escarcela de cuero al cinto y no tienes más que meter en ella la mano.
Ya sabes que entre hermanos de armas no hay tuyo ni mío.
--No, amigo; aquí ni dinero se necesita. No es como en Francia, donde
andábamos siempre á puñadas con los hombres y con la rodilla en tierra y
la mano abierta ante las mujeres. ¡Qué tiempos aquellos! Con tal que
vuelvan pronto.... Y además, se trata de saldar una cuentecilla
pendiente. Tú no lo sabes, pero mientras nosotros batíamos el cobre en
Rennes, las galeras francesas hicieron un desembarco en Chelsea y
quemaron y mataron hasta cansarse y cuando volví á mi pueblo me
encontré con que entre las víctimas de sus alabardas se contaban mi
madre, mi hermana y sus dos hijos, dos chiquitines que apenas sabían
hablar. ¡Rayos de Dios! Cuando te digo que ardo en deseos de verme otra
vez frente á frente de aquella canalla....
--Pues descuida, Reno, que si bien parece que esta vez nos esperan en
España más que en Francia, andan las cosas tan revueltas que siempre
habrá trabajo en todas partes y para todos los gustos. Desde luego
hallaremos por Castilla el famoso Duguesclín, que con las mejores lanzas
francesas anda al servicio de un príncipe español, Don Enrique de
Trastamara, empeñado en ponerlo en el trono, al paso que el monarca
legítimo Don Pedro, hermano del pretendiente, se ha dirigido á nuestro
rey Eduardo en demanda de auxilio y creo que el mismísimo Príncipe Negro
nos llevará al combate. Ya ves, pues, que habrá ocasión de poner una
flecha tan pronto en un castellano como en un francés. Pero entre tanto,
amigo Reno, creo que también tú y yo tenemos nuestra cuenta pendiente
y....
--¡Pesia mí, que lo había olvidado con la alegría de verte, camarada!
dijo Reno. Muy cierto es ello, y también que apenas nos habíamos puesto
en guardia nos separaron el maldito preboste y sus hombres de armas.
--Á quienes la peste se lleve por entremetidos. Pero como quedamos en
aclarar el punto en nuestra próxima entrevista, y veo que llevas puesta
la espada, en guardia, Reno amigo y á quien Dios se la dé....
--Palabra empeñada y cuestión de honra son cosa sagrada, dijo Reno
desenvainando el acero. La luz de la luna basta para vernos el bulto y
estos dos mozos servirán de testigos. Cuestión de honra, compañeros.
--¿Qué decís? exclamó Roger. ¿Qué cuestión de honra puede inducir á dos
amigos como vosotros á matarse á sangre fría? ¡Tened! Pero ¿no sabéis
que eso es un pecado mortal, que el odio os ciega? ¡Por favor, Simón!
--No hay odio ni cosa que se le parezca, frailecico mío, repuso
jovialmente Simón, mientras el otro veterano miraba sorprendido al
doncel. No hay sino una cuestioncilla no terminada á gusto nuestro. ¡Ojo
á mi espada, Reno!
--Guárdate de la mía, Simón hermano, que hace meses no he tenido
ocasión de esgrimirla una sola vez y necesito esta escaramuza para
ejercitar la muñeca. ¡Á ello!
--¿Pero qué espíritu sanguinario os anima? ¡No lo consentiré y antes
tendréis que matarme! gritó Roger poniéndose delante del arquero.
--Tampoco lo consentiré yo, exclamó el no menos sorprendido Tristán,
enarbolando un pesado tablón que vió apoyado contra el muro. ¡Ea, basta
de broma! Al primero que mueva el chafarote lo aplasto como un sapo.
¡Pues no faltaba más!
--¿Qué mala mosca ha picado á este par de gansos? preguntó Reno.
Cuidado, gigantón, no empiece yo por darte una sangría y te caiga encima
la tabla esa....
--Decidme, Simón, interrumpió vivamente Roger, la causa de vuestra
querella, para ver si ello admite honroso arreglo, antes de que os
degolléis como enemigos implacables.
El arquero miró pensativamente al suelo y después á la luna.
--¿La causa, muchacho? ¿Y cómo quieres tú que yo me acuerde de tal cosa,
cuando nuestra disputa ocurrió allá en Limoges hace más de dos años?
Pero ahí está Reno, que te lo dirá en un santiamén.
--No tal, dijo Reno bajando la espada. Desde entonces he tenido otras
muchas cosas en que pensar y aunque me rompa la crisma no lo recordaré
nunca. Creo que estábamos jugando á los dados. No, creo que fué cuestión
de faldas. ¿Eh, Simón?
--Dados ó mujeres, creo que le andas cerca. Á ver, en Limoges conocíamos
á... ¡Calla! ¿pues no te acuerdas de aquella Rosa tan frescachona, que
servía en el mesón de Los Tres Cuervos? -¡Aux Trois Corbeaux!- Apuesto á
que ya no sabes una palabra de francés, animal. ¡Qué chica aquella! Yo
me enamoré como un bendito.
--Y yo, y otros muchos también, dijo Reno. No estoy seguro de que fuese
ella el objeto de nuestra reyerta, pero sé muy bien que el mismo día que
íbamos á batirnos desapareció de la venta en compañía de Ivón, el
arquero aquel de Gales ¿te acuerdas? Un licenciado del ejército me dijo
después que habían abierto una taberna, en no sé qué ciudad del Garona y
que Rosa sigue haciendo de las suyas y él bebe tanto vino y cerveza
como diez de sus parroquianos.
--¿Sí? Pues aquí acaba nuestra querella, dijo Simón envainando la
espada. No se dirá que por una chiquilla capaz de preferir á un desertor
y sobre todo á un hijo de Gales, se han dado de cuchilladas dos mozos
como nosotros.
--Más vale así, repuso Reno envainando á su vez, porque el barón nos
hubiera oído ó hubiera sabido el duelo y tiene pregonado que á los
duelistas de la guarnición les hará cortar la mano derecha. Y ya sabes
que cuando él dice una cosa....
--Como si lo dijera la Biblia, ya lo sé. Ea, una visita al mayordomo,
que me parece buen hombre, á ver si nos da alguna cerveza con que
brindar por el barón.
Dirigiéronse los cuatro hacia las cocinas del castillo, pero al salir
del patio vieron á un gentil pajecillo que se dirigió á Roger
diciéndole:
--El señor de Morel os espera arriba, en la saleta contigua á su cámara.
--¿Y mis compañeros?
--Á vos solo.
Siguió Roger al paje, que le condujo por una ancha escalera al corredor
del primer piso y á una cámara cuyas paredes cubrían tapices y
panoplias, donde le dejó solo. Descubrióse el doncel y no viendo á nadie
comenzó á examinar las armas y los antiguos y macizos muebles de roble
tallado. Había desaparecido la primitiva sencillez de las habitaciones
en los castillos, debido en parte al deseo de proporcionar mayores
comodidades á las damas y sobre todo al ejemplo de los cruzados, que
habían traído de Oriente el lujo y las riquezas incompatibles con la
vida incómoda y mezquina de las fortalezas feudales. Influencia no menos
poderosa había sido después la de las grandes guerras con Francia,
nación que en el siglo XIV adelantaba en mucho á Inglaterra en las artes
de la paz y cuyos progresos y refinamientos dejaron huella marcadísima
en las costumbres inglesas de aquella época.
Absorto estaba Roger en la contemplación de los objetos de arte que
enriquecían la estancia, cuando oyó la risa mal reprimida de una mujer.
Miró á todos lados sin ver persona alguna, repitióse la risa y por fin
distinguió detrás de la mampara que á su izquierda tenía una blanca
mano que sustentaba un espejo con marco y mango de plata, puesto de
manera que reflejaba todos sus movimientos. Permaneció el joven por
algunos momentos inmóvil, sin saber qué hacer y luégo vió que
desaparecían mano y espejo y que se adelantaba hacia él una hermosísima
joven, con traje tan elegante como rico. En su rostro sonriente
reconoció Roger el de la doncella á quien aquella mañana librara él de
las asechanzas de su hermano, y su sorpresa creció de punto.
--Veo que os admira hallarme aquí, dijo alegremente la encantadora dama.
Trovador quisiera ser para cantar cual se merece nuestra aventura de
ayer; el perverso Hugo, la cuitada doncella y el paladín esforzado que
la rescata de las garras del tirano. Mis trovas os harían célebre y
pasaríais á la posteridad cual otro Percival ó Amadís famoso y gran
desfacedor de entuertos.
--Insignificante fué lo que yo hice para merecer tanto elogio, pudo
decir por fin Roger. Mas no sabéis, señora, cuánta es mi alegría al
volver á veros y saber que llegasteis sana y salva á vuestra morada,
suponiendo que lo sea este castillo.
--Lo es, y el barón León de Morel es mi padre. Pude revelároslo al
despedirnos, pero como me dijisteis que era este el término de vuestro
viaje, preferí callarme y daros una sorpresa, antes de que volváis á
encerraros entre las cuatro paredes de vuestra celda. Pero ante todo, os
he hecho llamar para haceros un encargo, mejor dicho, para pediros un
servicio.
--¿Qué deseáis?
--¡Cuan poco galante sois! Pero en fin, no me extraña. Un caballero más
acostumbrado al trato de las damas se hubiera puesto desde luego á mis
órdenes, pero vos me preguntáis qué os quiero. Pues bien, necesito que
corroboréis con vuestro testimonio mis palabras. Voy á decir á mi padre
que os encontré en la parte del bosque situada al sur del camino de
Munster. De lo contrario, si averigua que le desobedecí y puse la planta
en las tierras de Clinton, no escapo sin una encerrona atroz y lo menos
una semana de rueca y tapicería.
--Si el barón me interroga no le contestaré.
--¡Cómo! Pero es que tendréis que contestarle. Y asegurarle lo que os he
dicho, ó lo pasaré muy mal.
--¿Pero cómo he de poder decirle lo que no es cierto? ¿Seríais capaz de
hacerlo vos, sabiendo que estabais leguas al norte del camino?...
--¡Oh, me aburrís con vuestros sermones! ¿Os negáis? Pues yo sé lo que
debo hacer.
--No os ofendáis, por favor. Pensad en lo que me pedís.... Pero aquí
está vuestro noble padre.
--Estadme atento y veréis si soy ó no buena discípula vuestra. Padre
mío, continuó dirigiéndose al barón, que acababa de entrar; estoy
altamente obligada á este caballero, á quien encontré esta mañana en el
bosque de Munster y que me prestó un valioso servicio. Ocurrió el hecho
á dos leguas justas al norte del camino de Munster y por consiguiente en
una propiedad donde vos me habíais prohibido poner los pies.
--¡Ah, Constanza! repuso el señor de Morel, que daba el brazo á una
anciana dama; me cuesta más hacerme obedecer de tí que de aquellos
doscientos arqueros de la piel del diablo á quienes capitaneaba yo en el
sitio de Guiena. Pero silencio, niña, que tu madre estará aquí dentro de
un momento y no hay necesidad de que se entere. Por esta vez no
llamaremos al preboste y sus guardas ¿eh? Pero retírate á tu cámara y no
vuelvas á las andadas. Sentáos aquí, junto al fuego, madre mía, dijo á
la anciana cuando se hubo retirado su hija. Acercáos, Roger de Clinton;
deseo hablaros, y en presencia de mi madre, sin cuyo buen consejo no
gusto de resolver siempre que puedo consultarla.
Roger, sorprendido, se inclinó.
--Yo misma indiqué al barón que os hiciera llamar, dijo la noble dama,
porque tengo de vos los mejores informes y creo que merecéis entera
confianza. Conozco algo vuestra historia; habéis vivido en el claustro y
es bien que veáis ahora algo del mundo antes de elegir entre uno y otro.
Precisamente, mi hijo necesita junto á sí una persona como vos, que vele
por él, que lo atienda. Entre vuestros compañeros, si aceptáis, veréis
jóvenes de la mejor nobleza del reino.
--¿Sois jinete? preguntó el barón.
--He cabalgado mucho en las posesiones de Belmonte.
--Sin embargo, tendremos en cuenta la diferencia entre la pacífica mula
de los frailes y el caballo de batalla. ¿Sois músico?
--Sé cantar y toco la cítara, la flauta, el rabel....
--¡Bravo! ¿Y en heráldica? ¿Leéis blasón?
--¡Oh sí, perfectamente! Lo aprendí, como todo lo demás, en el convento.
--Pues en tal caso, interpretad aquellas armas; y el señor de Morel
señaló uno de los escudos que ocupaban el testero de la habitación.
--Plata; cuatro cuarteles, azul y gules; triple león rampante; la rosa
heráldica, unida al blasón de la torre, plata sobre gules; brazo armado,
con espada doble; grifo, medio vuelo y casco de cimera.
--Olvidásteis que uno de los tres leones, el de mis deudos los Lutrel,
va también armado y los otros no. Pero bien está para un novicio. Sé que
además leéis y escribís bien, cosa muy útil en ocasiones, cuando de un
mensaje secreto depende la vida de muchos, la suerte de una plaza y
quizás el éxito de la guerra. ¿Creéis poder servir de escudero á un
noble en la campaña que vamos á emprender?
--Tengo buena voluntad y aprenderé lo que no sepa, contestó Roger, á
quien llenaba de gozo la perspectiva de obtener aquel puesto cerca del
barón.
--Pues vos seréis el escudero de mi hijo, agregó la anciana. Cuidaréis
de sus efectos, de sus armas, de cuanto le haga falta y pueda contribuir
á su mayor comodidad, aunque nunca fué mucha la de los campamentos. Y
vos cuidaréis también de su escarcela, porque mi querido barón es tan
generoso que probablemente la vaciaría en manos del primer desdichado
que le diera lástima. No sería la primera vez. Muchos detalles del
servicio escuderil os son desconocidos, naturalmente, pero como decís
vos mismo, no tardaréis en aprenderlos y creo que seréis el mejor
escudero de cuantos hasta ahora ha tenido mi hijo.
--Señora, dijo el doncel muy conmovido, aprecio la alta honra que vos y
el señor barón me hacéis, confiándome cargo tan cercano á la persona de
uno de los más famosos caballeros del reino. Al aceptar tan gran merced,
tanto más bienvenida para mí por las circunstancias y el aislamiento en
que me hallo, sólo temo que mi inexperiencia me haga indigno de vuestro
favor.
--No sólo instruido, sino modesto; cualidades bien raras por cierto en
pajes y escuderos, continuó la bondadosa dama. Descansad esta noche y
mañana os verá mi hijo. Conocimos y estimamos á vuestro padre y nos
place hacer algo por su hijo, si bien no podemos conceder nuestra
estimación á vuestro hermano, uno de los espíritus más turbulentos de la
comarca.
--Nos será imposible partir en todo el mes, dijo el barón, pues hay
mucho que preparar y tiempo tendréis de familiarizaros con vuestros
deberes. Rubín, el paje de mi hija, está loco por seguirme, pero es aun
más joven que vos, casi un niño, y vacilo en exponerlo á las penalidades
de esta guerra en lejanos países.
--Puesto que no partiréis en algunas semanas, observó la anciana, se me
ocurre que este joven puede prestarnos un buen servicio durante su
permanencia en el castillo. ¿Entiendo que en la abadía habéis aprendido
mucho?
--He estudiado mucho, señora, pero aprendido sólo una pequeña parte de
lo que saben mis buenos maestros.
--Lo que sabéis basta á mi propósito. Quisiera que desde mañana
dedicáseis un par de horas diarias á instruir en lo posible á mi nieta
Constanza, que bien lo necesita y no gusta de estudios. No parece sino
que aprendió á leer para devorar novelas sentimentales é inútiles ó
trovas insulsas. El padre Cristóbal viene del priorato á enseñarle lo
que puede, pero no sólo es muy anciano sino que su discípula lo domina y
poco provecho saca de sus conferencias con el buen padre. Con ella y con
Luisa y Dorotea de Pierpont, doncellas de buena familia que con nosotros
residen, formaréis una pequeña clase. Hasta mañana.
Así se vió Roger convertido no sólo en escudero del barón León de Morel,
futuro capitán de la Guardia Blanca, sino en maestro de tres nobles
doncellas, cargo este último en que jamás soñara. Pensando en ello y
gozoso del cambio ocurrido en su suerte, resolvió no omitir por su parte
esfuerzo alguno para complacer á sus bienhechores.
CAPÍTULO XII
DE CÓMO ROGER APRENDIÓ MÁS DE LO QUE ÉL PODÍA ENSEÑAR
En todo el sur de Inglaterra comenzaron simultáneamente y con gran vigor
los preparativos de guerra. Las nuevas que Simón y otros emisarios de
los jefes del ejército en Francia habían llevado á la corte y á los
castillos del reino fueron recibidas con entusiasmo por nobles y
soldados, para quienes una nueva campaña en tierra ajena significaba
gloria y provecho. Seis años de paz tenían impacientes á millares de
veteranos que habían participado en las jornadas de Crécy, Nogent y
Poitiers y para quienes no existía perspectiva más risueña que la de
invadir el territorio de Francia ó España, mandados por el hijo de su
soberano, el famoso Príncipe Negro; y de uno á otro mar sólo se hablaba
de aprestos bélicos, de reclutamientos y de concentración de fuerzas en
los puntos de antemano señalados.
Cada villa, cada aldea preparó y facilitó su contingente sin tardanza, y
en todo aquel otoño y parte del siguiente invierno se oyó de continuo
por los caminos el toque de los clarines, el trotar de los caballos y el
paso acompasado de los infantes, arqueros, ballesteros y hombres de
armas, ya en compañías organizadas ya en grupos aislados, que de todas
partes se dirigían á éste ó aquel castillo ó puerto.
El antiguo y populoso condado de Hanson fué de los primeros en responder
al llamamiento con gran golpe de soldados. Al norte ondeaban los
estandartes de los señores de Brocas y Roche, el primero con la cortada
cabeza de sarraceno en el centro del escudo y el segundo con el
histórico castillo rojo de la casa de Roche, seguidos ambos por
numerosos combatientes. Los vasallos de Embrún en el este y los del
potentado Juan de Montague en el oeste se unieron en pocas semanas á las
fuerzas levantadas por los señores de Bruin, Liscombe, Oliver de Buitrón
y Bruce, procedentes de Andover, Arlesford, Chester y York y marcharon
al sur, en dirección de Southampton. Pero el más nutrido y brillante
contingente del condado fué el que se agrupó en torno del estandarte de
Morel, gracias á la fama del barón. Arqueros de la Selva de Balsain,
montañeses y cazadores de Vernel, Dunán y Malvar, hombres de armas
veteranos y bisoños y nobles caballeros ganosos de prestigio, dirigíanse
todos á Salisbury, desde las riberas del Avón hasta las del Lande, para
alistarse bajo la bandera de las cinco rosas gules de Morel.
Sin embargo, no era el barón uno de aquellos acaudalados magnates que
podían mantener en armas numerosa hueste, y con dolor se vió obligado á
despedir gran número de voluntarios, que buscaron otros jefes,
limitándose él á seguir las instrucciones que le había enviado su amigo
Claudio Latour, autorizándole para equipar cien arqueros y cincuenta
hombre de armas, que unidos á los trescientos veteranos de la Guardia
Blanca que quedaban en Francia, formarían un cuerpo cuyo mando podría
aceptar sin vacilación tan gran capitán como el barón de Morel. Con el
auxilio de Simón, nombrado sargento instructor, Reno y otros veteranos,
eligió cuidadosamente sus hombres y á mediados de Noviembre tenía ya
completa una fuerza escogida, cien de los mejores arqueros de Hanson y
cincuenta hombres de armas bien montados. Dos nobles amigos del barón le
encomendaron á sus hijos, jóvenes y apuestos caballeros llamados Froilán
de Roda y Gualtero de Pleyel, para que compartiesen con Roger de Clinton
los honores, peligros y deberes del cargo de escuderos.
Las piezas de armadura para los hombres de armas y la mayor parte de las
espadas, hachas y lanzas aguardaban á los soldados de Morel en Burdeos,
donde podían procurarse mejores y mucho menos costosas que en
Inglaterra; mas no así los grandes arcos de combate, en cuyo material y
buena construcción los armeros ingleses superaban á todos los demás.
También hubo que uniformar á hombres de armas y arqueros con el capacete
liso, cota de malla, blanco coleto sin mangas sobre la cota y con el
rojo león de San Jorge en el pecho, todo lo cual componía el uniforme de
la famosa Guardia Blanca que con tanto orgullo llevaba Simón Aluardo.
Soberbio aspecto presentaron las fuerzas de Morel cuando su veterano
capitán, montando su mejor caballo de batalla, les pasó revista final en
el gran patio del castillo. De los ciento cincuenta hombres la mitad por
lo menos habían sido soldados, algunos toda su vida; entre los reclutas
llamaba la atención el gigantesco Tristán de Horla, que cerraba la
marcha, llevando á la espalda su enorme arco de guerra.
El equipo de la compañía requirió algunas semanas y Roger y sus amigos
llevaban dos meses en el castillo cuando el barón anunció á su esposa
que todo estaba pronto para la marcha. Aquellos dos meses transformaron
por completo el porvenir de Roger, despertaron en él un sentimiento
desconocido y le hicieron más grata la vida. Entonces aprendió también á
bendecir la previsión de su padre, que le había permitido conocer algo
el mundo, antes de sepultarse para siempre en la soledad del claustro.
¡Cuán diferente le parecía entonces la vida, cuán exageradas las
palabras del Maestro de los novicios al describirle con los más negros
colores la manada de lobos, como él decía, que le esperaban para
devorarle apenas abandonase los muros protectores de Belmonte! Junto á
los criminales y depravados había hallado también hombres de corazón
valiente, amigos cordiales, un noble jefe cien veces más útil á su país
y á sus compatriotas que el virtuoso abad de Berguén, cuya vida
transcurría olvidada y monótona de año en año, en un círculo mezquino,
rodeado de aquellos monjes que rezaban, comían y trabajaban
sosegadamente, aislados del resto de los mortales y como si en el mundo
no hubiera más habitantes que ellos ni más horizontes que el de los
terrenos de la abadía. Su propio criterio dijo á Roger que al pasar del
servicio del abad al del barón, lejos de perder había efectuado un
cambio ventajoso. Cierto que su carácter apacible le hacía mirar con
horror las violencias de la guerra, pero en aquella época de órdenes
militares no era tan marcada como en nuestros días la separación entre
el religioso y el soldado, unidos entonces con frecuencia en una sola
persona.
En justicia á Roger debe decirse que antes de aceptar definitivamente la
oferta del barón meditó mucho y pidió consejo al cielo en sus oraciones;
pero el resultado fué que á los tres días eligió armas y caballo, cuyo
importe ofreció pagar con parte de lo que le correspondiese como botín
de guerra. Dedicó desde entonces largas horas al manejo de las armas, y
como sobraban buenos maestros y él era joven, ágil y vigoroso, no tardó
en dirigir su caballo y esgrimir la espada muy diestramente, mereciendo
palabras de aprobación de los veteranos y haciendo frente con su tizona
á Froilán y Gualtero, los otros dos escuderos de su señor.
Pero es casi innecesario decir que Roger tenía otra razón muy poderosa
para preferir la carrera de las armas y despedirse del convento. La vida
le ofrecía un atractivo irresistible, la presencia de la mujer amada. La
mujer, que allá en el claustro representaba la suma de todas las
tentaciones, peligros y asechanzas mundanales, el escollo que ante todo
debía evitar el hombre para perseverar en el buen camino, el ser á quien
los monjes del Císter no podían mirar sin pecado ni tocar sin exponerse
á los más severos castigos de la regla. En cambio Roger se veía
diariamente, una hora después de la de nona y otra antes de la oración,
en compañía de tres lindas doncellas, sus discípulas; y lejos de
parecerle la presencia de aquellas jóvenes cosa reprensible ni
pecaminosa, sentíase más dichoso que nunca al instruirlas, contestar á
sus preguntas ó sostener con ellas amena plática.
Pocas discípulas como Constanza de Morel. Á un hombre de más edad y
experiencia que Roger le hubieran sorprendido, é irritado quizás, sus
réplicas, las súbitas alteraciones de su carácter, la prontitud con que
se ofendía algunas veces y las lágrimas y protestas con que se sometía
otras á las indicaciones de su maestro. Si el objeto de la lección la
interesaba, seguía las explicaciones con entusiasmo sorprendente y
dejaba muy atrás á sus compañeras. Pero si el tema le parecía pesado y
árido, no había medio de atraer su atención ni de hacerle comprender ó
recordar lo explicado. Alguna que otra vez se rebelaba abiertamente
contra Roger, quien sin la menor irritación, con paciencia infinita,
continuaba su lección; poco después la rebelde discípula se arrepentía y
humillaba, acusándose á sí misma, avergonzada de la injusticia hecha á
Roger con su conducta. En cambio no permitía que sus otras dos
compañeras mostrasen el más leve indicio de desatención ó rebeldía; una
sola vez intentó Dorotea contradecir á Roger, y fué tanta la indignación
de Constanza y tales sus reproches, que la pobre niña abandonó la
habitación con los ojos llenos de lágrimas, lo que valió á Constanza la
más severa reprensión que jamás recibiera del joven profesor.
Pero pasadas las primeras semanas se notó la influencia de Roger, de su
paciencia y dignidad inalterables, en la conducta de la noble doncella.
Comprendía que la rectitud y la elevación de ideas de Roger eran un
ejemplo admirable y apreciaba los altos méritos del apuesto escudero. Y
Roger por su parte comprendía también que de día en día era mayor su
admiración por aquella adorable joven, cuya imagen y cuyo recuerdo no le
abandonaban un instante. Decíase también que era la única hija del barón
de Morel y que mal podía poner los ojos en ella el pobre escudero, sin
un puñado de plata con que pagar el caballo y las armas con que por
primera vez iba á buscar nombre y fortuna en la guerra. Pero su amor por
Constanza era su vida. Ninguna consideración, ningún obstáculo, podían
hacerle renunciar á él.
Era una hermosa tarde de otoño. Roger y su compañero Froilán de Roda
habían ido á Bristol para apresurar la terminación y entrega de la
última remesa de arcos de repuesto que el barón tenía encomendados á los
armeros de aquella ciudad. Acercábase el día de la partida. Los dos
escuderos, terminada su comisión, cabalgaban por el camino de Salisbury
y Roger notó con sorpresa el insólito mutismo de su compañero. Froilán
era un muchacho alegre y decidor, encantado de dejar la tranquila casa
paterna por las aventuras y emociones del largo viaje que iban á
emprender y de la guerra futura. Pero aquel día lo veía Roger callado y
pensativo, contestando apenas á sus preguntas.
--Dime con toda franqueza, amigo Roger, exclamó de pronto, si no te
parece como á mí que la bella Doña Constanza anda estos días
entristecida y pálida, cual si la atormentase ignorada cuita.
--Nada he notado, contestó Roger sorprendido, mas bien pudiera ser como
lo dices.
--Oh, sin duda. Mírala sentada y pensativa hora tras hora, ó paseando
por la terraza del castillo, olvidada de su halcón, de -Trovador- y de
la caza. Sospecho, amigo Roger, que tanto estudio y tanta ciencia como
tú le enseñas sean tarea demasiado pesada para ella, que poco ó nada
estudiaba antes, y la preocupen y aun puedan llegar á enfermarle el
ánimo y el cuerpo.
--Orden es de la baronesa, su señora madre....
--Pues sin que ello sea faltarle al respeto, creo yo que mi señora la
baronesa estaría más en su lugar defendiendo las murallas del castillo ó
mandando una compañía en el asalto de una plaza que encargada de la
educación de su hija. Pero oye, Roger amigo, lo que á nadie he revelado
hasta ahora. Yo amo á Doña Constanza, y por ella daría gustoso mi
vida....
Roger palideció y guardó silencio.
--Mi padre es rico, siguió diciendo Froilán, y yo su hijo único y
heredero de los dominios de Roda. No creo que el barón tenga objeción
que hacer por lo que á caudal y nobleza se refiere.
--Pero ¿y ella? preguntó Roger en voz baja y sin mirar al escudero para
que éste no notase su turbación.
--Eso es lo que me desespera. Nunca he visto indiferencia como la suya y
hasta ahora tanto me hubiera valido suspirar ante una de las estatuas de
mármol del parque de Roda. ¿Recuerdas aquel finísino velo blanco que
llevaba ayer? Pues se lo pedí como una merced para ponerlo en mi yelmo
en combates y torneos, cual emblema de la dama y señora de mis
pensamientos. Se limitó á darme la negativa más fría y más rotunda,
agregando que si cierto caballero cuidaba de pedirle el velo, se lo
entregaría; de lo contrario, no se lo daría á nadie. No tengo la menor
idea de quién sea ese mortal afortunado. ¿Y tú, Roger? ¿Sabes á quién
ama?
--Ni lo sospecho siquiera, contestó Roger; y sin embargo, al decir
aquellas palabras se despertó en él una gratísima esperanza.
--Desde ayer me devano los sesos tratando de averiguarlo; no es Doña
Constanza doncella que oculte sus amores, si los tiene, y por
consiguiente el galán debe sernos conocido. Pero ¿á quién ve y habla
ella, además de sus padres, sus dos amigas y la servidumbre del
castillo? Te voy á dar la lista completa de los hombres que con ella han
hablado en estos dos meses: tú y nuestro camarada Gualtero de Pleyel, el
padre Cristóbal, del priorato, el pajecillo Rubín y yo. ¿Sabes de algún
otro?
--No por cierto, respondió Roger; y ambos apuestos jóvenes siguieron
cabalgando en silencio hasta llegar al castillo.
Durante la lección de la mañana siguiente notó Roger que la hermosa
joven estaba, en efecto, pálida y triste. Su rostro parecía adelgazado y
los bellos ojos habían perdido en parte la viveza y alegría que les
daban tan precioso atractivo. Terminada la hora de clase interrogó el
joven profesor á las señoritas de Pierpont, sus otras dos discípulas.
--Constanza sufre, es muy cierto, le contestó Dorotea con picaresca
sonrisa. Pero su enfermedad no es de las que matan.
--¡No lo quiera Dios! exclamó Roger. Pero decidme, os ruego, ¿qué mal la
aqueja?
--Uno que en mi opinión aqueja también á otra persona, cuyo nombre
podría decir sin temor de equivocarme, repuso á su vez Luisa de
Pierpont. Y vos que tanto sabéis ¿no adivináis su mal?
--No. Parece cansada y triste, ella siempre tan alegre....
--Pues bien, pensad que dentro de tres días partiréis todos y quedará el
castillo poco menos que desierto y nosotras sin ver alma viviente, como
no sea un soldado ó un rústico....
--Cierto es, exclamó Roger. No había pensado en que dentro de tres días
tendrá que separarse de su padre....
--¡Su padre! dijeron ambas jóvenes, lanzando argentina carcajada. ¡Ah
sí, su padre! ¡Hasta la tarde, señor Roger! y se alejaron alegremente,
llamando á voces á su amiga Constanza.
Roger se quedó absorto. Le parecía ver una insinuación clarísima en las
palabras y en la risa de ambas jóvenes, y sin embargo apenas osaba dar á
la tristeza y á los suspiros de Constanza la interpretación que su amor
anhelaba.
CAPÍTULO XIII
DE CÓMO LA GUARDIA BLANCA PARTIÓ PARA LA GUERRA
El día de San Andrés, último de Noviembre, fué el designado para la
marcha. Á hora muy temprana comenzó el redoble de los atabales, que
llamaba á los soldados, seguido de los toques de clarín ordenando la
formación de la Guardia Blanca en el patio de honor de la fortaleza.
Desde una ventana de la armería contemplaba Roger el interesante
espectáculo; las filas de robustos arqueros y tras ellos el imponente
grupo de los hombres de armas, cubiertos de hierro é inmóviles sobre sus
caballos, que piafaban impacientes. Mandábalos el veterano Reno, de cuya
lanza ondeaba estrecho y largo pendón con las cinco rosas; frente á los
infantes, el arquero Simón, orgulloso de la magnífica compañía que tenía
á sus órdenes. Acudieron también al patio los sirvientes del castillo y
algunos hombres de armas que debían quedarse de guarnición en la
fortaleza y querían despedirse de sus amigos. Admiraba Roger el marcial
talante de la tropa, cuando le sorprendió un sollozo que oyó á su
espalda. Volvióse vivamente y vió con asombro á Doña Constanza, que
pálida y desfallecida se apoyaba en el muro de la habitación y procuraba
ahogar con un pañuelo posado sobre los labios los sollozos que agitaban
su pecho. Los hermosos ojos fijos en el suelo, estaban llenos de
lágrimas.
--¡Oh, no lloréis! exclamó Roger corriendo á su lado.
--Me hace daño la vista de todos esos valientes, cuando pienso en su
destino y en la suerte que á muchos de ellos aguarda.
--¡Quiera Dios que volváis á verlos á todos antes que transcurra un
año! No os aflijáis así, dijo el doncel atreviéndose á tomarle una mano.
--Quisiera poder partir yo también, añadió Constanza, mirándole á través
de sus lágrimas y sonriéndose tristemente. Pero en tiempo de guerra sólo
nos está permitido consumirnos de impaciencia entre los muros de una
fortaleza, hilando ó bordando, mientras que allá, en los campos de
batalla... ¡Ah, de qué sirvo yo en este mundo!
--¡Vos! exclamó Roger apasionadamente. ¡Vos sois un ángel del cielo, mi
único pensamiento, mi vida entera! ¡Oh, Constanza, sin vos no puedo
vivir, como puedo dejaros sin una palabra de amor! Desde que os ví por
vez primera todo ha cambiado para mí. Soy pobre y no de vuestra
alcurnia, aunque de origen noble, pero os ofrezco un amor acendrado, una
adoración constante y eterna. Decidme una sola palabra de afecto, ya que
no de amor y ella bastará para animarme y sostenerme en vuestra
ausencia, más mortal mil veces que todos los peligros de la guerra. Pero
¡ay de mí! os he atemorizado con mis palabras, ofendídoos quizás....
La conmovida doncella se había llevado las manos al pecho y por dos
veces trató de replicar, pero inútilmente. Al fin dijo con débil voz:
--Me habéis sorprendido, sí, mas no ofendido. Completo y súbito ha sido
el cambio realizado en vos. ¿No cambiaréis otra vez en la ausencia?
--¡Cruel! ¿Cómo dejar de amaros? ¡Por favor, una sola palabra de
esperanza, una mirada, para atesorarla como un bien supremo y saber que
puedo seguir adorándoos! No os pido juramento ni promesa.... Decidme
solamente que no me prohibís amaros, que algún día tendréis quizás una
palabra afectuosa para mí....
Mirábale la joven con dulzura, entreabiertos los labios por una ligera
sonrisa y á Roger le parecía oir ya la anhelada respuesta; pero en aquel
momento resonó en el patio del castillo una voz potente, seguida de gran
ruido de armas y pasos y el trote de los caballos. La columna se ponía
en marcha.
--¿Oís? exclamó la joven, erguida, brillante la mirada. Van á partir. Es
la voz de mi padre. Vuestro puesto está á su lado, desde este momento
hasta su regreso, hasta el regreso de ambos. Ni una palabra más, Roger.
Conquistad ante todo la estimación de mi padre. El buen caballero no
espera recompensa hasta después de haber cumplido su deber. ¡Adiós, y el
cielo os proteja!
El doncel, lleno de alegría al escuchar aquellas palabras, se inclinó
para besar la mano de su amada. Retiróla ésta prontamente, al sentir el
contacto de los ardientes labios de Roger y salió presurosa de la
habitación, dejando en manos del atónito y alborozado escudero el velo
blanco que en vano había solicitado Froilán de Roda como preciadísima
presea. Oyóse en aquel momento el chirrido de las cadenas que bajaban el
puente levadizo; los expedicionarios aclamaron á su jefe, que puesto al
frente de la columna había dado la voz de marcha y Roger, besando
fervorosamente el fino cendal, lo ocultó en el pecho y salió corriendo
al patio.
Soplaba un viento frío y el cielo empezaba á cubrirse de nubes cuando
los soldados de Morel tomaron el pendiente camino del pueblo. Á orillas
del Avón los esperaban casi todos los vecinos de Salisbury, que vieron
en primer lugar á Reno, vistiendo armadura completa, caballero en negro
corcel y llevando majestuosamente el pendón de su famoso capitán. Tras
él, de tres en fondo, doce veteranos de las grandes guerras, que
conocían la costa de Francia y las principales ciudades, desde Calais
hasta Burdeos, tan bien como los bosques y villas de su tierra natal, el
condado de Hanson. Iban armados hasta los dientes, con lanza, espada y
hacha de dos filos y llevaban al brazo izquierdo el escudo corto y
cuadrado que usaban los hombres de armas de la época.
Campesinos, mujeres y niños aclamaron con entusiasmo la bandera de las
cinco rosas y su arrogante guardia de honor. Seguíanla cincuenta
arqueros escogidos, robustos y de elevada estatura, que llevaban el
casco sencillo, la cota de armas y sobre ella el coleto blanco con el
rojo león de San Jorge y calzaban recios borceguíes anudados á la pierna
con luengas correa, todo lo cual constituía el equipo de los Arqueros
Blancos. Á la espalda la bien provista aljaba de cuero y el arco de
combate, arma la más terrible y mortífera de las conocidas hasta la
fecha y pendiente del cinto la espada, el hacha ó la maza, según la
elección de cada cual. Á pocos pasos de los arqueros iban los atabales
y clarines, cuatro en número, y tras ellos diez ó doce mulas con la
impedimenta de la pequeña columna, tiendas, ropas, armas de repuesto,
batería de cocina, provisiones, herramientas, arneses, herraduras y
demás artículos indispensables ó siquiera útiles en campaña. Un servidor
del barón conducía la blanca mula vistosamente enjaezada que llevaba las
ropas, armas y otros efectos de la propiedad del noble guerrero. Formaba
el centro de la columna un centenar de arqueros y cerraba la marcha el
resto de la caballería, es decir, los hombres de armas reclutados
recientemente, soldados escogidos todos ellos, aunque no veteranos como
sus compañeros de la vanguardia. Mandaba el grueso de los arqueros
nuestro amigo Simón y tras él, en primera línea, descollaba Tristán de
Horla, un Alcides con capacete, cota de malla, arco, flechas y maza
descomunal.
Apenas desembocó la columna en la calle del pueblo comenzó un fuego
graneado de chanzas, y menudearon las despedidas y los abrazos.
--¡Hola, maese Retinto! gritó Simón al ver la nariz amoratada del
tabernero. ¿Qué harás con tu vinagre y tu cerveza aguada, ahora que nos
vamos nosotros?
--Pues voy á descansar, porque tú y tus compañeros os habéis bebido
hasta la última gota de cuanto tenía en casa, excepto el agua.
--¡Tus toneles estarán enjutos, pero tu escarcela repleta, truhán!
exclamó otro arquero. Á ver si haces buena provisión para cuando
volvamos.
--Trae tú el gaznate ileso, que lo que es cerveza y vino no te faltarán,
arquero, gritó una voz entre la multitud, respondiéndole grandes
carcajadas.
--Estrechar filas, que aquí la calle es callejuela, ordenó Simón. ¡Por
vida de! Allí está Catalina, la molinerita, más preciosa que nunca. -¡Au
revoir, ma belle!- Aprieta ese cinturón, Guillermo, ó el hacha te va á
cortar los callos. Y á ver si andas con un poco más de vida, moviendo
esos hombros y alta la cabeza, como sólo saben andar los arqueros
blancos. Y tú, Reinaldo, no vuelvas á sacudirte el polvo del coleto. ¿Si
creerás que vamos á alguna parada? Aguarda, hijo, que antes de llegar al
puerto estarás tan empolvado como yo, por mucho que te limpies.
Había llegado la columna á las últimas casas del pueblo cuando el señor
de Morel salió del castillo, caballero en el brioso -Ardorel-, negro
como el azabache y el mejor caballo de batalla de todo el condado.
Vestía el barón de terciopelo negro y birrete de lo mismo con larga
pluma blanca, sujeta por un broche de oro, y no llevaba más armas que su
espada, suspendida del arzón. Pero los tres galanos escuderos que le
seguían bien montados llevaban, además de sus propias armas, Froilán el
yelmo con celada de su señor, Gualtero la robusta lanza y Roger el
escudo blasonado. Junto al barón trotaba el blanco palafrén de su
esposa, pues ésta deseaba acompañarle hasta la entrada del bosque. La
buena baronesa no había querido confiar á nadie la tarea de elegir y
empaquetar cuidadosamente las ropas y efectos de su esposo; todo lo
había dispuesto ella misma, á excepción de las armas. Y eran de oir las
instrucciones que daba á Roger y á los otros escuderos, al encomendarles
la persona del barón.
--Creo que nada se ha olvidado, iba diciéndoles. Te lo recomiendo mucho,
Roger. La ropa va toda en esa caja, al lado derecho de la mula. Las
botellas de Malvasía en el cestillo de la izquierda; le prepararás un
vaso de ese vino, bien caliente, por las noches, para que lo tome antes
de acostarse. Cuida de que no permanezca horas y horas con los pies
mojados, porque lo que es él jamás se acuerda de tal cosa. Entre la ropa
va un estuchillo con las drogas más indispensables; y cuanto á las
mantas del lecho, han de estar bien secas, sobre todo en campaña....
--No os inquietéis por mí, dijo el barón riéndose al oir aquella
enumeración. Os agradezco en el alma vuestra solicitud, pero queréis que
mis escuderos me traten más bien como viejo achacoso que como soldado
aguerrido. ¿Y tú qué dices, Roger? ¿Por qué tan pálido? ¿No te alegra el
corazón, como á mí, el ver las cinco rosas sirviendo de enseña á tan
bizarros soldados?
--Ya te he dado la escarcela, Roger, continuó impávida la baronesa, para
evitar que tu señor se quede sin blanca desde los primeros días de
marcha. Mucho cuidado con el dinero. Los borceguíes bordados de oro son
exclusivamente para el día que el barón se presente á nuestro gracioso
soberano, ó al príncipe su heredero, y para las reuniones de los
nobles. Después los vuelves á guardar, antes de que el barón se vaya de
caza con ellos puestos y los destroce....
--Mi buena amiga, observó el señor de Morel, duéleme en el alma
separarme de vos, pero hemos llegado á los linderos del bosque y no
debéis ir más lejos. La Virgen os guarde á vos y á Constanza basta mi
regreso. Pero antes de separarnos, entregadme, os ruego, uno de vuestros
guantes, que lo quiero llevar al frente de mi casco en torneos y
combates, como prenda de la mujer amada.
--Dejad, barón, que yo soy vieja y nada hermosa y los apuestos señores
de la corte se reirían de vos si os proclamaseis paladín de tan pobre
dama....
--¡Oid, escuderos! exclamó el señor de Morel. Vuestra vista es mejor que
la mía, y quiero que si véis á un caballero, por noble y alto que sea,
menospreciar esta prenda de la dama á quien sirvo, le anunciéis
inmediatamente que tiene que habérselas con el barón León de Morel, á
caballo con lanza y escudo ó á pie con espada y daga, en combate á
muerte.
Dicho esto, recibió respetuosamente el guante que le tendía la baronesa
y lo aseguró en su gorra, con el mismo broche de oro que sostenía la
ondulante pluma. Despidióse después afectuosamente de la dama anegada en
lágrimas y poniendo su caballo al trote, seguido de los escuderos, tomó
el camino del bosque.
CAPÍTULO XIV
AVENTURAS DE VIAJE
El barón permaneció algún tiempo cabizbajo; Froilán y Roger no iban
menos silenciosos y pensativos que él, pero el alegre Gualtero, que no
tenía penas ni amores, se entretenía en blandir la pesada lanza de su
señor, amenazando con ella á los árboles y dirigiendo grandes botes á
imaginarios enemigos, aunque cuidando mucho de que el barón no
advirtiese su belicosa pantomima. Iban á retaguardia de la columna, y á
veces oía Roger el paso acompasado de los arqueros y los relinchos de
los caballos.
--Venid á mi lado, muchachos, dijo el señor de Morel al pasar frente á
un cortijo, donde el camino se ensanchaba notablemente. Puesto que me
habéis de seguir á la guerra, bueno será que os diga cómo quiero ser
servido. No dudo que Froilán de Roda mostrará ser digno hijo de su
valiente padre, y tú, Gualtero, del tuyo, el noble señor de Pleyel.
Cuanto á Roger, recuerda siempre la casa á que perteneces y el honor que
te hace y los deberes que te impone la larga línea de los señores de
Clinton. No cometáis el error, muy común entre soldados, de creer que
nuestra expedición tiene por objeto principal el de obtener botín y
rescates, aunque ambas cosas puede y suele conseguirlas todo buen
caballero. Vamos á Francia, y á España según espero, en primer lugar
para sostener el brillo de las armas inglesas y en segundo término para
hacer famosos nuestro nombre y nuestro escudo, ventaja inmensa del
caballero sobre el villano. Y ese prestigio puede obtenerse no sólo en
combates y asedios sino en justas y duelos, para los cuales nunca falta
razón ó pretexto. Pero en tierra extraña ó en territorio enemigo ni
pretexto se necesita y basta desenvainar la espada é invitar
cortésmente á otro hidalgo á duelo singular. Por ejemplo, si
estuviéramos en Francia diría yo ahora á Gualtero que se dirigiese al
galope hacia aquel caballero que allí viene y que después de saludarlo
en mi nombre lo invitase á cruzar conmigo la espada.
--Pues no se llevaría mal susto el infeliz, exclamó Gualtero, que miraba
atentamente al desconocido. Como que es el molinero de Salisbury,
caballero en su mula bermeja y probablemente atiborrado de cerveza,
según costumbre.
--Por eso es que el escudero debe preguntar, en caso de duda, si el
pasante es ó no caballero. Yo he tenido muchas y muy interesantes
aventuras de viaje, y una de las que más recuerdo es mi encuentro á una
legua de Reims con un paladín francés con quien combatí cerca de una
hora. Rota su espada, me dió con la maza tan terrible golpe que caí
maltrecho y no pude despedirme como deseaba de aquel valiente campeón,
ni preguntarle su nombre. Sólo recuerdo que tenía por armas una cabeza
de grifo sobre franja azul. En parecida ocasión recibí en el hombro una
estocada de León de Montcourt, con quien tuve la honra de cruzar la
espada en el camino de Burdeos. Fué aquella nuestra única entrevista y
conservo de ella el más grato recuerdo, porgue mi enemigo se condujo
como cumplido caballero. Y no olvidemos al bravo justador Le Capillet,
que hubiera llegado á ser un gran capitán de las huestes francesas....
--¿Murió? preguntó Roger.
--Tuve la desgracia de matarlo en un delicioso bosquecillo inmediato á
los muros de Tarbes. Aventuras parecidas las hallábamos en todas partes,
en el Languedoc, Ventadour, Bergerac, Narbona, aun sin buscarlas, porque
á menudo nos esperaba un escudero francés, á la vuelta del camino,
portador de cortés mensaje de su señor para el primer caballero inglés
que quisiera aceptar el reto. Uno de ellos rompió tres lanzas conmigo en
Ventadour, en honor de su dama.
--¿Pereció en la demanda, señor barón? dijo Froilán.
--Nunca lo he sabido. Sus servidores se lo llevaron en brazos, aturdido,
desmayado ó muerto. Por entonces no cuidé de indagar su suerte porque yo
mismo salí de la lucha contuso y malparado. Pero allí viene un jinete
al galope, como si lo persiguiera una legión de enemigos.
El viento barría el camino, que en aquel punto formaba suave pendiente.
Al otro lado de una hondonada volvía á subir y se perdía en un
bosquecillo, entre cuyos primeros árboles desaparecía en aquel momento
la retaguardia de la columna. El jinete pasó junto á ésta sin detenerse
y empezó á subir la cuesta en cuya cima estaban el barón y sus
servidores, hostigando incesantemente á su caballo con espuela y látigo.
Roger vió que el corcel venía cubierto de polvo y sudor y que lo montaba
uno al parecer soldado, de duras facciones y con casco, coleto de ante y
espada. Sobre el arzón llevaba un paquete envuelto en blanco lienzo.
--¡Paso al mensajero del rey! gritó al acercarse.
--Poco á poco, seor gritón, dijo el noble atravesando su caballo en el
camino. También yo he sido servidor del rey por más de treinta años,
pero jamás lo he ido pregonando á voces.
--Estoy de servicio y llevo conmigo lo que al rey pertenece. Me impedís
el paso á vuestra costa....
--Entre mis muchas aventuras tampoco me ha faltado la de toparme de
manos á boca con bergantes que encubrían sus traidores designios
pretendiendo ser mensajeros de Su Alteza, insistió el señor de Morel.
Veamos qué credenciales os abonan.
--¡Á la fuerza, entonces! gritó el jinete echando mano á la espada.
--Si sois caballero, dijo el barón, continuaremos nuestra entrevista
aquí mismo. Si plebeyo, cualquiera de estos tres escuderos míos, aunque
de noble cuna, se dará por bien servido con castigar vuestra audacia.
El desconocido los miró airado y soltando el puño de la espada comenzó á
desenvolver apresuradamente el paquete que sobre el arzón llevaba.
--Yo no soy caballero ni escudero, dijo, sino antiguo soldado y ahora
servidor de la justicia de nuestro príncipe. ¿Queréis credenciales? Pues
aquí las tenéis; y presentó á los horrorizados caballeros una pierna
humana reciéncortada. Esta es la pierna de un ladrón descuartizado en
Dunán y que por orden del justiciero mayor llevo á Milton para clavarla
allí en un poste donde todos la vean y sirva de escarmiento.
--¡Peste! exclamó el barón. Hacéos á un lado con vuestra carga. Seguidme
al trote, escuderos, y dejemos atrás cuanto antes á este ayudante del
verdugo. ¡Uf! Os aseguro, continuó cuando estuvieron en la ladera
opuesta, que los montones de muertos en un campo de batalla no me causan
tanta repugnancia como una sola de esas carnicerías del cadalso.
--Pues á bien que no han faltado atrocidades en las guerras de Francia,
según los relatos de nuestros soldados, observó Roger.
--Cierto es, contestó el barón. Pero sabed que los mejores combatientes,
los verdaderos soldados, no maltratan jamás á un hombre vencido y
desarmado, ni degüellan y destrozan prisioneros, ni se encarnizan en los
débiles en el saqueo de una plaza. Esa tarea cruel se queda para los
cobardes y los viles, que por desgracia nunca faltan y para esas turbas
de merodeadores que van como buitres en seguimiento de las tropas y en
busca de fáciles presas. Si no me engaño, allí á la derecha del camino
hay una casa entre los árboles.
--Una capilla de la Virgen, dijo Froilán, y á su puerta un anciano
pordiosero.
El noble se descubrió y deteniendo su caballo á la puerta de la modesta
capilla, rogó en alta voz á la Reina de los Cielos que bendijese sus
armas y las de sus soldados en la próxima campaña.
--Una limosna, mis buenos señores, dijo entonces el mendigo, con voz
suplicante. Favoreced á este pobre ciego, que hace veinte años no ve la
luz del día.
--¿Cómo perdisteis la vista, abuelo? preguntó el barón.
--Entre las llamas de un incendio, que me quemaron toda la cara.
--Grande es vuestra desdicha, pero también os libra de ver no pocas
miserias, como la que acabamos de contemplar nosotros en este mismo
camino, dijo el señor de Morel, recordando la ensangrentada pierna del
ladrón descuartizado. Dale mi bolsa, Roger, y apresuremos el paso, que
nos hemos quedado muy atrás.
Roger se guardó muy bien de obedecer la orden de su señor y recordando
las instrucciones de la baronesa, tomó una sola moneda de la escarcela
encomendada á su cuidado y se la dió al mendigo, que la recibió
murmurando gracias y oraciones.
Desde una eminencia cercana vieron los viajeros el pueblo de Horla,
situado en el fondo de un valle y á cuyas primeras casas llegaba en
aquel momento la vanguardia de las fuerzas de Morel. Éste y sus
escuderos pusieron los caballos al galope y muy pronto alcanzaron las
últimas filas, á tiempo que se oyó una voz estridente y estallaron las
carcajadas de los soldados. El barón vió entonces un gigantesco arquero
que marchaba fuera de las filas y tras él una viejecilla diminuta,
vestida pobremente y con una vara en la mano, con la cual sacudía
vigorosamente las espaldas del arquero á cada pocos pasos, sin dejar de
reñirlo á gritos. La víctima de aquella novel ejecución hacía tanto caso
de los palos que recibía como si hubiesen sido dados en uno de los
robles del bosque.
--¿Qué es eso, Simón? preguntó el señor de Morel. ¿Qué atropello ha
cometido el arquero? Si ha ofendido á esa mujer ó apoderádose de su
hacienda, juro dejarlo colgado en la plaza del pueblo, aunque sea el
mejor soldado de mi compañía.
--No, señor barón, contestó el veterano esforzándose por contener la
risa. El arquero Tristán es de este pueblo de Horla y la mujer es su
madre, que le da la bienvenida á su manera.
--¡Yo te enseñaré, holgazán, perdido, gandul! gritaba la vieja
esgrimiendo la vara.
--Poco á poco, madre, decía Tristán, que ya no ando de vago sino que soy
arquero del rey y voy á las guerras de Francia.
--¿Con que á Francia, bribón? Más te valiera quedarte aquí, que yo te
daré toda la guerra que quieras, sin ir tan lejos.
--Eso no lo dudaré yo, buena mujer, dijo Simón, que ni franceses ni
españoles han de sacudirle el polvo como vos lo hacéis.
--¿Y á tí qué te importa, deslenguado? exclamó la viejecilla volviéndose
airada contra Simón. ¡Bonito soldado estás tú también, entrometido,
borrachín!
--¡Aguanta, Simón! dijeron los arqueos en coro, con gran risa.
--Dejadla en paz, camaradas, dijo Tristán, que ha sido siempre buena
madre y lo que la desespera es que yo he hecho mi santa voluntad toda la
vida, en lugar de trabajar como un forzado con los leñadores de Horla.
Ya es hora de decirnos adiós, madre, continuó, levantando á la endeble
mujer como una pluma y besándola cariñosamente. Quedad tranquila, que os
he de traer una saya de seda y un manto de terciopelo que ni para una
reina y decid á Juanilla mi hermana que también habrá para ella buenos
ducados de plata cuando yo vuelva.
Dicho esto regresó el arquero á las filas y continuó la marcha con sus
compañeros. La mujer se quedó lloriqueando, y al llegar junto á ella el
barón le dijo:
--¿Lo véis, señor? Siempre ha sido lo mismo; primero se metió á fraile
para holgazanear, y porque una mozuela no le quiso, y ahora se me marcha
á la guerra dejándome vieja y pobre, sin un alma de Dios que me traiga
un brazado de leña del monte....
--Consoláos, buena mujer, que con la protección de Dios él volverá sano
y salvo y no sin su parte de botín. Lo que siento es haber dado mi bolsa
á un mendigo allá en el bosque....
--Perdonad, señor, dijo Roger; todavía quedan en ella algunas monedas.
.
1
.
2
3
-
-
,
;
.
,
4
5
.
¡
!
6
.
.
.
.
,
7
.
,
8
,
9
10
11
,
,
12
.
¡
!
13
.
.
.
.
14
15
-
-
,
,
16
,
17
.
18
,
19
,
20
,
,
21
,
,
22
23
.
,
,
24
.
,
25
,
26
.
.
.
.
27
28
-
-
¡
,
,
!
29
.
,
30
.
31
32
-
-
.
33
,
34
,
,
.
.
.
.
35
36
-
-
,
37
.
38
.
,
.
39
40
-
-
¿
?
.
¿
41
?
¡
!
¿
42
,
?
¡
,
!
43
44
-
-
,
,
45
,
46
.
.
¡
47
,
!
48
49
-
-
,
,
50
51
.
¡
!
52
53
-
-
¿
?
¡
54
!
.
55
56
-
-
,
,
57
.
¡
,
58
!
.
59
¡
!
60
61
-
-
¿
?
.
62
,
,
63
.
.
.
.
64
65
-
-
,
,
,
66
,
,
67
.
68
69
.
70
71
-
-
¿
,
?
¿
,
72
?
73
,
.
74
75
-
-
,
.
76
77
.
.
,
78
.
¿
,
?
79
80
-
-
,
.
,
81
.
.
.
¡
!
¿
,
82
?
-
¡
!
-
83
,
.
¡
!
84
.
85
86
-
-
,
,
.
87
,
88
,
89
¿
?
90
,
91
92
.
93
94
-
-
¿
?
,
95
.
96
,
97
.
98
99
-
-
,
,
100
101
.
102
.
.
.
.
103
104
-
-
,
.
,
,
105
,
106
.
107
108
,
109
110
:
111
112
-
-
,
.
113
114
-
-
¿
?
115
116
-
-
.
117
118
,
119
120
,
.
121
122
.
123
,
124
,
125
126
.
127
,
128
129
130
.
131
132
133
,
.
134
,
135
136
,
137
.
138
,
139
140
,
.
141
142
,
.
143
144
-
-
,
.
145
146
;
,
147
.
148
149
.
150
151
-
-
,
152
.
,
,
153
,
154
.
155
156
-
-
,
.
157
,
158
,
,
159
.
,
160
,
,
161
.
162
163
-
-
¿
?
164
165
-
-
¡
!
,
.
166
167
,
.
,
168
.
169
170
.
,
171
,
172
.
173
174
-
-
.
175
176
-
-
¡
!
.
177
,
.
178
179
-
-
¿
?
¿
180
,
?
.
.
.
181
182
-
-
¡
,
!
¿
?
183
.
184
185
-
-
,
.
.
.
.
.
186
.
187
188
-
-
.
189
,
,
;
190
,
191
.
192
193
.
194
195
-
-
¡
,
!
,
196
;
197
198
.
,
,
199
.
200
¿
?
201
.
,
,
,
202
.
,
;
203
,
,
204
.
205
206
,
,
.
207
208
-
-
,
,
209
210
.
;
211
.
212
,
,
213
,
.
,
,
214
.
215
216
-
-
¿
?
.
217
218
-
-
.
219
220
-
-
,
221
.
¿
?
222
223
-
-
,
,
.
.
.
.
224
225
-
-
¡
!
¿
?
¿
?
226
227
-
-
¡
,
!
,
,
.
228
229
-
-
,
;
230
.
231
232
-
-
;
,
;
;
233
,
,
;
,
234
;
,
.
235
236
-
-
,
,
237
.
.
238
,
,
239
,
240
.
¿
241
?
242
243
-
-
,
,
244
245
.
246
247
-
-
,
.
248
,
,
249
,
.
250
,
251
252
.
.
253
,
,
254
,
255
.
256
257
-
-
,
,
258
,
259
.
,
260
261
,
262
.
263
264
-
-
,
;
265
,
.
266
.
267
,
268
,
269
.
270
271
-
-
,
,
272
273
.
,
,
,
274
,
,
275
.
276
277
-
-
,
,
278
279
.
¿
280
?
281
282
-
-
,
,
283
.
284
285
-
-
.
286
287
,
.
288
289
.
290
,
291
.
292
,
293
,
.
.
294
295
,
296
,
297
,
.
298
,
299
.
300
301
302
303
304
305
306
307
308
309
310
.
311
312
313
,
314
.
315
,
316
317
,
318
,
;
319
,
320
.
321
322
,
,
323
324
,
325
,
,
326
,
,
327
.
328
329
330
.
331
,
332
333
,
334
.
335
336
,
,
337
,
,
,
338
,
.
339
340
,
.
,
341
,
,
342
,
343
,
,
344
.
345
346
,
347
,
348
,
,
349
350
,
351
,
352
,
353
.
354
,
,
,
355
356
,
357
.
358
,
359
,
360
,
.
361
362
363
,
,
364
365
;
,
366
.
367
368
,
,
369
,
370
.
371
372
,
,
373
.
374
,
;
375
,
376
,
.
377
378
379
380
.
381
,
382
.
383
,
384
,
.
385
¡
,
386
387
,
,
388
!
389
390
,
,
391
,
392
,
,
393
,
394
,
395
396
.
397
,
398
.
399
,
400
401
,
402
.
403
404
405
;
406
,
407
408
.
,
409
,
,
410
,
411
412
,
.
413
414
415
.
416
,
.
417
,
418
,
,
419
,
420
421
.
422
,
,
423
,
;
424
425
,
,
426
.
427
428
.
429
,
,
430
,
,
431
432
.
433
,
434
.
435
,
436
.
437
,
,
,
438
;
439
,
,
440
.
441
;
442
,
443
,
444
,
445
.
446
447
,
448
,
.
449
450
.
451
452
,
453
.
454
,
455
456
.
457
.
,
,
458
.
459
460
.
461
462
463
.
.
464
,
,
465
.
466
,
467
468
.
469
,
.
470
471
-
-
,
,
,
472
473
,
.
474
475
-
-
,
,
476
.
477
478
-
-
,
.
,
479
,
,
-
-
480
.
,
,
481
,
482
,
483
.
484
485
-
-
,
.
.
.
.
486
487
-
-
,
488
489
490
.
,
,
491
.
,
492
.
.
.
.
493
494
.
495
496
-
-
,
,
497
.
498
.
499
500
-
-
¿
?
501
.
502
503
-
-
.
504
505
.
¿
506
?
507
,
508
.
,
509
,
510
;
,
.
511
.
¿
,
?
¿
512
?
513
514
-
-
,
;
,
515
.
516
517
-
-
;
518
,
,
519
.
¿
520
,
,
521
?
522
:
,
523
,
,
.
¿
524
?
525
526
-
-
,
;
527
.
528
529
530
,
,
.
531
532
.
533
,
.
534
535
-
-
,
,
536
.
.
537
538
-
-
¡
!
.
,
,
¿
539
?
540
541
-
-
,
542
,
543
.
¿
?
544
545
-
-
.
,
.
.
.
.
546
547
-
-
,
548
,
549
.
.
.
.
550
551
-
-
,
.
552
.
.
.
.
553
554
-
-
¡
!
,
.
¡
555
,
!
¡
,
!
,
556
.
557
558
.
559
,
560
561
.
562
563
564
565
566
567
568
569
570
571
,
,
572
.
,
573
,
574
.
575
576
;
577
,
578
,
.
,
579
;
580
,
,
581
.
582
583
.
584
,
585
.
,
586
587
588
.
,
589
.
590
591
-
-
¡
,
!
.
592
593
-
-
,
594
.
595
596
-
-
¡
597
!
,
.
598
599
-
-
,
,
600
.
601
602
,
,
,
603
.
.
.
¡
,
!
604
605
-
-
¡
!
.
¡
,
606
,
!
¡
,
,
607
,
!
608
.
609
,
,
,
610
.
,
611
612
,
.
613
¡
!
,
.
.
.
.
614
615
616
,
.
:
617
618
-
-
,
,
.
619
.
¿
?
620
621
-
-
¡
!
¿
?
¡
,
622
,
,
623
!
.
.
.
.
624
,
625
.
.
.
.
626
627
,
628
;
629
,
630
.
631
.
632
633
-
-
¿
?
,
,
.
.
634
.
,
635
,
.
,
.
636
.
637
.
¡
,
638
!
639
640
,
,
641
.
,
642
643
,
644
645
.
646
;
,
647
,
648
,
649
.
650
651
652
.
653
,
654
,
,
655
.
656
,
,
,
657
,
658
,
,
659
.
,
,
660
661
.
662
663
,
664
.
665
,
,
666
,
667
668
,
669
.
670
,
671
,
,
672
.
673
,
,
674
,
,
,
,
675
,
,
,
,
676
.
677
678
,
.
679
680
,
,
681
,
,
682
.
683
,
,
684
,
,
,
,
685
.
686
687
688
,
.
689
690
-
-
¡
,
!
691
.
¿
,
692
?
693
694
-
-
,
695
,
.
696
697
-
-
¡
,
,
!
698
.
699
.
700
701
-
-
,
,
702
,
,
703
.
704
705
-
-
,
,
.
¡
706
!
,
,
.
-
¡
707
,
!
-
,
,
708
.
,
709
,
710
.
,
,
.
¿
711
?
,
,
712
,
.
713
714
715
,
-
-
,
716
.
717
718
,
,
719
,
.
720
,
,
721
,
722
.
723
,
.
724
725
;
726
,
.
727
,
728
.
729
730
-
-
,
.
,
731
.
,
.
732
;
733
,
,
,
734
.
735
,
.
736
;
737
,
,
.
.
.
.
738
739
-
-
,
740
.
,
741
742
.
¿
,
?
¿
?
¿
743
,
,
744
?
745
746
-
-
,
,
,
747
748
.
.
749
750
,
,
751
.
,
752
.
.
.
.
753
754
-
-
,
,
755
,
756
.
757
.
,
,
,
758
,
759
,
.
760
761
-
-
,
,
762
763
.
.
.
.
764
765
-
-
¡
,
!
.
766
,
,
,
767
,
768
,
769
,
770
.
771
772
,
773
,
774
.
775
,
,
776
.
777
778
779
780
781
782
783
784
785
786
;
787
,
,
788
,
789
,
790
,
791
.
,
792
793
.
794
795
-
-
,
,
796
,
.
797
,
798
.
799
,
,
,
,
.
800
,
801
802
.
,
,
803
804
,
805
.
,
,
806
807
,
808
.
809
,
810
.
811
812
.
,
813
814
815
.
816
817
-
-
,
,
818
.
,
819
,
820
.
821
822
-
-
,
,
823
.
824
,
825
826
.
,
827
,
828
.
829
.
830
,
831
.
832
,
833
.
,
834
.
.
.
.
835
836
-
-
¿
?
.
837
838
-
-
839
.
,
840
,
,
,
,
,
841
,
,
842
843
.
844
,
.
845
846
-
-
¿
,
?
.
847
848
-
-
.
,
,
849
.
850
.
851
,
.
852
853
,
.
854
855
,
856
.
857
858
,
.
859
860
,
,
861
.
.
862
863
-
-
¡
!
.
864
865
-
-
,
,
866
.
,
867
.
868
869
-
-
.
870
.
.
.
.
871
872
-
-
873
874
,
.
875
.
876
877
-
-
¡
,
!
.
878
879
-
-
,
,
880
.
,
,
881
,
.
882
883
884
.
885
886
-
-
,
,
887
.
¿
?
888
;
889
.
890
891
.
892
893
-
-
¡
!
.
.
894
,
,
895
.
¡
!
,
896
,
897
.
898
899
-
-
,
900
,
.
901
902
-
-
,
.
,
903
,
904
,
,
905
.
906
,
907
908
.
,
909
.
910
911
-
-
,
,
912
.
913
914
915
,
916
.
917
918
-
-
,
,
,
919
.
,
920
.
921
922
-
-
¿
,
?
.
923
924
-
-
,
.
925
926
-
-
,
927
,
928
,
,
929
.
,
,
,
930
.
931
932
933
,
934
,
935
.
936
937
,
938
939
.
940
941
,
942
.
943
,
944
,
945
,
946
.
947
948
.
949
950
-
-
¿
,
?
.
¿
951
?
952
,
,
953
.
954
955
-
-
,
,
956
.
957
,
.
958
959
-
-
¡
,
,
,
!
960
.
961
962
-
-
,
,
,
963
.
964
965
-
-
¿
,
?
,
966
,
.
967
968
-
-
,
,
,
969
.
970
971
-
-
¿
,
?
972
.
¡
,
,
973
!
974
975
-
-
¡
,
!
,
.
976
977
-
-
,
,
,
978
979
,
.
980
,
,
,
981
.
,
982
983
984
.
985
986
987
.
,
988
:
989
990
-
-
¿
,
?
;
991
,
,
992
,
993
.
.
.
.
994
995
-
-
,
,
996
.
997
.
.
.
.
998
999
-
-
,
,
;
.
1000