuestros enemigos! Y allí quedó el centinela, balanceándose lúgubremente, mientras el populacho se alejaba rugiendo. Era un mar de aguas negras y amenazadoras, un mar cuyas olas llevaban aparejada en cada uno de sus movimientos la destrucción, mar de profundidad insondable, mar cuyas fuerzas nadie conocía. Un mar abroquelado contra el aguijón del remordimiento, mar de agitaciones turbulentas, de gritos de venganza, de corazones endurecidos en los hornos del sufrimiento, sobre cuya diamantina superficie resbalaba la piedad sin dejar la huella más insignificante. Pero en aquel océano de caras, vivo reflejo de todas las furias, de todas las violencias, podían observarse dos grupos de rostros, cada uno de ellos formado por siete, rostros que se destacaban de entre las hirvientes olas humanas que los arrastraban, restos náufragos como jamás han flotado sobre mar alguno. Sobre las cabezas de las muchedumbres se veían siete rostros de prisioneros sacados inopinadamente de sus tumbas por la tromba humana que las visitó, siete rostros espantados, pasmados, aturdidos, cual si fueran llevados al suplicio en hombros de regocijados demonios; y otras siete caras, llevadas más en alto, siete caras muertas, cuyos párpados caídos y ojos medio cerrados esperaban la llegada del día del Juicio; caras impasibles cuya vida no parecía extinguida, sino suspendida, caras que parecía que iban a alzar nuevamente los párpados y a abrir los labios cubiertos de sangre para decir: «¡Tú me asesinaste!» Siete prisioneros libertados, siete cabezas sangrientas llevadas como horribles trofeos en los hierros de las picas, las llaves de la maldecida fortaleza de las ocho fuertes torres, algunas cartas, unos cuantos memoriales de prisioneros antiguos muertos de dolor largos años antes... y algo más por el estilo, recorrían las calles de París en medio de numerosísima escolta, un día de mediados de julio del año de mil setecientos ochenta y nueve. ¡Quiera el Cielo alejar de la vida de Lucía Darnay el eco de los pasos de la escolta en cuestión! Porque son ecos de pasos precipitados, de pasos duros, de pasos peligrosos que penetran violentamente en el centro vital de alguien, ecos producidos por pies que años antes se tiñeron de rojo a raíz de haberse roto una barrica cerca de la puerta de la taberna de Defarge, y cuando de rojo se tiñen esos pies, difícilmente se limpian. XXII SUBE LA MAREA Sólo durante una semana había endulzado el terrible San Antonio las asperezas del pan duro y amargo que llevaba a la boca, sólo durante una semana había tenido la satisfacción de hacer cuanto le viniera en gana y de alternar sus expansiones con sendos abrazos fraternales y cordiales felicitaciones. La señora Defarge presidía desde su sitio de costumbre a sus parroquianos. Ya no lucía una rosa en la cabeza, pues la gran cofradía de los espías se había hecho tan circunspecta en el breve lapso de siete días, que ni por milagro se encontraba uno dispuesto a confiarse a los tiernos cuidados del Santo. Los faroles de aquellas calles ejercían sobre ellos influencia portentosa. Cruzada de brazos contemplaba la señora Defarge desde detrás del mostrador la calle, a la par que vigilaba su establecimiento. Ni en éste ni en aquélla faltaban nutridos grupos de holgazanes, escuálidos y harapientos, pero con caras que reflejaban el poderío que sobre sus miserias habían entronizado. Hasta el gorro más sucio y desgarrado, mirando ceñudo desde lo alto de la cabeza que medio cubría, parecía decir: «Sé cuán dura hicísteis para mí la vida: ¿pero sabéis vosotros lo fácil que para mí se ha hecho arrancar la regalada y feliz que lleváis?» Todos los brazos desnudos que hasta entonces habían carecido de trabajo, lo tenían ya ahora abundante y perpetuo: herir, matar. Los dedos de las mujeres, ocupados hasta entonces en hacer calceta, habíanse aficionado a otros menesteres desde que se persuadieron de que sabían desgarrar. San Antonio había sufrido radical transformación: la imagen, después de cientos de años de tranquilidad, se ponía en movimiento y descargaba golpes aterradores. Todo esto lo observaba la señora Defarge desde detrás del mostrador de su establecimiento con la complacencia del jefe de las mujeres de San Antonio. Una de sus hermanas hacía media a su lado. Era una mujer baja de estatura y su poquito rechoncha, casada con un tendero y madre de dos hijos por añadidura, que se había conquistado el glorioso sobrenombre de «La Venganza». --¡Atención!--exclamó La Venganza--¿Quién viene? Cual si hubieran puesto fuego a un reguero de pólvora que se extendiera desde las fronteras de los dominios de San Antonio hasta la taberna de Defarge, así llegaron hasta la tienda rumores, nacidos muy lejos, y propagados con rapidez vertiginosa en todas direcciones. --¡Es Defarge!--dijo la tabernera.--¡Silencio, patriotas! Entró Defarge jadeante, sin alientos; arrancó de su cabeza el gorro rojo que la adornaba, y tendió rápidas miradas en torno suyo. --¡Atención todos!--gritó la tabernera.--¡Escuchadle! Defarge había quedado en el umbral, contemplando el mar de ojos abiertos y de bocas más abiertas todavía que llenaba la calle. Las personas que había dentro de la taberna se pusieron en pie. --¡Habla, Defarge!--repuso la tabernera.--¿Qué pasa? --¡Noticias del otro mundo! --¿De veras?--preguntó su mujer, poniendo en sus palabras fuerte entonación sarcástica.--¿Del otro mundo? --¿Os acordáis todos de aquel individuo llamado Foulon, que dijo al pueblo hambriento que comiera hierba, y que procurase morirse pronto y largarse a los infiernos? --¡Sí...!--gritaron las turbas al unísono. --A él se refieren mis noticias. Lo tenemos entre nosotros. --¡Entre nosotros!--rugieron todos.--¿Muerto? --No; está vivo. Tal era el terror que nos tenía... y con razón, que se hizo pasar por muerto y mandó que le hicieran soberbios funerales. Pero se le ha encontrado vivo, escondido en el campo, y le han traído aquí. Acabo de verle en este instante mientras le llevaban prisionero al -Hôtel de Ville-. He dicho que con razón nos temía... ¡Decidme...! ¿-Nos temía- con razón? La sangre de aquel pecador antiguo se habría congelado si hubiese llegado a sus oídos el feroz grito que salió de las fauces del monstruo. Siguieron unos momentos de silencio profundo. Defarge y su mujer se miraron mutuamente con fijeza espantosa; quedó inmóvil La Venganza, y un tambor redobló a lo lejos mientras detrás del mostrador sonaba un rumor como de pies que se movían. --¡Patriotas!--gritó Defarge con voz resuelta.--¿Estamos listos? Inmediatamente apareció el largo cuchillo en la cintura de la tabernera, redoblaron tambores por las calles, cual si ellos y los que golpeaban sus parches hubiesen brotado por artes mágicas, y La Venganza, lanzando feroces alaridos, suelto el pelo y agitando los brazos sobre su cabeza, semejante, no a una, sino a las cuarenta Furias juntas, corría de casa en casa excitando a las mujeres. Terrible era la expresión de los hombres que, sedientos de sangre, asomaban sus cabezas por las ventanas; más terrible todavía la de los que, empuñando las armas más mortíferas de que podían disponer, salían de las puertas de las casas y se desparramaban furiosos por las calles; pero la de las mujeres, bastaba para helar la sangre del hombre más impávido. Abandonando las ocupaciones domésticas impuestas por su miseria, dejando en el desamparo, tendidos sobre el duro suelo a sus viejos y a sus hijos, desnudos y pereciendo de hambre, salían a la calle, suelto el cabello, atropellándose unas a otras, aullando como fieras enloquecidas y obrando como tales. --¡Muera Foulon, que me robó a mi hermana! --¡Muera el villano Foulon, que robó a mi madre! --¡Muera el canalla Foulon, que me robó a mi hija! Otras, en grupos numerosos, penetraban entre las que lanzaban los gritos anteriores y, golpeando con saña sus pechos y mesándose los cabellos, vociferaban: --¡Foulon vivo! ¡No debe vivir el que dijo al pueblo hambriento que comiera hierba! ¡No puede vivir el demonio que me dijo que diera hierba a mi madre cuando me faltase el pan! ¡No vivirá el monstruo que me dijo que diera a chupar hierba, cuando mis pechos, secos por el hambre, no pudieran proporcionarle la leche que para vivir necesitaba! --¡Virgen Santa!--exclamaban otras.--¡Escúchame, hijo mío, desde el otro mundo al que te llevó el inhumano Foulon! ¡Escúchame, padre mío, muerto de hambre por su causa! ¡Por vuestros huesos, por vuestra alma, juro dejaros vengados en la persona de Foulon! --¡Maridos... dadnos la sangre de Foulon! ¡Padres jóvenes, dadnos la cabeza de Foulon! ¡Hermanos, dadnos el corazón de Foulon! ¡Patriotas mozos, dadnos el cuerpo y el alma de Foulon, haced pedazos el cadáver miserable de Foulon, enterradlo, para que abone la tierra y crezca sobre sus restos la hierba que nos aconsejaba que comiéramos! Estos y otros gritos no menos espantosos excitaban hasta el frenesí a no pocas mujeres que, después de correr con furia insana, de aullar como fieras y de golpear y arañar a sus mismos amigos, rodaban por el suelo con los ojos fuera de las cuencas y espumeantes las bocas. Gracias a que sus parientes o amigos las alzaban, no morían aplastadas bajo los miles de patas de las fieras. No se perdió un momento. Foulon estaba en el -Hôtel de Ville- donde acaso le pusieran en libertad... ¿Toleraría San Antonio semejante burla? ¡Jamás, si no había perdido la noción de su dignidad, la memoria de sus sufrimientos, de sus insultos, de sus injusticias! Río desbordado de hombres armados y de mujeres desgreñadas rebasó bien pronto el lecho del distrito arrastrando consigo a toda criatura humana criada a los secos pechos de San Antonio, con excepción solamente de algunos viejos decrépitos y de unos cuantos niños incapaces de andar. Ya han penetrado las turbas en la sala donde toman declaración al viejo, que habrá sido tal vez un desalmado, pero que en en aquellos instantes era digno de compasión. En lugar preferente, en primera fila, a poca distancia del preso, se hallan los Defarges, marido y mujer, La Venganza y Santiago Tercero. --¡Miradle!--grita la tabernera, señalándole con la punta del cuchillo.--¡Ahí tenéis al viejo villano amarrado con cuerdas! ¡No estaría de más atarle un haz de hierba a la espalda! ¡Ja, ja, ja, ja! ¡Es lo mejor que podemos hacer... obligarle a comer hierba! La tabernera colocó su cuchillo bajo el brazo y se aplaudió a sí misma. Como las gentes que estaban colocadas de espaldas de la señora Defarge se apresuraron a explicar a los que les seguían la causa de la satisfacción de aquélla, y la explicación cundió de oído en oído como reguero de pólvora, pronto sonaron aplausos ensordecedores en la sala, en la calle y en las plazas inmediatas. De la misma manera, todas las expresiones de impaciencia pronunciadas por la señora Defarge durante dos o tres horas, fueron transmitidas con rapidez pasmosa a gran distancia. No es de admirar: hombres dotados de agilidad excepcional treparon por la fachada del edificio, aprovechando los adornos arquitectónicos que la cubrían, hasta encaramarse a los alféizares de las ventanas, desde donde veían y oían perfectamente a la señora Defarge y hacían oficio de telégrafo entre aquélla y el pueblo que rugía fuera. El sol subió tanto, que al fin lanzó sobre la cabeza del viejo un rayo alegre de confianza o de protección. Nubes de polvo se alzaron a lo lejos; ruido de furioso galopar de caballos trajo el aire entre sus ondas; pero San Antonio estaba despierto, San Antonio velaba, y sus ojos perspicaces vieron las nubes de polvo, y sus oídos delicados oyeron el retumbar de los cascos de los caballos. Defarge salvó de un salto la balaustrada y la mesa, y estrechó en mortal abrazo al desventurado viejo. Siguió la tabernera como esposa fiel a su marido, y agarró una de las cuerdas que agarrotaban al preso. Antes que La Venganza y Santiago Tercero tuvieran tiempo para reunírseles, antes que los hombres encaramados en las ventanas pudieran saltar a la sala, la ciudad entera parecía gritar con cientos de miles de bocas: --¡Es nuestro...! ¡Al farol! Derribado en tierra y vuelto a levantar, obligado a bajar arrastrando aquella escalera fatal, unas veces de cabeza, otras de rodillas, ora de bruces y ora de espaldas, brutalmente golpeado y herido, sofocado a consecuencia de los manojos de hierba y de paja que cientos de manos introducían violentamente en su boca, destrozado, molido, perdiendo la sangre a chorros, el desdichado no cesaba un instante de pedir compasión. Sus agonías aumentaron cuando las fieras más inmediatas a su persona se separaron para que nadie se privara del placer de contemplarle, y llegaron al último límite al ver que le ataban por los pies a un tronco y le llevaban a la esquina inmediata, donde había un farol. Allí le soltó la señora Defarge, semejante al gato que juega con un ratoncillo, y le miró con calma espantosa y sin despegar los labios, mientras los hombres ultimaban los preparativos, sin que las súplicas que el infeliz le dirigía hicieran mella en su pecho. Izáronle, y se rompió la cuerda... Dos veces ocurrió lo mismo, hasta que al fin, una cuerda, más compasiva que los hombres, resistió y puso fin a sus padecimientos. San Antonio bailaba momentos después en derredor de una cabeza, clavada en una pica, de cuya boca salían manojos de hierba y de paja. No terminó allí la jornada. Tanto gritó San Antonio, tanto bailó, que su sangre ardiente se encendió de nuevo a la caída de la tarde, al saber que un yerno del viejo caído bajo sus iras, otro de los enemigos y ofensores del pueblo, llegaba a París con una escolta de quinientos hombres montados. San Antonio escribió la relación de sus crímenes en hojas de papel tinto en sangre, acometió a la escolta... y minutos después recorría las calles alegre procesión llevando clavados en picas los trofeos de la jornada: ¡dos cabezas y un corazón! Hasta que cerró la noche no pensaron aquellos hombres y aquellas mujeres en los viejos o en los niños que dejaran en sus casas abandonados y sin pan. Las míseras panaderías se vieron sitiadas por interminables filas de personas que aguardaban les llegase el turno para comprar un mísero mendrugo de mal pan, y mientras esperaban con los estómagos vacíos, festejaban sus triunfos abrazándose unos a otros y charlando sin cesar. Gradualmente fueron acortándose las filas, que al fin desaparecieron: entonces brillaron algunas luces mortecinas en el interior de las casas y se encendieron en las calles algunas hogueras donde los más miserables guisaban en común la gazofia que luego comían en sus hogares respectivos. Aquellas cenas eran pobres e insuficientes, puras de carne y limpias de salsas y de condimento, y, sin embargo, los ojos de los que comían viandas tan poco apetitosas dejaban escapar destellos de alegría. Padres y madres que habían tomado parte activa en la jornada jugueteaban alegres con sus macilentos hijos, y los enamorados, no obstante la cerrazón del cielo, amaban y esperaban. Estaba muy próximo el día cuando se retiraron los parroquianos de la taberna de Defarge, quien, mientras cerraba la puerta, dijo a su mujer: --Al fin llegó, querida. --Sí... casi--replicó la señora. Durmió San Antonio, durmió Defarge, hasta La Venganza durmió junto a su famélico tendero, y durmieron también los tambores. Eran éstos la única voz de San Antonio que no cambiaba, que siempre sonaba lo mismo. Si La Venganza, a cuyo cargo estaban, los hubiera despertado, bien seguro es que hubiesen pronunciado el mismo discurso que pronunciaron cuando cayó la Bastilla, el mismo que pronunciaron cuando fué decapitado Foulon. XXIII EL INCENDIO ADQUIERE INCREMENTO. Han sobrevenido cambios importantes en la aldea de la cual salía todos los días el peón caminero para arrancar a las piedras que cubrían los caminos el mendrugo de pan que mantenía su alma ignorante ligada a su enflaquecido cuerpo. La prisión del tajo no era ya tan formidable como antes. La guardaban soldados, pero pocos en número; guardaban oficiales a los soldados, pero ignoraban qué harían los soldados, pues si algo sabían, era... que se guardarían muy bien de hacer lo que ellos les ordenasen. Todo el territorio que alcanzaba la vista era una estepa desolada. La hierba que cubría los caminos y los campos, las plantas que en éstos germinaban, eran tan pobres y raquíticas como el mismo pueblo. Plantas dobladas, derribadas, aplastadas... hombres de espaldas encorvadas, hombres descorazonados, oprimidos... la miseria en las habitaciones, la miseria en las cercas de las huertas, la miseria en los animales domésticos, la miseria en los hombres, en las mujeres, en los niños, la miseria en el suelo sobre el cual todos asentaban sus pies. El señor, casi siempre caballero dignísimo considerado como individuo, era una bendición nacional, daba tono a las cosas, constituía por sí solo un ejemplo elocuente de vida brillante y fastuosa; pero el señor, considerado como institución, como clase, había creado aquel estado deplorable de cosas. ¡Extraño fenómeno que el mundo, sacado de la nada para gusto y regalo del señor, quedara tan pronto exprimido y sin una gota de jugo! Y, sin embargo, así era. El señor, no encontrando ya una gota de sangre que chupar, no viendo nada en que poder morder, comenzaba a dar la espalda a un fenómeno tan bajo como inexplicable. Pero no estribaban precisamente en eso los cambios importantes sobrevenidos en la aldea y en muchas otras aldeas parecidas. Docenas de años atrás el señor estrujaba y exprimía al pueblo sin que se le ocurriera honrarle con su graciosa presencia más que muy contadas veces, y aun éstas, para entregarse a los placeres de la caza... fuera ésta de hombres, fuera de animales. No. Consistía el cambio en la aparición de caras de baja estofa más que en la desaparición de las caras de la clase alta. Por el tiempo a que nos referimos, cuando el solitario peón caminero trabajaba revolviendo la tierra, sin ocurrírsele pensar que era polvo y que en polvo había de convertirse, pues casi sus pensamientos giraban siempre sobre lo poco que para cenar encontraría en su casa, y lo mucho que comería si lo tuviese, en aquellos tiempos, si levantaba los ojos del suelo y los tendía a lo largo del camino, no era imposible que tropezaran con hombres de rudo aspecto, muy raros antes en aquellos lugares y muy frecuentes ahora. A medida que aquéllos se aproximaban al caminero, veía éste que se trataba por regla general de individuos de ásperas cerdas y aspecto casi bárbaro, altos, calzados con zuecos, de mirar feroz, cubiertos de barro y de polvo, como quien ha pisado muchos caminos. Uno de estos ejemplares se apareció de improviso al caminero, un día del mes de julio a eso de las doce, mientras se encontraba sentado al abrigo de una pared, para resguardarse del granizo que las nubes enviaban en abundancia. El desconocido le miró, paseó a continuación sus ojos por la aldea que dormía en la hondonada, por el molino y por la prisión que se alzaba sobre el tajo, y cuando hubo identificado todos aquellos objetos, preguntó, en dialecto que apenas era inteligible: --¿Qué tal, Santiago? --Muy bien, Santiago. --¡Chócala! Los dos interlocutores cambiaron un apretón de manos. --¿No hay comida? --Cena nada más--respondió el caminero con cara de hambre. --Es la moda--gruñó el desconocido.--No encuentro a nadie que coma. Seguidamente sacó una pipa ennegrecida, la cargó y encendió, y a continuación, dejó caer sobre ella algo que tenía entre los dedos pulgar e índice. De la pipa brotó una llamarada y una nubecilla de humo. --¡Chócala!--exclamó el peón caminero, después de observar con mirada atenta las operaciones referidas. Los interlocutores cambiaron el segundo apretón de manos. --¿Esta noche?--preguntó el caminero. --Esta noche--contestó el desconocido, llevando la pipa a la boca. --¿Dónde? --Aquí. Ambos permanecieron sentados sobre el montón de piedras, mirándose el uno al otro, hasta que cesó de granizar y se aclaró el cielo. --Instrúyeme--dijo entonces el viandante, dirigiéndose a la cresta de la colina. --Mira--contestó el caminero, con el brazo extendido,--baja a la hondonada, entrarás por la calle, pasarás la fuente... --¡Al diablo la calle y la fuente!--exclamó el desconocido con impaciencia.--Ni quiero entrar en calle alguna ni pasar junto a fuentes. --Sobre dos leguas más allá de la cumbre de la loma que se alza sobre la aldea. --Corriente. ¿Cuándo dejas el trabajo? --A puestas de sol. --¿Querrás despertarme antes de irte? Dos noches con sus días hace que viajo sin descansar ni dormir. Acabaré de fumar esta pipa y dormiré como un bienaventurado... ¿Me despertarás? --Con mucho gusto. El viandante fumó su pipa, la guardó en el pecho, se quitó los zuecos y se tendió boca arriba sobre el montón de piedras. Segundos después dormía profundamente. Extraña fascinación ejercía el bulto del viajero tendido sobre el montón de piedras sobre el peón caminero, cuyo gorro ya no era azul, como antaño, sino rojo. Entregado a su ruda tarea, con tal frecuencia volvía hacia el durmiente sus ojos, que puede decirse que manejaba sus herramientas de una manera mecánica y con escasos resultados. La faz bronceada, la revuelta cabellera negra y espesa barba del mismo color, el gorro rojo hecho de lana burda, el traje de paño tosco, la constitución robusta ligeramente atenuada por las privaciones y la compresión rígida y violenta de los labios del viandante, llenaban de temor al caminero. Grandes distancias debía haber recorrido el desconocido, a juzgar por sus pies llagados y sus tobillos escoriados y sangrando. El caminero intentó ver si el dormido llevaba o no armas, pero en vano, pues se lo impedían los brazos del durmiente, cruzados sobre el pecho. Plazas fuertes, recintos murados, fosos profundos, puentes levadizos debían ser obstáculos de poca monta para hombres como aquél; y cuando el caminero, separando de él los ojos, los alzó y paseó en torno suyo, creyó ver con los de la imaginación hombres parecidos que, ciegos a los obstáculos, corrían decididos desde la periferia hacia el centro de Francia. El desconocido continuaba durmiendo, indiferente a las granizadas que de tanto en tanto caían, indiferente a los besos del sol ardiente e indiferente a las sombras. No despertó, no se movió hasta que, puesto el astro del día, el caminero le despertó, después de reunir todas sus herramientas para emprender el regreso a la aldea. --Muy bien--dijo el desconocido incorporándose.--¿Dices que dos leguas más allá de la cresta de la colina que domina a la aldea? --Poco más o menos. --Poco más o menos... Está bien. Volvió el caminero a su casa, siguiendo a la nube de polvo que levantaban sus pies y empujaba el viento que soplaba por sus espaldas, y no tardó en encontrarse junto a la fuente entre apretados rebaños de vacas flacas llevadas allí para beber. No se recogió la aldea en sus pobres camas, como de ordinario, después de engullirse sus míseras cenas, sino que se echó a la calle y en ella permaneció. Todos hablaban en voz muy baja, cual si murmurar al oído se hubiese puesto en moda, y todos tenían clavados los ojos en el horizonte, siendo lo más curioso del caso que todos miraban en la misma dirección. Comenzó a sentir extrañas inquietudes el señor Gabelle, autoridad primera de la aldea, quien después de subir al terrado de su casa y mirar desde allí hacia el punto del horizonte que tanta fascinación parecía ejercer sobre los tranquilos habitantes de la aldea, y de examinar parapetado detrás de la chimenea las caras sombrías de los que en rededor de la fuente estaban congregados, envió a decir al sacristán, encargado de la custodia de las llaves de la iglesia, que quizá aquella noche hubiese necesidad de repicar la campana de alarma. Cerró la noche, negra, tétrica, siniestra. Las copas de los árboles gigantes que rodeaban al castillo se balanceaban al soplo del viento y semejaban prodigiosas mazas manejadas por titanes invisibles contra la ingente masa de piedra. El agua caía a torrentes. Las dos escaleras monumentales que se encontraban en la terraza parecían torrentes desbordados cuyo turbulento caudal chocaba con estruendo contra la puerta principal, semejante a rápido mensajero que intenta despertar a los que duermen dentro. El vendaval penetraba por las espaciosas galerías, azotaba las lanzas, espadas, cuchillos y picas que decoraban sus paredes, y, subiendo por la escalera, agitaba las cortinas del lecho sobre el cual había reposado el último Marqués. Bultos confusos, procedentes de Oriente y de Poniente, del Septentrión y del Mediodía, hollaban la crecida hierba del bosque y avanzaban cautelosos hacia el patio del castillo, donde se reunían. Brotaron cuatro luces que se movieron en direcciones opuestas, y todo volvió a quedar negro segundos después. La obscuridad duró poco. El castillo comenzó a brillar con luz propia, cual si fuerzas sobrenaturales le hubiesen de pronto convertido en castillo luminoso. Por detrás de la robusta fachada corrían regueros encendidos que no tardaban en manifestarse por cuantos sitios transparentes ofrecía aquélla y en poner de relieve la situación y forma de las balaustradas, de los arcos y de las ventanas. Subían... subían más altas las llamas, y la inmensa hoguera adquiría por momentos mayor extensión y brillantez. No tardaron en brotar chorros de fuego por veinte grandes ventanas a la vez, y en despertar a los centinelas de piedra, de cuyos rostros desapareció la impasibilidad para ser substituída por el asombro. En la casa aneja al castillo ensillan a toda prisa un caballo, que parte a galope tendido hendiendo las tinieblas de la noche y no tarda en llegar, cubierto de espuma, a la plaza de la aldea, haciendo alto frente a la puerta de la casa del señor Gabelle. --¡Auxilio, Gabelle... auxilio, todos!--grita el asustado jinete. Toca a rebato la campana de alarma, pero fuera de este auxilio, dado caso que lo fuera, el jinete no recibe ninguno. Cruzados de brazos junto a la fuente contemplando la inmensa hoguera proyectada contra el cielo está el peón caminero entre un grupo de unos doscientos cincuenta amigos particulares suyos. --Se elevan a unos cuarenta pies de altura--es el único comentario que hacen, pero nadie se mueve. El mensajero del castillo hunde las espuelas en los ijares del caballo cubierto de espuma y desaparece entre las sombras. A galope tendido, y con peligro grave de romperse la cabeza, sube el áspero repecho que conduce a la fortaleza-prisión del tajo. Un grupo de oficiales, de pie junto a la puerta, contempla el pavoroso incendio; a poca distancia de aquéllos, hay otro grupo más numeroso de soldados. --¡Auxilio, caballeros oficiales! ¡El castillo arde! Dentro de sus muros hay objetos de muchísimo valor, que podrían salvarse del furor de las llamas... ¡Todavía es tiempo...! ¡Auxilio... auxilio! Los oficiales miran a los soldados, y éstos mantienen sus ojos clavados en el incendio. No dan orden alguna; antes al contrario; encogiéndose de hombros, exclaman: --¡Que arda! Desciende nuevamente el jinete, atraviesa la calle de la aldea, y ve con asombro que todas las casas están iluminadas. ¿Cómo se hizo el milagro? De la manera más sencilla. El peón caminero y los doscientos cincuenta amigos particulares suyos tuvieron el capricho de iluminar sus casas. Como carecen de antorchas, las piden en forma bastante perentoria al señor Gabelle. El funcionario muestra vacilaciones, resistencias, y en su vista, el caminero, tan sumiso en otro tiempo a la autoridad de aquél, insinúa a sus doscientos cincuenta amigos particulares que los coches, convenientemente hechos astillas, proporcionan excelentes antorchas, y que los caballos de las sillas de posta están pidiendo a gritos que los tuesten. El castillo queda abandonado a las iras del elemento destructor. Encendidos huracanes, nacidos sin duda en las regiones infernales, coadyuvan a la obra, avivando las bramadoras llamas y sacudiendo el robusto edificio. Las caras de piedra de los eternos centinelas se retuercen entre cascadas de chispas y mares encendidos. Al caer con estruendo masas enormes de piedra revueltas con vigas gigantescas, el rostro de piedra que presenta dos mellas en la nariz adquiere expresión decididamente siniestra. Todo el mundo le hubiera tomado por la cara del cruel Marqués que, amarrado a la pira, lucha desesperado contra el fuego. Ardía el castillo. Los árboles más cercanos, alcanzados por el fuego, se retorcían, doblaban y arrugaban; otros más distantes, encendidos por los cuatro terribles bultos, enviaban a la mole ardiente mares de negro humo. En las entrañas del mármol de la fuente hervían plomo y hierro derretido; el agua había dejado de correr, y las agujas de las torres, cual si fueran de hielo, se fundían bajo la acción del calor. Bandas de asustados pájaros revoloteaban aturdidos y concluían por caer en medio del horno, y mientras tanto, los cuatro bultos se alejaban, guiados por los resplandores que ellos habían creado, en dirección a su nuevo destino. La aldea se apoderó de la campana de alarma, y aboliendo de una vez la significación de sus tañidos, la obligó a festejar su alegría. Y no paró aquí la cosa: la aldea, cuya mollera parece había despejado de improviso el hambre, las llamas y las voces de la campana de alarma, que ya lo era de alegría, sospechando que el señor Gabelle pudiera tener algo que ver con el cobro de las rentas y de los impuestos, aunque a decir verdad, ningún impuesto había cobrado el buen Gabelle en los días anteriores, y sí únicamente algunas rentas atrasadas, deseó celebrar con aquél una entrevista, y al efecto, cercó su casa y le invitó a salir a la calle, donde podrían conferenciar personalmente. El señor Gabelle contestó atrancando sólidamente la puerta de su casa, y retirándose a la habitación más escondida, a fin de celebrar la conferencia consigo mismo. El resultado de esta conferencia unipersonal, fué que el buen Gabelle subió de nuevo al tejado de su casa y se escondió detrás de las chimeneas, resuelto, dado caso que los habitantes de la aldea derribasen la puerta de entrada, a arrojarse de cabeza desde el tejado a la calle a fin de aplastar bajo el peso de su cuerpo a uno o dos de los que con tanto ahinco deseaban conferenciar con él. No nos admire su decisión: Gabelle era un meridional de carácter vengativo. Es más que probable que la noche se le antojase eterna al señor Gabelle, pues en realidad no resulta muy agradable pasársela sobre el tejado, contemplando a lo lejos los siniestros fulgores de un castillo ardiendo, escuchando los porrazos que un pueblo enfurecido descarga contra la puerta de su casa, y sobre todo, viendo pendiente de su poste un farol, que el pueblo miraba de tanto en tanto con ganas de substituirlo con otro objeto, que muy bien pudiera ser su cuerpo. Triste es, en efecto, pasarse toda una noche de verano sobre el alero de un tejado, contemplando a sus pies un océano de revueltas olas negras, y decidido a arrojarse de cabeza en su centro; pero al fin hizo su aparición una aurora risueña, se apagaron las luminarias, el pueblo se dispersó, y el señor Gabelle pudo salir con vida del trance. Dentro de un radio de cien millas, y a la luz de otros incendios, hubo aquella noche, y otras noches, muchos funcionarios menos afortunados que el señor Gabelle, a quienes el sol del nuevo día encontró colgados en las mismas calles, pacíficas en tiempos mejores, en que nacieron y crecieron. Verdad es que también hubo otros aldeanos, otros ciudadanos que, menos afortunados que el peón caminero y sus doscientos cincuenta amigos particulares, cayeron a los golpes de los funcionarios y de los soldados. Pero los fieros portadores del fuego continuaban su carrera en dirección a Oriente y a Poniente, al Septentrión y al Mediodía señalando su paso con regueros de llamas, y no existía funcionario, por versado que estuviera en matemáticas, capaz de calcular la altura de los patíbulos necesaria para contener o desviar el curso del despeñado torrente. XXIV ATRAIDO POR LA MONTAÑA IMANTADA Tres años duraron las tempestades, tres años durante los cuales bramaron sin cesar los océanos y rugieron las llamas por doquier, tres años de continuos terrores para los que desde la playa contemplaban la furia siempre creciente de los mares. Tres cumpleaños más vió la pequeña Lucía, en cuya existencia pacífica no cesó su amante madre de tejer nuevos hilos de oro. Más de un día y más de una noche estuvieron los moradores del tranquilo rincón de Soho escuchando con amargo dolor el ruido de pasos que herían sus oídos, pues sabían que eran pasos de gentes enfurecidas, que corrían en tumulto a la sombra de rojos pendones, sabían que su patria había sido declarada en peligro, que sus moradores se habían transformado de seres humanos en bestias feroces. No acertaba a comprender el señor, como clase, el fenómeno de no ser apreciado, de no ser necesitado en Francia, de no ser querido, de ser odiado hasta el extremo de correr peligro inminente de verse despedido del suelo francés y del mundo de los vivos al propio tiempo. Semejante al rústico de la fábula que, después de haber conseguido que se le presentase el diablo a fuerza de invocaciones, quedó tan aterrorizado al verle, que ni voz tuvo para hacer una pregunta al enemigo, así el señor, después de tener el atrevimiento de rezar al revés la oración del Padre Nuestro por espacio de varios años y de poner en juego los sortilegios y ensalmos más potentes para despertar al demonio, no bien llegó a entreverle, apresuróse a enseñarle sus nobles y linajudos talones. Habíase eclipsado el brillante cielo de la corte, convencido de que sería el blanco obligado de la deshecha lluvia de balazos del pueblo. Nunca fué santo de la devoción de éste, pues según malas lenguas, Satanás le había inoculado su orgullo y Sardanápalo su lujo y su molicie. La corte entera, desde su punto central y exclusivo hasta todos los puntos podridos de su circunferencia de intrigas, corrupciones y disimulo, había abandonado aquella atmósfera malsana. También había desaparecido la realeza: sitiada en su palacio, quedó «en suspenso» al llegar hasta ella las furiosas olas. En el mes de agosto del año de mil setecientos noventa y dos, la casta de los señores estaba dispersa por el mundo. Como es natural, el cuartel general, el centro de reunión del señorío en Londres era el Banco Tellson. Dicen que los espíritus rondan los lugares donde yacen sepultados sus cuerpos, y conformándose a esta ley, el señor sin un cuarto rondaba el lugar donde en tiempos mejores estuvieron depositados sus -cuartos-. Además, el Banco Tellson era el centro al que con más rapidez llegaban nuevas de Francia: llevaba su generosidad hasta el punto de hacer adelantos a los que fueron sus clientes en tiempos de prosperidad; guardaba en sus arcas inmensas sumas depositadas por nobles que, más previsores que la generalidad, vieron que se condensaba la tormenta y se adelantaron a los robos y a las confiscaciones, y finalmente, cuantas personas llegaban de Francia, principiaban por dejarse ver en el Banco Tellson, donde hacían historia de los últimos sucesos. Por toda esta variedad de razones, era el Banco Tellson por aquella época una especie de Palacio de la Bolsa por lo que a asuntos o personas francesas se refiriera, circunstancia que conocía tan perfectamente el público, y que daba lugar a tantas preguntas y comisiones, que con frecuencia se hacían constar las noticias últimas en cartelones que se colgaban de las ventanas del edificio, para que pudieran leerlas cuantos pasaran frente al Tribunal del Temple. Una tarde brumosa y de calor sofocante, Lorry y Carlos Darnay, sentados frente a la mesa de trabajo del primero, conferenciaban en voz baja. Faltaría sobre media hora para cerrar el establecimiento. --Ya sé que es usted el hombre más joven que ha existido en el mundo;--dijo Carlos Darnay con muestras de vacilación,--pero aun así, perdone que le diga... --Comprendo: que soy muy viejo, ¿verdad?--interrumpió Lorry. --Tiempo inseguro, viaje largo, medios inciertos y país en estado anárquico, amén de una ciudad que ni a usted puede ofrecer garantías. --Mi querido Carlos--replicó Lorry con confianza,--las razones que usted acaba de apuntar, lejos de desanimarme, lejos de conspirar contra mi proyecto de hacer el viaje, conspiran para que lo haga. Nadie tendrá el mal gusto de meterse con un viejo de casi ochenta años, cuando puede hacerlo con tantos otros jóvenes, robustos, y más dignos de ese honor que yo. Dice usted que se trata de una ciudad desorganizada, y yo contesto que, si en ella reinase el orden, no sé por qué nuestra casa de aquí había de enviar a nuestra casa de allá a uno que conoce de antiguo la ciudad y los negocios de la ciudad, y posee además la confianza de Tellson. En cuanto a los inconvenientes que puedan originar la incertidumbre de los medios de locomoción, lo largo del viaje y lo inseguro del tiempo, si yo no estuviera dispuesto a afrontar todos esos inconvenientes en obsequio a la casa, después de haber envejecido en ella, ¿quién lo estará? --Desearía ir yo mismo--dijo Carlos, como quien piensa en voz alta. --¡Hombre!--exclamó Lorry.--¡Voy viendo que es usted un asesor de primera fuerza y un consejero que no tiene rival! ¿Conque usted mismo, eh? Y nacido en Francia, ¿eh? ¡Buen consejo, amigo, buen consejo! --Precisamente porque he nacido en Francia, mi querido señor Lorry, ha cruzado y cruza con frecuencia por mi mente aquel pensamiento. Yo encuentro muy natural que así piense el que conserva alguna simpatía por aquel pueblo desdichado, el que le ha abandonado algo que era suyo, y como consecuencia, cree que su voz sería escuchada, y que acaso consiguiera contener un poquito el desorden. Anoche mismo, después que usted se despidió de nosotros, estaba yo diciendo a Lucía... --¡Estaba usted diciendo a Lucía!...--repitió Lorry.--¡Francamente! ¡Me admira que no se avergüence usted de pronunciar en este instante el nombre de Lucía! ¡Canastos! ¡Nombrar a Lucía cuando desea irse a Francia en estas circunstancias! --¡No he ido todavía!--contestó Carlos sonriendo.--Más que por otra cosa, hablo así a fin de contrarrestar el propósito que usted asegura que ha formado de ir. --Lo he formado, sí, Carlos: nada más cierto. Voy a hablarle con franqueza, mi querido amigo. No puede usted figurarse siquiera las dificultades con que tropiezan todos nuestros negocios, ni el peligro que amenaza a nuestros libros y documentos de allá. Sólo Dios puede saber las fatales consecuencias que para muchas personas entrañaría la pérdida o destrucción de algunos de los documentos allí depositados, y que corren peligro de perderse, peligro de ser destruídos, lo sabe usted como yo, como lo sabe todo el mundo. ¡Quién puede decir si hoy mismo habrá ardido París por los cuatro puntos cardinales, si será mañana saqueado en regla! Ahora bien: únicamente yo puedo prevenir los males, haciendo una selección prudente y escondiendo bajo tierra o trasladando a lugar seguro los documentos en cuestión, y para ello, precisa que no pierda ni un segundo de tiempo. ¿Puedo yo hacerme el remolón cuando la casa sabe lo que acabo de decir, y cuando la casa lo dice... la casa cuyo pan vengo comiendo desde hace sesenta años, la casa en una de cuyas articulaciones me he introducido como cuña? ¡Quite usted allá, hombre! ¿Ignora usted que soy un mozalbete, comparado con muchos que presumen de jóvenes y no son otra cosa que vejestorios caducos? --¡Admiro la gallardía de su espíritu juvenil, señor Lorry! --¡A callar! No olvide usted, mi querido Carlos, que sacar hoy el objeto más insignificante de París, es punto menos que imposible. Hoy mismo hemos recibido documentos preciosos--excuso recomendarle la reserva más absoluta,--y los hemos recibido de manos de los portadores más extraños que pueda usted imaginar, portadores cuyas cabezas pendían de un cabello mientras cruzaban las Barreras. En otras ocasiones circulaban nuestros paquetes de una a otra nación sin dificultad alguna: hoy todo está paralizado. --¿Y piensa usted emprender el viaje esta noche? --Esta noche sin falta. Tal se han puesto los asuntos, que no se puede perder segundo. --¿No le acompaña nadie? --Me han sido propuestas gentes de todas las clases y condiciones, pero a nadie he dicho palabra. Pienso llevarme a Jeremías. Por espacio de muchos años ha sido mi perro de presa, mi acompañante obligado a mis salidas domingueras, y estoy acostumbrado a él. Nadie ha de ver en Jeremías otra cosa que un -bull-dog- inglés, incapaz de abrigar otros designios que el de lanzarse sobre cualquiera que se atreva a tocar el pelo de la ropa a su amo. --Repito que admiro su gallardía de ánimo y sus arrestos. --Y yo repito que dice usted una tontería, amigo Carlos. Una vez haya dado fin a esta pequeña comisión, es posible que acepte la proposición de Tellson de retirarme y vivir tranquilo. Entonces es cuando me sobrará tiempo para pensar en que me voy haciendo viejo. Había tenido lugar el diálogo que queda transcrito en el despacho del señor Lorry, a una o dos varas de distancia de un enjambre de señores, cuya conversación, bastante animada por cierto, versaba sobre la venganza que muy en breve tomarían sobre el ruin populacho. Realmente era inconcebible que los señores, en su calidad de emigrados, y como tales, víctimas de infinidad de reveses, y la nativa ortodoxia inglesa, hablasen de aquella Revolución terrible cual si fuera cosecha de frutos no sembrados, cual si no hubiesen sido puestos todos los medios humanos para producirla, cual si no hubieran visto y anunciado con palabras clarísimas su llegada inevitable muchos observadores que necesariamente habían de hacerse cargo de la miseria intolerable que afligía a millones de hijos de Francia y del empleo desastroso que se daba a los recursos que hubiesen podido hacerles prósperos y felices. Difícilmente podía sufrir ningún hombre de alma sana y conocedor de la verdad la serie de sandeces dichas con tono doctrinal, combinadas con complots extravagantes para restaurar un estado de cosas gastado y podrido hasta la médula. Las sandeces y las extravagancias, unidas a la intranquilidad de ánimo en que Carlos Darnay se encontraba, traían a éste impaciente y nervioso desde varios días antes, y la conversación que estaba oyendo no hizo más que exacerbar su impaciencia. Entre los habladores figuraba Stryver, hombre que había subido ya varios escalones de la escalera de la gloria, y que estaba abocado a subir muchos más aún, no siendo, por consiguiente, de extrañar que se inclinara decididamente hacia la clase señorial. Hablaba en la ocasión presente con gran ardor de la necesidad de acabar de una vez con el pueblo, de exterminar sin piedad a la vil gentuza, de hacer desaparecer de la tierra a la canalla, para conseguir lo cual preconizaba medios que, en eficacia, allá se andaban con el de aquel sabio que, queriendo suprimir para siempre las águilas, propuso que se les espolvoreasen las colas con sal molida. Darnay escuchaba al abogado con profunda aversión, con repugnancia. Hasta se le ocurrieron deseos de marcharse para no oirle, y es más que probable que los hubiese llevado a la práctica de no haber venido los mismos sucesos a indicarle el camino que debía seguir. La Casa acababa de acercarse a Lorry y, dejando sobre la mesa un pliego cerrado y sumamente ajado, preguntóle si había encontrado rastros de la persona a quien iba dirigido. La Casa dejó la carta tan cerca de Darnay, que éste hubo de leer la dirección. Verdad es que no le costó gran trabajo, pues precisamente el nombre escrito en el sobre era el suyo. Decía así. «Muy urgente. Al Señor Marqués de Saint-Evrémond de Francia. Confiada a los señores Tellson y Compañía, Banqueros, Londres, Inglaterra.» El doctor Manette, la mañana misma del matrimonio de su hija con Carlos Darnay, exigió a éste que guardase inviolable el secreto de su apellido, hasta tanto que el doctor le desligara de la obligación. Nadie conocía su título, que hasta para su mujer era un secreto. En cuanto a Lorry, ni remotamente podía sospecharlo. --No--contestó Lorry a la Casa.--He preguntado a cuantas personas han venido a esta casa, pero nadie ha sabido decirme dónde se encuentra ese caballero. Como había sonado la hora de cerrar el Banco, casi todos los amigos de dar trabajo a la lengua se habían refugiado en el despacho de Lorry. Este conservaba en sus manos la carta mirándola con perplejidad manifiesta. También la miraba la casta señorial, pero con ira, con ceño, cual si en vez de un pedazo de papel estuviera viendo un refugiado indigno de la raza a que pertenecía. Este, aquél, el de más allá, todos tenían algo que decir con contra del Marqués que no parecía por parte alguna. --Sobrino, si no estoy mal enterado... pero desde luego sucesor degenerado de aquel ilustre y refinado Marqués que fué villanamente asesinado--dijo uno.--Me cabe la fortuna de no haberle visto en mi vida. --Un cobarde que abandonó su puesto hace algunos años--terció otro señor, que había salido de París metido de cabeza en el centro de una carretada de paja, con los pies en alto y medio asfixiado. --Corrompido por las nuevas doctrinas--repuso un tercero,--se declaró en oposición abierta contra el último Marqués, abandonó sus tierras no bien las heredó, y las confió a un hato de rufianes. Espero que ellos mismos le darán ahora el pago a que se ha hecho acreedor. --¿Eso hizo?--gritó Stryver.--¿Tan canalla es ese hombre? Veamos... veamos su infame apellido. Darnay, cuya resistencia tocaba a su fin, tocó en un hombro a Stryver y dijo: --Yo conozco a ese señor. --¡Por todos los diablos juntos!... ¿Usted le conoce? Lo siento en el alma. --¿Por qué? --¿Pregunta usted por qué, Darnay? ¿Pero no ha oído usted lo que ha hecho? --Lo he oído, sí; pero pregunto a usted que por qué siente que yo le conozca. --En ese caso, repetiré a usted, señor Darnay, que siento que usted conozca a ese hombre indigno, y que lamento que no se le alcance a usted por qué lo siento. Me aflige sobremanera oir las preguntas inconcebibles que usted hace. Nos hablan aquí de un sujeto corrompido por la más pestilente e impía de las podredumbres, de un individuo el más vil que jamás ha existido en el mundo, que abandona sus bienes a la hez de a tierra, a los canallas cuyo credo es el asesinato y el robo, ¿y me pregunta usted por qué lamento que un hombre que se dedica a enseñar a la juventud le conozca? ¿Se empeña en saberlo? ¡Vaya, se lo diré! Lo siento porque creo que miserables como el que nos ocupa contagian a quien los conoce. Y lo sabe usted. Darnay, conteniéndose a duras penas, contestó: --Quizá no comprende usted al caballero a quien se refiere. --Pero sé muy bien cómo poner a usted entre la espada y la pared, y voy a hacerlo--gritó Stryver.--Si ese individuo es un caballero, desde luego -no- le comprendo; puede usted decírselo así de mi parte, y darle de paso mis recuerdos. También puede añadirle de parte mía, que después de abandonar a la gentuza los bienes patrimoniales, me admira sobremanera que no se haya puesto a la cabeza de los ladrones y asesinos... Pero no, caballeros, no; yo, que conozco un poquito el natural humano, me atrevo a asegurarles que no encontrarán nunca a un sujeto como ése que se confíe a los tiernos cuidados de sus humildes -protegidos-. No, caballeros, no; si algo de su persona deja ver a aquéllos, será, en todo caso, un par de talones, y aun éstos, sólo durante el tiempo que tarde en poner tierra de por medio. Dichas estas palabras, que merecieron la aprobación unánime de sus oyentes, salió a la calle Fleet. Segundos después quedaban solos en el despacho Lorry y Carlos Darnay. --Puesto que usted conoce a la persona a quien la carta va dirigida--dijo Lorry--¿quiere encargarse de hacerla llegar a sus manos? --Con mucho gusto. --¿Tendrá la bondad de explicarle que sin duda se la han dirigido aquí porque creían que nosotros le conocíamos, y que, ignorando quién era y dónde estaba, la carta está detenida desde hace algún tiempo? --Así lo haré. ¿Cuándo sale usted para París? --A las ocho salgo de aquí mismo. --Yo volveré para despedirle. Descontento consigo mismo, y más todavía con Stryver y con sus compatriotas, Darnay salió del edificio del Banco y, no bien llegó a una esquina donde creyó estar a cubierto de miradas indiscretas, abrió la carta, que estaba concebida en los siguientes términos: «Prisión de la Abadía, París. »Junio, 21, 1792.» »Señor Marqués: »Después de correr durante largo tiempo peligro inminente de dejar la vida en manos de los vecinos de la aldea, he sido preso, sometido a mil violencias y atropellos, y al fin conducido a París, cuyo largo viaje me han obligado a hacer a pie. Las amarguras que en el camino he apurado no son para contarlas aquí; y no es esto todo; mi casa ha sido destruída... arrasada hasta los cimientos. »El crimen de que me acusan, el que me tiene enterrado en la cárcel, señor Marqués, el crimen por el que compareceré ante el Tribunal y que me costará la cabeza (si usted no me presta su generoso auxilio) es, según dicen ellos, el de traición contra la majestad del pueblo, al que aseguran que he vendido para proteger a un emigrado. En vano les he hecho presente que, lejos de obrar contra ellos, he obrado en su favor, ateniéndome a instrucciones suyas, señor Marqués; en vano he alegado que con anterioridad a la confiscación de los bienes de los emigrados había yo condonado los impuestos que el pueblo cesó de pagar, que no cobré las rentas, que no recurrí a los tribunales. A todas mis representaciones contestan que obré en favor de un emigrado, y yo me pregunto: ¿dónde está ese emigrado? »¡Ah, mi buen señor Marqués! ¿Dónde está ese emigrado? Yo pregunto mientras duermo; ¿dónde está? Vuelvo mis ojos a los cielos, y les pregunto; ¿vendrá a salvarme? No me contestan. ¡Ah, señor Marqués! Envío mi grito de angustia a través de los mares, por si Dios quiere que llegue a sus oídos por mediación del gran Banco Tellson, tan conocido en París. »Por el amor de Dios, por equidad, por justicia, por generosidad, por el honor inmaculado de su noble apellido, señor Marqués, le suplico que corra en mi auxilio y me libre de la muerte que me amenaza. Mi único crimen es haber sido fiel a usted... ¡Oh señor Marqués! Yo confío que usted corresponderá a mi fidelidad. »Desde esta mazmorra donde todos los horrores tienen su asiento, desde esta antesala de la muerte, envío a usted, señor Marqués, la expresión de mi dolorosa lealtad, juntamente con el ofrecimiento de mis desgraciados servicios. »Su afligido servidor, »GABELLE.» La lectura de la carta que queda copiada infiltró en la intranquilidad latente de Darnay un torrente vigoroso de vida. El peligro que se cernía sobre la cabeza de un servidor antiguo, por cierto de los mejores, que no había cometido más crimen que el de serle leal a él y a su familia, fué para Darnay a manera de latigazo recibido en pleno rostro. La vergüenza se le subió a la cara con fuerza tal, que mientras caminaba al azar sin saber qué resolución adoptar, ni a mirar a los transeuntes se atrevía. Sabía muy bien que, arrastrado por el horror de la hazaña que puso digno remate a las malas acciones y a la pésima reputación de su rancia familia, impulsado por las sospechas que su tío le inspirara y . - - ¿ ? ¡ ! ¡ 1 ! 2 3 , , 4 . 5 6 , 7 , 8 , . 9 , 10 , , 11 , 12 . 13 14 , , 15 , , 16 , 17 , 18 . 19 20 , 21 , , , 22 ; , 23 , , 24 ; 25 , , 26 27 : « ¡ ! » 28 29 , 30 , 31 , , 32 33 . . . , 34 , 35 . ¡ 36 ! 37 , , 38 , 39 40 , 41 , . 42 43 44 45 46 47 48 49 , 50 51 52 . 53 . , 54 55 , 56 . 57 . 58 59 60 , . 61 , 62 , 63 . , 64 , 65 : « : ¿ 66 67 ? » 68 , : , . 69 , , 70 71 . : 72 , , 73 . 74 75 76 77 . . 78 , 79 , 80 « » . 81 82 - - ¡ ! - - - - ¿ ? 83 84 85 86 , , , 87 . 88 89 - - ¡ ! - - . - - ¡ , ! 90 91 , ; 92 , . 93 94 - - ¡ ! - - . - - ¡ ! 95 96 , 97 . 98 . 99 100 - - ¡ , ! - - . - - ¿ ? 101 102 - - ¡ ! 103 104 - - ¿ ? - - , 105 . - - ¿ ? 106 107 - - ¿ , 108 , 109 ? 110 111 - - ¡ . . . ! - - . 112 113 - - . . 114 115 - - ¡ ! - - . - - ¿ ? 116 117 - - ; . . . . , 118 . 119 , , 120 . 121 - - . . . . ¡ . . . ! 122 ¿ - - ? 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