de su larga espada á la altura de los ojos. La empuñadura tenía una
guarda de gran tamaño que protegía bien mano y muñeca, y al comienzo de
la cruz, junto á la hoja, una profunda muesca destinada á recibir y
retener la espada del adversario y á romperla ó desarmarlo por medio de
un vigoroso movimiento de la muñeca. En cambio Roger tenía que confiar
por completo en su propia destreza; el arma que empuñaba, aunque del
mejor temple, era delgada y de sencilla empuñadura; una espada de corte
más que de combate.
Conocedor Tránter de las ventajas que le favorecían no tardó en
aprovecharlas y adelantándose de un salto dirigió á Roger una estocada
vigorosa, seguida de tremendo tajo capaz de cortarlo en dos; pero con no
menos rapidez acudió Roger al doble quite, aunque la violencia del
ataque le hizo retroceder un paso y aun así, la punta de la hoja enemiga
le desgarró el justillo sobre el pecho. Pronto como el rayo atacó á su
vez, mas la espada de Tránter apartó violentamente la suya y continuando
su giro descargó otro tajo terrible, que si bien fué parado á tiempo,
sobrecogió á los espectadores amigos de Roger. Pero el peligro parecía
atraer á éste, que contestó con dos estocadas á fondo, rapidísimas, la
segunda de las cuales apenas pudo parar Tránter, y al trazar el quite su
espada rozó la frente de Roger, tanto se había aproximado éste. La
sangre brotó abundante y cubrió su rostro, obligándole á retroceder para
ponerse fuera del alcance de su enemigo, quien se detuvo por un momento
respirando agitadamente, mientras los testigos de aquella lucha rompían
el silencio que hasta entonces guardaran.
--¡Bien por ambos! exclamó Germán. Sois tan valientes como diestros y
aquí debe terminar esta contienda.
--Con lo hecho basta, Roger, dijo Norbury.
--¡Sí, sí! exclamaron otros; se ha portado como bueno.
--Por mi parte, no tengo el menor deseo de matar á este doncel, si se
confiesa vencido, dijo Tránter enjugando el sudor que bañaba su frente.
--¿Me pedís perdón por haberme insultado? le preguntó Roger súbitamente.
--¿Yo? No en mis días, contestó Tránter.
--¡En guardia, pues!
Los relucientes aceros chocaron con furia. Roger cuidó de adelantar
continuamente, impidiendo al enemigo el libre manejo de su larga tizona;
alcanzóle ésta levemente en un hombro y casi al mismo tiempo hirió él
también á Tránter en un muslo, pero al elevar su espada para dirigirle
otro golpe al pecho, la sintió firmemente trabada en el corte hecho con
ese objeto en la hoja del contrario. Un instante después se oyó el ruido
seco que hacía la espada de Roger al romperse, quedándole tan sólo en la
mano un pedazo de hoja de no más de tres palmos de largo.
--Vuestra vida está en mis manos, exclamó Tránter con triunfante
sonrisa.
--¡Teneos! ¡se rinde! exclamaron á una varios escuderos.
--¡Otra espada! gritó Gualtero.
--Imposible, dijo Rodolfo; sería contra todas las reglas del duelo.
--Pues entonces, Roger, tirad al suelo ese trozo de espada, aconsejó
Norbury.
--¿Me pedís perdón? repitió Roger dirigiéndose á Tránter.
--¿Estáis loco? contestó éste.
--¡Pues en guardia otra vez! gritó Roger, renovando el ataque con vigor
tal que compensó la pequeñez de su arma.
Había notado que la respiración de Tránter era fatigosa y se propuso
hostigarle y cansarle, haciendo valer la propia agilidad. Su adversario
paraba como podía aquel diluvio de golpes, atisbando la oportunidad de
acabar el combate con uno de sus mortales tajos; mas ni la corta
distancia á que de propósito se mantenía Roger, ni la prontitud de los
movimientos de éste le permitían usar su larga espada con ventaja. Pero
Tránter, duelista experto, sabía que era imposible sostener dos minutos
más aquel ataque violentísimo y fatigoso cual ninguno y que muy pronto
cedería el nublado de golpes que caían sobre su espada con rapidez
vertiginosa. Así sucedió, en efecto; el cansancio paralizaba ya el brazo
de Roger, su adversario comprendió que había llegado el momento de dar
un golpe decisivo y oprimiendo con fuerza el puño de su acero, saltó
hacia atrás para ganar el espacio que necesitaba.... Aquel movimiento
salvó á Roger; su adversario había retrocedido sin cesar desde la
renovación del combate y llegado sin saberlo á la misma orilla. Al
retroceder una vez más le faltó pie y se hundió en las aguas del
Garona.
Con una exclamación general de sorpresa precipitáronse todos en auxilio
de Tránter, que había desaparecido por completo en las profundas y
heladas aguas del río. Dos veces apareció sobre ellas su angustiado
rostro y en vano procuró asir los cintos, espadas y ramas que sus
compañeros le tendían. Roger había lanzado al suelo su rota espada y
contemplaba aquella dolorosa agonía con profunda lástima. Todo su furor
habíase disipado como por encanto. En aquel momento apareció por tercera
vez sobre las aguas el rostro contraído del escudero; su mirada se cruzó
con la de Roger y éste, incapaz de resistir aquella muda apelación,
apartó violentamente á un escudero que delante tenía y se lanzó al
Garona.
Nadador experto, pocas brazadas bastaron para llevarle junto á su
adversario, á quien asió por los cabellos. Pero la corriente era
poderosa y muy pronto comprendió el animoso doncel la dificultad de
sostener á flote el cuerpo de Tránter y nadar al propio tiempo hacia la
orilla. Á pesar de los más vigorosos esfuerzos no parecía ganar una
línea. Dió con desesperación algunas brazadas más y un grito de júbilo
de cuantos estaban en tierra le anunció que había salido de la peligrosa
corriente y llegado á un tranquilo remanso allí formado por una
proyección del terreno. Momentos después caía en su diestra mano la
extremidad del cinto de Gualtero, al que había anudado éste los de
algunos otros escuderos. Asiólo con fuerza, incapaz de seguir nadando un
momento más, pero sin soltar á Tránter. Los escuderos los sacaron del
agua en un tris, depositándolos casi exánimes sobre la hierba.
Tránter, que no había luchado como su adversario contra la impetuosa
corriente, fué el primero en salir de aquel letargo. Incorporóse
lentamente y contempló á Roger, que no tardó en abrir los ojos y en
sonreirse complacido al escuchar los elogios que todos á porfía le
prodigaban.
--Os estoy muy reconocido, señor mío, díjole Tránter, con no muy
amistoso acento. Sin vos hubiera perecido en el río, porque soy natural
de las montañas de Varén, donde se cuentan muy pocos que sepan nadar.
--No pido ni espero gracias, repuso Roger. Ayúdame á levantarme,
Gualtero.
--El río ha sido hoy mi enemigo, continuó Tránter, pero se ha portado
como bueno con vos, pues á él le debéis la vida que yo iba á
arrancaros....
--Eso estaba por ver, repuso Roger.
--¡Todo ha concluído! exclamó Germán, y más felizmente de lo que yo
creía. Lo que no ofrece duda es que este joven, cuyo nombre me dicen es
Roger de Clinton, ha ganado brillantemente el derecho de pertenecer al
muy honrado gremio de los escuderos de Burdeos. Aquí está vuestra
ropilla, Tránter.
--Y vos, Clinton, echaos esta capa sobre los hombros y venid cuanto
antes.
--Lo que más deploro es la pérdida de mi buena espada, que yace en el
fondo del río, suspiró Tránter.
--¡Á la abadía! exclamaron varios escuderos.
--¡Un momento, señores! dijo entonces Roger, que había recogido del
suelo su rota espada y se apoyaba en el hombro de Gualtero. No he oído á
este hidalgo retractar las palabras que me dirigió y....
--¡Cómo! ¿Todavía insistís? preguntó Tránter sorprendido.
--¿Y por qué no? Soy tardo en recoger las provocaciones, pero una vez
resuelto á obtener reparación la exijo mientras me quedan fuerzas y
alientos.
---Ma foi-, pues bien pocos os quedan ya, exclamó Germán bruscamente.
Estáis blanco como la cera. Seguid mi consejo y dad por terminada la
cuestión, que no os podéis quejar del resultado.
--No, insistió Roger. Yo no provoqué esta querella, pero ya comenzada,
juro no partir hasta haber obtenido lo que vine á buscar ó perecer en la
demanda. No hay más que hablar; dadme vuestras excusas ó procuraos otra
espada y reanudemos el combate.
El joven escudero, pálido como un muerto, extenuado con el tremendo
esfuerzo que acababa de hacer para salvar á su enemigo y con la pérdida
de sangre que manchaba su hombro y su frente, probaba sin embargo con su
actitud, sus palabras y su acento que lo animaba una resolución
inquebrantable. El mismo Tránter admiró aquella energía invencible y
cedió ante la gran fuerza de carácter que acababa de demostrar el joven
hidalgo.
--Puesto que á tal punto lleváis lo que debisteis de considerar como
inocente broma, me avengo á declarar que siento haberos dicho lo que
tanto os ofende, dijo Tránter en voz baja.
--Y yo deploro también la respuesta que á ello dí, repuso prontamente
Roger. Hé aquí mi mano.
--Y con esta van tres veces que suena la campana llamándonos á comer,
exclamó Germán mientras todos se dirigían en grupos hacia la abadía,
comentando las peripecias del combate. ¡Por Dios vivo! señor de Pleyel,
dad una copa de buen vino á vuestro amigo en cuanto lleguéis, porque
está transido, sin contar que ha tragado dos azumbres de agua. Confieso
que á juzgar por su aspecto no hubiera esperado de él tanta entereza.
--Pues yo declaro que el aire de Burdeos ha trocado á mi compañero en
gallo de pelea, porque jamás había salido del condado de Hanson joven
más apacible y modesto que él.
--¿Sí, eh? Pues también tiene fama de modesto y apacible como una dama
su señor el de Morel; y la verdad es que ni uno ni otro aguantan moscas.
¡Cáspita con el mozo!
CAPÍTULO XXI
DONDE AGUSTÍN PISANO ARRIESGA SU CABEZA
Abundante y bien servida era la mesa de los escuderos en la abadía de
San Andrés desde que el príncipe Eduardo estableció su corte en aquel
histórico edificio. Allí aprendió Roger lo que el lujo y el buen gusto
significaban, sobre todo al comparar aquellos festines con las frugales
comidas del convento y la parsimonia de la mesa de Morel. Cabezas de
jabalí deliciosamente adobadas, faisanes asados, dulces y cremas nunca
gustados antes, prodigios de repostería, uno de los cuales representaba
en todos sus detalles el exterior del regio palacio de Windsor, tales
fueron algunas de las maravillas culinarias que saboreó Roger en la
antigua abadía francesa. Un arquero se apresuró á llevarle ropas y traje
de los que á bordo del galeón dejara, y después de mudarse y lavar sus
heridas no tardó en recobrar fuerzas y buen humor, olvidado por completo
de la fatiga de aquella mañana. Un paje le anunció que su señor se
proponía visitar aquella noche al canciller de Chandos y deseaba que sus
dos escuderos se alojasen en el hostal de la -Media Luna-, al fin de la
calle de los Apóstoles. Al cual mesón se dirigieron Roger y Gualtero al
anochecer, después de su larga comida y de oir los brindis y canciones
con que pasaron rápidas las horas en compañía de los otros alegres
escuderos.
Caía menuda lluvia cuando los dos camaradas empezaron á recorrer las
calles de Burdeos, después de dejar bien cuidados sus corceles y el del
barón en las caballerizas del príncipe. No hallaban á su paso más
alumbrado que el muy escaso de tal cual farol de aceite colgado en una
esquina ó á la entrada de las casas principales de la ciudad; pero ni la
semiobscuridad ni la lluvia impedían que las calles siguiesen casi tan
concurridas como en pleno día. Los transeuntes pertenecían á todas las
clases de aquella rica y por entonces bélica ciudad. Allí el obeso
comerciante, cuyo rostro complacido y sonriente, traje obscuro de fino
paño y repleta escarcela pregonaban su riqueza y bienestar. Tras él
modesta sirviente, llevando la encendida linterna que indicaba á su amo
donde poner los pies sin grave tropiezo. En dirección contraria veíase
un grupo de mocetones ingleses, arqueros del condado de Estápleton á
juzgar por el pelícano azul cosido sobre el coleto; gente alegre de
cascos y dura de puños, que bebían á más y mejor y cantaban á voz en
cuello y cuya presencia obligaba al mercader á apresurar el paso,
mientras su fámula ocultaba el rostro con el manto al oir los piropos
nada delicados de aquella turba. No escaseaban los soldados de la
guardia real, los pajes ingleses elegantemente ataviados, las mujeres
del pueblo cuyas agudas voces se oían á gran distancia, parejas de
frailes, filas de ballesteros y hombres de armas, marineros, soldados de
los cuerpos de guardia, caballeros gascones que vociferaban y
gesticulaban según costumbre invariable, campesinos del Medoc, escuderos
ingleses y gascones y tantas otras gentes, que cruzaban en todas
direcciones ó hablaban en grupos, empleando ya las lenguas inglesa,
francesa y del país de Gales, ya el vascuence ó los dialectos de Gascuña
y Guiena. Á veces se abrían los grupos para dar paso á la litera de una
noble dama, ó á los arqueros que con antorchas encendidas precedían á un
caballero de alto rango camino de su alojamiento y procedente de los
festines de la corte. Las pisadas y el relinchar de los caballos, los
gritos de los vendedores ambulantes, el choque de las armas, las voces
de borrachos pendencieros, las carcajadas de hombres y mujeres, todo
aquel clamor se elevaba y se cernía, como la neblina en el pantano,
sobre las calles obscuras y atestadas de la gran ciudad.
La atención de nuestros escuderos se fijó particularmente en dos
personas que iban delante y en la misma dirección que ellos. Eran un
hombre y una mujer, alto, cojo caído de hombros el primero, que llevaba
debajo del brazo un objeto grande y plano envuelto en negro lienzo. La
mujer era joven y gracioso su andar, pero mal podía vérsele el rostro,
cubierto por tupido manto que sólo daba paso á la brillante mirada de
unos ojos grandes y pardos y descubría uno ó dos rizos de negrísimo
pelo. El hombre se apoyaba pesadamente en el brazo de la joven, y
procuraba proteger cuanto podía el envoltorio que llevaba, evitando el
encuentro de los transeuntes que con él pudieran tropezar en la
obscuridad. La ansiedad evidente de aquel hombre, que parecía llevar
oculta preciosa carga y el aspecto de su compañera despertaron el
interés de los dos jóvenes ingleses que los seguían á dos pasos de
distancia.
--¡Ánimo, hija mía! exclamó el desconocido en lo que parecía ser uno de
los dialectos de aquella región. Cien pasos más y lo ponemos en salvo.
--Cuidadlo bien, padre, y no temáis ya, repuso la mujer en la misma
extraña habla.
--La verdad es que nos rodea una turba de bárbaros, borrachos muchos de
ellos. Cincuenta pasos más, Tita mía, y juro por el bendito San Telmo no
poner otra vez los pies fuera de casa hasta que el enjambre éste se
halle en Dax ó donde lo lleven los demonios. ¡Cómo empujan y aullan!
Procura apartarlos, hija, adelantando un poco el cuerpo. Dale un codazo
á ese animal. Ya es imposible andar. ¡Buena la hemos hecho!
La multitud apiñada que los precedía formaba allí una barrera
infranqueable y tuvieron que detenerse. Algunos arqueros ingleses
repletos de cerveza se fijaron en la extraña pareja y empezaron á
examinarla con curiosidad.
--¡Por el rabo de Satanás! exclamó uno, mirad la arrogante muleta que
usa este viejo. No te apoyes tanto en la chica y más en tus piernas,
abuelo.
--¡Cómo se entiende! dijo otro arquero. Los soldados del rey sin una
muchacha que los mire, porque los viejos franceses se las llevan de
paseo. ¡Vente conmigo, reina!
--Ó conmigo, paloma. ¡Por San Jorge! la vida es corta y lo mejor es
hacerla alegre. ¡No vuelvan á ver mis ojos el puente de Chester si no le
digo dos palabritas á esta buena moza!
--¿Qué lleva el lagarto ese bajo el brazo? preguntó un tercero.
--Á ver, manojo de huesos. Venga el envoltorio.
Los arqueros rodeaban á la pareja y el hombre, azorado, sin comprender
una palabra de lo que decían, oprimía con una mano el brazo de la mujer
y con la otra apoyaba sobre el pecho el precioso paquete, dirigiendo en
torno miradas suplicantes.
--¡Ea, muchachos! exclamó Gualtero de Pleyel con imperiosa voz,
apartando al arquero que más cerca tenía. Os portáis como villanos.
¡Quedas las manos, ó puede costaros caro!
--¡Tened vos la lengua ó más caro ha de costaros todavía! respondió el
soldado más ebrio. ¿Quién sois vos para impedir que los arqueros
ingleses se diviertan?
--Un escudero palurdo, acabado de desembarcar, dijo otro. ¡Bonito sería
que además de nuestros jefes viniera á darnos órdenes el primer
muchachuelo que abandone á su mamá y se aparezca en Aquitania!
--¡Por Dios, mis buenos señores! suplicó la joven en mal francés
¡amparadnos! ¡Impedid que estos hombres nos maltraten!
--Nada temáis, señora, dijo cortésmente Roger. ¡Suelta, rufián! ordenó
dirigiéndose á un arquero que había enlazado con su brazo el talle de la
joven.
--¡No la sueltes, Bastián! aulló un hombre de armas gigantesco, de
luenga barba negra, cuya coraza brillaba á la tenue luz del farol más
próximo. Y vosotros, mozalbetes, cuidado con tocar esos espadines que
lleváis ú os hago tragar un palmo de hierro en menos que canta un gallo.
--¡Dios sea loado! exclamó en aquel momento Roger, viendo venir hacia
ellos un casco enorme sobre roja melena, que descollaba entre la
multitud. ¡Á mí, Tristán! Y también Simón. ¡Á mí, compañeros, ayudadme á
proteger á una mujer y un anciano!
--¡Hola, -mon petit-! gritó Simón con voz tonante, abriéndose paso en un
santiamén y seguido del sonriente Tristán de Horla. ¿Qué pasa aquí? ¡Por
el filo de mi espada! te advierto, Roger, que si vas á proteger á
cuantos se hallen en apuro en esta tierra ya tienes tela cortada para
rato. Pero descuida, que al cabo de un año de aprendizaje en la Guardia
Blanca harás menos caso de lo que digan y emprendan unos cuantos
arqueros calamocanos. ¿De qué se trata, repito? Por ahí viene el
preboste con sus guardias y es muy probable que si no tomáis soleta
tendremos aquí un par de arqueros ahorcados en menos de diez minutos.
--¡Digo, pues si es este el viejo Simón Aluardo, de la Guardia Blanca!
exclamó el hombre de armas que tan insolente se había mostrado con los
escuderos. ¡Un abrazo, Simón! Por vida mía, tiempo hubo en que desde
Limoges hasta Navarra no se conocía arquero más pronto en conquistar á
una muchacha ó derrengar á un enemigo.
--No lo dudo, amigo Carlín, repuso Simón, y á fe que no creo haber
cambiado mucho desde entonces. Pero también sabes que ni tomo yo un beso
á la fuerza, ni ataco al enemigo por la espalda y diez contra uno. Al
buen entendedor....
Una mirada al resuelto rostro del sargento y á las manazas de Tristán
convenció á los arqueros de que allí nada bueno podrían sacar á la
fuerza. La mujer y su padre comenzaron á abrirse paso sin que nadie
intentase impedírselo y Gualtero y Roger fueron tras ellos.
--Un momento, camarada, dijo Simón á Roger. Ya sé que esta mañana has
hecho proezas en la abadía; pero te recomiendo alguna prudencia en eso
de sacar la espada á relucir. Mira que he sido yo quien te ha metido en
estos líos y que si te pasa algo lo sentiré de veras, muchacho.
--Descuidad, Simón, seré prudente.
--No busques el peligro, -mon petit-, y espera á tener la muñeca algo
más sólida. Oye; esta noche nos reuniremos algunos amigos en la -Rosa de
Aquitania-, á dos puertas de tu hostería de la -Media Luna-, y si
quieres vaciar un vaso en compañía de simples arqueros ¡bienvenido!
Prometió el doncel reunirse con ellos si se lo permitían sus deberes de
escudero y deslizándose entre los grupos llegó á donde estaba Gualtero,
en conversación con el viejo y la muchacha, en el portal de su casa.
--¡Gracias, valiente caballero! exclamó el desconocido abrazando á
Roger. ¿Cómo manifestaros mi gratitud? Sin vuestro auxilio y el de
vuestros amigos habría yo perdido la cabeza y sabe Dios qué suerte
hubiera cabido á mi pobre Tita....
--No creo que aquellos energúmenos se hubieran propasado á tal extremo,
dijo el joven algo sorprendido.
---¡Ah, diavolo!- exclamó el otro soltando la carcajada, no hablo de mi
cabeza sino de la que llevo aquí bajo el brazo.
--Quizás estos caballeros deseen entrar y reposar un momento en nuestra
casa, padre mío. Si seguimos aquí puede estallar otro tumulto de un
momento á otro.
--¡Tienes razón, hija! Entrad, señores. ¡Una luz, Jacobo, pronto! Siete
escalones, eso es. Tomad asiento. -¡Corpo di Bacco-, qué susto me han
dado esos canallas! Pero no es extraño. Tomad un vándalo, un normando y
un alano, mezcladlos con el moro más redomado, emborrachad al aborto
resultante de esa mezcla y ya tenéis un inglés hecho y derecho.... Me
dicen que ahora están invadiendo á Italia, mi patria, como han invadido
á Francia. ¡Qué gente, Dios eterno! En todas partes se meten, menos en
el cielo.
--Padre mío, dijo la joven mientras ayudaba al anciano á sentarse en
cómoda poltrona, olvidáis que estos buenos señores que nos han protegido
son también ingleses....
--¡Mil perdones! Pero ¡quién lo dijera! Mirad, señores míos, estas obras
de arte que aquí tengo; quizás os interesen, aunque entiendo que allá en
vuestra isla no se conoce más arte que el de la guerra.
Cuatro lámparas iluminaban ampliamente la estancia de artesonado techo
en que se hallaban. Colgadas de las paredes, sobre los muebles, en los
rincones, por todas partes se veían placas de vidrio de diferentes
tamaños y formas, pintadas delicadamente. Gualtero y Roger miraron en
torno asombrados, porque jamás habían visto juntas tantas y tan
magníficas obras de arte.
--Veo que os gustan, dijo el artista al notar la expresión de grata
sorpresa reflejada en los semblantes de ambos hidalgos. Lo cual me
prueba que no faltan ingleses capaces de apreciar tales fruslerías.
--Nunca lo hubiera creído posible, exclamó Roger. ¡Qué colorido, qué
perfilado! Admira, Gualtero, este Martirio de San Esteban; no parece
sino que tú ó yo podríamos coger esas piedras ahí pintadas.
--¿Pues y este ciervo, con la cruz que sobre su cabeza destella como una
aparición portentosa? Es perfecto; no he visto ciervos más naturales en
los bosques de Bere.
--Mira la hierba, de un verde claro, que parece movida por el viento.
¡Por vida de! Cuanto he pintado hasta la fecha ha sido juego de niños.
Este hombre debe de ser uno de aquellos grandes artistas de quienes me
hablaba el hermano Bartolomé allá en Belmonte.
Una expresión de profundo contento animó el cetrino rostro del artista
al oir aquellos espontáneos elogios. Su hija se había quitado el manto
que hasta entonces cubriera sus hombros y cabeza y los dos jóvenes
admiraron en ella uno de los tipos más acabados de la belleza italiana,
que muy pronto atrajo toda la atención y las miradas de Gualtero.
--¿Y qué me decís de esto? preguntó el anciano, desenvolviendo el
paquete que tantas zozobras le había proporcionado.
Era una lámina de vidrio en forma de hoja enorme y pintada en ella una
cabeza de admirables líneas, rodeada de resplandeciente aureola. Era tan
natural el colorido, tanta la verdad y la expresión del rostro, que
parecía imagen viva, mirando dulcemente á los ojos de Roger. Este
palmoteó, con el entusiasmo que la belleza produce siempre en todo
verdadero artista.
--¡Es un portento! exclamó; y me admira que hayáis arriesgado por las
calles una maravilla tan frágil como ésta.
--Confieso que fué grave imprudencia. ¡Un frasco de vino, Tita, pero del
mejor, del florentino! Sin vuestro auxilio no sé qué hubiera sucedido.
Examinad bien la tez; á mí mismo me resulta muchas veces demasiado
obscura, enrojecida por haberse caldeado los colores, ó pálida y falta
de vida. Pero aquí se ven latir las sienes y se siente correr la sangre
bajo esa piel bronceada. La pérdida de este trabajo hubiera sido para mí
una calamidad irreparable. Está destinado á la iglesia de San Remo y
esta tarde fuí con mi hija para ver si ajustaba bien en el marco de
piedra que allí lo espera. Me demoré más de lo que esperaba, cerró la
noche y ya sabéis lo que sucedió después. Pero vos también, hidalgo,
parecéis tener aficiones artísticas. ¿Sois pintor?
--Apenas me atrevo á responderos afirmativamente después de lo que aquí
he visto, contestó Roger. Criado y educado en el claustro, no fué tarea
muy difícil la de manejar los pinceles mejor que los otros novicios.
--Ahí tenéis colores, pinceles y cartón, dijo el viejo artista, y no os
doy vidrio porque eso requiere conocimientos especiales y bastante
tiempo. Os ruego que me déis una muestra de vuestro trabajo. Gracias,
hija mía. Llena los vasos hasta el borde.
Gualtero sostenía conversación animada y al parecer muy interesante con
la hermosa doncella, expresándose él en una mezcla de francés é inglés y
ella en graciosas frases franco-italianas, lo cual no les impedía
entenderse perfectamente. El artista examinaba atento su última y
maravillosa creación para ver si la pintura había sufrido algún rasguño
y en tanto Roger manejaba rápidamente los pinceles, hasta dejar
bosquejadas las facciones y el torneado cuello de bellísima mujer.
--¡Bravo! exclamó el maestro; sois pintor, no hay que dudarlo y podéis
llegar á serlo muy bueno. ¡Es la cara de un ángel!
--Decid más bien la cara de mi señora Constanza de Morel, exclamó
sorprendido Gualtero.
--Algo se le parece, á fe mía, dijo Roger un tanto confuso.
--¿Con que un retrato? Tanto mejor y más difícil. Joven, soy Agustín
Pisano, hijo del maestro Andrés Pisano y os repito que tenéis mano de
artista. Diré más; que si os quedáis en mi compañía os enseñaré el
secreto de la preparación de esos trabajos sobre vidrio que ahí véis; la
composición de los pigmentos y sus mezclas, cómo espesarlos, cuáles
penetran el vidrio y cuáles no, el caldeado y glaseado de las placas, en
fin, todos los detalles del oficio.
--Mucho me placería practicar y aprender con tan gran maestro, dijo el
doncel, pero mi deber me obliga á seguir á mi señor, por lo menos
mientras dure la guerra.
--¡Guerra, guerra! ¡Siempre lo mismo! exclamó Pisano. Y por consiguiente
llamáis héroes y grandes hombres á los que más destruyen y matan. -¡Per
Bacco!- para hombres notables, de verdadero mérito, dignos de toda
gloria, los artistas que tenemos en Italia, los que edifican en lugar de
destruir, los que han creado las bellezas artísticas de mi noble Pisa,
los que ennoblecen á toda la nación, los Andrés Orcagna, Tadeo Gaddi,
Giottino, Stefano, Simón Memmi, maestros cuyos colores sería yo indigno
de mezclar. Y me ha tocado en suerte el contemplar con mis propios ojos
sus obras inmortales. He visto al anciano Giotto, discípulo á su vez del
gran Cimabue, con anterioridad al cual sostengo que no existía el arte
en Italia y hubo que importar artistas griegos para decorar la capilla
de los Gondi de Florencia. ¡Ah, señores, esos son los grandes hombres,
los bienhechores de la humanidad, cuyos nombres vivirán eternamente!
¡Qué contraste con vuestros soldados, que aspiran á la gloria asolando
comarcas enteras, recorriendo la tierra á sangre y fuego!
--Pues tengo para mí que tampoco están de más los soldados, observó
Gualtero. De otra suerte ¿cómo podrían esos artistas que nombráis
proteger y conservar los productos de su genio?
--De los cuales tenemos no pocos á la vista, agregó Roger. ¿Son todos
estos trabajos de vuestra mano?
--Todos. Notaréis que algunos están concluídos en diferentes placas, que
unidas forman cuadros de gran tamaño. Aquí en Francia tienen á Clemente
de Chartres y algunos otros artífices de mérito, dedicados á esta misma
clase de trabajos. Pero ¿oís? Ya suena otra vez el clarín bélico para
recordarnos que vivimos bajo la mano férrea del conquistador y no en las
regiones donde impera el arte.
--Señal es esa también para nosotros, dijo Gualtero al oir el toque de
los clarines. Bien quisiera yo permanecer aquí más largo tiempo, rodeado
de tantas cosas bellas--y al decirlo miraba con admiración á la ruborosa
Tita--pero fuerza es volver á nuestra posada y eso antes de que á ella
regrese el señor de Morel.
Renovaron Pisano y su hija las demostraciones de gratitud, prometieron
los escuderos repetir tan grata visita y habiendo cesado la lluvia, se
dirigieron éstos de la calle del Rey, donde vivía el artista italiano, á
la de los Apóstoles, en cuya esquina ostentaba su muestra la -Hostería
de la Media Luna-.
CAPÍTULO XXII
UNA NOCHE DE HOLGORIO EN "LA ROSA DE AQUITANIA"
--¿Has visto cara más hermosa, Roger? preguntó Gualtero apenas se
apartaron de la puerta de Pisano. ¡Qué ojos, qué perfil divino!
--No puedo negar que es bella. ¿Pues y aquel color moreno de las
mejillas y los negrísimos rizos que circundan el óvalo perfecto de la
cara?
--¿Dónde me dejas los ojos? De mirada tan clara y tan profunda á la vez;
tan inocentes al par que tan expresivos....
--Si algún pero se le puede poner está en la barba.
--Pues no lo he notado....
--Graciosamente cortada, eso sí.
--Una barbilla preciosa, Roger.
--Sin embargo ¿no te parece que el conjunto hubiera ganado bastante con
medio palmo más de bien poblada barba?
--¡Ave María Purísima! Pero ¿de dónde has sacado tú que Tita tenga
barbas?
--¿Tita? ¿Quién habla de ella?
--¿Pues de quién demonios estás hablando?
--De la magnífica figura destinada á la iglesia de San Remo, ¿no
recuerdas? Aquella cabeza de santo....
--¡Anda, anda! exclamó Gualtero riéndose. Miren con lo que nos sale
ahora. Tú sí que eres un menjurje de vándalo, normando, alano y perro
moro, como nos llamaba á los ingleses el buen Pisano. ¿Quién se acuerda
de cuadros ni pinturas cuando se tiene delante un ángel del cielo,
hechura del mismo Dios, como la incomparable Tita? ¡Quién va!
--Me manda el sargento Simón, dijo un arquero acercándoseles
apresuradamente, para deciros que el señor barón ha resuelto pasar la
noche en el alojamiento del canciller de Chandos y no necesitará
vuestros servicios. Simón está en esa taberna con algunos camaradas y
dice que si quisierais trincar con nosotros....
--Á fe mía, dijo riéndose Gualtero, que con sus cantos y gritos hacen
bastante algazara para anunciar su presencia sin necesidad de guías ni
emisarios. ¡Adelante!
Á dos puertas se oía el estrépito de la francachela. Entraron por un
portalón bajo y al final de estrecho corredor se hallaron en una gran
sala iluminada por dos antorchas. Junto á las paredes, en casi toda la
extensión del local, montones de paja sobre la cual reposaban veinte ó
treinta arqueros de la Guardia Blanca, sentados ó reclinados sobre el
codo, sin capacetes, coletos ni espadas y con sendos recipientes de
cuero y estaño llenos de cerveza ó vino, según el gusto de cada cual.
Dos toneles colocados en un extremo de la estancia indicaban que no
faltaría con qué llenar de nuevo aquellos enormes cubiletes, cuantas
veces lo exigiese la sed de los arqueros. Junto á los toneles y como
presidiendo la reunión, hallábanse el portaestandarte Reno, Simón,
Tristán y otros tres ó cuatro arqueros veteranos, amén del valiente
Golvín, capitán del -Galeón Amarillo-, que había ido á tomar unos tragos
en compañía de sus alegres compañeros de viaje antes de emprender el de
regreso á Inglaterra. Gualtero y Roger tomaron asiento entre Reno y
Simón, sin que su llegada acallara por un momento el bullicio.
--¡Cerveza ó vino, camaradas! gritó Simón. Que elija cada cual y no me
vengáis con arrumacos, porque la mezcla emborracha y ha de ser una cosa
ú otra. Aquí está tu cubilete, Rubén, rebosando vino generoso. ¿Sabéis
la noticia, barbilindos?
--No. ¿Qué es ello? dijeron ambos escuderos.
--Pues que tendremos torneo.
--¡Bravo!
--Sí. El arrogante Captal de Buch se ha empeñado en demostrarnos que él
y otros cuatro caballeros gascones pueden hacer morder el polvo á los
cinco mejores paladines ingleses de cuantos hay en Burdeos á la fecha.
Chandos aceptó el reto sobre la marcha, encargándose de elegir á
nuestros campeones; el príncipe ha prometido una hermosa copa de oro al
que más altos honores obtenga y en toda la corte no se habla hoy de otra
cosa.
--¿Por qué han de ser los grandes señores los únicos que se diviertan?
preguntó Tristán de Horla. Bien pudieran abrirnos el palenque á los
arqueros y ¡por la cruz de Gestas! que sería cosa de ver cómo
descoyuntábamos á cinco arqueros gascones.
--Ó cómo otros tantos hombres de armas baldábamos á igual número de
soldados de esta tierra, dijo Reno.
--¿Quiénes son los mantenedores ingleses? preguntó Golvín.
--Trescientos cuarenta y un caballeros tenemos hoy en Burdeos, y ya se
han recibido trescientos cuarenta carteles aceptando el reto. El único
que falta es el de Sir Mauricio de Ravens, á quien la gota tiene clavado
en el lecho.
--Un arquero de la guardia me ha dicho que el príncipe quería romper una
lanza, pero que sus consejeros no se lo han permitido, porque habrá más
de combate que de torneo, tal están que arden los señores gascones.
--Por lo pronto tenemos á Chandos.
--Su Alteza le ha prohibido tomar parte en la próxima justa. Chandos
será juez del campo, en unión de Sir Guillermo Fenton y el duque de
Armagnac. Nuestros campeones serán los señores de Abercombe, Percy,
Beauchamp y Leiton, y el invencible barón de Morel.
--¡Viva! ¡San Jorge le proteja! ¡Buena elección! vociferaron los
arqueros.
--¡Buena, como hay Dios! exclamó Simón. No hay para un soldado de buena
fibra honra mayor que la de tenerle por jefe. Ya veréis á dónde nos
lleva, muchachos, y en qué aventuras nos mete. Noto que desde su llegada
á Burdeos anda con un parche en un ojo, lo mismo que hizo la víspera de
Poitiers. Pues ese parche va á costar mucha sangre, os lo digo yo.
--¿Cómo fué lo de Poitiers, sargento? preguntó un joven arquero.
--¡Cuéntalo, Simón! exclamaron otros.
--¡Á la salud de Simón Aluardo! dijeron muchos empinando el codo.
--Preguntádselo á éste, peneques, contestó modestamente el veterano
señalando á Reno. Él vió más que yo, pero ¡por los clavos de Cristo! no
dejé de tomar también parte y buena en aquella tremolina.
--Gran día fué aquel, dijo Reno moviendo la cabeza y entornando los
ojos; como no espero volver á verlo. Muchos y muy buenos arqueros
cayeron también en la jornada.
--¿Buenos? Pues no hay más que nombrar á Gofredo, Calvino, el Payo,
Nelson, que antes de caer para no levantarse más se aferró á un gran
señor francés y le cortó la cabeza á cercén. Mejores arqueros no los he
visto en mi pícara vida.
--¡Pero la batalla, Simón, la batalla! gritaron muchos. ¡Cuenta, cuenta!
--¡Á callar se ha dicho, moscones! berreó el sargento. "¡Cuenta, Simón!"
Pues no hay cuento que valga hasta que me haya remojado el gaznate.
¡Buena cerveza! Era en el otoño de 1356; nuestro príncipe Eduardo tomó
por Auvernia, el Berry, Anjou y Turena, y de Auvernia os diré que las
muchachas son zalameras y el vino agriado. En Berry dadle vuelta y
aprended que las mozas son hoscas y el vino una bendición. Pero Anjou es
gran tierra para los arqueros decentes, porque allí vino y mujeres son
unas mieles. Lo único que saqué de Turena fué una descalabradura, pero
en Vierzón, en un monasterio de órdago, me hice con un copón de oro por
el cual me dió treinta ducados un judío genovés. De allí, anda que anda
hasta llegar á Bourges, donde me tocó en suerte una túnica de seda
carmesí labrada de oro y perlas, como vosotros no la veréis jamás, y un
par de borceguíes con borlas de seda blanca, lo mismo que los del rey
nuestro señor.
--¿Los arrebañaste en alguna tienda, Simón?
--¡Se los quité de los pies á un caballero enemigo, so lagarto! Bien
pensado el caso, me dije que él no había de necesitarlos más, visto que
le salía por pecho y espalda una flecha mía de las gordas....
--¿Qué más, qué más?
--Nos dimos otra zampada de camino, y éramos lo menos seis mil arqueros
cuando llegamos á Isodún, donde también me favoreció la suerte.
--¿Otra batalla? ¿Otro par de botas, Simón? se oyó decir á los
arqueros.
--No, algo mejor que eso. En las batallas poco hay que ganar, como no
sean testarazos, á menos que se logre rescate por algún pájaro gordo. Lo
que hubo fué que en Isodún yo y otros tres muchachos de Gales nos
metimos en un caserón muy grande que los otros camaradas pasaron por
alto y allí descubrí y me apropié un cobertor de finas plumas como sólo
los estilan las duquesas de Francia. Tú lo has visto, Tristán, y sabes
si es rico y mullido. Lo acomodé bien envuelto sobre una mula del
vivandero y allá lo tengo en una venta cerca de Dunán, para el día en
que me case. ¿Te acuerdas de la ventera, -mon petit-? preguntó á Roger,
guiñándole el ojo.
--¡Adelante! vocearon tres ó cuatro arqueros.
--Eso es, continuó el veterano. Que otros saquen las castañas del fuego
para que vosotros os estéis como unos papanatas oyendo historias con la
boca abierta. ¡Buena cerveza! Nuestros seis mil tunantes, el príncipe y
sus caballeros, yo y la mula con el cobertor de pluma salimos por fin de
Turena, dejando allí sangrienta memoria. En Romorantín topé con una
cadena y unos brazaletes de oro, pero topé también con una mozuela como
un sol, que me los robó al día siguiente. Porque habéis de saber que hay
gentes que no vacilan en apoderarse de lo ajeno....
--¡Al grano, Simón! ¡Esa batalla!
--Todo se andará, cachorros, si me dejáis respirar. Pues sucedió que el
rey de Francia, llamado Juan II, se puso al frente de cincuenta mil
hombres y nos persiguió furiosamente. Pero lo bueno fué que cuando nos
alcanzó, seguro de pasarnos á cuchillo, se halló con que no supo cómo
atacarnos ni cómo cogernos, porque lo esperamos esparcidos por los
vallados y viñedos de unas alturas, hasta donde sólo podían subir por
una ladera y eso al descubierto, ofreciéndonos magnífico blanco. Así
ocultos y protegidos, formaban nuestra derecha los arqueros, con los
hombres de armas á la izquierda, los caballeros en el centro y detrás de
ellos la mula del cobertor. Trescientos caballeros franceses se
dirigieron hacia ella en línea recta, para empezar, y muy valientes y
apuestos parecían, pero los cogió en el camino tal nublado de flechas
que pocos escaparon con vida. Tras ellos subieron al ataque los soldados
tudescos al servicio del rey Juan y pelearon muy guapamente, tanto que
tres ó cuatro se colaron por entre los arqueros y corrieron hacia la
preciosa mula. Pero trabajo inútil, porque ví á nuestro capitán, el sin
par barón de Morel, destacarse del grupo de nobles, con su parchecito
sobre un ojo como lo lleva estos días y despachar á aquellos perdularios
con toda calma. En seguida el barón se lanzó contra el grueso de los
asaltantes, seguido de Lord Abercombe con sus cuatro escuderos del
Chesire y otros de igual temple, tras ellos Chandos y el príncipe y
detrás nosotros con espada y hacha, porque habíamos agotado las flechas.
Muy imprudente fué aquella maniobra nuestra, porque no sólo abandonamos
la protección del terreno sino que dejamos sin defensa á la mula del
vivandero y cualquier taimado francés ó tudesco pudo hacerla prisionera
con el tesoro mío que llevaba encima. Pero todo salió bien, cayeron en
nuestro poder el rey Juan y su hijo, Nelson y yo descubrimos un carro
con doce barriles de vino generoso destinado á la mesa del rey... y no
sé cómo fué, muchachos, pero os aseguro que no me acuerdo de lo que
sucedió después, ni tampoco pudo recordarlo Nelson.
--¿Y al día siguiente?
--Como podéis figuraros, no perdimos mucho tiempo por aquellos
andurriales, sino que tomamos al trote el camino de Burdeos, á donde
llegamos sin tropiezo con el rey de Francia y el cobertor de pluma.
Vendí el resto de mi botín, -mes garçons-, por tantas monedas de oro
como cupieron en mi bolsón de cuero y por siete días tuve doce velas
encendidas en el altar del bendito San Andrés, porque sabido es que si
olvidáis á los santos cuando las cosas marchan bien es muy probable que
ellos se olviden de vosotros cuando los necesitéis.
--Decidme, sargento, preguntó un mozalbete desde el extremo opuesto del
cuarto ¿á qué cuento fué la batalla aquella?
--¿Ahora salimos con esas, rocín? ¿Pues á qué cuento había de ser sino á
dejar sentado una vez por todas quién había de llevar la corona de
Francia?
--Bueno es saberlo. Creíame yo que era para averiguar quién debía de
quedarse con vuestro cobertor de pluma....
--Mira, hijo, que si me llego á tí con este cinto mío y empiezo á darte
zurriagazos lo vas á sentir de veras, dijo Simón entre las carcajadas de
todo el concurso. Pero se hace tarde, Reno, y cuando los polluelos
empiezan á piar contra gallos viejos como yo, es hora de que vuelvan al
gallinero.
--¡No, no, venga otra canción! gritaron muchos.
--¡Que cante Sabas! Como él no hay otro en la Guardia Blanca. ¡Que
cante, que cante!
--¡Alto ahí! dijo entonces el capitán Golvín. Para entonar unas trovas
como Dios manda nadie mejor que el mocetón éste. Y al decirlo puso la
mano en el hombro de Tristán.
--Muy cierto es, que á bordo del galeón parecía rugir la tempestad
cuando él cantaba "Las campanas de Milton."
--Ó "La Molinera de York." ¡Anda, Tristán!
El exnovicio se pasó el dorso de la mano sobre los labios y mirando á la
pared de enfrente entonó la canción pedida con un vozarrón tremendo. Al
concluir lo saludaron sus oyentes con una tempestad de aplausos y
gritos, y Tristán agarró el vaso de cerveza que halló más cerca y lo
vació de un tirón.
--La primera vez que canté "La Molinera," dijo modestamente, fué en la
taberna de Horla, cuando ni soñaba ser arquero.
--¡Otro trago, camaradas! gritó Reno sumergiendo su enorme recipiente de
cuero en el tonel. ¡Á la salud de la Guardia Blanca y de cuantos siguen
el estandarte de las cinco rosas!
--¡Por la guerra próxima y la victoria segura! brindó el capitán Golvín.
--¡Por el montón de oro que aguarda á los buenos arqueros!
--¡Y por las muchachas bonitas! gritó Simón. ¡Y se acabaron los brindis,
canastos! añadió pegando tremebundo puntapié al tonel que tenía más
cerca.
Con cantos, risas y chanzas fueron desfilando los alegres arqueros, y no
tardó en reinar completo silencio en la poco antes bulliciosa sala de
-La Rosa de Aquitania-.
CAPÍTULO XXIII
LAS JUSTAS DE BURDEOS
La fama y brillo de la corte que rodeaba al príncipe Eduardo desde su
instalación como Duque de Aquitania, atraían á numerosos caballeros de
toda Europa y los torneos y justas eran por entonces espectáculos que
con frecuencia presenciaban los vecinos de Burdeos. Con los más afamados
paladines ingleses y franceses solían romper lanzas diestros justadores
de Alemania, caballeros de Calatrava, nobles portugueses é italianos y
aun formidables guerreros de la Escandinavia y otras regiones del norte
y del oeste.
Pero en la ciudad y en toda la comarca fué objeto del mayor interés y de
incesantes comentarios la noticia de que cinco caballeros ingleses entre
los más esforzados habían dirigido un cartel de reto á otros tantos
nobles de la cristiandad, quienesquiera que fuesen. Había gran
curiosidad por ver quienes lo aceptarían y sabíase además que aquellas
justas serían las últimas por entonces, ya que el príncipe se aprestaba
á salir con toda su gente para la guerra de España. La víspera del
torneo llegaron á Burdeos multitud de gentes de todo el Medoc, que
tuvieron que acampar fuera de las murallas, en el llano y á orillas del
Garona. Tampoco faltaron oficiales del ejército acuartelado en Dax, ni
nobles y burgueses de Blaye, Bourg, Libourne, Cardillac, Ryons y otras
muchas villas, que llegaron durante el día y parte de la noche anterior
al combate, á pie, á caballo y en vehículos de todas clases.
No fué pequeña empresa la de elegir cinco caballeros por banda, cuando
tantos y tan valientes y ganosos de gloria los había congregados allí; y
en poco estuvo que la elección ocasionase una serie de duelos
preliminares que sólo pudieron evitarse con la intervención del príncipe
y de los nobles de más edad y merecimientos. Hasta la víspera del día
fijado para el torneo no se fijaron en la liza, pendientes de sendas
lanzas, los escudos de los campeones, para que los heraldos y el público
supiesen sus nombres y también para que se presentase ante los jueces de
campo toda fundada querella ó protesta contra la participación de
cualquiera de ellos en el torneo.
Los dos aguerridos capitanes Roberto Nolles y Hugo Calverley no habían
regresado de la expedición á Navarra que el príncipe les encomendara, lo
cual privó á los justadores ingleses de dos de sus mejores lanzas. Pero
eran tantas y tan buenas las que aun quedaban que los señores Chandos y
Fenton, á quienes en definitiva se encomendó la elección, tuvieron que
discutir y pesar uno por uno los méritos y hazañas de muchos aspirantes;
decidiéndose por fin á favor de Morel de Hanson y Abercombe de Chesire,
renombradísimo el primero entre los nobles veteranos y héroe de Poitiers
el segundo. De los caballeros más jóvenes resultaron agraciados tres
brillantes paladines: Tomás Percy, Guillermo Beauchamp y Raniero Leiton.
Desde luego aceptaron el reto inglés todos los caballeros gascones y la
elección, difícil de suyo, favoreció á Captal de Buch, Oliverio de
Clisón, Pedro de Albret, el señor de Mucident y un caballero teutón
llamado Segismundo de Bohemia. Al mirar aquellos diez escudos los
veteranos ingleses se prometían un torneo brillante cual ninguno, pues
eran los mantenedores hombres de gloriosa historia y de valor y esfuerzo
probadísimos.
--Á fe mía, Chandos, dijo el príncipe mientras cabalgaba junto al
canciller por las estrechas y tortuosas calles de la ciudad, camino del
palenque; bien quisiera yo romper una lanza en estas justas, suponiendo
que los jueces de campo no me creyesen indigno de alternar con tan
famosos campeones.
--No hay en el ejército mejor ni más digno paladín que vos, señor,
replicó Chandos, pero dadas las circunstancias de este torneo, creedme,
no conviene que participéis en él. No es de vuestro alto cargo el tomar
aquí partido á favor de ingleses contra gascones, ni poneros con éstos
frente á aquellos, lanza en ristre ó espada en mano. Demasiado
sobreexcitados están ya los ánimos.
--Siempre la razón de estado, Chandos, que vos sacáis á relucir no sólo
en la sala del consejo sino camino de fiesta tan alegre y lucida como
ésta. ¿Y qué piensan de ella mis hermanos de Castilla y Mallorca?
preguntó dirigiéndose á los príncipes españoles, que á su derecha
cabalgaban.
--Mi opinión es que hoy presenciaremos no pocas proezas, dijo Don Pedro,
en vista de la fama y pujanza de los justadores.
--¡Por Santiago! observó Don Jaime, otra cosa va llamando mi atención y
es el buen porte y mejores vestidos de esos burgueses de Burdeos que se
agolpan á mirarnos. Rica en verdad debe de ser esta gran villa y holgada
la condición de sus moradores, á pesar de recientes guerras y
trastornos.
--Pues si el aspecto de los buenos burgueses os admira, repuso Don
Pedro, ¿qué me decís de esos hombres de armas escogidos y de los bien
plantados arqueros? Difícil sería igualar y menos vencer fuerzas tan
apuestas y bien disciplinadas.
--Con esos soldados cuento, dijo el príncipe inglés, y con otros muchos
como ellos, para hacer entrar en razón á los usurpadores de Castilla y
Mallorca.
Sonriéronse ambos pretendientes, revelando en sus semblantes la
satisfacción y la confianza con que habían oído aquellas palabras.
--Y una vez hecha justicia, dijo Don Pedro de Castilla, uniremos las
fuerzas de Inglaterra, Aquitania y España y mucho sería que de tal unión
no resultasen magnas consecuencias.
--Por ejemplo, agregó el príncipe Eduardo con evidente entusiasmo,
completar para siempre la expulsión de los infieles del territorio de
Europa. No creo que pudiéramos acometer empresa más grata para la Santa
Virgen, excelsa patrona de Aquitania.
--Ni más aceptable para todo español. En tal empresa cuente Vuestra
Alteza con el apoyo absoluto de nobles y plebeyos, así en León y
Castilla como en Asturias, Navarra, Mallorca y Aragón. Y aun para
perseguir á los moros allende el mar y combatirlos en sus guaridas del
África y de Oriente.
--¡Sí, por Dios! exclamó el Príncipe Negro. Ese ha sido uno de mis
sueños dorados, ver ondear el estandarte inglés sobre los muros y
mezquitas de la ciudad santa.
--La conquista de Jerusalén no puede parecer peligrosa ni ardua á
quienes han realizado la conquista de París.
--Ni me había de contentar yo con eso, sino con el sitio y toma de
Constantinopla y la guerra á muerte contra el Sultán de Damasco. Y
vencido éste, todavía podríamos imponer tributo á las hordas tártaras,
otra amenaza de la cristiandad. Decidme, Chandos, ¿no habríamos de poder
llegar nosotros hasta donde llegó Ricardo Corazón de León?
--Poder hacerlo es una cosa, replicó el prudente consejero, y otra muy
distinta saber si conviene y debe hacerse. Desde luego, cuente Vuestra
Alteza con que el rey de Francia vería el cielo abierto el día que los
ejércitos ingleses cruzasen el mar, en persecución de los infieles de
Oriente.
--Os conozco demasiado, Chandos, para no saber que esas palabras os las
dicta vuestra razón, no el temor ni el cansancio de las guerras. ¡Qué
enorme multitud! No recuerdo haber visto tantos curiosos desde el día en
que recorrí las calles de Londres acompañando á mi prisionero el rey de
Francia.
Un mar de cabezas cubría por completo la vasta llanura que se extendía
desde la Puerta del Norte hasta los primeros viñedos del este de la
ciudad y hasta las orillas del río. Entre los obscuros tonos de aquella
multitud se destacaban ya las toquillas de vivos colores de las mujeres,
ya el casco de un arquero herido por los rayos del sol. En el centro de
la llanura, quedaba el espacio cercado que se destinaba á las justas,
con gradas y tribunas engalanadas con multitud de gallardetes y
banderas. Trabajo costó abrir estrecho paso á los príncipes y su séquito
entre aquella masa compacta, que los saludó con aclamaciones
atronadoras. Tras ellos fueron llegando numerosos nobles y damas
ricamente ataviadas y pronto quedaron llenas las tribunas, relucientes
de oro y pedrería. En el numeroso séquito del príncipe y sus regios
huéspedes figuraban capitanes y cortesanos de Gascuña y España, de
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