Dunia se preparaba también a salir. Sus guantes estaban, además de
descoloridos, agujereados, lo cual no pasó inadvertido a Razumikin; sin
embargo, aquel traje, cuya pobreza saltaba a la vista, daba a las dos
señoras un sello particular de dignidad, como acontece siempre a las
mujeres que saben llevar humildes vestidos.
--Esperen ustedes que me adelante para ver si está despierto--dijo
Razumikin cuando comenzaron a subir las escaleras del domicilio de
Raskolnikoff.
Las señoras le siguieron muy despacio. Cuando llegaron al cuarto
piso, advirtieron que la puerta del departamento de la patrona estaba
abierta, y que por la estrecha abertura las observaban dos ojos negros
y penetrantes. Las miradas se encontraron y la puerta se cerró con tal
estrépito, que Pulkeria Alexandrovna estuvo a punto de lanzar un grito
de espanto.
III
--¡Va bien, va bien!--exclamó alegremente Zosimoff viendo entrar a las
dos mujeres.
El doctor había llegado diez minutos antes y ocupaba en el sofá el
mismo sitio que la víspera. Raskolnikoff, sentado en el otro extremo,
estaba completamente vestido; habíase tomado también el trabajo de
lavarse y peinarse, cosas ambas que no acostumbraba desde hacía algún
tiempo. Aunque con la llegada de Razumikin y de las dos señoras quedó
llena la habitación, Anastasia logró colocarse detrás de ellas, y se
quedó para escuchar la conversación. Efectivamente Raskolnikoff estaba
bien, pero su palidez era extrema y parecía absorto en una triste idea.
Cuando Pulkeria Alexandrovna entró con su hija, Zosimoff advirtió con
sorpresa el sentimiento que se reveló en la fisonomía del enfermo. En
vez de alegría era una especie de estoicismo resignado; parecía que el
joven hacía un llamamiento a todas sus fuerzas para soportar durante
una hora o dos un tormento inevitable. Cuando la conversación se hubo
entablado, observó también el médico que cada palabra abría como una
herida en el alma de su cliente; pero al mismo tiempo se asombraba
de ver a este último relativamente dueño de sí mismo. El monomaníaco
frenético de la víspera sabía ahora dominarse hasta cierto punto y
disimular sus impresiones.
--Sí, veo ahora que estoy casi curado--dijo Raskolnikoff, besando a su
madre y a su hermana con una cordialidad que hizo brillar de alegría
el rostro de Pulkeria Alexandrovna--. Y no lo digo como ayer--añadió
dirigiéndose a Razumikin y estrechándole la mano.
--También yo estoy asombrado de su notable mejoría--dijo Zosimoff--. De
aquí a tres o cuatro días, si esto continúa, se encontrará como antes,
es decir, como estaba hace uno o dos meses, o quizá tres, porque esta
enfermedad se hallaba latente desde hace tiempo, ¿eh? Confiese ahora
que tenía usted alguna parte de culpa--terminó con sonrisa reprimida el
doctor, temeroso de irritar al enfermo.
--Es muy posible--replicó fríamente Raskolnikoff.
--Ahora que se puede hablar con usted--prosiguió Zosimoff--, quisiera
convencerle de que es necesario apartarse de las causas primeras, a
las cuales hay que atribuir su estado morboso. Si usted hace eso, se
curará; de lo contrario, se agravará su mal. Ignoro cuáles son estas
causas primeras; pero usted, de seguro, las conoce. Es usted un hombre
inteligente, y, sin duda, se observa a sí mismo. Me parece que su salud
se ha alterado desde que salió de la Universidad. Usted no puede estar
sin ocupación. Le conviene, a mi entender, trabajar, proponerse un
proyecto, y perseguirlo tenazmente.
--Sí, sí, tiene usted razón; volveré a la Universidad lo más pronto
posible, y entonces todo marchará como una seda.
El doctor dió sus sabios consejos con la intención, en parte, de
producir efecto en las señoras. Cuando hubo acabado, miró fijamente a
su cliente, y se quedó un poco desconcertado al advertir que el rostro
de éste expresaba franca burla. Sin embargo, Zosimoff se consoló bien
pronto de su decepción, Pulkeria Alexandrovna se apresuró a darle las
gracias manifestándole, en particular, su reconocimiento por la visita
que les hizo la noche anterior.
--¡Cómo! ¿Fué a ver a ustedes anoche?--preguntó Raskolnikoff con voz
inquieta--. ¿De modo que no habéis descansado después de un viaje tan
penoso?
--¡Si no eran más que las dos, querido Rodia, y, en casa, Dunia y yo no
nos acostamos nunca antes de esa hora!
--No sé cómo darles las gracias--continuó Raskolnikoff, que de repente
frunció las cejas y bajó la cabeza--. Prescindiendo de la cuestión de
dinero (perdóneme usted si hago alusión a ella)--dijo dirigiéndose a
Zosimoff--, no me explico cómo he podido merecer de usted tal interés.
No lo comprendo, y aun diré que tanta benevolencia me pesa, pues es
ininteligible para mí. Ya ve usted que soy franco.
--No se atormente usted--replicó Zosimoff afectando reírse--; supóngase
usted que es mi primer cliente. Nosotros los médicos, cuando empezamos,
tomamos tanto cariño a nuestros primeros enfermos como si fuesen
nuestros hijos. Algunas veces hasta parecemos enamorados de ellos, y ya
sabe usted que mi clientela no es muy numerosa.
--Y no digo nada de éste--siguió diciendo Raskolnikoff, señalando a
Razumikin--. ¡No he hecho más que injuriarle y molestarle sin cesar!
--¡Qué tonterías dices! Según se ve, estás hoy muy sentimental--exclamó
Razumikin.
Si hubiera sido más perspicaz, habría echado de ver, que, lejos de
estar sentimental, su amigo se encontraba en situación totalmente
distinta. Pero Advocia Romanovna no se engañaba, y, muy inquieta,
observaba atentamente a su hermano.
--De ti, mamá, apenas me atrevo a hablar--dijo Raskolnikoff, que
parecía recitar una lección aprendida por la mañana--; hoy solamente he
podido comprender lo que habrás sufrido ayer esperando que volviera a
casa.
Al decir estas palabras sonrió y tendió bruscamente la mano a su
hermana. Este gesto no fué acompañado de ninguna palabra, pero la
sonrisa del joven expresaba un sentimiento verdadero, ahora no fingía.
Gozosa y reconocida, Dunia tomó la mano que se le tendía y la estrechó
con fuerza. Era la primera satisfacción que le daba después del
altercado de la víspera. Al ver esta reconciliación muda y definitiva
del hermano con la hermana, Pulkeria Alexandrovna se puso radiante de
alegría.
Razumikin se agitó nerviosamente en su silla.
--Aunque no fuera más que por esto le querría--murmuraba con su
tendencia a exagerarlo todo--. Son impulsos propios de él.
--¡Qué bien ha estado!--murmuró la madre para sí--. ¡Qué nobles
arranques los suyos! Este simple hecho de tender así la mano a su
hermana mirándola con afecto, ¿no es la manera más franca y más
delicada de poner fin al rozamiento de ayer?--¡Ah, Rodia--añadió en voz
alta apresurándose a responder a la observación de Raskolnikoff--, no
puedes figurarte lo desgraciadas que nos consideramos anoche Donetshka
y yo! Ahora que todo ha pasado y que hemos vuelto a ser felices, puedo
decírtelo. Figúrate: en cuanto nos apeamos del tren corrimos aquí para
abrazarte, y esta joven, ahí la tienes (buenos días, Anastasia), nos
dijo de repente que habías estado en cama con fiebre, que delirando te
habías escapado y que se te andaba buscando. No puedes imaginarte la
impresión que nos hizo esta noticia.
--Sí, sí... Todo eso es seguramente muy desagradable--murmuró
Raskolnikoff; pero dió esta respuesta con aire tan distraído, por no
decir indiferente, que Dunia le miró sorprendida.
--¿Qué es lo que yo quería deciros?--continuó esforzándose por
coordinar sus recuerdos--. ¡Ah! Sí, os suplico a ti, mamá, y a ti,
Dunia, que no vayan a creer que no he querido ir a verlas hoy y que he
esperado en casa a que ustedes vinieran.
--¿Por qué dices eso, Rodia?--exclamó Pulkeria Alexandrovna no menos
asombrada que su hija.
--Cualquiera diría que nos responde por simple cortesía--pensaba
Dunia--; hace las paces y pide perdón como si llenase una pura
formalidad o recitase una lección.
--En cuanto desperté quise ir a ver a ustedes, pero no tenía ropa que
ponerme; se me olvidó decir ayer a Anastasia que lavase la sangre...
Hasta hace un momento no me he podido vestir.
--¿Sangre? ¿Qué sangre?--preguntó Pulkeria Alexandrovna alarmada.
--No es nada... No hay que asustarse... Ayer, durante mi delirio,
paseando por la calle, me tropecé con un hombre que acababa de ser
atropellado. Un funcionario. Por esta razón tenía manchado de sangre el
traje.
--¿Mientras estabas delirando? ¡Si te acuerdas de todo!--interrumpió
Razumikin.
--Es verdad--respondió Raskolnikoff algo inquieto--, me acuerdo de
todo, hasta de los más insignificantes pormenores; pero mira qué cosa
más extraña: no logro explicarme por qué he dicho eso, por qué lo he
hecho, por qué he ido a ese sitio.
--Es un fenómeno muy conocido--observó Zosimoff--; se realizan los
actos a veces con una exactitud y con una habilidad extraordinarias;
pero el principio de que emana ese acto se altera en el alienado y
depende de diversas impresiones morbosas.
La palabra «alienado» heló la sangre a todos; Zosimoff la dejó
escapar inadvertidamente, porque estaba absorto en su tema favorito.
Raskolnikoff, que seguía meditabundo, pareció no prestar atención
alguna a las palabras del doctor. En sus pálidos labios vagaba una
extraña sonrisa.
--Pero, vamos a ver, ¿ese hombre atropellado...? Te he interrumpido
hace un momento--se apresuró a decir a Razumikin.
--¡Ah, sí!--dijo Raskolnikoff como despertando de un sueño--. Me manché
de sangre ayudando a transportarle a su casa... A propósito, mamá; hice
ayer una cosa imperdonable. Verdaderamente estaba trastornado. Todo
el dinero que me habías enviado lo di a la viuda para el entierro. La
pobre mujer es bien digna de lástima... Está tísica, le quedan tres
hijos y no tiene con qué alimentarlos... Tiene también una hija...
Quizá tú hubieses hecho lo mismo que yo si hubieras visto tanta
miseria. Sin embargo, lo reconozco; yo no tenía el derecho de hacer
eso, sobre todo sabiendo con cuánto trabajo me habéis procurado ese
dinero.
--No te preocupes por eso, Rodia; estoy convencida de que todo lo que
tú haces está bien hecho--respondió la madre.
--No, no estás muy convencida--replicó él procurando sonreírse.
La conversación quedó suspendida durante unos minutos. Palabras,
silencio, reconciliación, perdón, en todo había algo de forzado y cada
cual de los presentes lo comprendía.
--¿No sabes que Marfa Petrovna ha muerto?--dijo de repente Pulkeria
Alexandrovna.
--¿Qué Marfa Petrovna?
--Marfa Petrovna Svidrigailoff. Te hablé extensamente de ella en mi
última carta.
--¡Ah! Sí, ya me acuerdo... ¿De modo que ha muerto?--dijo el joven con
el estremecimiento propio del hombre que despierta--. ¿Es posible que
haya muerto? ¿Y de qué?
--De repente--se apresuró a decir Pulkeria Alexandrovna, alentada a
seguir por la curiosidad que demostraba su hijo--. Murió precisamente
el mismo día que yo te escribí. Según parece, aquel pícaro de hombre ha
sido la causa de su muerte. Se dice que le pegó demasiado.
--¿Ocurrían con frecuencia esas escenas en su casa?--preguntó
Raskolnikoff dirigiéndose a su hermana.
--No, todo lo contrario; siempre se mostraba muy paciente y hasta
cortés en ella. En muchos casos, daba pruebas de demasiada indulgencia,
y esto durante siete años. Por lo visto le ha faltado, de repente, la
paciencia.
--De modo que no era un hombre tan terrible, puesto que la ha soportado
durante siete años. Parece que le disculpas, Dunetshka.
La joven frunció el entrecejo.
--Sí, sí, es un hombre terrible. Yo no puedo representármelo más
detestable--respondió casi temblando, y se quedó pensativa.
--Había ocurrido esta escena por la mañana--continuó Pulkeria
Alexandrovna--. Inmediatamente después Marfa dió orden de enganchar,
porque quería ir a la ciudad después de comer, según tenía por
costumbre en ocasiones semejantes. Según se dice, comió con mucho
apetito.
--¿A pesar de los golpes?
--Estaba ya acostumbrada a ellos. Al levantarse de la mesa fué a tomar
el baño para marchar cuanto antes. Se trataba por la hidroterapia; hay
una fuente en su casa y se bañaba todos los días. Apenas se metió en el
agua, le dió un ataque de apoplejía.
--No es extraño--observó Zosimoff.
--¡Como su marido le había pegado tanto!
--¿Qué importa eso?--dijo Advocia Romanovna.
--¡Hum! Yo no sé, mamá, por qué me cuentas semejantes tonterías--dijo
Raskolnikoff con súbita irritación.
--¡Pero si no sabía de qué hablar!--confesó cándidamente Alexandrovna.
--Parece que me tenéis miedo--observó el joven con amarga sonrisa.
--Es la verdad--respondió Dunia fijando en su hermano una mirada
severa--. Cuando subíamos a esta casa, mamá ha hecho la señal de la
cruz; tan asustada estaba.
Las facciones del joven se alteraron de tal modo, que parecía que iba a
darle una convulsión.
--¡Ah! ¿Qué dices, hija? No te incomodes, Rodia, por Dios. ¿Cómo dices
eso, Dunia?--añadió excusándose y cortada Pulkeria Alexandrovna--. En
el tren no he cesado de pensar en la felicidad de verte y de hablar
contigo. Tanta ilusión tenía, que se me ha hecho muy corto el camino, y
ahora soy feliz de encontrarme aquí, querido Rodia.
--¡Basta, mamá!--murmuró él muy agitado, y sin mirar a su madre le
estrechó la mano--; tiempo tenemos de hablar.
Apenas acabó de decir estas palabras se turbó y se puso pálido; de
nuevo sentía un frío mortal en el fondo de su alma, de nuevo se
confesaba que acababa de decir una horrible mentira, porque en adelante
no le era permitido hablar sinceramente ni con su madre. Ni con nadie.
La impresión que le produjo este cruel pensamiento fué tan viva que,
olvidando la presencia de sus huéspedes, el joven se adelantó y se
dirigió a la puerta.
--¿A dónde vas?--gritó Razumikin asiéndole por un brazo.
Raskolnikoff volvió a sentarse y dirigió en silencio una mirada en
torno suyo. Todos le contemplaban con estupor.
--¡Qué fastidiosos son ustedes!--gritó de repente--. Digan algo. ¿Por
qué están ahí como mudos? Hablen. Las personas no se reunen para estar
calladas.
--¡Bendito sea Dios! Yo pensaba que iba a darle otro acceso como
ayer--dijo Pulkeria Alexandrovna haciendo la señal de la cruz.
--¿Qué tienes? ¿Qué te pasa?--preguntó Advocia Romanovna con inquietud.
--Nada; una tontería que me ha venido al pensamiento--y Raskolnikoff se
echó a reír.
--Vamos. Si es una tontería, menos mal; pero yo temía...--murmuró
Zosimoff levantándose--. Tengo que dejar a ustedes; procuraré dar más
tarde una vuelta por aquí.
Saludó y salió.
--¡Qué buen hombre!--exclamó Pulkeria Alexandrovna.
--Sí. Es un buen hombre, un hombre de mérito, instruído,
inteligente...--dijo Raskolnikoff pronunciando estas palabras con
desacostumbrada animación--. No me acuerdo adónde le he visto antes de
mi enfermedad. Tengo idea de que le conocía... ¡Ese sí que es un hombre
excelente!--añadió señalando con un movimiento de cabeza a Razumikin,
el cual acababa de levantarse.
--Es preciso que me vaya...--dijo--. Tengo que hacer.
--Nada tienes que hacer ahora; ¿quieres dejarnos porque se ha marchado
Zosimoff? No, no te vas; pero, ¿qué hora es? ¿las doce? ¡Qué reloj tan
bonito tienes, Dunia! ¿Por qué callan ustedes? No habla nadie más que
yo...
--Es un regalo de Marfa Petrovna.
--Y ha costado muy caro--añadió Pulkeria.
--Creía que era un obsequio de Ludjin.
--Aun no ha dado nada a Dunetshka.
--¡Ah, mamá! ¿No te acuerdas que estuve enamorado y que quise
casarme?--dijo bruscamente, mirando a su madre, que se quedó asombrada
del giro imprevisto que tomaba la conversación y del tono con que su
hijo le hablaba.
--¡Ah! sí--respondió Pulkeria Alexandrovna, cambiando una mirada con
Dunia y Razumikin.
--¿Qué te he de decir de esto?; apenas me acuerdo ya. Era una joven
enfermiza y raquítica--continuó como absorto y sin levantar los ojos
del suelo--. Le gustaba dar limosna a los pobres y pensaba entrar en
un monasterio. Cierto día se echó a llorar cuando me hablaba de estas
cosas... Sí, sí, bien me acuerdo. Era más bien fea que guapa. La verdad
es que no sé por qué me gustó; quizá porque estaba siempre enferma. Si
además hubiese sido jorobada o coja, me parece que la hubiera querido
más--añadió sonriéndose--. Aquello no tenía importancia... Fué una
locura de primavera.
--No, no era solamente una locura de primavera--afirmó Dunia con
convencimiento.
Raskolnikoff miró atentamente a su hermana; pero o no oyó o no
comprendió las palabras de la joven. Después, con aire melancólico, se
levantó, fué a besar a su madre y volvió a sentarse en su sitio.
--¿La amas aún?--dijo con voz temblorosa Pulkeria Alexandrovna.
--¿Todavía? ¿Habláis de ella? No. Todo eso es para mí como una visión
lejana... muy lejana... y desde hace mucho tiempo. Y lo cierto es que
me causa la misma impresión cuanto me rodea.
Raskolnikoff miró atentamente a las dos mujeres.
--Están ustedes aquí y me parece que me encuentro a mil verstas
de este sitio. Pero, ¿por qué hablamos de estas cosas? ¿Por qué
preguntarme?--añadió con cólera; después, silenciosamente, se puso a
morderse las uñas y se quedó como ensimismado.
--¡Qué mal alojamiento tienes, Rodia!; parece un sepulcro--dijo
bruscamente Pulkeria Alexandrovna para interrumpir aquel penoso
silencio--: segura estoy de que esta habitación es la causa de tu
hipocondría.
--¿Esta habitación?--repitió él con aire distraído--. Sí, ha
contribuído mucho... lo mismo he pensado yo; ¡si supieses, mamá, qué
ideas tan extrañas acabas de expresar!--añadió de repente con sonrisa
enigmática.
Apenas podía soportar Raskolnikoff la presencia de aquella madre y de
aquella hermana, de las cuales había estado separado durante tres años
y con quienes comprendía que le era imposible toda conversación. Había,
sin embargo, una cosa que no admitía dilación; así es que levantándose
pensó que aquello debía ser resuelto de una manera o de otra. En tal
momento se sintió feliz de encontrar un medio para salir del paso.
--Ante todo he de pedirte, Dunia--comenzó a decir con tono seco--, que
me dispenses por el incidente de ayer; pero creo que es una obligación
en mí recordarte que sostengo los términos de mi dilema: o Ludjin o yo.
Yo puedo ser un infame; pero tú no debes serlo. Basta con uno. Si te
casas con Ludjin ceso de considerarte como a una hermana.
--Hijo mío, hablas como ayer--exclamó asustada Pulkeria Alexandrovna--;
¿por qué te tratas siempre de infame? Yo no puedo soportar que hables
así. Ayer empleabas el mismo lenguaje.
--Hermano mío--respondió Dunia con un tono que no cedía en sequedad
ni en violencia al de Raskolnikoff--, la falta de acuerdo en que nos
encontramos, proviene de un error tuyo. He reflexionado esta noche
y he descubierto en qué consiste. Tú supones que me sacrifico por
alguien y eso es lo que te engaña. Yo me caso por mí misma, porque mi
situación personal es difícil. Sin duda podré entonces ser más útil a
mis prójimos; pero no es ése el motivo principal de mi resolución.
--Miente--pensaba Raskolnikoff, que de cólera se mordía las uñas--.
¡Orgullosa! No confiesa que quiere ser mi bienhechora. ¡Oh! ¡los
caracteres bajos! ¡Su amor se parece al odio! ¡Oh, cuánto detesto a
todos!
--En una palabra--continuó Dunia--, me caso con Pedro Petrovitch,
porque de dos males elija el menor. Tengo intención de cumplir
lealmente cuanto él espera de mí. Por consiguiente no le engaño. ¿De
qué te ríes?
Enrojeció repentinamente la joven y brilló en sus ojos un relámpago de
cólera.
--¿Que lo cumplirás todo?--preguntó Raskolnikoff sonriendo con amargura.
--Hasta cierto límite; por la manera como Pedro Petrovitch ha pedido mi
mano, he comprendido en seguida a lo que debo atenerme. Acaso tenga una
opinión muy alta de sí mismo; mas espero que sabrá también apreciarme.
¿Por qué sigues riéndote?
--Y tú, ¿por qué te pones otra vez colorada? Mientes, hermana, tú no
puedes estimar a Ludjin: le he visto y he hablado con él. Te casas por
interés; haces en todo caso una bajeza; por lo menos veo con gusto que
sabes ruborizarte.
--No es verdad, yo no miento--gritó la joven perdiendo su sangre
fría--. No me casaré con él sin estar plenamente convencida de que le
estimo. Felizmente tengo el medio de convencerme de ello en seguida,
y lo que es más, hoy mismo. Este matrimonio no es una bajeza, como tú
dices; pero aunque tuvieses razón, aun cuando yo estuviese convencida
de cometer una bajeza, ¿no sería por tu parte una crueldad hablarme
de ese modo? ¿Por qué exigir un heroísmo que tú no tienes? Eso es una
tiranía, una violencia. Caso de causar algún mal, sólo me lo causaré a
mí misma. Yo no he matado todavía a nadie. ¿Por qué me miras así? ¿Por
qué te pones pálido? ¿Qué tienes, hermano mío?
--¡Dios mío, se ha desmayado! ¡Y tú has sido la causa!--exclamó
Pulkeria Alexandrovna.
--No, no es nada, una tontería... Un ligero mareo... No he llegado a
desmayarme del todo... los desmayos son buenos para vosotras... ¡hum!
sí... ¿Qué es lo que yo quería decir? ¡Ah! ¿Cómo te convencerás hoy
mismo de que puedes estimar a Ludjin y de que él te aprecia? ¿No es eso
lo que decías hace un momento, o te he entendido yo mal?
--Mamá, enseña a mi hermano la carta de Pedro Petrovitch--dijo Dunia.
Pulkeria Alexandrovna presentó la carta con mano temblorosa.
Raskolnikoff la leyó atentamente por dos veces. Todos esperaban algún
acceso de furor. La madre, sobre todo, estaba muy inquieta. Después de
haberse quedado pensativo un instante, el joven le devolvió la carta.
--No comprendo nada--comenzó a decir sin dirigirse a nadie--: pronuncia
discursos, es abogado, muy redicho en su conversación y escribe como un
hombre sin cultura.
Estas palabras causaron una estupefacción general. Nadie las esperaba.
--Por lo menos no escribe muy literariamente; aunque su estilo no
sea del todo de un iletrado, maneja la pluma como un hombre de
negocios--añadió Raskolnikoff.
--Pedro Petrovitch no oculta que ha recibido poca instrucción y se
enorgullece de ser hijo de sus obras--dijo Advocia Romanovna un poco
contrariada del tono con que le hablaba su hermano.
--Sí; tiene motivo para enorgullecerse, no digo lo contrario. Parece
que te ha incomodado porque sólo se me ha ocurrido una observación
frívola a propósito de esta carta, y crees que insisto sobre semejantes
tonterías para molestarte. Nada de eso; en lo que concierne al estilo,
he hecho una observación que en el caso presente está muy lejos de
carecer de importancia. Esta frase: «usted no tendrá que quejarse más
que de sí misma», no deja nada que desear en punto a claridad. Además,
manifiesta la intención de retirarse sobre la marcha si yo voy a
vuestra casa. Esta amenaza de irse viene a decir que si no obedecéis,
os plantará a las dos después de haberos hecho venir a San Petersburgo.
¿En qué piensas? Viniendo de Ludjin, ¿estas palabras pueden ofender
tanto como podrían ofender si hubiesen sido escritas por éste (señaló a
Razumikin), por Zosimoff o por uno de nosotros?
--No--respondió Dunia--; bien me hago cargo de que ha expresado
demasiado ingenuamente su pensamiento y de que quizá no es muy hábil
para servirse de la pluma... Tu observación es muy juiciosa, hermano
mío. Yo no esperaba...
--Supuesto que escribe como un hombre de negocios, no podía expresarse
de otro modo, y no hay que echarle en cara que se haya mostrado
grosero. Por lo demás, debo quitarte una ilusión: en esta carta hay
una frase que contiene una calumnia contra mí, y una calumnia por
cierto bastante vil. Yo di ayer, en efecto, dinero a una viuda tísica
y agobiada por la desgracia, no a pretexto, como ese señor escribe,
de pagar los funerales, sino para pagarlos, y ese dinero se lo di a
la viuda misma y no a la hija del difunto, a esa joven de conducta
«notoriamente equívoca» a quien vi ayer por primera vez en mi vida.
En todo esto descubro el deseo de pintarme con los más negros colores
e indisponer a vosotras conmigo. Ha escrito en estilo jurídico, es
decir, que revela muy claramente su objeto y lo persigue sin pretender
disimularlo. Es inteligente, mas, para conducirse con discreción, no
basta siempre la inteligencia. Todo lo que te he hecho notar pinta al
hombre... y no creo que te aprecie mucho. Lo digo por tu bien, que de
todas veras deseo.
Dunia no respondió; había tomado su partido y esperaba que llegase la
noche.
--Está bien, Rodia; ¿pero tú, qué decides?--preguntóle su madre, cuya
inquietud iba en aumento oyendo discutir reposadamente a su hijo como
un hombre de negocios.
--¿Qué quiero decir?
--Ya ves lo que escribe Pedro Petrovitch; desea que tú no vengas a
nuestro alojamiento esta noche, y declara que se irá si te encuentra
allí; por eso te pregunto qué piensas hacer.
--Yo no soy quien tiene que decirlo. A ti y a Dunia toca ver si esa
exigencia de Pedro Petrovitch tiene o no algo de mortificante para
vosotras--contestó fríamente Raskolnikoff.
--Dunetshka ha resuelto la cuestión, y yo estoy de perfecto acuerdo con
ella--se apresuró a contestar Pulkeria Alexandrovna.
--Creo que es indispensable que asistas a esa entrevista; te
suplico, pues, que no faltes. ¿Vendrás? Suplico a usted también que
venga--continuó la joven dirigiéndose a Razumikin--. Mamá, me permito
hacer esta invitación a Demetrio Prokofitch.
--Y lo apruebo, hija mía. Hágase lo que vosotros dispongáis--añadió su
madre--. Para mí es un alivio, no me gusta fingir ni mentir; lo mejor
es una explicación franca. Si Pedro Petrovitch se enfada, peor para él.
IV
En aquel momento se abrió la puerta sin ruido y entró en la sala una
joven mirando tímidamente en su derredor. Su aparición causó general
sorpresa y todos los ojos se fijaron en ella con curiosidad. Al pronto
no la conoció Raskolnikoff. Era Sofía Semenovna Marmeladoff. El joven
la había visto por primera vez el día antes, en unas circunstancias y
en un traje que le dejaron en la memoria una imagen distinta. Ahora era
una joven de aspecto modesto, o más bien, pobre, de maneras corteses
y reservadas y de expresión tímida. Vestía un traje muy sencillo y
llevaba un sombrero pasado de moda. No conservaba ninguno de los
adornos de la víspera; pero no había prescindido de la sombrilla. Su
confusión al ver tanta gente que no esperaba encontrar fué tan grande,
que dió un paso hacia atrás para retirarse.
--¡Ah! ¿es usted?--dijo Raskolnikoff en el colmo del asombro, y él
también se quedó turbado.
Recordó entonces que la carta de Ludjin, leída un momento antes,
contenía alusiones a cierta joven de conducta «notoriamente equívoca»,
acababa de protestar contra tal calumnia y de declarar que había visto
a aquélla por primera vez el día anterior, y he aquí que se presentaba
en su casa. En un abrir y cerrar de ojos todos estos pensamientos
atravesaron mezclados por su imaginación; mas al observar más
atentamente a la recién llegada, la vió tan abatida por la vergüenza,
que sintió hacia ella súbita piedad. En el momento en que, asustada,
iba a retirarse, se verificó en él un repentino cambio.
--No esperaba a usted--se apresuró a decir invitándola con la mirada
a que se quedase--. Haga usted el favor de tomar asiento. ¿Viene, sin
duda, de parte de Catalina Ivanovna? Permítame usted, ahí no, siéntese
aquí.
Al entrar Sonia, Razumikin, que estaba sentado cerca de la puerta en
una de las tres sillas que había en la habitación, se medio levantó
para dejar paso a la joven. El primer impulso de Raskolnikoff fué
indicar a Sonia el extremo del diván que Zosimoff había ocupado un
momento antes; pero, pensando en que aquel mueble le servía de cama,
mostró a la joven la silla de Razumikin.
--Tú siéntate aquí--dijo a su amigo haciéndole sitio a su lado en el
sofá.
Sonia se sentó casi temblando y miró con timidez a las dos señoras.
Era evidente que ella misma no se daba cuenta de cómo tenía la audacia
de sentarse al lado de aquellas personas. Este pensamiento le causó
tal impresión, que se levantó bruscamente y se dirigió, confusa, hacia
Raskolnikoff.
--Es cuestión de un minuto. Perdóneme usted la molestia--dijo con voz
trémula--. Me envía Catalina Ivanovna. No tenía otra persona a quien
mandar... Catalina Ivanovna suplica a usted encarecidamente que asista
mañana a los funerales... en San Motrifinio, y que venga después a
nuestra casa... es decir, a casa de ella a tomar un bocado. Catalina
Ivanovna espera que le concederá este honor.
--Ciertamente... haré lo posible por complacerla--balbució
Raskolnikoff, que se había incorporado a medias--. Tenga usted la
bondad de volver a sentarse; hágame el favor de concederme dos minutos.
Al mismo tiempo la invitaba con un gesto a tomar asiento. Sonia
obedeció, y después de dirigir una mirada tímida a las dos señoras,
bajó rápidamente los ojos. Las facciones de Raskolnikoff se
contrajeron, coloreáronse sus mejillas y sus ojos lanzaron llamas.
--Mamá--dijo con voz vibrante--, es Sofía Semenovna Marmeladoff, la
hija del desgraciado funcionario que murió ayer atropellado por un
coche y del cual ya te he hablado.
Pulkeria Alexandrovna miró a Sonia y guiñó ligeramente los ojos, pues a
pesar del temor que experimentaba delante de su hijo, no pudo negarse
esta satisfacción. Dunia se volvió hacia la pobre joven y se puso a
examinarla con gravedad. Al oírse nombrar por Raskolnikoff, Sonia, cada
vez más cortada, levantó de nuevo los ojos.
--Quería preguntar a usted--prosiguió Rodia--qué ha pasado hoy en su
casa, si las han molestado, si les ha causado alguna incomodidad la
policía...
--No; no ha ocurrido nada de particular... La causa de la muerte era
tan evidente... que nos han dejado tranquilas. Sólo los inquilinos se
han incomodado.
--¿Por qué?
--Dicen que el cuerpo está demasiado tiempo en la casa... Como ahora
hace calor, el olor... de modo que hoy se le conducirá a la capilla
del cementerio, donde permanecerá hasta mañana. Al pronto se negaba
Catalina Ivanovna, mas acabó por comprender que era preciso someterse.
--¿De modo que la conducción del cadáver es hoy?
--Catalina Ivanovna espera que nos hará usted el obsequio de asistir a
las exequias, y que irá usted después a la comida fúnebre.
--¿Da una comida?
--Una modesta colación: me ha encargado dar a usted mil gracias por el
socorro que nos entregó ayer... Sin usted, no hubiéramos podido hacer
los gastos del funeral.
Un temblor repentino agitó los labios y la barba de la joven; pero
logró dominar su emoción y bajó de nuevo los ojos.
Durante este breve diálogo Raskolnikoff la estuvo contemplando
atentamente. Sonia tenía el rostro delgado y pálido; la nariz y la
barbilla eran algo angulosas y puntiagudas y el conjunto bastante
irregular; no se podía decir que era una beldad; pero, en cambio, sus
ojos eran tan límpidos, y cuando se animaban comunicaban a su fisonomía
tal expresión de bondad, que atraía irresistiblemente. Además se
advertía otra particularidad característica en su rostro como en su
persona: representaba mucha menos edad de la que tenía, y a pesar de
contar ya diez y ocho años, se la hubiera tomado por una chiquilla.
Esta circunstancia hacía reír al ver algunos de sus movimientos.
--¿Pero es posible que Catalina Ivanovna pueda atender a esos
gastos con tan escasos recursos? ¿Y todavía se propone dar una
colación?--preguntó Raskolnikoff.
--El féretro será muy sencillo... Todo se hará con mucha modestia, de
suerte que costará muy poco... Catalina y yo hemos calculado el gasto;
después de pagado todo, quedará algo para dar la colación... Catalina
Ivanovna tiene mucho interés en darla. No es posible decir nada en
contrario... Además, esto le sirve de consuelo, y ya sabe usted cómo
está y cómo es ella.
--Comprendo, comprendo... ¿Le ha llamado a usted la atención mi
cuarto?... Mi madre dice también que parece un sepulcro.
--Ayer se desprendió usted de todo por nosotras--respondió Sonia con
voz sorda y rápida, bajando nuevamente los ojos.
Sus labios y su barba volvieron a temblar. Desde su entrada le había
impresionado la pobreza que reinaba en la habitación de Raskolnikoff y
las palabras que acababa de pronunciar habíansele escapado a su pesar.
Siguióse un cortés silencio. Las pupilas de Dunia brillaron y la misma
Pulkeria Alexandrovna miró a Sonia con expresión afable.
--Rodia--dijo levantándose--, supongo que comeremos juntos. Vámonos,
Dunetshka... Tú deberías salir, Rodia, dar un paseíto, y, después de
descansar un poco, venir a casa lo más pronto posible... Temo haberte
fatigado.
--Sí, sí, iré--se apresuró a responder, levantándose también...--Tengo
algo que hacer antes.
--¡Cuidado con irte a comer a otra parte!--exclamó Razumikin, mirando
con asombro a Raskolnikoff--. Eso no puedes hacerlo de ninguna manera.
--No, no iré con ustedes, les aseguro que iré... Pero tú quédate un
minuto. De momento no tenéis necesidad de él, ¿verdad?
--No, puede quedarse por ahora. Le espero, sin embargo, Demetrio
Prokofitch, a comer con nosotras--dijo Pulkeria Alexandrovna.
--Yo también se lo ruego, venga usted--añadió Dunia.
Razumikin se inclinó radiante de alegría. Durante unos momentos todos
experimentaron un malestar extraño.
--Adiós, es decir, hasta muy pronto; no me gusta decir adiós... Adiós,
Anastasia... vamos, ya se me escapó otra vez.
Pulkeria Alexandrovna tenía intención de saludar a Sonia; pero, a
pesar de toda su buena voluntad, no pudo resolverse a ello, y salió
precipitadamente de la habitación.
No hizo lo mismo Advocia Romanovna, que parecía haber esperado este
momento con impaciencia. Cuando, después de su madre, pasó al lado de
Sonia, hizo a ésta un saludo en toda regla. La pobre muchacha se turbó,
se inclinó con tímido apresuramiento, y en su rostro se manifestó una
impresión dolorosa, como si la atención de Dunia para con ella le
hubiese afectado penosamente.
--Dunia, adiós--dijo Raskolnikoff desde el rellano--; dame la mano.
--Ya te la he dado. ¿No te acuerdas?--respondió la joven, volviéndose
hacia él con aire afable, aunque se sentía contrariada.
--Bueno, dámela otra vez--y estrechó de nuevo la mano de su hermana.
Dunia se sonrió ruborizándose, y en seguida se apresuró a apartar la
mano y siguió a su madre. También ella se sentía contenta, sin que
podamos decir por qué.
--¡Ea! Está bien--exclamó Raskolnikoff volviendo al lado de Sonia, que
se había quedado en el cuarto.
Al mismo tiempo la miraba con aire tranquilo.
La jovencita advirtió, con sorpresa, que el semblante de su
interlocutor se había esclarecido de repente. Durante algunos instantes
Raskolnikoff la miró en silencio. Venía ahora a su memoria lo que
Marmeladoff le había contado de su hija.
--Oye el asunto de que quería hablarte--prosiguió el joven tomando del
brazo a Razumikin y llevándoselo a un ángulo del aposento.
--¿De modo que puedo decir a Catalina Ivanovna que irá usted?
Al decir esto, Sonia se dispuso a salir.
--Soy con usted en seguida, Sofía Semenovna; nosotros no tenemos
secretos y usted no nos molesta. Tengo que decirle dos palabras.
E interrumpiéndose bruscamente se dirigió a Razumikin.
--¿Tú conoces a ése...? ¿Cómo se llama?... ¡Ah, sí, ahora caigo! A
Porfirio Petrovitch.
--Sí, le conozco; es pariente mío. ¿Por qué me lo preguntas?--repuso
Razumikin.
--¿No me dijiste ayer que instruía esa sumaria... del asesinato?
--Sí, ¿y qué?--insistió Razumikin sorprendido por el sesgo que tomaba
la conversación.
--Me dijiste también que interrogaba a las personas que han empeñado
alhajas en casa de la vieja; y como yo he empeñado alguna cosa, que
no merece la pena de que se hable de ella... una sortija que me dió
mi hermana cuando vine a San Petersburgo; y un reloj de plata, que
perteneció a mi padre... Esos objetos no valen cinco rublos, pero
tienen para mí el valor del recuerdo. ¿Qué debo hacer ahora? No quiero
que se pierdan. Temblando estaba hace un momento, temeroso de que mi
madre quisiera verlo cuando se hablaba del reloj de Dunia. Es la única
cosa que habíamos conservado de mi padre. Si se hubiese perdido, mi
madre tendría un verdadero disgusto, ¡las mujeres! Dime, pues, lo que
debo hacer. Ya sé que es necesario prestar una declaración ante la
policía; pero, ¿no será mejor que me dirija a Porfirio Petrovitch? ¿Qué
te parece? Me corre prisa arreglar este asunto. Ya verás cómo antes de
comer me preguntará mi madre por el reloj.
--No es a la policía a quien hay que acudir, sino a Porfirio
Petrovitch--exclamó Razumikin extremadamente agitado--. ¡Oh, qué
contento estoy! Podemos ir en seguida; vive a dos pasos de aquí; seguro
estoy de que le encontraremos.
--Sea; vamos.
--Se alegrará mucho de conocerte. Le he hablado muchas veces de ti.
Ayer, sin ir más lejos. Vamos. ¿De modo que tú conocías a la vieja?
¡Ah, todo se explica admirablemente! ¡Ah! sí... Sofía Ivanovna.
--Sofía Semenovna--rectificó Raskolnikoff, y dirigiéndose a la joven
añadió--: Mi amigo Razumikin, excelente persona.
--Si usted tiene que salir...--comenzó a decir Sonia a quien esta
presentación había dejado aún más confusa y que no se atrevía a
levantar los ojos para mirar a Razumikin.
--¡Ea, vamos!--dijo Raskolnikoff--: yo pasaré por su casa, Sofía
Semenovna. Dígame sus señas.
Pronunció estas palabras no con cortedad, sino con cierta precipitación
y evitando las miradas de la joven. Esta dió sus señas no sin
ruborizarse. Los tres salieron juntos.
--¿No cierras la puerta?--preguntó Razumikin mientras bajaban la
escalera.
--Nunca... Dos años hace que estoy pensando comprar una cerradura.
¡Felices aquellos que no tienen nada que guardar bajo llave!--añadió
alegremente dirigiéndose a Sonia.
Se detuvieron en el umbral de la puerta de la calle.
--¿Usted va por la derecha, Sofía Semenovna? ¡Ah! dígame usted: ¿Cómo
ha podido dar con mi habitación?
Veíase bien claro que lo que decía no era lo que quería decir. No se
cansaba de contemplar los dulces y claros ojos de la joven.
--¡Pero si dió usted sus señas a Polenka!
--¿Qué Polenka? ¡Ah! Sí. ¿La niña? ¿Es hermanita de usted? ¿De modo que
le di mis señas?
--¿Lo había usted olvidado?
--No... me acuerdo.
--Yo había oído hablar de usted al difunto... pero no sabía su
nombre... ni tampoco él lo sabía... Ahora he venido, y como ya conocía
su nombre he preguntado: ¿es aquí donde vive el señor Raskolnikoff?
Adiós... Ya le diré a Catalina Ivanovna... Ignoraba que ocupaba usted
un cuarto amueblado...
Muy contenta de poder irse Sonia, se alejó con paso rápido sin levantar
la vista. Le faltaba tiempo para llegar a la primera esquina de la
calle a la derecha, a fin de substraerse a las miradas de los jóvenes
y reflexionar sin testigos, sobre todos los incidentes de esta visita.
Jamás había experimentado nada semejante; todo un mundo ignorado surgía
confusamente en su alma. Recordó de pronto que Raskolnikoff le había
manifestado espontáneamente su intención de ir a verla aquel mismo día,
quizá aquella misma mañana, tal vez dentro de un momento.
--¡Ah, ojalá no venga hoy!--murmuró angustiada--. ¡Dios mío! ¡En mi
casa! ¡En aquella habitación...! y vería... ¡Dios mío, Dios mío!
Estaba demasiado preocupada para notar que desde su salida de la
casa había sido seguida por un desconocido. En el momento en que
Raskolnikoff, Razumikin y Sonia se habían detenido en la acera para
hablar breves instantes, la casualidad hizo que aquel señor pasase al
lado de ellos. Las palabras de la joven: «He preguntado si vive aquí el
señor Raskolnikoff», llegaron furtivamente a oídos del desconocido y le
hicieron estremecerse. Miró disimuladamente a los tres interlocutores
y en particular a Raskolnikoff, a quien Sonia se había dirigido, y le
examinó después la cara para poder reconocerle en caso de necesidad;
todo esto fué hecho en un abrir y cerrar de ojos y de un modo que
no pudiera infundir sospechas, después de lo cual el señor se alejó
acortando el paso como si hubiera seguido a alguien. Era a Sonia a
quien esperaba; bien pronto la vió despedirse de los dos jóvenes y
encaminarse a su casa.
«¿Dónde vive? Yo he visto esta cara en alguna parte. Es menester que lo
averigüe.»
Cuando hubo llegado a la esquina de la calle, pasó a la otra acera, se
volvió y advirtió que la joven marchaba en la misma dirección que él.
Sonia no se daba cuenta de que la seguían y la observaban. Cuando llegó
a la esquina, la joven la dobló y el desconocido continuó siguiéndola,
andando por la acera opuesta y sin perderla de vista. Al cabo de
cincuenta pasos atravesó la calle, alcanzó a Sonia y marchó detrás de
ella a una distancia de cinco pasos.
Era un hombre de unos cincuenta años; pero muy bien conservado y que
representaba mucha menos edad; era alto, fuerte y algo cargado de
espaldas. Vestido de una manera tan cómoda como elegante y con guantes
nuevos, llevaba en la mano un buen bastón que hacía sonar a cada paso
sobre la acera. Todo en su persona delataba un hombre distinguido. Su
ancho rostro era bastante agradable; al mismo tiempo el brillo de su
tez y sus rojos labios no permitían tomarle por un petersburgués. Sus
cabellos muy espesos, eran excesivamente rubios y apenas empezaban a
encanecer; la barba larga, ancha y bien cuidada, tenía todavía un color
más claro que sus cabellos. La mirada de sus ojos azules era fría,
seria y fija.
El desconocido tuvo bastante tiempo para observar que la joven iba
distraída y absorta. Al llegar delante de su casa franqueó el umbral.
El señor que la seguía continuó detrás de ella un poco asombrado.
Después de entrar en el zaguán, Sonia tomó por la escalera de la
derecha que conducía a su habitación. «¡Bah!»--dijo para sí el señor, y
subió también. Entonces fué cuando la joven advirtió la presencia del
desconocido. Llegó al tercer piso, se entró por un corredor y llamó
en el número nueve, debajo del cual se leía en la puerta estas dos
palabras escritas con tiza: -Kapernumoff, Sastre-. «¡Bah!»--repitió el
hombre sorprendido por aquella coincidencia, y llamó al lado, en el
número ocho. Las dos puertas estaban a seis pasos la una de la otra.
--¿Usted vive en casa de Kapernumoff?--dijo, riéndose, a Sonia--.
Me arregló ayer un chaleco. Yo vivo aquí, cerca de usted, en el
departamento de la señora Gertrudis Karlovna Reslich, ¡qué casualidad!
Sonia le miró con atención.
--Somos vecinos--continuó diciendo con tono alegre--. Llegué ayer a San
Petersburgo. Vamos, hasta que tenga el gusto de volver a verla.
Sonia no respondió.
Se abrió la puerta y la joven entró en su cuarto intimidada y
vergonzosa.
* * * * *
Razumikin iba muy animado camino de la casa de Porfirio en compañía de
su amigo.
--Perfectamente, querido--repetía muchas veces--. Estoy encantado, lo
que se dice encantado. No sabía que tuvieses ninguna cosa empeñada en
casa de la vieja y... y... ¿hace mucho tiempo que has estado en su casa?
--¿Que cuándo estuve?--murmuró Raskolnikoff, como procurando
recordar--. Me parece que fué la antevíspera de su muerte. Por lo
demás, no se trata de desempeñar ahora esos objetos--se apresuró a
decir como si esta cuestión le hubiese vivamente preocupado--. No
tengo más que un rublo, gracias a las locuras que hice ayer bajo la
influencia de ese maldito delirio.
Y recalcó de una manera particular la palabra «delirio».
--Vamos, sí, sí--contestó Razumikin respondiendo a un pensamiento que
se le había ocurrido en aquel instante--. ¿De modo que por eso tú...?
La cosa me había chocado. Ahora me explico por qué no cesabas de hablar
de sortijas, de cadenas de oro y de reloj mientras delirabas. Es claro,
ahora todo me lo explico.
«¡Oh!--pensó Raskolnikoff--esa idea se la había metido en la cabeza;
tengo la prueba: este hombre, que se haría crucificar por mí, se
considera ahora feliz al explicarse por qué yo hablaba de sortijas
durante mi delirio. Mi lenguaje ha debido confirmar a todos en sus
sospechas.»
--¿Y qué, le encontraremos?--preguntó en alta voz.
--Ya lo creo que le encontraremos--respondió sin vacilar Razumikin--.
Es un buen muchacho, amigo mío. Un poco desmadejado, es cierto, pero no
dudo de que carezca de buenos modales, no; es por otro concepto por lo
que lo encuentro desmadejado. Lejos de ser tonto, es muy inteligente;
pero tiene un carácter particular... Es incrédulo... escéptico, cínico;
le gusta burlarse de sus amigos. A pesar de esto, es fiel al -viejo
juego-, es decir, no admite más que pruebas materiales... pero sabe su
oficio. El año último desembrolló todo un proceso de asesinato en el
cual faltaban todos los indicios. ¡Tiene tantos deseos de conocerte!
--¿Y por qué?
--¡Oh! no es porque... verás. En estos últimos días, cuando tú estabas
malo, hemos tenido ocasión de hablar a menudo de ti... Asistía a
nuestras conversaciones, y cuando supo que tú eras estudiante de
Derecho y que te habías visto obligado a dejar la Universidad, dijo:
«¡Qué lástima!» Yo he deducido de aquí... es decir, yo no me fundo
solamente en esto, sino en otras cosas. Ayer, Zametoff... Oyeme,
Raskolnikoff; cuando ayer te acompañaba estaba borracho y hablaba sin
ton ni son; temo que hayas tomado mis palabras demasiado en serio...
--¿Qué es lo que me dijiste? ¿Que me tienen por loco? Acaso tengas
razón--respondió Raskolnikoff con sonrisa forzada.
Se callaron. Razumikin estaba radiante de júbilo y Raskolnikoff lo
advertía con cólera. Lo que su amigo acababa de decirle acerca del juez
de instrucción no dejaba de inquietarle.
«Lo esencial es saber--pensó Raskolnikoff--si Porfirio tiene
conocimiento de mi visita ayer a casa de la bruja y de la pregunta que
hice acerca de la sangre. Es preciso, ante todo, que yo compruebe esto.
Es preciso, desde el primer momento, desde mi entrada en su despacho,
que lo lea sobre su rostro; de otro modo, aunque me pierda, seré
sincero.»
--¿Sabes una cosa?--dijo bruscamente dirigiéndose a Razumikin con
maliciosa sonrisa--. Me parece que desde esta mañana estás muy agitado.
¿No es verdad?
--No, de ninguna manera--respondió Razumikin contrariado.
--No me engaño, amigo mío. Hace poco estabas sentado en el borde de una
silla, lo que nunca te ocurre. Parecía que te hallabas sobre pinchos;
te sobresaltabas a cada instante. Tu humor variaba sin cesar. Tan
pronto te ponías colérico, tan pronto dulce como la miel. Hasta te
ruborizabas. Sobre todo, cuando te invitaron a comer, te pusiste del
color de la grana.
--¡Qué absurdo! ¿Por qué dices eso?
--¿Sabes que tienes timideces de colegial? ¡Demonio! ¿Te pones otra vez
colorado?
--¡Eres insoportable!
--Pero, ¿por qué esa confusión, Romeo? Deja hacer; yo lo contaré todo
hoy en alguna parte, ¡ja, ja, ja! ¡cómo se va a reír mi madre y otra
persona!
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