dirijió con displicencia hácia el bufete para enterarse de la
direccion, (lo que ecsijió aun bastante tiempo.) Luego que se hubo
enterado y exijido la paga adelantada, hizo ensillar un caballo y dió
órden á un postillon de que se preparára, lo que fué tarea de un
cuarto de hora, durante cuyo tiempo Oliverio que estaba como entre
espinas tuvo veinte veces la tentacion de saltar sobre el caballo y
correr á brida suelta hasta la prócsima parada.
Sin embargo al fin todo quedó listo y Oliverio despues que hubo
encargado encarecidamente al postillon de marchar lo mas aprisa que le
fuera posible, éste partió como el rayo y en menos de nada estuvo al
estremo opuesto del villorrio.
No era poco para Oliverio tener la certeza de que la jóven enferma iba
á recibir prontos ausilios y que no habia habido tiempo perdido. Acababa
de dejar el patio de la posada, con el corazon menos oprimido y pasaba el
lindar de la puerta cochera corriendo, cuando se enredó entre las
piernas de un hombre envuelto en una capa que entraba en el parador.
--Qué diablos es esto? --dijo el hombre retrocediendo de golpe al ver el
niño.
--Perdonad caballero! --contestó éste --Estaba ansioso de volver á
casa y no os veia.
--Maldicion! --murmuró el hombre entre dientes lanzando á Oliverio una
mirada furiosa --Es posible! Qué un rayo te parta! Creo que si estuviera
muerto, saldria espresamente de su tumba para encontrarse en mi camino!
--En verdad lo siento mucho caballero! --balbuceó Oliverio espantado del
modo como le miraba el estrangero. --Os he hecho daño?
--Maldicion! --murmuró de nuevo. --Si hubiese tenido solo el valor de
pronunciar una palabra, largo tiempo hace estaria desembarazado de él!
Qué el infierno te confunda! ¿Qué haces tu ahí pequeño demonio?
--Esto diciendo rechinó los dientes, cerró los puños y abalanzándose
sobre Oliverio como para cojerlo, cayó de espaldas espumeante de rabia y
debatiéndose como un furioso.
Oliverio con todo no pudo hacer caso de este hecho estraño porque luego
que hubo llegado á la casa, cuidados mas serios ocuparon su alma y
desviaron su atencion de lo que le era personal.
Rosa estaba mucho mas mala; la fiebre habia redoblado y al anochecer
entró en delirio. El cirujano del pais no la dejó un solo instante.
Apenas la hubo visto llamó á parte á la Señora Maylie y le declaró
que la enfermedad era de las mas graves y que solo un milagro podia
salvar á su sobrina.
A la mañana siguiente todo fué silencio en el interior de la casa. Se
hablaba en voz muy baja; algunas mugeres y niños se presentaban de
tiempo en tiempo á la verja y se volvian con las lágrimas en los ojos.
Todo el dia y aun hasta mucho despues de puesto el sol, Oliverio se
paseó en el jardin levantando la vista á cada momento hácia la ventana
del aposento de la enferma. Le parecia por la tristeza del lugar que la
muerte debia estar allí y se estremecia de horror.
Era ya muy entrada la noche cuando Mr. Losberne llegó --Es una gran
desgracia! --dijo al ver á Rosa --Tan jóven, tan amable! Pero poca
esperanza queda!
Durante muchos dias la muerte parecia habitar en esta casa, tanta era su
tristeza y melancolía, el silencio mas profundo reinaba en ella; el
dolor estaba impreso en todos los semblantes. Una tarde la Señora Maylie
y Oliverio estaban sentados en el salon, cuando fueron arrancados de sus
meditaciones por el ruido de una persona que se acercaba. Ambos se
precipitaron involuntariamente hácia la puerta, en el momento en que
entró Mr. Losberne.
--Y Rosa? --esclamó la Señora Maylie --Hablad, os lo suplico! Estoy
preparada del todo! No puedo vivir mas tiempo en tan horrible
incertidumbre! Hablad en nombre del cielo; hablad!
--Calmaos señora! --dijo el doctor, tomándola por el brazo. --Calmaos
os lo ruego!
--Por amor de Dios dejadme --continuó la Señora Maylie con voz ahogada
--Rosa, mi querida niña! Ha muerto! Se muere!
--No, --esclamó el doctor con fuerza --Dios que es la misma bondad,
permite que ella viva aun largos años para la felicidad de todos
nosotros.
La buena Señora cayó de rodillas y procuró plegar las manos en señal
de accion de gracias; pero el valor que la habia sostenido por tanto
tiempo la abandonó de improviso y se desmayó en los brazos de su
antiguo amigo.
CAPÍTULO XXXIII.
ENTRA EN LA ESCENA UN NUEVO PERSONAJE --SUCEDE Á OLIVERIO OTRA NUEVA
AVENTURA.
EN verdad esta era mayor dicha de la que Oliverio podia soportar.
Aturdido y estupefacto, á una noticia tan inesperada, le era imposible
llorar ni hablar ni aun estarse quieto. Apenas podia darse cuenta á sí
mismo de lo sucedido. Solo despues de haber dado una larga carrera por
los campos y cuando el aire fresco del anochecer le volvió los sentidos,
pudo derramar un torrente de lágrimas.
La noche estaba ya muy adelantada y regresaba á casa cargado de flores
que habia cojido con particular esmero para adornar el aposento de la
enferma, cuando vio á su espalda un carruaje que avazanba rápidamente.
Se volvió y vió una silla de posta tirada por dos caballos que corrian
al galope. Como el camino era muy estrecho en este sitio se apartó á un
lado para dejar pasar el coche.
Al pasar este por frente de él divisó á un hombre con un casquete de
algodon cuya fisonomía no le era desconocida á pesar de no haber tenido
tiempo para reconocerle. En menos de un segundo el hombre del gorro de
algodon sacó la cabeza por la portezuela y con voz estentórea gritó al
postillon que parase (lo que no era muy fácil atendida la rapidez con
que marchaban los caballos.) Sin embargo al fin éste último habiéndolo
logrado no sin trabajo, el hombre del gorro de algodon, sacó de nuevo la
cabeza por la portezuela y llamó á Oliverio por su nombre.
--Oe! Señor Oliverio! Señor Oliverio! Cómo se encuentra la Señorita
Rosa?
--Sois vos Señor Giles? --esclamó Oliverio corriendo hácia al carruaje.
Giles se preparaba para responder, porque la borla del gorro de algodon,
se ostentó perpendicular fuera de la portezuela; pero se lo impidió un
jóven, que le hizo sentar otra vez bruscamente, dirijiendo él la
palabra á Oliverio.
--Sin rodeos! --le dijo --Mejor ó peor?
--Mejor; mucho mejor! --respondió vivamente Oliverio.
--Bendito sea el Señor! --Estais bien seguro de ello?
--Si señor --El cambio se ha verificado hace algunas horas. Mr. Losberne
afirma que -ella- está ya fuera de peligro.
Sin decir mas el jóven abrió la portezuela, se lanzó fuera del
carruaje y cojiendo bruscamente á Oliverio por el brazo, lo tomó á
parte.
--Vos estais seguro de lo que decís, no es verdad amigo mio? --preguntó
con voz temblorosa --Creo que no quereis engañarme dándome una
esperanza que no pueda realizarse, ¿no es cierto?
--Oh! no seguramente, señor! --contestó Oliverio --No lo haria por todo
lo del mundo; podeis creerme! Hé aquí las propias palabras de Mr.
Losberne: -Ella vivirá aun largos años para la felicidad de todos
nosotros-! Estaba yo presente cuando ha dicho esto á la Señora Maylie.
Al recuerdo de una escena tan sensible se escaparon de los ojos del niño
lágrimas de ternura y el mismo jóven, volviéndose de lado para ocultar
su emocion guardó silencio largo rato.
Entre tanto Giles sentado en el estribo del carruaje con los codos
apoyados sobre sus rodillas enjugaba sus lágrimas con un pañuelo de
algodon azul salpicado de puntos blancos. A juzgar por los ojos
encarnados de este fiel criado, su emocion no era de ningun modo finjida.
--Giles, subid otra vez á la silla de posta é id en derechura á casa
mi madre. --dijo el jóven. --Yo prefiero andar un poco á pié para
prepararme á verla. Le direis que vengo despacio.
--Señor Enrique os agradeceria mucho --dijo Giles, dando la última
recomposicion á su rostro con el pañuelo --Os agradeceria en el alma
que os dignaseis encargar este mensaje al postillon . . . Creo que no es
-conveniente- que comparezca de este modo ante las criadas. Si me viesen
en tal estado perderia toda mi -autoridad- sobre ellas.
--Pues bien! --repuso Enrique Maylie sonriendo --Obrad á vuestro gusto.
Que se adelante el postillon con las maletas . . . y vos seguidnos si
quereis. Solamente os encargo que cambieis de tocado si os place, sino
preferís que nos tomen por locos.
Giles acordándose que llevaba en la cabeza su gorro de algodon, lo
embuchó aceleradamente en su faltriquera y tomando su sombrero que
estaba dentro el carruaje, se lo puso sin dilacion. El postillon
emprendió la marcha y Mr. Maylie, Oliverio y Giles siguieron al paso.
Mientras andaban, Oliverio echaba de tanto en tanto una ojeada al recien
venido. Podia tener de veinte y cuatro á veinte y cinco años; era de
estatura mediana, su noble figura descubria un aire de franqueza y de
bondad, sus maneras eran distinguidas y modestas á la vez. A pesar de la
diferencia que existe entre la juventud y la vejez, se parecia tanto á
la Señora Maylie que Oliverio pudo adivinar sin dificultad que era el
hijo de esa señora aun cuando él no hubiese hablado de ella en tal
cualidad.
La Señora Maylie estaba impaciente por ver á su hijo en el momento en
que éste abrió la puerta del salon y la entrevista fué de las mas
tiernas.
--Buena madre! --dijo el jóven --Por qué no haberme escrito mas pronto?
--Habia escrito. --contestó la Señora Maylie --pero despues de
reflecsionarlo creí que era mas prudente no enviar la carta hasta
despues de haber visto á Mr. Losberne.
--Pero por qué? --Por qué esperar el último momento? Si Rosa hubiese
. . . (no me atrevo á pronunciar la palabra.) Si esta enfermedad hubiese
tenido un fin diverso, no os hubierais reprochado toda la vida vuestro
silencio? Y yo hubiera podido ser jamás feliz en el porvenir?
--Si así hubiese sucedido vuestras esperanzas hubieran quedado
completamente destruidas y no se que vuestra llegada aquí un dia mas
pronto ó mas tarde hubiese sido de grande importancia.
--Quién puede dudarlo madre mia? --Vos sabeis cuanto la amo . . . Vos
debeis saberlo.
--Así es. --Se muy bien que ella merece el amor mas puro y mas
constante; un amor duradero cimentado por la mas sólida amistad. Si no
estuviera convencida de que un cambio de conducta por parte de aquel que
ella amára destrozaria su corazon, no encontraria mi tarea, tan difícil
de cumplir y no esperimentaria este combate interior cuando me esfuerzo
en obrar lo mas concienzudamente posible en esta circunstancia.
--Esto no está bien madre mia! Me suponeis pues tan niño que no conozca
mi propio corazon ó que pueda equivocarme sobre la naturaleza de mis
sentimientos?
--Pienso querido Enrique. --dijo la buena señora poniendo la mano sobre
la espalda de su hijo --pienso que la juventud está sujeta á impulsos
generosos del corazon que no son duraderos y que existen ciertos
sentimientos que por ser divisibles resultan á veces mas pasajeros. Se
además --prosiguió mirando fijamente al jóven --que una muger que
puede sonrojarse de su nacimiento (bien que sin culpa suya) está
espuesta, como sus hijos á los sarcasmos de los necios; que su marido
por generoso que sea, puede un dia arrepentirse de haberle dado su mano
en un momento de entusiasmo y ella notar su indiferencia y morirse de
dolor.
--El que así se portára seria indigno de llevar el nombre de hombre!
esclamó Enrique. --Este seria un sér brutal.
--Es así como pensais al presente Enrique?
--Y como pensaré siempre! --Todo lo que he sufrido desde hace algunos
dias me arranca la confesion sincera de una pasion que no data de ayer y
que no he concebido ligeramente; vos misma lo sabeis. Mis pensamientos,
mis esperanzas, mi porvenir todo está en -ella-. . . No veo nada mas
allá de Rosa. Si poneis un obstáculo á mis deseos me quitais la paz y
la felicidad. Pensadlo seriamente madre mia y conoced mejor mis
sentimientos.
--Enrique --Justamente porque los conozco, es porque quisiera que no
fueran destrozados. Pero hemos dicho ya bastante sobre este asunto.
Qué Rosa decida por sí misma! No es cierto que no intentais oponeros á
mis votos?
--No sin duda. --Pero reflecsionadlo bien vos mismo.
--Lo he reflecsionado hace años --Mis anhelos serán siempre los mismos!
--replicó Enrique impaciente --Y por qué tardase en declararme? Qué
ventaja sacaré de ello? No veo ninguna. No; antes que deje esta casa es
preciso que Rosa me escuche!
--Ella os escuchará. --dijo la señora Maylie preparándose para
marcharse del salon.
--Dónde vais madre mia?
--Voy á reunime con Rosa. Hasta la vista!
--Os volveré á ver esta noche? --preguntó vivamente Enrique.
--Sin duda! --contestó la buena señora.
--Decidla tambien cuán inquieto he estado! Cuanto he sufrido al saber
que estaba enferma y cuanto me tarda el verla . . . No es verdad madre
mia que haréis esto por amor á mí?
--Sí; --La diré todo esto. --Despues de estas palabras apretó
tiernamente la mano de su hijo y desapareció.
Durante este diálogo entre la madre y el hijo, Mr. Losberne y Oliverio
se habian mantenido apartados al estremo del salon. El primero se
adelantó entonces hácia Enrique, tendiéndole la mano y despues de
algunos saludos por una y otra parte el doctor en contestacion á las
preguntas multiplicadas del jóven, le hizo un detalle ecsacto de los
progresos de la enfermedad de Rosa y del cambio feliz que se habia
operado por la tarde; el que estuvo perfectamente acorde con lo que
Oliverio habia dicho en el camino.
--No os ha acontecido algo de estraordinario desde aquel hecho de marras
carísimo Giles? --preguntó el doctor volviéndose á éste que mientras
se ocupaba en desocupar las maletas prestaba un oido atento á lo que se
decia de su jóven ama.
--No señor. --respondió Giles ruborizándose hasta el blanco de los
ojos.
--Y no habeis puesto la mano sobre ningun -ladron-? --añadió el doctor
con malicia.
--Sobre ninguno señor. --repuso Giles con suma gravedad.
--Lo siento á fé mia! --continuó el doctor. --Os lucís tanto en esta
especie de cosas! Y Brilles que tal anda?
--El jóven, se porta bien á Dios gracias! --replicó Giles volviéndo
á recobrar su aire de importancia --Me ha encargado para vos muchas
espresiones.
--Muy bien! --dijo Mr. Losberne --A propósito Giles! Vuestra presencia
me recuerda que la víspera de mi llegada aquí desempeñé con vuestra
ama una pequeña comision á favor vuestro. Queréis tomaros la molestia
de acercaros para que os diga una palabra aparte?
Giles se adelantó hácia el alfeizar de la ventana, con ademan de
importancia y de asombro á la vez, y luego que hubo tenido con el doctor
una pequeña conferencia en voz baja, que terminó por un gran número de
cortesias, se retiró con una satisfaccion poco comun. El motivo de esta
conferencia no fué conocido en el salon pero se supo á la cocina porque
Mr. Giles se dirijió á ella en derechura y habiéndose hecho llevar un
jarro de cerveza y vasos, anunció con aire de complaciente dignidad que
produjo grande efecto, que en consideracion á su conducta brillante
cuando la tentativa del robo habia placido á su ama depositar en la caja
de ahorros la suma de veinte y cinco libras esterlinas en su nombre y por
su propia cuenta.
El resto de la velada se pasó alegramente en el salon; porque Mr.
Losberne tenia buen humor; y bien que Enrique Maylie estuviese pensativo
y al mismo tiempo muy fatigado, no pudo sostenerse contra las salidas y
la gracia del doctor, al relatar algunas anécdotas referentes á su
profesion llenas de mucha sal y mucha chispa; de modo que Oliverio que
jamás habia oido nada semejante no pudo menos de reir á carcajadas, con
gran satisfaccion del doctor que se reia á su vez á garganta desplegada
de las farzas que divulgaba y cuya alegria loca arrastrando pronto á
Enrique Maylie no pudo menos de seguir su ejemplo.
A la mañana siguiente Oliverio se levantó mas ufano y mas dispuesto y
se entregó á sus ocupaciones ordinarias con mas placer del que le habia
hecho en los dias anteriores.
Una cosa digna de observacion y que no escapó á Oliverio fué que no
era solo en sus escursiones matutinales. Desde la vez primera que Enrique
Maylie le víó regresar á casa cargado de ramilletes, de repente cobró
tal pasion por las flores y las reunia con tanto gusto que muy pronto
sobrepujó en este arte á su jóven compañero. Pero si Oliverio estaba
mas atrasado en cuanto á esto, sabia mejor donde encontrar las mas
hermosas y cada mañana nuestros dos amigos recorrian la llanura y nunca
volvian á casa con las manos vacías. Cuando alguna vez Rosa para
respirar un aire mas puro dejaba su ventana entreabierta se hubiera
podido observar al interior en un jarro lleno de agua, un bonito
ramillete cuyas flores estaban artísticamente mezcladas. Un ramillete
nuevo reemplazaba cada dia al de la víspera, que se guardaba
preciosamente aun que estuviera marchito, y Oliverio notó que cada vez
que Mr. Losberne se paseaba en el jardin nunca dejaba de levantar su
vista hácia la ventana sobre la que estaba el pequeño jarro y que
entonces balanceaba la cabeza del modo mas espresivo. Entre tanto Rosa se
restablecia y recobraba de dia en dia sus fuerzas.
A pesar de que la jóven convaleciente no se hallase aun en estado de
dejar el aposento y que los paseos acostumbrados de la tarde no tuviesen
lugar mas que raras veces, Oliverio no encontraba por eso el tiempo
largo. Redobló de asiduidad al lado del buen anciano que le daba
lecciones y trabajaba con tal ardor, que él mismo quedó sorprendido de
los progresos rápidos que hizo. Mientras seguia el curso de sus estudios
fué cuando se alarmó muchísimo por un accidente imprevisto.
La salita que le servia de gabinete de estudio estaba situada en el piso
bajo tras de la casa. Recibia la luz por una ventana enrejada al rededor
de la cual se entrelazaban la madreselva y el jazmin, que derramaban en
el interior un perfume delicioso. Esta ventana caia en un jardin cerrado
por una cerca tras la cual se veian verdes florestas y prados esmaltados
de flores. Como no habia habitacion cercana en esta direccion su
perspectiva era dilatadísima.
Una tarde cuando las primeras sombras de la noche empezaban á cubrir la
tierra, Oliverio estaba sentado frente á una mesa cerca la ventana de su
gabinete con los ojos fijos sobre sus libros. Como el dia habia sido
escesivamente caloroso y él habia trabajado mucho, se amodorró por
grados y se durmió insensiblemente.
Oliverio sabia muy bien que estaba en su salita de estudio, con sus
libros colocados ante él sobre una mesa y que un zéfiro blando ajitaba
las hojas al exterior; con todo dormia. De repente la escena cambió, el
aire se hizo mas espeso y se creyó de nuevo en la casa del judío, donde
el horrible viejo desde el rincon de la chimenea su sitio acostumbrado le
señalaba con el dedo, hablando al oido de otro individuo sentado á su
lado que daba la espalda al niño.
--Chito! dijo Fagin --El es! vámonos!
--El! --respondió el otro --pensais que no le reconozca? Si se
encontrára en medio de una multitud de demonios, revestidos de su misma
forma y fisonomía, algo habria que me lo haria reconocer entre ellos. Si
estuviera á cincuenta piés bajo la tierra y la casualidad me condujera
sobre su tumba sabria bien que está enterrado allí aunque nada hubiera
que me lo indicase. Qué un rayo le confunda!
Habia tanto ódio en las palabras de ese hombre que Oliverio se despertó
sobresaltado y se estremeció de espanto.
--Gran Dios! --allí, allí . . . ante su ventana, muy cerca de él . . .
tan cerca que hubieran podido tocarle, antes de tener tiempo para huir . . .
vió al judío que le miraba! Su vista penetrante encontró la suya . . .
y al lado del horrible viejo . . . ante esta misma ventana pálido de
rabia ó de terror ó tal vez de ambas cosas estaba ese mismo hombre que
le habia hablado tan bruscamente á la puerta de la posada.
En menos de nada desaparecieron con la celeridad del relámpago pero le
habian reconocido como él á ellos y sus miradas habian quedado grabadas
en su memoria tan profundamente como sobre la piedra. Por de pronto
quedó hecho un mármol; pero luego abriendo la reja y saltando por la
ventana al jardin dió la alarma dando -grandes gritos-.
CAPÍTULO XXXIV.
RESULTADO POCO SATISFACTORIO DE LA AVENTURA DE OLIVERIO ENTREVISTA DE
ALGUNA IMPORTANCIA ENTRE ENRIQUE MAYLIE Y LA SEÑORITA ROSA.
CUANDO los comensales de la casa atraidos por los gritos de Oliverio
llegaron apresuradamente al jardin, encontraron, á ese pobre niño
pálido y azorado señalando con el dedo el prado, al detrás de la cerca
y pudiendo apenas articular estas palabras.
--El judío! el judío!
Giles no podia comprender lo que esto significaba, pero Enrique Maylie á
quien su madre habia contado la historia de Oliverio estuvo pronto al
caso.
--¿Qué camino ha tomado? --preguntó armándose de un buen garrote que
estaba en un rincon.
--Por allí! --contestó Oliverio señalando con el dedo la direccion que
habian tomado los dos hombres. Los he perdido de vista en un momento.
--Entonces están en el barranco. Seguidme tan de cerca como podais.
Dicho esto, saltó la cerca y corrió con tal prisa que los demás
tuvieron trabajo en seguir sus pasos.
Giles andó cuanto pudo. Oliverio hizo lo mismo; y Mr. Losberne, que
habia ido á dar un paseo por los campos, habiendo regresado en esta
circunstancia, saltó la cerca como los otros tres y enderezándose con
mas ligereza de la que podia creerse en él, les siguió muy de cerca
llamándoles todo el camino para saber la causa de su escursion.
Así corrieron, sin tomar aliento hasta el angulo de un campo indicado
por Oliverio. Entonces Enrique Maylie que habia llegado el primero, se
puso á inspeccionar el barranco y la cerca. En este tiempo se le
reunieron los demás y Oliverio pudo esplicar á Mr. Losberne el motivo
de esta persecucion.
Sus pesquisas fueron inútiles; no descubrieron mas que las huellas de
los pasos de los dos fugitivos. En este momento se hallaban en la cima de
una colina que dominaba la llanura, en un rádio de tres ó cuatro
millas. La aldea estaba en el fondo á la derecha; pero suponiendo que
los dos hombres hubiesen tratado de refugiarse en ella, tenian necesidad
de hacer en rasa campiña un circuito que no les era posible recorrer en
tan poco tiempo. Es verdad que un bosquecillo rodeaba la pradera en otra
direccion pero no habian podido llegar á él por la misma razon.
--Oliverio de seguro habeis soñado! dijo Enrique Maylie tomando á parte
á Oliverio.
--Oh! no seguramente Caballero! --replicó Oliverio á quien el recuerdo
del asqueroso viejo hizo estremecer involuntariamente --Los he visto
demasiado bien . . . Los he visto á ambos como os veo á vos ahora.
--¿Quién era el otro? --preguntaron á un tiempo el jóven y Mr.
Losberne.
--Aquel de quien os he dicho me trató tan bruscamente á la puerta de la
posada --dijo Oliverio --Nos hemos mirado uno á otro con harta fijeza
paraque pueda engañarme . . . Juraria que es él.
--Estais seguro de que se han escapado por este lado? preguntó Enrique.
--Estoy tan seguro como es la verdad que estaban frente mi ventana
--replicó Oliverio señalando con el dedo la cerca que separaba el
jardin y la pradera. El mas alto ha saltado en ese mismo sitio y el
judío ha pasado por ese agujero que veis á la derecha.
Enrique Maylie y Mr. Losberne se miraron y parecieron satisfechos de las
respuestas de Oliverio. Sin embargo ningun indicio de personas que huyen
precipitadamente, se ofreció á su vista: la yerba alta no . . . estaba
pisoteada en ninguna parte escepto en los sitios que ellos mismos habian
recorrido, los bordes del barranco eran todo barro, pero en ningun punto
ese barro llevaba la marca de zapatos de hombre.
--Cosa estraña! --dijo Enrique.
--Estraña! --repitió el doctor --y tanto que los mismos Blathers y Duff
perderian la brújula.
Apesar del resultado nulo de sus pesquisas, no renunciaron á ellas hasta
que la noche que se le venia encima las hizo del todo infructuosas; y
esto aun con sentimiento. Giles provisto de las señas de los dos
hombres, fué enviado á las tabernas del pueblo en que pudieran estar
con el objeto de beber ó divertirse; pero no trajo ninguna nueva capaz
de aclarar ó disipar este misterio.
A la mañana siguiente, se practicaron nuevas indagaciones sin obtener
mejor resultado. Al otro dia Mr. Maylie y Oliverio se dirijieron al
villorrio vecino con la esperanza de saber algo relativo á los dos
hombres, pero no regresaron mas sabios que cuando partieron. Pronto se
acabó por olvidar este asunto, á ejemplo de tantos otros que mueren por
sí mismos cuando se ha extinguido su sabor de maravilla.
Entre tanto Rosa se restablecia rápidamente. A los pocos dias se halló
en estado de salir y mezclándose de nuevo con la familia volvió la
alegria en todos los corazones.
Pero aun que este cambio feliz produjo un efecto visible sobre el
pequeño círculo de amigos y aun que la felicidad y el contento reinasen
aun otra vez en la casa, existia de cuando en cuando entre algunos de
ellos (y Rosa era el del número) un embarazo desusado, que Oliverio se
vió obligado á notar. La Señora Maylie se encerraba á menudo con su
hijo durante horas enteras y la jóven compareció mas de una vez en el
salon con los ojos húmedos de lágrimas.
Despues que Mr. Losberne hubo fijado el dia de su partida para Chertsey
este embarazo redobló: era pues evidente que pasaba algo que afectaba
vivamente á la jóven señorita y á otra persona además.
Una mañana que Rosa estaba sola en el comedor, Enrique Maylie entró y
le pidió con mucha instancia hablarle un momento.
--Algunos minutos, Rosa! Solo algunos minutos! --dijo Enrique acercando
su silla á la de la jóven. --Lo que tengo que deciros, debe haberse
presentado por sí mismo en vuestra alma. No ignorais mis mas queridas
esperanzas; mis sentimientos os son conocidos aun que no os los haya
revelado yo mismo.
Rosa que se habia puesto pálida desde la entrada de Enrique Maylie, hizo
solo una señal de cabeza y entreteniéndose en desojar algunas flores
que tenia en la mano esperó en silencio que continuára.
--Hace tiempo que debiera haber partido --dijo Enrique.
--Es verdad --contestó Rosa --Perdonadme si os hablo así; pero siento
que no lo hayais efectuado.
--He venido aquí impulsado por el mas terrible de los temores --repuso
el jóven; el de perder al objeto de todas mis afecciones . . . el sér
que me es mas querido á la vida . . . aquella en fin sobre quien fundo
mis deseos y mi esperanza.
En este momento se escaparon de los ojos de la jóven algunas lágrimas
que aumentaron aun mas su belleza.
--Un ángel! --continuó Enrique con pasion --una criatura tan hermosa y
tan pura como los ángeles del cielo, flotaba entre la vida y la muerte.
Oh! quien podia pensar, que cuando iba á abrírsele la mansion de los
bienaventurados de que es tan digna, debiere aun conocer las miserias y
los sinsabores de este mundo! Rosa! Rosa! Os restableceis de dia en dia,
diré casi de hora en hora y yo espío ese cambio de la muerte á la vida
con la ansiedad mas viva . . . Y si el afecto que os profeso me ha hecho
derramar lágrimas de ternura y de contento; no me reprocheis por ello,
porque ellas han dulcificado mis penas y vuelto la calma á mis sentidos.
--No era esta mi intencion --dijo Rosa visiblemente conmovida --Por
interés vuestro hubiera deseado veros proseguir únicamente ocupaciones
mas sérias y mas dignas de vos.
--Y qué ocupacion mas digna de mi que el esforzarme en conquistar un
corazon como el vuestro? --contestó Enrique tomando la mano de la jóven
--Rosa! Yo os amo desde largo tiempo! Si procuro crearme un nombre, es
solo para ofrecéroslo. Aunque ese tiempo no haya llegado todavia,
aceptad este corazon que os pertenece . . . De vuestra respuesta depende
mi porvenir!
--Vuestra conducta ha sido siempre noble y generosa! --dijo Rosa
procurando dominar su emocion.
--Debo acumular todos los esfuerzos para mereceros? Hablad Rosa!
--Al contrario --repuso Rosa --debeis procurar olvidarme, no como la
amiga y la compañera de vuestra infancia, esto me seria demasiado
doloroso; pero si como el objeto de vuestro amor.
Se siguió á esto un instante de silencio durante el cual Rosa llevando
la mano á sus ojos dió libre curso á sus lágrimas.
--Y cuáles son vuestras razones para obrar así? --dijo en fin Enrique
con aire desazonado --¿Puedo saberlas?
--Sin duda --contestó Rosa --teneis derecho de conocerlas! --Todo lo que
podais decirme no me hará cambiar de resolucion . . .
--Ella es pues irrevocable?
--Si Enrique! Me debo á mi misma, pobre jóven, sin padres, sin fortuna
y sin nombre, el no dar que pensar al mundo, que por un motivo de
interés he alentado la primera pasion de un jóven y que he sido un
obstáculo á sus proyectos futuros.
--Ah! vuestra inclinacion concuerda con eso que creeis vuestro deber!
dijo Enrique.
--No; repuso Rosa. --ruborizándose hasta el estremo --No lo creais!
--Entonces participais de mi amor? --replicó Enrique --Ah! decid Rosa,
decid solamente esto y dulcificareis la amargura de esta cruel
contrariedad!
--Si hubiese podido hacerlo sin causar daño al que amo --dijo Rosa --tal
vez hubiera . . .
--Recibido esta declaracion de modo muy diferente? repuso vivamente
Enrique --Hablad Rosa. Merezca al menos de vos esta confesion!
--Es verdad --replicó la jóven desprendiendo su mano de la de Enrique.
--Pero por qué prolongar una entrevista que me es tan dolorosa, aun que
me procure la dicha de saber que un dia he podido ocupar el sitio mejor
de vuestro corazon? A Dios Enrique! Jamás semejante entrevista se
renovará entre nosotros. Que una franca y pura amistad nos una como en
el pasado.
--Una palabra aun! --dijo Enrique --Que yo oiga vuestras razones de
vuestro propio labio. Dadme á conocer el motivo de vuestra denegacion.
--El porvenir que se os ofrece es brillante! --dijo Rosa con firmeza
--todos los honores que acompañan á los grandes talentos, os están
preparados . . . Teneis amigos poderosos que os ayudarán con todo su
poder . . . pero esos amigos son orgullosos y yo no me mezclaré jamás
con personas que podrian despreciar á mi madre . . . mucho menos
quisiera envolver en mi desgracia al hijo de aquella que me ha hecho sus
veces. En una palabra --prosiguió la jóven volviéndo la cabeza --mi
nombre lleva una mancha que el mundo haria recaer sobre inocentes; la
guardaré para mí y la vergüenza será para mi sola.
--Una última palabra Rosa! no mas que una palabra! esclamó Enrique
poniéndose ante ella cuando iba á retirarse --Si yo hubiese sido menos
feliz --(segun el mundo considera la felicidad.) si mi vida hubiese sido
sencilla y obscura . . . Si hubiese sido pobre, enfermo y abandonado de
todo el mundo, hubierais rechazado mis ofrecimientos?
--No me obligueis á responder --dijo Rosa --Esto no es así ni será
nunca. No es conveniente para vos apurarme de este modo.
--Si vuestra respuesta debe ser tal como me atrevo cuasi á esperarla
--repuso Enrique --ella arrojará un rayo de felicidad sobre mi triste
destino. Rosa! En nombre del afecto que os profeso; en nombre de todo lo
que he sufrido y de lo que estoy condenado á sufrir por causa vuestra
responded á esta sola pregunta!
--Si vuestro destino hubiese sido otro --contestó la jóven --si no
hubiese habido una diferencia tan grande entre vuestra suerte y la mia,
si hubiese podido haceros la ecsistencia mas dulce y no ser un obstáculo
á vuestro adelantamiento en el mundo, esta entrevista hubiera sido menos
dolorosa. Tengo motivos para ser feliz . . . muy feliz ahora; pero
entonces Enrique lo hubiera sido mucho mas. No puedo impedirme esta
flaqueza; pero mi resolucion no será por eso menos firme --dijo
tendiendo la mano á Enrique. --Es preciso que os deje!
--No os pido mas que una cosa --dijo Enrique . . . permitidme (que dentro
un año ó quizá mas pronto) os hable por la última vez sobre este
objeto.
--No para apremiarme á que cambie de resolucion --contestó Rosa con una
sonrisa melancólica --esto seria inútil.
--No --replicó Enrique --pero para oíroslo repetir si quereis. Entonces
pondré á vuestros piés mi posicion y mi fortuna y si persistís en
vuestra resolucion os prometo no hacer nada para cambiarla.
--Pues bien sea! repuso Rosa --estos no son mas que nuevos dolores que me
preparo, pero en esa época tal vez esté en estado de soportarlos.
Tendió de nuevo su mano á Enrique y se separaron.
[Illustration: Miss Rosa.]
CAPÍTULO XXXV.
EL QUE AUNQUE CORTO NO POR ESO DEJA DE SER DE CIERTA IMPORTANCIA PARA
ESTA HISTORIA, PUES QUE ES CONTINUACION DEL CAPÍTULO PRECEDENTE Y
CONDUCE NECESARIAMENTE AL QUE SIGUE.
CON qué esta mañana estais resuelto á acompañarme? --dijo el doctor
á Enrique Maylie viéndole entrar en el comedor, donde con Oliverio le
esperaba para almorzar. No estabais en la misma disposicion una hora
seguida.
--Doctor me diréis todo lo contrario uno de estos dias --respondió
Enrique ruborizándose.
--Deseo tener motivo para ello --replicó el doctor --aunque hablándoos
con franqueza no tengo de ello esperanza. Ayer por la mañana, habiais
resuelto súbitamente quedaros aquí y á fuer de buen hijo acompañar á
la Señora Maylie en su escursion á las orillas del mar; --despues del
medio dia anunciais que me dispensaréis el honor de venir conmigo, hasta
el punto en que dejaré el camino de Lóndres; y á la víspera me
instais con mucho misterio para que parta antes que esas señoras estén
levantadas, lo que es causa de que Oliverio se esté ahí enclavado en su
silla, esperándoos en vez de recorrer los campos y ocuparse de botánica
como acostumbro todas las mañanas . . . ¡Esto es muy malo! ¿No es
cierto Oliverio?
--Oh! creedlo caballero, me hubiera desesperado, de no encontrarme en
casa en el momento de vuestra partida --respondió Oliverio.
--Eh ahí lo que se llama un muchacho encantador! replicó Mr. Losberne
--pero hablando formalmente Enrique, acaso habeis recibido alguna carta
de los miembros de la -cámara alta- que ya estais tan impaciente de
partir?
--Los miembros de la -cámara alta- no me han escrito ni una sola vez
desde que estoy aquí y ni aun es probable que en esta estacion del año
suceda nada que necesite mi presencia entro ellos.
--Entonces --replicó el doctor, --sois muy admirable! pero ellos sin
duda alguna os tendrán en el parlamento.
Enrique Maylie estuvo en este instante á punto de hacer algunas
manifestaciones que no hubieran asombrado poco al doctor; pero se
contentó con decir: --Verémos mas tarde --y aquí concluyó la
conversacion. Poco despues la silla de posta llegó frente la casa, Giles
entró para tomar el equipaje y Mr. Losberne le siguió hasta la puerta
de la calle para verlo cargar.
--Oliverio! dijo Enrique en voz baja. --Tengo algo que deciros.
Oliverio siguió á Mr. Maylie hácia el alfeizar de una ventana, muy
sorprendido del contraste chocante que ofrecia la conducta del jóven,
triste y alegre á la vez.
--Ahora, empezais ya á escribir algo correctamente no es cierto?
--Si . . . bastante bien caballero --respondió éste.
--Pueda que tarde algun tiempo en volver á esta casa; descaria que me
escribieseis . . . algo amenudo . . . por ejemplo una vez cada quince
dias: cada lunes mejor.
--Con mucho gusto caballero! --esclamó Oliverio encantado de esta
muestra de confianza por parte del hijo de su bienhechora.
--Tendria un placer de saber por vos como . . . lo pasan mi madre . . . y
. . . la Señorita Maylie, respecto á salud --prosiguió el jóven
--Escribidme largo y habladme de los paseos que dais por la tarde; del
objeto de vuestras conversaciones; y decidme sobre todo si -ella-.
--Quiero decir si esas dos señoras se muestran felices --Comprendeis
bien, no es cierto?
--Oh! si caballero! --replicó Oliverio.
--No es necesario que las hableis de ello --añadió Enrique afectando un
tono de indiferencia. Esto obligaria sin duda á mi madre á escribirme
mas amenudo; y yo quisiera, todo lo posible evitarla esta molestia.
Oliverio prometió escribir largas cartas y guardar fielmente el secreto
y Mr. Maylie se despidió de él despues de haberle dado seguridades de
su afecto y de su proteccion.
El doctor estaba ya en la silla de posta. Enrique lanzó una mirada
furtiva hácia la ventana de Rosa y se avalanzó dentro del carruaje.
--En marcha! gritó --A escape postillon!
--Eh! no tan aprisa . . . no tan aprisa --gritó á su vez el doctor
bajando el vidrio delantero.
La silla de posta se alejó pronto y las ruedas girahan con tal
velocidad, que era imposible á la vista el seguirlas.
Ella se hallaba ya á tres ó cuatro millas de la habitacion de nuestros
amigos, cuando cierta persona permanecia aun en pié, con los ojos fijos
en el punto donde habia desaparecido: porque en esa misma ventana hácia
la cual Enrique habia lanzado una mirada furtiva antes de subir al coche,
trás el blanco cortinaje que la habia ocultado á los ojos del jóven,
estaba Rosa muda é inmóvil.
--Parece que es feliz! --dijo al fin. --Por un momento he temido lo
contrario . . . Me engañaba . . . Estoy contenta! muy contenta!
CAPÍTULO XXXVI.
EN EL QUE, TRANSPORTÁNDOSE AL CAPÍTULO XXXIII DE ESTA OBRA, SE NOTARÁ
UN CONTRASTE POR DESGRACIA DEMASIADO COMUN EN EL MATRIMONIO.
MONSIEUR Bumble estaba sentado en el locutorio de la casa de caridad con
los ojos tristemente fijos en el hogar que por razon de la bella
primavera se hallaba sin fuego.
La tristeza de Mr. Bumble no era la sola cosa capaz de exitar la
compasion. Todo en su persona anunciaba que habia tenido lugar un gran
cambio en su posicion social. ¿Qué se habian hecho el sombrero de tres
picos y el frac galoneado? Es cierto que llevaba como antes unos calzones
cortos y medias de algodon negras, pero ellos no eran ya los -calzones de
paño felpudo-. La casaca tenia largos faldones, como la otra; pero cuán
diferente de ella. El elegante sombrero de tres picos habia sido
reemplazado por un modesto sombrero redondo . . . Mr. Bumble en fin no
era ya Pertiguero.
Mr. Bumble se habia casado con la Señora Corney y habia llegado al grado
de director de la casa de caridad.
--Pensar que mañana hará dos meses que estamos casados!
Se hubiera podido creer, por lo que acababa de decir Mr. Bumble, que este
corto espacio de tiempo habia comprendido toda una existencia de
felicidad; pero un fuerte suspiro probaba demasiado lo contrario.
--Me he vendido por seis cucharas de café, un par de tenacillas para el
azúcar, un jarro de leche, algunos malos muebles y veinte libras
esterlinas --Puedo alabarme de haber sido muy mentecato! Preciso es
confesar que la compra ha sido buena!
--Buena compra! Buena compra! --gritó una voz acre al oido de Mr.
Bumble. --Menos que ello, hubiera sido aun demasiado por lo que vos
valeis.
Mr. Bumble se volvió y se encontró cara á cara con su interesante
mitad que habia cojido imperfectamente el sentido de sus medias palabras.
--Señora Bumble! --dijo éste con aire severo y sentimental.
--Y qué? --contestó la señora.
--Tened la bondad de mirarme un poco si os place! Si sostiene mi mirada
--se dijo Mr. Bumble para sí mismo, --puede desafiarlo todo. Jamás (al
menos que yo sepa) he dejado de producir el mayor efecto sobre los
-pobres- . . . Si ella puede suportarla, mi autoridad está perdida para
siempre.
El caso es que la matrona de ningun modo se desconcertó por la que le
lanzó Mr. Bumble. Muy lejos de ello afectó la mayor indiferencia y
llevó el desprecio hasta reirse en las propias barbas de su marido de
tan buena gana en apariencia y con tanto estrépito como si fuera lo mas
natural.
Asombrado de un hecho que de seguro no esparaba, Mr. Bumble no supo si
debia dar crédito á sus ojos y á sus orejas. Se puso pensativo y solo
la voz de su dulce mitad pudo sacarle de sus reflecsiones.
--Vais á quedaros aquí todo el dia roncando? --preguntó ésta.
--Me quedaré aquí todo el tiempo que me dará la gana, lo entendeis
--señora --contestó Mr. Bumble . . . Y aun que no -ronco- roncaré,
bostezaré, estornudaré, reiré, cantaré, gritaré, segun sea mi
capricho, á tenor de mis -prerrogativas-.
---Vuestras prerrogativas-? --esclamó la Señora Bumble.
--He dicho la palabra señora! observó el ex-pertiguero. --Las
-prerrogativas- del hombre . . . son el mandar.
--Y cuáles son las prerrogativas de la mujer . . . si os place?
--El obedecer señora! --respondió Mr. Bumble con voz de trueno.
--Vuestro difunto primer marido (el desdichado Corney) hubiera debido
enseñároslo y pueda que si lo hubiese hecho fuera aun de este mundo . . .
Pobre hombre! yo me alegraria de ello de todo corazon!
La Señora Bumble vió de una sola ojeada que era llegado el momento
decisivo y que era preciso dar un gran golpe para asegurar la soberanía
en favor del uno ó del otro. Así pues, luego que hubo oido la alusion
hecha á la memoria del difunto, dejándose caer en una silla, gritó que
Mr. Bumble no era mas que un -irracional- y derramó un torrente de
lágrimas.
Pero las lágrimas no eran cosa capaz de hallar cabida en el corazon de
Mr. Bumble el cual estaba construido á prueba de agua.
--Esto descarga los pulmones, lava la cara, ejercita los ojos y dulcifica
el carácter --añadió --con que llorad, llorad querida!
Al propio tiempo Mr. Bumble tomó su sombrero que estaba colgado de un
clavo y ladeándolo un tanto sobre su cabeza (á guisa de maton) y como
corresponde al hombre que ha establecido su superioridad de una manera
conveniente, metió ambas manos en sus faltriqueras y se dirijió,
andando á saltitos hácia la puerta dándose humos de consumado
espadachin.
La ante dicha Señora Corney habia ensayado el espediente del lloriqueo,
por creerlo menos fatigoso que venir á las manos; pero con todo estaba
completamente decidida á emplear este último medio como tuvo ocasion,
de saberlo incontinenti Mr. Bumble. Un ruido sordo sorprendió á su
oreja y al mismo tiempo su sombrero fué volando al otro estremo de la
sala. Esta accion preliminar dejaba la cabeza de su dueño desnuda y la
buena señora con una mano le cojió por el cogote y con la otra le
asestó una lluvia de puñetazos sobre la desdichada cabeza con un vigor
y una destreza poco comunes.
En esto la Señora Bumble dió algunos pasos atrás para arreglar la
alfombra, que habia sido desordenada con los piés durante la lucha y Mr.
Bumble se escapó sin dilacion de la sala.
Mr. Bumble quedó sumamente estupefacto y lindamente apaleado. Tenia una
propension decidida en hacerse el fanfarron y esta propension le infundia
cierto placer en ejercer una pequeña tiranía sobre los que le estaban
subordinados: no necesitamos decir que era poltron.
Pero la medida de su degradacion no estaba llena aun y otra afrenta le
estaba reservada. Despues de haber recorrido el establecimiento en todas
direcciones pensando por la vez primera que la ley concerniente á los
pobres --era demasiado severa y que aquellos que abandonaban sus mujeres
y las dejaban, al cuidado de la parroquia eran mas dignos de compasion
que de reproche atendido á lo mucho que debian haber sufrido, Mr. Bumble
se encontró cerca el lavadero donde las mujeres de la casa lavaban
ordinariamente la ropa de la parroquia y la conversacion le pareció en
un diapason mas alto de lo regular.
--Hem! --hizo el digno director recobrando ese aire de orgullo que le era
natural --al menos esas -pordioseras- --continuarán respetando mis
-prerrogativas- --Ola! ¿qué significa este barullo? Os callaréis
viejas brujas!
Esto diciendo Mr. Bumble abrió la puerta y se adelantó con ademan
irritado; pero apenas hubo dado algunos pasos, se calmó viendo á su
esposa que no esperaba encontrar allí.
--Mi querida amiga --dijo --no os hacia en este sitio.
--No eh? --contestó la amable señora --y vos mismo que venís á hacer
en él?
--Mi querida amiga se me figuraba que hablaban demasiado para poder
dedicarse á su trabajo! --repuso Mr. Bumble mirando con aire despavorido
á dos viejas ocupadas en javonear en una cubeta y que se comunicaban su
asombro respecto á la humildad del director de la casa.
--Se os figuró que hablaban demasiado no es cierto? --dijo la matrona
--Y quién os hace meter á vos en camisa de once varas?
--Pero mi querida amiga! --replicó Mr. Bumble humildemente.
--Sí, lo repito; quién os hace meter en camisa de once varas? preguntó
la matrona.
--Es cierto que vos sois aquí la señora. --respondió aquel con el
mismo tono --pero creia que vos no podiais estar presente en este momento.
--Quereis que os hable claro Mr. Bumble --repuso la Señora --pues sabed
que estais aquí de mas y que sois demasiado propenso á meter el hocico
donde no os incumbe. No hay nadie de esta casa que no se ria de vos luego
que habeis vuelto la espalda y vuestras boberías os hacen tan ridículo,
que á cada hora del dia sois el bú de todo el mundo! Ea! salid de aquí!
Al aspecto de las dos viejas pordioseras que, se guiñaban grotescamente
el ojo, Mr. Bumble esperimentó, un cerramiento de corazon y vaciló un
instante, pero su consorte, cuya impaciencia no sufria retardo, cojió un
cacillo, lo sumerjió en el agua de jabon y señalándole la puerta con
el dedo, le mandó salir bajo pena de recibir el líquido sobre su noble
persona.
Qué podia hacer Mr. Bumble? Miró en torno suyo con triante contrito y
desfiló á paso redoblado. Apenas habia pasado el lindar de la puerta,
cuando las carcajadas de las dos viejas redoblaron con mayor brio que
antes. El las vió y le atravesaron hasta el centro del corazon. Esto
solo faltaba. Estaba degradado á sus ojos; habia perdido su aplomo y su
autoridad sobre los -pobres- del establecimiento, habia caido de la
cumbre, de la grandeza y del esplendor del -pertiguerismo- al estado mas
vil de -marido con faldas-.
--Y todo esto en el espacio de dos meses! --dijo Mr. Bumble con el alma
agoviada de tan tristes pensamientos. --Dos meses!
Esto pasaba de la raya: Mr. Bumble descargó un bofeton al muchacho que
le abrió la puerta principal, porque en medio de sus delirios habia
llegado bajo el portal y se lanzó á la calle.
Marchó como un loco, tomando ya á la derecha y á la izquierda hasta
que el aire y el ejercicio le hubieron calmado un tanto: entonces se
sintió sediento: pasó por delante muchas tabernas, sin que llamasen su
atencion y observando una entre otras situada al estremo de un callejon
sin salida, entró en ella.
Un hombre estaba sentado á una mesa; era moreno y de buena talla; una
larga capa cubria sus espaldas y le ocultaba una parte de las facciones.
Parecia forastero en aquellos sitios y al mirar, el estravio de sus ojos
y el polvo de su calzado, era fácil adivinar que venia de lejos. Lanzó
una mirada oblícua á Monsieur Bumble; pero apenas se dignó contestar
al saludo que éste le hizo.
Sin embargo sucedió (lo que sucede á menudo cuando los hombres se
encuentran en tales circunstancias,) que Mr. Bumble, no pudo menos de
lanzar de tanto en tanto una mirada furtiva al desconocido; y cada vez
que este le sucedia, volvia pronto la vista sobre el periódico, confuso
de ver que en el propio instante aquel le miraba de igual modo.
Despues que sus ojos se hubieron encontrado, así varias veces el
desconocido rompió al fin el silencio.
Era á mí á quién buscabais cuando habeis metido la cabeza en la
ventana? --dijo con voz sombría.
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