hecho siempre poco caso de la existencia pura y sencilla; siempre había
mirado más allá. Quizá la fuerza sólo de los deseos le había hecho
creer en otro tiempo que era uno de esos hombres a quienes les está
permitido más que a los otros.
Menos mal si el destino le hubiese enviado el arrepentimiento, el
punzante arrepentimiento que rompe el corazón, que quita el sueño; el
arrepentimiento cuyos tormentos son tales, que el hombre se ahoga o se
ahorca para librarse de ellos. ¡Oh! Los hubiera acogido con felicidad.
Sufrir y llorar es todavía vivir; pero no se arrepentía de su crimen.
Por lo menos hubiera podido echarse en cara su tontería, como se había
reprochado en otro tiempo las acciones estúpidas y odiosas que le
habían conducido a presidio. Pero ahora, que en el vagar de la prisión
reflexionaba de nuevo sobre toda su conducta pasada, no la encontraba
tan odiosa ni tan estúpida como le había parecido en otro tiempo.
«¿Es que--pensaba--mi idea era más tonta que las otras ideas y teorías
que batallan en el mundo desde que el mundo existe? Basta considerar
las cosas desde un punto de vista amplio, independiente, libre de los
prejuicios del día, y, entonces ciertamente, mi idea no parecerá tan
extraña. ¡Oh espíritus sedicentes, libres de prejuicios, filósofos de
cinco kopeks! ¿por qué os detenéis a la mitad del camino?
»¿Y por qué les parece tan fea mi conducta?--se preguntaba--. ¿Por
qué es un crimen? ¿Qué significa la palabra crimen? Mi conciencia
está tranquila. Sin duda he cometido una acción ilícita, he violado
la letra de la ley y he vertido sangre... Pues bien, tomad mi cabeza.
Cierto es que, en este caso, aun los bienhechores de la humanidad, de
aquellos a quienes el poder no ha venido por herencia, sino que se han
apoderado de él a viva fuerza, hubieran debido desde sus comienzos ser
entregados al suplicio. Pero estas personas han ido hasta el fin, y
esto es lo que las justifica, en tanto que yo no he sabido continuar;
por consiguiente, no tenía el derecho de comenzar.»
Unicamente se reconocía un error: el de haber cometido la debilidad de
ir a denunciarse.
Pero un pensamiento le atormentaba también: ¿por qué no se había
matado? ¿Por qué, más bien que arrojarse al agua, había preferido
entregarse a la policía? ¿Es el amor de la vida un sentimiento tan
difícil de vencer? Svidrigailoff, sin embargo, había triunfado de él.
Se planteaba dolorosamente esta cuestión y no podía comprender que,
cuando enfrente del Neva, pensaba en el suicidio, quizá era que
presentía en sí y en sus convicciones un error profundo. No comprendía
que este pensamiento pudiese contener en germen un nuevo concepto de la
vida, que pudiese ser el preludio de una revolución en su existencia,
la prenda de su resurrección.
Admitía más bien que había cedido entonces por cobardía y defecto de
carácter a la fuerza brutal del instinto. El espectáculo ofrecido
por sus compañeros de presidio le asombraba. ¡Cómo amaban todos
ellos la vida! ¡Cómo la apreciaban! Parecía a Raskolnikoff que este
sentimiento era más vivo en el preso que en el hombre libre. ¡Qué
terribles sufrimientos padecían aquellos desgraciados, los vagabundos,
por ejemplo! ¿Era posible que un rayo de sol, un bosque sombrío, una
fuente fresca, tuviesen tanto valor a sus ojos? A medida que los fué
estudiando, descubrió hechos aún más inexplicables.
En el penal, en el ambiente que le rodeaba, se le escapaban, sin
duda, muchas cosas; además, no quería fijar su atención en nada.
Vivía, por decirlo así, sin levantar jamás los ojos, porque encontraba
insoportable el mirar en su derredor. Pero, a la larga, muchas
circunstancias le chocaron, e involuntariamente comenzó a advertir
lo que ni siquiera había sospechado antes. En general, lo que más
le asombraba, era el abismo espantoso, infranqueable, que existía
entre él y toda aquella gente. Hubiérase dicho que pertenecían él y
ellos a naciones diferentes. Se miraban con desconfianza y hostilidad
recíprocas. Sabía y comprendía las causas generales de este fenómeno;
pero, hasta entonces, jamás las había supuesto tan fuertes ni tan
profundas. Además de los criminales de derecho común, había en la
fortaleza polacos enviados a Siberia por delitos políticos. Estos
últimos consideraban como brutos a sus compañeros de cadena, para los
cuales no tenían más que desprecio; pero Raskolnikoff no participaba
de esta manera de ver; advertíase muy bien que, bajo muchos aspectos,
aquellos brutos eran más inteligentes que los mismos polacos. Había
allí también rusos (un antiguo oficial y dos seminaristas), que
despreciaban a la plebe de la prisión. Raskolnikoff advertía igualmente
el error de ellos.
En cuanto a él, no se le amaba, se le esquivaba; hasta se acabó por
odiarle; ¿por qué? Lo ignoraba. Los malhechores, cien veces más
culpables que él, le despreciaban y hacíanle objeto de sus burlas; su
crimen era el blanco de sus sarcasmos.
--Tú, tú no eres un -barin---le decían--. ¿Por qué has asesinado a
hachazos? Eso no es propio de un -barin-.
En la segunda semana de la gran Cuaresma, tuvo que asistir a las
funciones religiosas con todos los de su cuadra. Fué a la iglesia y
oró como los otros. Un día, sin que se supiese por qué motivo, sus
compañeros estuvieron a punto de hacerle una mala partida. De repente
se vió asaltado por ellos.
--Tú eres un ateo.
--Tú no crees en Dios--gritaban los forzados.
--Hay que matarle.
Jamás él les había hablado ni de Dios, ni de la religión, y, sin
embargo, querían matarle por ateo. Raskolnikoff no les respondió ni una
palabra. Un forzado, en el colmo de la exasperación, se lanzó sobre
él; el joven, tranquilo y silencioso, le esperó sin pestañear, sin que
ningún músculo de su rostro temblase. Un cabo de varas se interpuso a
tiempo entre él y el asesino. Un instante más, y hubiera corrido la
sangre.
Existía otra cuestión que no acertaba a resolver: ¿por qué amaban todos
tanto a Sonia? La joven no trataba de ganarse sus voluntades; no tenían
a menudo ocasión de encontrarla. Sólo la veían alguna vez que otra en
los patios o en el taller, cuando venía a pasar algunos minutos al lado
del preso. Sin embargo, todos la conocían. No ignoraban que le había
seguido; sabían cómo vivía y dónde estaba alojada. La joven no les daba
dinero, apenas les prestaba, propiamente hablando, servicio alguno;
solamente una vez, por Nochebuena, hizo un regalo a toda la prisión:
pasteles y -kalatschi-[20]; pero, poco a poco, entre ellos y Sonia se
establecieron ciertas relaciones más íntimas. Escribía, por encargo
de ellos, cartas a sus familias, y las ponía en el correo. Cuando sus
parientes venían a la ciudad, era en manos de Sonia en las que, por
recomendación de los mismos forzados, dejaban los objetos y hasta el
dinero destinado a ellos. Las mujeres y las amantes de los detenidos
la conocían e iban a su casa. Cuando visitaba a Raskolnikoff en el
trabajo, o en medio de sus compañeros, o encontraba un grupo de presos
que se dirigían a la obra, todos se quitaban los gorros y se inclinaban
saludándola:
[20] Panecillos blancos.
---Matuchka-, Sofía Semenovna, tú eres nuestra tierna y querida
madre--decían aquellos presidiarios brutales a la pequeña y débil
criatura.
Ella les saludaba sonriendo, y a todos les agradaba su sonrisa. Amaban
hasta su manera de andar, y se volvían para seguirla con los ojos
cuando se alejaba. ¡Y qué alabanzas le dirigían! Hasta la elogiaban
por ser pequeñita de cuerpo; no sabían cómo ensalzarla, y aun la
consultaban en sus enfermedades.
Raskolnikoff pasó en el hospital todo el fin de la Cuaresma y la
semana de Pascuas. Al recobrar la salud se acordó de los sueños que
había tenido en su delirio. Le parecía ver el mundo entero asolado
por un azote terrible y sin precedentes, que, viniendo del fondo
de Asia, había caído sobre Europa. Todos debían perecer, excepto
un número reducidísimo de privilegiados. Microbios de una nueva
especie, seres microscópicos, se introducían en los cuerpos humanos.
Pero estos seres estaban dotados de inteligencia y de voluntad. Los
individuos atacados por ellos se ponían al instante locos furiosos.
Sin embargo, ¡cosa extraña! nunca hombre alguno se habría creído
tan sabio, tan seguramente en posesión de la verdad, como se creían
aquellos infortunados. Jamás nadie había tenido más confianza en
la infalibilidad de sus juicios, en la solidez de sus conclusiones
científicas y de sus principios morales. Aldeas, ciudades, pueblos
enteros, estaban atacados de este mal y perdían la razón. Estaban
todos agitados y fuera de estado de comprenderse entre ellos. Cada
cual creía poseer solo la verdad, y al observar a sus semejantes se
entristecía, se golpeaba el pecho, lloraba y se retorcía las manos. No
podían entenderse acerca del bien y del mal; no se sabía qué condenar
ni qué absolver. Los hombres se mataban entre sí, bajo la impulsión de
una cólera ciega. Se reunían formando grandes ejércitos; pero una vez
comenzada la campaña, la división aparecía bruscamente en las tropas,
las filas se rompían, los guerreros se degollaban y se devoraban. En
las ciudades sonaba a todas horas el toque de rebato; mas, ¿para qué
esta alarma? ¿Con qué propósito? Nadie lo sabía y todo el mundo estaba
inquieto. Se abandonaban los más ordinarios oficios, porque cada
cual proponía sus ideas, sus reformas, y nadie se ponía de acuerdo;
la agricultura estaba abandonada; aquí y allá la gente se reunía en
grupos, entendiéndose para una acción común y jurando no separarse;
pero un instante después olvidaban la resolución que habían tomado, y
comenzaban a acusarse, a pegarse y a matarse. Los incendios y el hambre
contemplaban este triste cuadro. Hombres y cosas, todo perecía. Aquel
azote se extendía más y más. Solamente podían salvarse algunos hombres
puros, predestinados a rehacer el género humano, a renovar la vida y
a purificar la tierra; pero nadie veía a estos hombres, nadie oía sus
palabras ni su voz.
Aquellos sueños absurdos dejaban en el ánimo de Raskolnikoff una
impresión penosa, que tardó mucho en borrarse. Llegó la segunda semana
después de Pascuas; el tiempo era templado, sereno, verdaderamente
primaveral; se abrieron las ventanas del hospital (ventanas enrejadas,
bajo las cuales se paseaba un centinela). Durante toda la enfermedad
de Raskolnikoff, Sonia no había podido hacerle más que dos visitas.
Cada vez era preciso pedir una autorización, difícil de obtener; pero,
a menudo, sobre todo a la caída de la tarde, se dirigía al patio del
hospital, y durante un minuto estaba allí mirando a las ventanas. Un
día por la tarde, el recluso, ya casi enteramente curado, se había
dormido; al despertar se aproximó por casualidad a la reja, y vió a
Sonia que, en pie, cerca de la puerta del hospital, parecía esperar
algo. Al verla sintió como un golpe en el corazón, estremecióse
convulsivamente y se alejó rápidamente de la ventana. Al día siguiente
Sonia no vino, al otro tampoco. Raskolnikoff advirtió que la esperaba
con ansiedad. Finalmente salió del hospital. Cuando volvió a la
prisión, sus compañeros le dijeron que Sonia estaba mala y que no podía
salir de casa.
El joven se inquietó sobremanera, y envió a buscar noticias de la
muchacha. Supo en seguida que la enfermedad no era peligrosa. Por su
parte Sonia, sabiendo que Raskolnikoff se preocupaba tanto de su salud,
le escribió con lápiz una carta, en que le informaba que estaba mucho
mejor, que había pescado un ligero enfriamiento, y que no tardaría en
ir a verle al trabajo. Al leer esta carta, el corazón de Raskolnikoff
latió con violencia.
El día era sereno y templado. A las seis de la mañana iba el joven
a trabajar a la orilla del río, en donde se había establecido, bajo
cobertizo, un horno de cocer alabastro. Unicamente tres obreros fueron
enviados allí. Uno de ellos, acompañado de un capataz, fué a buscar
un instrumento a la fortaleza; otro comenzó a calentar el horno.
Raskolnikoff salió del cobertizo, se sentó en un banco de madera, y
se puso a contemplar el río ancho y desierto. Desde la elevada orilla
se descubría una gran extensión de terreno. A lo lejos, del otro lado
de Irtych, resonaban cantos cuyos vagos ecos llegaban a los oídos del
presidiario. Allá, en la inmensa estepa inundada de sol, aparecían como
puntitos negros las tiendas de los nómadas. Aquello era la libertad;
allí vivían otros hombres, que no se parecían en nada a los que le
rodeaban; allá parecía que el tiempo no había marchado desde el tiempo
de Abraham y sus rebaños. Raskolnikoff soñaba con los ojos fijos en
aquella lejana visión; no pensaba en nada, aunque le oprimía una
especie de inquietud.
De repente se encontró en presencia de Sonia; la joven se le aproximó
sin ruido y se sentó a su lado. Como empezaba a dejarse sentir el
fresco de la mañana, Sonia llevaba su pobre y viejo -burnus- y su
pañuelo verde. Su rostro delgado y pálido daba testimonio de su
reciente enfermedad. Al acercarse al preso, se sonrió con expresión
amable y alegre, y con la timidez de costumbre le tendió la mano.
Siempre se la ofrecía tímidamente y algunas veces no se atrevía a
dársela, como si temiese verla rechazada; parecíale que ella se la
estrechaba con repugnancia, y siempre tenía el aire huraño cuando la
joven se acercaba; a veces, ésta no podía obtener de él una palabra.
Había días en que temblaba ante él y se retiraba profundamente
afligida; pero en esta ocasión se estrecharon durante largo rato las
manos. Raskolnikoff miró rápidamente a Sonia. Nada dijo y bajó los
ojos. Estaban solos. El cabo de varas se había alejado momentáneamente.
De pronto, y sin que el presidiario supiese cómo había ocurrido
aquello, una fuerza irresistible le arrojó a los pies de la joven y
lloró abrazándole las rodillas. En el primer momento, Sonia, asustada,
se puso intensamente pálida, se levantó con presteza, y temblorosa miró
a Raskolnikoff; pero a él le bastó esta mirada para comprenderlo todo.
En los ojos de la joven parecía resplandecer una felicidad inmensa; no
había para ella duda de que Raskolnikoff la amaba con amor infinito.
Había llegado, por fin, este momento...
Quisieron hablar y no pudieron. Tenían lágrimas en los ojos. Ambos
estaban pálidos y demacrados; pero sobre sus rostros enfermizos
brillaba ya la aurora de un renacimiento completo. El amor les
regeneraba; el corazón del uno encerraba una inagotable fuente de vida
para el corazón del otro.
Resolvieron esperar, tener paciencia. Les quedaban siete años que pasar
en Siberia; ¡qué sufrimientos intolerables y qué infinita felicidad
había de llenar para ellos aquel lapso de tiempo! Pero Raskolnikoff
había resucitado, lo sabía y lo sentía en todo su ser, y Sonia no vivía
más que para la vida de su amado.
Por la noche, después que se hubo recogido a los reclusos, el joven
se acostó en su camastro, y pensó en ella. Hasta le parecía que aquel
día los presos, sus antiguos enemigos, le habían mirado con otros
ojos. Les había dirigido primero la palabra y le habían respondido con
afabilidad; se acordaba de esto ahora, le parecía natural. ¿Acaso no
debía cambiar todo?
Pensaba en ella. Se acordaba de los disgustos con que continuamente
la había atormentado; veía con el pensamiento la carita pálida y
delgada de Sonia; pero estos recuerdos eran un remordimiento para él.
Comprendía con qué amor infinito iba a rescatar en adelante lo que
había sufrido Sonia.
Sí. ¿Qué significaban para él todas las miserias del pasado? En aquel
primer día gozoso, de vuelta a la vida, todo, aun su crimen y su
condena, y su relegación a Siberia, todo se le presentaba como un hecho
extraño; casi dudaba de que todo aquello hubiera ocurrido realmente.
Aquella noche se sintió incapaz de reflexionar detenidamente, de
concentrar su atención en un objeto cualquiera, de resolver una
cuestión con conocimiento de causa; sólo tenía sensaciones. La vida
había substituído en él al razonamiento.
Tenía el -Evangelio- debajo de la almohada y lo tomó maquinalmente.
Aquel libro pertenecía a Sonia. En él fué donde la joven le había leído
la resurrección de Lázaro. Al principio de su cautividad esperaba una
verdadera persecución religiosa por parte de la joven. Creía que le
asediaría constantemente con el -Evangelio-; pero, con gran asombro
suyo, ni una sola vez hizo recaer la conversación sobre este punto,
ni una sola vez le ofreció aquel libro; él mismo fué quien lo pidió
poco antes de su enfermedad, y ella se lo trajo sin decir una palabra.
Raskolnikoff hasta entonces no lo había abierto.
Ahora tampoco lo abrió; pero un pensamiento cruzó por su mente. «Sus
convicciones, ¿pueden ser, al presente, las mías? ¿Puedo, yo, por lo
menos, tener otros sentimientos, otras tendencias que ella?»
Durante todo este día Sonia estuvo también muy agitada, y por la noche
tuvo una recaída en la enfermedad; pero era tan feliz, y aquella
felicidad era para ella una sorpresa tan grande, que casi le causaba
espanto. ¡Siete años -solamente-! En la embriaguez de las primeras
horas faltó poco para que ambos no considerasen estos siete años como
siete días. Raskolnikoff ignoraba que la nueva vida no le sería dada de
balde y que tendría que conquistarla al precio de penosos esfuerzos.
Pero comienza aquí una segunda historia. La historia de la lenta
renovación de un hombre, de su regeneración progresiva, de su paso
gradual de una vida a otra... Esto podría ser el asunto de un nuevo
relato; el que hemos querido ofrecer al lector, está terminado.
FIN
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