--Escuchad! --esclamó el Camastron en este momento --dijo la
-bachillera-.
Esto diciendo tomó la luz y subió cautelosamente la escalera.
Mientras que la compañia estaba á obscuras, sonó otra vez la
campanilla con violencia. Un instante despues, volvió el Camastron y
habió misteriosamente á Fagin al oido.
--Viene solo? --esclamó éste.
El Camastron hizo un movimiento de cabeza afirmativo y poniendo su mano
ante la luz indicó á Cárlos que haria muy bien en detener su loca
alegria por un cuarto de hora; luego fijó la vista en el judío como
para esperar sus órdenes.
El viejo llevó sus dedos violados á la boca y reflecsionó un momento.
Los músculos de su rostro parecian rudamente contraidos todo este tiempo
como si sospechára alguna desgracia y temiera saberla. Al fin levantó
la cabeza.
--Dónde se halla? --preguntó al Camastron.
--Este señaló con el dedo el piso superior y se disponia á dejar el
aposento.
--Sí! --dijo el judío adivinando la pregunta --Díle que baje.
Silencio! Cállete tu Cárlos! Poco á poco Tom! Amigos mios pasad á
vuestro cuarto! Dejadnos solos!
Cárlos y Chitling se retiraron sin hacer el menor ruido. Un profundo
silencio reinaba en el aposento cuando el Camastron bajó la escalera
llevando la luz y seguido de un hombre vestido de blusa, quien despues de
haber lanzado una rápida ojeada á su alrededor desató una red de lana
que le envolvia toda la parte inferior del rostro y dejó ver la
fisonomia del -flamante- Tobias Crachit pálido hosco y horriblemente
fatigado.
--¿Cómo vamos Fagin? --dijo el jóven elegante, haciendo una señal de
cabeza al judío. --Tu Camastron mete esta red dentro mi castor para que
lo encuentre cuando me iré . . . Aquí . . . esto es! Serás algun dia
un famoso -hurraca- y valdrás algo mas que los antiguos.
Esto diciendo levantó su blusa y la arrolló en su cintura; luego
acercó una silla al fuego y puso sus piés sobre el guarda cenizas.
--Mirad Fagin! --dijo con tono lastimero, señalando con el dedo sus
botas llenas de barro. Ni una sola gota de lustre desde que sabeis! Vaya
no me mireis así! Cada cosa á su tiempo. Me es imposible hablar de
negocios antes de comer un bocado. Con que poned el -rancho- sobre la
mesa. --Van ya tres dias que no me ha pasado nada por el -gaznate-.
El judío hizo señal al -Camastron- de que llevára lo que hubiera de
comestibles y sentándose frente del bandido esperó que le diera la gana
de hablar.
A juzgar por las apariencias Tobias no llevaba ninguna prisa de entablar
conversacion. Por de pronto el judío se contentó con observar su
fisonomía, para procurar adivinar en ella, la noticia que traia; pero
fué trabajo inútil.
--Fagin pues espiaba con una ansiedad indefinible cada tajada que Tobias
llevaba á la boca, paseando arriba y abajo del aposento para matar el
tiempo que le parecia tan largo; nada adelantó por eso. Este continuó
engullendo hasta que no pudo mas y entonces despues de haber dicho al
Camastron que se largára al objeto de quedar solo con el judío y
despues de haberle cerrado él mismo la puerta, se llenó un vaso de
-grog- y se dispuso á hablar.
--En primer lugar Fagin . . . dijo.
--Ah! sí, sí! --replicó el otro acercando su silla á la mesa.
El Señor Crachit se paró para tragar su vaso de -grog- y para declarar
que la ginebra era escelente; luego estirando sus piernas sobre el suelo
del hogar, para contemplar con mas satisfaccion sus botas continuó
tranquilamente.
--En primer lugar Fagin ¿cómo vá Guillermo?
--Qué! --esclamó el judío levantándose bruscamente de la silla.
--Cómo? --dijo Tobias palideciendo . . . ¿No queréis decir?
--No quiero decir! --gritó el judío pateando el suelo con furor
--¿Dónde están Sikes y el niño? Dónde están? Dónde han estado?
Dónde se ocultan? Por qué no han venido aquí?
--El golpe ha fracasado! --dijo Tobias con acento triste.
--Lo sé! --contestó el judío sacando un periódico de su faltriquera y
señalándole con el dedo al artículo que hablaba de ello --¿Y luego?
--Han disparado y herido al -nene-. Hemos jugado las piernas por entre
las Layas y las zanjas llevándole entre los dos. Corriamos mas que el
viento. Nos han dado la caza. Condenacion! todo el pais estaba en pié y
los perros nos tenian la pista!
--El niño? --dijo el judío con tono azorado.
--Guillermo lo habia puesto sobre sus espaldas y brincaba con él; nos
hemos detenido para llevarlo entre los dos; su cabeza pendia sobre su
pecho y estaba frio como el mármol. Ya nos pisaban los talones . . .
entonces cada uno para si y sálvese quien pueda! Cada uno ha tirado por
su lado despues de haber dejado al chiquillo dentro una zanja muerto ó
vivo. Esto es todo lo que sé.
--Sin dar tiempo á Tobias para reponerse el judío lanzó un grito agudo
arrancándose los cabellos y se precipitó del aposento á la escalera y
de la escalera á la calle.
CAPÍTULO XXVII.
SE PRESENTA EN LA ESCENA UN NUEVO PERSONAGE. --PARTICULARIDADES
INSEPARABLES DE ESTA HISTORIA.
EL viejo habia doblado la esquina de la calle y aun no se habia repuesto
de la impresion que le causára el relato de Crachit. Contra su costumbre
andaba á prisa sin apariencia de saber donde iba, cuando el roce,
violento de un coche que por poco lo derriba y el grito de las personas
que vieron el peligro que acababa de correr, le volvieron á la acera.
Evitando todo lo posible las calles concurridas y no buscando al
contrario mas que los callejones y los pasadizos, llegó al fin á
Snow-Hill. Allí aceleró todavía mas el paso y no lo aflojó hasta que
hubo entrado en una callejuela, donde como si estuviera convencido de que
se hallaba en su propio elemento, emprendió su andar ordinario y
pareció respirar mas libremente.
Cerca del punto en que Snow-Hill y Holborn-Hill se unen, se vé á la
derecha viniendo de la -Cité-, una calle sombría y estrecha que conduce
á Saffron-Hill y en las tiendas sucias de la misma están espuestas para
la venta enormes paquetes de pañuelos de todos tamaños y colores;
porque allí residen los mercaderes que los compran á los rateros.
En este sitio acababa de entrar el judío. Era muy conocido de los
pálidos habitantes del pasaje; pues algunos de entre ellos que estaban
en el lindar de la puerta para atisbar á los chalanes le hicieron una
señal de cabeza amistoso á la cual respondia del mismo modo sin
pararse. Siguió hasta el estremo del pasage y allí dirijió la palabra
á un tripero, hombre de baja talle, sentado en una silla de niño y
fumando su pipa á la puerta de su tienda.
--Ola Señor Fagin! Os haceis tan raro, que vuestra presencia bastaria
para curar de la ophthalmia! --dijo el respetable negociante respondiendo
á la pregunta del judío sobre su salud.
--Hacia demasiado calor en vuestro barrio Sively. --contestó el judío
levantando los ojos y cruzando sus manos sobre sus espaldas.
--Eso es lo que me he cansado de decir, pero ello se aplacará! No sois
de mi opinion?
Fagin hizo un movimiento de cabeza afirmativo y señalando con el dedo á
Saffron-Hill, se informó de si habia alquien allí en esta noche.
--A la muestra de -Los tres cojos-? --preguntó el negociante.
El judío hizo señal de sí.
--Esperad! --prosiguió el mercader procurando recordar en su memoria
--Si; si mal no recuerdo hay algunos. Vuestro amigo si que creo no está.
--Sikes no ha ido hé?
---Non es ventús-, como dicen los hombres de la ley! --contestó el
hombre pequeño con ademan jactancioso --Teneis algo que pueda convenirme?
--No; hoy no traigo nada. --dijo el judío marchándose.
--Decid Fagin; os vais á la muestra de -los tres cojos-? --gritó el
hombrecillo --No me dejaria tirar de la oreja para venir si estuvierais
dispuesto á pagar algo.
Pero como el judío volviéndose le hizo con la mano señal de que queria
estar solo en la posada de -los tres cojos-, se vió esta vez privada del
honor de poseer á Mr. Sively.
La posada de -los tres cojos-, ó simplemente llamada de -Los cojos-, por
sus parroquianos era cabalmente la misma en que Sikes y su perro han
figurado ya. Fagin subió la escalera haciendo únicamente una seña al
hombre que estaba sentado en el mostrador, abrió la puerta de un
aposento se introdujo en él con cautela y miró con ademan inquieto á
su alrededor, poniendo la mano frente sus ojos como si buscara á alguien.
Este aposento estaba alumbrado por dos mecheros de gas cuya luz
resplandeciente era interceptada al exterior, por postigos, sujetos con
una barra de hierro y por espesos cortinajes de un encarnado deslucido.
El sitio estaba tan lleno de un humo espeso de tabaco, que casi nada se
distinguia. Sin embargo habiéndose disipado poco á poco, al través de
la puerta que habia quedado entreabierta, permitió ver una reunion de
cabezas tan confusa como el ruido de las voces, y á medida que el ojo se
acostumbraba á la escena, el espectador hubiera podido tambien descubrir
una sociedad numerosa de hombres y mujeres sentados al rededor de una
mesa larga, al estremo de la cual estaba el presidente, con su martillo
de órden en la mano, mientras que un artista de nariz azulada y llevando
el rostro envuelto en un pañuelo, por causa de un dolor de muelas,
permanecia ante un mal piano colocado en el rincon mas retirado del
aposento.
Fagin poco susceptible á las emociones fuertes, pasó revista uno
despues de otro á todos aquellos rostros sin encontrar al que buscaba.
Habiendo al fin logrado atraerse la mirada del hombre que ocupaba el
estremo de la mesa le hizo una ligera señal de cabeza y se retiró con
la misma cautela con que habia entrado.
--Señor Fagin en que podemos serviros? --preguntó el hombre que lo
habia seguido hasta la meseta --No quereis ser de los nuestros? Estarán
muy gozosos de veros.
El judío sacudió la cabeza con ademan de impaciencia y preguntó en voz
baja: --Está aquí?
--No. --respondió el hombre.
--Y no teneis noticias de Barney.
--Ningunas --replicó el amo de la taberna de los -tres cojos- porque el
era. --No se meneará que todo no esté tranquilo. Estad seguro de que la
policía, sigue su pista allá abajo y que si tuviera la desgracia de
menearse se haria -pinchar- al primer golpe. Barney está sin duda seguro
donde se halla pues de otro modo hubiera oido hablar de él. Apostaria
cualquier cosa, que, se hará una buena -retirada-. oh! podeis contar con
ello yo salgo garante!
--Vendrá aquí esta noche? --preguntó el judío, cargando la
pronunciacion en el pronombre, con el mismo enfasis que antes.
--Monks, quereis decir?
--Chito! --hizo el judío --Si!
--Ciertamente! --contestó, el amo de la taberna, sacando de su bolsillo
un reló de oro. Deberia ya haber llegado. Si quereis esperar solo diez
minutos, vais á verle.
--No; no! --dijo el judío de un modo que si bien dejaba pensar que
deseaba ver la persona en cuestion, no le sabia mal con todo de no
encontrarla.
--Decidle que he venido para verle y que lo espero en casa esta noche
--No; mejor mañana. Puesto que no está aquí, siempre será tiempo
mañana.
--Está bien! --dijo el hombre --Nada mas hay que decirle?
--No --contestó el otro bajando la escalera.
--Escuchad! --hizo el tabernero inclinándose sobre la baranda! --No os
parece este magnífico momento para una -venta-! Si quereis tenemos ahí
á Felipe Barker . . . Está tan borracho que un niño podria prenderle.
--Ah! ah! --hizo el judío levantando la cabeza! --Pero no es aun la hora
de Felipe Barker; tiene aun algo que hacer antes que nos separamos de
él. Volved á reuniros con vuestros amigos querido mio y decidles que
-se diviertan mucho mientras son de este mundo- . . . ah! ah! ah!
El patron de la taberna, rió grandemente al oir la reflecsion del viejo
y fué á reunirse con sus convidados. No bien el judío estuvo en el
lindar de la puerta cuando su fisonomía volvió á tomar la expresion de
la inquietud y del temor. Despues de haber reflecsionado un momento,
subió en un coche de alquiler y dijo al cochero que se dirijiera hácia
Bethnal-Green. Se apeó á un cuarto de milla de la habitacion de Sikes y
andó el resto del camino á pié.
--Ahora, --balbuceó entre dientes mientras llamaba á la puerta --si hay
alguna anguila, bajo la roca, lo sabré muy pronto de vos jovencita mia
á pesar de ser muy maligna!
--Habiéndole dicho la muger que le abrió que Nancy estaba en su
habitacion, subió cautelosamente la escalera y abrió la puerta del
aposento sin ninguna ceremonia.
La jóven estaba sola con la cabeza, apoyada, encima de la mesa y los
cabellos esparcidos sobre la espalda.
--O ha bebido, ó está triste. --dijo el judío para sí.
En esto retrocedió para cerrar la puerta y dispertando Nancy al ruido
fijó su mirada en el viejo mientras este le contaba la relacion de
Tobias Crachit. Luego que hubo concluido, volvió á tomar su actitud
primera sin hablar una palabra mas. Nancy la quitaba el candelero con
impaciencia, rozaba sus piés sobre el piso cada vez que cambiaba de
posicion . . . pero no pasaba de aquí.
Durante todo este tiempo el judío miraba en torno suyo, con ademan
inquieto como si hubiese querido asegurarse de que Sikes no habia
regresado.
Despues de satisfecha su curiosidad sobre este punto, tosió dos ó tres
veces é hizo todo lo posible para entablar la conversacion; pera la
jóven no hizo mayor caso de él ni se movió mas que una estátua de
piedra.
Al fin hizo el último esfuerzo y frotándose las manos dijo con el tono
mas afable:
--Y dónde crees tu que puede estar ahora Sikes he?
Nancy respondió de un modo inteligible y como si llorase que no lo sabia.
--Y el niño? --replicó el judío mirando á la jóven de reojo para ver
la espresion de su fisonomía. --Pobrecito! Abandonado en una zanja! No
atiendes Nancy?
--El niño! --dijo esta levantando la cabeza --Está mejor donde se halla
que no con nosotros! Y con tal que Sikes salga bien librado, anhelo que
esté muerto en la zanja y que sus huesos se pudran en ella.
--Cómo? --esclamó el judío con asombro.
--Es la verdad. --repuso la jóven mirándole á su vez fijamente
--Estaria muy contenta de no verle ya mas ante mis ojos y saber que se
halla libre de todo lo que le podia suceder de peor . . . El verle á mi
alrededor era un peso insoportable; su solo aspecto era una reconvencion
contra mi y contra vosotros todos.
--Ba! --hizo el judío con acento de desprecio. --Hija tu estás beoda.
--Ah! sin duda! y no seria culpa vuestra sino lo estuviera . . . No os
sabe mal que esté así, con tal que obre á vuestro gusto . . . acepto
cuando no os conviene --no es así?
--No! Ahora no me conviene! --replicó el judío furioso.
--Pues es preciso que os convenga! --repuso ella soltando una carcajada.
--Qué me convenga? --esclamó el judío sumamente irritado por la
tenacidad de la jóven y por las contrariedades del dia --Qué me
convenga! Atiende tu bien, necia; atiéndeme bien á mi que con seis
palabras puedo estrangular á Sikes tan de seguro como si tuviera ahora
su cabeza de toro entre mis manos. Si vuelve sin ese niño . . . si tiene
la audacia de no traérmelo vivo ó muerto, asesínale tu misma sino
quieres que Jacobo Ketch (el verdugo) haga con él su negocio . . . -dale
pasaporte- al momento que ponga los piés en este aposento, de lo
contrario tal vez seria tarde.
--Qué significa todo esto? --esclamó la jóven involuntariamente.
--Qué significa todo esto? --prosiguió el judío ciego de cólera.
Escucha! cuando ese niño forma para mi el valor de muchas centenas de
libras, debo perderlo acaso por culpa de un acto de borrachos de quienes
podria deshacerme á satisfaccion? Deberé yo someterme á un pillo á
quien no le falta mas que la voluntad y que tiene el poder de . . .
El viejo, sumamente sofocado no pudo concluir su pensamiento y
reprimiendo de pronto su coraje se manifestó otro hombre.
Despues de un silencio de algunos minutos aventuró una mirada sobre su
compañera y se tranquilizó en seguida viendo que estaba en el mismo
estado de insensibilidad de que la habia sacado poco antes.
--Nancy! Querida mia! --dijo con su voz de cuervo. --Has parado la
atencion en lo que te he dicho?
--No me atormenteis Fagin! --respondió la jóven levantando
perezosamente la cabeza --Lo que Guillermo no ha hecho esta vez, lo hará
otra. Ya sabeis que ha hecho muchas cosas por vos y que hará muchas
otras cuando podrá . . . Y cuando no lo hace es porque no puede . . .
con que no hablemos mas de ello.
--Si; pero y respecto á ese niño? --dijo el judío frotándose las
manos fuertemente.
--El niño debe correr los mismos percances que los otros. --Repuso Nancy
con tono brusco --Y lo repito confio que está muerto y de consiguiente
á salvo de todo peligro, sobre todo de aquel á que estaba expuesto á
vuestro lado.
--Queridita y respecto á lo que dije hace un instante? --dijo el judío,
fijando en ella su ojo de lince.
--No teneis mas que repetirlo. Y si es algo que deseais haga por vos,
mejor hariais en esperar á mañana. Os escucho con atencion cuando me
hablais; pero un instante despues ya no se lo que me habeis dicho.
El judío la hizo aun algunas preguntas, para asegurarse de que no habia
retenido sus palabras indiscretas; pero ella respondió con tanto aplomo
y sostuvo tan bien la mirada escuadriñadora del viejo que éste volvió
á su idea primitiva de que la jóven -estaba en las viñas del Señor-.
Efectivamente Nancy no estaba exenta de una falta demasiado comun por
desgracia entre los pupilos (hembras) del judío y á la que desde sus
mas tiernos años habian sido escitadas mas bien que contenidas.
Tranquilizado por este descubrimiento y satisfecho su doble objeto, de
comunicar á Nancy, lo que aquella misma noche habia oido de Tobias y de
asegurarse por sus propios ojos de que Sikes no habia vuelto, se fué,
dejando á su jóven amiga dormida sobre la mesa.
Era cerca la una de la madrugada y como hacia obscuridad y mucho frio no
tuvo ninguna intencion de recrearse paseando.
Habia doblado la esquina de su calle y buscaba en la faltriquera la
llave, cuando un personaje salió de un vestíbulo, á la sombra del cual
estaba oculto y atravesando el arroyo, se deslizó á su lado sin haberlo
reparado.
--Fagin! --dijo una voz muy cerca de su oido.
--Ah! --hizo el judío volviéndose vivamente --Sois vos?
--Si; --respondió el desconocido con tono acre. --Van ya dos horas que
me teneis allí de planton! ¿En dónde diablos habeis estado?
--A asuntos vuestros querido. --dijo el judío moderando el paso y
mirando al desconocido con aire de embarazo. --He galopado por vos toda
la noche!
--Oh! No lo dudo! --repuso el desconocido con tono burlon. Y bien! ¿Qué
hay de nuevo?
--Nada bueno!
--Nada malo quereis decir! --esclamó el otro parándose en seco y
mirando á su compañero con sorpresa.
Fagin que deseaba dispensarse de recibir visita en hora tan intempestiva,
se escusó diciendo que no habia fuego en su casa; pero habiendo su
compañero reiterando su pregunta con tono de autoridad abrió la puerta
y le suplicó que la cerrára suavemente mientras que él iba por luz.
Esto está negro como boca de lobo. --dijo el desconocido dando algunos
pasos á tientas. --Despachad pronto! No hay nada que deteste tanto como
el estar á obscuras.
--Cerrad la puerta! --murmuró Fagin desde el estremo del pasadizo.
Al mismo tiempo ella se cerró con grande estrépito.
--No he sido yo quien ha hecho esto! --dijo el hombre buscando el camino.
El viento la ha empujado ó se ha cerrado por si misma . . . Despachad en
llevar la luz antes que me rompa el bautismo contra alguna cosa de este
maldito barracon!
Fagin bajó á hurtadillas á la cocina y volvió luego con una vela
encendida, despues de haberse asegurado de que Tobias Crachit dormia en
la pieza subterránea de detrás y sus dignos discípulos hacian otro
tanto en la de delante. Hecha señal á su compañero de que le siguiera
subió la escalera marchando delante.
--Querido mio, podemos decir aquí las pocas palabras que tenemos que
comunicarnos. --dijo el judío abriendo una puerta en el primer piso --y
como hay agujeros en los postigos y nosotros no mostramos jamás la luz
á nuestros vecinos dejarémos la vela en la escalera . . . Aquí!
Esto diciendo el judío dejó la vela sobre la meseta frente por frente
del aposento en que entraron y en el que habia por todo mueblaje un
sillon roto y un viejo sofá sin forro colocado detrás de la puerta.
Veian un poco porque la puerta estaba entreabierta y la vela derramaba un
resplandor débil en la pared de enfrente de ellos.
Duranté algunos minutos hablaron en voz baja y á pesar de que
esceptuando algunas palabras inconexas, fuese imposible oir su
conversacion, un tercero que los hubiese escuchado fácilmente hubiera
podido adivinar que Fagin se defendia contra las inculpaciones del
incógnito y que este estaba sumamente irritado.
Habia un cuarto de hora ó cerca veinte minutos que hablaban en esta
forma, cuando Monks (bajo cuyo nombre Fagin designó muchas veces al
estranjero durante su coloquio) dijo elevando un poco la voz:
--Os repito de nuevo que esto ha sido mal combinado! ¿Por qué no lo
habeis guardado aquí con los otros procurando que fuera pronto un Ladron?
--No hay que incomodarse por ello! --esclamó el judío encojiéndose de
hombros.
--Acaso quereis hacerme creer que no hubierais logrado el intento por
mucha que fuera vuestra voluntad? --preguntó Monks irritado --No lo
habeis hecho muchas centenas de veces con otros niños? Si hubieseis
tenido la paciencia de esperar aun un año lo mas, acaso os hubieran
faltado medios para hacerlo juzgar y condenar á la deportacion por toda
la vida?
--Querido mio! ¿y á quién esto hubiera aprovechado? --preguntó el
judío humildemente.
--Vaya! A mi! --replicó Monks.
--Pero no á mi. --dijo el judío con aire sumiso . . . Cuando hay en un
negocio dos partes interesadas, es muy justo que el interés comun sea
consultado. No es cierto querido?
--Qué quereis decir con esto? preguntó Monks con tono huraño.
--He visto que no era fácil formarle para nuestro -género de comercio-
. . . No poseia las mismas circunstancias que los demás muchachos.
--No por desgracia! --murmuró el otro entre dientes --De otro modo largo
tiempo ha que seria -ladron-.
--No habia camino de hacerle -peor- --repuso el judío observando la
fisonomía de su compañero. --De ningun modo se prestaba á ello . . .
No pude aterrorizarle con ninguno de esos medios de que usamos al
principio y sin los cuales nuestros esfuerzos serian inútiles . . . Qué
podia hacer? Enviarle con el Camastron y Cárlos? Querido mio hemos
tenido bastante en la primera vez que tal hicimos. He temblado por todos
nosotros!
--Yo nada podia en ello! --observó Monks.
--No, sin duda. --replicó el judío --Por esto no os hago cargo alguno,
porque si esto no hubiera sucedido, jamás hubierais podido encontrarle y
de consiguiente hubierais perdido la esperanza de descubrir que era -él-
el que buscabais. Como sabeis; yo lo he recobrado para vos con la ayuda
de Nancy: pero he aquí que -ella- ahora le protege!
--Estrangulad á esa jóven! --dijo Monks con impaciencia.
--Querido por ahora no podemos hacer tal cosa! --repuso el judío
sonriendo --Además estos asuntos no son de nuestra incumbencia, de otro
modo dias ha que lo hubiera hecho con gran placer . . . Caramba! Sé
demasiado lo que son estas chicas mi querido Monks. No bien el muchacho
habrá empezado ha endurecerse, cuando -ella- hará tanto caso de él
como lo haria de un pedazo de madera. ¿Vos queréis que sea ladron? Si
es vivo, puedo hacerle tal á contar desde el dia de hoy. Y si . . . si
. . . lo que no es probable --dijo el judío acercándose al otro. --pero
pensando lo peor . . . si estuviera muerto?
--Para nada estoy en ello si es así! Entendeis? Para nada! --repuso
Monks herido de terror y apretando tembloroso el brazo del judío
--Tenedlo bien en cuenta Fagin! Yo me lavo de ello las manos. Ya os lo
previne desde el principio: -Todo lo que querais escepto su muerte-. No
quiero verter sangre! Esto se descubre siempre! Además vuestro crímen
os persigue por todas partes . . . Si lo han muerto no soy yo de ello la
causa lo entendeis Fagin? Que el diablo se lleve esta infernal casucha!
Quién anda ahí?
--Qué? --esclamó el judío cojiendo con toda su fuerza el sillon, en el
momento que aquel se levantó bruscamente del sofá --Dónde?
--Allí! --dijo Monks señalando la pared con el dedo --Una sombra! una
sombra! He visto la sombra de una muger, con chal y sombrero, pasar á lo
largo de la pared con la rapidez del rayo!
El judío se soltó de su compañero y ambos se lanzaron fuera del
aposento.
La vela, casi del todo consumida por la corriente del aire, estaba en el
mismo sitio y les mostró la soledad profunda de la escalera así como
tambien la horrible palidez de sus semblantes. Pusieron el oido atento;
pero reinaba en toda la casa el mayor silencio.
--Ha sido una ilusion querido! Os habeis engañado sin duda alguna!
--dijo el judío tomando la vela y volviéndose á su compañero.
--Juraria que la he visto! --contestó Monks temblando de piés á cabeza
--Estaba inclinada cuando la he visto y luego que he tablado ha
desaparecido.
El judío lanzó una mirada de desprecio sobre el rostro lívido de su
compañero y habiéndole dicho que podia seguirle si era de su gusto,
subieron hasta el cabo de la escalera. Registraron todos los aposentos:
ellos estaban helados y vacíos. Bajaron al pasadizo y de allí á los
subterráneos: pero todo permanecia tranquilo como la muerte.
--Estais ya convencido? --dijo el judío cuando volvieron al pasadizo.
Escepto nosotros, no hay alma viviente en la casa á no ser Tobias y los
muchachos . . . y estos están en seguridad . . . como veis!
Y para prueba de lo que decia el judío sacó de su faltriquera, las
llaves y esplicó como al bajar por la primera vez á la cocina, habia
encerrado á sus jóvenes pupilos para impedir que no perturbasen su
conversacion.
Esta nueva prueba destruyó enteramente la conviccion en el alma de
Monks; sus protestas habian ido perdiendo insensiblemente su energía á
medida que sus pesquisas, se iban haciendo del todo infructuosas y acabó
por reirse de sí mismo y por convenir en que ello no podia haber sido
otra cosa que un delirio de su imaginacion.
CAPÍTULO XXVIII.
ENMIENDA HONROSA DE UNA DESCORTESÍA HECHA Á UNA SEÑORA, QUE HEMOS
DEJADO DE LA MANERA MAS IMPOLITICA EN EL CAPITULO XXV.
COMO no seria muy conveniente á un humilde autor, el hacer esperar, de
espaldas al fuego y con las manos metidas bajo los faldones de su
leviton, á un personaje tan distinguido como lo es un pertiguero y que
seria además muy poca galanteria de su parte el comprender en este
olvido de las atenciones debidas, á una señora sobre quien el dicho
pertiguero habia echado una mirada de ternura y cariño y á la que habia
dirijido, dulces palabras que procediendo de tal personage, hubieran
podido conmover el corazon de toda jóven ó de toda muger cualquiera que
fuera su rango, el historiador fiel cuya pluma traza esta historia,
sabiendo á lo que su deber la obliga y poseido de la mayor veneracion
por las personas elevadas á altas dignidades, se apresura á tributarles
los honores que les son debidos y á tratarles con todas las
consideraciones que su rango en el mundo y como consecuencia de sus
-sublimes virtudes- reclaman de él.
Mr. Bumble habia recontado las cucharas para thé, pesado de nuevo las
tenazillas para lomar el azúcar, examinado con mas atencion el jarro de
la leche y hecho el inventario exacto del moviliario hasta asegurarse de
la calidad de la crin, que formaba el asiento de las sillas y habia
repetido esta tarea hasta cinco ó seis veces, antes de pensar que era ya
tiempo de que la Señora Corney volviese. Un pensamiento lleva otro y
como no se oia el menor ruido que anunciase el regreso de la Señora
Corney, vino á las mientes de Mr. Bumble, que bien podria sin escrúpulo
y solo para pasar el tiempo satisfacer plenamente su curiosidad echando
una ojeada rápida en la cómoda de la matrona.
Despues de haber aplicado el oido al ojo de la llave para escuchar si
alguien se acercaba, Mr. Bumble empezando por la parte inferior se
enteró de los objetos contenidos en tres grandes cajones llenos de ropa
blanca y de vestidos á la última moda envueltos entre dos cubiertas de
periódicos sembrados de flor de -espliego- seco, los que parecieron
causarle una viva satisfaccion.
Llegado al cajoncito á la derecha de arriba, en el que estaba la llave y
habiendo visto una caja pequeña cerrada con cadenillas, la sacudió y
sintiendo salir de su interior un sonido grato, como de plata acuñada
Mr. Bumble volvió gravemente cerca el fuego y habiendo tomado su primera
posicion se dijo á sí mismo con tono resuelto: --Vamos! está hecho! Me
declararé.
En este momento la Señora Corney entró precipitadamente en el aposento,
se dejó caer en una silla cerca el fuego y manifestó respirar con pena.
--Ah! Me siento ya mejor ahora --dijo ésta reclinándose en el respaldo
de su silla despues de haber vaciado la taza en una mitad.
--Es menta! --añadió --con voz lánguida y sonriendo afectuosamente al
pertiguero --Gustadla! No hay solo menta, sino tambien otra cosa muy
buena.
Mr. Bumble gustó el brebaje con aire indeciso hizo castañear sus
labios, lo llevó otra vez á la boca y vació enteramente la taza.
--Esto es muy confortante. --dijo la señora Corney.
--A fé mia es muy bueno! (Esto diciendo el pertiguero se sentó al lado
de la matrona y le preguntó con acento de interés que era lo que le
habia sucedido.)
--Menos que nada --respondió la Señora Corney --Soy una -simple- y
débil criatura!
--No sois -débil- señora. --repusó el pertiguero acercando su silla á
la de la matrona. --Por ventura seriais vos una -débil criatura- señora
Corney?
--Segun nuestra naturaleza todos somos -débiles criaturas-! dijo la
Señora Corney aventurando una máxima general.
--Es verdad. --contestó el pertiguero.
A esta respuesta siguió un silencio de algunos minutos durante los
cuales Mr. Bumble habia dado una prueba de la -debilidad humana-
retirando su brazo izquierdo que descansaba sobre el respaldo de la silla
de la señora Corney.
--Señora Corney! --dijo Bumble, inclinándose sobre la espalda de la
matrona. --Qué teneis Señora? Os ha sucedido algo Señora? respondedme
os lo suplico! Estoy sobre . . . sobre . . . --y como en su turbacion no
pudo encontrar al momento la palabra -espinas- . . . sobre -botellas
rotas-. --añadió.
--Oh! Señor Bumble! esclamó la dama; --he sido horriblemente
desconcertada!
--Desconcertada Señora! esclamó á su vez Mr. Bumble. --Y . . . quién
ha sido tan audaz para? No me cabe duda --dijo interrumpiéndose con
dignidad . . . Habrán sido esas -atrevidas-! -pordioseras-!
--Da horror solo el pensarlo --continuó la dama temblando . . . de todo
su cuerpo.
--Entonces no lo penseis! repuso Mr. Bumble.
--Me es imposible! replicó esta con voz entrecortada por los sollozos.
--Tomad algo! --dijo el pertiguero habiendo arrumacos . . . un poco de
vino!
--Por todo el oro del mundo no tomaria una gota! O Dios! Dios! --en el
estante de arriba . . . en el rincon de la derecha --O Dios! (Al mismo
tiempo la buena señora señalando con el dedo el armario, parecia presa
de convulsiones internas.)
Mr. Bumble corrió al armario; cojiendo de sobre el estante en cuestion
la botella que se le habia señalado llenó una taza del thé del licor
que ella contenia y la llevó á los labios de la matrona.
--Este aposento señora es muy -confortante-. --dijo Mr. Bumble lanzando
una mirada á su alrededor. ---Una sola pieza añadida- á esta
constituiria una pequeña y hermosa habitacion!
--Seria demasiado grande para una sola persona.
--Si; pero para dos --repuso tiernamente Mr. Bumble --he? Señora Corney?
A estas palabras del pertiguero, la Señora Corney inclinó la cabeza y
Mr. Bumble hizo otro tanto para ver su rostro. Esta volviendo con rubor,
alargó su mano para cojer su pañuelo y la colocó insensiblemente en la
del pertiguero.
--La administracion os abona el carbon no es esto Señora Corney?
--preguntó Mr. Bumble apretando afectuosamente aquella mano.
--Como la luz. --contestó la Señora Corney, volviendo ligeramente el
apreton.
--El carbon, la luz y el alquiler además? --añadió Mr. Bumble --Oh!
señora Corney sois un ángel!
Esta no pudo resistir un transporte tan dulce; se dejó caer en los
brazos del pertiguero, quien en su agitacion imprimió un casto beso en
la nariz de la matrona.
--Una perfeccion tan -parroquial-! esclamó Mr. Bumble con arrobamiento.
Sabeis bella encantadora, que Mr. Lloret, está mas malo esta noche?
--Lo sé. --respondió la señora con aire tímido.
--El médico asegura que no pasará esta semana --prosiguió Mr. Bumble . . .
Es el director de este establecimiento . . . Su muerte vá á dejar
su plaza vacante . . . Esta plaza debe ser llenada! Oh! Señora Corney!
Qué perspectiva tan brillante! Qué favorable ocasion para unir dos
corazones que se aman y desean fundar una familia.
La señora Corney sollozó.
--Vaya la palabrita! --dijo Mr. Bumble inclinando su cabeza sobre la de
la púdica beldad . . . La dulce palabrita mi divina Corney!
--S . . . s . . . si. --dijo la matrona suspirando.
--Aun otra palabra! --prosiguió el pertiguero --Reponeos de vuestras
cándidas emociones por una sola palabra mas ¿Cuándo será el
matrimonio?
La Señora Corney intentó por dos veces hablar y por dos veces la
palabra espiró en sus lábios. Al fin armándose de valor arrojó sus
brazos al rededor del cuello de Mr. Bumble y dijo que eso seria cuando
él quisiera y que era un -ser irresistible-.
Asi arregladas las cosas amistosamente y con satisfaccion de ambas
partes, el convento fué rectificado solemnemente, con otra taza de menta
que la agitacion de la señora habia hecho necesaria. Durante este tiempo
ésta participó á Mr. Bumble la muerte de la vieja.
--Muy bien! --dijo el pertiguero saboreando su licor. --Voy á pasar á
mi regreso por casa Lowerberry y le diré que mañana por la mañana se
llegue acá --Es esto lo que os ha espantado hermosa mia?
--Querido mio, en ello no ha habido nada de extraordinario! --dijo la
señora con tono evasivo.
--Sin embargo es indispensable que haya habido algo --replicó el
pertiguero. --No quereis decirlo á -vuestro- Bumble?
--Ahora no; --repuso la señora. --uno de estos dias . . . cuando
estarémos casados.
--Cuando estarémos casados! --esclamó Mr. Bumble --Acaso seria una
imprudencia de esos -audaces- pobres?
--No, no, querido mio! --contestó súbitamente la matrona.
--Si creyera tal! --prosiguió Mr. Bumble --si creyera que uno de esos
-atrevidos hubiese- osado levantar sus ojos -vulgares- sobre este -noble
rostro-.
--No se hubieran atrevido perrillo mio! --replicó la Señora.
--Obrarán santamente --dijo Mr. Bumble cerrando los puños. --Que vea yo
á un hombre, cualquiera que el sea -parroquial ó extra-parroquial-, ser
-presuntuoso- para ello y puedo muy bien asegurarle que no lo intentára
por segunda vez.
Sin gesticulacion ni sin vehemencia, esta amenaza tal vez hubiera
producido pésimo efecto en el ánimo de la señora Corney; pero, como
las palabras del pertiguero fueron acompañadas de gestos -guerreros-
esta Señora quedó profundamente afectada de tal prueba de afeccion y
altamente admirada esclamó que era un verdadero -tortolillo-.
Entonces el -tortolillo- levantó el cuello de su leviton y habiendo
enviado con su futura mitad, un robusto beso desafió de nuevo el viento
y el frio, no sin, detenerse antes algunos instantes en el patio de los
pobres (el de los hombres bien entendido.) para brutalizarles un poco con
el solo fin, de ensayar si podria llenar con toda la severidad debida la
plaza de director de la casa de la Caridad.
Adquirida la certidumbre de que poseia para ello todas las cualidades
requeridas dejó el establecimiento con el corazon alegre y lleno de
esperanza y la brillante perspectiva de su futuro ascenso ocupó su alma
hasta que hubo llegado ante la tienda del empresario de los entierros.
Como el Señor y la Señora Sowerberry habian ido á pasar la velada en
alguna parte, Noé Claypole que jamás se hallaba dispuesto para hacer
mas ejercicio que el que se necesita para beber y comer, no habia aun
cerrado la tienda á pesar de que la hora de cerrarla ordinariamente,
hacia largo tiempo que habia sonado. Mr. Bumble golpeó con su baston
sobre el mostrador repetidas veces; pero no obteniendo respuesta y viendo
luz á través de la ventana de la trastienda, se tomó la libertad de
mirar, para ver lo que aeontecia y cuando hubo visto lo que -acontecía-,
no quedó poco sorprendido.
Los manteles estaban puestos para cenar y la mesa se hallaba cubierta de
pan, manteca, platos, vasos, un jarro lleno de -porten- y una botella de
vino. Al cabo de la mesa Noé Claypole se pavoneaba en un sillon. A su
lado estaba Carlota tomando de un pequeño tonel, ostras que abria y que
el susodicho jóven tragaba con una avidez notable. Un encarnado, algo
mas subido que de lo ordinario en la punta de su nariz y cierto pestañeo
en su ojo derecho anunciaban bastante claro, que estaba un si es ó no es
-calamucano-.
--Hé ahí una de bien gorda y que parece muy deliciosa --dijo Carlota
--Gustadla Noé! Vamos no mas que esta!
--Qué cosa tan deliciosa es una ostra! dijo maese Claypole despues de
haberla engullido. --Lástima, que el comer demasiado de esto, pueda
hacer daño! ¿no es cierto Carlota?
--Es una cosa -inaudita-! dijo esta.
--Sin duda; es una -verdadera crueldad- --repuso Claypole-- No os gustan
á vos las ostras Carlota?
--No las tengo demasiada aficion que digamos. --Me gusta mas véroslas
comer Noé, que comerlas yo misma.
--Qué barbaridad! --esclamó Noé con aire pensativo.
--Vaya; otra continuó Carlota --Esta tiene una hermosa barba!
--No comeré ni una mas! Aun que quisiera seria imposible . . . dijo
Noé. --Estoy ya harto de ellas --Venid Carlota, venid que os abraze!
--Muy bien! --esclamó Mr. Bumble entrando bruscamente en la sala
--Repetid esto caballero!
Carlota lanzó un chillido y se ocultó el rostro con el delantal en
tanto que maese Claypole, contentándose solo con retirar sus piernas de
sobre el brazo del sillon, miró al pertiguero con un terror báquico.
--Repetid esto, jóven -audaz-! --dijo Mr. Bumble --Cómo teneis valor
para decir tales cosas! Y vos desenvuelta pillastrona! como osais
sufrirlo y aun anunciarle. Abrazar! --gritó Monsieur Bumble, sumamente
indignado --puahá!
--No tenia de ello intencion! --balbuceó Noé --Ella es la que me abraza
siempre quiera ó no quiera.
--Oh! Noé! --esclamó Carlota con acento de reproche.
--Si, es cierto! demasiado lo sabeis! --respondió Noé. Ella es la que
me abraza siempre señor Bumble! Me toma por la cara y me hace toda clase
de arrumacos.
--Silencio! --gritó el pertiguero con ademan severo --Señorita bajad á
vuestra cocina! Vos Noé cerrad la tienda y no desplegueis el lábio
hasta que regrese vuestro amo y cuando esté de vuelta le direis que
mañana por la mañana envie un ataud para una vieja de la Casa de
Caridad! Lo entendeis caballero! Abrazar! Qué horror! --esclamó
levantando sus manos al cielo.
Esto diciendo el pertiguero salió gravemente de la tienda del empresario.
CAPÍTULO XXIX.
CARÁCTER DE LOS COMENSALES DE LA CASA EN QUE SE ENCUENTRA OLIVERIO. --LO
QUE PIENSAN DE ÉL.
EN una sala bonita, cuyo mueblaje anunciaba mas la moda y el bienestar de
los buenos tiempos de antaño que el lujo y la elegancia de nuestros
dias, dos señoras sentadas á una mesa estaban almorzando. Mr. Giles en
traje completamente negro, las servia y se habia colocado á una
distancia cuasi igual de la mesa y del aparador; el cuerpo tieso, la
cabeza alta y algo inclinada sobre una espalda con la pierna izquierda
adelantada y la mano derecha en la faltriquera de su chaleco mientras que
la izquierda sosteniendo un plato, pendia á su lado, tenia el talante de
un hombre confiado en su propio mérito y convenido por el sentimiento
interior de su importancia.
La una de las señoras era de edad y bastante adelantada, y con todo se
mantenia tan erguida como el elevado respaldo de su sillon de encina.
Reinaba en toda su persona un aspecto de benévola dignidad. Teniendo las
manos plegadas y puestas sobre el borde de la mesa fijó en su jóven
compañera unos ojos que conservaban aun toda la viveza de la juventud.
La otra (la mas jóven) estaba en la flor de la primavera de la vida; en
esa edad dichosa en que si alguna vez para nuestro bien place á Dios
enviar á la tierra ángeles bajo la figura de mortales sin duda los
reviste de una forma como la suya. No tenia mas que diez y siete años.
Levantando casualmente la vista en el momento en que la Señora la
contemplaba en silencio, arrojó á la espalda, sus cabellos que tenia
sencillamente trenzados sobre su frente y habia en su mirada tanta
dulzura y tanto candor que al verla era imposible no amarla.
La Señora sonrió; pero su corazon estaba lleno de amargura, y al propio
tiempo enjugó una lágrima.
--Hace mas de una hora que Brittles ha partido ¿no es cierto?
--preguntó despues de un momento de silencio.
--Una hora y doce minutos mi Señora! --contestó Giles sacando de su
bolsillo un reló de plata sujeto por una cinta negra pasada alrededor
del cuello.
--Anda siempre tan despacio! --observó la anciana.
--Brittles ha sido siempre un muchacho muy pesado mi señora --replicó
el criado, como queriendo hacer comprender que poseyendo por espacio de
treinta años esta cualidad no habia razon para que se volviera mas
activo.
--Creo que va de mal en peor. --dijo la señora.
--No tiene escusa alguna especialmente si se para á jugar con otros
muchachos --dijo riendo la jóven.
Mr. Giles calculaba si podia permitirse una sonrisa de aprobacion, cuando
un -gig- se paró ante la puerta del jardin y bajó de él un caballero
gordo que entrando sin hacerse anunciar, en su precipitacion por poco
tumba á Mr. Giles y á la mesa del desayuno.
--Se ha visto jamás cosa semejante! --esclamó el caballero gordo
--Querida Señora Maylie! Es posible! Y en medio de la noche por
añadidura! Es inaudito!
Esto diciendo alargó afectuosamente su mano á las dos señoras y
sentándose á su lado preguntó por su salud.
--Me admiro de que no hayais muerto de espanto! --prosiguió --Porqué no
me habeis avisado antes? Mi criado hubiera venido al momento . . . y yo
mismo, con él ó con cualquiera otro, hubiéramos tenido la satisfaccion
en semejante circunstancia . . . Dios de Dios! Cuando pienso en ello!
Cosa imprevista! Y lo peor en medio de la noche!
Lo que mas sorprendia al recien llegado era que el atentado hubiese sido
imprevisto y que los ladrones hubiesen escojido la noche para llevarlo á
cabo; como si esos -caballeros- tuviesen la costumbre de trabajar en
plena luz y de escribir por el correo tres dias antes para dar aviso de
su llegada.
--Y vos señorita Rosa? --continuó dirijiéndose á la jóven --Yo . . .
--Oh! ciertamente! --contestó esta interrumpiéndole --Pero hay arriba
un pobre desgraciado, que mi tia desea mucho veais.
--De muy buena gana Giles; segun me han dicho es uno de vuestros buenos
golpes de mano?
Mr. Giles que en este momento arreglaba las tazas de thé, se ruborizó
hasta el blanco de los ojos y respondió que habia tenido este honor.
--A esto llamais honor! repuso el caballero gordo --A fé mia! no lo
comprendo del todo! Pueda que es mas honroso tirar á quema ropa sobre un
ladron, en una bodega que herir á vuestro hombre á doce pasos de
distancia . . . Lindo duelo!
Mr. Giles poco satisfecho de ver que tratando tan á la ligera esta
materia se disminuia en mucho el mérito de su accion, respondió
respetuosamente que no se creia con derecho de juzgar sobre este asunto;
pero que podia tener la conviccion de que este no era una adulacion para
su adversario.
--Es verdad como hay Dios! dijo el otro --Dónde se halla? Enseñadme el
camino! Volveré á veros al bajar señora Maylie. Es esa la ventana por
la que se ha introducido hé? A la verdad jamás hubiera podido creerlo.
Y así hablando subió trás Mr. Giles la escalera.
Mr. Losberne cirujano de la vecindad, conocido bajo el nombre de doctor,
en diez lugares á la redonda, era el mas alegre y el mas franco de los
celibatarios de la comarca. Estuvo mucho tiempo al lado del herido,
sacaron del cofre de su carruaje una gran caja plana, los criados
estuvieron en un contínuo movimiento; lo que hizo presumir que pasaba
algo de estraordinario.
--Con todo al fin bajó; y por toda respuesta á las preguntas solicitas
de la señora Maylie, cerró la puerta con aire de misterio y se arrimó
de espaldas á ella cómo para impedir que nadie entrará.
--Señora Maylie, esto es muy sorprendente! --dijo el doctor.
--Confio que no estará en peligro! --dijo la anciana señora.
--A fé mia! --En el punto en que se hallan las cosas nada tendria de
estraño. Con todo creo que el caso no es tan apurado. --Habeis visto á
ese ladron?
No. --respondió la anciana.
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