algo que pudiera orientarle y servirle de guía en lo sucesivo. El plan, que mereció la aprobación de la señorita Pross, fué ejecutado con diligente esmero. Lorry, que dispuso de tiempo sobrado para acicalarse, se presentó a la hora del almuerzo pulcro e irreprochable. El doctor fué llamado como de ordinario, y como de ordinario se sirvió el almuerzo. De la conversación, entablada y seguida por parte de Lorry con con cautela y tacto exquisitos, infirió que el doctor creía que el matrimonio de su hija había tenido lugar el día anterior. Avanzando con método en sus trabajos de exploración, dejó caer como al descuido una alusión al día de la semana y del mes en que se encontraban, alusión que confundió visiblemente al doctor, mas como quiera que en todos los demás reflejaba una serenidad de juicio evidente, Lorry resolvió buscar la ayuda que ambicionaba, y esa ayuda la esperaba del mismo doctor. En consecuencia, terminado el almuerzo y levantados los manteles, dijo Lorry con muestras de vivo interés: --Mi querido Manette, deseo me exponga usted su opinión acerca de un caso que me interesa extraordinariamente, de un caso muy curioso... quiero decir, muy curioso para mí, pues quizá usted lo encuentre natural y lógico. El doctor escuchaba con viva atención y mirando con expresión conturbada sus manos encallecidas por el trabajo de los diez días últimos. Ya antes las había mirado con frecuencia. --Afecta el caso en cuestión, mi querido Manette--repuso Lorry--a un amigo mío, a quien quiero mucho. He aquí por qué le ruego muy de veras que lo examine con verdadero interés y me aconseje en bien de mi amigo... y sobre todo, en bien de su hija... de la hija de mi amigo, mi querido Manette. --Si no entiendo mal--contestó el doctor en voz muy baja,--se trata de un sacudimiento mental... --¡Eso es! --Hábleme con claridad y sin omitir detalle--dijo el doctor. Comprendió Lorry que se habían entendido, y prosiguió así: --Mi querido Manette, se trata de una conmoción terrible, muy antigua y que duró varios años, de una conmoción cruel, brutal, de las afecciones, de los sentimientos, de... las facultades, del espíritu... eso es: del espíritu. Cuánto tiempo duró la conmoción que rindió y abatió al desdichado que fué su víctima, es lo que no puedo precisar, pues sólo mi amigo podría decírnoslo, y él no se hallaba en condiciones de calcular el tiempo. El que sufrió la conmoción llegó a reponerse de sus efectos merced a un proceso que ni él mismo puede explicar... según le oí manifestar en público en una ocasión en que hizo un relato conmovedor de sus desgracias. Digo que se ha repuesto de los efectos del sacudimiento mental tan completamente, que hoy es un hombre de inteligencia clarísima, un hombre que puede entregarse a ocupaciones intelectuales profundas, de alma vigorosa y de cuerpo fuerte, un hombre que multiplica todos los días sus conocimientos, y cuenta que ya antes poseía de ellos rico caudal. Por desgracia... ha tenido... una pequeña recaída. El doctor preguntó anhelante: --¿De qué duración? --Ha durado nueve días con sus noches. --¿En qué forma se manifestó?--preguntó el doctor, mirando de nuevo sus manos.--¿Tal vez volviendo a entregarse a alguna ocupación antigua relacionada con su sacudimiento mental? --En efecto. --Otra cosa: ¿Tuvo usted alguna vez ocasión de verle entregado a esa ocupación, durante su enfermedad original anterior a la recaída?--preguntó el doctor con gran calma, bien que siempre con voz muy baja. --Una sola vez. --Después de su recaída, ¿le encontró usted igual que antes en casi todo... o en todo? --Creo que en todo. --Habló usted antes de una hija de su amigo: ¿ha tenido la hija noticia de la recaída del padre? --No: la recaída ha permanecido rodeada del secreto más rígido, y no creo que la hija llegue a sospecharla nunca. De ella tenemos conocimiento dos personas nada más: yo, y otra de confianza absoluta. --¡Previsión delicada y generosa, amigo mío!--exclamó el doctor estrechando efusivamente la mano de Lorry. Los dos interlocutores guardaron silencio por espacio de algunos momentos. --Soy hombre de negocios, mi querido Manette--dijo Lorry poniendo fin al silencio y hablando con acentos de vivo cariño,--y, por tanto, profano en asuntos tan enrevesados y difíciles. Me faltan datos que me orienten, me falta inteligencia, conocimientos que me guíen, me falta una persona que me asesore. En este mundo, no hay hombre en quien pueda yo hacer confianza ni que me pueda sacar de dudas, como no sea usted. Dígame, ¿a qué fué debida la recaída? ¿Existe peligro de que sobrevenga otra? Suponiendo que el peligro exista, ¿hay medios de prevenirla? ¿Qué medios son estos? ¿Qué puedo hacer en obsequio de mi amigo? Jamás ha existido en el mundo hombre que con tanto anhelo deseara servir a un amigo como yo al mío, si supiera cómo; pero no sé qué hacer si el caso se repite. Si su sagacidad de usted, sus conocimientos, su experiencia, pueden indicarme el camino recto, creo sin inmodestia que podré hacer mucho: sin luces, sin auxilio extraño, todos mis buenos deseos naufragarán en el mar obscuro de mi ignorancia. Por favor, déme usted algunas explicaciones, ilumíneme un poquito y enséñeme la manera de ser útil a mi amigo. El doctor Manette bajó la cabeza y se sumergió en profundas meditaciones. Lorry esperó con calma. --Me parece muy probable--dijo el doctor al cabo de un rato--que la recaída que usted acaba de describirme estuviera prevista por el que fué su víctima. --¿Acaso prevista y temida?--se atrevió a preguntar Lorry. --Temida, sí--exclamó el doctor, estremeciéndose involuntariamente.--No es posible que usted se forme idea aproximada del peso enorme con que ese temor gravita sobre el pecho del paciente... ni de la casi imposibilidad en que se encuentra de hablar palabra acerca del asunto que le oprime. --¿Y no cedería esa opresión--preguntó Lorry--si se resolviera a confiar a alguien el secreto que por lo visto le atosiga? --Creo que sí; pero le es, según acabo de decir, punto menos que imposible. Hasta se me figura... que es imposible en absoluto. Sobrevino otra pausa, a la que puso fin Lorry, preguntando con dulzura: --¿A qué causa atribuye usted la recaída? --A mi juicio--respondió el doctor Manette,--ha sobrevenido un despertar enérgico de los recuerdos que fueron causa determinante de la enfermedad inicial, han revivido ideas asociadas con las torturas antiguas al soplo de algún suceso reciente. Es muy probable que en la mente del paciente viniera acumulándose desde hace algún tiempo el temor a ese despertar enérgico de recuerdos dolorosos... con motivo de determinadas circunstancias.... con motivo de un suceso determinado... En este caso, el paciente intentó adoptar medidas de prevención.... las adoptaría seguramente, pero en vano. ¡Quién sabe si los mismos esfuerzos hechos para resistir el golpe le incapacitaron para soportarlo! --¿Cree usted que mi amigo recuerda lo que ha hecho durante la recaída?--preguntó Lorry, después de vacilar durante algunos segundos. Tendió el doctor miradas tristes en derredor, movió la cabeza, y contestó con voz más baja que nunca: --¡Absolutamente nada! --Pasemos ahora al pronóstico... al porvenir. --El porvenir--contestó con energía el doctor--me inspira grandes esperanzas. Fúndanse éstas en el escaso tiempo que gracias al Cielo ha durado la recaída. Si tenemos en cuenta que el paciente, después de caer postrado al peso de algo desde tiempo antes temido, de algo previsto más o menos vágamente, de algo contra lo que en vano intentó prevenirse, se ha repuesto una vez ha estallado la nube, sobran motivos para creer que ha pasado lo peor. --¡Muy bien...! ¡Muy bien! Sus palabras me tranquilizan... ¡Gracias!--exclamó Lorry. --¡Gracias!--repitió el doctor, doblando la cabeza. --Quedan todavía dos puntos sobre los cuales desearía me instruyese. ¿Puedo continuar? --Es el mayor favor que puede usted hacer a su amigo--respondió el doctor alargándole la mano. --Primero: mi amigo es estudioso por temperamento y de una energía poco común. Persigue con ardor la adquisición de nuevos conocimientos profesionales, hace experimentos laboriosos y se dedica a infinidad de cosas que exigen intensa labor mental. Dígame: ¿no le parece que trabaja con exceso? --Creo que no. Quizá la índole de su inteligencia exige un trabajo mental continuo, bien sea la índole en cuestión innata y natural, bien modificada artificialmente, por decirlo así, a consecuencia de pesares y aflicciones. Cuanto menos la ocupe en asuntos intelectuales, mayor será el peligro de que sus pensamientos tomen rumbos perjudiciales. Es probable que él mismo, después de observarse con detenimiento, haya hecho el descubrimiento a que me refiero. --¿Tiene usted seguridad de que la labor mental de mi amigo no es excesiva? --La tengo; sí. --Pero si le venciera el exceso de trabajo... --Dudo mucho que tal cosa ocurra, mi querido Lorry. Cuando existe una tendencia violenta en una dirección determinada, se hace indispensable contrapesarla de alguna manera, o de lo contrario, se rompe el equilibrio. --Perdone mi insistencia, mi querido Manette, pues sabido es que los hombres de negocios somos persistentes. Dando como averiguado que la recaída que lamentamos fué resultado de intensa presión mental, ¿no habrá peligro de que se repita? --No lo creo... no puedo creerlo--contestó con acento de convicción profunda el doctor Manette.--Solamente la exacerbación de una clase determinada de recuerdos podría provocar otra recaída, solamente la vibración violenta de la cuerda misma que motivó la primera pudiera ser causa de otras. Ahora bien: después de lo ocurrido, considero punto menos que imposible nuevas exacerbaciones de los recuerdos a que me refiero, imposibles nuevas vibraciones de la cuerda enferma. Creo... casi me atrevo a asegurar que han desaparecido para siempre las circunstancias que podrían dar margen a nuevos tropiezos. Hablaba el doctor con la timidez de quien sabe cuán poco basta para trastornar la organización delicada de la inteligencia, y al propio tiempo con la confianza del que, templado en las aguas amargas de las tribulaciones, ha adquirido esa fortaleza que es capaz de resistir impávida los huracanes de la vida. No sería su amigo quien tratase de combatir aquella confianza. Antes por el contrario, se mostró más esperanzado y convencido de lo que en realidad estaba, y pasó a tratar el segundo punto. Era este mucho más difícil y escabroso que el primero: de ello estaba Lorry muy persuadido; pero recordó la conversación que el domingo tuviera con la señorita Pross, hízose cargo de las dolorosas escenas a que había asistido en los nueve días últimos, y comprendió que estaba en el deber de afrontarlo. --Durante su recaída, por fortuna pasada ya, se entregó... al oficio de... cerrajero--dijo Lorry, con vacilación manifiesta.--Sí; eso es: al oficio de cerrajero. A título de ejemplo que aclare bien los conceptos, diremos que mi amigo, durante el tiempo de su desequilibrio mental, acostumbraba trabajar en una fragua. Añadiremos que, debido a circunstancias que no hay por qué detallar, ha vuelto a encontrar esa fragua. ¿No opina usted que es una lástima que la conserve a su lado? El doctor se pasó la mano por la frente. --La tiene constantemente a su vista--repuso Lorry, mirando con ansiedad a su amigo.--¿No le parece que sería preferible que no volviera a ver lo que forzosamente ha de recordarle tiempos penosos? El doctor golpeaba el suelo con pie nervioso. --¿Tan difícil encuentra usted el consejo que le pido?--insistió Lorry.--A mí me parece la solución sencillísima, no obstante lo cual, creo que... --Comprenda usted--contestó el doctor Manette volviéndose hacia su interlocutor--que es sumamente difícil explicar con sujeción a las reglas inflexibles de la lógica, las operaciones íntimas de la mente del pobre hombre a quien usted se refiere. En tiempos pasados, solicitó con tanto ahinco dedicarse a ese oficio, que cuando le fué concedido lo que anhelaba, dió gracias al Cielo desde lo más profundo de su alma. Es indudable que, al encontrarse con un medio que le permitía substituir con la perplejidad de sus dedos la perplejidad de su cerebro, y con la destreza de sus manos las operaciones de su mente torturada cuando adquirió alguna práctica en el oficio, se aminorasen mucho sus tormentos, en cuyo caso, es natural que muestre resistencia a separarse de lo que tanto bien le hizo. Aun hoy, aunque creo que no existe el menor peligro de nuevas recaídas, aun cuando su amigo comparta esta confianza mía, la idea de que pudiera llegar día en que hubiese de necesitar la fragua, y no la encontrase, creo que ha de producirle un dolor sólo comparable al del padre a quien amenazan con separarle de su hijo. --No estamos de acuerdo--replicó Lorry.--Sé que no soy autoridad en la materia, pues como hombre de negocios, mi inteligencia se extingue cuando no la aplico a cosas tan materiales como libras esterlinas, chelines y billetes de Banco; pero aun así, pregunto: ¿la conservación de la fragua, no tiende a la perpetuación de la idea? Si la fragua desapareciese, mi querido Manette, ¿no desaparecería con ella el miedo? En una palabra: ¿no es concesión hecha al temor de conservar la fragua? --Comprenda usted también--contestó el doctor al cabo de otro rato de silencio y con voz trémula--que se trata de un compañero antiguo. --¡Un compañero antiguo que yo alejaría de mi lado!--replicó Lorry con gran entereza, pues bueno será advertir que la iba ganando a medida que la perdía el doctor.--¡Un compañero antiguo a quien yo sacrificaría sin pizca de remordimiento! No me hace falta más que su autorización. Conservarlo es pernicioso; de ello estoy seguro. Concédame el permiso que solicito, mi querido Manette... ¡Usted es bueno... tiene buen corazón... concédamelo en aras de la tranquilidad de la pobre hija de mi amigo...! La lucha que en el pecho del doctor libraron pensamientos contradictorios, fué enconada, terrible, espantosa. Al cabo del rato, dijo: --En obsequio a la hija de su amigo, concedo la autorización que me pide. Sanciono el sacrificio de la fragua; pero que no se haga ante los ojos de su amigo. Aproveche un momento de ausencia y líbrenle del dolor de presenciar la destrucción de lo que fué su compañero único en tiempos pasados. Con verdadera alegría aceptó Lorry la solución, y la conferencia quedó terminada. Pasaron el día en el campo, lo que bastó para reponer al doctor. Durante los tres días siguientes hizo su vida normal, y a los catorce de la ausencia de su hija, salió a reunirse con ésta y con su marido. No bien cerró la noche del día en que el doctor salió de su casa, penetró en el dormitorio de aquél nuestro buen amigo Lorry, armado de una cuchilla de carnicero, una sierra, un cincel y un martillo. Tras él entró la señorita Pross con un candelero en la mano. A puerta cerrada, en el misterio de la noche, semejante al que comete un acto criminoso, el señor Lorry hizo pedazos la banqueta de zapatero, mientras la señorita Pross tenía la luz como quien asiste a la comisión de un asesinato. En la cocina se procedió luego a la incineración de la pecaminosa banqueta, previamente reducida a astillas, y a continuación, los útiles y herramientas del oficio, zapatos, suela y cuero, recibieron honrosa sepultura en el jardín anejo a la casa. Tanto el señor Lorry, como la señorita Pross, mientras ejecutaban la hazaña y hacían desaparecer los rastros, se consideraban, y de ello tenían casi aspecto, cómplices de un crimen horrendo. XX UNA SÚPLICA La primera persona que se presentó en la casa del doctor Manette después de haber regresado los desposados de su viaje de novios, fué Sydney Carton. Su traje, sus maneras, sus ademanes, su expresión, puede decirse que eran las de siempre; pero sobre la dura corteza, con ser extraordinariamente áspera, resaltaba cierto aire de fidelidad que no pasó inadvertido a la escrutadora mirada de Carlos Darnay. Carton aprovechó la primera oportunidad que se le deparó para llevar a Darnay al hueco de una ventana, donde le habló sin que su conversación llegara a oídos de ninguno de los presentes. --Deseo que seamos amigos, señor Darnay--comenzó diciendo Carton. --Me parece que lo somos ya--contestó Darnay. --Agradezco que así lo diga usted, aun siendo sus palabras dictadas lisa y llanamente por la educación. Pero no me refería yo a esa amistad -convencional-. Al decirle que deseo que seamos amigos, aludo a otra clase de amistad. Carlos Darnay le rogó que se explicase. --¡Por mi vida que encuentro más sencillo comprender yo la idea que hacerla comprensible a los demás!--respondió Carton.--Probaré, sin embargo. ¿Recuerda usted aquella ocasión memorable en que me encontraba yo más borracho que de ordinario? --Recuerdo la ocasión memorable en que me obligó usted a declarar que había bebido. --No la he olvidado yo tampoco. La maldición que pesa sobre esas ocasiones deja en mí rastros tan duraderos, que puede decirse que no las olvido nunca. Abrigo la esperanza de que ha de llegar un día, el que ponga fin a los míos sobre la tierra, en que satisfaga por aquella ocasión... No se alarme usted, que no es mi deseo sermonear. --¡Si no me alarmo! La seriedad en usted no puede alarmarme nunca. --Pues bien: con motivo de la borrachera en cuestión... una de mis infinitas borracheras, estuve impertinente a más no poder hablándole sobre si me era simpático o antipático: le ruego que la olvide y que considere como no pronunciadas mis palabras. --Las he olvidado hace mucho tiempo. --¡Otra vez inspiran sus palabras los cumplimientos, las conveniencias sociales! He de decir, señor Darnay, que no olvido yo tan fácilmente como pretende olvidar usted. Yo no la he olvidado, y le aseguro que una contestación ligera e indiferente por su parte no ha de contribuir a hacérmela olvidar. --Si mi contestación ha sido ligera, le ruego que me perdone--replicó Darnay.--Mi intención fué quitar toda la importancia a lo que, con no poca sorpresa mía, preocupa a usted demasiado. Le declaro, bajo mi palabra de honor, que hace mucho tiempo que olvidé la conversación de la noche a que se refiere, y entiendo que al olvidarla, no contraje mérito alguno. Pues qué, ¿no me había prestado usted aquel mismo día un servicio de esos que ningún corazón medianamente agradecido puede ni debe olvidar? --Me pone usted en el caso de decirle--respondió Carton--que ese gran servicio de que me habla fué sencillamente lo que podríamos llamar una travesura profesional, uno de esos recursos a que solemos apelar los abogados para alcanzar populachería. Buena prueba de ello es que, cuando se lo presté, me era completamente indiferente su suerte. Observe usted que he dicho cuando se lo presté; es decir, que hablo de cosas pasadas. --Se empeña usted en empequeñecer mi obligación, y sin embargo, yo, menos quisquilloso que usted, no me ofendo por la ligereza de su contestación. --Es la verdad desnuda, señor Darnay, la verdad desnuda. Pero me he separado del objeto que perseguía. Hablaba de mis deseos de que seamos amigos. Como usted me conoce ya, huelga que le diga que mi amistad a nadie puede honrar. Si alguna duda le cabe, pregunte a Stryver. --Prefiero formar opinión sin su auxilio. --Muy bien. Por lo tanto, ya sabe que soy un perro disoluto, incapaz de nada bueno, ahora y siempre. --No estamos de acuerdo, amigo mío. --Se lo aseguro yo, y usted debe creerme. Prosigo. Si usted se encuentra con fuerzas para tolerar la presencia en esta casa de un sujeto que nada vale, y que por añadidura goza de una reputación discutible, yo le pediré que como favor especial me consienta venir aquí o marcharme, sin sujeción a horas ni a reglas, no viendo en mí otra cosa que un mueble inútil y... de buena gana añadiría -anormal-, si no fuera por el parecido físico que entre nosotros dos media... un mueble inútil, reservado para servicios raros y en el que uno ni repara siquiera. Dudo mucho que abuse del permiso, si me lo concede. Hay cien probabilidades contra una de que no utilizaré su complacencia más de cuatro veces al año. Sería para mí una satisfacción saber que abuso. --¿Hará usted lo posible por abusar? --Veremos. ¿Me autoriza usted para que me tome la libertad que solicito, Darnay? --Autorizado, Carton. Diéronse un apretón de manos y seguidamente se separó Carton. Un minuto después, Carton era el hombre extravagante de siempre. Aquella noche, en las conversaciones que siguieron a la cena, y en las cuales tomaron parte la señorita Pross, el doctor, Lorry y el matrimonio, hablóse incidentalmente y en términos generales de Sydney Carton, pintándolo como problema viviente de indiferencia y de atolondramiento. Darnay dijo a su propósito algunas frases que, si bien no puede decirse que fueran duras ni ofensivas, reflejaban cierto menosprecio. Lejos estaba él de pensar que había lastimado la sensibilidad de su bella esposa. Cuando más tarde, disuelta la tertulia, la encontró en su habitación, no pudo menos de observar en ella cierta preocupación. --Te encuentro pensativa esta noche--dijo Carlos, pasando su brazo al rededor de su cintura... --Lo estoy, mi querido Carlos--contestó Lucía, mirándole de frente,--estoy pensativa esta noche porque algo tengo en el pensamiento que me molesta. --¿Y qué es, Lucía mía? --¿Me das tu palabra de no llevar tu curiosidad más allá de lo que yo desee? --¿Y qué es lo que yo no prometeré a mi amor? --Creo, Carlos, que el pobre señor Carton merece más consideración y más respeto del que tú le has expresado esta noche. --¿De veras? ¿Y por qué? --Eso es precisamente lo que no debes preguntarme. Piensa nada más... en que me consta que lo merece. --Si a ti te consta, no hay más que hablar. ¿Qué quieres que haga, vida mía? --Lo único que deseo es que le trates siempre con mucha generosidad, y que procures disculpar sus defectos cuando alguien los saque a la plaza pública en su ausencia. También te ruego que creas que en su pecho late un corazón que pocas, poquísimas veces se revela, un corazón cubierto de heridas muy profundas. Créeme, querido mío, pues te aseguro que lo he visto sangrando. --Cree que siento en el alma haberle hecho objeto de mis desconsideraciones--dijo Darnay, sin salir del asombro que las palabras de su mujer le produjeron.--No fué mi intención tratarle injustamente. --Pues no le hiciste justicia, Carlos mío. Temo que ha de ser imposible hacerle variar, que ni su carácter, ni su manera especial de ser son susceptibles de modificación; pero te aseguro que es hombre capaz de buenas acciones, más, de acciones magnánimas. Tan hermosa estaba Lucía, tan vivos destellos de luz purísima derramaba sobre su lindo rostro la fe en un hombre, para todos perdido sin remedio, que su marido, sin tener voz para contestarla, quedó como extasiado contemplándola. --¡Compláceme, amor mío!--exclamó Lucía, dejando caer su cabecita sobre el pecho de su marido y alzando hacia éste sus ojos.--¡Reflexiona cuán inmensa es nuestra dicha, y cuán de compadecer es él en su miseria! La súplica dió en el blanco. --¡No lo olvidaré nunca, corazoncito mío! ¡Lo recordaré mientras me dure la vida! Inclinóse sobre aquella cabeza adornada con rica vestidura de oro, acercó sus labios a los de rosa de Lucía y estrechó a ésta entre sus brazos. Si el paseante nocturno que en aquellos instantes recorría ensimismado las solitarias calles próximas al rinconcito de Soho, hubiera podido oir aquella súplica dictada por una piedad purísima, si le hubiese sido dado ver unas perlas clarísimas bebidas por un marido amante en unos ojos azules y limpios como el cielo, habría exclamado con transporte: --¡Que Dios bendiga su hermosa alma! XXI PASOS QUE RESUENAN Rincón el más admirable para recoger los ecos era el en que vivía el doctor Manette. Lucía, siempre ocupada en la agradable tarea de retorcer el hilo de oro que la unía a su marido, a su padre, a si misma y a su antigua directora y compañera, saboreaba una vida de felicidad no interrumpida en aquel plácido centro de la tranquilidad, escuchando el eco de los pasos del tiempo. Algunas veces, sobre todo al principio, aun cuando se consideraba completamente feliz, sus manos dejaban caer sobre sus rodillas el hilo de oro que retorcía, y el azul purísimo de sus ojos se nublaba: era que entre los ecos que muy a lo lejos resonaban creía percibir algo muy ligero, muy sutil, apenas perceptible todavía, y que, sin embargo, le producía cierta sensación de malestar. Llenaban entonces por igual su corazón arrulladoras esperanzas y dudas mortificantes: esperanzas de conocer un amor que no conocía todavía y temores de no vivir lo bastante para saborear los goces purísimos de aquel amor. Entre los ecos que en esas ocasiones herían sus oídos, sonaban los de sus propios pasos caminando a la tumba; y al pensar en la soledad en que dejaría a su marido, en el dolor agudo que su muerte le produciría, el llanto acudía a sus ojos y se desbordaba por sus mejillas. Pasaron esos tiempos. En sus brazos jugueteaba ya un ángel, llamado Lucía, como ella; y entonces, dominando a todos los ecos de los pasos que avanzaban, destacábanse siempre los de unos piececitos diminutos mezclados a sonidos de plata emitidos por una lengua que comienza a balbucear. Ya podían ensordecer al mundo los ecos más estruendosos: la joven madre, sentada junto a la cuna, sólo oía la música arrulladora de las medias palabras de su hijita. ¡El amigo divino de los niños, a quien todas las madres suelen confiar el cuidado de sus hijos, había tomado al de Lucía en sus brazos y convertídolo en manantial inagotable de dicha para ella! Siempre ocupada Lucía en retorcer el hilo de oro que ligaba a los felices miembros de aquella familia, siempre aportando al tejido de las vidas de todos el tramado de su benéfica influencia, bien que evitando con cuidado exquisito que ésta predominase, en los ecos de los pasos de los años no oía más que los de pisadas amigas. Entre ellos, destacábase por lo fuerte y próspero el de su marido; el de su padre era firme y siempre igual, y el de la señorita Pross arrebatado y violento, un eco que despertaba mil ecos, eco semejante al del bronco corcel que relincha y patea al ser castigado. Ni aun en las contadas ocasiones en que a los ecos de alegría se mezclaron ecos de dolor, fué éste cruel ni lacerante. Cuando sobre la almohada de una camita caían en desorden los rizos de una cabellera rubia, semejante a la de Lucía, sirviendo de marco a una carita demacrada y transparente de un niño, que sonriendo con dulzura, decía: «Mucho siento dejar a mi papaíto, y a mi mamaíta; mucho siento separarme también de mi querida hermanita; pero me llaman de arriba y debo acudir al llamamiento», las lágrimas que inundaron las mejillas de la madre no fueron lágrimas de agonía; que no debe arrancarlas a sus ojos el hecho de que un ángel abandone la envoltura que le servía de vestido. Al suave aletear de un ángel se unieron los ecos nacidos en la tierra, de lo que resultó un rumor que no era del todo terreno, puesto que lo animaba un soplo de los cielos. También se mezclaban a aquellos débiles suspiros del viento que besan las flores del cementerio, suspiros que recogía el oído de Lucía, creyendo que eran el alentar de un mar de verano que duerme sobre plana playa de arena mientras su hijita, estudiando con cómica gravedad las lecciones de la mañana, o embebida en la tarea de vestir sus muñecas, charlaba mezclando palabras de las dos ciudades que se habían combinado en su vida. Muy contadas veces contestaban los ecos al paso real de Sydney Carton. Media docena de veces al año, como máximum, hacía valer su privilegio de presentarse en la casa del doctor sin ser llamado y de tomar parte en la tertulia de la noche como tantas veces hiciera en tiempos pasados. Jamás se presentó borracho ni medio bebido. Pero si rara vez sonaban en el rinconcito de Soho los ecos de sus pasos, en cambio era muy frecuente escuchar la breve y hermosa historia que a su propósito susurraban aquéllos. Jamás ha existido hombre locamente enamorado de una mujer, que la haya visto y tratado con ojos puros y pensamiento inmaculado después que aquélla ha sido esposa y madre. Cual si los tiernos hijitos de ésta comprendieran su mudo dolor manifestábanle una simpatía singular... algo así como un instinto delicado de compasión hacia él. No hablan los ecos cuando vibran estas sensibilidades que tienen su asiento en lo más recóndito del alma, pero aunque silenciosos, susurran. Carton fué el primer extraño a la casa a quien la diminuta Lucía tendió sus regordetes bracitos, y el niño, momentos antes de tender su vuelo hacia el cielo, exclamó: «¡Pobre Carton! ¡Deseo que le den un beso por mí!» Stryver penetraba por los dominios de las leyes cada día con bríos mayores, semejante a poderosa nave que surca revueltos mares, y en su estela se veía a Carton cual barcaza llevada a remolque. La barcaza así favorecida por el navío que la tomó a remolque corre serios peligros, por regla general, navega con dificultad y casi siempre anegada. También Carton surcaba dando tumbos los mares de la vida, expuesto a zozobrar en todo momento. Sin embargo, una costumbre arraigada y firme, más arraigada y más firme en su pecho que ninguno de los estimulantes que solemos llamar percepción del abandono de la desgracia, indicábale el rumbo que debía seguir, y Carton lo seguía, sin que jamás se le ocurriera salir del estado lamentable en que se veía, sin que tuviera más aspiraciones de renunciar a su papel de chacal de un león que las que nunca haya tenido un chacal de carne y hueso de elevarse a la categoría de león. Stryver era rico. Había casado con una viuda dueña de soberbias propiedades y madre de tres hijos, ninguno de los cuales había sido dotado por la mano de la naturaleza con dones excepcionales, aunque se distinguían por la masa espesa de púas hirsutas que adornaba sus cabezas. Stryver, exudando protección por todos los poros de su cuerpo, había presentado a estos tres caballeritos en la plácida casita de Soho, y ofrecídolos como discípulos al marido de Lucía. Con delicadeza sin igual dijo el brillante abogado al hacer la presentación: --Tengo el gusto de aportar a su almuerzo matrimonial estos tres pedazos de pan, Darnay. Con palabras muy corteses rechazó Darnay aquellos tres pedazos de pan, alzando tal tempestad de indignación en el noble pecho de Stryver, que de allí en adelante puso empeño especial en que en el alma de los caballeritos en cuestión naciera y arraigara muy honda la idea de tratar con el desdén más profundo a los mendigos como aquel maestro famélico, cuyo patrimonio único es el orgullo. También tenía la buena costumbre de enumerar y explicar a su mujer las artes de que en otro tiempo se valió Lucía Manette para «pescarle», y del muro de diamante que opuso a los artificios de aquélla, gracias al cual fué para aquel pescador pez «no pescable». Algunos colegas suyos, que solían ser sus compañeros en sus excesos báquicos, excusábanle diciendo que había repetido tantas veces la mentira en cuestión, que hasta él mismo la tenía ya por verdad de fe... lo que lejos de excusar una ofensa la agrava en términos bastantes para justificar que el ofendido lleve al ofensor a un sitio retirado y conveniente, y bonitamente y sin enojosos procedimientos le deje colgado de cualquier árbol con un nudo corredizo. Tales eran, entre otros, los ecos que Lucía, pensativa unas veces y divertida y hasta riendo a carcajadas otras, oía desde el plácido rincón de Soho. La niña cumplió seis años. Los ecos de sus pasos por los caminos de la vida repercutían en lo más hondo del corazón de la madre, confundidos con los no menos deliciosos de los pasos del doctor, siempre tranquilo y siempre activo, y con los de su marido, siempre tierno y siempre enamorado. En los oídos de Lucía sonaban, cual música divina, los suaves ecos de aquel hogar, dirigido por ella misma, aquel hogar donde no reinaba la opulencia, pero sí la abundancia. Sonaban también, por cierto con dulzura exquisita, los ecos de lo que tantas veces decía su padre, a saber, que la encontraba más cariñosa, si era posible, de casada, que cuando era soltera. También sonaban otros ecos, a lo lejos, sí, pero no tanto que dejaran de oirse, ecos que rugían amenazadores sobre el tranquilo rincón. Por la fecha del sexto cumpleaños de Lucita fué cuando su voz atronadora subió hasta las nubes, voz como de tempestad horrorosa desencadenada en Francia. Una noche del mes de julio del año mil setecientos ochenta y nueve, se presentó Lorry y tomó asiento junto a la ventana entre Lucía y su marido. Era una noche tempestuosa y de aliento abrasador que recordó a los tres aquella otra noche en que estuvieron contemplando el rayo desde aquella misma ventana. --Principio a pensar--dijo Lorry, echando hacia el colodrillo su peluquín--que he debido pasarme toda la noche en el Banco. Ha llovido hoy sobre nosotros tan desencadenada tempestad de negocios, que no hemos sabido por dónde comenzar ni por dónde terminar. Cunde en París la desconfianza en tales términos, que la confianza viene hacia nosotros semejante a torrente impetuoso. Nuestros clientes de allí no ven el momento de confiarnos sus bienes y propiedades. ¡Nada, nada! ¡Es una verdadera manía de enviarlo todo a Inglaterra la que les ha acometido de pronto! --Lo que a mi juicio es un síntoma muy malo--observó Darnay. --¿Mal síntoma, mi querido Darnay? Quizá, si obedeciera a razones justificadas; ¡pero es tan poco racional el mundo! Lo único que hasta ahora hay de positivo es que nos echan encima un trabajo abrumador, seguramente sin motivo, sin consideración a que en el Banco Tellson estamos muchos que somos ya viejos. --Sin embargo--objetó Darnay,--sabe usted perfectamente que hay cerrazón en el horizonte, que hace tiempo que se condensan las nubes amenazando tormenta. --Lo sé... claro que lo sé--contestó Lorry, intentando persuadirse a sí mismo de la necesidad de mostrarse un poquito gruñón y descontento;--tan es así, que vengo resuelto a reñir con cualquiera para desquitarme de las fatigas de este endiablado día. ¿Dónde está Manette? --Aquí hay un pedazo--contestó el doctor, entrando en aquel momento en la estancia. --Me alegro que esté usted en casa, pues las prisas y presentimientos de hoy me han puesto nervioso sin razón ni motivo. ¿Supongo que no pensará usted salir, eh? --No; si quiere usted, jugaremos una partida de chaquete. --Prefiero no jugar, que esta noche no estoy para contender con usted. ¿Está aquí el tablero, Lucía? Tienen ustedes esta habitación a obscuras y, como no soy gato, nada veo. --Aquí está, esperándole a usted. --Muchas gracias, queridita. ¿La preciosa está en su camita? --Durmiendo como un tronco. --¡Muy bien... muy bien! ¡La verdad es que no sé por qué no ha de ir todo muy bien aquí... gracias a Dios! Pero claro: ¡me han mareado hoy tanto... Y luego, ya no soy tan joven como ustedes... como era hace treinta años...! Mi tacita de te... Eso es, Lucía... ¡Gracias! Ahora, déjenme un hueco, me sentaré en el círculo, y procuraré prestar oído a esos ecos acerca de los cuales tiene usted teorías muy peregrinas. --No son teorías, sino caprichos de mi imaginación. --Perfectamente, querida; los llamaremos caprichos--replicó Lorry. Son numerosos, variados y atronadores, ¿verdad? ¡Claro! ¡No hay más que prestar atención! * * * * * Pasos precipitados, pasos duros, pasos peligrosos que penetran violentamente en el centro vital de alguien, y que una vez se han teñido de rojo difícilmente se limpian, resonaban a lo lejos, en el barrio de San Antonio de París, y sus ecos trepidantes llegaban hasta el tranquilo rincón de Soho de Londres. Aquella mañana, San Antonio había sido campo cubierto por ingente y ceñuda masa de descamisados que se movía impaciente, empenachada con acerados sables y bayonetas en cuya fría superficie se quebraban los rayos del sol. Las fauces de San Antonio dejaron escapar tremendos alaridos mientras inmenso bosque de brazos desnudos se agitaban en el aire, semejantes a ramas de árboles azotadas por terrible vendaval. No había mano que no empuñara algún arma o semejanza de arma; no había ventana que no arrojara a las turbas instrumentos de matanza. De dónde procedían, quién las proporcionaba, dónde comenzaba la lluvia de aquellos elementos de destrucción que cruzaban sobre las cabezas semejantes a brillantes rayos, es lo que nadie hubiese podido decir; pero es lo cierto que manos invisibles distribuían mosquetes, cartuchos, pólvora, balas, barras de hierro, trancas de madera, cuchillos, hachas, lanzas, picas. Los que no podían proporcionarse otra cosa, clavaban sus ensangrentados dedos en las junturas de las piedras o de los ladrillos y arrancaban bloques o adoquines de los muros. No había en San Antonio pulso que no latiera desordenado, corazón que no pidiera sangre, ser vivo que en algo estimara la vida, ni persona que no pidiera a gritos sacrificarla. Así como todos los remolinos de aguas hirvientes tienen su punto central, así aquel mar encrespado giraba bramador en torno de la taberna de Defarge, todas las gotas humanas que caían en la caldera mostraban tendencia decidida a aproximarse al vórtice donde Defarge en persona, ennegrecido ya por la pólvora y el sudor, dictaba órdenes, daba armas, obligaba a retroceder a este hombre y arrastraba hacia sí a aquél, desarmaba a uno para con sus armas armar a otro, y trabajaba y se movía y se multiplicaba en el centro de la tempestad. --¡No te separes de mi lado, Santiago Tercero!--bramaba Defarge.--¡Vosotros, Santiago Primero y Santiago Segundo, poneos al frente de otros tantos grupos de patriotas! ¿Dónde está mi mujer? --¡Aquí estoy!--contestó la señora Defarge, reposada como siempre, pero sin hacer calceta. La dulce señora empuñaba un hacha en vez de las agujas, y en la cintura lucía dos adornos singulares: una pistola y un largo cuchillo. --¿Por dónde andas, mujercita mía?--preguntó Defarge. --En este momento contigo: dentro de un instante, a la cabeza de las mujeres--respondió la tabernera. --¡Adelante, pues!--gritó Defarge con voz de trueno.--¡Patriotas...! ¡Amigos míos...! ¡A la Bastilla! Cual si esta última palabra odiosa hubiese dado forma a todos los alientos de Francia, rasgó los aires espantoso rugido, encrespóse aquel mar viviente, se revolvieron sus fondos, se hincharon sus olas y anegaron la ciudad entera. Sonaron todas las campanas de alarma, tronaron todos los tambores, bramó y rugió el mar, y comenzó el ataque. Fosos profundos, dobles puentes levadizos, macizos muros de piedra, ocho torres ingentes, cañones, mosquetes, fuego y humo... ¡No importa! Entre mares de fuego y entre nubes de espeso humo... flotando entre el humo y cabalgando sobre el fuego, pues el mar le arrojó contra un cañón e inmediatamente le convirtió en terrible artillero..., Defarge, el tabernero, trabajó cual soldado infernal durante dos horas. Un foso ancho y profundo, un solo puente levadizo, muros robustos de piedra, ocho grandes torres, cañones, mosquetes, fuego y humo... Cae un puente levadizo... «¡Adelante, camaradas, adelante! ¡Adelante, Santiago Primero! ¡Adelante, Santiago Segundo! ¡Adelante, Santiago Mil, adelante, Santiago Dos Mil, Santiago Cinco Mil, Santiago Veinte Mil...! ¡Por todos los ángeles del Cielo... por todos los demonios del infierno... como queráis... adelante!» ¡Tales son los gritos que salen de la garganta del tabernero, convertido horas antes en artillero terrible, del tabernero, que no deja punto de reposo a su cañón ya enrojecido! «¡A mí, todas las mujeres!--gritaba mientras tanto su esposa.--¡Pues qué...! ¿No podemos matar nosotras lo mismo que ellos, luego que caiga en nuestro poder la plaza?» Y hacia ella corrían rebaños de mujeres, roncas, bramadoras, armadas con armas distintas, pero todas animadas del mismo espíritu: ¡del de la venganza! Cañones, mosquetes, fuego y humo; pero quedaba un foso profundo, un puente levadizo, robustos muros de piedra y ocho grandes torres. Los heridos que caían dejaban algunos claros en el hirviente mar. Centellean las armas, arden las antorchas, despiden nubes de humo los carros cargados de paja humedecida, brotan barricadas por doquier, suenan feroces aullidos, atruenan el espacio repetidas descargas cerradas, hieren los oídos espantosas imprecaciones, todos derrochan bravura, el mar viviente brama con furia redoblada... ¡y queda aún el foso profundo, y el puente levadizo, y los robustos muros de piedra, y las ocho grandes torres, y Defarge, el tabernero, continúa al pie del cañón, puesto al rojo blanco como resultado de cuatro horas de servicio no interrumpido! Dentro de la fortaleza aparece una bandera blanca... las olas rugen más que nunca, se hinchan, se elevan hasta las nubes y arrastran a Defarge el tabernero, lanzándole más allá del puente levadizo, más allá de los robustos muros de piedra, entre las ocho grandes torres. Tan irresistible era la fuerza del océano que le arrastraba, que hasta tomar aliento, hasta volver la cabeza fué para él tan impracticable como si contra la resaca del mar del Sur se debatiera, hasta que se encontró en el patio interior de la Bastilla. Apoyado allí contra un ángulo del muro procuró mirar en derredor. A su lado se encontraba Santiago Tercero, a escasa distancia vió a su mujer, capitaneando a las de su sexo y blandiendo el cuchillo. Todo era tumulto, todo alegría, estupefacción ensordecedora y maniática, ruidos, furiosos redobles de tambores. --¡Los prisioneros! --¡Los registros! --¡Los instrumentos de suplicio! --¡Los prisioneros! De todos estos gritos, y de diez mil incoherencias por el estilo, el que más repetía aquel mar embravecido era el de «¡Los prisioneros!». Cuando penetraron las primeras olas, arrastrando por delante a los oficiales de la fortaleza y amenazándoles con una muerte inmediata si dejaban un solo escondrijo sin revelar, Defarge agarró con su poderosa zarpa a uno de aquellos, hombre de cabellos grises que llevaba en la mano una antorcha encendida, le separó de los demás, y le dijo: --¡Enséñame la torre del Norte... pronto! --Lo haré con mucho gusto, si usted quiere--contestó el hombre--pero no hay en ella nadie. --¿Qué significa Ciento Cinco, Torre del Norte?--preguntó Defarge--¡Contesta... pronto! --¿Que qué significa, señor? --¿Significa un cautivo o un calabozo para encerrar cautivos? ¡Responde! ¿Es que quieres que te mate como a un perro? --¡Mátale!--vociferó Santiago Tercero. --Es una celda, señor. --Enséñamela. --Por aquí, señor. Santiago Tercero, hidrópico insaciable como siempre, desilusionado evidentemente al ver que el diálogo tomaba un giro que alejaba las probabilidades de que se derramase sangre, se asió al brazo de Defarge al mismo tiempo que éste asía el del calabocero. Durante el breve diálogo que queda transcrito las cabezas de los tres hombres estuvieron pegadas, y aun así con dificultad lograban oirse; tan tremendo era el estruendo producido por aquel océano viviente al penetrar en la fortaleza e inundar las salas, celdas, pasillos y escaleras. No era menor el griterío fuera, de donde arrancaban de tanto en tanto truenos que presagiaban tumulto, relámpagos que cruzaban la caldeada atmósfera cual inconmensurables látigos manejados por titanes. Defarge, el calabocero y Santiago Tercero, asidos por los brazos, atravesaron, con cuanta rapidez les fué posible, sombríos corredores jamás visitados por la luz del día, cruzaron frente a pavorosas puertas de mazmorras tétricas y húmedas, descendieron por cavernosos tramos de escalera, subieron luego ásperos escalones de piedra y de ladrillo, más semejantes a cataratas secas que a escaleras. De tanto en tanto, sobre todo al principio, la inundación les cerraba el paso o les arrastraba; pero al cabo de un rato, luego que penetraron en una escalera de caracol y empezaron a subir a una torre, quedaron solos. Tan espesos eran los muros gigantes que los aislaban del mundo, que sus oídos, cual si hubiesen quedado destrozados como consecuencia de los furiosos estruendos anteriores, apenas si percibían sordos rumores. Hizo alto el calabocero frente a una puerta muy baja, sacó una llave, abrió, y dijo mientras encorvaba el cuerpo para poder entrar: --Ciento Cinco, Torre del Norte. Encontráronse en un cuadrado formado por cuatro muros ennegrecidos. En uno de ellos se veía una argolla de hierro enmohecido, y en otro, a la altura del techo abovedado, un ventanillo defendido por gruesos barrotes de hierro y dispuesto en forma que con dificultad permitía ver una línea muy estrecha del cielo azul. Montones de cenizas cubrían el suelo, y su mobiliario lo formaba un banco, una mesa y un jergón. --Pasa poco a poco la antorcha por los muros para que yo pueda ver--dijo Defarge al calabocero. Obedeció el hombre. Defarge examinaba con mirada penetrante los muros. --¡Alto...! ¡Mira, Santiago! --A. M.--rugió Santiago Tercero con expresión anhelante. --Alejandro Manette--susurró Defarge en su oído, poniendo la yema de su índice sobre las iniciales.--Aquí ha escrito «pobre médico». ¡No hay duda! ¡El fué quien grabó aquí su epitafio! ¿Qué es lo que tienes en la mano? ¿Una barra de hierro? ¡Dámela! Defarge, que conservaba aún en su mano el botafuego del cañón, lo cambió por la barra de hierro que le alargó Santiago Tercero y, en menos tiempo del que en referirlo tardamos, hizo astillas el banco y la mesa. --¡Alza la luz!--gritó con furia al calabocero.--¡Y tú, Santiago, toma mi cuchillo,--añadió, arrojándoselo--rasga ese jergón, y busca entre la paja...! ¡Arriba la luz! Después de dirigir al calabocero una mirada amenazadora, Defarge, mientras Santiago Tercero ejecutaba su orden, escarbaba con la barra de hierro por entre las junturas de las losas del pavimento, revolvía las cenizas e intentaba mover los sillares de los muros. --¿No has encontrado nada, Santiago?--preguntó al cabo del rato. --Nada. --Vamos a hacer un montón con la paja y las astillas... ¡Así! ¡Prende fuego, carcelero! El carcelero obedeció al punto la orden. Los tres hombres salieron de la mazmorra dejando ardiendo las materias combustibles y volvieron nuevamente al patio, donde el desorden era tan espantoso, si no más, que antes. Andaba el populacho buscando frenético, loco, a Defarge; y es que quería que el tabernero fuera el jefe de la guardia encargada de la vigilancia del gobernador que había defendido a la Bastilla y hecho fuego sobre el pueblo. ¿Cómo, si no, sería conducido el gobernador al -Hôtel de Ville- para ser juzgado? ¿Cómo, si no, se evitaría que escapase, dejando sin vengar la sangre del pueblo, que bruscamente había adquirido algún valor, después de tantos años de no valer nada? Entre las innumerables turbas que bramaban de coraje y se movían inquietas en derredor de la severa persona del anciano funcionario, a quien hacían más visible su sobretodo gris con vivos rojos, no había más que una persona tranquila y sosegada, y esa persona era una mujer. --Ahí tenéis a mi marido--dijo, extendiendo un brazo hacia Defarge. Inmóvil estaba junto al gobernador cuando apareció su marido, e inmóvil continuó sin separarse de la persona de aquél. A su lado permaneció rígida y tranquila mientras Defarge y los suyos le conducían por las calles, y no se separó cuando estaban para llegar a su destino, ni cuando por la espalda comenzaron las turbas a asestarle golpes, ni cuando se cebaron en sus carnes las puntas de innumerables cuchillos, ni cuando acribillado cayó muerto sobre las piedras de la calle. Tan cerca de él se encontraba, que al verle caer, animándose de pronto, puso su pie sobre el cuello del muerto y con su afilado cuchillo le cortó la cabeza. Muy pronto sonaría la hora en que San Antonio haría bajar los faroles que iluminaban sus brutalidades y los substituiría con cadáveres de aristócratas. La sangre de San Antonio se enardecía a medida que se enfriaba la de la mano de hierro de la tiranía... a medida que corría por la escalinata que precede a las puertas del -Hôtel de Ville- la del gobernador, a medida que se manchaba de rojo la suela del zapato de la señora Defarge al oprimir el cuello del infeliz a quien hizo objeto de horrible mutilación. --¡Bajad aquel farol!--rugió San Antonio, después de volver en derredor . 1 2 , , 3 . , 4 , . 5 , 6 . 7 8 , 9 , 10 . 11 , 12 , 13 , 14 , 15 , . 16 , , 17 : 18 19 - - , 20 , . . . 21 , , 22 . 23 24 25 26 . . 27 28 - - , - - - - 29 , . 30 31 . . . , . . . , 32 . 33 34 - - - - , - - 35 . . . 36 37 - - ¡ ! 38 39 - - - - . 40 41 , : 42 43 - - , , 44 , , , 45 , , . . . , . . . 46 : . 47 , , 48 , 49 . 50 . . . 51 52 . 53 , 54 , 55 , , 56 , 57 . . . . . . . 58 . 59 60 : 61 62 - - ¿ ? 63 64 - - . 65 66 - - ¿ ? - - , 67 . - - ¿ 68 ? 69 70 - - . 71 72 - - : ¿ 73 , 74 ? - - , 75 . 76 77 - - . 78 79 - - , ¿ 80 . . . ? 81 82 - - . 83 84 - - : ¿ 85 ? 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