Los Ladrones de Londres
Charles Dickens
Translator: J. J, y C.
[Transcriber's Notes:
This is an indirect translation of Oliver Twist through a French
translation by Émile de La Bédollière that was first published in 1850
as Les voleurs de Londres.
The table of contents was moved from the end of the book to the beginning
to better suit the ebook format.
Footnotes appearing throughout the text were numbered sequentially and
collected at the end of the ebook under -Notas del traductor- as they are
marked in the book.]
LOS
LADRONES DE LONDRES.
LOS
LADRONES DE LONDRES
POR
CARLOS DICKENS,
TRADUCCION LIBRE
-de J. J. y C.-
BARCELONA.
IMPRENTA DE JOAQUIN BOSCH,
8. SIMPLICIO DEL REGOMIR, 4.
1857.
ÍNDICE
DE LAS MATERIAS DE ESTA OBRA.
Prólogo.
Cap. I. --Del lugar en que Oliverio Twist recibió por primera vez la luz
del dia y de las circunstancias que concurrieron á su nacimiento.
Cap. II. --Del modo con que fué criado Oliverio Twist, de su infancia,
de su educacion.
Cap. III. --Como Oliverio Twist estuvo próximo á coger una plaza que
podia muy bien llamarse una prebenda.
Cap IV. --Habiéndose ofrecido á Oliverio otra colocacion efectua su
entrada en el mundo.
Cap. V. --Oliverio adquiere relaciones con nuevos personajes.
Cap. VI. --Oliverio puesto fuera de quicio por las burlas amargas de Noé
se enfurece y sorprende á este por su audacia.
Cap. VII. --Oliverio es un refractario completo.
Cap. VIII. --Oliverio se dirige á Londres, y encuentra en el camino un
jóven singular.
Cap. IX. --Algunos detalles concernientes al viejo chistoso y sus alumnos
sobresalientes.
Cap. X. --Oliverio se entera mejor del carácter de sus nuevos
compañeros, y adquiere esperiencia á costas suyas. --Importancia de los
detalles contenidos en este capítulo.
Cap. XI. --De la manera que administra la justicia el Magistrado Mr. Fang.
Cap. XII. --Oliverio recibe el buen tratamiento que nunca habia recibido
hasta ahora. --Particularidades referentes á un retrato.
Cap. XIII. --Como por medio del viejo chistoso el lector instruido va á
adquirir relaciones con un nuevo personage. --Particularidades y hechos
interesantes pertenecientes á esta historia.
Cap. XIV. --Detalles referentes á la permanencia de Oliverio en casa Mr.
Brownlow. --Prediccion notable de un cierto Mr. Grimwig con motivo de un
mensaje confiado al niño.
Cap XV. --En el que se demuestra hasta que punto el viejo judío y la
señorita Nancy amaban á Oliverio.
Cap. XVI. --Donde fué á parar Oliverio despues de haber sido reclamado
por Nancy.
Cap. XVII. --La suerte que no se cansa de perseguir á Oliverio lleva á
Londres un personage ilustre que anonada su reputacion.
Cap XVIII. --De que modo Oliverio pasa el tiempo en la sociedad de sus
apreciables amigos.
Cap. XIX. --Se discute un gran proyecto y se determina su ejecucion.
Cap. XX. --Oliverio es entregado á Guillermo Sikes.
Cap. XXI. --Espedicion.
Cap. XXII. --Robo de noche con fractura.
Cap. XXIII. --Siguen las aventuras de Oliverio.
Cap. XXIV. --En el que se dá cuenta de una conversacion agradable entre
Monsieur Bumble y una señora, para probar que un pertiguero (por mas que
se diga) alguna vez es susceptible de algun sentimiento.
Cap. XXV. --Detalles oscuros en apariencia; pero que no dejan de ser de
alguna importancia en esta historia.
Cap. XXVI. --Aun Fagin y compañia.
Cap. XXVII. --Se presenta en la escena un nuevo personaje.
--Particularidades inseparables de esta historia.
Cap. XXVIII. --Enmienda honrosa de una descortesía hecha á una señora,
que hemos dejado de la manera mas impolítica en el capítulo 25.
Cap. XXIX. --Carácter de los comensales do la casa en que se encuentra
Oliverio. --Lo que piensan de él.
Cap. XXX. --Posicion critica.
Cap. XXXI. --De la vida feliz que Oliverio lleva con sus amigos.
Cap. XXXII. --Un acontecimiento imprevisto viene á turbar la dicha de
nuestros tres amigos.
Cap. XXXIII. --Entra en la escena un nuevo personage. --Sucede á
Oliverio otra nueva aventura.
Cap. XXXIV. --Resultado poco satisfactorio de la aventura de Oliverio,
entrevista de alguna importancia entre Enrique Maylie y la señorita Rosa.
Cap. XXXV. --El que aunque corio no por eso deja de ser de cierta
importancia para esta historia, pues que es continuacion del capítulo
precedente y conduce necesariamente al que sigue.
Cap. XXXVI. --En el que transportándose al capítulo 33 de esta obra, se
notará un contraste por desgracia demasiado comun en el matrimonio.
Cap. XXXVII. --De lo que pasó entre Monks y los consortes Bumble, la
noche de su entrevista.
Cap. XXXVIII. --El lector vuelve á encontrarse con conocidos antiguos.
Monks y Fagin se confabulan entre ellos.
Cap. XXXIX. --Singular entrevista á consecuencia de lo acaecido en el
capítulo anterior.
Cap. XL. --Nuevos descubrimientos, en prueba de que las sorpresas lo
mismo que las desgracias, rara vez vienen solas.
Cap. XLI. --Una antigua relacion de Oliverio dando pruebas de un genio
superior, llega á ser un personage público en la metrópoli.
Cap. XLII. --El Camastron se enreda en un mal negocio.
Cap. XLIII. --Llega para Nancy el tiempo de cumplir su promesa á Rosa.
--No la cumple. --Fagin emplea á Noé Claypole en una comision secreta.
Cap. XLIV. --Nancy es exacta á la cita.
Cap. XLV. --Consecuencias fatales.
Cap. XLVI. --Monks y Mr. Brownlow se encuentran al fin, entrevista que
tuvieron juntos, y de que modo fué interrumpida.
Cap XLVII. --Sikes es perseguido. --Como escapa á la policía.
Cap. XLVIII. --Aclaracion de mas de un misterio. --Propuesta de
matrimonio sin dote y sin arras.
Cap. XLIX. --El último dia de un reo de muerte.
Cap. L. --Conclusion.
FIN DEL ÍNDICE.
PLANILLA PARA LA COLOCACION DE LAS LÁMINAS.
Un ataud á medio hacer estaba colocado en el centro de la tienda.
El Camastron explota el bolsillo del Caballero anciano á la vista de
Oliverio estupefacto.
Y cogiendo al chico por el cuello de la casaca le introdujo por los piés
dentro de la habitacion.
En lugar de un bandido de aspecto feroz vieron á un pobre muchacho
rendido de dolor y de fatiga.
Mis Rosa.
Mr. Bumble, Pertiguero de la parroquia.
Sikes apoderándose de un enorme garrote, descargó un golpe sobre el
cráneo de la jóven, y la tendió muerta á sus piés.
Muerte de Sikes.
PRÓLOGO.
Cuatro palabras del traductor.
ENTRE las concepciones mas celebradas del genio literario moderno, merece
sin disputa lugar preferente la novela del fecundo y fantástico autor
cuya version hemos osado hacer en el lenguage patrio. En efecto, con ella
el célebre inglés Cárlos Díckens ha hecho inmarcescible la corona
gloriosa que ciñe su frente. Digno discípulo del gran Schakspeare y
émulo aventajado del inmortal Cervantes, ha logrado reunir en la
presente obra los dos tipos sublimes de estos padres de la literatura
actual.
Nada mas seductor, nada mas terrible á un tiempo que el desarrollo
consecutivo de tan interesante produccion. Dejando á parte el interés
siempre creciente de la accion desde la primera página, los carácteres
de los personages en ella descritos, cautivan la mente del lector hasta
el punto de considerarlos como seres reales á quienes vé todos los dias
en su práctica de la vida social, aun cuando velados con el vapor que
engendran en ella el disimulo y las conveniencias individuales.
En fin, el cuadro brillante de todas las virtudes de todos los vicios; de
la mas simpática belleza y de la mas repulsiva fealdad moral, está
delineado en esta obra maestra de la inspiracion y del arte con pincel
tan delicado , que el ojo del alma descubre á la vez toda la magestad y
toda la miseria de esta criatura predilecta que como angel caído arde en
el fuego calzinador, que se titula malamente civilizacion.
Cierto es que el no menos fecundo novelista francés Eugenio Sue con su
pluma poética logró ya una vez patentizar la carcoma anterior que
devora esos círculos sociales, tan seductores mirados desde sus
estremos, pero que tanto hielan al corazon penetrando en su centro. Sin
embargo nos atrevemos á afirmar que en la presente novela , Cárlos
Dickens ha roto del todo el misterio que encubre tanta agonía. Cada
página de este libro magico es una prueba evidente de que las costumbres
sociales en su mas refinada ilustracion; cuando no las alienta el aura de
la virtud modesta, alma de la verdadera perfeccion humana, hacen al
individuo tan ó mas miserable que la estupida fatalidad de la
ignorancia. Tal es el pensamiento filosófico del autor. Anatómico
profundo, critico severo sin ser mordaz, con la risa y el terror
mezclados, análiza una por una todas las fibras de ese corazon inmenso
del mundo que se denomina Sociedad!
Conocemos asaz las dificultades insuperables del lenguage original
empleado en la mayor parte de esta obra, y tememos no haber logrado
nuestro afan de trasladar al idioma español su elocucion con la pureza y
ecsactitud que requieren las producciones de su clase; pero nos ha
alentado hasta concluir nuestro trabajo, la esperanza en la benevolencia
que nos dispensará el lector considerando el gran bien que de todos
modos resultará, dando á conocer á muchos de nuestros compatricios una
de las joyas mas brillantes de la literatura moderna.
-J. J.- y -C.-
CAPÍTULO PRIMERO.
DEL LUGAR EN QUE OLIVERIO TWIST RECIBIÓ POR PRIMERA VEZ LA LUZ DEL DIA Y
DE LAS CIRCUNSTANCIAS QUE CONCUBRIERON Á SU NACIMIENTO.
ENTRE los establecimientos públicos de cierta ciudad de Inglaterra, que
por muchas razones tendré la prudencia de no designar, ni tampoco
prestaré nombre alguno imaginario; hay uno comun á cuasi todas las
ciudades grandes ó pequeñas que aquella tiene por gloria poseer: una
-Casa de Caridad- . En este asilo filantrópico pues, en cierto dia y en
cierta época que no juzgo necesario precisar, tanto mas no siendo de
utilidad ninguna para el lector al menos por ahora, nació el diminuto
mortal cuyo nombre está en el epígrafe de este capítulo.
Habia ya cerca de cinco minutos que el cirujano de los pobres de la
parroquia le habia introducido en este mundo de miserias y de
sufrimientos, cuando se dudaba aun que pudiera vivir para llevar un
nombre cualquiera. Sin embargo, despues de muchos esfuerzos, respiró,
estornudó y por un grito tan penetrante como podia esperarse
razonablemente de un niño, que no poseia un gage tan útil como es el
don de la voz sino desde cinco minutos y algunos segundos antes, anunció
á los comensales de la Casa de Caridad, el hecho de una nueva carga que
su entrada en el mundo iba á imponer á la parroquia.
En el mismo instante que Oliverio daba esta primera prueba nada equívoca
de la fuerza y de la libertad de sus pulmones, la manta estropeada que
cubría la cama de hierro, hizo un ligero zurrido y dejó ver el rostro
pálido y lívido de una jóven que levantando penosamente la cabeza,
dijo con voz languida estas palabras que á penas pudieron oirse: ―Que
yo vea á mi hijo antes de morir . . ?
El cirujano que estaba ante la chimenea, presentando ambas manos al fuego
y frotándolas alternativamente; se levantó á la voz de la jóven, y
acercándose al lecho dijo con mas dulzura de la que podia esperarse en
él:
―Oh! no es el caso de hablar aun de morir! . .
--Bien seguro que no pobre jovencita! . . Que Dios no lo permita! . .
--añadió la enfermera, metiendo de prisa en su faltriquera una botella,
de la que acababa de apurar parte de su contenido en un rincon, con un
placer evidente.--Que Dios no lo permita! . . Cuando habrá llegado á mi
edad, querido caballero, y habrá tenido como yo trece niños de su
propiedad de los cuales el buen Dios se me ha llevado once y los dos
restantes están conmigo en la casa, entonces en vez de dejarse aniquilar
por la tristeza, obrará de muy diferente modo. ―Y dirijiéndose á la
parida: ―Vamos zalamerilla, pensad en la dicha de ser madre y en que es
necesario vivir para vuestro hijuelo. Pensadlo como una buena muchacha.
Esta prospectiva consoladora de las delicias de una madre, no produjo
todo el efecto que era de esperar: la enferma sacudió la cabezaen señal
de duda y estendió los brazos hacia su hijo. Habiéndoselo presentado el
cirujano, imprimió con pasion sobre la frente del inocente sus labios
frios y descoloridos; luego, pasando sus manos sobre su frente como para
recordar una idea confusa, arrojó á su alrededor una mirada fija y
estraviada, se estremeció de horror, volvió á caer sobre su lecho y
murió . . . Los asistentes le frotaron las manos y las sienes para
procurar volverla á la vida; pero inútilmente: la sangre se habia
helado para siempre!! Hablaron de esperanzas y de socorros: estas cosas
le habian sido estrañas por un tiempo demasiado largo! . . --Todo ha
concluido madre enfermera! --dijo entonces el cirujano.
--Pobre jóven! Sin embargo es la pura verdad! . . --repuso la vieja
recojiendo el tapon de la botella que habia caido sobre la almohada, al
inclinarse para recoger el niño --Pobre juventud! Que hacemos nosotros
ahora?
―No teneis necesidad de enviarme á buscar si el niño chilla: lo
entendeis Señora enfermera? ―dijo el cirujano metiéndose sus guantes
con aire petulante. ―Es probable que será malo; entonces le dareis un
poco de gachas. ―Diciendo esto, tomó su sombrero y parándose al pié
de la cama antes de dirijirse hacia la puerta añadió: --A fé mia, era
una joven muy hermosa! De donde venia? . .
―La llevaron aqui ayer tarde de órden del director, --dijo la vieja.
―Se la ha encontrado tendida al medio de la calle. Hay motivo para
creer que habia hecho un largo camino, porque sus zapatos están del todo
estropeados; pero nadie sabe de donde venia y á donde iba.
El cirujano se inclinó sobre la cama y levantando la mano izquierda de
la difunta: --Siempre la misma historia! . . --dijo balanceando la
cabeza; --á lo que veo, no tiene recomendacion. Vamos, buenas noches! . .
El facultativo se fué á comer y la enfermera recurriendo de nuevo á la
botella, se sento en una silla baja delante del fuego, y emprendió la
tarea de vestir al niño.
Que efecto notable del poder de la vestidura ofrecia en este instante el
pequeño Oliverios Twist! Envuelto en el cobertor que hasta entonces
habia formado su unico vestido, hubiera podido ser el hijo de un noble
señor, asi como el de un pobre mendigo. El hombre mas presumtuoso que no
le hubiera conocido, hubiera tenido mucho embarazo en señalarle un rango
en la sociedad. Pero apenas fué embozado en la vieja tela de indiana,
vuelta de un color indecifrable á fuerza de servir; cuando se halló
como quien dice empaquetado y rotulado, se encontró de pronto en su
esfera: esto es el pobre niño de la parroquia, el huérfano de la casa
de caridad; mas tarde el humilde galopo reducido á faltar de lo mas
estrictamente necesario; destinado á los golpes y á los malos
tratamientos; despreciado de todo el mundo, y por nadie compadecido.
Oliverio chilló bastante alto. Si hubiera sabido que era huérfano,
abandonado á la merced de mayordomos, é inspectores, tal vez hubiera
gritado mas fuerte.
CAPÍTULO II.
DEL MODO CON QUE FUÉ CRIADO OLIVERIO TWIST, DE SU INFANCIA, DE SU
EDUCACION.
DURANTE los ocho ó diez primeros meses, Oliverio fué víctima de un
curso sistemático de engaños y de decepciones: fué criado con la
papilla. Las -autoridades- de la casa de la caridad, espusieron fielmente
á las -autoridades- de la parroquia el estado raquitico del huerfanito,
causado por la privacion de un alimento natural. Las -autoridades de la
parroquia-, pidieron informe con dignidad, á las -autoridades de la casa
de la caridad- sobre si en la dicha casa habria alguna muger que se
hallase, en estado de prodigar al parvulillo el consuelo y el alimento de
que tenia necesidad; y atendida la respuesta negativa hecha humildemente
por las -autoridades de la casa de la caridad-, las -autoridades de la
parroquia- siguiendo el impulso de su corazon en favor de la humanidad
doliente, resolvieron de comun acuerdo, que Oliverios seria -arrendado-;
ó hablando mas claro, que seria enviado á dos ó tres millas lejos, en
una sucursal de la casa donde veinte ó treinta jóvenes, -infractores-
de la ley sobre la mendicidad, se revolcaban todo el dia sin riesgo de
ser incomodados por el exceso de alimento ó por la estrechez de
vestidos. La direccion de esta sucursal estaba confiada á los desvelos
del todo maternales de una vieja que recibia á los -jóvenes culpables-
á razon de O 75 c. por semana, cada uno.
Quince sueldos por semana, por el alimento de un niño forman todavia una
suma demasiado redonda. Se pueden procurar muchas dulzuras con 15
sueldos, las suficientes al menos para sobre cargar el estomago hasta
caer enfermo. La vieja en cuestion sabia muy bien lo que convenia á los
niños, y aun mas lo que le convenia á ella misma; de consiguiente, se
apropiaba para su uso propio la parte mayor de sus reditos semanales y
sometia á la generacion creciente de los pobres de la parroquia á una
pitanza, todavia mas flaca que la que se les daba por buena
parroquialmente; encontrando por este medio en el abismo del cálculo mas
profundo, un abismo mas profundo todavia, y dando prueba de vastos
conocimientos en la filosofia experimental cuya práctica llevaba tan
lejos.
Todo el mundo sabe la historia de ese filósofo experimental que habiendo
encontrado el medio de hacer vivir un caballo sin darle de comer, hizo el
ensayo con el suyo llevándole hasta no comer mas que una hebra de paja
por dia, y del que sin duda hubiera hecho el animal mas ligero y
vivaracho no dándole absolutamente nada, si la pobre bestia no hubiese
tenido la humorada de morirse cabalmente veinte y cuatro horas antes de
recibir su primer pienso de aire puro.
Por desgracia de la filosofia experimental de la vieja de los tiernos
cuidados á quien fué confiado Oliverio Twist, un resultado semejante
acompañaba ordinariamente á su sistema de operacion; porque desde el
momento en que un niño habia llegado al punto de poder existir con la
mas minima racion del mas flaco alimento posible, sucedia por una de
estas fatalidades perversas de la suerte y esto, ocho veces sobre diez
que caía enfermo de necesidad y de frío, ó bien se tumbaba en el fuego
por falta de vigilancia, ó bien se ahogaba por accidente; en el uno ó
en el otro de cuyos casos el pobre pequeñuelo iba cuasi siempre á
reunirse en el otro mundo con los padres que no habia conocido jamás en
este.
No debe esperarse un exceso de gordura en los muchachos criados según el
sistema que acabo de describir. Oliver tenía ya nueve años, y apesar de
su edad era encanijado raquítico y diminuto; pero había recibido de la
naturaleza ó de sus padres un alma fuerte y un juicio sano que se
habían desarrollado en él gracias a la dieta a la que estaba sometido;
debiendo tal vez á esta circunstancia el haber alcanzado por novena vez
el aniversario de su nacimiento. Sea lo que fuera, aquel día era el
aniversario de su nacimiento y lo celebraba tristemente en la bodega en
compañía de dos de sus pequeños camaradas, quienes después de haber
compartido con él una lluvia de golpes, habian sido encerrados en ella
por haber osado pretender que tenían hambre; cuando la señora Mann, la
amable dueña de la habitación, divisó de repente al Señor Bumble, el
pertiguero, que acumulaba todos sus esfuerzos para abrir la pequeña
puerta del jardín.
―Dios me perdone! Creo que es el Señor Bumble! ―dijo con afectada
alegria y sacando la cabeza á la ventana; --Susana, --prosiguió
dirijiéndose á la criada ―corre á abrir á Oliverio y á los otros
dos tunantuelos y limpialos pronto. Cielos! Señor Bumble! cúan contenta
estoy de veros!
Es preciso saber que el señor Bumble era uno de esos hombres corpulentos
e irracibles, que en vez de responder como debia á este recibimiento
afectuoso, sacudió con violencia el cerrojo, y dió a la puerta un golpe
que no podia provenir sino del pié de un pertiguero.
--Caramba! ―dijo la Señora Mann corriendo á habrir la puerta (porque
durante este intervalo los tres chicos habían sido puestos en libertad)
―Hase visto nunca cosa igual! Haberme olvidado de que la puerta estaba
cerrada, por causa de estos chicuelos! Ya lo veis! Tened la bondad de
entrar Señor Bumble, os lo ruego!
Apesar de ser hecha esta invitacion con una cortesia capaz de ablandar el
corazon de un -obrero- de parroquia no hizo ningun efecto al pertiguero.
--Creeis Señora Mann --dijo Mr. Bumble, oprimiendo fuertemente su
baston. ―Creeis vos que sea muy respetuoso ó conveniente hacer esperar
á la puerta de vuestro jardin á los -ministros parroquiales- cuando
vienen para -asuntos parroquiales-? Ignorais Señora Mann, que sois si
asi puedo esplicarme una delegada parroquial, asalariada por la
parroquia? . .
--Cier . . .ta . . .mente, Señor Bumble! ―respondió la Señora Mann,
con acento melifluo, -cabalmente habia ido á anunciar á dos ó tres de
esos chicuelos que tanto os aman, vuestra llegada, Señor Bumble.
Mr. Bumble, tenia en mucho su importancia y sus facultades oratorias.
--Esta bien; esta bien Señora Mann! ―replicó con tono mas dulce. --Es
posible y no digo lo contrario; pero entremos en vuestra casa, tengo algo
que comunicaros.
La Señora Mann introdujo al pertiguero en una salita baja embaldosada y
le tomó su baston que depositó con mucho cuidado sobre una mesa
colocada frente de él.
―No vayais á incomodaros por lo que os diga Señor Bumble, --aventuró
la Señora Mann con una gracia encantadora, ―Habeis hecho una buena
caminata, y es natural que tengais calor Señor Bumble, no siendo así me
guardaría muy bien . . . Quereis tomar un vasito de cualquier cosa
Señor Bumble? . .
--Muchas gracias! Ni pizca. --dijo agitando su mano con aire de benevola
dignidad.
--No me rehusareis --dijo la Señora Mann que adivinaba un consentimiento
fácil tanto en el tono de la negativa como en el movimiento que la
acompañaba ―nada mas que una gotita con un poco de agua fria, y un
pedazo de azu . . .
Mr. Bumble tosió.
--Una lagrimita!-- añadió ella con acento agraciado.
―¿Que vais á darme? . . ―preguntó el pertiguero.
―Lo que me veo obligada á tener en casa algunas veces para meterlo en
el caldo de los pequeñuelos cuando están enfermos. ―dijo la Señora
Mann abriendo una pequeña alacena colocada en un rincon y sacando de
ella una botella y un vaso. --Es ginebra Señor Bumble.
--Acaso dais caldo á los niños Señora Mann? --preguntó este siguiendo
con los ojos, la accion atractiva de la mezcla.
-- Vaya si les doy; apesar del precio que me cuesta!
A fé mia carezco de valor para verlos sufrir ante mis ojos. Señor
Bumble!
--Sin duda, hizo el otro con un signo de aprobacion. ―Estoy convencido
de ello.
Señor Mann ya lo sé; sois una muger compasiva . . . (ella coloca el
vaso sobre la mesa.) Señora Mann, deslizaré alguna palabra á esos
señores de la administracion, (acerca el vaso.) Señora Mann teneis
entrañas de madre, (mezcla el agua y el ginebra.) Señora Mann tengo el
honor de beber á vuestra salud. (Bebe la mitad.) Ah! . . volviendo al
objeto de mi visita; --dijo sacando de su bolsillo una cartera de badana.
--El niño que fué bautizado con el nombre de Oliverio Twist tiene hoy
nueve años.
―Dios lo tome bajo su santo amparo! --esclamó la Señora Mann
frotándose el ojo izquierdo con la punta de su delantal.
--Sin embargo, ―prosiguió el pertiguero --á pesar de la recompensa de
diez libras esterlinas elevada luego hasta veinte; á pesar de las
indagaciones -excesivas- y hasta -sobrenaturales- si me es licito hablar
así, por parte de los administradores de esta parroquia, jamas hemos
podido descubrir quien es su padre ni aun el nombre y la patria de su
madre.
La Señora Mann plegó sus manos en señal de asombro, y despues de un
instante de reflecsion, preguntó --¿Entonces como es que tiene un
apellido?
El pertiguero incorporándose con dignidad respondió --Porque yo le he
inventado.
--Vos Señor Bumble? . .
--Yo mismo Señora Mann. Tengo la costumbre de nombrar á nuestros
espésitos por orden alfabetico. El anterior estaba en la S, y le llamé
Swubble; este estaba en la letra T, y le dí el apellido de Twist; el que
llegó despues se dijo Unwin; el que le siguió Vilkins, y asi
sucesivamente. Tengo apellidos, acomodados hasta el turno de la Z, y
luego el buen cuidado, de volver á empezar cuando se ha agotado el
alfabeto.
--No es adular Señor Bumble, pero es preciso reconocer en vos una
instruccion caudalosa.
--Es muy posible Señora Mann; --dijo el pertiguero plenamente satisfecho
del cumplimiento --es muy posible; --y vació su vaso. --Ahora bien;
siendo ya Oliverio demasiado grande para permanecer aquí, la
Adminstracion ha decidido que vuelva á la casa, y yo mismo he venido á
buscarlo; con que hacedle venir para que yo le vea.
--Voy á llevaroslo al instante. --dijo la Señora Mann saliendo de la
sala.
Oliverio á quien se había desembarazado de una gruesa capa de grasa que
formaba una costra en su rostro y en sus manos, (al menos, toda la que
era posible quitar en una sola vez,) entró en la sala conducido por su
benevola protectora.
--Saludad Señor Oliverio --dijo la Señora Mann.
El niño hizo un saludo, dividido entre el pertiguero sentado en la
silla, y su sombrero de tres picos colocado sobre la mesa.
--¿Quieres venirte conmigo Oliverio? --dijo con magestad Mr. Bumble.
Este iba á responder que seguiria con sumo contento al primer venido,
cuando alzando los ojos que por respeto había tenido hasta entonces
inclinados al suelo, su mirada se encontró con la de la Señora Mann,
que colocada tras la silla del pertiguero, le mostraba el puño con
ademan furioso. Al momento comprendió perfectamente la insinuacion; ese
puño habia oprimido demasiado amenudo su espalda para no tenerlo
profundamente grabado en su memoria.
―Y ella vendrá conmigo? --preguntó el pobre Oliverio.
--No; no pueda ser. --respondió Mr. Bumble --pero vendrá á verte
alguna vez.
Esto no era muy satisfactorio para Oliverio; pero apesar de su niñez
tuvo bastante buen discernimiento para fingir un vivo pesar de marcharse.
Tampoco le fué muy difícil llamar las lágrimas á sus ojos; el hambre
y los golpes aun recientes son causas poderosas para excitar el llanto, y
así lloró muy naturalmente. La Señora Mann le dió mil besos, y con
ellos la cosa de que tenía mas necesidad; una rebanada de pan con
manteca, temerosa de que no se mostrára demasiado famélico al llegar á
la casa.
Con su pedazo de pan en una mano, y enganchándose con la otra á la
manga de Mr. Bumble, Oliverio seguia como podia preguntando continuamente
-si iban á llegar pronto-. Mr. Bumble respondia con tono breve y
regañon; porque la dulzura momentánea que inspira el -grog- en ciertos
espíritus, se había evaporado en el corazon de Mr. Bumble, y habia
vuelto á ser pertiguero. Apenas trascurrido un cuarto de hora despues de
su llegada á la casa, Mr. Bumble vino á anunciarle que el -consejo-
estaba reunido, y que le esperaba en el -estrado-. Le mandó que lo
siguiera, acompañando esta recomendacion con dos bastonazos. Oliverio
llegó á una sala donde diez señores gruesos y gordos estaban sentados
alrededor de una mesa.
―Saluda al -estrado-. ―Oliverio saludó.
―Como te llamas hijo?
Oliverio que no había visto nunca á tantos personages, y que ademas
habia recibido de Bumble una fuerte bastonada por via de animacion, se
puso á llorar. Todos aquellos señores le declararon idiota. Luego se le
notificó que era huérfano, acogido por la parroquia; que estaba
destinado á tomar un oficio, reducido á deshilar cuerdas viejas para
hacer estopa. El pertiguero le condujo á una cuadra donde se durmió
sobre un lecho muy duro, pues que las leyes suaves de ese buen país
permiten á los pobres el dormir, poco es cierto; pero al cabo alguna vez.
En este mismo dia, mientras que Oliverio dormitaba en el seno de la
inocencia, el consejo tomaba una resolucion que debia influir en su
porvenir. En efecto, la Administracion se convenció de que los pobres
estaban demasiado regalados; que la -casa- era el -punto de reunion- de
los pasatiempos agradables, donde los almuerzos, las comidas y las cenas
llovian durante todo el curso del año; un Eliséo en fin donde todo era
placer. Entonces hicieron un reglamento por el que los pobres tenian el
libre arbitrio, ó de morirse de consumcion y de hambre en la casa, ó
mas prontamente fuera de ella. A este fin hicieron un contrato con la
administracion de las aguas, para tener de ellas una provision ilimitada,
y otro con un mercader de trigo que debia proporcionar de cuando en
cuando una pequeña cantidad de harina de maiz, con la que ellos
compusieron tres comidas de puches claros por dia, con una cebolla dos
veces la semana, y la mitad de un panecillo el domingo.
Seis meses despues de la llegada de Oliverio á la casa el nuevo sistema
estaba en plena práctica. Al principio se hizo costoso por causa del
aumento de la cuenta del Empresario de entierros; pero el numero de los
pensionistas disminuia considerablemente y la Administracion estaba
encantada. A la hora de la comida cada muchacho recibia una escudilla
rasa de puches y -pare V. de contar-; escepto los dias de fiesta, en los
que recibia de plús dos onzas y cuartillo de pan. Nunca habia necesidad
de lavar las escudillas, pues que los muchachos las pulian con sus
cucharas hasta que eran bien brillantes; y cuando habian concluido esta
operacion que no ecsijia mucho tiempo, fijaban sobre el caldero miradas
tan avidas que parecian querer devorar hasta las baldosas que lo
sostenian. Los desdichados comian tan poco, y se habian tornado tan
voraces y tan salvages, que uno de ellos dió á entender á sus
compañeros que á menos que no se le concediese otra escudilla de puches
por dia, se veria en la necesidad de comerse una hermosa noche á su
camarada de lecho. Diciendo esto tenia los ojos hoscos, y le creyeron
capaz de hacerlo; por lo que se hicieron á las pajitas quien de ellos
durante la cena iría á pedir al Escanciador una segunda escudilla de
puches. La suerte cayó á Oliverio.
Apesar de ser un niño el hambre le habia exasperado. Se le vantó pues
de la mesa, y alarmado el mismo de su temeridad, se adelantó hacia el
Escanciador.
―Caballero; quereis hacerme el favor de otra?
El Escanciader se puso pálido y tembloroso. Miró al jóven -rebelde-
con un asombro estúpido. Los ayudantes quedaron estupefactos de sorpresa
y los niños de terror.
--Que quieres? ―preguntó con voz alterada.
―Quisiera mas si os place, caballero. --respondió Oliverio.
El Escanciador asestó en la cabeza del muchacho un golpe con su cuchara
de barro, lo cojió por el cogote y llamó al pertiguero á grandes voces.
Los Administradores estaban reunidos en -gran conclave-, cuando Mr.
Bumble se precipitó fuera de si en la sala del consejo.
―Señor Limbkins! ―dijo dirijiéndose al caballero gurdo que ocupaba
la silla de la presidencia. ―Perdon, si os interrumpo! Señor Limbkins,
Oliverio ha pedido mas puches!
Un murmullo general se levantó en la asamblea; una expresion de horror
se pintó en todos los semblantes.
―Ha pedido mas? ―dijo Mr. Limbkins. ―Calmaos Bumble, y respondedme
claramente.
―Quereis decir que ha pedido mas despues de haber comido la racion que
la regla de esta casa le señala?
―Si Señor! ―replicó Bumble.
―No cabe duda! Ese niño algun dia colgará de una horca. ―dijo otro
hombre mas gordo y con chaleco blanco.
Nadie contestó á la profecía del orador. Se empeñó un vivo debate
por resultado del cual se condenó á Oliverio á ser encerrado al
momento, y á la mañana siguiente se fijó en el exterior de la puerta
de la casa un anúncio en el que se prometían cinco libras esterlinas de
recompensa al que desembarazara la parroquia del jóven Oliverio Twist ó
en otros términos, se ofrecian cinco libras esterlinas con Oliverio
Twist, á cualquiera (hombre ó mujer) que tuviese necesidad de un
aprendiz para el comercio los negocios, ó todo otro oficio y estado
fuera el que fuera.
--En mi vida estuve mas cierto de una cosa. --dijo á la mañana
siguiente el hombre del chaleco blanco recorriendo con la vista el
anúncio y llamando á la puerta de la casa de la caridad. --En mi vida
estuve mas cierto de una cosa y es que ese niño algun dia colgará de
una horca.
Proponiéndome hacer saber por la continuacion de esta historia si el
hombre del chaleco blanco iba bien ó mal fundado en su suposicion,
creeria destruir el interés del relato (suponiendo que lo haya,)
aventurándome á insinuar desde ahora, si la vida de Oliverio Twist tuvo
ó no este fin trájico.
CAPÍTULO III.
COMO OLIVERIO TWIST ESTUVO PROCSIMO Á COJER UNA PLAZA QUE PODIA MUY BIEN
LLAMARSE UNA PREBENDA.
OCHO dias despues que Oliverio se hizo culpable del -crimen nefando- de
pedir mas puches, habitaba un camarachon obscuro, donde estaba encerrado
en clase de prisionero, gracias á la -clemencia- y á la -sabiduria- de
la Administracion. No seria fuera del caso suponer desde ahora, que por
poco sentimiento de respeto que le hubiera merecido la prediccion del
hombre del chaleco blanco, hubiera podido solidar una vez para siempre la
reputacion profética de ese sabio individuo, atando á un gancho de la
pared uno de los cabos de su pañuelo de faltriquera, y en seguida
pasando el otro al rededor de su cuello. Con todo; para llegar á este
resultado habia un inconveniente. Considerados los pañuelos como
-artículos de mero lujo- se habian suprimido para entonces y para
siempre; y de consiguiente se habían eliminado de la nariz de los pobres
por órden expresa emanada de la Administracion reunida á este efecto en
consejo pleno; cuya órden se dió solemnemente, se aprobó, firmó y
rubricó por cada uno de los miembros del consejo y se revistió con el
sello de la Administracion.
Otro obstáculo mayor para Oliverio era su juventud y su inexperiencia.
El pobre niño se contentaba con llorar amargamente todo el dia, y cuando
llegaba la noche fria y lenta, estendia sus manecitas ante sus ojos para
no ver la obscuridad y se acurrucaba en un rincon para poder lograr el
sueño.
Guárdense de suponer los enemigos del -nuevo sistema- que se privó á
Oliverio de la gracia del ejercicio, del goce de la sociedad y de las
ventajas reales de un consuelo religioso, durante el tiempo de su
reclusion. En cuanto al ejercicio, le era permitido ir cada mañana con
un frío helado, pero sano, á un patio empedrado para lavarse bajo el
chorro de una bomba, en presencia de Mr. Bumble, quien para impedir que
le cogiera un reumatismo, le facilitaba una viva sensacion en todo el
cuerpo, distribuyéndole algunos bastonazos con una liberalidad poco
comun. En cuanto á la sociedad; cada dos dias venia al refectorio
durante la comida de los niños para ser azotado públicamente, con el
fin de servir de ejemplo y de leccion en el porvenir; y muy lejos de
privarle de las ventajas de un consuelo religioso, se le introducia á
punta pies en el mísmo sitio á la hora de la oracion de la noche,
durante la cual podia á su gusto beatiticar su alma prestando oidos á
una -formula- añadida á la oracion ordinaria, por órden expresa de la
Administracion. Por medio de este suplemento de rogativa, los niños
pedian á Dios con fervor, les hiciera la merced de ser buenos,
virtuosos, contentos y obedientes, y les preservára de las culpas de
Oliverío Twíst, á quien la formula conceptuaba sujeto al patronato
esclusivo, á la proteccion y al poder del demonio y como salido el mismo
de la fábrica de Satanas.
Mientras que los asuntos de Oliverio se hallaban en este estado
faborable, y se presentaban bajo tan hermoso aspecto, sucedió que Mr.
Gamfield, limpia chimeneas, se dirijía á la calle Mayor pensando
seriamente en los medios de pagar muchos plazos vencidos de alquileres,
por los cuales su casero, se iba haciendo cada dia mas cocora. A pesar de
los vastos conocimientos de Mr. Gamfield en aritmética , no podia llegar
á la resolucion de la suma de cinco libras esterlinas (montante de su
deuda); y en un rapto de frenesí matemático, golpeaba alternativamente
su frente y á su jumento, cuando al llegar frente la casa de Caridad,
sus ojos se encontraron con el anuncio fijado en la puerta.
―So! o . . . o . . . o . . . so! ―dijo el limpia chimeneas
dirigiéndose á su burro.
--El -caballero- del chaleco blanco estaba en el lindar de la puerta con
las manos tras la espalda, viniendo de pronunciar sin duda un discurso
soberbio en la sala del consejo. Habiendo sido testigo de la pequeña
discusion entre Mr. Gamfield y su asno, sonrió graciosamente al ver al
primero leer el anúncio, pues pensó al momento que ese era el género
de amo que convenia á Oliverio. Mr. Gamfield sonrió tambien para sus
adentros recorriendo el anúncio; porque cabalmente cinco libras
esterlinas formaban la suma justa que necesitaba; y por lo que toca al
niño que era necesario cargarse á cuestas, el limpia chimeneas pensó
que con el régimen de vida, á que habia sido ajustado , debia tener una
talla capaz para pasar las chimeneas mas estrechas. Releyó pues por
segunda vez desde la cruz á la fecha el anúncio y llevando la mano á
su gorra de pelo de nutria se arrimó con el mas profundo respeto al
-caballero- del chaleco blanco y le habló en estos términos:
―Perdon, caballero! ¿No es aqui que hay un niño á quien la parroquia
quisiera colocar de aprendiz?
--Si buen hombre. --dijo el otro con una sonrisa graciosa --Que le
quereis?
--Si la parroquia quisiera darle un oficio agradable y muy fatigoso en el
arte de limpiar chimeneas por ejemplo; yo lo tomaria de muy buena gana;
porque cabalmente necesito un aprendiz.
--Entrad. --dijo el hombre del chaleco blanco.
Mr. Gamfield despues de haber retrocedido algunos pasos para soplar á su
rucio un nuevo golpe en la cabeza y una nueva sacudida en la quijada, por
via de advertencia de que no se meneara durante su ausencia, siguió al
-caballero- del chaleco blanco basta la sala, donde Oliverio Twist lo
habia visto por primera vez.
--Es un oficio bastante sucio! --dijo Mr. Limbkins despues que Gamfield
hubo expuesto de nuevo su pretension.
--Parece que ya ha habido muchachos ahogados en las chimeneas. --dijo
otro.
--Porque se mojaba la paja antes de encenderla para hacerlos bajar de
ellas --dijo Gamfield. --Todo era humo sin llama . . . Además, de nada
sirve el humo para hacer bajar un muchacho de una chimenea; al contrario
no es bueno sino para adormecerle que es lo que quiere. Los niños, como
saben Vds. señores, son perezosos y obstinados como el diablo; nada
mejor que una buena llama para afufarles. Sobre todo es hacerles un gran
favor por que á la verdad Señores, el asarles una miaja las plantas de
los pies cuando se han aletargado en la chimenea, es muy del caso para
hacerles deslizar con mas rapidez.
El hombre del chaleco blanco se mostró muy satisfecho de esta
esplicacion; pero una mirada de Mr. Limbkins reprimió instantáneamente
su contento. Los miembros del consejo continuaron hablando entre si por
algunos momentos; pero tan bajo que estas palabras: -procuremos la
economia- . . . -veamos el libro de cuentas- . . . -hagamos imprimir una
informacíon-, fueron las solas que pudieron oirse; porque se repitieron
muy amenudo y con mucho enfasis.
Al cabo cesó el cuchicheo y habiendo recobrado los miembros del consejo,
cada uno su silla y su dignidad, Mr. Limbkins tomó la palabra:
--Hemos discutido vuestra proposicion y no la admitimos. --dijo á
Gamfield.
―De ningun modo. --añadió el caballero del chaleco blanco.
--Despues de bien meditado; no. --concluyeron los demas miembros.
Como Mr. Gamfield tenia fama de haber apaleado á tres ó cuatro
muchachos hasta matarlos, le vino á las mientes que tal vez los miembros
del consejo por un capricho inconcebible se habian imaginado que esta
circunstancia, (de ningun valor para ellos) debia con todo influir sobre
su conducta en esta ocasion. No siendo así hubiera sido muy contrario á
su modo acostumbrado, de obrar y de pensar. Además, como no tenia
ningunas ganas de atizar la fama publica, se alejó lentamente de la mesa
revolviendo su gorra entre sus manos.
--Con que no quereis dármelo caballeros? --dijo parándose en el lindar
de la puerta.
--No. --contestó Mr. Limbkins. --Siendo un oficio sucio, nos parece que
deberiais tomar algo menos de la suma ofrecida en el anuncio.
Los ojos del limpia chimeneas brillaron de gozo y dijo volviendo atrás:
--Veamos caballeros, que es lo que Vds. quieren dar? Que diablos! No sean
Vds. tan duros para un pobre diablo como yo. Que quieren Vds. dar?
―Creo que tres libras diez chelines, son bastantes. --dijo Mr. Limbkins.
--Vamos --repuso Gamfield --sean cuatro libras y quedan Vds.
desembarazados de una vez para siempre. Vamos caballeros!
--Tres libras diez chelines. --repitió Mr. Limbkins con firmeza.
--Pues bien! partamos la diferencia caballeros. --insistió Gamfield.
--Digamos tres libras quince chelines.
--Ni un -liard- de mas! --Tal fué la respuesta de Mr. Limbkins.
--Están Vds. conmigo azás rigurosos caballeros! --dijo el limpia
chimeneas titubeando.
En fin, despues de un ligero debate se acordó la venta, y Mr. Bumble
recibió el encargo de llevar Oliverio Twist con una acta de aprendizage,
que debía ser aprobada y firmada por el magistrado en la tarde del mismo
dia.
Por resultado de esta determinacíon el pequeño Olíverio fué librado
de su cautiverio con gran asombro de su parte, y recibió la órden de
ponerse una camisa blanca. Apenas había concluido este ejercicio
gimnástico, (al que se entregaba rara vez) cuando Mr. Bumble le
presentó con sus propias manos una escudilla de puches, y la racion de
los dias festivos; esto es, dos onzas y cuartillo de pan, lo que viendo
Oliverio se puso á llorar amargamente, considerando naturalmente que era
necesario una resolucion de matarlo para algun fin ventajoso; pues de lo
contrario no se empezaría por engordarlo de tal modo.
--No te hagas el cariacontecído. --dijo Mr. Bumble afectando un aspecto
magnánimo ―Come y sé agradecido Oliverio . . . Vas ha entrar de
aprendiz hijo mio!
--De aprendiz caballero! --preguntó el niño con voz temblorosa.
―Si Oliverio! Los hombres -sensibles- y -generosos- que son para ti
cual otros nuevos padres, pues que te ves privado de los tuyos, van á
colocarte de aprendiz; á lanzarte en el mundo y hacer de ti un hombre,
apesar de las tres libras diez chelines que ello cuesta á la parroquia!
Tres libras diez chelines Oliverio! Sesenta y dos chelines! Ciento
cuarenta monedas de seis sueldos! Y todo esto por quien? Por un bergante,
un mal espósito á quien todo el mundo detesta!
Mr. Bumble se paró para recobrar el aliento, despues de haber recitado
esta arenga con tono magistral; copiosas lágrimas rodaron por las
mejillas del pobre niño y sollozó amargamente.
―Vamos! --dijo Mr. Bumble con acento mas cariñoso, ufano del efecto
producido por su elocuencia --vamos Oliverio; enjuga tus ojos con la
manga de tu chaqueta, y no llores de este modo sobre tus puches. Es una
bestialidad el llorar como lo haces en tus puches! ―(efectivamente era
una bestialidad) sobraba el agua en sus puches.
Mientras se dirijian al tribunal, Mr. Bumble insinuó á Oliverio que
debia mostrarse muy contento, y cuando el caballero magistrado le
preguntase si era de su gusto el entrar de aprendiz responder que lo
deseaba de todo corazon. Oliverio prometió conformarse á una y á otra
de las dos recomendaciones, tanto mas porque el pertiguero le dió á
entender con mucha destreza que si fallaba no respondía de los
resultados. Llegados al despacho del magistrado, el niño fué encerrado
y dejado solo en un gabinete con la órden de esperar la vuelta de Mr.
Bumble. Allí quedó durante media hora con el corazon palpitante de
temor, pasada la cual aquel entreabrió la puerta y alargando su cabeza
desprovista del sombrero de tres picos dijo de modo que pudiera ser
oído: ―Amigito? ven á presentarte al Señor Magistrado. ―Luego
tomando un aspecto amenazador añadió en voz baja ―Bribonzuelo!
cuidado con olvidar lo que te tengo dicho!
Oliverio miró á Mr. Bumble con aire de babiéca, sorprendido de un modo
de hablar tan contradictorio; pero ese digno sujeto no le dió tiempo
para hacer comentario alguno sobre este punto y le introdujo en una pieza
vecina cuya puerta estaba abierta. Esta era una sala espaciosa alumbrada
por una gran ventana. Detras de la balustrada dos viejos señorones con
la cabeza empolvada estaban sentados en un bufete. El uno leía un
periódico, y el otro con la ayuda de un par de anteojos de concha,
recorria una oja pequeña de pergamino colocada ante el. A un lado y
frente el bufete, se mantenía tieso Mr. Limbkins, y en el otro, Mr.
Gamfield con su cara embadurnada de hollin; dos ó tres cara de pascuas
con botas de vueltas de ante (ó a la Imperial.) se pavoneaban en el
mismo centro de la sala.
El viejo de los anteojos se adormeció por grados sobre el pergamino y
reinó un momento de silencio despues que Mr. Bumble hubo colocado á
Oliverio frente el bufete.
―Aquí está el niño Señor Magistrado. ―dijo Bumble.
El viejo que leia el periódico, se ladeó un poco y logró despertar al
otro tirándole de la manga.
―Ah! ¿es el niño? ―dijo este.
--El mismo. ―respondió el pertiguero. --Amigito; saluda al Señor
Magistrado!
Oliverio se revistió de valor é hizo el mejor saludo posible en él.
Fijos sus ojos sobre las cabezas empolvadas de los magistrados, se
preguntaba á si mismo, si acaso todos los miembros del tribunal de
justicia nacian con esa materia blanca en los cabellos, y por esto
llegaban á ser magistrados.
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