En el momento en que se acercaba a la puerta, Porfirio Petrovitch le
asió de nuevo del brazo, por un poco más arriba del codo.
--¿No quiere usted que le dé una pequeña sorpresa?--dijo, riendo, el
juez de instrucción, que cada vez parecía más burlón, lo que acabó de
poner a Raskolnikoff fuera de sí.
--¿Qué pequeña sorpresa? ¿Qué quiere usted decir?--preguntó el joven,
deteniéndose de repente y mirando con inquietud a Porfirio.
--Una pequeña sorpresa que hay detrás de esa puerta. ¡Je, je, je!--y
mostraba con un dedo la puerta cerrada que daba acceso a su habitación,
situada detrás del tabique--. Yo mismo la he cerrado con llave para que
no se vaya.
--¿Qué es? ¿qué es? ¿Qué hay?
Raskolnikoff se acercó a la puerta; quiso abrirla, pero no pudo.
--Está cerrada. He aquí la llave--y diciendo esto, el juez de
instrucción sacó la llave del bolsillo y se la enseñó al joven.
--¡Mientes! ¡Sigues mintiendo!--aulló éste, que ya no era dueño de
sí--. ¡Mientes, maldito pulchinela!
Al mismo tiempo hizo ademán de arrojarse sobre Porfirio, el cual se
retiró hacia la puerta, pero sin demostrar ningún temor.
--¡Lo comprendo todo!--vociferó Raskolnikoff--. ¡Mientes, mientes para
que yo me venda!...
--Pero, ¿por qué ha de venderse usted? ¡Vea en qué estado se encuentra,
Rodión Romanovitch! No grite, o llamo.
--¡Mientes, no hay nada! ¡Llama a tu gente! Sabías que estaba enfermo y
has querido exasperarme, ponerme en el disparador para arrancarme una
confesión; ése era tu objeto. Exhibe tus pruebas. Te he comprendido.
No tienes pruebas; no tienes más que suposiciones, las conjeturas de
Zametoff. Conocías mi carácter y has querido exasperarme, a fin de
hacer en seguida que se presentaran bruscamente los popes y delegados.
Los esperas, ¿eh? ¿A quién esperas? ¿A ellos? Hazlos entrar.
--¿Qué habla usted de delegados, -batuchka-? ¡Vaya unas ideas! La misma
forma para emplear el mismo lenguaje de usted, no permite proceder de
este modo; usted conoce el procedimiento, mi querido amigo... pero
será observada la forma, usted lo verá--murmuró Porfirio, que se había
puesto a escuchar junto a la puerta.
Sonaba, en efecto, cierto ruido en la pieza contigua.
--¡Ah! ¿Vienen?--gritó Raskolnikoff--. ¿Los has enviado a buscar?
Habías contado... Pues bien, introdúcelos a todos, delegados y
testigos; haz entrar a quien quieras. Estoy pronto.
Pero entonces ocurrió un incidente muy extraño, tan fuera del curso
ordinario de las cosas, que sin duda Raskolnikoff ni Porfirio
Petrovitch hubieran podido preverlo.
VI
He aquí el recuerdo que esta escena dejó en el espíritu de Raskolnikoff:
El ruido que sonaba en la habitación inmediata aumentó de repente, y la
puerta se entreabrió.
--¿Qué es eso?--gritó Porfirio Petrovitch encolerizado.
No hubo respuesta; pero la causa del ruido se dejaba adivinar en parte:
alguna persona quería penetrar en el despacho del juez y trataban de
impedírselo.
--¿Qué es lo que sucede?--repitió Porfirio.
--Es el procesado Mikolai, que ha sido conducido aquí.
--No tengo necesidad de él. No quiero verle; llevadle. Esperad un poco.
¿Por qué le han traído? ¡Qué desorden!--murmuró Porfirio lanzándose
hacia la puerta.
--El es quien...--replicó la misma voz; y se detuvo de repente.
Durante dos minutos se oyó el ruido de una lucha entre dos hombres;
después, uno de ellos rechazó al otro con fuerza, y penetró bruscamente
en el despacho.
El recién venido tenía un aspecto muy extraño. Parecía no ver a nadie.
En sus ojos llameantes se leía una firme resolución, y al propio tiempo
su rostro estaba lívido como el de un condenado a quien se conduce al
cadalso. Temblábanle ligeramente los labios, exangües.
Era un hombre muy joven todavía, delgado, de mediana estatura y vestido
como un obrero. Tenía el cabello cortado al rape y sus facciones eran
finas y angulosas. El que acababa de ser rechazado por él, se lanzó en
persecución suya dentro del gabinete y le agarró por un brazo: era un
gendarme. Mikolai logró de nuevo soltarse.
En el umbral se agruparon muchos curiosos, algunos de los cuales tenían
vivos deseos de entrar. Todo ello había pasado en menos tiempo del que
se tarda en referirlo.
--¡Vete! Es todavía pronto; espera a que se te llame... ¿Por qué te
han traído tan pronto?--preguntó Porfirio Petrovitch tan irritado como
sorprendido; pero de repente Mikolai se puso de rodillas.
--¿Qué haces?--gritó el juez de instrucción cada vez más asombrado.
--¡Perdón! ¡Soy culpable! ¡Yo soy el asesino!--dijo bruscamente
Mikolai, con voz bastante fuerte, a pesar de la emoción que le ahogaba.
Pasaron diez segundos en un silencio profundo como si todos los
asistentes hubiesen sido acometidos de un ataque de catalepsia.
El gendarme no trató de sujetar de nuevo al preso, y dirigiéndose
maquinalmente hacia la puerta, se quedó inmóvil en el umbral.
--¿Qué estás diciendo?--exclamó Porfirio Petrovitch cuando el asombro
le permitió hablar.
--Yo soy el asesino...--repitió de nuevo Mikolai.
--¿Cómo? ¿Qué? ¿Que tú has asesinado...?
El juez de instrucción estaba visiblemente desconcertado. El preso
tardó un instante en responder.
--Yo he asesinado... a hachazos... a Alena Ivanovna y a su hermana
Isabel Ivanovna. Estaba trastornado--añadió bruscamente.
Se calló, pero continuaba de rodillas. Después de haber oído esta
respuesta, Porfirio Petrovitch pareció reflexionar profundamente, y
luego, con un ademán violento, mandó a los testigos que se retirasen.
Estos obedecieron al punto y la puerta volvió a cerrarse.
Raskolnikoff, en pie, contemplaba a Mikolai con aire extraño. Durante
algunos instantes las miradas del juez de instrucción fueron del
detenido al visitante y viceversa. Después se dirigió a Mikolai sin
tratar de disimular su cólera.
--Espera a que se te interrogue antes de decirme que estabas
trastornado. Yo no te preguntaba eso. Habla ahora: ¿Has matado...?
--Yo soy el asesino... lo confieso--respondió Mikolai.
--¿Oh? ¿Con qué arma has matado?
--Con una hacha. La llevaba prevenida.
--¡Eh, qué apresuramiento! ¿Solo?
Mikolai no comprendió la pregunta.
--¿No tienes cómplices?
--No. Mitka es inocente. No ha tomado la menor parte en el crimen.
--No te apresures tanto para disculpar a Mitka. ¿Acaso te he preguntado
acerca de él?... Sin embargo, ¿cómo se explica que los -dvorniks- os
hayan visto bajar corriendo la escalera?
--Corrí adrede detrás de Mitka porque de ese modo pensé evitar
sospechas--respondió el preso.
--Está bien. Basta--gritó Porfirio encolerizado--; no dice la
verdad--murmuró en seguida como aparte, y de pronto sus ojos se
encontraron con los de Raskolnikoff, cuya presencia había evidentemente
olvidado durante este diálogo con Mikolai.
Al fijarse en su visitante pareció que se turbaba el juez de
instrucción y dirigiéndose a él le dijo:
--Rodión Romanovitch, -batuchka-, perdóneme usted, se lo suplico...
Nada tiene usted que hacer aquí... yo mismo... ya ve qué sorpresa...
Tomó al joven por el brazo y le señaló la puerta.
--Según se ve, no esperaba usted tal cosa--observó Raskolnikoff.
Naturalmente, lo que acababa de suceder era para él un enigma. Sin
embargo, había recobrado en gran parte su serenidad.
--Tampoco usted lo esperaba, -batuchka-. Vea usted cómo le tiembla la
mano. ¡Je, je, je!
--También está usted temblando, Porfirio Petrovitch--observó
Raskolnikoff.
--Es verdad... no esperaba esto...
Se encontraban ya en el umbral de la puerta. El juez de instrucción
tenía prisa porque se marchase el joven.
--¿De modo que no me enseña usted la «pequeña sorpresa» que me tenía
preparada?--preguntó éste bruscamente.
--Apenas si tiene fuerzas para hablar y ya se muestra irónico, ¡je, je,
je! ¡Ea, hasta la vista!
--Creo que sería más propio decir -¡adiós!-
--Será lo que Dios quiera--balbuceó Porfirio con risa forzada.
Al atravesar la Cancillería, Raskolnikoff advirtió que muchos de los
empleados le miraban fijamente. En la antesala reconoció en medio de la
gente a los -dvorniks- de -aquella casa-, a los que había propuesto la
tarde de la extraña visita que le condujesen a la comisaría de policía.
Parecía que estaban esperando allí algo, pero apenas hubo llegado
al rellano de la escalera, cuando oyó de nuevo la voz de Porfirio
Petrovitch. El joven se volvió y vió al juez de instrucción que, todo
sofocado, acudía a llamarle.
--Una palabra todavía, Rodión Romanovitch. Dios sabe lo que pasará en
este asunto; pero, para la cuestión de forma, tengo que pedirle a usted
algunos datos, de modo que nos volveremos a ver de seguro.
Porfirio se detuvo sonriendo delante del joven.
--De seguro--repitió.
Parecía que iba a decir alguna otra cosa; pero nada añadió.
--Perdone usted mi proceder de antes, Porfirio Petrovitch... Me he
alterado un poco--comenzó a decir Raskolnikoff, que había recobrado ya
toda su serenidad y sentía grandes deseos de burlarse del magistrado.
--¡Bah! Eso no tiene importancia--replicó el juez con tono casi
jovial--. También yo tengo un carácter insoportable, lo reconozco. Ya
nos veremos; si Dios quiere, nos veremos a menudo.
--Y entonces nos conoceremos a fondo--repuso Raskolnikoff.
--Muy a fondo--repitió como un eco Porfirio Petrovitch, y guiñando un
ojo, miró con mucha gravedad a su interlocutor--. ¿Y ahora va usted a
comer a una fiesta?
--A un entierro.
--¡Ah! Está bien. Tenga usted cuidado de su salud.
--Por mi parte, no sé qué votos hacer por usted--respondió
Raskolnikoff, y comenzó a bajar la escalera; pero de repente se volvió
hacia Porfirio--. ¡Ah! Le deseo a usted de todo corazón mejor éxito del
que ha conseguido hasta ahora, vea usted, sin embargo, qué cómicas son
sus funciones.
Al oír estas palabras, el juez de instrucción, que se disponía a volver
a su despacho, aguzó el oído.
--¿Qué es lo que tienen de cómicas?--preguntó.
--Mucho. Ahí tiene a ese pobre Mikolai; ¡cuánto ha debido usted
atormentarle! ¡Cuánto lo habrá usted fatigado para arrancarle su
confesión! Día y noche, sin duda, le habrá usted repetido en todos
los tonos: «¡Tú eres el asesino, tú eres el asesino!» Le habrá usted
perseguido sin tregua, según su método psicológico, y ahora, cuando
él se reconoce culpable, usted empieza con la cantata en otro tono
de «¡Mientes! ¡Tú no eres el asesino! ¡No puedes serlo, no dices la
verdad!» Pues bien, después de esto, ¿no tengo derecho para encontrar
cómicas las funciones de usted?
--¡Je, je, je! ¿De modo que ha reparado usted que hace poco rato he
hecho observar a Mikolai que no decía la verdad?
--¿Cómo no había de observarlo?
--¡Je, je, je! Tiene usted mucho ingenio; nada se le escapa. Además, le
da a usted por lo chistoso. Posee usted la cuerda humorística. ¡Je, je,
je! Ese era, según dicen, el rasgo distintivo de Cogol.
--Sí, de Cogol.
--En efecto, de Cogol, ¡Hasta la vista!...
--Hasta la vista.
El joven se fué directamente a su casa. Cuando llegó a su domicilio,
se echó en el diván y durante un cuarto de hora intentó ordenar algún
tanto sus ideas, que eran muy confusas. No trató siquiera de explicarse
la conducta de Mikolai, comprendiendo que había allí un misterio cuya
clave buscaría en vano por el momento. Por lo demás, no se hacía
ilusiones sobre las consecuencias probables del incidente. No tardaría
en comprenderse que eran mentirosas las confesiones del obrero, y
entonces las sospechas recaerían de nuevo sobre él. Pero, en tanto, era
libre y podía tomar sus medidas en previsión del peligro que juzgaba
inminente.
¿Hasta qué punto, empero, estaba amenazado? La situación comenzaba
a esclarecerse. El joven temblaba aún al acordarse de su reciente
entrevista con el juez de instrucción. No podía penetrar todas las
intenciones de Porfirio, pero lo que adivinaba era más que suficiente
para hacerle comprender de qué terrible peligro acababa de escapar. Un
poco más y se hubiera perdido sin remedio. Conociendo la irritabilidad
nerviosa de su visitante, el juez se había apoyado sólidamente
sobre este dato, y había descubierto con exceso de atrevimiento su
juego; pero jugaba sobre seguro. Ciertamente, Raskolnikoff se había
comprometido demasiado; sin embargo, las imprudencias de que él se
acusaba no constituían todavía una prueba en contra suya: esto no tenía
más que un carácter relativo. ¿No se engañaba, sin embargo, al pensar
así? ¿Cuál era el proyecto de Porfirio? ¿Habría éste maquinado algo
aquel día, y si tenía preparado un golpe, en qué consistía éste? Sin la
aparición inesperada de Mikolai, ¿cómo hubiera acabado esta entrevista?
Raskolnikoff estaba sentado en el sofá con los codos apoyados en
las rodillas y la cabeza en las manos. Un temblor nervioso agitaba
todo su cuerpo. Al fin se levantó, tomó la gorra y después de haber
reflexionado un momento, se dirigió hacia la puerta.
--Por hoy, al menos--se dijo--, no tengo nada que temer.
De repente experimentó una especie de alegría y se le ocurrió la idea
de dirigirse lo más pronto posible a casa de Catalina Ivanovna. Ya era
tarde para asistir al entierro, pero llegaría a tiempo para comer y
allí vería a Sonia. Se detuvo, reflexionó, y en sus labios se dibujó
una triste sonrisa.
«¡Hoy! ¡Hoy!--repitió--. Sí, hoy mismo. Es preciso.»
En el momento en que se dirigía a la puerta, ésta se abrió por sí
misma. El joven retrocedió espantado viendo aparecer al enigmático
personaje de la víspera, -al hombre salido de debajo de la tierra-.
El recién venido se detuvo en el umbral, y después de haber mirado
silenciosamente a Raskolnikoff, dió un paso en la habitación. Vestía
exactamente como el día anterior, pero su rostro no era el mismo.
--¿Qué quiere usted?--preguntó Raskolnikoff pálido como un muerto.
El hombre, en vez de responder, se inclinó casi hasta el suelo. Por lo
menos le tocó con el anillo que llevaba en la mano derecha.
--¿Quién es usted?--preguntó Raskolnikoff.
--Pido a usted perdón--dijo el hombre en voz baja.
--¿De qué?
--De mis malos pensamientos.
Los dos hombres se miraron.
--Estaba ciego de ira. Cuando usted fué el otro día, teniendo, sin
duda, la razón perturbada por la bebida, hizo preguntas acerca de la
sangre y pidió a los -dvorniks- que lo condujesen a la oficina de
policía, vi con disgusto que no hacían caso de las palabras de usted,
tomándole por un borracho; esto me contrarió de tal modo, que no pude
dormir; pero me acordaba de las señas de usted y vine ayer aquí...
--¿Fué usted quien vino?--interrumpió Raskolnikoff.
Comenzaba a comprender.
--Sí; yo le he insultado a usted.
--¿Estaba usted en aquella casa?
--Sí, me encontraba junto a la puerta cochera cuando la visita de
usted. ¿Lo ha olvidado usted? Vivo allí desde hace mucho tiempo. Soy
peletero...
Raskolnikoff se acordó súbitamente de toda la escena de la antevíspera.
En efecto: independientemente de los -dvorniks- había en la puerta
cochera muchas personas, hombres y mujeres. Uno de ellos había
propuesto que se le condujese a la comisaría de policía. No podía
acordarse del rostro del que emitió esta idea; tampoco le reconoció
en este momento; pero sí se acordaba de haberle respondido algo y de
haberse vuelto a mirarle.
Así se explicaba de la manera más sencilla del mundo el terrible
misterio de la víspera. ¡Y bajo la impresión de la inquietud que le
causaba una circunstancia tan insignificante, había estado a punto de
perderse! Aquel hombre no podía contar nada sino que Raskolnikoff se
presentó a alquilar el cuarto de la vieja y que preguntó acerca de la
sangre. Aparte de esta excursión de un -enfermo en delirio-, salvo esa
-psicología de dos filos-, Porfirio no sabía nada. No tenía ningún
hecho, nada positivo. «Por consiguiente--pensaba el joven--, si no
surgen nuevos cargos (y no surgirán, estoy seguro de ello), ¿qué pueden
hacerme? Aunque me detuvieran, ¿cómo demostrarían definitivamente mi
culpabilidad?»
Otra conclusión se desprendía para Raskolnikoff de las palabras de su
visitante: hacía muy pocas horas que Porfirio tuvo noticia de su visita
al cuarto de la víctima.
--¿Usted le ha dicho hoy a Porfirio que estuve yo allí?--preguntó el
joven asaltado por súbita idea.
--¿A qué Porfirio?
--Al juez de instrucción.
--Yo se lo he dicho. Como los -dvorniks- no habían ido, fuí yo.
--¿Hoy?
--Llegué un minuto antes que usted; lo he oído todo y sé que le ha
hecho pasar a usted un mal rato.
--¿Dónde? ¿Qué? ¿Cuándo?
--Yo estaba allí, en la pieza contigua a su gabinete, en donde he
permanecido todo el tiempo que ha durado la entrevista.
--¿Cómo? ¿De modo que era usted la sorpresa? ¿Cómo ha sido eso?
Cuéntemelo usted todo, se lo ruego.
--Viendo--dijo el menestral--que los -dvorniks- rehusaban avisar a la
policía, a pretexto de que era demasiado tarde y de que encontrarían
la oficina cerrada, experimenté una viva contrariedad y resolví
enterarme por mí mismo; al día siguiente, es decir, ayer, tomé datos
y me he presentado al juez de instrucción. La primera vez que estuve
en la oficina no se encontraba allí; volví una hora después y no fuí
recibido; en fin, la última vez se me hizo entrar. Conté punto por
punto cuanto había pasado; al oírme el juez saltaba en la habitación y
se daba golpes en el pecho diciendo: «¿De ese modo cumplís, bribones,
con vuestra obligación? Si yo hubiese sabido esto antes, le hubiera
hecho buscar por la gendarmería.» En seguida salió precipitadamente,
llamó a no sé quién y estuvo hablando con él en un rincón; se dirigió
otra vez a mí y se puso de nuevo a interrogarme, profiriendo fuertes
imprecaciones. No le he ocultado nada; le he dicho que usted no
se atrevió a contestar a mis palabras de ayer y que no me había
reconocido. Continuaba dándose golpes en el pecho, vociferando y
saltando por la habitación. Entonces le anunciaron a usted. «Retírese
detrás del tabique--me dijo dándome una silla--, y estése ahí sin
chistar, oiga lo que oiga; puede que le interrogue otra vez.» Después
cerró la puerta. Cuando condujeron a Mikolai, despidió a usted y me
hizo salir a mí. «Tendré aún que interrogarle», me dijo.
--¿Preguntó a Mikolai delante de ti?
--Yo salí inmediatamente después de usted, y entonces fué cuando
comenzó el interrogatorio de Mikolai.
Terminado su relato, el menestral se inclinó de nuevo hasta el suelo.
--Perdóneme usted por mi denuncia y por el error en que he incurrido.
--¡Que Dios te perdone!--respondió Raskolnikoff.
«Nada de inculpaciones precisas, nada más que pruebas de dos filos»,
pensó Raskolnikoff renaciendo a la esperanza, y salió de la habitación.
«Todavía podemos luchar», se dijo con sonrisa colérica, mientras bajaba
la escalera.
Estaba irritado contra sí mismo y sentíase humillado.
QUINTA PARTE
I
Al día siguiente de aquel otro fatal en que Pedro Petrovitch tuvo su
explicación con las señoras de Raskolnikoff, las ideas de aquél se
esclarecieron y con extremo disgusto suyo le fué forzoso reconocer que
la ruptura, en la cual no había querido creer el día antes, era un
hecho consumado. La negra serpiente del amor propio herido le estuvo
mordiendo el corazón durante toda la noche. Al saltar de la cama, el
primer movimiento de Pedro Petrovitch fué irse a mirar al espejo,
temiendo que durante la noche le hubiese invadido la ictericia. Por
fortuna esta aprensión no era fundada. Al contemplar su rostro pálido
y distinguido, llegó hasta a consolarse por breves instantes ante la
idea de que no le costaría trabajo reemplazar a Dunia y quién sabe si
ventajosamente. Pero no tardó en desechar esta esperanza quimérica y
lanzó un fuerte salivazo, lo que hizo sonreír burlonamente a su joven
amigo y compañero de habitación, Andrés Semenovitch Lebeziatnikoff.
Pedro Petrovitch advirtió ese mudo sarcasmo y lo puso en la cuenta de
su amigo, cuenta que estaba ya bastante cargada, y redobló su cólera
después que hubo reflexionado que no debía hablar de esta historia a
Andrés Semenovitch. Fué la segunda tontería que el arrebato le hizo
cometer el día anterior: había cedido a la necesidad de desahogar el
exceso de su irritación.
Durante toda la mañana la suerte se ensañó en perseguir a Ludjin. En el
mismo Senado, el negocio en que se ocupaba le reservaba un disgusto.
Lo que le molestaba más que nada era la imposibilidad de hacer entrar
en razón al propietario de la nueva casa que había alquilado en
vista de su próximo enlace. Este individuo, alemán de origen, era un
antiguo obrero a quien la fortuna había sonreído; no aceptaba ninguna
transacción y reclamaba el pago entero del alquiler estipulado en
el contrato, aun cuando Pedro Petrovitch le devolvía el cuarto casi
restaurado.
El tapicero no se mostraba más complaciente que el propietario, y
pretendía quedarse hasta con el último rublo de la señal recibida
por la venta de un mobiliario de que Pedro Petrovitch «aun no se
había hecho cargo». «Va a ser menester que me case para recuperar
los muebles», decía rechinando los dientes el desgraciado Ludjin.
Una última esperanza atravesaba su alma. «¿Era posible que aquel mal
no tuviera remedio?» Tenía clavado en el corazón, como una espina,
el recuerdo de los encantos de Dunia. Fué para él aquello un trago
muy amargo, y si hubiera podido, con un simple deseo, hacer morir a
Raskolnikoff, de seguro que Pedro Petrovitch habría matado al joven
inmediatamente.
«Otra tontería de mi parte ha sido no darles dinero», pensaba mientras
volvía entristecido a casa de Lebeziatnikoff. «¿Por qué he sido yo
tan judío? ¡Fué un mal cálculo!... ¡Dejándolas momentáneamente en la
estrechez, yo creía prepararlas a que vieran en mí una providencia,
y he aquí que se me deslizan entre los dedos!... No, no. Si yo les
hubiera dado mil quinientos rublos, por ejemplo, para que comprasen
la canastilla en el Almacén Inglés, mi conducta hubiera sido a la vez
más noble y más hábil y no me habrían dejado tan fácilmente. Dados
sus principios, se hubieran creído, sin duda, obligadas a devolverme
regalos y dinero; esta resolución les hubiera sido penosa y difícil,
habría sido para ellas cuestión de conciencia. ¿Cómo atreverse entonces
a poner así a la puerta a un hombre que se había mostrado tan generoso,
y tan delicado?... He hecho una tontería.»
Pedro Petrovitch volvió de nuevo a rechinar los dientes y se trató de
imbécil, en su fuero interno, por supuesto. Al llegar a esta conclusión
llevó a su alojamiento mucho peor humor y disgusto que sacara de
él. Sin embargo, atrajo su curiosidad hasta cierto punto el barullo
producido en casa de Catalina Ivanovna, a causa de los preparativos de
la comida. Ya había oído hablar la víspera de este banquete; es más,
recordaba que le habían invitado; pero sus ocupaciones personales le
hicieron que lo olvidara.
En ausencia de Catalina Ivanovna (que a la sazón se hallaba en el
cementerio), la señora Lippevechzel andaba atareada alrededor de la
mesa, que ya estaba puesta. Hablando con la patrona, Pedro Petrovitch
supo que se trataba de una verdadera comida de gala, a la que estaban
invitados casi todos los vecinos de la casa, y entre ellos muchos que
no habían conocido siquiera al difunto. El propio Andrés Semenovitch
recibió la invitación correspondiente, a pesar de estar reñido con
Catalina Ivanovna. En fin, se tendría mucho gusto en que Pedro
Petrovitch honrase aquella comida con su presencia, puesto que era,
entre todos los inquilinos, el personaje más importante. La viuda de
Marmeladoff, olvidando todos sus resentimientos con la patrona, había
invitado también a Amalia Ivanovna, la cual se ocupaba, en aquellos
momentos, con íntima satisfacción, en los preparativos de la comida.
Además, la señora Lippevechzel habíase vestido de ceremonia, y aunque
su traje era de duelo, se comprendía que su dueña sentía vivo placer en
exhibir sus galas. Enterado de todos estos pormenores, Pedro Petrovitch
tuvo una idea y entró pensativo en su habitación, o mejor dicho, en la
de Andrés Semenovitch Lebeziatnikoff: acababa de saber que Raskolnikoff
figuraba en el número de los invitados.
Aquel día Andrés Semenovitch había pasado toda la mañana en su
cuarto. Entre este individuo y Ludjin existían extrañas relaciones
perfectamente explicables. Pedro Petrovitch le odiaba y le despreciaba
en grado superlativo casi desde el mismo día que fué a su casa a
pedirle hospitalidad; además, parecía tenerle en poco.
Al llegar a San Petersburgo, Ludjin fué a casa de Lebeziatnikoff,
en primer lugar y sobre todo por economía, pero también por otro
motivo. En su provincia había oído hablar de Andrés Semenovitch, su
antiguo pupilo, como de uno de los progresistas jóvenes más avanzados
de la capital y como hombre que ocupaba puesto visible en ciertos
círculos ya legendarios. Esta circunstancia tenía mucho valor para
Pedro Petrovitch, el cual desde hacía tiempo experimentaba un vago
temor respecto a estos círculos poderosos que lo sabían todo, que no
respetaban a nadie y hacían la guerra a todo el mundo.
Huelga añadir que la distancia no le permitía tener noción exacta de
estas cosas. Como tantos otros, había oído decir que existían en San
Petersburgo progresistas, nihilistas, enderezadores de entuertos,
etcétera; pero en su espíritu, como en el de otras muchas personas,
estas palabras tenían una significación exagerada. Lo que temía
principalmente eran las informaciones dirigidas contra tal o cual
individuo por el partido revolucionario. Ciertos recuerdos que se
remontaban a los primeros tiempos de su carrera, no contribuían poco a
fortificar en su ánimo aquel temor, muy vivo ya desde que acariciaba el
sueño de establecerse en San Petersburgo.
Dos personajes de una categoría bastante elevada y que protegieron los
comienzos de su carrera, fueron objeto de los ataques de los radicales,
que llevaron, empero, las de perder. He aquí porque desde su llegada
a la capital, Pedro Petrovitch trataba de enterarse de dónde soplaba
el viento, para, en caso de necesidad, granjearse las simpatías de
-nuestras jóvenes generaciones-. Contaba con Andrés Semenovitch para
que le ayudase. La conversación de Ludjin cuando visitó a Raskolnikoff
nos ha demostrado ya que había conseguido apropiarse en parte la
fraseología de los reformadores.
Andrés Semenovitch estaba empleado en un Ministerio. Pequeño,
desmedrado, escrofuloso, tenía el cabello de un rubio casi blanco y
llevaba patillas en forma de chuletas con las cuales estaba orgulloso;
casi siempre tenía malos los ojos. Aunque en el fondo era una bella
persona, mostraba en su lenguaje una presunción a menudo rayana con la
temeridad, lo que hacía extraño contraste con su aspecto enfermizo.
Se le consideraba, por lo demás, como uno de los inquilinos -comme il
faut- porque no se embriagaba y pagaba con puntualidad su pupilaje.
Aparte de estos méritos, Andrés Semenovitch era en realidad bastante
necio. Un arrebato irreflexivo le llevó a afiliarse bajo la bandera del
progreso: era uno de esos numerosos incautos que se enamoran de las
ideas de moda y desacreditan con sus majaderías una causa a la cual se
han unido sinceramente.
No obstante su buen carácter, Lebeziatnikoff acabó por encontrar
insoportable a su huésped y antiguo tutor. Pedro Petrovitch, por
su parte, correspondíale con la misma antipatía. A despecho de su
simplicidad, Andrés Semenovitch comenzaba a advertir que en el fondo
Pedro Petrovitch le despreciaba y que con este hombre no se podía ir
a ninguna parte. Trató de exponerle el sistema de Fourier y el de
Darwin; pero Ludjin, que en un principio se contentó con escucharle
burlonamente, no se privaba ahora de decir palabras mortificantes
a su joven catequista. Lo cierto es que Ludjin acabó por creer
que Lebeziatnikoff era no solamente un imbécil, sino un charlatán
desprovisto de toda importancia en su propio partido. Su función
especial era la -propaganda-, y todavía no debía de estar muy ducho en
ella, porque vacilaba a menudo en sus explicaciones. Decididamente,
¿qué tenía que temer Ludjin de semejante sujeto?
Notemos de paso que desde su instalación en casa de Andrés Semenovitch
(sobre todo en los primeros días), Pedro Petrovitch aceptaba con
placer, o por lo menos sin protesta, los cumplimientos muy extraños
de su huésped cuando éste, por ejemplo, le manifestaba un gran celo
por el establecimiento de una nueva -commune- en la calle de los
Burgueses, y cuando le decía: «Es usted demasiado inteligente para
enfadarse si su mujer toma un amante un mes después de su matrimonio;
un hombre ilustrado como usted no bautizará a sus hijos, etc., etc.»
Pedro Petrovitch no pestañeaba al oír que le hablaban de tal modo; tan
agradables le eran los elogios, fuesen como fuesen.
Había negociado algunos títulos por la mañana, y ahora, sentado
delante de la mesa, recontaba la suma que acababa de recibir. Andrés
Semenovitch casi nunca tenía dinero y se paseaba por la habitación
afectando no mirar aquellos fajos de billetes de Banco sino con
despreciativa indiferencia. Ludjin no creía que aquel desdén fuera
sincero. Por su parte, Lebeziatnikoff adivinaba, no sin disgusto, el
pensamiento escéptico de su huésped y pensaba que éste se había puesto
a contar el dinero para humillarle y recordarle la distancia que la
fortuna había establecido entre ambos.
Ahora Pedro Petrovitch estaba mucho peor dispuesto y desatento que
nunca. Aunque Lebeziatnikoff desarrollaba su tema favorito, el
-comunismo-, el hombre de negocios sólo se interrumpía para hacer de
vez en cuando alguna observación burlona y descortés. Pero Andrés
Semenovitch seguía imperturbable. El mal humor de Ludjin se explicaba
a sus ojos por el despecho de un enamorado a quien acababan de
dejar compuesto y sin novia. También intentó buscar este motivo de
conversación con objeto de consolar a su respetable amigo.
--Parece que se prepara una comida de duelo en casa de esa...
viuda--dijo a quema ropa Ludjin interrumpiendo a Lebeziatnikoff en el
punto más interesante de su peroración.
--¿No lo sabía usted, acaso? Ya le hablé ayer de eso, y le expuse
mi opinión sobre tales costumbres... Según tengo entendido, le han
invitado a usted. Ayer mismo habló usted con ella.
--Jamás hubiera creído que la miseria en que se encuentra permitiese a
esa imbécil gastar en una comida todo el dinero que le entregó ese otro
imbécil de Raskolnikoff. Ahora, al entrar, me he quedado estupefacto
viendo todos esos preparativos, todos esos vinos... Ha invitado a
muchas personas; el diablo sabrá por qué--continuó Pedro Petrovitch,
que parecía haber provocado con intención deliberada aquella
conversación--. ¿Qué? ¿Dice usted que me ha invitado?--añadió de
repente, levantando la cabeza--. ¿Cuándo ha sido eso? No lo recuerdo.
De todas maneras, no pienso ir. ¿Qué tengo que hacer allí? No la
conozco más que por haber hablado un minuto con ella ayer; le dije que
como viuda de empleado podría obtener un subsidio. ¿Me habrá invitado
por eso?
--Tampoco yo tengo intención de asistir--repuso Lebeziatnikoff.
--¡Pues no faltaba más! Después de haberle pegado, natural es que tenga
usted escrúpulo de ir a sentarse a su mesa.
--¿A quién he pegado yo? ¿De quién habla usted?--preguntó
Lebeziatnikoff turbado y encendido como la grana.
--Hablo de Catalina Ivanovna, a quien pegó usted hará cosa de un mes.
Lo supe ayer; ¡ésas son sus convicciones!... ¡Vaya una manera de
resolver el problema feminista!
Después de esta salida, que pareció haberle aliviado un poco el
corazón, Ludjin se puso a contar de nuevo su dinero.
--Eso es una barbaridad y una calumnia--replicó vivamente
Lebeziatnikoff, a quien desagradaba que le recordasen aquel suceso--.
Las cosas no pasaron de ese modo; lo que le han contado a usted es
completamente falso. En las circunstancias a que usted alude yo no hice
más que defenderme. Fué Catalina Ivanovna la que se lanzó sobre mí para
arañarme... Me arrancó una de las patillas. Creo que todo hombre tiene
derecho a defenderse. Por otra parte, soy enemigo de la violencia, de
dondequiera que proceda, y eso por principio, porque la violencia tiene
su origen en el despotismo. ¿Qué iba a hacer yo? ¿Había de dejar que
esa señora me maltratase a su gusto? Me limité a rechazar una agresión.
--¡Je, je, je!--continuó en son de burla Ludjin.
--Usted me busca querella porque está de mal humor; pero eso no
significa nada ni tiene relación alguna con la cuestión feminista.
Precisamente yo me he hecho a mí mismo este razonamiento: admitiendo
que la mujer es igual al hombre en todo, aun en la fuerza (cosa que
se comienza ya a sostener), debe existir también la igualdad en esto.
Claro es que he reflexionado inmediatamente que, en rigor, no hay
motivo para que se plantee esta cuestión, porque en la sociedad futura
no habrá ocasiones de querellas, y, por consiguiente, nadie pasará a
vías de hecho... Es, por lo tanto, absurdo hablar de la igualdad en la
lucha. No soy tan tonto... Aunque por lo demás haya riñas... es decir,
que más tarde no las habrá, aunque por el momento las haya todavía.
¡Ah, diablo, con usted, uno se hace un lío! ¡No, no es eso lo que me
impide aceptar la invitación de Catalina Ivanovna! Si no voy a comer a
su casa, es sencillamente por cuestión de principios, por no sancionar
con mi presencia la estúpida costumbre de las comidas de duelo. Por lo
demás, yo podría reírme de eso e ir... Desgraciadamente no habrá allí
-popes-; si los hubiese, le aseguro a usted que iría.
--¿De modo que se sentaría usted a su mesa para insultar la
hospitalidad de esa mujer?
--No para insultarla, sino para protestar; y esto con un objeto útil.
Yo puedo indirectamente ayudar a la propaganda civilizadora, que es el
deber de todo hombre. Quizá se realiza esta tarea tanto mejor cuanto
menos formalismo se emplea en ella. Puedo sembrar la idea, el grano...
De ese grano nacerá un hecho. ¿Cree usted que obrando así se falta a
las conveniencias? Al pronto se molestan; pero comprenden al punto que
se les presta un gran servicio...
--¡Vamos, bueno!--interrumpió Pedro Petrovitch--. Pero, dígame usted
ahora, ¿conoce usted a la hija del difunto, a esa muchacha flacucha?
¿Es verdad lo que de ella se dice?
--Sí, señor; ¿y qué? Según mi opinión, es decir, según mi convicción
personal, su situación es la situación normal de la mujer. ¿Por qué
no? Es decir, distingamos. En la sociedad actual, sin duda, ese género
de vida no es normal, porque es forzado; pero en la sociedad futura
será perfectamente normal, porque será libre. Aun ahora mismo tiene
el derecho de hacer lo que hace. Era desgraciada, ¿por qué no ha de
disponer de lo que es su capital? En la sociedad futura el capital no
tendrá razón de ser; pero el papel de la mujer galante tendrá otro
sentido y será regulado de una manera racional. En cuanto a Sofía
Semenovna, yo, en el tiempo presente, considero sus actos como una
enérgica protesta contra la organización de la sociedad, y a causa
precisamente de eso, la estimo profundamente; diré más, la contemplo
con regocijo.
--Sin embargo, me han contado que usted la obligó a abandonar esta casa.
Lebeziatnikoff se incomodó.
--¡Eso es también una mentira!--replicó enérgicamente--. No ha habido
tal cosa. Catalina Ivanovna ha contado esa historia de un modo inexacto
porque no la ha comprendido. Yo no he solicitado jamás los favores
de Sofía Semenovna; me limitaba pura y simplemente a desenvolver su
espíritu, sin ninguna segunda intención personal, esforzándome por
despertar en ella el sentimiento de protesta... No he procurado otra
cosa; ella es la que ha comprendido que no podía permanecer aquí.
--¿La ha invitado usted a formar parte de la -commune-?
--Sí, actualmente me esfuerzo para atraerla a la -commune-. Sólo que
ella estará en otras condiciones que aquí. ¿De qué se ríe usted?
Queremos fundar nuestra -commune- sobre bases mucho más amplias que las
precedentes. Vamos más lejos que nuestros precursores; negamos muchas
cosas. Si Dobroliuboff y Bielinsky saliesen de sus tumbas, me tendrían
por adversario. En tanto, continúo desarrollando a Sofía Semenovna. Es
una bella, una bellísima naturaleza.
--¿Y usted se aprovecha de esa bella naturaleza? ¡Je, je, je!
--No, de ninguna manera; todo lo contrario.
--¿Lo contrario?--dijo Ludjin--. ¡Je, je, je!
--Puede usted creerme. ¿Por qué había de ocultárselo a usted? Al
contrario, hay una cosa que me asombra: conmigo parece cortada; tiene
como cierto tímido pudor.
--Y, es claro, usted la desarrolla. ¡Je, je, je!... Usted le demuestra
que todos esos pudores son estúpidos.
--No hay tal cosa, no hay tal cosa. ¡Oh, qué sentido tan grosero y tan
tonto, permita que se lo diga, da usted a la palabra desarrollo! ¡Oh
Dios mío; qué poco avanzado está usted todavía! ¡Usted no comprende
nada! Nosotros buscamos la libertad de la mujer, y usted sólo piensa
en bagatelas. Dejando a un lado el pudor y la castidad femeninos, que
no hacen al caso, yo admito perfectamente su reserva respecto de mí,
puesto que en ello no hace otra cosa que ejercer su libertad y usar
de su derecho. Seguramente si me dijese ella misma «yo te quiero»,
me alegraría mucho, porque esa mujer me gusta en extremo; pero en
la situación presente nadie se ha mostrado jamás más cortés y más
conveniente con ella que yo; nadie ha hecho más justicia a su mérito...
Yo aguardo, espero: eso es todo.
--¿Por qué no le hace usted un regalito? Apuesto a que no ha pensado en
eso.
--No comprende usted nada, ya se lo he dicho. Sin duda su situación
autoriza en cierto modo sus sarcasmos; pero la cuestión es otra. Usted
no tiene más que desprecios para ella. Fundándose en un hecho que le
parece deshonroso, rehusa usted considerar con humanidad a una criatura
humana. Usted no sabe qué naturaleza es la suya.
--Dígame--replicó Ludjin--, ¿podría usted... o por mejor decir, está
usted bastante relacionado con esa joven para suplicar que venga aquí
un instante? Deben de haber vuelto ya del cementerio. Me parece que
las he oído subir la escalera. Quisiera hablar un instante con la
muchacha.
--¿Para qué?--preguntó asombrado Andrés Semenovitch.
--Es menester que le hable. Tengo que irme de aquí hoy o mañana, y
necesito decirle una cosa. Puede usted asistir a nuestra conferencia, y
aun creo que será mejor que asista. De lo contrario, ¡sabe Dios lo que
usted pensaría!
--No pensaría nada... Mi pregunta no tenía importancia. Si tiene usted
algo que decirle nada es más fácil que hacerla venir. Voy a buscarla en
seguida, y esté seguro de que no le molestaré.
Efectivamente; cinco minutos después, Lebeziatnikoff condujo a Sonia.
La joven llegó extremadamente sorprendida y avergonzada. En semejantes
circunstancias era siempre muy tímida. Las nuevas caras le causaban
temor. Era esto como una impresión de su infancia, y la edad había
aumentado su salvajez... Pedro Petrovitch se mostró cortés y benévolo.
Al recibir él, hombre serio y respetable, a una muchacha tan joven y
en cierto sentido tan interesante, se creyó obligado a acogerla con
un ligero tinte de jovial familiaridad. Se apresuró a tranquilizarla
y la invitó a que tomase asiento frente a él. Sonia se sentó y miró
sucesivamente a Lebeziatnikoff y el dinero colocado sobre la mesa.
Después, de repente, sus ojos se fijaron en Pedro Petrovitch y no
pudieron apartarse de él; hubiérase dicho que sufría una especie de
fascinación. Lebeziatnikoff se dirigió a la puerta. Ludjin se levantó,
hizo seña a Sonia para que se sentase, y detuvo a Andrés Semenovitch en
el momento en que éste iba a salir.
--¿Raskolnikoff está ahí? ¿Ha venido?--le preguntó en voz baja.
--¿Raskolnikoff? Sí. ¿Y qué? Sí, está ahí. Acaba de llegar. Le he
visto... ¿Y qué?
--En ese caso suplico a usted encarecidamente que se quede aquí y no
me deje a solas con esta... señorita. El negocio de que se trata es
insignificante, pero sabe Dios qué conjeturas podrían hacerse. No
quiero que Raskolnikoff vaya a creer... ¿Comprende usted por qué digo
esto?
--Sí, comprendo, comprendo--respondió Lebeziatnikoff--. Está usted en
su derecho. Sin duda, en mi convicción personal, los temores de usted
son muy exagerados, pero... no importa, está usted en su derecho.
Bueno, me quedaré. Voy a ponerme cerca de la ventana. No les molestaré;
en mi opinión, está usted en su derecho.
Pedro Petrovitch volvió a sentarse enfrente de Sonia, y la contempló
atentamente. Después su rostro tomó una expresión muy grave, casi
severa, como si indicase: «No vaya usted a figurarse, señorita, cosas
que no son». Sonia perdió por completo su serenidad.
--Ante todo suplico a usted, Sonia Semenovna, que presente mis excusas
a su respetable mamá. Supongo que no me engaño al expresarme así.
Catalina Ivanovna hace con usted veces de madre, ¿no es verdad?--dijo
Pedro Petrovitch con tono muy serio, pero a la vez bastante amable.
Evidentemente sus intenciones eran muy amistosas.
--Sí, en efecto: hace conmigo veces de madre--se apresuró a responder
la pobre Sonia.
--Pues bien, dígale usted cuánto siento que circunstancias
independientes de mi voluntad me impidan aceptar su amable invitación.
--Voy a decírselo--y Sonia se levantó en seguida.
--No es eso todo--continuó Pedro Petrovitch sonriendo al ver la
candidez de la joven y su ignorancia de las costumbres sociales--;
usted apenas me conoce, Sonia Semenovna; comprenderá que, por un motivo
tan fútil y que sólo me interesa a mí, no me hubiera permitido molestar
a una persona como usted. Tengo otro objeto.
A una señal de su interlocutor Sonia se apresuró a sentarse. Los
billetes de Banco multicolores, colocados sobre la mesa, se ofrecieron
de nuevo ante su vista, pero volvió vivamente los ojos y los fijó en
Pedro Petrovitch; mirar el dinero ajeno le parecía cosa por extremo
inconveniente, sobre todo en su posición. La joven reparó cosa tras
cosa: primero, en los lentes de montura de oro que Pedro Petrovitch
tenía en la mano izquierda; después, en el grueso anillo adornado con
una piedra amarilla que el funcionario llevaba en el dedo del corazón;
por último, no sabiendo qué hacer de sus ojos, los fijó en el rostro
mismo de Ludjin. Este, después de haber guardado silencio durante
algunos instantes, prosiguió:
--Ayer me bastó cambiar dos palabras con la desgraciada Catalina
Ivanovna, para comprender que esa señora se encuentra en un estado
antinatural, por decirlo así...
--Sí, antinatural--repitió dócilmente Sonia.
--O, para hablar más sencilla e inteligiblemente, que se halla enferma.
--Sí, más sencillamente, más intel... Sí, está enferma...
--Cierto. Por un sentimiento de humanidad y, digámoslo así, de
compasión, quisiera, por mi parte, serle útil, previendo que
inevitablemente va a encontrarse en una situación muy triste. Ahora,
según parece, esa familia no tiene en el mundo otro apoyo que usted.
Sonia se levantó bruscamente.
--Permítame que le pregunte: ¿no le ha dicho usted que podría cobrar
una pensión? Ayer me contó que usted se había encargado de hacer que se
la concediesen. ¿Es eso cierto?
--No, no hay tal cosa. Me limité a decirle que, como viuda de un
funcionario muerto en el servicio, podría obtener un recurso temporal
si contaba con recomendaciones. Mas parece que, lejos de haber servido
bastante tiempo para disfrutar de los derechos pasivos, su padre no
estaba en el servicio cuando murió. En una palabra: siempre se puede
esperar; pero la esperanza es muy poco fundada, porque, en rigor, no
existe derecho alguno a pensión; al contrario... ¡Ah, soñaba con una
pensión! ¡Oh, esa señora lo cree todo posible!
--Sí, soñaba en una pensión. Es crédula y buena, y su bondad hace
que dé crédito a todo. Y... y... su espíritu es... sí... Dispénsela
usted--dijo Sonia, que se levantó de nuevo para marcharse.
--Permítame usted, tengo todavía que decirle algo más.
--¿Más aún?--balbuceó la joven.
--Siéntese usted.
Sonia, toda confusa, se sentó por tercera vez.
--Viéndola en tal situación, con hijos pequeños, quisiera, como ya le
he dicho, serle útil en la medida de mis medios; compréndame usted
bien: en la medida de mis medios nada más. Se podría, por ejemplo,
organizar, en beneficio suyo, una subscripción, una tómbola... o una
cosa análoga, como suelen hacer en caso semejante las personas que
desean ayudar, bien sea a los parientes, bien a los extraños. Esto es
una cosa posible.
--Sí, eso está bien... pero ella. Dios...--murmuró Sonia, con los ojos
fijos en Pedro Petrovitch.
--Se podría; pero ya hablaremos de esto más tarde, es decir, se podría
comenzar hoy mismo. Nos veremos esta noche, hablaremos y echaremos,
por decirlo así, los fundamentos. Venga usted aquí a las siete.
Supongo que Andrés Semenovitch no tendrá inconveniente en asistir a
nuestra conferencia, pero... hay un punto que debe de ser previa y
cuidadosamente examinado. Por esta razón me he tomado la libertad de
molestarle suplicándole que viniese. Según mi opinión, no conviene
entregar en sus propias manos el dinero a Catalina Ivanovna; es más,
sería peligroso entregárselo; basta como prueba la comida de hoy. No
tiene zapatos; no sabe si dentro de dos días tendrá un pedazo de pan
que llevarse a la boca, y compra ron Jamaica, vino de Madera y café. Lo
he visto al pasar. Mañana toda la familia volverá a estar a cargo de
usted, y tendrá usted que buscarle hasta el último pedazo de pan. Por
lo tanto, soy de opinión que debe de organizarse la suscripción sin que
se entere la desgraciada viuda, y que usted sola sea la que maneje el
dinero. ¿Qué le parece a usted?
--No sé. Es solamente hoy cuando ella... Esto no ocurre más que una
vez en la vida... Quería honrar la memoria del difunto... pero es muy
inteligente. Por lo demás, será lo que usted quiera; yo le quedaré a
usted muy... muy... todas ellas serán... y Dios... y los huérfanos...
Sonia no acabó y se echó a llorar.
--De modo que es cosa convenida. Ahora dígnese usted aceptar, para la
parienta de usted, esta suma, que representa mi suscripción personal.
Deseo vivamente que mi nombre no se pronuncie para nada. Siento mucho
que, teniendo yo también apuros pecuniarios, no pueda hacer más.
Y Pedro Petrovitch alargó a Sonia un billete de diez rublos, después de
haberlo desplegado cuidadosamente.
La joven recibió el billete ruborizándose, balbuceó algunas palabras
ininteligibles y se apresuró a despedirse. Pedro Petrovitch la acompañó
hasta la puerta. Al cabo la joven salió de la habitación y entró en la
de Catalina Ivanovna extraordinariamente agitada.
Durante toda esta escena, Andrés Semenovitch, no queriendo interrumpir
la conversación, permaneció cerca de la ventana. En cuanto salió Sonia,
se acercó a Pedro Petrovitch y le tendió solemnemente la mano.
--Lo he oído y lo he visto todo--dijo subrayando intencionadamente
la última palabra--. Eso es noble, es humano, quiero decir, porque
no admito la palabra noble. Usted ha querido evitar las gracias, lo
he visto; y aunque, a decir verdad, soy por principio enemigo de la
beneficencia privada, que, lejos de extirpar radicalmente la miseria,
favorece sus progresos, no puedo menos de reconocer que he visto con
gusto el acto de usted. Sí, sí, eso me complace.
--Lo que he hecho no vale nada--murmuró Ludjin un poco cortado, y miró
a Lebeziatnikoff con particular atención.
--Sí, vale, sí vale. Un hombre que, no obstante hallarse bajo la
impresión de una afrenta recibida, es capaz todavía de interesarse
por la desgracia ajena, aunque proceda en contra de la sana economía
social, no es por eso menos digno de estima. No esperaba yo semejante
cosa de usted, Pedro Petrovitch... ¡Oh, qué influído está usted por sus
antiguas ideas! ¿Por qué turbarse tanto por el asunto de ayer?--exclamó
Andrés Semenovitch, que experimentaba un retroceso de viva simpatía
hacia Pedro Petrovitch--. ¿Qué necesidad tiene usted de casarse, de
casarse -legalmente-, mi noble y muy querido Pedro Petrovitch? ¿Qué le
importa a usted la unión -legal-? Pégueme usted, si quiere; pero yo
me regocijo del fracaso de sus relaciones, contento de pensar que es
usted libre, que no está usted perdido por la humanidad... Ya ve si soy
franco.
--Me inclino al matrimonio legal, porque no quiero llevar... nada en la
frente ni educar hijos de los cuales yo no sea el padre, como ocurre
con vuestros matrimonios libres--respondió, por decir alguna cosa,
Pedro Petrovitch.
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