golpes y por un ataque tan repentino, espantado por el horrible gruñido del perro y la brutalidad del hombre y anonadado por la conviccion de los presentes que le tomaban por lo que no era ¿que podia hacer el pobre niño en tal circunstancia? La obscuridad de la noche, en semejante barrio hacia todo socorro improbable y toda resistencia inútil. En menos que nada fué conducido con tal rapidez por un laberinto de callejuelas sombrias y estrechas que los pocos gritos que osó proferir no fueron oidos, y aun que lo hubieran sido nadie habia á quien pudieran llamarle la atencion . . . Los faroles estaban encendidos por todas partes; la Señora Bedwin esperaba con ansiedad á la puerta de la casa; la criada habia corrido veinte veces hasta al cabo de la calle para ver si encontraria á Oliverio y los dos amigos estaban en el salon sin luz, teniendo siempre el reló ante su vista. CAPÍTULO XVI. DONDE FUÉ Á PARAR OLIVERIO DESPUES DE HABER SIDO RECLAMADO POR NANCY. DESPUES de haber recorrido algunas callejuelas, llegaron al fin á una gran plaza que á juzgar por los rediles y cobertizos de que estaba guarnecida debia ser un mercado de animales. Sikes aflojó entonces el paso, pues del modo que andaban la jóven no podia seguirles y volviéndose á Oliverio le intimó bruscamente que diera la mano á Nancy. --Entiendes lo que te digo? --refunfuñó Sikes, observando que el muchacho se resistia y miraba á su alrededor. Se encontraban en un sitio sombrío muy lejanos de los transeuntes y Oliverio se convenció completamente de que toda resistencia seria inútil. Alargó pues la mano á Nancy y esta la estrechó fuertemente contra la suya. --Ahora dame esa! --continuó Sikes apoderándose de la otra mano. --Aquí Cesar! (El perro levantó la cabeza y se puse á gruñir.) La vés bien he? --prosiguió señalando con el dedo la garganta del niño y echando terribles juramentos --Si tiene la desgracia de remover solamente los labios muerde eso! Comprendes? El perro gruñó de nuevo y lamiéndose los hocicos miró á Oliverio como si se alegrára de antemano de poderlo saltar al cuello. --Lo hará como se lo digo! Que un rayo me parta si no lo hace! --repuso Sikes arrojando una mirada feroz al animal en muestra de aprobacion. --Ahora mira lo que te conviene: grita cuanto te acomode; el perro te impondrá pronto silencio! Ea! anda ya fiel guardian y ojo avisor. A estas palabras afectuosas de su amo, Cesar que no estaba acostumbrado á ellas removió la cola y dando un gruñido en señal de advertencia para Oliverio, tomó la delantera y abrió la marcha. El mercado que atravesaban era el de Smithfield. La noche estaba sombría y brumosa, las luces de las tiendas apenas podian abrirse paso á través de la nieble cuyo espesor crecia á cada instante aumentando la soledad y la tristeza del sitio, al mismo tiempo que hacia la incertidumbre de Oliverio mas horrible y mas angustiosa. Cerca una hora recorrieron callejones sucios y poco concurridos y si algunas personas encontraron parecieron á los ojos de Oliverio como pertenecientes á la misma calaña de Sikes. Por fin, enfilaron una calle aun mas estrecha y mas sucia que las otras, habitada cuasi toda ella por ropavejeros y el perro adelantándose corriendo como si estuviera cierto de que su vigilancia era ya entonces inútil, se paró ante una tienda cerrada al parecer desocupada, pues la casa amenazaba ruina y un rótulo anunciando que estaba para alquilar, permanecia medio clavado sobre la puerta en señal de que estaba en ella desde muchos años. --Ya llegamos! --dijo Sikes lanzando una mirada á su alrededor. Nancy pasó la mano por debajo los postigos y Oliverio oyó sonar una campanilla en el interior. Fueron á colocarse debajo de un farol y esperaron algunos momentos. Rechinó el ruido de una llave en la cerradura y poco despues la puerta se abrió con la mayor precaucion. Sikes entonces sin mas cumplimientos cojió el niño por el cuello y en un decir Jesus estuvieron los tres dentro de la casa. Entre la obscuridad mas profunda esperaron que la persona que les habia abierto hubiera cerrado otra vez la puerta con llave y cerrojos. --No hay ninguno aquí? --preguntó Sikes. --No. --respondió una voz que Oliverio creyó reconocer. --El viejo está? --prosiguió el bandido. --Si. --replicó la voz --Lindamente enredado entre espinas esperándoos. Con esto quien no tendrá placer de veros! Pues ya! El estilo de esta respuesta y el tono con que fué pronunciada, eran familiares á los oidos de Oliverio; pero no pudo descubrir la fisonomía del interlocutor. --Alúmbranos un poco si no quieres que nos rompamos el bautismo, ó que pisemos al perro --dijo Sikes. --Os advierto que tengais cuidado con las piernas si pisais sus patas. --Aguardad un momento que vaya á buscar la luz! --repuso la voz. En esto se oyó el ruido de los pasos de una persona que se alejaba y luego apareció Jaime Dawkins vulgo el -fino Camastron- llevando en la mano una vela colocada en un palo hendido. Sé contentó con hacer una mueca á Oliverio para renovar las amistades con él é hizo señal á los visitadores de que le siguieran. Bajaron la escalera, atravesaron una cocina desprovista de utensilios y abriendo la puerta de un chiribitil del que se exhalaba un olor fétido, fueron recibidos entre carcajadas y aclamaciones de alegria. --Oh! que buena farsa! --esclamó maese Bates desternillándose de risa. --Si, el es! Pero mirad Fagin . . . miradle . . . Dios de Dios! Qué buena farsa! Hay para morirse de risa! Que alguno me tenga para que pueda reir á mis anchuras. Ah! ah! ah! Esto diciendo maese Bates se dejó caer en tierra boca abajo y estuvo en tal postura por mas de cinco minutos dando un libre desahogo á su loca alegría y sacudiéndose las posaderas con sus talones. Luego volvió á levantarse, tomó la vela de manos del Camastron y acercándose á Oliverio dió vuelta entorno suyo para examinarle mientras que el judío quitándose su gorra de algodon saludó respetuosamente varias veces al pobre niño que los miraba con ademan azorado. Entre tanto el -Camastron- que era de un carácter mas maduro y que raras veces comprometia su dignidad cuando se trataba de -asuntos serios- relativos á su -profesion-, vaciaba los bolsillos del infortunado con la atencion mas escrupulosa. --Mirad Fagin, mirad su -cáscara-! --dijo Bates acercando la vela tan cerca del vestido nuevo de Oliverio que poco faltó para que pusiera fuego en ellos --Mirad su -cascarita-! -Tela de pavo real- y corte de tijera de plata! Viva la elegancia! Ola! ola! y esos libros? Eso le dá el aire de todo un -caballero- ¿no es verdad Fagin? --Querido! Estoy encantado de veros tan bien puesto! --dijo el judío saludando á Oliverio con humildad afectada --El Camastron os dará otros vestidos, pues seria una lástima gastaseis estos que son para los domingos! Querido? porque no habeis escrito que veniais? Hubiéramos tenido algo caliente para vuestra cena. A estas palabras maese Bates soltó una carcajada tan estrepitosa que el mismo judío desarrugó la frente y el Camastron se sonrió. Pero como en este mismo momento este sacó el billete de banco de la faltriquera de Oliverio, seria dificil averiguar si fué la bufonada de Cárlos ó el descubrimiento del billete quien exitó su sonrisa. --Ola! ¿Que papelucho es este? --dijo Sikes adelantándose hácia el judío, mientras este se apoderaba del billete. --Esto me pertenece Fagin! --No, no Guillermo; es mio querido! Vos tendreis los libros. --Si no se entrega eso á mi ó á Nancy (que es lo mismo), voy á devolver al niño. --dijo Sikes poniéndose el sombrero con ademan resuelto. El judío se estremeció: lo mismo hizo Oliverio aun que por motivo muy diferente pues esperaba que su libertad seria el resultado de la disputa. --Ea! venga acá eso! Lo entendeis? --dijo Sikes. --No hay razon para ello Guillermo, ninguna razon. ¿No es cierto Nancy? --contestó el judío. --Haya razon ó no --replicó Sikes. --dadme eso! Os lo digo por la última vez! ¿Creeis que Nancy y yo no tengamos nada mas que hacer que pasar un tiempo precioso siguiendo la pista y cojer á todos los muchachos que se dejan -prender- para vuestro provecho? Venga acá eso viejo avaro! (Esqueleto carcomido!) Trasto de desván! Pronunciando tales palabras Sikes se apoderó del billete de banco que el judío tenia entre el pulgar y el indice y pasando con la mayor sangre fria su vista por él, lo plegó en cinco ó seis vueltas y lo encerró dentro de un nudo que hizo en el pañuelo que llevaba al cuello. --Esto es por el trabajo que nos hemos tomado. --dijo Sikes ajustando de nuevo su corbatin --Todavía no es la mitad de lo que él vale! Vos podeis quedaros con los libros si sois aficionado á la lectura, ó sino los vendereis! --Qué bien escritos están! --dijo Cárlos que ojeó uno de los tomos haciendo mil muecas --Bello estilo por vida mia! Espresiones elegantes! No es verdad Oliverio? --Y viendo el ceño lastimoso que ponia este mirando á sus perseguidores, maese Bates que estaba dotado de un espíritu cáustico y que además tenia un gusto decidido por el -burlesco- se puso á reir á carcajadas y ha hacer mas ruido que antes. --Son del anciano caballero! --dijo Oliverio torciéndose las manos --De ese bueno y respetable caballero que me llevó á su casa y que tuvo cuidado de mi cuando estaba malo y me iba á morir! Ah! Os lo suplico, enviádselos! Devolvedle los libros y el dinero! Tenedme encerrado aquí toda mi vida; pero por amor de Dios devolvedle lo que le pertenece! Creerá que le he robado! La buena señora y todas las personas de la casa que han sido para mi tan buenas, me tendrán por un ladron! Oh! tened piedad de mi! Devolved los libros y el dinero! Pronunciando estas palabras con el acento de la mas violenta desesperacion, Oliverio se echó á los piés del judío juntando sus manos con ademan suplicante. --El niño tiene razon! --dijo Fagin arrojando una mirada á su alrededor y frunciendo sus cejas rojas --Tienes razon Oliverio; mucha razon! Pensarán que has robado los libros y el dinero. Ah! ah! --prosiguió rechinando los dientes y frotándose las manos-- Esto no podia venir mejor, aunque lo hubieramos hecho á propósito! --Sin duda que no podia venir mejor! --contestó Sikes --He aquí lo que me ha acudido de pronto en el pensamiento cuando le he visto atravesar Clerkenwell con sus libros bajo el brazo. Ellos deben ser unas santas almas de otro modo no le hubieran recojido en su casa. Luego no le reclamarán por temor de tenerle que perseguir ante los tribunales y hacerle prender. Con que está bien seguro! Hasta entonces Oliverio habia mirado á uno y otro alternativamente con aire inquieto sin comprender del todo lo que querian decir; pero cuando Sikes concluyó de hablar, se levantó de repente, se escapó del aposento sin saber donde dirijirse llamando á su socorro y haciendo resonar la casa con sus gritos. --Guillermo llama á tu perro! --esclamó Nancy corriendo á la puerta y cerrándola trás el judío y sus dos educandos que se habian lanzado en persecucion de Oliverio --Llama á tu perro! Va á devorar á ese muchacho! --Voto á brios que lo merece! --gritó Sikes reuniendo todas sus fuerzas para desprenderse de las manos de la jóven. --Quítate tú de aqui! Suéltame te digo ó voy á romperte el cráneo contra la pared! --Nada me importa! --continuó Nancy forcejando para conservar su puesto --Este muchacho no será devorado por el perro, sin que antes tu me hayas muerto! --Dices bien! --dijo Sikes rechinando los dientes. --Esto va á ser pronto si no te retiras! Esto diciendo el bandido arrojó con toda su fuerza á la jóven al otro estremo del aposento, justamente en el instante en que el judío y los dos muchachos volvieron á entrar conduciendo á Oliverio. --Que sucede ahora? --preguntó Fagin. --Creo que se ha vuelto loca? --contestó Sikes con acento feroz. --No, no está loca! --dijo Nancy pálida por la cólera y sofocada por la lucha que acababa de sostener --No, no lo creais Fagin! --Entonces quieres callarte! --dijo el judío con tono amenazador. --No; no me callaré! --replicó Nancy levantando la voz. --Que querais decirme con ese tono? El viejo Fagin conocia demasiado al sexo de que formaba parte Nancy y los caprichos á que comunmente está sujeto para no juzgar prudente dejar á la jóven. Con esta idea, para apartar la atencion de esta se dirijió á Oliverio. --Con qué queriais escaparos he? --dijo tomando una gruesa estaca llena de nudos que estaba en un rincon de la chimenea. Oliverio no respondió; pero espió los movimientos del judío latiéndole con fuerza el corazon. --Si; llamabais socorro! Queriais hacer venir la guardia ¿no es esto? --prosiguió, cojiendo con furia el niño por el brazo --Jovencito! Os curaremos de esta manía. Al decir esto el judío le sacudió un fuerte golpe sobre las espaldas con su estaca y tenia la mano levantada para darle otro cuando la jóven avalanzándose á él con la rapidez del rayo le arrancó el palo de las manos y lo arrojó al fuego con tal fuerza que hizó saltar los carbones ardientes en el aposento. --No lo sufriré mientras yo este presente Fagin! --esclamó --Habeis recobrado otra vez á ese niño ¿que queréis mas? No el maltrateis ó os doy mi palabra que me entregaré respecto á uno de vosotros á ecsesos que me conducirán á la horca antes de tiempo! Al hacer esta amenaza golpeó el suelo con su pié, mientras cerrados los puños y el rostro pálido de cólera miraba alternativamente ya á Sikes ya á Fagin. --Qué es esto Nancy? --dijo el judío con acento melífluo despues de un momento de silencio durante el cual cambió con Sikes una mirada en la que era fácil adivinar la turbacion de su alma --Esta noche te muestras mas sentimental que nunca! Ah! ha! querida . . . Obras noblemente! --Así me cuadra! --respondió esta --Cuidad de que no me propase! Vos Fagin no hariais con ello muy buen negocio! Con que os lo prevengo por la última vez; dejadme en reposo! Existe en la muger irritada (sobre todo cuando ha sido llevada á los estremos) cierto sentimiento que los hombres no tienen ganas de provocar. El judío comprendió perfectamente que seria inútil fingir poco cuidado de la cólera de Nancy; así pues, retrocediendo con prudencia, miro á Sikes con aire villano y suplicante á la vez como para darle á entender que no se consideraba tan capaz como él para seguir la conversacion. Sikes viéndose interpelado de tal modo y pensando tal vez que su amor propio estaba interesado en probar el ascendiente que tenia sobre Nancy volviéndola á la razon, profirió cinco ó seis juramentos y otras tantas amenazas con una facilidad de elocucion que hizo honor á su fértil inventiva. Sin embargo como esto no pareció producir ningun efecto visible en la persona que de ello era objeto, recurrió á argumentos mas sólidos. --Qué quieres decir con tantos humos? --gritó acompañando la pregunta con un horrible juramento. --Veamos, habla! ¿Qué pretendes con tu amenaza? Voto á mil truenos juntos! Sabes quien eres tu? --Oh! si; demasiado lo sé! --dijo la jóven sacudiendo la cabeza con ademan de indiferencia. --Entonces, cierra el pico ¿entiendes? --repuso el otro con tanta brutalidad como si hablara á su perro --De lo contrario te ataré yo la lengua por algun tiempo. Nancy soltó una risa convulsiva y lanzando á Sikes una mirada de reojo, volvió la cabeza y se mordió los labios hasta echar sangre. --Ah! si! Eres una gentil muchacha á fé mia! --añadió Sikes mirándola con desprecio --Especialmente cuando te das ese aire de buenos sentimientos. Es un gran negocio para -este niño- (como tu le llamas.) el haber encontrado en tí una -amiga- . . --Sin contar que lo soy --esclamó Nancy con cólera --y que quisiera estar en lugar de -aquellos- al lado de los cuales tan cerca hemos pasado esta noche, mas bien que haberos ayudado á encontrar este desgraciado! Qué sea de hoy en adelante un mentiroso, un ladron, un petardista; que sé yo! todo lo que existe de mas abominable! No le basta á ese viejo bandido sino que tambien ha de destrozarlo á golpes? --Vamos, vamos! --dijo el judío dirijiéndose á Sikes y haciéndole observar la atencion con que sus jóvenes educandos prestaban el oido á todo lo que pasaba --Guillermo es preciso venir á palabras de paz, á palabras de reconciliacion. --Palabras de paz! --esclamó la jóven, cuya fisonomía desfigurada por la cólera era en este momento espantosa --Palabras de paz vos viejo infame! Si, las mereceis! He robado por vos cuando no tenia mas que la mitad de la edad de ese niño! --dijo señalando á Oliverio. --Siempre he hecho el mismo comercio y siempre para la misma persona desde hace doce años! ¿No es cierto? Decid! Podeis negarlo? --Y bien qué? --replicó el judío procurando calmarla --Si lo has hecho ha sido para vivir. --Si! --gritó ella con toda la fuerza de sus pulmones --Robar es mi subsistencia, como la escarcha, la niebla y el lodo de las calles son mi habitacion! Y vos sois el viejo infame que me ha reducido á ellos desde mi infancia y me reduciréis dia y noche hasta que muera! --Te sucederá una desgracia! --repuso el judío excitado por estos reproches --Algo peor que esto si dices una palabra mas! La jóven calló; pero arrancándose los cabellos y rasgando sus vestidos en un exceso de rabia se precipitó sobre Fagin y probablemente le hubiera dejado señales de su venganza si Sikes no se hubiere interpuesto entre ambos cojiéndola por los puños. Hizo algunos esfuerzos para desacirse y se desmayó. --Está bien ahora! --dijo Sikes arrastrándola hasta un rincon del aposento --Cuando se irrita hasta tal punto tiene en los brazos una fuerza asombrosa! El judío se enjugó la frente y sonrió de contento al verse libre de una escena tan trájica; á pesar de que él, Sikes, los muchachos y él mismo la debieron considerar como un percance inseparable de sus asuntos. --No conozco nada peor que tenérselas que haber con las mugeres. --dijo el judío volviendo la estaca á su sitio. --Sin embargo poseen cualidades recomendables y nos son muy útiles en nuestra -profesion-. Cárlos, lleva Oliverio á la cama. --Creeis papá Fagin que hará muy bien en no ponerse mañana estos vestidos tan nuevecitos y tan pulcros? --preguntó Cárlos guiñando los ojos con malicia. --No faltaba mas! --contestó aquel haciendo una mueca de inteligencia á su educando. Maese Bates muy satisfecho en apariencia de la comision que se le confiaba, tomó el palo hendido que servia de candelero y condujo á Oliverio á una pieza vecina donde habia dos ó tres camas en una de los cuales habia ya dormido el pobre niño. Allí con carcajadas insolentes enseñóle los mismos harapos que habia creido no volver á ponerse jamás, y al mismo tiempo le esplicó como por medio del judío que los habia comprado, el viejo Fagin descubriera el lugar de su retiro. --Quítate esto! --dijo --Yo lo entregaré á Fagin para que lo guarde. Dios de Dios! y que buena farza! El desgraciado huérfano se sometió de mal talante, y maese Bates despues que hubo rollado y puesto bajo su brazo el vestido nuevo de aquel, se fué llevándose la vela y cerrando la puerta con llave. El ruido de sus carcajadas y la voz de Betsy que llegó muy á propósito para aflojar á su amiga y arrojarle agua en las sienes para hacerla volver de su parasismo, hubieran podido tener dispiertas á muchas personas en una posicion mas feliz que la que en que se encontraba Oliverio; pero estaba enfermo y destrozado de miembros, y se durmió muy pronto profundamente. CAPÍTULO XVII. LA SUERTE QUE NO SE CANSA DE PERSEGUIR Á OLIVERIO, LLEVA Á LONDRES UN PERSONAGE ILUSTRE QUE ANONADA SU REPUTACION. UNA mañana muy de madrugada Mr. Bumble salió de la Casa de la Caridad y enfiló la Calle Mayor con paso firme y seguro. Su semblante demostraba toda la gloria y el orgullo de su dignidad de pertiguero: los galones de su sombrero de tres picos y de su levita brillaban al sol y oprimia su baston con toda la fuerza de la salud y del poder. Mr. Bumble llevaba siempre la cabeza erguida, pero en este dia la llevaba mas tiesa que de costumbre. Habia tal distraccion en sus miradas y tal nobleza en sus ademanes que un observador inteligente no hubiera podido menos de presumir que pensamientos de una naturaleza poco comun ocupaban la mente del pertiguero. No se dignó detenerse para conversar con los tenderos al por menor y las demas personas que le dirijieron la palabra; se contentó con responder á sus saludos por un movimiento de mano y no se detuvo su marcha hasta que hubo llegado á la granja en que la Señora Mann guardaba á los niños de la Casa con un cuidado -parroquial-. --Que el diablo se lleve á ese importuno pertiguero, si no es él quien llega tan de mañana! --dijo viéndole sacudir con impaciencia la puerta del jardin --Ola Señor Bumble! Ya me figuré yo bien que no podiais ser otro que vos! Es gran placer y una sorpresa agradable el poderos ver tan de mañana! Os suplico que os tomeis la molestia de entrar! Las primeras palabras fueron dirijidas á Susana y las últimas á Mr. Bumble mientras le abria la puerta y le introducia en la casa con las mayores señales de respeto y atencion. --Señora Mann! --dijo Mr. Bumble dejándose caer gradual y pausadamente en una silla, en vez de sentarse bruscamente como lo haria un palurdo --Señora Mann os doy los buenos dias! --Igualmente Señor Bumble! --contestó esta con muchas muecas graciosas --¿Cómo vá esa preciosa salud? --Psi! psi! Señora Mann. --replicó el pertiguero --Una vida -parroquial- no es ningun lecho de rosas! --Bien seguro que no! --apoyó la Señora. (Todos los niños confiados á su cuidado hubieran podido responder á coro si la hubiesen oido.) --Una -vida parroquial- Señora Mann --continuó el pertiguero golpeando la mesa con su baston --es una vida de trabajo, de vejaciones y de tormentos! Pero todos los -personajes públicos-, si así puedo espresarme, deben esperarse el sufrimiento de la persecucion. La Señora Mann no comprendiendo del todo lo que el pertiguero queria decir, levantó las manos al cielo con aire místico y suspiró. --Ah! Bien podeis suspirar Señora Mann! --dijo Bumble. Aquella viendo que habia obrado bien, suspiró de nuevo con gran satisfaccion del -funcionario público- que reprimió una sonrisa graciosa mirando fijamente al sombrero de tres picos. --Me voy á Londres Señora Mann! --De veras Señor Bumble? --contestó ésta plegando las manos y retrocediendo tres pasos en señal de asombro. --Si Señora. --replicó el imperturbable pertiguero --Me voy á Londres en la diligencia . . . yo y dos pobres de la casa. Tenemos un pleito por causa de esos pobres. No pertenecen á nuestra parroquia, de consiguiente por pleno derecho no queremos albergarlos . . . y yo soy quien el consejo de Administracion ha escojido por su representante y el que debe responder en su nombre en las prócsimas sesiones de Clerkenwell. [3] Figuraos ahora Señora Mann --continuó empinándose de toda su altura --Figuraos digo cuanto hilo tendrán que torcer las sesiones de Clerkenwell antes que concluyan conmigo. --Oh! no vayais á tratarlas con demasiada severidad. --dijo la Señora Mann con tono adulador. --Ellas me habrán obligado Señora Mann, y si las sesiones de Crekenwell no salen tan bien paradas como creen, á ellas mismas deberán echarse la culpa! Estas palabras fueron pronunciadas con tal calor y tal acento de amenaza que la Señora Mann se estremeció. --Os vais pues en la diligencia? --dijo --Creia que la costumbre era enviar á esos pobres en carretas? --Esto Señora Mann es cuando están enfermos. Entonces les encajamos dentro de carretas descubiertas para impedir que los aires colados les costipen. --Ah! esto es otra cosa! --La Administracion de diligencias se encarga de esos por una biscoca. Ambos se hallan en muy triste estado, y calculamos que el cambiarlos nos costará dos libras esterlinas menos que enterrarlos; es decir, si logramos hacerlos recibir en otra parroquia, lo que creo no será dificil en caso de que el despecho no los mato en el camino . . . ah! ah! ah! Despues que Mr. Bumble hubo reido á sus anchas, sus ojos se encontraron con el tricuspis y recobró su gravedad. --Por vida de . . . hablando nos olvidamos de los asuntos. --dijo --Señora Mann aquí tenéis vuestro -salario parroquial- del mes. Esto diciendo sacó de su cartera algunas monedas de plata envueltas en un papel y pidió un recibo que la Señora Mann se apresuró á escribir. --Hay muchos garabatos --dijo esta --pero ya pasará. Muchas gracias Señor Bumble. Os estoy muy agradecida. El pertiguero respondió á esta cortesia con una ligera inclinacion de cabeza y preguntó por la salud de los niños. --Pobres angelitos! --contestó la vieja con emocion. --Están lo mejor posible, esceptuando los dos que se murieron la semana pasada y luego el pequeño Ricardo que anda alicaido. --No mejora? --preguntó el pertiguero. La Señora Mann sacudió la cabeza. La mañana siguiente á la seis Mr. Bumble, despues de haber cambiado su sombrero de tres picos por otro redondo y empaquetado su individuo dentro un redingote azul, tomó asiento en la delantera de la diligencia en compañía de los dos -criminales- de quienes la Administracion pretendia deshacerse, y que eran la causa bien inocente del proceso que llamaba al pertiguero á Londres. Este llegó á la capital sin haber esperimentado en el camino otra incomodidad que la producida por la conducta -inconveniente- de los dos pobres que se obstinaron en quejarse del frio, y en titiritar de tal manera durante todo el viaje que (á lo que dijo Mr. Bumble.) sus dientes le castañearon en la cabeza y se encontró muy poco á su gusto á pesar de tener un grueso redingote sobre su cuerpo. Habiéndose desembarazado el pertiguero de tan -incómodos- individuos por toda la noche, se instaló en la fonda donde habia parado la diligencia y se hizo servir una opípara comida compuesta de tajadas de buey con salsa de ostras y una botella de escelente vino de Oporto. Luego que hubo concluido, llenó un vaso de -grog- que puso sobre la chimenea, acercó su silla á la lumbre y despues de algunas reflecsiones morales sobre la incomodidad que resulta de viajar con personas que titiritan y que se quejan, se puso á leer un periódico. El primer artículo sobre el que se fijaron sus ojos fué el anuncio siguiente: CINCO GUINEAS DE RECOMPENSA. «Un muchacho de Pentonville llamado Oliverio Twist, ha dejado su habitacion el jueves último al anochecer sin haber vuelto á ella. «La recompensa arriba espresada será concedida al que dará instrucciones que puedan facilitar el descubrimiento del susodicho Oliverio Twist, ó que tiendan á arrojar alguna luz sobre los pormenores de su historia, que la persona que hace insertar este anuncio tiene gran interés en saber.» Venia en seguida la descripcion exacta de la edad, del traje y del exterior de la persona de Oliverio; el modo como habia desaparecido y finalmente el nombre y la direccion de Mr. Brownlow. Mr. Bumble abrió los ojos, leyó pausadamente y con la mas escrupulosa atencion, por dos ó tres veces consecutivas el artículo y cinco minutos despues estaba en camino para Pentonville habiéndose olvidado con la precipitacion el vaso de -grog- de sobre la chimenea. --Mr. Brownlow está en casa? --preguntó á la jóven que le abrió la puerta. A tal pregunta ésta contestó del modo evasivo que tenia por costumbre: --No lo se. ¿De parte de quién venís? No bien Mr. Bumble hubo pronunciado el nombre de Oliverio y esplicado él motivo de su visita, cuando la Señora Bedwin que escuchaba á la puerta de la sala se precipitó desalentada en el recibidor. --Entrad! Entrad! --dijo --Estaba segura de que tendríamos noticias suyas! Pobre chico! Me lo decia el corazon! Querido niño! Siempre lo dije! Esto diciendo la buena anciana volvió á entrar en la sala á toda prisa y sentándose en el sofá prorumpió en lágrimas, mientras que la criada menos sensible subió los escalones de cuatro en cuatro y volvió pronto para decir á Mr. Bumble que la siguiera. Le introdujo en el gabinete de estudio donde Mr. Brownlow y su amigo Grimwig estaban sentados á una mesa con una botella y dos vasos ante si. --Un pertiguero! Un verdadero pertiguero de parroquia! Me comeria la cabeza que es un pertiguero! --esclamó este último. --Os ruego querido amigo que no nos interrumpais por algunos momentos. --dijo Mr. Brownlow. Y dirijiéndose á Bumble añadió --Caballero tened la bondad de sentaros! Mr. Bumble se sentó muy preocupado por la originalidad de los modales de Mr. Grimwig, Mr. Brownlow colocó la lámpara de modo que pudiera ver mejor al pertiguero y dijo con alguna impaciencia. --Supongo que el motivo de vuestra venida, ha sido el artículo que he hecho insertar en el periódico? --Si señor. --respondió Bumble. --Vos sois pertiguero ¿no es cierto? --preguntó Mr. Grimwig. --Soy pertiguero -parroquial- señores. --replicó aquel con orgullo. --Lo ois? --repuso Mr. Grimwig, dirijiéndose á su amigo aparte --Estaba seguro de que era un pertiguero. El corte de su redingote es -parroquial-, y huele á pertiguero á la legua. Mr. Brownlow impuso silencio á su amigo con un movimiento de cabeza y luego continuó: --Podeis decirnos donde se halla al presente ese niño? --De ningun modo. --contestó Bumble. --Entonces ¿que es lo que sabeis de él? --preguntó Monsieur Brownlow. --Hablad amigo mio si teneis algo que decir. ¿Qué sabeis de él? --Nada bueno sin duda? --dijo Mr. Grimwig despues de haber examinado atentamente al pertiguero. Este tomó la pregunta al pié de la letra y meneó la cabeza con aire compungido. --Ya lo veis! --dijo Mr. Grimwig dirijiendo á su amigo una mirada de triunfo. Mr. Brownlow procuró leer en la fisonomía del pertiguero la respuesta que iba á recibir de él y le instó para que le dijera con la brevedad posible lo que sabia respecto á Oliverio. Mr. Bumble se quitó el sombrero, desabrochó su redingote, se cruzó de brazos y despues de algunos momentos de reflecsion empezó su relato. Seria fastidioso reproducir aquí las palabras que el pertiguero ensartó por el espacio de veinte minutos. Bastará saber que en resúmen contó que Oliverio era un niño expósito de baja procedencia que desde su nacimiento no habia desplegado otras cualidades que la -perfidia-, la -ingratitud- y la -maldad-; habiendo terminado su corta estancia en el lugar de su nacimiento por un acto -villano- y -sanguinario- ejercido sobre la persona de un muchacho de la escuela de caridad, despues del cual se habia escapado en medio de la noche de casa su amo. Luego para probar que realmente estaba revestido del carácter con que se habia manifestado poco antes, estendió sobre la mesa los papeles que se habia llevado de la Casa de la Caridad y cruzando de nuevo los brazos esperó las observaciones de Mr. Brownlow. --Temo que lo que habeis dicho será demasiado cierto. --dijo éste tristemente despues de haber inspeccionado rápidamente los papeles --Esta suma es muy mezquina para las instrucciones que acabais de darme; pero de buena gana os hubiera dado el triple ó cuadruple, si ellas hubiesen sido favorables al niño. Es muy probable que si Mr. Bumble hubiera sabido esto un momento antes hubiera dado un giro del todo diferente á su relato; pero no era ya tiempo y sacudiendo gravemente la cabeza embolsó las cinco guineas y se retiró. Mr. Brownlow se paseó arriba y abajo de la sala tan preocupado por la relacion del pertiguero que el mismo Mr. Grimwig se guardó bien de contrariarle por mas tiempo. Al fin se detuvo y tiró con fuerza el cordon de la campanilla. --Señora Bedwin! --dijo á la ama de llaves que vino para recibir sus órdenes --Ese muchacho . . . Oliverio! es un impostor. --No puede ser señor! Estoy segura de ello! --dijo enérgicamente la buena anciana. --Os digo que lo es! --repuso secamente Mr. Brownlow --¿Qué quereis decir con . . . -no puede ser-? Acabamos de saber lindas cosas de él. Parece que desde su nacimiento hasta el presente no ha sido mas que un pilluelo. --Jamás lo creeré señor! --replicó Bedwin con firmeza. --Vosotras las viejas, no dais fé mas que á los charlatanes y á los cuentos de brujas! --interrumpió bruscamente Mr. Grimwig --¿Porqué no seguisteis mis consejos desde el principio? Lo hubierais hecho sino hubiese tenido la fiebre he? Ella le hácia interesante no es esto? Interesante! Que bestialidad! --Esto diciendo atizaba el fuego revolviéndole con el hurgón. --Ese niño es dulce, amable y reconocido. --repuso la Señora Bedwin con indignacion --Tal vez tengo motivos para conocer el carácter de los niños . . . Hay mas de veinte años que trato con ellos y las personas que no pueden decir otro tanto, debieran tener el pico cerrado. Al menos esta es mi opinion! Esta era una pulla directa lanzada á Mr. Grimwig que era celibatario; pero como ella no hizo mas que exitar una sonrisa por parte del viejo muchacho, la buena señora sacudió la cabeza y rollando maquinalmente entre sus dedos el cabo de su delantal, iba sin duda á contestar como correspondia. --Silencio! --dijo Mr. Brownlow fingiendo una cólera que estaba lejos de subir --No pronuncieis jamás ante mi el nombre de ese niño! Os habia llamado para decíroslo! Jamás! jamás! bajo pretexto alguno . . . No lo olvideis! --Es todo lo que tenia que deciros señora Bedwin! Fijad en la memoria que os hablo seriamente . . . CAPÍTULO XVIII. DE QUE MODO OLIVERIO PASA EL TIEMPO, EN LA SOCIEDAD DE SUS APRECIABLES AMIGOS. LA mañana siguiente despues de medio dia, Fagin aprovechándose de la ausencia del Camastron y de maese Bates que se habian marchado á sus -faenas- ordinarias, sopló á Oliverio una larga moraleja Sobre el pecado horrible de ingratitud de que se habia hecho reo alejándose voluntariamente de sus amigos, inquietos de su ausencia y lo que es mucho peor, intentando escaparse, despues de los trabajos que habian sufrido para volverle á encontrar. Procuró persuadir al niño de que habia sido recibido y cuidado en su casa en un momento en que sin un socorro tan apropósito y extraordinario, el, Oliverio hubiera muerto irremisiblemente de hambre. Oliverio pasó este dia y la mayor parte de los siguientes sin ver alma viviente. Desde la mañana muy temprano hasta la media noche, solo y entregado asi mismo pensaba en sus protectores, y el temor de que tuviesen de él una opinion poco favorable le llenaba de mortal angustia. Pasados ocho dias, el judío no consideró ya necesario tenerle encerrado en el aposento y le dejó ir libremente por toda la casa. Un dia que el Camastron y maese Bates debian pasar la velada fuera, aquel se metió en el caletre ponerse mas pulero que de costumbre. (debilidad que para hacerle justicia, no era habitual en él.) Mandó -muy políticamente- á Oliverio que le ayudara en esta faena. Este muy contento de encontrar una ocasion para hacerse útil, muy feliz en tener sociedad por mala que fuera y ansioso además de conciliarse la estimacion de todos los que le rodeaban, se prestó de buen talante á lo que se le exijia. Puso pues una rodilla en tiérra de manera que el pié del Camastron que estaba sentado sobre la mesa pudiera descansar sobre la otra y se puso á cumplir el deber de -pulimentar sus coturnos-, lo que quiere decir en buen castellano, que limpió sus botas. Sea que el Camastron se sintiera agitado por eso sentimiento de libertad é independencia que esperimenta necesariamente todo -ser racional- cuando está sentado perezosamente sobre una mesa, fumando su pipa con plena satisfaccion, balanceando suavemente una pierna y mirando limpiar sus botas sin necesidad de quitárselas ni tampoco de volvérselas á calzar; sea que la buena aroma del tabaco dispertase su sensibilidad, ó que la calidad de la cerveza dulcificase sus sentimientos; lo cierto es que se sintió llevado de repente á lo romántico y á lo entusiasta. (dos cosas muy contrarias á su razon de ser.) Miró durante algunos momentos á Oliverio con aire pensativo, luego con un suspiro y un balanceamiento de cabeza, dijo mitad para si y mitad á Cárlos: --Lastima que no sea -hurraca-! --Ah! No sabe lo que le conviene! --contestó este. El Camastron suspiró de nuevo y volvió á chupar su pipa. Cárlos hizo otro tanto y ambos fumaron un rato en silencio. --A qué va que ni siquiera sabes lo que es una -hurraca-? --dijo el Camastron, con tono compasivo. --Creo que si. --respondió Oliverio levantando la cabeza. --Es un la . . . lo que sois vos no es cierto? --siguió interrumpiéndose. --Lo soy y con mucho orgullo! --replicó el Camastron --Es la mejor carrera! (Esto diciendo se metió el sombrero tras las orejas y lanzó un vistazo á maese Bates.) --Si; lo soy. --prosiguió --y Cárlos tambien y Fagin y Sikes y Nancy y Betsy; todos lo somos, todos hasta el perro quien es el que muestra mas corazon para la -faena-. --Y el menos propenso á -traicion-. --añadió Bates. --No será él quien ladre jamás en el banco de los testigos! Ah! no . . . no hay peligro! Aunque se le atase en él y se le dejase allí quince dias sin comer. --Tiene mucha mira en eso! --Oh! es un perro muy picaruelo! Con que fiereza mira á un -camarada- que se ponga á reir ó á cantar estando en sociedad! A pesar de que no gruñe mucho cuando siente tocar el violon ni detesta á los otros perros de su raza . . . No por cierto! --Es un -famoso cristiano-! --Buen oficio! Buen oficio! --prosiguió el Camastron volviéndo al asunto de que se habian apartado, al recuerdo de su -profesion- que influia en todas sus acciones --Eso no tiene nada que ver con el -leofito- (neofito.) --Es verdad! --repuso Cárlos --Oliverio por que no sientas plaza bajo la bandera de Fagin? --Harias fortuna de un golpe! --replicó el Camastron guiñando el ojo. --Vivirias de tus rentas; y te hacias el señor como pienso yo hacerlo por Pascua ó por Navidad. --No, no quiero! --contestó Oliverio --Prefiero que se me deje marchar! Qui . . . sie . . . ra mejor marcharme! --Y Fagin prefiere que te quedes --objetó Cárlos. Oliverio lo sabia demasiado; pero reflecsionando que tal vez seria peligroso el espresarse con demasiada franqueza, dió un suspiro y continuó limpiando las botas del Camastron. --Vaya! --esclamó éste --¿Dónde está tu valor? Carece tu alma de orgullo? Acaso pretenderás vivir á espensas de tus amigos? --Puha! --hizo maese Bates sacando dos ó tres pañuelos de la india y tirándolos revueltos en un armario --Qué vileza! Qué mezquindad! --Jamás podria hacer tal cosa! --dijo el Camastron finguiendo la mayor repugnancia. --Ello no impide que abandoneis á vuestros amigos y que los dejeis castigar por vuestros hechos propios. --repuso Oliverio sonriendo. --Oh! Esto es otra cosa. --replicó el Camastron quitando la pipa de sus labios --Esto es por pura consideracion á Fagin; porque los -moscardones- saben que -trabajamos- unidos y hubiera podido tener un -disgusto- si nosotros no hubiésemos -jugado las piernas-. Este es el porque ¿no es cierto Carlitos? Maese Bates hizo una señal de cabeza afirmativa é iba á hablar; pero el recuerdo de la fuga de Oliverio presentándose de repente con la mayor viveza en su imaginacion le hizo esplotar en una carcajada, que chocando con el humo de la pipa, obligó á salir á una parte por la nariz y por los ojos y la otra retrocediendo á la garganta le hizo toser y patear, por mas de cinco minutos. --Hecha acá tus ojos tontuelo! --dijo el Camastron mostrando un puñado de -chelings- y de sueldos --Quieres una vida mas alegre? Llegar y coger! Quedan algunos mas en el cajon de aquel á quien los he -soplado-! ¿No te acomodan he? Imbécil! --Es muy pillastron ¿no es cierto Oliverio? --dijo Cárlos --Una bonita mañana se hará -levantar-. --No sé lo que quiere decir esto. --respondió Oliverio volviendo la cabeza. --Toma! Algo por este estilo! --Esto diciendo maese Bates tomó uno de los cabos de su corbata y teniéndolo al aire dejó caer la cabeza sobre su espalda é hizo una especie de ruido con sus dientes, indicando por medio de esta chusca pantomina que -levantar- y ahorcar no eran mas que una sola y misma cosa. --He aquí lo que quiere decir esto --prosiguió --Ah! ah! vez Jaime como me mira. Jamás he visto un muchacho como él. Bajo palabra de honor es la -inocencia- n.' 1! Me haria morir de risa! Te digo que tendré que reprocharle mi muerte! --y maese Bates despues de haber reido de tal gusto que las lágrimas le vinieron á los ojos, se puso otra vez á fumar. --Has sido mal educado. --dijo el Camastron examinando sus botas que Oliverio acababa de limpiar --Con todo Fagin hará de ti algo, ó bien serás el primero que no hayas aprovechado entre sus manos . . . Harias mejor que empezáras al momento, porque sin duda alguna, llegarás á ello y ahora no haces mas que retroceder para saltar mejor. Maese Bates apoyó este aviso con muchas reflecsiones morales de su cosecha, despues de lo cual él y Dawkins se estendieron largamente sobre los placeres innumerables que acompañan ordinariamente á la vida que llevaban, insinuando á Oliverio, que lo mejor que tenia que hacer era procurar captarse el buen afecto y la amistad de Fagin, empleando los mismos medios que ellos habian adoptado para merecerlos. --Y métete bien esto en la mollera --dijo el Camastron, viendo al judío abrir la puerta --Si no te adhieres á los -tictaes- y á los -pingajos- . . . --Espresándote así es como si le habláras en gringo. --observó Cárlos --Acaso te entiende? --Si no te -adhieres- á los relojes y á los pañuelos --prosiguió el Camastron reduciendo su lenguaje al alcance de Oliverio --otros lo harán . . . De modo que los que se los dejan cojer . . . tanto peor para ellos y para tí tambien . . . y nadie se encontrará mejor por eso, escepto aquellos que ponen -cinco- y levantar -seis- y tu tienes tanto derecho como los demás á la -profesion-. --Sin duda! Sin duda alguna! --esclamó el judío que habia entrado sin que Oliverio se apercibiera de ello --Todo esto querido es claro como el dia! Ten fé en las palabras del Camastron. Oh! Ninguno como él sabe el -catecismo- de su -arte-. Continuando en estos términos el argumento del Camastrón, el viejo se frotó las manos en señal de satisfaccion y aplaudió con una carcajada el talento de este último. Por esta vez quedó aquí la conversacion, porque el judío habia traido con él á la señorita Betsy y á un -gallardo mozo- que Oliverio no habia visto nunca; pero que el Camastron, dió á conocer el nombre de Tomás Chitling, cuyo mozo despues de haberse detenido en la escalera divirtiéndose en retozar con la jóven, entró en este momento. Mr. Chitling tenia algunos años mas que el Camastron (habia ya cumplido diez y ocho primaveras.) pero con todo habia en su modo de obrar cierta deferencia hacia este último que indicaba muy claramente reconocerse inferior á él en cuanto al -genio- y á los -ardides- de su profesion. Tenia unos ojos pequeños que movia vivamente y estaba además acribillado por las viruelas. Llevaba su traje muy mal parado; pero como dijo: Acababa de -concluir- sus -vacaciones-; durante veinte y dos dias mortales no habia visto alma viviente, ni se habia refrescado el -engullidero- con una gota de algo -fuera lo que fuera-. Oliverio estaba asombrado de una conversacion de la que apenas comprendia algunos retazos. La reunion se reia á mas no poder de la ignorancia ingénua del niño y la charla se hizo general. Fagin estaba de excelente humor y contó algunas travesuras de su juventud de un modo tan picaresco que Oliverio á despecho de sus buenos sentimientos reia tambien de tanto gusto que las lágrimas le venian á los ojos. Al fin el viejo infame lo tenia entre sus redes. Por medio de la soledad y la tristeza le habia inducido á preferir la sociedad de alguien á la de sus dolorosos sentimientos en un chiribitil y destilaba en su corazon tierno el veneno que debia ennegrecerlo y horrar en él para siempre la bondad. CAPÍTULO XIX. SE DISCUTE UN GRAN PROYECTO Y SE DETERMINA SU EJECUCION. EN una noche negra y fria el judío despidió á todos sus educandos y despues de haberse envuelto en un largo redingote y tomado todas las precauciones necesarias, se enredó en el laberinto de callejuelas sucias, que tanto abundan en el barrio populoso de Bethnal-Green. Al cabo de una hora de marcha entre la niebla sobre un suelo cubierto de un barro espeso, llamó á una puerta y despues de haber cambiado algunas espresiones en voz baja con el que habia venido á abrirle subió la escalera. Un perro se puso á ladrar, cuando colocó la mano en el pestillo de la puerta y una voz de hombre preguntó: --¿Quién va ahí? --Soy yo Guillermo; soy yo. --dijo el judio lanzando una mirada por todo el aposento. --Descubrid vuestro esqueleto. --dijo Sikes --Échate ahi vil animal! ¿Acaso no conoces al diablo cuando lleva su largo redingote? No cabe duda de que el perro habia sido engañado por el traje de Fagin, porque en cuanto este se hubo desabrochado y puesto su redingote en el respaldo de una silla, se volvió á su rincon meneando la cola, para demostrar que estaba tan contento como podia estarlo. --Y bien? --dijo Sikes. --Y bien querido? --respondió el judío --Ah! Nancy! Estas palabras fueron pronunciadas con alguna vacilacion porque era la primera vez que Fagin y Nancy volvian á encontrarse desde el dia en que esta habia tomado la defensa de Oliverio con tanto calor. Sin embargo todas sus dudas sobre este punto (dado caso que las hubiera) quedaron pronto desvanecidas por la conducta de la jóven respecto á él. Apartó sus piés del guarda cenizas, retiró la silla é invitó al judío para que acercára la suya, pues hacia un frio excesivo. Luego guardó silencio profundo. --Caramba que frio hace, Nancy! --dijo el judío acercando al fuego sus manos descarnadas --Penetra hasta los huesos. --añadió llevando la mano al costado izquierdo. --Acaso se necesita un famoso frio para que se os arrime basta los huesos? dijo Sikes --Dale algo para beber Nancy. ¡Mil truenos! Despacha! Solo con oir como cruje su esqueleto al igual de un espectro feo que saliera de la tumba, hay para caer enfermo! Nancy trajo al momento una botella que tomó de una alacena en la que habia muchas otras que parecian contener diferentes licores y Sikes habiendo llenado un vaso de aguardiente dijo al judío que lo bebiera de una vez. --No: gracias Sikes, tengo bastante! --dijo Fagin, volviéndo el vaso sobre la mesa despues de haber pasado solamente los labios por el borde. --Teneis miedo de que esto os vuelva mejor de lo que sois? --preguntó Sikes fijando en el judío una mirada de desprecio. Habiendo arrojado al mismo tiempo en las cenizas el licor que quedaba en el vaso, volvió á llenarlo para si propio. Mientras que tragaba su aguardiente, el judío lanzó una mirada al rededor del aposento (no por curiosidad por que lo conocia; pero por un sentimiento de temor que le era natural.) El mueblaje era grosero y los solos objetos amontonados en el armario eran suficientes para persuadir de que el amo de la habitacion distaba mucho de ser un artesano. Dos ó tres alza primas colocadas en un rincon y un par de pistolas colgadas á la cabecera del lecho, eran al cabo los únicos objetos que podian , 1 2 ¿ 3 ? , 4 . 5 6 7 , 8 . . . 9 10 ; 11 ; 12 13 , 14 . 15 16 17 18 19 . 20 21 . 22 23 24 , 25 26 . 27 , 28 29 . 30 31 - - ? - - , 32 . 33 34 35 36 . 37 . 38 39 - - ! - - . 40 41 - - ! 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