--Sí que subiremos juntos; pero quiero estrecharte la mano y decirte
adiós aquí. Vamos, dame la mano. Adiós.
--¿Qué te pasa, Rodia?
--Nada. Subamos y tú serás testigo...
Mientras subían la escalera se le ocurrió a Razumikin que Zosimoff
tenía quizás razón.
--Sin duda le he perturbado el espíritu con mi charla--dijo para sí.
Cuando se acercaban a la puerta oyeron voces en la habitación.
--¿Qué es esto?--exclamó Razumikin.
Raskolnikoff tiró de la puerta y la abrió de par en par, quedándose en
el umbral como petrificado.
Su madre y su hermana, sentadas en el sofá, le esperaban hacía media
hora.
La aparición de Raskolnikoff fué saludada con gritos de alegría. Su
madre y su hermana corrieron hacia él; pero el joven quedó inmóvil, y
casi privado de sentido; había como helado todo su ser un pensamiento
súbito e insoportable. Ni siquiera tuvo fuerza para abrir los brazos.
Las dos mujeres le estrecharon contra su pecho, le cubrieron de besos,
llorando y riendo al mismo tiempo; Raskolnikoff dió un paso, se
tambaleó y cayó desvanecido al suelo.
Alarma, gritos de terror, gemidos. Razumikin, que se había quedado en
el umbral, se precipitó en la sala, tomó al enfermo en sus vigorosos
brazos y en un abrir y cerrar de ojos le echó en el diván.
--No es nada, no es nada--dijo a la madre y a la hermana--. Esto es un
desvanecimiento, no tiene importancia. El médico decía hace un momento
que va mucho mejor, que estaba casi restablecido. ¡Un poco de agua!
Vamos, ya recobra el conocimiento; miren ustedes, ya vuelve en sí.
Y al decir esto apretaba con inconsciente rudeza el brazo de Dunia
obligándola a inclinarse sobre el sofá para comprobar que, en efecto,
su hermano volvía en sí.
TERCERA PARTE
I
Raskolnikoff se incorporó y se sentó en el diván, e invitando con una
leve seña a Razumikin a que suspendiese el curso de su elocuencia
consoladora, tomó la mano a su hermana y a su madre y las contempló
alternativamente durante dos minutos, sin proferir palabra. Había en
su mirada, impregnada de dolorosa sensibilidad, algo de fijo y de
insensato. Pulkeria Alexandrovna, asustada, se echó a llorar.
Advocia Romanovna estaba pálida y le temblaba la mano que tenía entre
las de su hermano.
--Vuélvete a casa con él--dijo Rodia con voz entrecortada, señalando a
Razumikin--. Mañana, mañana... todo. ¿Cuándo habéis llegado?
--Esta noche--respondió Pulkeria Alexandrovna--. El tren traía mucho
retraso. Pero ahora, Rodia, por nada del mundo consentiría en separarme
de ti. Pasaré la noche a tu lado...
--¡No me atormentéis!--replicó Raskolnikoff con cierta irritación.
--Yo me quedaré aquí con él--saltó vivamente Razumikin--; no le
dejaré ni un minuto, y que se vayan al diablo mis convidados. Que se
incomoden, si quieren. Además, allí está mi tío para hacer el papel de
anfitrión.
--¡Cómo agradecérselo a usted!--empezó a decir Pulkeria Alexandrovna,
estrechando de nuevo las manos de Razumikin; pero su hijo le atajó la
palabra.
--No puedo, no puedo...--repitió con tono irritado--; no me atormentéis
más. Basta, idos; ¡no puedo!...
--Retirémonos, mamá--indicó en voz baja Dunia, inquieta--; salgamos
de la habitación, por lo menos, un instante; está visto que nuestra
presencia le atormenta.
--¿Será posible que no pueda estar un momento con él, después de tres
años de separación?--gimió Pulkeria Alexandrovna.
--Esperad un poco--dijo Raskolnikoff--. Me interrumpís y pierdo el hilo
de mis ideas... ¿Habéis visto a Ludjin?
--No, Rodia; pero ya tiene noticias de nuestra llegada. Sabemos que
ha tenido la bondad de venir a verte hoy--añadió con cierta timidez
Pulkeria Alexandrovna.
--Sí. Ha tenido esa bondad... Dunia, le dije a Ludjin que iba a tirarle
por la escalera...
--¿Qué dices, hijo? Pero, ¿tú? ¿Tú?... No es posible--comenzó a decir
la madre asustada; pero una mirada de Dunia le impidió continuar.
Advocia Romanovna, con los ojos fijos en su hermano, esperaba que
éste se explicase con mayor claridad. Informadas de la querella por
Anastasia, que se la había contado a su manera y según la entendió, las
dos señoras se encontraban perplejas.
--Dunia--prosiguió, haciendo un esfuerzo, Raskolnikoff--, yo me opongo
a ese enlace; por consiguiente, despide mañana a Ludjin y que no se
vuelva a hablar más de él.
--¡Dios mío!--exclamó Pulkeria Alexandrovna.
--Hermano mío, piensa un poco en lo que dices--observó con vehemencia
Dunia; pero en seguida se contuvo--. No te encuentras ahora en tu
estado normal: estás fatigado--añadió con tono cariñoso.
--Que deliro, ¿no es eso? No... te engañas; quieres casarte con Ludjin
por mí, pero yo rehuso ese sacrificio. Así, pues, mañana le escribes
una carta rompiendo tu compromiso, me la lees a primera hora, la
mandas, y asunto concluído.
--Yo no puedo hacer eso--exclamó la joven, un tanto mortificada--. ¿Con
qué derecho...?
--Dunia, tú también te exaltas. Hasta mañana... ¿Pero no estás
viendo?--balbuceó la madre con temor, dirigiéndose a su hija--. Vamos,
vamos; será lo mejor.
--No sabe lo que se dice--exclamó Razumikin con voz que denunciaba
su embriaguez--; de lo contrario, no se permitiría... Mañana será
razonable... Hoy, en efecto, ha echado con cajas destempladas a ese
sujeto; el buen señor se ha incomodado. Estuvo aquí perorando en pro de
sus teorías. Después se marchó con las orejas gachas.
--¿De modo que es verdad?--exclamó Pulkeria Alexandrovna.
--Hasta mañana, hermano--dijo con tono compasivo Dunia--. Vámonos,
mamá... Adiós, Rodia.
El joven hizo un último esfuerzo para dirigirle algunas palabras.
--Oyeme; no deliro. Ese casamiento sería una infamia. Pase que yo sea
un infame... pero tú, tú no debes serlo... Basta con uno... Mas, por
miserable que yo sea, renegaría de ti, si contrajeses esa unión. O yo,
o Ludjin. Marchaos.
--Pero, ¿has perdido el juicio? ¡Eres un déspota!--gritó Razumikin.
Raskolnikoff no respondió; quizá no se hallaba en estado de hacerlo.
Agotadas sus fuerzas, se tendió en el diván, volviéndose del lado
de la pared. Advocia Romanovna miró a Razumikin con ojos brillantes
que revelaban curiosidad. El estudiante tembló ante aquella mirada.
Pulkeria Alexandrovna parecía consternada.
--No me resuelvo a irme--murmuró trémula, al oído de Razumikin--; me
quedaré aquí en cualquier parte... Acompañe usted a Dunia.
--Lo echarán ustedes a perder todo--respondió, también en voz baja,
Razumikin--. Salgamos, a lo menos, de este cuarto. Anastasia,
alúmbranos. Juro a ustedes--continuó en voz queda cuando estuvieron en
la escalera--que hace poco rato estuvo a punto de pegarnos al médico y
a mí. Figúrese usted, ¡al médico! Por otra parte, es imposible que deje
usted sola a Advocia Romanovna en el cuarto de alquiler que han tomado
ustedes. ¡Si supieran ustedes en qué casita se han alojado! Ese pillo
de Pedro Petrovitch, ¿no podía haber encontrado una más decente?...
Yo, es cierto, estoy algo chispo, y ahí tiene usted por qué son mis
expresiones bastante vivas. No hagan ustedes caso.
--Pues bien--replicó Pulkeria Alexandrovna--. Voy a ver a la patrona de
mi hijo y a suplicarle que nos deje pasar la noche en cualquier rincón.
No puedo abandonarle en tal estado, no puedo...
Hablaban en el rellano de la escalera correspondiente a la habitación
de la patrona. Anastasia estaba en el último escalón, con la luz en
la mano. Razumikin se hallaba extraordinariamente animado. Un poco
antes, cuando acompañó a Raskolnikoff a su casa, se había ido de la
lengua como él mismo había reconocido; pero tenía la cabeza fuerte y
despejada, no obstante la excesiva cantidad de vino que acababa de
beber. Ahora estaba sumido en una especie de éxtasis, y la influencia
excitante del alcohol obraba doblemente sobre él. Había tomado a las
dos señoras a cada una por una mano, las arengaba con un lenguaje de
una desenvoltura asombrosa, y, sin duda, para convencerlas mejor,
apoyaba cada una de sus palabras con formidable presión de las falanges
de sus interlocutoras. Al propio tiempo, con el mayor descaro devoraba
con los ojos a Advocia Romanovna.
A veces, vencidas por el dolor, las pobres señoras trataban de separar
sus dedos aprisionados en aquellas manos gruesas y huesosas; pero él
no hacía caso, y continuaba apretando sin cuidarse de que les hacía
daño. Si le hubieran pedido que se tirase de cabeza por la escalera,
no habría vacilado un segundo en obedecerlas. Pulkeria Alexandrovna se
hacía cargo de que Razumikin era muy original, y, sobre todo, de que
tenía unos puños terribles; pero, con el pensamiento puesto en su hijo,
cerraba los ojos ante las extrañas maneras del joven, que era en aquel
momento una Providencia para ellas.
Por su parte, Advocia Romanovna, aunque participaba de las
preocupaciones de su madre, y no fuese de natural tímido, miraba con
sorpresa y aun con algo de inquietud, las ardientes ojeadas que le
dirigía el amigo de su hermano. A no ser por la confianza sin límites
que los relatos de Anastasia le habían inspirado a propósito de aquel
hombre singular, no hubiera resistido a la tentación de echar a correr,
llevándose a su madre con ella. Comprendía, empero, también que en
aquel momento el joven les hacía mucha falta. Esto no obstante, la
joven se sintió tranquila al cabo de diez minutos; cualquiera que fuese
la disposición de ánimo en que se encontraba Razumikin, una de las
propiedades de su carácter era la de revelarse por completo a primera
vista, de suerte que en seguida sabía uno a qué atenerse respecto de él.
--Usted no puede solicitar eso de la patrona; sería el colmo de lo
absurdo--contestó vivamente a Pulkeria Alexandrovna--. De nada le
valdría ser la madre de Rodión; si usted se queda, va a exasperarle,
y sabe Dios lo que puede ocurrir. Escuchen ustedes lo que yo les
propongo: Anastasia va a quedarse ahora con él, y las acompañaré a
ustedes a su casa, porque en San Petersburgo es una imprudencia que
anden dos mujeres solas por las calles. Después de haber yo acompañado
a ustedes, volveré aquí de dos zancadas, y un cuarto de hora después
doy a ustedes mi palabra de honor de que iré allí de nuevo y les
contaré todo: cómo está, si duerme, etc. En seguida, escuchen ustedes,
en seguida, echo a correr a mi casa; hay mucha gente en ella. Mis
invitados están ebrios. Echaré el guante a Zosimoff que es el médico
que asiste a Rodia y se halla ahora en mi casa; pero no está borracho
porque es abstemio; lo llevaré a ver el enfermo, y de allí a casa de
ustedes. En el espacio de una hora recibirán ustedes, por consiguiente,
noticias de su hijo; primero, por mí, y después, por el mismo doctor,
que es hombre serio. Si Rodia está mal, juro a usted que la traeré otra
vez aquí; si está bien se acostará usted. Yo pasaré toda la noche en
el vestíbulo, él no lo sabrá. Haré que Zosimoff se acueste en casa de
la patrona, para tenerle a mano, si fuese necesario. Creo que en estos
momentos la presencia del médico puede ser más útil a Raskolnikoff que
la de usted. Por lo tanto, vamos a su casa. Yo puedo, pero ustedes,
no, no consentiría en dar a ustedes posada, porque... porque es tonta.
Si lo quieren ustedes saber, está enamorada de mí, tendría celos de
Advocia Romanovna, y de usted también; pero, de seguro, de Advocia
Romanovna. Es un carácter muy extraño. Yo también soy un imbécil.
Vamos, vengan ustedes. Tienen confianza en mí, ¿verdad? ¿La tienen
ustedes? Sí, o no.
--Vamos, mamá--dijo Advocia Romanovna--; lo que promete, lo hará
seguramente. A sus cuidados debe mi hermano la vida; y si el doctor
consiente, en efecto, en pasar aquí la noche, ¿qué más podemos desear?
--Usted me comprende, porque es usted un ángel--dijo Razumikin con
exaltación--. Vamos, Anastasia, sube en seguida con la luz, y quédate a
su lado. Vuelvo dentro de un cuarto de hora.
Aunque no estuviese completamente convencida, Pulkeria Alexandrovna no
hizo ninguna objeción.
Razumikin tomó a cada una de las dos señoras por un brazo y, en parte
de grado, y en parte por fuerza, las obligó a bajar la escalera.
La madre no dejaba de estar inquieta.
«Seguramente sabe lo que hace; está bien dispuesto con nosotras; pero,
¿podremos confiar en sus promesas en el estado en que se encuentra?»
El joven adivinó aquel pensamiento.
--¡Ah! Comprendo. Usted me cree bajo la influencia del vino--dijo
andando a grandes pasos por la acera, sin advertir que apenas podían
seguirle las dos señoras--. Esto no significa nada... he bebido como
un bruto; pero no se trata de tal cosa. No es el vino lo que me
embriaga. En cuanto he visto a ustedes, he recibido como un golpe en
la cabeza.... No me hagan ustedes caso, no digo más que tonterías,
soy indigno de ustedes. En extremo indigno... En cuanto las lleve a
ustedes a su casa, iré al canal que hay aquí cerca y me echaré un cubo
de agua por la cabeza. Si supiesen lo que yo las quiero a ustedes...
No se rían, ni se incomoden... Enfádense ustedes con todo el mundo
menos conmigo. Yo soy amigo de Raskolnikoff, y, por consiguiente, de
ustedes. Presentía el año pasado lo que ahora está sucediendo; hubo un
momento... Pero no, yo no presentía nada de esto, puesto que ustedes,
por decirlo así, han caído del cielo; mas no dormiré en toda la
noche... Zosimoff temía hace poco que se volviese loco. He aquí por qué
no conviene irritarle.
--¿Qué dice usted?--exclamó la madre.
--¿Es posible que el doctor haya dicho eso?--preguntó Advocia Romanovna
asustada.
--Eso ha dicho, pero se engaña, se engaña de medio a medio. Le ha
recetado un medicamento, unos polvos, pero, ya hemos llegado...
Hubieran ustedes hecho mejor en venir mañana. Hemos hecho bien
retirándonos. Dentro de una hora Zosimoff vendrá a darle a usted
noticias de su salud. No está ebrio; yo tampoco lo estaré. Pero, ¿por
qué estoy tan excitado? ¡Me han hecho discurrir tanto esos malditos!
Había jurado no tomar parte en esas discusiones. ¡Dicen tantas
majaderías! Un poco más y me agarro con ellos. He dejado allí a mi tío
para que presida la reunión... ¿Creerán ustedes que son partidarios de
la impersonalidad completa? Para ellos el supremo progreso es parecerse
lo menos posible a sí mismo. A los rusos nos ha complacido vivir de
ideas ajenas; ya estamos saturados de ellas. ¿Es verdad, es verdad lo
que digo?--gritó Razumikin apretando las manos de las dos señoras.
--¡Oh Dios mío, yo no sé!--dijo la pobre Pulkeria Alexandrovna.
--Sí, sí, aunque yo no estoy de acuerdo con ustedes, en líneas
generales--añadió con tono grave Advocia Romanovna.
Apenas acababa de pronunciar estas palabras, cuando lanzó un grito de
dolor provocado por un enérgico apretón de manos de Razumikin.
--¿Sí? ¿usted, dice que sí? Pues bien, usted es, usted es--vociferó
el joven entusiasmado--; usted es una fuente de bondad, de pureza, de
razón y de perfección. Déme usted las manos... déme usted también la
suya; quiero besar las manos a ustedes. Aquí mismo, en seguida, de
rodillas.
Se arrodilló en medio de la calle, que por fortuna estaba desierta en
aquel momento.
--¡Basta! ¡Por Dios! ¿qué hace usted?--exclamó Pulkeria Alexandrovna
alarmada ante la actitud del estudiante.
--¡Levántese usted, levántese usted!--dijo Dunia, que, aunque se reía,
no dejaba de estar inquieta.
--¡De ninguna manera, si no me dan ustedes las manos! Así. Ahora
continuemos. Soy un desgraciado imbécil indigno de ustedes, y en este
momento trastornado por la bebida... Me avergüenzo... Soy indigno de
amar a ustedes... pero inclinarse, prosternarse delante de ustedes,
es el deber de cualquiera que no sea un bruto completo. Por eso me he
prosternado yo... Esta es la casa. Aunque no sea más que por esto ha
hecho bien Rodia en poner en la calle el otro día a Pedro Petrovitch.
¡Cómo se ha atrevido a traer a ustedes aquí! Esto es escandaloso.
¿Saben ustedes qué clase de gente vive aquí? ¿Y usted es su prometida?
¿Sí? Pues bien. Después de esto declaro que su futuro esposo de usted
es un canalla.
--Escuche usted, señor Razumikin--comenzó a decir Pulkeria Alexandrovna.
--Sí, sí, tiene usted razón. Yo me he olvidado--dijo excusándose
el joven--, pero... pero usted no puede guardarme rencor por mis
palabras. He hablado así, porque soy franco y no porque... ¡hum!...
sería innoble; en una palabra, no es porque a usted yo... ¡hum!... no
me atrevo a acabar... Pero antes, cuando su visita, hemos comprendido
todos que ese hombre no era de nuestro mundo. ¡Vamos! ¡Basta!,
todo está perdonado. ¿No es cierto que usted me ha perdonado? ¡Ea!
¡adelante! Conozco este corredor. He estado aquí ya; ahí en el número
tres hubo una vez un escándalo... ¿Cuál es el cuarto de ustedes? ¿Qué
número? ¿Ocho? Entonces harán ustedes muy bien encerrándose en su
habitación por la noche, y no dejando entrar a nadie. Dentro de quince
minutos, traeré noticias, y media hora después me verán ustedes volver
con Zosimoff; escapo.
--¡Dios mío! Dunetshka, ¿qué va a ocurrir?--dijo ansiosamente Pulkeria
Alexandrovna a su hija.
--Tranquilízate, mamá--respondió Dunia, quitándose el chal y el
sombrero--. Dios mismo nos ha enviado a ese señor; aunque venga de una
orgía se puede contar con él. Te lo aseguro... y lo que ha hecho por mi
hermano...
--¡Ah, Dunetchka! ¡Dios sabe si volverá! ¡Cómo he podido resolverme
a dejar a Rodia!... ¡Cuán de otra manera pensaba encontrarle! ¡Qué
acogida nos ha hecho! ¡Cualquiera diría que le disgustaba nuestra
llegada!
En sus ojos brillaban las lágrimas.
--No, no es eso, mamá, no lo has visto bien, estás llorando siempre.
Acaba de sufrir una grave enfermedad y ésa es la causa de todo.
--¡Ah! ¡Esa enfermedad! ¡Qué resultará de todo eso! ¡Cómo te ha
hablado, Dunia!--siguió diciendo la madre, procurando tímidamente
leer en los ojos de la joven, y sintiéndose casi consolada porque
Dunia tomaba la defensa de su hermano, y por consiguiente, le había
perdonado--. Bien sé que mañana será de otra opinión--añadió, queriendo
hacer hablar a su hija.
--Pues yo estoy cierta de que mañana dirá lo mismo, respecto de este
asunto...--replicó Advocia Romanovna.
La cuestión era tan delicada, que Pulkeria Alexandrovna no se atrevió
a proseguir la conversación. Dunia fué a besar a su madre. Esta, sin
decir nada, la estrechó fuertemente en sus brazos. Después se sentó
y esperó con cruel impaciencia la llegada de Razumikin, mirando
tímidamente a su hija, que, pensativa y con los brazos cruzados,
se paseaba de un lado a otro de la habitación. Era una costumbre
en Advocia Romanovna pasearse así cuando tenía una preocupación, y
en tales casos, su madre se guardaba muy bien de interrumpir sus
reflexiones.
Razumikin, embriagado y enamorándose repentinamente de Advocia
Romanovna, se prestaba ciertamente al ridículo. Sin embargo,
contemplando a la joven, sobre todo ahora que, pensativa y triste, se
paseaba por la habitación con los brazos cruzados, quizá muchos habrían
disculpado al estudiante, sin necesidad de invocar en descargo suyo
la circunstancia atenuante de la embriaguez. El exterior de Advocia
Romanovna merecía atraer la atención: alta, fuerte, notablemente bien
formada, demostraba en cada uno de sus ademanes una confianza en sí
misma que en otra parte no quitaba nada a su gracia y delicadeza. Se
parecía a su hermano, pero de ella podía decirse que era una beldad.
Tenía el cabello castaño, algo más claro que los de Rodia; sus ojos,
negros, denotaban orgullo; pero en ocasiones demostraban extraordinaria
bondad. Era pálida, pero su palidez no tenía nada de enfermizo; su
rostro resplandecía de frescura y de salud. Tenía la boca bastante
pequeña, y el labio inferior de subido color rojo avanzaba, un poco, lo
mismo que la barbilla. Esta irregularidad, la única que se notaba en
su hermoso rostro, le daba una expresión particular de firmeza y casi
altanería. Su fisonomía era de ordinario más bien grave y pensativa
que alegre; pero, ¡qué encanto el de aquella cara habitualmente seria
cuando venía a animarla una risa alegre y juvenil!
Razumikin no había visto jamás nada semejante; era ardiente, sincero,
honrado, un poco candoroso. Además, fuerte como un caballero antiguo
y entonces exaltado por el vino. En estas condiciones se explica
perfectamente el -coup de foudre-. Además, quiso la suerte que viese
por primera vez a Dunia en un momento en que la ternura y la alegría
de volver a ver a Raskolnikoff habían en cierto modo transfigurado el
semblante de la joven. La vió, después, soberbia de indignación ante
las insolentes órdenes de su hermano y no pudo contenerse.
Por lo demás, había dicho verdad cuando en su charla de borracho dejó
traslucir que la extravagante patrona de Raskolnikoff, Praskovia
Pavlovna, tendría celos, no sólo de Advocia Romanovna, sino de la
misma Pulkeria Alexandrovna. Aunque ésta tenía cuarenta y tres años,
conservaba restos de su antigua belleza, y parecía además mucho más
joven de lo que era en realidad; particularidad que se observa en las
mujeres que han conservado en los linderos de la vejez la claridad
de su espíritu, la frescura de las impresiones, el puro y honrado
calor del corazón. Comenzaban ya a blanquearle los cabellos y aun a
faltarle; advertíanse ya, desde hacía algún tiempo, algunas arrugas en
derredor de los ojos; los cuidados y los disgustos habían demacrado sus
mejillas; mas, a pesar de todo, su rostro era bello. Era el rostro de
Dunia con veinte años más y sin lo prominente del labio inferior que
caracterizaba la fisonomía de la joven. Pulkeria Alexandrovna tenía
alma sensible; pero sin llegar a la sensiblería. Naturalmente tímida y
dispuesta a ceder, sabía, sin embargo, detenerse en el camino de las
concesiones, siempre que su honradez, sus principios y sus convicciones
arraigadas se lo exigían.
A los veinte minutos justos de salir Razumikin, sonaron en la puerta
dos leves golpes: el joven estaba ya de vuelta.
--No entraré, no tengo tiempo--se apresuró a decir en cuanto
abrieron--. Duerme como un bienaventurado, su sueño es muy tranquilo,
y quiera Dios que se pase así durmiendo diez horas seguidas. Anastasia
está a su lado; tiene orden de permanecer allí hasta que yo vuelva.
Ahora voy a buscar a Zosimoff, vendrá a dar a ustedes sus informes, y
en seguida a acostarse, porque bien veo que están ustedes extenuadas.
Apenas hubo acabado de decir estas palabras, echó a correr por el
corredor.
--¡Qué joven tan simpático y tan cariñoso!--exclamó Pulkeria
Alexandrovna muy alegre.
--Parece que es de muy buen carácter--contestó Dunia, y comenzó a
pasearse de nuevo por la habitación.
Cerca de una hora después, volvieron a sonar pasos en el corredor y
llamaron de nuevo a la puerta. Ahora las dos mujeres esperaban con
entera confianza el cumplimiento de la promesa que les había hecho
Razumikin. Volvió éste, en efecto, acompañado de Zosimoff. El médico no
había vacilado en dejar inmediatamente el banquete para ir a visitar
a Raskolnikoff; pero no sin trabajo se decidió a ir a casa de las
señoras, porque apenas daba crédito a las palabras de su amigo, que le
parecía haber dejado una parte de su razón en el fondo de los vasos.
Sin embargo, muy pronto se sintió satisfecho y aun halagado en su amor
propio de doctor. Zosimoff comprendió que era, en efecto, escuchado
como un oráculo.
Durante diez minutos que duró la visita, logró tranquilizar por
completo a Pulkeria Alexandrovna. Manifestó gran interés por el
enfermo, expresándose con reserva y seriedad extremadas como conviene a
un médico de veintisiete años en circunstancias graves. No se permitió
la más leve digresión fuera de su asunto ni manifestó el menor deseo
de entablar más relaciones familiares con sus interlocutoras. Habiendo
advertido desde que entró la belleza de Advocia, se esforzaba en no
prestar ninguna atención a la joven, dirigiéndose exclusivamente a
Pulkeria Alexandrovna.
Todo esto le producía un indecible contento interior. En lo
concerniente a Raskolnikoff, declaró que le encontraba en un estado
muy satisfactorio. Según su opinión, la enfermedad de su cliente
dependía, en parte, de las malas condiciones en que éste había vivido
durante algunos meses; pero era originada también por otras causas de
carácter moral. «Era, por decirlo así, producto complejo de influencias
múltiples, bien físicas, bien psicológicas, tales como preocupaciones,
cuidados, temores, inquietudes, etc.» Habiendo advertido, sin
manifestarlo, que Advocia Romanovna le escuchaba con marcada atención,
Zosimoff desarrolló con gusto este tema.
Como Pulkeria Alexandrovna le preguntase con voz tímida e inquieta
si había advertido algún síntoma de locura en su hijo, Zosimoff
le respondió con calma y franca sonrisa, que se había exagerado
el alcance de sus palabras, que sin duda, había echado de ver en
el enfermo una idea fija, algo así como monomanía, cuanto que él,
Zosimoff, estudiaba ahora de una manera especial esta rama tan
interesante de la Medicina.
--Pero--añadió--, es menester considerar que hasta hoy el enfermo ha
estado delirando constantemente, y de seguro la llegada de su familia
será para él una distracción, contribuirá a devolverle las fuerzas y
ejercerá sobre él una acción saludable... Si se pueden evitar nuevas
emociones--terminó diciendo con tono significativo.
Levantándose después, y saludando a la vez ceremonioso y cordial,
salió seguido de acciones de gracias, de bendiciones y de efusiones de
reconocimiento. Advocia Romanovna le tendió su linda mano que el médico
no había tratado de estrechar. En una palabra, el doctor se retiró
encantado de sí mismo, y más encantado todavía de su visita.
--Mañana hablaremos. Ahora acuéstense ustedes en seguida; ya es tiempo
de que descansen--ordenó Razumikin, saliendo con Zosimoff--. Mañana a
primera hora vendré a dar a ustedes noticias del enfermo.
--¡Qué encantadora joven es esta Advocia Romanovna!--observó con acento
sincero Zosimoff cuando ambos estuvieron en la calle.
--¿Encantadora? ¿Encantadora has dicho?--rugió Razumikin lanzándose
sobre el doctor y agarrándole por el cuello--. Si te atreves... ¿Me
entiendes? ¿Me entiendes?--gritó apretándole la garganta y arrojándolo
contra la pared--. ¿Me entiendes?
--Déjame. ¡Demonio de borracho!--dijo Zosimoff, tratando de soltarse de
las manos de su amigo.
Cuando Razumikin le soltó, miróle fijamente y lanzó una carcajada.
El estudiante permanecía en pie delante de él con los brazos caídos y
la cara triste.
--Es verdad, soy un bestia--dijo con aire sombrío--; pero tú también lo
eres.
--No, amigo, yo no lo soy. No sueño con tonterías.
Continuaron su camino sin decir una palabra, y únicamente cuando
llegaron cerca de la casa de Raskolnikoff, Razumikin, muy preocupado,
rompió el silencio:
--Escucha--dijo a Zosimoff--, tú eres un buen amigo, pero tienes una
variada colección de vicios; eres un voluptuoso, un innoble sibarita,
te gusta la comodidad, engordas y de nada te privas. Te digo, pues, que
esto es innoble, porque conduce derechamente a las mayores suciedades.
Siendo, como eres, afeminado, no comprendo de qué manera puedes ser
un buen médico, y además un médico celoso. ¡Duerme sobre colchones de
plumas (¡un médico!) y se levanta para ir a visitar a un enfermo! De
aquí a tres años estarían llamando a tu puerta y no dejarías la cama.
Pero no se trata de esto; lo que yo quiero decirte es lo siguiente:
voy a dormir en la cocina; tú pasarás la noche en la habitación de la
patrona (he podido, no sin trabajo, obtener su consentimiento); será
una ocasión para ti de trabar íntimo conocimiento con ella. No es lo
que tú piensas. No hay ni sombra de lo que sospechas.
--¡Pero si yo no sospecho!
--Es, amigo mío, una criatura púdica, silenciosa, tímida, de una
castidad a toda prueba, y por añadidura, tan sensible, tan tierna...
Líbrame de ella, te lo suplico por todos los diablos. Es muy
agradable... Pero al presente estoy satisfecho. Pido un substituto.
Zosimoff se echó a reír de muy buena gana.
--Se conoce que no eres moderado; no sabes lo que dices. ¿Por qué he de
hacerle la corte?
--Te aseguro que no te costará trabajo conquistar sus gracias. Te basta
con charlar con ella de cualquier cosa, con que te sientes a su lado
y la hables. Además, eres médico: empieza por curarla de cualquier
tontería. Te juro que no tendrás de que arrepentirte. Tiene un
clavicordio; yo, como sabes, canto algo. Le he cantado una cancioncilla
rusa: «Mis ojos vierten ardientes lágrimas...» Le gustan mucho las
melodías sentimentales. Ese fué mi punto de partida; pero tú eres un
verdadero profesor de piano, una especie de Rubinstein... Te aseguro
que no te pesará.
--Pero, ¿a qué viene todo eso?
--Por lo visto yo no sé explicarme. Mira, os conozco perfectamente
al uno y al otro. No es solamente hoy cuando he pensado en ti. Tú
acabarás de ese modo. ¿Qué te importa que sea más pronto o más tarde?
Aquí, amigo mío, tendrás colchón de pluma y algo mejor. Encontrarás
el puerto, el refugio; el fin de las agitaciones, tortas excelentes,
sabrosas blinas[16], excelentes pasteles de pescado, el samovar por la
tarde, el calentador por la noche; estarás como muerto, y, sin embargo,
vivirás: doble ventaja; pero basta de charla, es hora de acostarse.
Escucha: me sucede a veces despertarme por la noche; en tal caso, iré a
ver cómo sigue Raskolnikoff. Si te sale del corazón, puedes ir a verle
una vez siquiera; y si adviertes en él algo extraordinario, corre a
despertarme. Creo, sin embargo, que no será menester.
[16] Especie de galleta.
II
Al día siguiente, a las siete dadas, Razumikin se despertó presa de
pensamientos que jamás habían turbado su existencia. Se acordó de todos
los incidentes de la noche y comprendió que había experimentado una
impresión muy diferente de cuantas sintiera hasta entonces. Comprendía,
al mismo tiempo, que el sueño que había acariciado era de todo punto
irrealizable. Aquella quimera le pareció de tal modo absurda, que tuvo
vergüenza de pensar en ella. Así es que se apresuró a pasar a otras
cuestiones más prácticas, que en cierto modo le había legado la maldita
jornada precedente.
Lo que más le entristecía era haberse presentado el día anterior como
un perdido; no solamente le habían visto ebrio sino abusando de las
ventajas que su posición de bienhechor le daba sobre una joven obligada
a recurrir a él, y sin conocer a punto fijo lo que era el tal señor.
¿Con qué derecho juzgaba tan temeriamente a Pedro Petrovitch? ¿Quién
le preguntaba su opinión? Además, una persona como Advocia Romanovna,
¿podía casarse a gusto con un hombre indigno de ella? Sin duda que
Pedro Petrovitch Ludjin tenía algún mérito. Claro es que existía la
cuestión del alojamiento; pero, ¿qué motivos tenía Ludjin para saber
lo que era aquella casa? Por otra parte, las dos señoras se albergaban
allí provisionalmente, mientras se les preparaba otra vivienda.
¡Oh, qué miserable era todo aquello! ¿Podría justificarse alegando
su embriaguez? Tan necia excusa le envilecía más. La verdad está en
el vino, y he aquí que, bajo la influencia del vino, había revelado
toda la verdad, es decir, la bajeza de un corazón vulgarmente celoso.
¿Le estaba permitido tal sueño a Razumikin? ¿Qué era él comparado
con aquella joven, él, el borracho charlatán y brutal de la víspera?
¿Qué cosa más aborrecible y más ridícula a la vez que la idea de una
aproximación entre dos seres tan semejantes?
El joven, avergonzado de tan loco pensamiento, se acordó de repente de
haber dicho la noche anterior en la escalera que le amaba la patrona y
que ésta tendría celos de Advocia Romanovna. Tal recuerdo le llenó de
confusión. Era demasiado. Descargó un puñetazo sobre el fogón. Se hizo
daño en la mano y rompió un ladrillo.
--No hay duda--murmuró al cabo de un rato con profunda humillación--;
ya está hecho, y no hay medio de borrar tantas torpezas... Inútil es
pensar en ellas; me presentaré sin decir nada, cumpliré silenciosamente
con mi deber y no daré excusas, me callaré. Ahora es demasiado tarde y
el mal está hecho.
Puso, sin embargo, particular esmero en arreglarse; no tenía más que un
traje, y aunque hubiese tenido muchos, quizás se hubiera puesto el de
la víspera «a fin de no parecer que se había arreglado ex profeso...»
Sin embargo, un abandono cínico hubiese sido de muy mal gusto. No tenía
derecho a herir los sentimientos ajenos, sobre todo cuando se trataba
de personas que necesitaban de él y que le habían suplicado que fuese a
verlas; de consiguiente, cepilló con gran cuidado la ropa; en cuanto a
la interior, Razumikin no la podía sufrir sucia.
Habiendo encontrado el jabón de Anastasia, se lavó concienzudamente
la cabeza, el cuello, y, particularmente, las manos. Después de
vacilar si se afeitaría o no (Praskovia Paulovna poseía excelentes
navajas, herencia de su difunto marido Zarnitzin), resolvió la cuestión
negativamente y con cierta brusca irritación, dijo para sí: «No, me
quedaré como estoy. Se figurarían quizá que me había afeitado para...
¡De ninguna manera!»
Estos monólogos fueron interrumpidos por la llegada de Zosimoff, el
cual después de haber pasado la noche en casa de Praskovia Paulovna,
entró un instante en la suya, y venía ahora a visitar al enfermo.
Razumikin le dijo que Raskolnikoff dormía como un lirón; el médico
prohibió que se le despertara y prometió volver entre diez y once.
--¡Con tal que esté en su cuarto cuando vuelva!--añadió--. Con un
cliente tan dado a las fugas, no se puede contar con él. ¿Sabes si va a
ir a verlas o si vendrán ellas?
--Presumo que vendrán--respondió Razumikin, comprendiendo por qué se le
hacía esta pregunta--; tendrán, sin duda, que ocuparse en asuntos de
familia. Yo me iré. Tú, en calidad de médico, tienes, naturalmente, más
derecho que yo.
--Yo no soy confesor. Además, tengo otras cosas que hacer que no son
escuchar sus secretos; yo también me iré.
--Me inquieta una cosa--repuso Razumikin frunciendo el entrecejo--.
Ayer estaba ebrio, y mientras acompañaba aquí a Rodia no pude contener
la lengua: entre otras tonterías, le dije que temía en él una
predisposición a la locura.
--Lo mismo le dijiste a las señoras.
--Sí, una majadería. Pégame si quieres, pero aquí, entre nosotros,
sinceramente, ¿cuál es tu opinión respecto de mi amigo?
--¿Qué quieres que te diga? Tú mismo, cuando me llevaste a su casa,
me lo presentaste, diciéndome que era un monomaníaco... Ayer le
encontramos algo trastornado, y digo que le encontramos, porque,
aunque yo te acompañaba, fuiste tú el que con tu relato acerca del
pintor decorador, provocaste su exaltación; ¡bonita conversación para
sostenerla delante de un hombre cuyo trastorno intelectual procede
quizá de ese asunto! Si hubiese tenido yo conocimiento, con toda clase
de pormenores, de la escena ocurrida en la oficina de policía; si
hubiese sabido yo que Raskolnikoff había sido blanco de las sospechas
de un miserable, desde la primera palabra te hubiera impedido que
hablases. Estos monomaníacos convierten el Océano en una gota de agua;
las aberraciones de su imaginación se les presentan como realidades...
La mitad de lo que le sucede me lo explico ahora, gracias a lo que
Zametoff nos contó anoche en tu casa. A propósito de este Zametoff, te
diré que me parece un buen muchacho; pero ayer anduvo poco acertado en
decir lo que dijo. Es un terrible charlatán.
--¿Pero, a quién le ha hablado de eso? A ti y a mí.
--Y a Porfirio Petrovitch.
--¿Y qué importa que se lo haya contado a Porfirio?
--Bueno, ya hablaremos de eso. ¿Tienes alguna influencia con la madre y
la hermana? Harán bien en ser hoy muy circunspectas con Raskolnikoff.
--Se lo diré--respondió con aire contrariado Razumikin.
--Hasta la vista. Da las gracias de mi parte a Praskovia Pavlovna por
su hospitalidad. Se encerró en su habitación, y aunque le di gritando
las buenas noches al través de la puerta, no respondió. Sin embargo, a
las siete de la mañana ya estaba levantada; he visto en el corredor que
le llevaban el samovar de la cocina... No se ha dignado admitirme a su
presencia.
A las nueve en punto Razumikin llegaba a la casa Bakaleieff. Las
dos señoras le esperaban desde hacía bastante tiempo con febril
impaciencia. Se habían levantado antes de las siete. Entró sombrío,
saludó sin gracia y se hizo cargo amargamente de haberse presentado
así. No había contado con la huéspeda. Pulkeria Alexandrovna corrió
inmediatamente a su encuentro, le tomó las manos y faltó poco para que
se las besase. El joven miró tímidamente a Advocia Romanovna; pero en
lugar de la expresión burlona y de desdén involuntario y mal disimulado
que esperaba encontrar en aquel orgulloso semblante, advirtió tal
expresión de reconocimiento y de afectuosa simpatía, que su confusión
no reconoció límites. Le hubiera contrariado menos, de seguro, que
le hubiese acogido con reproches. Por fortuna, tenía un asunto de
conversación perfectamente indicado y se fué a él derecho.
Cuando supo Pulkeria Alexandrovna que su hijo no se había despertado
aún, pero que su estado era satisfactorio, indicó que tenía necesidad
de conferenciar con Razumikin. La madre y la hija preguntaron en
seguida al joven si había tomado ya el te y le invitaron a que lo
tomase con ellas, porque habían estado esperando su llegada para
ponerlo en la mesa.
Advocia Romanovna tiró de la campanilla y se presentó un criado mal
vestido; se le ordenó que trajese el te, y, en efecto, lo sirvió, pero
de una manera tan poco conveniente y tan poco limpia, que las dos
señoras no pudieron menos de sentirse avergonzadas. Razumikin renegó de
semejante zahurda, y después, acordándose de Ludjin, se calló, perdió
la serenidad y experimentó vivísimo contento cuando pudo librarse de
aquella situación embarazosa, merced a la granizada de preguntas que le
dirigió Pulkeria Alexandrovna.
Interrogado a cada instante, estuvo hablando durante tres cuartos
de hora, y contó cuanto sabía concerniente a los principales hechos
que habían llenado la vida de Raskolnikoff durante un año. Como es
de suponer, pasó en silencio lo que convenía callar, por ejemplo,
la escena de la comisaría y sus consecuencias. Las dos señoras le
escuchaban con la boca abierta, y cuando el estudiante creyó haberles
dado todos los pormenores que podían interesarlas, aun no se dieron por
satisfechas.
--Dígame, dígame, ¿qué piensa usted?... ¡Ah, usted perdone... no sé
todavía su nombre!...--dijo vivamente Pulkeria Alexandrovna.
--Demetrio Prokofitch.
--Demetrio Prokofitch, tengo grandes deseos de saber cómo considera
mi hijo las cosas; o, para expresarme mejor, qué es lo que ama y lo
que aborrece. ¿Sigue siendo tan irritable? ¿Cuáles son sus deseos, sus
sueños, si usted quiere? ¿Bajo qué influencia particular se encuentra
ahora?
--¿Qué quiere usted que yo le diga? Conozco a Rodia desde hace diez y
ocho meses; es triste, sombrío, orgulloso y altanero. En estos últimos
tiempos (pero quizá esta predisposición existiese en él desde antigua
fecha) se ha vuelto suspicaz e hipocondríaco. Es bueno y generoso. No
gusta de revelar sus sentimientos, y prefiere ofender con su reserva
a las personas a mostrarse expansivo con ellas. Algunas veces, sin
embargo, no parece tan hipocondríaco, sino solamente frío e insensible
hasta la inhumanidad. Diríase que existen en él dos caracteres que
se manifiestan alternativamente. En ciertos momentos es por extremo
taciturno: todo le molesta, todo le desagrada y permanece acurrucado
sin hacer nada. No es burlón, aunque su espíritu no carece de
causticidad, sino más bien porque desdeña la burla como un pasatiempo
demasiado frívolo. No escucha con atención lo que se le dice. Jamás
se interesa por las cosas que en un momento dado interesan a todo el
mundo. Tiene una alta opinión de sí mismo, y yo creo que en esto no
anda del todo equivocado. ¿Qué más puedo añadir? Creo que la llegada de
ustedes ejercerá sobre él una acción muy saludable.
--¡Ah! ¡Dios lo quiera!--exclamó Pulkeria Alexandrovna muy preocupada
por estas revelaciones sobre el carácter de su hijo.
Por último, Razumikin se atrevió a mirar un poco más detenidamente a
Advocia Romanovna. Mientras hablaba la había estado examinando, pero
disimuladamente y volviendo en seguida los ojos. Por su parte, la
joven ora se sentaba cerca de la mesa y escuchaba atentamente, ora se
levantaba, y, según su costumbre, se paseaba por la habitación con los
brazos cruzados, cerrados los labios y haciendo de cuando en cuando
alguna pregunta sin interrumpir su paseo. Tenía también la costumbre
de no escuchar hasta el fin lo que se le decía. Llevaba un traje
ligero de tela obscura y una pañoleta blanca al cuello. Por diversos
indicios, Razumikin comprendió que las dos mujeres eran muy pobres. Si
Advocia Romanovna hubiese ido vestida como una reina, probablemente
no hubiera intimidado a Razumikin; mas quizás por lo mismo que iba
vestida muy pobremente causaba al joven mucho temor y le hacía pesar
con cuidado cada una de sus palabras y cada uno de sus gestos, lo que,
naturalmente, aumentaba la cortedad de un hombre ya poco seguro de sí
mismo.
--Nos ha dado usted muchos pormenores curiosos acerca de mi hermano
y los ha dado usted imparcialmente. Está bien. Yo creía que usted le
admiraba--dijo Advocia Romanovna, sonriendo--. Debe de haber alguna
mujer en su existencia--añadió la joven, pensativa.
--No he dicho eso; pero puede que tenga usted razón; sin embargo...
--¿Qué?
--No ama a nadie; quizá no amará jamás--replicó Razumikin.
--Es decir, que es incapaz de amar.
--¿Sabe usted, Advocia Romanovna, que se parece usted mucho a su
hermano bajo todos los aspectos?--dijo aturdidamente el joven.
Después se acordó repentinamente del juicio que acababa de emitir
acerca de Raskolnikoff, se turbó y se puso rojo como un cangrejo. Dunia
no pudo por menos que reírse.
--Quizá se engañen ustedes en el modo de juzgar a mi Rodia--apuntó
Pulkeria Alexandrovna un poco ofendida--. No me refiero al presente,
Dunetchka; lo que Pedro Petrovitch escribe en esta carta... y lo que
nosotros hemos supuesto, acaso no sea verdadero; pero no puede usted
imaginarse, Demetrio Prokofitch, cuán fantástico y caprichoso es. Hasta
cuando tenía quince años su carácter era para mí una sorpresa continua.
Aun ahora le creo capaz de hacer locuras tales como no se le ocurrirían
a ningún otro hombre... Sin ir más lejos, ¿sabe usted que hace diez y
ocho meses que estuvo a punto de causar mi muerte, cuando se decidió a
casarse con la hija de esa señora Zarnitzin, su patrona?
--¿No sabía usted nada de esos amores?--preguntó Advocia Romanovna.
--¿Usted creerá--prosiguió la madre con animación--que le conmoverían
mis lágrimas, mis súplicas, mi enfermedad, nuestra miseria y el temor
de verme morir? Pues no, señor; completamente tranquilo, siguió sus
planes, sin detenerse ante ninguna consideración; y, sin embargo, ¿se
puede decir por eso que no nos quiere?
--Nada me ha dicho jamás de tal asunto--respondió con reserva
Razumikin--; pero algo he sabido por la señora Zarnitzin, que por
cierto no es muy habladora, y lo que he sabido no deja de ser bastante
extraño.
--¿Qué es lo que ha sabido usted?--preguntaron a un tiempo las dos
mujeres.
--¡Oh! A decir verdad, nada de particular. Todo lo que sé es que ese
matrimonio, que era ya cosa convenida y que iba a verificarse cuando
la novia murió, desagradaba mucho a la misma señora Zarnitzin... Tengo
entendido, además, que la joven, no solamente no era bella, sino que
era fea, y, según se dice, muy... caprichosa. Sin embargo, parece que
no carecía de ciertas buenas cualidades, y seguramente las tendría; de
otro modo, ¿cómo comprender...?
--Estoy convencida de que esa joven tenía algún mérito--afirmó
lacónicamente Advocia Romanovna.
--Que Dios me perdone; pero la verdad es que me alegré de su muerte.
Sin embargo, no sé para cuál de los dos hubiese sido más funesto
ese matrimonio--dijo la madre; y luego, tímidamente, tras de varias
vacilaciones y sin apartar los ojos de Dunia, se puso a interrogar
de nuevo a Razumikin acerca de la escena de la víspera entre Rodia y
Ludjin.
Este incidente parecía inquietarla sobre manera...
El joven volvió a referir minuciosamente el altercado de que había
sido testigo; pero añadiendo que Raskolnikoff insultó deliberadamente
a Pedro Petrovitch, y no excusó la conducta de su amigo con la
enfermedad que éste padecía.
--Antes de estar malo--dijo--ya lo tenía premeditado.
--Así lo creo yo también--replicó Pulkeria Alexandrovna, con la
consternación pintada en su semblante.
Pero se sorprendió mucho al ver que Razumikin hablaba de Pedro
Petrovitch en términos convenientes y aun con cierta especie de
consideración. Esto llamó la atención de Advocia Romanovna.
--¿De modo que ésa es la opinión de usted acerca de Pedro
Petrovitch?--no pudo por menos de preguntar Pulkeria Alexandrovna.
--No puedo tener otra acerca del futuro esposo de esta
señorita--respondió con tono firme y caluroso Razumikin--. Y no es
por vana cortesía por lo que hablo de este modo; lo digo porque...
porque... porque... basta que ese hombre sea la persona que Advocia
Romanovna ha elegido... Si ayer hube de expresarme en tonos injuriosos
respecto de él, fué porque estaba ebrio, y, además... insensato; sí,
insensato; había perdido la cabeza, estaba completamente loco, y ahora
me da vergüenza de...
Se interrumpió poniéndose encendido como la grana. Las mejillas de
Advocia Romanovna se colorearon; pero guardó silencio. Desde que empezó
a hablar de Ludjin, no había despegado los labios. Privada del apoyo de
su hija, Pulkeria Alexandrovna se encontraba visiblemente cortada.
Al fin tomó la palabra, y, con voz vacilante y levantando a cada
momento los ojos hacia Dunia, dijo que en aquel momento le preocupaba
sobre todas las cosas cierta circunstancia.
--Vea usted, Demetrio Prokofitch--comenzó a decir--. Debemos de ser
francas con él, Dunetchka.
--Sin duda, mamá--respondió, con tono de autoridad Advocia Romanovna.
--Verá usted de lo que se trata--se apresuró a decir la madre, como
si el comunicar su disgusto le quitase una montaña del pecho--. Esta
mañana, a primera hora, hemos recibido una carta de Pedro Petrovitch,
respondiendo a lo que nosotros habíamos escrito ayer, dándole cuenta de
nuestra llegada. Vea usted, debía haber ido a esperarnos a la estación,
como nos había prometido; pero en su lugar nos hemos encontrado con un
criado que nos ha conducido hasta aquí, anunciándonos para esta mañana
la visita de su amo. Pero ahora, en vez de venir él, nos ha escrito
esta carta... (lo mejor será que usted mismo la lea); hay en ella un
párrafo que me pone en cuidado. Usted verá en seguida de qué se trata y
me dará francamente su opinión, pues usted, Demetrio Prokofitch, conoce
mejor que nadie el carácter de Rodia, y está en condiciones de poder
aconsejarme. Prevengo a usted que desde el primer momento Dunetshka ha
resuelto la cuestión; pero yo no sé qué hacer, y espero que usted...
Razumikin abrió la carta, fechada la víspera.
«Señora Pulkeria Alexandrovna: Tengo el honor de manifestar a usted
que asuntos imprevistos me han impedido ir a esperar a ustedes a
la estación; por eso me he hecho representar por un hombre de mi
confianza. El Senado, donde he de entender en una cuestión, me
priva del honor de ver a ustedes por la mañana; por otra parte,
no quiero interrumpir la entrevista de usted con su hijo ni la de
Advocia Romanovna con su hermano. A las ocho en punto de la tarde
tendré la satisfacción de saludar a ustedes en su alojamiento.
Encarecidamente les suplico que me eviten la presencia de Rodión
Romanovitch, el cual me insultó del modo más grosero en la
visita que le hice ayer. Aparte de esto, debo tener con usted
una explicación personal a propósito de un punto que acaso no
interpretemos ambos de la misma manera. Tengo el honor de advertir
a usted anticipadamente que, si a pesar de mi deseo, expresado
formalmente, encontrase en casa de ustedes a Rodión Romanovitch,
me veré obligado a retirarme en seguida, y usted solamente podrá
atribuir a sí misma la causa de mi determinación.
»Digo a usted esto teniendo motivos para creer que Rodión
Romanovitch, que parecía tan enfermo cuando yo le visité, recobró
la salud dos horas después, y puede, por consiguiente, ir a casa
de ustedes. Ayer, en efecto, le vi con mis propios ojos en casa
de un borracho que acababa de ser atropellado por un coche. So
pretesto de costear los funerales, dió veinticinco rublos a la
hija del difunto, joven de conducta notoriamente equívoca. Esto me
ha causado verdadero estupor, porque sé con cuánta fatiga se ha
procurado usted ese dinero. Suplico a usted que tenga la bondad
de presentar mis homenajes más sinceros a la señorita Advocia
Romanovna, y permitir que me repita de usted obediente servidor.
»PEDRO PETROVITCH LUDJIN.»
--¿Qué hacer ahora, Demetrio Prokofitch?--preguntó Pulkeria
Alexandrovna, a quien casi se le saltaban las lágrimas--. ¿Cómo decirle
a Rodia que venga? Ayer insistió tan vivamente para que se despidiese
a Pedro Petrovitch, y ahora éste pretende que no reciba a mi hijo...
Seguramente que él vendrá ex profeso en cuanto sepa esto; y, ¿qué va a
suceder entonces?
--Siga usted el consejo de Advocia Romanovna--respondió tranquilamente
Razumikin.
--¡Ah, Dios mío!... Ella dice... no puede imaginarse lo que dice; no
acierto a comprender lo que se propone. Según ella, es mejor, o, más
bien dicho, es absolutamente indispensable que Rodia venga esta noche
y se encuentre aquí con Pedro Petrovitch... Yo preferiría enseñarle la
carta a mi hijo, e impedir hábilmente que viniese, y para conseguir tal
objeto contaba con usted... No comprendo a qué borracho muerto ni a qué
joven se refiere esta carta, ni me explico cómo ha dado a esa persona
las últimas monedas de plata que...
--Que representan para ti tantos sacrificios, mamá--interrumpió la
joven.
--Ayer no estaba en su estado normal--dijo con aire pensativo
Razumikin--. ¡Si supiese usted a qué pasatiempos se entregó ayer en
un café! Por lo demás, ha hecho bien. En efecto, me habló ayer de un
muerto y de una joven mientras que yo le acompañaba a su casa; pero no
comprendí ni una palabra... Como ayer estaba yo...
--Lo mejor es, mamá, ir a su casa, y yo te aseguro que veremos allí lo
que conviene hacer. ¡Qué tarde es ya! ¡Las diez dadas!--observó Dunia,
mirando un magnífico reloj de oro esmaltado, que llevaba suspendido del
cuello por una larga cadena de Venecia y que desentonaba con el resto
de su atavío.
--Un regalo de su prometido--pensó Razumikin.
--Es, efectivamente, hora de salir--dijo su madre con apresuramiento--.
Va a pensar que le guardamos rencor por la acogida que nos hizo anoche;
a esa causa atribuirá nuestro retraso. ¡Ah, Dios mío!
Hablando así se apresuraba a ponerse el sombrero y la pañoleta.
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