de su larga espada á la altura de los ojos. La empuñadura tenía una guarda de gran tamaño que protegía bien mano y muñeca, y al comienzo de la cruz, junto á la hoja, una profunda muesca destinada á recibir y retener la espada del adversario y á romperla ó desarmarlo por medio de un vigoroso movimiento de la muñeca. En cambio Roger tenía que confiar por completo en su propia destreza; el arma que empuñaba, aunque del mejor temple, era delgada y de sencilla empuñadura; una espada de corte más que de combate. Conocedor Tránter de las ventajas que le favorecían no tardó en aprovecharlas y adelantándose de un salto dirigió á Roger una estocada vigorosa, seguida de tremendo tajo capaz de cortarlo en dos; pero con no menos rapidez acudió Roger al doble quite, aunque la violencia del ataque le hizo retroceder un paso y aun así, la punta de la hoja enemiga le desgarró el justillo sobre el pecho. Pronto como el rayo atacó á su vez, mas la espada de Tránter apartó violentamente la suya y continuando su giro descargó otro tajo terrible, que si bien fué parado á tiempo, sobrecogió á los espectadores amigos de Roger. Pero el peligro parecía atraer á éste, que contestó con dos estocadas á fondo, rapidísimas, la segunda de las cuales apenas pudo parar Tránter, y al trazar el quite su espada rozó la frente de Roger, tanto se había aproximado éste. La sangre brotó abundante y cubrió su rostro, obligándole á retroceder para ponerse fuera del alcance de su enemigo, quien se detuvo por un momento respirando agitadamente, mientras los testigos de aquella lucha rompían el silencio que hasta entonces guardaran. --¡Bien por ambos! exclamó Germán. Sois tan valientes como diestros y aquí debe terminar esta contienda. --Con lo hecho basta, Roger, dijo Norbury. --¡Sí, sí! exclamaron otros; se ha portado como bueno. --Por mi parte, no tengo el menor deseo de matar á este doncel, si se confiesa vencido, dijo Tránter enjugando el sudor que bañaba su frente. --¿Me pedís perdón por haberme insultado? le preguntó Roger súbitamente. --¿Yo? No en mis días, contestó Tránter. --¡En guardia, pues! Los relucientes aceros chocaron con furia. Roger cuidó de adelantar continuamente, impidiendo al enemigo el libre manejo de su larga tizona; alcanzóle ésta levemente en un hombro y casi al mismo tiempo hirió él también á Tránter en un muslo, pero al elevar su espada para dirigirle otro golpe al pecho, la sintió firmemente trabada en el corte hecho con ese objeto en la hoja del contrario. Un instante después se oyó el ruido seco que hacía la espada de Roger al romperse, quedándole tan sólo en la mano un pedazo de hoja de no más de tres palmos de largo. --Vuestra vida está en mis manos, exclamó Tránter con triunfante sonrisa. --¡Teneos! ¡se rinde! exclamaron á una varios escuderos. --¡Otra espada! gritó Gualtero. --Imposible, dijo Rodolfo; sería contra todas las reglas del duelo. --Pues entonces, Roger, tirad al suelo ese trozo de espada, aconsejó Norbury. --¿Me pedís perdón? repitió Roger dirigiéndose á Tránter. --¿Estáis loco? contestó éste. --¡Pues en guardia otra vez! gritó Roger, renovando el ataque con vigor tal que compensó la pequeñez de su arma. Había notado que la respiración de Tránter era fatigosa y se propuso hostigarle y cansarle, haciendo valer la propia agilidad. Su adversario paraba como podía aquel diluvio de golpes, atisbando la oportunidad de acabar el combate con uno de sus mortales tajos; mas ni la corta distancia á que de propósito se mantenía Roger, ni la prontitud de los movimientos de éste le permitían usar su larga espada con ventaja. Pero Tránter, duelista experto, sabía que era imposible sostener dos minutos más aquel ataque violentísimo y fatigoso cual ninguno y que muy pronto cedería el nublado de golpes que caían sobre su espada con rapidez vertiginosa. Así sucedió, en efecto; el cansancio paralizaba ya el brazo de Roger, su adversario comprendió que había llegado el momento de dar un golpe decisivo y oprimiendo con fuerza el puño de su acero, saltó hacia atrás para ganar el espacio que necesitaba.... Aquel movimiento salvó á Roger; su adversario había retrocedido sin cesar desde la renovación del combate y llegado sin saberlo á la misma orilla. Al retroceder una vez más le faltó pie y se hundió en las aguas del Garona. Con una exclamación general de sorpresa precipitáronse todos en auxilio de Tránter, que había desaparecido por completo en las profundas y heladas aguas del río. Dos veces apareció sobre ellas su angustiado rostro y en vano procuró asir los cintos, espadas y ramas que sus compañeros le tendían. Roger había lanzado al suelo su rota espada y contemplaba aquella dolorosa agonía con profunda lástima. Todo su furor habíase disipado como por encanto. En aquel momento apareció por tercera vez sobre las aguas el rostro contraído del escudero; su mirada se cruzó con la de Roger y éste, incapaz de resistir aquella muda apelación, apartó violentamente á un escudero que delante tenía y se lanzó al Garona. Nadador experto, pocas brazadas bastaron para llevarle junto á su adversario, á quien asió por los cabellos. Pero la corriente era poderosa y muy pronto comprendió el animoso doncel la dificultad de sostener á flote el cuerpo de Tránter y nadar al propio tiempo hacia la orilla. Á pesar de los más vigorosos esfuerzos no parecía ganar una línea. Dió con desesperación algunas brazadas más y un grito de júbilo de cuantos estaban en tierra le anunció que había salido de la peligrosa corriente y llegado á un tranquilo remanso allí formado por una proyección del terreno. Momentos después caía en su diestra mano la extremidad del cinto de Gualtero, al que había anudado éste los de algunos otros escuderos. Asiólo con fuerza, incapaz de seguir nadando un momento más, pero sin soltar á Tránter. Los escuderos los sacaron del agua en un tris, depositándolos casi exánimes sobre la hierba. Tránter, que no había luchado como su adversario contra la impetuosa corriente, fué el primero en salir de aquel letargo. Incorporóse lentamente y contempló á Roger, que no tardó en abrir los ojos y en sonreirse complacido al escuchar los elogios que todos á porfía le prodigaban. --Os estoy muy reconocido, señor mío, díjole Tránter, con no muy amistoso acento. Sin vos hubiera perecido en el río, porque soy natural de las montañas de Varén, donde se cuentan muy pocos que sepan nadar. --No pido ni espero gracias, repuso Roger. Ayúdame á levantarme, Gualtero. --El río ha sido hoy mi enemigo, continuó Tránter, pero se ha portado como bueno con vos, pues á él le debéis la vida que yo iba á arrancaros.... --Eso estaba por ver, repuso Roger. --¡Todo ha concluído! exclamó Germán, y más felizmente de lo que yo creía. Lo que no ofrece duda es que este joven, cuyo nombre me dicen es Roger de Clinton, ha ganado brillantemente el derecho de pertenecer al muy honrado gremio de los escuderos de Burdeos. Aquí está vuestra ropilla, Tránter. --Y vos, Clinton, echaos esta capa sobre los hombros y venid cuanto antes. --Lo que más deploro es la pérdida de mi buena espada, que yace en el fondo del río, suspiró Tránter. --¡Á la abadía! exclamaron varios escuderos. --¡Un momento, señores! dijo entonces Roger, que había recogido del suelo su rota espada y se apoyaba en el hombro de Gualtero. No he oído á este hidalgo retractar las palabras que me dirigió y.... --¡Cómo! ¿Todavía insistís? preguntó Tránter sorprendido. --¿Y por qué no? Soy tardo en recoger las provocaciones, pero una vez resuelto á obtener reparación la exijo mientras me quedan fuerzas y alientos. ---Ma foi-, pues bien pocos os quedan ya, exclamó Germán bruscamente. Estáis blanco como la cera. Seguid mi consejo y dad por terminada la cuestión, que no os podéis quejar del resultado. --No, insistió Roger. Yo no provoqué esta querella, pero ya comenzada, juro no partir hasta haber obtenido lo que vine á buscar ó perecer en la demanda. No hay más que hablar; dadme vuestras excusas ó procuraos otra espada y reanudemos el combate. El joven escudero, pálido como un muerto, extenuado con el tremendo esfuerzo que acababa de hacer para salvar á su enemigo y con la pérdida de sangre que manchaba su hombro y su frente, probaba sin embargo con su actitud, sus palabras y su acento que lo animaba una resolución inquebrantable. El mismo Tránter admiró aquella energía invencible y cedió ante la gran fuerza de carácter que acababa de demostrar el joven hidalgo. --Puesto que á tal punto lleváis lo que debisteis de considerar como inocente broma, me avengo á declarar que siento haberos dicho lo que tanto os ofende, dijo Tránter en voz baja. --Y yo deploro también la respuesta que á ello dí, repuso prontamente Roger. Hé aquí mi mano. --Y con esta van tres veces que suena la campana llamándonos á comer, exclamó Germán mientras todos se dirigían en grupos hacia la abadía, comentando las peripecias del combate. ¡Por Dios vivo! señor de Pleyel, dad una copa de buen vino á vuestro amigo en cuanto lleguéis, porque está transido, sin contar que ha tragado dos azumbres de agua. Confieso que á juzgar por su aspecto no hubiera esperado de él tanta entereza. --Pues yo declaro que el aire de Burdeos ha trocado á mi compañero en gallo de pelea, porque jamás había salido del condado de Hanson joven más apacible y modesto que él. --¿Sí, eh? Pues también tiene fama de modesto y apacible como una dama su señor el de Morel; y la verdad es que ni uno ni otro aguantan moscas. ¡Cáspita con el mozo! CAPÍTULO XXI DONDE AGUSTÍN PISANO ARRIESGA SU CABEZA Abundante y bien servida era la mesa de los escuderos en la abadía de San Andrés desde que el príncipe Eduardo estableció su corte en aquel histórico edificio. Allí aprendió Roger lo que el lujo y el buen gusto significaban, sobre todo al comparar aquellos festines con las frugales comidas del convento y la parsimonia de la mesa de Morel. Cabezas de jabalí deliciosamente adobadas, faisanes asados, dulces y cremas nunca gustados antes, prodigios de repostería, uno de los cuales representaba en todos sus detalles el exterior del regio palacio de Windsor, tales fueron algunas de las maravillas culinarias que saboreó Roger en la antigua abadía francesa. Un arquero se apresuró á llevarle ropas y traje de los que á bordo del galeón dejara, y después de mudarse y lavar sus heridas no tardó en recobrar fuerzas y buen humor, olvidado por completo de la fatiga de aquella mañana. Un paje le anunció que su señor se proponía visitar aquella noche al canciller de Chandos y deseaba que sus dos escuderos se alojasen en el hostal de la -Media Luna-, al fin de la calle de los Apóstoles. Al cual mesón se dirigieron Roger y Gualtero al anochecer, después de su larga comida y de oir los brindis y canciones con que pasaron rápidas las horas en compañía de los otros alegres escuderos. Caía menuda lluvia cuando los dos camaradas empezaron á recorrer las calles de Burdeos, después de dejar bien cuidados sus corceles y el del barón en las caballerizas del príncipe. No hallaban á su paso más alumbrado que el muy escaso de tal cual farol de aceite colgado en una esquina ó á la entrada de las casas principales de la ciudad; pero ni la semiobscuridad ni la lluvia impedían que las calles siguiesen casi tan concurridas como en pleno día. Los transeuntes pertenecían á todas las clases de aquella rica y por entonces bélica ciudad. Allí el obeso comerciante, cuyo rostro complacido y sonriente, traje obscuro de fino paño y repleta escarcela pregonaban su riqueza y bienestar. Tras él modesta sirviente, llevando la encendida linterna que indicaba á su amo donde poner los pies sin grave tropiezo. En dirección contraria veíase un grupo de mocetones ingleses, arqueros del condado de Estápleton á juzgar por el pelícano azul cosido sobre el coleto; gente alegre de cascos y dura de puños, que bebían á más y mejor y cantaban á voz en cuello y cuya presencia obligaba al mercader á apresurar el paso, mientras su fámula ocultaba el rostro con el manto al oir los piropos nada delicados de aquella turba. No escaseaban los soldados de la guardia real, los pajes ingleses elegantemente ataviados, las mujeres del pueblo cuyas agudas voces se oían á gran distancia, parejas de frailes, filas de ballesteros y hombres de armas, marineros, soldados de los cuerpos de guardia, caballeros gascones que vociferaban y gesticulaban según costumbre invariable, campesinos del Medoc, escuderos ingleses y gascones y tantas otras gentes, que cruzaban en todas direcciones ó hablaban en grupos, empleando ya las lenguas inglesa, francesa y del país de Gales, ya el vascuence ó los dialectos de Gascuña y Guiena. Á veces se abrían los grupos para dar paso á la litera de una noble dama, ó á los arqueros que con antorchas encendidas precedían á un caballero de alto rango camino de su alojamiento y procedente de los festines de la corte. Las pisadas y el relinchar de los caballos, los gritos de los vendedores ambulantes, el choque de las armas, las voces de borrachos pendencieros, las carcajadas de hombres y mujeres, todo aquel clamor se elevaba y se cernía, como la neblina en el pantano, sobre las calles obscuras y atestadas de la gran ciudad. La atención de nuestros escuderos se fijó particularmente en dos personas que iban delante y en la misma dirección que ellos. Eran un hombre y una mujer, alto, cojo caído de hombros el primero, que llevaba debajo del brazo un objeto grande y plano envuelto en negro lienzo. La mujer era joven y gracioso su andar, pero mal podía vérsele el rostro, cubierto por tupido manto que sólo daba paso á la brillante mirada de unos ojos grandes y pardos y descubría uno ó dos rizos de negrísimo pelo. El hombre se apoyaba pesadamente en el brazo de la joven, y procuraba proteger cuanto podía el envoltorio que llevaba, evitando el encuentro de los transeuntes que con él pudieran tropezar en la obscuridad. La ansiedad evidente de aquel hombre, que parecía llevar oculta preciosa carga y el aspecto de su compañera despertaron el interés de los dos jóvenes ingleses que los seguían á dos pasos de distancia. --¡Ánimo, hija mía! exclamó el desconocido en lo que parecía ser uno de los dialectos de aquella región. Cien pasos más y lo ponemos en salvo. --Cuidadlo bien, padre, y no temáis ya, repuso la mujer en la misma extraña habla. --La verdad es que nos rodea una turba de bárbaros, borrachos muchos de ellos. Cincuenta pasos más, Tita mía, y juro por el bendito San Telmo no poner otra vez los pies fuera de casa hasta que el enjambre éste se halle en Dax ó donde lo lleven los demonios. ¡Cómo empujan y aullan! Procura apartarlos, hija, adelantando un poco el cuerpo. Dale un codazo á ese animal. Ya es imposible andar. ¡Buena la hemos hecho! La multitud apiñada que los precedía formaba allí una barrera infranqueable y tuvieron que detenerse. Algunos arqueros ingleses repletos de cerveza se fijaron en la extraña pareja y empezaron á examinarla con curiosidad. --¡Por el rabo de Satanás! exclamó uno, mirad la arrogante muleta que usa este viejo. No te apoyes tanto en la chica y más en tus piernas, abuelo. --¡Cómo se entiende! dijo otro arquero. Los soldados del rey sin una muchacha que los mire, porque los viejos franceses se las llevan de paseo. ¡Vente conmigo, reina! --Ó conmigo, paloma. ¡Por San Jorge! la vida es corta y lo mejor es hacerla alegre. ¡No vuelvan á ver mis ojos el puente de Chester si no le digo dos palabritas á esta buena moza! --¿Qué lleva el lagarto ese bajo el brazo? preguntó un tercero. --Á ver, manojo de huesos. Venga el envoltorio. Los arqueros rodeaban á la pareja y el hombre, azorado, sin comprender una palabra de lo que decían, oprimía con una mano el brazo de la mujer y con la otra apoyaba sobre el pecho el precioso paquete, dirigiendo en torno miradas suplicantes. --¡Ea, muchachos! exclamó Gualtero de Pleyel con imperiosa voz, apartando al arquero que más cerca tenía. Os portáis como villanos. ¡Quedas las manos, ó puede costaros caro! --¡Tened vos la lengua ó más caro ha de costaros todavía! respondió el soldado más ebrio. ¿Quién sois vos para impedir que los arqueros ingleses se diviertan? --Un escudero palurdo, acabado de desembarcar, dijo otro. ¡Bonito sería que además de nuestros jefes viniera á darnos órdenes el primer muchachuelo que abandone á su mamá y se aparezca en Aquitania! --¡Por Dios, mis buenos señores! suplicó la joven en mal francés ¡amparadnos! ¡Impedid que estos hombres nos maltraten! --Nada temáis, señora, dijo cortésmente Roger. ¡Suelta, rufián! ordenó dirigiéndose á un arquero que había enlazado con su brazo el talle de la joven. --¡No la sueltes, Bastián! aulló un hombre de armas gigantesco, de luenga barba negra, cuya coraza brillaba á la tenue luz del farol más próximo. Y vosotros, mozalbetes, cuidado con tocar esos espadines que lleváis ú os hago tragar un palmo de hierro en menos que canta un gallo. --¡Dios sea loado! exclamó en aquel momento Roger, viendo venir hacia ellos un casco enorme sobre roja melena, que descollaba entre la multitud. ¡Á mí, Tristán! Y también Simón. ¡Á mí, compañeros, ayudadme á proteger á una mujer y un anciano! --¡Hola, -mon petit-! gritó Simón con voz tonante, abriéndose paso en un santiamén y seguido del sonriente Tristán de Horla. ¿Qué pasa aquí? ¡Por el filo de mi espada! te advierto, Roger, que si vas á proteger á cuantos se hallen en apuro en esta tierra ya tienes tela cortada para rato. Pero descuida, que al cabo de un año de aprendizaje en la Guardia Blanca harás menos caso de lo que digan y emprendan unos cuantos arqueros calamocanos. ¿De qué se trata, repito? Por ahí viene el preboste con sus guardias y es muy probable que si no tomáis soleta tendremos aquí un par de arqueros ahorcados en menos de diez minutos. --¡Digo, pues si es este el viejo Simón Aluardo, de la Guardia Blanca! exclamó el hombre de armas que tan insolente se había mostrado con los escuderos. ¡Un abrazo, Simón! Por vida mía, tiempo hubo en que desde Limoges hasta Navarra no se conocía arquero más pronto en conquistar á una muchacha ó derrengar á un enemigo. --No lo dudo, amigo Carlín, repuso Simón, y á fe que no creo haber cambiado mucho desde entonces. Pero también sabes que ni tomo yo un beso á la fuerza, ni ataco al enemigo por la espalda y diez contra uno. Al buen entendedor.... Una mirada al resuelto rostro del sargento y á las manazas de Tristán convenció á los arqueros de que allí nada bueno podrían sacar á la fuerza. La mujer y su padre comenzaron á abrirse paso sin que nadie intentase impedírselo y Gualtero y Roger fueron tras ellos. --Un momento, camarada, dijo Simón á Roger. Ya sé que esta mañana has hecho proezas en la abadía; pero te recomiendo alguna prudencia en eso de sacar la espada á relucir. Mira que he sido yo quien te ha metido en estos líos y que si te pasa algo lo sentiré de veras, muchacho. --Descuidad, Simón, seré prudente. --No busques el peligro, -mon petit-, y espera á tener la muñeca algo más sólida. Oye; esta noche nos reuniremos algunos amigos en la -Rosa de Aquitania-, á dos puertas de tu hostería de la -Media Luna-, y si quieres vaciar un vaso en compañía de simples arqueros ¡bienvenido! Prometió el doncel reunirse con ellos si se lo permitían sus deberes de escudero y deslizándose entre los grupos llegó á donde estaba Gualtero, en conversación con el viejo y la muchacha, en el portal de su casa. --¡Gracias, valiente caballero! exclamó el desconocido abrazando á Roger. ¿Cómo manifestaros mi gratitud? Sin vuestro auxilio y el de vuestros amigos habría yo perdido la cabeza y sabe Dios qué suerte hubiera cabido á mi pobre Tita.... --No creo que aquellos energúmenos se hubieran propasado á tal extremo, dijo el joven algo sorprendido. ---¡Ah, diavolo!- exclamó el otro soltando la carcajada, no hablo de mi cabeza sino de la que llevo aquí bajo el brazo. --Quizás estos caballeros deseen entrar y reposar un momento en nuestra casa, padre mío. Si seguimos aquí puede estallar otro tumulto de un momento á otro. --¡Tienes razón, hija! Entrad, señores. ¡Una luz, Jacobo, pronto! Siete escalones, eso es. Tomad asiento. -¡Corpo di Bacco-, qué susto me han dado esos canallas! Pero no es extraño. Tomad un vándalo, un normando y un alano, mezcladlos con el moro más redomado, emborrachad al aborto resultante de esa mezcla y ya tenéis un inglés hecho y derecho.... Me dicen que ahora están invadiendo á Italia, mi patria, como han invadido á Francia. ¡Qué gente, Dios eterno! En todas partes se meten, menos en el cielo. --Padre mío, dijo la joven mientras ayudaba al anciano á sentarse en cómoda poltrona, olvidáis que estos buenos señores que nos han protegido son también ingleses.... --¡Mil perdones! Pero ¡quién lo dijera! Mirad, señores míos, estas obras de arte que aquí tengo; quizás os interesen, aunque entiendo que allá en vuestra isla no se conoce más arte que el de la guerra. Cuatro lámparas iluminaban ampliamente la estancia de artesonado techo en que se hallaban. Colgadas de las paredes, sobre los muebles, en los rincones, por todas partes se veían placas de vidrio de diferentes tamaños y formas, pintadas delicadamente. Gualtero y Roger miraron en torno asombrados, porque jamás habían visto juntas tantas y tan magníficas obras de arte. --Veo que os gustan, dijo el artista al notar la expresión de grata sorpresa reflejada en los semblantes de ambos hidalgos. Lo cual me prueba que no faltan ingleses capaces de apreciar tales fruslerías. --Nunca lo hubiera creído posible, exclamó Roger. ¡Qué colorido, qué perfilado! Admira, Gualtero, este Martirio de San Esteban; no parece sino que tú ó yo podríamos coger esas piedras ahí pintadas. --¿Pues y este ciervo, con la cruz que sobre su cabeza destella como una aparición portentosa? Es perfecto; no he visto ciervos más naturales en los bosques de Bere. --Mira la hierba, de un verde claro, que parece movida por el viento. ¡Por vida de! Cuanto he pintado hasta la fecha ha sido juego de niños. Este hombre debe de ser uno de aquellos grandes artistas de quienes me hablaba el hermano Bartolomé allá en Belmonte. Una expresión de profundo contento animó el cetrino rostro del artista al oir aquellos espontáneos elogios. Su hija se había quitado el manto que hasta entonces cubriera sus hombros y cabeza y los dos jóvenes admiraron en ella uno de los tipos más acabados de la belleza italiana, que muy pronto atrajo toda la atención y las miradas de Gualtero. --¿Y qué me decís de esto? preguntó el anciano, desenvolviendo el paquete que tantas zozobras le había proporcionado. Era una lámina de vidrio en forma de hoja enorme y pintada en ella una cabeza de admirables líneas, rodeada de resplandeciente aureola. Era tan natural el colorido, tanta la verdad y la expresión del rostro, que parecía imagen viva, mirando dulcemente á los ojos de Roger. Este palmoteó, con el entusiasmo que la belleza produce siempre en todo verdadero artista. --¡Es un portento! exclamó; y me admira que hayáis arriesgado por las calles una maravilla tan frágil como ésta. --Confieso que fué grave imprudencia. ¡Un frasco de vino, Tita, pero del mejor, del florentino! Sin vuestro auxilio no sé qué hubiera sucedido. Examinad bien la tez; á mí mismo me resulta muchas veces demasiado obscura, enrojecida por haberse caldeado los colores, ó pálida y falta de vida. Pero aquí se ven latir las sienes y se siente correr la sangre bajo esa piel bronceada. La pérdida de este trabajo hubiera sido para mí una calamidad irreparable. Está destinado á la iglesia de San Remo y esta tarde fuí con mi hija para ver si ajustaba bien en el marco de piedra que allí lo espera. Me demoré más de lo que esperaba, cerró la noche y ya sabéis lo que sucedió después. Pero vos también, hidalgo, parecéis tener aficiones artísticas. ¿Sois pintor? --Apenas me atrevo á responderos afirmativamente después de lo que aquí he visto, contestó Roger. Criado y educado en el claustro, no fué tarea muy difícil la de manejar los pinceles mejor que los otros novicios. --Ahí tenéis colores, pinceles y cartón, dijo el viejo artista, y no os doy vidrio porque eso requiere conocimientos especiales y bastante tiempo. Os ruego que me déis una muestra de vuestro trabajo. Gracias, hija mía. Llena los vasos hasta el borde. Gualtero sostenía conversación animada y al parecer muy interesante con la hermosa doncella, expresándose él en una mezcla de francés é inglés y ella en graciosas frases franco-italianas, lo cual no les impedía entenderse perfectamente. El artista examinaba atento su última y maravillosa creación para ver si la pintura había sufrido algún rasguño y en tanto Roger manejaba rápidamente los pinceles, hasta dejar bosquejadas las facciones y el torneado cuello de bellísima mujer. --¡Bravo! exclamó el maestro; sois pintor, no hay que dudarlo y podéis llegar á serlo muy bueno. ¡Es la cara de un ángel! --Decid más bien la cara de mi señora Constanza de Morel, exclamó sorprendido Gualtero. --Algo se le parece, á fe mía, dijo Roger un tanto confuso. --¿Con que un retrato? Tanto mejor y más difícil. Joven, soy Agustín Pisano, hijo del maestro Andrés Pisano y os repito que tenéis mano de artista. Diré más; que si os quedáis en mi compañía os enseñaré el secreto de la preparación de esos trabajos sobre vidrio que ahí véis; la composición de los pigmentos y sus mezclas, cómo espesarlos, cuáles penetran el vidrio y cuáles no, el caldeado y glaseado de las placas, en fin, todos los detalles del oficio. --Mucho me placería practicar y aprender con tan gran maestro, dijo el doncel, pero mi deber me obliga á seguir á mi señor, por lo menos mientras dure la guerra. --¡Guerra, guerra! ¡Siempre lo mismo! exclamó Pisano. Y por consiguiente llamáis héroes y grandes hombres á los que más destruyen y matan. -¡Per Bacco!- para hombres notables, de verdadero mérito, dignos de toda gloria, los artistas que tenemos en Italia, los que edifican en lugar de destruir, los que han creado las bellezas artísticas de mi noble Pisa, los que ennoblecen á toda la nación, los Andrés Orcagna, Tadeo Gaddi, Giottino, Stefano, Simón Memmi, maestros cuyos colores sería yo indigno de mezclar. Y me ha tocado en suerte el contemplar con mis propios ojos sus obras inmortales. He visto al anciano Giotto, discípulo á su vez del gran Cimabue, con anterioridad al cual sostengo que no existía el arte en Italia y hubo que importar artistas griegos para decorar la capilla de los Gondi de Florencia. ¡Ah, señores, esos son los grandes hombres, los bienhechores de la humanidad, cuyos nombres vivirán eternamente! ¡Qué contraste con vuestros soldados, que aspiran á la gloria asolando comarcas enteras, recorriendo la tierra á sangre y fuego! --Pues tengo para mí que tampoco están de más los soldados, observó Gualtero. De otra suerte ¿cómo podrían esos artistas que nombráis proteger y conservar los productos de su genio? --De los cuales tenemos no pocos á la vista, agregó Roger. ¿Son todos estos trabajos de vuestra mano? --Todos. Notaréis que algunos están concluídos en diferentes placas, que unidas forman cuadros de gran tamaño. Aquí en Francia tienen á Clemente de Chartres y algunos otros artífices de mérito, dedicados á esta misma clase de trabajos. Pero ¿oís? Ya suena otra vez el clarín bélico para recordarnos que vivimos bajo la mano férrea del conquistador y no en las regiones donde impera el arte. --Señal es esa también para nosotros, dijo Gualtero al oir el toque de los clarines. Bien quisiera yo permanecer aquí más largo tiempo, rodeado de tantas cosas bellas--y al decirlo miraba con admiración á la ruborosa Tita--pero fuerza es volver á nuestra posada y eso antes de que á ella regrese el señor de Morel. Renovaron Pisano y su hija las demostraciones de gratitud, prometieron los escuderos repetir tan grata visita y habiendo cesado la lluvia, se dirigieron éstos de la calle del Rey, donde vivía el artista italiano, á la de los Apóstoles, en cuya esquina ostentaba su muestra la -Hostería de la Media Luna-. CAPÍTULO XXII UNA NOCHE DE HOLGORIO EN "LA ROSA DE AQUITANIA" --¿Has visto cara más hermosa, Roger? preguntó Gualtero apenas se apartaron de la puerta de Pisano. ¡Qué ojos, qué perfil divino! --No puedo negar que es bella. ¿Pues y aquel color moreno de las mejillas y los negrísimos rizos que circundan el óvalo perfecto de la cara? --¿Dónde me dejas los ojos? De mirada tan clara y tan profunda á la vez; tan inocentes al par que tan expresivos.... --Si algún pero se le puede poner está en la barba. --Pues no lo he notado.... --Graciosamente cortada, eso sí. --Una barbilla preciosa, Roger. --Sin embargo ¿no te parece que el conjunto hubiera ganado bastante con medio palmo más de bien poblada barba? --¡Ave María Purísima! Pero ¿de dónde has sacado tú que Tita tenga barbas? --¿Tita? ¿Quién habla de ella? --¿Pues de quién demonios estás hablando? --De la magnífica figura destinada á la iglesia de San Remo, ¿no recuerdas? Aquella cabeza de santo.... --¡Anda, anda! exclamó Gualtero riéndose. Miren con lo que nos sale ahora. Tú sí que eres un menjurje de vándalo, normando, alano y perro moro, como nos llamaba á los ingleses el buen Pisano. ¿Quién se acuerda de cuadros ni pinturas cuando se tiene delante un ángel del cielo, hechura del mismo Dios, como la incomparable Tita? ¡Quién va! --Me manda el sargento Simón, dijo un arquero acercándoseles apresuradamente, para deciros que el señor barón ha resuelto pasar la noche en el alojamiento del canciller de Chandos y no necesitará vuestros servicios. Simón está en esa taberna con algunos camaradas y dice que si quisierais trincar con nosotros.... --Á fe mía, dijo riéndose Gualtero, que con sus cantos y gritos hacen bastante algazara para anunciar su presencia sin necesidad de guías ni emisarios. ¡Adelante! Á dos puertas se oía el estrépito de la francachela. Entraron por un portalón bajo y al final de estrecho corredor se hallaron en una gran sala iluminada por dos antorchas. Junto á las paredes, en casi toda la extensión del local, montones de paja sobre la cual reposaban veinte ó treinta arqueros de la Guardia Blanca, sentados ó reclinados sobre el codo, sin capacetes, coletos ni espadas y con sendos recipientes de cuero y estaño llenos de cerveza ó vino, según el gusto de cada cual. Dos toneles colocados en un extremo de la estancia indicaban que no faltaría con qué llenar de nuevo aquellos enormes cubiletes, cuantas veces lo exigiese la sed de los arqueros. Junto á los toneles y como presidiendo la reunión, hallábanse el portaestandarte Reno, Simón, Tristán y otros tres ó cuatro arqueros veteranos, amén del valiente Golvín, capitán del -Galeón Amarillo-, que había ido á tomar unos tragos en compañía de sus alegres compañeros de viaje antes de emprender el de regreso á Inglaterra. Gualtero y Roger tomaron asiento entre Reno y Simón, sin que su llegada acallara por un momento el bullicio. --¡Cerveza ó vino, camaradas! gritó Simón. Que elija cada cual y no me vengáis con arrumacos, porque la mezcla emborracha y ha de ser una cosa ú otra. Aquí está tu cubilete, Rubén, rebosando vino generoso. ¿Sabéis la noticia, barbilindos? --No. ¿Qué es ello? dijeron ambos escuderos. --Pues que tendremos torneo. --¡Bravo! --Sí. El arrogante Captal de Buch se ha empeñado en demostrarnos que él y otros cuatro caballeros gascones pueden hacer morder el polvo á los cinco mejores paladines ingleses de cuantos hay en Burdeos á la fecha. Chandos aceptó el reto sobre la marcha, encargándose de elegir á nuestros campeones; el príncipe ha prometido una hermosa copa de oro al que más altos honores obtenga y en toda la corte no se habla hoy de otra cosa. --¿Por qué han de ser los grandes señores los únicos que se diviertan? preguntó Tristán de Horla. Bien pudieran abrirnos el palenque á los arqueros y ¡por la cruz de Gestas! que sería cosa de ver cómo descoyuntábamos á cinco arqueros gascones. --Ó cómo otros tantos hombres de armas baldábamos á igual número de soldados de esta tierra, dijo Reno. --¿Quiénes son los mantenedores ingleses? preguntó Golvín. --Trescientos cuarenta y un caballeros tenemos hoy en Burdeos, y ya se han recibido trescientos cuarenta carteles aceptando el reto. El único que falta es el de Sir Mauricio de Ravens, á quien la gota tiene clavado en el lecho. --Un arquero de la guardia me ha dicho que el príncipe quería romper una lanza, pero que sus consejeros no se lo han permitido, porque habrá más de combate que de torneo, tal están que arden los señores gascones. --Por lo pronto tenemos á Chandos. --Su Alteza le ha prohibido tomar parte en la próxima justa. Chandos será juez del campo, en unión de Sir Guillermo Fenton y el duque de Armagnac. Nuestros campeones serán los señores de Abercombe, Percy, Beauchamp y Leiton, y el invencible barón de Morel. --¡Viva! ¡San Jorge le proteja! ¡Buena elección! vociferaron los arqueros. --¡Buena, como hay Dios! exclamó Simón. No hay para un soldado de buena fibra honra mayor que la de tenerle por jefe. Ya veréis á dónde nos lleva, muchachos, y en qué aventuras nos mete. Noto que desde su llegada á Burdeos anda con un parche en un ojo, lo mismo que hizo la víspera de Poitiers. Pues ese parche va á costar mucha sangre, os lo digo yo. --¿Cómo fué lo de Poitiers, sargento? preguntó un joven arquero. --¡Cuéntalo, Simón! exclamaron otros. --¡Á la salud de Simón Aluardo! dijeron muchos empinando el codo. --Preguntádselo á éste, peneques, contestó modestamente el veterano señalando á Reno. Él vió más que yo, pero ¡por los clavos de Cristo! no dejé de tomar también parte y buena en aquella tremolina. --Gran día fué aquel, dijo Reno moviendo la cabeza y entornando los ojos; como no espero volver á verlo. Muchos y muy buenos arqueros cayeron también en la jornada. --¿Buenos? Pues no hay más que nombrar á Gofredo, Calvino, el Payo, Nelson, que antes de caer para no levantarse más se aferró á un gran señor francés y le cortó la cabeza á cercén. Mejores arqueros no los he visto en mi pícara vida. --¡Pero la batalla, Simón, la batalla! gritaron muchos. ¡Cuenta, cuenta! --¡Á callar se ha dicho, moscones! berreó el sargento. "¡Cuenta, Simón!" Pues no hay cuento que valga hasta que me haya remojado el gaznate. ¡Buena cerveza! Era en el otoño de 1356; nuestro príncipe Eduardo tomó por Auvernia, el Berry, Anjou y Turena, y de Auvernia os diré que las muchachas son zalameras y el vino agriado. En Berry dadle vuelta y aprended que las mozas son hoscas y el vino una bendición. Pero Anjou es gran tierra para los arqueros decentes, porque allí vino y mujeres son unas mieles. Lo único que saqué de Turena fué una descalabradura, pero en Vierzón, en un monasterio de órdago, me hice con un copón de oro por el cual me dió treinta ducados un judío genovés. De allí, anda que anda hasta llegar á Bourges, donde me tocó en suerte una túnica de seda carmesí labrada de oro y perlas, como vosotros no la veréis jamás, y un par de borceguíes con borlas de seda blanca, lo mismo que los del rey nuestro señor. --¿Los arrebañaste en alguna tienda, Simón? --¡Se los quité de los pies á un caballero enemigo, so lagarto! Bien pensado el caso, me dije que él no había de necesitarlos más, visto que le salía por pecho y espalda una flecha mía de las gordas.... --¿Qué más, qué más? --Nos dimos otra zampada de camino, y éramos lo menos seis mil arqueros cuando llegamos á Isodún, donde también me favoreció la suerte. --¿Otra batalla? ¿Otro par de botas, Simón? se oyó decir á los arqueros. --No, algo mejor que eso. En las batallas poco hay que ganar, como no sean testarazos, á menos que se logre rescate por algún pájaro gordo. Lo que hubo fué que en Isodún yo y otros tres muchachos de Gales nos metimos en un caserón muy grande que los otros camaradas pasaron por alto y allí descubrí y me apropié un cobertor de finas plumas como sólo los estilan las duquesas de Francia. Tú lo has visto, Tristán, y sabes si es rico y mullido. Lo acomodé bien envuelto sobre una mula del vivandero y allá lo tengo en una venta cerca de Dunán, para el día en que me case. ¿Te acuerdas de la ventera, -mon petit-? preguntó á Roger, guiñándole el ojo. --¡Adelante! vocearon tres ó cuatro arqueros. --Eso es, continuó el veterano. Que otros saquen las castañas del fuego para que vosotros os estéis como unos papanatas oyendo historias con la boca abierta. ¡Buena cerveza! Nuestros seis mil tunantes, el príncipe y sus caballeros, yo y la mula con el cobertor de pluma salimos por fin de Turena, dejando allí sangrienta memoria. En Romorantín topé con una cadena y unos brazaletes de oro, pero topé también con una mozuela como un sol, que me los robó al día siguiente. Porque habéis de saber que hay gentes que no vacilan en apoderarse de lo ajeno.... --¡Al grano, Simón! ¡Esa batalla! --Todo se andará, cachorros, si me dejáis respirar. Pues sucedió que el rey de Francia, llamado Juan II, se puso al frente de cincuenta mil hombres y nos persiguió furiosamente. Pero lo bueno fué que cuando nos alcanzó, seguro de pasarnos á cuchillo, se halló con que no supo cómo atacarnos ni cómo cogernos, porque lo esperamos esparcidos por los vallados y viñedos de unas alturas, hasta donde sólo podían subir por una ladera y eso al descubierto, ofreciéndonos magnífico blanco. Así ocultos y protegidos, formaban nuestra derecha los arqueros, con los hombres de armas á la izquierda, los caballeros en el centro y detrás de ellos la mula del cobertor. Trescientos caballeros franceses se dirigieron hacia ella en línea recta, para empezar, y muy valientes y apuestos parecían, pero los cogió en el camino tal nublado de flechas que pocos escaparon con vida. Tras ellos subieron al ataque los soldados tudescos al servicio del rey Juan y pelearon muy guapamente, tanto que tres ó cuatro se colaron por entre los arqueros y corrieron hacia la preciosa mula. Pero trabajo inútil, porque ví á nuestro capitán, el sin par barón de Morel, destacarse del grupo de nobles, con su parchecito sobre un ojo como lo lleva estos días y despachar á aquellos perdularios con toda calma. En seguida el barón se lanzó contra el grueso de los asaltantes, seguido de Lord Abercombe con sus cuatro escuderos del Chesire y otros de igual temple, tras ellos Chandos y el príncipe y detrás nosotros con espada y hacha, porque habíamos agotado las flechas. Muy imprudente fué aquella maniobra nuestra, porque no sólo abandonamos la protección del terreno sino que dejamos sin defensa á la mula del vivandero y cualquier taimado francés ó tudesco pudo hacerla prisionera con el tesoro mío que llevaba encima. Pero todo salió bien, cayeron en nuestro poder el rey Juan y su hijo, Nelson y yo descubrimos un carro con doce barriles de vino generoso destinado á la mesa del rey... y no sé cómo fué, muchachos, pero os aseguro que no me acuerdo de lo que sucedió después, ni tampoco pudo recordarlo Nelson. --¿Y al día siguiente? --Como podéis figuraros, no perdimos mucho tiempo por aquellos andurriales, sino que tomamos al trote el camino de Burdeos, á donde llegamos sin tropiezo con el rey de Francia y el cobertor de pluma. Vendí el resto de mi botín, -mes garçons-, por tantas monedas de oro como cupieron en mi bolsón de cuero y por siete días tuve doce velas encendidas en el altar del bendito San Andrés, porque sabido es que si olvidáis á los santos cuando las cosas marchan bien es muy probable que ellos se olviden de vosotros cuando los necesitéis. --Decidme, sargento, preguntó un mozalbete desde el extremo opuesto del cuarto ¿á qué cuento fué la batalla aquella? --¿Ahora salimos con esas, rocín? ¿Pues á qué cuento había de ser sino á dejar sentado una vez por todas quién había de llevar la corona de Francia? --Bueno es saberlo. Creíame yo que era para averiguar quién debía de quedarse con vuestro cobertor de pluma.... --Mira, hijo, que si me llego á tí con este cinto mío y empiezo á darte zurriagazos lo vas á sentir de veras, dijo Simón entre las carcajadas de todo el concurso. Pero se hace tarde, Reno, y cuando los polluelos empiezan á piar contra gallos viejos como yo, es hora de que vuelvan al gallinero. --¡No, no, venga otra canción! gritaron muchos. --¡Que cante Sabas! Como él no hay otro en la Guardia Blanca. ¡Que cante, que cante! --¡Alto ahí! dijo entonces el capitán Golvín. Para entonar unas trovas como Dios manda nadie mejor que el mocetón éste. Y al decirlo puso la mano en el hombro de Tristán. --Muy cierto es, que á bordo del galeón parecía rugir la tempestad cuando él cantaba "Las campanas de Milton." --Ó "La Molinera de York." ¡Anda, Tristán! El exnovicio se pasó el dorso de la mano sobre los labios y mirando á la pared de enfrente entonó la canción pedida con un vozarrón tremendo. Al concluir lo saludaron sus oyentes con una tempestad de aplausos y gritos, y Tristán agarró el vaso de cerveza que halló más cerca y lo vació de un tirón. --La primera vez que canté "La Molinera," dijo modestamente, fué en la taberna de Horla, cuando ni soñaba ser arquero. --¡Otro trago, camaradas! gritó Reno sumergiendo su enorme recipiente de cuero en el tonel. ¡Á la salud de la Guardia Blanca y de cuantos siguen el estandarte de las cinco rosas! --¡Por la guerra próxima y la victoria segura! brindó el capitán Golvín. --¡Por el montón de oro que aguarda á los buenos arqueros! --¡Y por las muchachas bonitas! gritó Simón. ¡Y se acabaron los brindis, canastos! añadió pegando tremebundo puntapié al tonel que tenía más cerca. Con cantos, risas y chanzas fueron desfilando los alegres arqueros, y no tardó en reinar completo silencio en la poco antes bulliciosa sala de -La Rosa de Aquitania-. CAPÍTULO XXIII LAS JUSTAS DE BURDEOS La fama y brillo de la corte que rodeaba al príncipe Eduardo desde su instalación como Duque de Aquitania, atraían á numerosos caballeros de toda Europa y los torneos y justas eran por entonces espectáculos que con frecuencia presenciaban los vecinos de Burdeos. Con los más afamados paladines ingleses y franceses solían romper lanzas diestros justadores de Alemania, caballeros de Calatrava, nobles portugueses é italianos y aun formidables guerreros de la Escandinavia y otras regiones del norte y del oeste. Pero en la ciudad y en toda la comarca fué objeto del mayor interés y de incesantes comentarios la noticia de que cinco caballeros ingleses entre los más esforzados habían dirigido un cartel de reto á otros tantos nobles de la cristiandad, quienesquiera que fuesen. Había gran curiosidad por ver quienes lo aceptarían y sabíase además que aquellas justas serían las últimas por entonces, ya que el príncipe se aprestaba á salir con toda su gente para la guerra de España. La víspera del torneo llegaron á Burdeos multitud de gentes de todo el Medoc, que tuvieron que acampar fuera de las murallas, en el llano y á orillas del Garona. Tampoco faltaron oficiales del ejército acuartelado en Dax, ni nobles y burgueses de Blaye, Bourg, Libourne, Cardillac, Ryons y otras muchas villas, que llegaron durante el día y parte de la noche anterior al combate, á pie, á caballo y en vehículos de todas clases. No fué pequeña empresa la de elegir cinco caballeros por banda, cuando tantos y tan valientes y ganosos de gloria los había congregados allí; y en poco estuvo que la elección ocasionase una serie de duelos preliminares que sólo pudieron evitarse con la intervención del príncipe y de los nobles de más edad y merecimientos. Hasta la víspera del día fijado para el torneo no se fijaron en la liza, pendientes de sendas lanzas, los escudos de los campeones, para que los heraldos y el público supiesen sus nombres y también para que se presentase ante los jueces de campo toda fundada querella ó protesta contra la participación de cualquiera de ellos en el torneo. Los dos aguerridos capitanes Roberto Nolles y Hugo Calverley no habían regresado de la expedición á Navarra que el príncipe les encomendara, lo cual privó á los justadores ingleses de dos de sus mejores lanzas. Pero eran tantas y tan buenas las que aun quedaban que los señores Chandos y Fenton, á quienes en definitiva se encomendó la elección, tuvieron que discutir y pesar uno por uno los méritos y hazañas de muchos aspirantes; decidiéndose por fin á favor de Morel de Hanson y Abercombe de Chesire, renombradísimo el primero entre los nobles veteranos y héroe de Poitiers el segundo. De los caballeros más jóvenes resultaron agraciados tres brillantes paladines: Tomás Percy, Guillermo Beauchamp y Raniero Leiton. Desde luego aceptaron el reto inglés todos los caballeros gascones y la elección, difícil de suyo, favoreció á Captal de Buch, Oliverio de Clisón, Pedro de Albret, el señor de Mucident y un caballero teutón llamado Segismundo de Bohemia. Al mirar aquellos diez escudos los veteranos ingleses se prometían un torneo brillante cual ninguno, pues eran los mantenedores hombres de gloriosa historia y de valor y esfuerzo probadísimos. --Á fe mía, Chandos, dijo el príncipe mientras cabalgaba junto al canciller por las estrechas y tortuosas calles de la ciudad, camino del palenque; bien quisiera yo romper una lanza en estas justas, suponiendo que los jueces de campo no me creyesen indigno de alternar con tan famosos campeones. --No hay en el ejército mejor ni más digno paladín que vos, señor, replicó Chandos, pero dadas las circunstancias de este torneo, creedme, no conviene que participéis en él. No es de vuestro alto cargo el tomar aquí partido á favor de ingleses contra gascones, ni poneros con éstos frente á aquellos, lanza en ristre ó espada en mano. Demasiado sobreexcitados están ya los ánimos. --Siempre la razón de estado, Chandos, que vos sacáis á relucir no sólo en la sala del consejo sino camino de fiesta tan alegre y lucida como ésta. ¿Y qué piensan de ella mis hermanos de Castilla y Mallorca? preguntó dirigiéndose á los príncipes españoles, que á su derecha cabalgaban. --Mi opinión es que hoy presenciaremos no pocas proezas, dijo Don Pedro, en vista de la fama y pujanza de los justadores. --¡Por Santiago! observó Don Jaime, otra cosa va llamando mi atención y es el buen porte y mejores vestidos de esos burgueses de Burdeos que se agolpan á mirarnos. Rica en verdad debe de ser esta gran villa y holgada la condición de sus moradores, á pesar de recientes guerras y trastornos. --Pues si el aspecto de los buenos burgueses os admira, repuso Don Pedro, ¿qué me decís de esos hombres de armas escogidos y de los bien plantados arqueros? Difícil sería igualar y menos vencer fuerzas tan apuestas y bien disciplinadas. --Con esos soldados cuento, dijo el príncipe inglés, y con otros muchos como ellos, para hacer entrar en razón á los usurpadores de Castilla y Mallorca. Sonriéronse ambos pretendientes, revelando en sus semblantes la satisfacción y la confianza con que habían oído aquellas palabras. --Y una vez hecha justicia, dijo Don Pedro de Castilla, uniremos las fuerzas de Inglaterra, Aquitania y España y mucho sería que de tal unión no resultasen magnas consecuencias. --Por ejemplo, agregó el príncipe Eduardo con evidente entusiasmo, completar para siempre la expulsión de los infieles del territorio de Europa. No creo que pudiéramos acometer empresa más grata para la Santa Virgen, excelsa patrona de Aquitania. --Ni más aceptable para todo español. En tal empresa cuente Vuestra Alteza con el apoyo absoluto de nobles y plebeyos, así en León y Castilla como en Asturias, Navarra, Mallorca y Aragón. Y aun para perseguir á los moros allende el mar y combatirlos en sus guaridas del África y de Oriente. --¡Sí, por Dios! exclamó el Príncipe Negro. Ese ha sido uno de mis sueños dorados, ver ondear el estandarte inglés sobre los muros y mezquitas de la ciudad santa. --La conquista de Jerusalén no puede parecer peligrosa ni ardua á quienes han realizado la conquista de París. --Ni me había de contentar yo con eso, sino con el sitio y toma de Constantinopla y la guerra á muerte contra el Sultán de Damasco. Y vencido éste, todavía podríamos imponer tributo á las hordas tártaras, otra amenaza de la cristiandad. Decidme, Chandos, ¿no habríamos de poder llegar nosotros hasta donde llegó Ricardo Corazón de León? --Poder hacerlo es una cosa, replicó el prudente consejero, y otra muy distinta saber si conviene y debe hacerse. Desde luego, cuente Vuestra Alteza con que el rey de Francia vería el cielo abierto el día que los ejércitos ingleses cruzasen el mar, en persecución de los infieles de Oriente. --Os conozco demasiado, Chandos, para no saber que esas palabras os las dicta vuestra razón, no el temor ni el cansancio de las guerras. ¡Qué enorme multitud! No recuerdo haber visto tantos curiosos desde el día en que recorrí las calles de Londres acompañando á mi prisionero el rey de Francia. Un mar de cabezas cubría por completo la vasta llanura que se extendía desde la Puerta del Norte hasta los primeros viñedos del este de la ciudad y hasta las orillas del río. Entre los obscuros tonos de aquella multitud se destacaban ya las toquillas de vivos colores de las mujeres, ya el casco de un arquero herido por los rayos del sol. En el centro de la llanura, quedaba el espacio cercado que se destinaba á las justas, con gradas y tribunas engalanadas con multitud de gallardetes y banderas. Trabajo costó abrir estrecho paso á los príncipes y su séquito entre aquella masa compacta, que los saludó con aclamaciones atronadoras. Tras ellos fueron llegando numerosos nobles y damas ricamente ataviadas y pronto quedaron llenas las tribunas, relucientes de oro y pedrería. En el numeroso séquito del príncipe y sus regios huéspedes figuraban capitanes y cortesanos de Gascuña y España, de . 1 , 2 , , 3 4 . 5 ; , 6 , ; 7 . 8 9 10 11 , ; 12 , 13 , 14 . 15 , 16 , , 17 . 18 , , , 19 , 20 , . 21 , 22 , 23 , 24 . 25 26 - - ¡ ! . 27 . 28 29 - - , , . 30 31 - - ¡ , ! ; . 32 33 - - , , 34 , . 35 36 - - ¿ ? . 37 38 - - ¿ ? , . 39 40 - - ¡ , ! 41 42 . 43 , ; 44 45 , 46 , 47 . 48 , 49 . 50 51 - - , 52 . 53 54 - - ¡ ! ¡ ! . 55 56 - - ¡ ! . 57 58 - - , ; . 59 60 - - , , , 61 . 62 63 - - ¿ ? . 64 65 - - ¿ ? . 66 67 - - ¡ ! , 68 . 69 70 71 , . 72 , 73 ; 74 , 75 . 76 , , 77 78 79 . , ; 80 , 81 , 82 . . . . 83 ; 84 . 85 86 . 87 88 89 , 90 . 91 , 92 . 93 . 94 . 95 ; 96 , , 97 98 . 99 100 , 101 , . 102 103 104 . 105 . 106 107 108 . 109 , 110 . , 111 , . 112 , . 113 114 , 115 , . 116 , 117 118 . 119 120 - - , , , 121 . , 122 , . 123 124 - - , . , 125 . 126 127 - - , , 128 , 129 . . . . 130 131 - - , . 132 133 - - ¡ ! , 134 . , 135 , 136 . 137 , . 138 139 - - , , 140 . 141 142 - - , 143 , . 144 145 - - ¡ ! . 146 147 - - ¡ , ! , 148 . 149 . . . . 150 151 - - ¡ ! ¿ ? 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