Inglaterra, el Lemosín y Saintonge. En los asientos y gradas encantaban
la mirada las morenas bellezas del Garona y junto á ellas las rubias
beldades inglesas, ostentando unas y otras sus mejores galas. De las
balaustradas de las tribunas colgaban ricos tapices y anchas franjas de
terciopelo en cuyo centro destacábanse, bordados en oro, plata y sedas
de vivos colores, los escudos de armas de cien nobles. No tardaron en
tomar éstos asiento, la multitud y los soldados se acomodaron como mejor
pudieron y los pajes y palafreneros se encargaron de las armas y
monturas de sus señores.
Los mantenedores ocupaban la extremidad del campo más cercana á las
puertas de la ciudad. Frente á sus respectivos pabellones se veían los
escudos de armas de los cinco campeones ingleses, sostenidos por otros
tantos escuderos; allí las rosas de Morel, las barras gules de Leiton,
el león de Percy, los grifos de Abercombe y las plateadas alas de
Beauchamp. Tras los pabellones piafaban impacientes los grandes caballos
de batalla lujosamente enjaezados. La gran mayoría de los arqueros y
hombres de armas ingleses se agrupaban en aquel extremo de la liza,
ganosos de contemplar y vitorear á sus famosos campeones, que sentados á
la puerta de sus tiendas, armados completamente y con el yelmo sobre las
rodillas, departían tranquilamente sobre el gran suceso del día en que
tan importante parte les tocaba desempeñar. Pero el pueblo gascón no
ocultaba su preferencia por Captal de Buch y sus compañeros, pues la
popularidad de los ingleses había decaído mucho desde las enconadas
contiendas originadas por la captura del rey de Francia y el destino que
debía de darse al regio prisionero. De aquí que no fueran generales,
aunque sí muy nutridos, los aplausos que acogieron la proclamación del
rey de armas, anunciando los nombres y títulos de los caballeros
ingleses que estaban prontos, "por su Dios, por su patria, por su rey y
por su dama," á combatir contra cuantos hidalgos les hiciesen la honra
de romper lanzas con ellos. Más que aplausos, en cambio, fueron
aclamaciones ensordecedoras las que saludaron al heraldo que en el
opuesto extremo de la liza enumeró los nombres popularísimos de los
justadores gascones.
--Comienzo á creer que teníais mucha razón, Chandos, al aconsejarme que
no tomase hoy partido ni enristrase lanza, dijo el príncipe en voz baja
al notar el estado de los ánimos. Paréceme, señor de Armagnac, que
nuestros amigos de Aquitania no verían con malos ojos la derrota de los
campeones ingleses.
--Bien pudiera ser, príncipe, como no dudo que en iguales circunstancias
el pueblo de Londres ó Windsor favorecería ó aclamaría á sus
compatriotas.
--Y no está lejos la demostración palpable de lo que decís, exclamó
riéndose el príncipe, porque allá diviso unas veintenas de arqueros cuyo
vocerío no cede al de la multitud. Mucho me temo que sufran amargo
desencanto si la copa de oro que he ofrecido al vencedor se queda en
Aquitania en vez de cruzar el mar. ¿Cuáles son las condiciones, Chandos?
--Cada pareja justará no menos de tres veces y la victoria será del
partido cuyos campeones hayan triunfado en mayor número de encuentros
singulares. El que más se distinga entre ellos recibirá el trofeo
ofrecido por Vuestra Alteza, y el más diestro justador de los vencidos
un broche de oro y piedras preciosas. ¿Doy la señal?
Contestó el príncipe afirmativamente, sonaron los clarines y los
mantenedores fueron entrando en liza uno tras otro y arremetiendo á sus
contrarios, con varia fortuna para ambos bandos. Así, Sir Guillermo
Beauchamp cayó al poderoso golpe de Captal de Buch, pero Percy desarzonó
al de Mucident; Lord Abercombe derribó á su vez al señor de Albret y por
fin el hercúleo Oliverio de Clisón igualó la suerte del combate con la
victoria que alcanzó sobre Sir Raniero Leiton.
--¡Por Santiago! exclamó Don Pedro, buenas lanzas y grande empuje, tanto
los señores gascones como los ingleses.
--¿Quién es el próximo adalid inglés? preguntó el príncipe con voz que
denotaba su viva emoción.
--El barón León de Morel, de Hanson, respondió Chandos.
--Campeón esforzado y diestro si los hay.
--Sin duda alguna, señor, pero su vista, como la mía, se halla muy
quebrantada tras largas campañas. Con su poderoso brazo ganó en buena
lid la diadema de oro ofrecida como trofeo por la reina Felipa, augusta
madre de Vuestra Alteza, en las grandes justas con que se celebró en
Inglaterra la toma de Calais. En el castillo de Monteagudo, donde
reside, tiene un tesoro en premios y trofeos.
--Ojalá vaya á reunirse con ellos la copa de este torneo, dijo el
príncipe en voz baja. Aquí tenemos al paladín alemán y por su aspecto
parece muy temible enemigo. Advertid al rey de armas que les permita
encontrarse por tres veces en la liza, ya que tanto depende ahora del
resultado de este combate.
Sonaron de nuevo los clarines, hizo el rey de armas la señal que
repitieron los farautes y se adelantó el último campeón de los gascones
entre los vítores desaforados de la multitud. Era un guerrero de gran
talla y fornido cuerpo, con yelmo y armadura negros y escudo sin divisa,
pues prohibían tenerla los estatutos de la orden teutónica á que
pertenecía. Flotaba á su espalda amplio manto blanco que tenía bordada
en su centro la cruz negra orillada de plata de aquella orden. Manejaba
briosamente su soberbio bridón, negro como el azabache y de gran alzada;
y después de saludar al príncipe volvió grupas y ocupó su puesto á un
extremo de la liza.
Inmediatamente salió el barón de Morel de su tienda y se dirigió al
galope hacia el balconcillo regio, ante el cual detuvo súbitamente al
fogoso corcel con tal fuerza que lo hizo retroceder y alzarse de manos,
á tiempo que el jinete saludaba profundamente. Llevaba el barón
brillante armadura blanca, escudo blasonado y yelmo con largo y airoso
penacho de plumas también blancas. La gracia y viveza de sus
movimientos, el esplendor de su armadura y de los paramentos de su
caballo y los corveteos de éste hicieron estallar unánimes aplausos. El
barón saludó otra vez con singular donaire y se dirigió al punto del
campo frontero al que ocupaba su contrario, haciendo caracolear al noble
bruto y más como quien se dirige á una alegre fiesta que á fiero
combate.
Tan luego se hallaron frente á frente ambos campeones reinó absoluto
silencio en todo el palenque. Del resultado dependía no sólo la gloria
que pudiera caber al vencedor sino la victoria ó la derrota del bando
que respectivamente representaban. Guerreros ambos de mucha nombradía,
sus proezas los habían llevado á muy distintos países y campos de
combate, sin darles hasta entonces la oportunidad de medirse cuerpo á
cuerpo. Dióse la señal, y puestas las lanzas en los ristres arremetieron
uno contra otro ambos combatientes, encontrándose con tremendo choque
frente á la regia tribuna. Aunque el teutón se estremeció al golpe
furibundo del caballero inglés, su lanza alcanzó á éste en la visera con
fuerza tal que rompió las cintas que sujetaban el casco y éste cayó
hecho pedazos, pero el barón continuó su carrera, descubierta la calva
cabeza que brillaba á los rayos del sol. Millares de pañuelos y gorras
agitados en el aire y un vocerío inmenso acogieron aquella ligera
ventaja del caballero teutón.
Nada desanimado el de Morel, llegóse á escape á su pabellón y se
presentó á los pocos momentos con otro fuerte yelmo, pronto para la
segunda justa. El resultado de ésta fué tan igual para ambos que los
mejores jueces no hubieran podido adjudicar la victoria á uno ni otro.
Así Morel como el de Bohemia resistieron impávidos el bote formidable
del contrario, que ambos recibieron de lleno en el pecho y sin perder la
silla. Pero en el tercer encuentro la lanza del barón se clavó entre las
barras de la celada del contrario, arrancándole de golpe la visera, á
tiempo que el de Bohemia, con singular mala suerte, desviaba su lanza y
daba con ella fuerte golpe en el muslo de Morel, contra todas las reglas
del torneo, que prohibían herir al contrario de la cintura abajo y
declaraban vencido al que tal hiciera. También daba á Morel aquel
malhadado golpe el derecho de apropiarse las armas y el caballo del
enemigo, si hubiera querido ejercerlo. Los aplausos y gritos delirantes
de los soldados ingleses y el silencio y los ceñudos rostros del pueblo
anunciaron, antes que lo hicieran los farautes, el triunfo de los
primeros, que habían obtenido ventaja en tres encuentros, contra dos que
ganaran los gascones. Ya se habían congregado los diez combatientes
frente á la tribuna del príncipe para recibir dos de ellos el galardón
merecido, cuando el agudo toque de un clarín llamó la atención de los
presentes hacia un extremo del palenque, ganosos todos de ver al
inesperado caballero que así anunciaba su llegada.
CAPÍTULO XXIV
DE CÓMO EL ESTE ENVIÓ UN FAMOSO CAMPEÓN
Dicho queda que las grandes justas de Burdeos, para las cuales era
estrecha y de todo punto inadecuada la plaza frontera á la abadía de San
Andrés, se celebraban extramuros, en la vasta llanura inmediata al río.
Al este de aquella se elevaba el terreno, cubierto de verdes viñedos en
verano, por entre los cuales serpenteaba el camino que conducía al
interior, muy frecuentado de ordinario pero solitario aquel día en que
todos, así viajeros como habitantes de la ciudad, formaban parte de la
multitud espectadora.
Mirando en la dirección de aquel camino hubiera podido verse, aun mucho
antes de terminar el combate, dos puntos brillantes y móviles que fueron
acercándose hasta mostrar al observador que procedían del reflejo del
sol sobre los cascos de dos jinetes que se adelantaban al galope en
dirección á Burdeos. Era el primero de ellos un caballero armado de
punta en blanco, que montaba brioso corcel negro con blanca estrella en
la frente. Parecía el jinete de corta estatura pero robusto y ancho de
hombros, y llevaba calada la visera, sin empresa ni blasón sobre el
blanco arnés ni el liso y bruñido escudo. El otro era evidentemente su
escudero, sin más armas ofensivas ni defensivas que su yelmo y la
poderosa lanza de su señor, que empuñaba con la diestra mano. En la
izquierda, además de las riendas de su propia montura, tenía también la
brida de un soberbio alazán con lujosos paramentos que le llegaban hasta
los corvejones. Llegados ambos jinetes con los tres caballos á la
entrada del palenque, dió el escudero aquel vibrante toque que tanto
sorprendió á los espectadores.
--¿Quién es ese caballero, Chandos, y qué desea? preguntó el príncipe
Eduardo.
--Á fe mía, replicó el canciller con no disimulada sorpresa, que ó mucho
me engaño ó es un noble francés.
--¡Francés! exclamó Don Pedro de Castilla. ¿Qué os induce á creerlo si
no lleva blasón ni divisa que lo acredite?
--Me basta mirar la forma de su armadura, señor, más redondeada en el
codo y las hombreras que cuantas proceden de Inglaterra ó de España.
También podría ser arnés de fabricación italiana, sin la curva especial
del peto; y cuanto más lo miro más seguro estoy de que ese coselete ha
sido hecho por artífices de la parte de acá del Rin. Pero aquí viene su
escudero y no tardará Vuestra Alteza en saber qué lo trae por estos
rumbos.
Llegado el escudero ante el príncipe detuvo su caballo, tocó por segunda
vez la bocina que llevaba suspendida del cinto y dijo con sonora voz y
marcado acento bretón:
--Vengo como heraldo y escudero de mi señor, noble y esforzado caballero
y súbdito fiel del muy poderoso rey Carlos de Francia. Sabedor de que se
celebraban estas justas, solicita mi señor la honra de medir sus armas
con un caballero inglés que quiera aceptar su reto, ya rompiendo lanzas,
ya combatiendo con espada y daga, maza ó hacha de armas. Y me ha
ordenado muy expresamente declarar que su cartel va dirigido tan sólo á
los nobles caballeros ingleses, no á los que sin serlo, ni ser tampoco
buenos franceses, hablan la lengua de éstos y sirven bajo la bandera de
aquéllos.
--¡Osado sois, voto á tal! exclamó el de Clisón con voz tonante, á la
vez que otros señores gascones llevaban la mano á la espada.
--Mi señor, continuó el enviado sin hacer caso de las palabras de uno ni
del ademán amenazador de los otros, está pronto á justar desde luego, á
pesar de que su caballo de batalla acaba de recorrer largo trecho sin
descanso, pues temíamos llegar tarde al torneo.
--Tarde habéis llegado, en efecto, repuso el príncipe, pues sólo falta
adjudicar el premio á los vencedores. Pero no dudo que entre estos
caballeros míos los habrá dispuestos á complacer al campeón de Francia.
--Y cuanto al trofeo, dijo el barón de Morel, seguro estoy de
interpretar los deseos de estos señores al declarar que le será
entregado, á pesar de su tardanza, si logra ganarlo en buena lid.
--Llevad, escudero, ambas respuestas á vuestro amo, dijo el príncipe, y
pedidle que nombre á uno de los cinco mantenedores ingleses que han
justado hoy para romper lanzas con él. Un momento; ese caballero no
lleva blasón ni divisa y necesitamos conocer su nombre.
--Mi señor ha hecho voto de no revelar su nombre ni alzar la celada
hasta pisar de nuevo la tierra de Francia.
--Pero entonces ¿qué garantía tenemos de que no es un rústico diestro en
el manejo de las armas, ó un palafrenero disfrazado con el arnés de su
amo, cuando no un noble deshonrado con quien no se dignaría combatir
ninguno de mis caballeros?
--¡No hay tal, señor, lo juro por lo más sagrado! dijo el escudero con
vehemencia. Antes bien declaro que no hay en el mundo caballero que no
se tenga por muy honrado en cruzar la espada con quien aquí me envía.
--Arrogante es la respuesta del escudero, dijo el príncipe, pero
mientras no nos déis mejores pruebas de la noble calidad de vuestro amo,
no consiento que con él justen las mejores lanzas de mi corte.
--¿Rehusa Vuestra Alteza?
--Rehuso resueltamente.
--En tal caso, señor, el mío me ha autorizado para revelar secretamente
su nombre al muy ilustre señor de Chandos, y sólo á él, para que declare
si Vuestra Alteza misma podría ó no romper lanzas con mi señor, sin el
menor desdoro.
--Acepto la propuesta, dijo vivamente el príncipe.
Acercóse Chandos al escudero, díjole éste algunas palabras al oído y el
anciano canciller hizo un ademán de profunda sorpresa, á la vez que
miraba con curiosidad é interés evidentes al inmóvil caballero que á
distancia esperaba el resultado de aquellas negociaciones.
--¿Será posible? exclamó.
--Es la pura verdad, señor, dijo el escudero. Lo juro por San Iván de
Bretaña.
--Debí sospecharlo, agregó Chandos retorciendo los largos bigotes y
mirando fijamente al apartado caballero.
--¿Qué decís, Chandos? preguntó el príncipe.
--Señor, una gracia os pido. Permitid á mi escudero que me traiga arnés
para revestirlo y tener la alta honra de cruzar la espada con el campeón
francés.
--Poco á poco, mi buen Chandos. Tenéis, y muy bien ganados, cuantos
lauros puede conquistar un hombre y hora es ya de que descanséis.
Escudero, decid á vuestro amo que es muy bienvenido á mi corte, y que si
gusta de tomar algún descanso y refrescar en mi compañía antes de la
justa, pronto estoy á obsequiarle.
--Perdonad, señor, no puede beber con Vuestra Alteza.
--Que designe, pues, al caballero de su elección.
--Desea justar con los cinco mantenedores ingleses, y con las armas que
cada uno de ellos prefiera y elija.
--Grande es su confianza, á lo que veo. Pero no es bien prolongar su
espera ni tenemos ya mucho tiempo disponible, pues el sol se acerca al
ocaso. Á vuestros puestos, caballeros, y veamos si este desconocido
iguala con la alteza de sus hechos la arrogancia de sus palabras.
Mientras duraron aquellos preliminares permaneció el incógnito campeón
inmóvil como una estatua de acero, erguido en la silla de su caballo de
batalla y apoyado en la robusta lanza. El ojo experto de nobles y
soldados adivinaba un adversario temible en aquel hombre de atléticas
formas é imponente aspecto. El arquero Simón, que figuraba en primera
línea con Reno, Tristán y otros camaradas, no escaseaba sus comentarios
más encomiásticos sobre el talante del desconocido y la maestría con que
momentos antes había manejado caballo y lanza. Á fuerza de mirarle
pareció despertarse un confuso recuerdo en la memoria del veterano.
--Apuesto los bigotes del gran turco, dijo contrayendo las cejas, á que
yo he visto antes al buen mozo ese, aunque no recuerdo dónde. ¿Fué en
Nogent, fué en Auray? Lo que os digo, muchachos, es que estáis mirando á
una de las primeras lanzas de Francia, y cuenta que mejores no las hay
en el mundo y que yo sé lo que me digo.
--Pues yo digo que todos estos torneos y melindres son pura niñería,
gruñó Tristán de Horla. ¡Por la cruz de Gestas! No sino dejad que me
vinieran á mí con lancitas y puyazos....
--¿Pues cómo combatirías tú, Tristán? preguntaron algunos.
--Varios modos hay de hacerlo, replicó el gigante reflexionando; pero me
parece que yo empezaría por romper mi espada.
--Eso es lo que todos procuran hacer.
--¡Ah, no! Pero es que yo no la rompería tontamente sobre el escudo del
otro, sino contra mi rodilla. Y así convertiría lo que no es más que un
pincho inútil en una buena maza.
--¿Y después?
--Dejaría que el otro me clavase su espadín en una pierna ó en el brazo,
ó donde mejor le pareciese y luego y con toda calma le estrellaría los
sesos con mi maza.
--¡Bravo, Tristán! Vamos, que daría yo mi cobertor de pluma por verte
suelto en la liza. ¡Bonita manera de justar la tuya! exclamó Simón.
--Pues á mí me parece la mejor, dijo muy serio Tristán. Ó si no,
agarraría yo al otro por la cintura, lo arrancaría de la silla quieras
que no y me lo llevaría á mi tienda para no soltarlo hasta que me pagase
un buen rescate.
Grandes carcajadas acogieron aquella salida del valiente arquero y Simón
prometió hacer todo lo posible para que nombrasen á Tristán rey de armas
y pudiese llevar á la práctica sus peregrinas ideas sobre justas y
torneos.
--Allí viene Sir Guillermo Beauchamp, dijo Reno. Valiente caballero,
pero temo que no pueda resistir el bote que promete darle la lanza del
francés.
Y así fué, porque si bien Beauchamp asestó á su contrario fuerte golpe
en el yelmo, recibió en cambio tan furiosa lanzada que lo sacó de la
silla y lo hizo rodar por el suelo. No tuvo mejor suerte el de Percy,
que sacó roto el escudo y desguarnecido el brazo izquierdo, amén de una
ligera herida en el costado. Abercombe dirigió su lanza á la cabeza del
desconocido y éste le imitó, manteniéndose firme y erguido en la silla
después del choque, al paso que el inglés quedó doblado hacia atrás,
medio caído sobre la grupa del caballo, que recorrió la mitad del campo
antes de que el jinete recobrase su posición normal. Leiton cayó á los
golpes de maza del francés, arma elegida por el primero; sus servidores
lo llevaron en brazos á su pabellón. Aquellas rápidas victorias sobre
cuatro famosos guerreros llenaron de admiración á los espectadores, y
así los soldados como las gentes del pueblo le prodigaron sus aplausos.
--Temible campeón, comentó el príncipe; pero ya se adelanta el bravo de
Morel, á pie y espada en mano, arma en que es quizás el más diestro de
nuestro reino.
Los combatientes se acercaron llevando al hombro y asidas con ambas
manos las enormes espadas de combate. La lucha fué empeñada y brillante;
se atacaban con denuedo y se defendían con destreza increíble,
menudeando los golpes formidables que resonaban al chocar las espadas
entre sí ó sobre los fuertes arneses. Por fin levantó el francés su arma
para descargar un tajo decisivo, pero aquel momento bastó para que el
barón descubriera un punto vulnerable en la armadura del contrario, y
pronta como el rayo se clavó su espada en el brazo del francés, en la
unión de aquél con el hombro. Poco profunda fué la herida, pero bastó
para hacer brotar la sangre, que trazó roja línea sobre el bruñido peto.
Aunque el desconocido parecía dispuesto á continuar la lucha, el rey de
armas lanzó su dorado bastón á la liza y los combatientes bajaron las
espadas.
El príncipe dispuso inmediatamente que invitasen al campeón francés á
permanecer algún tiempo en su corte, y si esto no fuera posible, á
sentarse á su mesa aquella noche y descansar algunas horas en Burdeos.
Oyó el caballero el cortés mensaje y se dirigió al trote de su corcel
hacia la tribuna regia, vendado el hombro con blanco pañuelo de seda.
--Señor, dijo con firme voz, saludando al príncipe; no puedo sentarme á
vuestra mesa. Francés soy y por ende enemigo vuestro. El día más feliz
de mi vida será aquel en que vea desaparecer en el horizonte la última
de las galeras inglesas, llevándose al último de los soldados
extranjeros que hoy pisan y dominan parte de esta tierra de Francia.
Duras os parecerán mis palabras, pero os lo repito, soy vuestro enemigo.
--Y por las muestras que hoy habéis dado, un enemigo valeroso y temible.
El rey de Francia puede enorgullecerse de tener servidores como vos.
Pero vuestra herida....
--Es insignificante y mi caballo puede hacer muy bien la jornada de
vuelta, que emprenderé ahora mismo. Con Dios quedad; y saludando de
nuevo se dirigió al galope á la entrada del palenque y desapareció
seguido de su escudero.
--Valiente, patriota y altivo, exclamó el príncipe. Tengo para mí que el
justador desconocido de hoy es un gran guerrero francés.
--No lo dudéis, señor, dijo Chandos, y de los más famosos.
CAPÍTULO XXV
DE UNA CARTA Y UNAS RELIQUIAS
Cuando Roger se presentó en la cámara del barón al siguiente día,
hallóle muy ocupado en trazar sobre emborronado pergamino unos signos
retorcidos y enormes, que según averiguó después eran un conato de carta
del barón á su esposa.
--Bien vienes, Roger, dijo alborozado apenas divisó al joven. Confieso
que no soy muy fuerte en achaques de escritura, y aquí me tienes sudando
para contar á mi señora la baronesa muchas cosas que quiero decirle, con
unos garabatos que se empeñan en no salir derechos y que no los
entenderá ella, ni tú, ni yo mismo.
Sonrióse el fiel escudero, ofreció al barón escribirle en un santiamén
cuantas cartas quisiese y poco tardó en quedar firmada y sellada la en
que el caballero refería ligeramente los principales episodios de su
viaje, el encuentro con los piratas, la desgraciada muerte del joven
escudero Froilán de Roda, su presentación en la corte y cómo se proponía
salir sin tardanza para Montaubán, donde el resto de la famosa Guardia
Blanca de su mando entretenía sus ocios quemando y saqueando.
--Algo falta, señor, observó Roger, y si me lo permitís....
--Escribe lo que gustes, Roger, y agrégalo á mi carta, que cuanto digas
habrá de ser interesante y agradable para mi señora la baronesa.
Aprovechando el permiso, describió el doncel lo que por modestia callaba
el barón, la gloria alcanzada por éste en combates y justas; aseguró á
la castellana de Morel que la salud del barón era inmejorable, que
todavía quedaban en la escarcela confiada á su guarda muy buenos
ducados y durarían hasta llegar él con su señor á Montaubán, y por
último rogaba á la baronesa que aceptase sus respetos y se sirviese
presentárselos muy rendidos á su hija la sin par Constanza.
--Muy bien expresado está todo eso, dijo el barón, moviendo satisfecho
su calva cabeza. Y ahora, Roger, si algo quieres escribir á tus
parientes de Inglaterra, lo enviaré con el mismo mensajero que ha de
llevar mis cartas.
--No tengo parientes, señor, dijo Roger tristemente. Mi hermano es el
único....
--Sí, recuerdo cómo os separasteis y te aseguro que no pierdes mucho.
Pero ya que no personas de tu misma sangre ¿no tienes allá alguien que
te sea querido?
--Oh, sí, replicó el joven, suspirando.
--Vamos, ya veo. ¿Es hermosa?
--Bellísima.
--¿Buena?
--Como un ángel.
--¿Y no te ama?
--No puedo decir que ame á otro.
--En tal caso, tu deber es hacerte digno de su amor. Sé honrado y
valiente; sin humillarte ante el poderoso, muéstrate afable y dulce con
el pobre y humilde, y á su tiempo te verás honrado con el amor de una
doncella pura y buena, el mayor galardón á que aspirar pueda todo
cumplido caballero. ¿Es tu amada de noble alcurnia?
--De nuestra más distinguida nobleza, señor.
--Cuidado, Roger, cuidado. No piques muy alto y recojas desengaños y
amarguras.
--Vos conocisteis á mi padre, señor barón, y sabéis también lo que vale
el linaje de los Clinton de Hanson....
--Rancia é indiscutible nobleza y gloriosa historia. Mas no lo digo por
tus blasones, hijo mío, sino por tu carencia de fortuna. Si fueras tú el
señor de Munster, en lugar de tu bullicioso hermano.... Pero, ó mucho me
engaño ó los pasos que resuenan son los de Sir Oliver.
No tardó en presentarse el rechoncho caballero, rojo de indignación, con
la inaudita noticia de que acababa de enviar un cartel de desafío á los
señores de Chandos y Fenton, cancilleres del ducado de Aquitania y á
quienes el príncipe encomendara la elección de los caballeros que con
tanto lucimiento sostuvieron el honor de las armas inglesas en el torneo
de la víspera. Atónito el de Morel ante tamaño desplante, averiguó que
el señor de Butrón se sentía ofendido por no haber figurado su nombre
entre los cinco elegidos y se proponía pedir cuenta de aquel desacato á
Chandos y Fenton. Trabajo le costó al barón apaciguar á su alborotado
amigo, quien acabó por confesarle que sólo esperaba saborear un nuevo y
gustoso guiso que en aquel momento le preparaban, para enviar también un
cartel al mismo príncipe.
--Pero ¿estáis dejado de la mano de Dios? le preguntó el barón. ¿Qué os
ha hecho el príncipe?
--Me tiene en poco, lo mismo que Chandos, y empieza á convertirme en
blanco de sus pullas y cuchufletas. ¿Sabéis la que me lanzó anoche
después del torneo? Alababa uno de mis amigos la fuerza de mi brazo y el
príncipe tuvo á bien decir que por fuerte que fuera el brazo nunca lo
sería tanto como el espinazo de mi caballo. Gracia ésta que fué recibida
con gran risa por todos los presentes.
Rióse también el barón, volvió á calmar á su pletórico amigo lo mejor
que supo y pudo, y viéndolo ya más dispuesto á gozar de sus guisos y
golosinas que á seguir lanzando retos á troche y moche, se despidió de
él hasta verse de nuevo en Dax. Sir Oliver se encargaba de mandar los
doscientos hombres de Morel y conducirlos á Dax en unión de sus
cincuenta ganapanes, mientras el barón anticipaba su salida de Burdeos
para dirigirse á Montaubán, tomar el mando del resto de la Guardia
Blanca que por allí merodeaba y reunirse al grueso del ejército en Dax
antes de que el príncipe emprendiese la marcha con dirección á España.
--Tú, Gualtero y el sargento Simón me acompañaréis, y también otro
arquero que Simón elija para que cuide de mis armas y arnés, dispuso el
barón.
Poco después salía éste de Burdeos acompañado de Gualtero de Pleyel y
dos horas más tarde se ponían en su seguimiento Roger, Simón y Tristán
de Horla, para quienes el primero tuvo que procurarse dos caballejos de
las Landas, de tan pobre apariencia como excelentes cualidades. Por el
camino iba pensando Roger, mientras sus dos compañeros departían
animadamente, en la conversación que poco antes había tenido con el
barón y se preguntaba si debió de haber completado su confesión
revelándole que no era otra su adorada que la bella heredera de Morel.
¿Cómo hubiera acogido éste semejante declaración? Desde luégo, declarado
había que por su nobleza podía aspirar á la mano de la más linajuda
dama, sin otro obstáculo en su camino que la falta de bienes de fortuna.
Por primera vez en su vida deseó tenerlos, y aunque no dudaba del amor
de Constanza, sabía también que la hechicera joven no le daría su mano
sin contar antes con la plena aprobación de su padre.
--¿Dónde dijo el capitán que le encontraríamos? preguntó á la sazón el
veterano arquero, volviéndose hacia Roger y sacándolo de sus
meditaciones.
--En Marmande ó Aiguillón, y añadió que no había extravío posible porque
desde Burdeos hasta los dos pueblos nombrados no hay otro camino que
éste que seguimos.
--Y que yo conozco como la palma de mi mano, dijo Simón. Quiera mi buena
suerte que al regreso lo recorra tan bien provisto de botín como la
última vez que por él pasé. ¿Véis á lo lejos aquel pueblecillo con el
castillejo feudal? Pues es Cadillac, nombre y lugar que tengo en la
memoria gracias á la taberna que estas gentes llaman del -Mouton d'Or- y
que yo llamaría del buen vino, que probaremos muy pronto. Á orillas del
Garona veremos después el villorrio de Bazán, donde me detuve tres días
á mi regreso de la última campaña; y la culpa fué de las hijas del
talabartero del lugar, tres pimpollos á cual más rozagante y á las
cuales dí palabra de casamiento.
--¿Á las tres?
--El diablo enredó las cosas de manera que no hubo medio de dejar una ó
dos buscando novio. Lo cual hubiera sido de muy mal gusto, á fe mía, y
más tratándose de un arquero galante, porque son á cual más bonita y el
diablo me lleve si hubiera yo podido preferir y elegir una de las tres.
--Pedigüeño tenemos, dijo en aquel punto Tristán, señalando hacia un
árbol cercano á cuya sombra se sentaba un viejo, cubierto desde el
cuello hasta los descalzos pies con tosco sayal gris de triple esclavina
y llevando un grasiento sombrero de anchas alas con tres conchas
cosidas en hilera al frente de la copa.
--Diría que es un religioso ó peregrino, á no ser por las extrañas
mercancías que parece tener de venta, dijo Simón.
Acercándose vieron que sobre una tabla que delante tenía se hallaban
colocados en línea algunos trozos de madera, varias piedras y un clavo
de buen tamaño.
--Socorred, señores, á un pobre peregrino, exclamó el viejo, que perdió
la vista de sus ojos después de contemplar con ellos los Santos Lugares
y que no prueba bocado desde hace dos días.
--Pues nadie lo diría al ver lo repleto y lucio que estáis, buen hombre,
dijo Simón mirándole atentamente.
--Con esas ligeras palabras no hacéis más que aumentar mi pena, dijo el
ciego. Me véis repleto y obeso al parecer y por ende me creéis bien
comido, cuando lo que en realidad me hincha y me mata es una hidropesía
incurable.
--¡Pobre hombre! murmuró Roger.
--¡Mala centella me parta si vuelvo á decir palabra! exclamó el arquero
arrepentido.
--No juréis, dijo el peregrino, y por lo que á mí toca os perdono de
corazón. Mis desgracias y mi desamparo han llegado á tal extremo que por
fin me veo obligado á deshacerme de mis tesoros para procurarme algunos
recursos con que terminar mi viaje. Voy al santuario de Nuestra Señora
de Rocamador y allí espero acabar mis días.
--¿Y qué tesoros son esos de que habláis?
--Helos aquí, sobre esta tabla. Ante todo este clavo, uno de los que
contribuyeron al infame suplicio que tuvo por consecuencia la redención
de la humanidad. Obtuve esta reliquia invaluable de los descendientes de
José de Arimatea, que viven todavía en Jerusalén.
--¿Y esas piedras y maderas? preguntó Tristán, no menos sorprendido que
sus compañeros.
--Una astilla de la verdadera cruz, otra del arca de Noé y la tercera de
la puerta del gran templo de Salomón. De los tres cantos que aquí tengo,
el menor fué uno de los que le arrojaron á San Esteban sus crueles
verdugos, y los otros dos proceden de la torre de Babel. Mucho me ha
costado obtener estas preciadas reliquias y por todo el oro del mundo no
me hubiera separado de ellas; pero próximo á morir, porque siento que
mis días están contados, os ofrezco las que queráis, al precio que
vuestros recursos os permitan ofrecerme.
Transportado Roger y sin reflexionar gran cosa, se volvió hacia sus
compañeros diciéndoles:
--Ocasión como esta no volverá á presentársenos en toda la vida. Sin el
clavo ese no me quedo, y se lo he de llevar y ofrecer á la abadía de
Belmonte.
--Como yo le llevaré á mi madre esa piedra que le arrojaron al santo,
dijo Tristán.
--Pues á mi vez prefiero la astilla de las puertas del templo, dijo por
su parte Simón, y aquí os entrego tres ducados, de cuatro que me quedan.
--Y aquí van dos más, agregó Tristán.
--Y cuatro míos, dijo Roger.
Con lo cual se despidieron del piadoso y cuitado peregrino, llevándose
aquellas venerables reliquias tan impensada cuanto fácilmente
adquiridas.
Lo malo fué que á poco andar dieron con una herrería, donde se
detuvieron para atender al caballo de Simón, que mucho necesitaba los
servicios del herrero. En conversación con éste, contóle Simón su
reciente encuentro y la gran compra que habían hecho; ver el rústico las
reliquias y echarse á reir fué todo uno, y asiendo un cajón lleno de
luengos clavos se lo presentó á Roger.
--Mirad, le dijo, si vuestro clavo no es uno de estos y si los cascorros
y astillas del santo varón no proceden del montón aquel que está á mi
puerta y donde yo mismo se los ví tomar no hace dos horas y meterlos en
su zurrón. El clavo me lo pidió él mismo y yo se lo dí. ¡Por vida de!
Sobrado crédulos sois para soldados.
Oir aquello y echar á correr en busca del tramoyista viejo fué todo uno.
Á poco lo vieron en lo alto de una cuesta que formaba el camino, pero
también los divisó él á buena distancia y suponiendo la embajada que
llevaban, prescindió de su ceguera y dejando el camino se metió por los
jarales y ganó el bosque, dejando más que mohinos á los tres amigos, tan
bonitamente burlados.
CAPÍTULO XXVI
DONDE SE AVERIGUA QUIÉN ERA EL MISTERIOSO PALADÍN
En Aiguillón, á donde llegaron aquella noche, los esperaban el barón de
Morel y el risueño Gualtero, cómodamente instalados en la hostería del
-Bâton Rouge-. El noble inglés sostenía interesante coloquio con un
afamado caballero del Poitou, Gastón de Estela, que acababa de llegar de
Lituania, donde había servido con los caballeros teutones á las órdenes
del gran maestre de Marienberga. Complacidísimo el señor de Morel con
aquel encuentro, se pasó las horas muertas hablando de campañas,
asedios, justas y aventuras y amanecía cuando se despidió del de Estela.
No le impidió esto ponerse en camino á la temprana hora que había fijado
la víspera, y dejando en Aiguillón el curso del Garona, tomó con sus
cuatro acompañantes por la orilla del Lot, no ya en dirección de
Montaubán sino de Villafranca, por donde, según noticias recogidas en el
camino, andaban sueltos unos arqueros ingleses más malos que Caín y que
desde luego supuso eran los mismos á quienes buscaba y de quienes era
capitán. Numerosos indicios revelaban la agitación y el estado de alarma
predominantes en aquella comarca y más de una vez se vió cercada y
detenida la pequeña cabalgata por numerosos grupos de vecinos armados, á
quienes tuvieron que dar cuenta del objeto de su viaje, so pena de
hacerse sospechosos y verse metidos en un mal lance.
--Bien se echa de ver que la paz de Bretigny no ha procurado gran
sosiego á esta región, dijo el señor de Morel. En ella parecen haberse
congregado cuanto malsín y aventurero quedaron por Francia y Aquitania
después de la guerra, gente sin fe ni ley que vive del despojo y la
violencia. Aquellas altas torres que allí véis pertenecen á la villa de
Cahors, y más allá queda la tierra de Francia.
En Cahors descansaron los caminantes, sin incidente ni aventura que
merezcan relato aparte, y al dejar aquella población se apartaron
también de las orillas del río, tomando una senda estrecha y tortuosa
que atravesaba extensa y desolada llanura. Limitábala por el sur
frondoso bosque, al salir del cual anunció el barón á sus escuderos que
habían dejado atrás los dominios de Inglaterra y pisaban el territorio
francés. Por todas partes se veían montones de ruinas, árboles y campos
quemados, viñedos cubiertos de piedras, puentes destrozados y aquí y
allá un castillo ó un monasterio convertidos en escombros; señales por
doquier del asolamiento y la rapiña. Aquel espectáculo contristó el
ánimo de los viajeros y el barón empezó á preguntarse con recelo si en
tal yermo hallaría provisiones para su pequeña tropa. Grande fué por lo
tanto la satisfacción de hidalgos y arqueros al notar que el sendero
desembocaba en ancho camino y que á poca distancia del cruce se veía una
casa intacta, grande y cuadrada, una de cuyas ventanas ostentaba la
enorme rama seca que anunciaba un mesón ó paradero.
--¡Ya era tiempo, vive Dios! exclamó el barón regocijado. Adelántate,
Roger, y dí al dueño de esa hostería ó taberna ó lo que sea que prepare
alojamiento para un caballero inglés y sus servidores.
Picó Roger espuelas á su caballo y llegó á la puerta de la casa, dejando
á sus compañeros á un tiro de ballesta. No viendo alma viviente, empujó
la entornada puerta, entró en el zaguán y llamó á gritos al mesonero. Ni
por esas; y como no era cosa de quedarse plantado allí, el joven
escudero se coló bonitamente en una gran pieza que á la izquierda
quedaba y en cuyo hogar chisporroteaban y ardían con alegre llama unos
gruesos troncos. Junto al fuego y sentada en un sillón de baqueta de
altísimo respaldo, hallábase una dama cuya edad no pasaría de los
treinta y cinco, y cuyos ojos, cejas y cabellos negrísimos contrastaban
con la extremada blancura de la tez. Pero más que su hermosura llamaban
en ella la atención su aire majestuoso y digno y la expresión grave y
pensativa del semblante. Sentado frente á ella en un escabel se hallaba
un hidalgo de robusta apariencia, cuyos anchos hombros cubría holgada
capa negra y que tenía puesta una gorra de terciopelo negro también, con
rizada pluma blanca. Sobre la tosca mesa cercana se veían un jarro de
vino y un cubilete de estaño, que el hidalgo llenaba y vaciaba de cuando
en cuando; al entrar Roger se ocupaba en partir y comer nueces, de las
que había un plato lleno sobre la mesa y cuyas cáscaras arrojaba entre
las llamas del hogar. Volvió un tanto el rostro para mirar á Roger y
éste contempló con sorpresa unas facciones deformes, cruzadas de
cicatrices, unos ojillos verdosos y la nariz abollada y torcida como si
hubiera recibido tremendo golpe.
--¿Sois vos el que así vocea? exclamó con voz gutural y desabrido
acento. ¿Habráse visto jovenzuelo con más frescura y menos miramientos?
Ganas tengo de coger mi látigo y daros una lección que bien necesitáis.
El asombro de Roger creció de punto, sobreponiéndose á su indignación y
por algunos instantes permaneció inmóvil, mirando al insolente caballero
y sin saber cómo contestarle en presencia de la dama. En aquel momento
llegaron á la puerta el barón, Gualtero y los dos soldados y echaron pie
á tierra; mas apenas oyó el desconocido sus voces y la lengua en que
hablaban, enfureciósele el rostro y arrojando con fuerza al suelo el
plato de nueces empezó á dar voces desaforadas llamando al hostalero.
Acudió éste pálido y temblando y dirigiéndose á la puerta de la casa
dijo en voz baja á los recién llegados:
--No lo encolericéis, mis buenos señores, por el amor de Dios lo pido.
--¿Qué decís? ¿De quién se trata? preguntó el barón.
Antes de que Roger pudiera explicarse resonó de nuevo la voz del
irritado huésped:
--¿Pero qué sentina es ésta? gritó. ¿No os pregunté al llegar, posadero
de los demonios, si estaba vuestra casa limpia de sabandijas, para que
pudiera alojarse en ella mi noble esposa sin asco ni molestias?
--Y os contesté, poderoso señor, que está limpia como una patena,
replicó el otro humildemente.
--¿Pues cómo se entiende, bellaco, que apenas llegados á ella oigamos ya
la charla de esos condenados ingleses? ¿Qué peores ni más dañinas
sabandijas para un buen caballero francés? ¡Que se larguen pronto,
maese, y de lo contrario, tanto peor para ellos y para vos!
No se lo hizo repetir el posadero, que salió corriendo de la estancia, á
tiempo que la dama protestaba dulcemente contra el violento lenguaje del
caballero.
--¡Por amor de Dios! dijo el atribulado posadero á los ingleses, hacedme
la merced de seguir vuestro camino. Villafranca no dista más de dos
leguas y allí encontraréis cómodo alojamiento en la posada de Anjou.
--No haré yo tal, dijo el barón de Morel, sin ver antes á quien así
habla y decirle dos palabras. ¿Cuáles son su nombre y sus títulos?
--Imposible nombrarle, señor, sin su permiso. Pero ved que si entráis
montará en ira y entonces.... Creedme, mi buen señor; ¡no sabéis de
quién se trata! Discreto sois, avisado estáis; ¡seguid, por merced,
vuestro camino!
--¡Calle el ventero! exclamó furioso ya el noble inglés. Ó mejor, id á
decir á ese tan formidable caballero que aquí está y aquí se queda el
barón León de Morel, porque así le place y sin que él ni nadie sea osado
á impedírselo. ¡Id!
Azorado el pobre hombre y sin saber á qué santo encomendarse, dió
algunos pasos por el zaguán, cuando se abrió de golpe la puerta interior
y apareció el furibundo francés, cerrados los puños y las deformes
facciones convulsas por la ira.
--¡Todavía estáis ahí, perros ingleses! gritó. ¡Mi espada, venga mi
espada! Pero en aquel instante se fijaron sus ojos en el escudo
blasonado del barón, sostenido por Tristán, y después de contemplarlo un
instante suavizóse la expresión de su semblante y apareció en sus labios
una sonrisa.
---¡Mort Dieu!- exclamó, ¡pues si es mi espadachín de Burdeos! Las cinco
rosas. Motivos tengo para recordarlas desde que las ví, no hace tres
días, en las justas del Garona. ¡Ah, señor León de Morel, tengo
contraída con vos una deuda! y al decir esto señaló su hombro derecho,
vendado con un pañuelo de seda.
Pero la sorpresa del desconocido al ver al barón no pudo compararse con
la de éste. Miró fijamente al herido y por fin exclamó con acento que
revelaba su profundo regocijo:
--¡Bertrán Duguesclín!
--El mismo que viste y calza, replicó el otro riéndose. Bien hice, á fe
mía, en ocultar el rostro allá en Burdeos, pues quien lo ve una vez
jamás lo olvida. Yo soy, señor de Morel, y hé aquí mi mano, que jamás
estrechará otras manos inglesas que la vuestra y la de Chandos.
--No soy joven, repuso el barón, y las guerras han añadido algunos años
á los que ya tengo, pero hasta ahora no me había otorgado el cielo la
merced y la honra de cruzar mi espada con otra de tan limpia y merecida
fama como la que me opusisteis vos en la liza de Burdeos. ¡Feliz yo mil
veces! Imposible me parece todavía haber tenido tan alta honra.
--¡Voto á! Motivos me habéis dado para no dudarlo, querido barón, dijo
el famoso guerrero con gran risa. Pero venid, y entren también vuestros
escuderos. No quiero privar á mi amada compañera del placer de ver en
vos á un modelo de nobles, aunque inglés, y á un guerrero famoso.
Recibiólos la noble dama con bondadosa sonrisa y á los pocos minutos de
conversación se había conquistado ya todo el respeto y toda la
admiración de Morel y sus escuderos. Con el aire de una reina y las
maneras de la más aristocrática dama, poseía un tacto incomparable, un
encanto que á todos seducía. Únase á esto el misterio de que la rodeaba
la creencia general de que poseía una facultad sobrenatural, la de
adivinar y predecir lo futuro y se comprenderá la impresión vivísima que
produjo en los tres hidalgos ingleses.
El mismo Duguesclín observaba con evidente satisfacción el interés que
en ellos despertaban la conversación amena de su esposa, sus puras y
elevadas ideas y la ilustración nada común de que daba clara muestra sin
la menor pesadez ni afectación.
--Perdonad, dijo por fin el guerrero francés. Tan noble y grata compañía
merece digno albergue y este ventorrillo no puede ofrecéroslo para pasar
la noche. Aprovechemos el poco tiempo que nos queda para montar á
caballo y llegar al castillo de Tristán de Rochefort, situado á una
legua de Villafranca y al cual nos dirigíamos cuando resolvimos
descansar aquí algunas horas. Es el señor de Rochefort antiguo
compañero de mis campañas y hoy senescal de Auvernia.
--Y os recibirá en palmas, á no dudarlo, dijo el barón. Mas ¿qué pensará
el senescal de nuestra llaneza?
--Pues os bendecirá cuando sepa que venís á limpiar la comarca de esos
tunantes uniformados que la devastan. ¡Á caballo, señores! Y vos, maese,
aquí tenéis unas monedas de oro; si algo sobra, tenédselo en cuenta al
primer caballero necesitado que por aquí aporte.
Momentos después cabalgaban ambos señores y la dama entre ellos,
escoltados por el joven Pleyel. Habíase retardado Roger en el mesón
llamando á los arqueros, cuando oyó una voz angustiada pidiendo favor á
gritos. Acercóse á la puerta de la estancia de donde procedían las voces
y se halló de manos á boca con Simón y Tristán, que se reían á
carcajadas y se dirigieron apresuradamente á la puerta del caserón,
donde los esperaban sus monturas. Entró Roger en la habitación y quedó
atónito al ver que de un fuerte garfio de hierro pendiente del techo
colgaba un hombrecillo que era quien tan desaforadamente gritaba. El
garfio lo tenía sujeto por el cinto y el infeliz manoteaba y perneaba
como un poseído.
---¡À moi, mes amis!- seguía berreando, cárdeno el rostro. ¡Favor al
campeón del Obispo de Montaubán! -¡À moi!-
Llegó el ventero en aquel instante, precipitóse con Roger en auxilio del
colgado, para lo cual tuvieron que subirse sobre la pesada mesa de
encina en la que se veían los restos del refrigerio de ambos arqueros, y
no sin trabajo lograron desenganchar al campeón del obispo.
--¿Se ha ido? preguntó apenas puso los pies en el suelo.
--¿Quién?
--El gigante, el monstruo de la cabellera roja.
--¡Ah, vamos! Tristán el arquero. Sí, se ha ido, dijo Roger.
--¿Y no volverá?
--No.
--¡De buena ha escapado! exclamó el hombrecillo dando un suspiro de
satisfacción. ¡Cobarde! ¡Atreverse conmigo y huir! ¡Ah, de haberme
esperado hubiera hecho con él un escarmiento, como hay Dios, para
ejemplo de pícaros!
--Permitidme, señor de Pelisier, dijo el ventero, que ponga á vuestra
disposición mi caballejo, con el cual no tardaréis en alcanzar al
descortés arquero.
--Ni pensarlo, exclamó apresuradamente el fanfarrón. Tengo estropeada
una pierna desde el día en que maté á tres enemigos, en el combate de
Castelnau.
--¡Pues corro á buscarlo yo mismo, para que lo castiguéis cual se merece
quien de tal suerte ofende á mi buen parroquiano, el señor Oscar
Reginaldo Bombardón de Pelisier!
---¡Pas si vite, mon ami!- Yo sabré buscarlo en su día. Imaginaos el
destrozo que sufriría vuestra hacienda si ese gigante y yo trabásemos
aquí descomunal combate.
En aquel momento se oyó el trote de un caballo que se detuvo á la puerta
de la hostería, palideció el prudente Pelisier y se agazapó bajo la
mesa, á tiempo que se oía la voz de Gualtero llamando á Roger. Dejó éste
la venta con su compañero y pronto alcanzaron á los dos arqueros.
--Bonita manera de tratar al señor Bombardón de Pelisier, dijo Roger á
Tristán con fingida severidad.
--No lo hice adrede... comenzó á decir el mocetón, á la vez que Simón
prorrumpía en sonoras carcajadas.
--¡Por el filo de mi espada! exclamó. Fanfarrón más insoportable no
espero volver á verlo en mi vida. Se negó á comer y beber con nosotros y
aun á dirigirnos la palabra. Después empezó á contar sus proezas á las
vigas del techo y acabó diciendo que había matado más ingleses que pelos
tenía en la cabeza. Iba yo á despanzurrarlo de un puntapie, cuando este
mameluco alargó su manaza y agarrando á Bombardón me lo colgó del gancho
como un cochinillo ó un trozo de cecina. ¡Por vida de! ¡Ja, ja, ja!
Reíanse todavía de la aventura los cuatro amigos cuando alcanzaron á su
capitán y poco después llegaron todos al castillo de Rochefort, cuyas
puertas se les abrieron de par en par apenas oyeron los que las
guardaban el nombre de Bertrán Duguesclín.
CAPÍTULO XXVII
VISIÓN PROFÉTICA
Tristán de Rochefort, senescal de Auvernia y señor de Villafranca, había
encanecido peleando contra los invasores ingleses y desde que se firmó
la paz no había tenido punto de reposo, persiguiendo á las partidas de
aventureros, salteadores y vagos que infestaban la comarca de su mando.
De aquellas excursiones regresaba unas veces vencedor, con una docena de
prisioneros que no tardaban en aparecer ahorcados sobre los muros de la
fortaleza; y otras se le veía volver huyendo y perseguido de cerca por
desertores y bandidos de todas razas y cataduras. Odiado por sus
enemigos, lo era también por los mismos á quienes gobernaba y defendía,
pues aparte de su dureza y despotismo no le perdonaban los azotes y las
torturas con que les había obligado á pagar su propio rescate, las dos
veces que los ingleses lo habían hecho prisionero.
Su residencia era una sombría fortaleza de sólidas murallas y con alta
torre almenada en su centro. Numerosa era la guardia que nuestros
viajeros hallaron á la puerta del castillo, pero la doble águila de
Duguesclín ofrecía por entonces el mejor salvoconducto para viajar en
aquella turbulenta región y era también llave de oro capaz de abrir
todas las fortalezas de Francia. El noble veterano acudió presuroso á
recibir á su amigo y compañero de armas; y fué grande su júbilo al saber
que el acompañante de Duguesclín no tardaría en librar al país de
aquellos endemoniados arqueros ingleses que más de una vez habían puesto
en fuga á los soldados del senescal enviados contra ellos.
Una hora después tomaban asiento en torno de la bien servida mesa los
tres nobles guerreros y las damas de Duguesclín y Rochefort, alegre y
amable esta última y mucho más joven que su dueño y señor; otros dos
huéspedes del senescal eran Amaury de Monticourt, de la orden de los
Hospitalarios y Otón Reiter, caballero bohemio de gran fama, y también
tomaron asiento con sus señores cuatro escuderos franceses, los dos de
Morel, Roger y Gualtero y el capellán de la fortaleza. Larga y alegre
fué la cena, sin que uno siquiera de los comensales se acordase de los
rencorosos y hambrientos pecheros que en aquellos mismos instantes,
ocultos entre la maleza, contemplaban desde lejos y con ideas de
venganza y muerte las ventanas iluminadas del castillo.
Levantados los manteles, tomaron cómodo asiento los huéspedes del
senescal en torno de un gran fuego, porque estaba la noche desapacible y
fría. El señor de Rochefort manifestó como de costumbre el desprecio que
le inspiraban los que él llamaba guardadores de cerdos y soeces
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