--No está ahí... Está en el cuarto Evangelio--dijo secamente sin
moverse de su sitio.
--Busca ese pasaje y léemelo--dijo, y después se sentó, apoyó los
codos en la mesa y la cabeza en la mano, y mirando de través con aire
sombrío, se dispuso a escuchar.
Sonia vaciló al pronto dudando aproximarse a la mesa. El extraño deseo
manifestado por Raskolnikoff le parecía poco sincero. Sin embargo, tomó
el libro.
--¿Acaso no lo ha leído usted nunca?--preguntó, mirando al joven de
soslayo.
--Sí... en mi niñez.
--¿No lo ha oído usted en la iglesia?
--Yo no voy a la iglesia. Y tú, ¿vas a menudo?
--No--balbució Sonia.
Raskolnikoff sonrió.
--Comprendo... ¿Entonces no asistirás mañana a las exequias de tu padre?
--Sí; la semana pasada estuve en la iglesia. Asistí a una misa de
-Requiem-.
--¿Por quién?
--Por Isabel; la mataron a hachazos.
Los nervios de Raskolnikoff estaban cada vez más irritados y la cabeza
se le iba.
--¿Tratabas a Isabel?
--Sí... Era buena, venía a mi casa... pero pocas veces, porque no era
libre. Leíamos juntas y hablábamos. Ahora goza de la vista de Dios.
Raskolnikoff se quedó pensativo. ¿Qué significaban las misteriosas
confidencias de dos idiotas como Sonia e Isabel?
«Aquí voy a volverme loco yo también. En esta habitación se respira la
locura»--pensó--. ¡Lee!--gritó de repente con acento irritado.
Sonia seguía vacilando. Le latía con fuerza el corazón y parecía que
le daba miedo leer. Raskolnikoff miró con expresión casi dolorosa a la
pobre «loca».
--¿Qué le importa a usted eso si usted no cree?--murmuró con voz
ahogada.
--Quiero que leas--insistió él--; bien le leías a Isabel...
Sonia abrió el libro y buscó el pasaje. Le temblaban las manos y las
palabras se le atravesaban en la garganta. Dos veces Sonia trató de
leer y no pudo articular la primera sílaba.
«Un hombre llamado Lázaro, de Bethania, estaba enfermo», profirió al
fin, haciendo un esfuerzo; pero de repente, a la tercera palabra, su
voz se hizo sibilante y se rompió como una cuerda demasiado tensa.
Faltaba el aliento a su pecho oprimido.
Raskolnikoff se explicaba, en parte, la vacilación de Sonia
para obedecerle, y a medida que comprendía mejor, reclamaba más
imperiosamente la lectura; comprendía cuánto costaba a la joven
descubrirle, en cierto modo, su interior. Evidentemente no podía,
sin embargo, resolverse a hacer a un extraño la confidencia de los
sentimientos que desde su adolescencia quizá la habían sostenido, que
fueron, sin duda, su viático moral, cuando entre un padre borracho y
una madrastra loca por la desgracia, en medio de los niños hambrientos,
no oía más que reproches y clamores injuriosos. Veía todo esto; pero
veía también que, a pesar de su repugnancia, tenía gran deseo de leer,
sobre todo para él, «ocurriese lo que quisiera». Los ojos de la joven
y la agitación que sentía, se lo dieron a conocer a Raskolnikoff...
Por un violento esfuerzo sobre sí misma, Sonia dominó el espasmo que
le apretaba la garganta, y continuó leyendo el undécimo capítulo del
evangelio de San Juan, y llegó al versículo 19.
«Muchos judíos habían venido a Marta y a María a consolarlas de la
muerte de su hermano. Entonces Marta, como oyó que Jesús venía, salió
a su encuentro; pero María se estuvo en casa y Marta dijo a Jesús--:
Señor, si hubieses estado aquí no fuera muerto mi hermano; mas yo sé
ahora que todo lo que pidieres de Dios te dará Dios.»
La joven hizo aquí una pausa para triunfar de la emoción que hacía
temblar de nuevo su voz...
«Dícele Jesús--: Tu hermano resucitará. Marta dijo--: Yo sé que
resucitará en la resurrección en el día postrero. Dícele Jesús: -Yo
soy la resurrección y la vida-; el que crea en Mí, aunque esté muerto,
vivirá; y todo aquel que vive y cree en Mí, no morirá eternamente.
¿Crees tú en esto? Ella le dijo:»
(Aunque apenas podía respirar, Sonia levantó la voz, como si al leer
las palabras de Marta hiciese ella misma su profesión de fe.)
«Sí, Señor; yo creo que Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios que has
venido al mundo.»
Sonia se interrumpió, levantó los ojos hasta él; pero los bajó en
seguida y prosiguió la lectura. Raskolnikoff escuchaba sin pestañear,
apoyado de codos sobre la mesa y mirando de lado. La joven continuó
leyendo hasta el versículo 32.
«Mas María como vino donde estaba Jesús, viéndole derribóse a sus
pies y le dijo--: Señor, si Tú hubieras estado aquí no fuera muerto
mi hermano. Jesús entonces como que la vió llorando y que los judíos
que habían venido con ella lloraban también, se conmovió en espíritu y
turbóse y dijo--: ¿Dónde le pusisteis? Ellos le respondieron--: Señor,
ven y verás. Y lloró Jesús. Y los judíos dijeron entonces--: Mirad cómo
le amaba; y algunos dijeron--: ¿No podía éste, que abrió los ojos al
ciego, hacer que éste no muriese?»
Raskolnikoff se volvió hacia ella y todo agitado la miró. Sí, era,
efectivamente, lo que él había pensado. La joven estaba temblorosa y
acometida de verdadera fiebre. Raskolnikoff lo había previsto. Sonia se
aproximaba al milagroso relato y se apoderaba de ella un sentimiento
de triunfo. Su voz, fortalecida por la alegría, tenía sonoridades
metálicas. Las líneas se confundían ante sus ojos ofuscados; pero sabía
de memoria este pasaje. En el último versículo, «no podía éste, que
abrió los ojos al ciego...» bajó la voz dando un acento apasionado a la
duda, al reproche de aquellos judíos incrédulos y ciegos, que un minuto
después iban, como heridos del rayo, a caer de rodillas sollozando y
creyendo... «Y él, él que es también un ciego, incrédulo; él también,
dentro de un instante, oirá, creerá; sí... sí... en seguida... ahora
mismo...», pensaba Sonia agitada por esta alegre confianza.
«Jesús, conmoviéndose otra vez en sí mismo, vino al sepulcro; era una
cueva la cual tenía una piedra encima. Dice Jesús--: Quitad la piedra.
Marta, hermana del muerto, le dice--: Señor, hiede ya, que es de cuatro
días.»
Sonia subrayó la palabra cuatro.
«Jesús la respondió--: ¿No te he dicho que si crees verás la gloria de
Dios? Entonces quitaron la piedra de donde el muerto había sido puesto,
y Jesús, alzando los ojos al cielo, dijo en voz alta--: ¡Padre mío,
gracias te doy porque me has oído; yo sabía que siempre me oyes, mas
por causa de la compañía que está alrededor lo dije, para que crean que
me has enviado! Y habiendo dicho estas palabras, exclamó a gran voz--:
¡Lázaro, ven fuera! y el que había muerto salió (al leer estas líneas
Sonia temblaba como si hubiese sido testigo del milagro), con las manos
atadas con vendas y el rostro envuelto en un sudario. Y dijo Jesús--:
Desatadle y dejadle ir.
»-Entonces, muchos de los judíos que habían venido a María y habían
visto lo que Jesús acababa de hacer, creyeron en El.-»
La joven no leyó más; le hubiera sido imposible; cerró el libro y se
levantó.
--Esto es todo lo que se refiere a la resurrección de Lázaro--dijo en
voz baja y nerviosa sin volverse a Raskolnikoff.
Parecía que temiese encontrar su mirada. Su temor febril duraba
todavía. El cabo de vela, que estaba para consumirse, alumbraba
vagamente aquel cuartucho en que un asesino y una mujer pública
acababan de leer juntos el Santo Libro. De repente Raskolnikoff se
levantó y se acercó a Sonia.
--He venido para hablarte de una cosa--dijo en alta voz, frunciendo el
entrecejo.
La joven levantó los ojos hasta él y vió que su mirada, de una dureza
particular, expresaba una resolución feroz.
--Hoy--prosiguió--, he renunciado a todo género de relaciones con mi
madre y con mi hermana. Ya no volveré más a mi casa. La ruptura entre
los míos y yo está ya consumada.
--¿Por qué?--preguntó asombrada Sonia.
Su encuentro poco antes con Pulkeria Alexandrovna y Dunia, le había
dejado una impresión extraordinaria, aunque obscura para ella. Al
oír la noticia de que el joven había roto con su familia, sintió una
especie de terror.
--Ahora no tengo en el mundo más que a ti--respondió él--. Partamos
juntos. He venido a proponértelo. Tú y yo somos malditos; partamos
juntos.
Le relampagueaban los ojos.
«Parece que está loco», pensó a su vez Sonia.
--¿A dónde iremos?--preguntó espantada, e involuntariamente se
interrumpió.
--¿Cómo he de saberlo? Unicamente sé que el camino y el fin de él, son
los mismos para ti y para mí; de eso estoy seguro.
Sonia le miró sin comprender. Una sola idea se desprendía claramente
para ella de las palabras de Raskolnikoff: que era inmensamente
desgraciado.
--Nadie te comprenderá si tú le hablas--prosiguió él--; pero yo te he
comprendido. Tú me eres necesaria; por eso he venido.
--No comprendo...--balbució Sonia.
--Ya comprenderás más tarde. ¿Acaso tú no has procedido como yo? Tú
también estás por encima de la regla... Has tenido ese valor. Has
alzado la mano sobre ti, has destruído una vida, la tuya. Hubieras
podido vivir para un espíritu, para la razón, y acabarás en el Mercado
del Heno; pero tú no podrás soportarlo, y si te quedas sola perderás la
razón y yo también la perderé. Ahora ya estás como loca. Es preciso,
pues, que marchemos juntos; que sigamos el mismo camino. Partamos.
--¿Por qué? ¿Por qué dice usted eso?--repuso Sonia extrañamente turbada
por tal lenguaje.
--¿Por qué? ¡Porque tú no puedes quedarte aquí! Es menester razonar
seriamente y ver las cosas bajo su verdadero aspecto, en vez de llorar
como un niño y de confiarlo todo a Dios. ¿Qué ocurrirá, te pregunto yo
ahora, si mañana se te conduce al hospital? Catalina Ivanovna, casi
loca y tísica, morirá pronto. ¿Qué será de sus hijos? La perdición de
Poletchka, ¿no es cosa segura?
--¿Qué hacer, pues? ¿Qué hacer?--repitió llorando Sonia y retorciéndose
las manos.
--¿Qué hacer? Hay que levar el ancla de una vez para ir adelante,
ocurra lo que quiera. ¿No comprendes? Más tarde comprenderás... La
libertad y el poder, pero sobre todo el poder, reinan sobre todas las
criaturas temblorosas, sobre todo el hormiguero. He ahí el objeto.
Acuérdate de esto. Ese es el testamento que te dejo. Quizá te hablo por
última vez. Si no vengo mañana lo sabrás todo, y entonces acuérdate de
lo que te digo. Más tarde, dentro de algunos años, con la experiencia
de la vida, comprenderás acaso lo que significan mis palabras. Si vengo
mañana, te diré quién es el que ha matado a Isabel.
--Pero, ¿es que usted sabe quién la ha matado?--preguntó la joven
helada de espanto.
--Lo sé y lo diré... pero a ti, a ti sola. Te he elegido. No vendré a
pedirte perdón sino simplemente a decírtelo. Hace mucho tiempo que te
he elegido; desde el momento que tu padre me habló de ti; viviendo aún
Isabel se me ocurrió esta idea. Adiós. No me des la mano. Hasta mañana.
Raskolnikoff salió, dejando a Sonia la impresión de que estaba loco;
pero ella estaba también como loca y se daba cuenta de su estado; se le
iba la cabeza.
--Señor, ¿cómo sabe quién ha matado a Isabel? ¿Qué significan sus
palabras? ¡Qué extraño es!
Sin embargo, no tuvo la menor sospecha de la verdad.
--¡Oh! ¡Debe de ser inmensamente desgraciado! Se ha separado de su
madre y de su hermana; ¿por qué? ¿qué ha podido pasarle? ¿Cuáles son
sus intenciones? ¿Qué es lo que me ha dicho? Me ha besado el pie
diciéndome (sí, de ese modo se ha expresado), que no podía vivir sin
mí... ¡Oh Señor!
Detrás de la puerta que permanecía siempre cerrada, había una
habitación sin ocupar, desde hacía largo tiempo, que pertenecía a la
casa de Gertrudis Karlovna Reslich. Esta habitación se alquilaba, como
lo indicaban un rótulo colocado en el exterior de la puerta grande
y los albaranes colocados en las ventanas que daban al canal. Sonia
sabía que no vivía nadie allí. Pero, durante toda la escena precedente,
el señor Svidrigailoff, oculto detrás de la puerta, no había perdido
sílaba de la conversación. Cuando Raskolnikoff hubo salido, el
inquilino de la señora Reslich reflexionó un momento; después volvió
a entrar sin ruido en su habitación, que estaba contigua a la pieza
desalquilada, tomó una silla y fué a colocarla junto a la puerta. Lo
que acababa de oír le interesaba en el más alto grado; así es que
llevaba aquella silla para poder escuchar la conversación prometida
para el día siguiente, sin verse obligado a permanecer de pie durante
una hora por lo menos.
V
Cuando al día siguiente, a las once en punto, Raskolnikoff se presentó
en casa del juez de instrucción, se asombró de haber tenido que hacer
antesala tanto tiempo. Según sus presunciones, debiera habérsele
recibido en seguida; sin embargo, pasaron diez minutos antes de ver
a Porfirio Petrovitch. En la sala de entrada, en que esperó primero,
varias personas iban y venían sin parecer que reparasen en él. En la
habitación siguiente, que se asemejaba a una Cancillería, trabajaban
algunos escribientes y saltaba a la vista que ninguno de ellos
sospechaba en lo más mínimo lo que pudiera ser Raskolnikoff.
El joven miró en su derredor con desconfianza. ¿Habría allí algún
esbirro, algún -Argos- misterioso encargado de vigilarle, y en el caso
oportuno impedir su fuga? Nada de esto descubría; los escribientes
estaban todos ocupados en sus tareas y los otros no hacían el menor
caso de él. El visitante se iba tranquilizando.
--Si, en efecto, aquel misterioso personaje de ayer, aquel espectro
salido de debajo de la tierra, lo supiese todo y lo hubiese visto todo,
¿me dejarían tanto tiempo libre? ¿No me hubieran detenido ya, en vez de
esperar que viniese aquí por mi propia voluntad? Siendo esto así, o ese
hombre no ha hecho ninguna revelación contra mí, o... sencillamente no
sabe nada y no ha visto nada... Y, en rigor, ¿cómo hubiera podido ver?
Por consiguiente, he debido estar alucinado, y lo que ayer me ocurrió
no fué más que una ilusión de mi imaginación enferma.
Cada vez encontraba más verosímil esta explicación, que ya el día antes
se le había ocurrido cuando más inquieto estaba.
Reflexionando en todo esto y preparándose para una nueva lucha,
Raskolnikoff advirtió de repente que estaba temblando y hasta se
indignó ante el pensamiento de que lo que le hacía temblar era el miedo
de una entrevista con el odioso Porfirio Petrovitch. Lo más terrible
para él era encontrarse de nuevo en presencia de aquel hombre; le
odiaba terriblemente y hasta temía venderse a causa de aquel odio. Se
apresuró a entrar con aire frío y tranquilo, y se prometió hablar lo
menos posible, estar siempre alerta y dominar, en fin, a toda costa, su
temperamento irascible. Pensando en tales cosas, fué introducido en el
despacho de Porfirio Petrovitch.
Encontrábase éste solo en su gabinete. Esta habitación, de no muchas
dimensiones, contenía una gran mesa colocada frente a un diván forrado
de hule, un escritorio, un armario colocado en un rincón y varias
sillas; todo este mobiliario, suministrado por el Estado, era de madera
amarilla. En la pared del fondo había una puerta cerrada, lo que hacía
suponer que había otras habitaciones detrás del tabique.
En cuanto Porfirio Petrovitch vió que Raskolnikoff entraba en su
gabinete, fué a cerrar la puerta por la cual acababa de entrar el
joven, y ambos quedaron frente a frente. El juez de instrucción
dispensó a su visitante una acogida en la apariencia por extremo
risueña y afable. Al cabo de algunos minutos advirtió Raskolnikoff
ciertos movimientos que revelaban ligera contrariedad en el magistrado;
parecía que acababa de interrumpírsele en alguna ocupación clandestina.
--¡Ah, respetabilísimo! Ya está usted aquí... en nuestros
dominios--comenzó a decir Porfirio Petrovitch tendiéndole ambas
manos--. Vamos, siéntese usted, -batuchka-. Pero quizá no le guste a
usted que se le llame respetabilísimo y al mismo tiempo -batuchka-,
-tout court-. No lo tome usted a mal; no es una familiaridad
excesiva... Siéntese... aquí, en el diván.
Raskolnikoff se sentó, sin apartar los ojos del juez de instrucción.
«Estas palabras «en nuestros dominios», estas excusas por su
familiaridad, la expresión francesa -tout court-... ¿qué quiere decir
todo esto? Me ha alargado las manos sin darme ninguna; las ha retirado
a tiempo», pensó Raskolnikoff con desconfianza.
Ambos se observaban; pero cuando se encontraban sus miradas, apartaban
el uno del otro los ojos con la rapidez del relámpago.
--He venido a traer este papel... con motivo del reloj... Tome usted.
¿Está bien así, o hay que escribir otro?
--¿Qué? ¿Qué papel? ¡Ah, sí!... ¡No se preocupe usted; está
bien!--respondió con precipitación Porfirio, que pronunció estas
palabras aun antes de haber examinado el papel, y después, cuando hubo
echado una rápida mirada sobre el documento, añadió--: Sí, está bien;
basta con esto--continuó, hablando siempre de prisa, y depositó el
papel sobre la mesa.
Un minuto después lo guardó en el escritorio, hablando de otra cosa.
--Me parece que ayer me manifestó usted deseos de interrogarme... en
debida forma, a propósito de mis relaciones con la... víctima.
«Vamos, ¿para qué habré dicho yo -me parece-?», pensó de repente
Raskolnikoff. «¿Qué importa esa frase? ¿Por qué me he de inquietar yo
por ella?», añadió mentalmente y casi al mismo tiempo.
Por el solo hecho de encontrarse en presencia de Porfirio, con quien
apenas había cambiado dos palabras, su desconfianza tomaba enormes
proporciones, y advirtió súbitamente que esta disposición de ánimo era
demasiado peligrosa; su agitación y la exaltación de sus nervios iban
en aumento.
«Malo, malo; se me va a escapar alguna tontería.»
--Sí, sí; no se inquiete usted, tenemos tiempo, tenemos tiempo--murmuró
Porfirio Petrovitch, que sin intención alguna aparente iba y venía por
la habitación, aproximándose, ya a la ventana, ya al escritorio, para
acercarse en seguida a la mesa.
Algunas veces evitaba las recelosas miradas de Raskolnikoff; otras se
detenía bruscamente y miraba a su interlocutor cara a cara.
Era un espectáculo verdaderamente extraño el que ofrecía en tal momento
aquel hombrecillo grueso y redondo, que se movía como una pelota
lanzada de una pared a otra.
--No hay prisa, no hay prisa. ¿Fuma usted? Tome un cigarrillo--continuó
ofreciendo un paquete al visitante--. Le recibo aquí, ¿sabe usted?;
pero mi habitación está ahí, detrás de ese tabique... Es el Estado
quien me la suministra... yo estoy aquí provisionalmente, porque hay
muchos arreglos que hacer en mi vivienda. Ahora todo está arreglado o
poco menos... ¿Sabe usted que es una gran cosa que el Estado le dé a
uno casa? ¿No le parece a usted?
--Sí, una gran cosa--respondió Raskolnikoff mirándole con aire burlón.
--Una gran cosa... una gran cosa...--repitió ocupado en otra parte--.
¡Sí, una gran cosa!--volvió a decir bruscamente con voz casi tonante,
deteniéndose a dos pasos de Raskolnikoff, a quien miró de repente.
La incesante y necia repetición de esta frase: «Una habitación
suministrada por el Estado es una gran cosa», contrastaba por su
vacuidad con la mirada seria, profunda, enigmática, que el juez fijaba
ahora en su visitante.
La cólera de Raskolnikoff no le impidió dirigir al juez de instrucción
un desafío burlón y bastante imprudente.
--¿Sabe usted--comenzó a decir, mirándole casi con insolencia y
complaciéndose en ello--, que es, según creo, una regla jurídica, un
principio para todos los jueces de instrucción, ponerse a hablar de
cosas insignificantes o de una cosa seria, pero ajena a la cuestión,
a fin de animar a aquellos a quienes interrogan, o más bien a fin de
distraerlos aletargando su prudencia, y después, bruscamente, de
improviso, descargarles en medio de la coronilla la más peligrosa
pregunta? ¿No es así? ¿No es una costumbre religiosamente observada en
la profesión de usted?
--¿De modo que usted supone que si le he hablado tantas veces de la
casa que me da el Estado, ha sido para...?
Al decir esto, Porfirio Petrovitch guiñó los ojos y dió a su cara,
por un instante, cierta expresión de alegría maliciosa, se borraron
las leves arrugas de su frente, se le pusieron los ojos todavía
más pequeños de lo que eran, se dilataron sus facciones, y mirando
fijamente a Raskolnikoff, se echó a reír de un modo nervioso y
prolongado, que agitó toda su persona. El joven se echó a reír también,
aunque haciendo un violento esfuerzo. La hilaridad de Porfirio
Petrovitch redobló de tal modo, que el rostro del juez de instrucción
se puso de color carmesí. Raskolnikoff experimentó entonces un disgusto
que le hizo olvidar toda prudencia; cesó de reír, frunció el entrecejo,
y durante todo el tiempo en que siguió riendo Porfirio con aquella
alegría que parecía un poco fingida, clavó en él unas miradas preñadas
de odio. El juez, por su parte, se cuidaba muy poco del descontento de
Raskolnikoff. Esta última circunstancia dió mucho que pensar al joven;
creyó comprender que su llegada no había interrumpido lo más mínimo al
juez de instrucción; era, por el contrario, él, Raskolnikoff, el que
había caído en una trampa. Evidentemente había allí algún lazo, alguna
emboscada que él no conocía; la mina estaba cargada quizá, e iba a
reventar de un momento a otro.
Yéndose derecho al asunto, se levantó y tomó su gorra.
--Porfirio Petrovitch--dijo con tono resuelto, pero en el que
se descubría bastante irritación--, ayer manifestó usted el
deseo de hacerme sufrir un interrogatorio. (Subrayó la palabra
-interrogatorio-.) He venido a ponerme a disposición de usted; si tiene
preguntas que dirigirme, pregúnteme usted, si no, permítame que me
retire. No puedo perder el tiempo aquí; tengo otra cosa que hacer. He
de asistir al entierro de ese funcionario que ha sido atropellado por
un coche y de quien ha oído usted hablar...--añadió, y en seguida se
arrepintió de haber dicho esta frase--. Después--prosiguió con cólera
creciente--, todo eso me fastidia, ¿entiende usted? hace mucho tiempo
que dura todo esto, y en parte ha sido causa de mi enfermedad... En una
palabra--continuó con voz cada vez más irritada porque comprendía que
la frase acerca de su enfermedad era aún más inoportuna que la otra--,
en una palabra, o me interroga usted, o permita que me marche ahora
mismo... Pero si usted me interroga, que sea en la forma establecida
por el procedimiento legal; de otro modo no se lo permitiré a usted, y
hasta entonces, adiós, puesto que por el momento nada tenemos que hacer
juntos.
--¡Señor! ¿Pero, qué está usted diciendo? ¿Acerca de qué he de
interrogar a usted?--replicó el juez de instrucción, que cesó
instantáneamente de reír--; no se inquiete usted, se lo suplico.
Incitó a Raskolnikoff a que se sentara, en tanto que él iba y venía de
un lado a otro de la habitación.
--Tenemos tiempo, tenemos tiempo, y todo eso carece de importancia.
Por el contrario, estoy tan contento de que haya usted venido a
nuestra casa... Recibo a usted como a un visitante... En cuanto a ese
maldito reír, -batuchka- Rodión Romanovitch, perdóneme usted... soy
muy nervioso y me ha hecho mucha gracia la agudeza de la observación
de usted; a veces, le aseguro que me pongo a saltar como una pelota de
goma y estoy así durante media hora... Me gusta reír. Mi temperamento
me hace temer una apoplejía. Pero siéntese usted, ¿por qué sigue en
pie?... Se lo ruego, -batuchka-, de lo contrario creeré que está usted
enfadado.
Raskolnikoff, con el entrecejo fruncido, se callaba, escuchaba y
observaba; sin embargo, se sentó.
--Por lo que a mí toca, -batuchka- Rodión Romanovitch, diré a usted
una cosa que servirá para explicarle mi carácter--repuso Porfirio
Petrovitch, que continuaba yendo y viniendo por la habitación, y
seguía evitando el cruzar la mirada con la del joven--. Yo vivo solo,
¿sabe usted? No voy a ninguna parte; soy desconocido. Añada usted que
estoy en la decadencia ya acabado... y... ¿ha advertido usted, Rodión
Romanovitch, que entre nosotros, es decir, en Rusia, y sobre todo en
nuestros círculos de San Petersburgo, cuando se encuentran dos hombres
inteligentes que no se conocen aún bien, pero que recíprocamente se
estiman, como usted y yo, por ejemplo, en este momento, no pueden
decirse una palabra durante media hora y permanecen como petrificados,
el uno frente al otro? Todo el mundo tiene materia de conversación; las
señoras, la gente de mundo, las personas de alta sociedad... en todos
estos ambientes hay de qué hablar, es de rigor; pero las personas de la
clase media, como nosotros, son hurañas y taciturnas. ¿De qué procede
esto, -batuchka-? ¿No tenemos nosotros intereses sociales, o es que
somos demasiado honrados para engañarnos unos a otros? No lo sé. Vamos
a ver, ¿cuál es su opinión? Pero deje la gorra; cualquiera diría que
desea usted irse, y eso me causa pena... yo, por el contrario, tengo
tanto gusto...
Raskolnikoff dejó su gorra. No salía de su mutismo, y con las cejas
fruncidas seguía oyendo la vana charla de Porfirio.
«Sin duda dice todas estas tonterías para distraer mi atención.»
--No le ofrezco a usted café, porque éste no es lugar para ello; pero,
¿no será posible pasar cinco minutos con un amigo para procurarle una
distracción?--prosiguió el inagotable Porfirio--. Ya sabe usted cuántas
son las obligaciones del servicio. No se enoje usted, -batuchka-,
porque siga paseándome; perdóneme usted, sentiría mucho molestarle;
¡pero me es tan necesario el movimiento!... Estoy siempre sentado y es
para mí un verdadero placer poder pasearme durante cinco minutos...
padezco de hemorroides. He tenido siempre intención de tratarme por la
gimnasia; el trapecio es, se dice, muy provechoso para los consejeros
del Estado, y aun para los consejeros íntimos. En nuestros días,
la gimnástica ha venido a ser una verdadera ciencia... En cuanto a
los deberes de nuestro cargo, a estos interrogatorios y todo este
formalismo, usted mismo, -batuchka-, hablaba hace poco... ¿Sabe usted,
en efecto, -batuchka- Rodión Romanovitch, que estos interrogatorios
despistan más al magistrado que al reo?... Usted lo ha hecho notar
hace un momento, con tanto ingenio como exactitud. (Raskolnikoff no
había hecho semejante observación.) Se embrolla uno, pierde el hilo.
En cuanto a nuestras costumbres jurídicas, estoy plenamente de acuerdo
con usted. ¿Cuál es, dice usted, el acusado, aunque sea el más obtuso
-mujik-, que ignore que ha de comenzarse por hacérsele preguntas
extrañas para aletargarle, según la feliz expresión de usted, a fin de
asestarle después, bruscamente, un hachazo en medio de la coronilla
(sirviéndome de la feliz metáfora de usted)? ¡Je, je! De modo que ha
pensado que hablándole de la habitación, yo trataba... ¡je, je! Es
usted muy cáustico... vamos, ya no insisto. ¡Ah! Sí, una palabra llama
a otra; los pensamientos se atraen mutuamente. Hace un momento hablaba
usted de la forma en lo que concierne al magistrado. ¿Pero, qué es la
forma? Ya sabe usted que, en muchos casos, una simple conversación
amistosa conduce más seguramente a ciertos resultados. La forma no
desaparecerá jamás, permítame usted que se lo asegure; ¿pero qué es, en
el fondo, la forma? No se puede obligar al juez de instrucción a que
la traiga siempre a cuestas. La necesidad del investigador es, en su
género, un arte liberal o alguna cosa por el estilo. ¡Je, je!
Porfirio Petrovitch se detuvo un instante para tomar aliento. Hablaba
sin interrupción, tan pronto diciendo tonterías, como deslizando, en
medio de estas necedades, frasecillas enigmáticas, después de las
cuales comenzaba de nuevo con sus trivialidades. Su paseo ahora por la
habitación se parecía a una carrera; movía sus gruesas piernas cada vez
con más viveza y continuaba con los ojos bajos, la mano derecha metida
en el bolsillo, en tanto que con la izquierda hacía incesantemente
ademanes que no tenían ninguna relación con sus palabras. Raskolnikoff
advirtió, o creyó advertir, que al ir y venir por la habitación, el
juez se había detenido dos veces cerca de la puerta como para escuchar
un instante... «Sin duda espera algo.»
--Tiene usted completa razón--siguió diciendo alegremente Porfirio,
mirando al joven con una candidez que puso a éste en nueva
desconfianza--; nuestras costumbres jurídicas merecen, en efecto, las
burlas ingeniosas de usted. ¡Je, je! Estos procedimientos, inspirados,
según se pretende, por una profunda psicología, son muy ridículos y
aun a menudo estériles. Volviendo de nuevo a la forma: Supongamos que
yo me encargo de la instrucción de un proceso; yo sé, o más bien creo
saber, que el culpable es cierto señor... ¿No estaba usted siguiendo la
carrera de Derecho, Rodión Romanovitch?
--Sí; la estudiaba.
--Pues bien, he aquí un ejemplo que podrá servirle a usted más
adelante; no vaya a creer que trato de echármelas de profesor con
usted; no permita Dios que pretenda yo enseñar una cosa a un hombre que
trata en los periódicos las cuestiones de criminalidad; no, me tomo
solamente la libertad de citarle un hecho a título de ejemplo. Supongo,
pues, que he creído descubrir al culpable; dígame usted ahora: ¿había
de inquietarle prematuramente, aunque poseyera pruebas contra él? Acaso
a otro que no tuviese el mismo carácter, le haría detener en seguida;
pero a éste, ¿por qué no dejarle que se pasee un poco por la ciudad?
¡Je, je! No, veo que usted no me comprende bien; voy a explicarme más
claramente. Si, por ejemplo, me apresuro a dictar un auto de prisión
contra él, merced a este solo hecho le suministro, por decirlo así,
un punto de apoyo moral. ¡Je, je! ¿Se ríe usted? (Raskolnikoff no
pensaba en reírse; tenía los labios apretados y no apartaba su ardiente
mirada de los ojos de Porfirio Petrovitch.) Sin embargo, así se hace,
porque las personas son muy diversas, aunque, desgraciadamente, el
procedimiento sea el mismo para todas. Pero desde el momento que tiene
usted pruebas, podrá decirme usted, ¿para qué todas esas precauciones?
¡Ah, Dios mío! -Batuchka-, ¿sabe usted lo que son pruebas? Las tres
cuartas partes de las veces, las pruebas son armas de dos filos, y,
yo, juez de instrucción, soy hombre y, por consiguiente, sujeto a
error. Así, pues, quisiera dar a mis investigaciones el rigor absoluto
de una demostración matemática y desearía que mis conclusiones fuesen
tan claras, tan indiscutibles, como dos y dos son cuatro. De modo que
si yo hago detener a ese señor antes del tiempo oportuno, estando
bien convencido de que es -él-, me privo de los medios ulteriores de
establecer su culpabilidad. ¿Y por qué? Pues porque le doy, en cierto
modo, una situación definida; al ponerle en la cárcel le tranquilizo,
le coloco en su verdadero equilibrio psicológico; entonces se me
escapa, se repliega sobre sí mismo, y comprende que es un detenido. Si
por el contrario, dejo perfectamente tranquilo al presunto culpable, si
no le detengo y si no le inquieto, pero a todas horas está preocupado
de que lo sé todo, de que no le pierdo de vista ni de día ni de noche,
de que es objeto por mi parte de una infatigable vigilancia, ¿qué es lo
que sucederá en semejantes condiciones? Que infaliblemente se sentirá
acometido del vértigo, vendrá él mismo a mi casa, me suministrará
buen número de armas contra él, y me pondrá en el caso de dar a las
conclusiones de mi investigación un carácter de evidencia matemática
que no carece de encantos. Si este procedimiento puede dar resultados
eficaces con un -mujik- inculto, es también muy eficaz cuando se
trata de un hombre muy ilustrado, inteligente, y en cierto modo
distinguido. Porque lo importante, mi querido amigo, es adivinar en qué
sentido está desarrollado un hombre. Supongamos que se trata de uno
inteligente, pero que tiene nervios, nervios que están excitados, que
son enfermizos... ¡Y la bilis! La bilis que no se tiene en cuenta, ¡qué
papel, sin embargo, tan importante desempeña en todas esas personas! Se
lo repito a usted: hay en esto una verdadera mina de indicios. ¿Qué me
importa que se pasee en libertad por la ciudad? Puedo dejarle gozar un
poco más, seguro de que la presa no se me escapará. Y, en efecto, ¿a
dónde podría ir? ¿Al extranjero? Un polaco huiría al extranjero, pero
él no; tanto más, que yo le vigilo, y tengo, por consiguiente, tomadas
mis medidas. ¿Se retirará al interior del país? Allí habitan -mujiks-
groseros, rusos primitivos, desprovistos de civilización; este hombre
ilustrado querrá mejor estar preso que vivir en tal ambiente. ¡Je, je!
Por otra parte, esto no significa nada todavía; es lo accesorio, el
lado exterior de la cuestión. No huirá, no solamente porque no sabría
dónde ir, sino porque, y sobre todo, me pertenece psicológicamente.
¡Je, je, je! ¿Qué le parece a usted de esta expresión? En virtud de
una ley natural, no huirá, aunque pueda hacerlo. ¿Ha visto usted la
mariposa delante de la luz? Pues bien: él dará sin cesar vueltas
en derredor mío, como ese insecto en torno de la llama. Para él no
tendrá goces la libertad, cada vez estará más inquieto, cada vez más
trastornado; si le doy tiempo, se entregará a actos tales que su
culpabilidad aparecerá clara como dos y dos son cuatro... y siempre,
siempre, dará vueltas en derredor mío, describiendo círculos cada vez
más pequeños, hasta que, por último, ¡paf! se meterá él mismo en la
boca y me lo tragaré. Es esto muy divertido. ¡Je, je, je! ¿No le parece
a usted?
Raskolnikoff guardaba silencio. Pálido e inmóvil, continuaba observando
el rostro de Porfirio con un penoso esfuerzo de atención.
«La lección es buena--pensaba aterrado--; no es, como ayer, el gato
jugando con el ratón. Sin duda, al hablarme así, no es solamente por
placer de mostrarme su fuerza; es demasiado inteligente para eso. Debe
de tener otro objeto. ¿Cuál es? ¡Bah! amigo mío, cuanto dices es para
asustarme. No tienes pruebas, y el hombre de ayer no existe. Tratas
sencillamente de desconcertarme, quieres encolerizarme y dar el gran
golpe cuando me veas en ese estado; pero te engañas; pierdes el tiempo
y la saliva. Mas, ¿por qué hablas con palabras encubiertas? Cuentas
con la excitación de mi sistema nervioso... No, amiguito, no sucederá
lo que tú piensas; sea lo que quiera lo que hayas preparado... Ahora
veremos qué lazo me tiendes.»
Y se dispuso animosamente a afrontar la terrible catástrofe que
preveía. De vez en cuando sentía deseos de lanzarse sobre Porfirio y
de estrangularle sobre la marcha. Desde su entrada en el despacho del
juez de instrucción, su principal temor era el de no poder dominar su
cólera. Sentía los latidos violentos del corazón, se le secaban los
labios y le brotaba espuma de ellos. Resolvió, sin embargo, callarse
comprendiendo que, en su posición, el silencio era la mejor táctica.
De esta suerte, en efecto, no sólo no se comprometería, sino que
quizá conseguiría irritar a su enemigo y arrancarle alguna palabra
imprudente. Por lo menos, tal era la esperanza de Raskolnikoff.
--No, bien veo que usted no lo cree. Supone usted que me
burlo--prosiguió Porfirio, que cada vez estaba más alegre sin dejar
su risita, y había reanudado sus paseos por la sala--. Tal vez tenga
usted razón; me ha dado Dios una cara que despierta en los que me
ven ideas cómicas; soy un bufón; pero perdone usted el lenguaje de
un viejo: usted, Rodión Romanovitch, está en la flor de la juventud,
y, como todos los de su edad, aprecia sobre todo la inteligencia
humana. La agudeza del ingenio y las deducciones abstractas de la
razón le seducen. Volviendo al -caso particular- del que veníamos
hablando, diré a usted que es preciso contar con la realidad, con la
naturaleza. Es una cosa muy importante. ¡Oh! ¡Cómo triunfa muchas veces
de la habilidad! ¡Escuche usted a un viejo! Hablo seriamente, Rodión
Romanovitch--al pronunciar estas palabras, el juez, que escasamente
tenía treinta y cinco años, parecía, en efecto, que había envejecido
de improviso; en su persona y hasta en su voz habíase producido una
repentina metamorfosis--. Además, yo soy muy franco... ¿Qué le parece
a usted? ¿soy o no soy franco? Creo que no se puede ser más; le confío
a usted todas estas cosas sin pedirle nada en cambio. ¡Je, je, je!
Pues bien--continuó--: la agudeza de ingenio es, en mi opinión, una
cosa excelente; es, por decirlo así, el ornamento de la naturaleza, el
consuelo de la vida, y con ella solamente parece que se puede echar la
zancadilla a un pobre juez de instrucción, que, por otra parte, suele
ser engañado por su propia imaginación, porque, en resumidas cuentas,
es hombre. Pero la naturaleza viene en ayuda del pobre juez. En esto es
en lo que no piensa la juventud, fiando demasiado en su inteligencia,
la juventud que «salta por encima de todos los obstáculos», como dijo
usted ayer de una manera tan fina e ingeniosa. En el -caso particular-
de que tratamos, el culpable, yo lo admito, mentirá de una manera
asombrosa; pero cuando crea que no tiene más que recoger el fruto de su
habilidad, ¡paf! se desmayará en el sitio mismo en que tal accidente
ha de ser objeto de mayores comentarios. Supongamos que puede explicar
su desmayo por hallarse enfermo, por la atmósfera sofocante de la
sala; eso no obstante, nacerán sospechas. Ha mentido de una manera
asombrosa; pero no ha sabido tomar precauciones contra la naturaleza.
Ahí tiene usted dónde está el verdadero lazo. Otra vez, impulsado por
su carácter burlón, se divertirá embromando a alguno que sospecha,
y, como por juego, fingirá ser el criminal a quien busca la policía;
pero entrará demasiado bien en el ánimo de su modelo, representará su
fingida comedia con -demasiada naturalidad-, y éste será otro indicio.
De momento, su interlocutor podrá ser juguete de lo que dice; pero, si
este último no es un zoquete, rectificará al siguiente día. Nuestro
hombre se comprometerá a cada instante, ¡qué digo! vendrá por sí mismo
donde no ha sido llamado, se explayará con palabras imprudentes, se
extenderá en alegorías cuyo sentido no se escapará a nadie... ¡Je, je,
je! Hasta preguntará por qué no se le ha detenido aún. ¡Je, je, je!
Y esto puede ocurrir a un hombre muy suspicaz, a un psicólogo, a un
literato. ¡No hay espejo tan transparente como la naturaleza! basta
con contemplarla... pero, ¿por qué se pone usted tan pálido, Rodión
Romanovitch? Quizá hace demasiado calor. ¿Quiere usted que abra la
ventana?
--No se moleste usted, se lo ruego--contestó Raskolnikoff, echándose a
reír.
El juez se detuvo enfrente de él, esperó un momento, y, de repente,
soltó también una carcajada. Raskolnikoff, cuya hilaridad habíase
calmado súbitamente, se levantó.
--Porfirio Petrovitch--dijo con voz ruda y fuerte, y manteniéndose con
dificultad en pie, a causa del temblor de sus piernas--, no tengo duda:
usted sospecha que yo he asesinado a esa vieja y a su hermana Isabel.
Por mi parte le declaro que estoy ya hasta la coronilla. Si usted cree
que tiene el derecho de perseguirme o de hacerme detener, persígame
usted y métame en la cárcel; pero no permito que se burle nadie de mí,
ni de que se me martirice.
De pronto comenzaron a temblarle los labios, sus ojos despidieron
llamas, y su voz, hasta entonces contenida, alcanzó el diapasón más
elevado.
--¡No lo permito!--gritó bruscamente, y dió un vigoroso puñetazo sobre
la mesa--. ¿Lo ha oído usted, Porfirio Petrovitch? ¡No lo permito!
--¡Ah! ¡Dios mío! ¿Pero qué le pasa a usted?--dijo el juez de
instrucción en apariencia muy inquieto--. ¡-Batuchka-! Rodión
Romanovitch, amigo mío, ¿qué está usted diciendo?
--¡No lo permito!--repitió Raskolnikoff.
--¡-Batuchka-, un poco más bajo! Van a oírle. Vendrán, y, entonces,
¿qué diremos? Piense usted un poco en ello--murmuró como asustado
Porfirio Petrovitch, que había acercado su cara a la del visitante.
--¡No lo permito! ¡No lo permito!--prosiguió maquinalmente
Raskolnikoff; pero hablaba bajando el tono, de modo que sólo podía ser
oído por Porfirio.
Este corrió a abrir la ventana.
--Es menester airear la sala. ¿Por qué no bebe usted un poco de agua,
querido amigo? Eso no es más que un acceso sin importancia.
Se dirigía ya a la puerta para dar órdenes a un criado, cuando vió en
un rincón una jarra de agua.
--¡Beba usted, -batuchka-!--murmuró, aproximándose vivamente al joven
con una jarra--. Esto le sentará a usted muy bien.
El susto, y aun la misma solicitud de Porfirio Petrovitch, parecían tan
poco fingidos, que Raskolnikoff se calló y se puso a examinarle con
tétrica curiosidad; pero rehusó el agua que se le ofrecía.
--¡Rodión Romanovitch! ¡querido amigo! ¡Si usted continúa así, va a
volverse loco, se lo aseguro! Beba usted, beba usted, aunque sea un
sorbo.
Y le puso casi a la fuerza el vaso en la mano. Maquinalmente,
Raskolnikoff se lo llevó a los labios; pero de repente mudó de
parecer, y lo dejó con disgusto sobre la mesa.
--Eso no ha sido más que un acceso insignificante. Tanto hará usted,
mi querido amigo, que acabará por recaer de nuevo--observó con tono
afectuoso el juez de instrucción, que parecía muy afectado--. Señor,
¿pero es posible que se cuide usted tan poco? Lo mismo pasó con
Demetrio Prokofitch, que estuvo ayer en mi casa. Reconozco que tengo
el genio cáustico, que mi carácter es horrible... pero, ¡señor! ¿qué
significación se da a mis inofensivas salidas? Vino ayer después de
la visita de usted; íbamos a ponernos a comer y empezó a hablar. Me
contenté con apartar los brazos: ¡Ah Dios mío!... Fué usted quien lo
envió, ¿verdad? ¡Siéntese usted; -batuchka-; siéntese usted, por el
amor de Cristo!
--No, no le mandé yo; pero sabía que estaba en casa de usted y por qué
hacía esa visita--respondió sarcásticamente Raskolnikoff.
--¿Usted lo sabía?
--Sí. ¿Qué deduce usted de eso?
--Deduzco, -batuchka-, que conozco, además, otros muchos hechos y
excursiones de usted; estoy informado de todo. Sé que a la caída de
la tarde fué usted a alquilar el -cuarto-; que se puso a tirar del
cordón de la campanilla; que hizo una pregunta acerca de la sangre, y
que el aspecto de usted asombró a los obreros y a los -dvorniks-. ¡Oh!
comprendo la situación moral en que usted se encontraba entonces; pero
no es menos cierto que todos estos trastornos acabarán por volverle
loco. En el alma de usted hierve una noble indignación; tiene usted
motivos para quejarse de su destino, en primer término, y en segundo,
de la policía. Va usted también de aquí para allá forzando, en cierto
modo, a la gente para que formule en voz alta sus acusaciones. Estas
chismografías estúpidas le son insoportables, y quiere usted acabar
con todo ello. ¿No es así? ¿No he adivinado alguno de los sentimientos
a que usted obedece? Pero el caso es que no se contenta usted con
devanarse los sesos, sino que hace perder también la cabeza al pobre
Razumikin, y es verdaderamente una lástima volver loco a tan buen
muchacho. Su misma bondad le expone más que a cualquier otro a sufrir
el contagio de la enfermedad de usted... Cuando usted se calme,
-batuchka-, yo le contaré... Pero, siéntese, ¡por el amor de Cristo! Se
lo suplico. Recobre sus ánimos; está usted trastornado; siéntese.
Raskolnikoff se sentó. Un temblor febril agitaba todo su cuerpo.
Escuchaba con sorpresa profunda a Porfirio, que le prodigaba
demostraciones de amistad; pero no daba ningún crédito a las palabras
del juez de instrucción, aunque sentía una propensión extraña a
creerlas. Le había impresionado mucho el oír a Porfirio hablarle de su
visita al cuarto de la vieja. «¿Cómo sabe esto, y por qué me lo cuenta
él mismo?», pensaba el joven.
--Sí, se ha producido en nuestra táctica judiciaria un caso psicológico
casi análogo, un caso morboso--continuó Porfirio--. Un hombre se acusó
de un homicidio que no había cometido. Contó una historia completa,
una alucinación de que él había sido juguete; y su relato era tan
verosímil, parecía tan de acuerdo con los hechos, que desafiaba toda
contradicción. ¿Cómo explicarse esto? Sin haber intervenido en él,
este individuo había sido, en parte, causa de un asesinato. Cuando
supo que él había, sin saberlo, facilitado el crimen, se sobrecogió de
tal manera, que su razón se alteró e imaginó que él era el verdadero
criminal. Al fin y a la postre, el Senado examinó la causa y descubrió
que el desgraciado era inocente. Sin el Senado, ¿qué hubiera sido
de este pobre diablo? He aquí lo que se arriesga, -batuchka-. Puede
uno convertirse en monomaníaco cuando va por la noche a tirar de los
cordones de las campanillas y a hacer preguntas acerca de la sangre. En
el ejercicio de mi profesión, he tenido ocasión de estudiar toda esta
psicología. Es ése de que hablo un atractivo semejante al que impulsa
a un hombre a tirarse por una ventana de lo alto de una torre... Usted
está enfermo, Rodión Romanovitch, y hace mal en descuidar tanto su
enfermedad. Debiera usted consultar un médico experimentado, en vez de
hacerse asistir por ese gordinflón de Zosimoff. Todo esto es en usted
el efecto del delirio...
Durante un instante, Raskolnikoff creyó ver que todos los objetos
daban vueltas en derredor suyo. «¿Es posible que siga mintiendo en
este momento?», se preguntaba; y esforzábase para desechar esta idea,
presintiendo el exceso de rabia loca a que podía impulsarle.
--Yo no deliraba. Me encontraba en el pleno uso de mi razón--gritó,
en tanto que ponía su espíritu en tortura para comprender el juego de
Porfirio--. Era dueño de todas mis facultades, ¿entiende usted?
--Sí; comprendo, comprendo. Ya me dijo usted ayer que no deliraba,
e insistió particularmente sobre este punto. Comprendo todo lo que
puede usted decir. ¡Je, je!... Pero permítame usted que someta a su
juicio una observación, querido Rodión Romanovitch: Si en efecto, fuese
usted el culpable, o hubiese tomado parte en ese maldito asunto, yo le
pregunto: ¿hubiera sostenido que había hecho usted todas esas cosas, no
delirando, sino con plena conciencia de sus actos? Supongo que habría
usted hecho todo lo contrario. Si creyese usted que su causa estaba
prejuzgada, debería precisamente sostener con tenacidad que obró bajo
la influencia del delirio; ¿no es así?
El tono de la pregunta hacía sospechar que se le tendía un lazo.
Al pronunciar estas últimas palabras, el juez se inclinó hacia
Raskolnikoff. Este se recostó en el diván y miró silenciosamente en la
cara a su interlocutor.
--Y lo mismo digo respecto de la visita del señor Razumikin. Si usted
fuese culpable, debería decir que nuestro amigo vino a mi casa por su
propia iniciativa, y ocultar que había dado este paso por instigación
de usted. Por el contrario, lejos de ocultarlo, asegura que fué usted
quien lo mandó.
Raskolnikoff no había afirmado nada de esto, y sintió, al oírlo, un
escalofrío en la espina dorsal.
--Usted sigue mintiendo--dijo con voz lenta y débil, esbozando una
sonrisa--. Quiere usted suponer que lee en mi interior y que sabe de
antemano todas las respuestas--continuó, comprendiendo que ya no pesaba
sus palabras como debía--; usted quiere meterme miedo... o simplemente
burlarse de mí.
Hablando de este modo, Raskolnikoff no cesaba de mirar fijamente
al juez de instrucción. De repente brillaron de nuevo en sus ojos
relámpagos de cólera violenta.
--No hace usted más que mentir--gritó--. Sabe usted perfectamente que
la mejor táctica para un culpable es confesar lo que no le es posible
tener oculto. Yo no le creo a usted.
--¡Qué listo es usted para ver las cosas!--dijo Porfirio sonriéndose--.
Pero en este asunto, -batuchka-, está engañado; es el efecto de la
monomanía. ¡Ah! ¿Conque usted no me cree? Pues yo le digo que me crea
un poco, y me arreglaré de manera que acabe por creerme del todo;
porque yo le quiero a usted sinceramente, y le miro con singular
interés.
Los labios de Raskolnikoff comenzaron a temblar.
--Sí; yo le quiero a usted--prosiguió Porfirio asiendo amistosamente el
brazo del joven por algo más arriba del codo--; vuelvo a repetírselo a
usted: cuídese su enfermedad. Además, la familia de usted se encuentra
ahora en San Petersburgo; piense algo en ella. Debería usted hacer
la felicidad de sus parientes y, por el contrario, sólo les acarrea
inquietudes.
--Y a usted, ¿qué le importa? ¿Cómo sabe usted eso? ¿Por qué se mezcla
en mis asuntos? ¿De modo que usted me vigila, y además, me lo dice?
--Pero, -batuchka-. ¡Si es usted mismo quien me lo ha contado! No
advierte que, en su agitación, habla usted espontáneamente de sus
asuntos a mí y a los demás. Ayer Razumikin me comunicó también muchas
particularidades interesantes acerca de usted. Iba a decirle que,
a pesar de todo su genio, ha perdido la vista exacta de las cosas,
a consecuencia de su carácter suspicaz. Vea usted, el incidente
del cordón de la campanilla. Ese es un hecho precioso, un hecho
inapreciable para un magistrado observador; yo se lo entrego a usted
cándidamente; yo, juez de instrucción. Y esto, ¿no le abre a usted los
ojos? Pero si yo le creyera culpable, ¿hubiera procedido de esa suerte?
En tal caso, mi línea de conducta estaba perfectamente trazada: hubiera
debido, por el contrario, desviar la atención de usted hacia otro
punto. Después, bruscamente, le hubiera asestado, según la expresión
de usted, sobre la coronilla, la siguiente pregunta: «¿Qué fué usted a
hacer a tal hora de la noche al domicilio de la víctima? ¿Por qué tiró
usted del cordón de la campanilla? ¿Por qué hizo usted preguntas acerca
de la sangre? ¿Por qué aturdió usted a los -dvorniks- pidiendo que le
condujesen a la oficina de policía?» De esta manera hubiera procedido
si hubiese tenido alguna sospecha acerca de usted. Hubiera debido
someter a usted a un interrogatorio en regla, ordenar una investigación
y detenerle. Puesto que he obrado de otro modo, es señal evidente de
que no sospecho de usted. Ha perdido el sentido exacto de las cosas, y
está ciego, se lo repito.
Raskolnikoff temblaba, lo cual pudo fácilmente advertir Porfirio
Petrovitch.
--Sigue usted mintiendo--vociferó el joven--. No sé cuáles son sus
intenciones; pero estoy cierto de que miente... Hace poco no hablaba
usted en ese sentido y sobre ello no me hago ilusiones... Miente usted.
--¿Que miento?--replicó Porfirio con apariencias de vivacidad. Por lo
demás, el juez de instrucción conservaba su aspecto jovial, y parecía
no dar importancia alguna a la opinión que Raskolnikoff pudiera tener
de él--. ¿Que miento? ¿Pero usted no recuerda cómo acabo de tratarle?
Yo, juez de instrucción, le he sugerido los argumentos psicológicos
que usted podía emplear: «La enfermedad, el delirio, los sufrimientos
del amor propio, la hipocondría, la afrenta recibida en el despacho de
policía», etc. ¿No es así? ¡Je, je, je! Verdad es, dicho sea de paso,
que estos medios de defensa no siempre dan el resultado apetecido;
son armas de dos filos y podría cortarse el que las empleara. Si
usted dice: «Yo estaba enfermo, yo deliraba, no sabía lo que hacía,
no me acuerdo de nada», podrá respondérsele: «Todo eso está muy bien,
-batuchka-, pero, ¿cómo es que el delirio toma siempre en usted el
mismo carácter?» Debería manifestarse en otras formas, ¿verdad? ¡Je,
je, je!
Raskolnikoff se levantó, y mirándole despreciativamente, dijo:
--En resumen: quiero saber de una manera concreta si sospecha usted
o no de mí. Hable usted, Porfirio Petrovitch. Explíquese usted sin
ambages ni rodeos; y en seguida, al instante.
--¡Ah, Dios mío! Se parece usted a los niños que piden la luna--replicó
Porfirio siempre con su tono zumbón--. ¿Qué necesidad tiene usted de
saber nada, si se le deja a usted perfectamente tranquilo? ¿Por qué se
altera de ese modo? ¿Por qué viene a mi casa cuando nadie le llama?
¿Cuáles son las razones de usted? ¡Je, je, je!
--Le repito--gritó Raskolnikoff furioso--que ya no me es posible
soportar...
--¿Qué? ¿La incertidumbre?--interrumpió el juez de instrucción.
--No me exaspere usted más... No quiero, digo a usted que no
quiero... no puedo ni quiero... ¿oye usted?--gritó con voz de trueno
Raskolnikoff, descargando un nuevo puñetazo sobre la mesa.
--Más bajo, más bajo; van a oírle a usted, se lo advierto seriamente.
Tenga cuidado--murmuró Porfirio.
El juez de instrucción no tenía ya aquel aire de campesino que
comunicaba a su rostro cierta candidez; fruncía las cejas, hablaba como
amo y estaba a punto de quitarse la careta; pero esta nueva actitud no
duró más que un instante. Aunque al punto Raskolnikoff se entregó a un
arrebato de cólera, sin embargo, cosa extraña, esta vez, como antes,
aunque estaba en el colmo de la exasperación, obedeció la orden de
bajar la voz; comprendía, además, que no podía menos de hacerlo, y este
pensamiento contribuyó a aumentar su irritación.
--No me dejaré martirizar--murmuró--; deténgame usted, regístreme, haga
cuantas investigaciones quiera; pero proceda usted en debida forma, y
no juegue conmigo. No tenga usted la audacia...
--No se inquiete usted por la forma--interrumpió Porfirio con su acento
sardónico, mientras contemplaba a Raskolnikoff con cierto júbilo--; es
familiarmente, -batuchka-, como amigo, como he invitado a usted a que
viniera a verme.
--No quiero la amistad de usted; la desprecio. ¿Entiende usted? Y ahora
tomo la gorra y me voy. Usted dirá si tiene intención de detenerme.
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