--No pretendo aventajaros como tirador, repuso Yonson, pues conozco vuestra fama; pero sí quería demostrar que con el arco es posible hacer lo que no hubierais podido realizar con vuestra ballesta en igual tiempo, dado el que necesitáis para armarla y disparar por segunda vez. --Cierto es ello, pero ahora me toca á mí enseñaros una ventaja de la ballesta sobre el arco. Tended el vuestro cuanto podáis y lanzad la flecha lo más lejos que alcance. Mi dardo la dejará muy atrás. Marca las distancias, Arnaldo, clavando en tierra una pica á cada cien pasos y espérate junto á la quinta para recoger y traerme mis dardos. Hízolo así el soldado y momentos después partía silbando la flecha de Yonson. --¡Más allá de la cuarta pica! gritó Simón. --¡Bravo, Yonson! exclamaron los arqueros. --¡Cuatrocientos veinte pasos! dijo un ballestero que con Arnaldo acababa de medir la distancia exacta y llegó corriendo al grupo. --Pues ahora veréis cómo vuela un buen dardo del Brabante, dijo tranquilamente el ballestero. --¡Por la cruz de Gestas! gruñó Tristán, ha caído cerca de la quinta pica. --¡No, más allá, más allá! gritaron entusiasmados los flamencos. --¡Quinientos ocho pasos! voceó Arnaldo y repitieron todos con asombro. --¿Cuál de las dos armas vence ahora? preguntó orgullosamente el ballestero. --En el tiro á distancia, la vuestra lleva la ventaja, lo confieso, replicó Yonson cortésmente. --¡Poco á poco! gritó en aquel punto nuestro amigo Tristán con un vozarrón tremendo y adelantándose hasta llegar junto al engreído ballestero. Este arco que aquí véis alcanza más lejos que esa maquinaria vuestra, con molinillo y todo, y os lo voy á probar ahora mismo. ¿Preferís tirar otra vez? --Me atengo á los quinientos ocho pasos de mi último dardo. --Pues allá va el mío camino de los seiscientos, dijo el gigantesco arquero tendiéndose en el suelo, poniendo un pie en cada extremo de su arco y tirando vigorosamente de la cuerda, después de colocar en ella larguísima flecha. --Vas á hacer un pan como unas hostias, gandul, le dijo Simón. ¿De cuándo acá pretendes tú superar á los arqueros veteranos? --Calma, Simón, que esta es una treta mía y yo sé lo que me hago. --¡Bien por Tristán! ¡Rompe el arco si es preciso, camarada! vocearon los arqueros. --¿Quién es aquel imbécil que está allí plantado, camino de mi flecha? preguntó Tristán alzando la cabeza y mirando hacia la última pica. --Es mi soldado Arnaldo, que marca el lugar donde cayó mi dardo y sabe que allí nada tiene que temer de vos, dijo el ballestero. --¿No? ¡Pues que Dios lo perdone! exclamó Tristán tendiéndose de nuevo en el suelo, afirmando los pies y tirando de la cuerda hasta hacer crujir el arco. ¡Allá va! El silbido de la flecha se oyó á gran distancia; el medidor del terreno se arrojó de cara al suelo y levantándose enseguida echó á correr en dirección opuesta al grupo que formaban los tiradores. --¡Aprieta, Tristán! ¡Si no se tira al suelo no lo cuenta! ¡Bien, muchacho! exclamaron los arqueros. ---¡Mon Dieu!- No he visto jamás proeza igual, dijo el de Brabante. --Lo dicho, es una treta mía con la cual me he ganado muy buenos cuartillos de cerveza allá en las ferias de Hanson, repuso Tristán levantándose y sonriendo satisfecho. --La flecha ha caído á ciento treinta pasos más allá de la quinta pica, dijeron varios arqueros y soldados. --¡Seiscientos treinta pasos! Es un tiro descomunal, pero nada prueba á favor de vuestra arma, robusto amigo, porque para llegar á tal distancia os habéis convertido vos mismo en arco y eso no era lo pactado. --¡No deja de ser verdad lo que decís! asintió Simón riéndose. Pero probados ya el tiro al blanco y el de distancia, voy á demostraros á mi vez cómo el arco gana á la ballesta en fuerza de penetración. ¿Véis aquel escudo, en la altura? Es de roble recubierto de cuero. Clavad en él vuestro dardo lo más profundamente que podáis. --Allá va, dijo el ballestero, á quien imitó Simón después de ensebar con cuidado la punta de su flecha. --Tráeme el escudo, Elías, dijo Simón á un arquero. Cariacontecidos quedaron los ingleses y grande fué la risa de los de La Nuit y Brabante al ver que el sólido escudo sólo tenía el dardo del ballestero clavado profundamente y ni señales de la flecha de Simón. --¡Por vida de los tres reyes! exclamó el flamenco. Ni siquiera habéis dado en el blanco, seor inglés. --¿No, eh? replicó el veterano con sorna; y dando vuelta al escudo señaló en la cara interior de éste un pequeño agujero. ¿Véis esto? Pues es que ha sucedido lo que yo esperaba; vuestro dardo ha quedado atarugado en el roble á poco de atravesar el cuero, en tanto que mi flecha ha horadado el escudo de parte á parte. El semblante del oficial reveló su humillación y su disgusto, pero antes de que pudiera despegar los labios llegó al galope Roger, que dirigiéndose á los arqueros les dijo: --Nuestro capitán el barón de Morel me sigue de cerca y quiere hallar reunidos á sus soldados para darles en persona una buena noticia. Arqueros y hombres de armas se calaron á toda prisa los cascos, endosaron cotas de malla y coletos, asieron sus respectivas armas y en dos minutos quedó perfectamente formada la Guardia Blanca. Poco después llegó el barón al trote de su brioso corcel y contempló con evidente satisfacción el marcial aspecto de su gente. --Soldados, les dijo, vengo á anunciaros que la Guardia Blanca acaba de ser objeto de un alto honor. El príncipe nos ha elegido para formar la vanguardia y seremos los primeros en atacar al enemigo. Si alguno de vosotros vacila en este momento.... --¡Os seguiremos hasta el último! ¡Viva nuestro capitán! gritaron á una los arqueros. --Bien está. ¡Por San Jorge! no esperaba menos de vosotros. Nos pondremos en marcha mañana al despuntar el día, y montaréis los caballos de la compañía Loring, que por ahora queda incorporada á la reserva. Hasta mañana. Los arqueros rompieron filas con mil exclamaciones de contento, palmoteando y abrazándose como si acabasen de ganar una victoria. Contemplábalos sonriente el barón cuando cayó sobre su hombro una pesada mano y volviéndose halló el rostro coloradote y mofletudo de Sir Oliver Butrón. --¡Aquí tenéis otro recluta, caballero andante! le dijo el rollizo guerrero. Acabo de saber que seréis el primero en marchar camino del Ebro y con vos me largo aunque no queráis. --¡Bienvenido, Oliver! Vuestra compañía, á más de gustosa, es honra para mí. --Pero debo confesaros con franqueza que tengo para ello una razón poderosa.... --Sí, vuestro deseo de hallaros siempre donde hay peligros que correr y lauros que conquistar. --No precisamente.... --¿Qué buscáis, pues? --Gallinas. --¿Eh? --Os explicaré. Hasta ahora hemos debido de tener por vanguardia una partida de gentes famélicas, á juzgar por la limpia de vituallas que han hecho en todo el camino. Desde que salimos de Dax trae á la grupa mi escudero un saco de exquisitas trufas, pero estad seguro de que no hallaremos una sola gallina ni un mal pollastre con que comerlas mientras no dejemos atrás á esos voraces merodeadores. Y hé aquí por qué, mi buen León, me alisto desde ahora bajo vuestra bandera, con trufas y todo. --¡Siempre el mismo, Oliver! dijo el barón riéndose de la salida de su amigo é invitándolo á entrar en su tienda. CAPÍTULO XXXI DE CÓMO TRISTÁN Y EL BARÓN HICIERON DOS PRISIONEROS Dos días de acelerada marcha llevaron al barón y su gente á la orilla opuesta del rápido Arga y más allá de Estella, hasta dejar atrás los valles y las cañadas de Navarra y hallarse frente al anchuroso Ebro, en cuyas riberas se alzaban numerosos caseríos. Durante toda una noche contemplaron los sorprendidos habitantes de Viana el paso del río por aquella tropa, que hablaba una lengua extraña á sus oídos y cuyas armas y equipo llamaban no menos poderosamente su atención. Desde aquel momento se hallaba la Guardia Blanca en tierra de Castilla y la próxima jornada los dejó en un pinar cercano á la ciudad de Logroño, en el cual se detuvieron para tomar hombres y caballos el muy necesitado descanso, mientras los jefes celebraban consejo presidido por el barón. Tenía éste consigo á los señores Guillermo Fenton, Oliver de Butrón, Burley, llamado el caballero andante de Escocia, Ricardo Causton y el conde de Angus, distinguidos todos ellos entre los primeros caballeros del ejército. Componían el resto de la fuerza sesenta hombres de armas veteranos y trescientos veinte arqueros. Don Enrique de Trastamara, rey de Castilla, se hallaba acampado con su ejército á unas diez leguas de distancia en dirección á Burgos, según informes suministrados al barón por numerosos espías. Por éstos supo también que el monarca castellano mandaba poderosa hueste de cuarenta mil infantes y veinte mil caballos. Largas fueron las deliberaciones del consejo, y aunque Fenton y Burley sostuvieron que la misión de la vanguardia quedaba bien cumplida por entonces, pues habían averiguado la posición y número del enemigo, y que era temeridad continuar allí con sólo cuatrocientos hombres, entre un ejército de sesenta mil y un caudaloso río, prevaleció la opinión del señor de Morel y otros caballeros, que no querían repasar el Ebro sin ver á un solo enemigo ni intentar hazaña ó aventura por arriesgada que fuese. Continuaron, pues, la marcha, protegidos por la obscuridad de la noche y guiados por un pastor de cuya guarda se encargó Reno, empezando por atarle sólidamente una muñeca con recia cuerda cuyo otro extremo aseguró al arzón de su silla. Momentos después de amanecer, cuando ya el paso por aquellas breñas iba haciéndose harto difícil, les anunció temblando su guía que en la obscuridad había perdido el camino; palabras que indignaron á los arqueros más próximos, sospechosos de una traición y que á punto estuvo de costar la vida al pastor, cuando repentino toque de cornetas y tambores reveló á los expedicionarios la inmediación del enemigo. --¡Habla, villano! ¿Qué significa ese rumor? preguntó en buen castellano el señor de Fenton al tembloroso guía. --¡Ya sé dónde estamos! exclamó éste. El ejército acampa en aquel valle. Salgamos de esta cañada y desde esa altura que á la izquierda queda veréis las tiendas del rey. Tomó Fenton ladera arriba, siguiéronle sigilosamente los otros y al llegar á la cumbre miraron con precaución el barón y los caballeros por entre rocas y matorrales. El cuadro que el inmediato valle ofreció á su vista los dejó atónitos. Frente á ellos se extendía una gran llanura cubierta de verde hierba y por la que serpenteaban dos riachuelos. En todo el valle, hasta donde alcanzaba la vista, millares de blancas tiendas, adornadas muchas de ellas con enseñas y pendones de los altivos señores castellanos y leoneses. Á gran distancia, en el centro de aquella improvisada ciudad, una tienda mayor y más vistosa que todas las restantes era sin duda la vivienda del monarca. El toque que habían oído los ingleses era la primera llamada matutina; el campamento despertaba, numerosos soldados salían de las tiendas, dirigiéndose unos al riachuelo más cercano y preparando y encendiendo otros multitud de fogatas que empezaron á desprender columnas de humo. Largo rato continuaron en acecho los ingleses y vieron que algunos grupos de nobles castellanos, montando sus hermosos corceles y seguidos de pajes que llevaban halcones y azores adiestrados, se preparaban á entregarse á su ejercicio favorito de la caza. Á su lado corrían y saltaban grandes lebreles. --Arrogantes galanes, á fe mía, dijo Simón á Roger, que olvidado de todo contemplaba con embeleso espectáculo tan nuevo para él. --Lo que yo pienso, dijo á su vez Tristán, es que si pudiera apoderarme de uno de aquellos alegres jinetes y hacerle pagar rescate, podría también comprarle a mi madre un par de vacas.... --No seas cernícalo, Tristán, repuso Simón. Dí más bien que con el rescate podrías comprar una hermosa granja inglesa y diez aranzadas de terreno á orillas del Avón. --¿Sí? Pues allá voy á traerme uno de ellos, exclamó Tristán haciendo ademán de bajar al valle y en voz tan alta que llamó la atención de Morel. --Nadie se mueva, ordenó éste. Quitáos los cascos y bajad las armas para que el brillo del acero á los rayos del sol no llame la atención del enemigo. Aquí hemos de aguardar ocultos hasta la noche. Así lo hicieron, temiendo verse descubiertos y aniquilados de un momento á otro, cosa que pareció inevitable cuando á eso de mediodía vieron subir por el sendero del valle á un apuesto caballero, ligeramente armado, que montaba un caballo blanco y llevaba posado sobre el puño izquierdo un halcón. El cazador siguió trepando hasta llegar á la cumbre, obligó á su caballo á trasponer la valla natural que formaban los arbustos y cuando menos lo esperaba se halló rodeado de los extraños guerreros allí ocultos. Lanzando una exclamación de sorpresa y despecho hizo volver grupas á su caballo, derribó éste á los dos arqueros que intentaban detenerlo é iba ya á lanzarse al galope hacia el valle, cuando caballo y caballero se vieron detenidos bruscamente por las férreas manazas de Tristán. Un momento después yacía el jinete derribado en el suelo. --Rescate tenemos, dijo Tristán. --Si no me engaño, arquero, dijo el barón adelantándose después de mirar atentamente al sorprendido cautivo, acabas de hacer prisionero al noble caballero español Don Diego de Álvarez, á quien tuve la honra de ver un tiempo en la corte de nuestro príncipe. --Don Diego soy, repuso el caballero, y preferiría mil veces la muerte á verme hecho prisionero en una emboscada y por las villanas manos de un arquero.... Tomad vos mi espada, señor capitán. --Poco á poco, caballero, dijo el barón. Sois prisionero del soldado que os ha hecho cautivo, mozo valiente y honrado. Potentados de más alto rango que vos hanse visto antes de ahora prisioneros de arqueros ingleses.... --¿Qué rescate pide ese hombre? interrumpió el castellano. --Pues yo, dijo titubeando Tristán cuando le hubieron traducido la pregunta, quisiera unas cuantas vacas, y una casita aunque fuese pequeña, con su huerto y.... --¡Basta, basta! dijo el barón con gran risa. Déjame arreglar este asunto por tí, arquero. Todo lo que el soldado quiere, Don Diego, puede comprarse con dinero, y creo que cinco mil ducados no es mucho pedir por la libertad de tan renombrado caballero. --Le serán pagados. --Me veo obligado, eso sí, á reteneros entre nosotros por algunos días, y á pediros permiso para usar vuestra armadura, escudo y caballo en una expedición que proyecto. --Mi arnés, armas y caballo vuestros son por la ley de la guerra. --Pero os serán devueltos. Coloca centinelas, Simón, ahí en la entrada del paso y una guardia de arqueros con armas preparadas por si algún otro caballero nos visita. Pasaron las horas y los ingleses siguieron vigilando todos los movimientos de la gran hueste enemiga. Al caer la tarde se notó gran agitación en el campo y luégo fuertes clamores y el toque de cien cornetas. No tardó en descubrirse la causa; por el camino más lejano del punto donde se hallaban agazapados los arqueros llegaba una fuerte columna, nuevos refuerzos para el ejército castellano. --¡El diablo me lleve, dijo por fin Burley, si al frente de esos caballos no ondea el estandarte con la doble águila de Duguesclín! --Así es, dijo el de Angus, y con él los caballeros franceses alistados en Bretaña y Anjou. --Cuatro mil jinetes lo menos, repuso Guillermo Fenton. Y allí veo al gran Bertrán en persona, junto á su bandera. El rey Enrique sale á su encuentro con heraldos, caballeros y pendones. Vedlos que juntos se dirigen hacia la tienda real. En tanto el barón de Morel había revestido la armadura de su prisionero Don Diego y tan luego se puso el sol dió orden á su gente de preparar las armas. --Señor de Fenton, dijo, he resuelto intentar no pequeña empresa y os he elegido para mandar á nuestros soldados en una salida y sorpresa al campamento castellano. Antes saldré yo con dirección al centro del campo, con sólo mi escudero y dos arqueros. Caed sobre el enemigo cuando me veáis llegar á la tienda del rey. Dejaréis veinte hombres aquí, en el sendero que parte de la cañada, y regresaréis apresuradamente á este mismo lugar después de vuestro rápido ataque. --¿Qué proyectáis, Morel? --Después lo veréis. Roger, me seguirás llevando por la brida un caballo de repuesto. Que vengan con nosotros, bien montados, los dos arqueros que nos acompañaron en nuestro viaje por Francia, y en quienes tengo confianza absoluta. Dejarán aquí sus arcos y ni ellos ni tú diréis palabra, aunque os hablen en el campo. ¿Estás pronto? --Á vuestras órdenes, señor barón, dijo Roger. --¡Y también nosotros! exclamaron Simón y Tristán, montando y adelantándose á su vez. --En vos confío, Fenton, dijo el barón. Si Dios nos protege hemos de vernos reunidos otra vez aquí antes de una hora. ¡Adelante! Montó el barón el blanco caballo de Don Diego de Álvarez, y salió tranquilamente de su escondite seguido de sus tres compañeros. Llegados al valle hallaron multitud de grupos de soldados y caballeros castellanos y franceses que fraternizaban, por entre los cuales pasaron sin que su presencia llamase la atención, y deslizándose entre las filas de tiendas no tardaron en hallarse frente á la que ostentaba el estandarte real. En aquel momento estallaron grandes gritos de sorpresa y terror á la izquierda del campo, hacia donde se dirigieron velozmente millares de infantes y jinetes y muy pronto se oyó á lo lejos el rumor de furioso combate. Á excepción de algunos centinelas y pajes, cuantos se hallaban cercanos á la tienda real habían desaparecido, voceando y arma en mano, en dirección al lugar de la lucha. --¡He venido aquí á apoderarme del rey! dijo entonces el barón á los suyos; y lo conseguiré ó pereceré en la demanda. Roger y Simón cayeron en seguida sobre los hombres de armas que guardaban la puerta y los tendieron á los pies de sus caballos. Desmontaron rápidamente, como ya lo había hecho el barón y los tres se precipitaron en la tienda espada en mano, seguidos un momento después por Tristán que se había encargado de asegurar los cinco caballos cerca de la puerta. Oyéronse gritos y choque de armas dentro de la tienda y á los pocos instantes volvieron á salir los audaces guerreros, tintas en sangre las espadas y llevando Tristán á cuestas el cuerpo ricamente ataviado de un hombre desvanecido ó muerto, que en un abrir y cerrar de ojos quedó asegurado sobre el caballo de repuesto. Poco costó al barón y sus soldados, una vez montados, dispersar á los pajes y servidores del rey que los rodeaban, y se lanzaron al galope en dirección á la colina donde esperaban refugiarse. El inesperado y furioso ataque de Guillermo Fenton con sus cuatrocientos arqueros había llevado á medio campamento una confusión espantosa y sembrado la muerte á su paso. Multitud de jinetes castellanos corrían en todas direcciones, sin hallar al enemigo, confundiéndolo en la obscuridad con sus aliados los franceses. En tanto el barón, Roger y los dos arqueros con su cautivo salían del campo por otro lado, sin hallar á su paso más que dos á tres grupos de soldados, que sorprendieron y dispersaron fácilmente. Los pocos que dieron en perseguirlos retrocedieron á toda prisa al llegar á la cañada y oir las cornetas y atabales que allí tocaban furiosamente los veinte arqueros emboscados al efecto. Los perseguidores, como lo había previsto el barón, creyeron que una gran fuerza inglesa, quizás todo el ejército del Príncipe Negro, había tomado posesión de aquellas alturas. Lo mismo sucedió cuando poco después llegaron á escape y perseguidos los jinetes mandados por Sir Guillermo Fenton, sin que el enemigo se atreviera á continuar la persecución en la espesura, donde evidentemente se hallaban emboscados los ingleses en considerable número. --¡Contemplad mi conquista, Morel! gritó apenas llegado Oliver de Butrón, agitando sobre su cabeza un enorme jamón que había arrebatado al enemigo. Os convido, amigo barón, aunque es lástima que no tengamos una botella de buen vino con que rociarlo.... --Más tarde hablaremos, Oliver, dijo el barón jadeante. Por ahora lo que importa es marchar á toda prisa hacia el Ebro, por lo más cerrado del bosque. --¡Paciencia! dijo el señor de Butrón. Pero ¿quién es ese individuo que ahí traéis? --Un prisionero que acabo de hacer en la tienda real y que á juzgar por su ropaje y el escudo con las armas de Castilla bordado sobre el pecho espero sea el mismísimo rey Don Enrique. --¡El rey! exclamaron asombrados sus oyentes, rodeando al desconocido. --Os engañáis, barón, dijo Fenton, que miraba atentamente al cautivo. Dos veces he visto al de Trastamara y este hombre en nada se le parece. --Pues entonces ¡por el cielo! juro volver ahora mismo al campo y traerme al rey, vivo ó muerto. --Sería una temeridad inútil, barón. El campo enemigo está todo sobre las armas. ¿Quién sois vos? preguntó bruscamente Fenton en castellano, dirigiéndose al desconocido. ¿Y cómo no siendo el rey ostentáis el escudo de Castilla? El prisionero había vuelto en sí del desmayo que le ocasionaran los vigorosos puños de Tristán, que le habían apretado el pescuezo sin compasión ni miramientos. --Formo parte, dijo, de la guardia de nobles encargados de velar por la persona del rey. Mi soberano se hallaba por fortuna en la tienda destinada á Duguesclín cuando vos me sorprendisteis. Soy Don Sancho de Penelosa, caballero aragonés al servicio de su alteza Don Enrique de Castilla y pronto estoy á pagar el rescate que se me exija. --Guardaos en buenhora vuestro dinero, dijo el barón, profundamente disgustado con el fracaso de su atrevida empresa. Libre estáis. Decid á vuestro señor que un noble inglés, el barón León de Morel, ha hecho esta noche todo lo posible, aunque inútilmente, por ofrecerle sus respetos en persona. Otra vez será. ¡Y ahora, amigos míos, á caballo y en marcha! Había creído poder quitarme esta noche el parche que cubre mi ojo, pero por lo visto tengo que llevarlo puesto algún tiempo todavía. ¡En marcha! CAPÍTULO XXXII DONDE EL SEÑOR DE MOREL CUMPLE SU VOTO La mañana siguiente, desapacible y fría como muchas del mes de Marzo en aquellos contornos, halló á nuestros arqueros en un terreno pedregoso y al pie de elevadísimas rocas, cuyas cimas empezaba á dorar el sol naciente. En uno de los grupos que apresuradamente disponían el desayuno figuraban Reno, Simón y Yonson, más atentos á preparar sus flechas y afilar sus espadas que á vigilar el guiso, del cual cuidaba solícito el voraz Tristán. Roger y Norbury, el silencioso escudero de Sir Oliver, procuraban calentar al fuego de la hoguera sus manos ateridas. --¡Ya hierve el guisote! exclamó Yonson poniendo á un lado el espadón. ¡Á comer, antes de que nos den la orden de marcha ó nos caiga encima un nublado de castellanos y franceses! --¡Por vida de! dijo Simón mirando á su amigo Tristán, ahora que este cernícalo está en vísperas de recibir el cuantioso rescate de su prisionero desdeñará quizas comer con pobres arqueros. ¿Eh, Tristán? No más cubiletes de cerveza ni medias raciones de cecina, cuanto te veas otra vez en Horla, sino vino gascón á diario y carne asada hasta que te hartes. --Lo que en Horla haré, sargento, si allá llego otra vez, está por ver; lo que sí sé es que por ahora voy á meter mi casco en esa caldera y á comer cuanto pueda, por si no volvemos á ver un guiso en todo el día. --¡Bien dicho, muchacho! ¡Ea, cada cual para sí! ¿Á quién buscas, Robín? --El señor barón desea veros en su tienda, dijo á Roger un joven arquero. Apenas llegado Roger á presencia de su señor entrególe éste un abultado pergamino, diciendo: --Acaba de traérmelo un mensajero de Su Alteza, quien me dice que fué portador de ese y otros pergaminos un caballero recienllegado de Inglaterra al cuartel general. --Está dirigido á vos, señor barón y escrito, según aquí reza, "de mano de Cristóbal, siervo de Dios y Prior del monasterio de Salisbury." --Lee pronto, Roger. El joven escudero recorrió con la vista las primeras líneas, palideció y lanzó una exclamación de sorpresa y dolor. --¿Qué es ello? preguntó el barón. ¿Vas á darme malas noticias de la señora baronesa ó de mi hija Constanza? --¡Mi hermano, mi desgraciado hermano! exclamó Roger. ¡Hugo ha muerto! --Te trató en vida como á mortal enemigo, Roger, y no veo fundado motivo para que tanto sientas su muerte. --Era el único pariente que me quedaba en el mundo. Pero ¡qué noticias! ¡Cuánto inesperado desastre! Oid, señor barón. El prior escribía que poco después de la partida de Morel se había congregado en la granja de Munster y puéstose á las órdenes del díscolo Hugo de Clinton numerosa fuerza compuesta de aventureros, bandidos y gente perdida de toda la comarca, quienes después de derrotar á las gentes de justicia y soldados del rey enviados contra ellos, habían puesto sitio al castillo de Monteagudo, habitado por la esposa é hija del barón. Que la baronesa, lejos de entregar la fortaleza, había organizado y dirigido la defensa con tantos bríos y acierto tal que al segundo día, después de empeñados y mortíferos asaltos, había perdido la vida Hugo, el jefe de los sitiadores, y huído y dispersádose éstos. La carta terminaba dando las mejores noticias sobre la salud de ambas damas é invocando sobre el barón las bendiciones del cielo. --¡La profecía! dijo el barón tras larga pausa. ¿Recuerdas, Roger lo que nos dijo aquella noche memorable y fatal la esposa de Duguesclín? El asalto del castillo, el jefe de la barba rubia, todo, todo. ¡Es portentoso! Y á propósito, Roger; nunca te he preguntado por qué la noble profetisa dijo de tí que tenías el pensamiento puesto en el castillo de Monteagudo con más constancia y cariño que yo mismo.... --Quizás tuviera también razón al decirlo, señor, replicó el escudero ruborizándose, porque os confieso que en aquel castillo pienso todo el día y con él sueño de noche. --¡Hola! exclamó el barón. ¿Y cómo es eso, Roger? --Debo confesároslo. Amo á mi señora Doña Constanza, vuestra hija, con el más puro y profundo amor.... --Me sorprendes, doncel, dijo el barón frunciendo el ceño. ¡Por San Jorge! ¿sabes que es muy noble nuestra sangre y muy antiguo nuestro nombre? --También lo es el mío, señor barón, y muy noble la sangre heredada de mis mayores. --Constanza es nuestra única hija y cuanto tenemos le pertenecerá algún día. --También soy yo ahora el único Clinton, y muerto sin hijos mi hermano soy dueño y señor de Munster. --Cierto es. Pero ¿cómo no me has hablado antes del caso? --No podía hacerlo, señor barón, porque ni aun sé si vuestra hija me ama y no media entre nosotros oferta ni promesa. Quedóse pensativo el famoso guerrero y por fin se echó á reir. --¡Juro por San Jorge no tomar cartas en el asunto! exclamó. Mi muy amada hija es árbitra de su elección, pues la juzgo muy capaz de mirar por sí misma y elegir con acierto. La conozco, amigo Roger, y si como me figuro está ella pensando en tí como tú en ella, ni Enrique de Trastamara con sus sesenta mil soldados puede impedir que mi Constanza haga su voluntad y deje de amar á quien ame. Lo que sí me toca recordar aquí es que siempre he deseado para esposo de mi hija á un caballero valiente y cumplido. Tú, Roger de Clinton, estás en camino de ser una brillante lanza si Dios te protege. Sigue haciendo méritos y conquistando lauros. Pero basta de este asunto, que volveremos á tratar cuando veamos otra vez las costas de Inglaterra. Nos hallamos en situación gravísima é importa salir de ella cuanto antes. Hazme la merced de llamar al señor de Fenton, con quien deseo conferenciar antes de que nos alcance el enemigo en esta desventajosa posición. Obedeció Roger inmediatamente y sentándose después sobre apartada roca trató de recordar una á una las palabras del barón y su propia confesión; comparó también las desfavorables circunstancias que le rodeaban cuando por primera vez vió á su amada, novicio indigente y sin hogar, con la holgada posición que le creaba la prematura muerte de su hermano. Además, había sabido ganarse el aprecio y la confianza del barón, sus compañeros de armas lo consideraban como valiente entre los valientes de la Guardia Blanca, á pesar de sus pocos años, y sobre todo, el barón acababa de oir la revelación de su amor más complacido que enojado. El resultado de sus meditaciones fué la resolución de no abandonar aquellas montañas sin conquistar lauros brillantes, que acabaran de hacerle digno de merced tan alta y felicidad tan cumplida cual podía prometerse el futuro esposo de la encantadora Constanza de Morel. En aquel instante oyó Roger, tres veces repetida, la nota penetrante de un clarín, y saltando de la roca en que estaba sentado vió que los arqueros empuñaban sus armas y se dirigían apresuradamente hacia los caballos. Llegó en pocos momentos al grupo que formaban los jefes y oyó al señor de Fenton que decía: --No me queda duda, es el toque del clarín enemigo. Pero es imposible que las tropas de Enrique nos hayan dado alcance tan pronto. --Olvidáis, dijo el barón, los informes del villano á quien sorprendimos anoche. Un hermano del rey castellano, nos dijo, se había adelantado al grueso del ejército para hostigar á nuestras avanzadas con un cuerpo de seis mil jinetes y mucho me temo que nuestra precipitada marcha nos haya alejado de un peligro para hacernos caer en otro. --Así es, en efecto, dijo el de Angus. ¿Qué hacer? --Tomar posiciones en aquella altura y vender caras nuestras vidas, ó salvarlas si nos llegan refuerzos. La más alta de aquellas colinas, de difícil subida por todos lados y con una planicie bastante extensa en la cumbre, nos ofrece una admirable fortaleza natural. Dad, Fenton, la orden de marcha sin perder momento. Conservad, señores, vuestros caballos, pero que abandonen los suyos los soldados. Si vencemos nos sobrarán caballos del enemigo. Puesto que el jefe castellano nos ha descubierto y no se oculta, enseñémosle también los colores de nuestra bandera. Nuestras almas están en manos de Dios, nuestros cuerpos al servicio del rey. ¡Desenvainemos las espadas, por San Jorge é Inglaterra! El entusiasmo del barón se comunicó á sus soldados, y la Guardia toda escaló con resuelto paso la ladera menos pendiente, erizada de peñascos y cubierta de rocas sueltas que rodaban á su paso é iban á perderse, rebotando, en el fondo del valle. La altura á que por fin llegaron los arqueros ingleses constituía en efecto una posición fortísima, un enorme cono truncado desde cuya base superior podían barrer con sus flechas el pendiente camino que ellos acababan de recorrer con gran dificultad, al paso que por los otros lados la roca cortada á pico hacía la posición inexpugnable. La niebla que hasta entonces cubriera el valle comenzó á disiparse, flotando en grandes jirones que rozaban por un momento las copas de los árboles y luégo se elevaban desvaneciéndose en el espacio. El sol iluminó entonces los alrededores de la roca convertida en fortaleza y nobles y arqueros contemplaron con admiración la vasta fuerza que los cercaba. Brillaban los cascos y corazas de numerosos escuadrones y las voces que dieron y el toque de las cornetas y atabales indicaron también que habían descubierto el refugio de sus enemigos y que se preparaban para el ataque. El barón y sus jefes se reunieron ante los cuatro estandartes de su fuerza, que eran el de las armas inglesas, el de Morel y los de Butrón y Merlín, enseña este último de unos sesenta arqueros del país de Gales. --¿Véis, barón, aquella hermosa bandera bordada de oro que ondea al frente de las otras? preguntó Fenton. Pues es la de los famosos caballeros de Calatrava, y no lejos de ella la de la Orden de Santiago. En el centro el estandarte real, y ó mucho me engaño ó hay también en esa fuerza muchos caballeros franceses. ¿Qué decís á ello, Don Diego? El prisionero de Tristán de Horla contemplaba con alegría y entusiasmo las brillantes cohortes de sus compatriotas. --¡Por Santiago! exclamó. Vos y vuestros amigos váis á caer al empuje de los más afamados caballeros de León y Castilla. Manda esa fuerza un hermano de nuestro rey, y sin contar los gloriosos pendones de Calatrava y de Santiago, veo allí los de Albornoz, Toledo, Cazorla, Rodríguez Tavera y tantos otros, amén de los de muchos nobles aragoneses y franceses. No se hizo esperar el ataque. Los brillantes escuadrones de las dos grandes órdenes militares se adelantaron en formación perfecta, y cuando ya los arqueros preparaban sus armas vieron con sorpresa que sus enemigos se detenían, blandiendo lanzas y espadas, y que de sus filas se adelantaban dos guerreros armados de punta en blanco, caladas las viseras y con grandes penachos blancos que sobre los relucientes yelmos ondeaban al viento. Alzados ambos sobre los estribos y blandiendo las lanzas, era evidente que dirigían un reto á los caballeros ingleses. --¡Un cartel, por vida mía! gritó el barón, brillándole el único ojo que tenía descubierto. No se dirá que el barón de Morel ha rehusado tan cortés propuesta. ¿Y vos, Fenton? La contestación del caballero inglés fué saltar sobre su caballo, y empuñando, como el barón, la lanza y embrazando el escudo, ambos jinetes descendieron con peligrosa rapidez la enhiesta pendiente, en dirección á los dos campeones castellanos, que á su vez les salieron al encuentro. Era el contrincante de Guillermo Fenton un apuesto caballero, joven y vigoroso en apariencia, cuya lanza dió en el escudo del inglés tan recio golpe que lo partió en dos, á tiempo que la acerada lanza de Fenton le atravesaba la garganta, derribándolo moribundo. Impulsado Sir Guillermo por el entusiasmo del triunfo y el ardor del combate, siguió su furiosa carrera y desapareció entre las apretadas filas de los caballeros de Calatrava, que en un abrir y cerrar de ojos dieron cuenta del valeroso campeón inglés. El barón en tanto había hallado un competidor digno de su esfuerzo y bríos en guerrero tan famoso como Don Sebastián de Gomera, lanza escogida de los caballeros de la Orden de Santiago. Acometiéronse con tal furia que al primer encuentro quedaron rotas ambas lanzas, y empuñando los aceros se atacaron con denuedo sin igual. Largo fué el combate, brillantes los golpes y paradas que demostraron la pericia de ambos, hasta que impaciente el de Santiago hizo saltar á su caballo hasta tocar al del inglés, y abalanzándose sobre el barón le rodeó el cuerpo con sus brazos. Cayeron al suelo ambos enemigos estrechamente unidos, logró el castellano dominar á su adversario, de cuerpo más endeble que el suyo, y posándole una rodilla en el pecho alzó el brazo armado para poner de una estocada fin al furioso combate. Pero nunca llegó á dar el golpe mortal. La espada del barón, rápida como el rayo, entró oblícuamente por debajo del levantado brazo de su enemigo, y éste cayó pesadamente en tierra, lanzando ahogado grito. Confusa gritería de aplauso y de despecho se dejó oir en uno y otro bando y el barón, saltando sobre su caballo, se lanzó hacia la altura, á la vez que los sitiadores emprendían el ataque de la posición inglesa. Los arqueros los recibieron con una granizada de flechas que hicieron morder el polvo á filas enteras de los asaltantes. Inútiles fueron los esfuerzos denodados de éstos por llegar hasta la altura; la estrechez y la pendiente del camino y los obstáculos que añadían á su paso los cuerpos de hombres y caballos hacinados y revolcándose en sangrientos montones sólo les permitían avanzar lentamente, haciéndolos fácil blanco de las flechas enemigas, y muy pronto se oyó el toque de retirada. Felicitábanse los arqueros cuando descubrieron otro enemigo aun más temible que las impotentes lanzas de los jinetes. Numerosos honderos castellanos habían tomado posesión de otras alturas cercanas y desde ellas lanzaron mortíferas piedras, con fuerza y acierto tal que en pocos momentos quedaron tendidos sin vida el veterano Yonson y algunos otros arqueros y malheridos quince de éstos y seis hombres de armas. Parapetáronse los ingleses lo mejor que pudieron detrás de los peñascos, tendiéronse muchos en el suelo y dirigieron sus certeras flechas contra los honderos. --¡Barón! exclamó en aquel momento el señor de Burley; acaba de decirme Simón que no nos quedan más de doscientas flechas por junto. ¿Qué hacer? En mi opinión ha llegado la hora de parlamentar ó de morir casi indefensos. --¡Por lo pronto, contestó el barón de Morel arrancándose el parche que por tanto tiempo cubriera su ojo izquierdo, creo haber cumplido mi voto dando muerte en leal combate á uno de los más pujantes y famosos caballeros enemigos! Y ahora ¡á morir matando! --Lo mismo digo, asintió tranquilamente Oliver de Butrón, enarbolando pesada maza. --¡Disparad hasta vuestra última flecha, arqueros! gritó el de Morel. ¡Entonces os quedarán todavía espadas y hachas para vender caras vuestras vidas! CAPÍTULO XXXIII "LA ROCA DE LOS INGLESES" Como si el enemigo hubiera oído ó adivinado las palabras del intrépido jefe, alzóse entonces en todo el valle y en las cumbres vecinas el grito de venganza y exterminio de aquella raza aguerrida, que llevaba siglos enteros de lucha con los árabes y que preparaba el anonadamiento de otro puñado de invasores, no menos odiados que los sectarios de Mahoma. Cruenta y terrible fué la lucha, tan larga, tan encarnizada que aun hoy día conserva memoria de ella la tradición y entre los montañeses de la comarca se conoce el teatro de la hecatombe con el nombre de la "Roca de los Ingleses." Mas no cedieron éstos al segundo asalto. Agotadas muy pronto las flechas de los arqueros, lucharon desesperadamente con espadas, picas, hachas y mazas, aprovechando todas las ventajas de su posición. Por fortuna, el combate cuerpo á cuerpo impidió á los honderos castellanos continuar su obra de destrucción. Sitiadores y sitiados luchaban confundidos en el único punto del camino por donde podía escalarse la altura y allí acudieron, dando el ejemplo á sus soldados, los pocos nobles ingleses que rodeaban al barón. Momentos hubo en que éste, Roger y Butrón hubieran perecido sin el oportuno refuerzo del escocés Burley al frente de los veteranos de Gales, que cayeron sobre el enemigo con furia sin igual, obligándole á retroceder buen trecho. Pero las pérdidas de los sitiados eran irreparables, al paso que los castellanos tenían escuadrones y compañías enteras de reserva en el valle, imposibilitados unos y otras de tomar parte en la lucha hasta entonces por las condiciones del terreno. Un gigantesco caballero de Santiago llegó á escalar los últimos peñascos, y derribando á tres arqueros de otros tantos golpes blandía de nuevo la tajante espada, cuando le asió entre sus nervudos brazos el animoso Sir Oliver. Forcejeando furiosamente ambos enemigos, y rodando por el suelo en mortal abrazo, llegaron al borde de la elevada planicie y cayeron despeñados en el horrendo precipicio. La espada de Simón y la enorme hacha de Tristán brillaban al sol y golpeaban incesantemente sobre las cabezas enemigas, en primera línea. Reno cayó á su lado, malherido, y también pereció allí Sir Ricardo Causton. El señor de Morel, cubierto de sangre, hacía prodigios de valor, acudiendo á todas partes, animando y dirigiendo á sus soldados, seguido de cerca por Roger, que devolvía golpe por golpe, más ganoso de proteger á su señor que á sí mismo. Por último, los arqueros y hombres de armas que formaban á derecha é izquierda del lugar donde era más encarnizada la lucha, hicieron un esfuerzo supremo y precipitándose sobre los sitiadores, persiguiéndolos y atacándolos con desesperación, hicieron retroceder un tanto aquella incesante columna enemiga, en la que parecían no hacer mella las incesantes bajas. Mientras se rehacían las fuerzas castellanas y consultaban sus jefes, aquella retirada parcial proporcionó á los ingleses que aun quedaban con vida el descanso que tanto necesitaban. Grandes habían sido sus pérdidas. De los trescientos setenta hombres que contaban al emprender la defensa de aquella altura, no quedaban en pie más de ciento cincuenta, heridos muchos de ellos. Entre los muertos se contaban ya los valientes nobles Burley, Butrón y Causton y los veteranos Yonson y Reno. Ni fué completo el respiro de los sobrevivientes, porque apenas deslindados los campos reanudaron el ataque los honderos posesionados de las cumbres inmediatas. --Ahora más que nunca me enorgullezco de mandaros, dijo el barón contemplando con amor al puñado de héroes que le rodeaba. ¿Qué es eso, Roger? ¿Estás herido? --Un rasguño, señor barón, contestó el escudero restañando la sangre de un tajo que le cruzaba la frente. --Deseo hablarte, Roger, y también á vos, Norbury, dijo el barón dirigiéndose al escudero de Sir Oliver. Los tres se encaminaron al extremo opuesto de la elevada planicie, bajo la cual se veía la roca cortada casi á pico, con algunos peñascos salientes de trecho en trecho. --Es indispensable, continuó el señor de Morel, que el príncipe tenga noticia exacta de lo ocurrido. Podremos quizás resistir otra acometida porque no pueden atacarnos todos á la vez, pero el fin no está lejano. En cambio, la llegada de auxilios oportunos permitiría prolongar la defensa de esta posición y salvar la vida de los que aún quedasen defendiéndola. ¿Véis aquellos caballos que pastan allá bajo, entre las rocas? --Sí, señor barón, contestaron los escuderos. --¿Y aquel sendero que se pierde más lejos entre los árboles y parece conducir al otro extremo del valle? Un jinete resuelto podría quizás llegar hasta el campo del príncipe, ó cruzarse en el camino con las fuerzas de Sir Hugo Calverley, que no deben de estar muy lejos, y procurarnos el ansiado socorro. Hé aquí una cuerda suficientemente larga y fuerte para que uno de vosotros pueda bajar hasta los primeros peñascos de la hondonada. ¿Qué decís? --Digo, señor, replicó Roger, que estoy pronto á obedeceros ahora mismo. Pero ¿cómo apartarme de vos en estas circunstancias? --Para servirme mejor y quizás para salvarme, Roger. ¿Y vos, Norbury? Por toda respuesta el escudero, no menos animoso que Roger, asió la cuerda y empezó á asegurarla firmemente en torno de una saliente roca. Después se quitó algunas piezas de la armadura, ayudado por Roger, que hizo lo propio con la suya, mientras el barón continuaba, dirigiéndose á Norbury: --Si el príncipe ha pasado ya con el grueso del ejército, indagad como podáis el paradero de Chandos, Calverley ó Nolles. ¡Dios os proteja! El barón y Roger, profundamente conmovidos, siguieron con la vista, inclinados sobre las rocas, el peligroso descenso del joven escudero. Llegado había éste á corta distancia y trataba de apoyar el pie en una hendidura de la roca, cuando recibió la primera descarga de los honderos enemigos. Una de las piedras le alcanzó de lleno en la sien y extendiendo los brazos cayó desplomado al abismo. --Si Dios no me da mejor fortuna que á ese infeliz, dijo Roger al barón, hacedme la merced de decir á vuestra hija que he muerto pensando en ella y con su nombre en los labios. Las lágrimas asomaron á los ojos del noble guerrero, que poniendo ambas manos en los hombros de Roger lo besó cariñosamente. El joven corrió á la cuerda y se deslizó por ella con gran presteza; las piedras lanzadas por las hondas enemigas se estrellaban contra la roca, una le rozó los cabellos y por fin otra le alcanzó en un costado, ocasionándole vivísimo dolor. Llegado, sin embargo, al extremo de la cuerda, se dejó caer desde no pequeña altura sobre la cumbre del más alto risco, que quedaba al pie de la formidable roca donde se hallaban sitiados sus amigos. Tan alta era ésta que todavía tuvo que descender Roger más de veinte varas, por una escarpada pendiente que apenas le ofrecía punto de apoyo. Aferrándose desesperadamente á las plantas silvestres que crecían en las hendiduras de las rocas, poniendo los pies en ligerísimas depresiones del inclinado plano, ó en piedras que con frecuencia se desprendían y amenazaban arrastrarlo consigo, expuesto á morir diez veces, llegó por fin á terreno firme y saltando de roca en roca ó corriendo entre los matorrales, se vió sano y salvo en la planicie que desde arriba le había mostrado el barón y donde pacían algunos caballos. Tendía ya la mano para asir la brida de uno de ellos, cuando recibió en la cabeza fuerte pedrada que lo derribó aturdido. El hondero autor de aquella hazaña, viendo á Roger solo y exánime y juzgando por el aspecto y traje del joven que se trataba de un caballero inglés, comenzó á bajar precipitadamente de la colina donde se hallaba apostado con otros, ansioso de despojar á su víctima y sabedor de que los arqueros habían agotado todas sus flechas. Pero no contaba con Tristán de Horla, que levantando con sus forzudas manos pesado peñasco lo dejó caer á plomo sobre el hondero, al pasar éste al pie de la roca, con tanto tino que le destrozó un hombro, derribándolo al suelo, donde empezó á dar grandes gritos. Al oírlos se incorporó Roger, miró en derredor como atontado, y de pronto vió uno de los caballos que á pocos pasos de él estaba. Un momento le bastó para ponerse en la silla y lanzarse al galope por el sendero que debía conducirlo fuera de aquel valle fatal. Pero bien pronto conoció que iban á faltarle las fuerzas; sintió en el costado un dolor atroz, nublóse su vista y haciendo un esfuerzo supremo se inclinó sobre el cuello del caballo, lo estrechó fuertemente entre sus brazos y cerró los ojos, casi insensible ya á cuanto le rodeaba. Nunca supo Roger lo que duró aquella carrera desenfrenada. Cuando volvió en sí se halló rodeado de soldados ingleses que le prestaban solícitos cuidados. Era un destacamento de doscientos arqueros y hombres de armas mandados por el temible Hugo de Calverley, quien á las primeras palabras de Roger despachó mensajeros con dirección al cercano campamento del príncipe y poniéndose al frente de sus soldados se lanzó al galope en auxilio del barón de Morel. Con él fué también Roger, atado sobre el caballo que le conducía, casi exánime por la pérdida de sangre, los golpes recibidos y las peripecias de aquella tremenda jornada. Llegados los ingleses á una altura que dominaba en parte el valle divisaron en la cima de la roca convertida en fortaleza la bandera castellana. El enemigo se había apoderado por fin de aquel baluarte con tanto heroísmo defendido. Pero la lucha no había cesado por completo; en un extremo de la elevada planicie oponía todavía débil resistencia un puñado de ingleses. Aquel espectáculo arrancó un grito de furor á Sir Hugo y sus soldados, que clavando las espuelas en los ijares de sus caballos se lanzaron, ciegos de ira, contra los escuadrones enemigos. El furioso ataque sorprendió á éstos sobre manera, é ignorantes del número de sus enemigos y creyendo que los rodeaba el grueso del ejército inglés que se hallaba por aquellos contornos, dieron la señal de retirada, apresurándose á dejar el valle en busca de posición más favorable para la defensa. Los ingleses no pensaron en continuar su ataque ni en perseguirlos. Su principal anhelo era llegar á la altura donde esperaban rescatar á algunos de sus amigos. Triste cuadro se ofreció á su vista; montones de muertos y heridos castellanos y leoneses, franceses é ingleses; y mas allá, al pie de una roca, siete arqueros, con el indomable Tristán de Horla en el centro, heridos todos pero no vencidos todavía, blandiendo las ensangrentadas espadas y saludando á sus salvadores con un grito de bienvenida. --¡Tremenda lucha y defensa heróica la vuestra! exclamó Sir Hugo, contemplando con asombro aquella escena asoladora. Pero ¿qué es eso? ¿También habéis hecho prisioneros? continuó diciendo al ver á Don Diego de Álvarez desarmado entre los arqueros. --Sólo uno, y me pertenece, respondió Tristán. Lo he custodiado y defendido cuidadosamente, porque representa mi fortuna y la de mi viejecita madre si vuelvo á verme algún día en Horla.... --Tristán, ¿dónde está el barón de Morel? interrumpió Roger ansiosamente. --Creo que ha perecido, como casi todos. Yo ví al enemigo poner su cuerpo sobre un caballo. Estaba desvanecido ó muerto y se lo llevaron.... --¡Dios del cielo! ¿Y Simón? --También le ví arrojarse espada en mano sobre los captores de nuestro señor, y no sé si lo mataron ó lo hicieron prisionero. --¡Den los clarines la orden de marcha! gritó Sir Hugo con voz tonante. ¡Maldición! ¡Volvamos al campo, y os prometo que antes de tres días habremos vengado al barón de Morel! Cuento con vosotros, valientes, y desde ahora quedáis incorporados á mi escuadrón predilecto. --Somos arqueros y pertenecemos á la Guardia Blanca, señor, se aventuró á decir Tristán. --¡Ah, sí! ¡La famosa Guardia Blanca! repuso el gran guerrillero inglés, mirando tristemente en torno. Pero la Guardia ya no existe; la muerte se ha encargado de desbandarla. Cuidadme bien á ese valiente escudero, porque temo que no vuelva á ver la luz del sol, añadió señalando á Roger desfallecido. ¡En marcha! CAPÍTULO XXXIV REGRESO Á LA PATRIA Nos hallamos en Inglaterra, en una hermosa mañana de Julio, cuatro meses después de los sucesos que quedan relatados. Por el camino que conducía 1 - - , , 2 ; 3 4 , . 5 6 - - , 7 . 8 . . 9 , , 10 . 11 12 13 . 14 15 - - ¡ ! . 16 17 - - ¡ , ! . 18 19 - - ¡ ! 20 . 21 22 - - , 23 . 24 25 - - ¡ ! , 26 . 27 28 - - ¡ , , ! . 29 30 - - ¡ ! . 31 32 - - ¿ ? 33 . 34 35 - - , , , 36 . 37 38 - - ¡ ! 39 40 . 41 , , . 42 ¿ ? 43 44 - - . 45 46 - - , 47 , 48 , 49 . 50 51 - - , , . ¿ 52 ? 53 54 - - , , . 55 56 - - ¡ ! ¡ , ! 57 . 58 59 - - ¿ , ? 60 . 61 62 - - , 63 , . 64 65 - - ¿ ? ¡ ! 66 , 67 . ¡ ! 68 69 ; 70 71 . 72 73 - - ¡ , ! ¡ ! ¡ , 74 ! . 75 76 - - - ¡ ! - , . 77 78 - - , 79 , 80 . 81 82 - - , 83 . 84 85 - - ¡ ! , 86 , , 87 . 88 89 - - ¡ ! . 90 , 91 . ¿ 92 , ? . 93 . 94 95 - - , , 96 . 97 98 - - , , . 99 100 101 102 . 103 104 - - ¡ ! . 105 , . 106 107 - - ¿ , ? ; 108 . ¿ ? 109 ; 110 , 111 . 112 113 , 114 , 115 : 116 117 - - 118 . 119 120 , 121 , 122 . 123 124 . 125 126 - - , , 127 . 128 . 129 . . . . 130 131 - - ¡ ! ¡ ! 132 . 133 134 - - . ¡ ! . 135 , 136 , . 137 . 138 139 , 140 . 141 142 143 . 144 145 - - ¡ , ! 146 . 147 . 148 149 - - ¡ , ! , , 150 . 151 152 - - 153 . . . . 154 155 - - , 156 . 157 158 - - . . . . 159 160 - - ¿ , ? 161 162 - - . 163 164 - - ¿ ? 165 166 - - . 167 , 168 . 169 , 170 171 . 172 , , , 173 . 174 175 - - ¡ , ! 176 . 177 178 179 180 181 182 183 184 185 186 187 , 188 , 189 . 190 191 , 192 . 193 194 , 195 , 196 . 197 198 , , 199 , , 200 , 201 . 202 . , 203 , 204 , 205 . 206 . 207 208 , 209 210 , , 211 , 212 , 213 , 214 215 . 216 217 , , , 218 , 219 220 . , 221 , 222 ; 223 , 224 , 225 226 . 227 228 - - ¡ , ! ¿ ? 229 . 230 231 - - ¡ ! . . 232 233 . 234 235 , 236 237 . 238 239 . 240 241 . , 242 , , 243 244 . , , 245 246 . 247 ; , 248 , 249 250 . 251 252 253 , 254 , 255 . 256 . 257 258 - - , , , 259 . 260 261 - - , , 262 , 263 . . . . 264 265 - - , , . 266 267 . 268 269 - - ¿ ? , 270 271 . 272 273 - - , . 274 275 . . 276 277 , 278 , 279 , 280 , 281 . 282 , 283 284 . 285 , 286 , 287 288 . 289 . 290 291 - - , . 292 293 - - , , 294 , 295 , 296 . 297 298 - - , , 299 300 . . . . , . 301 302 - - , , . 303 , . 304 305 . . . . 306 307 - - ¿ ? . 308 309 - - , 310 , , 311 , . . . . 312 313 - - ¡ , ! . 314 , . , , 315 , 316 . 317 318 - - . 319 320 - - , , , 321 , 322 . 323 324 - - , . 325 326 - - . , , 327 328 . 329 330 331 . 332 333 . ; 334 335 , . 336 337 - - ¡ , , 338 ! 339 340 - - , , 341 . 342 343 - - , . 344 , . 345 , . 346 . 347 348 349 350 . 351 352 - - , , 353 354 . 355 , . 356 . , 357 , 358 . 359 360 - - ¿ , ? 361 362 - - . , 363 . , , 364 , 365 . 366 , . ¿ ? 367 368 - - , , . 369 370 - - ¡ ! , 371 . 372 373 - - , , . 374 . ¡ ! 375 376 , 377 . 378 379 , 380 , 381 382 . 383 , 384 385 . , 386 , 387 , . 388 389 - - ¡ ! 390 ; . 391 392 393 . 394 , 395 , 396 397 . 398 , 399 400 , 401 . 402 , , 403 , 404 . 405 406 407 408 . 409 , , 410 . , 411 , 412 , 413 . 414 415 416 . , , 417 , , 418 . 419 420 , 421 , 422 . 423 424 - - ¡ , ! 425 , 426 . , , 427 . . . . 428 429 - - , , . 430 , 431 . 432 433 - - ¡ ! . ¿ 434 ? 435 436 - - 437 438 . 439 440 - - ¡ ! , . 441 442 - - , , , . 443 . 444 445 - - ¡ ! 446 , . 447 448 - - , . 449 . ¿ ? , 450 . ¿ 451 ? 452 453 454 , 455 . 456 457 - - , , 458 . 459 . 460 , 461 . 462 463 - - , , 464 . . 465 , , 466 , , 467 . . ¡ , , ! 468 , 469 . ¡ 470 ! 471 472 473 474 475 476 477 478 479 480 , 481 , 482 , 483 . 484 , , 485 , 486 . , , 487 . 488 489 - - ¡ ! . 490 ¡ , 491 ! 492 493 - - ¡ ! , 494 495 . ¿ , ? 496 , 497 , 498 . 499 500 - - , , , ; 501 502 , . 503 504 - - ¡ , ! ¡ , ! ¿ , ? 505 506 - - , 507 . 508 509 510 , : 511 512 - - , 513 514 . 515 516 - - , , , " 517 , . " 518 519 - - , . 520 521 , 522 . 523 524 - - ¿ ? . ¿ 525 ? 526 527 - - ¡ , ! . ¡ ! 528 529 - - , , 530 . 531 532 - - . ¡ ! 533 ¡ ! , . 534 535 536 537 , 538 , 539 , 540 , 541 . , , 542 543 , , 544 , , . 545 546 . 547 548 - - ¡ ! . ¿ , 549 ? 550 , , , . ¡ 551 ! , ; 552 553 . . . . 554 555 - - , , 556 , 557 . 558 559 - - ¡ ! . ¿ , ? 560 561 - - . , , 562 . . . . 563 564 - - , , . ¡ 565 ! ¿ 566 ? 567 568 - - , , 569 . 570 571 - - 572 . 573 574 - - , 575 . 576 577 - - . ¿ ? 578 579 - - , , 580 . 581 582 . 583 584 - - ¡ ! . 585 , 586 . , , 587 , 588 589 . 590 591 . , , 592 . 593 . , 594 . 595 . 596 , 597 . 598 599 600 601 ; 602 , 603 , 604 . , 605 , 606 , , , 607 608 . 609 , 610 611 612 . 613 614 , , 615 , 616 617 . 618 : 619 620 - - , . 621 . 622 623 - - , , 624 . , , 625 626 627 . 628 629 - - , , . ¿ ? 630 631 - - , 632 . , 633 634 , . , , 635 . , , 636 , . 637 . 638 , 639 . , 640 . ¡ , 641 ! 642 643 , 644 , 645 , 646 , . 647 , 648 649 , 650 651 . 652 653 , 654 655 . 656 657 658 . 659 660 661 . 662 , , 663 , 664 . 665 666 - - ¿ , , 667 ? . 668 , . 669 , 670 . ¿ , ? 671 672 673 . 674 675 - - ¡ ! . 676 . 677 , 678 , , , , 679 , 680 . 681 682 . 683 , 684 685 , , 686 , 687 688 . 689 , . 690 691 - - ¡ , ! , 692 . 693 . ¿ , ? 694 695 , 696 , , , 697 , 698 , . 699 , 700 , 701 , 702 , . 703 , 704 705 , 706 . 707 708 709 , 710 . 711 , 712 . 713 , 714 , 715 , 716 . 717 , , 718 , 719 . 720 . , , 721 , 722 , . 723 , 724 , , 725 . 726 727 728 . 729 ; 730 731 732 , 733 , . 734 735 736 . 737 738 , 739 740 . 741 , 742 743 . 744 745 - - ¡ ! ; 746 . ¿ ? 747 748 . 749 750 - - ¡ , 751 , 752 753 ! ¡ ! 754 755 - - , , 756 . 757 758 - - ¡ , ! . 759 ¡ 760 ! 761 762 763 764 765 766 767 " " 768 769 770 771 , 772 , 773 774 , . 775 , , 776 777 " 778 . 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