volvieron al pasar á toda prisa; pero nadie le socorrió ni se tomó
siquiera la pena de indagar porque se encontraba de tal modo en aquel
sitio. El pobre niño no se sentia con ánimo para mendigar y estaba
sentado allí sin saber lo que seria de él.
Habia ya algun tiempo que permanecía en tal posicion asombrándose del
gran número de tabernas que veia, (pues que cas todas las casas de
Barnet lo son) y mirando con displicencia los carruajes públicos que
pasaban rápidamente ante él, cuando le sacó de su reflexion la vista
de un jóven que hacia pocos instantes acababa de pasar sin mostrar haber
reparado en él y que retrocediendo luego y colocándose al otro lado de
la calle le miraba con la mayor atencion. De pronto no hizo caso de ello;
pero viendo que el tal muchacho permanecia tanto tiempo en la misma
actitud, levantó la cabeza y le miró del mismo modo. Entonces este
atravesó la calle y dirijiéndose directamente á él dijo:
--Y bien monigote! Que haces ahí hecho un estafermo?
El individuo que hizo tal pregunta á nuestro jóven viagero, era poco
mas ó menos de su edad, pero tenia el aspecto de una originalidad nunca
vista por Oliverio.
--Y bien! De que se trata? --prosiguió.
--Me muero de hambre y estoy sumamente fatigado! --respondió Oliverio
con las lágrimas en los ojos --He hecho un largo camino; he andado
durante siete dias.
--Durante siete dias! --dijo el jóven --Ah! ya caigo. De órden del
-pico- . . . he! --luego añadió notando la sorpresa de Oliverio.
--¿sabes acaso lo que es un -pico- mi jóven camarada?
Oliverio respondió ingenuamente que siempre habia oido decir que un
-pico- era la boca de un pajaro.
--Vaya un -zopo-! --esclamó el jóven --El -pico- es el magistrado.
-Marchar de órden del pico-, no es andar en derechura, sino -trepando
siempre sin jamás volver á descender-. ¿No has estado nunca sobre el
-molino-.
--Qué molino? --preguntó Oliverio.
--Que molino! que molino! Por vida de . . . el molino que rueda cien
veces mas rápido cuando -son bajas las aguas-, es decir cuando la bolsa
está en seco, que cuando están -altas- porque en este último caso
siempre hay menos -obreros- . . . Esto se comprende perfectamente sin
romperse los cascos. Ven conmigo; no tienes nada que meter bajo el diente
y es necesario que -rumies-. No hay gran cosa en la faltriquera solo un
-rond- y un -Jaime- pero no le hace ello vendrá. --Vamos en movimiento
las -canillas-!
El jóven, ayudó á Oliverio á levantarse y lo condujo hácia una
revenderia donde compró un poco de jamon y un pan de dos libras; hizo en
este un agujero é introdujo por él el jamon para preservarlo del polvo;
luego metiéndolo bajo el zobaco se dirijió hácia una taberna de sucia
apariencia y entró en una sala trasera. Allí; puesta sobre la mesa una
botella de cerveza de órden del -misterioso jóven-, Oliverio á una
señal de este emprendió un espléndido almuerzo durante el cual el
-estraño muchacho- le observaba por intervalos con la mayor atencion.
--Vas á Londres? --dijo el jóven cuando Oliverio hubo concluido.
--Si.
--Tienes posada?
--No.
--Y dinero?
--Tampoco.
--El jóven se puso á silvar metiéndose las manos en las faltriqueras
todo lo que le permitieron las mangas de su casacon.
--Vivís vos en Londres? --preguntó Oliverio.
--Si; cuando estoy en mi casa! --respondió el otro --Supongo que no
sabrás donde acostarte esta noche he?
--Es cierto. --repuso Oliverio. --No he dormido bajo tejado desde que
abandoné mi pais.
--No te inundes de mocos por ello! Haces mal en atormentarte de este modo
las pestañas. --replicó el jóven mozalvete. --Yo tambien tengo que
estar en Londres esa noche y allí conozco un anciano -respetable- que te
dará alojamiento de valde, entendámonos siendo presentado por alguno de
sus amigos . . . Por que de lo contrario! ya escampa! No es lerdo el tal
vejete!
Esto diciendo el jovenzuelo sonrió para dar á entender que la última
parte de su soliloquio era puramente irónico y vació incontinenti su
vaso.
Este ofrecimiento inesperado de un alojamiento era demasiado seductor
para ser rehusado, sobre todo cuando fué seguido inmediatamente por la
seguridad de que una vez conocido del -anciano caballero-, este no
dejaria pasar mucho tiempo sin proporcionar á Oliverio alguna colocacion
bastante ventajosa. Esto llevó á una conversacion mas confidencial en
la que Oliverio descubrió que su amigo que se llamaba Jaime Dawkins era
el amigo íntimo y el protegido del viejo señor en cuestion.
El exterior de Mr. Jaime no hablaba mucho que digamos en favor de las
ventajas que su -patronato- obtenia pava aquellos que tomaba bajo su
proteccion; pero como tenia un modo de espresarse -pronto y obscuro- á
la vez y como confesó además que entre sus -camaradas- era mas bien
conocido bajo el apodo de -fino camastrón-, Oliverio concluyó de ahí
que su compañero siendo tal vez -insustancial y ligero- la moral del
-viejo señor- no babia fructificado en él. Con tai pensamiento
resolvió por su parte aprovecharse de ella lo mas pronto posible y si
encontraba al Camastrón incorregible como tenia motivos para creerlo,
renunciaria al honor de ser su camarada.
Como Jaime Dawkins habia declarado no querer entrar en Londres hasta la
noche, eran cerca las once cuando llegaron á la barrera de -Islington-.
Pasaron por diferentes calles hasta llegar á -Great-Saffron-Hille- que
el camastrón atravesó mas que de prisa previniendo á Oliverio le
siguiera de cerca.
Este estaba pensando seriamente si se escaparia, cuando llegaron al
estremo de la calle. Su compañero cojiéndole entonces por el brazo
empujó la puerta de una casa cerca de F-ield-Lane-, y metiéndole en el
pasadizo cerró la puerta tras de ellos.
--Quien va! --gritó una voz que venia de abajo, respondiendo á un
silvido del Camastron.
--Plumy y Slám! --tal fué su respuesta.
Este era probablemente el santo y seña ó el aviso de que nada habia que
temer, porque la débil luz de una vela se reflejó en la pared al
extremo opuesto del pasadizo y se mostró una cabeza á flor de tierra en
el punto donde estaba antes el antiguo tramo de la escalera de la cocina.
--Sois dos? --dijo un hombre cuya era la cabeza avanzando algo mas la
vela y estendiendo su mano sobre los ojos para ver mejor --¿Quien es el
otro?
--Un -neófito- --respondió Jaime empujando á Oliverio hacia adelante.
--De donde viene?
--Del pais de la -Ganuza-. ¿Fajin está arriba?
--Si; acomoda los -desperdicios-. Ea; subid.
La luz se hundió y con ella la cabeza.
Oliverio buscando su camino á tientas con una mano y con la otra
cojiendo los faldones del casacon de su compañero llegó no sin trabajo
á lo alto de la escalera sombria y medio rota que el Camastrón trepó
con una seguridad y ligereza que probaban serle muy conocido el camino.
Este abrió la puerta de un aposento situado en la parte trasera de la
casa, é hizo entrar á su nuevo compañero.
En él estaban reunidos alrededor de una mesa, un viejo judío
cadavérico y asqueroso, dos muchachos muy semejantes en aspecto al
-Camastron- y dos jovencitas vivarachas. Cada uno tenia ante sí un plato
con una tajada de tocino frito que cortaba en pedazos y los comia con
mucha voracidad.
--Fagin! --dijo el Camastrón dirijiéndose al viejo --Os presento mi
amigo Oliverio Twist.
Aquel sonrió, y haciendo un profundo saludo á Oliverio, le cojió la
mano diciéndole tendria el honor de relacionarse con él.
--Estamos muy contentos de verte. --añadió --Camastrón! Saca esas
salsichas de la sarten y acerca ese taburete á la lumbre para que
Oliverio se sienta, coma y se caliente. Ah! miras los pañuelos de
faltriquera de sobre aquel cofre amiguito? Algunos no son malejos he?
Justamente acabamos de contarlos para mandarlos á lavar . . . esto es
todo; todito . . . Ah! ah! ah!
La risita del judío exitó la hilaridad de sus jóvenes comensales y en
medio de carcajadas estrepitosas continuaron la cena.
Oliverio tomó su parte de ella. Luego el judío le llevó un vaso de
ginebra y agua caliente recomendándole lo bebiera de una sola vez para
pasar el cubilete á otro; pero á penas lo hubo tragado se sintió
atraer suavemente sobre unos sacos amontonados en un rincon y se durmió
profundamente.
CAPÍTULO IX.
ALGUNOS DETALLES CONCERNIENTES AL VIEJO CHISTOSO Y SUS ALUMNOS
SOBRESALIENTES.
ERA ya tarde cuando Oliverio se dispertó á la mañana siguiente. En el
aposento no habia mas que el viejo ocupado en hacer hervir café y
silvando por lo bajo mientras lo removia con una cuchara de hierro. De
vez en cuando se paraba para escuchar al menor ruido que oia y cuando
habia satisfecho su curiosidad volvia á remover el café y á silvar de
lo lindo.
Despues que el café estuvo hecho, puso la cafetera en el suelo y no
sabiendo como matar el tiempo, se volvió maquinalmente hacia Oliverio y
le llamó por su nombre. Era probable que el niño dormia, porque no
respondió. Luego que se hubo asegurado de ello se dirijió de puntillas
á la puerta y la cerró con los cerrojos. En seguida á lo que le
pareció á Oliverio (que realmente no dormia) levantó un ladrillo del
pavimento; sacó de un hoyuelo practicado debajo de el una cajita, y la
colocó sobre la mesa. Sus ojos brillaron al levantar la tapadera y al
sumerjir dentro de ella su mirada. Por último acercando una silla vieja,
se sentó y sacó de la caja un reloj de oro magnífico y resplandeciente
de diamantes.
--Ah! ah! --dijo encojiéndose de hombros y haciendo una mueca horrible
--Eran ellos unos famosos conejos! unos verdaderos hurones! Firmes hasta
el fin! Incapaces de decir al -negro bonete- donde esto se encontraria!
Jamás, jamás han vendido al viejo Fagin! Además ¿les hubiera servido
esto acaso para librarse del balanceo? Pamema! Tampoco se hubiera
aflojado el nudo escurridizo. No, no! Ah! Eran buenos vivientes! Famosos
conejos!
Haciendo estas reflecciones y otras de la misma naturaleza, el judío
volvió el reló á su sitio primitivo. Otros cinco ó seis por lo menos
fueron sacados sucesivamente de la misma caja y pasados en revista con la
misma satisfaccion, como tambien sortijas, alfileres, braceletes y otros
artículos de joyeria de una materia tan magnífica y de un trabajo tan
precioso que su vista tenia á Oliverio en babia.
Despues de haber colocado el judío estas joyas en su sitio anterior
tomó otra tan pequeña que la tenia en el hueco de su mano. Esta parecia
tener cincelada una inscripcion muy diminuta, porque la puso sobre la
mesa y garantizándola de la falsa luz poniendo la mano ante ella, la
examinó largo tiempo con la mas viva atencion. En fin renunciando á la
esperanza de descifrar aquella leyenda remitió la joya en la cajita
inclinándose en el respaldo de su silla.
--Magnífica cosa la -pena capital-! --murmuró entre dientes-- Los
muertos no regresan para -bachillerear-. Oh! Es una gran garantia para el
comercio! lineó de ellos enfilados en la misma cuerda y ninguno tan ruin
para desembuchar el secreto!
Al decir esto el judío que hasta entonces habia tenido sus ojos negros y
penetrantes sobre la joya en un estado de fijeza estática los dirijió
á Oliverio y viendo que el niño le miraba con muda curiosidad,
comprendió que habia sido observado. Entonces cerrando bruscamente la
cajita, se apoderó de un cuchillo que estaba sobre la mesa y se levantó
furioso. Sin embargo no estaba seguro, pues Oliverio á pesar de su
espanto pudo notar que el cuchillo temblaba en la mano del viejo.
--Por vida de! --esclamó el judío --¿Me espiabas? Estabas dispierto?
Que has visto? Oh! habla . . . niño! responde pronto! va en ello tu vida!
--No he podido dormir mas tiempo señor! --respondió Oliverio --siento
haberos interrumpido.
--Tu no estabas dispierto hace media hora he? --preguntó el viejo con
acento estraviado.
--No señor es la pura verdad! --repuso Oliverio.
--Estás de ello seguro? --gritó el judío dando á su mirada una
espresion mas feroz y tomando una actitud amenazadora.
--Si, si señor! lo juro! --replicó el niño con ansia --Os aseguro que
no estaba dispierto! de toda verdad! de toda verdad!
--Cállate; cállate! --dijo el judío recobrado de repente sus maneras
ordinarias y aparentando jugar con el cuchillo antes de volverlo sobre la
mesa para dar á entender que no lo habia cojido mas que por broma --Ya
lo sabia buen amigo y esto no era mas que para darte miedo, para reirme.
Sabes hijuelo mio que eres un valenton! Ah! ah! eres un valenton
Oliverio! --Mientras decia esto frotaba sus manos con falsa sonrisa y no
dejando de mirar la cajita con alguna inquietud. Luego poniendo su mano
sobre la tapadera añadió despues de un momento de silencio. --Has visto
tu algunas de esas cosas hermosas amigo mio?
--Si señor. --respondió Oliverio.
--Ah! --hizo el judío cambiando de color --Estos son . . . es mi
pequeño haber Oliverio; es mi propiedad, todo lo que tengo para
descansar en mis viejos días! El mundo dice que soy avaro; si amigo mio,
solamente avaro; nada mas que esto.
Oliverio pensó que efectivamente el -viejo señor- debia ser avaro pues
que vivia en un sitio tan miserable con tantos relojes; imaginándose
luego que tal vez su ternura por el -fino camastron- y los demás
muchachos le costaba mucho dinero no dejó de tenerlo en mayor estima y
le preguntó respetuosamente si podia levantarse.
--Ciertamente amigó mio! ciertamente! --respondió él viejo judío
--Espera; detras de la puerta hay un cantaro de agua: traelo aquí: voy
á darte una cofaina para lavarte.
Oliverio se levantó, atravesó el aposento y se bajó para tomar el
cantaro; cuando se volvió la cajita habia desaparecido.
Apenas habia concluido de lavarse y poner cada cosa en su sitio despues
de haber arrojado el agua de la cofaina por la ventana á tenor de las
órdenes del judío, cuando el -fino camastron- Volvió á entrar
acompañado de uno de sus amigos, jóven alegrillo que Oliverio habia
visto la víspera anterior. Este le fué presentado con todas las
fórmulas debidas, como que era el Señor Cárlos Bates. Cada uno se
sentó á la mesa y comió con el café bollos todavia calientes y jamon
que el Camastron habia traido en la copa de su sombrero.
--Y bien amigos! --dijo el judío lanzando sobre Oliverio una mirada
maligna el propio tiempo que se dirijia al Camastron --Espero que habreis
estado en el -taller- esta mañana.
--Un poco abuelo! --respondió el Camastron.
--Y con unas ganas deliciosas! --repuso Cárlos.
--Vaya, vaya! sois buenos chicos; muy buenos chicos! --dijo el judío
--Que es lo que tu has traido Jaime?
--Dos -agenda- --respondió este.
--Guarnecidos he! --preguntó él viejo con interes.
--Asi asi . . . --replicó el Camastron sacando de su faltriquera dos
-agenda- la una colorada y la otra verde.
--No tan macisos como deberian! --esclamó el viejo despues de haber
examinado el interior con una atencion escrupulosa --Pero con todo no
deja de ser un trabajo exquisito: de -mano maestra-.
No es así Oliverio?
--Oh! de un trabajador muy hábil os cierto señor! --respondió Oliverio.
--Aquí el Señor Cárlos esplotó en una estrepitosa carcajada con
grande asombro de Oliverio que no veia en ello ningun motivo de risa.
--Y tu viejecito! --dijo Fagin á Cárlos --Que es lo que tu nos traes?
---Pingajos-. --respondió maese Bates sacando cuatro pañuelos de
faltriquera.
--Bravo! --repuso el judío despues de haberles pasado revista --No son
malejos á fé mia! Si; pero no los has señalado bien; será preciso
quitarles estas marcas con una aguja, y ya enseñaremos á Oliverio como
es preciso gobernarse para ello.
--Te gustará aprenderlo Oliverio! he?
--Si señor! --respondió Oliverio.
--Gustarias de hacer el -moscardon- con tanta maestría como Cárlos
Bates ¿no es así amigito? --preguntó el judío.
--Oh! si señor: me gustaria mucho. Si quisierais enseñarmelo?
--Maese Bates vió en esta peticion algo de chistoso, pues esplotó en
una nueva carcajada que habiéndole hecho tragar el café malamente, poco
faltó para que no le ahogase.
--A la verdad es bien -nuevo-! --dijo luego que se hubo repuesto, como
para excusar su conducta impolítica.
El Camastron pasando su mano por la cabeza de Oliverio y aplanándole los
cabellos sobre su frente dijo que pronto sabria bastante. En esto el
judío viendo que el rostro del niño se ponia colorado, cambió de
conversacion preguntando si habia habido mucha gente en la sentencia de
muerte que habia tenido lugar en aquella misma mañana. Esto sorprendió
tanto mas á Oliverio comprendiendo por las respuestas de los dos
muchachos que habian asistido á ella y no podiendo darse razon como
habian tenido tiempo bastante para haber sido tan laboriosos.
Despues de levantada la mesa, el viejo chistoso y los dos muchachos
empezaron un juego tan curioso como poco comun. El primero metió una
petaca en uno de los bolsillos de su pantalon y una cartera en el otro;
en la faltriquera de su chaleco un reloj unido á una gruesa cadena de
seguridad que pasó al rededor de su cuello y clavando en la pechera de
su camisa una aguja de quincalla se abotonó hasta debajo la barba; luego
colocando el estuche de sus anteojos y su pañuelo en los bolsillos de su
leviton, se paseó arriba y abajo del aposento empuñando un baston, del
mismo modo que vemos á nuestros viejos señores en las calles á cada
momento del dia. Unas veces se paraba ante la chimenea; otras á la
puerta finjiendo examinar las mercaderias en los aparadores de las
tiendas. En ciertos momentos, miraba á su alrededor y tentaba
alternativamente sus faltriqueras para asegurarse de que no le habian
hurtado nada y esto lo hacia tan naturalmente que Oliverio se
desternillaba de risa. Durante este tiempo los dos -mozalvetes- le
seguian de cerca evitando tan diestramente sus miradas cada vez que se
volvia, que era imposible al ojo seguir sus movimientos. Al fin, el
Camastron le picó los talones y Cárlos, tropezó con él (se entiende
sin hacerlo expresamente) y en el propio instante le birlaron en un decir
Jesus y con la mas asombrosa destreza, petaca, cartera, reló, cadena de
seguridad, ajuja, pañuelo de faltriquera y hasta el estuche de los
anteojos. Si el viejo señor sentia una mano en una de sus faltriqueras,
decia en cual y volvia á empezar el juego.
Rato habia que se estaba repitiendo esta diversion, cuando dos -jóvenes
señoritas- entraron á hacer visita á los dos -señoritos-. La una se
llamaba Betsy y la otra Nancy. Sus cabelleras naturalmente espesas, se
ostentaban algo descuidadas del peine; sus zapatos no llevaban cordones y
sus medias iban tiradas con mucha negligencia. Tal vez no eran lo que
puede llamarse precisamente bonitas; pero tenian subidos colores,
abultadas mejillas y parecian bastante alegrillas. Como manifestaban
ademanes excesivamente libres y desenvueltos, Oliverio pensó que debian
ser muy amables (y lo eran sin ninguna clase de duda.)
Las tales -señoritas- se quedaron un buen rato y habiéndose traido
algunas botellas de licores en atencion á haberse quejado una de ellas
de que tenia el estómago -seco-, la conversacion se hizo viva y animada.
Al fin Cárlos dijo era de opinion que habia ya llegado el buen tiempo de
-trillar la cemilla-, expresion que Oliverio entendió por salir; porque
inmediatamente el Camastron, Cárlos y las dos -señoritas- se marcharon
juntos provistos de algun dinero que les dió el bueno del judío para
refocilarse durante el camino.
--Y bien amigito! No te parece agradable esta vida? --dijo Fagin --Ya se
han marchado por todo el dia!
--Y han concluido su trabajo Señor? --preguntó Oliverio.
--Si; á menos que no encuentren ocupacion en el camino; entonces, no se
estarán con las manos plegadas, está seguro. Toma ejemplo de ellos hijo
mio: toma ejemplo de ellos! --continuó golpeando el suelo del hogar con
el badil como para dar mas fuerza á sus palabras --Haz todo lo que te
digan y consúltales en todo, especialmente al Camastron. Este llegará
muy alto y tú lo mismo si lo tomas por modelo. ¿Acaso sale el pañuelo
de mi faltriquera amiguito? --dijo interumpiéndose secamente.
--Si señor. --respondió Oliverio.
--Prueba pues un poquito si podrias sacarlo sin que yo lo advirtiese, del
mismo modo que has visto hacerlo, cuando nos divertíamos hace poco.
Oliverio levantó la faltriquera con una mano como habia visto hacerlo al
Camastron y con la otra tiró ligeramente el pañuelo.
--Esta hecho? --preguntó el judío.
--Ahí lo teneis señor! --contestó Oliverio enseñándoselo.
--Eres un muchacho muy diestro amiguito! --dijo el viejo adulador pasando
su mano cadavérica sobre la cabeza de Oliverio en señal de aprobacion
--No he visto un chico mas hábil. Toma é aquí un -schelling- para ti.
Si continuas de este modo serás el mas grande hombre de tu siglo. Ahora
ven aquí para que te enseñe á quitar las señales de los pañuelos.
Oliverio se preguntó á sí mismo que tenia de comun la accion de
escamotear divirtiéndose el pañuelo del viejo con la espectativa de
llegar á ser un grande hombre; pero refleccionando que por ser el judío
de muchísima mas edad que el debia ser mas sabedor de ello, se arrimó
á la mesa y pronto fué entregado profundamente á su nuevo estudio.
CAPÍTULO X.
OLIVERIO SE ENTERA MEJOR DEL CARÁCTER DE SUS NUEVOS COMPAÑEROS, Y
ADQUIERE EXPERIENCIA Á COSTAS SUYAS. --IMPORTANCIA DE LOS DETALLES
CONTENIDOS EN ESTE CAPITULO.
DURANTE muchos dias Oliverio permaneció en la estancia del judío
quitando las señales á los pañuelos de faltriquera que llegaban en
tumulto al domicilio y algunas veces tomando tambien parte en el
susodicho juego, en el que este y los dos mozalbetes se ejercitaban
regularmente todas las mañanas. Al fin; comenzó á tener ansia de
respirar el aire libre y buscó muchas ocasiones para pedir al viejo le
dejará salir para -trabajar- junto con sus camaradas.
Deseaba con tanto mas ardor el ser puesto en actividad por haber visto un
canto de la moral austera del -viejo señor-. Cada vez que el Camastron
ó Cárlos Bates volvian por la noche con las manos vacias, les
suministraba una larga Filipica, estendiéndose largamente sobre los
males que engendran la pereza y la ociosidad, y para gravar mas
fuertemente esta verdad en su memoria, los enviaba á la cama sin cenar.
Una vez entre otras los arrojó escaleras abajo; pero este esceso de celo
en el -virtuoso- viejo, no siempre era llevado hasta este punto.
En fin una hermosa mañana obtuvo el permiso tan ardientemente anhelado.
Habia ya dos ó tres dias que faltaban pañuelos para quitar las señales
y las comidas eran flacas. Tal vez estos fueron los motivos que
dicidieron á Fagin á que diera su permiso. Que fueran ó no; dijo á
Oliverio que podia salir y le colocó bajo la salvaguardia de Cárlos
Bates y de su amigo el Camastron.
Los tres compañeros se marcharon: el Camastron con las mangas
arremangadas y el sombrero en el cogote segun costumbre; maese Cárlos
con las manos en las faltriqueras y meneándose á lo lechugino y
Oliverio entre ambos cavilando á donde podian ir y en que ramo de
industria iban á lanzarse por de pronto.
Andaban con tanta calma y parecian tan inciertos en cuanto al camino que
debian tomar; que Oliverio pensó que sus camaradas engañaban al -viejo
señor- no yendo al taller. El Camastron tenia un instinto maligno, y era
quitar todas las gorras de los párvulos y hechárselas en seguida en las
entradas. Cárlos por su parte demostraba principios mas relajados en
cuanto al respeto que se debe á la propiedad ageua, escamoteando de los
cestos de las fruteras cebollas y manzanas que metia en sus faltriqueras
tan grandes que parecian invadir su traje en todos sentidos. Esto
pareció tan inconveniento á Oliverio que estuvo á punto de declararles
su intencion de dejarles para volverse á casa como pudiera, cuando sus
pensamientos fueron dirijidos de improviso hácia otro objeto por un
cambio misterioso en la conducta del Camastron.
Acababan de salir de un estrecho callejon cerca de Clerkenwell, que se
llama aun hoy dia por una estraña corrupcion de palabras Boulingrin,
cuando el Camastron se paró de repente y poniendo su dedo sobre sus.
labios hizo retroceder á sus compañeros con la mayor cautela.
--Que significa!
--Chut! --dijo el Camastron. --Ves esa -panza vieja- delante de la parada
del librero?
--El señor anciano del otro lado de la calle? contestó el niño. --Si;
le veo.
--Pues atencion que va sacar la tripa!
--Y gorda que será! --dijo Cárlos.
Oliverio los miró alternativamente ya al uno ya al otro con suma
sorpresa; pero no tuvo tiempo de hacer pregunta alguna, porque sus dos
compañeros atravesaron la calle y se deslizaron furtivamente tras el
caballero sobre quien estaba fija su atencion. El á su vez dió algunos
pasos en la misma direccion y no sabiendo si debia adelantar ó
retroceder, los miró con un silencio de estupefaccion.
Este caballero que llevaba la cabellera empolvada y anteojos de oro,
parecia ser respetable; vestia una casaca color verdebotella con cuello
de terciopelo negro y un pantalon blanco sosteniendo por debajo el sobaco
un elegante bambú. Acababa de tomar un libro de la parada y estaba allí
como en su casa leyendo tan tranquilamente lo mismo que si estuviera
sentado en su sillon y es probable que se creia realmente en el porque
era claro que absorvido como estaba en su lectura no veia ni la parada
del librero, ni la calle, ni los dos muchachos, ni otra cosa en fin que
el libro que recorria letra por letra volviendo la hoja cuando llegaba á
lo último de la página, empezando la primera línea de la siguiente y
así consecutivamente, con el mas vivo interes y el mayor afan.
Cuales fueron la sorpresa y el horror de Oliverio, cuando abriendo tantos
ojos como le permitieron sus párpados vió al Camastron sumergir su mano
en la faltriquera del caballero y retirar de ella un pañuelo que pasó
á Cárlos y luego volver la esquina de la calle y correr á toda pierna.
En un momento se descifró en su alma todo el misterio de los pañuelos,
de los relojes, de las joyas y hasta el del mismo judío. Permaneció
allí un instante absorto; su sangre herbia en sus venas con fuerza tal,
que se creia dentro un brasero ardiente; luego confuso y aterrorizado á
la vez echó á correr, y sin saber lo que hacia ni donde iba, huyó
desatentado.
Todo esto fué obra de un segundo. En el mismo instante que Oliverio
emprendia la fuga dió la casualidad que el caballero buscó en su
faltriquera el pañuelo y no encontrándolo se volvió bruscamente, y
como vió al niño escaparse con tanta rapidez concluyó de ello que era
él quien habia cometido el hurto y se puso á perseguirlo con el libro
en la mano gritando con todas sus fuerzas: Al ladron! Al ladron!
--No era él solo quien gritaba favor! contra Oliverio: el Camastron y
Cárlos Bates temiendo llamar la atencion sobre ellos corriendo, se
habian ocultado de pronto trás la primera puerta cochera que encontraron
al paso; pero no bien hubieron oido el grito y visto correr al muchacho
cuando adivinando lo que era ello se mezclaron con los perseguidores
(como buenos ciudadanos que eran.) gritando como los demás. Al ladron!
Al ladron!
Oliverio aunque educado por -filósofos- ignoraba en teoría su mácsima
sublime de que: -el cuidado de sí mismo es la primera ley de la
naturaleza-. Si la hubiera conocido aquel percance tal vez le hubiera
hallado prevenido; pero como no lo estaba, no hizo mas que aumentar su
espanto; asi es que corria como el viento llevando al anciano caballero y
á los dos muchachos trás sus talones.
--Al ladron! Al ladron!
Hay algo de sublime en este grito. El mercader deja su mostrador y el
carretero su carro, el carnicero abandona su trabajo, el panadero su
canasto, la lechera sus jarros, el fajin su bulto, el estudiante su
carambola, el empedrador su martillo, el muchacho su pelota; todos corren
revueltos gritando, ahullando, arrollándose, derribando los transeuntes
al revolver las esquinas, excitando á los perros, alborotando las
gallinas y haciendo retemblar las calles, los callejones, las plazas y
las plazuelas con este grito:
--Al ladron! Al ladron!
Este grito es repetido por cien voces y la multitud crece á cada
esquina. Ella lo dilata chapoteando en el lodo y haciendo resonar el
estrépito de sus pasos sobre las aceras. Las ventanas se abren, los
vecinos salen de las casas, la gente se empuja, todo un auditorio
abandona polichinela en el momento mas interesante de la comedia y
juntándose al tropel aumenta el ruido prestando nuevo vigor á los
gritos repetidos de:
--Al ladron! Al ladron!
Existe en el hombre un instinto fuertemente arraigado de correr trás
cualquiera cosa. Un niño infeliz, sofocado y llenó de fatiga, con el
terror en los ojos y la agonía en el corazon, llevando el rostro
inundado de sudor, redobla sus esfuerzos para conservar el avance sobre
sus perseguidores, mientras estos á medida que se aprocsiman de su
alcance saludan sus fuerzas desfallecidas con -hurras- y vociferaciones
de alegria: Al ladron! Al ladron! Detenedle! por amor de Dios detenedle!
aunque no sea mas que por piedad detenedle!
Al fin ya está detenido! Golpe famoso! Helo allí tendido sobre la
acera; rodeado por la apiñada multitud y cada recien llegado codeando y
empujando para poder verle! --Haceos atrás! Dejadle un poco de aire! Que
bestialidad! No lo merece. Donde está el caballero? Allá viene. Abrid
paso al caballero! Caballero es este el pilludo? Si.
Oliverio cubierto de lodo y polvo, con la boca ensangrentada miraba con
aire estraviado todas aquellas figuras que le rodeaban, cuando el anciano
caballero fué introducido por no decir llevado dentro el círculo por la
vanguardia de los perseguidores.
--Si! --dijo con acento bondadoso --Temo que sea él!
--Teme! --murmuró la muchedumbre --Esta si que es buena!
--Pobre diablillo! --dijo el caballero --Se ha hecho daño!
--Yo soy quien le ha arreglado como esta --dijo un solemne -paja larga-
adelantándose --Me he corlado lindamente la mano contra sus dientes. Yo
soy señor quien le ha cojido.
Esto diciendo, el individuo llevó la mano á su sombrero sonriendo
bestialmente, y esperando sin duda recibir algo por el trabajo que se
habia tomado; pero el caballero examinándole con aire de desprecio,
echó una mirada inquieta á su alrededor sin duda para buscar un medio
de evadirse; lo que tal vez hubiera hecho, dando con ello lugar á otra
persecucion si en este momento un agente de policía (la última persona
que llega siempre en semejantes casos) no hubiese atravesado la multitud
y cojido á Oliverio por el cuello.
--Yo no he sido señor! Estad seguro! Es la verdad! Fueron otros dos
muchachos! --dijo Oliverio plegando las manos en ademan suplicante y
mirando á su alrededor --Deben estar aquí ó no lejos.
--Oh! que no . . . que no están aquí! --repuso el agente de policía
con acento burlon.
Oliverio decia verdad sin saberlo. El Camastron y Cárlos se habian
escabullido en la primera escalera que habian encontrado al paso.
--Ea! levántate!
--No le hagais daño! --dijo el anciano caballero con compasion.
--Oh! no pretendo hacerle daño alguno. --replicó el otro rasgando el
chaleco del niño, al obligarle á levantarse, en prueba de lo dicho.
--Vamos . . . ven . . . Te conozco . . . estos colores no me la pegan.
Quieres tenerte sobre tus piés pillastrón?
[Illustration: El Camastron explota el bolsillo del Caballero anciano á
la vista de Oliverio estupefacto.]
CAPÍTULO XI.
DE LA MANERA QUE ADMINISTRA LA JUSTICIA EL MAGISTRADO MR. FANG.
EL hurto habia sido perpetrado dentro la jurisdiccion y de hecho en las
inmediaciones de un tribunal de policía metropolitana muy celebrado. Los
curiosos tuvieron la única satisfaccion de acompañar á Oliverio un
corto trecho; es decir hasta un sitio llamado -Multon-Hill- donde le
hicieron pasar bajo una bóveda sombría y baja que conducia á un patío
súcio al detrás del que estaba ese dispensador de la pronta justicia.
Alli encontraron un -regordete- con enormes favoritos en las megillas y
un grueso manojo de llaves en la mano.
--Que hay de nuevo? --preguntó con suma displicencia.
--Un jóven -pégre- [1] --contestó el agente de policía.
--Sois vos el robado? --preguntó el carcelero al anciano caballero que
estaba trás Oliverio.
--Si; --dijo este --yo soy; pero no estoy seguro que sea este niño quien
ha cojido el pañuelo y por eso quisiera mas que la cosa no pasára
adelante.
--Ya es tarde! Es preciso que se presente ante el magistrado. --repuso el
carcelero --Pronto vá á ser puesto en libertad. --y dirijiéndose á
Oliverio. --Ola in -pasto de horca-! Al avio!
Esto era para el niño una invitacion de entrar en una celdilla cuya
puerta habia abierto el hombrecillo y donde le encerró despues de
haberle registrado y no encontrándole nada sobre él.
El anciano caballero al oir rechinar la llave en la cerradura se puso tan
triste como Oliverio y dirijió suspirando sus ojos sobre el libro causa
inocente de todo aquel fracaso.
--Hay algo en la fisonomía de ese niño --se dijo á sí mismo dando
algunos pasos y golpeándose frente con el libro, completamente absorvido
en sus reflecciones --algo que me choca y me interesa. Será tal vez
inocente? Paréceme . . . Por vida de! --esclamó parándose en seco y
mirando fijamente á las nubes-- ¿Dónde he visto yo una fisonomía
semejante á la suya?
Despues de haber reflecsionado algunos momentos, se adelantó en ademan
pensativo hácia una pequeña sala que daba al patio y allí retirado y
á solas pasó revista en su memoria á un gran número de rostros que
hacia muchos años habia perdido de vista, y sobre los cuales se habia
estendido un velo sombrío.
El carcelero le dispertó de sus sueños dándole un golpecillo sobre la
espalda y haciéndole señal de que le siguiera: cerró inmediatamente su
libro y pronto se vió á la presencia imponente del célebre Mr. Fang.
La sala de audiencia que daba á la calle tenia el techo artesonado. Mr.
Fang estaba sentado mas allá de una pequeña balustrada y en une de los
estremos. A un lado de la puerta y en un banquillo colocado al efecto,
estaba sentado el pobre Oliverio espantado de la gravedad de esta escena.
El anciano caballero se inclinó profundamente, se adelantó hacia el
bufete del magistrado y dijo añadiendo la accion á la palabra:
--Esta es mi direccion caballero --y dando tres pasos atrás se inclinó
de nuevo y esperó que se le preguntase.
Cabalmente Mr. Fang leia en este momento con profunda atencion en el
-Morning Chronicle- un artículo concerniente á una sentencia que habia
dado, el cual artículo le recomendaba por la milésima vez á la
atencion particular del ministro del interior. Estaba á mas de mal humor
y levantando la cabeza con ademan uraño:
--Quien sois? --preguntó.
El anciano caballero algo sorprendido señaló con el dedo su tarjeta.
--Oficial de policía! --dijo Mr. Fang sacudiendo con desprecio la
tarjeta y el periódico. --Quien es ese individuo?
--Mi nombre --dijo el anciano caballero espresándose con cortesia --mi
nombre es Brownlow. Que me sea permitido á mi vez preguntar el nombre
del magistrado que bajo el escudo de la ley insulta gratúitamente á un
hombre respetable sin haber sido provocado. --Esto diciendo Mr. Brownlow
dirijió una mirada á su alrededor como buscando quien quisiera
responder á su pregunta.
--Oficial de policía! --dijo Mr. Fang tirando el periódico de revés
--De que se acusa á ese individuo?
--No es él el acusado señor juez. --respondió el agente de policía
--Comparece contra este muchacho.
El magistrado, lo sabia bien; pero era un medio como cualquier otro para
vejar impunemente á las gentes.
--Ah! Comparece contra ese muchacho . . . no es oso? --replicó Mr. Fang
examinando á Mr. Brownlow de la cabeza á los piés con aire de duda.
--Recibid su juramento.
--Antes de prestar juramento --dijo Mr. Brownlow --me permitiré decir
una sola palabra y es que sin una prueba tan convincente jamás hubiera
podido crer . . . .
--Silencio caballero! --dijo Mr. Fang con tono brusco.
--No me callaré señor magistrado! --replicó Mr. Brownlow.
--Silencio digo ó mando poneros á la puerta! Sois un impertinente, un
bribon, al atreveros á desafiar un magistrado en el ejercicio de sus
funciones!
--Que decís? --esclamó el anciano caballero palideciendo de cólera.
--Haced prestar juramento á ese hombre! --dijo Mr. Fang al escribano
--Nada mas oiré! Hacedle prestar juramento!
La indignacion de Mr. Brownlow estaba á su colmo; pero reflexionando que
dándola salida podria hacer daño al muchacho, se contuvo y prestó
inmediatamente el juramento.
--Ahora --dijo Mr. Fang --decid: de que se acusa á esto muchacho? Qué
teneis que deponer contra él?
--Estaba ante la parada de un librero --empezó Mr. Brownlow.
--Silencio caballero! --interrumpió Mr. Fang --Agente de policía! Donde
está el agente de policía? Acercaos. Escribano hacedle prestar
juramento. Ahora hablad. ¿Que teneis que decir?
El agente de policía relató con tono humilde: que el habia preso al
muchacho y que habiéndole registrado, nada habia encontrado encima de
él; añadiendo que esto era todo lo que tenia que decir.
--Hay testigos? --preguntó Mr. Fang.
--No; señor magistrado. --respondió el agente de policía.
Mr. Fang guardó silencio por algunos instantes; luego volviéndose á la
parte acusadora dijo con tono irritado --Quereis esplicar los motivos de
vuestra querella contra ese muchacho; si ó nó? Si rehusais administrar
pruebas voy á castigaros por falta de respecto á un -magistrado-! Oh!
Lo haré por . . . ..
Por quien ó porque nadie lo sabe; pues que en este mismo momento el
escribano y el carcelero tosieron con fuerza muy á propósito sin duda;
y el primero dejando caer por -descuido- un voluminoso libro, privó que
el resto pudiera oirse.
Entre las numerosas interrupciones y los insultos reiterados de Mr. Fang,
Mr. Brownlow procuró relatar el hecho,
observando que en el primer momento de sorpresa corriera trás el niño
porque lo habia viste huir. Y --añadió --me atreveré á esperar que en
el caso en que el Señor Magistrado considerára á este muchacho sino
como ladron al menos como afiliado con ladrones, se dignára obrar
respecto á él tan suavemente como se lo permita la justicia? Además
está herido y temo mucho --prosiguió, con aire de compasion
dirijiéndose á la barra --temo realmente que se encuentra malo.
--Oh! sin duda! Esto se comprende. --Observó Mr. Fang con acento burlon.
--Ea tu . . . pequeño vagabundo! Tus pillerias están cosidas con hilo
blanco. A mi no me la pegarás. Como te llamas?
Oliverio procuró responder; pero la lengua se le pegó en el paladar.
Estaba horriblemente pálido y todo parecia dar vueltas á su alrededor.
--Como te llamas bribonzuelo? --clamó Fang con voz de trueno --Oficial!
Cual es su nombre?
Esta pregunta se dirigia á un -inoflelude- de chaleco rayado que estaba
en pié cerca de la barra. Se inclinó hacia el niño y repitió la
pregunta; pero viendo que realmente se hallaba incapaz de comprenderla y
sabiendo que su silencio no haria mas que escitar la cólera del
magistrado y de consiguiente aumentar la severidad de la sentencia,
respondió al acaso: --Se llama Tomás White señor magistrado.
--Ola! no quiere hablar ¿no es esto? --dijo Fang --Muy bien! Donde
habita?
--Donde puede señor magistrado. --respondió el digno oficial fingiendo
recibir la respuesta de Oliverio.
--Tiene padres? --preguntó Mr. Fang.
--Dice que se le murieron cuando niño. --replicó el otro del mismo modo.
En este punto del interrogatorio Oliverio levantó la cabeza y lanzando
á su alrededor una mirada suplicante, pidió con voz moribunda que se le
hiciera el favor de un vaso de agua.
--Todo eso son maulerias. --dijo Fang --No pienses cojerme por tonto.
--Señor magistrado creo que verdaderamente se encuentra malo. --dijo el
oficial de policía.
--Se algo mas que vos en esta materia --replicó Fang.
--Cuidado señor oficial de policía! --dijo el anciano caballero,
estendiendo instintivamente sus brazos --Cuidado! . . . vá á caer.
--Retiraos de aquí oficial de policía! --gritó Fang con acento brutal
--y que caiga si bien le place.
--Oliverio se aprovechó del asiduo permiso y cayó desmayado en el
suelo. Los hombres de servicio en la sala se miraron unos á otros pero
ninguno osó menearse.
--Sabia bien que lo hácia adrede. --dijo Fang. (como sí este accidente
hubiese sido para el una prueba incontestable de su eserto) pero pronto
tendría su galardon.
--Que fallais señor? --preguntó en voz baja el escribano.
--Le condenó sumariamente --dijo Fang --á tres meses de prision, con
mas al -treadmill- [2] Despojad la sala!
La puerta estaba abierta á este fin y dos hombres se preparaban para
llevar al pobre Oliverio todavia sin sentidos á la prision, cuando un
sujeto de alguna edad y de esterior decente aun que pobre á juzgar por
sus pantalones negros un tanto deslustrados, se precipitó dentro la sala
y acercándose á la barra. --Deteneos . . ? --dijo sofocado y sin darse
tiempo de respirar --no le lleveis! Suspended la sentencia!
A pesar del mal humor y las groserías del juez Fang, le fué preciso
escuchar al testigo. Este era el librero que lo habia visto todo. Contó
el hecho y Oliverio fué puesto en libertad. Mr. Brownlow estaba
indignado de la conducta de Fang. Quiso protestar, pero fué hechado de
la sala. Una palidez mortal cubria las mejillas de Oliverio, á penas
podia tenerse. El compasivo anciano hizo acercar un fiacre y habiéndole
colocado sobre las almohadas del mismo, partieron.
CAPÍTULO XII.
OLIVERIO RECIBE EL BUEN TRATAMIENTO QUE NUNCA HABIA RECIBIDO HASTA AHORA.
--PARTICULARIDADES REFERENTES Á UN RETRATO.
EL fiacre rodó á lo largo de -Mont-Plaisir-, enfiló la calle de
-Exmouth-, recorriendo a poca diferencia el mismo camino que Oliverio
debió seguir la primera vez que entró en Lóndres en compañía del
Camastrón y tomando diferente camino cuando hubo llegado á la taberna
del Angel en -Islington-, se paró al fin ante una casita de hermosa
apariencia en una calle decente y retirada de -Pentouville-. Allí sin
retardo se preparó un lecho en el que Mr. Brownlow, hizo colocar al
pobre niño, que fué cuidado con una solicitud y una ternura sin igual.
Durante muchos dias Oliverio permaneció sin conocimiento pendiente entre
la vida y la muerte. Al fin salió de este estado y lanzó una mirada
inquieta á su alrededor:
--Que aposento es este? --Donde me han traido? --dijo.
Como estaba muy abatido, pronunció estas palabras con voz débil; pero
ellas fueron oidas desde el momento; porque la cortina de su cama fué
levantada incontinenti y una buena señora ya de edad vestida
decentemente se levantó al mismo tiempo de un sillon en que estaba
sentada cerca el lecho y haciendo dalzeta.
--Chiton amigo mio! --dijo la anciana con dulzura --Es preciso estarse
quieto, ó vendrá una recaida; ya habeis estado malo, muy malo . . .
Vaya! volveos á acostar como un buen muchacho! --Esto diciendo la buena
señora volvió á colocar suavemente la cabeza de Oliverio sobre la
almohada, y apartando los mechones de cabellos que caian sobre su frente
le miró con un aire tan cariñoso, que él no pudo menos de colocar su
manecita descarnada sobre la suya y de atraerla al rededor de su cuello.
--Dios mio! --dijo la anciana con las lágrimas en los ojos --Que buen
corazoncito! Que agradecido! Qué diria su madre, si despues de haberte
vigilado dia y noche como yo lo he hecho pudiera verle ahora?
--Pueda que me vé! --balbuceó Oliverio plegando sus manos. --Tal vez ha
estado sentada cerca de mi, señora . . . Oh! si; me parece haberla visto
á mi lado.
--Esto es efecto de la fiebre amigo mio! --dijo la buena señora.
--Es posible --repuso Oliverio con aire pensativo --porque hay mucha
distancia de aquí al cielo y si es allí demasiado dichoso para bajar
cerca el lecho de un pobre niño! Sin embargo si ella ha sabido que yo
estaba enfermo, me habrá compadecido desde allá arriba; porque ella ha
sufrido tambien tanto antes de morir! Con todo no puede saber nada de le
que me sucede --añadió despues de un momento. de silencio --porque si
me hubiera visto padecer, se hubiera puesto triste, y su rostro era tan
dulce y risueño cada vez que la he visto en sueños!
La anciana nada respondió; pero enjugando primero sus párpados y luego
sus anteojos que estaban sobre la bánova, dió al niño una pocion
refrescante y pasándole la mano por sobre la mejilla le encargó
estuviera tranquilo en su lecho sino volveria á caer malo.
Oliverio se mantuvo quieto, ya porque queria obedecer en todo á la
señora; ya tambien porque estaba completamente fatigado por lo que habia
dicho. Pronto se entregó á un sueño reparador del que fué dispertado
por la luz de una vela que acercándose á su cama le permitió ver á un
señor que le tentaba el pulso consultando al mismo tiempo un grueso
reló de oro de -tic-tac- muy fuerte que tenia en la mano: el cual dijo
que lo encontraba mucho mejor.
--No es verdad que os encontrais mucho mejor amiguito? --dijo á Oliverio.
--Si, señor! y os doy gracias! --contestó este.
--Ya se bien que debeis encontraros mejor. --repuso el otro --Teneis
apetito no es cierto?
--No señor. --respondió el niño.
--He! --esclamó el caballero --No! Ya sabia yo bien que no podeis tener
apetito. No tiene apetito señora Bedwin. --continuó con aire de
importancia volviéndose á la señora.
Esta hizo una señal de cabeza respetuosa, por la que parecia decir que
creia al doctor un sujeto muy hábil: este por su parte pareció tenor de
si la misma opinion.
--Teneis sueño no es cierto amiguito? prosiguió el doctor.
--No señor. --respondió Oliverio.
--No. --repuso el otro con ademan de inteligente --no teneis sueño.
Tampoco teneis sed?
--Si señor; estoy un poco sediento.
--Justamente lo que pensaba Señora Bedwin. A la verdad es muy natural
que esté sediento; muy natural. Podréis darle un poco de thé y una
tostada de pan sin manteca. Que no sea demasiado caliente Señor Bedwin;
pero tened cuidado de que no sea demasiado frio. Ya comprendeis ¿no es
cierto?
La buena señora hizo una reverencia y el doctor despues de haber probado
la pocion refrescante, se alejó haciendo crujir sus botas sobre el piso
con aire de importancia y dignidad. Oliverio poco despues volvió á
dormirse y era ya cerca de media noche cuando se dispertó. La Señora
Bedwin le deseó entonces una buena noche y le dejó bajo el cuidado de
una vieja gordinflona que acababa de entrar llevando dentro su -ridiculo-
un librito de oraciones y una larga gorra de dormir.
La mañana estaba ya bastante adelantada cuando Oliverio se dispertó
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