educados y no vulgares músicos callejeros? Dejaremos a un lado las
canciones triviales; cantaremos sólo nobles romanzas... ¡Ah, sí!
Manos a la obra; ¿qué vamos a cantar? Ustedes me interrumpen siempre
y nosotros... vea usted, Rodión Romanovitch, nos hemos detenido aquí
para elegir nuestro repertorio; porque, como usted comprenderá, esto
nos ha tomado desprevenidos, no teníamos nada preparado y nos hace
falta un ensayo previo. Después nos dirigiremos a la perspectiva Neusky
donde hay muchas más personas de la buena sociedad. Se nos echará de
ver inmediatamente. Alena sabe -la Petite Ferme-, sólo que -la Petite
Ferme- comienza a aburrir; por todas partes se oye. Es menester una
cosa más distinguida. Pues bien, Poletchka, dame una idea, ven en ayuda
de tu madre; yo no tengo memoria... ¿No podríamos cantar -El húsar
apoyado en su sable-? No; será mejor que cantemos en francés -Cinco
sueldos-; os lo he enseñado; lo sabéis. Como es una canción francesa,
se verá en seguida que pertenecéis a la nobleza, y esto conmoverá al
público. Podremos cantar también -Mambrú se fué a la guerra-, tanto
más cuanto que esta canción es absolutamente infantil y se emplea en
todas las casas aristocráticas para dormir a los niños--. Y dicho esto
comenzó a cantar:
«Mambrú se fué a la guerra,
no sé cuándo vendrá»;
pero no, es mejor -Cinco sueldos-. Vamos, Kolia, ponte la mano en la
cadera; vamos, pronto. Tú, Alena, ponte enfrente de él. Poletchka y yo
haremos el acompañamiento:
«Cinco sueldos, cinco sueldos
para poner nuestra casa.»
Poletchka, levántate la ropa, que se te baja de los hombros--advirtió
mientras tosía--. Ahora se trata de que os presentéis convenientemente
y que mostréis la finura de vuestro pie, para que se vea que sois hijos
de un noble. ¡Otro soldado! ¡Eh! ¿qué es lo que quieres?
Un vigilante se abrió paso entre la gente, y al mismo tiempo un
señor de unos cincuenta años y de aspecto grave, que llevaba bajo el
abrigo el uniforme de funcionario, se aproximó también al grupo. El
recién llegado, cuyo rostro expresaba sincera compasión, llevaba una
condecoración, circunstancia que causó gran placer a Catalina Ivanovna,
y no dejó de producir bastante buen efecto en el guardia. El señor
condecorado alargó a Catalina Ivanovna un billete de tres rublos.
Al recibir esta dádiva, la pobre loca se inclinó con la cortesía
ceremoniosa de una dama del gran mundo.
--Doy a usted las gracias, señor--empezó a decir en tono lleno de
dignidad--. Las causas que nos han conducido... Toma el dinero,
Poletchka. ¿Lo ves? Hay hombres generosos y magnánimos, dispuestos a
socorrer a una pobre dama que ha caído en la desgracia. Los huérfanos
que tiene usted delante, señor, son de linaje noble. Puede decirse que
están emparentados con la más elevada aristocracia... y ese general
se estaba comiendo un pollo... Ha dado patadas en el suelo porque yo
me permitía molestarle. «Vuecencia--le he dicho--ha conocido a Simón
Zakharitch, ampare, pues, a sus huérfanos. El día de su entierro, su
hija ha sido calumniada por un malvado...» ¿Aún está ahí ese soldado?
Protéjame usted--gritó, dirigiéndose al funcionario--; ¿por qué ese
soldado se ensaña conmigo? Se nos ha echado ya de la calle de los
Burgueses. ¿Qué es lo que quieres, imbécil?
--Está prohibido dar escándalo en las calles. Ruego a usted que guarde
más compostura.
--Tú sí que no tienes compostura. Estoy en el mismo caso que los
organilleros. Déjame en paz.
--Los organilleros deben proveerse de un permiso que usted no tiene.
Es usted causa de que la gente forme grupos en las calles. ¿Dónde vive
usted?
--¿Cómo? ¿Un permiso?--vociferó Catalina Ivanovna--. Acabo de enterrar
a mi marido; ¿no es ésta una autorización?
--Señora, señora; cálmese usted--dijo el funcionario--; venga usted
conmigo. Yo la acompañaré. No es el sitio de usted entre esta gente.
Está usted mal.
--¡Ah, señor, señor; si usted supiese!--exclamó Catalina Ivanovna--.
Tenemos que ir a la perspectiva Neusky. ¿Por dónde andas, Sonia?
También está llorando... ¿Pero qué les pasa a ustedes?... ¡Kolia, Lena!
¿Dónde estáis?--dijo con repentina inquietud--; ¡tontos de chiquillos!
¡Kolia, Lena! ¿Eh dónde se han metido?
Viendo a un guardia que trataba de detenerlos, Kolia y Lena, ya muy
aterrados con la presencia de la multitud y las extravagancias de
su madre, se habían sentido acometidos de un terror loco. La pobre
Catalina Ivanovna, llorando y gimiendo, se lanzó en su persecución;
Sonia y Poletchka corrieron tras de ella.
--Hazlos volver, Sonia; llámalos. ¡Oh, qué hijos tan tontos y tan
ingratos!... Poletchka, alcánzalos; es por vosotros por lo que yo...
Conforme corría tropezó en un obstáculo y cayó.
--¡Se ha herido! ¡Está bañada en sangre!--gritó Sonia inclinándose
sobre su madrastra.
No tardó en formarse un numeroso grupo alrededor de las mujeres,
Raskolnikoff y Lebeziatnikoff, así como del funcionario y del guardia
entre ellos.
--Retírense ustedes, retírense ustedes--decía sin cesar este último,
tratando de restablecer la circulación.
Pero examinando a Catalina Ivanovna, se veía claramente que no estaba
herida, como había temido Sonia, y que la sangre con que había manchado
el suelo la había echado por la boca.
--Sé lo que es esto--murmuró el funcionario al oído de los dos
jóvenes--. Es efecto de la tisis; la sangre brota de este modo y
produce la asfixia. No hace mucho tiempo he visto un caso parecido; una
de mis parientas echó también un jarro de sangre... ¿Qué hacer? Esta
señora se está muriendo.
--Aquí, aquí a mi casa--suplicó Sonia--; vivo aquí al lado. La
segunda casa; pronto, pronto. Vayan ustedes por un médico. ¡Oh Dios
mío!--repetía asustada yendo de un lado para otro.
Gracias a la activa intervención del funcionario, se arregló este
asunto. El guardia ayudó a trasportar a Catalina Ivanovna. Estaba
como muerta cuando se la depositó en la cama de Sonia. Continuó la
hemorragia durante algún tiempo; pero, poco a poco, la enferma comenzó
a volver en sí. En la habitación entraron, además, Sonia, Raskolnikoff,
Lebeziatnikoff y el funcionario. El guardia se reunió a ellos después
de haber dispersado a los curiosos, muchos de los cuales habían
acompañado el triste cortejo hasta la puerta.
Poletchka llegó conduciendo a los dos fugitivos, que temblaban y
lloraban. También acudieron los Kapernumoff, el sastre cojo y tuerto.
Era un tipo extraño, con el pelo y las patillas de pelos tiesos, como
cerdas de puerco; su mujer parecía asustada; pero éste era su aspecto
ordinario. El rostro de los chicos sólo expresaba estúpida sorpresa.
Entre los presentes apareció rápidamente Svidrigailoff. Ignorando que
vivía en esta casa y no acordándose de haberle visto en el grupo,
Raskolnikoff se quedó sorprendido de verle allí.
Se habló de llamar a un clérigo y a un médico. El funcionario juzgaba,
en las actuales circunstancias, inútiles los recursos de la ciencia, y
así se lo dijo por lo bajo a Raskolnikoff; sin embargo, hizo todo lo
necesario por encontrar un doctor. Kapernumoff en persona se encargó de
ir a buscarlo.
En tanto, Catalina Ivanovna estaba un poco más tranquila y la
hemorragia había cesado momentáneamente. La infeliz fijó una mirada
triste y penetrante en la pobre Sonia, que, pálida y, temblorosa, le
enjugaba la frente con un pañuelo. Finalmente, la enferma pidió que se
la incorporase, y la sentaron en el lecho, sosteniéndola de uno y otro
lado.
--¿En dónde están los niños?--preguntó con voz débil--. ¿Los has
traído, Poletchka? ¡Oh, imbéciles! Decid, ¿por qué habéis echado a
correr?... ¡Oh!
La sangre cubría sus labios abrasados. La enferma miró en derredor suyo.
--¿Es así como vives, Sonia? Ni una sola vez había venido aquí... Ha
sido menester lo que ha ocurrido para que me conduzcan a tu casa.
Al decir esto dirigió a la joven una mirada de conmiseración.
--Te hemos comido viva, Sonia... Poletchka, Lena, Kolia, venid aquí...
Ahí los tienes, Sonia, tómalos a todos. Los pongo entre tus manos...
yo, yo ya tengo bastante... el baile ha terminado ya... ¡Soltadme,
dejadme morir en paz!
La obedecieron y la enferma se dejó caer sobre la almohada.
--¿Cómo un clérigo?... Yo no tengo necesidad de él. ¿Tenéis acaso,
ganas de tirar un rublo? Ningún pecado pesa sobre mi conciencia... y
aunque los tuviera, Dios debe perdonarme. El sabe lo que yo he sufrido.
Si no me perdona, tanto peor.
Cada vez se confundían más sus ideas. De cuando en cuando temblaba,
miraba en derredor suyo y reconocía durante un minuto a los que la
rodeaban; pero en seguida volvía a apoderarse de ella el delirio.
Respiraba penosamente y se oía como el ruido de un hervor en su
garganta.
--Ya le he dicho «Excelencia»--gritaba deteniéndose a cada palabra--;
aquella Amalia Ludvigovna... ¡Ah! Lena, Kolia... la mano en la cadera.
¡Vivo, vivo! ¡Deslizaos! Llevad el compás con los pies; así, con gracia.
Du hast Diamanten
Und Perlen[18]
Eu hast die schönsten Augen
Mädchen, was willst du mehr[19]
Dans une vallée du Daghestan
Que le soleil brûle de ses feux...
[18] Tienes diamantes y perlas.
[19] Tienes los más bellos ojos del mundo, ¿qué más quieres,
niña?
--¡Oh! ¡Cómo me gustaba; cómo me gustaba esta romanza, Poletchka!...
Deliraba por ella... Tu padre la cantaba antes de nuestro matrimonio...
¡Qué días aquellos!... Eso es lo que deberíamos cantar... ¡Oh, sí!
¿Cómo era? Se me ha olvidado, recordádmelo en seguida.
Presa de una agitación extraordinaria pugnaba por incorporarse en el
lecho; al cabo, con voz ronca, cascada, siniestra, comenzó, tomando
aliento después de cada palabra, en tanto que su rostro expresaba un
terror creciente:
Dans une vallée... du Daghestan
Que le soleil... brûle... de ses feux.
Une balle... dans la poitrine...
De pronto, Catalina Ivanovna rompió a llorar, y, con angustia
conmovedora, exclamó:
--Excelencia... proteja a los huérfanos aunque no sea más que
recordando la hospitalidad que recibió en casa de Simón Zaharitch
Marmeladoff... una casa hasta puede decirse aristocrática...
¡Ah!--exclamó temblando y como tratando de recordar en dónde se
encontraba.
Miró con angustia a todos los presentes, y, al reparar en Sonia,
pareció sorprendida de verla allí.
--¡Sonia! ¡Sonia!--dijo con voz dulce y tierna--. ¡Sonia querida!
¿Estás aquí?
La incorporaron de nuevo.
--¡Basta, todo ha terminado! ¡Ha reventado la bestia!--gritó la enferma
con acento de horrible desesperación y reclinó la cabeza en la almohada.
Catalina Ivanovna volvió a caer en profundo sopor pero no fué por mucho
tiempo. Echó hacia atrás su rostro amarillento y descarnado, abrió la
boca, extendió convulsivamente las piernas, lanzó un suspiro profundo y
expiró.
Sonia, más muerta que viva, se precipitó sobre el cadáver, lo estrechó
entre sus brazos, y apoyó la cabeza en el liso pecho de la difunta.
Poletchka se puso, sollozando, a besar los pies de su madre. Kolia y
Lena, demasiado pequeños para comprender lo que había ocurrido, no por
eso dejaban de tener el sentimiento de una terrible catástrofe. Se
echaron mutuamente los brazos al cuello, y, después de haberse mirado
fijamente, comenzaron a gritar. Los dos chiquillos estaban aún vestidos
de saltimbanquis: el uno tenía puesto su turbante; la otra su gorro de
dormir, adornado con la pluma de avestruz.
¿Por qué casualidad estaba sobre el lecho, al lado de Catalina
Ivanovna, el certificado honorífico? Se hallaba allí, sobre la
almohada; Raskolnikoff lo vió. El joven se dirigió a la ventana, y
Lebeziatnikoff se apresuró a juntarse con él.
--¡Ha muerto!--dijo Andrés Semenovitch.
Svidrigailoff se aproximó a ellos.
--Rodión Romanovitch, desearía decirle a usted dos palabras.
Lebeziatnikoff cedió el puesto, y se retiró discretamente. Sin embargo,
Svidrigailoff creyó conveniente conducir a un rincón a Raskolnikoff, a
quien preocupaban aquellas precauciones.
--De todos estos asuntos, es decir, del entierro y de lo demás, yo me
encargo. Ya sabe que todo esto es cuestión de dinero, y como ya le
he dicho, el que tengo no lo necesito para nada. A esa Poletchka y a
estos dos pequeños los haré entrar en un asilo de huérfanos, en donde
estarán bien, e impondré a nombre de cada uno mil quinientos rublos
hasta su mayor edad, para que Sonia Semenovna no tenga que ocuparse en
sus hermanos. En cuanto a esa joven, la retiraré del cenagal en que se
halla, porque es una excelente muchacha, ¿no es verdad? Bueno, puede
usted decir a Advocia Romanovna qué empleo he hecho de su dinero.
--¿Por qué es usted tan generoso?--preguntó Raskolnikoff.
--¡Qué escéptico es usted!--dijo Svidrigailoff--. Le dije que no
necesitaba ese dinero. Pues bien: lo hago por humanidad. ¿No lo cree
usted acaso? Después de todo--añadió señalando el rincón en que
reposaba la muerta--, esta mujer no es un gusano, como cierta mujer
usurera. ¿Conviene usted en que sería mejor que muriese ella y que
Ludjin viviese para cometer infamias? Sin mi ayuda, Poletchka, por
ejemplo, sería condenada a la misma existencia que su hermana.
Su tono, alegremente malicioso, estaba lleno de reticencias, y cuando
hablaba no apartaba los ojos de Raskolnikoff.
Este último palideció y empezó a temblar al oír las frases casi
textuales que él mismo había empleado en su conversación con Sonia.
Así es que se echó bruscamente hacia atrás, y miró a Svidrigailoff con
expresión de asombro.
--¿Cómo sabe usted eso?--balbuceó.
--Porque habito aquí, del otro lado de la pared, en casa de la señora
Reslich, mi antigua patrona y excelente amiga. Soy el vecino de Sonia
Semenovna.
--¿Usted?
--Yo--continuó Svidrigailoff, que se reía a mandíbula batiente--. Y le
doy mi palabra, querido Rodión Romanovitch, de que me ha interesado
usted extraordinariamente. Ya le dije que nos encontraríamos. Tenía el
presentimiento de ello. Pues bien: ya nos hemos encontrado, y usted
verá qué tratable soy. Ya verá usted cómo se puede vivir conmigo.
SEXTA PARTE
I
La situación de Raskolnikoff era muy extraña; parecía que una especie
de niebla le envolvía y aislaba del resto de los hombres. Cuando,
andando el tiempo, se acordaba de este período de su vida, adivinaba
que había debido de perder muchas veces la conciencia de sí mismo y que
tal estado de ánimo hubo de prolongarse y durar, con ciertos intervalos
lúcidos, hasta la catástrofe definitiva. Estaba positivamente
convencido de que había incurrido en muchos desaciertos: por ejemplo,
el de no haber advertido a menudo la sucesión cronológica de los
acontecimientos. Por lo menos, cuando más adelante quiso coordinar sus
recuerdos, fuéle forzoso recurrir a testimonios extraños para saber
muchas particularidades acerca de sí mismo.
Confundía marcadamente los hechos, o consideraba tal incidente como
consecuencia de otro que sólo existía en su imaginación. A veces
sentíase dominado por un temor morboso que degeneraba en terror pánico;
pero se acordaba también de que había tenido momentos, horas, y tal
vez días, en los cuales, por el contrario estuvo sumido en una apatía
triste sólo comparable con la indiferencia de ciertos moribundos.
En general, en este último tiempo, lejos de procurar darse cuenta
exacta de su situación, hacía esfuerzos para no pensar en ella. Algunos
hechos de la vida corriente que no admitían dilación, se imponían, a
pesar suyo, a su mente; por lo contrario, se complacía en desdeñar
cuestiones cuyo olvido, en una posición como la suya, por fuerza había
de serle fatal.
Tenía, sobre todo, miedo a Svidrigailoff. Desde que este último le
había repetido las palabras por él pronunciadas en casa de Sonia, los
pensamientos de Raskolnikoff tomaron una dirección nueva. Pero aunque
esta complicación imprevista le inquietaba mucho, el joven no se
apresuraba a poner las cosas en claro. A veces, cuando vagaba por algún
barrio lejano y solitario, o cuando se veía solo sentado a la mesa
de un mal cafetín, sin saber por qué se encontraba allí, pensaba en
Svidrigailoff y se prometía tener lo más pronto posible una explicación
decisiva con aquel hombre que era para él una constante pesadilla.
Cierto día fué casualmente a pasear por las afueras y se le figuró
que había dado cita a Svidrigailoff en aquel lugar. Otra vez, al
despertarse antes de la aurora, se quedó estupefacto al verse tendido
en tierra, en medio de un bosquecillo. Por lo demás, durante los dos o
tres días que siguieron a la muerte de Catalina Ivanovna, Raskolnikoff
encontró dos o tres veces a Svidrigailoff, primero en el cuarto de
Sonia, y después en el vestíbulo, al lado de la escalera, del domicilio
de la joven.
En ambas ocasiones los dos hombres se limitaron a cambiar algunas
palabras muy breves, absteniéndose de tocar el punto capital, como
si, por acuerdo tácito, se hubiesen entendido para dejar de lado
momentáneamente aquella cuestión. El cadáver de Catalina Ivanovna
estaba todavía insepulto. Svidrigailoff tomaba las disposiciones
relativas a los funerales. Sonia estaba también ocupadísima. En el
último encuentro, Svidrigailoff contó a Rodia que sus gestiones en
favor de los hijos de Catalina Ivanovna habían sido coronadas por el
éxito: gracias a la influencia de ciertos personajes amigos suyos,
pudo, según decía, conseguir la admisión de los tres niños en muy buen
asilo. Los mil quinientos rublos colocados a nombre de ellos no habían
contribuído poco a este resultado, porque se admitían con muchas menos
dificultades a los huérfanos que poseían un capitalito que a aquellos
otros que carecían de recursos. Añadió algunas palabras a propósito de
Sonia, prometió pasar uno de aquellos días por casa de Raskolnikoff, y
dió a entender que existían ciertos asuntos de los que quería tratar
reservadamente con él. Mientras hablaba Svidrigailoff, no cesaba de
observar a su interlocutor. De repente se calló; pero después preguntó,
bajando la voz:
--Pero, ¿qué le pasa a usted, Rodión Romanovitch? Parece que está
distraído, no escucha, no mira, diríase que no comprende usted lo que
se le habla... Vaya, recobre ánimos. Será preciso que hablemos largo y
tendido... Desgraciadamente estoy tan ocupado con mis asuntos como con
los ajenos... ¡Eh, Rodión Romanovitch!--añadió bruscamente--. A todos
los hombres les hace falta aire, mucho aire, aire ante todo.
Se apartó vivamente para dejar pasar a un clérigo y a un sacristán, que
se disponían a subir la escalera. Iban a rezar el oficio de difuntos.
Svidrigailoff había cuidado de que esta ceremonia se verificase
regularmente dos veces por día. Se alejó luego, y Raskolnikoff, tras
un momento de reflexión, siguió al -pope- a la habitación de Sonia.
Se quedó, empero, en el umbral. El oficio comenzó con la tranquila
y triste solemnidad de costumbre. Desde su infancia, Raskolnikoff
experimentaba una especie de terror místico ante el aparato de la
muerte, y evitaba, siempre que podía, asistir a las -panikhida-.
Además, ésta tenía para él un carácter particularmente conmovedor.
Miró a los niños, que estaban arrodillados cerca del ataúd. Poletchka
lloraba; detrás de ellos, Sonia rezaba, procurando ocultar sus
lágrimas. «Durante todos estos días no ha levantado una sola vez los
ojos hasta mí, ni me ha dicho una sola palabra», pensó Raskolnikoff. El
sol inundaba de viva luz la habitación, y el humo del incienso subía en
espesas espirales.
El sacerdote recitó las preces de ritual: «Dale, Señor, el reposo
eterno.» Raskolnikoff permaneció allí hasta el fin. Al echar la
bendición y al despedirse, el clérigo dirigió una mirada de extrañeza
en derredor suyo. Después del oficio, Raskolnikoff se acercó a Sonia.
La joven tomó las dos manos de Rodia, y reclinó la cabeza sobre su
hombro. Aquella demostración de amistad dejó estupefacto al que era
objeto de ella. ¿Cómo? ¡Sonia no manifestaba la menor aversión ni el
menor horror hacia él, ni le temblaban las manos! Aquello era el colmo
de la abnegación. Así por lo menos lo juzgó él. La joven no dijo una
palabra. Raskolnikoff le estrechó la mano y salió.
Sentía un profundo malestar. Si en aquel momento le hubiera sido
posible encontrar en alguna parte la soledad, aunque esta soledad
hubiese de durar toda la vida, se hubiera considerado feliz. ¡Ay! Desde
hacía ya algún tiempo, aunque estuviese casi siempre solo, no podía
decirse que estuviese aislado. Le ocurría pasearse fuera de la ciudad o
irse por una carretera adelante. Una vez penetró en lo más intrincado
de un bosque; pero cuanto más solitario era el lugar, más de cerca
sentía Raskolnikoff la presencia de un ser invisible, que le irritaba
más que le asustaba. Apresurábase a volver a la ciudad, se mezclaba con
la multitud, entraba en los cafés y en las tabernas, iba al Tolkutchy o
a la Siennia. Allí se encontraba más a gusto y hasta más solo.
A la caída de la noche se cantaban canciones en cierto cafetín. Allí
pasó una hora entera, escuchándolas con placer; pero en seguida se
apoderó de él nuevamente la inquietud; un pensamiento opresor como un
remordimiento empezó a torturarle.
«¿Debo estarme aquí oyendo canciones?»
Adivinaba que no era aquél su único cuidado. Había una cuestión que era
preciso resolver sin tardanza; pero, aunque se imponía a su atención,
no acertaba a darle una forma precisa.
«No; es preferible la lucha, tener enfrente a Porfirio o a
Svidrigailoff. Sí, sí, es mejor un adversario cualquiera, un ataque que
rechazar.»
Haciéndose estas reflexiones salió presuroso del cafetín. De repente,
el pensamiento de su madre y de su hermana le llenó de terror. Pasó
aquella noche en el bosque de Krestorevesy-Ostroff; se despertó antes
de la aurora, temblando de fiebre y se encaminó a su casa a donde llegó
muy temprano. Después de algunas horas de sueño, desapareció la fiebre,
pero se despertó tarde: a las dos.
Se acordó de que aquel día era el señalado para las exequias de
Catalina Ivanovna, y se felicitó de no haber asistido a ellas.
Anastasia le trajo la comida; el joven comió y bebió con mucho apetito,
casi con avidez. Tenía la cabeza más fresca y disfrutaba de una calma
que le era desconocida desde tres días antes. Hubo un instante en que
se asombró de los accesos de terror pánico que había experimentado.
La puerta se abrió y entró Razumikin.
--¡Ah! Comes, luego no estás malo--dijo el visitante, tomando una silla
y sentándose enfrente de Raskolnikoff.
Estaba muy agitado, y no trataba de ocultarlo. Hablaba con cólera
visible pero con apresuramientos, y sin levantar mucho la voz: se
comprendía que su venida era motivada por alguna causa grave.
--Escucha--comenzó a decir en tono resuelto--; pienso dejar a todos
ustedes en paz, porque veo claramente que el juego que hacen es
indescifrable para mí. No vayas a creer que vengo a interrogarte; no
trato de sacarte las palabras del cuerpo. Aunque tú mismo me dijeras
todos tus secretos, me negaría a oírlos; escupiría y me iría. Vengo
con el único objeto de estudiar personalmente tu estado mental. Hay
personas que te creen loco de remate o en vísperas de estarlo, y te
confieso que me sentía inclinado a participar de esa opinión, en
vista de que tu proceder es estúpido, bastante feo y completamente
inexplicable. Además, ¿qué pensar de tu reciente conducta con tu madre
y con tu hermana? ¿Qué hombre, a menos de ser un canalla o un loco, se
hubiera portado con ellas como te has portado tú? Luego estás loco.
--¿Cuándo las has visto?
--Ahora mismo. Y tú, ¿no las ves? Dime, te lo ruego, ¿dónde has estado
metido todo el día? Tres veces he venido hoy. Desde ayer, tu madre
se encuentra seriamente enferma. Ha querido venir a verte. Advocia
Romanovna se esforzó por disuadirla, pero Pulkeria Alexandrovna no
quiso hacer caso de nada... «Si está malo, si está perturbado--dijo--,
¿quién ha de cuidarle sino su madre?» Para no dejarla venir sola,
la acompañamos, suplicándole sin cesar que se tranquilizase. Cuando
llegamos, no estabas aquí. Ahí, en ese sitio, ha estado sentada por
espacio de diez minutos; nosotros en pie, al lado de ella, callábamos.
«Puesto que sale--dijo levantándose--, es señal de que no está enfermo
y de que olvida a su madre; no está bien, por lo tanto, que venga yo a
mendigar las caricias de mi hijo.» Se volvió a su casa y se metió en
la cama. Ahora tiene fiebre. «Lo comprendo perfectamente--dice--; le
dedica a ella todo el tiempo.» Supone que Sonia Semenovna es tu novia
o tu amante. Fuí en seguida a casa de esa joven, porque, amigo mío,
me corría prisa comprobar ese punto. Entro, y ¿qué es lo que veo? un
ataúd, niños que lloran, y a Sonia Semenovna que les prueba trajes de
luto. Tú no estabas allí. Después de haberte buscado con los ojos, he
dado mis excusas, he salido y he ido a contar a Advocia Romanovna el
resultado de mis pesquisas. Decididamente todo esto nada significa.
Aquí no se trata de ningún amorío; resta, pues, como lo más probable,
la hipótesis de la locura. He aquí que ahora te encuentro con trazas de
comerte un buey cocido, como si no hubieses tomado nada en cuarenta y
ocho horas. Sin duda, el estar loco no impide comer; pero, aunque tú no
me hayas dicho una palabra, no estás loco... pondría por ello la mano
en el fuego. Para mí, éste es un punto fuera de discusión. Así, pues,
os envío a todos al diablo, en vista de que hay aquí un misterio y de
que no tengo la intención de romperme la cabeza con vuestros secretos.
He venido solamente para decirte cuatro frescas y aliviarme el corazón.
Por lo demás, yo sé lo que tengo que hacer.
--¿Qué vas a hacer?
--¿Qué te importa?
--¿Vas a dedicarte a la bebida?
--¿Cómo lo has adivinado?
--No es muy difícil adivinarlo.
Razumikin se quedó un momento silencioso.
--Has sido siempre muy inteligente, y nunca, nunca has estado
loco--observó luego--. Has dicho la verdad; voy a dedicarme a la
bebida. Adiós.
Y dió un paso hacia la puerta.
--Anteayer, si mal no recuerdo, he hablado de ti a mi hermana--dijo
Raskolnikoff.
Razumikin se detuvo de repente.
--¿De mí? ¿Dónde has podido verla anteayer?--preguntó, poniéndose un
tanto pálido. Estaba agitadísimo.
--Vino aquí sola. Se ha sentado en este sitio, y ha hablado conmigo.
--¿Ella?
--Sí; ella.
--¿Y qué le has dicho?... de mí, por supuesto.
--Le he dicho que eras un hombre excelente, honrado y laborioso. No le
he dicho que tú la amabas, porque lo sabe.
--¿Que ella lo sabe?
--Claro que sí. Le he dicho también que, aunque yo me vaya, ocúrrame
lo que me ocurra, tú debes ser siempre su Providencia. Yo las pongo,
por decirlo así, en tus manos, Razumikin. Te digo esto, porque sé
perfectamente que las amas y estoy convencido de la pureza de tus
sentimientos. Sé también que ella puede amarte, si es que ya no te ama.
Decide ahora si debes o no debes darte a la bebida.
--Rodia... ¿Lo estás viendo?... Pues bien... ¡Demonio! Pero tú, ¿dónde
vas a ir? Bueno. Desde el momento que todo esto es un secreto, no
hay que hablar de ello; pero yo... yo sabré de qué se trata. Estoy
convencido de que no es una cosa seria, sino tonterías con las cuales
forma monstruos tu imaginación; tú eres un hombre excelente. Sí, un
hombre excelente.
--Quería añadir: pero me has interrumpido, que tenías razón hace un
momento, cuando declarabas que renunciabas a conocer estos secretos. No
te preocupes. Las cosas se descubrirán a su tiempo, y lo sabrás todo
cuando el momento llegue. Ayer me dijo una persona que al hombre le
hacía falta aire, aire, aire. Voy a ir en seguida a preguntarle lo que
quieren decir sus palabras.
Razumikin reflexionaba, y al cabo se le ocurrió esta idea:
«Es, de seguro, un conspirador político y está en vísperas de una
tentativa audaz; no puede ser de otra manera, y Dunia lo sabe», pensó
de repente.
--¿De modo que Advocia Romanovna viene a tu casa--repuso recalcando
cada frase--, y tú tratas de ver a alguno que dice que es menester más
aire? Probable es que la carta haya sido enviada por ese hombre.
--¿Qué carta?
--Ha recibido una que la ha llenado de inquietud. He querido hablarle
de ti y me ha suplicado que me callase. Después... después me dijo que
nos separaríamos dentro de breve plazo, y se ha mostrado muy reconocida
conmigo, tras de lo cual se encerró en su cuarto.
--¿Ha recibido una carta?--preguntó Raskolnikoff intrigado.
--Sí. ¿No lo sabías?
Los dos permanecieron callados durante un minuto.
--Adiós, Rodia, amigo mío... En cierto tiempo... Vamos, adiós... Tengo
también que irme; por lo que hace a darme a la bebida, no haré tal
cosa: es inútil.
Salió muy de prisa; pero apenas acababa de cerrar la puerta, cuando
volvió a abrirla de repente, mirando de través.
--A propósito, ¿te acuerdas de aquel crimen? ¿del asesinato de aquella
vieja? Pues has de saber que se ha descubierto el asesino; él mismo se
ha reconocido culpable, y ha suministrado todas las pruebas necesarias
en apoyo de sus afirmaciones. Es... ¡pásmate! uno de aquellos pintores
a los cuales defendía yo con tanto ardor. ¿Querrás creerlo? La
persecución de los dos obreros, corriendo el uno detrás del otro en la
escalera, mientras subían el -dvornik- y los dos testigos, los cachetes
que se daban riendo, todo ello no era más que una treta imaginada para
evitar sospechas. ¡Qué astucia! ¡Qué presencia de ánimo en ese tunante!
Parece imposible; pero lo ha explicado todo; ha confesado por completo.
¡Qué despistado estaba yo! Tengo a ese hombre por el genio del disimulo
y de la astucia. Después de esto, no hay ya nada de qué asombrarse.
Fuerza es admitir la existencia de semejantes individuos. Si no ha
sostenido su papel hasta el fin, si ha entrado en el camino de las
confesiones, me veo obligado a admitir la verdad de lo que él dice. ¿Y
yo he estado ciego hasta este punto? ¿Y he roto lanzas yo por esos dos
hombres?
--Te ruego que me digas cómo lo has sabido, y por qué te interesa tanto
ese asunto--preguntó Raskolnikoff visiblemente agitado.
--¿Que por qué me interesa? ¡Vaya una pregunta! En cuanto a la noticia
me la han dado muchas personas, y principalmente Porfirio. El es quien
me lo ha dicho casi todo.
--¿Porfirio?
--Sí.
--¿Y qué es lo que te ha dicho?--preguntó Raskolnikoff inquieto.
--Me lo ha explicado todo a maravilla, procediendo por el método
psicológico, según su costumbre.
--¿Y te lo ha explicado él mismo?
--El mismo; adiós. Algo te diré más adelante. Ahora tengo necesidad
de dejarte... Hubo un tiempo en que llegué a creer... vamos, ya te lo
contaré otro día... ¿Qué necesidad tengo de beber ahora? Tus palabras
han bastado para embriagarme. En este momento estoy ebrio, ebrio sin
haber bebido una gota de vino. Adiós, hasta muy pronto.
Y salió.
«Es un conspirador político; sí, de seguro, de seguro--acabó
definitivamente Razumikin, mientras bajaba la escalera.--Ha
comprometido, sin duda, a su hermana en esta empresa; esta conjetura
es muy probable, dado el carácter de Advocia Romanovna. Han celebrado
entrevistas... Ya me lo habían hecho sospechar ciertas palabras... esas
alusiones... sí, eso es. De otro modo, ¿cómo encontrar una explicación?
¿Y pudo ocurrírseme? ¡Oh, Dios mío, que cosa había imaginado! Sí, había
formado un juicio temerario, yo soy culpable respecto de él. La otra
noche, en el corredor, al observar su rostro iluminado por la luz de la
lámpara, tuve un minuto de alucinación. ¡Oh, qué idea tan horrible pude
concebir! Mikolai ha hecho perfectamente en confesar. Sí, al presente
se explica todo lo pasado: la enfermedad de Rodia, la extrañeza de su
conducta, aquel humor sombrío o feroz que manifestaba ya cuando era
estudiante... Pero, ¿qué significa esta carta? ¿de dónde procede? Algo
todavía hay ahí... Yo sospecho... no tendré reposo hasta que halle la
clave de todo esto.»
Al pensar en Dunia, sintió que se le helaba el corazón y se quedó como
clavado en el suelo. Tuvo que hacer un violento esfuerzo sobre sí mismo.
En cuanto se hubo marchado Razumikin, Raskolnikoff se levantó y se
acercó a la ventana; luego se paseó de un rincón a otro, como si
hubiese olvidado las dimensiones exiguas de su cuartucho. Al fin,
volvió a sentarse en el sofá. Un repentino cambio habíase operado en
él; tenía aún que luchar; era un recurso.
Sí, un recurso; un medio de escapar de su penosa situación y de
la angustia que padecía desde que vió a Mikolai en el despacho
de Porfirio. Después de aquel dramático incidente, en el mismo
día, ocurrió la escena en casa de Sonia, escena cuyas peripecias
y desenlaces habían engañado las previsiones de Raskolnikoff. Se
había mostrado débil; había reconocido, de acuerdo con la joven, y
reconocido sinceramente, que no podía llevar solo semejante fardo.
¿Y Svidrigailoff? Este era un enigma que le inquietaba, pero de otra
manera; existía quizá medio de desembarazarse de Svidrigailoff; pero de
Porfirio era harina de otro costal.
«¿De modo que el mismo Porfirio es el que ha explicado a
Razumikin la culpabilidad de Mikolai procediendo por el método
psicológico?--continuaba diciéndose Raskolnikoff--. De seguro hay aquí
algo de esa maldita psicología. ¿Porfirio? ¿Cómo Porfirio ha podido
creer durante un solo minuto culpable a Mikolai, después de la escena
que acababa de pasar entre nosotros, y que no admite más que -una-
solución? Durante aquella entrevista, sus palabras, sus gestos, sus
miradas, el sonido de su voz, todo demostraba en él una convicción
tan invencible que no ha podido quebrantar ninguna de las pretendidas
confesiones de Mikolai.
»Hasta el mismo Razumikin comenzaba a dudar. El incidente del corredor
le ha hecho reflexionar, sin duda. Corrió a casa de Porfirio; pero,
¿por qué este último le ha engañado de este modo? Es evidente que no
ha hecho tal cosa sin ningún motivo; debe de tener sus intenciones;
pero, ¿cuáles son? En verdad, ha pasado ya bastante tiempo desde aquel
día, y no tengo aún ni rastro de noticias de Porfirio. Quién sabe, sin
embargo, si éste no será un mal signo...»
Raskolnikoff tomó la gorra, y, después de ligera reflexión, se decidió
a salir. Aquel día, por primera vez, después de muy largo tiempo, se
sentía en plena posesión de sus facultades intelectuales.
«Es preciso acabar con Svidrigailoff--pensaba--, y, cueste lo que
cueste, terminar este asunto lo más pronto posible. Además, parece que
espera mi visita.»
En aquel instante se desbordó el odio de tal manera en su corazón,
que, si hubiese podido matar al uno o al otro de aquellos dos seres
detestables, Svidrigailoff o Porfirio, acaso no habría vacilado en
hacerlo.
Mas apenas había acabado de abrir la puerta, cuando se encontró cara a
cara con Porfirio en persona. El juez de instrucción venía a su casa.
Al pronto Raskolnikoff se quedó estupefacto; pero se repuso en seguida.
Cosa extraña: aquella visita, ni le asombró demasiado, ni le causó casi
ningún terror.
«Esto es, acaso, el desenlace; mas, ¿por qué ha amortiguado el ruido de
sus pasos? Nada he oído. Quizá estaba escuchando detrás de la puerta.»
--No esperaba usted mi visita--dijo alegremente Porfirio Petrovitch--.
Tenía desde hace mucho tiempo el propósito de venir a verle y, al pasar
delante de su casa, se me ha ocurrido entrar a saludarle. ¿Iba usted a
salir? No le detendré. Cinco minutos solamente, el tiempo de fumar un
cigarrillo...
--Siéntese usted, Porfirio Petrovitch, siéntese usted--dijo
Raskolnikoff ofreciendo una silla al visitante, con un aire tan afable
y satisfecho, que él mismo se hubiera sorprendido si hubiese podido
verse.
Habían desaparecido todas las huellas de sus impresiones precedentes.
Acontece a veces que el hombre que por espacio de media hora ha estado
luchando con un ladrón experimentando angustias mortales, no siente
ningún temor cuando el puñal del bandido llega a su garganta.
El joven se sentó enfrente de Porfirio y fijó en él una mirada
tranquila. El juez de instrucción guiñó los ojos y comenzó por encender
un cigarrillo.
«¡Ah! ¡Vamos, habla, habla ya!», le gritaba mentalmente Raskolnikoff.
II
--¡Oh, estos cigarrillos--dijo por fin Porfirio--son mi muerte, y no
puedo renunciar a ellos! Toso, tengo un principio de irritación en la
garganta, y, además, soy asmático. No hace mucho que me hice visitar
por Botkin, que emplea para examinar un enfermo por lo menos media
hora; después de haberme reconocido atentamente, y auscultado, etc., me
dijo, entre otras cosas: «No le prueba a usted el tabaco; tiene usted
los pulmones dilatados.» Está bien; pero, ¿cómo dejar de fumar? ¿cómo
substituir una costumbre? Yo no bebo. Ahí tiene usted la desgracia;
¡je, je, je! Todo es relativo, señor Raskolnikoff.
«He aquí otra vez un preámbulo que deja traslucir la astucia jurídica»,
murmuró aparte Raskolnikoff.
Se acordó de su reciente entrevista con el juez de instrucción, y aquel
recuerdo aumentó la cólera de que su alma rebosaba.
--Estuve ayer aquí, ¿no lo sabía?--continuó Porfirio Petrovitch,
paseando la mirada en derredor suyo;--estuve en este mismo cuarto.
Halléme como hoy casualmente en la calle de usted, y se me ocurrió
hacerle una visita. La puerta estaba abierta, entré, le esperé un
momento, y fuí después, sin decir mi nombre a la criada. ¿No cierra
usted nunca?
La fisonomía de Raskolnikoff se obscurecía cada vez más. Porfirio
Petrovitch adivinó, sin duda, lo que Raskolnikoff estaba pensando.
--He venido a explicarme, querido Rodión Romanovitch. Debo a usted una
explicación--prosiguió sonriendo y dando un golpecito en la rodilla del
joven; pero casi al mismo instante tomó su cara una expresión seria,
hasta triste, con gran asombro de Raskolnikoff, a quien el juez de
instrucción se mostraba ahora bajo una fase inesperada--. La última
vez que nos vimos pasó entre nosotros una extraña escena. Quizá he
cometido con usted grandes errores, y lo siento. Recordará usted cómo
nos separamos. Ambos teníamos los nervios muy excitados. Hemos faltado
a las más elementales conveniencias, y, sin embargo, somos caballeros.
«¿A dónde va a parar?»--se preguntaba Raskolnikoff sin apartar los ojos
de Porfirio con inquieta curiosidad.
--He pensado que haríamos mejor en adelante en obrar con
sinceridad--repuso el juez de instrucción, bajando un poco los ojos,
como si temiese turbar por esta vez con sus miradas a su víctima--;
no es preciso que se renueven semejantes escenas. El otro día, sin la
entrada de Mikolai no se adónde habrían llegado las cosas. Usted es muy
irascible por temperamento, Rodión Romanovitch, y sobre esto me apoyé,
porque un hombre muy acalorado deja muchas veces escapar sus secretos.
¡Si yo pudiese, me decía, arrancar una prueba cualquiera, aunque
fuese la más insignificante, pero real, tangible, palpable, otra cosa
distinta, en fin, que todas esas inducciones psicológicas! Tal es el
cálculo que había yo hecho. Algunas veces este método da el resultado
apetecido; pero esto no ocurre siempre, como he tenido ocasión de
comprobar. Me hacía muchas ilusiones respecto del carácter de usted.
--¿Pero usted, por qué me dice todo eso?--balbuceó Raskolnikoff, sin
acabar de darse cuenta de la cuestión que se planteaba--. «¿Me creerá
acaso inocente?»--añadió para sí.
--¿Por qué digo esto? Considero como un deber sagrado explicar a
usted mi conducta, porque le he sometido, y lo reconozco, a una cruel
tortura, y no quiero, Rodión Romanovitch, que me considere como un
monstruo. Voy, pues, para justificarme, a exponer los antecedentes de
este asunto. Al principio circularon rumores acerca de cuyo origen y
naturaleza creo superfluo hablar; inútil creo también decirle a usted
en qué ocasión se ha mezclado en este asunto la persona de usted. En
cuanto a mí, lo que me ha hecho sospechar, es una circunstancia por
otra parte puramente fortuita, de la cual no he dicho una palabra. De
esos rumores y de esas circunstancias accidentales se ha desprendido
para mí la misma conclusión. Lo confieso francamente, porque, a decir
verdad, yo he sido el primero que ha puesto su nombre sobre el tapete.
Dejo a un lado las anotaciones de los objetos encontrados en casa de
la vieja. Tal indicio y otros muchos del mismo género nada significan.
Estando en esto, tuve ocasión de conocer el incidente ocurrido en el
despacho de policía. Aquella escena me fué referida con todo género
de pormenores por alguno que había desempeñado su papel a las mil
maravillas. Pues bien; en tales condiciones, ¿cómo no inclinarse en
cierta dirección? «Cien conejos no hacen un caballo; cien presunciones
no hacen una prueba», dice el proverbio inglés; esto también es lo
que aconseja la razón; pero, ¿quién puede luchar contra las pasiones?
El juez de instrucción es hombre, y, por consiguiente, apasionado. Me
acordé también del trabajo que publicó usted en una Revista. Me había
gustado mucho como aficionado, por supuesto, aquel primer ensayo de
la juvenil pluma de usted. Se veía allí una convicción sincera y un
entusiasmo ardiente. Aquel artículo debió de ser escrito con mano
febril durante una noche de insomnio. «El autor no se detendrá aquí»,
pensé yo al leerlo. ¿Cómo, dígame usted, no relacionar esto con lo
que luego se siguió? La atracción era irresistible. ¡Ah, señor! ¿Digo
algo? ¿Afirmo al presente lo que esto sea? Me limito a señalar una
reflexión que me hice entonces. ¿Qué es lo que pienso ahora? Nada;
es decir, poco menos que nada. Por el momento, tengo entre las manos
a Mikolai y hay hechos que le acusan... ¡Valientes hechos! Si le digo
todo esto, es para que no dé usted torcida interpretación a mi conducta
del otro día. ¿Por qué, me preguntará usted, no se hizo un registro
en mi casa? Estuve aquí. ¡Je, je! Estuve cuando se hallaba usted
enfermo, no como magistrado, sin carácter oficial. El cuarto de usted,
desde las primeras sospechas, fué registrado minuciosamente, pero sin
resultado. Entonces me dije: «Este hombre vendrá a mi casa, vendrá
él mismo a buscarme, y dentro de muy poco tiempo; si es culpable,
no puede dejar de venir. Otro no vendría, pero éste no faltará. ¿Se
acuerda usted de las palabrerías de Razumikin? Le habíamos comunicado
de intento nuestras conjeturas, con la esperanza de que él excitaría
a usted hasta el punto de hacerle confesar. El señor Zametoff estaba
asombrado de la audacia de usted, y, en efecto, mucha se necesitaba
para decir en pleno café «yo he matado». Era eso verdaderamente cosa
muy arriesgada. Yo le esperaba a usted con impaciencia confiada, y he
aquí que Dios le envió. ¡Con qué fuerza latía mi corazón cuando le vi
a usted presentarse! Vamos a ver, ¿qué necesidad tenía usted de ir?
Sin duda recordará también que entró riéndose a carcajadas. Su risa me
dió mucho que pensar; pero si no hubiese estado prevenido, tal vez no
hubiera fijado mi atención en ello. ¡Y Razumikin! ¿Y qué decir de la
piedra? ¿Se acuerda usted? La piedra bajo la cual están ocultos los
objetos. Me parece que la estoy viendo desde aquí, no sé dónde, en un
huerto. ¿No es de un huerto de lo que usted habló a Zametoff? Después,
cuando hablamos del artículo de la Revista, creímos ver una segunda
intención detrás de cada una de las palabras de usted. He aquí cómo,
Rodión Romanovitch, mi convicción se ha ido formando poco a poco.
«Ciertamente esto puede explicarse de otra manera», solía decirme yo, y
aun podría ser que fuese más natural; convengo en ello. Mejor sería una
prueba, por pequeña que fuese. Pero al saber la historia del cordón de
la campanilla, no tuve ya duda alguna; creí poseer la prueba deseada,
y ya no he querido reflexionar más. En aquel momento hubiera dado de
buena gana mil rublos de mi bolsillo por verle a usted con mis propios
ojos, andando cien pasos, hombro con hombro con un burgués que le había
llamado a usted asesino, sin que usted se atreviese a responderle.
Cierto; no se debe dar gran importancia a los hechos y gestos de un
enfermo que habla bajo una especie de delirio. Sin embargo, después
de lo sucedido, ¿cómo ha podido asombrarse usted, Rodión Romanovitch,
de la manera como me he portado? ¿Y por qué, precisamente en aquel
momento, vino usted a mi casa? El mismo diablo, sin duda, le impulsó a
usted, y si Mikolai no nos hubiese separado... ¿Se acuerda usted de la
entrada de Mikolai? Aquello fué como un rayo. ¡Cómo lo recibí! No hice
el menor caso de sus palabras, como pudo usted advertir. Después que
usted se marchó seguí interrogándole. Me respondió sobre ciertos puntos
de una manera tan exacta, que me quedé asombrado; a pesar de esto, sus
declaraciones no lograron destruir mi incredulidad, y me quedé tan
inquebrantable como una roca.»
--Razumikin acaba de decirme que estaba usted ya convencido de la
culpabilidad de Mikolai; que usted mismo le había asegurado que...
Le faltó el habla y no pudo continuar.
--¡Ah, Razumikin!--exclamó Porfirio Petrovitch, que parecía satisfecho
de haber oído, al cabo, que salía una observación de labios de
Raskolnikoff--. ¡Je, je, je! trataba de verme libre de Razumikin, que
venía a mi casa con aires investigadores y que nada tiene que ver en
este negocio. Dejémosle a un lado, si a usted le parece. ¿Quiere usted
saber la idea que tengo yo formada de Mikolai? Ante todo, es como un
niño; aun no ha llegado a su mayor edad. Sin ser precisamente una
naturaleza pusilánime, es impresionable como un artista. No se ría
usted si le caracterizo de ese modo: es cándido, sensible, fantástico.
En su pueblo, canta, baila y narra cuentos, que van a oír los
campesinos de las aldeas vecinas. Suele beber hasta perder la razón;
no porque sea, propiamente hablando, lo que se dice un borracho,
sino porque no sabe resistir a la influencia del ejemplo cuando se
halla entre amigos. No comprende que ha cometido un robo apropiándose
de un estuche que ha encontrado. «Puesto que lo he encontrado en el
suelo, dice, tenía perfecto derecho a tomarlo.» Según los vecinos
de Zaraisk, sus paisanos, era devoto hasta la exaltación: pasaba
las noches rezando y leía sin cesar libros religiosos (los viejos,
los verdaderos). San Petersburgo ha influído mucho en él, y una vez
aquí, se ha dado al vino y a las mujeres, lo que le ha hecho olvidar
la religión. Sé que uno de nuestros artistas ha comenzado a darle
lecciones. En esto ocurre ese crimen. El pobre muchacho se asusta, y
se echa una cuerda al cuello. ¿Qué quiere usted? Nuestro pueblo no
puede sacudir de su espíritu el prejuicio de que todo hombre buscado
por la policía es hombre condenado. En la prisión, Mikolai ha vuelto
al misticismo de sus primeros años. Ahora tiene sed de expiación, y
sólo por eso se ha confesado culpable. Mi convicción en este punto
está basada en ciertos hechos que él mismo no conoce. Por lo demás,
acabará por confesarme toda la verdad. ¿Cree usted que sostendrá su
papel hasta el fin? Espere usted un poco, y ya verá cómo rectifica sus
confesiones. Además, si logra dar sobre ciertos puntos un carácter de
verosimilitud a su declaración, en cambio sobre otros se encuentra en
completa contradicción con los hechos, y nada sabe de ellos. No, Rodión
Romanovitch, no; el culpable no es Mikolai. Nos encontraremos frente
a un hecho fantástico y sombrío; este crimen tiene la marca del siglo
y lleva hondamente grabado el sello de una época que hace consistir
toda la vida en buscar la comodidad. El culpable es un tétrico, una
víctima del libro; ha desplegado en su ensayo mucha audacia; pero esta
audacia es de un género particular: es la de un hombre que se precipita
desde lo alto de una montaña o de un campanario. Ha olvidado cerrar la
puerta detrás de él y ha matado a dos personas para poner en práctica
una teoría. Ha matado y no ha sabido aprovecharse de su dinero; lo que
pudo tomar fué a ocultarlo bajo una piedra. No bastándole las angustias
pasadas en la antesala mientras oía los golpes dados a la puerta y el
sonido repetido de la campanilla, cediendo a una irresistible necesidad
de experimentar la misma emoción, fué más tarde a visitar el cuarto
vacío y a tirar del cordón de la campanilla. Atribuyamos esto a la
enfermedad, a un semidelirio, bueno; pero he aquí un punto digno de
notarse; ha matado, y no deja de considerarse como un hombre honrado,
desprecia a los demás, y se da aires de ángel pálido. No, no se trata
aquí de Mikolai, Rodión Romanovitch. Mikolai no es culpable.
Este golpe era tanto más inesperado, cuanto que llegaba después de
la especie de honrosa disculpa dada por el juez de instrucción.
Raskolnikoff se echó a temblar.
--Entonces, ¿quién es el que ha matado?--balbuceó con voz entrecortada.
El juez de instrucción se recostó en el respaldo de la silla, como
asombrado de semejante pregunta.
--¿Cómo? ¿Que quién ha matado?--replicó, como si no hubiese dado
crédito a sus oídos--. ¿Quién ha de ser? ¡Usted, Rodión Romanovitch,
usted es el que ha matado! ¡Sí, usted!...--añadió en voz baja y en tono
de profundo convencimiento.
Raskolnikoff se levantó bruscamente, permaneció en pie algunos
segundos, y después se sentó sin decir una sola palabra. Ligeras
convulsiones agitaban los músculos de su rostro.
--Le tiemblan a usted las manos como el otro día--hizo notar con
interés Porfirio--. Por lo que veo, usted no se ha hecho cargo del
objeto de mi visita, Rodión Romanovitch--prosiguió, después de una
pausa--. De aquí el asombro de usted. He venido precisamente para
decirlo todo y esclarecer la verdad.
--¡Yo no he matado!--murmuró el joven, defendiéndose como lo hace un
niño sorprendido en falta.
--Sí, ha sido usted, Rodión Romanovitch; ha sido usted, usted
solo--replicó severamente el juez de instrucción.
Ambos se callaron y, cosa extraña, este silencio se prolongó por unos
diez minutos.
Apoyado de codos sobre la mesa, Raskolnikoff se metía los dedos entre
el cabello. Porfirio Petrovitch esperaba sin dar señal alguna de
impaciencia. De repente el joven miró despreciativamente al magistrado.
--Vuelve usted a sus antiguas prácticas, Porfirio Petrovitch. ¡Siempre
los mismos procedimientos! ¿Cómo no le fastidian a usted ya?
--No se ocupe usted de mis procedimientos. Otra cosa sería si
estuviésemos en presencia de testigos; pero aquí hablamos a solas. No
he venido para cazarle y prenderle como un pajarito. Que usted confiese
o no, en este momento me es igual. En un caso y en otro, mi convicción
está formada.
--Si eso es así, ¿por qué ha venido usted?--preguntó con mal gesto
Raskolnikoff--; le repito la pregunta que ya en otra ocasión le hice:
Si me cree usted culpable, ¿por qué no dicta un auto de prisión contra
mí?
--¡Vaya una pregunta! Le responderé a usted punto por punto: en primer
lugar, la detención de usted no me serviría para nada.
--¿Cómo? ¿Que no le serviría a usted de nada? Puesto que está
convencido, debería usted...
--¿Qué importa mi convicción? Hasta el presente no descansa más que
sobre nubes. ¿Y para qué había de poner a usted -en reposo-? Usted
lo comprende, puesto que pide usted que se le detenga. Supongo que
careado con el burgués, usted diría: «Tú, de seguro, estabas bebido.
¿Quién me ha visto contigo? Te tomé sencillamente por lo que eres, por
un borracho.» ¿Qué podría yo replicarle entonces, tanto más, cuanto
que la respuesta de usted sería más verosímil que la declaración de
él, que es de pura psicología, y porque, además, la apreciación de
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