--No pretendo aventajaros como tirador, repuso Yonson, pues conozco
vuestra fama; pero sí quería demostrar que con el arco es posible hacer
lo que no hubierais podido realizar con vuestra ballesta en igual
tiempo, dado el que necesitáis para armarla y disparar por segunda vez.
--Cierto es ello, pero ahora me toca á mí enseñaros una ventaja de la
ballesta sobre el arco. Tended el vuestro cuanto podáis y lanzad la
flecha lo más lejos que alcance. Mi dardo la dejará muy atrás. Marca las
distancias, Arnaldo, clavando en tierra una pica á cada cien pasos y
espérate junto á la quinta para recoger y traerme mis dardos.
Hízolo así el soldado y momentos después partía silbando la flecha de
Yonson.
--¡Más allá de la cuarta pica! gritó Simón.
--¡Bravo, Yonson! exclamaron los arqueros.
--¡Cuatrocientos veinte pasos! dijo un ballestero que con Arnaldo
acababa de medir la distancia exacta y llegó corriendo al grupo.
--Pues ahora veréis cómo vuela un buen dardo del Brabante, dijo
tranquilamente el ballestero.
--¡Por la cruz de Gestas! gruñó Tristán, ha caído cerca de la quinta
pica.
--¡No, más allá, más allá! gritaron entusiasmados los flamencos.
--¡Quinientos ocho pasos! voceó Arnaldo y repitieron todos con asombro.
--¿Cuál de las dos armas vence ahora? preguntó orgullosamente el
ballestero.
--En el tiro á distancia, la vuestra lleva la ventaja, lo confieso,
replicó Yonson cortésmente.
--¡Poco á poco! gritó en aquel punto nuestro amigo Tristán con un
vozarrón tremendo y adelantándose hasta llegar junto al engreído
ballestero. Este arco que aquí véis alcanza más lejos que esa maquinaria
vuestra, con molinillo y todo, y os lo voy á probar ahora mismo.
¿Preferís tirar otra vez?
--Me atengo á los quinientos ocho pasos de mi último dardo.
--Pues allá va el mío camino de los seiscientos, dijo el gigantesco
arquero tendiéndose en el suelo, poniendo un pie en cada extremo de su
arco y tirando vigorosamente de la cuerda, después de colocar en ella
larguísima flecha.
--Vas á hacer un pan como unas hostias, gandul, le dijo Simón. ¿De
cuándo acá pretendes tú superar á los arqueros veteranos?
--Calma, Simón, que esta es una treta mía y yo sé lo que me hago.
--¡Bien por Tristán! ¡Rompe el arco si es preciso, camarada! vocearon
los arqueros.
--¿Quién es aquel imbécil que está allí plantado, camino de mi flecha?
preguntó Tristán alzando la cabeza y mirando hacia la última pica.
--Es mi soldado Arnaldo, que marca el lugar donde cayó mi dardo y sabe
que allí nada tiene que temer de vos, dijo el ballestero.
--¿No? ¡Pues que Dios lo perdone! exclamó Tristán tendiéndose de nuevo
en el suelo, afirmando los pies y tirando de la cuerda hasta hacer
crujir el arco. ¡Allá va!
El silbido de la flecha se oyó á gran distancia; el medidor del terreno
se arrojó de cara al suelo y levantándose enseguida echó á correr en
dirección opuesta al grupo que formaban los tiradores.
--¡Aprieta, Tristán! ¡Si no se tira al suelo no lo cuenta! ¡Bien,
muchacho! exclamaron los arqueros.
---¡Mon Dieu!- No he visto jamás proeza igual, dijo el de Brabante.
--Lo dicho, es una treta mía con la cual me he ganado muy buenos
cuartillos de cerveza allá en las ferias de Hanson, repuso Tristán
levantándose y sonriendo satisfecho.
--La flecha ha caído á ciento treinta pasos más allá de la quinta pica,
dijeron varios arqueros y soldados.
--¡Seiscientos treinta pasos! Es un tiro descomunal, pero nada prueba á
favor de vuestra arma, robusto amigo, porque para llegar á tal distancia
os habéis convertido vos mismo en arco y eso no era lo pactado.
--¡No deja de ser verdad lo que decís! asintió Simón riéndose. Pero
probados ya el tiro al blanco y el de distancia, voy á demostraros á mi
vez cómo el arco gana á la ballesta en fuerza de penetración. ¿Véis
aquel escudo, en la altura? Es de roble recubierto de cuero. Clavad en
él vuestro dardo lo más profundamente que podáis.
--Allá va, dijo el ballestero, á quien imitó Simón después de ensebar
con cuidado la punta de su flecha.
--Tráeme el escudo, Elías, dijo Simón á un arquero.
Cariacontecidos quedaron los ingleses y grande fué la risa de los de La
Nuit y Brabante al ver que el sólido escudo sólo tenía el dardo del
ballestero clavado profundamente y ni señales de la flecha de Simón.
--¡Por vida de los tres reyes! exclamó el flamenco. Ni siquiera habéis
dado en el blanco, seor inglés.
--¿No, eh? replicó el veterano con sorna; y dando vuelta al escudo
señaló en la cara interior de éste un pequeño agujero. ¿Véis esto? Pues
es que ha sucedido lo que yo esperaba; vuestro dardo ha quedado
atarugado en el roble á poco de atravesar el cuero, en tanto que mi
flecha ha horadado el escudo de parte á parte.
El semblante del oficial reveló su humillación y su disgusto, pero antes
de que pudiera despegar los labios llegó al galope Roger, que
dirigiéndose á los arqueros les dijo:
--Nuestro capitán el barón de Morel me sigue de cerca y quiere hallar
reunidos á sus soldados para darles en persona una buena noticia.
Arqueros y hombres de armas se calaron á toda prisa los cascos,
endosaron cotas de malla y coletos, asieron sus respectivas armas y en
dos minutos quedó perfectamente formada la Guardia Blanca. Poco después
llegó el barón al trote de su brioso corcel y contempló con evidente
satisfacción el marcial aspecto de su gente.
--Soldados, les dijo, vengo á anunciaros que la Guardia Blanca acaba de
ser objeto de un alto honor. El príncipe nos ha elegido para formar la
vanguardia y seremos los primeros en atacar al enemigo. Si alguno de
vosotros vacila en este momento....
--¡Os seguiremos hasta el último! ¡Viva nuestro capitán! gritaron á una
los arqueros.
--Bien está. ¡Por San Jorge! no esperaba menos de vosotros. Nos
pondremos en marcha mañana al despuntar el día, y montaréis los caballos
de la compañía Loring, que por ahora queda incorporada á la reserva.
Hasta mañana.
Los arqueros rompieron filas con mil exclamaciones de contento,
palmoteando y abrazándose como si acabasen de ganar una victoria.
Contemplábalos sonriente el barón cuando cayó sobre su hombro una pesada
mano y volviéndose halló el rostro coloradote y mofletudo de Sir Oliver
Butrón.
--¡Aquí tenéis otro recluta, caballero andante! le dijo el rollizo
guerrero. Acabo de saber que seréis el primero en marchar camino del
Ebro y con vos me largo aunque no queráis.
--¡Bienvenido, Oliver! Vuestra compañía, á más de gustosa, es honra para
mí.
--Pero debo confesaros con franqueza que tengo para ello una razón
poderosa....
--Sí, vuestro deseo de hallaros siempre donde hay peligros que correr y
lauros que conquistar.
--No precisamente....
--¿Qué buscáis, pues?
--Gallinas.
--¿Eh?
--Os explicaré. Hasta ahora hemos debido de tener por vanguardia una
partida de gentes famélicas, á juzgar por la limpia de vituallas que han
hecho en todo el camino. Desde que salimos de Dax trae á la grupa mi
escudero un saco de exquisitas trufas, pero estad seguro de que no
hallaremos una sola gallina ni un mal pollastre con que comerlas
mientras no dejemos atrás á esos voraces merodeadores. Y hé aquí por
qué, mi buen León, me alisto desde ahora bajo vuestra bandera, con
trufas y todo.
--¡Siempre el mismo, Oliver! dijo el barón riéndose de la salida de su
amigo é invitándolo á entrar en su tienda.
CAPÍTULO XXXI
DE CÓMO TRISTÁN Y EL BARÓN HICIERON DOS PRISIONEROS
Dos días de acelerada marcha llevaron al barón y su gente á la orilla
opuesta del rápido Arga y más allá de Estella, hasta dejar atrás los
valles y las cañadas de Navarra y hallarse frente al anchuroso Ebro, en
cuyas riberas se alzaban numerosos caseríos. Durante toda una noche
contemplaron los sorprendidos habitantes de Viana el paso del río por
aquella tropa, que hablaba una lengua extraña á sus oídos y cuyas armas
y equipo llamaban no menos poderosamente su atención. Desde aquel
momento se hallaba la Guardia Blanca en tierra de Castilla y la próxima
jornada los dejó en un pinar cercano á la ciudad de Logroño, en el cual
se detuvieron para tomar hombres y caballos el muy necesitado descanso,
mientras los jefes celebraban consejo presidido por el barón.
Tenía éste consigo á los señores Guillermo Fenton, Oliver de Butrón,
Burley, llamado el caballero andante de Escocia, Ricardo Causton y el
conde de Angus, distinguidos todos ellos entre los primeros caballeros
del ejército. Componían el resto de la fuerza sesenta hombres de armas
veteranos y trescientos veinte arqueros. Don Enrique de Trastamara, rey
de Castilla, se hallaba acampado con su ejército á unas diez leguas de
distancia en dirección á Burgos, según informes suministrados al barón
por numerosos espías. Por éstos supo también que el monarca castellano
mandaba poderosa hueste de cuarenta mil infantes y veinte mil caballos.
Largas fueron las deliberaciones del consejo, y aunque Fenton y Burley
sostuvieron que la misión de la vanguardia quedaba bien cumplida por
entonces, pues habían averiguado la posición y número del enemigo, y
que era temeridad continuar allí con sólo cuatrocientos hombres, entre
un ejército de sesenta mil y un caudaloso río, prevaleció la opinión del
señor de Morel y otros caballeros, que no querían repasar el Ebro sin
ver á un solo enemigo ni intentar hazaña ó aventura por arriesgada que
fuese.
Continuaron, pues, la marcha, protegidos por la obscuridad de la noche y
guiados por un pastor de cuya guarda se encargó Reno, empezando por
atarle sólidamente una muñeca con recia cuerda cuyo otro extremo aseguró
al arzón de su silla. Momentos después de amanecer, cuando ya el paso
por aquellas breñas iba haciéndose harto difícil, les anunció temblando
su guía que en la obscuridad había perdido el camino; palabras que
indignaron á los arqueros más próximos, sospechosos de una traición y
que á punto estuvo de costar la vida al pastor, cuando repentino toque
de cornetas y tambores reveló á los expedicionarios la inmediación del
enemigo.
--¡Habla, villano! ¿Qué significa ese rumor? preguntó en buen castellano
el señor de Fenton al tembloroso guía.
--¡Ya sé dónde estamos! exclamó éste. El ejército acampa en aquel valle.
Salgamos de esta cañada y desde esa altura que á la izquierda queda
veréis las tiendas del rey.
Tomó Fenton ladera arriba, siguiéronle sigilosamente los otros y al
llegar á la cumbre miraron con precaución el barón y los caballeros por
entre rocas y matorrales.
El cuadro que el inmediato valle ofreció á su vista los dejó atónitos.
Frente á ellos se extendía una gran llanura cubierta de verde hierba y
por la que serpenteaban dos riachuelos. En todo el valle, hasta donde
alcanzaba la vista, millares de blancas tiendas, adornadas muchas de
ellas con enseñas y pendones de los altivos señores castellanos y
leoneses. Á gran distancia, en el centro de aquella improvisada ciudad,
una tienda mayor y más vistosa que todas las restantes era sin duda la
vivienda del monarca. El toque que habían oído los ingleses era la
primera llamada matutina; el campamento despertaba, numerosos soldados
salían de las tiendas, dirigiéndose unos al riachuelo más cercano y
preparando y encendiendo otros multitud de fogatas que empezaron á
desprender columnas de humo.
Largo rato continuaron en acecho los ingleses y vieron que algunos
grupos de nobles castellanos, montando sus hermosos corceles y seguidos
de pajes que llevaban halcones y azores adiestrados, se preparaban á
entregarse á su ejercicio favorito de la caza. Á su lado corrían y
saltaban grandes lebreles.
--Arrogantes galanes, á fe mía, dijo Simón á Roger, que olvidado de todo
contemplaba con embeleso espectáculo tan nuevo para él.
--Lo que yo pienso, dijo á su vez Tristán, es que si pudiera apoderarme
de uno de aquellos alegres jinetes y hacerle pagar rescate, podría
también comprarle a mi madre un par de vacas....
--No seas cernícalo, Tristán, repuso Simón. Dí más bien que con el
rescate podrías comprar una hermosa granja inglesa y diez aranzadas de
terreno á orillas del Avón.
--¿Sí? Pues allá voy á traerme uno de ellos, exclamó Tristán haciendo
ademán de bajar al valle y en voz tan alta que llamó la atención de
Morel.
--Nadie se mueva, ordenó éste. Quitáos los cascos y bajad las armas para
que el brillo del acero á los rayos del sol no llame la atención del
enemigo. Aquí hemos de aguardar ocultos hasta la noche.
Así lo hicieron, temiendo verse descubiertos y aniquilados de un momento
á otro, cosa que pareció inevitable cuando á eso de mediodía vieron
subir por el sendero del valle á un apuesto caballero, ligeramente
armado, que montaba un caballo blanco y llevaba posado sobre el puño
izquierdo un halcón. El cazador siguió trepando hasta llegar á la
cumbre, obligó á su caballo á trasponer la valla natural que formaban
los arbustos y cuando menos lo esperaba se halló rodeado de los extraños
guerreros allí ocultos. Lanzando una exclamación de sorpresa y despecho
hizo volver grupas á su caballo, derribó éste á los dos arqueros que
intentaban detenerlo é iba ya á lanzarse al galope hacia el valle,
cuando caballo y caballero se vieron detenidos bruscamente por las
férreas manazas de Tristán. Un momento después yacía el jinete derribado
en el suelo.
--Rescate tenemos, dijo Tristán.
--Si no me engaño, arquero, dijo el barón adelantándose después de mirar
atentamente al sorprendido cautivo, acabas de hacer prisionero al noble
caballero español Don Diego de Álvarez, á quien tuve la honra de ver un
tiempo en la corte de nuestro príncipe.
--Don Diego soy, repuso el caballero, y preferiría mil veces la muerte á
verme hecho prisionero en una emboscada y por las villanas manos de un
arquero.... Tomad vos mi espada, señor capitán.
--Poco á poco, caballero, dijo el barón. Sois prisionero del soldado que
os ha hecho cautivo, mozo valiente y honrado. Potentados de más alto
rango que vos hanse visto antes de ahora prisioneros de arqueros
ingleses....
--¿Qué rescate pide ese hombre? interrumpió el castellano.
--Pues yo, dijo titubeando Tristán cuando le hubieron traducido la
pregunta, quisiera unas cuantas vacas, y una casita aunque fuese
pequeña, con su huerto y....
--¡Basta, basta! dijo el barón con gran risa. Déjame arreglar este
asunto por tí, arquero. Todo lo que el soldado quiere, Don Diego, puede
comprarse con dinero, y creo que cinco mil ducados no es mucho pedir por
la libertad de tan renombrado caballero.
--Le serán pagados.
--Me veo obligado, eso sí, á reteneros entre nosotros por algunos días,
y á pediros permiso para usar vuestra armadura, escudo y caballo en una
expedición que proyecto.
--Mi arnés, armas y caballo vuestros son por la ley de la guerra.
--Pero os serán devueltos. Coloca centinelas, Simón, ahí en la entrada
del paso y una guardia de arqueros con armas preparadas por si algún
otro caballero nos visita.
Pasaron las horas y los ingleses siguieron vigilando todos los
movimientos de la gran hueste enemiga. Al caer la tarde se notó gran
agitación en el campo y luégo fuertes clamores y el toque de cien
cornetas. No tardó en descubrirse la causa; por el camino más lejano del
punto donde se hallaban agazapados los arqueros llegaba una fuerte
columna, nuevos refuerzos para el ejército castellano.
--¡El diablo me lleve, dijo por fin Burley, si al frente de esos
caballos no ondea el estandarte con la doble águila de Duguesclín!
--Así es, dijo el de Angus, y con él los caballeros franceses alistados
en Bretaña y Anjou.
--Cuatro mil jinetes lo menos, repuso Guillermo Fenton. Y allí veo al
gran Bertrán en persona, junto á su bandera. El rey Enrique sale á su
encuentro con heraldos, caballeros y pendones. Vedlos que juntos se
dirigen hacia la tienda real.
En tanto el barón de Morel había revestido la armadura de su prisionero
Don Diego y tan luego se puso el sol dió orden á su gente de preparar
las armas.
--Señor de Fenton, dijo, he resuelto intentar no pequeña empresa y os he
elegido para mandar á nuestros soldados en una salida y sorpresa al
campamento castellano. Antes saldré yo con dirección al centro del
campo, con sólo mi escudero y dos arqueros. Caed sobre el enemigo cuando
me veáis llegar á la tienda del rey. Dejaréis veinte hombres aquí, en el
sendero que parte de la cañada, y regresaréis apresuradamente á este
mismo lugar después de vuestro rápido ataque.
--¿Qué proyectáis, Morel?
--Después lo veréis. Roger, me seguirás llevando por la brida un caballo
de repuesto. Que vengan con nosotros, bien montados, los dos arqueros
que nos acompañaron en nuestro viaje por Francia, y en quienes tengo
confianza absoluta. Dejarán aquí sus arcos y ni ellos ni tú diréis
palabra, aunque os hablen en el campo. ¿Estás pronto?
--Á vuestras órdenes, señor barón, dijo Roger.
--¡Y también nosotros! exclamaron Simón y Tristán, montando y
adelantándose á su vez.
--En vos confío, Fenton, dijo el barón. Si Dios nos protege hemos de
vernos reunidos otra vez aquí antes de una hora. ¡Adelante!
Montó el barón el blanco caballo de Don Diego de Álvarez, y salió
tranquilamente de su escondite seguido de sus tres compañeros. Llegados
al valle hallaron multitud de grupos de soldados y caballeros
castellanos y franceses que fraternizaban, por entre los cuales pasaron
sin que su presencia llamase la atención, y deslizándose entre las filas
de tiendas no tardaron en hallarse frente á la que ostentaba el
estandarte real. En aquel momento estallaron grandes gritos de sorpresa
y terror á la izquierda del campo, hacia donde se dirigieron velozmente
millares de infantes y jinetes y muy pronto se oyó á lo lejos el rumor
de furioso combate. Á excepción de algunos centinelas y pajes, cuantos
se hallaban cercanos á la tienda real habían desaparecido, voceando y
arma en mano, en dirección al lugar de la lucha.
--¡He venido aquí á apoderarme del rey! dijo entonces el barón á los
suyos; y lo conseguiré ó pereceré en la demanda.
Roger y Simón cayeron en seguida sobre los hombres de armas que
guardaban la puerta y los tendieron á los pies de sus caballos.
Desmontaron rápidamente, como ya lo había hecho el barón y los tres se
precipitaron en la tienda espada en mano, seguidos un momento después
por Tristán que se había encargado de asegurar los cinco caballos cerca
de la puerta. Oyéronse gritos y choque de armas dentro de la tienda y á
los pocos instantes volvieron á salir los audaces guerreros, tintas en
sangre las espadas y llevando Tristán á cuestas el cuerpo ricamente
ataviado de un hombre desvanecido ó muerto, que en un abrir y cerrar de
ojos quedó asegurado sobre el caballo de repuesto. Poco costó al barón y
sus soldados, una vez montados, dispersar á los pajes y servidores del
rey que los rodeaban, y se lanzaron al galope en dirección á la colina
donde esperaban refugiarse.
El inesperado y furioso ataque de Guillermo Fenton con sus cuatrocientos
arqueros había llevado á medio campamento una confusión espantosa y
sembrado la muerte á su paso. Multitud de jinetes castellanos corrían en
todas direcciones, sin hallar al enemigo, confundiéndolo en la
obscuridad con sus aliados los franceses. En tanto el barón, Roger y los
dos arqueros con su cautivo salían del campo por otro lado, sin hallar á
su paso más que dos á tres grupos de soldados, que sorprendieron y
dispersaron fácilmente. Los pocos que dieron en perseguirlos
retrocedieron á toda prisa al llegar á la cañada y oir las cornetas y
atabales que allí tocaban furiosamente los veinte arqueros emboscados al
efecto. Los perseguidores, como lo había previsto el barón, creyeron que
una gran fuerza inglesa, quizás todo el ejército del Príncipe Negro,
había tomado posesión de aquellas alturas. Lo mismo sucedió cuando poco
después llegaron á escape y perseguidos los jinetes mandados por Sir
Guillermo Fenton, sin que el enemigo se atreviera á continuar la
persecución en la espesura, donde evidentemente se hallaban emboscados
los ingleses en considerable número.
--¡Contemplad mi conquista, Morel! gritó apenas llegado Oliver de
Butrón, agitando sobre su cabeza un enorme jamón que había arrebatado al
enemigo. Os convido, amigo barón, aunque es lástima que no tengamos una
botella de buen vino con que rociarlo....
--Más tarde hablaremos, Oliver, dijo el barón jadeante. Por ahora lo que
importa es marchar á toda prisa hacia el Ebro, por lo más cerrado del
bosque.
--¡Paciencia! dijo el señor de Butrón. Pero ¿quién es ese individuo que
ahí traéis?
--Un prisionero que acabo de hacer en la tienda real y que á juzgar por
su ropaje y el escudo con las armas de Castilla bordado sobre el pecho
espero sea el mismísimo rey Don Enrique.
--¡El rey! exclamaron asombrados sus oyentes, rodeando al desconocido.
--Os engañáis, barón, dijo Fenton, que miraba atentamente al cautivo.
Dos veces he visto al de Trastamara y este hombre en nada se le parece.
--Pues entonces ¡por el cielo! juro volver ahora mismo al campo y
traerme al rey, vivo ó muerto.
--Sería una temeridad inútil, barón. El campo enemigo está todo sobre
las armas. ¿Quién sois vos? preguntó bruscamente Fenton en castellano,
dirigiéndose al desconocido. ¿Y cómo no siendo el rey ostentáis el
escudo de Castilla?
El prisionero había vuelto en sí del desmayo que le ocasionaran los
vigorosos puños de Tristán, que le habían apretado el pescuezo sin
compasión ni miramientos.
--Formo parte, dijo, de la guardia de nobles encargados de velar por la
persona del rey. Mi soberano se hallaba por fortuna en la tienda
destinada á Duguesclín cuando vos me sorprendisteis. Soy Don Sancho de
Penelosa, caballero aragonés al servicio de su alteza Don Enrique de
Castilla y pronto estoy á pagar el rescate que se me exija.
--Guardaos en buenhora vuestro dinero, dijo el barón, profundamente
disgustado con el fracaso de su atrevida empresa. Libre estáis. Decid á
vuestro señor que un noble inglés, el barón León de Morel, ha hecho esta
noche todo lo posible, aunque inútilmente, por ofrecerle sus respetos en
persona. Otra vez será. ¡Y ahora, amigos míos, á caballo y en marcha!
Había creído poder quitarme esta noche el parche que cubre mi ojo, pero
por lo visto tengo que llevarlo puesto algún tiempo todavía. ¡En
marcha!
CAPÍTULO XXXII
DONDE EL SEÑOR DE MOREL CUMPLE SU VOTO
La mañana siguiente, desapacible y fría como muchas del mes de Marzo en
aquellos contornos, halló á nuestros arqueros en un terreno pedregoso y
al pie de elevadísimas rocas, cuyas cimas empezaba á dorar el sol
naciente. En uno de los grupos que apresuradamente disponían el desayuno
figuraban Reno, Simón y Yonson, más atentos á preparar sus flechas y
afilar sus espadas que á vigilar el guiso, del cual cuidaba solícito el
voraz Tristán. Roger y Norbury, el silencioso escudero de Sir Oliver,
procuraban calentar al fuego de la hoguera sus manos ateridas.
--¡Ya hierve el guisote! exclamó Yonson poniendo á un lado el espadón.
¡Á comer, antes de que nos den la orden de marcha ó nos caiga encima un
nublado de castellanos y franceses!
--¡Por vida de! dijo Simón mirando á su amigo Tristán, ahora que este
cernícalo está en vísperas de recibir el cuantioso rescate de su
prisionero desdeñará quizas comer con pobres arqueros. ¿Eh, Tristán? No
más cubiletes de cerveza ni medias raciones de cecina, cuanto te veas
otra vez en Horla, sino vino gascón á diario y carne asada hasta que te
hartes.
--Lo que en Horla haré, sargento, si allá llego otra vez, está por ver;
lo que sí sé es que por ahora voy á meter mi casco en esa caldera y á
comer cuanto pueda, por si no volvemos á ver un guiso en todo el día.
--¡Bien dicho, muchacho! ¡Ea, cada cual para sí! ¿Á quién buscas, Robín?
--El señor barón desea veros en su tienda, dijo á Roger un joven
arquero.
Apenas llegado Roger á presencia de su señor entrególe éste un abultado
pergamino, diciendo:
--Acaba de traérmelo un mensajero de Su Alteza, quien me dice que fué
portador de ese y otros pergaminos un caballero recienllegado de
Inglaterra al cuartel general.
--Está dirigido á vos, señor barón y escrito, según aquí reza, "de mano
de Cristóbal, siervo de Dios y Prior del monasterio de Salisbury."
--Lee pronto, Roger.
El joven escudero recorrió con la vista las primeras líneas, palideció y
lanzó una exclamación de sorpresa y dolor.
--¿Qué es ello? preguntó el barón. ¿Vas á darme malas noticias de la
señora baronesa ó de mi hija Constanza?
--¡Mi hermano, mi desgraciado hermano! exclamó Roger. ¡Hugo ha muerto!
--Te trató en vida como á mortal enemigo, Roger, y no veo fundado motivo
para que tanto sientas su muerte.
--Era el único pariente que me quedaba en el mundo. Pero ¡qué noticias!
¡Cuánto inesperado desastre! Oid, señor barón.
El prior escribía que poco después de la partida de Morel se había
congregado en la granja de Munster y puéstose á las órdenes del díscolo
Hugo de Clinton numerosa fuerza compuesta de aventureros, bandidos y
gente perdida de toda la comarca, quienes después de derrotar á las
gentes de justicia y soldados del rey enviados contra ellos, habían
puesto sitio al castillo de Monteagudo, habitado por la esposa é hija
del barón. Que la baronesa, lejos de entregar la fortaleza, había
organizado y dirigido la defensa con tantos bríos y acierto tal que al
segundo día, después de empeñados y mortíferos asaltos, había perdido la
vida Hugo, el jefe de los sitiadores, y huído y dispersádose éstos. La
carta terminaba dando las mejores noticias sobre la salud de ambas damas
é invocando sobre el barón las bendiciones del cielo.
--¡La profecía! dijo el barón tras larga pausa. ¿Recuerdas, Roger lo que
nos dijo aquella noche memorable y fatal la esposa de Duguesclín? El
asalto del castillo, el jefe de la barba rubia, todo, todo. ¡Es
portentoso! Y á propósito, Roger; nunca te he preguntado por qué la
noble profetisa dijo de tí que tenías el pensamiento puesto en el
castillo de Monteagudo con más constancia y cariño que yo mismo....
--Quizás tuviera también razón al decirlo, señor, replicó el escudero
ruborizándose, porque os confieso que en aquel castillo pienso todo el
día y con él sueño de noche.
--¡Hola! exclamó el barón. ¿Y cómo es eso, Roger?
--Debo confesároslo. Amo á mi señora Doña Constanza, vuestra hija, con
el más puro y profundo amor....
--Me sorprendes, doncel, dijo el barón frunciendo el ceño. ¡Por San
Jorge! ¿sabes que es muy noble nuestra sangre y muy antiguo nuestro
nombre?
--También lo es el mío, señor barón, y muy noble la sangre heredada de
mis mayores.
--Constanza es nuestra única hija y cuanto tenemos le pertenecerá algún
día.
--También soy yo ahora el único Clinton, y muerto sin hijos mi hermano
soy dueño y señor de Munster.
--Cierto es. Pero ¿cómo no me has hablado antes del caso?
--No podía hacerlo, señor barón, porque ni aun sé si vuestra hija me ama
y no media entre nosotros oferta ni promesa.
Quedóse pensativo el famoso guerrero y por fin se echó á reir.
--¡Juro por San Jorge no tomar cartas en el asunto! exclamó. Mi muy
amada hija es árbitra de su elección, pues la juzgo muy capaz de mirar
por sí misma y elegir con acierto. La conozco, amigo Roger, y si como me
figuro está ella pensando en tí como tú en ella, ni Enrique de
Trastamara con sus sesenta mil soldados puede impedir que mi Constanza
haga su voluntad y deje de amar á quien ame. Lo que sí me toca recordar
aquí es que siempre he deseado para esposo de mi hija á un caballero
valiente y cumplido. Tú, Roger de Clinton, estás en camino de ser una
brillante lanza si Dios te protege. Sigue haciendo méritos y
conquistando lauros. Pero basta de este asunto, que volveremos á tratar
cuando veamos otra vez las costas de Inglaterra. Nos hallamos en
situación gravísima é importa salir de ella cuanto antes. Hazme la
merced de llamar al señor de Fenton, con quien deseo conferenciar antes
de que nos alcance el enemigo en esta desventajosa posición.
Obedeció Roger inmediatamente y sentándose después sobre apartada roca
trató de recordar una á una las palabras del barón y su propia
confesión; comparó también las desfavorables circunstancias que le
rodeaban cuando por primera vez vió á su amada, novicio indigente y sin
hogar, con la holgada posición que le creaba la prematura muerte de su
hermano. Además, había sabido ganarse el aprecio y la confianza del
barón, sus compañeros de armas lo consideraban como valiente entre los
valientes de la Guardia Blanca, á pesar de sus pocos años, y sobre todo,
el barón acababa de oir la revelación de su amor más complacido que
enojado. El resultado de sus meditaciones fué la resolución de no
abandonar aquellas montañas sin conquistar lauros brillantes, que
acabaran de hacerle digno de merced tan alta y felicidad tan cumplida
cual podía prometerse el futuro esposo de la encantadora Constanza de
Morel.
En aquel instante oyó Roger, tres veces repetida, la nota penetrante de
un clarín, y saltando de la roca en que estaba sentado vió que los
arqueros empuñaban sus armas y se dirigían apresuradamente hacia los
caballos. Llegó en pocos momentos al grupo que formaban los jefes y oyó
al señor de Fenton que decía:
--No me queda duda, es el toque del clarín enemigo. Pero es imposible
que las tropas de Enrique nos hayan dado alcance tan pronto.
--Olvidáis, dijo el barón, los informes del villano á quien sorprendimos
anoche. Un hermano del rey castellano, nos dijo, se había adelantado al
grueso del ejército para hostigar á nuestras avanzadas con un cuerpo de
seis mil jinetes y mucho me temo que nuestra precipitada marcha nos haya
alejado de un peligro para hacernos caer en otro.
--Así es, en efecto, dijo el de Angus. ¿Qué hacer?
--Tomar posiciones en aquella altura y vender caras nuestras vidas, ó
salvarlas si nos llegan refuerzos. La más alta de aquellas colinas, de
difícil subida por todos lados y con una planicie bastante extensa en la
cumbre, nos ofrece una admirable fortaleza natural. Dad, Fenton, la
orden de marcha sin perder momento. Conservad, señores, vuestros
caballos, pero que abandonen los suyos los soldados. Si vencemos nos
sobrarán caballos del enemigo. Puesto que el jefe castellano nos ha
descubierto y no se oculta, enseñémosle también los colores de nuestra
bandera. Nuestras almas están en manos de Dios, nuestros cuerpos al
servicio del rey. ¡Desenvainemos las espadas, por San Jorge é
Inglaterra!
El entusiasmo del barón se comunicó á sus soldados, y la Guardia toda
escaló con resuelto paso la ladera menos pendiente, erizada de peñascos
y cubierta de rocas sueltas que rodaban á su paso é iban á perderse,
rebotando, en el fondo del valle. La altura á que por fin llegaron los
arqueros ingleses constituía en efecto una posición fortísima, un enorme
cono truncado desde cuya base superior podían barrer con sus flechas el
pendiente camino que ellos acababan de recorrer con gran dificultad, al
paso que por los otros lados la roca cortada á pico hacía la posición
inexpugnable.
La niebla que hasta entonces cubriera el valle comenzó á disiparse,
flotando en grandes jirones que rozaban por un momento las copas de los
árboles y luégo se elevaban desvaneciéndose en el espacio. El sol
iluminó entonces los alrededores de la roca convertida en fortaleza y
nobles y arqueros contemplaron con admiración la vasta fuerza que los
cercaba. Brillaban los cascos y corazas de numerosos escuadrones y las
voces que dieron y el toque de las cornetas y atabales indicaron también
que habían descubierto el refugio de sus enemigos y que se preparaban
para el ataque. El barón y sus jefes se reunieron ante los cuatro
estandartes de su fuerza, que eran el de las armas inglesas, el de Morel
y los de Butrón y Merlín, enseña este último de unos sesenta arqueros
del país de Gales.
--¿Véis, barón, aquella hermosa bandera bordada de oro que ondea al
frente de las otras? preguntó Fenton. Pues es la de los famosos
caballeros de Calatrava, y no lejos de ella la de la Orden de Santiago.
En el centro el estandarte real, y ó mucho me engaño ó hay también en
esa fuerza muchos caballeros franceses. ¿Qué decís á ello, Don Diego?
El prisionero de Tristán de Horla contemplaba con alegría y entusiasmo
las brillantes cohortes de sus compatriotas.
--¡Por Santiago! exclamó. Vos y vuestros amigos váis á caer al empuje de
los más afamados caballeros de León y Castilla. Manda esa fuerza un
hermano de nuestro rey, y sin contar los gloriosos pendones de Calatrava
y de Santiago, veo allí los de Albornoz, Toledo, Cazorla, Rodríguez
Tavera y tantos otros, amén de los de muchos nobles aragoneses y
franceses.
No se hizo esperar el ataque. Los brillantes escuadrones de las dos
grandes órdenes militares se adelantaron en formación perfecta, y cuando
ya los arqueros preparaban sus armas vieron con sorpresa que sus
enemigos se detenían, blandiendo lanzas y espadas, y que de sus filas se
adelantaban dos guerreros armados de punta en blanco, caladas las
viseras y con grandes penachos blancos que sobre los relucientes yelmos
ondeaban al viento. Alzados ambos sobre los estribos y blandiendo las
lanzas, era evidente que dirigían un reto á los caballeros ingleses.
--¡Un cartel, por vida mía! gritó el barón, brillándole el único ojo que
tenía descubierto. No se dirá que el barón de Morel ha rehusado tan
cortés propuesta. ¿Y vos, Fenton?
La contestación del caballero inglés fué saltar sobre su caballo, y
empuñando, como el barón, la lanza y embrazando el escudo, ambos jinetes
descendieron con peligrosa rapidez la enhiesta pendiente, en dirección á
los dos campeones castellanos, que á su vez les salieron al encuentro.
Era el contrincante de Guillermo Fenton un apuesto caballero, joven y
vigoroso en apariencia, cuya lanza dió en el escudo del inglés tan recio
golpe que lo partió en dos, á tiempo que la acerada lanza de Fenton le
atravesaba la garganta, derribándolo moribundo. Impulsado Sir Guillermo
por el entusiasmo del triunfo y el ardor del combate, siguió su furiosa
carrera y desapareció entre las apretadas filas de los caballeros de
Calatrava, que en un abrir y cerrar de ojos dieron cuenta del valeroso
campeón inglés.
El barón en tanto había hallado un competidor digno de su esfuerzo y
bríos en guerrero tan famoso como Don Sebastián de Gomera, lanza
escogida de los caballeros de la Orden de Santiago. Acometiéronse con
tal furia que al primer encuentro quedaron rotas ambas lanzas, y
empuñando los aceros se atacaron con denuedo sin igual. Largo fué el
combate, brillantes los golpes y paradas que demostraron la pericia de
ambos, hasta que impaciente el de Santiago hizo saltar á su caballo
hasta tocar al del inglés, y abalanzándose sobre el barón le rodeó el
cuerpo con sus brazos. Cayeron al suelo ambos enemigos estrechamente
unidos, logró el castellano dominar á su adversario, de cuerpo más
endeble que el suyo, y posándole una rodilla en el pecho alzó el brazo
armado para poner de una estocada fin al furioso combate. Pero nunca
llegó á dar el golpe mortal. La espada del barón, rápida como el rayo,
entró oblícuamente por debajo del levantado brazo de su enemigo, y éste
cayó pesadamente en tierra, lanzando ahogado grito. Confusa gritería de
aplauso y de despecho se dejó oir en uno y otro bando y el barón,
saltando sobre su caballo, se lanzó hacia la altura, á la vez que los
sitiadores emprendían el ataque de la posición inglesa.
Los arqueros los recibieron con una granizada de flechas que hicieron
morder el polvo á filas enteras de los asaltantes. Inútiles fueron los
esfuerzos denodados de éstos por llegar hasta la altura; la estrechez y
la pendiente del camino y los obstáculos que añadían á su paso los
cuerpos de hombres y caballos hacinados y revolcándose en sangrientos
montones sólo les permitían avanzar lentamente, haciéndolos fácil blanco
de las flechas enemigas, y muy pronto se oyó el toque de retirada.
Felicitábanse los arqueros cuando descubrieron otro enemigo aun más
temible que las impotentes lanzas de los jinetes. Numerosos honderos
castellanos habían tomado posesión de otras alturas cercanas y desde
ellas lanzaron mortíferas piedras, con fuerza y acierto tal que en pocos
momentos quedaron tendidos sin vida el veterano Yonson y algunos otros
arqueros y malheridos quince de éstos y seis hombres de armas.
Parapetáronse los ingleses lo mejor que pudieron detrás de los peñascos,
tendiéronse muchos en el suelo y dirigieron sus certeras flechas contra
los honderos.
--¡Barón! exclamó en aquel momento el señor de Burley; acaba de decirme
Simón que no nos quedan más de doscientas flechas por junto. ¿Qué hacer?
En mi opinión ha llegado la hora de parlamentar ó de morir casi
indefensos.
--¡Por lo pronto, contestó el barón de Morel arrancándose el parche que
por tanto tiempo cubriera su ojo izquierdo, creo haber cumplido mi voto
dando muerte en leal combate á uno de los más pujantes y famosos
caballeros enemigos! Y ahora ¡á morir matando!
--Lo mismo digo, asintió tranquilamente Oliver de Butrón, enarbolando
pesada maza.
--¡Disparad hasta vuestra última flecha, arqueros! gritó el de Morel.
¡Entonces os quedarán todavía espadas y hachas para vender caras
vuestras vidas!
CAPÍTULO XXXIII
"LA ROCA DE LOS INGLESES"
Como si el enemigo hubiera oído ó adivinado las palabras del intrépido
jefe, alzóse entonces en todo el valle y en las cumbres vecinas el grito
de venganza y exterminio de aquella raza aguerrida, que llevaba siglos
enteros de lucha con los árabes y que preparaba el anonadamiento de otro
puñado de invasores, no menos odiados que los sectarios de Mahoma.
Cruenta y terrible fué la lucha, tan larga, tan encarnizada que aun hoy
día conserva memoria de ella la tradición y entre los montañeses de la
comarca se conoce el teatro de la hecatombe con el nombre de la "Roca de
los Ingleses."
Mas no cedieron éstos al segundo asalto. Agotadas muy pronto las flechas
de los arqueros, lucharon desesperadamente con espadas, picas, hachas y
mazas, aprovechando todas las ventajas de su posición. Por fortuna, el
combate cuerpo á cuerpo impidió á los honderos castellanos continuar su
obra de destrucción. Sitiadores y sitiados luchaban confundidos en el
único punto del camino por donde podía escalarse la altura y allí
acudieron, dando el ejemplo á sus soldados, los pocos nobles ingleses
que rodeaban al barón. Momentos hubo en que éste, Roger y Butrón
hubieran perecido sin el oportuno refuerzo del escocés Burley al frente
de los veteranos de Gales, que cayeron sobre el enemigo con furia sin
igual, obligándole á retroceder buen trecho. Pero las pérdidas de los
sitiados eran irreparables, al paso que los castellanos tenían
escuadrones y compañías enteras de reserva en el valle, imposibilitados
unos y otras de tomar parte en la lucha hasta entonces por las
condiciones del terreno.
Un gigantesco caballero de Santiago llegó á escalar los últimos
peñascos, y derribando á tres arqueros de otros tantos golpes blandía de
nuevo la tajante espada, cuando le asió entre sus nervudos brazos el
animoso Sir Oliver. Forcejeando furiosamente ambos enemigos, y rodando
por el suelo en mortal abrazo, llegaron al borde de la elevada planicie
y cayeron despeñados en el horrendo precipicio. La espada de Simón y la
enorme hacha de Tristán brillaban al sol y golpeaban incesantemente
sobre las cabezas enemigas, en primera línea. Reno cayó á su lado,
malherido, y también pereció allí Sir Ricardo Causton. El señor de
Morel, cubierto de sangre, hacía prodigios de valor, acudiendo á todas
partes, animando y dirigiendo á sus soldados, seguido de cerca por
Roger, que devolvía golpe por golpe, más ganoso de proteger á su señor
que á sí mismo. Por último, los arqueros y hombres de armas que formaban
á derecha é izquierda del lugar donde era más encarnizada la lucha,
hicieron un esfuerzo supremo y precipitándose sobre los sitiadores,
persiguiéndolos y atacándolos con desesperación, hicieron retroceder un
tanto aquella incesante columna enemiga, en la que parecían no hacer
mella las incesantes bajas.
Mientras se rehacían las fuerzas castellanas y consultaban sus jefes,
aquella retirada parcial proporcionó á los ingleses que aun quedaban con
vida el descanso que tanto necesitaban. Grandes habían sido sus
pérdidas. De los trescientos setenta hombres que contaban al emprender
la defensa de aquella altura, no quedaban en pie más de ciento
cincuenta, heridos muchos de ellos. Entre los muertos se contaban ya los
valientes nobles Burley, Butrón y Causton y los veteranos Yonson y Reno.
Ni fué completo el respiro de los sobrevivientes, porque apenas
deslindados los campos reanudaron el ataque los honderos posesionados de
las cumbres inmediatas.
--Ahora más que nunca me enorgullezco de mandaros, dijo el barón
contemplando con amor al puñado de héroes que le rodeaba. ¿Qué es eso,
Roger? ¿Estás herido?
--Un rasguño, señor barón, contestó el escudero restañando la sangre de
un tajo que le cruzaba la frente.
--Deseo hablarte, Roger, y también á vos, Norbury, dijo el barón
dirigiéndose al escudero de Sir Oliver.
Los tres se encaminaron al extremo opuesto de la elevada planicie, bajo
la cual se veía la roca cortada casi á pico, con algunos peñascos
salientes de trecho en trecho.
--Es indispensable, continuó el señor de Morel, que el príncipe tenga
noticia exacta de lo ocurrido. Podremos quizás resistir otra acometida
porque no pueden atacarnos todos á la vez, pero el fin no está lejano.
En cambio, la llegada de auxilios oportunos permitiría prolongar la
defensa de esta posición y salvar la vida de los que aún quedasen
defendiéndola. ¿Véis aquellos caballos que pastan allá bajo, entre las
rocas?
--Sí, señor barón, contestaron los escuderos.
--¿Y aquel sendero que se pierde más lejos entre los árboles y parece
conducir al otro extremo del valle? Un jinete resuelto podría quizás
llegar hasta el campo del príncipe, ó cruzarse en el camino con las
fuerzas de Sir Hugo Calverley, que no deben de estar muy lejos, y
procurarnos el ansiado socorro. Hé aquí una cuerda suficientemente larga
y fuerte para que uno de vosotros pueda bajar hasta los primeros
peñascos de la hondonada. ¿Qué decís?
--Digo, señor, replicó Roger, que estoy pronto á obedeceros ahora mismo.
Pero ¿cómo apartarme de vos en estas circunstancias?
--Para servirme mejor y quizás para salvarme, Roger. ¿Y vos, Norbury?
Por toda respuesta el escudero, no menos animoso que Roger, asió la
cuerda y empezó á asegurarla firmemente en torno de una saliente roca.
Después se quitó algunas piezas de la armadura, ayudado por Roger, que
hizo lo propio con la suya, mientras el barón continuaba, dirigiéndose á
Norbury:
--Si el príncipe ha pasado ya con el grueso del ejército, indagad como
podáis el paradero de Chandos, Calverley ó Nolles. ¡Dios os proteja!
El barón y Roger, profundamente conmovidos, siguieron con la vista,
inclinados sobre las rocas, el peligroso descenso del joven escudero.
Llegado había éste á corta distancia y trataba de apoyar el pie en una
hendidura de la roca, cuando recibió la primera descarga de los honderos
enemigos. Una de las piedras le alcanzó de lleno en la sien y
extendiendo los brazos cayó desplomado al abismo.
--Si Dios no me da mejor fortuna que á ese infeliz, dijo Roger al barón,
hacedme la merced de decir á vuestra hija que he muerto pensando en ella
y con su nombre en los labios.
Las lágrimas asomaron á los ojos del noble guerrero, que poniendo ambas
manos en los hombros de Roger lo besó cariñosamente. El joven corrió á
la cuerda y se deslizó por ella con gran presteza; las piedras lanzadas
por las hondas enemigas se estrellaban contra la roca, una le rozó los
cabellos y por fin otra le alcanzó en un costado, ocasionándole vivísimo
dolor. Llegado, sin embargo, al extremo de la cuerda, se dejó caer desde
no pequeña altura sobre la cumbre del más alto risco, que quedaba al pie
de la formidable roca donde se hallaban sitiados sus amigos. Tan alta
era ésta que todavía tuvo que descender Roger más de veinte varas, por
una escarpada pendiente que apenas le ofrecía punto de apoyo.
Aferrándose desesperadamente á las plantas silvestres que crecían en las
hendiduras de las rocas, poniendo los pies en ligerísimas depresiones
del inclinado plano, ó en piedras que con frecuencia se desprendían y
amenazaban arrastrarlo consigo, expuesto á morir diez veces, llegó por
fin á terreno firme y saltando de roca en roca ó corriendo entre los
matorrales, se vió sano y salvo en la planicie que desde arriba le había
mostrado el barón y donde pacían algunos caballos. Tendía ya la mano
para asir la brida de uno de ellos, cuando recibió en la cabeza fuerte
pedrada que lo derribó aturdido.
El hondero autor de aquella hazaña, viendo á Roger solo y exánime y
juzgando por el aspecto y traje del joven que se trataba de un caballero
inglés, comenzó á bajar precipitadamente de la colina donde se hallaba
apostado con otros, ansioso de despojar á su víctima y sabedor de que
los arqueros habían agotado todas sus flechas. Pero no contaba con
Tristán de Horla, que levantando con sus forzudas manos pesado peñasco
lo dejó caer á plomo sobre el hondero, al pasar éste al pie de la roca,
con tanto tino que le destrozó un hombro, derribándolo al suelo, donde
empezó á dar grandes gritos. Al oírlos se incorporó Roger, miró en
derredor como atontado, y de pronto vió uno de los caballos que á pocos
pasos de él estaba. Un momento le bastó para ponerse en la silla y
lanzarse al galope por el sendero que debía conducirlo fuera de aquel
valle fatal. Pero bien pronto conoció que iban á faltarle las fuerzas;
sintió en el costado un dolor atroz, nublóse su vista y haciendo un
esfuerzo supremo se inclinó sobre el cuello del caballo, lo estrechó
fuertemente entre sus brazos y cerró los ojos, casi insensible ya á
cuanto le rodeaba.
Nunca supo Roger lo que duró aquella carrera desenfrenada. Cuando volvió
en sí se halló rodeado de soldados ingleses que le prestaban solícitos
cuidados. Era un destacamento de doscientos arqueros y hombres de armas
mandados por el temible Hugo de Calverley, quien á las primeras palabras
de Roger despachó mensajeros con dirección al cercano campamento del
príncipe y poniéndose al frente de sus soldados se lanzó al galope en
auxilio del barón de Morel. Con él fué también Roger, atado sobre el
caballo que le conducía, casi exánime por la pérdida de sangre, los
golpes recibidos y las peripecias de aquella tremenda jornada.
Llegados los ingleses á una altura que dominaba en parte el valle
divisaron en la cima de la roca convertida en fortaleza la bandera
castellana. El enemigo se había apoderado por fin de aquel baluarte con
tanto heroísmo defendido. Pero la lucha no había cesado por completo; en
un extremo de la elevada planicie oponía todavía débil resistencia un
puñado de ingleses. Aquel espectáculo arrancó un grito de furor á Sir
Hugo y sus soldados, que clavando las espuelas en los ijares de sus
caballos se lanzaron, ciegos de ira, contra los escuadrones enemigos.
El furioso ataque sorprendió á éstos sobre manera, é ignorantes del
número de sus enemigos y creyendo que los rodeaba el grueso del ejército
inglés que se hallaba por aquellos contornos, dieron la señal de
retirada, apresurándose á dejar el valle en busca de posición más
favorable para la defensa.
Los ingleses no pensaron en continuar su ataque ni en perseguirlos. Su
principal anhelo era llegar á la altura donde esperaban rescatar á
algunos de sus amigos. Triste cuadro se ofreció á su vista; montones de
muertos y heridos castellanos y leoneses, franceses é ingleses; y mas
allá, al pie de una roca, siete arqueros, con el indomable Tristán de
Horla en el centro, heridos todos pero no vencidos todavía, blandiendo
las ensangrentadas espadas y saludando á sus salvadores con un grito de
bienvenida.
--¡Tremenda lucha y defensa heróica la vuestra! exclamó Sir Hugo,
contemplando con asombro aquella escena asoladora. Pero ¿qué es eso?
¿También habéis hecho prisioneros? continuó diciendo al ver á Don Diego
de Álvarez desarmado entre los arqueros.
--Sólo uno, y me pertenece, respondió Tristán. Lo he custodiado y
defendido cuidadosamente, porque representa mi fortuna y la de mi
viejecita madre si vuelvo á verme algún día en Horla....
--Tristán, ¿dónde está el barón de Morel? interrumpió Roger
ansiosamente.
--Creo que ha perecido, como casi todos. Yo ví al enemigo poner su
cuerpo sobre un caballo. Estaba desvanecido ó muerto y se lo
llevaron....
--¡Dios del cielo! ¿Y Simón?
--También le ví arrojarse espada en mano sobre los captores de nuestro
señor, y no sé si lo mataron ó lo hicieron prisionero.
--¡Den los clarines la orden de marcha! gritó Sir Hugo con voz tonante.
¡Maldición! ¡Volvamos al campo, y os prometo que antes de tres días
habremos vengado al barón de Morel! Cuento con vosotros, valientes, y
desde ahora quedáis incorporados á mi escuadrón predilecto.
--Somos arqueros y pertenecemos á la Guardia Blanca, señor, se aventuró
á decir Tristán.
--¡Ah, sí! ¡La famosa Guardia Blanca! repuso el gran guerrillero inglés,
mirando tristemente en torno. Pero la Guardia ya no existe; la muerte se
ha encargado de desbandarla. Cuidadme bien á ese valiente escudero,
porque temo que no vuelva á ver la luz del sol, añadió señalando á Roger
desfallecido. ¡En marcha!
CAPÍTULO XXXIV
REGRESO Á LA PATRIA
Nos hallamos en Inglaterra, en una hermosa mañana de Julio, cuatro meses
después de los sucesos que quedan relatados. Por el camino que conducía
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