sombra de un roble enorme, contempló embebecido aquella aparición
radiante, aquel rostro puro y bello que le recordaba los de los ángeles
pintados y esculpidos en los altares de Belmonte.
Por fin la joven se adelantó algunos pasos á su acompañante y ambos
cruzaron rápidamente el prado hasta llegar al puentecillo rústico, donde
se detuvieron y reanudaron la interrumpida plática. ¿Dos amantes? Tal
creyó desde luego el único testigo de aquella escena, mas pronto notó
que el hombre interceptaba el paso del puente á la joven y que ésta se
expresaba con gran animación, llegando á tomar su voz algunas veces
acentos de amenaza y cólera. De vez en cuando dirigía una mirada hacia
el bosque, como en espera de auxilio por aquel lado y por fin tomó su
rostro tal expresión de angustia que Roger, incapaz de resistir aquella
muda apelación, abandonó su escondite y se dirigió aceleradamente hacia
el puente. Llegado había muy cerca de ambos personajes sin que éstos
notaran su presencia, cuando el hombre enlazó repentinamente con su
brazo el talle de la joven y la estrechó contra su pecho. Soltó ella el
asustado halcón y lanzando un agudo grito abofeteó y arañó el rostro del
rufián, procurando en vano desasirse.
--No os encolericéis, linda paloma, dijo él con gran risa; sólo
conseguiréis lastimaros. Lo dicho, bella Constanza, estáis en mis
tierras y no saldréis de ellas sin pagarme el tributo de vuestra
hermosura.
--¡Soltad, villano! exclamó ella. ¿Es esta vuestra hospitalidad? ¡Antes
la muerte que cederos! ¡Soltadme, ó si no!... ¡Á mí, doncel! gritó
desesperadamente al ver á Roger. ¡Amparadme, por Dios!
--Sí haré, exclamó el joven acudiendo en su auxilio. ¡Dejad libre á esa
dama, que vergüenza debiera daros vuestra conducta!
El agresor dirigió á Roger una mirada centelleante, que denotaba su
furor. Al joven le pareció en aquel momento el hombre más hermoso que
había visto en su vida, por más que la ira contraía sus facciones
acentuando su expresión algo siniestra.
--¡Miserable loco! exclamó, sin soltar á la doncella, que se debatía
inútilmente. ¿Osas darme órdenes? ¡Sigue tu camino, aléjate á toda
prisa, si no quieres que te arroje de aquí á puntapiés! ¡Largo, te digo!
Esta buena moza ha venido á visitarme y no quiero que me deje tan
pronto. ¿No es así? dijo soltando el talle de la joven y asiéndola por
una muñeca.
--¡Mentís! gritó ella, é inclinándose rápidamente clavó los dientes en
la mano que la apresaba.
Soltóla él, lanzando un rugido de dolor y la doncella corrió á
guarecerse detrás de Roger.
--¡Fuera de mis tierras, vagabundo! gritó furioso el otro. Por la pinta
y el traje me pareces uno de esos ratones de sacristía que engordan en
los conventos y no son ni hombre ni mujer. ¡Largo de aquí, antes que te
corte las orejas, belitre!
--¿Decís que son estas vuestras tierras? preguntó vivamente Roger,
desoyendo amenazas é improperios.
--¿Pues de quién han de ser, farsante, sino mías? ¿Por ventura no soy yo
Hugo de Clinton, descendiente de Godofredo y de todos los señores que ha
tenido Munster por más de trescientos años? ¿Pretendes disputármelo,
falderillo? Pero no, que tú eres de una raza tan perezosa para trabajar
como cobarde para habértelas con un hombre. ¡Huye ó te estrello!
--¡Por piedad, no me abandonéis! exclamó temblando la llorosa doncella.
--No lo temáis, le dijo Roger resueltamente. Y vos, Hugo de Clinton, no
debiérais olvidar, pues noble sois, que nobleza obliga. Deponed vuestro
furor y dejad partir en paz á esta dama, como os lo pide
encarecidamente, no un villano, sino un hombre tan bien nacido como vos.
--¡Mientes! No hay en todo el condado quien pueda pretender nobleza cual
la mía.
--Excepto yo, repuso Roger, que soy también descendiente directo de
Godofredo de Clinton y de todos los señores que ha tenido Munster en los
últimos tres siglos. Aquí está mi mano, continuó sonriendo; no dudo que
ahora me daréis la bienvenida. Somos las dos únicas ramas que quedan del
noble y antiguo tronco sajón.
Pero Hugo rechazó con una blasfemia la mano que le tendía Roger y en su
rostro se dibujó una expresión de odio.
--¿Es decir que eres el lobezno de Belmonte? Debí figurármelo y
reconocer en tí al novicio hipócrita que no se atreve á contestar á la
injuria con la injuria, sino con melosas palabras. Tu padre, á pesar de
sus faltas, tenía corazón de león y pocos hombres le hubieran mirado á
la cara en sus momentos de cólera. ¡Pero tú! ¿Sabes lo que le costaste
á él y lo que me has arrebatado á mí? Mira aquellos pastos, y las
siembras de la colina, y el huerto inmediato á la iglesia. ¿Sabes que
todo eso y mucho más se lo arrebataron á tu padre moribundo los
insaciables frailes, á cambio de hacer de tí un santurrón inútil en su
convento? Por tí me robaron antes y ahora vienes tú en persona,
probablemente para pedirme con tus lloriqueos otro pedazo de mi hacienda
con que engordar á tus amigotes. Lo que voy á hacer es soltar los perros
para que te acuerdes toda la vida de tu primera y última visita á
Munster; y entre tanto, ¡abre paso!
Diciendo esto empujó á Roger violentamente y asió otra vez el brazo de
su víctima. Pero toda idea de reconciliación había desaparecido de la
mente del doncel, que acudió rápido en auxilio de la joven y enarbolando
su grueso bastón gritó:
--¡Á mí podréis decirme lo que queráis, pero hermano ó no, juro por la
salvación de mi alma que os mato como un perro si no respetáis á esta
dama! ¡Soltad, ú os parto el brazo!
El movimiento amenazador del garrote y la mirada y la expresión de Roger
indicaban claramente que iba á hacerlo como lo decía. Era en aquel
momento el descendiente de los nobles Clinton, convertido en temible
paladín del honor de una dama. Su corazón latía con violencia y hubiera
combatido hasta la muerte, no con uno sino con diez enemigos. Hugo
comprendió inmediatamente con quién tenía que habérselas. Soltó el brazo
de la doncella y miró á uno y otro lado buscando un arma cualquiera, un
palo ó una piedra; y no hallándolos, se lanzó á la carrera en dirección
de la casa, á la vez que aplicaba un silbato á sus labios y lanzaba
prolongado y penetrante silbido.
--¡Huid, por Dios! exclamó la joven. ¡Ponéos en salvo antes que vuelva!
--¡No sin vos, por vida mía! dijo resueltamente Roger. Dejad que llame á
cuantos perros quiera.
--¡Venid, venid conmigo, pues! ¡Os lo ruego! insistió ella tirándole del
brazo. Conozco á ese hombre y sé que os matará sin compasión....
--¡Pues bien, huyamos! y asidos de la mano corrieron en dirección al
bosque.
No bien había llegado la nueva pareja á los primeros árboles, vieron que
Hugo salía de la casa apresuradamente; llevaba en la mano una espada
desnuda que brillaba á los rayos del sol, pero no le seguían sus perros
y se detuvo un momento á la puerta para soltar al mastín que allí tenía
encadenado.
--Por aquí, dijo la joven, que al parecer conocía perfectamente el
bosque. Por la maleza, hasta aquel fresno cuyas ramas se inclinan sobre
el agua. No os ocupéis de mí, que sé correr tan ligeramente como vos. Y
ahora, por el arroyo. Nos mojaremos los pies, pero hay que hacer perder
la pista al perro, que probablemente es de tan mala ralea como su amo.
Diciendo esto, corría la hermosa doncella por el centro del arroyo,
llevando posado en el hombro su asustado halcón, apartando rápidamente
con las manos las ramas que le impedían el paso, saltando á veces de
piedra en piedra y ganando terreno con ligereza tanta que á Roger le
costaba trabajo seguirla. Admirábale aquella joven tan animosa, tan
bella, á quien había salvado y que á su vez procuraba salvarle á él.
Larga fué su carrera por el lecho del tortuoso arroyo, y cuando á Roger
empezaba á faltarle el aliento, su hermosa guía se arrojó palpitante
sobre la hierba, oprimiendo con ambas manos el agitado pecho. Roger se
detuvo. Á los pocos momentos recobró la fugitiva su buen humor habitual,
y sentándose, casi olvidada del peligro reciente, exclamó:
--¡La Santa Virgen me proteja! Ved cómo me he puesto de agua y lodo. De
esta hecha me encierra mi madre por una semana en mi cámara, haciéndome
bordar mañana y tarde la famosa tapicería de los Siete Pares de Francia.
Ya me amenazó con ello el otro día, cuando me caí en el estanque del
parque. Y eso porque sabe que no puedo sufrir la tapicería y que mi
gusto es correr por los campos y el bosque á pie ó á caballo.
Roger la contemplaba embelesado, admirando sus negros cabellos, el
perfecto óvalo de su rostro, los alegres y hermosos ojos y la franca
sonrisa que le dirigía y que demostraba su confianza en él. Por ella
recordó Roger el peligro que los amenazaba.
--Haced un esfuerzo, dijo, y continuemos alejándonos. Todavía puede
alcanzarnos y tiemblo, no por mí, sino por vos.
--Ha pasado el peligro, contestó ella. No sólo estamos fuera de sus
tierras, sino que habiéndolo despistado tomando el arroyo, le es casi
imposible hallarnos en este inmenso bosque. Pero decidme; habiéndole
tenido á vuestra merced ¿por qué no lo matasteis?
--¿Matar á mi hermano?
--¿Y por qué no? dijo la resuelta doncella con expresión de cólera que
dió nuevo encanto á su lindo rostro. Él os hubiera dado muerte sin
vacilar. ¡Qué infame! De haber yo tenido en la mano el garrote ése, el
vil Hugo de Clinton se hubiera acordado de mí.
--Demasiado siento lo que he hecho, dijo Roger sentándose junto á ella y
ocultando el rostro entre las manos. ¡Dios me asista! En aquel momento
perdí la serenidad, me olvidé de todo, y si tarda un momento más en
soltaros... ¡Á mi único hermano, al hombre en cuya casa pensaba vivir y
cuyo cariño ansiaba conquistarme! ¡Cuán débil he sido!
--¿Débil? repuso ella. No creo que mi mismo padre os creyese tal, y eso
que es severo cual ninguno en juzgar el valor y la entereza de los
hombres. Pero ¿sabéis que no es nada lisonjero para mí el oiros lamentar
lo que habéis hecho? Pensándolo bien, reconozco que una mujer, una
extraña para vos, no debe separar á dos hermanos; y si queréis, volvamos
pie atrás y haced las paces con Hugo entregándole á vuestra prisionera.
Yo sabré deshacerme de él.
--Muy miserable y cobarde sería el hombre que tal hiciese. Lamento, sí,
que vuestro agresor haya sido mi propio hermano, ¿pero entregaros? ¡Eso
nunca!
--Bien está, dijo la doncella sonriéndose, y comprendo lo que os pasa.
La verdad es que os presentasteis tan repentinamente como lo hacen los
juglares en sus comedias; fuisteis el valiente campeón que salva á la
afligida dama en los momentos en que va á devorarla el horrible dragón.
Pero venid, dijo incorporándose, llamando al halcón y arreglando como
pudo sus mojadas ropas. Salgamos al claro y es muy probable que
encontremos á mi paje Rubín con -Trovador-, mi palafrén, á cuya caída
debo yo todos mis percances de este día y el haberme visto en manos del
ogro de Munster. Pero hacedme la merced de darme el brazo; estoy más
cansada de lo que creía y casi tan asustada como mi pobre halconcillo.
Mirad cómo tiembla. Él también está indignado de ver á su ama tan
maltratada.
Roger oía con delicia la charla de la joven y la sostenía con su brazo
todo lo posible, apartando las ramas y buscando en vano un sendero
practicable.
--Callado estáis, señor campeón, le dijo al fin su alegre compañera. ¿No
queréis saber quién soy ni oir mi historia?
--Si á vos os place contármela....
--Oh, si tan poco os interesa, lo mejor será guardármela....
--No, por favor, dijo él vivamente. Contad, que me desvivo por saber
algo de vos.
--Pues bien, sabréis la historia, pero no el nombre. Algo he de otorgar
al hombre que ha hecho de su hermano un enemigo, por culpa mía. Después
de todo, Hugo dijo que venís derechamente del convento, de suerte que
será esto á manera de confesión, como si fuerais un reverendo de barba
blanca ¿eh? Sabed, pues, que vuestro pariente ha pretendido mi mano, no
tanto, á lo que imagino, por prendas que no tengo, sino por los caudales
que le aportaría su matrimonio con la hija única de... mi padre, porque
ya os he dicho que no sabréis quién soy. No es mi padre excesivamente
rico, pero sí hombre de alta alcurnia, valiente caballero, en verdad,
guerrero famoso, á quien las pretensiones de ese hombre grosero y
bellaco.... ¡Perdonad! Olvidé que lleváis el mismo nombre.
--No importa; continuad, os lo suplico.
--De un mismo manantial suelen proceder arroyos muy distintos; turbio
uno, claro y cristalino el otro, dijo ella prontamente. Abreviando, os
diré que ni mi padre ni yo podíamos tolerar tales pretensiones, y que
ese hombre violento y vengativo ha sido desde entonces nuestro enemigo.
Temeroso mi padre del daño que pudiera causarme, me tiene prohibido
cazar en toda la parte del bosque situada al norte del camino de
Munster; pero esta mañana mi valiente halcón dió caza á una garza enorme
y mi paje Rubín y yo olvidamos por completo el camino que seguíamos y la
distancia recorrida, sin pensar más que en las peripecias de la caza.
-Trovador- tropezó, por desgracia, lanzándome con violencia al suelo, y
echando á perder mi falda, la segunda que llevo desgarrada y manchada
esta semana, para mayor indignación de mi madre y dolor de Águeda, mi
buena aya....
--¿Y después? preguntó ansiosamente Roger.
--Entre el tropezón, mi caída, el grito que dí y las voces de Rubín, se
asustó el caballo de tal manera que salió á escape, perseguido por el
paje. Antes de que pudiera levantarme ví á mi lado al desairado
pretendiente, quien me anunció que estaba en sus tierras y me ofreció
cortésmente acompañarme hasta su casa, donde podría esperar con
comodidad el regreso del paje. No me atreví á rehusar, pero muy pronto
conocí por sus miradas y palabras que había hecho mal; quise tomar por
el puente, me lo impidió descaradamente y después ¡Jesús me valga! no
puedo pensar en sus soeces insultos sin estremecerme. ¡Cuánto os debo! Y
cuando recuerdo que yo.... ¡Qué asco!
--¿Qué es ello? preguntó Roger admirado.
--Cuando recuerdo que mordí su mano, que posé mis labios sobre la carne
del malvado, me parece haber sufrido el contacto asqueroso de una
serpiente. Pero vos ¡cuán animoso y enérgico ante tan temible enemigo!
Si yo fuera hombre me enorgullecería de actos como ese.
--Poca cosa cuando tan grande es el placer de serviros, contestó Roger,
vivamente complacido al oir aquel elogio de tales labios. ¿Y vos? ¿Qué
pensáis hacer ahora?
--¿Véis á lo lejos, allá abajo, aquel enorme tronco, junto al rosal
silvestre? Pues ó mucho me engaño ó no tardará en llegar á él Rubín con
los caballos, por ser ese el lugar donde me detengo á descansar en casi
todas mis excursiones por estos rumbos. Después, á casa sin tardanza. Un
galope de dos leguas secará completamente pies y ropas.
--Pero ¿qué hará vuestro padre?
--No le diré una palabra de lo ocurrido. Si le conocierais sabríais que
no es posible desobedecerle sin atenerse á terribles consecuencias, y yo
le he desobedecido. Él me vengaría, es cierto, pero no es en él en quien
buscaré vengador. Día llegará, en justa ó torneo, en que un hidalgo
quiera llevar mis colores al palenque y yo le diré que hay una afrenta
pendiente, que su competidor está elegido y que es Hugo de Clinton.
Ofensa lavada y un corazón villano de menos en el mundo.... ¿Qué os
parece mi plan?
--Indigno de vos. ¿Cómo podéis hablar de venganza y muerte, vos, tan
joven y cándida, en cuyos labios sólo deberían oirse palabras de bondad
y perdón? ¡Mundo cruel, que á cada paso me hace recordar el retiro y la
paz de mi celda! Cuando así habláis me parecéis un ángel del Señor
aconsejando seguir al espíritu del mal.
--Gracias mil por el favor, señor hidalgo, repuso ella soltando su brazo
y mirándole severamente. ¿Es decir que no solo sentís haberme encontrado
en vuestro camino sino que me llamáis en suma diablo predicador? Cuidado
que mi padre es violento cuando se irrita, pero ni aun él me ha dicho
jamás cosa semejante. Tomad ese camino de la izquierda, señor de
Clinton, que yo no soy buena compañía para vos. Y haciéndole una seca
cortesía se alejó rápidamente.
Sorprendido quedó el doncel y lamentando su inexperiencia que por dos
veces le había hecho decir á la bella cosa muy distinta de lo que
ansiaba expresar. Miróla tristemente, esperando en vano que se detuviera
ó que con una mirada le anunciase su perdón; pero ella siguió bajando á
buen paso el pendiente sendero, hasta que sólo se divisó á trechos entre
las ramas su roja toquilla. Lanzando un profundo suspiro, tomó Roger la
senda que ella le indicara y anduvo buen espacio con el corazón
oprimido, repasando en la memoria todos los incidentes de aquel
inolvidable encuentro. De pronto oyó á su espalda ligero paso y
volviéndose vivamente se halló cara á cara con la hermosa, inclinada la
frente, fijos en el suelo los ojos y convertida en imagen del más
humilde arrepentimiento.
--No volveré á ofenderos, ni siquiera á hablar, dijo la joven, pero
quisiera continuar en vuestra compañía hasta salir del bosque.
--¡Vos no podéis ofenderme! exclamó Roger alborozado al verla. Lejos de
eso, yo soy quien debí refrenar la lengua. Pero tened en cuenta, para
perdonarme, que he pasado mi vida entre hombres y mal puedo saber cómo
hablar á una mujer de suerte que ni aun ligeramente lleguen á
disgustarla mis palabras.
--Así me gusta. Y ahora, completad vuestra retractación; decid que tenía
yo razón al querer vengarme de mi ofensor.
--¡Ah, eso no! contestó él gravemente.
--¿Lo véis? exclamó triunfante y sonriendo la joven. ¿Quién es aquí el
corazón duro é inflexible, el predicador severo, el que se empeña en que
continuemos reñidos? Pues bien, cederé yo, porque lo que es vos habéis
de seguir haciendo méritos hasta obtener, como os lo deseo, la mitra de
obispo ó el capelo cardenalicio. Oidme; por vos perdono á vuestro
hermano y tomo sobre mí toda la culpa de lo ocurrido, ya que yo misma
fuí en busca del peligro. ¿Estáis contento?
--¡Cuán dignas de vos son esas palabras! En ellas hallaréis sin duda más
placer que en vuestras primeras ideas de venganza.
Movió ella la cabeza en señal de duda y al mirar á lo lejos lanzó una
ligera exclamación que revelaba más sorpresa que placer.
--¡Ah! dijo. Allí está Rubín con los caballos.
También los había visto el pajecillo, cuyos rubios y largos cabellos
rizados rodeaban el gracioso rostro. Cabalgaba alegremente, llevando de
la brida el blanco palafrén causa involuntaria de las aventuras de su
dueña.
--¡Os he buscado en vano por todas partes, mi señora Doña Constanza!
gritó agitando en el aire la emplumada gorra. -Trovador- no se detuvo
hasta El Castañar, añadió echando pie á tierra y teniendo el estribo á
su ama; y aun así, trabajo me costó cogerlo. ¿Os ha sucedido algo
desagradable? Estaréis cansada ¿verdad?
--Nada me ha sucedido, Rubín, gracias á la cortesía de este doncel,
dijo, mientras el paje miraba atentamente á Roger. Y ahora, señor de
Clinton, continuó, tomando la rienda y montando ligeramente, no quiero
separarme de vos sin deciros que os habéis conducido hoy como honrado
caballero y sin daros las gracias. Sois joven y no os creo rico; quizás
mi padre pueda serviros en vuestra carrera futura, cualquiera que sea.
Es respetado de todos y tiene amigos poderosos. ¿No me diréis cuáles son
vuestros proyectos, ahora que no podéis contar con vuestro hermano?
--¿Proyectos? Ninguno; no puedo tenerlos. Sólo dos amigos cuento fuera
de la abadía de Belmonte y de ellos me separé esta mañana. Quizás pueda
reunirme con ellos en Salisbury.
--¿Y qué han ido á hacer allí?
--Uno de ellos, bravo soldado, lleva importante mensaje al castillo de
Monteagudo para el barón León de Morel....
Una alegre carcajada de la hermosa hizo enmudecer al sorprendido joven,
que momentos después se vió solo en medio del camino, contemplando la
nube de polvo que levantaban los caballos. Llegados á una pequeña
eminencia, detuvo la dama su corcel y le envió amistosa señal de
despedida. Allí permaneció Roger inmóvil hasta que perdió de vista á su
linda compañera. Después tomó lentamente el camino del pueblo, con ideas
y sentimientos muy distintos de los del inexperto mancebo, casi un niño,
que pocas horas antes había dejado aquel mismo camino por el atajo del
bosque.
CAPÍTULO X
UN CAPITÁN COMO HAY POCOS
Pensando iba Roger que ni podía regresar á Belmonte en el término de un
año, ni asomar por las inmediaciones de la casa paterna sin que su
atrabiliario hermano le echase los perros encima; y que por consiguiente
se hallaba en el mundo á la ventura, sin saber qué hacer y harto escaso
de recursos para continuar viajando y gastando, sin oficio ni beneficio.
Con los diez ducados de plata que el buen abad había depositado en su
escarcela podría vivir escasamente un mes, pero no doce. Su única
esperanza era reunirse cuanto antes á los dos camaradas por quienes
sentía el afecto que ellos también le habían mostrado. Apretó pues el
paso, y corrió á trechos, comiendo el pan que llevaba en el zurrón y
apagando la sed en los cristalinos arroyos que halló á su paso.
Al cabo de una hora tuvo la fortuna de alcanzar á un leñador que con su
hacha al hombro llevaba la misma dirección que él, lo que le evitó
perder más tiempo y aun extraviarse en los numerosos senderos que
cruzaban el bosque. No fué muy animada la conversación entre ambos, pues
el leñador sólo platicaba sobre asuntos de su oficio, la calidad de
tales ó cuales maderas y las reyertas entre trabajadores de éste ó aquel
villorrio, al paso que Roger no podía apartar de su imaginación el
recuerdo de la encantadora desconocida. Tan distraído y preocupado iba
que su compañero acabó por callarse, hasta que torció á la izquierda por
el sendero de El Castañar, dejando á Roger en el ancho camino de
Salisbury.
Algunos pordioseros, un correo del rey, varios leñadores y otras
personas que encontró en su camino le indicaron la proximidad del
poblado. También vió pasar á un jinete corpulento, de luenga y negra
barba, que llevaba un rosario de gruesas cuentas en la mano y enorme
espadón pendiente del cinto. Por la forma y color del hábito y la
estrella de ocho puntas bordada en la manga reconoció en él á uno de los
caballeros hospitalarios de San Juan de Jerusalén, cuyo maestre residía
en Bristol. El joven viajero recibió descubierto y reverente la
bendición del hospitalario, lleno de admiración por aquella famosa
orden, sin saber que á la sazón había adquirido ya gran parte de las
cuantiosas riquezas de los templarios y que los un tiempo humildes y
desinteresados caballeros de San Juan preferían ya las comodidades de
sus palacios á las aventuras y peligros de la campaña contra los
infieles del Oriente.
El sol se había ocultado tras negras nubes y á poco empezó á llover. Un
frondoso árbol cercano ofrecía el mejor refugio y bajo sus ramas se
cobijó Roger, aun antes de oir la cordial invitación de dos viajeros que
le habían precedido y que sentados al pie del árbol tenían delante media
docena de arenques salados, un pan moreno y una bota que después resultó
estar llena de leche fresca y no de vino. Eran dos jóvenes estudiantes
de los muchos que por aquella época se veían no sólo en las grandes
ciudades sino en los caminos y ventorrillos de casi toda Inglaterra.
Disputaban más que comían y saludaron alegremente al recienllegado.
--¡Venid aquí, camarada! dijo uno de ellos, bajo y rechoncho. -Vultus
ingenui puer.- No os asuste la cara de mi compañero, que como dijo
Horacio, -foenum habet in cornu-; pero es más inofensivo de lo que
parece.
--No rebuznes tan fuerte, Colás, repuso el otro, que era enteco y alto.
Si á citar vamos á Horacio, recuerda aquello de -loquaces si sapiat-...
ó como diríamos en buen inglés, huye de los charlatanes como de la
peste. Y á fe mía, que de seguir todos el consejo habías de verte tú
solo en el mundo.
--¡Buena lógica, buena! Como de costumbre, te enredas en tus propios
argumentos y te caes de bruces, dijo Colás con gran risa. Primera
premisa: los hombres deben huir de mi locuacidad. Segunda: tú estás aquí
comiendo arenques mano á mano conmigo. -Ergo-, tú no eres hombre. Que
es lo que se quería demostrar, Florián amigo, y lo que yo me tenía muy
sabido; que eres un monigote y no un nombre.
Roger y Florián se rieron de buena gana y el primero se sentó junto á
los polemistas.
--Ahí va un arenque, compañero, dijo Florián; pero antes de participar
de nuestra espléndida hospitalidad, tenemos que imponeros ciertas
condiciones.
--La que á mí más me interesa, repuso Roger jovialmente, es que con el
arenque venga también una rebanada de pan.
--¿Lo ves, gandul? preguntó Colás al otro estudiante. ¿No te he dicho
cien veces que el ingenio y la gracia en el decir me rodean como un aura
sutil y que nadie se me acerca sin dar á poco muestras evidentes de la
agudeza que en mí rebosa? Tú mismo eras el mostrenco más zafio que he
conocido en toda mi vida, pero en la semana que llevas conmigo has hecho
ya dos ó tres juegos de palabras muy pasables y esta mañana un
comentario asaz agudo, que yo no tendría inconveniente en aceptar por
mío.
--Como lo harás á la primera oportunidad, socarrón, para pavonearte con
plumas ajenas. Pero decidme, amigo, ¿sois estudiante? Y siéndolo ¿venís
de las aulas de Oxford ó de las de París?
--Algo he estudiado, contestó Roger, pero no en esas grandes
universidades, sino con los monjes del Císter, en su convento de
Belmonte.
--¡Bah! poco y malo probablemente. ¿Qué diablos de enseñanza pueden dar
allí?
---Non cui vis contingit adire Corinthum-, observó Roger.
--¡Toma y vuelve por otra, hermano Florián! Pero dejémonos de
discusiones y á comer se ha dicho, que se -enfrían- los arenques y el
pan amenaza convertirse en guijarro y la leche en requesón.
Lo cual no impidió que mientras Roger comía renovasen los otros sus
argucias y que á poco menudeasen argumentos y sofismas y lloviesen las
citas latinas y griegas, escolásticas y evangélicas, silogismos,
premisas, inferencias y deducciones. Sucedíanse las preguntas y
respuestas como los golpes de incansables espadas sobre fuertes
escudos. Por fin, aplacóse un tanto Colás, mientras su compañero siguió
perorando, triunfante y engreído.
--¡Ah, ladrón! gritó de pronto. ¡Te has comido mis arenques!
--Y muy ricos que estaban, contestó Colás con sorna. Pero eso es parte
de mi argumentación, el esfuerzo final, la -peroratio-, que dicen los
oradores. Porque amigo Florián, siendo -cosas- las ideas, como lo acabas
de dejar muy bien sentado y probado, no tienes más que pensar ó idearte
un par de arenques rollizos y conjurar un frasco de leche de dos
azumbres, con lo cual quedará tu estómago tan satisfecho y tan campante.
--¿Con que esas tenemos, eh? Buen argumento, bueno, pero hay que
contestarlo; y haciendo y diciendo atizó al rubicundo Colás una bofetada
que lo hizo caer de espaldas. Y ahora, continuó, levantándose, imagínate
que no te has llevado ese revés y verás cómo ni te duele, ni vuelves á
robar arenques.
El estudiante santiguado agarró el garrote de Roger y en poco estuvo que
le rompiese un hueso á su compañero. Por fin consiguió Roger ponerlos en
paz, y habiendo cesado la lluvia se despidió de aquellos divertidos
polemistas. No tardó en divisar grupos de cabañas, campos cultivados y
una que otra granja; pero el sol se acercaba á su ocaso cuando el
viajero vió á distancia la elevada torre del priorato de Salisbury.
Alegróse de llegar al término de su viaje por aquel día, y mucho más
cuando al rodear las tapias de un huerto descubrió á Simón y Tristán,
sentados muy sosegadamente sobre un árbol caído.
Ninguno de ellos notó su presencia porque dedicaban toda su atención á
la partida de dados que tenían empeñada. Acercóse Roger muy quedamente y
observó con sorpresa que Tristán tenía cruzado á la espalda el arco de
Simón y ceñida la espada de éste y que entre los dos, como si fuese la
puesta de la próxima jugada, se hallaba el casco del arquero.
--¡Maldición! exclamó éste al mirar los dados. ¡Uno y tres! No he tenido
suerte peor desde que salí de Rennes, donde perdí hasta los borceguíes.
-À toi, camarade.-
--Cuatro y tres, dijo Tristán con voz de bajo profundo. Venga el
capacete. Y ahora te lo apuesto contra tu coleto, arquero.
--¡Apostado! Pero como siga la mala racha voy á llegar al castillo en
camisa. ¡Voto á sanes! Bonita facha para un embajador. ¡Hola! gritó
levantándose apresuradamente al ver á Roger y echándole los brazos al
cuello; mira quién nos ha caído de las nubes, recluta.
No menos complacido que el arquero quedó Tristán, pero se limitó á abrir
la bocaza y entornar los ojos, que era su manera de sonreirse,
procurando con ambas manos ponerse el casco de Simón sobre la enorme
melena roja.
--¿Vienes á quedarte con nosotros, -petit-? preguntó el veterano, dando
golpecitos en la espalda de Roger.
--Por lo menos así lo deseo, respondió éste, conmovido ante la cariñosa
acogida de sus amigos.
--¡Bravo, muchacho! Juntos iremos los tres á la guerra, y que el diablo
se lleve la veleta del convento de Belmonte. Pero ¿dónde te has metido,
que vienes de barro hasta las rodillas?
--En un arroyo, dijo Roger; y tomando la palabra les refirió los
incidentes de su jornada, el ataque del bandolero, su encuentro con el
rey, la recepción que le hizo su hermano y el rescate de la hermosa
cazadora. Escuchábanle los otros atentamente, pero no había acabado su
relato, que hacía andando entre los dos amigos, cuando Simón volvió pie
atrás y se alejó dando resoplidos.
--¿Qué os pasa, arquero? gritó Roger corriendo tras él y echándole mano
al coleto. ¿Á dónde váis?
--Á Munster. ¡Suelta, muñeco!
--Pero ¿qué váis á hacer allí?
--Meterle seis pulgadas de hierro á tu hermanito en la barriga. ¡Cómo!
¡Insultar á una doncella inglesa y azuzar los perros contra su hermano!
Pues ¿para qué tengo yo esta espada? Digo, no, que la tiene el gandul
ese de Tristán y se la voy á quitar ahora mismo.
--¡Á mí, Tristán! ¡Échale mano! gritó Roger riendo á carcajadas y
tirando de Simón. Ni ella ni yo sufrimos un rasguño. ¡Venid, amigo! y
entre los dos lograron por fin ponerlo de nuevo en dirección de
Salisbury. Sin embargo, anduvo buen trecho con la cara hosca, hasta que
divisó una fresca labradora y le envió con un beso una sonrisa.
--Pero vamos á ver, dijo Roger. ¿Cómo es que el soldado no lleva ahora
consigo las herramientas de su oficio? Y tú Tristán ¿qué haces con arco,
espada y casco en tiempo de paz?
--Te diré. Es un juego que el amigo Simón se empeñó en enseñarme.
--Y el bribón resultó maestro, gruñó el arquero. Me ha desplumado como
si hubiese caído en manos de los ballesteros del rey de Francia. Pero
¡por mis pecados! que me has de devolver esos trastos, amigo, si he de
cumplir la misión de Sir Claudio Latour, y te los pagaré como nuevos, á
precio de armero.
--Aquí tienes todo lo que te he ganado y no hables de pagármelo, dijo
Tristán. Mi único deseo era llevar encima esos arreos por un rato, para
tomarles el peso, ya que en Francia y España he de llevarlos á diario
por algunos años.
---Ma foi-, has nacido para soldado y buen compañero, exclamó regocijado
Simón. Eso es hablar y portarse como se debe. ¡Bien, recluta! ¿Quién ha
visto jamás arquero sin arco? Descuida, que yo te procuraré uno tan
bueno como éste, allá en el ejército. Pero ¡mirad! Á la derecha del
priorato se destaca la torre parda y cuadrada del castillo en la
eminencia, y aun á esta distancia me parece distinguir en la bandera que
allí ondea el rojo corzo de las armas de Monteagudo.
--Rojo en campo blanco, dijo Roger, pero no sé si es corzo, león ó
águila. ¿Qué es aquello que brilla sobre el muro? En la almena, debajo
de la bandera.
--El casco de acero de un centinela, contestó Simón. Pero apretemos el
paso si hemos de llegar antes que la campana dé la señal de vísperas y
el clarín la de alzar el puente levadizo; porque el barón de Morel, á
fuer de buen soldado, es lo más exigente y riguroso en punto á
disciplina.
Pronto se hallaron los tres camaradas en la extensa población construída
al pie de la antigua iglesia y del amenazador castillo. El barón de
Morel había cenado aquella tarde antes de ponerse el sol, según su
costumbre; visitó después las caballerizas, donde sus dos corceles de
batalla, -Darío- y -Armorel-, descansaban de sus pasadas campañas, en
unión de otros buenos caballos y de los palafrenes de las damas, y por
último dispuso que los monteros sacasen á los perros y los dejasen
correr y retozar en libertad por media hora en las avenidas del
castillo. Unos treinta contenían las perreras y no fué mal concierto de
ladridos el que armaron al precipitarse en tropel perdigueros y
lebreles, mastines, galgos, sabuesos y podencos, de todos tamaños y
colores. Detrás de los monteros y pajes que con sus voces aumentaban la
algazara, veíase al noble señor de Morel, que contemplaba sonriente
aquel animado cuadro. Iba á su lado la buena baronesa y ambos siguieron
andando hasta el puente de piedra que separaba el pueblo del castillo.
Era el famoso guerrero de corta estatura y pocas carnes, y ni su aspecto
ni sus maneras revelaban en él al esforzado campeón inglés cuyos altos
hechos andaban en lenguas de todos. Los años habían encorvado algo su
cuerpo, aunque no pasaban de cuarenta y ocho los que tenía; y en la
época en que le conocemos sufría todavía de la vista á consecuencia de
haberle vaciado encima una espuerta de cal viva los sitiados de
Bergerac, cuando el barón dirigía el asalto de aquella plaza al frente
de los veteranos de Derby. El constante ejercicio de las armas y las
penalidades de su pasada vida de soldado lo habían conservado vigoroso y
activo como siempre; era delgado de rostro, de color moreno y llevaba el
retorcido bigote y larga perilla que por entonces estaban en boga entre
los caballeros del ejército. El chambergo de fino fieltro con airosa
pluma blanca, algo inclinado sobre la oreja derecha, ocultaba en parte
la cicatriz de una larga herida que partía desde la sien; la mitad de
aquella oreja se la llevó una bala de bombarda allá en Tournay, en las
guerras de Flandes. Vestía rico traje de terciopelo negro y capa corta
del mismo color, y usaba calzado de retorcida punta, aunque no tan
desmesurada como fué uso llevarla en el siguiente reinado. Ceñíale el
cuerpo un cinturón bordado de oro, en cuya ancha hebilla estaban
grabadas las armas de los Morel, cinco rosas gules en campo de plata.
Á su lado y apoyada en el parapeto del puente, la baronesa parecía el
tipo acabado de las altivas castellanas de la época. Más alta que su
esposo, tenía la mirada dominante y la robustez física que había hecho
posibles las heróicas proezas de Agnes Dunbar, de las condesas de
Salisbury y de Monfort y de otras damas inglesas que habían demostrado
ser tan animosas como sus nobles maridos llegada la ocasión, y poco
menos expertas que ellos en el manejo de la espada ó del hacha de
combate. Pero muchas de aquellas heroínas inglesas y otras que
pudiéramos citar, como las de Monteagudo, Chandos y Belver, eran no sólo
valerosas sino bellas, calificativo este último que por ningún concepto
podía aplicarse á la baronesa de Morel.
--Os repito, barón, que una doncella como nuestra hija no debería pasar
su vida cazando y corriendo por campos y bosques, decía la imponente
dama á su esposo. Si la dejamos que siga rodeada de caballos y perros,
pajes, monteros y soldados, cuidando halcones y aprendiendo, la muy
taimada, trovas francesas, que tal hacía cuando la sorprendí ayer en su
cuarto, ¿cómo ha de servir para esposa de un noble compañero y para
gobernar un castillo, cual lo he hecho yo en vuestras largas ausencias,
con un centenar de hombres de armas y sirvientes á sus órdenes, la mitad
de los cuales sólo entienden de holgar y beber cerveza? Y cuenta que las
trovas de que os hablo, que ella escondió bajo la almohada al verme
entrar, se las había prestado, según confesión suya, el mismísimo padre
Cristóbal, del Priorato. Es verdad que siempre me dice lo mismo.
--Muy cierto es todo eso, mi buena amiga, respondió el magnate, pero
tened en cuenta que es muy joven, llena de vida y salud, traviesa y
alegre como una niña y que tiempo hay para todo.
--Sus travesuras van siendo graves por demás y demandan de vos severa
corrección.
--No querréis decir seguramente que llegue yo á levantarle la mano.
Jamás lo he hecho con ninguna mujer y no exceptuaré precisamente á la
que lleva mi sangre en sus venas. En vos confío para enmendarla, cuando
su conducta merezca enmienda; sobre todo en mi ausencia, querida mía,
pues si llevo largo tiempo de asueto en el castillo, sólo por vos ha
sido, y os confieso que sin vuestra presencia no podría tolerar una
semana esta vida tranquila y regalona. Soldado nací y soldado he de
morir.
--Eso era lo que yo temía, exclamó angustiada la baronesa. ¿Creéis que
no he notado vuestro desasosiego de estos últimos tiempos, y la revista
que habéis pasado á vuestras armas en compañía de Renato el escudero?
¡Nuestra Señora de Embrún me valga!
--No os aflijáis. No se trata sólo de inclinación mía, sino de un deber,
de un llamamiento á nuestro honor. Bien sabéis que la renovación de la
guerra es cosa resuelta, que nuestras tropas se reconcentran en Burdeos
y ¡por San Jorge! sería cosa de ver que junto á los leones del
estandarte real figurasen las armas de toda la nobleza inglesa, excepto
las rosas de Morel.
--No lo hubiera permitido yo misma diez ó quince años hace; pero ¿no
habéis servido al rey como el primero? ¿No habéis dado pruebas
brillantes de valor en diez campañas? Díganlo las heridas de vuestro
cuerpo y la fama de vuestro nombre. El mismo rey no espera de vos que
combatáis hasta morir y el más bravo soldado depone un día las armas y
regresa al hogar.
--No está en mí el hacerlo, creedme. Cuando nuestro gracioso soberano se
apresura á vestir la armadura de combate á los setenta años y el señor
de Chandos le imita á los setenta y cinco, con tantas campañas y heridas
como cuento yo, mal puede quedar en reposo la lanza del barón León de
Morel. Mi propia fama me obliga, ya que tanto más notada sería mi
ausencia. No, Leonor, debo partir. Sin contar que nuestra hacienda no es
tan grande cual yo por vos y por nuestra hija la quisiera, y que sólo el
cargo de condestable que ejerzo aquí por merced de mi buen y poderoso
amigo el conde de Monteagudo, cuyo castillo habitamos, nos permite
sostener la posición correspondiente á nuestro rango. Y bien sabéis que
en la guerra es donde el noble y el bravo hallan hoy no sólo honores,
sino riquezas. La recompensa regia, el rico botín y los rescates enormes
de esta guerra nos pondrán para siempre al abrigo de todo temor, por lo
que á nuestros bienes de fortuna se refiere.
--Rescates y botín soberbios habéis ganado con vuestro esfuerzo, pero
sois tan generoso como valiente y otros se han aprovechado de vuestra
hacienda.
--Descuidad. No más esplendidez á costa de la tranquilidad y el
bienestar de los míos. Cobrad ánimos; la campaña no será larga y ansío
recibir noticias definitivas.
--Mirad, barón, cerca de la última casa del pueblo, aquellos tres
hombres que toman el camino del castillo. Soldado es uno de ellos.
Nuestros tres conocidos llegaban, en efecto, al término de su viaje,
cubiertos de polvo, pero sin señal de fatiga y platicando alegremente.
El barón se fijó desde luego en el joven de rubios cabellos é
inteligente rostro, que observaba atentamente el castillo y sus
alrededores. Iba á su derecha un gigante pobremente vestido, que por lo
estrechos y cortos que le venían sus arreos decían bien claro no haber
sido cortados para él. El caminante de la izquierda era un veterano
robusto y de atezado rostro, con espada al cinto y largo arco á la
espalda; el abollado capacete y los desteñidos colores del león de San
Jorge que llevaba cosido en el coleto no dejaban duda sobre la
procedencia del soldado, cuyo aspecto todo denotaba sus recientes
campañas. Llegados al puente, miró el arquero fijamente al noble
capitán, saludó á la baronesa con una inclinación respetuosa y dijo:
--Perdonad, señor barón, pero á pesar de los años transcurridos os he
reconocido al momento, y eso que hasta hoy no os había visto vistiendo
terciopelo, sino yelmo y coselete. Junto á vos he tendido muchas veces
mi arco en Romorantín, La Roche, Maupertuis, Auray, Nogent y otros
lugares.
--Y yo me felicito de verte, y darte la bienvenida al castillo de Morel.
Mi mayordomo os proporcionará en él buen lecho y buena mesa á tí y á tus
compañeros. Espera, arquero; sí, me parece recordar tu rostro, aunque ya
no puedo fiarme de mi vista como antes. Descansa un tanto y después te
llamaré para que me des noticias de lo que en Francia ocurre. Hasta aquí
han llegado rumores de que antes de terminar el año ondearán nuestras
banderas al sur de las grandes montañas de la frontera española.
--Mucho se hablaba de ello en Burdeos á mi partida, repuso Simón, y á fe
que los armeros trabajaban sin descanso y que ví llegar buen número de
soldados. Pero permitid que os entregue esta misiva que para vos puso en
mis manos el bravo caballero gascón Sir Claudio Latour. Y á vos, señora,
os traigo de él este joyero, que le fué presentado en Narbona y que os
ofrece con sus respetos.
El arquero se había repetido muchas veces durante su viaje aquellas
palabras, que eran las mismas pronunciadas por su capitán; pero la
verdad es que la dama, aunque estimando el rico presente, no se fijó en
las frases del arquero porque estaba tan absorta como su esposo en la
lectura del pergamino, que aquél le hacía en voz baja. Roger y Tristán,
que se habían detenido á algunos pasos de distancia del arquero, vieron
que la baronesa palidecía y que su esposo se sonreía satisfecho.
--Ya véis, señora mía, dijo, que no quieren dejar tranquilo al viejo
lebrel cuando se preparan á levantar la caza. ¿Qué me dices, arquero, de
esta Guardia Blanca de que aquí me hablan?
--De lebreles hablasteis vos, señor barón, y os aseguro que no hay mejor
jauría que aquella Guardia en ambos reinos, cuando se trata de correr
caza mayor, sobre todo si los dirige un buen montero. Juntos hemos
estado en las guerras, señor, pero jamás he visto cuerpo de arqueros más
valientes ni más temibles. Todos os queremos tener por capitán en esta
próxima campaña; y lo que la Guardia Blanca quiere ¿quién lo impide?
--¡Pues me gusta! exclamó el barón sin ocultar su contento. La verdad es
que si todos aquellos arqueros se os parecen, no hay jefe que no deba
sentirse orgulloso de mandarlos. ¿Cómo os llamáis?
--Simón Aluardo, del condado de Austin.
--¿Y el gigante ese?
--Es Tristán de Horla, un montañés como hay pocos, á quien acabo de
alistar en la Guardia Blanca.
--Hará un soldado excelente. ¿Buenos puños, eh? Robusto y forzudo
pareces, arquero, pero estoy seguro de que ese buen mozo lo es más
todavía. Á ver, Tristán, si avergüenzas á todos mis ballesteros, ninguno
de los cuales pudo ayer hacer rodar aquella piedra y arrojarla al
torrente. Aunque me temo que ni tus brazos de hércules puedan con ella.
Tristán se dirigió al peñasco sonriéndose. Era de enorme peso y hundido
en parte en la tierra; pero el coloso lo arrancó de su húmedo lecho á la
primera sacudida, y no contentándose con hacerlo rodar lo levantó del
suelo y lo lanzó al agua. La noble pareja manifestó su admiración ante
aquel prodigio de fuerza, mientras Tristán se limpiaba el barro de las
manos, sin dejar de sonreirse bonachonamente.
--Esos brazos suyos me han rodeado una vez las costillas, dijo Simón, y
todavía me parece oirlas crujir. Este otro compañero mío, continuó al
notar que el barón miraba á Roger, ha sido hasta ahora amanuense en la
abadía de Belmonte, donde deja el mejor recuerdo, como lo atestiguan las
letras del abad que consigo lleva. Y es también doncel de mucha ciencia,
aunque de pocos años. Su nombre, Roger de Clinton y es hermano del
arrendatario de Munster.
--Mala recomendación esta última, dijo el señor de Morel frunciendo el
ceño; y si á tu hermano te pareces por los hechos....
--Lejos de eso, señor, dijo vivamente el arquero. Puedo aseguraros lo
contrario, y á fe que hoy mismo lo amenazó de muerte su hermano y le
soltó los perros.
--¿Perteneces también á la Guardia Blanca? Á juzgar por tu rostro, edad
y porte, no has tenido mucha práctica militar.
--Quisiera ir á Francia con estos dos amigos, señor, dijo Roger. Pero no
sé que sirva para soldado, porque he sido siempre hombre de paz;
estudiante desde que salí de la niñez y también lector, exorcista,
acólito y amanuense en la abadía.
--Eso no quita, observó el barón, y nunca está de más que cada compañía
tenga su amanuense, alguien que entienda más de leer un pergamino y de
redactar un informe que de andar á flechazos con el enemigo. Todavía
recuerdo yo á un secretario que tuve en la campaña de Calais, llamado
Sandal, que era también trovador y juglar de mérito. Habíais de oir las
rimas que compuso describiendo combates, asaltos y salidas, y cuantos
incidentes ocurrieron en el largo asedio de aquella plaza. Pero bastante
hemos hablado y hora es de regresar al castillo. Reposad, comed y bebed
con mis hombres de armas, que son gente de buena y alegre compañía.
Venid, señora, si gustáis.
--Sí, que el aire ha refrescado mucho, dijo la dama, tomando el brazo
del barón.
Dirigióse la noble pareja hacia el castillo, seguida de Simón, que se
alegraba de haber desempeñado su misión y visto á su querido capitán de
otros tiempos, y de Roger, admirado de hallar en el afamado guerrero á
un hombre modesto y afable, sin sombra de la insufrible altivez de
muchos nobles. Sólo Tristán parecía descontento y lo manifestaba con
sordos gruñidos.
--¿Qué le pasa al mastuerzo éste? dijo Simón en voz baja, deteniéndose y
mirando á Tristán.
--Me pasa que me has engañado, que me prometiste hacerme servir á las
órdenes de uno de los más grandes capitanes del reino y en su lugar
buscas para capitán de la Guardia Blanca á ese alfeñique vestido de
terciopelo, con sus ojillos llorosos y que por lo flaco y desmedrado
parece no haber comido en tres días....
--¡Hola, con que ahí es donde te duele! Pues mira, Sansón, procura que
no te oiga él, el chiquitín ese de los ojillos llorosos, porque sólo
entonces conocerías tú la fuerza de sus puños. Por lo demás, tres meses
de plazo te doy para cambiar de opinión. Al capitán Morel sólo le
conocen los que lo han visto hilar por lo fino en la guerra. Ya verás,
ya verás.
En aquel momento se oyó gran gritería en las calles del pueblo; hombres,
mujeres y niños corrían de uno á otro lado de la calle central dando
voces y se refugiaban en las casas. Al otro lado del puente y corriendo
cuanto podía en dirección al castillo, apareció un hombre, que al ver á
la baronesa se llegó á ella y gritó, sudoroso y jadeante:
--¡Huid, señora, huid! ¡Salvadla! ¡El oso, el oso!
En efecto, corriendo hacia ellos venía un oso negro enorme, de terrible
aspecto, entreabierta la boca y con un trozo de cadena atado al cuello.
En dos saltos se puso Tristán al lado de la baronesa, á quien levantó en
sus brazos como si fuera una pluma, y con ella corrió rápidamente fuera
del camino, hasta llegar á unos árboles vecinos. Roger solo acertó á dar
algunos pasos en igual dirección y se quedó mirando atónito al furioso
animal; entre tanto soltaba Simón una retahila de tacos franceses é
ingleses y preparaba su arco. Entonces, con sorpresa de todos, vieron
que el barón de Morel no sólo no había huido sino que se dirigía en
derechura al oso con tranquilo paso, llevando en la mano el rojo pañuelo
de seda que en ella tenía cuando hablaba con Simón y sus amigos. El oso
llegó hasta él, dió un sordo gruñido, y alzándose sobre las patas
traseras, levantó la poderosa zarpa.
--¡Hola, feo! ¿Con que estamos de mal humor? dijo tranquilamente el
barón, cruzando por dos veces con su pañuelo de seda el hocico del oso.
El animal, sorprendido, le miró un momento, cayó sobre las cuatro patas
y gruñó de nuevo, mirando á derecha é izquierda como sin saber qué
resolución tomar, mientras el barón, á dos pasos, lo contemplaba con
curiosidad, guiñando sus irritados ojillos. En aquel momento llegaron
cuatro gañanes con gruesas cuerdas y en pocos instantes tuvieron
asegurado al fugitivo. El dueño del oso llegó también, temeroso del
castigo que pudiera aguardarle y descubriéndose explicó al barón que
había dejado á la fiera bien encadenada á la puerta de una taberna
mientras él tomaba un vaso de cerveza, y que habiendo llegado de súbito
los perros del castillo, atacaron al oso, enfureciéndolo y haciéndole
romper la cadena. Lejos de castigarlo ó reprenderlo el barón le dió
algunas monedas de plata, con escándalo de la baronesa, á la que todavía
no se le había pasado el susto.
--Te pido perdón, camarada, dijo Tristán al arquero, á tiempo que
entraban por las puertas del castillo. El señor de Morel es todo un
hombre. ¡Digo, qué calma y qué nervio! Por mi parte, no quiero más jefe
que él.
CAPÍTULO XI
DEL CONVENTO Á ESCUDERO Y DE DISCÍPULO Á MAESTRO
Sobre el macizo arco que daba entrada á la fortaleza se veía el escudo
de los Monteagudo, un corzo gules en campo de plata, y junto á él las
armas del veterano condestable, las rosas de Morel. Al pasar el puente
levadizo le pareció á Roger que en una de las saeteras brillaba la
armadura de un soldado; y apenas estuvieron todos en el pórtico, sonó un
clarín y el pesado puente se elevó tras ellos como impulsado por manos
invisibles, con gran ruido de cadenas. El barón acompañó á su esposa á
la sala del castillo y un obeso mayordomo se encargó de los tres
recienllegados, á quienes trató á cuerpo de rey. Satisfechos ampliamente
sus estómagos y refrescados con un baño en la cercana acequia, siguieron
Tristán y Roger al arquero, que examinaba atentamente la fortaleza con
la práctica de quien tantas había visto en su vida. Á sus dos
compañeros, que por primera vez se hallaban en un castillo, les parecían
aquellos gruesos muros del todo inexpugnables, y veían con asombro el
número de centinelas apostados en puertas, murallas y almenas, sin
contar los soldados del cuerpo de guardia situado cerca del puente
levadizo, que limpiaban sus armas, cantaban ó hablaban con sus mujeres é
hijos en el ancho pórtico.
--Me parece que un puñado de rústicos podría defender esta fortaleza
contra diez compañías del rey, dijo Tristán.
--Lo mismo digo, asintió Roger.
--Pues bien os equivocáis, -mes garçons-, exclamó el arquero. Mucho más
formidables que ésta las he visto yo rendidas en una sola noche. ¡Por el
filo de mi espada! Pues ¿y el castillo de Monleón, en Picardía, que
parecía un cerro y que batimos, tomamos y saqueamos los soldados de Sir
Roberto Nolles, antes de que existiera la Guardia Blanca? De allí saqué
yo unos arreos de caballo, de plata maciza, que me valieron cien
ducados.
--¿Sois vos el arquero Aluardo? le preguntó en aquel momento un
ballestero que acababa de cruzar el patio del castillo.
--Simón Aluardo, para serviros.
--Pues mírame bien, camarada, y no tendré necesidad de nombrarme.
--¡Mala bombarda me parta si no es esa la cáfila de Reno el arquero!
-Embrasse-moi-, camarada; y ambos amigos se estrecharon como dos osos.
--Sí, el arquero Reno, ahora ballestero al servicio del barón, y casi
olvidado ya de disparar ballesta ó arco. Pero ven acá, viejo lobo; en la
sala de armas se habla de recorrer una vez más la buena tierra de
Francia y aun se dice que el barón en persona....
--Las buenas noticias se saben pronto, á lo que veo, dijo Simón dando
una carcajada y guiñando el ojo á Tristán.
--¡Bravo! gritó Reno. Desde ahora ofrezco un cirio de dos libras á mi
santo patrón. ¡Si supieras tú lo que es pudrirse aquí la sangre, entre
cuatro paredes, para un soldado como yo! Vengan en buenhora aquellos
tiempos en que teníamos franceses que matar y saetazos que dar y
recibir, sin hablar de lo que siempre se gana y se divide con los
amigos.
--Qué me place verte tan bien dispuesto, repuso Simón. Pero oye, amigo
¿tan vacía está tu bolsa? Porque en tal caso, mientras entramos en el
primer campo, castillo ó villa de Francia, aquí llevo yo mi vieja
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