sus ojos sanguinolentos.--¿Queréis un centinela? ¡Aquí le tenéis! ¡Es
un soldado de nuestros enemigos!
Y allí quedó el centinela, balanceándose lúgubremente, mientras el
populacho se alejaba rugiendo.
Era un mar de aguas negras y amenazadoras, un mar cuyas olas llevaban
aparejada en cada uno de sus movimientos la destrucción, mar de
profundidad insondable, mar cuyas fuerzas nadie conocía. Un mar
abroquelado contra el aguijón del remordimiento, mar de agitaciones
turbulentas, de gritos de venganza, de corazones endurecidos en los
hornos del sufrimiento, sobre cuya diamantina superficie resbalaba la
piedad sin dejar la huella más insignificante.
Pero en aquel océano de caras, vivo reflejo de todas las furias,
de todas las violencias, podían observarse dos grupos de rostros,
cada uno de ellos formado por siete, rostros que se destacaban
de entre las hirvientes olas humanas que los arrastraban, restos
náufragos como jamás han flotado sobre mar alguno. Sobre las cabezas
de las muchedumbres se veían siete rostros de prisioneros sacados
inopinadamente de sus tumbas por la tromba humana que las visitó,
siete rostros espantados, pasmados, aturdidos, cual si fueran llevados
al suplicio en hombros de regocijados demonios; y otras siete caras,
llevadas más en alto, siete caras muertas, cuyos párpados caídos y
ojos medio cerrados esperaban la llegada del día del Juicio; caras
impasibles cuya vida no parecía extinguida, sino suspendida, caras que
parecía que iban a alzar nuevamente los párpados y a abrir los labios
cubiertos de sangre para decir: «¡Tú me asesinaste!»
Siete prisioneros libertados, siete cabezas sangrientas llevadas
como horribles trofeos en los hierros de las picas, las llaves de la
maldecida fortaleza de las ocho fuertes torres, algunas cartas, unos
cuantos memoriales de prisioneros antiguos muertos de dolor largos años
antes... y algo más por el estilo, recorrían las calles de París en
medio de numerosísima escolta, un día de mediados de julio del año de
mil setecientos ochenta y nueve. ¡Quiera el Cielo alejar de la vida de
Lucía Darnay el eco de los pasos de la escolta en cuestión! Porque son
ecos de pasos precipitados, de pasos duros, de pasos peligrosos que
penetran violentamente en el centro vital de alguien, ecos producidos
por pies que años antes se tiñeron de rojo a raíz de haberse roto una
barrica cerca de la puerta de la taberna de Defarge, y cuando de rojo
se tiñen esos pies, difícilmente se limpian.
XXII
SUBE LA MAREA
Sólo durante una semana había endulzado el terrible San Antonio las
asperezas del pan duro y amargo que llevaba a la boca, sólo durante
una semana había tenido la satisfacción de hacer cuanto le viniera en
gana y de alternar sus expansiones con sendos abrazos fraternales y
cordiales felicitaciones. La señora Defarge presidía desde su sitio
de costumbre a sus parroquianos. Ya no lucía una rosa en la cabeza,
pues la gran cofradía de los espías se había hecho tan circunspecta
en el breve lapso de siete días, que ni por milagro se encontraba uno
dispuesto a confiarse a los tiernos cuidados del Santo. Los faroles de
aquellas calles ejercían sobre ellos influencia portentosa.
Cruzada de brazos contemplaba la señora Defarge desde detrás del
mostrador la calle, a la par que vigilaba su establecimiento. Ni en
éste ni en aquélla faltaban nutridos grupos de holgazanes, escuálidos
y harapientos, pero con caras que reflejaban el poderío que sobre sus
miserias habían entronizado. Hasta el gorro más sucio y desgarrado,
mirando ceñudo desde lo alto de la cabeza que medio cubría, parecía
decir: «Sé cuán dura hicísteis para mí la vida: ¿pero sabéis vosotros
lo fácil que para mí se ha hecho arrancar la regalada y feliz que
lleváis?» Todos los brazos desnudos que hasta entonces habían carecido
de trabajo, lo tenían ya ahora abundante y perpetuo: herir, matar.
Los dedos de las mujeres, ocupados hasta entonces en hacer calceta,
habíanse aficionado a otros menesteres desde que se persuadieron de que
sabían desgarrar. San Antonio había sufrido radical transformación:
la imagen, después de cientos de años de tranquilidad, se ponía en
movimiento y descargaba golpes aterradores.
Todo esto lo observaba la señora Defarge desde detrás del mostrador
de su establecimiento con la complacencia del jefe de las mujeres de
San Antonio. Una de sus hermanas hacía media a su lado. Era una mujer
baja de estatura y su poquito rechoncha, casada con un tendero y madre
de dos hijos por añadidura, que se había conquistado el glorioso
sobrenombre de «La Venganza».
--¡Atención!--exclamó La Venganza--¿Quién viene?
Cual si hubieran puesto fuego a un reguero de pólvora que se extendiera
desde las fronteras de los dominios de San Antonio hasta la taberna de
Defarge, así llegaron hasta la tienda rumores, nacidos muy lejos, y
propagados con rapidez vertiginosa en todas direcciones.
--¡Es Defarge!--dijo la tabernera.--¡Silencio, patriotas!
Entró Defarge jadeante, sin alientos; arrancó de su cabeza el gorro
rojo que la adornaba, y tendió rápidas miradas en torno suyo.
--¡Atención todos!--gritó la tabernera.--¡Escuchadle!
Defarge había quedado en el umbral, contemplando el mar de ojos
abiertos y de bocas más abiertas todavía que llenaba la calle. Las
personas que había dentro de la taberna se pusieron en pie.
--¡Habla, Defarge!--repuso la tabernera.--¿Qué pasa?
--¡Noticias del otro mundo!
--¿De veras?--preguntó su mujer, poniendo en sus palabras fuerte
entonación sarcástica.--¿Del otro mundo?
--¿Os acordáis todos de aquel individuo llamado Foulon, que dijo al
pueblo hambriento que comiera hierba, y que procurase morirse pronto y
largarse a los infiernos?
--¡Sí...!--gritaron las turbas al unísono.
--A él se refieren mis noticias. Lo tenemos entre nosotros.
--¡Entre nosotros!--rugieron todos.--¿Muerto?
--No; está vivo. Tal era el terror que nos tenía... y con razón, que
se hizo pasar por muerto y mandó que le hicieran soberbios funerales.
Pero se le ha encontrado vivo, escondido en el campo, y le han traído
aquí. Acabo de verle en este instante mientras le llevaban prisionero
al -Hôtel de Ville-. He dicho que con razón nos temía... ¡Decidme...!
¿-Nos temía- con razón?
La sangre de aquel pecador antiguo se habría congelado si hubiese
llegado a sus oídos el feroz grito que salió de las fauces del monstruo.
Siguieron unos momentos de silencio profundo. Defarge y su mujer se
miraron mutuamente con fijeza espantosa; quedó inmóvil La Venganza, y
un tambor redobló a lo lejos mientras detrás del mostrador sonaba un
rumor como de pies que se movían.
--¡Patriotas!--gritó Defarge con voz resuelta.--¿Estamos listos?
Inmediatamente apareció el largo cuchillo en la cintura de la
tabernera, redoblaron tambores por las calles, cual si ellos y los
que golpeaban sus parches hubiesen brotado por artes mágicas, y La
Venganza, lanzando feroces alaridos, suelto el pelo y agitando los
brazos sobre su cabeza, semejante, no a una, sino a las cuarenta Furias
juntas, corría de casa en casa excitando a las mujeres.
Terrible era la expresión de los hombres que, sedientos de sangre,
asomaban sus cabezas por las ventanas; más terrible todavía la de
los que, empuñando las armas más mortíferas de que podían disponer,
salían de las puertas de las casas y se desparramaban furiosos por
las calles; pero la de las mujeres, bastaba para helar la sangre del
hombre más impávido. Abandonando las ocupaciones domésticas impuestas
por su miseria, dejando en el desamparo, tendidos sobre el duro suelo
a sus viejos y a sus hijos, desnudos y pereciendo de hambre, salían a
la calle, suelto el cabello, atropellándose unas a otras, aullando como
fieras enloquecidas y obrando como tales.
--¡Muera Foulon, que me robó a mi hermana!
--¡Muera el villano Foulon, que robó a mi madre!
--¡Muera el canalla Foulon, que me robó a mi hija!
Otras, en grupos numerosos, penetraban entre las que lanzaban los
gritos anteriores y, golpeando con saña sus pechos y mesándose los
cabellos, vociferaban:
--¡Foulon vivo! ¡No debe vivir el que dijo al pueblo hambriento que
comiera hierba! ¡No puede vivir el demonio que me dijo que diera hierba
a mi madre cuando me faltase el pan! ¡No vivirá el monstruo que me dijo
que diera a chupar hierba, cuando mis pechos, secos por el hambre, no
pudieran proporcionarle la leche que para vivir necesitaba!
--¡Virgen Santa!--exclamaban otras.--¡Escúchame, hijo mío, desde el
otro mundo al que te llevó el inhumano Foulon! ¡Escúchame, padre mío,
muerto de hambre por su causa! ¡Por vuestros huesos, por vuestra alma,
juro dejaros vengados en la persona de Foulon!
--¡Maridos... dadnos la sangre de Foulon! ¡Padres jóvenes, dadnos la
cabeza de Foulon! ¡Hermanos, dadnos el corazón de Foulon! ¡Patriotas
mozos, dadnos el cuerpo y el alma de Foulon, haced pedazos el cadáver
miserable de Foulon, enterradlo, para que abone la tierra y crezca
sobre sus restos la hierba que nos aconsejaba que comiéramos!
Estos y otros gritos no menos espantosos excitaban hasta el frenesí a
no pocas mujeres que, después de correr con furia insana, de aullar
como fieras y de golpear y arañar a sus mismos amigos, rodaban por
el suelo con los ojos fuera de las cuencas y espumeantes las bocas.
Gracias a que sus parientes o amigos las alzaban, no morían aplastadas
bajo los miles de patas de las fieras.
No se perdió un momento. Foulon estaba en el -Hôtel de Ville- donde
acaso le pusieran en libertad... ¿Toleraría San Antonio semejante
burla? ¡Jamás, si no había perdido la noción de su dignidad, la
memoria de sus sufrimientos, de sus insultos, de sus injusticias! Río
desbordado de hombres armados y de mujeres desgreñadas rebasó bien
pronto el lecho del distrito arrastrando consigo a toda criatura humana
criada a los secos pechos de San Antonio, con excepción solamente de
algunos viejos decrépitos y de unos cuantos niños incapaces de andar.
Ya han penetrado las turbas en la sala donde toman declaración al
viejo, que habrá sido tal vez un desalmado, pero que en en aquellos
instantes era digno de compasión. En lugar preferente, en primera fila,
a poca distancia del preso, se hallan los Defarges, marido y mujer, La
Venganza y Santiago Tercero.
--¡Miradle!--grita la tabernera, señalándole con la punta del
cuchillo.--¡Ahí tenéis al viejo villano amarrado con cuerdas! ¡No
estaría de más atarle un haz de hierba a la espalda! ¡Ja, ja, ja, ja!
¡Es lo mejor que podemos hacer... obligarle a comer hierba!
La tabernera colocó su cuchillo bajo el brazo y se aplaudió a sí misma.
Como las gentes que estaban colocadas de espaldas de la señora Defarge
se apresuraron a explicar a los que les seguían la causa de la
satisfacción de aquélla, y la explicación cundió de oído en oído como
reguero de pólvora, pronto sonaron aplausos ensordecedores en la sala,
en la calle y en las plazas inmediatas. De la misma manera, todas las
expresiones de impaciencia pronunciadas por la señora Defarge durante
dos o tres horas, fueron transmitidas con rapidez pasmosa a gran
distancia. No es de admirar: hombres dotados de agilidad excepcional
treparon por la fachada del edificio, aprovechando los adornos
arquitectónicos que la cubrían, hasta encaramarse a los alféizares
de las ventanas, desde donde veían y oían perfectamente a la señora
Defarge y hacían oficio de telégrafo entre aquélla y el pueblo que
rugía fuera.
El sol subió tanto, que al fin lanzó sobre la cabeza del viejo un
rayo alegre de confianza o de protección. Nubes de polvo se alzaron
a lo lejos; ruido de furioso galopar de caballos trajo el aire entre
sus ondas; pero San Antonio estaba despierto, San Antonio velaba, y
sus ojos perspicaces vieron las nubes de polvo, y sus oídos delicados
oyeron el retumbar de los cascos de los caballos.
Defarge salvó de un salto la balaustrada y la mesa, y estrechó en
mortal abrazo al desventurado viejo. Siguió la tabernera como esposa
fiel a su marido, y agarró una de las cuerdas que agarrotaban al
preso. Antes que La Venganza y Santiago Tercero tuvieran tiempo para
reunírseles, antes que los hombres encaramados en las ventanas pudieran
saltar a la sala, la ciudad entera parecía gritar con cientos de miles
de bocas:
--¡Es nuestro...! ¡Al farol!
Derribado en tierra y vuelto a levantar, obligado a bajar arrastrando
aquella escalera fatal, unas veces de cabeza, otras de rodillas, ora
de bruces y ora de espaldas, brutalmente golpeado y herido, sofocado a
consecuencia de los manojos de hierba y de paja que cientos de manos
introducían violentamente en su boca, destrozado, molido, perdiendo
la sangre a chorros, el desdichado no cesaba un instante de pedir
compasión. Sus agonías aumentaron cuando las fieras más inmediatas
a su persona se separaron para que nadie se privara del placer de
contemplarle, y llegaron al último límite al ver que le ataban por los
pies a un tronco y le llevaban a la esquina inmediata, donde había un
farol. Allí le soltó la señora Defarge, semejante al gato que juega con
un ratoncillo, y le miró con calma espantosa y sin despegar los labios,
mientras los hombres ultimaban los preparativos, sin que las súplicas
que el infeliz le dirigía hicieran mella en su pecho. Izáronle, y se
rompió la cuerda... Dos veces ocurrió lo mismo, hasta que al fin,
una cuerda, más compasiva que los hombres, resistió y puso fin a sus
padecimientos. San Antonio bailaba momentos después en derredor de una
cabeza, clavada en una pica, de cuya boca salían manojos de hierba y de
paja.
No terminó allí la jornada. Tanto gritó San Antonio, tanto bailó, que
su sangre ardiente se encendió de nuevo a la caída de la tarde, al
saber que un yerno del viejo caído bajo sus iras, otro de los enemigos
y ofensores del pueblo, llegaba a París con una escolta de quinientos
hombres montados. San Antonio escribió la relación de sus crímenes en
hojas de papel tinto en sangre, acometió a la escolta... y minutos
después recorría las calles alegre procesión llevando clavados en picas
los trofeos de la jornada: ¡dos cabezas y un corazón!
Hasta que cerró la noche no pensaron aquellos hombres y aquellas
mujeres en los viejos o en los niños que dejaran en sus casas
abandonados y sin pan. Las míseras panaderías se vieron sitiadas por
interminables filas de personas que aguardaban les llegase el turno
para comprar un mísero mendrugo de mal pan, y mientras esperaban con
los estómagos vacíos, festejaban sus triunfos abrazándose unos a otros
y charlando sin cesar. Gradualmente fueron acortándose las filas, que
al fin desaparecieron: entonces brillaron algunas luces mortecinas
en el interior de las casas y se encendieron en las calles algunas
hogueras donde los más miserables guisaban en común la gazofia que
luego comían en sus hogares respectivos.
Aquellas cenas eran pobres e insuficientes, puras de carne y limpias
de salsas y de condimento, y, sin embargo, los ojos de los que
comían viandas tan poco apetitosas dejaban escapar destellos de
alegría. Padres y madres que habían tomado parte activa en la jornada
jugueteaban alegres con sus macilentos hijos, y los enamorados, no
obstante la cerrazón del cielo, amaban y esperaban.
Estaba muy próximo el día cuando se retiraron los parroquianos de la
taberna de Defarge, quien, mientras cerraba la puerta, dijo a su mujer:
--Al fin llegó, querida.
--Sí... casi--replicó la señora.
Durmió San Antonio, durmió Defarge, hasta La Venganza durmió junto a su
famélico tendero, y durmieron también los tambores. Eran éstos la única
voz de San Antonio que no cambiaba, que siempre sonaba lo mismo. Si La
Venganza, a cuyo cargo estaban, los hubiera despertado, bien seguro es
que hubiesen pronunciado el mismo discurso que pronunciaron cuando cayó
la Bastilla, el mismo que pronunciaron cuando fué decapitado Foulon.
XXIII
EL INCENDIO ADQUIERE INCREMENTO.
Han sobrevenido cambios importantes en la aldea de la cual salía todos
los días el peón caminero para arrancar a las piedras que cubrían los
caminos el mendrugo de pan que mantenía su alma ignorante ligada a su
enflaquecido cuerpo. La prisión del tajo no era ya tan formidable como
antes. La guardaban soldados, pero pocos en número; guardaban oficiales
a los soldados, pero ignoraban qué harían los soldados, pues si algo
sabían, era... que se guardarían muy bien de hacer lo que ellos les
ordenasen.
Todo el territorio que alcanzaba la vista era una estepa desolada. La
hierba que cubría los caminos y los campos, las plantas que en éstos
germinaban, eran tan pobres y raquíticas como el mismo pueblo. Plantas
dobladas, derribadas, aplastadas... hombres de espaldas encorvadas,
hombres descorazonados, oprimidos... la miseria en las habitaciones,
la miseria en las cercas de las huertas, la miseria en los animales
domésticos, la miseria en los hombres, en las mujeres, en los niños, la
miseria en el suelo sobre el cual todos asentaban sus pies.
El señor, casi siempre caballero dignísimo considerado como individuo,
era una bendición nacional, daba tono a las cosas, constituía por sí
solo un ejemplo elocuente de vida brillante y fastuosa; pero el señor,
considerado como institución, como clase, había creado aquel estado
deplorable de cosas. ¡Extraño fenómeno que el mundo, sacado de la nada
para gusto y regalo del señor, quedara tan pronto exprimido y sin una
gota de jugo! Y, sin embargo, así era. El señor, no encontrando ya
una gota de sangre que chupar, no viendo nada en que poder morder,
comenzaba a dar la espalda a un fenómeno tan bajo como inexplicable.
Pero no estribaban precisamente en eso los cambios importantes
sobrevenidos en la aldea y en muchas otras aldeas parecidas. Docenas
de años atrás el señor estrujaba y exprimía al pueblo sin que se le
ocurriera honrarle con su graciosa presencia más que muy contadas
veces, y aun éstas, para entregarse a los placeres de la caza...
fuera ésta de hombres, fuera de animales. No. Consistía el cambio
en la aparición de caras de baja estofa más que en la desaparición
de las caras de la clase alta. Por el tiempo a que nos referimos,
cuando el solitario peón caminero trabajaba revolviendo la tierra, sin
ocurrírsele pensar que era polvo y que en polvo había de convertirse,
pues casi sus pensamientos giraban siempre sobre lo poco que para
cenar encontraría en su casa, y lo mucho que comería si lo tuviese,
en aquellos tiempos, si levantaba los ojos del suelo y los tendía a lo
largo del camino, no era imposible que tropezaran con hombres de rudo
aspecto, muy raros antes en aquellos lugares y muy frecuentes ahora.
A medida que aquéllos se aproximaban al caminero, veía éste que se
trataba por regla general de individuos de ásperas cerdas y aspecto
casi bárbaro, altos, calzados con zuecos, de mirar feroz, cubiertos de
barro y de polvo, como quien ha pisado muchos caminos.
Uno de estos ejemplares se apareció de improviso al caminero, un día
del mes de julio a eso de las doce, mientras se encontraba sentado
al abrigo de una pared, para resguardarse del granizo que las nubes
enviaban en abundancia.
El desconocido le miró, paseó a continuación sus ojos por la aldea que
dormía en la hondonada, por el molino y por la prisión que se alzaba
sobre el tajo, y cuando hubo identificado todos aquellos objetos,
preguntó, en dialecto que apenas era inteligible:
--¿Qué tal, Santiago?
--Muy bien, Santiago.
--¡Chócala!
Los dos interlocutores cambiaron un apretón de manos.
--¿No hay comida?
--Cena nada más--respondió el caminero con cara de hambre.
--Es la moda--gruñó el desconocido.--No encuentro a nadie que coma.
Seguidamente sacó una pipa ennegrecida, la cargó y encendió, y a
continuación, dejó caer sobre ella algo que tenía entre los dedos
pulgar e índice. De la pipa brotó una llamarada y una nubecilla de humo.
--¡Chócala!--exclamó el peón caminero, después de observar con mirada
atenta las operaciones referidas.
Los interlocutores cambiaron el segundo apretón de manos.
--¿Esta noche?--preguntó el caminero.
--Esta noche--contestó el desconocido, llevando la pipa a la boca.
--¿Dónde?
--Aquí.
Ambos permanecieron sentados sobre el montón de piedras, mirándose el
uno al otro, hasta que cesó de granizar y se aclaró el cielo.
--Instrúyeme--dijo entonces el viandante, dirigiéndose a la cresta de
la colina.
--Mira--contestó el caminero, con el brazo extendido,--baja a la
hondonada, entrarás por la calle, pasarás la fuente...
--¡Al diablo la calle y la fuente!--exclamó el desconocido con
impaciencia.--Ni quiero entrar en calle alguna ni pasar junto a fuentes.
--Sobre dos leguas más allá de la cumbre de la loma que se alza sobre
la aldea.
--Corriente. ¿Cuándo dejas el trabajo?
--A puestas de sol.
--¿Querrás despertarme antes de irte? Dos noches con sus días hace que
viajo sin descansar ni dormir. Acabaré de fumar esta pipa y dormiré
como un bienaventurado... ¿Me despertarás?
--Con mucho gusto.
El viandante fumó su pipa, la guardó en el pecho, se quitó los zuecos
y se tendió boca arriba sobre el montón de piedras. Segundos después
dormía profundamente.
Extraña fascinación ejercía el bulto del viajero tendido sobre el
montón de piedras sobre el peón caminero, cuyo gorro ya no era azul,
como antaño, sino rojo. Entregado a su ruda tarea, con tal frecuencia
volvía hacia el durmiente sus ojos, que puede decirse que manejaba
sus herramientas de una manera mecánica y con escasos resultados. La
faz bronceada, la revuelta cabellera negra y espesa barba del mismo
color, el gorro rojo hecho de lana burda, el traje de paño tosco, la
constitución robusta ligeramente atenuada por las privaciones y la
compresión rígida y violenta de los labios del viandante, llenaban
de temor al caminero. Grandes distancias debía haber recorrido el
desconocido, a juzgar por sus pies llagados y sus tobillos escoriados
y sangrando. El caminero intentó ver si el dormido llevaba o no armas,
pero en vano, pues se lo impedían los brazos del durmiente, cruzados
sobre el pecho. Plazas fuertes, recintos murados, fosos profundos,
puentes levadizos debían ser obstáculos de poca monta para hombres como
aquél; y cuando el caminero, separando de él los ojos, los alzó y paseó
en torno suyo, creyó ver con los de la imaginación hombres parecidos
que, ciegos a los obstáculos, corrían decididos desde la periferia
hacia el centro de Francia.
El desconocido continuaba durmiendo, indiferente a las granizadas que
de tanto en tanto caían, indiferente a los besos del sol ardiente e
indiferente a las sombras. No despertó, no se movió hasta que, puesto
el astro del día, el caminero le despertó, después de reunir todas sus
herramientas para emprender el regreso a la aldea.
--Muy bien--dijo el desconocido incorporándose.--¿Dices que dos leguas
más allá de la cresta de la colina que domina a la aldea?
--Poco más o menos.
--Poco más o menos... Está bien.
Volvió el caminero a su casa, siguiendo a la nube de polvo que
levantaban sus pies y empujaba el viento que soplaba por sus espaldas,
y no tardó en encontrarse junto a la fuente entre apretados rebaños
de vacas flacas llevadas allí para beber. No se recogió la aldea
en sus pobres camas, como de ordinario, después de engullirse sus
míseras cenas, sino que se echó a la calle y en ella permaneció. Todos
hablaban en voz muy baja, cual si murmurar al oído se hubiese puesto
en moda, y todos tenían clavados los ojos en el horizonte, siendo lo
más curioso del caso que todos miraban en la misma dirección. Comenzó
a sentir extrañas inquietudes el señor Gabelle, autoridad primera de
la aldea, quien después de subir al terrado de su casa y mirar desde
allí hacia el punto del horizonte que tanta fascinación parecía ejercer
sobre los tranquilos habitantes de la aldea, y de examinar parapetado
detrás de la chimenea las caras sombrías de los que en rededor de la
fuente estaban congregados, envió a decir al sacristán, encargado de la
custodia de las llaves de la iglesia, que quizá aquella noche hubiese
necesidad de repicar la campana de alarma.
Cerró la noche, negra, tétrica, siniestra. Las copas de los árboles
gigantes que rodeaban al castillo se balanceaban al soplo del viento
y semejaban prodigiosas mazas manejadas por titanes invisibles contra
la ingente masa de piedra. El agua caía a torrentes. Las dos escaleras
monumentales que se encontraban en la terraza parecían torrentes
desbordados cuyo turbulento caudal chocaba con estruendo contra la
puerta principal, semejante a rápido mensajero que intenta despertar
a los que duermen dentro. El vendaval penetraba por las espaciosas
galerías, azotaba las lanzas, espadas, cuchillos y picas que decoraban
sus paredes, y, subiendo por la escalera, agitaba las cortinas del
lecho sobre el cual había reposado el último Marqués. Bultos confusos,
procedentes de Oriente y de Poniente, del Septentrión y del Mediodía,
hollaban la crecida hierba del bosque y avanzaban cautelosos hacia el
patio del castillo, donde se reunían. Brotaron cuatro luces que se
movieron en direcciones opuestas, y todo volvió a quedar negro segundos
después.
La obscuridad duró poco. El castillo comenzó a brillar con luz propia,
cual si fuerzas sobrenaturales le hubiesen de pronto convertido en
castillo luminoso. Por detrás de la robusta fachada corrían regueros
encendidos que no tardaban en manifestarse por cuantos sitios
transparentes ofrecía aquélla y en poner de relieve la situación y
forma de las balaustradas, de los arcos y de las ventanas. Subían...
subían más altas las llamas, y la inmensa hoguera adquiría por momentos
mayor extensión y brillantez. No tardaron en brotar chorros de fuego
por veinte grandes ventanas a la vez, y en despertar a los centinelas
de piedra, de cuyos rostros desapareció la impasibilidad para ser
substituída por el asombro.
En la casa aneja al castillo ensillan a toda prisa un caballo, que
parte a galope tendido hendiendo las tinieblas de la noche y no tarda
en llegar, cubierto de espuma, a la plaza de la aldea, haciendo alto
frente a la puerta de la casa del señor Gabelle.
--¡Auxilio, Gabelle... auxilio, todos!--grita el asustado jinete.
Toca a rebato la campana de alarma, pero fuera de este auxilio, dado
caso que lo fuera, el jinete no recibe ninguno. Cruzados de brazos
junto a la fuente contemplando la inmensa hoguera proyectada contra el
cielo está el peón caminero entre un grupo de unos doscientos cincuenta
amigos particulares suyos.
--Se elevan a unos cuarenta pies de altura--es el único comentario que
hacen, pero nadie se mueve.
El mensajero del castillo hunde las espuelas en los ijares del caballo
cubierto de espuma y desaparece entre las sombras. A galope tendido,
y con peligro grave de romperse la cabeza, sube el áspero repecho que
conduce a la fortaleza-prisión del tajo. Un grupo de oficiales, de pie
junto a la puerta, contempla el pavoroso incendio; a poca distancia de
aquéllos, hay otro grupo más numeroso de soldados.
--¡Auxilio, caballeros oficiales! ¡El castillo arde! Dentro de sus
muros hay objetos de muchísimo valor, que podrían salvarse del furor de
las llamas... ¡Todavía es tiempo...! ¡Auxilio... auxilio!
Los oficiales miran a los soldados, y éstos mantienen sus ojos clavados
en el incendio. No dan orden alguna; antes al contrario; encogiéndose
de hombros, exclaman:
--¡Que arda!
Desciende nuevamente el jinete, atraviesa la calle de la aldea, y ve
con asombro que todas las casas están iluminadas. ¿Cómo se hizo el
milagro? De la manera más sencilla. El peón caminero y los doscientos
cincuenta amigos particulares suyos tuvieron el capricho de iluminar
sus casas. Como carecen de antorchas, las piden en forma bastante
perentoria al señor Gabelle. El funcionario muestra vacilaciones,
resistencias, y en su vista, el caminero, tan sumiso en otro tiempo
a la autoridad de aquél, insinúa a sus doscientos cincuenta amigos
particulares que los coches, convenientemente hechos astillas,
proporcionan excelentes antorchas, y que los caballos de las sillas de
posta están pidiendo a gritos que los tuesten.
El castillo queda abandonado a las iras del elemento destructor.
Encendidos huracanes, nacidos sin duda en las regiones infernales,
coadyuvan a la obra, avivando las bramadoras llamas y sacudiendo el
robusto edificio. Las caras de piedra de los eternos centinelas se
retuercen entre cascadas de chispas y mares encendidos. Al caer con
estruendo masas enormes de piedra revueltas con vigas gigantescas, el
rostro de piedra que presenta dos mellas en la nariz adquiere expresión
decididamente siniestra. Todo el mundo le hubiera tomado por la cara
del cruel Marqués que, amarrado a la pira, lucha desesperado contra el
fuego.
Ardía el castillo. Los árboles más cercanos, alcanzados por el fuego,
se retorcían, doblaban y arrugaban; otros más distantes, encendidos
por los cuatro terribles bultos, enviaban a la mole ardiente mares de
negro humo. En las entrañas del mármol de la fuente hervían plomo y
hierro derretido; el agua había dejado de correr, y las agujas de las
torres, cual si fueran de hielo, se fundían bajo la acción del calor.
Bandas de asustados pájaros revoloteaban aturdidos y concluían por caer
en medio del horno, y mientras tanto, los cuatro bultos se alejaban,
guiados por los resplandores que ellos habían creado, en dirección a su
nuevo destino. La aldea se apoderó de la campana de alarma, y aboliendo
de una vez la significación de sus tañidos, la obligó a festejar su
alegría.
Y no paró aquí la cosa: la aldea, cuya mollera parece había despejado
de improviso el hambre, las llamas y las voces de la campana de alarma,
que ya lo era de alegría, sospechando que el señor Gabelle pudiera
tener algo que ver con el cobro de las rentas y de los impuestos,
aunque a decir verdad, ningún impuesto había cobrado el buen Gabelle en
los días anteriores, y sí únicamente algunas rentas atrasadas, deseó
celebrar con aquél una entrevista, y al efecto, cercó su casa y le
invitó a salir a la calle, donde podrían conferenciar personalmente.
El señor Gabelle contestó atrancando sólidamente la puerta de su
casa, y retirándose a la habitación más escondida, a fin de celebrar
la conferencia consigo mismo. El resultado de esta conferencia
unipersonal, fué que el buen Gabelle subió de nuevo al tejado de su
casa y se escondió detrás de las chimeneas, resuelto, dado caso que los
habitantes de la aldea derribasen la puerta de entrada, a arrojarse de
cabeza desde el tejado a la calle a fin de aplastar bajo el peso de su
cuerpo a uno o dos de los que con tanto ahinco deseaban conferenciar
con él. No nos admire su decisión: Gabelle era un meridional de
carácter vengativo.
Es más que probable que la noche se le antojase eterna al señor
Gabelle, pues en realidad no resulta muy agradable pasársela sobre el
tejado, contemplando a lo lejos los siniestros fulgores de un castillo
ardiendo, escuchando los porrazos que un pueblo enfurecido descarga
contra la puerta de su casa, y sobre todo, viendo pendiente de su
poste un farol, que el pueblo miraba de tanto en tanto con ganas de
substituirlo con otro objeto, que muy bien pudiera ser su cuerpo.
Triste es, en efecto, pasarse toda una noche de verano sobre el alero
de un tejado, contemplando a sus pies un océano de revueltas olas
negras, y decidido a arrojarse de cabeza en su centro; pero al fin
hizo su aparición una aurora risueña, se apagaron las luminarias, el
pueblo se dispersó, y el señor Gabelle pudo salir con vida del trance.
Dentro de un radio de cien millas, y a la luz de otros incendios, hubo
aquella noche, y otras noches, muchos funcionarios menos afortunados
que el señor Gabelle, a quienes el sol del nuevo día encontró colgados
en las mismas calles, pacíficas en tiempos mejores, en que nacieron y
crecieron. Verdad es que también hubo otros aldeanos, otros ciudadanos
que, menos afortunados que el peón caminero y sus doscientos cincuenta
amigos particulares, cayeron a los golpes de los funcionarios y de los
soldados. Pero los fieros portadores del fuego continuaban su carrera
en dirección a Oriente y a Poniente, al Septentrión y al Mediodía
señalando su paso con regueros de llamas, y no existía funcionario, por
versado que estuviera en matemáticas, capaz de calcular la altura de
los patíbulos necesaria para contener o desviar el curso del despeñado
torrente.
XXIV
ATRAIDO POR LA MONTAÑA IMANTADA
Tres años duraron las tempestades, tres años durante los cuales
bramaron sin cesar los océanos y rugieron las llamas por doquier, tres
años de continuos terrores para los que desde la playa contemplaban
la furia siempre creciente de los mares. Tres cumpleaños más vió la
pequeña Lucía, en cuya existencia pacífica no cesó su amante madre de
tejer nuevos hilos de oro.
Más de un día y más de una noche estuvieron los moradores del tranquilo
rincón de Soho escuchando con amargo dolor el ruido de pasos que
herían sus oídos, pues sabían que eran pasos de gentes enfurecidas,
que corrían en tumulto a la sombra de rojos pendones, sabían que su
patria había sido declarada en peligro, que sus moradores se habían
transformado de seres humanos en bestias feroces.
No acertaba a comprender el señor, como clase, el fenómeno de no ser
apreciado, de no ser necesitado en Francia, de no ser querido, de ser
odiado hasta el extremo de correr peligro inminente de verse despedido
del suelo francés y del mundo de los vivos al propio tiempo. Semejante
al rústico de la fábula que, después de haber conseguido que se le
presentase el diablo a fuerza de invocaciones, quedó tan aterrorizado
al verle, que ni voz tuvo para hacer una pregunta al enemigo, así el
señor, después de tener el atrevimiento de rezar al revés la oración
del Padre Nuestro por espacio de varios años y de poner en juego los
sortilegios y ensalmos más potentes para despertar al demonio, no
bien llegó a entreverle, apresuróse a enseñarle sus nobles y linajudos
talones.
Habíase eclipsado el brillante cielo de la corte, convencido de
que sería el blanco obligado de la deshecha lluvia de balazos del
pueblo. Nunca fué santo de la devoción de éste, pues según malas
lenguas, Satanás le había inoculado su orgullo y Sardanápalo su lujo
y su molicie. La corte entera, desde su punto central y exclusivo
hasta todos los puntos podridos de su circunferencia de intrigas,
corrupciones y disimulo, había abandonado aquella atmósfera malsana.
También había desaparecido la realeza: sitiada en su palacio, quedó «en
suspenso» al llegar hasta ella las furiosas olas.
En el mes de agosto del año de mil setecientos noventa y dos, la casta
de los señores estaba dispersa por el mundo.
Como es natural, el cuartel general, el centro de reunión del señorío
en Londres era el Banco Tellson. Dicen que los espíritus rondan los
lugares donde yacen sepultados sus cuerpos, y conformándose a esta
ley, el señor sin un cuarto rondaba el lugar donde en tiempos mejores
estuvieron depositados sus -cuartos-. Además, el Banco Tellson era el
centro al que con más rapidez llegaban nuevas de Francia: llevaba su
generosidad hasta el punto de hacer adelantos a los que fueron sus
clientes en tiempos de prosperidad; guardaba en sus arcas inmensas
sumas depositadas por nobles que, más previsores que la generalidad,
vieron que se condensaba la tormenta y se adelantaron a los robos y a
las confiscaciones, y finalmente, cuantas personas llegaban de Francia,
principiaban por dejarse ver en el Banco Tellson, donde hacían historia
de los últimos sucesos. Por toda esta variedad de razones, era el Banco
Tellson por aquella época una especie de Palacio de la Bolsa por lo que
a asuntos o personas francesas se refiriera, circunstancia que conocía
tan perfectamente el público, y que daba lugar a tantas preguntas y
comisiones, que con frecuencia se hacían constar las noticias últimas
en cartelones que se colgaban de las ventanas del edificio, para que
pudieran leerlas cuantos pasaran frente al Tribunal del Temple.
Una tarde brumosa y de calor sofocante, Lorry y Carlos Darnay, sentados
frente a la mesa de trabajo del primero, conferenciaban en voz baja.
Faltaría sobre media hora para cerrar el establecimiento.
--Ya sé que es usted el hombre más joven que ha existido en el
mundo;--dijo Carlos Darnay con muestras de vacilación,--pero aun así,
perdone que le diga...
--Comprendo: que soy muy viejo, ¿verdad?--interrumpió Lorry.
--Tiempo inseguro, viaje largo, medios inciertos y país en estado
anárquico, amén de una ciudad que ni a usted puede ofrecer garantías.
--Mi querido Carlos--replicó Lorry con confianza,--las razones que
usted acaba de apuntar, lejos de desanimarme, lejos de conspirar contra
mi proyecto de hacer el viaje, conspiran para que lo haga. Nadie tendrá
el mal gusto de meterse con un viejo de casi ochenta años, cuando
puede hacerlo con tantos otros jóvenes, robustos, y más dignos de ese
honor que yo. Dice usted que se trata de una ciudad desorganizada, y
yo contesto que, si en ella reinase el orden, no sé por qué nuestra
casa de aquí había de enviar a nuestra casa de allá a uno que conoce
de antiguo la ciudad y los negocios de la ciudad, y posee además
la confianza de Tellson. En cuanto a los inconvenientes que puedan
originar la incertidumbre de los medios de locomoción, lo largo del
viaje y lo inseguro del tiempo, si yo no estuviera dispuesto a afrontar
todos esos inconvenientes en obsequio a la casa, después de haber
envejecido en ella, ¿quién lo estará?
--Desearía ir yo mismo--dijo Carlos, como quien piensa en voz alta.
--¡Hombre!--exclamó Lorry.--¡Voy viendo que es usted un asesor de
primera fuerza y un consejero que no tiene rival! ¿Conque usted mismo,
eh? Y nacido en Francia, ¿eh? ¡Buen consejo, amigo, buen consejo!
--Precisamente porque he nacido en Francia, mi querido señor Lorry,
ha cruzado y cruza con frecuencia por mi mente aquel pensamiento. Yo
encuentro muy natural que así piense el que conserva alguna simpatía
por aquel pueblo desdichado, el que le ha abandonado algo que era suyo,
y como consecuencia, cree que su voz sería escuchada, y que acaso
consiguiera contener un poquito el desorden. Anoche mismo, después que
usted se despidió de nosotros, estaba yo diciendo a Lucía...
--¡Estaba usted diciendo a Lucía!...--repitió Lorry.--¡Francamente!
¡Me admira que no se avergüence usted de pronunciar en este instante
el nombre de Lucía! ¡Canastos! ¡Nombrar a Lucía cuando desea irse a
Francia en estas circunstancias!
--¡No he ido todavía!--contestó Carlos sonriendo.--Más que por otra
cosa, hablo así a fin de contrarrestar el propósito que usted asegura
que ha formado de ir.
--Lo he formado, sí, Carlos: nada más cierto. Voy a hablarle con
franqueza, mi querido amigo. No puede usted figurarse siquiera las
dificultades con que tropiezan todos nuestros negocios, ni el peligro
que amenaza a nuestros libros y documentos de allá. Sólo Dios puede
saber las fatales consecuencias que para muchas personas entrañaría la
pérdida o destrucción de algunos de los documentos allí depositados,
y que corren peligro de perderse, peligro de ser destruídos, lo sabe
usted como yo, como lo sabe todo el mundo. ¡Quién puede decir si hoy
mismo habrá ardido París por los cuatro puntos cardinales, si será
mañana saqueado en regla! Ahora bien: únicamente yo puedo prevenir
los males, haciendo una selección prudente y escondiendo bajo tierra
o trasladando a lugar seguro los documentos en cuestión, y para ello,
precisa que no pierda ni un segundo de tiempo. ¿Puedo yo hacerme el
remolón cuando la casa sabe lo que acabo de decir, y cuando la casa lo
dice... la casa cuyo pan vengo comiendo desde hace sesenta años, la
casa en una de cuyas articulaciones me he introducido como cuña? ¡Quite
usted allá, hombre! ¿Ignora usted que soy un mozalbete, comparado con
muchos que presumen de jóvenes y no son otra cosa que vejestorios
caducos?
--¡Admiro la gallardía de su espíritu juvenil, señor Lorry!
--¡A callar! No olvide usted, mi querido Carlos, que sacar hoy el
objeto más insignificante de París, es punto menos que imposible. Hoy
mismo hemos recibido documentos preciosos--excuso recomendarle la
reserva más absoluta,--y los hemos recibido de manos de los portadores
más extraños que pueda usted imaginar, portadores cuyas cabezas pendían
de un cabello mientras cruzaban las Barreras. En otras ocasiones
circulaban nuestros paquetes de una a otra nación sin dificultad
alguna: hoy todo está paralizado.
--¿Y piensa usted emprender el viaje esta noche?
--Esta noche sin falta. Tal se han puesto los asuntos, que no se puede
perder segundo.
--¿No le acompaña nadie?
--Me han sido propuestas gentes de todas las clases y condiciones, pero
a nadie he dicho palabra. Pienso llevarme a Jeremías. Por espacio de
muchos años ha sido mi perro de presa, mi acompañante obligado a mis
salidas domingueras, y estoy acostumbrado a él. Nadie ha de ver en
Jeremías otra cosa que un -bull-dog- inglés, incapaz de abrigar otros
designios que el de lanzarse sobre cualquiera que se atreva a tocar el
pelo de la ropa a su amo.
--Repito que admiro su gallardía de ánimo y sus arrestos.
--Y yo repito que dice usted una tontería, amigo Carlos. Una vez haya
dado fin a esta pequeña comisión, es posible que acepte la proposición
de Tellson de retirarme y vivir tranquilo. Entonces es cuando me
sobrará tiempo para pensar en que me voy haciendo viejo.
Había tenido lugar el diálogo que queda transcrito en el despacho
del señor Lorry, a una o dos varas de distancia de un enjambre de
señores, cuya conversación, bastante animada por cierto, versaba
sobre la venganza que muy en breve tomarían sobre el ruin populacho.
Realmente era inconcebible que los señores, en su calidad de emigrados,
y como tales, víctimas de infinidad de reveses, y la nativa ortodoxia
inglesa, hablasen de aquella Revolución terrible cual si fuera cosecha
de frutos no sembrados, cual si no hubiesen sido puestos todos los
medios humanos para producirla, cual si no hubieran visto y anunciado
con palabras clarísimas su llegada inevitable muchos observadores que
necesariamente habían de hacerse cargo de la miseria intolerable que
afligía a millones de hijos de Francia y del empleo desastroso que se
daba a los recursos que hubiesen podido hacerles prósperos y felices.
Difícilmente podía sufrir ningún hombre de alma sana y conocedor de
la verdad la serie de sandeces dichas con tono doctrinal, combinadas
con complots extravagantes para restaurar un estado de cosas gastado y
podrido hasta la médula. Las sandeces y las extravagancias, unidas a la
intranquilidad de ánimo en que Carlos Darnay se encontraba, traían a
éste impaciente y nervioso desde varios días antes, y la conversación
que estaba oyendo no hizo más que exacerbar su impaciencia.
Entre los habladores figuraba Stryver, hombre que había subido ya
varios escalones de la escalera de la gloria, y que estaba abocado a
subir muchos más aún, no siendo, por consiguiente, de extrañar que se
inclinara decididamente hacia la clase señorial. Hablaba en la ocasión
presente con gran ardor de la necesidad de acabar de una vez con el
pueblo, de exterminar sin piedad a la vil gentuza, de hacer desaparecer
de la tierra a la canalla, para conseguir lo cual preconizaba medios
que, en eficacia, allá se andaban con el de aquel sabio que, queriendo
suprimir para siempre las águilas, propuso que se les espolvoreasen
las colas con sal molida. Darnay escuchaba al abogado con profunda
aversión, con repugnancia. Hasta se le ocurrieron deseos de marcharse
para no oirle, y es más que probable que los hubiese llevado a la
práctica de no haber venido los mismos sucesos a indicarle el camino
que debía seguir.
La Casa acababa de acercarse a Lorry y, dejando sobre la mesa un pliego
cerrado y sumamente ajado, preguntóle si había encontrado rastros de
la persona a quien iba dirigido. La Casa dejó la carta tan cerca de
Darnay, que éste hubo de leer la dirección. Verdad es que no le costó
gran trabajo, pues precisamente el nombre escrito en el sobre era el
suyo. Decía así.
«Muy urgente. Al Señor Marqués de Saint-Evrémond de Francia. Confiada a
los señores Tellson y Compañía, Banqueros, Londres, Inglaterra.»
El doctor Manette, la mañana misma del matrimonio de su hija con
Carlos Darnay, exigió a éste que guardase inviolable el secreto de su
apellido, hasta tanto que el doctor le desligara de la obligación.
Nadie conocía su título, que hasta para su mujer era un secreto. En
cuanto a Lorry, ni remotamente podía sospecharlo.
--No--contestó Lorry a la Casa.--He preguntado a cuantas personas han
venido a esta casa, pero nadie ha sabido decirme dónde se encuentra ese
caballero.
Como había sonado la hora de cerrar el Banco, casi todos los amigos
de dar trabajo a la lengua se habían refugiado en el despacho de
Lorry. Este conservaba en sus manos la carta mirándola con perplejidad
manifiesta. También la miraba la casta señorial, pero con ira, con
ceño, cual si en vez de un pedazo de papel estuviera viendo un
refugiado indigno de la raza a que pertenecía. Este, aquél, el de más
allá, todos tenían algo que decir con contra del Marqués que no parecía
por parte alguna.
--Sobrino, si no estoy mal enterado... pero desde luego sucesor
degenerado de aquel ilustre y refinado Marqués que fué villanamente
asesinado--dijo uno.--Me cabe la fortuna de no haberle visto en mi vida.
--Un cobarde que abandonó su puesto hace algunos años--terció otro
señor, que había salido de París metido de cabeza en el centro de una
carretada de paja, con los pies en alto y medio asfixiado.
--Corrompido por las nuevas doctrinas--repuso un tercero,--se declaró
en oposición abierta contra el último Marqués, abandonó sus tierras no
bien las heredó, y las confió a un hato de rufianes. Espero que ellos
mismos le darán ahora el pago a que se ha hecho acreedor.
--¿Eso hizo?--gritó Stryver.--¿Tan canalla es ese hombre? Veamos...
veamos su infame apellido.
Darnay, cuya resistencia tocaba a su fin, tocó en un hombro a Stryver y
dijo:
--Yo conozco a ese señor.
--¡Por todos los diablos juntos!... ¿Usted le conoce? Lo siento en el
alma.
--¿Por qué?
--¿Pregunta usted por qué, Darnay? ¿Pero no ha oído usted lo que ha
hecho?
--Lo he oído, sí; pero pregunto a usted que por qué siente que yo le
conozca.
--En ese caso, repetiré a usted, señor Darnay, que siento que usted
conozca a ese hombre indigno, y que lamento que no se le alcance a
usted por qué lo siento. Me aflige sobremanera oir las preguntas
inconcebibles que usted hace. Nos hablan aquí de un sujeto corrompido
por la más pestilente e impía de las podredumbres, de un individuo el
más vil que jamás ha existido en el mundo, que abandona sus bienes a
la hez de a tierra, a los canallas cuyo credo es el asesinato y el
robo, ¿y me pregunta usted por qué lamento que un hombre que se dedica
a enseñar a la juventud le conozca? ¿Se empeña en saberlo? ¡Vaya, se
lo diré! Lo siento porque creo que miserables como el que nos ocupa
contagian a quien los conoce. Y lo sabe usted.
Darnay, conteniéndose a duras penas, contestó:
--Quizá no comprende usted al caballero a quien se refiere.
--Pero sé muy bien cómo poner a usted entre la espada y la pared,
y voy a hacerlo--gritó Stryver.--Si ese individuo es un caballero,
desde luego -no- le comprendo; puede usted decírselo así de mi parte,
y darle de paso mis recuerdos. También puede añadirle de parte mía,
que después de abandonar a la gentuza los bienes patrimoniales, me
admira sobremanera que no se haya puesto a la cabeza de los ladrones
y asesinos... Pero no, caballeros, no; yo, que conozco un poquito el
natural humano, me atrevo a asegurarles que no encontrarán nunca a un
sujeto como ése que se confíe a los tiernos cuidados de sus humildes
-protegidos-. No, caballeros, no; si algo de su persona deja ver a
aquéllos, será, en todo caso, un par de talones, y aun éstos, sólo
durante el tiempo que tarde en poner tierra de por medio.
Dichas estas palabras, que merecieron la aprobación unánime de sus
oyentes, salió a la calle Fleet. Segundos después quedaban solos en el
despacho Lorry y Carlos Darnay.
--Puesto que usted conoce a la persona a quien la carta va
dirigida--dijo Lorry--¿quiere encargarse de hacerla llegar a sus manos?
--Con mucho gusto.
--¿Tendrá la bondad de explicarle que sin duda se la han dirigido aquí
porque creían que nosotros le conocíamos, y que, ignorando quién era y
dónde estaba, la carta está detenida desde hace algún tiempo?
--Así lo haré. ¿Cuándo sale usted para París?
--A las ocho salgo de aquí mismo.
--Yo volveré para despedirle.
Descontento consigo mismo, y más todavía con Stryver y con sus
compatriotas, Darnay salió del edificio del Banco y, no bien llegó a
una esquina donde creyó estar a cubierto de miradas indiscretas, abrió
la carta, que estaba concebida en los siguientes términos:
«Prisión de la Abadía, París.
»Junio, 21, 1792.»
»Señor Marqués:
»Después de correr durante largo tiempo peligro inminente de
dejar la vida en manos de los vecinos de la aldea, he sido preso,
sometido a mil violencias y atropellos, y al fin conducido a
París, cuyo largo viaje me han obligado a hacer a pie. Las
amarguras que en el camino he apurado no son para contarlas aquí;
y no es esto todo; mi casa ha sido destruída... arrasada hasta los
cimientos.
»El crimen de que me acusan, el que me tiene enterrado en la
cárcel, señor Marqués, el crimen por el que compareceré ante el
Tribunal y que me costará la cabeza (si usted no me presta su
generoso auxilio) es, según dicen ellos, el de traición contra la
majestad del pueblo, al que aseguran que he vendido para proteger
a un emigrado. En vano les he hecho presente que, lejos de obrar
contra ellos, he obrado en su favor, ateniéndome a instrucciones
suyas, señor Marqués; en vano he alegado que con anterioridad a la
confiscación de los bienes de los emigrados había yo condonado los
impuestos que el pueblo cesó de pagar, que no cobré las rentas, que
no recurrí a los tribunales. A todas mis representaciones contestan
que obré en favor de un emigrado, y yo me pregunto: ¿dónde está ese
emigrado?
»¡Ah, mi buen señor Marqués! ¿Dónde está ese emigrado? Yo pregunto
mientras duermo; ¿dónde está? Vuelvo mis ojos a los cielos, y les
pregunto; ¿vendrá a salvarme? No me contestan. ¡Ah, señor Marqués!
Envío mi grito de angustia a través de los mares, por si Dios
quiere que llegue a sus oídos por mediación del gran Banco Tellson,
tan conocido en París.
»Por el amor de Dios, por equidad, por justicia, por generosidad,
por el honor inmaculado de su noble apellido, señor Marqués, le
suplico que corra en mi auxilio y me libre de la muerte que me
amenaza. Mi único crimen es haber sido fiel a usted... ¡Oh señor
Marqués! Yo confío que usted corresponderá a mi fidelidad.
»Desde esta mazmorra donde todos los horrores tienen su asiento,
desde esta antesala de la muerte, envío a usted, señor Marqués, la
expresión de mi dolorosa lealtad, juntamente con el ofrecimiento de
mis desgraciados servicios.
»Su afligido servidor,
»GABELLE.»
La lectura de la carta que queda copiada infiltró en la intranquilidad
latente de Darnay un torrente vigoroso de vida. El peligro que se
cernía sobre la cabeza de un servidor antiguo, por cierto de los
mejores, que no había cometido más crimen que el de serle leal a él y
a su familia, fué para Darnay a manera de latigazo recibido en pleno
rostro. La vergüenza se le subió a la cara con fuerza tal, que mientras
caminaba al azar sin saber qué resolución adoptar, ni a mirar a los
transeuntes se atrevía.
Sabía muy bien que, arrastrado por el horror de la hazaña que puso
digno remate a las malas acciones y a la pésima reputación de su
rancia familia, impulsado por las sospechas que su tío le inspirara y
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