honrada franqueza, que Pedro Petrovitch comenzó a sentirse menos
molesto. Además, aquel hombre incivil y mal vestido se recomendaba por
su calidad de estudiante.
--Su madre de usted...
--¡Hum!--exclamó estrepitosamente Razumikin.
Ludjin le miró sorprendido
--No, no es nada, una mala costumbre mía; coutinúe usted.
Ludjin se encogió de hombros y prosiguió:
--Su madre de usted tenía empezada una carta para usted antes de mi
partida. Llegado aquí, he diferido de intento mi visita algunos días, a
fin de estar bien seguro de que estaba usted perfectamente enterado de
todo. Pero ahora veo con asombro que...
--Ya sé, ya sé--interrumpió bruscamente Raskolnikoff, cuyo rostro
expresó violenta irritación--. ¿Usted es el futuro...? Está bien, ya lo
sé. No hablemos más de eso.
Este lenguaje algo grosero hirió en lo vivo a Ludjin, pero guardó
silencio, preguntándose lo que aquello significaba. La conversación se
interrumpió momentáneamente.
En tanto, Raskolnikoff, que para responderle se había vuelto un poco
hacia él, se puso a contemplarle con marcada atención, como si antes
no le hubiese visto o como si le hubiese chocado alguna cosa en el
visitante. Se incorporó para mirarle mejor, y la verdad es que el
exterior de Ludjin ofrecía no sé qué aspecto particular que justificaba
el apelativo de -futuro- tan caballerescamente aplicado poco antes a
aquel personaje.
Desde luego se veía, y quizá se veía demasiado, que Pedro Petrovitch
se había apresurado a aprovechar su estancia en San Petersburgo
para «embellecerse», en previsión de la próxima llegada de su
prometida. Esto, en rigor, era disculpable. Tal vez dejaba adivinar la
satisfacción que sentía por haber logrado su propósito; pero también
esta debilidad podía ser perdonada a un pretendiente. Iba enteramente
vestido de nuevo, y su elegancia no ofrecía a la crítica más que un
punto flaco: el de que la ropa estaba demasiado flamante y denunciaba
un propósito determinado. ¡De qué respetuosos cuidados rodeaba el
elegante sombrero que acababa de comprar! ¡qué miramientos tenía con
sus guantes Jouvin, que no se había atrevido a calzarse, contentándose
con tenerlos en la mano para muestra! En su traje dominaban los colores
claros. Llevaba una graciosa americana de color café claro; pantalón
de un color muy delicado y chaleco de la misma tela que el pantalón.
La pechera, cuellos y puños eran muy pulcros y finos, y la corbata
de batista a listas de color de rosa. Pedro Petrovitch, repitámoslo,
presentaba buen aspecto con estos vestidos, parecía mucho más joven de
lo que era en realidad.
Su rostro muy fresco y no desprovisto de distinción, ostentaba espesas
patillas que hacían resaltar la deslumbrante blancura de una barbilla
cuidadosamente afeitada. Tenía pocas canas y su peluquero había logrado
rizarle el cabello sin ponerle, como casi siempre sucede, la cabeza tan
ridícula como la de un desposado alemán. Si es verdad que en aquella
fisonomía seria y bastante bella había algo desagradable y antipático,
era por otras causas. Después de haber tratado descortésmente al señor
Ludjin, Raskolnikoff sonrió burlonamente, apoyó otra vez la cabeza
en la almohada y se puso a contemplar el techo. Pero el señor Ludjin
había resuelto no incomodarse por nada, y fingió no reparar en lo
extraño de aquel recibimiento. Hasta hizo un esfuerzo para reanudar la
conversación.
--Siento muchísimo encontrar a usted en este estado. Si hubiera sabido
que se hallaba usted enfermo, habría venido antes; pero ya sabe usted,
estoy tan ocupado... Se me ha encargado de un proceso muy importante en
el Senado. Esto sin contar con los preparativos y preocupaciones que
usted adivinará sin duda. Aguardo de un momento a otro a su familia, es
decir, a su madre de usted y a su hermana.
Raskolnikoff quiso decir algo. Su rostro expresó cierta agitación.
Pedro Petrovitch se detuvo un instante; espero, pero viendo que el
joven guardaba silencio continuó diciendo:
--De un momento a otro. En previsión de su próxima llegada les he
buscado hospedaje...
--¿Dónde?--preguntó con voz débil Raskolnikoff.
--Cerca de aquí, en casa de Bakalieff...
--Sí, en el -pereulok- Vosnesenshy--interrumpió Razumikin--; hay dos
pisos amueblados, que los alquila el comerciante Utchin. He estado allí.
--En efecto, en esa casa hay dos cuartos para alquilar. Es aquello un
agujero innoblemente sucio y, además, de muy mala fama. Han ocurrido
allí sucesos nada limpios... Ni el mismo diablo sabe la gente que la
habita. Yo mismo presencié allí cierta aventura escandalosa. ¡Claro!
¡Las habitaciones esas cuestan baratas!
--Como usted comprenderá, yo no podía saber esas cosas, puesto que
acababa de llegar de provincias--replicó Ludjin un tanto picado--. De
todos modos, las dos habitaciones que he tomado están muy limpias, y
como son para tan poco tiempo... Tengo ya apalabrado nuestro futuro
alojamiento--añadió dirigiéndose a Raskolnikoff--. Lo están arreglando.
Ahora estoy también a pupilo. Vivo a dos pasos de aquí, en casa de la
señora Lippevechzel, en el departamento de un joven amigo mío, Andrés
Semenitch Lebeziatnikoff, que es quien me ha indicado la casa de
Bakalieff.
--Lebeziatnikoff--pronunció lentamente Rodia, como si este nombre le
hubiese recordado alguna cosa.
--Sí, Andrés Semenitch Lebeziatnikoff, que es empleado en un
ministerio. ¿Usted le conoce?
--Sí, es decir, no--respondió Raskolnikoff.
--Perdone usted. Su pregunta me ha hecho suponer que no le era
desconocido su nombre. Fuí en otro tiempo su tutor; es un joven muy
agradable y que profesa ideas muy avanzadas. Yo trato con gusto a los
jóvenes: por ellos se sabe lo que hay de nuevo.
Al acabar de decir estas palabras, Pedro Petrovitch miró a sus oyentes
con la esperanza de encontrar en su fisonomía algún signo de aprobación.
--¿Desde qué punto de vista?--preguntó Razumikin.
--Desde un punto de vista muy serio; quiero decir, desde el punto de
vista de la actividad social--respondió Ludjin encantado de que se le
hiciese tal pregunta--. Yo no había estado en San Petersburgo desde
hace diez años. Todas estas novedades, todas estas reformas, todas
estas ideas han llegado hasta nosotros los provincianos; mas para verlo
todo claramente, es preciso venir a San Petersburgo. Observando las
nuevas generaciones es como se las conoce mejor. Lo confieso, estoy
contentísimo.
--¿De qué?
--La pregunta de usted es complicada. Puedo engañarme, pero creo
haber notado puntos de vista más concretos, un espíritu crítico, una
actividad más razonada.
--Es verdad--dijo negligentemente Zosimoff.
--¿Verdad que sí?--dijo Pedro Petrovitch que recompensó al médico con
una amable mirada--. Convendrá usted conmigo--prosiguió dirigiéndose a
Razumikin--en que hay progreso, por lo menos en el orden científico y
en el económico.
--¡Lugares comunes!
--No, no son lugares comunes. Si a mí, por ejemplo, se me dice: «Ama a
tus semejantes», y pongo este consejo en práctica, ¿qué resultará?--se
apresuró a responder Ludjin con demasiado calor--. Rasgaría mi capa y
daría la mitad a mi prójimo, y los dos nos quedaríamos medio desnudos.
Como dice el proverbio ruso: «Si levantáis muchas liebres a la vez,
no cazaréis ninguna». La ciencia me ordena no amar a nadie más que a
mí, supuesto que todo en el mundo está fundado en el interés personal.
Si usted no ama más que a sí mismo, hará usted de un modo conveniente
sus negocios y su capa quedará entera. Añade la Economía política
que cuantas más fortunas privadas surgen en una sociedad, o en otros
términos, cuantas más capas enteras hay, más sólida y felizmente
está organizada esa sociedad. Así, pues, al trabajar únicamente
para mí, trabajo también para todo el mundo; y resulta en último
extremo que mi prójimo recibe un poco más de la mitad de una capa y
no solamente gracias a las liberalidades privadas e individuales,
sino como consecuencia del progreso general. La idea es sencilla;
desgraciadamente ha necesitado mucho tiempo para hacer su camino y para
triunfar de la quimera y del sueño. Sin embargo, no es preciso, me
parece a mí, mucho ingenio para comprender...
--¡Perdón! pertenezco a la categoría de los imbéciles--interrumpió
Razumikin--. No se hable más de eso. Yo tenía un objeto al empezar esta
conversación; pero desde hace tres años me zumban los oídos ya con
toda esta palabrería y con todas estas vulgaridades, y me da vergüenza
hablar y aun oír hablar de ellas. Naturalmente, usted se ha apresurado
a darnos a conocer sus teorías... Es cosa muy disculpable y no se la
censuro. Solamente deseaba saber quién era usted, porque ya se le
alcanza que en estos tiempos hay una porción de embaucadores que han
caído sobre los negocios públicos, y, no buscando más que su propio
medro, han echado a perder cuanto han tocado con sus manos... y... ¡ea,
basta!
--¡Señor!--replicó Ludjin, herido en lo vivo--, ¿eso es decir que yo
también...?
--¡Oh! de ninguna manera. ¿Cómo había yo de...? No se hable más--dijo
Razumikin, y sin hacer caso del visitante reanudó con Zosimoff la
conversación interrumpida con la llegada de Pedro Petrovitch.
Adoptó éste el buen acuerdo de aceptar sin protesta la explicación del
estudiante. Tenía, además, la intención de irse en seguida.
--Ahora que ya nos conocemos--dijo, dirigiéndose a Raskolnikoff--,
espero que nuestras relaciones continuarán en cuanto se ponga
usted bueno del todo, y serán cada vez más íntimas, merced a las
circunstancias que ya conoce... Le deseo un pronto restablecimiento.
Raskolnikoff hizo como si no le hubiera entendido. Pedro Petrovitch se
levantó.
--De seguro es uno de sus deudores quien ha matado a la vieja--afirmó
Zosimoff.
--Seguramente--repitió Razumikin--. Porfirio no dice lo que piensa,
pero interroga a los que habían empeñado alhajas en casa de la usurera.
--¿Que los interroga?--preguntó con voz fuerte Raskolnikoff.
--Sí, ¿y qué?
--Nada.
--¿Y cómo los conoce?--preguntó Zosimoff.
--Koch ha designado alguno; se han encontrado los nombres de otros
muchos en los papeles que envolvían los objetos. En fin, otros se han
presentado en cuanto han tenido noticia del hecho.
--El pillo que ha dado el golpe debe de ser un mozo experimentado. ¡Qué
decisión, que audacia!
--No hay tal cosa--replicó Razumikin--. Eso es precisamente lo que te
engaña y lo que engaña a todos. Sostengo que el asesino no es ni hábil
ni experimentado; ese crimen ha sido probablemente el primero que ha
cometido. En la hipótesis de que el criminal fuese un asesino consumado
nada explicaría todo un cúmulo de inverosimilitudes... Si, por el
contrario, le suponemos novato, habrá que admitir que la casualidad
solamente ha sido causa de que pudiera escapar. ¿Quién sabe? Quizá ni
ha previsto los obstáculos. ¿Cómo lleva a cabo su empresa? Asesina a
dos personas, toma luego alhajas de diez o veinte rublos, y se llena
con ellas los bolsillos; revuelve el cofre en que la vieja guardaba sus
trapos, no toca el cajón de la cómoda en donde se ha encontrado una
cajita que contenía mil quinientos rublos en metálico sin contar los
billetes. No, no ha sabido robar, sólo ha sabido matar. Lo repito, es
principiante; se aturdió en el momento de cometer el crimen. Si no le
han detenido ya, debe dar más gracias al azar que a su destreza.
Pedro Petrovitch iba ya a marcharse, pero antes de salir quiso
pronunciar algunas frases profundas. Deseaba dejar buena impresión, y
la vanidad le privó de tacto.
--¿Hablan ustedes, sin duda, del asesinato recientemente perpetrado en
la persona de una anciana, viuda de un secretario de colegio?--preguntó
dirigiéndose a Zosimoff.
--Sí. ¿Usted ha oído hablar de ese crimen?
--¿Cómo no? Si se habla de él en todas partes.
--¿Conoce usted los pormenores?
--No todos; pero este asunto me interesa por la cuestión de carácter
general que plantea. No me refiero al aumento de crímenes en la clase
baja durante estos cinco últimos años; dejo a un lado la sucesión no
interrumpida de robos y de incendios. Lo que más me preocupa es que en
las clases elevadas la criminalidad sigue una progresión en cierto modo
paralela.
--Pero, ¿de qué se preocupa usted?--dijo bruscamente Raskolnikoff--.
Todo eso es el resultado práctico de la teoría de ustedes.
--¿Cómo de nuestra teoría?
--Es la deducción lógica del principio que usted acaba de sentar. Según
usted, es lícito matar al prójimo.
--¿Cómo? ¡Yo!--exclamó Ludjin.
--No, no es eso--observó Zosimoff.
Raskolnikoff se puso pálido y respiraba fatigosamente; cierto
estremecimiento agitaba su labio superior.
--Todo consiste en los justos medios--prosiguió con tono altanero Pedro
Petrovitch--; la idea económica no es aún, que yo sepa, una excitación
al asesinato, y de lo que yo he expuesto al principio...
--¿Es verdad--saltó Raskolnikoff con voz temblorosa de cólera--, es
verdad que usted dijo a su futura esposa... cuando aceptó la petición
de usted, que lo que más le agradaba de ella era su pobreza... porque
es mejor casarse con una mujer para dominarla y echarle en cara los
beneficios de que se ha colmado?
--¡Caballero!--exclamó Ludjin--, rugiendo de furor--. ¡Caballero!
¡Eso es desnaturalizar mi pensamiento! Dispense usted que le diga que
los rumores que han llegado a su conocimiento, o mejor dicho, que han
sido puestos en su conocimiento, no tienen ni sombra de fundamento y
sospecho que... en una palabra... Ese dardo... en una palabra, que su
madre de usted... Ya me había parecido a mí, que, a pesar de sus buenas
cualidades, era un poco exaltada y novelesca; sin embargo, estaba a
mil leguas de imaginar que pudiese desnaturalizar hasta ese punto el
sentido de mis palabras y citarlas alterándolas de tal suerte... En
fin...
--¿Sabe usted lo que le digo?--gritó el joven incorporándose y echando
lumbre por los ojos--. ¿Sabe usted lo que le digo?
--¿Qué?
Y al decir esta palabra se detuvo Ludjin y esperó con aire de desafío.
Hubo algunos momentos de silencio.
--Pues bien, que si usted se permite decir una sola palabra más de mi
madre, le tiro de cabeza por la ventana.
--¿Qué te pasa? ¿Qué arrebato es ése?--exclamó Razumikin.
--¡Ah! ¡Lo haré como lo digo!
Ludjin palideció y se mordió los labios. Se ahogaba de rabia, aunque
hacía esfuerzos inauditos para contenerse.
--Escuche usted, caballero--dijo después de una pausa--. La manera como
usted me recibió cuando entré, no me dejó ninguna duda acerca de su
enemistad; sin embargo, he prolongado mi visita por exceso de cortesía.
Hubiera podido perdonar a un enfermo y a un pariente, pero ahora...
¡jamás! ¡jamás!
--¡Yo no estoy enfermo!--gritó Raskolnikoff.
--¡Tanto peor!
--¡Váyase usted al infierno!
Pero Ludjin no tuvo necesidad de esta invitación para marcharse. Se
apresuró a salir sin mirar a nadie y sin saludar a Zosimoff, que
durante un rato estuvo haciéndole señas de que dejase en reposo al
enfermo.
--¿Ese es el modo de portarse?--dijo Razumikin, moviendo la cabeza.
--¡Dejadme! ¡Dejadme todos!--exclamó colérico Raskolnikoff--. ¿Me
dejaréis en paz, verdugos? ¡No tengo miedo de vosotros! ¡No temo a
nadie, a nadie! Ahora, marchaos. ¡Quiero estar solo, solo, solo!
--Vámonos--dijo Zosimoff haciendo una seña con la cabeza a Razumikin.
--Pero, ¿le vamos a dejar así?
--¡Vámonos!--insistió el médico.
Razumikin reflexionó un instante y se decidió a seguir al doctor, que
ya había salido.
--Nuestra resistencia a sus deseos le hubiera sido perjudicial--dijo
Zosimoff a su amigo ya en la escalera--. No conviene irritarle.
--¿Qué le pasa?
--Una sacudida que le sacase de sus preocupaciones le haría mucho
provecho. Alguna idea fija le atormenta... Eso es lo que más me
inquieta.
--El señor Pedro Petrovitch, ¿tendrá algo que ver en esto? Según la
conversación que acaban de sostener, parece que ese individuo va a
casarle con una hermana de Rodia, y que nuestro amigo ha recibido una
carta acerca de este asunto muy pocos días antes de su enfermedad.
--El diablo, sin duda, es quien ha traído de visita a ese señor, que ha
podido echarlo todo a perder. Pero, ¿has reparado en que sólo una cosa
hace salir al enfermo de su apatía y mutismo? ¡Cómo se excita cuando se
habla de ese asesinato!
--Sí, sí, lo he advertido--respondió Razumikin--; presta más atención,
se inquieta. Es, sin duda, porque el mismo día que se puso malo le
asustaron en la oficina de policía y se desmayó.
--Ya me lo contarás circunstanciadamente en otra ocasión, y a mi vez te
diré algo... Me interesa mucho, muchísimo. Dentro de media hora volveré
a ver cómo sigue. No es de temer le inflamación...
--Gracias a ti. Ahora voy a entrar un momento en casa de Pashenka, y
haré que le cuide Anastasia.
Cuando se quedó solo, Raskolnikoff miró a la criada con impaciencia y
disgusto; pero ésta vacilaba antes de irse.
--¿Tomarás ahora el te?--preguntóle la sirvienta.
--Más tarde; quiero dormir. Déjame.
El joven se volvió con un movimiento convulsivo hacia la pared, y la
criada salió del aposento.
VI
Pero en cuanto la criada hubo salido, Raskolnikoff se levantó, cerró la
puerta con el picaporte y se puso las prendas que Razumikin le había
llevado. Cosa extraña. De repente se trocó en tranquilidad completa el
frenesí de antes y el terror pánico que el joven había sentido en los
últimos días. Era aquel el primer momento de una tranquilidad extraña
y repentina. Precisos y sin vacilación los movimientos del joven,
denotaban una resolución enérgica. «Hoy mismo, hoy mismo», murmuraba.
Comprendía, sin embargo, que estaba aún débil; pero la extrema tensión
moral a que debía su calma, le daban seguridad y confianza; no quería
caerse en la calle. Después de haberse vestido por completo, miró el
dinero colocado sobre la mesa, reflexionó un poco y se lo metió en el
bolsillo.
La cantidad subía a veinticinco rublos. Tomó también todas las monedas
de cobre que quedaban de los diez rublos gastados por Razumikin, abrió
suavemente la puerta, salió de su habitación y bajó la escalera. Al
pasar por delante de la cocina, cuya puerta estaba abierta de par en
par, echó una ojeada. Anastasia estaba vuelta de espaldas, ocupada en
soplar el samovar de la patrona y no le vió. Por otra parte, ¿quién
hubiera podido prever esta fuga? Un instante después estaba en la calle.
Eran las ocho y se había puesto el sol. Aunque la atmósfera era
sofocante como el día anterior, Raskolnikoff respiraba con avidez el
aire polvoriento emponzoñado por las exhalaciones mefíticas de la
gran ciudad. Sentía algunos ligeros vahídos; sus ojos inflamados, su
rostro delgado y lívido expresaban salvaje energía. No sabía dónde ir
ni tampoco le preocupaba; sabía solamente que era preciso acabar con
«aquella historia»; pero de repente y en seguida; que de otro modo no
entraría en su casa. «Porque no quería vivir así.» ¿Cómo acabar? No lo
sabía y hacía esfuerzos para desechar esta pregunta que le atormentaba.
Sólo comprendía que era menester cambiase todo de una manera o de otra,
«cueste lo que cueste», repetía con desesperada resolución.
Siguiendo una antigua costumbre se dirigió al Mercado del Heno.
Antes de llegar vió en la calzada, frente a una tiendecilla, a un
organillero joven, de cabellos negros, que tocaba una melodía muy
sentimental. El músico acompañaba con su instrumento a una joven de
quince años, que estaba de pie en la acera. La muchacha, vestida como
una señorita, llevaba crinolina, manteleta, guantes, chal y sombrero
de paja, adornado con una pluma encarnada, todo viejo y arrugado. Con
voz cascada, pero bastante fuerte y agradable, cantaba una romanza,
esperando que en la tienda le diesen un par de kopeks. Dos o tres
personas se habían detenido; Raskolnikoff hizo como ellas, y después de
haber escuchado un momento, sacó del bolsillo un piatak y lo puso en
la mano de la joven. La muchacha cortó en seco su canto en la nota más
alta y conmovedora--. ¡Basta!--gritó la cantora a su compañero y ambos
se dirigieron a la tienda de al lado.
--¿Le gustan a usted las canciones de las calles?--preguntó bruscamente
Raskolnikoff a un transeunte, ya de cierta edad, que había estado
oyendo a su lado a los músicos callejeros y que parecía un paseante
desocupado.
El interrogado miró con sorpresa al que le dirigía esta pregunta.
--Yo--prosiguió Raskolnikoff (al verle se hubiera creído que hablaba de
otra cosa que de la música de las calles)--, yo gusto de oír cantar al
compás del organillo, sobre todo en una tarde fría, sombría y húmeda de
otoño, principalmente húmeda, cuando todos los transeuntes tienen cara
verdosa o enfermiza, o mejor aún, cuando la nieve cae verticalmente,
sin que el viento le desparrame y cuando las luces brillan al través de
las nubes...
--Yo no sé. Usted me dispense--balbuceó el señor, aterrado de la
pregunta y del extraño aspecto de Raskolnikoff y se pasó a la otra
acera.
El joven continuó su camino y llegó al Mercado del Heno, al sitio mismo
en que días antes cierto tendero y su mujer hablaban con Isabel; pero
no estaban allí. Reconociendo el lugar, se detuvo, miró en derredor
suyo y se dirigió a un mozo de camisa roja que bostezaba a la puerta de
un almacén de harinas.
--¿Es aquí en este rincón, donde cierto tendero y su mujer se ponen a
vender?
--Todo el mundo vende--respondió el mozo, mirando con desdén a
Raskolnikoff.
--¿Cómo le llaman?
--Le llaman por su nombre.
--Tú no eres de Zaraisk. ¿De qué provincia eres?
El mozo miró de nuevo a su interlocutor.
--Alteza, nosotros no somos de una provincia, sino de un distrito. Mi
hermano ha partido, y yo me he quedado en la casa, de manera que no sé
nada. Perdóneme Vuestra Alteza.
--¿Hay arriba un bodegón?
--Es un -traktir- y un billar. Hasta princesas van ahí... se ve muy
favorecido.
Raskolnikoff se dirigió a otro ángulo de la plaza, en donde había
un grupo compacto, exclusivamente compuesto de -mujiks-. Se metió
entre la gente, mirando a todas las personas y deseoso de hablar con
todo el mundo. Pero los campesinos no fijaban la atención en él, y
formando grupos pequeños hablaban en voz alta de sus asuntos. Después
de un momento de reflexión, dejó el Mercado del Heno y se entró en el
-pereulok-.
En otras varias ocasiones había pasado por esta callejuela, que
forma un recodo y une el mercado con la Sadovia. Desde hace algún
tiempo, gustábale ir a pasear por aquellos sitios, cuando comenzaba
a aburrirse... «a fin de aburrirse todavía más». Ahora iba allí sin
propósito algo determinado. Se encuentra en esta callejuela una gran
casa, cuya planta baja está ocupada por tabernas y figones de los que
salían continuamente mujeres, sin nada a la cabeza y descuidadamente
vestidas. Se agrupaban en dos o tres sitios de la acera, principalmente
cerca de las escaleras por las que se baja a una especie de cafetines
de mala fama. En uno de ellos, sonaba alegre estrépito: cantaban
dentro, tocaban la guitarra y el ruido se extendía de un extremo a
otro de la calle. La mayor parte de las mujeres se habían reunido en
la puerta de aquel antro; unas estaban sentadas en las escaleras, las
otras en la acera, las otras, en fin, hablaban en pie. Un soldado
borracho, con el cigarrillo en la boca, golpeaba el suelo profiriendo
imprecaciones: hubiérase dicho que quería entrar en alguna parte, pero
que no sabía dónde. Dos individuos desharrapados se insultaban. Un
hombre completamente ebrio yacía tirado, cuan largo era, en medio de
la calle. Raskolnikoff se detuvo cerca del principal grupo de mujeres.
Hablaban a voces, todas llevaban vestidos de indiana, calzado de piel
de cabra y la cabeza descubierta. Muchas habían pasado ya de los
cuarenta años; otras no representaban más de diez y siete. Casi todas
tenían amoratadas las orejas.
Los cantos y el ruido que salían de la zahurda, llamaron la atención
de Raskolnikoff. En medio de las carcajadas y del barullo, una agria
voz de falsete cantaba al son de una guitarra y una persona danzaba
furiosamente marcando el compás con los tacones. El joven, inclinado
hacia la entrada de la escalera, escuchaba sombrío y pensativo.
-Hombrecito de mi alma-
-No me pegues sin razón.-
cantaba la voz de falsete. Raskolnikoff no hubiera querido perder
palabra de aquella canción, como si el oírla hubiese sido para él cosa
de grandísima importancia.
«Si entrase...»--pensaba--. «Se ríen, están borrachos.»
--¿No entras, buen mozo?--le preguntó una de las mujeres con voz
bastante bien timbrada y que conservaba aún cierta frescura.
Era una muchacha joven, y la única en el grupo que no daba náuseas.
--¡Oh, bonita muchacha!--respondió el joven levantando la cabeza y
mirándola.
Sonrióse la moza, lisonjeada con el requiebro.
--También tú eres muy guapo.
--¡Guapo un tipo semejante!--gruñó en voz baja otra mujer--; de seguro
que acaba de salir del hospital.
Bruscamente se aproximó un -mujik-, medio ebrio, con el capote
desabrochado y el rostro resplandeciente de maliciosa alegría.
--Parece que son hijas de generales, lo que no les impide ser
chatas--dijo el -mujik---. ¡Oh, qué hermosuras!
--Entra, puesto que has venido.
--Entraré, preciosa--y descendió al cafetín.
Raskolnikoff hizo ademán de alejarse.
--Escuche usted, -barin-[15]--le gritó la joven cuando nuestro héroe
volvía ya la espalda.
[15] Señor.
--¿Qué?
--Querido -barin-, tendré mucho gusto en pasar una hora con usted; pero
en este momento me siento cortada en su presencia. Déme seis kopeks
para echar un trago, amable caballero.
Raskolnikoff buscó en el bolsillo y sacó tres piataks.
--¡Ah! ¡Qué bueno es usted!
--¿Cómo te llamas?
--Pregunte usted por Duklida.
--¡Qué desfachatez!--dijo bruscamente una de las mujeres que se
encontraban en el grupo, señalando a Duklida, con un movimiento de
cabeza--. ¡No sé cómo hay personas que pidan de ese modo! Yo no me
atrevería jamás... Creo que antes me moriría de vergüenza.
Raskolnikoff sintió curiosidad por ver a la mujer que hablaba de aquel
modo. Era una moza de treinta años, toda llena de equimosis y el labio
superior hinchado. Había lanzado su sentencia con toda calma y seriedad.
«¿En dónde he leído yo--pensaba Raskolnikoff alejándose--, que se
concede no sé qué a un condenado a muerte una hora antes de su
ejecución? Aunque él tuviese que vivir sobre una cima escarpada, en
una roca perdida en medio del Océano, donde no hubiese más que el
sitio suficiente para colocar los pies, aunque tuviese que pasar así
toda su existencia, mil años... una eternidad, derecho en el espacio
de un pie cuadrado, solo en las tinieblas, expuesto a todas las
intemperies... preferiría aquella vida a la muerte. Vivir, no importa
cómo, pero vivir. ¡Qué verdad es, Dios mío, qué verdad es! ¡Qué
cobarde es el hombre y qué cobarde también aquel que por ello le llama
cobarde!»--añadió al cabo de un instante.
Hacía largo tiempo que andaba al azar, cuando le llamó la atención la
muestra de un café: «¡Hola! -El Palacio de Cristal-. Poco ha me habló
de él Razumikin. Pero, ¿qué es lo que yo quiero hacer aquí? ¡Ah! Sí,
leer. Zosimoff dice que había leído en los periódicos...»
--¿Tienen ustedes periódicos?--preguntó entrando en un salón muy
espacioso y bastante bien decorado, donde había poca gente.
Dos o tres parroquianos tomaban te. En una sala distante, cuatro
personas, sentadas a una mesa, bebían -Champagne-. Raskolnikoff creyó
reconocer entre ellos a Zametoff, pero la distancia no le permitía
distinguirlo bien.
«Después de todo, ¿qué me importa?» se dijo.
--¿Quiere usted aguardiente?--preguntó el mozo.
--Sírveme te y tráeme también los periódicos, los de los últimos cinco
días, te daré buena propina.
--Bueno, aquí tiene usted los de hoy. ¿Quiere usted también aguardiente?
Cuando le sirvieron el te y le dieron los periódicos, Raskolnikoff se
puso a buscar.
--Izler. Izler. Los Aztekas. Los Aztekas. Bartola. Máximo. Los Aztekas.
Izler... ¡Oh, qué lío! ¡Ah! Aquí están los sucesos: una mujer se ha
caído por una escalera... Un comerciante trastornado por el vino. El
incendio de las Arenas. El incendio de la Petersburgskaia. Otra vez el
incendio de la Petersburgskaia. Izler. Izler. Izler. Izler. Máximo...
¡Ah! Aquí está.
Cuando encontró lo que buscaba, comenzó la lectura; danzaban las letras
delante de sus ojos. Pudo, sin embargo, leer «los sucesos» hasta el
fin y se puso a buscar ávidamente los «nuevos detalles» en los otros
números.
Impaciencia febril le hacía temblar las manos conforme ojeaba los
periódicos. De repente se sentó a su lado uno. Raskolnikoff miró. Era
Zametoff. Zametoff en persona y con el mismo traje que llevaba en el
despacho de policía con sus sortijas, sus cadenas, los negros cabellos
rizados y llenos de cosmético, separados elegantemente en medio de la
cabeza, con su elegante chaleco, su levita algo usada y algo arrugada
la camisa.
El jefe de la Cancillería estaba alegre; por lo menos se sonreía con
satisfacción y franqueza. Por efecto del -Champagne- que había bebido,
tenía el moreno rostro bastante enrojecido.
--¡Cómo! ¿Usted aquí?--exclamó con asombro y con el tono que hubiera
usado para saludar a un antiguo camarada--. ¡Si ayer mismo Razumikin me
dijo que seguía usted sin conocimiento!... Es extraño. He estado en su
casa...
Raskolnikoff no creía que el jefe de la Cancillería vendría a hablar
con él. Apartó los periódicos y se volvió hacia Zametoff con una
sonrisa por la cual se transparentaba viva irritación.
--Me han hablado de su visita--contestó--; usted buscó mi bota.
Razumikin está loco con usted. Han ido ustedes juntos, según parece, a
casa de Luisa Ivanovna, a quien usted trató de defender el otro día.
¿No se acuerda? Usted hacía señas al ayudante -Pólvora-, y él no hacía
caso de sus guiños. Sin embargo, no era necesaria mucha penetración
para comprenderlos. La cosa es clara, ¿eh?
--Es más charlatán...
--¿Quién? -¿Pólvora?-
--No, Razumikin...
--Pero usted se lleva la mejor vida, señor Zametoff. Tiene usted
entrada gratuita en lugares encantadores. ¿Quién le ha regalado a usted
el -Champagne-?
--¿Por qué me lo habían de regalar?
--A título de honorarios. Usted saca partido de todo--dijo con sorna
Raskolnikoff--. No se incomode usted, querido amigo--añadió dando un
golpecito en el hombro a Zametoff--. Lo que le digo a usted es sin
malicia, en broma, como decía, a propósito de los puñetazos dados por
él a Mitka, el obrero detenido por el asunto de la vieja.
--Pero, ¿usted cómo sabe eso?
--Lo sé quizá mejor que usted.
--¡Qué original es usted!... Verdaderamente está algo enfermo. Ha hecho
mal en salir...
--¿Me encuentra usted raro?
--Sí. ¿Qué es lo que usted leía?
--Periódicos.
--Ha habido estos días muchos incendios.
--No me importan los incendios--repuso Raskolnikoff mirando a Zametoff
con aire singular y con sonrisa burlona--. No, no son los incendios lo
que me interesa--continuó guiñando los ojos--. Pero confiese usted,
querido joven, que tiene grandes deseos de saber lo que yo leía.
--No, no tengo ninguno; se lo preguntaba a usted por decir algo. ¿Es
que no le puedo preguntar a usted...? Porque siempre...
--Escuche. Usted es un hombre instruído, letrado, ¿no es cierto?
--He seguido mis estudios en el Gimnasio hasta el sexto curso
inclusive--respondió con cierto orgullo Zametoff.
--Hasta el sexto curso. ¡Ah, pícaro! Tiene buena raya y sortijas. Es un
hombre rico y muy guapo.
Al decir esto, Raskolnikoff se echó a reír en las barbas mismas de su
interlocutor. Este se retiró un poco; no ofendido, precisamente, pero
sí sorprendido.
--¡Qué original es usted!--repitió con tono muy serio Zametoff--. Me
parece que sigue usted delirando.
--¿Que deliro? Te burlas, amiguito... ¿Conque soy original, eh? Es
decir que parezco un bicho raro, ¿eh? raro, ¿verdad? ¿Que excito la
curiosidad?
--Sí.
--¿Usted deseaba saber lo que leía, lo que buscaba en los periódicos?
Vea usted cuántos números me han traído. Esto da mucho en que pensar,
¿no es eso?
--Vamos, diga usted.
--Usted cree haber levantado la liebre.
--¿Qué liebre?
--Luego se lo diré a usted; ahora, querido amigo, le declaro... o más
bien, «confieso»... no, no es eso: presto una declaración y usted toma
nota de ella. Pues bien, yo declaro que he leído, que tenía curiosidad
de leer, que he buscado y que he encontrado.... (Raskolnikoff guiñó
los ojos y esperó), por eso he venido aquí para saber los detalles
relativos al asesinato de la vieja prestamista.
Al pronunciar estas palabras bajó la voz y arrimó la cara a la de
Zametoff. Este le miró fijamente sin pestañear y sin apartar la cabeza.
Al jefe de la Cancillería le pareció muy extraño que durante un minuto
se estuviesen mirando sin decir palabra.
--¿Sabe usted?--continuó en voz baja Raskolnikoff sin hacer caso de la
exclamación de Zametoff--se trata de aquella misma vieja de la cual
se hablaba en el despacho de policía cuando yo me desmayé. ¿Comprende
usted ahora?
--¿Qué quiere decir con eso de comprende usted?--dijo Zametoff casi
asustado.
El rostro inmóvil y serio de Raskolnikoff cambió repentinamente de
expresión y se echó a reír de un modo nervioso como si no pudiera
contenerse. Experimentaba idéntica sensación que el día del asesinato
cuando, sitiado en el cuarto de sus víctimas por Koch y Pestriakoff, le
había dado ganas de insultarlos, provocarlos y reírse de ellos en sus
propias barbas.
--O usted está loco, o...--comenzó a decir Zametoff y se detuvo como si
cruzara por su mente una idea repentina.
--O ¿qué? ¿qué iba usted a decir? Acabe la frase.
--No--replicó Zametoff--; todo eso es absurdo.
Ambos guardaron silencio. Después de un súbito acceso de hilaridad,
Raskolnikoff se quedó sombrío y pensativo.
De codos en la mesa, con la cabeza entre las manos, parecía haber
olvidado por completo la presencia de Zametoff.
--¿Por qué no toma usted el te?--dijo, al fin éste--. Va a enfriarse.
--¿Qué?... ¿el te?... Bueno.
Raskolnikoff se llevó la taza a los labios, comió un bocado de pan, y
fijando los ojos en Zametoff recobró su fisonomía la expresión burlona
que tenía antes y continuó tomando el te.
--Los delitos de todo género son ahora muy numerosos--apuntó
Zametoff--. Precisamente hace poco leí en la -Moskovskia Viedomosti-
que había sido detenida en Moscou una cuadrilla de monederos falsos,
toda una sociedad que se dedicaba a la fabricación y expendición de
billetes del Banco.
--¡Oh! ¡Eso es ya viejo! ¡Hace un mes que lo he leído!--respondió
flemáticamente Raskolnikoff--. ¿De modo que usted supone que son
estafadores?
--¿Cómo? ¿Cree usted que no lo son?
--¿Ellos? Chiquillos, novatos infelices, y no estafadores. ¡Se reunen
cincuenta para ese objeto! ¿A quién se le ocurre? En semejante caso,
tres son ya mucho, y aun es menester que cada miembro de la asociación
esté más seguro de sus asociados que de sí mismo. Basta que a uno de
ellos un poco bebido se le escape una palabra, y todo se derrumba. ¡Son
novatos! Envían a personas de las cuales no pueden responder a cambiar
sus billetes en las casas de banca. ¿Es discreto encargar al primero
que se presenta de una comisión semejante? Supongamos que, a pesar
de todo, hayan conseguido su propósito; supongamos que el negocio ha
producido un millón a cada uno de ellos. Helos durante toda la vida en
dependencia los unos de los otros. Mejor es ahorcarse que vivir así.
Pero no han sabido representar su papel: uno de sus agentes se presenta
a este efecto en una oficina, se le entregan cinco mil rublos y sus
manos tiemblan. Cuenta los cuatro primeros miles, el quinto lo guarda
sin recontarlo; tanto deseo tenía de escapar. De este modo, despierta
sospechas y todo el negocio se echa a perder por la falta de un solo
imbécil. Esto es verdaderamente inconcebible.
--¿Que le tiemblan las manos?--replicó Zametoff--. Pues me parece muy
natural. En ciertos casos, no es uno dueño de sí mismo. Ahí tiene
usted, sin ir más lejos, una prueba reciente. El asesino de esa vieja
debe ser un bribón muy resuelto para no haber vacilado en cometer su
crimen en pleno día y en las condiciones más peligrosas. Milagro es que
ya no esté preso. Pues bien, a pesar de esto, sus manos temblaban: no
ha sabido robar: le ha faltado la serenidad, como los hechos demuestran
claramente.
Aquel lenguaje hirió en lo más vivo a Raskolnikoff.
--¿Usted cree? Pues bien, échele usted el guante, descúbralo usted
ahora--exclamó el joven experimentando maligno placer al mortificar al
jefe de la Cancillería.
--No tenga usted cuidado, se le descubrirá.
--¿Quién? ¿Usted? ¿Usted va a descubrirle? Perderá usted el tiempo y
el trabajo. Para ustedes toda la cuestión es saber si un hombre hace o
no hace gastos. Uno que no poseía nada tira el dinero por la ventana;
luego es culpable. Ajustándose a esta regla, un chiquillo, si quisiese,
escaparía a las investigaciones de ustedes.
--El hecho es que todos se conducen del mismo modo--respondió
Zametoff--. Después de haber desplegado a menudo mucha habilidad
y astucia en la perpetración del asesinato, se dejan pescar en la
taberna. Los denuncian sus gastos, no son tan astutos como usted.
Usted, es claro, no iría a la taberna.
Raskolnikoff frunció las cejas y miró fijamente a Zametoff.
--¿Usted quiere saber cómo obraría yo, en caso semejante?--preguntó con
tono malhumorado.
--Sí--replicó con energía el jefe de la Cancillería.
--¿Tiene usted mucho empeño?
--Sí.
--Pues bien, he aquí lo que yo haría--comenzó a decir Raskolnikoff,
bajando de repente la voz y aproximando de nuevo la cara a la de su
interlocutor, a quien miró fijamente. Por esta vez no pudo menos de
temblar--. He aquí lo que haría yo. Tomaría el dinero y las joyas, y
después, al salir de la casa, iría, sin un minuto de retraso, a un
paraje cerrado y solitario, a un corral o un huerto, por ejemplo.
Me aseguraría antes de que en un rincón de este corral, al lado de
una valla, hubiese una piedra de cuarenta o sesenta libras de peso,
levantaría esta piedra, bajo la cual el suelo debía de estar deprimido,
y depositaría en el hueco el dinero y las alhajas. Hecho esto volvería
a poner la piedra y me iría. Durante uno, dos, o tres años, dejaría
allí los objetos robados, y ya podrían ustedes buscarlos.
--Usted está loco--respondió Zametoff.
Sin que podamos decir por qué, pronunció estas palabras en voz baja y
se apartó bruscamente de Raskolnikoff. Los ojos de éste relampagueaban.
Había palidecido de un modo horrible y un temblor convulsivo agitaba
su labio superior. Se inclinó lo más posible hacia el rostro del
funcionario y se puso a mover los labios sin proferir una sola palabra.
Así pasó medio minuto. Nuestro héroe no se daba cuenta de lo que hacía,
pero no podía contenerse. Estaba a punto de escapársele su espantosa
confesión.
--¿Y si fuese yo el asesino de la vieja y de Isabel?--dijo de repente;
pero se contuvo ante el sentimiento del peligro.
Zametoff le miró con aire extraño y se puso tan blanco como la
servilleta, en tanto que en su rostro se dibujaba una forzada sonrisa.
--Pero, ¿es eso posible?--dijo con voz que apenas podía ser entendida.
Raskolnikoff fijó en él una mirada maliciosa.
--Confiese usted que lo ha creído. ¿A que sí? ¿A que lo ha creído usted?
--No, de ninguna manera--se apresuró a decir Zametoff--. Usted me ha
asustado para sugerirme esa idea.
--¿Según eso, usted no lo cree? ¿Entonces, de qué se pusieron a hablar
el otro día al salir yo de la oficina? ¿Por qué el ayudante -Pólvora-
me interrogó después de mi desmayo? ¡Eh! ¿Cuánto debo?--gritó al mozo
levantándose y tomando la gorra.
--Treinta kopeks--respondió éste, acudiendo a la llamada del
parroquiano.
--Toma, además, veinte kopeks de propina. Vea usted cuánto dinero
tengo--, prosiguió, mostrando a Zametoff unos cuantos billetes--: ¿los
ve usted? Rojos, azules, veinticinco rublos. ¿De dónde procede este
dinero? ¿Cómo, además, tengo ropa nueva? Usted sabe, en efecto, que yo
no tenía ni un kopek. Apuesto cualquier cosa a que ha preguntado usted
a mi patrona... ¡Ea! ¡Bastante hemos hablado! Hasta la vista.
Salió tan agitado con cierta extraña sensación, a la cual se unía un
acre placer. Estaba, además, sombrío y terriblemente cansado. Semejaba
su rostro convulsivo el de un hombre que acababa de sufrir un ataque de
apoplejía. Poco antes, bajo la acción de sus emociones, sentía fuerzas;
pero cuando aquel estimulante hubo cesado, invadíale intensa emoción.
Cuando se quedó solo, Zametoff permaneció aún largo tiempo sentado
en el mismo sitio. El jefe de la Cancillería parecía pensativo.
Raskolnikoff acababa de trastornarle inopinadamente todas sus ideas
sobre «cierto punto»; estaba despistado.
--Ilia Petrovitch es un imbécil--dijo por último.
Apenas Raskolnikoff abrió la puerta de la calle, se encontró frente
a frente en el vestíbulo con Razumikin que entraba. A un paso de
distancia los dos jóvenes no se habían visto y poco faltó para que
chocasen uno contra otro. Durante un momento se midieron con la mirada.
Razumikin se quedó atónito; pero de repente brilláronle en los ojos
llamaradas verdaderas de cólera.
--¿De modo que has venido aquí?--dijo con voz tonante--. ¡Pues no se
ha escapado de la cama! ¡Y yo que le he buscado hasta debajo del sofá!
¡Hasta el granero se ha revuelto para ver si se daba contigo! Por
causa tuya ha faltado poco para que le pegase a Anastasia... ¡Y vea
usted dónde estaba metido! ¿Qué significa esto, Rodia? Di la verdad.
Confiesa...
--Esto significa que me fastidiáis todos horrorosamente y que quiero
estar solo--respondió fríamente Raskolnikoff.
--¡Solo, cuando no puedes aún ni andar, cuando estás pálido como la
cera; cuando te falta el aliento! ¡imbécil! ¿Qué has venido a hacer al
-Palacio de Cristal-? Confiésamelo en seguida.
--Déjame pasar--replicó Raskolnikoff, y trató de alejarse.
Esto acabó de poner a Razumikin fuera de sí, y asiendo violentamente a
su amigo por el brazo, le dijo:
--¿Y te atreves a decirme que te deje pasar? ¿Que te deje pasar? ¿Sabes
lo que voy a hacer ahora mismo? A tomarte debajo del brazo, a llevarte
a tu casa, como se lleva un envoltorio y encerrarte allí bajo llave.
--Escucha, Razumikin--dijo sin levantar la voz y con tono en la
apariencia muy tranquilo--; ¿qué he de hacer para que comprendas
que no necesito de tus beneficios? ¡Qué manía de hacer bien a las
personas, en contra de su expresa voluntad! ¿Por qué viniste cuando caí
enfermo a instalarte a mi cabecera? ¿Qué sabes tú si yo hubiera sido
feliz muriéndome? ¿No te he manifestado hoy con toda claridad que me
martirizabas, que me eras insoportable? ¿Qué gusto sacas en mortificar
a la gente? Te juro que todo esto impide mi curación, teniéndome en
una irritación continua. Ya has visto que Zosimoff se marchó para no
martirizarme. ¡Déjame tú también, por amor de Dios!...
Razumikin se quedó un momento pensativo y después soltó el brazo de su
amigo.
--Bueno. ¡Vete, con mil diablos!--dijo con voz que no había perdido
toda vehemencia.
Pero en cuanto dió un paso Raskolnikoff, con extraordinario arrebato
gritó Razumikin:
--¡Espera, escucha! Ya sabes que hoy daré una comida; quizá hayan
llegado ya mis convidados; pero he dejado ya allí a mi tío para que los
reciba. Si tú no fueses un imbécil, un imbécil rematado, un imbécil
incorregible... Escucha, Rodia; reconozco que no te falta inteligencia,
pero eres un imbécil. Digo, pues, que si tú no fueses un imbécil,
vendrías a pasar la noche en mi casa en vez de estropearte las botas
vagando sin objeto por las calles. Puesto que has salido, mejor es que
aceptes mi invitación. Haré que te suban un cómodo sofá. Mis patrones
lo tienen. Tomarás una taza de te y estarás acompañado. Si no quieres
un sofá, te echarás en el catre... Al menos estarás con nosotros; irá
Zosimoff... ¿vendrás?
--No.
--Pero esto es absurdo--replicó vivamente Razumikin--. ¿Qué sabes
tú? Tú no puedes responder a ti mismo; yo también he escupido mil
veces sobre la sociedad, y después de haberme apartado de ella no he
tenido más remedio que volver a buscarla. Llega un momento en que se
avergüenza uno de su misantropía y procura reunirse con los hombres.
Acuérdate, en casa de Potchinkoff, tercer piso.
--No iré, Razumikin--contestó Raskolnikoff alejándose.
--Apuesto que vendrás; de lo contrario, como si no te conociese--le
gritó su amigo--. Espera un poco. ¿Está aquí Zametoff?
--Sí.
--¿Te ha visto?
--Sí.
--¿Te ha hablado?
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