Dunia se preparaba también a salir. Sus guantes estaban, además de descoloridos, agujereados, lo cual no pasó inadvertido a Razumikin; sin embargo, aquel traje, cuya pobreza saltaba a la vista, daba a las dos señoras un sello particular de dignidad, como acontece siempre a las mujeres que saben llevar humildes vestidos. --Esperen ustedes que me adelante para ver si está despierto--dijo Razumikin cuando comenzaron a subir las escaleras del domicilio de Raskolnikoff. Las señoras le siguieron muy despacio. Cuando llegaron al cuarto piso, advirtieron que la puerta del departamento de la patrona estaba abierta, y que por la estrecha abertura las observaban dos ojos negros y penetrantes. Las miradas se encontraron y la puerta se cerró con tal estrépito, que Pulkeria Alexandrovna estuvo a punto de lanzar un grito de espanto. III --¡Va bien, va bien!--exclamó alegremente Zosimoff viendo entrar a las dos mujeres. El doctor había llegado diez minutos antes y ocupaba en el sofá el mismo sitio que la víspera. Raskolnikoff, sentado en el otro extremo, estaba completamente vestido; habíase tomado también el trabajo de lavarse y peinarse, cosas ambas que no acostumbraba desde hacía algún tiempo. Aunque con la llegada de Razumikin y de las dos señoras quedó llena la habitación, Anastasia logró colocarse detrás de ellas, y se quedó para escuchar la conversación. Efectivamente Raskolnikoff estaba bien, pero su palidez era extrema y parecía absorto en una triste idea. Cuando Pulkeria Alexandrovna entró con su hija, Zosimoff advirtió con sorpresa el sentimiento que se reveló en la fisonomía del enfermo. En vez de alegría era una especie de estoicismo resignado; parecía que el joven hacía un llamamiento a todas sus fuerzas para soportar durante una hora o dos un tormento inevitable. Cuando la conversación se hubo entablado, observó también el médico que cada palabra abría como una herida en el alma de su cliente; pero al mismo tiempo se asombraba de ver a este último relativamente dueño de sí mismo. El monomaníaco frenético de la víspera sabía ahora dominarse hasta cierto punto y disimular sus impresiones. --Sí, veo ahora que estoy casi curado--dijo Raskolnikoff, besando a su madre y a su hermana con una cordialidad que hizo brillar de alegría el rostro de Pulkeria Alexandrovna--. Y no lo digo como ayer--añadió dirigiéndose a Razumikin y estrechándole la mano. --También yo estoy asombrado de su notable mejoría--dijo Zosimoff--. De aquí a tres o cuatro días, si esto continúa, se encontrará como antes, es decir, como estaba hace uno o dos meses, o quizá tres, porque esta enfermedad se hallaba latente desde hace tiempo, ¿eh? Confiese ahora que tenía usted alguna parte de culpa--terminó con sonrisa reprimida el doctor, temeroso de irritar al enfermo. --Es muy posible--replicó fríamente Raskolnikoff. --Ahora que se puede hablar con usted--prosiguió Zosimoff--, quisiera convencerle de que es necesario apartarse de las causas primeras, a las cuales hay que atribuir su estado morboso. Si usted hace eso, se curará; de lo contrario, se agravará su mal. Ignoro cuáles son estas causas primeras; pero usted, de seguro, las conoce. Es usted un hombre inteligente, y, sin duda, se observa a sí mismo. Me parece que su salud se ha alterado desde que salió de la Universidad. Usted no puede estar sin ocupación. Le conviene, a mi entender, trabajar, proponerse un proyecto, y perseguirlo tenazmente. --Sí, sí, tiene usted razón; volveré a la Universidad lo más pronto posible, y entonces todo marchará como una seda. El doctor dió sus sabios consejos con la intención, en parte, de producir efecto en las señoras. Cuando hubo acabado, miró fijamente a su cliente, y se quedó un poco desconcertado al advertir que el rostro de éste expresaba franca burla. Sin embargo, Zosimoff se consoló bien pronto de su decepción, Pulkeria Alexandrovna se apresuró a darle las gracias manifestándole, en particular, su reconocimiento por la visita que les hizo la noche anterior. --¡Cómo! ¿Fué a ver a ustedes anoche?--preguntó Raskolnikoff con voz inquieta--. ¿De modo que no habéis descansado después de un viaje tan penoso? --¡Si no eran más que las dos, querido Rodia, y, en casa, Dunia y yo no nos acostamos nunca antes de esa hora! --No sé cómo darles las gracias--continuó Raskolnikoff, que de repente frunció las cejas y bajó la cabeza--. Prescindiendo de la cuestión de dinero (perdóneme usted si hago alusión a ella)--dijo dirigiéndose a Zosimoff--, no me explico cómo he podido merecer de usted tal interés. No lo comprendo, y aun diré que tanta benevolencia me pesa, pues es ininteligible para mí. Ya ve usted que soy franco. --No se atormente usted--replicó Zosimoff afectando reírse--; supóngase usted que es mi primer cliente. Nosotros los médicos, cuando empezamos, tomamos tanto cariño a nuestros primeros enfermos como si fuesen nuestros hijos. Algunas veces hasta parecemos enamorados de ellos, y ya sabe usted que mi clientela no es muy numerosa. --Y no digo nada de éste--siguió diciendo Raskolnikoff, señalando a Razumikin--. ¡No he hecho más que injuriarle y molestarle sin cesar! --¡Qué tonterías dices! Según se ve, estás hoy muy sentimental--exclamó Razumikin. Si hubiera sido más perspicaz, habría echado de ver, que, lejos de estar sentimental, su amigo se encontraba en situación totalmente distinta. Pero Advocia Romanovna no se engañaba, y, muy inquieta, observaba atentamente a su hermano. --De ti, mamá, apenas me atrevo a hablar--dijo Raskolnikoff, que parecía recitar una lección aprendida por la mañana--; hoy solamente he podido comprender lo que habrás sufrido ayer esperando que volviera a casa. Al decir estas palabras sonrió y tendió bruscamente la mano a su hermana. Este gesto no fué acompañado de ninguna palabra, pero la sonrisa del joven expresaba un sentimiento verdadero, ahora no fingía. Gozosa y reconocida, Dunia tomó la mano que se le tendía y la estrechó con fuerza. Era la primera satisfacción que le daba después del altercado de la víspera. Al ver esta reconciliación muda y definitiva del hermano con la hermana, Pulkeria Alexandrovna se puso radiante de alegría. Razumikin se agitó nerviosamente en su silla. --Aunque no fuera más que por esto le querría--murmuraba con su tendencia a exagerarlo todo--. Son impulsos propios de él. --¡Qué bien ha estado!--murmuró la madre para sí--. ¡Qué nobles arranques los suyos! Este simple hecho de tender así la mano a su hermana mirándola con afecto, ¿no es la manera más franca y más delicada de poner fin al rozamiento de ayer?--¡Ah, Rodia--añadió en voz alta apresurándose a responder a la observación de Raskolnikoff--, no puedes figurarte lo desgraciadas que nos consideramos anoche Donetshka y yo! Ahora que todo ha pasado y que hemos vuelto a ser felices, puedo decírtelo. Figúrate: en cuanto nos apeamos del tren corrimos aquí para abrazarte, y esta joven, ahí la tienes (buenos días, Anastasia), nos dijo de repente que habías estado en cama con fiebre, que delirando te habías escapado y que se te andaba buscando. No puedes imaginarte la impresión que nos hizo esta noticia. --Sí, sí... Todo eso es seguramente muy desagradable--murmuró Raskolnikoff; pero dió esta respuesta con aire tan distraído, por no decir indiferente, que Dunia le miró sorprendida. --¿Qué es lo que yo quería deciros?--continuó esforzándose por coordinar sus recuerdos--. ¡Ah! Sí, os suplico a ti, mamá, y a ti, Dunia, que no vayan a creer que no he querido ir a verlas hoy y que he esperado en casa a que ustedes vinieran. --¿Por qué dices eso, Rodia?--exclamó Pulkeria Alexandrovna no menos asombrada que su hija. --Cualquiera diría que nos responde por simple cortesía--pensaba Dunia--; hace las paces y pide perdón como si llenase una pura formalidad o recitase una lección. --En cuanto desperté quise ir a ver a ustedes, pero no tenía ropa que ponerme; se me olvidó decir ayer a Anastasia que lavase la sangre... Hasta hace un momento no me he podido vestir. --¿Sangre? ¿Qué sangre?--preguntó Pulkeria Alexandrovna alarmada. --No es nada... No hay que asustarse... Ayer, durante mi delirio, paseando por la calle, me tropecé con un hombre que acababa de ser atropellado. Un funcionario. Por esta razón tenía manchado de sangre el traje. --¿Mientras estabas delirando? ¡Si te acuerdas de todo!--interrumpió Razumikin. --Es verdad--respondió Raskolnikoff algo inquieto--, me acuerdo de todo, hasta de los más insignificantes pormenores; pero mira qué cosa más extraña: no logro explicarme por qué he dicho eso, por qué lo he hecho, por qué he ido a ese sitio. --Es un fenómeno muy conocido--observó Zosimoff--; se realizan los actos a veces con una exactitud y con una habilidad extraordinarias; pero el principio de que emana ese acto se altera en el alienado y depende de diversas impresiones morbosas. La palabra «alienado» heló la sangre a todos; Zosimoff la dejó escapar inadvertidamente, porque estaba absorto en su tema favorito. Raskolnikoff, que seguía meditabundo, pareció no prestar atención alguna a las palabras del doctor. En sus pálidos labios vagaba una extraña sonrisa. --Pero, vamos a ver, ¿ese hombre atropellado...? Te he interrumpido hace un momento--se apresuró a decir a Razumikin. --¡Ah, sí!--dijo Raskolnikoff como despertando de un sueño--. Me manché de sangre ayudando a transportarle a su casa... A propósito, mamá; hice ayer una cosa imperdonable. Verdaderamente estaba trastornado. Todo el dinero que me habías enviado lo di a la viuda para el entierro. La pobre mujer es bien digna de lástima... Está tísica, le quedan tres hijos y no tiene con qué alimentarlos... Tiene también una hija... Quizá tú hubieses hecho lo mismo que yo si hubieras visto tanta miseria. Sin embargo, lo reconozco; yo no tenía el derecho de hacer eso, sobre todo sabiendo con cuánto trabajo me habéis procurado ese dinero. --No te preocupes por eso, Rodia; estoy convencida de que todo lo que tú haces está bien hecho--respondió la madre. --No, no estás muy convencida--replicó él procurando sonreírse. La conversación quedó suspendida durante unos minutos. Palabras, silencio, reconciliación, perdón, en todo había algo de forzado y cada cual de los presentes lo comprendía. --¿No sabes que Marfa Petrovna ha muerto?--dijo de repente Pulkeria Alexandrovna. --¿Qué Marfa Petrovna? --Marfa Petrovna Svidrigailoff. Te hablé extensamente de ella en mi última carta. --¡Ah! Sí, ya me acuerdo... ¿De modo que ha muerto?--dijo el joven con el estremecimiento propio del hombre que despierta--. ¿Es posible que haya muerto? ¿Y de qué? --De repente--se apresuró a decir Pulkeria Alexandrovna, alentada a seguir por la curiosidad que demostraba su hijo--. Murió precisamente el mismo día que yo te escribí. Según parece, aquel pícaro de hombre ha sido la causa de su muerte. Se dice que le pegó demasiado. --¿Ocurrían con frecuencia esas escenas en su casa?--preguntó Raskolnikoff dirigiéndose a su hermana. --No, todo lo contrario; siempre se mostraba muy paciente y hasta cortés en ella. En muchos casos, daba pruebas de demasiada indulgencia, y esto durante siete años. Por lo visto le ha faltado, de repente, la paciencia. --De modo que no era un hombre tan terrible, puesto que la ha soportado durante siete años. Parece que le disculpas, Dunetshka. La joven frunció el entrecejo. --Sí, sí, es un hombre terrible. Yo no puedo representármelo más detestable--respondió casi temblando, y se quedó pensativa. --Había ocurrido esta escena por la mañana--continuó Pulkeria Alexandrovna--. Inmediatamente después Marfa dió orden de enganchar, porque quería ir a la ciudad después de comer, según tenía por costumbre en ocasiones semejantes. Según se dice, comió con mucho apetito. --¿A pesar de los golpes? --Estaba ya acostumbrada a ellos. Al levantarse de la mesa fué a tomar el baño para marchar cuanto antes. Se trataba por la hidroterapia; hay una fuente en su casa y se bañaba todos los días. Apenas se metió en el agua, le dió un ataque de apoplejía. --No es extraño--observó Zosimoff. --¡Como su marido le había pegado tanto! --¿Qué importa eso?--dijo Advocia Romanovna. --¡Hum! Yo no sé, mamá, por qué me cuentas semejantes tonterías--dijo Raskolnikoff con súbita irritación. --¡Pero si no sabía de qué hablar!--confesó cándidamente Alexandrovna. --Parece que me tenéis miedo--observó el joven con amarga sonrisa. --Es la verdad--respondió Dunia fijando en su hermano una mirada severa--. Cuando subíamos a esta casa, mamá ha hecho la señal de la cruz; tan asustada estaba. Las facciones del joven se alteraron de tal modo, que parecía que iba a darle una convulsión. --¡Ah! ¿Qué dices, hija? No te incomodes, Rodia, por Dios. ¿Cómo dices eso, Dunia?--añadió excusándose y cortada Pulkeria Alexandrovna--. En el tren no he cesado de pensar en la felicidad de verte y de hablar contigo. Tanta ilusión tenía, que se me ha hecho muy corto el camino, y ahora soy feliz de encontrarme aquí, querido Rodia. --¡Basta, mamá!--murmuró él muy agitado, y sin mirar a su madre le estrechó la mano--; tiempo tenemos de hablar. Apenas acabó de decir estas palabras se turbó y se puso pálido; de nuevo sentía un frío mortal en el fondo de su alma, de nuevo se confesaba que acababa de decir una horrible mentira, porque en adelante no le era permitido hablar sinceramente ni con su madre. Ni con nadie. La impresión que le produjo este cruel pensamiento fué tan viva que, olvidando la presencia de sus huéspedes, el joven se adelantó y se dirigió a la puerta. --¿A dónde vas?--gritó Razumikin asiéndole por un brazo. Raskolnikoff volvió a sentarse y dirigió en silencio una mirada en torno suyo. Todos le contemplaban con estupor. --¡Qué fastidiosos son ustedes!--gritó de repente--. Digan algo. ¿Por qué están ahí como mudos? Hablen. Las personas no se reunen para estar calladas. --¡Bendito sea Dios! Yo pensaba que iba a darle otro acceso como ayer--dijo Pulkeria Alexandrovna haciendo la señal de la cruz. --¿Qué tienes? ¿Qué te pasa?--preguntó Advocia Romanovna con inquietud. --Nada; una tontería que me ha venido al pensamiento--y Raskolnikoff se echó a reír. --Vamos. Si es una tontería, menos mal; pero yo temía...--murmuró Zosimoff levantándose--. Tengo que dejar a ustedes; procuraré dar más tarde una vuelta por aquí. Saludó y salió. --¡Qué buen hombre!--exclamó Pulkeria Alexandrovna. --Sí. Es un buen hombre, un hombre de mérito, instruído, inteligente...--dijo Raskolnikoff pronunciando estas palabras con desacostumbrada animación--. No me acuerdo adónde le he visto antes de mi enfermedad. Tengo idea de que le conocía... ¡Ese sí que es un hombre excelente!--añadió señalando con un movimiento de cabeza a Razumikin, el cual acababa de levantarse. --Es preciso que me vaya...--dijo--. Tengo que hacer. --Nada tienes que hacer ahora; ¿quieres dejarnos porque se ha marchado Zosimoff? No, no te vas; pero, ¿qué hora es? ¿las doce? ¡Qué reloj tan bonito tienes, Dunia! ¿Por qué callan ustedes? No habla nadie más que yo... --Es un regalo de Marfa Petrovna. --Y ha costado muy caro--añadió Pulkeria. --Creía que era un obsequio de Ludjin. --Aun no ha dado nada a Dunetshka. --¡Ah, mamá! ¿No te acuerdas que estuve enamorado y que quise casarme?--dijo bruscamente, mirando a su madre, que se quedó asombrada del giro imprevisto que tomaba la conversación y del tono con que su hijo le hablaba. --¡Ah! sí--respondió Pulkeria Alexandrovna, cambiando una mirada con Dunia y Razumikin. --¿Qué te he de decir de esto?; apenas me acuerdo ya. Era una joven enfermiza y raquítica--continuó como absorto y sin levantar los ojos del suelo--. Le gustaba dar limosna a los pobres y pensaba entrar en un monasterio. Cierto día se echó a llorar cuando me hablaba de estas cosas... Sí, sí, bien me acuerdo. Era más bien fea que guapa. La verdad es que no sé por qué me gustó; quizá porque estaba siempre enferma. Si además hubiese sido jorobada o coja, me parece que la hubiera querido más--añadió sonriéndose--. Aquello no tenía importancia... Fué una locura de primavera. --No, no era solamente una locura de primavera--afirmó Dunia con convencimiento. Raskolnikoff miró atentamente a su hermana; pero o no oyó o no comprendió las palabras de la joven. Después, con aire melancólico, se levantó, fué a besar a su madre y volvió a sentarse en su sitio. --¿La amas aún?--dijo con voz temblorosa Pulkeria Alexandrovna. --¿Todavía? ¿Habláis de ella? No. Todo eso es para mí como una visión lejana... muy lejana... y desde hace mucho tiempo. Y lo cierto es que me causa la misma impresión cuanto me rodea. Raskolnikoff miró atentamente a las dos mujeres. --Están ustedes aquí y me parece que me encuentro a mil verstas de este sitio. Pero, ¿por qué hablamos de estas cosas? ¿Por qué preguntarme?--añadió con cólera; después, silenciosamente, se puso a morderse las uñas y se quedó como ensimismado. --¡Qué mal alojamiento tienes, Rodia!; parece un sepulcro--dijo bruscamente Pulkeria Alexandrovna para interrumpir aquel penoso silencio--: segura estoy de que esta habitación es la causa de tu hipocondría. --¿Esta habitación?--repitió él con aire distraído--. Sí, ha contribuído mucho... lo mismo he pensado yo; ¡si supieses, mamá, qué ideas tan extrañas acabas de expresar!--añadió de repente con sonrisa enigmática. Apenas podía soportar Raskolnikoff la presencia de aquella madre y de aquella hermana, de las cuales había estado separado durante tres años y con quienes comprendía que le era imposible toda conversación. Había, sin embargo, una cosa que no admitía dilación; así es que levantándose pensó que aquello debía ser resuelto de una manera o de otra. En tal momento se sintió feliz de encontrar un medio para salir del paso. --Ante todo he de pedirte, Dunia--comenzó a decir con tono seco--, que me dispenses por el incidente de ayer; pero creo que es una obligación en mí recordarte que sostengo los términos de mi dilema: o Ludjin o yo. Yo puedo ser un infame; pero tú no debes serlo. Basta con uno. Si te casas con Ludjin ceso de considerarte como a una hermana. --Hijo mío, hablas como ayer--exclamó asustada Pulkeria Alexandrovna--; ¿por qué te tratas siempre de infame? Yo no puedo soportar que hables así. Ayer empleabas el mismo lenguaje. --Hermano mío--respondió Dunia con un tono que no cedía en sequedad ni en violencia al de Raskolnikoff--, la falta de acuerdo en que nos encontramos, proviene de un error tuyo. He reflexionado esta noche y he descubierto en qué consiste. Tú supones que me sacrifico por alguien y eso es lo que te engaña. Yo me caso por mí misma, porque mi situación personal es difícil. Sin duda podré entonces ser más útil a mis prójimos; pero no es ése el motivo principal de mi resolución. --Miente--pensaba Raskolnikoff, que de cólera se mordía las uñas--. ¡Orgullosa! No confiesa que quiere ser mi bienhechora. ¡Oh! ¡los caracteres bajos! ¡Su amor se parece al odio! ¡Oh, cuánto detesto a todos! --En una palabra--continuó Dunia--, me caso con Pedro Petrovitch, porque de dos males elija el menor. Tengo intención de cumplir lealmente cuanto él espera de mí. Por consiguiente no le engaño. ¿De qué te ríes? Enrojeció repentinamente la joven y brilló en sus ojos un relámpago de cólera. --¿Que lo cumplirás todo?--preguntó Raskolnikoff sonriendo con amargura. --Hasta cierto límite; por la manera como Pedro Petrovitch ha pedido mi mano, he comprendido en seguida a lo que debo atenerme. Acaso tenga una opinión muy alta de sí mismo; mas espero que sabrá también apreciarme. ¿Por qué sigues riéndote? --Y tú, ¿por qué te pones otra vez colorada? Mientes, hermana, tú no puedes estimar a Ludjin: le he visto y he hablado con él. Te casas por interés; haces en todo caso una bajeza; por lo menos veo con gusto que sabes ruborizarte. --No es verdad, yo no miento--gritó la joven perdiendo su sangre fría--. No me casaré con él sin estar plenamente convencida de que le estimo. Felizmente tengo el medio de convencerme de ello en seguida, y lo que es más, hoy mismo. Este matrimonio no es una bajeza, como tú dices; pero aunque tuvieses razón, aun cuando yo estuviese convencida de cometer una bajeza, ¿no sería por tu parte una crueldad hablarme de ese modo? ¿Por qué exigir un heroísmo que tú no tienes? Eso es una tiranía, una violencia. Caso de causar algún mal, sólo me lo causaré a mí misma. Yo no he matado todavía a nadie. ¿Por qué me miras así? ¿Por qué te pones pálido? ¿Qué tienes, hermano mío? --¡Dios mío, se ha desmayado! ¡Y tú has sido la causa!--exclamó Pulkeria Alexandrovna. --No, no es nada, una tontería... Un ligero mareo... No he llegado a desmayarme del todo... los desmayos son buenos para vosotras... ¡hum! sí... ¿Qué es lo que yo quería decir? ¡Ah! ¿Cómo te convencerás hoy mismo de que puedes estimar a Ludjin y de que él te aprecia? ¿No es eso lo que decías hace un momento, o te he entendido yo mal? --Mamá, enseña a mi hermano la carta de Pedro Petrovitch--dijo Dunia. Pulkeria Alexandrovna presentó la carta con mano temblorosa. Raskolnikoff la leyó atentamente por dos veces. Todos esperaban algún acceso de furor. La madre, sobre todo, estaba muy inquieta. Después de haberse quedado pensativo un instante, el joven le devolvió la carta. --No comprendo nada--comenzó a decir sin dirigirse a nadie--: pronuncia discursos, es abogado, muy redicho en su conversación y escribe como un hombre sin cultura. Estas palabras causaron una estupefacción general. Nadie las esperaba. --Por lo menos no escribe muy literariamente; aunque su estilo no sea del todo de un iletrado, maneja la pluma como un hombre de negocios--añadió Raskolnikoff. --Pedro Petrovitch no oculta que ha recibido poca instrucción y se enorgullece de ser hijo de sus obras--dijo Advocia Romanovna un poco contrariada del tono con que le hablaba su hermano. --Sí; tiene motivo para enorgullecerse, no digo lo contrario. Parece que te ha incomodado porque sólo se me ha ocurrido una observación frívola a propósito de esta carta, y crees que insisto sobre semejantes tonterías para molestarte. Nada de eso; en lo que concierne al estilo, he hecho una observación que en el caso presente está muy lejos de carecer de importancia. Esta frase: «usted no tendrá que quejarse más que de sí misma», no deja nada que desear en punto a claridad. Además, manifiesta la intención de retirarse sobre la marcha si yo voy a vuestra casa. Esta amenaza de irse viene a decir que si no obedecéis, os plantará a las dos después de haberos hecho venir a San Petersburgo. ¿En qué piensas? Viniendo de Ludjin, ¿estas palabras pueden ofender tanto como podrían ofender si hubiesen sido escritas por éste (señaló a Razumikin), por Zosimoff o por uno de nosotros? --No--respondió Dunia--; bien me hago cargo de que ha expresado demasiado ingenuamente su pensamiento y de que quizá no es muy hábil para servirse de la pluma... Tu observación es muy juiciosa, hermano mío. Yo no esperaba... --Supuesto que escribe como un hombre de negocios, no podía expresarse de otro modo, y no hay que echarle en cara que se haya mostrado grosero. Por lo demás, debo quitarte una ilusión: en esta carta hay una frase que contiene una calumnia contra mí, y una calumnia por cierto bastante vil. Yo di ayer, en efecto, dinero a una viuda tísica y agobiada por la desgracia, no a pretexto, como ese señor escribe, de pagar los funerales, sino para pagarlos, y ese dinero se lo di a la viuda misma y no a la hija del difunto, a esa joven de conducta «notoriamente equívoca» a quien vi ayer por primera vez en mi vida. En todo esto descubro el deseo de pintarme con los más negros colores e indisponer a vosotras conmigo. Ha escrito en estilo jurídico, es decir, que revela muy claramente su objeto y lo persigue sin pretender disimularlo. Es inteligente, mas, para conducirse con discreción, no basta siempre la inteligencia. Todo lo que te he hecho notar pinta al hombre... y no creo que te aprecie mucho. Lo digo por tu bien, que de todas veras deseo. Dunia no respondió; había tomado su partido y esperaba que llegase la noche. --Está bien, Rodia; ¿pero tú, qué decides?--preguntóle su madre, cuya inquietud iba en aumento oyendo discutir reposadamente a su hijo como un hombre de negocios. --¿Qué quiero decir? --Ya ves lo que escribe Pedro Petrovitch; desea que tú no vengas a nuestro alojamiento esta noche, y declara que se irá si te encuentra allí; por eso te pregunto qué piensas hacer. --Yo no soy quien tiene que decirlo. A ti y a Dunia toca ver si esa exigencia de Pedro Petrovitch tiene o no algo de mortificante para vosotras--contestó fríamente Raskolnikoff. --Dunetshka ha resuelto la cuestión, y yo estoy de perfecto acuerdo con ella--se apresuró a contestar Pulkeria Alexandrovna. --Creo que es indispensable que asistas a esa entrevista; te suplico, pues, que no faltes. ¿Vendrás? Suplico a usted también que venga--continuó la joven dirigiéndose a Razumikin--. Mamá, me permito hacer esta invitación a Demetrio Prokofitch. --Y lo apruebo, hija mía. Hágase lo que vosotros dispongáis--añadió su madre--. Para mí es un alivio, no me gusta fingir ni mentir; lo mejor es una explicación franca. Si Pedro Petrovitch se enfada, peor para él. IV En aquel momento se abrió la puerta sin ruido y entró en la sala una joven mirando tímidamente en su derredor. Su aparición causó general sorpresa y todos los ojos se fijaron en ella con curiosidad. Al pronto no la conoció Raskolnikoff. Era Sofía Semenovna Marmeladoff. El joven la había visto por primera vez el día antes, en unas circunstancias y en un traje que le dejaron en la memoria una imagen distinta. Ahora era una joven de aspecto modesto, o más bien, pobre, de maneras corteses y reservadas y de expresión tímida. Vestía un traje muy sencillo y llevaba un sombrero pasado de moda. No conservaba ninguno de los adornos de la víspera; pero no había prescindido de la sombrilla. Su confusión al ver tanta gente que no esperaba encontrar fué tan grande, que dió un paso hacia atrás para retirarse. --¡Ah! ¿es usted?--dijo Raskolnikoff en el colmo del asombro, y él también se quedó turbado. Recordó entonces que la carta de Ludjin, leída un momento antes, contenía alusiones a cierta joven de conducta «notoriamente equívoca», acababa de protestar contra tal calumnia y de declarar que había visto a aquélla por primera vez el día anterior, y he aquí que se presentaba en su casa. En un abrir y cerrar de ojos todos estos pensamientos atravesaron mezclados por su imaginación; mas al observar más atentamente a la recién llegada, la vió tan abatida por la vergüenza, que sintió hacia ella súbita piedad. En el momento en que, asustada, iba a retirarse, se verificó en él un repentino cambio. --No esperaba a usted--se apresuró a decir invitándola con la mirada a que se quedase--. Haga usted el favor de tomar asiento. ¿Viene, sin duda, de parte de Catalina Ivanovna? Permítame usted, ahí no, siéntese aquí. Al entrar Sonia, Razumikin, que estaba sentado cerca de la puerta en una de las tres sillas que había en la habitación, se medio levantó para dejar paso a la joven. El primer impulso de Raskolnikoff fué indicar a Sonia el extremo del diván que Zosimoff había ocupado un momento antes; pero, pensando en que aquel mueble le servía de cama, mostró a la joven la silla de Razumikin. --Tú siéntate aquí--dijo a su amigo haciéndole sitio a su lado en el sofá. Sonia se sentó casi temblando y miró con timidez a las dos señoras. Era evidente que ella misma no se daba cuenta de cómo tenía la audacia de sentarse al lado de aquellas personas. Este pensamiento le causó tal impresión, que se levantó bruscamente y se dirigió, confusa, hacia Raskolnikoff. --Es cuestión de un minuto. Perdóneme usted la molestia--dijo con voz trémula--. Me envía Catalina Ivanovna. No tenía otra persona a quien mandar... Catalina Ivanovna suplica a usted encarecidamente que asista mañana a los funerales... en San Motrifinio, y que venga después a nuestra casa... es decir, a casa de ella a tomar un bocado. Catalina Ivanovna espera que le concederá este honor. --Ciertamente... haré lo posible por complacerla--balbució Raskolnikoff, que se había incorporado a medias--. Tenga usted la bondad de volver a sentarse; hágame el favor de concederme dos minutos. Al mismo tiempo la invitaba con un gesto a tomar asiento. Sonia obedeció, y después de dirigir una mirada tímida a las dos señoras, bajó rápidamente los ojos. Las facciones de Raskolnikoff se contrajeron, coloreáronse sus mejillas y sus ojos lanzaron llamas. --Mamá--dijo con voz vibrante--, es Sofía Semenovna Marmeladoff, la hija del desgraciado funcionario que murió ayer atropellado por un coche y del cual ya te he hablado. Pulkeria Alexandrovna miró a Sonia y guiñó ligeramente los ojos, pues a pesar del temor que experimentaba delante de su hijo, no pudo negarse esta satisfacción. Dunia se volvió hacia la pobre joven y se puso a examinarla con gravedad. Al oírse nombrar por Raskolnikoff, Sonia, cada vez más cortada, levantó de nuevo los ojos. --Quería preguntar a usted--prosiguió Rodia--qué ha pasado hoy en su casa, si las han molestado, si les ha causado alguna incomodidad la policía... --No; no ha ocurrido nada de particular... La causa de la muerte era tan evidente... que nos han dejado tranquilas. Sólo los inquilinos se han incomodado. --¿Por qué? --Dicen que el cuerpo está demasiado tiempo en la casa... Como ahora hace calor, el olor... de modo que hoy se le conducirá a la capilla del cementerio, donde permanecerá hasta mañana. Al pronto se negaba Catalina Ivanovna, mas acabó por comprender que era preciso someterse. --¿De modo que la conducción del cadáver es hoy? --Catalina Ivanovna espera que nos hará usted el obsequio de asistir a las exequias, y que irá usted después a la comida fúnebre. --¿Da una comida? --Una modesta colación: me ha encargado dar a usted mil gracias por el socorro que nos entregó ayer... Sin usted, no hubiéramos podido hacer los gastos del funeral. Un temblor repentino agitó los labios y la barba de la joven; pero logró dominar su emoción y bajó de nuevo los ojos. Durante este breve diálogo Raskolnikoff la estuvo contemplando atentamente. Sonia tenía el rostro delgado y pálido; la nariz y la barbilla eran algo angulosas y puntiagudas y el conjunto bastante irregular; no se podía decir que era una beldad; pero, en cambio, sus ojos eran tan límpidos, y cuando se animaban comunicaban a su fisonomía tal expresión de bondad, que atraía irresistiblemente. Además se advertía otra particularidad característica en su rostro como en su persona: representaba mucha menos edad de la que tenía, y a pesar de contar ya diez y ocho años, se la hubiera tomado por una chiquilla. Esta circunstancia hacía reír al ver algunos de sus movimientos. --¿Pero es posible que Catalina Ivanovna pueda atender a esos gastos con tan escasos recursos? ¿Y todavía se propone dar una colación?--preguntó Raskolnikoff. --El féretro será muy sencillo... Todo se hará con mucha modestia, de suerte que costará muy poco... Catalina y yo hemos calculado el gasto; después de pagado todo, quedará algo para dar la colación... Catalina Ivanovna tiene mucho interés en darla. No es posible decir nada en contrario... Además, esto le sirve de consuelo, y ya sabe usted cómo está y cómo es ella. --Comprendo, comprendo... ¿Le ha llamado a usted la atención mi cuarto?... Mi madre dice también que parece un sepulcro. --Ayer se desprendió usted de todo por nosotras--respondió Sonia con voz sorda y rápida, bajando nuevamente los ojos. Sus labios y su barba volvieron a temblar. Desde su entrada le había impresionado la pobreza que reinaba en la habitación de Raskolnikoff y las palabras que acababa de pronunciar habíansele escapado a su pesar. Siguióse un cortés silencio. Las pupilas de Dunia brillaron y la misma Pulkeria Alexandrovna miró a Sonia con expresión afable. --Rodia--dijo levantándose--, supongo que comeremos juntos. Vámonos, Dunetshka... Tú deberías salir, Rodia, dar un paseíto, y, después de descansar un poco, venir a casa lo más pronto posible... Temo haberte fatigado. --Sí, sí, iré--se apresuró a responder, levantándose también...--Tengo algo que hacer antes. --¡Cuidado con irte a comer a otra parte!--exclamó Razumikin, mirando con asombro a Raskolnikoff--. Eso no puedes hacerlo de ninguna manera. --No, no iré con ustedes, les aseguro que iré... Pero tú quédate un minuto. De momento no tenéis necesidad de él, ¿verdad? --No, puede quedarse por ahora. Le espero, sin embargo, Demetrio Prokofitch, a comer con nosotras--dijo Pulkeria Alexandrovna. --Yo también se lo ruego, venga usted--añadió Dunia. Razumikin se inclinó radiante de alegría. Durante unos momentos todos experimentaron un malestar extraño. --Adiós, es decir, hasta muy pronto; no me gusta decir adiós... Adiós, Anastasia... vamos, ya se me escapó otra vez. Pulkeria Alexandrovna tenía intención de saludar a Sonia; pero, a pesar de toda su buena voluntad, no pudo resolverse a ello, y salió precipitadamente de la habitación. No hizo lo mismo Advocia Romanovna, que parecía haber esperado este momento con impaciencia. Cuando, después de su madre, pasó al lado de Sonia, hizo a ésta un saludo en toda regla. La pobre muchacha se turbó, se inclinó con tímido apresuramiento, y en su rostro se manifestó una impresión dolorosa, como si la atención de Dunia para con ella le hubiese afectado penosamente. --Dunia, adiós--dijo Raskolnikoff desde el rellano--; dame la mano. --Ya te la he dado. ¿No te acuerdas?--respondió la joven, volviéndose hacia él con aire afable, aunque se sentía contrariada. --Bueno, dámela otra vez--y estrechó de nuevo la mano de su hermana. Dunia se sonrió ruborizándose, y en seguida se apresuró a apartar la mano y siguió a su madre. También ella se sentía contenta, sin que podamos decir por qué. --¡Ea! Está bien--exclamó Raskolnikoff volviendo al lado de Sonia, que se había quedado en el cuarto. Al mismo tiempo la miraba con aire tranquilo. La jovencita advirtió, con sorpresa, que el semblante de su interlocutor se había esclarecido de repente. Durante algunos instantes Raskolnikoff la miró en silencio. Venía ahora a su memoria lo que Marmeladoff le había contado de su hija. --Oye el asunto de que quería hablarte--prosiguió el joven tomando del brazo a Razumikin y llevándoselo a un ángulo del aposento. --¿De modo que puedo decir a Catalina Ivanovna que irá usted? Al decir esto, Sonia se dispuso a salir. --Soy con usted en seguida, Sofía Semenovna; nosotros no tenemos secretos y usted no nos molesta. Tengo que decirle dos palabras. E interrumpiéndose bruscamente se dirigió a Razumikin. --¿Tú conoces a ése...? ¿Cómo se llama?... ¡Ah, sí, ahora caigo! A Porfirio Petrovitch. --Sí, le conozco; es pariente mío. ¿Por qué me lo preguntas?--repuso Razumikin. --¿No me dijiste ayer que instruía esa sumaria... del asesinato? --Sí, ¿y qué?--insistió Razumikin sorprendido por el sesgo que tomaba la conversación. --Me dijiste también que interrogaba a las personas que han empeñado alhajas en casa de la vieja; y como yo he empeñado alguna cosa, que no merece la pena de que se hable de ella... una sortija que me dió mi hermana cuando vine a San Petersburgo; y un reloj de plata, que perteneció a mi padre... Esos objetos no valen cinco rublos, pero tienen para mí el valor del recuerdo. ¿Qué debo hacer ahora? No quiero que se pierdan. Temblando estaba hace un momento, temeroso de que mi madre quisiera verlo cuando se hablaba del reloj de Dunia. Es la única cosa que habíamos conservado de mi padre. Si se hubiese perdido, mi madre tendría un verdadero disgusto, ¡las mujeres! Dime, pues, lo que debo hacer. Ya sé que es necesario prestar una declaración ante la policía; pero, ¿no será mejor que me dirija a Porfirio Petrovitch? ¿Qué te parece? Me corre prisa arreglar este asunto. Ya verás cómo antes de comer me preguntará mi madre por el reloj. --No es a la policía a quien hay que acudir, sino a Porfirio Petrovitch--exclamó Razumikin extremadamente agitado--. ¡Oh, qué contento estoy! Podemos ir en seguida; vive a dos pasos de aquí; seguro estoy de que le encontraremos. --Sea; vamos. --Se alegrará mucho de conocerte. Le he hablado muchas veces de ti. Ayer, sin ir más lejos. Vamos. ¿De modo que tú conocías a la vieja? ¡Ah, todo se explica admirablemente! ¡Ah! sí... Sofía Ivanovna. --Sofía Semenovna--rectificó Raskolnikoff, y dirigiéndose a la joven añadió--: Mi amigo Razumikin, excelente persona. --Si usted tiene que salir...--comenzó a decir Sonia a quien esta presentación había dejado aún más confusa y que no se atrevía a levantar los ojos para mirar a Razumikin. --¡Ea, vamos!--dijo Raskolnikoff--: yo pasaré por su casa, Sofía Semenovna. Dígame sus señas. Pronunció estas palabras no con cortedad, sino con cierta precipitación y evitando las miradas de la joven. Esta dió sus señas no sin ruborizarse. Los tres salieron juntos. --¿No cierras la puerta?--preguntó Razumikin mientras bajaban la escalera. --Nunca... Dos años hace que estoy pensando comprar una cerradura. ¡Felices aquellos que no tienen nada que guardar bajo llave!--añadió alegremente dirigiéndose a Sonia. Se detuvieron en el umbral de la puerta de la calle. --¿Usted va por la derecha, Sofía Semenovna? ¡Ah! dígame usted: ¿Cómo ha podido dar con mi habitación? Veíase bien claro que lo que decía no era lo que quería decir. No se cansaba de contemplar los dulces y claros ojos de la joven. --¡Pero si dió usted sus señas a Polenka! --¿Qué Polenka? ¡Ah! Sí. ¿La niña? ¿Es hermanita de usted? ¿De modo que le di mis señas? --¿Lo había usted olvidado? --No... me acuerdo. --Yo había oído hablar de usted al difunto... pero no sabía su nombre... ni tampoco él lo sabía... Ahora he venido, y como ya conocía su nombre he preguntado: ¿es aquí donde vive el señor Raskolnikoff? Adiós... Ya le diré a Catalina Ivanovna... Ignoraba que ocupaba usted un cuarto amueblado... Muy contenta de poder irse Sonia, se alejó con paso rápido sin levantar la vista. Le faltaba tiempo para llegar a la primera esquina de la calle a la derecha, a fin de substraerse a las miradas de los jóvenes y reflexionar sin testigos, sobre todos los incidentes de esta visita. Jamás había experimentado nada semejante; todo un mundo ignorado surgía confusamente en su alma. Recordó de pronto que Raskolnikoff le había manifestado espontáneamente su intención de ir a verla aquel mismo día, quizá aquella misma mañana, tal vez dentro de un momento. --¡Ah, ojalá no venga hoy!--murmuró angustiada--. ¡Dios mío! ¡En mi casa! ¡En aquella habitación...! y vería... ¡Dios mío, Dios mío! Estaba demasiado preocupada para notar que desde su salida de la casa había sido seguida por un desconocido. En el momento en que Raskolnikoff, Razumikin y Sonia se habían detenido en la acera para hablar breves instantes, la casualidad hizo que aquel señor pasase al lado de ellos. Las palabras de la joven: «He preguntado si vive aquí el señor Raskolnikoff», llegaron furtivamente a oídos del desconocido y le hicieron estremecerse. Miró disimuladamente a los tres interlocutores y en particular a Raskolnikoff, a quien Sonia se había dirigido, y le examinó después la cara para poder reconocerle en caso de necesidad; todo esto fué hecho en un abrir y cerrar de ojos y de un modo que no pudiera infundir sospechas, después de lo cual el señor se alejó acortando el paso como si hubiera seguido a alguien. Era a Sonia a quien esperaba; bien pronto la vió despedirse de los dos jóvenes y encaminarse a su casa. «¿Dónde vive? Yo he visto esta cara en alguna parte. Es menester que lo averigüe.» Cuando hubo llegado a la esquina de la calle, pasó a la otra acera, se volvió y advirtió que la joven marchaba en la misma dirección que él. Sonia no se daba cuenta de que la seguían y la observaban. Cuando llegó a la esquina, la joven la dobló y el desconocido continuó siguiéndola, andando por la acera opuesta y sin perderla de vista. Al cabo de cincuenta pasos atravesó la calle, alcanzó a Sonia y marchó detrás de ella a una distancia de cinco pasos. Era un hombre de unos cincuenta años; pero muy bien conservado y que representaba mucha menos edad; era alto, fuerte y algo cargado de espaldas. Vestido de una manera tan cómoda como elegante y con guantes nuevos, llevaba en la mano un buen bastón que hacía sonar a cada paso sobre la acera. Todo en su persona delataba un hombre distinguido. Su ancho rostro era bastante agradable; al mismo tiempo el brillo de su tez y sus rojos labios no permitían tomarle por un petersburgués. Sus cabellos muy espesos, eran excesivamente rubios y apenas empezaban a encanecer; la barba larga, ancha y bien cuidada, tenía todavía un color más claro que sus cabellos. La mirada de sus ojos azules era fría, seria y fija. El desconocido tuvo bastante tiempo para observar que la joven iba distraída y absorta. Al llegar delante de su casa franqueó el umbral. El señor que la seguía continuó detrás de ella un poco asombrado. Después de entrar en el zaguán, Sonia tomó por la escalera de la derecha que conducía a su habitación. «¡Bah!»--dijo para sí el señor, y subió también. Entonces fué cuando la joven advirtió la presencia del desconocido. Llegó al tercer piso, se entró por un corredor y llamó en el número nueve, debajo del cual se leía en la puerta estas dos palabras escritas con tiza: -Kapernumoff, Sastre-. «¡Bah!»--repitió el hombre sorprendido por aquella coincidencia, y llamó al lado, en el número ocho. Las dos puertas estaban a seis pasos la una de la otra. --¿Usted vive en casa de Kapernumoff?--dijo, riéndose, a Sonia--. Me arregló ayer un chaleco. Yo vivo aquí, cerca de usted, en el departamento de la señora Gertrudis Karlovna Reslich, ¡qué casualidad! Sonia le miró con atención. --Somos vecinos--continuó diciendo con tono alegre--. Llegué ayer a San Petersburgo. Vamos, hasta que tenga el gusto de volver a verla. Sonia no respondió. Se abrió la puerta y la joven entró en su cuarto intimidada y vergonzosa. * * * * * Razumikin iba muy animado camino de la casa de Porfirio en compañía de su amigo. --Perfectamente, querido--repetía muchas veces--. Estoy encantado, lo que se dice encantado. No sabía que tuvieses ninguna cosa empeñada en casa de la vieja y... y... ¿hace mucho tiempo que has estado en su casa? --¿Que cuándo estuve?--murmuró Raskolnikoff, como procurando recordar--. Me parece que fué la antevíspera de su muerte. Por lo demás, no se trata de desempeñar ahora esos objetos--se apresuró a decir como si esta cuestión le hubiese vivamente preocupado--. No tengo más que un rublo, gracias a las locuras que hice ayer bajo la influencia de ese maldito delirio. Y recalcó de una manera particular la palabra «delirio». --Vamos, sí, sí--contestó Razumikin respondiendo a un pensamiento que se le había ocurrido en aquel instante--. ¿De modo que por eso tú...? La cosa me había chocado. Ahora me explico por qué no cesabas de hablar de sortijas, de cadenas de oro y de reloj mientras delirabas. Es claro, ahora todo me lo explico. «¡Oh!--pensó Raskolnikoff--esa idea se la había metido en la cabeza; tengo la prueba: este hombre, que se haría crucificar por mí, se considera ahora feliz al explicarse por qué yo hablaba de sortijas durante mi delirio. Mi lenguaje ha debido confirmar a todos en sus sospechas.» --¿Y qué, le encontraremos?--preguntó en alta voz. --Ya lo creo que le encontraremos--respondió sin vacilar Razumikin--. Es un buen muchacho, amigo mío. Un poco desmadejado, es cierto, pero no dudo de que carezca de buenos modales, no; es por otro concepto por lo que lo encuentro desmadejado. Lejos de ser tonto, es muy inteligente; pero tiene un carácter particular... Es incrédulo... escéptico, cínico; le gusta burlarse de sus amigos. A pesar de esto, es fiel al -viejo juego-, es decir, no admite más que pruebas materiales... pero sabe su oficio. El año último desembrolló todo un proceso de asesinato en el cual faltaban todos los indicios. ¡Tiene tantos deseos de conocerte! --¿Y por qué? --¡Oh! no es porque... verás. En estos últimos días, cuando tú estabas malo, hemos tenido ocasión de hablar a menudo de ti... Asistía a nuestras conversaciones, y cuando supo que tú eras estudiante de Derecho y que te habías visto obligado a dejar la Universidad, dijo: «¡Qué lástima!» Yo he deducido de aquí... es decir, yo no me fundo solamente en esto, sino en otras cosas. Ayer, Zametoff... Oyeme, Raskolnikoff; cuando ayer te acompañaba estaba borracho y hablaba sin ton ni son; temo que hayas tomado mis palabras demasiado en serio... --¿Qué es lo que me dijiste? ¿Que me tienen por loco? Acaso tengas razón--respondió Raskolnikoff con sonrisa forzada. Se callaron. Razumikin estaba radiante de júbilo y Raskolnikoff lo advertía con cólera. Lo que su amigo acababa de decirle acerca del juez de instrucción no dejaba de inquietarle. «Lo esencial es saber--pensó Raskolnikoff--si Porfirio tiene conocimiento de mi visita ayer a casa de la bruja y de la pregunta que hice acerca de la sangre. Es preciso, ante todo, que yo compruebe esto. Es preciso, desde el primer momento, desde mi entrada en su despacho, que lo lea sobre su rostro; de otro modo, aunque me pierda, seré sincero.» --¿Sabes una cosa?--dijo bruscamente dirigiéndose a Razumikin con maliciosa sonrisa--. Me parece que desde esta mañana estás muy agitado. ¿No es verdad? --No, de ninguna manera--respondió Razumikin contrariado. --No me engaño, amigo mío. Hace poco estabas sentado en el borde de una silla, lo que nunca te ocurre. Parecía que te hallabas sobre pinchos; te sobresaltabas a cada instante. Tu humor variaba sin cesar. Tan pronto te ponías colérico, tan pronto dulce como la miel. Hasta te ruborizabas. Sobre todo, cuando te invitaron a comer, te pusiste del color de la grana. --¡Qué absurdo! ¿Por qué dices eso? --¿Sabes que tienes timideces de colegial? ¡Demonio! ¿Te pones otra vez colorado? --¡Eres insoportable! --Pero, ¿por qué esa confusión, Romeo? Deja hacer; yo lo contaré todo hoy en alguna parte, ¡ja, ja, ja! ¡cómo se va a reír mi madre y otra persona! . , 1 , , ; 2 , , , 3 , 4 . 5 6 - - - - 7 8 . 9 10 . 11 , 12 , 13 . 14 , 15 . 16 17 18 19 20 - - ¡ , ! - - 21 . 22 23 24 . , , 25 ; 26 , 27 . 28 , , 29 . 30 , . 31 32 , 33 . 34 ; 35 36 . 37 , 38 ; 39 . 40 41 . 42 43 - - , - - , 44 45 - - . - - 46 . 47 48 - - - - - - . 49 , , , 50 , , , 51 , ¿ ? 52 - - 53 , . 54 55 - - - - . 56 57 - - - - - - , 58 , 59 . , 60 ; , . 61 ; , , . 62 , , , . 63 . 64 . , , , 65 , . 66 67 - - , , ; 68 , . 69 70 , , 71 . , 72 , 73 . , 74 , 75 , , 76 . 77 78 - - ¡ ! ¿ ? - - 79 - - . ¿ 80 ? 81 82 - - ¡ , , , , 83 ! 84 85 - - - - , 86 - - . 87 ( ) - - 88 - - , . 89 , , 90 . . 91 92 - - - - - - ; 93 . , , 94 95 . , 96 . 97 98 - - - - , 99 - - . ¡ ! 100 101 - - ¡ ! , - - 102 . 103 104 , , , 105 , 106 . , , , 107 . 108 109 - - , , - - , 110 - - ; 111 112 . 113 114 115 . , 116 , . 117 , 118 . 119 . 120 , 121 . 122 123 . 124 125 - - - - 126 - - . . 127 128 - - ¡ ! - - - - . ¡ 129 ! 130 , ¿ 131 ? 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