interrumpiré su conferencia--añadió un poco molesto, y al decir estas
palabras se levantó.
--Quédese usted, Pedro Petrovitch--dijo Dunia--. Usted tenía intención
de dedicarnos la velada. Además, nos ha escrito diciéndonos que deseaba
tener una explicación con mamá.
--Es verdad, Advocia Romanovna--respondió con tono punzante Pedro
Petrovitch, que se sentó a medias, conservando el sombrero en la
mano--; deseaba, en efecto, tener una explicación con su madre y con
usted, sobre algunos puntos de suma gravedad. Pero como su hermano no
puede explicarse delante de mí acerca de ciertas proposiciones hechas
por Svidrigailoff, yo no quiero ni puedo explicarme ante una tercera
persona... sobre ciertos puntos de extrema importancia. Por otra parte,
ya había expresado en términos formales mi deseo, que no se ha tenido
en cuenta.
Las facciones de Ludjin tomaron una expresión dura y altanera.
--Ha pedido usted, en efecto, que mi hermano no asistiese a nuestra
entrevista, y si él no ha accedido a su deseo, ha sido únicamente
cediendo a mis instancias. Usted nos ha escrito que había sido
insultado por nuestro hermano, y yo creo que debe de haber en esto
alguna mala inteligencia y que tienen ustedes que reconciliarse. Si
verdaderamente Rodia le ha ofendido a usted, debe darle sus excusas, y
lo hará.
Al oír estas palabras, Pedro Petrovitch se sintió menos dispuesto que
nunca a hacer concesiones.
--A pesar de toda la buena voluntad del mundo, Advocia Romanovna,
es imposible olvidar ciertas injurias. En todo hay un límite que es
peligroso traspasar, porque una vez que se franquea, no se puede
retroceder.
--¡Ah! deseche usted esa vana susceptibilidad, Pedro
Petrovitch--interrumpió Dunia con voz conmovida--. Sea el hombre
inteligente y noble que yo siempre he visto en usted y que quiero ver
en adelante. Le he hecho a usted una gran promesa. Soy la esposa futura
de usted. Confíe en mí en este asunto y crea que puedo juzgar con
imparcialidad. El papel de árbitro que me atribuyo en este momento es
una promesa tan grande para mi hermano como para usted. Cuando hoy,
después de la carta de usted, le he suplicado que asistiera a nuestra
entrevista, no le dije cuáles eran mis intenciones. Comprenda usted que
si rehusan reconciliarse me veré forzada a optar por uno excluyendo
al otro. De tal modo se encuentra planteada la cuestión a causa de
ustedes dos. No quiero ni debo engañarme en mi elección: para usted es
preciso que rompa con mi hermano; para mi hermano es preciso que rompa
con usted. Menester es que esté cierta de los sentimientos de ustedes.
Ahora deseo saber, de una parte, si tengo en Rodia un hermano; de otra,
si tengo en usted un marido que me ama y me estima.
--Advocia Romanovna--repuso Ludjin amostazado--: su lenguaje da lugar
a interpretaciones diversas; es más, lo encuentro ofensivo, en vista
de la situación que tengo el honor de ocupar respecto de usted.
Prescindiendo de lo que hay de mortificante para mí al verme colocado
al mismo nivel que un... orgulloso joven, parece que usted admite como
posible la ruptura del matrimonio convenido entre nosotros. Dice usted
que tiene que elegir entre su hermano y yo; por esto mismo se ve lo
poco que significo a los ojos de usted... No puedo aceptar tal cosa,
dadas nuestras relaciones y dados nuestros compromisos recíprocos.
--¡Cómo!--exclamó Dunia enrojeciendo vivamente--. ¿Conque pongo el
interés de usted en la balanza con todo lo que yo amo más en la vida, y
se queja de significar poco a mis ojos?
Raskolnikoff se sonrió sarcásticamente. Razumikin hizo una mueca; pero
la respuesta de la joven no calmó a Ludjin, que a cada instante se
ponía más pedante e intratable.
--El amor por el esposo, por el futuro compañero de la vida, debe
estar por encima del amor fraternal--declaró sentenciosamente--; en
todo caso yo no puedo admitir que se me coloque en la misma línea...
Aunque haya dicho hace un momento que no quería ni podía explicarme en
presencia de su hermano acerca del principal objeto de mi visita, hay
un punto de suma gravedad para mí que desearía esclarecer en seguida
con su señora madre. Su hijo de usted--continuó dirigiéndose a Pulkeria
Alexandrovna--, ayer, delante del señor Razumikin, ¿no es éste el
apellido de usted?, dispénseme si he olvidado su nombre--dijo a éste
haciéndole un amable saludo--, me ha ofendido, alterando una frase
pronunciada por mí el día que tomé café en casa de ustedes. Dije yo
que, en mi concepto, una joven pobre y ya experimentada en la desgracia
ofrecía a un marido más garantías de moralidad y dicha conyugal que una
persona que hubiese vivido siempre en la abundancia. Su hijo de usted,
con deliberado propósito, ha dado significado odioso a mis palabras y
presumo que se ha fundado para ello en alguna carta de usted. Sería
una gran satisfacción para mí si usted me probase que estaba engañado.
Dígame con exactitud en qué términos ha reproducido mi pensamiento al
escribir al señor Raskolnikoff.
--Ya no me acuerdo--respondió algo confusa Pulkeria Alexandrovna--;
le manifesté el pensamiento de usted, tal como lo había comprendido.
Ignoro cómo ha repetido Rodia mi frase. Puede que haya forzado mis
términos...
--No ha podido hacerlo más que inspirándose en lo que usted haya
escrito.
--Pedro Petrovitch--replicó con dignidad Pulkeria Alexandrovna--, la
prueba de que Dunia y yo no hemos tomado a mala parte las palabras de
usted, es que estamos aquí.
--¡Bien, mamá!--aprobó la joven.
--¿De modo que soy yo el equivocado?--dijo resentido Ludjin.
--¿Ve usted, Pedro Petrovitch? Acusa usted a Rodia sin tener en cuenta
que en su carta de hoy le atribuye usted un hecho falso--prosiguió
Pulkeria Alexandrovna, muy animada por la aprobación que acababa de
manifestarle su hija.
--No me acuerdo de haber escrito nada falso.
--Según la carta de usted--declaró con tono áspero Raskolnikoff sin
volverse hacia Ludjin--, el dinero que entregué ayer a la viuda de un
hombre atropellado por un coche se lo había dado a su hija (a quien
veía entonces por primera vez). Usted ha escrito eso con la intención,
sin duda, de indisponerme con mi familia, y para conseguirlo mejor, ha
calificado de la manera más innoble la conducta de una joven a quien
usted no conocía. Esto es una baja difamación.
--Perdone usted, señor--respondió Ludjin temblando de cólera--. Si en
mi carta me he extendido en lo que a usted se refiere, ha sido porque
su madre de usted y su hermana me suplicaron que les dijese cómo había
encontrado a usted y qué impresión me había usted producido. Por otra
parte, le desafío a que señale una sola línea mentirosa en el pasaje en
que usted alude. ¿Negará usted, en efecto, que ha dado su dinero? Y en
cuanto a la desgraciada familia de que se trata, ¿se atrevería usted a
responder de la honradez de todos sus miembros?
--Toda la honradez de usted no vale lo que el dedo meñique de la pobre
joven a quien arroja usted la primera piedra.
--¿De modo que no vacilará usted en ponerla en contacto con su madre y
su hermana?
--Si lo desea usted saber, le diré que ya lo he hecho. La he invitado a
tomar asiento al lado de mi madre y de Dunia.
--¡Rodia!--exclamó Pulkeria Alexandrovna.
Dunia se ruborizó, Razumikin frunció el ceño y Ludjin se sonrió
despreciativamente.
--Juzgue usted misma, Advocia Romanovna, si el acuerdo es posible.
Supongo que esto es un asunto terminado del cual no hay más que hablar.
Me retiro para no interrumpir por más tiempo esta reunión de familia.
Se levantó y tomó el sombrero.
--Pero permítanme ustedes que les diga antes de irme que deseo no
verme expuesto en lo sucesivo a semejantes encuentros. Es a usted
particularmente, mi distinguida Pulkeria Alexandrovna, a quien dirijo
esta súplica; tanto más, cuanto que mi carta era para usted y no para
otras personas.
Pulkeria Alexandrovna se sintió un tanto irritada.
--¿Cree usted que es nuestro amo, Pedro Petrovitch? Dunia le ha dicho
ya por qué no ha sido satisfecho su deseo; mi hija no tenía más que
buenas intenciones. Pero, en verdad, usted me escribe en un estilo muy
imperioso, y menester es que miremos sus deseos como una orden. Diré
a usted, por el contrario, que ahora, sobre todo, debe tratarnos con
consideraciones y miramientos, puesto que la confianza en usted nos ha
hecho dejarlo todo para venir aquí, y, por consiguiente, nos tiene ya a
su disposición.
--Eso no es del todo exacto, Pulkeria Alexandrovna; sobre todo, desde
el momento que conoce usted el legado hecho por Marfa Petrovna a
Advocia Romanovna. Estos tres mil rublos llegan muy a punto, según
parece, a juzgar por el nuevo tono que toma usted conmigo--añadió
agriamente Ludjin.
--Esa observación haría suponer que usted había especulado sobre
nuestra miseria--observó Dunia con voz irritada.
--Ahora, por lo menos, no puedo especular con ella. Y sobre todo, no
quiero impedir que oiga usted las proposiciones secretas que Arcadio
Ivanovitch Svidrigailoff ha encargado, para que se las transmita, a su
hermano de usted. Por lo que veo, esas proposiciones tienen para usted
una importancia capital y quizá también muy agradable.
--¡Ah! ¡Dios mío!--exclamó Pulkeria Alexandrovna.
Razumikin se agitaba impacientemente en su silla.
--¿No te avergüenza, hermana?--preguntó Raskolnikoff.
--Sí--respondió la joven--. Pedro Petrovitch, ¡salga usted!--añadió
pálida de cólera.
Este último no esperaba semejante desenlace. Era demasiado presumido
y contaba con su fuerza y con la impotencia de sus víctimas. En aquel
momento no daba crédito a sus oídos.
--Advocia Romanovna--dijo pálido y con los labios temblorosos--, si
salgo ahora tenga usted por cierto que ya no volveré jamás. Reflexione
usted. Yo no tengo más que una palabra.
--¡Qué impudencia!--exclamó Dunia saltando de su asiento--. ¡Pero si lo
que quiero es perderle de vista para siempre!
--¿Cómo? ¿Eso dice usted?--vociferó Ludjin, tanto más desconcertado
cuanto que hasta el último minuto había creído imposible semejante
ruptura--. ¡Ah! ¿Es así? ¿Sabe usted, Advocia Romanovna, que yo podría
protestar?
--¿Con qué derecho le habla usted así?--dijo con vehemencia Pulkeria
Alexandrovna--. ¿De qué tiene usted que protestar? ¿Cuáles son sus
derechos? Sí, sus derechos. ¿Iría yo a dar a mi Dunia a un hombre como
usted? ¡Váyase en seguida y déjenos tranquilas! ¿En qué estábamos
pensando, sobre todo yo, para consentir en una cosa tan indigna?
--Sin embargo, Pulkeria Alexandrovna--replicó Pedro Petrovitch
exasperado--, ustedes me han comprometido, dando una palabra que ahora
retiran... y, por último, esto... esto... me ha ocasionado gastos.
La última recriminación estaba tan dentro del carácter de Ludjin, que
Raskolnikoff, a pesar del furor que sentía, no pudo oírla sin soltar la
carcajada; pero no le sucedió lo mismo a Pulkeria Alexandrovna.
--¿Gastos? ¿Gastos?--replicó violentamente--. ¿Se trata acaso del cajón
que usted nos ha mandado? ¡Pero si usted ha obtenido su transporte
gratuito! ¿Y pretende usted que le hemos comprometido? ¿Se pueden
invertir los papeles hasta ese punto? Nosotras somos las que estamos a
merced de usted, y no usted a la nuestra.
--¡Basta, mamá, basta, te lo suplico!--dijo Advocia Romanovna--. Pedro
Petrovitch, tenga usted la bondad de marcharse.
--Sí, me voy. Una palabra solamente--respondió casi fuera de sí--. Su
mamá de usted parece haber olvidado completamente que pedí su mano
cuando corrían acerca de usted muy malos rumores en toda la comarca. Al
desafiar por usted la opinión pública, y al restablecer su reputación,
tenía derecho a esperar que me lo agradecería usted; pero esto me
hace caer la venda de los ojos, y veo que mi conducta ha sido muy
inconsiderada y que quizá he cometido un gran error despreciando la voz
pública...
--¡Pero este hombre quiere que le rompan la cabeza!--exclamó Razumikin,
que se había levantado para castigar al insolente.
--Es usted un malvado--añadió Dunia.
--Ni una palabra, ni un gesto--agregó vivamente Raskolnikoff,
deteniendo a Razumikin; y aproximando luego su cara a la de Ludjin, le
dijo en voz baja, pero perfectamente clara--: ¡Váyase usted! ¡Ni una
palabra más! De lo contrario...
Pedro Petrovitch, con el rostro pálido y contraído por la cólera,
le miró durante algunos segundos; después giró sobre sus talones,
y desapareció, llevándose en el corazón un odio mortal contra
Raskolnikoff, a quien imputaba solamente su desgracia. Mientras
descendía la escalera, se imaginaba, empero, que no estaba perdido sin
remedio, y que no tenía nada de imposible una reconciliación con las
señoras.
III
Durante cinco minutos todos estuvieron muy alegres; su satisfacción
les hacía reír estrepitosamente. Sólo Dunia palidecía de vez en cuando
al recuerdo de la escena precedente. Pero de todos, el más gozoso era
Razumikin. Aunque no se atrevía abiertamente a manifestar su contento,
éste se delataba, a pesar suyo, en el temblor febril de toda su
persona. Ahora tenía el derecho de dar su vida por las dos señoras, y
de consagrarse a su servicio. Ocultaba, sin embargo, estos pensamientos
en lo más profundo de sí mismo, y temía dar alas a su imaginación. En
cuanto a Raskolnikoff, inmóvil y huraño, no tomaba parte en la alegría
general; parecía que su espíritu estaba en otra parte... Después de
haber insistido tanto porque se rompiese con Ludjin, hubiérase dicho
que esa ruptura, ya consumada, le tenía sin cuidado. Dunia no pudo
menos de pensar que su hermano estaba aún enojado con ella, y Pulkeria
Alexandrovna le miraba con inquietud.
--¿Qué es lo que te ha dicho Svidrigailoff?--preguntó la joven,
acercándose a su hermano.
--¡Ah! Sí, sí--dijo vivamente Pulkeria Alexandrovna.
Raskolnikoff levantó la cabeza.
--Está decidido a regalarte diez mil rublos, y desea verte, pero en mi
presencia.
--¿Verle? ¡Jamás!--gritó Pulkeria Alexandrovna--. ¿Cómo se atreve a
ofrecerle dinero?
Raskolnikoff refirió entonces con bastante sequedad su entrevista con
Svidrigailoff.
A Dunia le preocuparon extraordinariamente las proposiciones de
Svidrigailoff, y quedó largo tiempo pensativa.
--Algún terrible designio ha concebido--murmuró para sí, casi temblando.
Raskolnikoff advirtió este terror excesivo.
--Creo que tendré ocasión de verle más de una vez--dijo a su hermana.
--Encontraremos sus huellas--exclamó enérgicamente Razumikin--. Yo lo
descubriré. No le perderé de vista, ya que Raskolnikoff me lo permite.
El mismo me lo ha dicho hace poco: «Vela por mi hermana». ¿Consiente
usted, Advocia Romanovna?
Dunia sonrió y tendió la mano al joven; pero seguía preocupada.
Pulkeria Alexandrovna le dirigió una tímida mirada. También es cierto
que le habían tranquilizado notablemente los tres mil rublos. Un cuarto
de hora después se hablaba con animación. El mismo Raskolnikoff, aunque
silencioso, prestó durante algún tiempo oído a lo que se decía. La voz
cantante la llevaba Razumikin.
--¿Por qué, pregunto a ustedes, por qué irse?--gritaba convencido--.
¿Qué van ustedes a hacer en aquel pueblucho? Lo que principalmente hay
que procurar aquí es que todos ustedes estén juntos, puesto que se
han de menester los unos a los otros. No; no deben separarse. Vamos,
quédense ustedes siquiera un tiempo. Acéptenme ustedes como amigo y
como asociado, y les aseguro que emprenderemos un excelente negocio.
Escúchenme ustedes. Voy a explicarles minuciosamente mi proyecto. Se
me ocurrió la idea esta mañana, cuando aun no se sabía nada... He aquí
de qué se trata: Yo tengo un tío; se lo presentaré a ustedes; es un
viejo muy campechano y muy respetable. Este tío posee un capital de
mil rublos, que no sabe qué hacer de ellos, porque cobra una pensión
que basta a sus necesidades. Desde hace dos años no cesa de ofrecerme
esta suma al seis por ciento de interés. Bien comprendo que es un medio
de que se vale para ayudarme. El año último, yo no tenía necesidad de
dinero; pero al presente sólo esperaba que llegase el buen viejo para
decirle que aceptaba. A los mil rublos de mi tío juntan ustedes mil más
y ya está formada la asociación.
--¿Qué negocio vamos a emprender?
Entonces Razumikin se puso a desarrollar su proyecto. Según él, la
mayor parte de los libreros y editores rusos hacen malos negocios
porque conocen mal su oficio; pero con buenas obras se podía ganar
dinero. El joven, que llevaba ya dos años trabajando para diversas
librerías, estaba al corriente del asunto y conocía bastante bien tres
lenguas europeas. Seis días antes le dijo, es cierto, a Raskolnikoff,
que no sabía bien el alemán; pero habló de ese modo para decidir
a su amigo a que colaborase con él en una traducción que podía
proporcionarle algunos rublos. Raskolnikoff no se dejó engañar por
aquella mentira.
--¿Por qué, pues, hemos de despreciar un buen negocio, cuando poseemos
uno de los medios de acción más esenciales, el dinero?--continuó,
animándose, Razumikin--. Claro es que habrá que trabajar mucho;
pero trabajaremos, pondremos todos manos a la obra. Usted, Advocia
Romanovna, yo, Rodia... ¡Hay publicaciones que producen al presente
excelentes rendimientos! Tendremos, sobre todo, la ventaja de conocer
lo que conviene traducir. Seremos a la vez traductores, editores y
profesores. Ahora puedo ser útil, porque tengo experiencia. Hace
dos años que no salgo de casa de los libreros, y sé todas las
triquiñuelas del oficio; crean ustedes que lo que propongo no es obra
de romanos. Cuando se ofrece la ocasión de ganar algún dinero, ¿por
qué no aprovecharla? Podría citar dos o tres libros extranjeros cuya
publicación sería una mina de oro. Si se lo indicase a uno de nuestros
editores, nada más que por esto debería yo cobrar quinientos rublos;
pero no lo soy tanto. Por otra parte, capaces serían los imbéciles
de vacilar. En cuanto a la parte material de la empresa, impresión,
papel, venta, me encargan ustedes a mí; eso lo entiendo. Comenzaremos
modestamente; poco a poco iremos ampliando el negocio, y en todo caso,
seguro estoy de que conseguiremos los dos objetos.
A Dunia le brillaban los ojos.
--Lo que usted propone--dijo--me gusta mucho, Demetrio Prokofitch.
--Yo, es claro, no entiendo nada de eso--añadió Pulkeria
Alexandrovna--. Sin duda, conviene. Nosotras tenemos que permanecer
aquí por algún tiempo--dijo mirando a Raskolnikoff.
--¿Qué piensas tú de esto, hermano?--preguntó Dunia.
--Encuentro su idea excelente--respondió el joven--. Cierto es que
no se improvisa de un día a otro una gran librería; pero hay cinco o
seis libros cuyo buen éxito no me ofrece duda y son los mejores para
comenzar. Conozco uno, sobre todo, que de seguro se vendería. Además,
podéis tener confianza completa en la capacidad de Razumikin; sabe lo
que se hace... Por lo demás, tiempo tenéis de hablar de esto.
--¡Bravo!--gritó Razumikin--. Ahora, escuchen ustedes: hay aquí, en
esta misma casa, un departamento completamente distinto e independiente
del local en que se encuentran estas habitaciones; no cuesta caro y
está amueblado... tres piezas pequeñas; aconsejo a ustedes que lo
alquilen. Estarán allí muy bien; tanto más, cuanto que podrán ustedes
vivir todos juntos; por supuesto, con Rodia... Pero, ¿a dónde vas,
hombre?
--¡Cómo! ¿te vas ya?--preguntó con inquietud Pulkeria Alexandrovna.
--¿En un momento como éste?--gritó Razumikin.
Dunia miró a su hermano con sorpresa y desconfianza. El joven tenía la
gorra en la mano, y se preparaba a salir.
--Cualquiera diría que se trataba de una separación eterna--exclamó con
aire extraño.
Sonreía; ¡pero con qué risa!
--Después de todo, ¿quién sabe? Acaso sea ésta la última vez que nos
vemos--añadió de repente.
Estas palabras brotaron espontáneamente de sus labios.
--Pero, ¿qué te pasa?--dijo ansiosamente la madre--. ¿A dónde vas,
Rodia?--le preguntó dando a su pregunta un acento particular.
--Tengo que irme--respondió el joven.
Su voz era vacilante; pero su pálido rostro expresaba una firme
resolución.
--Quería deciros al venir aquí... Quería deciros a ti, mamá, y a ti,
Dunia, que debemos separarnos por algún tiempo. No me siento bien;
tengo necesidad de reposo... Volveré más tarde. Volveré cuando me
sea posible. Guardaré vuestro recuerdo, os amaré... Dejadme, dejadme
solo... Era esa mi intención... Mi resolución era irrevocable...
Ocúrrame lo que quiera, perdido o no, deseo estar solo. Olvidadme
completamente. Esto es lo mejor... No procuréis tener noticias mías...
cuando sea menester, yo vendré a vuestra casa u os llamaré. Quizá se
arregle todo; pero hasta que esto suceda, si me amáis, renunciad a
verme... De otro modo, os odiaré... comprendo que os odiaré... ¡Adiós!
--¡Dios mío! ¡Dios mío!--gimió Pulkeria Alexandrovna.
De las dos mujeres, así como de Razumikin, se apoderó un espanto
terrible.
--¡Rodia, Rodia! ¡Reconcíliate con nosotras! ¡Sé lo que siempre
fuiste!--gritaba la pobre madre.
Raskolnikoff se dirigió lentamente hacia la puerta, pero al llegar a
ella se le acercó Dunia.
--¡Hermano mío! ¿Cómo puedes portarte así con nuestra madre?--murmuró
la joven, cuya mirada llameaba de indignación.
Raskolnikoff hizo un esfuerzo para volver los ojos hacia ella.
--No es nada--musitó como hombre que no tiene plena conciencia de lo
que dice, y salió de la sala.
--¡Egoísta! ¡Corazón duro y sin piedad!--gritó Dunia.
--¡No es egoísta; es un demente! ¡Está loco! ¡Le digo a usted que está
loco! ¿Es posible que usted no lo haya visto? ¡Usted es la que no
tiene piedad en este caso!--murmuró Razumikin, inclinándose al oído de
la joven, cuya mano estrechó con fuerza--. Vuelvo en seguida--dijo a
Pulkeria Alexandrovna, que estaba desvanecida, y se lanzó fuera del
cuarto.
Raskolnikoff le esperaba en el corredor.
--Sabía que correrías detrás de mí--dijo--. Vuélvete con ellas, y no
las dejes... Acompáñalas también mañana... y siempre. Yo... yo volveré
quizá... si hay medio... Adiós.
Iba a alejarse sin dar la mano a Razumikin.
--¿Pero a dónde vas?--balbuceó este último asombrado--. ¿Qué tienes?
¿Cómo procedes de ese modo?
Raskolnikoff se detuvo de nuevo.
--Una vez para todas: no me interrogues más; nada he de responderte.
No vuelvo a mi casa. Quizá venga alguna vez aquí. Déjame... Pero a
ellas... -no las dejes-. ¿Me comprendes?
El corredor estaba obscuro; ambos amigos se encontraban cerca de
una lámpara. Durante un minuto se miraron en silencio. Razumikin se
acordó toda su vida de este minuto. La mirada fija e inflamante de
Raskolnikoff parecía que intentaba penetrar hasta el fondo de su alma.
De repente Razumikin se estremeció y se puso pálido como un cadáver.
Acababa de comprender la horrible verdad.
--¿Comprendes ahora?--dijo de repente Raskolnikoff, cuyas facciones se
alteraron horriblemente--. Vuelve al lado de ellas--añadió, y con paso
rápido salió de la casa.
Inútil es describir la escena que se desarrolló a la entrada de
Razumikin en el cuarto de Pulkeria Alexandrovna. Como se comprende
fácilmente, el joven puso todo su cuidado en tranquilizar a las dos
señoras. Les aseguró que Rodia, como estaba enfermo, necesitaba de
reposo; les juró que no dejaría de ir a verlas, que le verían todos
los días, que tenía una preocupación constante, que era preciso no
irritarle; prometió velar por su amigo, confiarle a los cuidados de un
buen médico, del mejor, y si era necesario, llamaría a consulta a los
príncipes de la ciencia...
En una palabra, a partir de este día, Razumikin sería para ellas un
hijo y un hermano.
IV
Raskolnikoff se dirigió derechamente al domicilio de Sonia.
La casa, de tres pisos, era un edificio viejo pintado de verde. El
joven encontró, no sin trabajo, al -dvornik-, y obtuvo de él vagas
indicaciones acerca del cuarto del sastre Kapernumoff. Después de haber
descubierto en un rincón del patio la entrada de una escalera estrecha
y sombría, subió al segundo piso y siguió la galería que daba frente
al patio. Mientras andaba en la obscuridad, se preguntaba por dónde se
podía entrar en casa de Kapernumoff. De pronto se abrió una puerta a
tres pasos de él, y el joven tomó una de las hojas con un movimiento
maquinal.
--¿Quién hay aquí?--preguntó una voz de mujer.
--Soy yo. Vengo a ver a usted--replicó Raskolnikoff, y penetró en una
antesalita.
Allí, sobre una mala mesa, había una vela, colocada en un estropeado
candelero de cobre.
--¡Es usted! ¡Dios mío!--dijo débilmente Sonia, que parecía no tener
fuerzas para moverse de su sitio.
--¿Es éste su cuarto?--y Raskolnikoff entró vivamente en la sala,
haciendo esfuerzos para no mirar a la joven.
Al cabo de un minuto, Sonia se le acercó y permaneció en pie delante
de él, presa de una agitación inexplicable. Esta inesperada visita la
turbaba y aun le daba miedo. De pronto su pálido rostro se coloreó y
se le llenaron los ojos de lágrimas. Experimentaba una gran angustia,
con la cual se mezclaba cierta dulzura. Raskolnikoff se volvió con
un rápido movimiento, y se sentó en una silla cerca de una mesa. En
un abrir y cerrar de ojos pudo inventariar todo lo que había en la
estancia.
Esta sala grande, pero excesivamente baja, era la única alquilada
por los Kapernumoff. En el muro de la izquierda había una puerta que
comunicaba con la vivienda del sastre; del lado opuesto, en la pared
de la derecha, había otra puerta, siempre cerrada: pertenecía a otro
alojamiento. El cuarto de Sonia parecía un cobertizo cuadrilátero muy
irregular, cuya forma le daba un aspecto monstruoso. La pared, con
tres ventanas que daban al canal, la cortaba oblicuamente, formando
así un ángulo extremadamente agudo, en el fondo del cual nada se veía,
a causa de la débil luz de la vela. Por el contrario, el otro ángulo
era desmesuradamente obtuso. Esta gran sala apenas tenía muebles: en
el rincón de la derecha estaba la cama; entre la cama y la puerta, una
silla; del mismo lado, y precisamente enfrente del alojamiento vecino,
una mesa de madera blanca cubierta con un tapete azul, y al lado de
ella dos sillas de junco. En la pared opuesta, cerca del ángulo agudo,
había adosada una cómoda de madera sin barnizar que parecía perdida en
el vacío. A esto se reducía todo el mobiliario. El papel, amarillento
y viejo, tenía color obscuro en todos los rincones, efecto probable de
la humedad y del humo del carbón. Todo aquel local denotaba pobreza: ni
siquiera había cortinas en la cama.
Sonia miraba en silencio al visitante, que examinaba la habitación tan
atentamente y de un modo tan despreocupado, que al fin la hizo temblar,
como si se hallase delante del árbitro de su destino.
--Vengo a casa de usted por última vez--dijo tristemente Raskolnikoff
como si se olvidase que era aquélla la primera que visitaba a la
joven--. Quizás no nos volveremos a ver.
--¿Va usted a marcharse?
--No sé... mañana, todo...
--¿De modo que no irá usted mañana a casa de Catalina Ivanovna?--dijo
Sonia con voz temblorosa.
--No sé. Mañana por la mañana todo... No se trata de eso. He venido
para decirle dos palabras.
Levantó su mirada soñadora, y advirtió de repente que él estaba sentado
mientras que ella permanecía derecha.
--¿Por qué está usted en pie? Siéntese--dijo con voz dulce y
acariciadora.
La joven obedeció. Durante un minuto, Raskolnikoff la contempló con
ojos benévolos y casi enternecidos.
--¡Qué delgada está usted! ¡Qué mano la suya! ¡Se ve la luz al través
de ella! ¡Los dedos parecen los de una muerta!
Le tomó la mano.
Sonia se sonrió débilmente.
--Siempre he sido así--dijo.
--¿También cuando vivía usted en casa de sus padres?
--Sí.
--Es claro--dijo bruscamente.
Operóse de nuevo un repentino cambio en la expresión de su rostro y en
el sonido de su voz.
Después dirigió una nueva mirada en derredor suyo.
--¿Vive usted en casa de Kapernumoff?
--Sí.
--¿Viven ahí, detrás de esa puerta?
--Sí. Su habitación es completamente igual a ésta.
--¿No tienen más que una sala para todos?
--Nada más.
--Yo, en una habitación como ésta, tendría miedo por la noche--observó
el joven con aire sombrío.
--Mis patrones son buenas personas, muy amables--respondió Sonia, que
parecía no haber recobrado aún su presencia de espíritu--, y todo el
mobiliario les pertenece. Son muy buenos. Sus hijos vienen muy a menudo
a verme; los pobrecitos son tartamudos.
--¿Son tartamudos?
--Sí; el padre es tartamudo, y, además, cojo. La madre también. No es
precisamente que tartamudee; pero tiene un defecto en la lengua. Es una
mujer muy buena. Kapernumoff es un antiguo siervo. Tiene siete hijos.
El mayor es el que tartamudea; los otros son enfermizos, pero hablan
claro.
--Lo sabía.
--¿Que lo sabía usted?--exclamó Sonia sorprendida.
--Su padre de usted me lo contó hace tiempo. Supe por él toda la
historia de usted. Me refirió que usted salió un día a las seis; que
volvió a entrar a las ocho dadas, y que Catalina Ivanovna se puso de
rodillas delante de la cama de usted.
Sonia se turbó.
--Creo haberle visto hoy--dijo titubeando.
--¿A quién?
--A mi padre. Yo estaba en la calle; en la esquina cerca de casa, entre
nueve y diez. Parecía andar delante de mí. Hubiera jurado que era él.
Quise ir a decírselo a Catalina Ivanovna, pero...
--¿Paseaba usted?
--Sí...--murmuró Sonia, bajando, avergonzada, los ojos.
--¿Catalina Ivanovna solía pegarla cuando estaba usted en casa de su
padre?
--¡Oh, no! ¿Cómo dice usted eso? No--exclamó la joven mirando a
Raskolnikoff con cierto espanto.
--¿De modo que usted la quiere?
--¿Cómo no?--repuso Sonia con voz lenta y plañidera. Después juntó
bruscamente las manos con expresión de piedad--. ¡Ah, si usted...!
¡Si usted la conociese! Es lo mismo que una niña. Tiene el juicio
extraviado por la desgracia. ¡Pero es tan inteligente! ¡Es tan buena y
generosa! ¡Ah, si usted supiera!
Sonia dijo estas palabras con un acento casi desesperado. Su agitación
era extraña; se acongojaba, se retorcía las manos. Sus pálidas mejillas
se habían coloreado de nuevo y sus ojos revelaban un gran sufrimiento.
Evidentemente acababa de herírsele una cuerda sensible y no podía menos
de hablar, de disculpar a Catalina Ivanovna. De repente se manifestó en
todos los rasgos de su fisonomía una expresión de piedad, por decirlo
así, insaciable.
--¡Pegarme ella! ¿Qué dice usted, señor? ¡Pegarme ella!... Y, aun
cuando me hubiera pegado, ¿qué? ¡si usted supiese! ¡Es tan desgraciada,
y, además, está enferma!... Busca la justicia... Es pura... cree que
en todo puede reinar la justicia, y clama por ella... La maltrataría
usted, y ella no haría nada de injusto.
--Y usted, ¿qué va a hacer?
Sonia le interrogó con la mirada.
--Ahora han quedado a cargo de usted. Cierto que antes era lo mismo; el
que ha muerto solía pedirle a usted dinero para ir a gastárselo a la
taberna; pero ahora, ¿qué es lo que va a ocurrir?
--No sé--respondió la joven tristemente.
--¿Van a quedarse donde están?
--No sé. Deben a la patrona, y creo que ésta ha dicho hoy mismo que
quería ponerlas en la calle. Mi madrastra, por su parte, dice que no ha
de permanecer un momento más en aquella casa.
--¿En qué funda esa seguridad? ¿Piensa vivir a costa de usted?
--¡Oh, no! ¡no diga usted eso! Entre nosotras no hay mío ni tuyo;
nuestros intereses son los mismos--replicó vivamente Sonia, cuya
irritación en aquel instante se parecía a la inofensiva cólera de un
pajarillo--. Por otra parte, ¿qué va a ser de ella?--añadió, animándose
cada vez más--. ¡Cuánto ha llorado hoy! Tiene perturbado el juicio,
¿no lo ha notado usted? Tan pronto se preocupa febrilmente por lo
que ha de hacer mañana, a fin de que todo esté bien, la comida y lo
demás, como se retuerce las manos, escupe sangre, llora y se golpea,
desesperada, la cabeza contra la pared. En seguida se consuela, pone
su esperanza en usted, dice que será usted su sostén, habla de pedir
dinero prestado en cualquier parte y de volverse a su ciudad natal
conmigo. Allí, dice, fundará un pensionado de señoritas de la nobleza y
me confiará la dirección de su establecimiento. «Una vida completamente
nueva, una vida feliz comenzará para nosotras», me dice besándome.
Estos pensamientos la consuelan. ¡Tiene tanta fe en sus quimeras!
¿Piensa usted que se la puede contradecir? Ha pasado todo el día de
hoy lavando y arreglando el cuarto hasta que, rendida, se tuvo que
echar en la cama. Luego fuimos de tiendas juntas; queríamos comprar
calzado a Poletchka y a Lena, porque sus zapatos están inservibles.
Desgraciadamente no teníamos bastante dinero; se necesitaba mucho, ¡y
había elegido unos tan bonitos! Porque tiene muy buen gusto. ¡Usted
no sabe...! Se echó a llorar allí en la tienda, delante del zapatero,
porque no le alcanzaba el dinero... ¡Ah, qué triste era aquello!
--Vamos, se comprende después de esto que usted viva así--dijo
Raskolnikoff con amarga sonrisa.
--Y usted, ¿no tiene piedad de ella?--exclamó Sonia--. Usted mismo, lo
sé, se ha despojado por ella de sus últimos recursos, y, sin embargo,
no ha visto usted nada. ¡Si lo hubiera visto todo! ¡Dios mío! ¡Cuántas
veces, cuántas veces la he hecho llorar! La semana última, sin ir más
lejos, ocho días antes de la muerte de mi padre... ¡Oh! ¡Cuánto me ha
hecho sufrir durante todo el día este recuerdo!
Sonia se retorcía las manos; tan dolorosos le eran estos pensamientos.
--¿Ha sido usted dura con ella?
--Sí; yo, yo. Fuí a verla--continuó llorando--y mi padre me dijo:
«Sonia, me duele algo la cabeza... Léeme algo, ahí tienes un libro.»
Era un volumen perteneciente a Andrés Semenitch Lebeziatnikoff, el
cual solía prestarnos libros muy divertidos. «Tengo que marcharme»,
le respondí yo. No tenía ganas de leer. Había entrado en la casa para
enseñar a Catalina Ivanovna una compra que acababa de hacer. Isabel,
la revendedora, me había traído unos cuellos y unos puños muy bonitos,
con ramos, casi nuevos. Me costaron muy baratos. A Catalina Ivanovna
le gustaron mucho; se los probó, mirándose al espejo, y los encontró
preciosos. «Dámelos, Sonia; anda, dámelos», me dijo. No los necesitaba
para nada, pero ella es así: se acuerda siempre de los tiempos felices
de su juventud. Se contempla al espejo, y eso que no tiene ni vestidos
ni nada desde hace no sé cuántos años. Por lo demás, nunca pide nada a
nadie, porque es orgullosa, y antes que pedir daría cuanto posee; sin
embargo, me pidió los cuellos casi llorando. A mí me costaba trabajo
dárselos. «¿Para qué los quiere usted?», le dije. Sí, de ese modo le
hablé. No debí decirle tal cosa. Me miró con aire tan afligido, que
daba pena verla... y no era por los cuellos por lo que se entristecía,
no; lo que la afligió fué mi negativa... ¡Ah, si yo pudiese ahora
retirar todo lo dicho, hacer que todas aquellas palabras no hubieran
sido pronunciadas!... ¡Oh, sí! Pero le estoy contando a usted lo que no
le interesa.
--¿Conocía usted a la revendedora Isabel?
--Sí... ¿La conocía usted también?--preguntó Sonia un poco asombrada.
--Catalina Ivanovna está tísica en el último grado; morirá pronto--dijo
Raskolnikoff después de una pausa, sin responder a la pregunta.
--¡Oh, no, no!
Y Sonia, inconsciente de lo que hacía, tomó las dos manos del joven,
como si la suerte de Catalina Ivanovna hubiese dependido de él.
--Sería mejor que se muriese.
--No, no sería mejor. ¡Qué había de serlo!
--¿Y los niños? ¿Qué va a hacer usted de ellos, puesto que no puede
tenerlos a su lado?
--¡Oh, no sé!--exclamó con acento angustiado la joven, apretándose la
cabeza con las manos.
Era evidente que a menudo la había preocupado este pensamiento.
--Supongamos que Catalina Ivanovna viva todavía algún tiempo; pero
puede usted caer enferma, y cuando la conduzcan al hospital, ¿qué
sucederá entonces?--prosiguió implacablemente Raskolnikoff.
--¡Ah! ¿Qué dice usted? ¿Qué dice usted?
El espanto demudó por completo el rostro de Sonia.
--¿Cree usted que es imposible?--repuso él con sonrisa sarcástica--.
Supongo que no está usted asegurada contra las enfermedades. ¿Qué será
entonces de ellos? Toda la familia se encontrará en el arroyo; la madre
pedirá limosna, tosiendo y dando con la cabeza en las paredes, como
hoy; los niños llorarán, Catalina Ivanovna caerá en medio de la calle,
la llevarán al puesto de policía y de allí al hospital, y los niños
quedarán sin amparo.
--¡Oh, no! ¡Dios no permitirá semejante horror!--exclamó Sonia con voz
ahogada.
Hasta entonces había escuchado en silencio, con los ojos fijos en
Raskolnikoff y las manos juntas como en muda plegaria para conjurar la
desgracia que el joven predecía.
Raskolnikoff se levantó y se puso a pasear por la habitación. Pasó un
minuto. Sonia seguía en pie con los brazos caídos y la cabeza baja
presa de atroz sufrimiento.
--¿Y usted no puede hacer economías, ahorrar algún dinero para cuando
lleguen los días tristes?--preguntó deteniéndose delante de ella.
--No--murmuró Sonia.
--No, naturalmente. ¿Pero lo ha procurado usted?--añadió con cierta
ironía.
--Sí.
--¿Y no lo ha conseguido? Es claro, sí, se comprende. Inútil es
preguntarlo.
Y volvió a pasearse por la habitación.
--Y... ¿no gana usted dinero todos los días?--preguntó al cabo de otro
minuto de silencio.
Sonia se turbó más que nunca y sus mejillas se arrebolaron.
--No--respondió en voz baja haciendo un violento esfuerzo.
--La suerte de Poletchka será, indudablemente, la misma de usted--dijo
el joven bruscamente.
--No, no; ¡eso es imposible!--exclamó Sonia, herida en el corazón por
aquellas palabras como por una puñalada--. Dios... Dios no permitirá
semejante abominación.
--Otras permite.
--No, Dios la protegerá--repitió enfáticamente Sonia.
--¿Y si no hay Dios?--replicó con acento de odio Raskolnikoff, y se
echó a reír mirando a la muchacha.
La fisonomía de Sonia cambió repentinamente de expresión. Se le
contrajeron los músculos y fijó en su interlocutor una mirada preñada
de reproches; quiso hablar, pero no pudo articular palabra y rompió en
sollozos, tapándose la cara con las manos.
--¿Dice usted que Catalina Ivanovna tiene el juicio perturbado? Y el de
usted lo está también--dijo Raskolnikoff después de una pausa.
Pasaron cinco minutos. El joven continuaba paseando por la estancia
sin hablar ni mirar a Sonia. Al fin se acercó a ella; tenía los ojos
brillantes y los labios temblorosos; puso ambas manos sobre los
hombros de la joven, fijó su ardiente mirada en ella, e inclinándose,
de repente, le besó los pies. Sonia se echó atrás aterrada, como si
estuviese delante de un loco. La fisonomía de Raskolnikoff en aquel
momento parecía, en efecto, la de un demente.
--¿Qué hace usted? ¡A mí!--balbució Sonia palideciendo y con el corazón
dolorosamente oprimido.
El joven se levantó en seguida.
--No es ante ti ante quien yo me prosterno, sino ante todo el
sufrimiento humano--dijo con extraño acento, y fué a ponerse de codos
en la ventana--. Escucha--prosiguió, acercándose a ella un momento
después--; hace poco le he dicho a un insolente que no valía lo que tu
dedo meñique y que yo había hecho a mi hermana el honor de sentarse a
tu lado.
--¡Ah! ¿Cómo ha podido usted decir eso? ¡y delante de ella!--exclamó
Sonia asombrada--. ¡Sentarse a mi lado un honor! ¡Pero si yo soy una
mujer deshonrada!... ¡Ah! ¡Por qué ha dicho usted eso!
--Al hablar así, no pensaba ni en tu deshonor, ni en tus faltas,
sino en tus sufrimientos. Sin duda eres culpable--continuó diciendo
Raskolnikoff con emoción creciente--; pero lo eres, sobre todo, por
haberte inmolado inútilmente. Comprendo perfectamente que eres muy
desgraciada: vivir en ese fango que tú detestas y saber al mismo tiempo
(puesto que no puedes hacerte ilusiones sobre el particular) que tu
sacrificio no sirve de nada y que no aprovechará a nadie... Pero
dime--añadió exaltándose cada vez más--, ¿cómo con las delicadezas de
tu alma te resignas a semejante oprobio? ¡Sería mejor arrojarse al agua
y acabar de una vez!
--¿Y qué sería de ellos?--preguntó débilmente Sonia, levantando hasta
él su mirada de mártir; pero al propio tiempo no parecía en modo alguno
asombrada del consejo que se le daba.
Raskolnikoff la contempló con singular curiosidad. Esa sola mirada se
lo explicó todo. Sin duda la joven había pensado muchas veces en el
suicidio; muchas también, quizá, en el exceso de su desesperación,
había pensado en acabar de una vez, y de tal manera y tan seriamente se
preocupó con la misma idea, que al presente no experimentaba ninguna
sorpresa al oír tal solución. No advirtió, sin embargo, la crueldad
que encerraban estas palabras; escapósele también el sentido de los
reproches del joven. Como ya se habrá comprendido, el punto de vista
desde el cual consideraba él su deshonor era para ella letra muerta, y
esto lo echó de ver Raskolnikoff. Se hacía cargo de cómo la torturaba
la idea de su situación infamante, y se preguntaba qué había podido
impedir que acabase con su vida. La única respuesta a tal pregunta era
el cariño de Sonia por aquellos pequeñuelos y por Catalina Ivanovna,
la desgraciada tísica y medio loca que se golpeaba la cabeza contra
las paredes. Sin embargo, era evidente para él que la joven, con su
carácter y educación, no podía permanecer así definidamente. Veía
claramente que el caso de Sonia era un fenómeno social excepcional;
pero esto, en rigor, era una razón de más para que la vergüenza la
hubiese matado desde su entrada en un camino del cual debía alejarla
todo su pasado de honradez, tanto como su cultura intelectual,
relativamente elevada. ¿Qué era, pues, lo que la sostenía? ¿Era
inclinación al vicio? No, su cuerpo únicamente se había entregado a
aquella vida, el vicio no había penetrado en su alma; así lo comprendía
Raskolnikoff, que leía como en libro abierto en el corazón de la joven.
«Su suerte está echada», pensaba. «Tiene delante de sí el canal, el
manicomio o el embrutecimiento.»
Más que nada le repugnaba admitir la última probabilidad; pero su
escepticismo le llevaba a considerarla como la más segura.
«¿Habrá de suceder así?», se preguntaba. «¿Es posible que esta
criatura, que conserva todavía la pureza del alma, acabe por hundirse
deliberadamente en el fango? Ha puesto ya los pies en él, y si hasta
el presente ha podido soportar semejante vida, ¿es porque para ella
el vicio ha perdido ya su aspecto repugnante? No, no; es imposible»,
exclamó para sí, como antes había exclamado Sonia. «No, lo que hasta
este momento la ha impedido arrojarse al canal, es el temor de cometer
un pecado y el interés que tiene por -ellos-. Si aun no se ha vuelto
loca... ¿pero quién dice que no lo está? ¿Posee, acaso, todas sus
facultades? ¿Razonaría una persona de juicio sano como ella razona? ¿Se
puede afrontar la propia perdición con esa tranquilidad y sin prestar
oídos a consejos o advertencias? ¿Es un milagro lo que espera? Sí, sin
duda. ¿No son todos estos signos de enajenación mental?»
Se detenía obstinadamente en esta idea: «¡Sonia loca!» Esta perspectiva
le desagradaba menos que cualquiera otra, y pensando en tales cosas se
puso a examinar atentamente a la joven. De pronto le preguntó:
--¿De modo que ruegas mucho a Dios?
Ella callaba; en pie, a su lado, el joven esperaba una respuesta.
--¿Qué sería de mí sin Dios?--dijo en voz baja, pero enérgica, y
dirigiendo a Raskolnikoff una rápida mirada de sus ojos brillantes, le
estrechó la mano con fuerza.
«Vamos», pensó él, «no me engañaba».
--Pero, ¿qué es lo que Dios hace por ti?--preguntó, deseoso de
esclarecer por completo sus dudas.
Sonia permaneció silenciosa, como si no hubiera podido responder; se le
dilataba el pecho con la emoción.
--¡Calle usted, no me lo pregunte! ¡No tiene usted derecho!--exclamó,
mirándole con cólera.
«Eso es, sí; eso es», pensó el joven.
--El lo hace todo--murmuró Sonia rápidamente, bajando los ojos al suelo.
«Ya está encontrada la explicación», afirmó mentalmente Raskolnikoff
y miró a la joven con ávida curiosidad. Experimentaba una sensación
nueva, extraña, casi dolorosa, contemplando aquella carita pálida,
angulosa, delgada, con aquellos ojos tan azules y tan dulces que
podían lanzar tales llamas y expresar una expresión tan vehemente, y
aquel cuerpecito tembloroso de indignación y de cólera; todo aquello
le parecía cada vez más extraño, casi fantástico. «¡Está loca! ¡Está
loca!», repetía para sí.
Había un libro sobre la cómoda. Raskolnikoff habíase fijado en él
varias veces durante sus idas y venidas por la habitación. Al fin lo
tomó para examinarlo. Era una traducción rusa del Nuevo Testamento.
--¿Quién te ha dado esto?--preguntó a Sonia desde el otro lado de la
habitación.
La joven, que no se había movido de su sitio, avanzó un paso y dijo:
--Me lo han prestado.
--¿Quién?
--Isabel; se lo pedí yo.
«¿Isabel? ¡Es extraño!», pensó él.
Todo en casa de Sonia tomaba a sus ojos un aspecto más extraordinario.
Se aproximó a la luz con el libro y se puso a hojearlo.
--¿En qué parte habla de Lázaro?--preguntó bruscamente.
Sonia, con los ojos obstinadamente fijos en el suelo, guardó silencio.
Se había separado un poco de la mesa.
--¿Dónde está la resurrección de Lázaro? Búscame ese pasaje, Sonia.
La joven miró con el rabillo del ojo a su interlocutor.
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