Romanovitch. Ha venido dos días seguidos a hablar con Sofía Semenovna.
Ya he indicado a usted dónde estuvieron sentados. Lo confesó todo a
la joven: es un asesino. Mató a una vieja usurera, en cuya casa había
empeñado algunos objetos. Pocos momentos después del asesinato, la
hermana de la víctima, una vendedora de ropa blanca llamada Isabel,
entró por casualidad y también la mató. Se sirvió para asesinar a
las dos mujeres, de un hacha que llevaba a prevención. Su propósito
era robar y robó; tomó dinero y diversos objetos; eso es lo que,
palabra por palabra, ha contado a Sofía Semenovna. Ella sola conoce el
secreto; pero no es cómplice del asesinato; todo al contrario, al oírlo
referir se quedó tan espantada como lo está usted ahora. Puede usted
tranquilizarse; no será ella la que denuncie a su hermano de usted.
--¡Eso es imposible!--balbuceó Dunia, jadeante--; no tenía la menor
razón ni el más pequeño motivo para cometer ese crimen... Eso es una
mentira.
--El robo explica el móvil del asesinato. Su hermano de usted tomó
dinero y joyas. Es verdad que, según su propia confesión, ni del uno ni
de las otras ha sacado el menor provecho, y que hubo de ocultarlo todo
bajo una piedra, en donde está todavía; pero esto es porque no se ha
atrevido a utilizarlo.
--¿Es verosímil que haya robado? ¿Ha podido tener siquiera este
pensamiento?--exclamó Dunia levantándose vivamente--. ¿Usted lo conoce?
¿Le cree usted capaz de ser ladrón?
--Esa categoría, Advocia Romanovna, comprende infinito número de
variedades. En general, los rateros tienen conciencia de su infamia;
he oído hablar, sin embargo, de un hombre muy noble que desvalijó un
correo. ¿Quién sabe si su hermano de usted pensaba cumplir una acción
laudable? También yo, como usted, no hubiera creído esa historia si la
hubiese sabido por un medio indirecto, pero forzoso me es dar crédito
al testimonio de mis oídos... ¿A dónde va usted, Advocia Romanovna?
--Voy a ver a Sofía Semenovna--respondió con voz débil la joven--.
¿Dónde está la entrada de su cuarto? Puede que ya haya vuelto; quiero
verla en seguida. Es menester que ella...
Advocia Romanovna no pudo acabar, se ahogaba materialmente.
--Según todas las apariencias, Sofía Semenovna no estará de vuelta
hasta la noche. Su ausencia debía ser muy corta; pero, puesto que no ha
vuelto aún, no regresará hasta muy tarde.
--¡Ah! ¿De ese modo mientes? Ya lo veo, has mentido... no dices más que
mentiras... no te creo... no te creo--exclamó Dunia en un arranque de
cólera que la ponía fuera de sí.
Casi desfallecida, se dejó caer sobre una silla que Svidrigailoff se
apresuró a acercarle.
--¿Qué tiene usted, Advocia Romanovna? Tranquilícese; aquí hay agua;
beba usted un poco.
Le echó agua en la cara; la joven tembló y volvió en sí.
«Esto ha producido efecto»--murmuraba Svidrigailoff para sí frunciendo
el entrecejo--. Cálmese usted, Advocia Romanovna; sepa usted que Rodión
Romanovitch tiene amigos; le salvaremos; le sacaremos de este mal paso.
¿Quiere usted que le lleve yo mismo al extranjero? Tengo dinero; de
aquí a algunos días habré realizado todo mi haber. En cuanto al crimen,
su hermano de usted hará una infinidad de buenas acciones que borrarán
su delito. Quizá llegue a ser todavía un grande hombre. Vamos, ¿cómo
está usted? ¿Cómo se siente?
--¡El miserable! ¡Todavía se burla! ¡Déjeme usted!
--¿A dónde quiere usted ir?
--A su lado. ¿En dónde está? ¡Usted lo sabe! ¿por qué está cerrada esa
puerta? Por ella hemos entrado y ahora está cerrada con llave. ¿Cuándo
la ha cerrado usted?
--No era necesario que toda la casa nos oyese. En el estado en que
usted se encuentra, ¿para qué quería buscar a su hermano? ¿Quiere usted
causar su perdición? La conducta de usted le pondrá furioso, y él mismo
irá a denunciarse. Sepa usted también que se le vigila, y que la menor
imprudencia por parte de usted le será funesta. Espere un poco. Le he
visto, le he hablado hace un momento; todavía puede salvarse. Siéntese,
vamos a examinar juntos lo que hay que hacer; para eso la he invitado a
venir a mi casa; pero siéntese usted.
Dunia se sentó. Svidrigailoff tomó asiento cerca de ella.
--¿Cómo podría usted salvarle? ¿Acaso eso es posible?
--Todo depende de usted--comenzó a decir en voz baja.
Brillábanle los ojos, y su emoción era tal, que no podía hablar.
Dunia, aterrada, retiró un tanto su silla.
--Una sola palabra de usted y se salva--continuó él todo tembloroso--.
Yo, yo le salvaré; tengo dinero y amigos. Le haré partir inmediatamente
para el extranjero; le proporcionaré un pasaporte. Buscaré dos: uno
para él y otro para mí. Tengo amigos con cuya fidelidad e inteligencia
puedo contar... ¿Quiere usted? Tomaré un pasaporte para usted y para su
madre... ¿Qué le importa a usted Razumikin?... Mi amor vale tanto como
el suyo. La amo a usted con toda mi alma... déjeme besar el borde de
su vestido... se lo ruego. El ruido que hace su falda me vuelve loco.
Mande usted; ejecutaré todas sus órdenes, cualesquiera que sean; haré
lo imposible; las creencias de usted serán las mías. ¡Oh, no me mire
usted de ese modo, que me mata!
Comenzaba a delirar. Se hubiera dicho que tenía un ataque de
enajenación mental. Dunia dió un salto hacia la puerta y empezó a
sacudirla con todas sus fuerzas.
--¡Abrid, abrid!--gritó, creyendo que la oirían fuera--. ¡Abrid! ¿No
hay nadie en esta casa?
Svidrigailoff se levantó; había recobrado ya en parte su sangre fría, y
una sonrisa amarga erraba en sus labios temblorosos.
--No hay nadie aquí--dijo lentamente--. La patrona ha salido y usted se
equivoca al gritar de ese modo; se toma usted un trabajo inútil.
--¿Dónde está la llave? ¡Abre la puerta en seguida, en seguida, infame!
--La he perdido y no puedo encontrarla.
--¿De modo que esto era un lazo?--gritó Dunia pálida como una muerta, y
se lanzó a un rincón, en donde se parapetó tras de una mesita.
Después se calló; pero sin apartar los ojos de su enemigo, espiando
hasta sus más pequeños movimientos. En pie, frente a ella, en el otro
extremo de la habitación, Svidrigailoff no se movía de su sitio.
Exteriormente, por lo menos, había logrado dominarse. No obstante, su
rostro estaba pálido y continuaba sonriendo a la joven con aire burlón.
--Ha pronunciado usted la palabra lazo, Advocia Romanovna. En efecto,
la he preparado a usted un lazo, y mis medidas están bien tomadas.
Sofía Semenovna no está en su casa; nos separan cinco piezas del cuarto
de los Kapernumoff. Además, soy, cuando menos, dos veces más fuerte que
usted, e independientemente de esto nada tengo que temer, porque si
usted se querella contra mí, su hermano está perdido. Por otra parte,
nadie la creerá; todas las apariencias arguyen contra una joven que va
sola a la caja de un hombre; y aunque usted se decidiese a sacrificar a
su hermano, nada podría usted probar; son muy difíciles las pruebas de
una violación, Advocia Romanovna.
--¡Miserable!--dijo la joven en voz baja pero vibrante de indignación.
--Sí, miserable; pero advierta usted que yo he razonado sencillamente
desde el punto de vista de su hipótesis. Personalmente opino como
usted, que la violación es un delito abominable; cuanto he dicho
ha sido para tranquilizar la conciencia de usted en el caso en que
consintiese, de buen grado, en salvar a su hermano como yo se lo he
propuesto. Podrá usted decirse a sí misma que no ha cedido más que a
las circunstancias, a la fuerza, si es preciso emplear esta palabra.
Piense que la suerte de su madre y de su hermano está en sus manos.
Seré esclavo de usted durante toda mi vida. Voy a esperar aquí.
Se sentó en el diván a ocho pasos de Dunia. La joven conocía muy bien
a Svidrigailoff; no tenía la menor duda de que era inquebrantable su
resolución.
De repente sacó del bolsillo un revólver, lo montó y lo colocó sobre la
mesa, al alcance de su mano.
Svidrigailoff lanzó un gritó de sorpresa e hizo un brusco movimiento
hacia adelante.
--¿Esas tenemos?--dijo con maligna sonrisa--. La situación cambia por
completo; usted me simplifica singularmente la tarea; pero, ¿dónde se
ha procurado usted ese revólver? ¿Se lo ha prestado a usted Razumikin?
¡Calle, si es el mío, lo reconozco! Lo había buscado en vano... Las
lecciones de tiro que yo tuve el honor de darle en el campo, no habrán
sido inútiles.
--Ese revólver no era tuyo, sino de Marfa Petrovna, a quien has matado
tú. ¡Asesino! ¡Nada te pertenecía en su casa! Yo me apoderé de él
cuando comencé a sospechar de lo que eras capaz. ¡Si das un solo paso,
te juro que te mato!
Dunia, exasperada, se disponía a poner en práctica su amenaza, si
llegaba el caso.
--Bueno, ¿y su hermano de usted? Le hago este pregunta por simple
curiosidad--dijo Svidrigailoff, que continuaba en pie en el mismo sitio.
--Denúnciale si quieres. No te acerques, o disparo. Has envenenado a tu
mujer, lo sé; tú también eres un asesino.
--¿Está usted bien segura de que yo he envenenado a Marfa Petrovna?
--Sí, tú mismo me lo diste a entender; tú me hablaste de veneno... Sé
que te lo procuraste... tú, tú, ciertamente, fuiste, infame.
--Aun cuando eso fuese cierto, lo habría hecho por ti... tú habrías
sido la causa.
--¡Mientes; yo te he detestado siempre, siempre!
--Parece que ha olvidado usted, Advocia Romanovna, que en su celo por
convertirme se inclinaba hacia mí con lánguidas miradas... yo leía en
los ojos de usted, ¿no se acuerda?, por la noche, al resplandor de la
luna, mientras cantaba el ruiseñor.
--¡Mientes! (la rabia hacía brillar las pupilas de Dunia). ¡Mientes,
calumniador!
--¿Que miento? Está bien. Miento; he mentido; las mujeres no gustan que
se les recuerden ciertas cosillas--repuso sonriendo--. ¡Sé que tirarás,
precioso monstruo; pues bien, anda!
Dunia le apuntó, no esperando más que un movimiento de él para hacer
fuego; el rostro de la joven estaba cubierto de mortal palidez.
Agitábasele el labio inferior, movido por la cólera, y llameábanle sus
grandes y negros ojos. ¡Jamás la había visto tan hermosa Svidrigailoff!
Este avanzó un paso, sonó una detonación, la bala le pasó rozando los
cabellos, y fué a incrustarse en la pared, detrás de él. Svidrigailoff
se detuvo.
--Una picadura de abeja--dijo riéndose--. Apunta a la cabeza... ¿Qué es
esto? Tengo sangre.
Sacó un pañuelo del bolsillo para enjugarse la sangre que le corría
a lo largo de la sien derecha. La bala le había rozado la piel del
cráneo. Dunia bajó el arma y miró a Svidrigailoff con una especie de
estupor. Parecía no darse cuenta de lo que acababa de hacer.
--Pues bien; ha errado usted el tiro. Dispare otra vez;
espero--prosiguió Svidrigailoff, cuya alegría tenía algo de
siniestro--; si tarda usted en disparar, tendré tiempo de agarrarla
antes de que pueda usted defenderse.
Temblorosa Dunia, armó rápidamente el revólver y amenazó de nuevo a su
perseguidor.
--¡Déjeme usted!--dijo con desesperación--; ¡le juro que voy a disparar
otra vez! ¡Le mataré!
--A tres pasos, en efecto, es imposible que usted no haga blanco; pero
si no me mata, entonces...
En los brillantes ojos de Svidrigailoff se podía leer el resto de su
pensamiento. Dió dos pasos hacia adelante. Dunia disparó: pero falló el
tiro.
--No está bien cargada el arma, no importa, eso puede repararse. Tiene
ésta aún una cápsula; espero.
En pie, a dos pasos de la joven fijaba en ella una mirada ardiente,
que expresaba indomable resolución. Dunia comprendió que aquel hombre
moriría antes que renunciar a su designio.
Sin duda le mataría ahora que estaba solamente a dos pasos de ella.
De repente la joven tiró el revólver.
--¡No quiere usted tirar!--dijo Svidrigailoff asombrado, y respiró
libremente.
No era quizá el temor de la muerte el peso más grave de que sentía
aliviada su alma; sin embargo, no hubiera podido explicarse a sí mismo
la naturaleza del alivio que experimentó.
Se acercó a Dunia y la tomó suavemente por el talle. No resistió la
joven; pero, toda temblorosa, le miró con ojos suplicantes. Quiso
hablar él; pero no pudo proferir ningún sonido.
--¡Suéltame!--suplicó Dunia.
Al oírse tutear con una voz que no era la de antes, Svidrigailoff se
echó a temblar.
--¿De modo que no me amas?--preguntó en voz baja.
Dunia hizo con la cabeza un signo negativo.
--¿Y no podrás amarme... nunca...?--continuó él con acento desesperado.
--¡Nunca!--murmuró la joven.
Durante pocos instantes se libró una lucha terrible en el alma de
Svidrigailoff. Tenía fijos los ojos en la joven con una expresión
indecible. De repente apartó el brazo que había pasado en derredor
del talle de Dunia, y alejándose rápidamente de ésta, fué a colocarse
delante de la ventana.
--Ahí está la llave--dijo después de una pausa (la sacó del bolsillo
izquierdo del gabán y la colocó detrás de él en la mesa sin volverse
hacia Dunia)--. Tómela usted, y váyase pronto.
Seguía mirando obstinadamente por la ventana. Dunia se aproximó a la
mesa para tomar la llave.
--¡Pronto, pronto!--repitió Svidrigailoff.
No había cambiado de posición, no la miraba; pero aquella palabra
«pronto» había sido pronunciada de modo tal, que su significación no
dejaba lugar a dudas.
Dunia tomó la llave, dió un salto hacia la puerta y salió rápidamente
de la habitación; un instante después corría como loca a lo largo del
canal, en la dirección del puente***.
Svidrigailoff permaneció todavía tres minutos cerca de la ventana. Al
cabo se volvió con lentitud, dirigió una mirada en derredor suyo, y se
pasó la mano por la frente. Sus facciones, desfiguradas por una extraña
sonrisa, expresaban tremenda desesperación. Al advertir que tenía
sangre en la mano, la miró con cólera, y luego mojó un paño y se lavó
la herida. El revólver arrojado por Dunia había rodado hasta la puerta.
Svidrigailoff lo levantó y se puso a examinarlo. Era un revólver
pequeño de tres tiros, de antiguo sistema. Tenía aún dos cápsulas
vacías y una cargada. Después de un momento de reflexión, guardó el
arma en el bolsillo, tomó el sombrero y salió.
V
Hasta las diez de la noche Arcadio Ivanovitch Svidrigailoff estuvo
recorriendo tabernas y -traktirs-. Habiendo encontrado a Katia le pagó
las consumaciones que quiso tomar, y lo mismo al organillero, a los
mozos y a dos dependientes de comercio con los cuales tenía extraña
simpatía. Había notado que estos dos jóvenes tenían la nariz ladeada,
y que la de uno miraba a la derecha y la del otro a la izquierda.
Finalmente se dejó llevar por ellos a un «jardín de recreo», donde pagó
la entrada a todos. Este establecimiento, que ostentaba pomposamente
el nombre de Waus-Hall, era un café cantante de ínfima clase. Los
dependientes encontraron allí algunos «colegas» y empezaron a reñir
con ellos; poco faltó para que vinieran a las manos. Svidrigailoff fué
elegido como árbitro. Después de haber escuchado, durante un cuarto
de hora, las recriminaciones confusas de los contendientes, creyó
comprender que uno de ellos había robado una cosa, que había vendido
a un judío, pero sin querer dar parte a sus camaradas del producto
de aquella operación -comercial-. Por último, se averiguó que el
objeto robado era una cucharilla de te perteneciente al Waus-Hall. La
cuchara fué reconocida por los mozos del establecimiento, y la cosa
hubiera acabado mal si Svidrigailoff no hubiera indemnizado a los que
se quejaban. Se levantó y salió del jardín. Eran las diez. Durante
toda la noche no había bebido ni una gota de vino. En el Waus-Hall se
había limitado a pedir te, y eso porque allí estaba obligado a hacerse
servir alguna cosa. La temperatura era sofocante, y negras nubes se
amontonaban en el cielo. Próximamente a las diez estalló una violenta
tempestad. Svidrigailoff llegó a su casa empapado hasta los huesos. Se
encerró en su cuarto, abrió el cajón de su cómoda, sacó de él todo el
dinero y desgarró dos o tres papeles. Después de haberse guardado el
dinero pensó en mudarse de ropa; pero, como continuaba lloviendo, juzgó
que no valía la pena; tomó el sombrero, salió sin cerrar la puerta de
su habitación, y se dirigió al domicilio de Sonia.
La joven no estaba sola; tenía en derredor suyo los cuatro niños de
Kapernumoff, a quienes servía el te. Sonia acogió respetuosamente
al visitante, miró con sorpresa sus vestidos mojados, pero no dijo
una palabra. A la vista de un extraño todos los chiquillos huyeron
asustados.
Svidrigailoff se sentó cerca de la mesa e invitó a Sonia a que se
sentase cerca de él. La joven se preparó tímidamente a escucharlo.
--Sofía Semenovna--empezó a decir--, quizá me vaya a América, y, como
según todas las probabilidades, nos vemos por última vez, he venido a
fin de arreglar algunos asuntos. ¿Ha ido usted esta tarde a casa de
esa señora? Sé lo que le ha dicho usted; es inútil que me lo cuente
(Sofía Semenovna hizo un movimiento de cabeza y se ruborizó). Esa gente
tiene ciertos prejuicios. Por lo que hace a las hermanas de usted y
a su hermano, su suerte está asegurada. El dinero que destinaba yo a
cada uno de ellos, ha sido depositado por mí en manos seguras. Aquí
tiene usted los recibos. Ahora, para usted, tome estos tres títulos
del 5 por 100 que representan una suma de 3.000 rublos. Deseo que esto
quede entre nosotros y que nadie sepa nada de ello. El dinero le es
necesario, Sofía Semenovna, porque no puede usted continuar viviendo de
este modo.
--Ha tenido usted tantas bondades con los huérfanos, con la difunta y
conmigo--balbuceó Sonia--, que aunque apenas le haya dado a usted las
gracias no crea usted que...
--Bueno, basta; basta...
--En cuanto a este dinero, Arcadio Ivanovitch, yo se lo agradezco
mucho, pero no lo necesito ahora. No teniendo que pensar más que en
mí, podré ir saliendo; no me considere usted ingrata porque rehuse su
ofrecimiento. Puesto que es usted tan caritativo, este dinero...
--Tómelo usted, Sofía Semenovna, se lo suplico; no me haga usted
objeciones; no tengo tiempo de oírlas. Raskolnikoff se encuentra entre
dos alternativas: o pegarse un tiro o ir a Siberia.
Al oír estas palabras, Sonia se echó a temblar y miró aterrada a su
interlocutor.
--No se inquiete usted--prosiguió Svidrigailoff--. Lo he oído todo de
sus propios labios; no soy hablador y guardaré el terrible secreto.
Ha estado usted inspirada aconsejándole que vaya a denunciarse. Es
el mejor partido que puede tomar. Cuando vaya a Siberia, usted le
acompañará, ¿no es eso? En tal caso, tendrá usted necesidad de dinero.
Le hará a usted falta para él. ¿Comprende ahora? La cantidad que
le ofrezco se la doy a él por mediación de usted. Además, usted ha
prometido a Amalia Ivanovna pagar lo que se le debe. ¿Por qué asume
usted siempre, tan ligeramente, semejantes compromisos? La deudora
de esa alemana no era usted, sino Catalina Ivanovna; ha debido usted
enviar al diablo a la alemana; es preciso más cálculo en la vida. Si
mañana, o pasado mañana, le preguntase alguien por mí, no hable de
mi visita, ni diga a nadie que le he dado dinero. Y, ahora, hasta la
vista (se levantó). Salude usted de mi parte a Rodión Romanovitch. A
propósito: hará usted muy bien, por de pronto, confiando el dinero al
señor Razumikin. ¿Conoce usted al señor Razumikin? Es un buen muchacho.
Lléveselo usted mañana o... cuando tenga usted ocasión. Pero, de aquí a
entonces, tenga cuidado de que no se lo quiten.
Sonia se había levantado y fijaba una mirada inquieta en el visitante.
Tenía grandes deseos de decir alguna cosa, de hacer alguna pregunta;
pero estaba tan intimidada, que no sabía por dónde empezar.
--¿De modo... de modo... que va usted a ponerse en camino con un tiempo
tan malo?
--Cuando se va a América no se preocupa uno de la lluvia. Adiós, mi
querida Sofía Semenovna; viva usted, viva usted largo tiempo; sea usted
útil a sus semejantes... dé usted mis recuerdos al señor Razumikin;
dígale que Arcadio Ivanovitch Svidrigailoff le saluda. No se olvide
usted.
Cuando hubo salido Svidrigailoff, Sonia quedóse oprimida por un
sentimiento de temor.
La misma noche Svidrigailoff hizo una visita muy singular y muy
inesperada. La lluvia seguía cayendo. A las once y veinte minutos se
presentó, todo calado en casa de los padres de su futura, que ocupaban
un cuartito en Wasili-Ostroff. Tuvo que llamar muchas veces antes de
que le abriesen, y su llegada, a una hora tan intempestiva, causó en el
primer momento gran sorpresa. Creyóse al principio que aquélla sería
una humorada de hombre ebrio; pero en seguida hubieron de desechar esta
suposición, porque, cuando se lo proponía, Svidrigailoff tenía modales
por extremo seductores. La inteligente madre acercó la butaca del padre
enfermo y entabló la conversación por medio de diferentes preguntas.
Aquella mujer no iba nunca derecha al asunto; quería, por ejemplo,
saber cuándo le agradaría celebrar a Arcadio Ivanovitch el matrimonio,
y comenzaba interrogándole curiosamente acerca de París y sobre la
-high-life- parisiense, para conducirle poco a poco a Wasili-Ostroff.
Otras veces, esta maniobra resultaba bastante bien; pero en las
circunstancias presentes, Svidrigailoff se mostró más impaciente que de
costumbre, y quiso ver inmediatamente a su futura, a pesar de que se le
dijo que estaba ya acostada. Claro es que se apresuraron a satisfacer
su deseo. Svidrigailoff dijo a la joven que un negocio urgente le
obligaba a ausentarse por algún tiempo de San Petersburgo, y que le
traía 15.000 rublos, suplicándole que aceptare aquella bagatela, que
desde largo tiempo antes había tenido intención de regalársela en
vísperas del matrimonio. Apenas si había relación lógica entre este
regalo y el anunciado viaje; no parecía que fuese necesaria para ello
una visita nocturna mientras llovía torrencialmente. Sin embargo,
por torpes que pudieran ser estas explicaciones, aquella familia
se deshizo, por el contrario, en muestras de gratitud sumamente
calurosas, a las cuales mezcló sus lágrimas la madre. Svidrigailoff se
levantó, besó a su prometida, le dió suaves golpecitos en la mejilla,
y aseguró que estaría muy pronto de vuelta. La muchacha le miraba
perpleja; se leía en sus ojos algo más que una simple curiosidad
infantil. Arcadio Ivanovitch notó aquella mirada, besó de nuevo a su
futura, y se retiró, pensando con verdadero despecho que su regalo
sería, de seguro, conservado bajo llave por la más inteligente de las
madres.
A media noche volvió a entrar en la ciudad por el puente de***. Había
cesado la lluvia; pero el viento soplaba con fuerza. Durante cerca de
media hora, Svidrigailoff anduvo por la vasta perspectiva***, como si
buscase alguna cosa. Poco tiempo antes reparó que al lado derecho de
la perspectiva había un hotel que se llamaba, si la memoria no le era
infiel, hotel Andrinópolis. Al fin lo encontró. Era un gran edificio de
madera, en el cual, a pesar de lo avanzado de la noche, se veía luz.
Entró y pidió habitación a un criado harapiento que encontró en el
corredor. Después de echar una mirada sobre Svidrigailoff, el criado
le condujo a un cuartito situado al extremo del corredor, debajo de la
escalera; era el único disponible.
--¿Hay te?--preguntó Svidrigailoff.
--Puede hacerse.
--¿Qué hay además?
--Carne, aguardiente, entremeses.
--Tráeme carne y te.
--¿No quiere usted nada más?--preguntó con algo de vacilación el
camarero.
--No.
El hombre harapiento se alejó muy contrariado.
«Esa casa debe ser alguna otra cosa que un hotel--pensó
Svidrigailoff--; pero yo también debo tener el aspecto de un hombre que
vuelve de un café cantante y que ha tenido una aventura en el camino.
Sin embargo, me gustaría saber qué clase de gente viene aquí.»
Encendió la vela y empezó a examinar detenidamente la habitación. Era
tan estrecha y baja, que un hombre de la estatura de Svidrigailoff
podía apenas estar de pie. El mobiliario se componía de una cama muy
sucia, de una mesa de madera barnizada y de una silla. La tapicería
destrozada estaba tan polvorienta, que con dificultad se adivinaba su
primitivo color. La escalera cortaba diagonalmente el techo, lo que
daba a esta habitación el aspecto de una buhardilla. Svidrigailoff puso
la bujía sobre la mesa, se sentó en la cama y se quedó pensativo; pero
un incesante ruido que se oía en el cuarto inmediato, acabó por atraer
su atención. Se levantó, tomó la vela, y fué a mirar por una hendidura
del tabique.
En una habitación un poco mayor que la suya vió dos individuos, uno en
pie y otro sentado en una silla. El primero estaba en mangas de camisa,
era rojo, y tenía el cabello rizado. Reprendía a su compañero con voz
plañidera:
--Tú no tenías posición, estabas en la última miseria, te he sacado del
fango, y depende de mí el dejarte caer otra vez en él.
El amigo a quien se dirigían estas palabras tenía el aspecto de un
hombre que quisiese estornudar y no pudiese; de vez en cuando fijaba
una mirada estúpida en el orador; no comprendía una palabra de lo
que se le decía; quizá tampoco la entendía el que hablaba. Sobre la
mesa en que la bujía estaba a punto de consumirse, había un jarro de
aguardiente casi vacío, vasos de diversos tamaños, pan, cohombros y
servicio de te. Después de haber contemplado atentamente este cuadro,
Svidrigailoff dejó su observatorio y volvió a sentarse en la cama.
Al traer el te y la carne, el mozo no pudo menos de preguntar de nuevo
«si el señor quería otra cosa». Al oír una respuesta negativa, se
retiró definitivamente. Svidrigailoff se apresuró a beber una taza
de te para entonarse; pero le fué imposible comer. La fiebre, que
comenzaba a invadirle, le había quitado el apetito. Despojóse del gabán
y el saco, se envolvió en la colcha, y se acostó; estaba quebrantado.
«Mejor sería, por esta vez, estar bien»--se dijo sonriendo.
La atmósfera era sofocante. La vela alumbraba débilmente. El viento
zumbaba fuera, se oía el ruido de un ratón y llenaba todo el cuarto
olor de ratones y de cuero. Tendido en el lecho, Svidrigailoff soñaba
más bien que pensaba. Sus ideas se sucedían confusamente, y hubiera
querido fijar en algo su imaginación.
«Debe de haber un jardín bajo la ventana; se percibe rumor de hojas y
de ramas de árboles. ¡Cuánto detesto este ruido por la noche en medio
de la tempestad y de las tinieblas!»
Se acordó de que un momento antes, al pasar junto al parque Petrovsky,
había experimentado la misma penosa impresión. En seguida pensó en el
pequeño Neva, y se estremeció del mismo modo que antes, cuando, de pie
sobre el puente, contemplaba el río.
«En mi vida me ha gustado el agua, ni aun en los paisajes»--pensó, y de
repente una idea extraña le hizo sonreír.
«Me parece que ahora debería burlarme de la estética de las
comodidades. Sin embargo, heme aquí tan vacilante como el animal que
en parecido caso tiene cuidado de elegir su sitio. ¿Si yo hubiese ido
hace poco a Petrovsky-Ostroff? La verdad es que he tenido miedo al
frío y a la obscuridad... ¡Je, je! Necesito sensaciones agradables...
Pero, ¿por qué no apagar la bujía? (la sopló). Mis vecinos están
acostados»--añadió al no ver luz por la hendidura del tabique... Poco a
poco se irguió ante su imaginación la figura de Dunia, y súbito temblor
agitó sus nervios al recuerdo de la entrevista que pocas horas antes
había tenido con la joven.
«No, no pensemos en esto. Cosa extraña, yo no he odiado jamás a nadie;
jamás tampoco he experimentado vivos deseos de vengarme... esto es mal
signo, mal signo. Jamás he sido tampoco ni pendenciero, ni violento; he
aquí otro mal signo. ¡Pero qué promesas he hecho hace poco! ¡Quién sabe
adónde habría llegado!»
Se calló y apretó los dientes. Su imaginación le mostró a Dunia tal
como la había visto, cuando, después de haber dejado el revólver
incapaz en adelante de resistencia, fijaba sobre él una mirada de
espanto. Acordóse de la piedad que había sentido en aquel momento, y de
lo oprimido que tenía el corazón.
«¡Vayan al diablo tales ideas!... ¡No pensemos más en tal cosa!»
Iba ya a adormecerse; su temblor febril había cesado. De pronto le
pareció que por debajo de la colcha corría alguna cosa a lo largo
del brazo y de la pierna. Se estremeció. «¡Caramba! ¡Es sin duda un
ratón! He dejado la carne sobre la mesa.» Por temor al frío no quería
destaparse ni levantarse; pero, de repente, un contacto desagradable
le rozó el pie. Arrojó la colcha, encendió la vela, y temblando se
incorporó en el lecho y no vió nada. Sacudió la colcha y saltó un ratón
sobre la sábana. Trató en seguida de pillarlo, pero sin salir del
lecho; el animalito describía zigzags rapidísimos y se deslizaba por
entre los dedos que querían apresarlo. Finalmente, el ratón se metió
debajo de la almohada. Svidrigailoff arrojó al suelo la almohada; pero
en el mismo instante sintió que alguna cosa había saltado sobre él
y que se le paseaba sobre el cuerpo debajo de la camisa. Un temblor
nervioso se apoderó de él y se despabiló. La obscuridad era completa en
la habitación; el seguía echado en la cama, envuelto en la colcha; el
viento continuaba silbando en el exterior.
«Esto es insoportable»--se dijo con cólera.
Se sentó en el borde del lecho; con la espalda vuelta hacia la ventana.
«Más vale no dormir»--se dijo.
Por la reja entraba un aire húmedo y frío. Svidrigailoff, sin moverse
de su sitio, atrajo hacia sí la colcha y se envolvió en ella. No
encendió la luz; no pensaba ni quería pensar en nada; pero sueños e
ideas incoherentes atravesaban confusos su cerebro. Estaba como sumido
en semi-sueño. ¿Era aquello efecto del frío, de las tinieblas, o del
viento que agitaba los árboles? Lo cierto es que estos desvaríos
tomaban un aspecto fantástico. Le parecía estar viendo un riente
paisaje. Era el día de la Trinidad, y hacía un tiempo soberbio...
En medio de floridos arriates aparecía una elegante quinta de gusto
inglés; plantas trepadoras tapizaban el vestíbulo; a los lados de
la escalera, cubierta de una rica alfombra se erguían dos jarrones
chinescos que contenían flores exóticas. En las ventanas había vasos
medio llenos de agua en que hundían sus tallos ramilletes de jacintos
blancos, que se inclinaban esparciendo un perfume embriagador. Aquellos
ramilletes atraían particularmente la atención de Svidrigailoff,
tanto, que no hubiera querido alejarse de ellos; sin embargo, subió la
escalera y entró en una sala grande y alta; allí, como en las ventanas,
como cerca de la puerta que daba a la terraza, y en a terraza misma,
había flores; por todas partes flores. El pavimento estaba cubierto
de hierbas recientemente segadas y que exhalaban suave olor; por las
ventanas abiertas penetraba en la habitación una brisa deliciosa, y los
pájaros gorjeaban en los alféizares; pero en medio de la sala, sobre
una mesa cubierta con un mantel de raso blanco, estaba colocado un
féretro. Le rodeaban guirnaldas de flores, y el interior estaba forrado
de seda de Nápoles y de encajes blancos; en aquel ataúd reposaba,
sobre un lecho de flores, una jovencita vestida de blanco. Tenía los
ojos cerrados, y cruzados sobre el pecho los brazos, que parecían los
de una estatua de mármol. Sus cabellos, de color rubio claro, estaban
despeinados y húmedos; ceñíale la cabeza una corona de rosas. El
perfil severo y ya rígido del rostro parecía también de mármol; pero
la sonrisa de sus labios pálidos expresaba tan amarga tristeza, una
desolación tan grande, que no parecía propia de su edad. Svidrigailoff
conocía a aquella jovencita; cerca de su ataúd no había imágenes,
ni cirios encendidos, ni oraciones. La difunta era una suicida; a
los catorce años tenía el corazón herido por un ultraje que había
destrozado su conciencia infantil, llenado su alma de una inmerecida
vergüenza y arrancado de su pecho un grito supremo de desesperación,
grito ahogado por los mugidos del viento en medio de una húmeda y fría
noche de deshielo.
Svidrigailoff se levantó, dejó el lecho y se aproximó a la ventana.
Después de haber buscado a tientas la falleba, abrió los cristales,
exponiendo la cara y el cuerpo, apenas protegido por la camisa, al
rigor del viento glacial que penetraba en la estrecha habitación. Bajo
la ventana debía haber, en efecto, un jardín de recreo; allí, sin
duda, durante el día, se cantaban canciones y se servía te en mesitas;
pero ahora todo estaba sumido en las tinieblas, y los objetos se
ofrecían como manchas negras y apenas distintas. Durante cinco minutos,
Svidrigailoff, apoyado de codos en la ventana, trataba de horadar la
obscuridad con la mirada. En el silencio de la noche retumbaron dos
cañonazos.
«¡Ah! ¡es una señal! ¡El Neva sube!--pensó--. Esta madrugada los
barrios bajos de la ciudad van a inundarse; las ratas se ahogarán en
las cuevas; los inquilinos de los pisos bajos, chorreando de agua y
renegando, tratarán, en medio de la lluvia y del viento, de salvar sus
cachivaches, transportándolos a los pisos superiores... pero, ¿qué hora
es?»
En el momento mismo que se hacía esta pregunta, un reloj vecino dió
tres campanadas.
«Dentro de una hora será de día. ¿Para qué esperar? Voy a salir en
seguida y a dirigirme a la isla Petrovsky.»
Cerró la ventana, encendió la vela y se vistió; luego, con el candelero
en la mano, salió de la habitación para ir a despertar al mozo, pagar
la cuenta y dejar en seguida la posada.
«Es éste el momento más favorable; no se puede esperar otro mejor.»
Anduvo mucho tiempo por el corredor largo y estrecho; y como no
encontrara a nadie, se puso a llamar en alta voz. De repente, en un
rincón sombrío, entre un armario viejo y una puerta, descubrió un
objeto extraño, una cosa que parecía viviente. Inclinándose con la
luz, reconoció que aquello era una niña de cinco años; temblaba y
lloraba. Su ropita estaba empapada como una esponja. La presencia
de Svidrigailoff no pareció asustarla; pero fijó en él los ojos con
expresión de insensata sorpresa. Sollozaba a intervalos como suelen
hacerlo los niños que, después de haber estado llorando largo rato,
comienzan a consolarse. Su rostro era pálido y demacrado; estaba
transida de frío; mas, «¿por qué casualidad se encontraba allí?»
Sin duda se había ocultado en aquel rincón y no había dormido en
toda la noche. Svidrigailoff se puso a interrogarla. Animándose de
pronto la niña, comenzó, con voz infantil y tartajosa, un relato
interminable, repitiendo a cada instante «mamá» «jícara rota».
Creyó comprender Svidrigailoff que era aquélla una niña poco amada.
Su madre, probablemente una cocinera del hotel, se entregaba, sin
duda, a la bebida. La niña había roto una jícara, y temiendo el
castigo había huído la noche del día anterior, en medio de la lluvia.
Después de haber estado mucho tiempo fuera, habría acabado por entrar
furtivamente, ocultándose detrás del armario, pasando allí toda la
noche, temblorosa, llorando, asustada de hallarse en la obscuridad,
y más asustada aún ante el temor de que sería cruelmente maltratada,
tanto por la jícara rota, como por la escapatoria. Svidrigailoff la
tomó en sus brazos, y habiéndola depositado en la cama se puso a
desnudarla. La niña no llevaba medias y tenía agujereados los zapatos,
tan húmedos como si hubiesen estado metidos toda la noche en un charco.
Después la desnudó, la acostó y la envolvió con cuidado en la colcha.
La pequeñuela se durmió en seguida, y después que todo hubo terminado,
Svidrigailoff volvió a caer otra vez en sus pensamientos sombríos.
«¿Qué me importa a mí eso?--se dijo con un movimiento de cólera--.¡Qué
tontería!»
En su irritación tomó la vela y buscó al mozo para dejar cuanto antes
el hotel.
«¡Bah! ¡una granujilla!»--dijo, lanzando una blasfemia en el instante
en que la puerta se abría; pero se volvió para echar una última mirada
sobre la niña, a fin de asegurarse que dormía y cómo dormía. Levantó
con precaución la colcha que ocultaba la cabeza. La chiquilla dormía
con un sueño profundo; había entrado en calor y sus pálidas mejillas se
habían coloreado. Sin embargo, cosa extraña: el encarnado de su tez era
mucho más vivo que el que se advierte en el estado normal de los niños.
«Es el color de la fiebre--pensó Svidrigailoff--. Cualquiera diría que
ha bebido.»
Sus labios purpurinos parecían arder de repente; el hombre creyó
advertir que se movían algo las largas pestañas negras de la pequeña
durmiente; bajo los párpados medio cerrados se adivinaban unas pupilas
maliciosas, cínicas, en modo alguno infantiles.
«¿Estará despierta esta chiquilla y fingirá dormir?»
En efecto, sus labios sonreían, y temblaban como cuando se hacen
esfuerzos para no reír, pero he aquí que cesa de contenerse y prorrumpe
en una carcajada; algo desvergonzado, provocativo, aparece en aquel
rostro que no tiene ya nada de infantil; es la cara de una prostituta,
de una -cocotte- francesa. Los ojos de la niña se abren; envuelven a
Svidrigailoff en una mirada lasciva y apasionada; le llaman y ríen...
Nada más repugnante que aquella cara de niña cuyas facciones respiraban
lujuria.
«¡Cómo! ¿a los cinco años?--murmuraba, preso de un verdadero espanto--.
¿Es posible?»
Pero he aquí que vuelve hacia él la cara inflamada, le tiende los
brazos.
«¡Ah, maldita!»--exclamó con horror Svidrigailoff.
Levanta la mano sobre ella, y en el mismo instante se despierta.
Se encontró acostado en la cama, envuelto en la manta; la vela no
estaba encendida; amanecía.
«He tenido una pesadilla.»
Al incorporarse advirtió con cólera que estaba cansado y quebrantado.
Eran cerca de las cinco; Svidrigailoff había dormido demasiado rato.
Se levantó; se puso la ropa, húmeda todavía, y notando que tenía el
revólver en el bolsillo, lo sacó para asegurarse de si las cápsulas
estaban bien colocadas. Después se sentó, y en la primera página de su
librito de notas escribió algunas líneas de gruesos caracteres. Después
de haber releído lo escrito, se apoyó de codos en la mesa y se absorbió
en sus reflexiones. Las moscas se regalaban con la porción de carne que
había quedado intacta. Las miró durante largo tiempo y se puso después
a darles caza. Al fin se asombró de aquella ocupación, y recobrando de
repente la conciencia de sus actos, salió apresurado de la habitación:
un instante después estaba en la calle.
Espesa niebla envolvía la ciudad. Svidrigailoff caminaba en dirección
del pequeño Neva. Mientras andaba por el resbaladizo suelo de madera,
veía con la imaginación la isla Petrovsky, con sus senderos, sus
céspedes, sus árboles y sus bosquecillos... Ni un transeunte, ni un
coche en toda la extensión de la perspectiva. Las casitas amarillas,
con las ventanas cerradas, tenían triste y sucio aspecto. El frío y
la humedad hacían estremecer al madrugador paseante que se distraía
leyendo casi maquinalmente las muestras de las tiendas. Llegado al fin
del piso de madera, a la altura de la gran casa de piedra, vió un perro
muy feo que atravesaba el arroyo apretando la cola entre las piernas.
Un hombre ebrio yacía tendido en la acera. Svidrigailoff miró un
instante al borracho y siguió adelante. A la izquierda se ofreció a la
vista una torre.
«¡Bah!--pensó--; he aquí un buen sitio; ¿para qué ir a la isla
Petrovsky? Aquí, a lo menos, la cosa podrá ser confirmada por un
testigo.»
Sonriendo ante esta idea, tomó por la calle***.
Allí se encontraba el edificio coronado por la torre. Vió apoyado en
la puerta un hombrecillo envuelto en un capote de soldado y con un
gorro turco, quien, al notar que se aproximaba Svidrigailoff, le echó
de reojo una mirada huraña. Su fisonomía tenía esa expresión de arisca
tristeza que es la marca secular de todos los israelitas. Los dos
hombres se examinaron un momento en silencio. Al fin le pareció extraño
al funcionario que un individuo que no estaba ebrio se detuviese así, a
tres pasos de él, y le mirase sin decir una palabra.
--¿Qué quiere usted?--preguntó, siempre arrimado a la puerta.
--Nada, amigo mío; ¡buenos días!--respondió Svidrigailoff.
--Siga usted su camino.
--Voy al extranjero.
--¿Cómo al extranjero?
--A América.
--¿A América?
Svidrigailoff sacó el revólver y lo montó. El soldado arqueó las cejas.
--¡Oiga usted! Este no es sitio de andarse con bromas.
--¿Por qué no?
--Porque éste no es sitio.
--No importa, amigo mío; el lugar es a propósito. Si te preguntan, di
que me he ido a América.
Apoyó el cañón del revólver sobre la sien derecha.
--¡Aquí no se puede hacer eso!--replicó el soldado abriendo
desmesuradamente los ojos.
Svidrigailoff oprimió el gatillo.
VI
Aquel mismo día, entre seis y siete de la tarde, Raskolnikoff se
dirigió a casa de su madre y de su hermana. Las dos mujeres habitaban
ahora en casa Bakalaieff, en el cuarto de que les había hablado
Razumikin. Al subir la escalera, Raskolnikoff parecía vacilar aún.
Sin embargo, por nada del mundo se hubiera vuelto atrás. Estaba
resuelto a hacer aquella visita. «Todavía no saben nada--pensó--y están
acostumbradas a ver en mí un ser original.»
Tenía el vestido manchado de lodo y desgarrado; de otra parte, la
fatiga física, juntamente con la lucha que se libraba en él desde hacía
veinticuatro horas, le había puesto la cara casi desconocida. El joven
había pasado la noche en vela. Dios sabe dónde; pero, por lo menos, su
partido estaba tomado.
Llamó a la puerta, y su madre salió a abrir. Dunia había salido, y la
criada no estaba en aquel momento en la casa. Pulkeria Alexandrovna se
quedó muda de sorpresa y de alegría; después, tomando a su hijo por la
mano, le llevó a la sala.
--¡Ah! ¿Estás aquí?--dijo con voz temblorosa a causa de la emoción--.
No te incomodes, Rodia, porque te recibo llorando. Es la felicidad la
que me hace verter lágrimas. ¿Crees que estoy triste? No; estoy alegre,
ya lo ves, me río, sólo que tengo la tonta costumbre de llorar. Desde
la muerte de tu padre, lloro por cualquier cosa. ¡Ah, qué sucio estás!
--¡Me cayó ayer tanta lluvia encima!--comenzó a decir Raskolnikoff.
--Deja eso--interrumpió vivamente Pulkeria Alexandrovna--. ¿Piensas que
iba a preguntarte con curiosidad de anciana? Puedes estar tranquilo;
lo comprendo todo; pues ahora estoy algo iniciada en las costumbres
de San Petersburgo y, verdaderamente, veo que aquí la gente tiene más
inteligencia que en nuestras ciudades. Me he dicho, una vez para todas,
que no debo mezclarme en tus negocios ni pedirte cuentas; mientras
tienes tú quizás el espíritu preocupado sabe Dios en qué pensamientos,
¿habría de ir a distraerte con preguntas inoportunas?... ¡Ah, Dios
mío!... ¿Ves, Rodia? Ahora estaba preparándome a leer, por tercera vez,
el artículo que has publicado en una Revista. Demetrio Prokofitch me lo
ha traído. Ha sido para mí una verdadera revelación; desde el primer
momento lo he comprendido todo y he reconocido lo tonta que he sido.
«He aquí lo que le preocupa, me he dicho; da vueltas en su cabeza a
ideas nuevas y no gusta que se le aparte de sus reflexiones; todos los
grandes talentos son así.» A pesar de la atención con que yo lo leo,
hay en tu artículo, hijo mío, muchas cosas que no entiendo; pero, como
soy ignorante, no me asombra el no comprenderlo todo.
--Enséñamelo, mamá.
Raskolnikoff tomó el número de la Revista, y echó una rápida ojeada
sobre su artículo. Todo autor experimenta siempre un vivo placer al
verse impreso por la primera vez, sobre todo cuando no tiene más que
veintitrés años. Aunque presa de las más crueles angustias, nuestro
héroe no pudo substraerse a esta impresión; pero sólo le duró un
instante. Después de haber leído algunas líneas, frunció el entrecejo
y sintió que le oprimía el corazón terrible sufrimiento. Esta lectura
le trajo de repente a la memoria todas las agitaciones morales de los
últimos meses; así es que arrojó con violenta repulsión el periódico
sobre la mesa.
--Pero, por tonta que yo sea, Rodia--siguió la madre--, puedo, sin
embargo, juzgar que de aquí a poco tiempo ocuparás uno de los primeros
puestos, si no el primero, en el mundo de la ciencia. ¡Y se han
atrevido a suponer que estabas loco! ¡Ah! ¿No sabes que se les había
ocurrido esa idea? ¡Pobre gente! Por lo demás, ¿cómo podrían comprender
qué es la inteligencia? ¡Pero decir, sin embargo, que Dunia, sí, la
misma Dunia no estaba muy distante de creerlo! ¿Es esto posible? Hace
seis o siete días, Rodia, me acongojaba ver cómo estabas instalado,
vestido, alimentado; pero ahora reconozco que esto era una tontería
mía; en cuanto tú quieras, con tu ingenio y tu talento, llegarás al
colmo de la fortuna. Por ahora, sin duda, no tratas de eso, sino que te
ocupas en cosas más importantes...
--¿Dunia no está aquí, mamá?
--No, hijo; sale con mucha frecuencia y me deja sola. Demetrio
Prokofitch tiene la bondad de venir a verme y me habla siempre de ti.
Te ama y te estima, hijo mío. En cuanto a tu hermana, no me quejo
de las pocas consideraciones que me guarda; tiene su carácter, como
yo tengo el mío. Le agrada que ignore sus cosas; allá ella. Yo, en
cambio, no tengo nada oculto para mis hijos. Persuadida estoy de que
Dunia es muy inteligente y de que, además, nos tiene mucho cariño a ti
y a mí; pero no sé en qué irá a parar todo eso. Siento que no pueda
aprovecharse de la visita que me haces. Cuando vuelva le diré: «Durante
tu ausencia ha venido tu hermano; ¿dónde estabas tú en tanto?» Tú,
Rodia, no me mimes demasiado; ven aquí como puedas, sin desatender
tus negocios; no eres libre; no te molestes; tendré paciencia; me
contentaré con saber que me quieres. Leeré tus obras; oiré hablar de ti
en todas partes, y de vez en cuando recibiré tu visita; ¿qué más puedo
desear? Ya veo que hoy has venido a consolar a tu madre.
Pulkeria Alexandrovna se echó a llorar bruscamente.
--¡Otra vez! ¡No me hagas caso; estoy loca! ¡Ah, Dios mío! ¡No pienso
nada!--gritó levantándose de pronto--. Hay café, y no te he ofrecido
una taza. ¿Ves qué grande es el egoísmo de los viejos? Voy en seguida...
--No vale la pena, mamá; voy a irme; no he venido para eso; escúchame,
te lo suplico.
Pulkeria Alexandrovna se aproximó tímidamente a su hijo.
--Mamá, ocurra lo que ocurra, oigas lo que oigas de mí, ¿me amarás como
ahora?--preguntó de repente.
Estas palabras brotaron espontáneas del fondo de su corazón, aun antes
que hubiera tenido tiempo de medir su alcance.
--¡Rodia, Rodia! ¿qué tienes? ¿Cómo puedes hacerme esa pregunta? ¿Quién
se atreverá jamás a hablarme mal de ti? Si alguien se permitiese
semejante cosa, me negaría a oírle y le arrojaría de mi presencia.
--El objeto de mi visita era asegurarte que te he querido siempre,
y ahora me alegro mucho de que estemos tú y yo solos, y aun de que
no esté aquí Dunia--prosiguió con el mismo ímpetu--; quizá seas
desgraciada; has de saber que tu hijo te ama ahora más que a sí mismo
y que te equivocarías si pusieses en duda mi ternura. Jamás cesaré
de quererte... ¡Ea, basta! He creído que debía, ante todo, darte esa
seguridad.
Pulkeria Alexandrovna besó a su hijo, le estrechó contra su pecho y
lloró silenciosamente.
--No sé lo que te pasa, Rodia--dijo--. Hasta ahora, yo había creído
sencillamente que nuestra presencia te fastidiaba; mas en este momento
me doy cuenta de que te amenaza una gran desgracia y que vives en la
intranquilidad. Ya lo sospechaba, Rodia. Perdóname que te hable de
esto; pienso en ello constantemente, hasta cuando duermo. La noche
pasada, tu hermana deliraba y repetía constantemente tu nombre. He oído
algunas palabras; pero no he entendido nada. Desde esta mañana hasta el
momento de tu visita, he estado como el reo que espera la ejecución;
tenía no sé qué presentimiento. ¡Rodia, Rodia! ¿A dónde vas? Estás a
punto de partir, ¿no es verdad?
--Sí.
--Lo había adivinado. Pero, si tienes que partir, yo puedo ir contigo.
Dunia nos acompañará; te quiere mucho. Si es menester, llevaremos
también a Sofía Semenovna. Ya lo ves, estoy pronta a aceptarla por
hija. Demetrio Prokofitch nos ayudará en nuestros preparativos para el
viaje... Pero... ¿a dónde vas?
--Adiós, mamá.
--¡Cómo! ¿hoy mismo?--exclamó, como si se tratase de una separación
eterna.
--No puedo quedarme. Es absolutamente preciso que te deje.
--¿Y no puedo ir contigo?...
--No; pero ponte de rodillas y ruega a Dios por mí; Dios oirá acaso tu
plegaria.
--¡Ojalá me oiga! Te echaré mi bendición. ¡Oh Dios mío!
Sí, estaba contento de que su hermana no asistiese a aquella
entrevista. Para desahogar su ternura, tenía necesidad de estar
a solas, y un testigo cualquiera, aunque hubiera sido Dunia,
hubiese estorbado. Cayó a los pies de su madre y los besó. Pulkeria
Alexandrovna y su hijo se abrazaron llorando; la madre no hizo ninguna
pregunta; había comprendido que el joven atravesaba una crisis terrible
y que su suerte iba a decidirse en seguida.
--¡Rodia, mi querido primogénito!--dijo la madre sollozando--; hete
ahora como eras en tu infancia; de ese modo venías a hacerme caricias
y a darme besos. En otro tiempo, cuando tu padre vivía, no teníamos,
en medio de nuestra desgracia, otro consuelo que tu presencia, y
después que hubo muerto, ¡cuántas veces tú y yo hemos llorado sobre
su sepultura abrazados como ahora! Sí, si lloro desde hace tiempo, es
porque mi corazón maternal tenía presentimientos siniestros. La tarde
en que llegamos a San Petersburgo, desde nuestra primera entrevista, tu
cara me lo ha revelado todo; cuando te abrí la puerta pensé, al verte,
que había llegado la hora fatal. ¿No te vas en seguida, Rodia?
--No.
--¿Volverás?
--Sí, volveré.
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