golpes y por un ataque tan repentino, espantado por el horrible gruñido
del perro y la brutalidad del hombre y anonadado por la conviccion de los
presentes que le tomaban por lo que no era ¿que podia hacer el pobre
niño en tal circunstancia? La obscuridad de la noche, en semejante
barrio hacia todo socorro improbable y toda resistencia inútil. En menos
que nada fué conducido con tal rapidez por un laberinto de callejuelas
sombrias y estrechas que los pocos gritos que osó proferir no fueron
oidos, y aun que lo hubieran sido nadie habia á quien pudieran llamarle
la atencion . . .
Los faroles estaban encendidos por todas partes; la Señora Bedwin
esperaba con ansiedad á la puerta de la casa; la criada habia corrido
veinte veces hasta al cabo de la calle para ver si encontraria á
Oliverio y los dos amigos estaban en el salon sin luz, teniendo siempre
el reló ante su vista.
CAPÍTULO XVI.
DONDE FUÉ Á PARAR OLIVERIO DESPUES DE HABER SIDO RECLAMADO POR NANCY.
DESPUES de haber recorrido algunas callejuelas, llegaron al fin á una
gran plaza que á juzgar por los rediles y cobertizos de que estaba
guarnecida debia ser un mercado de animales. Sikes aflojó entonces el
paso, pues del modo que andaban la jóven no podia seguirles y
volviéndose á Oliverio le intimó bruscamente que diera la mano á
Nancy.
--Entiendes lo que te digo? --refunfuñó Sikes, observando que el
muchacho se resistia y miraba á su alrededor.
Se encontraban en un sitio sombrío muy lejanos de los transeuntes y
Oliverio se convenció completamente de que toda resistencia seria
inútil. Alargó pues la mano á Nancy y esta la estrechó fuertemente
contra la suya.
--Ahora dame esa! --continuó Sikes apoderándose de la otra mano.
--Aquí Cesar! (El perro levantó la cabeza y se puse á gruñir.) La
vés bien he? --prosiguió señalando con el dedo la garganta del niño y
echando terribles juramentos --Si tiene la desgracia de remover solamente
los labios muerde eso! Comprendes?
El perro gruñó de nuevo y lamiéndose los hocicos miró á Oliverio
como si se alegrára de antemano de poderlo saltar al cuello.
--Lo hará como se lo digo! Que un rayo me parta si no lo hace! --repuso
Sikes arrojando una mirada feroz al animal en muestra de aprobacion.
--Ahora mira lo que te conviene: grita cuanto te acomode; el perro te
impondrá pronto silencio! Ea! anda ya fiel guardian y ojo avisor.
A estas palabras afectuosas de su amo, Cesar que no estaba acostumbrado
á ellas removió la cola y dando un gruñido en señal de advertencia
para Oliverio, tomó la delantera y abrió la marcha.
El mercado que atravesaban era el de Smithfield. La noche estaba sombría
y brumosa, las luces de las tiendas apenas podian abrirse paso á través
de la nieble cuyo espesor crecia á cada instante aumentando la soledad y
la tristeza del sitio, al mismo tiempo que hacia la incertidumbre de
Oliverio mas horrible y mas angustiosa.
Cerca una hora recorrieron callejones sucios y poco concurridos y si
algunas personas encontraron parecieron á los ojos de Oliverio como
pertenecientes á la misma calaña de Sikes. Por fin, enfilaron una calle
aun mas estrecha y mas sucia que las otras, habitada cuasi toda ella por
ropavejeros y el perro adelantándose corriendo como si estuviera cierto
de que su vigilancia era ya entonces inútil, se paró ante una tienda
cerrada al parecer desocupada, pues la casa amenazaba ruina y un rótulo
anunciando que estaba para alquilar, permanecia medio clavado sobre la
puerta en señal de que estaba en ella desde muchos años.
--Ya llegamos! --dijo Sikes lanzando una mirada á su alrededor.
Nancy pasó la mano por debajo los postigos y Oliverio oyó sonar una
campanilla en el interior. Fueron á colocarse debajo de un farol y
esperaron algunos momentos. Rechinó el ruido de una llave en la
cerradura y poco despues la puerta se abrió con la mayor precaucion.
Sikes entonces sin mas cumplimientos cojió el niño por el cuello y en
un decir Jesus estuvieron los tres dentro de la casa. Entre la obscuridad
mas profunda esperaron que la persona que les habia abierto hubiera
cerrado otra vez la puerta con llave y cerrojos.
--No hay ninguno aquí? --preguntó Sikes.
--No. --respondió una voz que Oliverio creyó reconocer.
--El viejo está? --prosiguió el bandido.
--Si. --replicó la voz --Lindamente enredado entre espinas esperándoos.
Con esto quien no tendrá placer de veros! Pues ya!
El estilo de esta respuesta y el tono con que fué pronunciada, eran
familiares á los oidos de Oliverio; pero no pudo descubrir la fisonomía
del interlocutor.
--Alúmbranos un poco si no quieres que nos rompamos el bautismo, ó que
pisemos al perro --dijo Sikes. --Os advierto que tengais cuidado con las
piernas si pisais sus patas.
--Aguardad un momento que vaya á buscar la luz! --repuso la voz.
En esto se oyó el ruido de los pasos de una persona que se alejaba y
luego apareció Jaime Dawkins vulgo el -fino Camastron- llevando en la
mano una vela colocada en un palo hendido. Sé contentó con hacer una
mueca á Oliverio para renovar las amistades con él é hizo señal á
los visitadores de que le siguieran. Bajaron la escalera, atravesaron una
cocina desprovista de utensilios y abriendo la puerta de un chiribitil
del que se exhalaba un olor fétido, fueron recibidos entre carcajadas y
aclamaciones de alegria.
--Oh! que buena farsa! --esclamó maese Bates desternillándose de risa.
--Si, el es! Pero mirad Fagin . . . miradle . . . Dios de Dios! Qué
buena farsa! Hay para morirse de risa! Que alguno me tenga para que pueda
reir á mis anchuras. Ah! ah! ah!
Esto diciendo maese Bates se dejó caer en tierra boca abajo y estuvo en
tal postura por mas de cinco minutos dando un libre desahogo á su loca
alegría y sacudiéndose las posaderas con sus talones. Luego volvió á
levantarse, tomó la vela de manos del Camastron y acercándose á
Oliverio dió vuelta entorno suyo para examinarle mientras que el judío
quitándose su gorra de algodon saludó respetuosamente varias veces al
pobre niño que los miraba con ademan azorado. Entre tanto el -Camastron-
que era de un carácter mas maduro y que raras veces comprometia su
dignidad cuando se trataba de -asuntos serios- relativos á su
-profesion-, vaciaba los bolsillos del infortunado con la atencion mas
escrupulosa.
--Mirad Fagin, mirad su -cáscara-! --dijo Bates acercando la vela tan
cerca del vestido nuevo de Oliverio que poco faltó para que pusiera
fuego en ellos --Mirad su -cascarita-! -Tela de pavo real- y corte de
tijera de plata! Viva la elegancia! Ola! ola! y esos libros? Eso le dá
el aire de todo un -caballero- ¿no es verdad Fagin?
--Querido! Estoy encantado de veros tan bien puesto! --dijo el judío
saludando á Oliverio con humildad afectada --El Camastron os dará otros
vestidos, pues seria una lástima gastaseis estos que son para los
domingos! Querido? porque no habeis escrito que veniais? Hubiéramos
tenido algo caliente para vuestra cena.
A estas palabras maese Bates soltó una carcajada tan estrepitosa que el
mismo judío desarrugó la frente y el Camastron se sonrió. Pero como en
este mismo momento este sacó el billete de banco de la faltriquera de
Oliverio, seria dificil averiguar si fué la bufonada de Cárlos ó el
descubrimiento del billete quien exitó su sonrisa.
--Ola! ¿Que papelucho es este? --dijo Sikes adelantándose hácia el
judío, mientras este se apoderaba del billete. --Esto me pertenece Fagin!
--No, no Guillermo; es mio querido! Vos tendreis los libros.
--Si no se entrega eso á mi ó á Nancy (que es lo mismo), voy á
devolver al niño. --dijo Sikes poniéndose el sombrero con ademan
resuelto.
El judío se estremeció: lo mismo hizo Oliverio aun que por motivo muy
diferente pues esperaba que su libertad seria el resultado de la disputa.
--Ea! venga acá eso! Lo entendeis? --dijo Sikes.
--No hay razon para ello Guillermo, ninguna razon. ¿No es cierto Nancy?
--contestó el judío.
--Haya razon ó no --replicó Sikes. --dadme eso! Os lo digo por la
última vez! ¿Creeis que Nancy y yo no tengamos nada mas que hacer que
pasar un tiempo precioso siguiendo la pista y cojer á todos los
muchachos que se dejan -prender- para vuestro provecho? Venga acá eso
viejo avaro! (Esqueleto carcomido!) Trasto de desván!
Pronunciando tales palabras Sikes se apoderó del billete de banco que el
judío tenia entre el pulgar y el indice y pasando con la mayor sangre
fria su vista por él, lo plegó en cinco ó seis vueltas y lo encerró
dentro de un nudo que hizo en el pañuelo que llevaba al cuello.
--Esto es por el trabajo que nos hemos tomado. --dijo Sikes ajustando de
nuevo su corbatin --Todavía no es la mitad de lo que él vale! Vos
podeis quedaros con los libros si sois aficionado á la lectura, ó sino
los vendereis!
--Qué bien escritos están! --dijo Cárlos que ojeó uno de los tomos
haciendo mil muecas --Bello estilo por vida mia! Espresiones elegantes!
No es verdad Oliverio? --Y viendo el ceño lastimoso que ponia este
mirando á sus perseguidores, maese Bates que estaba dotado de un
espíritu cáustico y que además tenia un gusto decidido por el
-burlesco- se puso á reir á carcajadas y ha hacer mas ruido que antes.
--Son del anciano caballero! --dijo Oliverio torciéndose las manos --De
ese bueno y respetable caballero que me llevó á su casa y que tuvo
cuidado de mi cuando estaba malo y me iba á morir! Ah! Os lo suplico,
enviádselos! Devolvedle los libros y el dinero! Tenedme encerrado aquí
toda mi vida; pero por amor de Dios devolvedle lo que le pertenece!
Creerá que le he robado! La buena señora y todas las personas de la
casa que han sido para mi tan buenas, me tendrán por un ladron! Oh!
tened piedad de mi! Devolved los libros y el dinero!
Pronunciando estas palabras con el acento de la mas violenta
desesperacion, Oliverio se echó á los piés del judío juntando sus
manos con ademan suplicante.
--El niño tiene razon! --dijo Fagin arrojando una mirada á su alrededor
y frunciendo sus cejas rojas --Tienes razon Oliverio; mucha razon!
Pensarán que has robado los libros y el dinero. Ah! ah! --prosiguió
rechinando los dientes y frotándose las manos-- Esto no podia venir
mejor, aunque lo hubieramos hecho á propósito!
--Sin duda que no podia venir mejor! --contestó Sikes --He aquí lo que
me ha acudido de pronto en el pensamiento cuando le he visto atravesar
Clerkenwell con sus libros bajo el brazo. Ellos deben ser unas santas
almas de otro modo no le hubieran recojido en su casa. Luego no le
reclamarán por temor de tenerle que perseguir ante los tribunales y
hacerle prender. Con que está bien seguro!
Hasta entonces Oliverio habia mirado á uno y otro alternativamente con
aire inquieto sin comprender del todo lo que querian decir; pero cuando
Sikes concluyó de hablar, se levantó de repente, se escapó del
aposento sin saber donde dirijirse llamando á su socorro y haciendo
resonar la casa con sus gritos.
--Guillermo llama á tu perro! --esclamó Nancy corriendo á la puerta y
cerrándola trás el judío y sus dos educandos que se habian lanzado en
persecucion de Oliverio --Llama á tu perro! Va á devorar á ese
muchacho!
--Voto á brios que lo merece! --gritó Sikes reuniendo todas sus fuerzas
para desprenderse de las manos de la jóven. --Quítate tú de aqui!
Suéltame te digo ó voy á romperte el cráneo contra la pared!
--Nada me importa! --continuó Nancy forcejando para conservar su puesto
--Este muchacho no será devorado por el perro, sin que antes tu me hayas
muerto!
--Dices bien! --dijo Sikes rechinando los dientes. --Esto va á ser
pronto si no te retiras!
Esto diciendo el bandido arrojó con toda su fuerza á la jóven al otro
estremo del aposento, justamente en el instante en que el judío y los
dos muchachos volvieron á entrar conduciendo á Oliverio.
--Que sucede ahora? --preguntó Fagin.
--Creo que se ha vuelto loca? --contestó Sikes con acento feroz.
--No, no está loca! --dijo Nancy pálida por la cólera y sofocada por
la lucha que acababa de sostener --No, no lo creais Fagin!
--Entonces quieres callarte! --dijo el judío con tono amenazador.
--No; no me callaré! --replicó Nancy levantando la voz. --Que querais
decirme con ese tono?
El viejo Fagin conocia demasiado al sexo de que formaba parte Nancy y los
caprichos á que comunmente está sujeto para no juzgar prudente dejar á
la jóven. Con esta idea, para apartar la atencion de esta se dirijió á
Oliverio.
--Con qué queriais escaparos he? --dijo tomando una gruesa estaca llena
de nudos que estaba en un rincon de la chimenea.
Oliverio no respondió; pero espió los movimientos del judío
latiéndole con fuerza el corazon.
--Si; llamabais socorro! Queriais hacer venir la guardia ¿no es esto?
--prosiguió, cojiendo con furia el niño por el brazo --Jovencito! Os
curaremos de esta manía.
Al decir esto el judío le sacudió un fuerte golpe sobre las espaldas
con su estaca y tenia la mano levantada para darle otro cuando la jóven
avalanzándose á él con la rapidez del rayo le arrancó el palo de las
manos y lo arrojó al fuego con tal fuerza que hizó saltar los carbones
ardientes en el aposento.
--No lo sufriré mientras yo este presente Fagin! --esclamó --Habeis
recobrado otra vez á ese niño ¿que queréis mas? No el maltrateis ó
os doy mi palabra que me entregaré respecto á uno de vosotros á
ecsesos que me conducirán á la horca antes de tiempo! Al hacer esta
amenaza golpeó el suelo con su pié, mientras cerrados los puños y el
rostro pálido de cólera miraba alternativamente ya á Sikes ya á Fagin.
--Qué es esto Nancy? --dijo el judío con acento melífluo despues de un
momento de silencio durante el cual cambió con Sikes una mirada en la
que era fácil adivinar la turbacion de su alma --Esta noche te muestras
mas sentimental que nunca! Ah! ha! querida . . . Obras noblemente!
--Así me cuadra! --respondió esta --Cuidad de que no me propase! Vos
Fagin no hariais con ello muy buen negocio! Con que os lo prevengo por la
última vez; dejadme en reposo!
Existe en la muger irritada (sobre todo cuando ha sido llevada á los
estremos) cierto sentimiento que los hombres no tienen ganas de provocar.
El judío comprendió perfectamente que seria inútil fingir poco cuidado
de la cólera de Nancy; así pues, retrocediendo con prudencia, miro á
Sikes con aire villano y suplicante á la vez como para darle á entender
que no se consideraba tan capaz como él para seguir la conversacion.
Sikes viéndose interpelado de tal modo y pensando tal vez que su amor
propio estaba interesado en probar el ascendiente que tenia sobre Nancy
volviéndola á la razon, profirió cinco ó seis juramentos y otras
tantas amenazas con una facilidad de elocucion que hizo honor á su
fértil inventiva. Sin embargo como esto no pareció producir ningun
efecto visible en la persona que de ello era objeto, recurrió á
argumentos mas sólidos.
--Qué quieres decir con tantos humos? --gritó acompañando la pregunta
con un horrible juramento. --Veamos, habla! ¿Qué pretendes con tu
amenaza? Voto á mil truenos juntos! Sabes quien eres tu?
--Oh! si; demasiado lo sé! --dijo la jóven sacudiendo la cabeza con
ademan de indiferencia.
--Entonces, cierra el pico ¿entiendes? --repuso el otro con tanta
brutalidad como si hablara á su perro --De lo contrario te ataré yo la
lengua por algun tiempo.
Nancy soltó una risa convulsiva y lanzando á Sikes una mirada de reojo,
volvió la cabeza y se mordió los labios hasta echar sangre.
--Ah! si! Eres una gentil muchacha á fé mia! --añadió Sikes
mirándola con desprecio --Especialmente cuando te das ese aire de buenos
sentimientos. Es un gran negocio para -este niño- (como tu le llamas.)
el haber encontrado en tí una -amiga- . .
--Sin contar que lo soy --esclamó Nancy con cólera --y que quisiera
estar en lugar de -aquellos- al lado de los cuales tan cerca hemos pasado
esta noche, mas bien que haberos ayudado á encontrar este desgraciado!
Qué sea de hoy en adelante un mentiroso, un ladron, un petardista; que
sé yo! todo lo que existe de mas abominable! No le basta á ese viejo
bandido sino que tambien ha de destrozarlo á golpes?
--Vamos, vamos! --dijo el judío dirijiéndose á Sikes y haciéndole
observar la atencion con que sus jóvenes educandos prestaban el oido á
todo lo que pasaba --Guillermo es preciso venir á palabras de paz, á
palabras de reconciliacion.
--Palabras de paz! --esclamó la jóven, cuya fisonomía desfigurada por
la cólera era en este momento espantosa --Palabras de paz vos viejo
infame! Si, las mereceis! He robado por vos cuando no tenia mas que la
mitad de la edad de ese niño! --dijo señalando á Oliverio. --Siempre
he hecho el mismo comercio y siempre para la misma persona desde hace
doce años! ¿No es cierto? Decid! Podeis negarlo?
--Y bien qué? --replicó el judío procurando calmarla --Si lo has hecho
ha sido para vivir.
--Si! --gritó ella con toda la fuerza de sus pulmones --Robar es mi
subsistencia, como la escarcha, la niebla y el lodo de las calles son mi
habitacion! Y vos sois el viejo infame que me ha reducido á ellos desde
mi infancia y me reduciréis dia y noche hasta que muera!
--Te sucederá una desgracia! --repuso el judío excitado por estos
reproches --Algo peor que esto si dices una palabra mas!
La jóven calló; pero arrancándose los cabellos y rasgando sus vestidos
en un exceso de rabia se precipitó sobre Fagin y probablemente le
hubiera dejado señales de su venganza si Sikes no se hubiere interpuesto
entre ambos cojiéndola por los puños. Hizo algunos esfuerzos para
desacirse y se desmayó.
--Está bien ahora! --dijo Sikes arrastrándola hasta un rincon del
aposento --Cuando se irrita hasta tal punto tiene en los brazos una
fuerza asombrosa!
El judío se enjugó la frente y sonrió de contento al verse libre de
una escena tan trájica; á pesar de que él, Sikes, los muchachos y él
mismo la debieron considerar como un percance inseparable de sus asuntos.
--No conozco nada peor que tenérselas que haber con las mugeres. --dijo
el judío volviendo la estaca á su sitio. --Sin embargo poseen
cualidades recomendables y nos son muy útiles en nuestra -profesion-.
Cárlos, lleva Oliverio á la cama.
--Creeis papá Fagin que hará muy bien en no ponerse mañana estos
vestidos tan nuevecitos y tan pulcros? --preguntó Cárlos guiñando los
ojos con malicia.
--No faltaba mas! --contestó aquel haciendo una mueca de inteligencia á
su educando.
Maese Bates muy satisfecho en apariencia de la comision que se le
confiaba, tomó el palo hendido que servia de candelero y condujo á
Oliverio á una pieza vecina donde habia dos ó tres camas en una de los
cuales habia ya dormido el pobre niño. Allí con carcajadas insolentes
enseñóle los mismos harapos que habia creido no volver á ponerse
jamás, y al mismo tiempo le esplicó como por medio del judío que los
habia comprado, el viejo Fagin descubriera el lugar de su retiro.
--Quítate esto! --dijo --Yo lo entregaré á Fagin para que lo guarde.
Dios de Dios! y que buena farza!
El desgraciado huérfano se sometió de mal talante, y maese Bates
despues que hubo rollado y puesto bajo su brazo el vestido nuevo de
aquel, se fué llevándose la vela y cerrando la puerta con llave.
El ruido de sus carcajadas y la voz de Betsy que llegó muy á propósito
para aflojar á su amiga y arrojarle agua en las sienes para hacerla
volver de su parasismo, hubieran podido tener dispiertas á muchas
personas en una posicion mas feliz que la que en que se encontraba
Oliverio; pero estaba enfermo y destrozado de miembros, y se durmió muy
pronto profundamente.
CAPÍTULO XVII.
LA SUERTE QUE NO SE CANSA DE PERSEGUIR Á OLIVERIO, LLEVA Á LONDRES UN
PERSONAGE ILUSTRE QUE ANONADA SU REPUTACION.
UNA mañana muy de madrugada Mr. Bumble salió de la Casa de la Caridad y
enfiló la Calle Mayor con paso firme y seguro. Su semblante demostraba
toda la gloria y el orgullo de su dignidad de pertiguero: los galones de
su sombrero de tres picos y de su levita brillaban al sol y oprimia su
baston con toda la fuerza de la salud y del poder. Mr. Bumble llevaba
siempre la cabeza erguida, pero en este dia la llevaba mas tiesa que de
costumbre. Habia tal distraccion en sus miradas y tal nobleza en sus
ademanes que un observador inteligente no hubiera podido menos de
presumir que pensamientos de una naturaleza poco comun ocupaban la mente
del pertiguero. No se dignó detenerse para conversar con los tenderos al
por menor y las demas personas que le dirijieron la palabra; se contentó
con responder á sus saludos por un movimiento de mano y no se detuvo su
marcha hasta que hubo llegado á la granja en que la Señora Mann
guardaba á los niños de la Casa con un cuidado -parroquial-.
--Que el diablo se lleve á ese importuno pertiguero, si no es él quien
llega tan de mañana! --dijo viéndole sacudir con impaciencia la puerta
del jardin --Ola Señor Bumble! Ya me figuré yo bien que no podiais ser
otro que vos! Es gran placer y una sorpresa agradable el poderos ver tan
de mañana! Os suplico que os tomeis la molestia de entrar!
Las primeras palabras fueron dirijidas á Susana y las últimas á Mr.
Bumble mientras le abria la puerta y le introducia en la casa con las
mayores señales de respeto y atencion.
--Señora Mann! --dijo Mr. Bumble dejándose caer gradual y pausadamente
en una silla, en vez de sentarse bruscamente como lo haria un palurdo
--Señora Mann os doy los buenos dias!
--Igualmente Señor Bumble! --contestó esta con muchas muecas graciosas
--¿Cómo vá esa preciosa salud?
--Psi! psi! Señora Mann. --replicó el pertiguero --Una vida
-parroquial- no es ningun lecho de rosas!
--Bien seguro que no! --apoyó la Señora. (Todos los niños confiados á
su cuidado hubieran podido responder á coro si la hubiesen oido.)
--Una -vida parroquial- Señora Mann --continuó el pertiguero golpeando
la mesa con su baston --es una vida de trabajo, de vejaciones y de
tormentos! Pero todos los -personajes públicos-, si así puedo
espresarme, deben esperarse el sufrimiento de la persecucion.
La Señora Mann no comprendiendo del todo lo que el pertiguero queria
decir, levantó las manos al cielo con aire místico y suspiró.
--Ah! Bien podeis suspirar Señora Mann! --dijo Bumble.
Aquella viendo que habia obrado bien, suspiró de nuevo con gran
satisfaccion del -funcionario público- que reprimió una sonrisa
graciosa mirando fijamente al sombrero de tres picos.
--Me voy á Londres Señora Mann!
--De veras Señor Bumble? --contestó ésta plegando las manos y
retrocediendo tres pasos en señal de asombro.
--Si Señora. --replicó el imperturbable pertiguero --Me voy á Londres
en la diligencia . . . yo y dos pobres de la casa. Tenemos un pleito por
causa de esos pobres. No pertenecen á nuestra parroquia, de consiguiente
por pleno derecho no queremos albergarlos . . . y yo soy quien el consejo
de Administracion ha escojido por su representante y el que debe
responder en su nombre en las prócsimas sesiones de Clerkenwell. [3]
Figuraos ahora Señora Mann --continuó empinándose de toda su altura
--Figuraos digo cuanto hilo tendrán que torcer las sesiones de
Clerkenwell antes que concluyan conmigo.
--Oh! no vayais á tratarlas con demasiada severidad. --dijo la Señora
Mann con tono adulador.
--Ellas me habrán obligado Señora Mann, y si las sesiones de Crekenwell
no salen tan bien paradas como creen, á ellas mismas deberán echarse la
culpa!
Estas palabras fueron pronunciadas con tal calor y tal acento de amenaza
que la Señora Mann se estremeció.
--Os vais pues en la diligencia? --dijo --Creia que la costumbre era
enviar á esos pobres en carretas?
--Esto Señora Mann es cuando están enfermos. Entonces les encajamos
dentro de carretas descubiertas para impedir que los aires colados les
costipen.
--Ah! esto es otra cosa!
--La Administracion de diligencias se encarga de esos por una biscoca.
Ambos se hallan en muy triste estado, y calculamos que el cambiarlos nos
costará dos libras esterlinas menos que enterrarlos; es decir, si
logramos hacerlos recibir en otra parroquia, lo que creo no será dificil
en caso de que el despecho no los mato en el camino . . . ah! ah! ah!
Despues que Mr. Bumble hubo reido á sus anchas, sus ojos se encontraron
con el tricuspis y recobró su gravedad.
--Por vida de . . . hablando nos olvidamos de los asuntos. --dijo
--Señora Mann aquí tenéis vuestro -salario parroquial- del mes.
Esto diciendo sacó de su cartera algunas monedas de plata envueltas en
un papel y pidió un recibo que la Señora Mann se apresuró á escribir.
--Hay muchos garabatos --dijo esta --pero ya pasará. Muchas gracias
Señor Bumble. Os estoy muy agradecida.
El pertiguero respondió á esta cortesia con una ligera inclinacion de
cabeza y preguntó por la salud de los niños.
--Pobres angelitos! --contestó la vieja con emocion. --Están lo mejor
posible, esceptuando los dos que se murieron la semana pasada y luego el
pequeño Ricardo que anda alicaido.
--No mejora? --preguntó el pertiguero.
La Señora Mann sacudió la cabeza.
La mañana siguiente á la seis Mr. Bumble, despues de haber cambiado su
sombrero de tres picos por otro redondo y empaquetado su individuo dentro
un redingote azul, tomó asiento en la delantera de la diligencia en
compañía de los dos -criminales- de quienes la Administracion pretendia
deshacerse, y que eran la causa bien inocente del proceso que llamaba al
pertiguero á Londres. Este llegó á la capital sin haber esperimentado
en el camino otra incomodidad que la producida por la conducta
-inconveniente- de los dos pobres que se obstinaron en quejarse del frio,
y en titiritar de tal manera durante todo el viaje que (á lo que dijo
Mr. Bumble.) sus dientes le castañearon en la cabeza y se encontró muy
poco á su gusto á pesar de tener un grueso redingote sobre su cuerpo.
Habiéndose desembarazado el pertiguero de tan -incómodos- individuos
por toda la noche, se instaló en la fonda donde habia parado la
diligencia y se hizo servir una opípara comida compuesta de tajadas de
buey con salsa de ostras y una botella de escelente vino de Oporto. Luego
que hubo concluido, llenó un vaso de -grog- que puso sobre la chimenea,
acercó su silla á la lumbre y despues de algunas reflecsiones morales
sobre la incomodidad que resulta de viajar con personas que titiritan y
que se quejan, se puso á leer un periódico.
El primer artículo sobre el que se fijaron sus ojos fué el anuncio
siguiente:
CINCO GUINEAS DE RECOMPENSA.
«Un muchacho de Pentonville llamado Oliverio Twist, ha dejado su
habitacion el jueves último al anochecer sin haber vuelto á ella.
«La recompensa arriba espresada será concedida al que dará
instrucciones que puedan facilitar el descubrimiento del susodicho
Oliverio Twist, ó que tiendan á arrojar alguna luz sobre los pormenores
de su historia, que la persona que hace insertar este anuncio tiene gran
interés en saber.»
Venia en seguida la descripcion exacta de la edad, del traje y del
exterior de la persona de Oliverio; el modo como habia desaparecido y
finalmente el nombre y la direccion de Mr. Brownlow.
Mr. Bumble abrió los ojos, leyó pausadamente y con la mas escrupulosa
atencion, por dos ó tres veces consecutivas el artículo y cinco minutos
despues estaba en camino para Pentonville habiéndose olvidado con la
precipitacion el vaso de -grog- de sobre la chimenea.
--Mr. Brownlow está en casa? --preguntó á la jóven que le abrió la
puerta.
A tal pregunta ésta contestó del modo evasivo que tenia por costumbre:
--No lo se. ¿De parte de quién venís?
No bien Mr. Bumble hubo pronunciado el nombre de Oliverio y esplicado él
motivo de su visita, cuando la Señora Bedwin que escuchaba á la puerta
de la sala se precipitó desalentada en el recibidor.
--Entrad! Entrad! --dijo --Estaba segura de que tendríamos noticias
suyas! Pobre chico! Me lo decia el corazon! Querido niño! Siempre lo
dije!
Esto diciendo la buena anciana volvió á entrar en la sala á toda prisa
y sentándose en el sofá prorumpió en lágrimas, mientras que la criada
menos sensible subió los escalones de cuatro en cuatro y volvió pronto
para decir á Mr. Bumble que la siguiera. Le introdujo en el gabinete de
estudio donde Mr. Brownlow y su amigo Grimwig estaban sentados á una
mesa con una botella y dos vasos ante si.
--Un pertiguero! Un verdadero pertiguero de parroquia! Me comeria la
cabeza que es un pertiguero! --esclamó este último.
--Os ruego querido amigo que no nos interrumpais por algunos momentos.
--dijo Mr. Brownlow. Y dirijiéndose á Bumble añadió --Caballero tened
la bondad de sentaros!
Mr. Bumble se sentó muy preocupado por la originalidad de los modales de
Mr. Grimwig, Mr. Brownlow colocó la lámpara de modo que pudiera ver
mejor al pertiguero y dijo con alguna impaciencia.
--Supongo que el motivo de vuestra venida, ha sido el artículo que he
hecho insertar en el periódico?
--Si señor. --respondió Bumble.
--Vos sois pertiguero ¿no es cierto? --preguntó Mr. Grimwig.
--Soy pertiguero -parroquial- señores. --replicó aquel con orgullo.
--Lo ois? --repuso Mr. Grimwig, dirijiéndose á su amigo aparte --Estaba
seguro de que era un pertiguero. El corte de su redingote es
-parroquial-, y huele á pertiguero á la legua.
Mr. Brownlow impuso silencio á su amigo con un movimiento de cabeza y
luego continuó:
--Podeis decirnos donde se halla al presente ese niño?
--De ningun modo. --contestó Bumble.
--Entonces ¿que es lo que sabeis de él? --preguntó Monsieur Brownlow.
--Hablad amigo mio si teneis algo que decir. ¿Qué sabeis de él?
--Nada bueno sin duda? --dijo Mr. Grimwig despues de haber examinado
atentamente al pertiguero.
Este tomó la pregunta al pié de la letra y meneó la cabeza con aire
compungido.
--Ya lo veis! --dijo Mr. Grimwig dirijiendo á su amigo una mirada de
triunfo.
Mr. Brownlow procuró leer en la fisonomía del pertiguero la respuesta
que iba á recibir de él y le instó para que le dijera con la brevedad
posible lo que sabia respecto á Oliverio. Mr. Bumble se quitó el
sombrero, desabrochó su redingote, se cruzó de brazos y despues de
algunos momentos de reflecsion empezó su relato.
Seria fastidioso reproducir aquí las palabras que el pertiguero ensartó
por el espacio de veinte minutos. Bastará saber que en resúmen contó
que Oliverio era un niño expósito de baja procedencia que desde su
nacimiento no habia desplegado otras cualidades que la -perfidia-, la
-ingratitud- y la -maldad-; habiendo terminado su corta estancia en el
lugar de su nacimiento por un acto -villano- y -sanguinario- ejercido
sobre la persona de un muchacho de la escuela de caridad, despues del
cual se habia escapado en medio de la noche de casa su amo. Luego para
probar que realmente estaba revestido del carácter con que se habia
manifestado poco antes, estendió sobre la mesa los papeles que se habia
llevado de la Casa de la Caridad y cruzando de nuevo los brazos esperó
las observaciones de Mr. Brownlow.
--Temo que lo que habeis dicho será demasiado cierto. --dijo éste
tristemente despues de haber inspeccionado rápidamente los papeles
--Esta suma es muy mezquina para las instrucciones que acabais de darme;
pero de buena gana os hubiera dado el triple ó cuadruple, si ellas
hubiesen sido favorables al niño.
Es muy probable que si Mr. Bumble hubiera sabido esto un momento antes
hubiera dado un giro del todo diferente á su relato; pero no era ya
tiempo y sacudiendo gravemente la cabeza embolsó las cinco guineas y se
retiró.
Mr. Brownlow se paseó arriba y abajo de la sala tan preocupado por la
relacion del pertiguero que el mismo Mr. Grimwig se guardó bien de
contrariarle por mas tiempo. Al fin se detuvo y tiró con fuerza el
cordon de la campanilla.
--Señora Bedwin! --dijo á la ama de llaves que vino para recibir sus
órdenes --Ese muchacho . . . Oliverio! es un impostor.
--No puede ser señor! Estoy segura de ello! --dijo enérgicamente la
buena anciana.
--Os digo que lo es! --repuso secamente Mr. Brownlow --¿Qué quereis
decir con . . . -no puede ser-? Acabamos de saber lindas cosas de él.
Parece que desde su nacimiento hasta el presente no ha sido mas que un
pilluelo.
--Jamás lo creeré señor! --replicó Bedwin con firmeza.
--Vosotras las viejas, no dais fé mas que á los charlatanes y á los
cuentos de brujas! --interrumpió bruscamente Mr. Grimwig --¿Porqué no
seguisteis mis consejos desde el principio? Lo hubierais hecho sino
hubiese tenido la fiebre he? Ella le hácia interesante no es esto?
Interesante! Que bestialidad! --Esto diciendo atizaba el fuego
revolviéndole con el hurgón.
--Ese niño es dulce, amable y reconocido. --repuso la Señora Bedwin con
indignacion --Tal vez tengo motivos para conocer el carácter de los
niños . . . Hay mas de veinte años que trato con ellos y las personas
que no pueden decir otro tanto, debieran tener el pico cerrado. Al menos
esta es mi opinion!
Esta era una pulla directa lanzada á Mr. Grimwig que era celibatario;
pero como ella no hizo mas que exitar una sonrisa por parte del viejo
muchacho, la buena señora sacudió la cabeza y rollando maquinalmente
entre sus dedos el cabo de su delantal, iba sin duda á contestar como
correspondia.
--Silencio! --dijo Mr. Brownlow fingiendo una cólera que estaba lejos de
subir --No pronuncieis jamás ante mi el nombre de ese niño! Os habia
llamado para decíroslo! Jamás! jamás! bajo pretexto alguno . . . No lo
olvideis! --Es todo lo que tenia que deciros señora Bedwin! Fijad en la
memoria que os hablo seriamente . . .
CAPÍTULO XVIII.
DE QUE MODO OLIVERIO PASA EL TIEMPO, EN LA SOCIEDAD DE SUS APRECIABLES
AMIGOS.
LA mañana siguiente despues de medio dia, Fagin aprovechándose de la
ausencia del Camastron y de maese Bates que se habian marchado á sus
-faenas- ordinarias, sopló á Oliverio una larga moraleja Sobre el
pecado horrible de ingratitud de que se habia hecho reo alejándose
voluntariamente de sus amigos, inquietos de su ausencia y lo que es mucho
peor, intentando escaparse, despues de los trabajos que habian sufrido
para volverle á encontrar. Procuró persuadir al niño de que habia sido
recibido y cuidado en su casa en un momento en que sin un socorro tan
apropósito y extraordinario, el, Oliverio hubiera muerto
irremisiblemente de hambre.
Oliverio pasó este dia y la mayor parte de los siguientes sin ver alma
viviente. Desde la mañana muy temprano hasta la media noche, solo y
entregado asi mismo pensaba en sus protectores, y el temor de que
tuviesen de él una opinion poco favorable le llenaba de mortal angustia.
Pasados ocho dias, el judío no consideró ya necesario tenerle encerrado
en el aposento y le dejó ir libremente por toda la casa.
Un dia que el Camastron y maese Bates debian pasar la velada fuera, aquel
se metió en el caletre ponerse mas pulero que de costumbre. (debilidad
que para hacerle justicia, no era habitual en él.) Mandó -muy
políticamente- á Oliverio que le ayudara en esta faena. Este muy
contento de encontrar una ocasion para hacerse útil, muy feliz en tener
sociedad por mala que fuera y ansioso además de conciliarse la
estimacion de todos los que le rodeaban, se prestó de buen talante á lo
que se le exijia. Puso pues una rodilla en tiérra de manera que el pié
del Camastron que estaba sentado sobre la mesa pudiera descansar sobre la
otra y se puso á cumplir el deber de -pulimentar sus coturnos-, lo que
quiere decir en buen castellano, que limpió sus botas.
Sea que el Camastron se sintiera agitado por eso sentimiento de libertad
é independencia que esperimenta necesariamente todo -ser racional-
cuando está sentado perezosamente sobre una mesa, fumando su pipa con
plena satisfaccion, balanceando suavemente una pierna y mirando limpiar
sus botas sin necesidad de quitárselas ni tampoco de volvérselas á
calzar; sea que la buena aroma del tabaco dispertase su sensibilidad, ó
que la calidad de la cerveza dulcificase sus sentimientos; lo cierto es
que se sintió llevado de repente á lo romántico y á lo entusiasta.
(dos cosas muy contrarias á su razon de ser.) Miró durante algunos
momentos á Oliverio con aire pensativo, luego con un suspiro y un
balanceamiento de cabeza, dijo mitad para si y mitad á Cárlos:
--Lastima que no sea -hurraca-!
--Ah! No sabe lo que le conviene! --contestó este.
El Camastron suspiró de nuevo y volvió á chupar su pipa. Cárlos hizo
otro tanto y ambos fumaron un rato en silencio.
--A qué va que ni siquiera sabes lo que es una -hurraca-? --dijo el
Camastron, con tono compasivo.
--Creo que si. --respondió Oliverio levantando la cabeza. --Es un la . . .
lo que sois vos no es cierto? --siguió interrumpiéndose.
--Lo soy y con mucho orgullo! --replicó el Camastron --Es la mejor
carrera! (Esto diciendo se metió el sombrero tras las orejas y lanzó un
vistazo á maese Bates.) --Si; lo soy. --prosiguió --y Cárlos tambien y
Fagin y Sikes y Nancy y Betsy; todos lo somos, todos hasta el perro quien
es el que muestra mas corazon para la -faena-.
--Y el menos propenso á -traicion-. --añadió Bates.
--No será él quien ladre jamás en el banco de los testigos! Ah! no . . .
no hay peligro! Aunque se le atase en él y se le dejase allí quince
dias sin comer.
--Tiene mucha mira en eso!
--Oh! es un perro muy picaruelo! Con que fiereza mira á un -camarada-
que se ponga á reir ó á cantar estando en sociedad! A pesar de que no
gruñe mucho cuando siente tocar el violon ni detesta á los otros perros
de su raza . . . No por cierto!
--Es un -famoso cristiano-!
--Buen oficio! Buen oficio! --prosiguió el Camastron volviéndo al
asunto de que se habian apartado, al recuerdo de su -profesion- que
influia en todas sus acciones --Eso no tiene nada que ver con el
-leofito- (neofito.)
--Es verdad! --repuso Cárlos --Oliverio por que no sientas plaza bajo la
bandera de Fagin?
--Harias fortuna de un golpe! --replicó el Camastron guiñando el ojo.
--Vivirias de tus rentas; y te hacias el señor como pienso yo hacerlo
por Pascua ó por Navidad.
--No, no quiero! --contestó Oliverio --Prefiero que se me deje marchar!
Qui . . . sie . . . ra mejor marcharme!
--Y Fagin prefiere que te quedes --objetó Cárlos.
Oliverio lo sabia demasiado; pero reflecsionando que tal vez seria
peligroso el espresarse con demasiada franqueza, dió un suspiro y
continuó limpiando las botas del Camastron.
--Vaya! --esclamó éste --¿Dónde está tu valor? Carece tu alma de
orgullo? Acaso pretenderás vivir á espensas de tus amigos?
--Puha! --hizo maese Bates sacando dos ó tres pañuelos de la india y
tirándolos revueltos en un armario --Qué vileza! Qué mezquindad!
--Jamás podria hacer tal cosa! --dijo el Camastron finguiendo la mayor
repugnancia.
--Ello no impide que abandoneis á vuestros amigos y que los dejeis
castigar por vuestros hechos propios. --repuso Oliverio sonriendo.
--Oh! Esto es otra cosa. --replicó el Camastron quitando la pipa de sus
labios --Esto es por pura consideracion á Fagin; porque los
-moscardones- saben que -trabajamos- unidos y hubiera podido tener un
-disgusto- si nosotros no hubiésemos -jugado las piernas-. Este es el
porque ¿no es cierto Carlitos?
Maese Bates hizo una señal de cabeza afirmativa é iba á hablar; pero
el recuerdo de la fuga de Oliverio presentándose de repente con la mayor
viveza en su imaginacion le hizo esplotar en una carcajada, que chocando
con el humo de la pipa, obligó á salir á una parte por la nariz y por
los ojos y la otra retrocediendo á la garganta le hizo toser y patear,
por mas de cinco minutos.
--Hecha acá tus ojos tontuelo! --dijo el Camastron mostrando un puñado
de -chelings- y de sueldos --Quieres una vida mas alegre? Llegar y coger!
Quedan algunos mas en el cajon de aquel á quien los he -soplado-! ¿No
te acomodan he? Imbécil!
--Es muy pillastron ¿no es cierto Oliverio? --dijo Cárlos --Una bonita
mañana se hará -levantar-.
--No sé lo que quiere decir esto. --respondió Oliverio volviendo la
cabeza.
--Toma! Algo por este estilo! --Esto diciendo maese Bates tomó uno de
los cabos de su corbata y teniéndolo al aire dejó caer la cabeza sobre
su espalda é hizo una especie de ruido con sus dientes, indicando por
medio de esta chusca pantomina que -levantar- y ahorcar no eran mas que
una sola y misma cosa.
--He aquí lo que quiere decir esto --prosiguió --Ah! ah! vez Jaime como
me mira. Jamás he visto un muchacho como él. Bajo palabra de honor es
la -inocencia- n.' 1! Me haria morir de risa! Te digo que tendré que
reprocharle mi muerte! --y maese Bates despues de haber reido de tal
gusto que las lágrimas le vinieron á los ojos, se puso otra vez á
fumar.
--Has sido mal educado. --dijo el Camastron examinando sus botas que
Oliverio acababa de limpiar --Con todo Fagin hará de ti algo, ó bien
serás el primero que no hayas aprovechado entre sus manos . . . Harias
mejor que empezáras al momento, porque sin duda alguna, llegarás á
ello y ahora no haces mas que retroceder para saltar mejor.
Maese Bates apoyó este aviso con muchas reflecsiones morales de su
cosecha, despues de lo cual él y Dawkins se estendieron largamente sobre
los placeres innumerables que acompañan ordinariamente á la vida que
llevaban, insinuando á Oliverio, que lo mejor que tenia que hacer era
procurar captarse el buen afecto y la amistad de Fagin, empleando los
mismos medios que ellos habian adoptado para merecerlos.
--Y métete bien esto en la mollera --dijo el Camastron, viendo al judío
abrir la puerta --Si no te adhieres á los -tictaes- y á los -pingajos-
. . .
--Espresándote así es como si le habláras en gringo. --observó
Cárlos --Acaso te entiende?
--Si no te -adhieres- á los relojes y á los pañuelos --prosiguió el
Camastron reduciendo su lenguaje al alcance de Oliverio --otros lo harán
. . . De modo que los que se los dejan cojer . . . tanto peor para ellos
y para tí tambien . . . y nadie se encontrará mejor por eso, escepto
aquellos que ponen -cinco- y levantar -seis- y tu tienes tanto derecho
como los demás á la -profesion-.
--Sin duda! Sin duda alguna! --esclamó el judío que habia entrado sin
que Oliverio se apercibiera de ello --Todo esto querido es claro como el
dia! Ten fé en las palabras del Camastron. Oh! Ninguno como él sabe el
-catecismo- de su -arte-.
Continuando en estos términos el argumento del Camastrón, el viejo se
frotó las manos en señal de satisfaccion y aplaudió con una carcajada
el talento de este último. Por esta vez quedó aquí la conversacion,
porque el judío habia traido con él á la señorita Betsy y á un
-gallardo mozo- que Oliverio no habia visto nunca; pero que el Camastron,
dió á conocer el nombre de Tomás Chitling, cuyo mozo despues de
haberse detenido en la escalera divirtiéndose en retozar con la jóven,
entró en este momento.
Mr. Chitling tenia algunos años mas que el Camastron (habia ya cumplido
diez y ocho primaveras.) pero con todo habia en su modo de obrar cierta
deferencia hacia este último que indicaba muy claramente reconocerse
inferior á él en cuanto al -genio- y á los -ardides- de su profesion.
Tenia unos ojos pequeños que movia vivamente y estaba además
acribillado por las viruelas.
Llevaba su traje muy mal parado; pero como dijo: Acababa de -concluir-
sus -vacaciones-; durante veinte y dos dias mortales no habia visto alma
viviente, ni se habia refrescado el -engullidero- con una gota de algo
-fuera lo que fuera-. Oliverio estaba asombrado de una conversacion de la
que apenas comprendia algunos retazos. La reunion se reia á mas no poder
de la ignorancia ingénua del niño y la charla se hizo general. Fagin
estaba de excelente humor y contó algunas travesuras de su juventud de
un modo tan picaresco que Oliverio á despecho de sus buenos sentimientos
reia tambien de tanto gusto que las lágrimas le venian á los ojos.
Al fin el viejo infame lo tenia entre sus redes. Por medio de la soledad
y la tristeza le habia inducido á preferir la sociedad de alguien á la
de sus dolorosos sentimientos en un chiribitil y destilaba en su corazon
tierno el veneno que debia ennegrecerlo y horrar en él para siempre la
bondad.
CAPÍTULO XIX.
SE DISCUTE UN GRAN PROYECTO Y SE DETERMINA SU EJECUCION.
EN una noche negra y fria el judío despidió á todos sus educandos y
despues de haberse envuelto en un largo redingote y tomado todas las
precauciones necesarias, se enredó en el laberinto de callejuelas
sucias, que tanto abundan en el barrio populoso de Bethnal-Green. Al cabo
de una hora de marcha entre la niebla sobre un suelo cubierto de un barro
espeso, llamó á una puerta y despues de haber cambiado algunas
espresiones en voz baja con el que habia venido á abrirle subió la
escalera.
Un perro se puso á ladrar, cuando colocó la mano en el pestillo de la
puerta y una voz de hombre preguntó: --¿Quién va ahí?
--Soy yo Guillermo; soy yo. --dijo el judio lanzando una mirada por todo
el aposento.
--Descubrid vuestro esqueleto. --dijo Sikes --Échate ahi vil animal!
¿Acaso no conoces al diablo cuando lleva su largo redingote?
No cabe duda de que el perro habia sido engañado por el traje de Fagin,
porque en cuanto este se hubo desabrochado y puesto su redingote en el
respaldo de una silla, se volvió á su rincon meneando la cola, para
demostrar que estaba tan contento como podia estarlo.
--Y bien? --dijo Sikes.
--Y bien querido? --respondió el judío --Ah! Nancy!
Estas palabras fueron pronunciadas con alguna vacilacion porque era la
primera vez que Fagin y Nancy volvian á encontrarse desde el dia en que
esta habia tomado la defensa de Oliverio con tanto calor. Sin embargo
todas sus dudas sobre este punto (dado caso que las hubiera) quedaron
pronto desvanecidas por la conducta de la jóven respecto á él. Apartó
sus piés del guarda cenizas, retiró la silla é invitó al judío para
que acercára la suya, pues hacia un frio excesivo. Luego guardó
silencio profundo.
--Caramba que frio hace, Nancy! --dijo el judío acercando al fuego sus
manos descarnadas --Penetra hasta los huesos. --añadió llevando la mano
al costado izquierdo.
--Acaso se necesita un famoso frio para que se os arrime basta los
huesos? dijo Sikes --Dale algo para beber Nancy. ¡Mil truenos! Despacha!
Solo con oir como cruje su esqueleto al igual de un espectro feo que
saliera de la tumba, hay para caer enfermo!
Nancy trajo al momento una botella que tomó de una alacena en la que
habia muchas otras que parecian contener diferentes licores y Sikes
habiendo llenado un vaso de aguardiente dijo al judío que lo bebiera de
una vez.
--No: gracias Sikes, tengo bastante! --dijo Fagin, volviéndo el vaso
sobre la mesa despues de haber pasado solamente los labios por el borde.
--Teneis miedo de que esto os vuelva mejor de lo que sois? --preguntó
Sikes fijando en el judío una mirada de desprecio.
Habiendo arrojado al mismo tiempo en las cenizas el licor que quedaba en
el vaso, volvió á llenarlo para si propio.
Mientras que tragaba su aguardiente, el judío lanzó una mirada al
rededor del aposento (no por curiosidad por que lo conocia; pero por un
sentimiento de temor que le era natural.) El mueblaje era grosero y los
solos objetos amontonados en el armario eran suficientes para persuadir
de que el amo de la habitacion distaba mucho de ser un artesano. Dos ó
tres alza primas colocadas en un rincon y un par de pistolas colgadas á
la cabecera del lecho, eran al cabo los únicos objetos que podian
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