algo que pudiera orientarle y servirle de guía en lo sucesivo.
El plan, que mereció la aprobación de la señorita Pross, fué ejecutado
con diligente esmero. Lorry, que dispuso de tiempo sobrado para
acicalarse, se presentó a la hora del almuerzo pulcro e irreprochable.
El doctor fué llamado como de ordinario, y como de ordinario se sirvió
el almuerzo.
De la conversación, entablada y seguida por parte de Lorry con con
cautela y tacto exquisitos, infirió que el doctor creía que el
matrimonio de su hija había tenido lugar el día anterior. Avanzando con
método en sus trabajos de exploración, dejó caer como al descuido una
alusión al día de la semana y del mes en que se encontraban, alusión
que confundió visiblemente al doctor, mas como quiera que en todos los
demás reflejaba una serenidad de juicio evidente, Lorry resolvió buscar
la ayuda que ambicionaba, y esa ayuda la esperaba del mismo doctor. En
consecuencia, terminado el almuerzo y levantados los manteles, dijo
Lorry con muestras de vivo interés:
--Mi querido Manette, deseo me exponga usted su opinión acerca de un
caso que me interesa extraordinariamente, de un caso muy curioso...
quiero decir, muy curioso para mí, pues quizá usted lo encuentre
natural y lógico.
El doctor escuchaba con viva atención y mirando con expresión
conturbada sus manos encallecidas por el trabajo de los diez días
últimos. Ya antes las había mirado con frecuencia.
--Afecta el caso en cuestión, mi querido Manette--repuso Lorry--a
un amigo mío, a quien quiero mucho. He aquí por qué le ruego muy de
veras que lo examine con verdadero interés y me aconseje en bien de mi
amigo... y sobre todo, en bien de su hija... de la hija de mi amigo, mi
querido Manette.
--Si no entiendo mal--contestó el doctor en voz muy baja,--se trata de
un sacudimiento mental...
--¡Eso es!
--Hábleme con claridad y sin omitir detalle--dijo el doctor.
Comprendió Lorry que se habían entendido, y prosiguió así:
--Mi querido Manette, se trata de una conmoción terrible, muy antigua
y que duró varios años, de una conmoción cruel, brutal, de las
afecciones, de los sentimientos, de... las facultades, del espíritu...
eso es: del espíritu. Cuánto tiempo duró la conmoción que rindió y
abatió al desdichado que fué su víctima, es lo que no puedo precisar,
pues sólo mi amigo podría decírnoslo, y él no se hallaba en condiciones
de calcular el tiempo. El que sufrió la conmoción llegó a reponerse
de sus efectos merced a un proceso que ni él mismo puede explicar...
según le oí manifestar en público en una ocasión en que hizo un relato
conmovedor de sus desgracias. Digo que se ha repuesto de los efectos
del sacudimiento mental tan completamente, que hoy es un hombre de
inteligencia clarísima, un hombre que puede entregarse a ocupaciones
intelectuales profundas, de alma vigorosa y de cuerpo fuerte, un hombre
que multiplica todos los días sus conocimientos, y cuenta que ya antes
poseía de ellos rico caudal. Por desgracia... ha tenido... una pequeña
recaída.
El doctor preguntó anhelante:
--¿De qué duración?
--Ha durado nueve días con sus noches.
--¿En qué forma se manifestó?--preguntó el doctor, mirando de nuevo sus
manos.--¿Tal vez volviendo a entregarse a alguna ocupación antigua
relacionada con su sacudimiento mental?
--En efecto.
--Otra cosa: ¿Tuvo usted alguna vez ocasión de verle entregado
a esa ocupación, durante su enfermedad original anterior a la
recaída?--preguntó el doctor con gran calma, bien que siempre con voz
muy baja.
--Una sola vez.
--Después de su recaída, ¿le encontró usted igual que antes en casi
todo... o en todo?
--Creo que en todo.
--Habló usted antes de una hija de su amigo: ¿ha tenido la hija noticia
de la recaída del padre?
--No: la recaída ha permanecido rodeada del secreto más rígido, y
no creo que la hija llegue a sospecharla nunca. De ella tenemos
conocimiento dos personas nada más: yo, y otra de confianza absoluta.
--¡Previsión delicada y generosa, amigo mío!--exclamó el doctor
estrechando efusivamente la mano de Lorry.
Los dos interlocutores guardaron silencio por espacio de algunos
momentos.
--Soy hombre de negocios, mi querido Manette--dijo Lorry poniendo fin
al silencio y hablando con acentos de vivo cariño,--y, por tanto,
profano en asuntos tan enrevesados y difíciles. Me faltan datos que me
orienten, me falta inteligencia, conocimientos que me guíen, me falta
una persona que me asesore. En este mundo, no hay hombre en quien pueda
yo hacer confianza ni que me pueda sacar de dudas, como no sea usted.
Dígame, ¿a qué fué debida la recaída? ¿Existe peligro de que sobrevenga
otra? Suponiendo que el peligro exista, ¿hay medios de prevenirla? ¿Qué
medios son estos? ¿Qué puedo hacer en obsequio de mi amigo? Jamás ha
existido en el mundo hombre que con tanto anhelo deseara servir a un
amigo como yo al mío, si supiera cómo; pero no sé qué hacer si el caso
se repite. Si su sagacidad de usted, sus conocimientos, su experiencia,
pueden indicarme el camino recto, creo sin inmodestia que podré
hacer mucho: sin luces, sin auxilio extraño, todos mis buenos deseos
naufragarán en el mar obscuro de mi ignorancia. Por favor, déme usted
algunas explicaciones, ilumíneme un poquito y enséñeme la manera de ser
útil a mi amigo.
El doctor Manette bajó la cabeza y se sumergió en profundas
meditaciones. Lorry esperó con calma.
--Me parece muy probable--dijo el doctor al cabo de un rato--que la
recaída que usted acaba de describirme estuviera prevista por el que
fué su víctima.
--¿Acaso prevista y temida?--se atrevió a preguntar Lorry.
--Temida, sí--exclamó el doctor, estremeciéndose involuntariamente.--No
es posible que usted se forme idea aproximada del peso enorme con
que ese temor gravita sobre el pecho del paciente... ni de la casi
imposibilidad en que se encuentra de hablar palabra acerca del asunto
que le oprime.
--¿Y no cedería esa opresión--preguntó Lorry--si se resolviera a
confiar a alguien el secreto que por lo visto le atosiga?
--Creo que sí; pero le es, según acabo de decir, punto menos que
imposible. Hasta se me figura... que es imposible en absoluto.
Sobrevino otra pausa, a la que puso fin Lorry, preguntando con dulzura:
--¿A qué causa atribuye usted la recaída?
--A mi juicio--respondió el doctor Manette,--ha sobrevenido un
despertar enérgico de los recuerdos que fueron causa determinante de
la enfermedad inicial, han revivido ideas asociadas con las torturas
antiguas al soplo de algún suceso reciente. Es muy probable que en la
mente del paciente viniera acumulándose desde hace algún tiempo el
temor a ese despertar enérgico de recuerdos dolorosos... con motivo de
determinadas circunstancias.... con motivo de un suceso determinado...
En este caso, el paciente intentó adoptar medidas de prevención....
las adoptaría seguramente, pero en vano. ¡Quién sabe si los mismos
esfuerzos hechos para resistir el golpe le incapacitaron para
soportarlo!
--¿Cree usted que mi amigo recuerda lo que ha hecho durante la
recaída?--preguntó Lorry, después de vacilar durante algunos segundos.
Tendió el doctor miradas tristes en derredor, movió la cabeza, y
contestó con voz más baja que nunca:
--¡Absolutamente nada!
--Pasemos ahora al pronóstico... al porvenir.
--El porvenir--contestó con energía el doctor--me inspira grandes
esperanzas. Fúndanse éstas en el escaso tiempo que gracias al Cielo
ha durado la recaída. Si tenemos en cuenta que el paciente, después
de caer postrado al peso de algo desde tiempo antes temido, de algo
previsto más o menos vágamente, de algo contra lo que en vano intentó
prevenirse, se ha repuesto una vez ha estallado la nube, sobran motivos
para creer que ha pasado lo peor.
--¡Muy bien...! ¡Muy bien! Sus palabras me tranquilizan...
¡Gracias!--exclamó Lorry.
--¡Gracias!--repitió el doctor, doblando la cabeza.
--Quedan todavía dos puntos sobre los cuales desearía me instruyese.
¿Puedo continuar?
--Es el mayor favor que puede usted hacer a su amigo--respondió el
doctor alargándole la mano.
--Primero: mi amigo es estudioso por temperamento y de una energía
poco común. Persigue con ardor la adquisición de nuevos conocimientos
profesionales, hace experimentos laboriosos y se dedica a infinidad
de cosas que exigen intensa labor mental. Dígame: ¿no le parece que
trabaja con exceso?
--Creo que no. Quizá la índole de su inteligencia exige un trabajo
mental continuo, bien sea la índole en cuestión innata y natural, bien
modificada artificialmente, por decirlo así, a consecuencia de pesares
y aflicciones. Cuanto menos la ocupe en asuntos intelectuales, mayor
será el peligro de que sus pensamientos tomen rumbos perjudiciales. Es
probable que él mismo, después de observarse con detenimiento, haya
hecho el descubrimiento a que me refiero.
--¿Tiene usted seguridad de que la labor mental de mi amigo no es
excesiva?
--La tengo; sí.
--Pero si le venciera el exceso de trabajo...
--Dudo mucho que tal cosa ocurra, mi querido Lorry. Cuando existe una
tendencia violenta en una dirección determinada, se hace indispensable
contrapesarla de alguna manera, o de lo contrario, se rompe el
equilibrio.
--Perdone mi insistencia, mi querido Manette, pues sabido es que los
hombres de negocios somos persistentes. Dando como averiguado que la
recaída que lamentamos fué resultado de intensa presión mental, ¿no
habrá peligro de que se repita?
--No lo creo... no puedo creerlo--contestó con acento de convicción
profunda el doctor Manette.--Solamente la exacerbación de una clase
determinada de recuerdos podría provocar otra recaída, solamente la
vibración violenta de la cuerda misma que motivó la primera pudiera
ser causa de otras. Ahora bien: después de lo ocurrido, considero
punto menos que imposible nuevas exacerbaciones de los recuerdos a
que me refiero, imposibles nuevas vibraciones de la cuerda enferma.
Creo... casi me atrevo a asegurar que han desaparecido para siempre las
circunstancias que podrían dar margen a nuevos tropiezos.
Hablaba el doctor con la timidez de quien sabe cuán poco basta para
trastornar la organización delicada de la inteligencia, y al propio
tiempo con la confianza del que, templado en las aguas amargas de las
tribulaciones, ha adquirido esa fortaleza que es capaz de resistir
impávida los huracanes de la vida.
No sería su amigo quien tratase de combatir aquella confianza. Antes
por el contrario, se mostró más esperanzado y convencido de lo que
en realidad estaba, y pasó a tratar el segundo punto. Era este mucho
más difícil y escabroso que el primero: de ello estaba Lorry muy
persuadido; pero recordó la conversación que el domingo tuviera con
la señorita Pross, hízose cargo de las dolorosas escenas a que había
asistido en los nueve días últimos, y comprendió que estaba en el
deber de afrontarlo.
--Durante su recaída, por fortuna pasada ya, se entregó... al oficio
de... cerrajero--dijo Lorry, con vacilación manifiesta.--Sí; eso
es: al oficio de cerrajero. A título de ejemplo que aclare bien los
conceptos, diremos que mi amigo, durante el tiempo de su desequilibrio
mental, acostumbraba trabajar en una fragua. Añadiremos que, debido a
circunstancias que no hay por qué detallar, ha vuelto a encontrar esa
fragua. ¿No opina usted que es una lástima que la conserve a su lado?
El doctor se pasó la mano por la frente.
--La tiene constantemente a su vista--repuso Lorry, mirando con
ansiedad a su amigo.--¿No le parece que sería preferible que no
volviera a ver lo que forzosamente ha de recordarle tiempos penosos?
El doctor golpeaba el suelo con pie nervioso.
--¿Tan difícil encuentra usted el consejo que le pido?--insistió
Lorry.--A mí me parece la solución sencillísima, no obstante lo cual,
creo que...
--Comprenda usted--contestó el doctor Manette volviéndose hacia su
interlocutor--que es sumamente difícil explicar con sujeción a las
reglas inflexibles de la lógica, las operaciones íntimas de la mente
del pobre hombre a quien usted se refiere. En tiempos pasados, solicitó
con tanto ahinco dedicarse a ese oficio, que cuando le fué concedido lo
que anhelaba, dió gracias al Cielo desde lo más profundo de su alma. Es
indudable que, al encontrarse con un medio que le permitía substituir
con la perplejidad de sus dedos la perplejidad de su cerebro, y
con la destreza de sus manos las operaciones de su mente torturada
cuando adquirió alguna práctica en el oficio, se aminorasen mucho sus
tormentos, en cuyo caso, es natural que muestre resistencia a separarse
de lo que tanto bien le hizo. Aun hoy, aunque creo que no existe el
menor peligro de nuevas recaídas, aun cuando su amigo comparta esta
confianza mía, la idea de que pudiera llegar día en que hubiese de
necesitar la fragua, y no la encontrase, creo que ha de producirle un
dolor sólo comparable al del padre a quien amenazan con separarle de su
hijo.
--No estamos de acuerdo--replicó Lorry.--Sé que no soy autoridad en
la materia, pues como hombre de negocios, mi inteligencia se extingue
cuando no la aplico a cosas tan materiales como libras esterlinas,
chelines y billetes de Banco; pero aun así, pregunto: ¿la conservación
de la fragua, no tiende a la perpetuación de la idea? Si la fragua
desapareciese, mi querido Manette, ¿no desaparecería con ella el miedo?
En una palabra: ¿no es concesión hecha al temor de conservar la fragua?
--Comprenda usted también--contestó el doctor al cabo de otro rato de
silencio y con voz trémula--que se trata de un compañero antiguo.
--¡Un compañero antiguo que yo alejaría de mi lado!--replicó Lorry con
gran entereza, pues bueno será advertir que la iba ganando a medida que
la perdía el doctor.--¡Un compañero antiguo a quien yo sacrificaría
sin pizca de remordimiento! No me hace falta más que su autorización.
Conservarlo es pernicioso; de ello estoy seguro. Concédame el permiso
que solicito, mi querido Manette... ¡Usted es bueno... tiene buen
corazón... concédamelo en aras de la tranquilidad de la pobre hija de
mi amigo...!
La lucha que en el pecho del doctor libraron pensamientos
contradictorios, fué enconada, terrible, espantosa. Al cabo del rato,
dijo:
--En obsequio a la hija de su amigo, concedo la autorización que me
pide. Sanciono el sacrificio de la fragua; pero que no se haga ante
los ojos de su amigo. Aproveche un momento de ausencia y líbrenle del
dolor de presenciar la destrucción de lo que fué su compañero único en
tiempos pasados.
Con verdadera alegría aceptó Lorry la solución, y la conferencia quedó
terminada. Pasaron el día en el campo, lo que bastó para reponer al
doctor. Durante los tres días siguientes hizo su vida normal, y a los
catorce de la ausencia de su hija, salió a reunirse con ésta y con su
marido.
No bien cerró la noche del día en que el doctor salió de su casa,
penetró en el dormitorio de aquél nuestro buen amigo Lorry, armado
de una cuchilla de carnicero, una sierra, un cincel y un martillo.
Tras él entró la señorita Pross con un candelero en la mano. A puerta
cerrada, en el misterio de la noche, semejante al que comete un acto
criminoso, el señor Lorry hizo pedazos la banqueta de zapatero,
mientras la señorita Pross tenía la luz como quien asiste a la comisión
de un asesinato. En la cocina se procedió luego a la incineración
de la pecaminosa banqueta, previamente reducida a astillas, y a
continuación, los útiles y herramientas del oficio, zapatos, suela y
cuero, recibieron honrosa sepultura en el jardín anejo a la casa. Tanto
el señor Lorry, como la señorita Pross, mientras ejecutaban la hazaña y
hacían desaparecer los rastros, se consideraban, y de ello tenían casi
aspecto, cómplices de un crimen horrendo.
XX
UNA SÚPLICA
La primera persona que se presentó en la casa del doctor Manette
después de haber regresado los desposados de su viaje de novios, fué
Sydney Carton. Su traje, sus maneras, sus ademanes, su expresión, puede
decirse que eran las de siempre; pero sobre la dura corteza, con ser
extraordinariamente áspera, resaltaba cierto aire de fidelidad que no
pasó inadvertido a la escrutadora mirada de Carlos Darnay.
Carton aprovechó la primera oportunidad que se le deparó para llevar a
Darnay al hueco de una ventana, donde le habló sin que su conversación
llegara a oídos de ninguno de los presentes.
--Deseo que seamos amigos, señor Darnay--comenzó diciendo Carton.
--Me parece que lo somos ya--contestó Darnay.
--Agradezco que así lo diga usted, aun siendo sus palabras dictadas
lisa y llanamente por la educación. Pero no me refería yo a esa amistad
-convencional-. Al decirle que deseo que seamos amigos, aludo a otra
clase de amistad.
Carlos Darnay le rogó que se explicase.
--¡Por mi vida que encuentro más sencillo comprender yo la idea que
hacerla comprensible a los demás!--respondió Carton.--Probaré, sin
embargo. ¿Recuerda usted aquella ocasión memorable en que me encontraba
yo más borracho que de ordinario?
--Recuerdo la ocasión memorable en que me obligó usted a declarar que
había bebido.
--No la he olvidado yo tampoco. La maldición que pesa sobre esas
ocasiones deja en mí rastros tan duraderos, que puede decirse que no
las olvido nunca. Abrigo la esperanza de que ha de llegar un día, el
que ponga fin a los míos sobre la tierra, en que satisfaga por aquella
ocasión... No se alarme usted, que no es mi deseo sermonear.
--¡Si no me alarmo! La seriedad en usted no puede alarmarme nunca.
--Pues bien: con motivo de la borrachera en cuestión... una de mis
infinitas borracheras, estuve impertinente a más no poder hablándole
sobre si me era simpático o antipático: le ruego que la olvide y que
considere como no pronunciadas mis palabras.
--Las he olvidado hace mucho tiempo.
--¡Otra vez inspiran sus palabras los cumplimientos, las conveniencias
sociales! He de decir, señor Darnay, que no olvido yo tan fácilmente
como pretende olvidar usted. Yo no la he olvidado, y le aseguro que una
contestación ligera e indiferente por su parte no ha de contribuir a
hacérmela olvidar.
--Si mi contestación ha sido ligera, le ruego que me perdone--replicó
Darnay.--Mi intención fué quitar toda la importancia a lo que, con no
poca sorpresa mía, preocupa a usted demasiado. Le declaro, bajo mi
palabra de honor, que hace mucho tiempo que olvidé la conversación de
la noche a que se refiere, y entiendo que al olvidarla, no contraje
mérito alguno. Pues qué, ¿no me había prestado usted aquel mismo día un
servicio de esos que ningún corazón medianamente agradecido puede ni
debe olvidar?
--Me pone usted en el caso de decirle--respondió Carton--que ese gran
servicio de que me habla fué sencillamente lo que podríamos llamar
una travesura profesional, uno de esos recursos a que solemos apelar
los abogados para alcanzar populachería. Buena prueba de ello es que,
cuando se lo presté, me era completamente indiferente su suerte.
Observe usted que he dicho cuando se lo presté; es decir, que hablo de
cosas pasadas.
--Se empeña usted en empequeñecer mi obligación, y sin embargo, yo,
menos quisquilloso que usted, no me ofendo por la ligereza de su
contestación.
--Es la verdad desnuda, señor Darnay, la verdad desnuda. Pero me he
separado del objeto que perseguía. Hablaba de mis deseos de que seamos
amigos. Como usted me conoce ya, huelga que le diga que mi amistad a
nadie puede honrar. Si alguna duda le cabe, pregunte a Stryver.
--Prefiero formar opinión sin su auxilio.
--Muy bien. Por lo tanto, ya sabe que soy un perro disoluto, incapaz de
nada bueno, ahora y siempre.
--No estamos de acuerdo, amigo mío.
--Se lo aseguro yo, y usted debe creerme. Prosigo. Si usted se
encuentra con fuerzas para tolerar la presencia en esta casa de un
sujeto que nada vale, y que por añadidura goza de una reputación
discutible, yo le pediré que como favor especial me consienta venir
aquí o marcharme, sin sujeción a horas ni a reglas, no viendo en mí
otra cosa que un mueble inútil y... de buena gana añadiría -anormal-,
si no fuera por el parecido físico que entre nosotros dos media... un
mueble inútil, reservado para servicios raros y en el que uno ni repara
siquiera. Dudo mucho que abuse del permiso, si me lo concede. Hay cien
probabilidades contra una de que no utilizaré su complacencia más de
cuatro veces al año. Sería para mí una satisfacción saber que abuso.
--¿Hará usted lo posible por abusar?
--Veremos. ¿Me autoriza usted para que me tome la libertad que
solicito, Darnay?
--Autorizado, Carton.
Diéronse un apretón de manos y seguidamente se separó Carton. Un minuto
después, Carton era el hombre extravagante de siempre.
Aquella noche, en las conversaciones que siguieron a la cena, y en
las cuales tomaron parte la señorita Pross, el doctor, Lorry y
el matrimonio, hablóse incidentalmente y en términos generales de
Sydney Carton, pintándolo como problema viviente de indiferencia y de
atolondramiento. Darnay dijo a su propósito algunas frases que, si
bien no puede decirse que fueran duras ni ofensivas, reflejaban cierto
menosprecio.
Lejos estaba él de pensar que había lastimado la sensibilidad de su
bella esposa. Cuando más tarde, disuelta la tertulia, la encontró en su
habitación, no pudo menos de observar en ella cierta preocupación.
--Te encuentro pensativa esta noche--dijo Carlos, pasando su brazo al
rededor de su cintura...
--Lo estoy, mi querido Carlos--contestó Lucía, mirándole de
frente,--estoy pensativa esta noche porque algo tengo en el pensamiento
que me molesta.
--¿Y qué es, Lucía mía?
--¿Me das tu palabra de no llevar tu curiosidad más allá de lo que yo
desee?
--¿Y qué es lo que yo no prometeré a mi amor?
--Creo, Carlos, que el pobre señor Carton merece más consideración y
más respeto del que tú le has expresado esta noche.
--¿De veras? ¿Y por qué?
--Eso es precisamente lo que no debes preguntarme. Piensa nada más...
en que me consta que lo merece.
--Si a ti te consta, no hay más que hablar. ¿Qué quieres que haga, vida
mía?
--Lo único que deseo es que le trates siempre con mucha generosidad, y
que procures disculpar sus defectos cuando alguien los saque a la plaza
pública en su ausencia. También te ruego que creas que en su pecho late
un corazón que pocas, poquísimas veces se revela, un corazón cubierto
de heridas muy profundas. Créeme, querido mío, pues te aseguro que lo
he visto sangrando.
--Cree que siento en el alma haberle hecho objeto de mis
desconsideraciones--dijo Darnay, sin salir del asombro que las palabras
de su mujer le produjeron.--No fué mi intención tratarle injustamente.
--Pues no le hiciste justicia, Carlos mío. Temo que ha de ser imposible
hacerle variar, que ni su carácter, ni su manera especial de ser son
susceptibles de modificación; pero te aseguro que es hombre capaz de
buenas acciones, más, de acciones magnánimas.
Tan hermosa estaba Lucía, tan vivos destellos de luz purísima derramaba
sobre su lindo rostro la fe en un hombre, para todos perdido sin
remedio, que su marido, sin tener voz para contestarla, quedó como
extasiado contemplándola.
--¡Compláceme, amor mío!--exclamó Lucía, dejando caer su cabecita sobre
el pecho de su marido y alzando hacia éste sus ojos.--¡Reflexiona cuán
inmensa es nuestra dicha, y cuán de compadecer es él en su miseria!
La súplica dió en el blanco.
--¡No lo olvidaré nunca, corazoncito mío! ¡Lo recordaré mientras me
dure la vida!
Inclinóse sobre aquella cabeza adornada con rica vestidura de oro,
acercó sus labios a los de rosa de Lucía y estrechó a ésta entre sus
brazos.
Si el paseante nocturno que en aquellos instantes recorría ensimismado
las solitarias calles próximas al rinconcito de Soho, hubiera podido
oir aquella súplica dictada por una piedad purísima, si le hubiese sido
dado ver unas perlas clarísimas bebidas por un marido amante en unos
ojos azules y limpios como el cielo, habría exclamado con transporte:
--¡Que Dios bendiga su hermosa alma!
XXI
PASOS QUE RESUENAN
Rincón el más admirable para recoger los ecos era el en que vivía
el doctor Manette. Lucía, siempre ocupada en la agradable tarea de
retorcer el hilo de oro que la unía a su marido, a su padre, a si misma
y a su antigua directora y compañera, saboreaba una vida de felicidad
no interrumpida en aquel plácido centro de la tranquilidad, escuchando
el eco de los pasos del tiempo.
Algunas veces, sobre todo al principio, aun cuando se consideraba
completamente feliz, sus manos dejaban caer sobre sus rodillas el hilo
de oro que retorcía, y el azul purísimo de sus ojos se nublaba: era
que entre los ecos que muy a lo lejos resonaban creía percibir algo
muy ligero, muy sutil, apenas perceptible todavía, y que, sin embargo,
le producía cierta sensación de malestar. Llenaban entonces por igual
su corazón arrulladoras esperanzas y dudas mortificantes: esperanzas
de conocer un amor que no conocía todavía y temores de no vivir lo
bastante para saborear los goces purísimos de aquel amor. Entre los
ecos que en esas ocasiones herían sus oídos, sonaban los de sus propios
pasos caminando a la tumba; y al pensar en la soledad en que dejaría
a su marido, en el dolor agudo que su muerte le produciría, el llanto
acudía a sus ojos y se desbordaba por sus mejillas.
Pasaron esos tiempos. En sus brazos jugueteaba ya un ángel, llamado
Lucía, como ella; y entonces, dominando a todos los ecos de los pasos
que avanzaban, destacábanse siempre los de unos piececitos diminutos
mezclados a sonidos de plata emitidos por una lengua que comienza a
balbucear. Ya podían ensordecer al mundo los ecos más estruendosos: la
joven madre, sentada junto a la cuna, sólo oía la música arrulladora
de las medias palabras de su hijita. ¡El amigo divino de los niños, a
quien todas las madres suelen confiar el cuidado de sus hijos, había
tomado al de Lucía en sus brazos y convertídolo en manantial inagotable
de dicha para ella!
Siempre ocupada Lucía en retorcer el hilo de oro que ligaba a los
felices miembros de aquella familia, siempre aportando al tejido de las
vidas de todos el tramado de su benéfica influencia, bien que evitando
con cuidado exquisito que ésta predominase, en los ecos de los pasos de
los años no oía más que los de pisadas amigas. Entre ellos, destacábase
por lo fuerte y próspero el de su marido; el de su padre era firme y
siempre igual, y el de la señorita Pross arrebatado y violento, un
eco que despertaba mil ecos, eco semejante al del bronco corcel que
relincha y patea al ser castigado.
Ni aun en las contadas ocasiones en que a los ecos de alegría se
mezclaron ecos de dolor, fué éste cruel ni lacerante. Cuando sobre la
almohada de una camita caían en desorden los rizos de una cabellera
rubia, semejante a la de Lucía, sirviendo de marco a una carita
demacrada y transparente de un niño, que sonriendo con dulzura,
decía: «Mucho siento dejar a mi papaíto, y a mi mamaíta; mucho siento
separarme también de mi querida hermanita; pero me llaman de arriba y
debo acudir al llamamiento», las lágrimas que inundaron las mejillas de
la madre no fueron lágrimas de agonía; que no debe arrancarlas a sus
ojos el hecho de que un ángel abandone la envoltura que le servía de
vestido.
Al suave aletear de un ángel se unieron los ecos nacidos en la tierra,
de lo que resultó un rumor que no era del todo terreno, puesto que lo
animaba un soplo de los cielos. También se mezclaban a aquellos débiles
suspiros del viento que besan las flores del cementerio, suspiros
que recogía el oído de Lucía, creyendo que eran el alentar de un mar
de verano que duerme sobre plana playa de arena mientras su hijita,
estudiando con cómica gravedad las lecciones de la mañana, o embebida
en la tarea de vestir sus muñecas, charlaba mezclando palabras de las
dos ciudades que se habían combinado en su vida.
Muy contadas veces contestaban los ecos al paso real de Sydney Carton.
Media docena de veces al año, como máximum, hacía valer su privilegio
de presentarse en la casa del doctor sin ser llamado y de tomar parte
en la tertulia de la noche como tantas veces hiciera en tiempos
pasados. Jamás se presentó borracho ni medio bebido. Pero si rara vez
sonaban en el rinconcito de Soho los ecos de sus pasos, en cambio era
muy frecuente escuchar la breve y hermosa historia que a su propósito
susurraban aquéllos.
Jamás ha existido hombre locamente enamorado de una mujer, que la haya
visto y tratado con ojos puros y pensamiento inmaculado después que
aquélla ha sido esposa y madre. Cual si los tiernos hijitos de ésta
comprendieran su mudo dolor manifestábanle una simpatía singular...
algo así como un instinto delicado de compasión hacia él. No hablan
los ecos cuando vibran estas sensibilidades que tienen su asiento en
lo más recóndito del alma, pero aunque silenciosos, susurran. Carton
fué el primer extraño a la casa a quien la diminuta Lucía tendió sus
regordetes bracitos, y el niño, momentos antes de tender su vuelo hacia
el cielo, exclamó: «¡Pobre Carton! ¡Deseo que le den un beso por mí!»
Stryver penetraba por los dominios de las leyes cada día con bríos
mayores, semejante a poderosa nave que surca revueltos mares, y en su
estela se veía a Carton cual barcaza llevada a remolque. La barcaza así
favorecida por el navío que la tomó a remolque corre serios peligros,
por regla general, navega con dificultad y casi siempre anegada.
También Carton surcaba dando tumbos los mares de la vida, expuesto a
zozobrar en todo momento. Sin embargo, una costumbre arraigada y firme,
más arraigada y más firme en su pecho que ninguno de los estimulantes
que solemos llamar percepción del abandono de la desgracia, indicábale
el rumbo que debía seguir, y Carton lo seguía, sin que jamás se le
ocurriera salir del estado lamentable en que se veía, sin que tuviera
más aspiraciones de renunciar a su papel de chacal de un león que las
que nunca haya tenido un chacal de carne y hueso de elevarse a la
categoría de león. Stryver era rico. Había casado con una viuda dueña
de soberbias propiedades y madre de tres hijos, ninguno de los cuales
había sido dotado por la mano de la naturaleza con dones excepcionales,
aunque se distinguían por la masa espesa de púas hirsutas que adornaba
sus cabezas.
Stryver, exudando protección por todos los poros de su cuerpo, había
presentado a estos tres caballeritos en la plácida casita de Soho, y
ofrecídolos como discípulos al marido de Lucía. Con delicadeza sin
igual dijo el brillante abogado al hacer la presentación:
--Tengo el gusto de aportar a su almuerzo matrimonial estos tres
pedazos de pan, Darnay.
Con palabras muy corteses rechazó Darnay aquellos tres pedazos de pan,
alzando tal tempestad de indignación en el noble pecho de Stryver,
que de allí en adelante puso empeño especial en que en el alma de los
caballeritos en cuestión naciera y arraigara muy honda la idea de
tratar con el desdén más profundo a los mendigos como aquel maestro
famélico, cuyo patrimonio único es el orgullo. También tenía la buena
costumbre de enumerar y explicar a su mujer las artes de que en otro
tiempo se valió Lucía Manette para «pescarle», y del muro de diamante
que opuso a los artificios de aquélla, gracias al cual fué para aquel
pescador pez «no pescable». Algunos colegas suyos, que solían ser sus
compañeros en sus excesos báquicos, excusábanle diciendo que había
repetido tantas veces la mentira en cuestión, que hasta él mismo la
tenía ya por verdad de fe... lo que lejos de excusar una ofensa la
agrava en términos bastantes para justificar que el ofendido lleve al
ofensor a un sitio retirado y conveniente, y bonitamente y sin enojosos
procedimientos le deje colgado de cualquier árbol con un nudo corredizo.
Tales eran, entre otros, los ecos que Lucía, pensativa unas veces y
divertida y hasta riendo a carcajadas otras, oía desde el plácido
rincón de Soho. La niña cumplió seis años. Los ecos de sus pasos por
los caminos de la vida repercutían en lo más hondo del corazón de la
madre, confundidos con los no menos deliciosos de los pasos del doctor,
siempre tranquilo y siempre activo, y con los de su marido, siempre
tierno y siempre enamorado. En los oídos de Lucía sonaban, cual música
divina, los suaves ecos de aquel hogar, dirigido por ella misma, aquel
hogar donde no reinaba la opulencia, pero sí la abundancia. Sonaban
también, por cierto con dulzura exquisita, los ecos de lo que tantas
veces decía su padre, a saber, que la encontraba más cariñosa, si era
posible, de casada, que cuando era soltera.
También sonaban otros ecos, a lo lejos, sí, pero no tanto que dejaran
de oirse, ecos que rugían amenazadores sobre el tranquilo rincón. Por
la fecha del sexto cumpleaños de Lucita fué cuando su voz atronadora
subió hasta las nubes, voz como de tempestad horrorosa desencadenada en
Francia.
Una noche del mes de julio del año mil setecientos ochenta y nueve,
se presentó Lorry y tomó asiento junto a la ventana entre Lucía y su
marido. Era una noche tempestuosa y de aliento abrasador que recordó
a los tres aquella otra noche en que estuvieron contemplando el rayo
desde aquella misma ventana.
--Principio a pensar--dijo Lorry, echando hacia el colodrillo su
peluquín--que he debido pasarme toda la noche en el Banco. Ha llovido
hoy sobre nosotros tan desencadenada tempestad de negocios, que no
hemos sabido por dónde comenzar ni por dónde terminar. Cunde en París
la desconfianza en tales términos, que la confianza viene hacia
nosotros semejante a torrente impetuoso. Nuestros clientes de allí no
ven el momento de confiarnos sus bienes y propiedades. ¡Nada, nada!
¡Es una verdadera manía de enviarlo todo a Inglaterra la que les ha
acometido de pronto!
--Lo que a mi juicio es un síntoma muy malo--observó Darnay.
--¿Mal síntoma, mi querido Darnay? Quizá, si obedeciera a razones
justificadas; ¡pero es tan poco racional el mundo! Lo único que hasta
ahora hay de positivo es que nos echan encima un trabajo abrumador,
seguramente sin motivo, sin consideración a que en el Banco Tellson
estamos muchos que somos ya viejos.
--Sin embargo--objetó Darnay,--sabe usted perfectamente que hay
cerrazón en el horizonte, que hace tiempo que se condensan las nubes
amenazando tormenta.
--Lo sé... claro que lo sé--contestó Lorry, intentando persuadirse
a sí mismo de la necesidad de mostrarse un poquito gruñón y
descontento;--tan es así, que vengo resuelto a reñir con cualquiera
para desquitarme de las fatigas de este endiablado día. ¿Dónde está
Manette?
--Aquí hay un pedazo--contestó el doctor, entrando en aquel momento en
la estancia.
--Me alegro que esté usted en casa, pues las prisas y presentimientos
de hoy me han puesto nervioso sin razón ni motivo. ¿Supongo que no
pensará usted salir, eh?
--No; si quiere usted, jugaremos una partida de chaquete.
--Prefiero no jugar, que esta noche no estoy para contender con usted.
¿Está aquí el tablero, Lucía? Tienen ustedes esta habitación a obscuras
y, como no soy gato, nada veo.
--Aquí está, esperándole a usted.
--Muchas gracias, queridita. ¿La preciosa está en su camita?
--Durmiendo como un tronco.
--¡Muy bien... muy bien! ¡La verdad es que no sé por qué no ha de ir
todo muy bien aquí... gracias a Dios! Pero claro: ¡me han mareado hoy
tanto... Y luego, ya no soy tan joven como ustedes... como era hace
treinta años...! Mi tacita de te... Eso es, Lucía... ¡Gracias! Ahora,
déjenme un hueco, me sentaré en el círculo, y procuraré prestar oído a
esos ecos acerca de los cuales tiene usted teorías muy peregrinas.
--No son teorías, sino caprichos de mi imaginación.
--Perfectamente, querida; los llamaremos caprichos--replicó Lorry. Son
numerosos, variados y atronadores, ¿verdad? ¡Claro! ¡No hay más que
prestar atención!
* * * * *
Pasos precipitados, pasos duros, pasos peligrosos que penetran
violentamente en el centro vital de alguien, y que una vez se han
teñido de rojo difícilmente se limpian, resonaban a lo lejos, en el
barrio de San Antonio de París, y sus ecos trepidantes llegaban hasta
el tranquilo rincón de Soho de Londres.
Aquella mañana, San Antonio había sido campo cubierto por ingente y
ceñuda masa de descamisados que se movía impaciente, empenachada con
acerados sables y bayonetas en cuya fría superficie se quebraban los
rayos del sol. Las fauces de San Antonio dejaron escapar tremendos
alaridos mientras inmenso bosque de brazos desnudos se agitaban en el
aire, semejantes a ramas de árboles azotadas por terrible vendaval. No
había mano que no empuñara algún arma o semejanza de arma; no había
ventana que no arrojara a las turbas instrumentos de matanza.
De dónde procedían, quién las proporcionaba, dónde comenzaba la
lluvia de aquellos elementos de destrucción que cruzaban sobre las
cabezas semejantes a brillantes rayos, es lo que nadie hubiese podido
decir; pero es lo cierto que manos invisibles distribuían mosquetes,
cartuchos, pólvora, balas, barras de hierro, trancas de madera,
cuchillos, hachas, lanzas, picas. Los que no podían proporcionarse otra
cosa, clavaban sus ensangrentados dedos en las junturas de las piedras
o de los ladrillos y arrancaban bloques o adoquines de los muros. No
había en San Antonio pulso que no latiera desordenado, corazón que no
pidiera sangre, ser vivo que en algo estimara la vida, ni persona que
no pidiera a gritos sacrificarla.
Así como todos los remolinos de aguas hirvientes tienen su punto
central, así aquel mar encrespado giraba bramador en torno de la
taberna de Defarge, todas las gotas humanas que caían en la caldera
mostraban tendencia decidida a aproximarse al vórtice donde Defarge en
persona, ennegrecido ya por la pólvora y el sudor, dictaba órdenes,
daba armas, obligaba a retroceder a este hombre y arrastraba hacia sí a
aquél, desarmaba a uno para con sus armas armar a otro, y trabajaba y
se movía y se multiplicaba en el centro de la tempestad.
--¡No te separes de mi lado, Santiago Tercero!--bramaba
Defarge.--¡Vosotros, Santiago Primero y Santiago Segundo, poneos al
frente de otros tantos grupos de patriotas! ¿Dónde está mi mujer?
--¡Aquí estoy!--contestó la señora Defarge, reposada como siempre, pero
sin hacer calceta.
La dulce señora empuñaba un hacha en vez de las agujas, y en la cintura
lucía dos adornos singulares: una pistola y un largo cuchillo.
--¿Por dónde andas, mujercita mía?--preguntó Defarge.
--En este momento contigo: dentro de un instante, a la cabeza de las
mujeres--respondió la tabernera.
--¡Adelante, pues!--gritó Defarge con voz de trueno.--¡Patriotas...!
¡Amigos míos...! ¡A la Bastilla!
Cual si esta última palabra odiosa hubiese dado forma a todos los
alientos de Francia, rasgó los aires espantoso rugido, encrespóse
aquel mar viviente, se revolvieron sus fondos, se hincharon sus olas
y anegaron la ciudad entera. Sonaron todas las campanas de alarma,
tronaron todos los tambores, bramó y rugió el mar, y comenzó el ataque.
Fosos profundos, dobles puentes levadizos, macizos muros de piedra,
ocho torres ingentes, cañones, mosquetes, fuego y humo... ¡No importa!
Entre mares de fuego y entre nubes de espeso humo... flotando entre el
humo y cabalgando sobre el fuego, pues el mar le arrojó contra un cañón
e inmediatamente le convirtió en terrible artillero..., Defarge, el
tabernero, trabajó cual soldado infernal durante dos horas.
Un foso ancho y profundo, un solo puente levadizo, muros robustos de
piedra, ocho grandes torres, cañones, mosquetes, fuego y humo... Cae
un puente levadizo... «¡Adelante, camaradas, adelante! ¡Adelante,
Santiago Primero! ¡Adelante, Santiago Segundo! ¡Adelante, Santiago
Mil, adelante, Santiago Dos Mil, Santiago Cinco Mil, Santiago Veinte
Mil...! ¡Por todos los ángeles del Cielo... por todos los demonios
del infierno... como queráis... adelante!» ¡Tales son los gritos que
salen de la garganta del tabernero, convertido horas antes en artillero
terrible, del tabernero, que no deja punto de reposo a su cañón ya
enrojecido!
«¡A mí, todas las mujeres!--gritaba mientras tanto su esposa.--¡Pues
qué...! ¿No podemos matar nosotras lo mismo que ellos, luego que caiga
en nuestro poder la plaza?»
Y hacia ella corrían rebaños de mujeres, roncas, bramadoras, armadas
con armas distintas, pero todas animadas del mismo espíritu: ¡del de la
venganza!
Cañones, mosquetes, fuego y humo; pero quedaba un foso profundo, un
puente levadizo, robustos muros de piedra y ocho grandes torres.
Los heridos que caían dejaban algunos claros en el hirviente mar.
Centellean las armas, arden las antorchas, despiden nubes de humo los
carros cargados de paja humedecida, brotan barricadas por doquier,
suenan feroces aullidos, atruenan el espacio repetidas descargas
cerradas, hieren los oídos espantosas imprecaciones, todos derrochan
bravura, el mar viviente brama con furia redoblada... ¡y queda aún el
foso profundo, y el puente levadizo, y los robustos muros de piedra, y
las ocho grandes torres, y Defarge, el tabernero, continúa al pie del
cañón, puesto al rojo blanco como resultado de cuatro horas de servicio
no interrumpido!
Dentro de la fortaleza aparece una bandera blanca... las olas rugen más
que nunca, se hinchan, se elevan hasta las nubes y arrastran a Defarge
el tabernero, lanzándole más allá del puente levadizo, más allá de los
robustos muros de piedra, entre las ocho grandes torres.
Tan irresistible era la fuerza del océano que le arrastraba, que hasta
tomar aliento, hasta volver la cabeza fué para él tan impracticable
como si contra la resaca del mar del Sur se debatiera, hasta que se
encontró en el patio interior de la Bastilla. Apoyado allí contra un
ángulo del muro procuró mirar en derredor. A su lado se encontraba
Santiago Tercero, a escasa distancia vió a su mujer, capitaneando a las
de su sexo y blandiendo el cuchillo. Todo era tumulto, todo alegría,
estupefacción ensordecedora y maniática, ruidos, furiosos redobles de
tambores.
--¡Los prisioneros!
--¡Los registros!
--¡Los instrumentos de suplicio!
--¡Los prisioneros!
De todos estos gritos, y de diez mil incoherencias por el estilo, el
que más repetía aquel mar embravecido era el de «¡Los prisioneros!».
Cuando penetraron las primeras olas, arrastrando por delante a los
oficiales de la fortaleza y amenazándoles con una muerte inmediata si
dejaban un solo escondrijo sin revelar, Defarge agarró con su poderosa
zarpa a uno de aquellos, hombre de cabellos grises que llevaba en la
mano una antorcha encendida, le separó de los demás, y le dijo:
--¡Enséñame la torre del Norte... pronto!
--Lo haré con mucho gusto, si usted quiere--contestó el hombre--pero no
hay en ella nadie.
--¿Qué significa Ciento Cinco, Torre del Norte?--preguntó
Defarge--¡Contesta... pronto!
--¿Que qué significa, señor?
--¿Significa un cautivo o un calabozo para encerrar cautivos?
¡Responde! ¿Es que quieres que te mate como a un perro?
--¡Mátale!--vociferó Santiago Tercero.
--Es una celda, señor.
--Enséñamela.
--Por aquí, señor.
Santiago Tercero, hidrópico insaciable como siempre, desilusionado
evidentemente al ver que el diálogo tomaba un giro que alejaba las
probabilidades de que se derramase sangre, se asió al brazo de Defarge
al mismo tiempo que éste asía el del calabocero. Durante el breve
diálogo que queda transcrito las cabezas de los tres hombres estuvieron
pegadas, y aun así con dificultad lograban oirse; tan tremendo era
el estruendo producido por aquel océano viviente al penetrar en la
fortaleza e inundar las salas, celdas, pasillos y escaleras. No era
menor el griterío fuera, de donde arrancaban de tanto en tanto truenos
que presagiaban tumulto, relámpagos que cruzaban la caldeada atmósfera
cual inconmensurables látigos manejados por titanes.
Defarge, el calabocero y Santiago Tercero, asidos por los brazos,
atravesaron, con cuanta rapidez les fué posible, sombríos corredores
jamás visitados por la luz del día, cruzaron frente a pavorosas puertas
de mazmorras tétricas y húmedas, descendieron por cavernosos tramos de
escalera, subieron luego ásperos escalones de piedra y de ladrillo, más
semejantes a cataratas secas que a escaleras. De tanto en tanto, sobre
todo al principio, la inundación les cerraba el paso o les arrastraba;
pero al cabo de un rato, luego que penetraron en una escalera de
caracol y empezaron a subir a una torre, quedaron solos. Tan espesos
eran los muros gigantes que los aislaban del mundo, que sus oídos,
cual si hubiesen quedado destrozados como consecuencia de los furiosos
estruendos anteriores, apenas si percibían sordos rumores.
Hizo alto el calabocero frente a una puerta muy baja, sacó una llave,
abrió, y dijo mientras encorvaba el cuerpo para poder entrar:
--Ciento Cinco, Torre del Norte.
Encontráronse en un cuadrado formado por cuatro muros ennegrecidos.
En uno de ellos se veía una argolla de hierro enmohecido, y en otro,
a la altura del techo abovedado, un ventanillo defendido por gruesos
barrotes de hierro y dispuesto en forma que con dificultad permitía ver
una línea muy estrecha del cielo azul. Montones de cenizas cubrían el
suelo, y su mobiliario lo formaba un banco, una mesa y un jergón.
--Pasa poco a poco la antorcha por los muros para que yo pueda
ver--dijo Defarge al calabocero.
Obedeció el hombre. Defarge examinaba con mirada penetrante los muros.
--¡Alto...! ¡Mira, Santiago!
--A. M.--rugió Santiago Tercero con expresión anhelante.
--Alejandro Manette--susurró Defarge en su oído, poniendo la yema de su
índice sobre las iniciales.--Aquí ha escrito «pobre médico». ¡No hay
duda! ¡El fué quien grabó aquí su epitafio! ¿Qué es lo que tienes en la
mano? ¿Una barra de hierro? ¡Dámela!
Defarge, que conservaba aún en su mano el botafuego del cañón, lo
cambió por la barra de hierro que le alargó Santiago Tercero y, en
menos tiempo del que en referirlo tardamos, hizo astillas el banco y la
mesa.
--¡Alza la luz!--gritó con furia al calabocero.--¡Y tú, Santiago, toma
mi cuchillo,--añadió, arrojándoselo--rasga ese jergón, y busca entre la
paja...! ¡Arriba la luz!
Después de dirigir al calabocero una mirada amenazadora, Defarge,
mientras Santiago Tercero ejecutaba su orden, escarbaba con la barra de
hierro por entre las junturas de las losas del pavimento, revolvía las
cenizas e intentaba mover los sillares de los muros.
--¿No has encontrado nada, Santiago?--preguntó al cabo del rato.
--Nada.
--Vamos a hacer un montón con la paja y las astillas... ¡Así! ¡Prende
fuego, carcelero!
El carcelero obedeció al punto la orden. Los tres hombres salieron de
la mazmorra dejando ardiendo las materias combustibles y volvieron
nuevamente al patio, donde el desorden era tan espantoso, si no más,
que antes.
Andaba el populacho buscando frenético, loco, a Defarge; y es que
quería que el tabernero fuera el jefe de la guardia encargada de la
vigilancia del gobernador que había defendido a la Bastilla y hecho
fuego sobre el pueblo. ¿Cómo, si no, sería conducido el gobernador
al -Hôtel de Ville- para ser juzgado? ¿Cómo, si no, se evitaría que
escapase, dejando sin vengar la sangre del pueblo, que bruscamente
había adquirido algún valor, después de tantos años de no valer nada?
Entre las innumerables turbas que bramaban de coraje y se movían
inquietas en derredor de la severa persona del anciano funcionario, a
quien hacían más visible su sobretodo gris con vivos rojos, no había
más que una persona tranquila y sosegada, y esa persona era una mujer.
--Ahí tenéis a mi marido--dijo, extendiendo un brazo hacia Defarge.
Inmóvil estaba junto al gobernador cuando apareció su marido, e inmóvil
continuó sin separarse de la persona de aquél. A su lado permaneció
rígida y tranquila mientras Defarge y los suyos le conducían por las
calles, y no se separó cuando estaban para llegar a su destino, ni
cuando por la espalda comenzaron las turbas a asestarle golpes, ni
cuando se cebaron en sus carnes las puntas de innumerables cuchillos,
ni cuando acribillado cayó muerto sobre las piedras de la calle. Tan
cerca de él se encontraba, que al verle caer, animándose de pronto,
puso su pie sobre el cuello del muerto y con su afilado cuchillo le
cortó la cabeza.
Muy pronto sonaría la hora en que San Antonio haría bajar los faroles
que iluminaban sus brutalidades y los substituiría con cadáveres de
aristócratas. La sangre de San Antonio se enardecía a medida que se
enfriaba la de la mano de hierro de la tiranía... a medida que corría
por la escalinata que precede a las puertas del -Hôtel de Ville- la del
gobernador, a medida que se manchaba de rojo la suela del zapato de la
señora Defarge al oprimir el cuello del infeliz a quien hizo objeto de
horrible mutilación.
--¡Bajad aquel farol!--rugió San Antonio, después de volver en derredor
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