Inglaterra, el Lemosín y Saintonge. En los asientos y gradas encantaban la mirada las morenas bellezas del Garona y junto á ellas las rubias beldades inglesas, ostentando unas y otras sus mejores galas. De las balaustradas de las tribunas colgaban ricos tapices y anchas franjas de terciopelo en cuyo centro destacábanse, bordados en oro, plata y sedas de vivos colores, los escudos de armas de cien nobles. No tardaron en tomar éstos asiento, la multitud y los soldados se acomodaron como mejor pudieron y los pajes y palafreneros se encargaron de las armas y monturas de sus señores. Los mantenedores ocupaban la extremidad del campo más cercana á las puertas de la ciudad. Frente á sus respectivos pabellones se veían los escudos de armas de los cinco campeones ingleses, sostenidos por otros tantos escuderos; allí las rosas de Morel, las barras gules de Leiton, el león de Percy, los grifos de Abercombe y las plateadas alas de Beauchamp. Tras los pabellones piafaban impacientes los grandes caballos de batalla lujosamente enjaezados. La gran mayoría de los arqueros y hombres de armas ingleses se agrupaban en aquel extremo de la liza, ganosos de contemplar y vitorear á sus famosos campeones, que sentados á la puerta de sus tiendas, armados completamente y con el yelmo sobre las rodillas, departían tranquilamente sobre el gran suceso del día en que tan importante parte les tocaba desempeñar. Pero el pueblo gascón no ocultaba su preferencia por Captal de Buch y sus compañeros, pues la popularidad de los ingleses había decaído mucho desde las enconadas contiendas originadas por la captura del rey de Francia y el destino que debía de darse al regio prisionero. De aquí que no fueran generales, aunque sí muy nutridos, los aplausos que acogieron la proclamación del rey de armas, anunciando los nombres y títulos de los caballeros ingleses que estaban prontos, "por su Dios, por su patria, por su rey y por su dama," á combatir contra cuantos hidalgos les hiciesen la honra de romper lanzas con ellos. Más que aplausos, en cambio, fueron aclamaciones ensordecedoras las que saludaron al heraldo que en el opuesto extremo de la liza enumeró los nombres popularísimos de los justadores gascones. --Comienzo á creer que teníais mucha razón, Chandos, al aconsejarme que no tomase hoy partido ni enristrase lanza, dijo el príncipe en voz baja al notar el estado de los ánimos. Paréceme, señor de Armagnac, que nuestros amigos de Aquitania no verían con malos ojos la derrota de los campeones ingleses. --Bien pudiera ser, príncipe, como no dudo que en iguales circunstancias el pueblo de Londres ó Windsor favorecería ó aclamaría á sus compatriotas. --Y no está lejos la demostración palpable de lo que decís, exclamó riéndose el príncipe, porque allá diviso unas veintenas de arqueros cuyo vocerío no cede al de la multitud. Mucho me temo que sufran amargo desencanto si la copa de oro que he ofrecido al vencedor se queda en Aquitania en vez de cruzar el mar. ¿Cuáles son las condiciones, Chandos? --Cada pareja justará no menos de tres veces y la victoria será del partido cuyos campeones hayan triunfado en mayor número de encuentros singulares. El que más se distinga entre ellos recibirá el trofeo ofrecido por Vuestra Alteza, y el más diestro justador de los vencidos un broche de oro y piedras preciosas. ¿Doy la señal? Contestó el príncipe afirmativamente, sonaron los clarines y los mantenedores fueron entrando en liza uno tras otro y arremetiendo á sus contrarios, con varia fortuna para ambos bandos. Así, Sir Guillermo Beauchamp cayó al poderoso golpe de Captal de Buch, pero Percy desarzonó al de Mucident; Lord Abercombe derribó á su vez al señor de Albret y por fin el hercúleo Oliverio de Clisón igualó la suerte del combate con la victoria que alcanzó sobre Sir Raniero Leiton. --¡Por Santiago! exclamó Don Pedro, buenas lanzas y grande empuje, tanto los señores gascones como los ingleses. --¿Quién es el próximo adalid inglés? preguntó el príncipe con voz que denotaba su viva emoción. --El barón León de Morel, de Hanson, respondió Chandos. --Campeón esforzado y diestro si los hay. --Sin duda alguna, señor, pero su vista, como la mía, se halla muy quebrantada tras largas campañas. Con su poderoso brazo ganó en buena lid la diadema de oro ofrecida como trofeo por la reina Felipa, augusta madre de Vuestra Alteza, en las grandes justas con que se celebró en Inglaterra la toma de Calais. En el castillo de Monteagudo, donde reside, tiene un tesoro en premios y trofeos. --Ojalá vaya á reunirse con ellos la copa de este torneo, dijo el príncipe en voz baja. Aquí tenemos al paladín alemán y por su aspecto parece muy temible enemigo. Advertid al rey de armas que les permita encontrarse por tres veces en la liza, ya que tanto depende ahora del resultado de este combate. Sonaron de nuevo los clarines, hizo el rey de armas la señal que repitieron los farautes y se adelantó el último campeón de los gascones entre los vítores desaforados de la multitud. Era un guerrero de gran talla y fornido cuerpo, con yelmo y armadura negros y escudo sin divisa, pues prohibían tenerla los estatutos de la orden teutónica á que pertenecía. Flotaba á su espalda amplio manto blanco que tenía bordada en su centro la cruz negra orillada de plata de aquella orden. Manejaba briosamente su soberbio bridón, negro como el azabache y de gran alzada; y después de saludar al príncipe volvió grupas y ocupó su puesto á un extremo de la liza. Inmediatamente salió el barón de Morel de su tienda y se dirigió al galope hacia el balconcillo regio, ante el cual detuvo súbitamente al fogoso corcel con tal fuerza que lo hizo retroceder y alzarse de manos, á tiempo que el jinete saludaba profundamente. Llevaba el barón brillante armadura blanca, escudo blasonado y yelmo con largo y airoso penacho de plumas también blancas. La gracia y viveza de sus movimientos, el esplendor de su armadura y de los paramentos de su caballo y los corveteos de éste hicieron estallar unánimes aplausos. El barón saludó otra vez con singular donaire y se dirigió al punto del campo frontero al que ocupaba su contrario, haciendo caracolear al noble bruto y más como quien se dirige á una alegre fiesta que á fiero combate. Tan luego se hallaron frente á frente ambos campeones reinó absoluto silencio en todo el palenque. Del resultado dependía no sólo la gloria que pudiera caber al vencedor sino la victoria ó la derrota del bando que respectivamente representaban. Guerreros ambos de mucha nombradía, sus proezas los habían llevado á muy distintos países y campos de combate, sin darles hasta entonces la oportunidad de medirse cuerpo á cuerpo. Dióse la señal, y puestas las lanzas en los ristres arremetieron uno contra otro ambos combatientes, encontrándose con tremendo choque frente á la regia tribuna. Aunque el teutón se estremeció al golpe furibundo del caballero inglés, su lanza alcanzó á éste en la visera con fuerza tal que rompió las cintas que sujetaban el casco y éste cayó hecho pedazos, pero el barón continuó su carrera, descubierta la calva cabeza que brillaba á los rayos del sol. Millares de pañuelos y gorras agitados en el aire y un vocerío inmenso acogieron aquella ligera ventaja del caballero teutón. Nada desanimado el de Morel, llegóse á escape á su pabellón y se presentó á los pocos momentos con otro fuerte yelmo, pronto para la segunda justa. El resultado de ésta fué tan igual para ambos que los mejores jueces no hubieran podido adjudicar la victoria á uno ni otro. Así Morel como el de Bohemia resistieron impávidos el bote formidable del contrario, que ambos recibieron de lleno en el pecho y sin perder la silla. Pero en el tercer encuentro la lanza del barón se clavó entre las barras de la celada del contrario, arrancándole de golpe la visera, á tiempo que el de Bohemia, con singular mala suerte, desviaba su lanza y daba con ella fuerte golpe en el muslo de Morel, contra todas las reglas del torneo, que prohibían herir al contrario de la cintura abajo y declaraban vencido al que tal hiciera. También daba á Morel aquel malhadado golpe el derecho de apropiarse las armas y el caballo del enemigo, si hubiera querido ejercerlo. Los aplausos y gritos delirantes de los soldados ingleses y el silencio y los ceñudos rostros del pueblo anunciaron, antes que lo hicieran los farautes, el triunfo de los primeros, que habían obtenido ventaja en tres encuentros, contra dos que ganaran los gascones. Ya se habían congregado los diez combatientes frente á la tribuna del príncipe para recibir dos de ellos el galardón merecido, cuando el agudo toque de un clarín llamó la atención de los presentes hacia un extremo del palenque, ganosos todos de ver al inesperado caballero que así anunciaba su llegada. CAPÍTULO XXIV DE CÓMO EL ESTE ENVIÓ UN FAMOSO CAMPEÓN Dicho queda que las grandes justas de Burdeos, para las cuales era estrecha y de todo punto inadecuada la plaza frontera á la abadía de San Andrés, se celebraban extramuros, en la vasta llanura inmediata al río. Al este de aquella se elevaba el terreno, cubierto de verdes viñedos en verano, por entre los cuales serpenteaba el camino que conducía al interior, muy frecuentado de ordinario pero solitario aquel día en que todos, así viajeros como habitantes de la ciudad, formaban parte de la multitud espectadora. Mirando en la dirección de aquel camino hubiera podido verse, aun mucho antes de terminar el combate, dos puntos brillantes y móviles que fueron acercándose hasta mostrar al observador que procedían del reflejo del sol sobre los cascos de dos jinetes que se adelantaban al galope en dirección á Burdeos. Era el primero de ellos un caballero armado de punta en blanco, que montaba brioso corcel negro con blanca estrella en la frente. Parecía el jinete de corta estatura pero robusto y ancho de hombros, y llevaba calada la visera, sin empresa ni blasón sobre el blanco arnés ni el liso y bruñido escudo. El otro era evidentemente su escudero, sin más armas ofensivas ni defensivas que su yelmo y la poderosa lanza de su señor, que empuñaba con la diestra mano. En la izquierda, además de las riendas de su propia montura, tenía también la brida de un soberbio alazán con lujosos paramentos que le llegaban hasta los corvejones. Llegados ambos jinetes con los tres caballos á la entrada del palenque, dió el escudero aquel vibrante toque que tanto sorprendió á los espectadores. --¿Quién es ese caballero, Chandos, y qué desea? preguntó el príncipe Eduardo. --Á fe mía, replicó el canciller con no disimulada sorpresa, que ó mucho me engaño ó es un noble francés. --¡Francés! exclamó Don Pedro de Castilla. ¿Qué os induce á creerlo si no lleva blasón ni divisa que lo acredite? --Me basta mirar la forma de su armadura, señor, más redondeada en el codo y las hombreras que cuantas proceden de Inglaterra ó de España. También podría ser arnés de fabricación italiana, sin la curva especial del peto; y cuanto más lo miro más seguro estoy de que ese coselete ha sido hecho por artífices de la parte de acá del Rin. Pero aquí viene su escudero y no tardará Vuestra Alteza en saber qué lo trae por estos rumbos. Llegado el escudero ante el príncipe detuvo su caballo, tocó por segunda vez la bocina que llevaba suspendida del cinto y dijo con sonora voz y marcado acento bretón: --Vengo como heraldo y escudero de mi señor, noble y esforzado caballero y súbdito fiel del muy poderoso rey Carlos de Francia. Sabedor de que se celebraban estas justas, solicita mi señor la honra de medir sus armas con un caballero inglés que quiera aceptar su reto, ya rompiendo lanzas, ya combatiendo con espada y daga, maza ó hacha de armas. Y me ha ordenado muy expresamente declarar que su cartel va dirigido tan sólo á los nobles caballeros ingleses, no á los que sin serlo, ni ser tampoco buenos franceses, hablan la lengua de éstos y sirven bajo la bandera de aquéllos. --¡Osado sois, voto á tal! exclamó el de Clisón con voz tonante, á la vez que otros señores gascones llevaban la mano á la espada. --Mi señor, continuó el enviado sin hacer caso de las palabras de uno ni del ademán amenazador de los otros, está pronto á justar desde luego, á pesar de que su caballo de batalla acaba de recorrer largo trecho sin descanso, pues temíamos llegar tarde al torneo. --Tarde habéis llegado, en efecto, repuso el príncipe, pues sólo falta adjudicar el premio á los vencedores. Pero no dudo que entre estos caballeros míos los habrá dispuestos á complacer al campeón de Francia. --Y cuanto al trofeo, dijo el barón de Morel, seguro estoy de interpretar los deseos de estos señores al declarar que le será entregado, á pesar de su tardanza, si logra ganarlo en buena lid. --Llevad, escudero, ambas respuestas á vuestro amo, dijo el príncipe, y pedidle que nombre á uno de los cinco mantenedores ingleses que han justado hoy para romper lanzas con él. Un momento; ese caballero no lleva blasón ni divisa y necesitamos conocer su nombre. --Mi señor ha hecho voto de no revelar su nombre ni alzar la celada hasta pisar de nuevo la tierra de Francia. --Pero entonces ¿qué garantía tenemos de que no es un rústico diestro en el manejo de las armas, ó un palafrenero disfrazado con el arnés de su amo, cuando no un noble deshonrado con quien no se dignaría combatir ninguno de mis caballeros? --¡No hay tal, señor, lo juro por lo más sagrado! dijo el escudero con vehemencia. Antes bien declaro que no hay en el mundo caballero que no se tenga por muy honrado en cruzar la espada con quien aquí me envía. --Arrogante es la respuesta del escudero, dijo el príncipe, pero mientras no nos déis mejores pruebas de la noble calidad de vuestro amo, no consiento que con él justen las mejores lanzas de mi corte. --¿Rehusa Vuestra Alteza? --Rehuso resueltamente. --En tal caso, señor, el mío me ha autorizado para revelar secretamente su nombre al muy ilustre señor de Chandos, y sólo á él, para que declare si Vuestra Alteza misma podría ó no romper lanzas con mi señor, sin el menor desdoro. --Acepto la propuesta, dijo vivamente el príncipe. Acercóse Chandos al escudero, díjole éste algunas palabras al oído y el anciano canciller hizo un ademán de profunda sorpresa, á la vez que miraba con curiosidad é interés evidentes al inmóvil caballero que á distancia esperaba el resultado de aquellas negociaciones. --¿Será posible? exclamó. --Es la pura verdad, señor, dijo el escudero. Lo juro por San Iván de Bretaña. --Debí sospecharlo, agregó Chandos retorciendo los largos bigotes y mirando fijamente al apartado caballero. --¿Qué decís, Chandos? preguntó el príncipe. --Señor, una gracia os pido. Permitid á mi escudero que me traiga arnés para revestirlo y tener la alta honra de cruzar la espada con el campeón francés. --Poco á poco, mi buen Chandos. Tenéis, y muy bien ganados, cuantos lauros puede conquistar un hombre y hora es ya de que descanséis. Escudero, decid á vuestro amo que es muy bienvenido á mi corte, y que si gusta de tomar algún descanso y refrescar en mi compañía antes de la justa, pronto estoy á obsequiarle. --Perdonad, señor, no puede beber con Vuestra Alteza. --Que designe, pues, al caballero de su elección. --Desea justar con los cinco mantenedores ingleses, y con las armas que cada uno de ellos prefiera y elija. --Grande es su confianza, á lo que veo. Pero no es bien prolongar su espera ni tenemos ya mucho tiempo disponible, pues el sol se acerca al ocaso. Á vuestros puestos, caballeros, y veamos si este desconocido iguala con la alteza de sus hechos la arrogancia de sus palabras. Mientras duraron aquellos preliminares permaneció el incógnito campeón inmóvil como una estatua de acero, erguido en la silla de su caballo de batalla y apoyado en la robusta lanza. El ojo experto de nobles y soldados adivinaba un adversario temible en aquel hombre de atléticas formas é imponente aspecto. El arquero Simón, que figuraba en primera línea con Reno, Tristán y otros camaradas, no escaseaba sus comentarios más encomiásticos sobre el talante del desconocido y la maestría con que momentos antes había manejado caballo y lanza. Á fuerza de mirarle pareció despertarse un confuso recuerdo en la memoria del veterano. --Apuesto los bigotes del gran turco, dijo contrayendo las cejas, á que yo he visto antes al buen mozo ese, aunque no recuerdo dónde. ¿Fué en Nogent, fué en Auray? Lo que os digo, muchachos, es que estáis mirando á una de las primeras lanzas de Francia, y cuenta que mejores no las hay en el mundo y que yo sé lo que me digo. --Pues yo digo que todos estos torneos y melindres son pura niñería, gruñó Tristán de Horla. ¡Por la cruz de Gestas! No sino dejad que me vinieran á mí con lancitas y puyazos.... --¿Pues cómo combatirías tú, Tristán? preguntaron algunos. --Varios modos hay de hacerlo, replicó el gigante reflexionando; pero me parece que yo empezaría por romper mi espada. --Eso es lo que todos procuran hacer. --¡Ah, no! Pero es que yo no la rompería tontamente sobre el escudo del otro, sino contra mi rodilla. Y así convertiría lo que no es más que un pincho inútil en una buena maza. --¿Y después? --Dejaría que el otro me clavase su espadín en una pierna ó en el brazo, ó donde mejor le pareciese y luego y con toda calma le estrellaría los sesos con mi maza. --¡Bravo, Tristán! Vamos, que daría yo mi cobertor de pluma por verte suelto en la liza. ¡Bonita manera de justar la tuya! exclamó Simón. --Pues á mí me parece la mejor, dijo muy serio Tristán. Ó si no, agarraría yo al otro por la cintura, lo arrancaría de la silla quieras que no y me lo llevaría á mi tienda para no soltarlo hasta que me pagase un buen rescate. Grandes carcajadas acogieron aquella salida del valiente arquero y Simón prometió hacer todo lo posible para que nombrasen á Tristán rey de armas y pudiese llevar á la práctica sus peregrinas ideas sobre justas y torneos. --Allí viene Sir Guillermo Beauchamp, dijo Reno. Valiente caballero, pero temo que no pueda resistir el bote que promete darle la lanza del francés. Y así fué, porque si bien Beauchamp asestó á su contrario fuerte golpe en el yelmo, recibió en cambio tan furiosa lanzada que lo sacó de la silla y lo hizo rodar por el suelo. No tuvo mejor suerte el de Percy, que sacó roto el escudo y desguarnecido el brazo izquierdo, amén de una ligera herida en el costado. Abercombe dirigió su lanza á la cabeza del desconocido y éste le imitó, manteniéndose firme y erguido en la silla después del choque, al paso que el inglés quedó doblado hacia atrás, medio caído sobre la grupa del caballo, que recorrió la mitad del campo antes de que el jinete recobrase su posición normal. Leiton cayó á los golpes de maza del francés, arma elegida por el primero; sus servidores lo llevaron en brazos á su pabellón. Aquellas rápidas victorias sobre cuatro famosos guerreros llenaron de admiración á los espectadores, y así los soldados como las gentes del pueblo le prodigaron sus aplausos. --Temible campeón, comentó el príncipe; pero ya se adelanta el bravo de Morel, á pie y espada en mano, arma en que es quizás el más diestro de nuestro reino. Los combatientes se acercaron llevando al hombro y asidas con ambas manos las enormes espadas de combate. La lucha fué empeñada y brillante; se atacaban con denuedo y se defendían con destreza increíble, menudeando los golpes formidables que resonaban al chocar las espadas entre sí ó sobre los fuertes arneses. Por fin levantó el francés su arma para descargar un tajo decisivo, pero aquel momento bastó para que el barón descubriera un punto vulnerable en la armadura del contrario, y pronta como el rayo se clavó su espada en el brazo del francés, en la unión de aquél con el hombro. Poco profunda fué la herida, pero bastó para hacer brotar la sangre, que trazó roja línea sobre el bruñido peto. Aunque el desconocido parecía dispuesto á continuar la lucha, el rey de armas lanzó su dorado bastón á la liza y los combatientes bajaron las espadas. El príncipe dispuso inmediatamente que invitasen al campeón francés á permanecer algún tiempo en su corte, y si esto no fuera posible, á sentarse á su mesa aquella noche y descansar algunas horas en Burdeos. Oyó el caballero el cortés mensaje y se dirigió al trote de su corcel hacia la tribuna regia, vendado el hombro con blanco pañuelo de seda. --Señor, dijo con firme voz, saludando al príncipe; no puedo sentarme á vuestra mesa. Francés soy y por ende enemigo vuestro. El día más feliz de mi vida será aquel en que vea desaparecer en el horizonte la última de las galeras inglesas, llevándose al último de los soldados extranjeros que hoy pisan y dominan parte de esta tierra de Francia. Duras os parecerán mis palabras, pero os lo repito, soy vuestro enemigo. --Y por las muestras que hoy habéis dado, un enemigo valeroso y temible. El rey de Francia puede enorgullecerse de tener servidores como vos. Pero vuestra herida.... --Es insignificante y mi caballo puede hacer muy bien la jornada de vuelta, que emprenderé ahora mismo. Con Dios quedad; y saludando de nuevo se dirigió al galope á la entrada del palenque y desapareció seguido de su escudero. --Valiente, patriota y altivo, exclamó el príncipe. Tengo para mí que el justador desconocido de hoy es un gran guerrero francés. --No lo dudéis, señor, dijo Chandos, y de los más famosos. CAPÍTULO XXV DE UNA CARTA Y UNAS RELIQUIAS Cuando Roger se presentó en la cámara del barón al siguiente día, hallóle muy ocupado en trazar sobre emborronado pergamino unos signos retorcidos y enormes, que según averiguó después eran un conato de carta del barón á su esposa. --Bien vienes, Roger, dijo alborozado apenas divisó al joven. Confieso que no soy muy fuerte en achaques de escritura, y aquí me tienes sudando para contar á mi señora la baronesa muchas cosas que quiero decirle, con unos garabatos que se empeñan en no salir derechos y que no los entenderá ella, ni tú, ni yo mismo. Sonrióse el fiel escudero, ofreció al barón escribirle en un santiamén cuantas cartas quisiese y poco tardó en quedar firmada y sellada la en que el caballero refería ligeramente los principales episodios de su viaje, el encuentro con los piratas, la desgraciada muerte del joven escudero Froilán de Roda, su presentación en la corte y cómo se proponía salir sin tardanza para Montaubán, donde el resto de la famosa Guardia Blanca de su mando entretenía sus ocios quemando y saqueando. --Algo falta, señor, observó Roger, y si me lo permitís.... --Escribe lo que gustes, Roger, y agrégalo á mi carta, que cuanto digas habrá de ser interesante y agradable para mi señora la baronesa. Aprovechando el permiso, describió el doncel lo que por modestia callaba el barón, la gloria alcanzada por éste en combates y justas; aseguró á la castellana de Morel que la salud del barón era inmejorable, que todavía quedaban en la escarcela confiada á su guarda muy buenos ducados y durarían hasta llegar él con su señor á Montaubán, y por último rogaba á la baronesa que aceptase sus respetos y se sirviese presentárselos muy rendidos á su hija la sin par Constanza. --Muy bien expresado está todo eso, dijo el barón, moviendo satisfecho su calva cabeza. Y ahora, Roger, si algo quieres escribir á tus parientes de Inglaterra, lo enviaré con el mismo mensajero que ha de llevar mis cartas. --No tengo parientes, señor, dijo Roger tristemente. Mi hermano es el único.... --Sí, recuerdo cómo os separasteis y te aseguro que no pierdes mucho. Pero ya que no personas de tu misma sangre ¿no tienes allá alguien que te sea querido? --Oh, sí, replicó el joven, suspirando. --Vamos, ya veo. ¿Es hermosa? --Bellísima. --¿Buena? --Como un ángel. --¿Y no te ama? --No puedo decir que ame á otro. --En tal caso, tu deber es hacerte digno de su amor. Sé honrado y valiente; sin humillarte ante el poderoso, muéstrate afable y dulce con el pobre y humilde, y á su tiempo te verás honrado con el amor de una doncella pura y buena, el mayor galardón á que aspirar pueda todo cumplido caballero. ¿Es tu amada de noble alcurnia? --De nuestra más distinguida nobleza, señor. --Cuidado, Roger, cuidado. No piques muy alto y recojas desengaños y amarguras. --Vos conocisteis á mi padre, señor barón, y sabéis también lo que vale el linaje de los Clinton de Hanson.... --Rancia é indiscutible nobleza y gloriosa historia. Mas no lo digo por tus blasones, hijo mío, sino por tu carencia de fortuna. Si fueras tú el señor de Munster, en lugar de tu bullicioso hermano.... Pero, ó mucho me engaño ó los pasos que resuenan son los de Sir Oliver. No tardó en presentarse el rechoncho caballero, rojo de indignación, con la inaudita noticia de que acababa de enviar un cartel de desafío á los señores de Chandos y Fenton, cancilleres del ducado de Aquitania y á quienes el príncipe encomendara la elección de los caballeros que con tanto lucimiento sostuvieron el honor de las armas inglesas en el torneo de la víspera. Atónito el de Morel ante tamaño desplante, averiguó que el señor de Butrón se sentía ofendido por no haber figurado su nombre entre los cinco elegidos y se proponía pedir cuenta de aquel desacato á Chandos y Fenton. Trabajo le costó al barón apaciguar á su alborotado amigo, quien acabó por confesarle que sólo esperaba saborear un nuevo y gustoso guiso que en aquel momento le preparaban, para enviar también un cartel al mismo príncipe. --Pero ¿estáis dejado de la mano de Dios? le preguntó el barón. ¿Qué os ha hecho el príncipe? --Me tiene en poco, lo mismo que Chandos, y empieza á convertirme en blanco de sus pullas y cuchufletas. ¿Sabéis la que me lanzó anoche después del torneo? Alababa uno de mis amigos la fuerza de mi brazo y el príncipe tuvo á bien decir que por fuerte que fuera el brazo nunca lo sería tanto como el espinazo de mi caballo. Gracia ésta que fué recibida con gran risa por todos los presentes. Rióse también el barón, volvió á calmar á su pletórico amigo lo mejor que supo y pudo, y viéndolo ya más dispuesto á gozar de sus guisos y golosinas que á seguir lanzando retos á troche y moche, se despidió de él hasta verse de nuevo en Dax. Sir Oliver se encargaba de mandar los doscientos hombres de Morel y conducirlos á Dax en unión de sus cincuenta ganapanes, mientras el barón anticipaba su salida de Burdeos para dirigirse á Montaubán, tomar el mando del resto de la Guardia Blanca que por allí merodeaba y reunirse al grueso del ejército en Dax antes de que el príncipe emprendiese la marcha con dirección á España. --Tú, Gualtero y el sargento Simón me acompañaréis, y también otro arquero que Simón elija para que cuide de mis armas y arnés, dispuso el barón. Poco después salía éste de Burdeos acompañado de Gualtero de Pleyel y dos horas más tarde se ponían en su seguimiento Roger, Simón y Tristán de Horla, para quienes el primero tuvo que procurarse dos caballejos de las Landas, de tan pobre apariencia como excelentes cualidades. Por el camino iba pensando Roger, mientras sus dos compañeros departían animadamente, en la conversación que poco antes había tenido con el barón y se preguntaba si debió de haber completado su confesión revelándole que no era otra su adorada que la bella heredera de Morel. ¿Cómo hubiera acogido éste semejante declaración? Desde luégo, declarado había que por su nobleza podía aspirar á la mano de la más linajuda dama, sin otro obstáculo en su camino que la falta de bienes de fortuna. Por primera vez en su vida deseó tenerlos, y aunque no dudaba del amor de Constanza, sabía también que la hechicera joven no le daría su mano sin contar antes con la plena aprobación de su padre. --¿Dónde dijo el capitán que le encontraríamos? preguntó á la sazón el veterano arquero, volviéndose hacia Roger y sacándolo de sus meditaciones. --En Marmande ó Aiguillón, y añadió que no había extravío posible porque desde Burdeos hasta los dos pueblos nombrados no hay otro camino que éste que seguimos. --Y que yo conozco como la palma de mi mano, dijo Simón. Quiera mi buena suerte que al regreso lo recorra tan bien provisto de botín como la última vez que por él pasé. ¿Véis á lo lejos aquel pueblecillo con el castillejo feudal? Pues es Cadillac, nombre y lugar que tengo en la memoria gracias á la taberna que estas gentes llaman del -Mouton d'Or- y que yo llamaría del buen vino, que probaremos muy pronto. Á orillas del Garona veremos después el villorrio de Bazán, donde me detuve tres días á mi regreso de la última campaña; y la culpa fué de las hijas del talabartero del lugar, tres pimpollos á cual más rozagante y á las cuales dí palabra de casamiento. --¿Á las tres? --El diablo enredó las cosas de manera que no hubo medio de dejar una ó dos buscando novio. Lo cual hubiera sido de muy mal gusto, á fe mía, y más tratándose de un arquero galante, porque son á cual más bonita y el diablo me lleve si hubiera yo podido preferir y elegir una de las tres. --Pedigüeño tenemos, dijo en aquel punto Tristán, señalando hacia un árbol cercano á cuya sombra se sentaba un viejo, cubierto desde el cuello hasta los descalzos pies con tosco sayal gris de triple esclavina y llevando un grasiento sombrero de anchas alas con tres conchas cosidas en hilera al frente de la copa. --Diría que es un religioso ó peregrino, á no ser por las extrañas mercancías que parece tener de venta, dijo Simón. Acercándose vieron que sobre una tabla que delante tenía se hallaban colocados en línea algunos trozos de madera, varias piedras y un clavo de buen tamaño. --Socorred, señores, á un pobre peregrino, exclamó el viejo, que perdió la vista de sus ojos después de contemplar con ellos los Santos Lugares y que no prueba bocado desde hace dos días. --Pues nadie lo diría al ver lo repleto y lucio que estáis, buen hombre, dijo Simón mirándole atentamente. --Con esas ligeras palabras no hacéis más que aumentar mi pena, dijo el ciego. Me véis repleto y obeso al parecer y por ende me creéis bien comido, cuando lo que en realidad me hincha y me mata es una hidropesía incurable. --¡Pobre hombre! murmuró Roger. --¡Mala centella me parta si vuelvo á decir palabra! exclamó el arquero arrepentido. --No juréis, dijo el peregrino, y por lo que á mí toca os perdono de corazón. Mis desgracias y mi desamparo han llegado á tal extremo que por fin me veo obligado á deshacerme de mis tesoros para procurarme algunos recursos con que terminar mi viaje. Voy al santuario de Nuestra Señora de Rocamador y allí espero acabar mis días. --¿Y qué tesoros son esos de que habláis? --Helos aquí, sobre esta tabla. Ante todo este clavo, uno de los que contribuyeron al infame suplicio que tuvo por consecuencia la redención de la humanidad. Obtuve esta reliquia invaluable de los descendientes de José de Arimatea, que viven todavía en Jerusalén. --¿Y esas piedras y maderas? preguntó Tristán, no menos sorprendido que sus compañeros. --Una astilla de la verdadera cruz, otra del arca de Noé y la tercera de la puerta del gran templo de Salomón. De los tres cantos que aquí tengo, el menor fué uno de los que le arrojaron á San Esteban sus crueles verdugos, y los otros dos proceden de la torre de Babel. Mucho me ha costado obtener estas preciadas reliquias y por todo el oro del mundo no me hubiera separado de ellas; pero próximo á morir, porque siento que mis días están contados, os ofrezco las que queráis, al precio que vuestros recursos os permitan ofrecerme. Transportado Roger y sin reflexionar gran cosa, se volvió hacia sus compañeros diciéndoles: --Ocasión como esta no volverá á presentársenos en toda la vida. Sin el clavo ese no me quedo, y se lo he de llevar y ofrecer á la abadía de Belmonte. --Como yo le llevaré á mi madre esa piedra que le arrojaron al santo, dijo Tristán. --Pues á mi vez prefiero la astilla de las puertas del templo, dijo por su parte Simón, y aquí os entrego tres ducados, de cuatro que me quedan. --Y aquí van dos más, agregó Tristán. --Y cuatro míos, dijo Roger. Con lo cual se despidieron del piadoso y cuitado peregrino, llevándose aquellas venerables reliquias tan impensada cuanto fácilmente adquiridas. Lo malo fué que á poco andar dieron con una herrería, donde se detuvieron para atender al caballo de Simón, que mucho necesitaba los servicios del herrero. En conversación con éste, contóle Simón su reciente encuentro y la gran compra que habían hecho; ver el rústico las reliquias y echarse á reir fué todo uno, y asiendo un cajón lleno de luengos clavos se lo presentó á Roger. --Mirad, le dijo, si vuestro clavo no es uno de estos y si los cascorros y astillas del santo varón no proceden del montón aquel que está á mi puerta y donde yo mismo se los ví tomar no hace dos horas y meterlos en su zurrón. El clavo me lo pidió él mismo y yo se lo dí. ¡Por vida de! Sobrado crédulos sois para soldados. Oir aquello y echar á correr en busca del tramoyista viejo fué todo uno. Á poco lo vieron en lo alto de una cuesta que formaba el camino, pero también los divisó él á buena distancia y suponiendo la embajada que llevaban, prescindió de su ceguera y dejando el camino se metió por los jarales y ganó el bosque, dejando más que mohinos á los tres amigos, tan bonitamente burlados. CAPÍTULO XXVI DONDE SE AVERIGUA QUIÉN ERA EL MISTERIOSO PALADÍN En Aiguillón, á donde llegaron aquella noche, los esperaban el barón de Morel y el risueño Gualtero, cómodamente instalados en la hostería del -Bâton Rouge-. El noble inglés sostenía interesante coloquio con un afamado caballero del Poitou, Gastón de Estela, que acababa de llegar de Lituania, donde había servido con los caballeros teutones á las órdenes del gran maestre de Marienberga. Complacidísimo el señor de Morel con aquel encuentro, se pasó las horas muertas hablando de campañas, asedios, justas y aventuras y amanecía cuando se despidió del de Estela. No le impidió esto ponerse en camino á la temprana hora que había fijado la víspera, y dejando en Aiguillón el curso del Garona, tomó con sus cuatro acompañantes por la orilla del Lot, no ya en dirección de Montaubán sino de Villafranca, por donde, según noticias recogidas en el camino, andaban sueltos unos arqueros ingleses más malos que Caín y que desde luego supuso eran los mismos á quienes buscaba y de quienes era capitán. Numerosos indicios revelaban la agitación y el estado de alarma predominantes en aquella comarca y más de una vez se vió cercada y detenida la pequeña cabalgata por numerosos grupos de vecinos armados, á quienes tuvieron que dar cuenta del objeto de su viaje, so pena de hacerse sospechosos y verse metidos en un mal lance. --Bien se echa de ver que la paz de Bretigny no ha procurado gran sosiego á esta región, dijo el señor de Morel. En ella parecen haberse congregado cuanto malsín y aventurero quedaron por Francia y Aquitania después de la guerra, gente sin fe ni ley que vive del despojo y la violencia. Aquellas altas torres que allí véis pertenecen á la villa de Cahors, y más allá queda la tierra de Francia. En Cahors descansaron los caminantes, sin incidente ni aventura que merezcan relato aparte, y al dejar aquella población se apartaron también de las orillas del río, tomando una senda estrecha y tortuosa que atravesaba extensa y desolada llanura. Limitábala por el sur frondoso bosque, al salir del cual anunció el barón á sus escuderos que habían dejado atrás los dominios de Inglaterra y pisaban el territorio francés. Por todas partes se veían montones de ruinas, árboles y campos quemados, viñedos cubiertos de piedras, puentes destrozados y aquí y allá un castillo ó un monasterio convertidos en escombros; señales por doquier del asolamiento y la rapiña. Aquel espectáculo contristó el ánimo de los viajeros y el barón empezó á preguntarse con recelo si en tal yermo hallaría provisiones para su pequeña tropa. Grande fué por lo tanto la satisfacción de hidalgos y arqueros al notar que el sendero desembocaba en ancho camino y que á poca distancia del cruce se veía una casa intacta, grande y cuadrada, una de cuyas ventanas ostentaba la enorme rama seca que anunciaba un mesón ó paradero. --¡Ya era tiempo, vive Dios! exclamó el barón regocijado. Adelántate, Roger, y dí al dueño de esa hostería ó taberna ó lo que sea que prepare alojamiento para un caballero inglés y sus servidores. Picó Roger espuelas á su caballo y llegó á la puerta de la casa, dejando á sus compañeros á un tiro de ballesta. No viendo alma viviente, empujó la entornada puerta, entró en el zaguán y llamó á gritos al mesonero. Ni por esas; y como no era cosa de quedarse plantado allí, el joven escudero se coló bonitamente en una gran pieza que á la izquierda quedaba y en cuyo hogar chisporroteaban y ardían con alegre llama unos gruesos troncos. Junto al fuego y sentada en un sillón de baqueta de altísimo respaldo, hallábase una dama cuya edad no pasaría de los treinta y cinco, y cuyos ojos, cejas y cabellos negrísimos contrastaban con la extremada blancura de la tez. Pero más que su hermosura llamaban en ella la atención su aire majestuoso y digno y la expresión grave y pensativa del semblante. Sentado frente á ella en un escabel se hallaba un hidalgo de robusta apariencia, cuyos anchos hombros cubría holgada capa negra y que tenía puesta una gorra de terciopelo negro también, con rizada pluma blanca. Sobre la tosca mesa cercana se veían un jarro de vino y un cubilete de estaño, que el hidalgo llenaba y vaciaba de cuando en cuando; al entrar Roger se ocupaba en partir y comer nueces, de las que había un plato lleno sobre la mesa y cuyas cáscaras arrojaba entre las llamas del hogar. Volvió un tanto el rostro para mirar á Roger y éste contempló con sorpresa unas facciones deformes, cruzadas de cicatrices, unos ojillos verdosos y la nariz abollada y torcida como si hubiera recibido tremendo golpe. --¿Sois vos el que así vocea? exclamó con voz gutural y desabrido acento. ¿Habráse visto jovenzuelo con más frescura y menos miramientos? Ganas tengo de coger mi látigo y daros una lección que bien necesitáis. El asombro de Roger creció de punto, sobreponiéndose á su indignación y por algunos instantes permaneció inmóvil, mirando al insolente caballero y sin saber cómo contestarle en presencia de la dama. En aquel momento llegaron á la puerta el barón, Gualtero y los dos soldados y echaron pie á tierra; mas apenas oyó el desconocido sus voces y la lengua en que hablaban, enfureciósele el rostro y arrojando con fuerza al suelo el plato de nueces empezó á dar voces desaforadas llamando al hostalero. Acudió éste pálido y temblando y dirigiéndose á la puerta de la casa dijo en voz baja á los recién llegados: --No lo encolericéis, mis buenos señores, por el amor de Dios lo pido. --¿Qué decís? ¿De quién se trata? preguntó el barón. Antes de que Roger pudiera explicarse resonó de nuevo la voz del irritado huésped: --¿Pero qué sentina es ésta? gritó. ¿No os pregunté al llegar, posadero de los demonios, si estaba vuestra casa limpia de sabandijas, para que pudiera alojarse en ella mi noble esposa sin asco ni molestias? --Y os contesté, poderoso señor, que está limpia como una patena, replicó el otro humildemente. --¿Pues cómo se entiende, bellaco, que apenas llegados á ella oigamos ya la charla de esos condenados ingleses? ¿Qué peores ni más dañinas sabandijas para un buen caballero francés? ¡Que se larguen pronto, maese, y de lo contrario, tanto peor para ellos y para vos! No se lo hizo repetir el posadero, que salió corriendo de la estancia, á tiempo que la dama protestaba dulcemente contra el violento lenguaje del caballero. --¡Por amor de Dios! dijo el atribulado posadero á los ingleses, hacedme la merced de seguir vuestro camino. Villafranca no dista más de dos leguas y allí encontraréis cómodo alojamiento en la posada de Anjou. --No haré yo tal, dijo el barón de Morel, sin ver antes á quien así habla y decirle dos palabras. ¿Cuáles son su nombre y sus títulos? --Imposible nombrarle, señor, sin su permiso. Pero ved que si entráis montará en ira y entonces.... Creedme, mi buen señor; ¡no sabéis de quién se trata! Discreto sois, avisado estáis; ¡seguid, por merced, vuestro camino! --¡Calle el ventero! exclamó furioso ya el noble inglés. Ó mejor, id á decir á ese tan formidable caballero que aquí está y aquí se queda el barón León de Morel, porque así le place y sin que él ni nadie sea osado á impedírselo. ¡Id! Azorado el pobre hombre y sin saber á qué santo encomendarse, dió algunos pasos por el zaguán, cuando se abrió de golpe la puerta interior y apareció el furibundo francés, cerrados los puños y las deformes facciones convulsas por la ira. --¡Todavía estáis ahí, perros ingleses! gritó. ¡Mi espada, venga mi espada! Pero en aquel instante se fijaron sus ojos en el escudo blasonado del barón, sostenido por Tristán, y después de contemplarlo un instante suavizóse la expresión de su semblante y apareció en sus labios una sonrisa. ---¡Mort Dieu!- exclamó, ¡pues si es mi espadachín de Burdeos! Las cinco rosas. Motivos tengo para recordarlas desde que las ví, no hace tres días, en las justas del Garona. ¡Ah, señor León de Morel, tengo contraída con vos una deuda! y al decir esto señaló su hombro derecho, vendado con un pañuelo de seda. Pero la sorpresa del desconocido al ver al barón no pudo compararse con la de éste. Miró fijamente al herido y por fin exclamó con acento que revelaba su profundo regocijo: --¡Bertrán Duguesclín! --El mismo que viste y calza, replicó el otro riéndose. Bien hice, á fe mía, en ocultar el rostro allá en Burdeos, pues quien lo ve una vez jamás lo olvida. Yo soy, señor de Morel, y hé aquí mi mano, que jamás estrechará otras manos inglesas que la vuestra y la de Chandos. --No soy joven, repuso el barón, y las guerras han añadido algunos años á los que ya tengo, pero hasta ahora no me había otorgado el cielo la merced y la honra de cruzar mi espada con otra de tan limpia y merecida fama como la que me opusisteis vos en la liza de Burdeos. ¡Feliz yo mil veces! Imposible me parece todavía haber tenido tan alta honra. --¡Voto á! Motivos me habéis dado para no dudarlo, querido barón, dijo el famoso guerrero con gran risa. Pero venid, y entren también vuestros escuderos. No quiero privar á mi amada compañera del placer de ver en vos á un modelo de nobles, aunque inglés, y á un guerrero famoso. Recibiólos la noble dama con bondadosa sonrisa y á los pocos minutos de conversación se había conquistado ya todo el respeto y toda la admiración de Morel y sus escuderos. Con el aire de una reina y las maneras de la más aristocrática dama, poseía un tacto incomparable, un encanto que á todos seducía. Únase á esto el misterio de que la rodeaba la creencia general de que poseía una facultad sobrenatural, la de adivinar y predecir lo futuro y se comprenderá la impresión vivísima que produjo en los tres hidalgos ingleses. El mismo Duguesclín observaba con evidente satisfacción el interés que en ellos despertaban la conversación amena de su esposa, sus puras y elevadas ideas y la ilustración nada común de que daba clara muestra sin la menor pesadez ni afectación. --Perdonad, dijo por fin el guerrero francés. Tan noble y grata compañía merece digno albergue y este ventorrillo no puede ofrecéroslo para pasar la noche. Aprovechemos el poco tiempo que nos queda para montar á caballo y llegar al castillo de Tristán de Rochefort, situado á una legua de Villafranca y al cual nos dirigíamos cuando resolvimos descansar aquí algunas horas. Es el señor de Rochefort antiguo compañero de mis campañas y hoy senescal de Auvernia. --Y os recibirá en palmas, á no dudarlo, dijo el barón. Mas ¿qué pensará el senescal de nuestra llaneza? --Pues os bendecirá cuando sepa que venís á limpiar la comarca de esos tunantes uniformados que la devastan. ¡Á caballo, señores! Y vos, maese, aquí tenéis unas monedas de oro; si algo sobra, tenédselo en cuenta al primer caballero necesitado que por aquí aporte. Momentos después cabalgaban ambos señores y la dama entre ellos, escoltados por el joven Pleyel. Habíase retardado Roger en el mesón llamando á los arqueros, cuando oyó una voz angustiada pidiendo favor á gritos. Acercóse á la puerta de la estancia de donde procedían las voces y se halló de manos á boca con Simón y Tristán, que se reían á carcajadas y se dirigieron apresuradamente á la puerta del caserón, donde los esperaban sus monturas. Entró Roger en la habitación y quedó atónito al ver que de un fuerte garfio de hierro pendiente del techo colgaba un hombrecillo que era quien tan desaforadamente gritaba. El garfio lo tenía sujeto por el cinto y el infeliz manoteaba y perneaba como un poseído. ---¡À moi, mes amis!- seguía berreando, cárdeno el rostro. ¡Favor al campeón del Obispo de Montaubán! -¡À moi!- Llegó el ventero en aquel instante, precipitóse con Roger en auxilio del colgado, para lo cual tuvieron que subirse sobre la pesada mesa de encina en la que se veían los restos del refrigerio de ambos arqueros, y no sin trabajo lograron desenganchar al campeón del obispo. --¿Se ha ido? preguntó apenas puso los pies en el suelo. --¿Quién? --El gigante, el monstruo de la cabellera roja. --¡Ah, vamos! Tristán el arquero. Sí, se ha ido, dijo Roger. --¿Y no volverá? --No. --¡De buena ha escapado! exclamó el hombrecillo dando un suspiro de satisfacción. ¡Cobarde! ¡Atreverse conmigo y huir! ¡Ah, de haberme esperado hubiera hecho con él un escarmiento, como hay Dios, para ejemplo de pícaros! --Permitidme, señor de Pelisier, dijo el ventero, que ponga á vuestra disposición mi caballejo, con el cual no tardaréis en alcanzar al descortés arquero. --Ni pensarlo, exclamó apresuradamente el fanfarrón. Tengo estropeada una pierna desde el día en que maté á tres enemigos, en el combate de Castelnau. --¡Pues corro á buscarlo yo mismo, para que lo castiguéis cual se merece quien de tal suerte ofende á mi buen parroquiano, el señor Oscar Reginaldo Bombardón de Pelisier! ---¡Pas si vite, mon ami!- Yo sabré buscarlo en su día. Imaginaos el destrozo que sufriría vuestra hacienda si ese gigante y yo trabásemos aquí descomunal combate. En aquel momento se oyó el trote de un caballo que se detuvo á la puerta de la hostería, palideció el prudente Pelisier y se agazapó bajo la mesa, á tiempo que se oía la voz de Gualtero llamando á Roger. Dejó éste la venta con su compañero y pronto alcanzaron á los dos arqueros. --Bonita manera de tratar al señor Bombardón de Pelisier, dijo Roger á Tristán con fingida severidad. --No lo hice adrede... comenzó á decir el mocetón, á la vez que Simón prorrumpía en sonoras carcajadas. --¡Por el filo de mi espada! exclamó. Fanfarrón más insoportable no espero volver á verlo en mi vida. Se negó á comer y beber con nosotros y aun á dirigirnos la palabra. Después empezó á contar sus proezas á las vigas del techo y acabó diciendo que había matado más ingleses que pelos tenía en la cabeza. Iba yo á despanzurrarlo de un puntapie, cuando este mameluco alargó su manaza y agarrando á Bombardón me lo colgó del gancho como un cochinillo ó un trozo de cecina. ¡Por vida de! ¡Ja, ja, ja! Reíanse todavía de la aventura los cuatro amigos cuando alcanzaron á su capitán y poco después llegaron todos al castillo de Rochefort, cuyas puertas se les abrieron de par en par apenas oyeron los que las guardaban el nombre de Bertrán Duguesclín. CAPÍTULO XXVII VISIÓN PROFÉTICA Tristán de Rochefort, senescal de Auvernia y señor de Villafranca, había encanecido peleando contra los invasores ingleses y desde que se firmó la paz no había tenido punto de reposo, persiguiendo á las partidas de aventureros, salteadores y vagos que infestaban la comarca de su mando. De aquellas excursiones regresaba unas veces vencedor, con una docena de prisioneros que no tardaban en aparecer ahorcados sobre los muros de la fortaleza; y otras se le veía volver huyendo y perseguido de cerca por desertores y bandidos de todas razas y cataduras. Odiado por sus enemigos, lo era también por los mismos á quienes gobernaba y defendía, pues aparte de su dureza y despotismo no le perdonaban los azotes y las torturas con que les había obligado á pagar su propio rescate, las dos veces que los ingleses lo habían hecho prisionero. Su residencia era una sombría fortaleza de sólidas murallas y con alta torre almenada en su centro. Numerosa era la guardia que nuestros viajeros hallaron á la puerta del castillo, pero la doble águila de Duguesclín ofrecía por entonces el mejor salvoconducto para viajar en aquella turbulenta región y era también llave de oro capaz de abrir todas las fortalezas de Francia. El noble veterano acudió presuroso á recibir á su amigo y compañero de armas; y fué grande su júbilo al saber que el acompañante de Duguesclín no tardaría en librar al país de aquellos endemoniados arqueros ingleses que más de una vez habían puesto en fuga á los soldados del senescal enviados contra ellos. Una hora después tomaban asiento en torno de la bien servida mesa los tres nobles guerreros y las damas de Duguesclín y Rochefort, alegre y amable esta última y mucho más joven que su dueño y señor; otros dos huéspedes del senescal eran Amaury de Monticourt, de la orden de los Hospitalarios y Otón Reiter, caballero bohemio de gran fama, y también tomaron asiento con sus señores cuatro escuderos franceses, los dos de Morel, Roger y Gualtero y el capellán de la fortaleza. Larga y alegre fué la cena, sin que uno siquiera de los comensales se acordase de los rencorosos y hambrientos pecheros que en aquellos mismos instantes, ocultos entre la maleza, contemplaban desde lejos y con ideas de venganza y muerte las ventanas iluminadas del castillo. Levantados los manteles, tomaron cómodo asiento los huéspedes del senescal en torno de un gran fuego, porque estaba la noche desapacible y fría. El señor de Rochefort manifestó como de costumbre el desprecio que le inspiraban los que él llamaba guardadores de cerdos y soeces , . 1 2 , . 3 4 , , 5 , . 6 , 7 8 . 9 10 11 . 12 , 13 ; , , 14 , 15 . 16 . 17 , 18 , 19 , 20 , 21 . 22 , 23 24 25 . , 26 , 27 , 28 , " , , 29 , " 30 . , , 31 32 33 . 34 35 - - , , 36 , 37 . , , 38 39 . 40 41 - - , , 42 43 . 44 45 - - , 46 , 47 . 48 49 . ¿ , ? 50 51 - - 52 53 . 54 , 55 . ¿ ? 56 57 , 58 59 , . , 60 , 61 ; 62 63 . 64 65 - - ¡ ! , , 66 . 67 68 - - ¿ ? 69 . 70 71 - - , , . 72 73 - - . 74 75 - - , , , , 76 . 77 , 78 , 79 . , 80 , . 81 82 - - , 83 . 84 . 85 , 86 . 87 88 , 89 90 . 91 , , 92 93 . 94 . 95 , ; 96 97 . 98 99 100 , 101 , 102 . 103 , 104 . 105 , 106 . 107 108 , 109 110 . 111 112 113 . 114 115 . , 116 117 , 118 . , 119 , 120 . 121 , 122 123 , , 124 . 125 126 . 127 128 , 129 , 130 . 131 . 132 133 , 134 . 135 , , 136 , , 137 , 138 , 139 . 140 141 , . 142 143 , , 144 , , 145 . 146 147 , 148 , 149 . 150 151 152 153 154 155 156 157 158 159 , 160 161 , , . 162 , 163 , 164 , 165 , , 166 . 167 168 , 169 , 170 171 172 . 173 , 174 . 175 , , 176 . 177 , 178 , . 179 , , 180 181 . 182 , 183 . 184 185 - - ¿ , , ? 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