--No está ahí... Está en el cuarto Evangelio--dijo secamente sin moverse de su sitio. --Busca ese pasaje y léemelo--dijo, y después se sentó, apoyó los codos en la mesa y la cabeza en la mano, y mirando de través con aire sombrío, se dispuso a escuchar. Sonia vaciló al pronto dudando aproximarse a la mesa. El extraño deseo manifestado por Raskolnikoff le parecía poco sincero. Sin embargo, tomó el libro. --¿Acaso no lo ha leído usted nunca?--preguntó, mirando al joven de soslayo. --Sí... en mi niñez. --¿No lo ha oído usted en la iglesia? --Yo no voy a la iglesia. Y tú, ¿vas a menudo? --No--balbució Sonia. Raskolnikoff sonrió. --Comprendo... ¿Entonces no asistirás mañana a las exequias de tu padre? --Sí; la semana pasada estuve en la iglesia. Asistí a una misa de -Requiem-. --¿Por quién? --Por Isabel; la mataron a hachazos. Los nervios de Raskolnikoff estaban cada vez más irritados y la cabeza se le iba. --¿Tratabas a Isabel? --Sí... Era buena, venía a mi casa... pero pocas veces, porque no era libre. Leíamos juntas y hablábamos. Ahora goza de la vista de Dios. Raskolnikoff se quedó pensativo. ¿Qué significaban las misteriosas confidencias de dos idiotas como Sonia e Isabel? «Aquí voy a volverme loco yo también. En esta habitación se respira la locura»--pensó--. ¡Lee!--gritó de repente con acento irritado. Sonia seguía vacilando. Le latía con fuerza el corazón y parecía que le daba miedo leer. Raskolnikoff miró con expresión casi dolorosa a la pobre «loca». --¿Qué le importa a usted eso si usted no cree?--murmuró con voz ahogada. --Quiero que leas--insistió él--; bien le leías a Isabel... Sonia abrió el libro y buscó el pasaje. Le temblaban las manos y las palabras se le atravesaban en la garganta. Dos veces Sonia trató de leer y no pudo articular la primera sílaba. «Un hombre llamado Lázaro, de Bethania, estaba enfermo», profirió al fin, haciendo un esfuerzo; pero de repente, a la tercera palabra, su voz se hizo sibilante y se rompió como una cuerda demasiado tensa. Faltaba el aliento a su pecho oprimido. Raskolnikoff se explicaba, en parte, la vacilación de Sonia para obedecerle, y a medida que comprendía mejor, reclamaba más imperiosamente la lectura; comprendía cuánto costaba a la joven descubrirle, en cierto modo, su interior. Evidentemente no podía, sin embargo, resolverse a hacer a un extraño la confidencia de los sentimientos que desde su adolescencia quizá la habían sostenido, que fueron, sin duda, su viático moral, cuando entre un padre borracho y una madrastra loca por la desgracia, en medio de los niños hambrientos, no oía más que reproches y clamores injuriosos. Veía todo esto; pero veía también que, a pesar de su repugnancia, tenía gran deseo de leer, sobre todo para él, «ocurriese lo que quisiera». Los ojos de la joven y la agitación que sentía, se lo dieron a conocer a Raskolnikoff... Por un violento esfuerzo sobre sí misma, Sonia dominó el espasmo que le apretaba la garganta, y continuó leyendo el undécimo capítulo del evangelio de San Juan, y llegó al versículo 19. «Muchos judíos habían venido a Marta y a María a consolarlas de la muerte de su hermano. Entonces Marta, como oyó que Jesús venía, salió a su encuentro; pero María se estuvo en casa y Marta dijo a Jesús--: Señor, si hubieses estado aquí no fuera muerto mi hermano; mas yo sé ahora que todo lo que pidieres de Dios te dará Dios.» La joven hizo aquí una pausa para triunfar de la emoción que hacía temblar de nuevo su voz... «Dícele Jesús--: Tu hermano resucitará. Marta dijo--: Yo sé que resucitará en la resurrección en el día postrero. Dícele Jesús: -Yo soy la resurrección y la vida-; el que crea en Mí, aunque esté muerto, vivirá; y todo aquel que vive y cree en Mí, no morirá eternamente. ¿Crees tú en esto? Ella le dijo:» (Aunque apenas podía respirar, Sonia levantó la voz, como si al leer las palabras de Marta hiciese ella misma su profesión de fe.) «Sí, Señor; yo creo que Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios que has venido al mundo.» Sonia se interrumpió, levantó los ojos hasta él; pero los bajó en seguida y prosiguió la lectura. Raskolnikoff escuchaba sin pestañear, apoyado de codos sobre la mesa y mirando de lado. La joven continuó leyendo hasta el versículo 32. «Mas María como vino donde estaba Jesús, viéndole derribóse a sus pies y le dijo--: Señor, si Tú hubieras estado aquí no fuera muerto mi hermano. Jesús entonces como que la vió llorando y que los judíos que habían venido con ella lloraban también, se conmovió en espíritu y turbóse y dijo--: ¿Dónde le pusisteis? Ellos le respondieron--: Señor, ven y verás. Y lloró Jesús. Y los judíos dijeron entonces--: Mirad cómo le amaba; y algunos dijeron--: ¿No podía éste, que abrió los ojos al ciego, hacer que éste no muriese?» Raskolnikoff se volvió hacia ella y todo agitado la miró. Sí, era, efectivamente, lo que él había pensado. La joven estaba temblorosa y acometida de verdadera fiebre. Raskolnikoff lo había previsto. Sonia se aproximaba al milagroso relato y se apoderaba de ella un sentimiento de triunfo. Su voz, fortalecida por la alegría, tenía sonoridades metálicas. Las líneas se confundían ante sus ojos ofuscados; pero sabía de memoria este pasaje. En el último versículo, «no podía éste, que abrió los ojos al ciego...» bajó la voz dando un acento apasionado a la duda, al reproche de aquellos judíos incrédulos y ciegos, que un minuto después iban, como heridos del rayo, a caer de rodillas sollozando y creyendo... «Y él, él que es también un ciego, incrédulo; él también, dentro de un instante, oirá, creerá; sí... sí... en seguida... ahora mismo...», pensaba Sonia agitada por esta alegre confianza. «Jesús, conmoviéndose otra vez en sí mismo, vino al sepulcro; era una cueva la cual tenía una piedra encima. Dice Jesús--: Quitad la piedra. Marta, hermana del muerto, le dice--: Señor, hiede ya, que es de cuatro días.» Sonia subrayó la palabra cuatro. «Jesús la respondió--: ¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios? Entonces quitaron la piedra de donde el muerto había sido puesto, y Jesús, alzando los ojos al cielo, dijo en voz alta--: ¡Padre mío, gracias te doy porque me has oído; yo sabía que siempre me oyes, mas por causa de la compañía que está alrededor lo dije, para que crean que me has enviado! Y habiendo dicho estas palabras, exclamó a gran voz--: ¡Lázaro, ven fuera! y el que había muerto salió (al leer estas líneas Sonia temblaba como si hubiese sido testigo del milagro), con las manos atadas con vendas y el rostro envuelto en un sudario. Y dijo Jesús--: Desatadle y dejadle ir. »-Entonces, muchos de los judíos que habían venido a María y habían visto lo que Jesús acababa de hacer, creyeron en El.-» La joven no leyó más; le hubiera sido imposible; cerró el libro y se levantó. --Esto es todo lo que se refiere a la resurrección de Lázaro--dijo en voz baja y nerviosa sin volverse a Raskolnikoff. Parecía que temiese encontrar su mirada. Su temor febril duraba todavía. El cabo de vela, que estaba para consumirse, alumbraba vagamente aquel cuartucho en que un asesino y una mujer pública acababan de leer juntos el Santo Libro. De repente Raskolnikoff se levantó y se acercó a Sonia. --He venido para hablarte de una cosa--dijo en alta voz, frunciendo el entrecejo. La joven levantó los ojos hasta él y vió que su mirada, de una dureza particular, expresaba una resolución feroz. --Hoy--prosiguió--, he renunciado a todo género de relaciones con mi madre y con mi hermana. Ya no volveré más a mi casa. La ruptura entre los míos y yo está ya consumada. --¿Por qué?--preguntó asombrada Sonia. Su encuentro poco antes con Pulkeria Alexandrovna y Dunia, le había dejado una impresión extraordinaria, aunque obscura para ella. Al oír la noticia de que el joven había roto con su familia, sintió una especie de terror. --Ahora no tengo en el mundo más que a ti--respondió él--. Partamos juntos. He venido a proponértelo. Tú y yo somos malditos; partamos juntos. Le relampagueaban los ojos. «Parece que está loco», pensó a su vez Sonia. --¿A dónde iremos?--preguntó espantada, e involuntariamente se interrumpió. --¿Cómo he de saberlo? Unicamente sé que el camino y el fin de él, son los mismos para ti y para mí; de eso estoy seguro. Sonia le miró sin comprender. Una sola idea se desprendía claramente para ella de las palabras de Raskolnikoff: que era inmensamente desgraciado. --Nadie te comprenderá si tú le hablas--prosiguió él--; pero yo te he comprendido. Tú me eres necesaria; por eso he venido. --No comprendo...--balbució Sonia. --Ya comprenderás más tarde. ¿Acaso tú no has procedido como yo? Tú también estás por encima de la regla... Has tenido ese valor. Has alzado la mano sobre ti, has destruído una vida, la tuya. Hubieras podido vivir para un espíritu, para la razón, y acabarás en el Mercado del Heno; pero tú no podrás soportarlo, y si te quedas sola perderás la razón y yo también la perderé. Ahora ya estás como loca. Es preciso, pues, que marchemos juntos; que sigamos el mismo camino. Partamos. --¿Por qué? ¿Por qué dice usted eso?--repuso Sonia extrañamente turbada por tal lenguaje. --¿Por qué? ¡Porque tú no puedes quedarte aquí! Es menester razonar seriamente y ver las cosas bajo su verdadero aspecto, en vez de llorar como un niño y de confiarlo todo a Dios. ¿Qué ocurrirá, te pregunto yo ahora, si mañana se te conduce al hospital? Catalina Ivanovna, casi loca y tísica, morirá pronto. ¿Qué será de sus hijos? La perdición de Poletchka, ¿no es cosa segura? --¿Qué hacer, pues? ¿Qué hacer?--repitió llorando Sonia y retorciéndose las manos. --¿Qué hacer? Hay que levar el ancla de una vez para ir adelante, ocurra lo que quiera. ¿No comprendes? Más tarde comprenderás... La libertad y el poder, pero sobre todo el poder, reinan sobre todas las criaturas temblorosas, sobre todo el hormiguero. He ahí el objeto. Acuérdate de esto. Ese es el testamento que te dejo. Quizá te hablo por última vez. Si no vengo mañana lo sabrás todo, y entonces acuérdate de lo que te digo. Más tarde, dentro de algunos años, con la experiencia de la vida, comprenderás acaso lo que significan mis palabras. Si vengo mañana, te diré quién es el que ha matado a Isabel. --Pero, ¿es que usted sabe quién la ha matado?--preguntó la joven helada de espanto. --Lo sé y lo diré... pero a ti, a ti sola. Te he elegido. No vendré a pedirte perdón sino simplemente a decírtelo. Hace mucho tiempo que te he elegido; desde el momento que tu padre me habló de ti; viviendo aún Isabel se me ocurrió esta idea. Adiós. No me des la mano. Hasta mañana. Raskolnikoff salió, dejando a Sonia la impresión de que estaba loco; pero ella estaba también como loca y se daba cuenta de su estado; se le iba la cabeza. --Señor, ¿cómo sabe quién ha matado a Isabel? ¿Qué significan sus palabras? ¡Qué extraño es! Sin embargo, no tuvo la menor sospecha de la verdad. --¡Oh! ¡Debe de ser inmensamente desgraciado! Se ha separado de su madre y de su hermana; ¿por qué? ¿qué ha podido pasarle? ¿Cuáles son sus intenciones? ¿Qué es lo que me ha dicho? Me ha besado el pie diciéndome (sí, de ese modo se ha expresado), que no podía vivir sin mí... ¡Oh Señor! Detrás de la puerta que permanecía siempre cerrada, había una habitación sin ocupar, desde hacía largo tiempo, que pertenecía a la casa de Gertrudis Karlovna Reslich. Esta habitación se alquilaba, como lo indicaban un rótulo colocado en el exterior de la puerta grande y los albaranes colocados en las ventanas que daban al canal. Sonia sabía que no vivía nadie allí. Pero, durante toda la escena precedente, el señor Svidrigailoff, oculto detrás de la puerta, no había perdido sílaba de la conversación. Cuando Raskolnikoff hubo salido, el inquilino de la señora Reslich reflexionó un momento; después volvió a entrar sin ruido en su habitación, que estaba contigua a la pieza desalquilada, tomó una silla y fué a colocarla junto a la puerta. Lo que acababa de oír le interesaba en el más alto grado; así es que llevaba aquella silla para poder escuchar la conversación prometida para el día siguiente, sin verse obligado a permanecer de pie durante una hora por lo menos. V Cuando al día siguiente, a las once en punto, Raskolnikoff se presentó en casa del juez de instrucción, se asombró de haber tenido que hacer antesala tanto tiempo. Según sus presunciones, debiera habérsele recibido en seguida; sin embargo, pasaron diez minutos antes de ver a Porfirio Petrovitch. En la sala de entrada, en que esperó primero, varias personas iban y venían sin parecer que reparasen en él. En la habitación siguiente, que se asemejaba a una Cancillería, trabajaban algunos escribientes y saltaba a la vista que ninguno de ellos sospechaba en lo más mínimo lo que pudiera ser Raskolnikoff. El joven miró en su derredor con desconfianza. ¿Habría allí algún esbirro, algún -Argos- misterioso encargado de vigilarle, y en el caso oportuno impedir su fuga? Nada de esto descubría; los escribientes estaban todos ocupados en sus tareas y los otros no hacían el menor caso de él. El visitante se iba tranquilizando. --Si, en efecto, aquel misterioso personaje de ayer, aquel espectro salido de debajo de la tierra, lo supiese todo y lo hubiese visto todo, ¿me dejarían tanto tiempo libre? ¿No me hubieran detenido ya, en vez de esperar que viniese aquí por mi propia voluntad? Siendo esto así, o ese hombre no ha hecho ninguna revelación contra mí, o... sencillamente no sabe nada y no ha visto nada... Y, en rigor, ¿cómo hubiera podido ver? Por consiguiente, he debido estar alucinado, y lo que ayer me ocurrió no fué más que una ilusión de mi imaginación enferma. Cada vez encontraba más verosímil esta explicación, que ya el día antes se le había ocurrido cuando más inquieto estaba. Reflexionando en todo esto y preparándose para una nueva lucha, Raskolnikoff advirtió de repente que estaba temblando y hasta se indignó ante el pensamiento de que lo que le hacía temblar era el miedo de una entrevista con el odioso Porfirio Petrovitch. Lo más terrible para él era encontrarse de nuevo en presencia de aquel hombre; le odiaba terriblemente y hasta temía venderse a causa de aquel odio. Se apresuró a entrar con aire frío y tranquilo, y se prometió hablar lo menos posible, estar siempre alerta y dominar, en fin, a toda costa, su temperamento irascible. Pensando en tales cosas, fué introducido en el despacho de Porfirio Petrovitch. Encontrábase éste solo en su gabinete. Esta habitación, de no muchas dimensiones, contenía una gran mesa colocada frente a un diván forrado de hule, un escritorio, un armario colocado en un rincón y varias sillas; todo este mobiliario, suministrado por el Estado, era de madera amarilla. En la pared del fondo había una puerta cerrada, lo que hacía suponer que había otras habitaciones detrás del tabique. En cuanto Porfirio Petrovitch vió que Raskolnikoff entraba en su gabinete, fué a cerrar la puerta por la cual acababa de entrar el joven, y ambos quedaron frente a frente. El juez de instrucción dispensó a su visitante una acogida en la apariencia por extremo risueña y afable. Al cabo de algunos minutos advirtió Raskolnikoff ciertos movimientos que revelaban ligera contrariedad en el magistrado; parecía que acababa de interrumpírsele en alguna ocupación clandestina. --¡Ah, respetabilísimo! Ya está usted aquí... en nuestros dominios--comenzó a decir Porfirio Petrovitch tendiéndole ambas manos--. Vamos, siéntese usted, -batuchka-. Pero quizá no le guste a usted que se le llame respetabilísimo y al mismo tiempo -batuchka-, -tout court-. No lo tome usted a mal; no es una familiaridad excesiva... Siéntese... aquí, en el diván. Raskolnikoff se sentó, sin apartar los ojos del juez de instrucción. «Estas palabras «en nuestros dominios», estas excusas por su familiaridad, la expresión francesa -tout court-... ¿qué quiere decir todo esto? Me ha alargado las manos sin darme ninguna; las ha retirado a tiempo», pensó Raskolnikoff con desconfianza. Ambos se observaban; pero cuando se encontraban sus miradas, apartaban el uno del otro los ojos con la rapidez del relámpago. --He venido a traer este papel... con motivo del reloj... Tome usted. ¿Está bien así, o hay que escribir otro? --¿Qué? ¿Qué papel? ¡Ah, sí!... ¡No se preocupe usted; está bien!--respondió con precipitación Porfirio, que pronunció estas palabras aun antes de haber examinado el papel, y después, cuando hubo echado una rápida mirada sobre el documento, añadió--: Sí, está bien; basta con esto--continuó, hablando siempre de prisa, y depositó el papel sobre la mesa. Un minuto después lo guardó en el escritorio, hablando de otra cosa. --Me parece que ayer me manifestó usted deseos de interrogarme... en debida forma, a propósito de mis relaciones con la... víctima. «Vamos, ¿para qué habré dicho yo -me parece-?», pensó de repente Raskolnikoff. «¿Qué importa esa frase? ¿Por qué me he de inquietar yo por ella?», añadió mentalmente y casi al mismo tiempo. Por el solo hecho de encontrarse en presencia de Porfirio, con quien apenas había cambiado dos palabras, su desconfianza tomaba enormes proporciones, y advirtió súbitamente que esta disposición de ánimo era demasiado peligrosa; su agitación y la exaltación de sus nervios iban en aumento. «Malo, malo; se me va a escapar alguna tontería.» --Sí, sí; no se inquiete usted, tenemos tiempo, tenemos tiempo--murmuró Porfirio Petrovitch, que sin intención alguna aparente iba y venía por la habitación, aproximándose, ya a la ventana, ya al escritorio, para acercarse en seguida a la mesa. Algunas veces evitaba las recelosas miradas de Raskolnikoff; otras se detenía bruscamente y miraba a su interlocutor cara a cara. Era un espectáculo verdaderamente extraño el que ofrecía en tal momento aquel hombrecillo grueso y redondo, que se movía como una pelota lanzada de una pared a otra. --No hay prisa, no hay prisa. ¿Fuma usted? Tome un cigarrillo--continuó ofreciendo un paquete al visitante--. Le recibo aquí, ¿sabe usted?; pero mi habitación está ahí, detrás de ese tabique... Es el Estado quien me la suministra... yo estoy aquí provisionalmente, porque hay muchos arreglos que hacer en mi vivienda. Ahora todo está arreglado o poco menos... ¿Sabe usted que es una gran cosa que el Estado le dé a uno casa? ¿No le parece a usted? --Sí, una gran cosa--respondió Raskolnikoff mirándole con aire burlón. --Una gran cosa... una gran cosa...--repitió ocupado en otra parte--. ¡Sí, una gran cosa!--volvió a decir bruscamente con voz casi tonante, deteniéndose a dos pasos de Raskolnikoff, a quien miró de repente. La incesante y necia repetición de esta frase: «Una habitación suministrada por el Estado es una gran cosa», contrastaba por su vacuidad con la mirada seria, profunda, enigmática, que el juez fijaba ahora en su visitante. La cólera de Raskolnikoff no le impidió dirigir al juez de instrucción un desafío burlón y bastante imprudente. --¿Sabe usted--comenzó a decir, mirándole casi con insolencia y complaciéndose en ello--, que es, según creo, una regla jurídica, un principio para todos los jueces de instrucción, ponerse a hablar de cosas insignificantes o de una cosa seria, pero ajena a la cuestión, a fin de animar a aquellos a quienes interrogan, o más bien a fin de distraerlos aletargando su prudencia, y después, bruscamente, de improviso, descargarles en medio de la coronilla la más peligrosa pregunta? ¿No es así? ¿No es una costumbre religiosamente observada en la profesión de usted? --¿De modo que usted supone que si le he hablado tantas veces de la casa que me da el Estado, ha sido para...? Al decir esto, Porfirio Petrovitch guiñó los ojos y dió a su cara, por un instante, cierta expresión de alegría maliciosa, se borraron las leves arrugas de su frente, se le pusieron los ojos todavía más pequeños de lo que eran, se dilataron sus facciones, y mirando fijamente a Raskolnikoff, se echó a reír de un modo nervioso y prolongado, que agitó toda su persona. El joven se echó a reír también, aunque haciendo un violento esfuerzo. La hilaridad de Porfirio Petrovitch redobló de tal modo, que el rostro del juez de instrucción se puso de color carmesí. Raskolnikoff experimentó entonces un disgusto que le hizo olvidar toda prudencia; cesó de reír, frunció el entrecejo, y durante todo el tiempo en que siguió riendo Porfirio con aquella alegría que parecía un poco fingida, clavó en él unas miradas preñadas de odio. El juez, por su parte, se cuidaba muy poco del descontento de Raskolnikoff. Esta última circunstancia dió mucho que pensar al joven; creyó comprender que su llegada no había interrumpido lo más mínimo al juez de instrucción; era, por el contrario, él, Raskolnikoff, el que había caído en una trampa. Evidentemente había allí algún lazo, alguna emboscada que él no conocía; la mina estaba cargada quizá, e iba a reventar de un momento a otro. Yéndose derecho al asunto, se levantó y tomó su gorra. --Porfirio Petrovitch--dijo con tono resuelto, pero en el que se descubría bastante irritación--, ayer manifestó usted el deseo de hacerme sufrir un interrogatorio. (Subrayó la palabra -interrogatorio-.) He venido a ponerme a disposición de usted; si tiene preguntas que dirigirme, pregúnteme usted, si no, permítame que me retire. No puedo perder el tiempo aquí; tengo otra cosa que hacer. He de asistir al entierro de ese funcionario que ha sido atropellado por un coche y de quien ha oído usted hablar...--añadió, y en seguida se arrepintió de haber dicho esta frase--. Después--prosiguió con cólera creciente--, todo eso me fastidia, ¿entiende usted? hace mucho tiempo que dura todo esto, y en parte ha sido causa de mi enfermedad... En una palabra--continuó con voz cada vez más irritada porque comprendía que la frase acerca de su enfermedad era aún más inoportuna que la otra--, en una palabra, o me interroga usted, o permita que me marche ahora mismo... Pero si usted me interroga, que sea en la forma establecida por el procedimiento legal; de otro modo no se lo permitiré a usted, y hasta entonces, adiós, puesto que por el momento nada tenemos que hacer juntos. --¡Señor! ¿Pero, qué está usted diciendo? ¿Acerca de qué he de interrogar a usted?--replicó el juez de instrucción, que cesó instantáneamente de reír--; no se inquiete usted, se lo suplico. Incitó a Raskolnikoff a que se sentara, en tanto que él iba y venía de un lado a otro de la habitación. --Tenemos tiempo, tenemos tiempo, y todo eso carece de importancia. Por el contrario, estoy tan contento de que haya usted venido a nuestra casa... Recibo a usted como a un visitante... En cuanto a ese maldito reír, -batuchka- Rodión Romanovitch, perdóneme usted... soy muy nervioso y me ha hecho mucha gracia la agudeza de la observación de usted; a veces, le aseguro que me pongo a saltar como una pelota de goma y estoy así durante media hora... Me gusta reír. Mi temperamento me hace temer una apoplejía. Pero siéntese usted, ¿por qué sigue en pie?... Se lo ruego, -batuchka-, de lo contrario creeré que está usted enfadado. Raskolnikoff, con el entrecejo fruncido, se callaba, escuchaba y observaba; sin embargo, se sentó. --Por lo que a mí toca, -batuchka- Rodión Romanovitch, diré a usted una cosa que servirá para explicarle mi carácter--repuso Porfirio Petrovitch, que continuaba yendo y viniendo por la habitación, y seguía evitando el cruzar la mirada con la del joven--. Yo vivo solo, ¿sabe usted? No voy a ninguna parte; soy desconocido. Añada usted que estoy en la decadencia ya acabado... y... ¿ha advertido usted, Rodión Romanovitch, que entre nosotros, es decir, en Rusia, y sobre todo en nuestros círculos de San Petersburgo, cuando se encuentran dos hombres inteligentes que no se conocen aún bien, pero que recíprocamente se estiman, como usted y yo, por ejemplo, en este momento, no pueden decirse una palabra durante media hora y permanecen como petrificados, el uno frente al otro? Todo el mundo tiene materia de conversación; las señoras, la gente de mundo, las personas de alta sociedad... en todos estos ambientes hay de qué hablar, es de rigor; pero las personas de la clase media, como nosotros, son hurañas y taciturnas. ¿De qué procede esto, -batuchka-? ¿No tenemos nosotros intereses sociales, o es que somos demasiado honrados para engañarnos unos a otros? No lo sé. Vamos a ver, ¿cuál es su opinión? Pero deje la gorra; cualquiera diría que desea usted irse, y eso me causa pena... yo, por el contrario, tengo tanto gusto... Raskolnikoff dejó su gorra. No salía de su mutismo, y con las cejas fruncidas seguía oyendo la vana charla de Porfirio. «Sin duda dice todas estas tonterías para distraer mi atención.» --No le ofrezco a usted café, porque éste no es lugar para ello; pero, ¿no será posible pasar cinco minutos con un amigo para procurarle una distracción?--prosiguió el inagotable Porfirio--. Ya sabe usted cuántas son las obligaciones del servicio. No se enoje usted, -batuchka-, porque siga paseándome; perdóneme usted, sentiría mucho molestarle; ¡pero me es tan necesario el movimiento!... Estoy siempre sentado y es para mí un verdadero placer poder pasearme durante cinco minutos... padezco de hemorroides. He tenido siempre intención de tratarme por la gimnasia; el trapecio es, se dice, muy provechoso para los consejeros del Estado, y aun para los consejeros íntimos. En nuestros días, la gimnástica ha venido a ser una verdadera ciencia... En cuanto a los deberes de nuestro cargo, a estos interrogatorios y todo este formalismo, usted mismo, -batuchka-, hablaba hace poco... ¿Sabe usted, en efecto, -batuchka- Rodión Romanovitch, que estos interrogatorios despistan más al magistrado que al reo?... Usted lo ha hecho notar hace un momento, con tanto ingenio como exactitud. (Raskolnikoff no había hecho semejante observación.) Se embrolla uno, pierde el hilo. En cuanto a nuestras costumbres jurídicas, estoy plenamente de acuerdo con usted. ¿Cuál es, dice usted, el acusado, aunque sea el más obtuso -mujik-, que ignore que ha de comenzarse por hacérsele preguntas extrañas para aletargarle, según la feliz expresión de usted, a fin de asestarle después, bruscamente, un hachazo en medio de la coronilla (sirviéndome de la feliz metáfora de usted)? ¡Je, je! De modo que ha pensado que hablándole de la habitación, yo trataba... ¡je, je! Es usted muy cáustico... vamos, ya no insisto. ¡Ah! Sí, una palabra llama a otra; los pensamientos se atraen mutuamente. Hace un momento hablaba usted de la forma en lo que concierne al magistrado. ¿Pero, qué es la forma? Ya sabe usted que, en muchos casos, una simple conversación amistosa conduce más seguramente a ciertos resultados. La forma no desaparecerá jamás, permítame usted que se lo asegure; ¿pero qué es, en el fondo, la forma? No se puede obligar al juez de instrucción a que la traiga siempre a cuestas. La necesidad del investigador es, en su género, un arte liberal o alguna cosa por el estilo. ¡Je, je! Porfirio Petrovitch se detuvo un instante para tomar aliento. Hablaba sin interrupción, tan pronto diciendo tonterías, como deslizando, en medio de estas necedades, frasecillas enigmáticas, después de las cuales comenzaba de nuevo con sus trivialidades. Su paseo ahora por la habitación se parecía a una carrera; movía sus gruesas piernas cada vez con más viveza y continuaba con los ojos bajos, la mano derecha metida en el bolsillo, en tanto que con la izquierda hacía incesantemente ademanes que no tenían ninguna relación con sus palabras. Raskolnikoff advirtió, o creyó advertir, que al ir y venir por la habitación, el juez se había detenido dos veces cerca de la puerta como para escuchar un instante... «Sin duda espera algo.» --Tiene usted completa razón--siguió diciendo alegremente Porfirio, mirando al joven con una candidez que puso a éste en nueva desconfianza--; nuestras costumbres jurídicas merecen, en efecto, las burlas ingeniosas de usted. ¡Je, je! Estos procedimientos, inspirados, según se pretende, por una profunda psicología, son muy ridículos y aun a menudo estériles. Volviendo de nuevo a la forma: Supongamos que yo me encargo de la instrucción de un proceso; yo sé, o más bien creo saber, que el culpable es cierto señor... ¿No estaba usted siguiendo la carrera de Derecho, Rodión Romanovitch? --Sí; la estudiaba. --Pues bien, he aquí un ejemplo que podrá servirle a usted más adelante; no vaya a creer que trato de echármelas de profesor con usted; no permita Dios que pretenda yo enseñar una cosa a un hombre que trata en los periódicos las cuestiones de criminalidad; no, me tomo solamente la libertad de citarle un hecho a título de ejemplo. Supongo, pues, que he creído descubrir al culpable; dígame usted ahora: ¿había de inquietarle prematuramente, aunque poseyera pruebas contra él? Acaso a otro que no tuviese el mismo carácter, le haría detener en seguida; pero a éste, ¿por qué no dejarle que se pasee un poco por la ciudad? ¡Je, je! No, veo que usted no me comprende bien; voy a explicarme más claramente. Si, por ejemplo, me apresuro a dictar un auto de prisión contra él, merced a este solo hecho le suministro, por decirlo así, un punto de apoyo moral. ¡Je, je! ¿Se ríe usted? (Raskolnikoff no pensaba en reírse; tenía los labios apretados y no apartaba su ardiente mirada de los ojos de Porfirio Petrovitch.) Sin embargo, así se hace, porque las personas son muy diversas, aunque, desgraciadamente, el procedimiento sea el mismo para todas. Pero desde el momento que tiene usted pruebas, podrá decirme usted, ¿para qué todas esas precauciones? ¡Ah, Dios mío! -Batuchka-, ¿sabe usted lo que son pruebas? Las tres cuartas partes de las veces, las pruebas son armas de dos filos, y, yo, juez de instrucción, soy hombre y, por consiguiente, sujeto a error. Así, pues, quisiera dar a mis investigaciones el rigor absoluto de una demostración matemática y desearía que mis conclusiones fuesen tan claras, tan indiscutibles, como dos y dos son cuatro. De modo que si yo hago detener a ese señor antes del tiempo oportuno, estando bien convencido de que es -él-, me privo de los medios ulteriores de establecer su culpabilidad. ¿Y por qué? Pues porque le doy, en cierto modo, una situación definida; al ponerle en la cárcel le tranquilizo, le coloco en su verdadero equilibrio psicológico; entonces se me escapa, se repliega sobre sí mismo, y comprende que es un detenido. Si por el contrario, dejo perfectamente tranquilo al presunto culpable, si no le detengo y si no le inquieto, pero a todas horas está preocupado de que lo sé todo, de que no le pierdo de vista ni de día ni de noche, de que es objeto por mi parte de una infatigable vigilancia, ¿qué es lo que sucederá en semejantes condiciones? Que infaliblemente se sentirá acometido del vértigo, vendrá él mismo a mi casa, me suministrará buen número de armas contra él, y me pondrá en el caso de dar a las conclusiones de mi investigación un carácter de evidencia matemática que no carece de encantos. Si este procedimiento puede dar resultados eficaces con un -mujik- inculto, es también muy eficaz cuando se trata de un hombre muy ilustrado, inteligente, y en cierto modo distinguido. Porque lo importante, mi querido amigo, es adivinar en qué sentido está desarrollado un hombre. Supongamos que se trata de uno inteligente, pero que tiene nervios, nervios que están excitados, que son enfermizos... ¡Y la bilis! La bilis que no se tiene en cuenta, ¡qué papel, sin embargo, tan importante desempeña en todas esas personas! Se lo repito a usted: hay en esto una verdadera mina de indicios. ¿Qué me importa que se pasee en libertad por la ciudad? Puedo dejarle gozar un poco más, seguro de que la presa no se me escapará. Y, en efecto, ¿a dónde podría ir? ¿Al extranjero? Un polaco huiría al extranjero, pero él no; tanto más, que yo le vigilo, y tengo, por consiguiente, tomadas mis medidas. ¿Se retirará al interior del país? Allí habitan -mujiks- groseros, rusos primitivos, desprovistos de civilización; este hombre ilustrado querrá mejor estar preso que vivir en tal ambiente. ¡Je, je! Por otra parte, esto no significa nada todavía; es lo accesorio, el lado exterior de la cuestión. No huirá, no solamente porque no sabría dónde ir, sino porque, y sobre todo, me pertenece psicológicamente. ¡Je, je, je! ¿Qué le parece a usted de esta expresión? En virtud de una ley natural, no huirá, aunque pueda hacerlo. ¿Ha visto usted la mariposa delante de la luz? Pues bien: él dará sin cesar vueltas en derredor mío, como ese insecto en torno de la llama. Para él no tendrá goces la libertad, cada vez estará más inquieto, cada vez más trastornado; si le doy tiempo, se entregará a actos tales que su culpabilidad aparecerá clara como dos y dos son cuatro... y siempre, siempre, dará vueltas en derredor mío, describiendo círculos cada vez más pequeños, hasta que, por último, ¡paf! se meterá él mismo en la boca y me lo tragaré. Es esto muy divertido. ¡Je, je, je! ¿No le parece a usted? Raskolnikoff guardaba silencio. Pálido e inmóvil, continuaba observando el rostro de Porfirio con un penoso esfuerzo de atención. «La lección es buena--pensaba aterrado--; no es, como ayer, el gato jugando con el ratón. Sin duda, al hablarme así, no es solamente por placer de mostrarme su fuerza; es demasiado inteligente para eso. Debe de tener otro objeto. ¿Cuál es? ¡Bah! amigo mío, cuanto dices es para asustarme. No tienes pruebas, y el hombre de ayer no existe. Tratas sencillamente de desconcertarme, quieres encolerizarme y dar el gran golpe cuando me veas en ese estado; pero te engañas; pierdes el tiempo y la saliva. Mas, ¿por qué hablas con palabras encubiertas? Cuentas con la excitación de mi sistema nervioso... No, amiguito, no sucederá lo que tú piensas; sea lo que quiera lo que hayas preparado... Ahora veremos qué lazo me tiendes.» Y se dispuso animosamente a afrontar la terrible catástrofe que preveía. De vez en cuando sentía deseos de lanzarse sobre Porfirio y de estrangularle sobre la marcha. Desde su entrada en el despacho del juez de instrucción, su principal temor era el de no poder dominar su cólera. Sentía los latidos violentos del corazón, se le secaban los labios y le brotaba espuma de ellos. Resolvió, sin embargo, callarse comprendiendo que, en su posición, el silencio era la mejor táctica. De esta suerte, en efecto, no sólo no se comprometería, sino que quizá conseguiría irritar a su enemigo y arrancarle alguna palabra imprudente. Por lo menos, tal era la esperanza de Raskolnikoff. --No, bien veo que usted no lo cree. Supone usted que me burlo--prosiguió Porfirio, que cada vez estaba más alegre sin dejar su risita, y había reanudado sus paseos por la sala--. Tal vez tenga usted razón; me ha dado Dios una cara que despierta en los que me ven ideas cómicas; soy un bufón; pero perdone usted el lenguaje de un viejo: usted, Rodión Romanovitch, está en la flor de la juventud, y, como todos los de su edad, aprecia sobre todo la inteligencia humana. La agudeza del ingenio y las deducciones abstractas de la razón le seducen. Volviendo al -caso particular- del que veníamos hablando, diré a usted que es preciso contar con la realidad, con la naturaleza. Es una cosa muy importante. ¡Oh! ¡Cómo triunfa muchas veces de la habilidad! ¡Escuche usted a un viejo! Hablo seriamente, Rodión Romanovitch--al pronunciar estas palabras, el juez, que escasamente tenía treinta y cinco años, parecía, en efecto, que había envejecido de improviso; en su persona y hasta en su voz habíase producido una repentina metamorfosis--. Además, yo soy muy franco... ¿Qué le parece a usted? ¿soy o no soy franco? Creo que no se puede ser más; le confío a usted todas estas cosas sin pedirle nada en cambio. ¡Je, je, je! Pues bien--continuó--: la agudeza de ingenio es, en mi opinión, una cosa excelente; es, por decirlo así, el ornamento de la naturaleza, el consuelo de la vida, y con ella solamente parece que se puede echar la zancadilla a un pobre juez de instrucción, que, por otra parte, suele ser engañado por su propia imaginación, porque, en resumidas cuentas, es hombre. Pero la naturaleza viene en ayuda del pobre juez. En esto es en lo que no piensa la juventud, fiando demasiado en su inteligencia, la juventud que «salta por encima de todos los obstáculos», como dijo usted ayer de una manera tan fina e ingeniosa. En el -caso particular- de que tratamos, el culpable, yo lo admito, mentirá de una manera asombrosa; pero cuando crea que no tiene más que recoger el fruto de su habilidad, ¡paf! se desmayará en el sitio mismo en que tal accidente ha de ser objeto de mayores comentarios. Supongamos que puede explicar su desmayo por hallarse enfermo, por la atmósfera sofocante de la sala; eso no obstante, nacerán sospechas. Ha mentido de una manera asombrosa; pero no ha sabido tomar precauciones contra la naturaleza. Ahí tiene usted dónde está el verdadero lazo. Otra vez, impulsado por su carácter burlón, se divertirá embromando a alguno que sospecha, y, como por juego, fingirá ser el criminal a quien busca la policía; pero entrará demasiado bien en el ánimo de su modelo, representará su fingida comedia con -demasiada naturalidad-, y éste será otro indicio. De momento, su interlocutor podrá ser juguete de lo que dice; pero, si este último no es un zoquete, rectificará al siguiente día. Nuestro hombre se comprometerá a cada instante, ¡qué digo! vendrá por sí mismo donde no ha sido llamado, se explayará con palabras imprudentes, se extenderá en alegorías cuyo sentido no se escapará a nadie... ¡Je, je, je! Hasta preguntará por qué no se le ha detenido aún. ¡Je, je, je! Y esto puede ocurrir a un hombre muy suspicaz, a un psicólogo, a un literato. ¡No hay espejo tan transparente como la naturaleza! basta con contemplarla... pero, ¿por qué se pone usted tan pálido, Rodión Romanovitch? Quizá hace demasiado calor. ¿Quiere usted que abra la ventana? --No se moleste usted, se lo ruego--contestó Raskolnikoff, echándose a reír. El juez se detuvo enfrente de él, esperó un momento, y, de repente, soltó también una carcajada. Raskolnikoff, cuya hilaridad habíase calmado súbitamente, se levantó. --Porfirio Petrovitch--dijo con voz ruda y fuerte, y manteniéndose con dificultad en pie, a causa del temblor de sus piernas--, no tengo duda: usted sospecha que yo he asesinado a esa vieja y a su hermana Isabel. Por mi parte le declaro que estoy ya hasta la coronilla. Si usted cree que tiene el derecho de perseguirme o de hacerme detener, persígame usted y métame en la cárcel; pero no permito que se burle nadie de mí, ni de que se me martirice. De pronto comenzaron a temblarle los labios, sus ojos despidieron llamas, y su voz, hasta entonces contenida, alcanzó el diapasón más elevado. --¡No lo permito!--gritó bruscamente, y dió un vigoroso puñetazo sobre la mesa--. ¿Lo ha oído usted, Porfirio Petrovitch? ¡No lo permito! --¡Ah! ¡Dios mío! ¿Pero qué le pasa a usted?--dijo el juez de instrucción en apariencia muy inquieto--. ¡-Batuchka-! Rodión Romanovitch, amigo mío, ¿qué está usted diciendo? --¡No lo permito!--repitió Raskolnikoff. --¡-Batuchka-, un poco más bajo! Van a oírle. Vendrán, y, entonces, ¿qué diremos? Piense usted un poco en ello--murmuró como asustado Porfirio Petrovitch, que había acercado su cara a la del visitante. --¡No lo permito! ¡No lo permito!--prosiguió maquinalmente Raskolnikoff; pero hablaba bajando el tono, de modo que sólo podía ser oído por Porfirio. Este corrió a abrir la ventana. --Es menester airear la sala. ¿Por qué no bebe usted un poco de agua, querido amigo? Eso no es más que un acceso sin importancia. Se dirigía ya a la puerta para dar órdenes a un criado, cuando vió en un rincón una jarra de agua. --¡Beba usted, -batuchka-!--murmuró, aproximándose vivamente al joven con una jarra--. Esto le sentará a usted muy bien. El susto, y aun la misma solicitud de Porfirio Petrovitch, parecían tan poco fingidos, que Raskolnikoff se calló y se puso a examinarle con tétrica curiosidad; pero rehusó el agua que se le ofrecía. --¡Rodión Romanovitch! ¡querido amigo! ¡Si usted continúa así, va a volverse loco, se lo aseguro! Beba usted, beba usted, aunque sea un sorbo. Y le puso casi a la fuerza el vaso en la mano. Maquinalmente, Raskolnikoff se lo llevó a los labios; pero de repente mudó de parecer, y lo dejó con disgusto sobre la mesa. --Eso no ha sido más que un acceso insignificante. Tanto hará usted, mi querido amigo, que acabará por recaer de nuevo--observó con tono afectuoso el juez de instrucción, que parecía muy afectado--. Señor, ¿pero es posible que se cuide usted tan poco? Lo mismo pasó con Demetrio Prokofitch, que estuvo ayer en mi casa. Reconozco que tengo el genio cáustico, que mi carácter es horrible... pero, ¡señor! ¿qué significación se da a mis inofensivas salidas? Vino ayer después de la visita de usted; íbamos a ponernos a comer y empezó a hablar. Me contenté con apartar los brazos: ¡Ah Dios mío!... Fué usted quien lo envió, ¿verdad? ¡Siéntese usted; -batuchka-; siéntese usted, por el amor de Cristo! --No, no le mandé yo; pero sabía que estaba en casa de usted y por qué hacía esa visita--respondió sarcásticamente Raskolnikoff. --¿Usted lo sabía? --Sí. ¿Qué deduce usted de eso? --Deduzco, -batuchka-, que conozco, además, otros muchos hechos y excursiones de usted; estoy informado de todo. Sé que a la caída de la tarde fué usted a alquilar el -cuarto-; que se puso a tirar del cordón de la campanilla; que hizo una pregunta acerca de la sangre, y que el aspecto de usted asombró a los obreros y a los -dvorniks-. ¡Oh! comprendo la situación moral en que usted se encontraba entonces; pero no es menos cierto que todos estos trastornos acabarán por volverle loco. En el alma de usted hierve una noble indignación; tiene usted motivos para quejarse de su destino, en primer término, y en segundo, de la policía. Va usted también de aquí para allá forzando, en cierto modo, a la gente para que formule en voz alta sus acusaciones. Estas chismografías estúpidas le son insoportables, y quiere usted acabar con todo ello. ¿No es así? ¿No he adivinado alguno de los sentimientos a que usted obedece? Pero el caso es que no se contenta usted con devanarse los sesos, sino que hace perder también la cabeza al pobre Razumikin, y es verdaderamente una lástima volver loco a tan buen muchacho. Su misma bondad le expone más que a cualquier otro a sufrir el contagio de la enfermedad de usted... Cuando usted se calme, -batuchka-, yo le contaré... Pero, siéntese, ¡por el amor de Cristo! Se lo suplico. Recobre sus ánimos; está usted trastornado; siéntese. Raskolnikoff se sentó. Un temblor febril agitaba todo su cuerpo. Escuchaba con sorpresa profunda a Porfirio, que le prodigaba demostraciones de amistad; pero no daba ningún crédito a las palabras del juez de instrucción, aunque sentía una propensión extraña a creerlas. Le había impresionado mucho el oír a Porfirio hablarle de su visita al cuarto de la vieja. «¿Cómo sabe esto, y por qué me lo cuenta él mismo?», pensaba el joven. --Sí, se ha producido en nuestra táctica judiciaria un caso psicológico casi análogo, un caso morboso--continuó Porfirio--. Un hombre se acusó de un homicidio que no había cometido. Contó una historia completa, una alucinación de que él había sido juguete; y su relato era tan verosímil, parecía tan de acuerdo con los hechos, que desafiaba toda contradicción. ¿Cómo explicarse esto? Sin haber intervenido en él, este individuo había sido, en parte, causa de un asesinato. Cuando supo que él había, sin saberlo, facilitado el crimen, se sobrecogió de tal manera, que su razón se alteró e imaginó que él era el verdadero criminal. Al fin y a la postre, el Senado examinó la causa y descubrió que el desgraciado era inocente. Sin el Senado, ¿qué hubiera sido de este pobre diablo? He aquí lo que se arriesga, -batuchka-. Puede uno convertirse en monomaníaco cuando va por la noche a tirar de los cordones de las campanillas y a hacer preguntas acerca de la sangre. En el ejercicio de mi profesión, he tenido ocasión de estudiar toda esta psicología. Es ése de que hablo un atractivo semejante al que impulsa a un hombre a tirarse por una ventana de lo alto de una torre... Usted está enfermo, Rodión Romanovitch, y hace mal en descuidar tanto su enfermedad. Debiera usted consultar un médico experimentado, en vez de hacerse asistir por ese gordinflón de Zosimoff. Todo esto es en usted el efecto del delirio... Durante un instante, Raskolnikoff creyó ver que todos los objetos daban vueltas en derredor suyo. «¿Es posible que siga mintiendo en este momento?», se preguntaba; y esforzábase para desechar esta idea, presintiendo el exceso de rabia loca a que podía impulsarle. --Yo no deliraba. Me encontraba en el pleno uso de mi razón--gritó, en tanto que ponía su espíritu en tortura para comprender el juego de Porfirio--. Era dueño de todas mis facultades, ¿entiende usted? --Sí; comprendo, comprendo. Ya me dijo usted ayer que no deliraba, e insistió particularmente sobre este punto. Comprendo todo lo que puede usted decir. ¡Je, je!... Pero permítame usted que someta a su juicio una observación, querido Rodión Romanovitch: Si en efecto, fuese usted el culpable, o hubiese tomado parte en ese maldito asunto, yo le pregunto: ¿hubiera sostenido que había hecho usted todas esas cosas, no delirando, sino con plena conciencia de sus actos? Supongo que habría usted hecho todo lo contrario. Si creyese usted que su causa estaba prejuzgada, debería precisamente sostener con tenacidad que obró bajo la influencia del delirio; ¿no es así? El tono de la pregunta hacía sospechar que se le tendía un lazo. Al pronunciar estas últimas palabras, el juez se inclinó hacia Raskolnikoff. Este se recostó en el diván y miró silenciosamente en la cara a su interlocutor. --Y lo mismo digo respecto de la visita del señor Razumikin. Si usted fuese culpable, debería decir que nuestro amigo vino a mi casa por su propia iniciativa, y ocultar que había dado este paso por instigación de usted. Por el contrario, lejos de ocultarlo, asegura que fué usted quien lo mandó. Raskolnikoff no había afirmado nada de esto, y sintió, al oírlo, un escalofrío en la espina dorsal. --Usted sigue mintiendo--dijo con voz lenta y débil, esbozando una sonrisa--. Quiere usted suponer que lee en mi interior y que sabe de antemano todas las respuestas--continuó, comprendiendo que ya no pesaba sus palabras como debía--; usted quiere meterme miedo... o simplemente burlarse de mí. Hablando de este modo, Raskolnikoff no cesaba de mirar fijamente al juez de instrucción. De repente brillaron de nuevo en sus ojos relámpagos de cólera violenta. --No hace usted más que mentir--gritó--. Sabe usted perfectamente que la mejor táctica para un culpable es confesar lo que no le es posible tener oculto. Yo no le creo a usted. --¡Qué listo es usted para ver las cosas!--dijo Porfirio sonriéndose--. Pero en este asunto, -batuchka-, está engañado; es el efecto de la monomanía. ¡Ah! ¿Conque usted no me cree? Pues yo le digo que me crea un poco, y me arreglaré de manera que acabe por creerme del todo; porque yo le quiero a usted sinceramente, y le miro con singular interés. Los labios de Raskolnikoff comenzaron a temblar. --Sí; yo le quiero a usted--prosiguió Porfirio asiendo amistosamente el brazo del joven por algo más arriba del codo--; vuelvo a repetírselo a usted: cuídese su enfermedad. Además, la familia de usted se encuentra ahora en San Petersburgo; piense algo en ella. Debería usted hacer la felicidad de sus parientes y, por el contrario, sólo les acarrea inquietudes. --Y a usted, ¿qué le importa? ¿Cómo sabe usted eso? ¿Por qué se mezcla en mis asuntos? ¿De modo que usted me vigila, y además, me lo dice? --Pero, -batuchka-. ¡Si es usted mismo quien me lo ha contado! No advierte que, en su agitación, habla usted espontáneamente de sus asuntos a mí y a los demás. Ayer Razumikin me comunicó también muchas particularidades interesantes acerca de usted. Iba a decirle que, a pesar de todo su genio, ha perdido la vista exacta de las cosas, a consecuencia de su carácter suspicaz. Vea usted, el incidente del cordón de la campanilla. Ese es un hecho precioso, un hecho inapreciable para un magistrado observador; yo se lo entrego a usted cándidamente; yo, juez de instrucción. Y esto, ¿no le abre a usted los ojos? Pero si yo le creyera culpable, ¿hubiera procedido de esa suerte? En tal caso, mi línea de conducta estaba perfectamente trazada: hubiera debido, por el contrario, desviar la atención de usted hacia otro punto. Después, bruscamente, le hubiera asestado, según la expresión de usted, sobre la coronilla, la siguiente pregunta: «¿Qué fué usted a hacer a tal hora de la noche al domicilio de la víctima? ¿Por qué tiró usted del cordón de la campanilla? ¿Por qué hizo usted preguntas acerca de la sangre? ¿Por qué aturdió usted a los -dvorniks- pidiendo que le condujesen a la oficina de policía?» De esta manera hubiera procedido si hubiese tenido alguna sospecha acerca de usted. Hubiera debido someter a usted a un interrogatorio en regla, ordenar una investigación y detenerle. Puesto que he obrado de otro modo, es señal evidente de que no sospecho de usted. Ha perdido el sentido exacto de las cosas, y está ciego, se lo repito. Raskolnikoff temblaba, lo cual pudo fácilmente advertir Porfirio Petrovitch. --Sigue usted mintiendo--vociferó el joven--. No sé cuáles son sus intenciones; pero estoy cierto de que miente... Hace poco no hablaba usted en ese sentido y sobre ello no me hago ilusiones... Miente usted. --¿Que miento?--replicó Porfirio con apariencias de vivacidad. Por lo demás, el juez de instrucción conservaba su aspecto jovial, y parecía no dar importancia alguna a la opinión que Raskolnikoff pudiera tener de él--. ¿Que miento? ¿Pero usted no recuerda cómo acabo de tratarle? Yo, juez de instrucción, le he sugerido los argumentos psicológicos que usted podía emplear: «La enfermedad, el delirio, los sufrimientos del amor propio, la hipocondría, la afrenta recibida en el despacho de policía», etc. ¿No es así? ¡Je, je, je! Verdad es, dicho sea de paso, que estos medios de defensa no siempre dan el resultado apetecido; son armas de dos filos y podría cortarse el que las empleara. Si usted dice: «Yo estaba enfermo, yo deliraba, no sabía lo que hacía, no me acuerdo de nada», podrá respondérsele: «Todo eso está muy bien, -batuchka-, pero, ¿cómo es que el delirio toma siempre en usted el mismo carácter?» Debería manifestarse en otras formas, ¿verdad? ¡Je, je, je! Raskolnikoff se levantó, y mirándole despreciativamente, dijo: --En resumen: quiero saber de una manera concreta si sospecha usted o no de mí. Hable usted, Porfirio Petrovitch. Explíquese usted sin ambages ni rodeos; y en seguida, al instante. --¡Ah, Dios mío! Se parece usted a los niños que piden la luna--replicó Porfirio siempre con su tono zumbón--. ¿Qué necesidad tiene usted de saber nada, si se le deja a usted perfectamente tranquilo? ¿Por qué se altera de ese modo? ¿Por qué viene a mi casa cuando nadie le llama? ¿Cuáles son las razones de usted? ¡Je, je, je! --Le repito--gritó Raskolnikoff furioso--que ya no me es posible soportar... --¿Qué? ¿La incertidumbre?--interrumpió el juez de instrucción. --No me exaspere usted más... No quiero, digo a usted que no quiero... no puedo ni quiero... ¿oye usted?--gritó con voz de trueno Raskolnikoff, descargando un nuevo puñetazo sobre la mesa. --Más bajo, más bajo; van a oírle a usted, se lo advierto seriamente. Tenga cuidado--murmuró Porfirio. El juez de instrucción no tenía ya aquel aire de campesino que comunicaba a su rostro cierta candidez; fruncía las cejas, hablaba como amo y estaba a punto de quitarse la careta; pero esta nueva actitud no duró más que un instante. Aunque al punto Raskolnikoff se entregó a un arrebato de cólera, sin embargo, cosa extraña, esta vez, como antes, aunque estaba en el colmo de la exasperación, obedeció la orden de bajar la voz; comprendía, además, que no podía menos de hacerlo, y este pensamiento contribuyó a aumentar su irritación. --No me dejaré martirizar--murmuró--; deténgame usted, regístreme, haga cuantas investigaciones quiera; pero proceda usted en debida forma, y no juegue conmigo. No tenga usted la audacia... --No se inquiete usted por la forma--interrumpió Porfirio con su acento sardónico, mientras contemplaba a Raskolnikoff con cierto júbilo--; es familiarmente, -batuchka-, como amigo, como he invitado a usted a que viniera a verme. --No quiero la amistad de usted; la desprecio. ¿Entiende usted? Y ahora tomo la gorra y me voy. Usted dirá si tiene intención de detenerme. - - . . . - - 1 . 2 3 - - - - , , 4 , 5 , . 6 7 . 8 . , 9 . 10 11 - - ¿ ? - - , 12 . 13 14 - - . . . . 15 16 - - ¿ ? 17 18 - - . , ¿ ? 19 20 - - - - . 21 22 . 23 24 - - . . . ¿ ? 25 26 - - ; . 27 - - . 28 29 - - ¿ ? 30 31 - - ; . 32 33 34 . 35 36 - - ¿ ? 37 38 - - . . . , . . . , 39 . . . 40 41 . ¿ 42 ? 43 44 « . 45 » - - - - . ¡ ! - - . 46 47 . 48 . 49 « » . 50 51 - - ¿ ? - - 52 . 53 54 - - - - - - ; . . . 55 56 . 57 . 58 . 59 60 « , , » , 61 , ; , , 62 . 63 . 64 65 , , 66 , , 67 ; 68 , , . , 69 , 70 , 71 , , , 72 , , 73 . ; 74 , , , 75 , « » . 76 , . . . 77 , 78 , 79 , . 80 81 « 82 . , , 83 ; - - : 84 , ; 85 . » 86 87 88 . . . 89 90 « - - : . - - : 91 . : - 92 - ; , , 93 ; , . 94 ¿ ? : » 95 96 ( , , 97 . ) 98 99 « , ; , 100 . » 101 102 , ; 103 . , 104 . 105 . 106 107 « , 108 - - : , 109 . 110 , 111 - - : ¿ ? - - : , 112 . . - - : 113 ; - - : ¿ , 114 , ? » 115 116 . , , 117 , . 118 . . 119 120 . , , 121 . ; 122 . , « , 123 . . . » 124 , , 125 , , 126 . . . « , , ; , 127 , , ; . . . . . . . . . 128 . . . » , . 129 130 « , , ; 131 . - - : . 132 , , - - : , , 133 . » 134 135 . 136 137 « - - : ¿ 138 ? , 139 , , - - : ¡ , 140 ; , 141 , 142 ! , - - : 143 ¡ , ! 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