villanos; defendió el bondadoso capellán á las pobres gentes del pueblo;
comentóse la osadía creciente de los pecheros y su menguante respeto por
los privilegios de la nobleza y en amena plática pasaron agradablemente
las horas. Rato hacía que Roger contemplaba con interés y no sin alguna
alarma el rostro de la noble esposa de Duguesclín, que hundida en su
sillón parecía últimamente ajena á cuanto en torno suyo se decía,
brillantes los ojos, fija la mirada y empalidecidas las mejillas. Notó
Roger que Duguesclín observaba también á su esposa, inquieto y trémulo.
--¿Qué tenéis, esposa mía? le preguntó.
--Nada, Bertrán, dijo ella con voz apagada y sin apartar los ojos del
muro opuesto en que fijos los tenía. Pero allí... una visión....
--Me lo temía, dijo el célebre guerrero francés. Os debo una
explicación, señores. Mi buena esposa está dotada de una facultad
profética que se manifiesta en ella de tarde en tarde y le permite
predecir determinados acontecimientos futuros. Misterio es éste
incomprensible para mí, pero ese poder extraordinario había hecho ya la
admiración de todos allá en Bretaña, mucho antes de que yo viese por
primera vez á mi Leonor en Dinán. Lo que puedo aseguraros es que ese dón
suyo procede del cielo y no del espíritu del mal, que es lo que
constituye la diferencia entre la magia blanca y la magia negra. Y por
indicios que me son harto conocidos, comprendo que mi buena compañera se
halla al presente en uno de esos momentos lúcidos. La última vez que la
ví en el mismo estado, la víspera de la batalla de Auray, me predijo que
el siguiente día sería fatal para mí y para Carlos de Blois. Veinte y
cuatro horas después había muerto éste y veíame yo prisionero del señor
de Chandos....
--¡Bertrán, Bertrán! llamó la vidente con dulce voz.
--Decidme, amada mía, qué me reserva la suerte.
--Un peligro grande te amenaza, Bertrán, en este mismo instante.
--¡Bah! Un soldado está siempre en peligro, dijo el gran campeón francés
con tranquila sonrisa.
--Pero tus enemigos se ocultan, se arrastran, te rodean en este momento.
¡Ah, Bertrán! ¡Guárdate!
Tal expresión de terror manifestaban sus facciones descompuestas y los
ojos desmesuradamente abiertos, que Duguesclín miró rápidamente en torno
de la sala, clavó la vista por breves instantes en los tapices que
cubrían las paredes y luégo en los anhelantes rostros de sus amigos.
--Esperaré ese peligro si él no me espera á mí, dijo. Y ahora, Leonor,
habla. ¿Cuál será el término de la guerra de España?
--Apenas puedo ver lo que allí sucede. Espera.... Grandes montañas y más
allá una extensa y árida llanura, el chocar de las armas, los gritos del
combate. El fracaso mismo de tu misión en España te dará el triunfo en
definitiva....
--¿Qué decís á eso, barón? Amargo y dulce á la vez, ó como si dijéramos,
un favor y un disfavor. ¿No queréis hacer vos mismo alguna pregunta?
--Si me lo permitís. ¿Os place decirme, señora, qué sucede allá en el
castillo de Monteagudo?
--Para contestar á esa pregunta necesito posar mi mano sobre una persona
cuya memoria y cuya mente estén fijas de continuo en ese castillo de que
habláis. ¿Vuestra mano? No, barón; otra persona hay aquí cuyo
pensamiento permanece fijo en Monteagudo aun con más insistencia que el
vuestro....
--Me asombráis, noble señora, balbuceó Morel.
--Acercáos, joven de los rubios cabellos rizados, dijo doña Leonor
extendiendo la diestra en dirección de Roger. Poned vuestra mano sobre
mi frente. Así, esperad. Una niebla espesa de la cual se destaca enorme
torre cuadrada; la niebla se disipa, ya veo las murallas, la fortaleza
toda, en una verde colina, con el río á sus pies, las olas del mar á
distancia y una iglesia á tiro de ballesta de las almenas. Junto al río
se alzan las tiendas de los sitiadores.
--¡Los sitiadores! exclamaron á la vez el barón, Gualtero y Roger.
--Sí, que asaltan los muros con vigor. Ya plantan las escalas y disparan
un nublado de flechas. Allí su jefe, alto y hermoso, con luenga barba
rubia, lanza á sus soldados contra la maciza puerta. Pero los del
castillo se defienden valerosamente. Una mujer, sí, una heroína los
manda. Dos, dos mujeres sobre la muralla animan á las gentes de Morel,
que devuelven golpe por golpe y lanzan grandes piedras sobre sus
enemigos. Cayó el jefe de éstos y sus soldados retroceden, huyen, todo
se obscurece, nada más veo ya....
--¡Por San Jorge! exclamó el barón. Apenas puedo creer que Salisbury y
Monteagudo sean teatro de tales escenas; pero habéis hecho tan exacta
descripción del terreno y la fortaleza que me llenáis de asombro y de
temor.
--Aprovechad los momentos si algo más queréis saber, dijo Duguesclín.
--¿Cuál será el resultado de esta larga serie de luchas entre Francia é
Inglaterra? preguntó uno de los escuderos franceses.
--Ambas conservarán lo que es suyo, contestó la dama.
--¿Luego nosotros seguiremos dominando en Gascuña y Aquitania? preguntó
el señor de Morel.
--No. Tierra francesa, sangre y lengua francesas. De Francia son y ella
las reconquistará y conservará.
--¿Pero no Burdeos?
--Burdeos es también Francia.
--¿Y Calais?
--También Calais.
--¡Negra estrella la nuestra si tal sucede! exclamó el barón. ¿Qué le
quedará entonces á Inglaterra?
--Permitid, barón; y vos, señora, decidme antes ¿cuál será el porvenir
de nuestra amada patria? preguntó lleno de júbilo Duguesclín.
--Grande, rica y poderosa. Á través de los siglos véola al frente de las
otras naciones, pueblo rey entre todos los pueblos, grande en la guerra
pero más grande aún en la paz, progresiva y feliz, sin más monarca que
la voluntad de sus hijos, una desde Calais hasta los azules mares del
sur.
--¿Oíslo, señor de Morel? exclamó triunfante el caudillo francés.
--Pero ¿qué de Inglaterra? preguntó tristemente el barón. La profetisa
parecía contemplar con profunda sorpresa un cuadro insólito, un
espectáculo para ella inesperado.
--¡Dios mío! exclamó por fin. ¿De dónde proceden esos vastos pueblos,
esos estados poderosos que ante mí se levantan? Y más allá otros, y
otros, allende los mares. Ocupan continentes enteros en los que resuenan
los martillos de sus fábricas y las campanas de sus iglesias. Sus
nombres, muchos, son ingleses y también la lengua que hablan. Otras
tierras, cercadas por otros mares y bajo diverso cielo, pero son también
tierras inglesas. La bandera de San Jorge ondea por todas partes, así
bajo el sol de los trópicos como entre las nieves del polo. La sombra de
Inglaterra se extiende al otro lado de los mares. ¡Bertrán, Bertrán!
¡Nos vencen, porque el menor de sus capullos es más hermoso que la mejor
y más perfumada de nuestras flores!
La profetisa dió una gran voz, alzóse del asiento y cayó desvanecida en
brazos de su esposo, que dijo conmovido:
--¡Ha terminado la visión, la hora sagrada y misteriosa que revela el
secreto de lo porvenir!
CAPÍTULO XXVIII
ATAQUE Y DEFENSA DEL CASTILLO DE VILLAFRANCA
Muy tarde era cuando Roger pudo retirarse á descansar, no sin dejar
antes cómodamente instalado al barón en la habitación que le había sido
destinada. La suya, situada en el piso segundo de la feudal morada,
contenía un pequeño lecho para él y tendidos en el suelo dos colchones
en los que al entrar Roger dormían y roncaban Simón y Tristán. Rezaba el
joven sus oraciones cuando oyó un discreto golpe dado á la puerta y casi
en seguida entró Gualtero con un candil, pálido el rostro y temblorosas
las manos.
--¿Qué ocurre, amigo? le preguntó prontamente Roger.
--Apenas sé qué decirte. Me asaltan los más tristes presentimientos y
tiemblo sin saber por qué. ¿Te acuerdas de Tita, la hija del artista de
Burdeos? Yo la requerí de amores allá en la calle de los Apóstoles y le
dí una sortija de oro que me prometió llevar siempre en recuerdo mío. Al
despedirnos me dijo que su pensamiento me seguiría en las guerras y que
mis peligros serían también los suyos propios.... Pues acabo de verla.
--¡Bah! Estás sobreexcitado con las profecías y los espasmos de mi
señora Duguesclín y se te antojan los dedos huéspedes.
--Te digo que la he visto ahora mismo, al subir la escalera, tan
distintamente como veo á esos dos arqueros dormidos. Tenía los ojos
anegados en lágrimas y sus manos se adelantaban como para protegerme....
--Mira, Gualtero, es tarde y necesitas descansar. ¿Dónde está tu cuarto?
--En el próximo piso. Queda precisamente sobre éste. ¡La santa Virgen
nos proteja!
Oyó Roger las pisadas de su amigo en la escalera, y dirigiéndose después
á la ventana contempló el paisaje iluminado por la luna. Por aquella
parte del castillo se extendía una ancha faja de terreno cubierto de
menuda hierba y algo más lejos dos bosquecillos separados por un espacio
descubierto en el que sólo crecían algunos matorrales, plateados por los
rayos de la luna. Mirábalos Roger distraído, cuando vió que un hombre
salía lentamente de entre los árboles de la derecha y cruzando con
rapidez el claro, inclinándose como si quisiera ocultarse, desapareció
en el bosquecillo de la izquierda. Tras él pasó otro y después otro, y
luego muchos más, solos ó en grupos, llevando no pocos de ellos unos
grandes bultos asegurados á la espalda. Absorto quedó el joven escudero
por un momento, pero muy pronto se inclinó y tocó ligeramente el hombro
de Simón.
--¿Quién va? exclamó el arquero levantándose de un salto. ¡Hola, -mon
petit-! Creí que nos sorprendía el enemigo. ¿Qué me quieres?
Llevóle Roger á la ventana y díjole lo que acababa de ver.
--Mira, mocito, fué la contestación del veterano; en este endemoniado
país yo ya no me admiro de nada. Á bien que hay en él más tunantes que
conejos en los sotos de Hanson, gentes desalmadas todas, que se pasean
de noche porque si lo hicieran de día no tardaría en echarles mano el
verdugo. ¡Mala centella los parta y á dormir se ha dicho! Pero antes no
estará de más correr este cerrojo, que estamos en casa extraña.
Acuéstate y duerme.
Con esto se tendió el arquero en su jergón y á los dos minutos dormía
profundamente. Imitóle Roger, pensó que serían ya cerca de las tres de
la mañana y dormitando se hallaba cuando le pareció que alguien empujaba
y hacía crujir la puerta del cuarto, procurando en vano abrirla. Púsose
á escuchar sobresaltado y oyó pasos cautelosos que se alejaban de su
puerta y continuaban escalera arriba. Poco después resonó algo como un
grito ahogado, como un lamento de agonía y cuando Roger se disponía á
saltar del lecho, dirigió la vista á la ventana y quedó casi paralizado
de terror. Un cuerpo humano se balanceaba lentamente ante el hueco de la
ventana y de la parte exterior del muro. Pendía de una cuerda anudada
al cuello y fija evidentemente por el otro extremo en la ventana del
piso superior. Una atracción irresistible obligó á Roger á saltar del
lecho y acercarse, á tiempo que la luz de la luna daba de lleno en el
rostro del ahorcado. Era Gualtero de Pleyel, cobardemente sorprendido y
asesinado. Al tremendo grito de sorpresa y de dolor que lanzó Roger se
despertaron sobresaltados los dos arqueros.
--El pedernal y la yesca, pronto, dijo Tristán con reposada voz. Esta
luz de luna es cosa de espectros. Aquí está el candil y ahora nos
veremos las caras.
--Es el pobre Pleyel, no hay duda, gruñó Simón. ¡Pero que me aspen si no
le ajusto yo las cuentas á este senescal de los demonios por la manera
que tiene de tratar á sus huéspedes!
--No, no, Simón, los asesinos son aquellos bandidos ocultos en el bosque
de que te hablé antes. Y el barón, sabe Dios qué suerte le habrá cabido.
Vuelo á su lado....
--Un momento, camarada, que yo soy perro viejo y sé cómo se hacen estas
cosas. Lo primero es poner mi casco en la punta del arco. Tú abres la
puerta lentamente y yo presento el cebo á esos canallas, si por ventura
están ahí esperando degollarnos.
Así lo hicieron, y no bien se abrió la puerta y asomó por ella el
almete, recibió éste un tremendo tajo y estallaron los gritos de los
asesinos. Pero antes de que pudieran repetir el golpe brilló la espada
de Simón, y uno de sus enemigos cayó atravesado de parte á parte.
--¡Adelante! ¡Seguidme, y á ellos! gritó Simón, y abriendo de par en par
la puerta se lanzaron los tres ingleses fuera del cuarto, atropellando
violentamente á dos hombres que hallaron á su paso y bajando las
escaleras á toda prisa.
Los gritos partían del piso inferior, cuyo vestíbulo iluminaban
vivamente algunas antorchas clavadas en los trofeos que adornaban sus
paredes. Frente á una de las tres puertas que daban al vestíbulo veíanse
los ensangrentados cadáveres del senescal y de su esposa, ésta con la
cabeza separada del tronco y aquél atravesado el cuerpo por una pica.
Junto á ellos, muertos también, tres servidores del castillo,
destrozados é informes como si hubiera caído sobre ellos una manada de
lobos. En la puerta inmediata, Duguesclín y el barón de Morel, á medio
vestir y mal armados, tenían á raya á los asesinos; en los ojos de ambos
guerreros brillaba con luz siniestra el fuego del combate y ante ellos
se amontonaban los cadáveres enemigos. Un numeroso grupo de hombres
andrajosos, con horrendos visajes y armados de picas, hoces y chuzos,
arremetía de nuevo contra los dos caballeros, que hacían prodigios de
valor y destreza, en el momento en que les llegó el refuerzo de Roger y
los dos arqueros, cuyas espadas abrieron sangriento camino en la
vocinglera turba. Retrocedió ésta con gritos de rabia, uniéronse y
adelantáronse los cinco defensores del castillo y no tardó en quedar
libre de enemigos el vestíbulo. Tristán se apoderó de los dos últimos y
los lanzó escaleras abajo, sobre las cabezas de sus compañeros.
--¡No los sigáis! gritó Duguesclín. Si nos separamos estamos perdidos.
Poco me importaría morir matando, pero tengo que proteger á mi pobre
esposa. ¿Qué nos aconsejáis, barón?
--Para consejos estoy yo, que todavía no sé á qué viene ni qué significa
esta matanza.
--Son esos perros bandidos del bosque, la ralea peor que se conoce en la
tierra. Se han apoderado del castillo. Mirad por esa ventana.
--¡El cielo me valga! Hay más de un millar dentro de la fortaleza y
sobre las murallas. En aquel grupo con antorchas están descuartizando á
un arquero. Allí arrojan á otro desde el muro. Por las abiertas puertas
entran ahora muchos con grandes haces de leña y ramaje....
--Justo, para pegar fuego al castillo.
--¡Quién me diera ahora mi Guardia Blanca! Pero ¿dónde está Gualtero?
--Ha sido asesinado, señor.
--¡Dios acoja su alma! Y ahora, á defendernos y sobretodo á defender á
una dama que necesita de todo nuestro esfuerzo. Aquí llega quien quizás
pueda servirnos de guía por estos corredores y aun conducirnos fuera de
la fortaleza.
--En la cual no tardaremos en morir asados si no la dejamos pronto,
agregó Duguesclín.
Los que llegaban bajando los escalones de cuatro en cuatro eran un
escudero francés y el caballero bohemio, con una herida en la frente el
último.
--Habla, Godofredo, dijo Duguesclín al escudero. ¿Conoces alguna salida
libre?
--La única es el subterráneo secreto que da al campo y por él han
entrado esos bandidos con el auxilio de algún traidor dentro de la
fortaleza. El caballero hospitalario, que venía delante de nosotros,
cayó muerto allá arriba de un hachazo en el cráneo. La servidumbre y la
guarnición han sido pasadas á cuchillo. Somos los únicos que han
escapado con vida hasta ahora. En mi opinión el único recurso es
refugiarnos en la torre, cuyas llaves véis allí, pendientes del cinto de
mi infortunado señor. Una vez en ella podremos defender con más ventaja
la estrecha escalera; los muros de la torre son gruesos y el fuego
tardará mucho en consumirlos. Con tal que podamos conducir á la dama....
--Iré yo misma, se oyó decir á la noble señora, que apareció pálida y
grave á la puerta de la habitación que con su esposo ocupara aquella
noche fatal. Estoy acostumbrada á los azares de la guerra, y si vuestra
protección, valientes caballeros, fuese insuficiente, jamás caeré viva
en manos de esos malvados.
Al decir esto, mostró en su diestra agudísima daga.
--Leonor, dijo Duguesclín, os he amado siempre, pero en este instante
más que nunca. Si la Virgen nos permite protegeros, hago voto de ofrecer
una corona de oro á Nuestra Señora de Rennes. ¡Adelante, amigos!
Los asaltantes, cansados de matar, se dedicaban al saqueo. Sólo un grupo
bastante numeroso atizaba el fuego y observaba en silencio los progresos
del incendio. Al pie de la escalera tortuosa por donde los guió el
escudero francés hallaron los fugitivos á un desarrapado centinela, de
quien dió pronta cuenta una flecha disparada por la segura mano de
Simón. Pequeña puerta los separaba del gran patio del castillo y al otro
lado de ella se oían las voces y carcajadas de multitud de enemigos,
ebrios de sangre y enloquecidos con su triunfo. Aun el hombre más
animoso hubiera vacilado antes de salvar aquella frágil barrera, pero
Duguesclín puso fin á toda indecisión abriendo de golpe la puertecilla.
--¡Hacia la torre, á la carrera! gritó. ¡Los dos arqueros delante, mi
esposa entre los dos escuderos y los señores de Reiter y Morel á
retaguardia, para contener á esa gentuza!
Así lo hicieron y con tanta rapidez que habían recorrido ya la mitad del
gran patio del castillo, antes de que los sorprendidos villanos
comenzaran á atacarlos. Los arqueros derribaron en un abrir y cerrar de
ojos á los pocos que se pusieron en su camino, y los que llegaron á
perseguirlos de cerca mordieron el polvo, atravesados por las temibles
espadas de los tres nobles. Llegaron sin tropiezo á la puerta de la
torre y el escudero francés, que procuraba abrirla, lanzó de repente un
grito de angustia y desesperación.
--¡Esta no es la llave! exclamó, y fuera de sí dió dos pasos en
dirección del ala del castillo que acababan de dejar, como si quisiera
ir á pedir al cadáver de su señor la llave salvadora.
En aquel momento un hercúleo campesino lanzó contra él enorme piedra,
que le dió de lleno en la cabeza y lo tendió sin sentido á los pies del
barón.
--¡Esta es para mí la mejor llave! rugió Tristán; y levantando la pesada
roca la lanzó á su vez con irresistible fuerza contra la puerta de la
torre.
Un momento después acababa de echarla abajo el gigantesco arquero y los
fugitivos entraron por fin en aquel momentáneo refugio.
--¡Vos arriba, señora! exclamó el barón indicando á Doña Leonor la
escalera de piedra, en tanto que Duguesclín y sus compañeros derribaban
malheridos á los cuatro agresores más próximos.
Los demás retrocedieron vociferando y amenazadores siempre, pero
quedándose á prudente distancia, después de destrozar el cuerpo del
infeliz escudero; acto de crueldad que vengó Tristán abalanzándose sobre
la chusma y asiendo con sus nervudas manos á dos villanos, cuyas cabezas
golpeó una contra otra con fuerza tal que ambos quedaron tendidos en el
suelo, sin dar señales de vida.
--Ahora organicemos la defensa de la torre, dijo Duguesclín. El barón y
yo al pie de la escalera; Inglaterra y Francia pelearán hoy juntas
contra el enemigo común. El señor Otón de Reiter y el joven escudero de
Morel ahí, en el primer escalón; los arqueros algo más arriba, para que
puedan manejar sus arcos. ¡Atención!
Á la primera señal de ataque por parte de la furiosa multitud se oyeron
silbar dos flechas, lanzadas por Tristán y Simón, y los dos que parecían
jefes de los bandidos quedaron revolcándose en su sangre á la entrada de
la torre. Otros dos tuvieron igual suerte y entonces los sitiadores
desesperados se lanzaron en tropel al ataque. Poco hubiera durado la
resistencia sin la estrechez de la puerta y de la escalera, que impedían
los movimientos del enemigo, en tanto que cuatro espadas incansables
hacían tremendo estrago en aquella apretada masa de hombres mal armados.
Porfiada fué la lucha, pero terminó con la retirada del enemigo, no sin
que los sitiados tuvieran que deplorar la muerte de Reiter, el caballero
bohemio, á quién alcanzó en la cabeza un golpe de maza.
--Primera etapa, dijo tranquilamente Duguesclín. Parece que por ahora
tienen bastante.
--Y no deja de haber entre esos perros algunos muy valientes y que se
baten bien, comentó el señor de Morel. Pero ¿qué hacen ahora?
--¡Nuestra Señora de Rennes nos valga! dijo el paladín francés. Se
proponen pegar fuego á la torre y asarnos en ella. Me lo temía. Duro en
ellos, arqueros, que ahora de nada nos sirven nuestras espadas.
Una docena de sitiadores se adelantaron escudándose con enormes haces de
leña y ramas secas, que colocaron contra los muros. Otros les pegaron
fuego con antorchas y pronto estuvo la torre rodeada en su base por un
círculo de llamas. El humo obligó á sus defensores á refugiarse en el
primer piso, pero pronto empezaron á arder las tablas del suelo, se
llenó de humo espeso aquella estancia y á duras penas pudieron subir sin
ahogarse el último tramo y llegar á lo más alto de la torre.
Imponente era el cuadro que desde aquella elevación se divisaba. Prados
y bosque iluminados dulcemente por la luz argentada de la luna; oíase á
lo lejos el tañido penetrante de una campana; á un lado de la torre se
desmoronaban los muros del castillo, presa de las llamas, y al pie de su
último refugio agitábase con ademanes furiosos y roncos gritos la
multitud de sus enemigos.
--¡Por el filo de mi espada! exclamó Simón. Paréceme, amigo Tristán, que
de este viaje no veremos á España; ni tampoco mi cobertor de pluma, que
por fortuna se halla en buenas manos. Trece flechas me quedan y que me
ahorquen si una sola de ellas no da en el blanco. La primera para el
maldito aquel que agita el manto de seda de la pobre castellana.
¡Ensartado por la cintura, un palmo más abajo de lo que yo esperaba!
Número dos: regalo de despedida al condenado aquel que lleva una cabeza
clavada en la pica. Ya está tendido panza arriba. ¡Buen flechazo también
el tuyo, Tristán! Has hecho caer á ese buen mozo de narices en el fuego.
¡Allá va otra!
Mientras ambos arqueros se despachaban á su gusto, Duguesclín y su
esposa consultaban con el barón y Roger, y reconocían lo desesperado de
su situación.
--Por ella lo siento, decía el famoso guerrero francés.
--No te apesadumbre mi suerte, contestó la amante y valerosa dama, que
pues la muerte me amenaza, nunca tan bienvenida como recibiéndola
contigo á mi lado.
--Bien, señora, dijo el barón; esa es sin duda la respuesta que en
iguales circunstancias me hubiera dado mi inolvidable esposa, para quien
son mis últimos pensamientos.
--¿Qué es esto, señor barón? exclamó en aquel momento Roger con fuerte
voz, desde el lado opuesto de la terraza.
--¿Esto? ¡Por San Jorge! dijo el barón acudiendo presuroso, un montón de
proyectiles para bombardas. Y aquí está la caja de hierro destinada á la
pólvora. Ahora veréis el destrozo que vamos á hacer en la canalla. Tú,
Tristán, levanta esa caja y ponla sobre el parapeto. Y tú, Simón, alza
la tapa. Bien, está casi llena. Ahora dejad caer la caja al pie de la
torre, entre las llamas.
No bien quedó cumplida la orden resonó una detonación espantosa. La
torre tembló y quedó cuarteada, amenazando desplomarse de un momento á
otro. Los sitiados, pálidos y mudos de terror, se asieron al parapeto y
contemplaron los estragos de la explosión. Desde el pie de la torre
hasta una distancia de cincuenta varas se veía una masa confusa de
cuerpos destrozados, de heridos que lanzaban pavorosos gritos, muchos de
ellos envueltos por las llamas que consumían sus harapos. Más allá de
aquella escena de destrucción numerosos grupos de gentes aterrorizadas
que huían á todo correr, ansiosos de alejarse cuanto antes de la funesta
torre y de sus temibles defensores.
--¡Una salida, Duguesclín! gritó el barón. Aprovechemos su confusión
para salir de aquí y huir si posible es.
Dicho esto desenvainó la espada y comenzó á bajar rápidamente la
escalera, seguido de sus compañeros, pero antes de llegar al piso
inmediato se detuvo, con el desaliento reflejado en el rostro.
--¿Qué pasa?
--Mirad. La explosión ha derribado la pared, cuyos escombros interceptan
por completo la escalera. Y más abajo el fuego continúa minando la
torre.
--Estamos perdidos, dijo Duguesclín.
Volvieron todos lentamente á la terraza superior y apenas llegados lanzó
Simón una exclamación de alegría.
--¡Albricias! exclamó. ¿Oís? Es el canto de guerra de la Guardia Blanca.
Antes de bajar me pareció oirlo también como un eco lejano, pero no
estaba seguro de ello. Nuestros amigos llegan. ¡Oid!
Todos se pusieron á escuchar. La duda no era posible. Del valle se
elevaba un canto marcial y sonoro, más grato para los sitiados que la
más armoniosa melodía.
--¡Allí, allí! prosiguió Simón. Vedlos que salen del bosque y toman el
camino del castillo. Han visto las llamas y también la turba de esos
condenados y cantan como siempre que la Guardia Blanca se prepara á dar
y recibir testarazos. ¡Ah, valientes! ¡Á mí, Yonson, Roldán, Vifredo!
--¿Quién va? preguntó una voz potente.
--¡Simón Aluardo, voto á bríos, que no quiere morir asado! ¡Y aquí en la
torre tenéis también una dama á quien rescatar, junto con vuestro
capitán el barón de Morel! ¡Pronto, bergantes! ¡La flecha y la cuerda,
Vifredo, como en el sitio de Maupertuis!
--¡Viva Simón! se oyó gritar á los arqueros y poco después la voz de
Vifredo, que decía: ¿Estás pronto, camarada?
--¡Tira! contestó Simón.
El arquero tendió su arco y la flecha cayó dentro del parapeto. Atado á
su extremo tenía un largo bramante del que Simón se apoderó con avidez.
--¡Salvados! dijo, y luégo inclinándose hacia sus camaradas, gritó:
¡Atad ahora la cuerda, larga y fuerte!
Á los pocos momentos tenía en sus manos la gruesa cuerda salvadora. Con
su auxilio bajaron primero á la noble dama y no tardaron en verse todos
al pie de la torre, rodeados de los valientes arqueros de la Guardia
Blanca.
CAPÍTULO XXIX
EL PASO DE RONCESVALLES
--¿Dónde está el capitán Claudio Latour? fué lo primero que preguntó el
barón de Morel, apenas sus pies tocaron el suelo.
--En nuestro campamento de Montpezat, señor barón, á dos horas de camino
de aquí, dijo respetuosamente Yonson, el sargento que mandaba á los
arqueros.
--Pues en marcha sin pérdida de momento, muchachos, que quiero veros á
todos en el cuartel general de Dax, á tiempo para marchar á la
vanguardia del príncipe.
En aquel instante trajeron al señor de Morel y á Roger sus caballos, así
como los de Duguesclín y su esposa, abandonados por los villanos en su
precipitada fuga. La despedida de los dos guerreros fué por manera
afectuosa.
--Gran ventura ha sido para mí, dijo Duguesclín, la de haber conocido y
tratado en tan excepcionales circunstancias al caudillo famoso cuyo
nombre tantas veces me anunciara la fama. Pero es fuerza separarnos,
porque mi puesto está al lado del rey de España, á cuyas órdenes debo
ponerme antes de que vos crucéis las montañas de la frontera.
--Á la verdad, yo os creía en España con el valiente Enrique de
Trastamara.
--Allá estuve, barón, y á Francia vine con la misión de reclutar gente
en su auxilio. En España me hallaréis, al frente de cuatro mil lanzas
francesas escogidas, para hacer á vuestro príncipe una acogida digna de
él y de sus valientes caballeros. ¡Dios os guarde, amigo barón, y nos
permita volver á vernos en circunstancias más propicias!
--No creo que exista caballero más cumplido en toda la cristiandad, dijo
el de Morel mirándole alejarse en compañía de su animosa consorte. Pero
¿estás herido, Roger? ¿Qué palidez es esa?
--Lo único que tengo, señor barón, es pesar amargo por la desdichada
muerte de mi buen compañero de Pleyel.
--¡Ah, sí! dijo tristemente el noble. Dos valientes escuderos he perdido
ya y me pregunto por qué la implacable suerte arrebata de mi lado á esos
jóvenes de brillante porvenir, dejando intactas las blancas cabezas como
la mía. ¿Pero no recuerdas, Roger, cómo Doña Leonor nos predijo todos
estos peligros y desgracias de la pasada noche?
--Así es en efecto, señor.
--Lo cual renueva mis temores de ver cumplida también su otra visión
profética sobre el asedio de Monteagudo. Pero no puedo creer que haya
llegado hasta Salisbury una fuerza enemiga francesa ó escocesa bastante
numerosa para atacar el castillo. Convoca á esa gente, Simón, y en
marcha.
Al primer toque de clarín acudieron presurosos los arqueros blancos,
cargados de botín, y el barón no ocultó una sonrisa de satisfacción al
recorrer con su penetrante mirada las filas de aquellos aguerridos
soldados. Pocos jefes podían enorgullecerse de mandar una fuerza tan
temible y tan marcial como aquella. No faltaban allí algunos veteranos
de las grandes guerras de Francia, pero en su mayoría formaban la
Guardia Blanca jóvenes arqueros, robustos mocetones ingleses, sobre
cuyos petos lucían ricas bandas de seda y oro y brillaban las piedras
preciosas, muestra evidente del abundante botín recogido en su larga
campaña del sur. Perfectamente armados y protegidos con sus cascos de
acero, cota de malla recubierta por el coleto blanco con la cruz roja de
San Jorge en el pecho, el largo arco á la espalda y la maza ó el hacha
de combate colgada del cinto, sentíase el barón capaz de grandes
empresas al frente de aquellos hombres denodados.
Dos horas de marcha por la orilla del Aveyron los llevaron al campamento
de la Guardia Blanca, formado por unas cincuenta tiendas, y entre los
primeros en acudir á su encuentro figuraba un jinete ricamente vestido,
que saludó al barón con entusiasmo.
--¡Por fin! exclamó estrechándole las manos. Más de un mes hace que os
esperamos ansiosos, señor de Morel. ¡Bienvenido seáis! ¿Recibísteis mi
carta?
--Sólo á ella se debe mi presencia aquí. Pero me admira, en verdad,
señor de Latour, que no hayáis tomado vos mismo el mando de estos
valientes arqueros.
--¡Imposible, mi noble amigo! exclamó el jefe gascón. Ya sabéis cómo son
estos ingleses y no hay medio de que acaten como jefe á quien no sea
compatriota suyo. Yo mismo no he podido conquistarme su confianza y
obediencia; tuvieron como de costumbre su conciliábulo y los muy tercos,
dirigidos por ese cabeza dura que ahí traéis, Simón Aluardo, resolvieron
que habíais de ser vos y no otro quien los mandara. Pero vuestro plan
era reforzar la Guardia con un centenar de reclutas, barón. ¿Dónde
están?
--Esperándonos en Dax, donde no tardaremos en reunirnos con ellos.
--Venid á mi tienda, donde descansaréis y vos y vuestro escudero
repondréis un tanto las fuerzas con lo poco que aquí puedo ofreceros.
En el curso de la conversación no tardó Claudio Latour en exponer su
proyecto de atacar á Montpezat y Castelnau, villas cercanas y mal
defendidas, en la primera de las cuales aseguró al barón que hallarían
más de doscientos mil ducados ocultos en la fortaleza, amén de otro
botín nada despreciable.
--Muy diferentes son mis planes, señor de Latour, dijo irritado el de
Morel. He venido aquí para capitanear á esos arqueros, poniéndolos al
servicio del rey nuestro señor y del príncipe su hijo, que necesita de
todo nuestro auxilio para reinstalar á su aliado Don Pedro en el trono
de Castilla. Hoy mismo me propongo seguir la marcha en dirección á Dax.
--Pues por mí, repuso Latour con evidente sorpresa y disgusto, estoy muy
satisfecho con la vida que aquí llevo, no tengo el menor interés en esa
guerra de que habláis y desde luego no me veréis en Dax.
--En tal caso, señor mío, tendré el disgusto de ponerme al frente de la
Guardia Blanca sin vos.
--Si la Guardia os sigue, barón, cuando sepa que pensáis sacarla de esta
comarca, donde vive en la abundancia, sin más ley que su voluntad.
--Pues á averiguarlo en seguida, replicó impetuosamente el barón. Si soy
su jefe, se vienen conmigo á Dax en este momento; y si no lo soy ¡por mi
nombre! entonces no sé qué hago yo en Auvernia, en vez de ocupar mi
puesto en la escolta del príncipe.
No tardaron en hallarse congregados los arqueros, á quienes el barón,
con voz firme y ademán enérgico, dirigió la palabra en estos términos:
--Me dicen, arqueros, que os habéis aficionado á esta regalada vida que
aquí lleváis, hasta el punto de no querer salir de Auvernia. Pero ¡por
San Jorge! que no he de creerlo de tan valientes soldados, sobre todo
cuando sepáis que vuestro príncipe prepara una gran empresa y necesita
de vosotros. Me habéis elegido por jefe y lo seré para guiaros á España;
os juro que el estandarte de las cinco rosas ondeará siempre allí donde
haya más lauros que conquistar. Pero si es vuestro deseo cambiar gloria
y renombre por vil lucro y seguir en esta comarca entre la molicie y el
saqueo, buscad otro jefe, que yo he vivido honrado y con honra he de
morir. Entre vosotros hay muchos hijos del condado de Hanson; que hablen
los primeros y digan si están prontos á seguir la bandera de Morel.
Inmediatamente se destacó de la columna un numeroso grupo de arqueros,
montañeses robustos de Hanson, que aclamaron al barón con entusiasmo.
--¡Por la cruz de mi espada, muchachos! gritó en aquel punto Simón
saltando sobre un tronco caído. ¡Sería una vergüenza para la Guardia
Blanca permitir que el príncipe cruzase las montañas del sur sin que le
abriésemos camino con nuestros arcos! La guerra está declarada, el
estandarte real ondea al viento, y bajo sus pliegues se hallará al viejo
Simón, aunque tenga que ir solo hasta Dax....
--¡No, no! ¡Viva Simón! ¡Iremos todos! gritaron los arqueros, que en su
mayor parte no necesitaban del ejemplo dado tan oportunamente por el
popularísimo veterano.
--¡Que hable el capitán Latour! se oyó decir en las filas.
--¡Sí, oigamos también al gascón! apoyó otra voz.
--¡Soldados! exclamó Claudio Latour sin hacerse de rogar. No haré más
que recordaros lo mucho y bueno que aquí dejáis y la triste recompensa
que váis á buscar en lejana guerra. La libertad y el rico botín en
Auvernia, la severa disciplina y mísera paga en el ejército. Ya sabéis
lo que han ganado vuestros camaradas de la Guardia Blanca que fueron á
Italia; el saco de Mantua y el rescate de seiscientos nobles. Yo os
proporcionaré aquí golpes de mano tan brillantes como ese....
--¡Que los convertirán en una gavilla de ladrones! vociferó Tristán,
furioso con aquella arenga.
--Sin embargo, no va del todo descaminado el capitán gascón, dijo
tímidamente un arquero de torva mirada.
--¡Tú has sido siempre un cobarde y un traidor, Marcos! rugió Simón
enseñándole el puño.
--Haya paz, dijo el barón con voz tranquila. Los que prefieran servir al
señor de Latour, libres son de seguirle. Los demás, conmigo á donde nos
llaman el deber y el patriotismo.
Una docena de arqueros se deslizaron avergonzados en dirección á la
tienda del gascón, despedidos por la rechifla de toda la columna, que
poco después se ponía en marcha con el barón, camino del cuartel general
inglés.
En toda la comarca, de ordinario tan tranquila, que se extiende desde el
Adour hasta la frontera de Navarra, vivaqueaban los numerosos cuerpos
del magno ejército; por todas partes se veían las tiendas de jefes y
soldados de Aquitania, gascones é ingleses. Acababa de llegar de
Inglaterra el duque de Lancaster, hermano del príncipe, con séquito de
cuatrocientos caballeros y numerosa fuerza de arqueros, último refuerzo
que se esperaba y todo estaba pronto para la marcha.
Los desfiladeros de Navarra seguían en manos del vacilante Carlos, que
había tratado de negociar á la vez con Enrique de Castilla y con Eduardo
de Inglaterra; pero la mano de hierro del Príncipe Negro le obligó á
ceder y dejar libres los pasos de la cordillera. Para conseguirlo
comisionó el príncipe al capitán Hugo Calverley, quien al frente de su
compañía entró rápidamente en Navarra y pegó fuego á Puente la Reina y
Miranda. Aquel reto bastó para que el rey Carlos desistiese de toda
oposición al paso del fuerte ejército invasor por territorio navarro.
Á principios de Febrero, tres días después de la llegada del barón de
Morel y su Guardia Blanca á Dax, recibió el ejército inglés la orden de
marcha en dirección á Roncesvalles. Los primeros en obedecerla, por
disposición expresa del príncipe, fueron los trescientos arqueros de
Morel, elegidos para abrir el camino y situarse en el último tramo de la
cordillera, á fin {de} esperar y proteger allí el paso de todo el
ejército. Orgulloso en verdad cabalgaba el barón á la cabeza de su
gente, armado de punta en blanco y seguido de Roger, Simón y Reno,
portando este último el estandarte del famoso guerrero.
--Á fe mía, Roger, dijo éste, que hubiera preferido ver á Carlos de
Navarra disputarnos el paso de esos montes, que tengo entendido fueron
teatro de un reñido combate en el que perdió la vida cierto valeroso
Roldán.
--Si me lo permitís, señor barón, repuso Reno, os diré que conozco bien
el país por haber servido á las órdenes del rey de Navarra. Aquel
edificio cuyo techo véis entre los árboles es un asilo y monasterio y
señala el lugar donde pereció Roldán. El pueblo que á la izquierda mano
queda es Orbaiceta, tierra del buen vino.
--Y á la derecha veo un caserío....
--Es el pueblo de Los Aldudes, y más allá los picachos de Altavista.
El barón hizo notar á Roger, que contemplaba admirado tan hermoso
cuadro, el contraste que desde aquella altura presentaban las áridas
llanuras gasconas del norte con las verdes praderas y las colinas
pintorescas de la tierra navarra. Tampoco dejaban de ver aquí y allá, en
lo alto de las rocas ó al torcer de un camino, pequeños grupos de
caballeros y soldados del rey Carlos, que los contemplaban en silencio;
vista que ponía de muy mal humor al barón, quien hablaba nada menos que
de caer espada en mano sobre aquellos soldados neutrales. El veterano
echaba de menos los días en que, según él decía, jamás se compraba con
oro ni tratados el paso por tierra extranjera, sino que se ganaba á
punta de lanza ó se perecía en la demanda. Por fin llegaron los arqueros
á un lugar de la sierra desde el cual se divisaban en el lejano
horizonte las torres de Pamplona, y allí se detuvo la Guardia Blanca, en
cumplimiento de las órdenes del príncipe. Los altos montes estaban
cubiertos de nieve y los arqueros se acomodaron lo mejor que pudieron
en una aldea vecina. Roger dedicó el resto de aquel día y parte del
siguiente, á ver desfilar el brillante ejército reunido para aquella
expedición bajo las banderas del rey de Inglaterra. No tardó en
reunírsele Simón, que tomó asiento á su lado sobre una elevada roca.
--Hombres, caballos, armas y arreos, todo esto es magnífico, Roger, y
digno de la atención que le dedicas, dijo el veterano. Nuestro valiente
capitán está furioso porque hemos cruzado los montes sin andar á
flechazos ni lanzadas, pero ó mucho me engaño ó esta campaña de Castilla
le proporcionará tantas ocasiones de combatir como pueda pedirle el
cuerpo, antes de que volvamos á emprender la marcha hacia el norte.
Dicen en el ejército que Enrique de Trastamara puede lanzar contra
nosotros cuarenta mil soldados, sin contar las lanzas francesas de
Duguesclín y que todos ellos han jurado morir antes que ver á Don Pedro
otra vez en el trono de Castilla.
--Pero nuestro ejército es también numeroso y aguerrido.
--Veinte y siete mil hombres por junto y en tierra extraña. Pero
atención, -mon petit-, que aquí llega Chandos en persona con su compañía
y tras ella pendones y escudos entre los que reconocerás á lo mejor de
nuestra nobleza.
Mientras hablaba Simón había desfilado ante ellos fuerte columna de
arqueros, seguidos de un portaestandarte que llevaba en alto el pendón
de Chandos. Cabalgaba éste á corta distancia, revestido de armadura
completa á excepción del casco con luengas plumas blancas, que sostenía
sobre el arzón uno de los escuderos de su escolta. Cubría sus blancos
cabellos un birrete de terciopelo color de púrpura y un paje le llevaba
la poderosa lanza. Sonrióse complacido al ver el estandarte de las cinco
rosas que ondeaba sobre la aldehuela y con una señal de despedida tomó
tras sus arqueros el camino de Pamplona.
Á corta distancia de él iban mil doscientos caballeros ingleses, cuyos
almetes, petos y armas relucían al sol, formando deslumbrador escuadrón,
escoltado por Lord Audley en persona con sus seiscientos arqueros y los
cuatro renombrados escuderos que tamaña gloria conquistaran en Poitiers.
Doscientos jinetes pesadamente armados precedían al duque de Lancaster y
su brillante séquito, en el que descollaban cuatro heraldos cuyos
luengos tabardos llevaban bordadas sobre el pecho las armas reales. Á
uno y otro lado del joven príncipe cabalgaban los dos senescales de
Aquitania, Guiscardo de Angle y Esteban Cosinton, portando el primero la
bandera del ducado y el segundo la de San Jorge. Más allá, en cuanto del
camino abarcaba la vista, se extendía sin cesar columna tras columna,
como un río de acero, dominado por airosas cimeras, gonfalones y
blasonados escudos.
Gran parte de aquel día permaneció absorto el buen Roger en la
contemplación de los lúcidos escuadrones y compañías que ante él
desfilaron, á la vez que escuchaba atento los nombres que citaba y los
interesantes comentarios que hacía el veterano Simón, hasta que los
últimos hombres de armas hubieron desaparecido en los profundos
desfiladeros de Roncesvalles, con dirección á los llanos de Navarra.
En compañía del duque de Lancaster llegaron á Pamplona, con la
vanguardia inglesa, los reyes de Mallorca y de Navarra y el impaciente
Don Pedro de Castilla. También se contaban allí apuestos caballeros
gascones, procedentes de Aquitania y de Saintonge, de La Rochelle,
Quercy, el Lemosín, Agenois, Poitou y Bigorre, con los pendones y
fuerzas de sus distritos respectivos. Y no es de omitir el numeroso
contingente del país de Gales, bajo la bandera escarlata de Merlín. Allí
también el anciano duque de Armagnac con su sobrino el señor de Albret,
los de Esparre, Breteuil y tantos más.
Al cuarto día todo el ejército quedó acampado en el valle de Pamplona y
el príncipe inglés convocó á sus jefes á consejo en el palacio real de
la antigua capital de Navarra.
CAPÍTULO XXX
LA GUARDIA BLANCA EN EL VALLE DE PAMPLONA
Mientras se celebraba el consejo de guerra en Pamplona hallábase
acampada la Guardia Blanca en las afueras de la ciudad, entre las
compañías del jefe gascón La Nuit y del flamenco Ortingo, y allí se
divertían tirando la espada, luchando cuerpo á cuerpo como antiguos
gladiadores ó mostrando su habilidad en el manejo del arco, para lo cual
les servían de blanco escudos colocados sobre las cercanas eminencias
del terreno. Los arqueros bisoños se adelantaban formados en filas y
tendían cuidadosamente los grandes arcos, en tanto que los veteranos
como Yonson, Reno, Simón y otros seguían con atención el vuelo de las
flechas, comentando, aplaudiendo ó corrigiendo los esfuerzos de los
tiradores. Tras ellos se agrupaban muchos ballesteros de La Nuit y del
Brabante, que observaban con interés el ejercicio á que se entregaban
sus aliados ingleses.
--¡Bravo, Gerardo! dijo el viejo Yonson á un mocetón de ojos azules y
rubio cabello que con labios entreabiertos y fija mirada, seguía la
dirección de la flecha que acababa de lanzar. Ahí la tienes en el centro
del blanco, y así lo esperaba desde que la ví salir de tu mano. ¡Buen
arquero, muchacho!
--Tirad siempre de la cuerda lentamente y por igual y soltad la flecha
sin mover la mano, pero de pronto, dijo Simón. Y acordaos de que esas
reglas son ley lo mismo cuando tiréis al blanco que cuando tras del
escudo se os venga encima un jinete lanza en ristre ó espada en alto,
dispuesto á partiros el alma. Pero ¿quién es ése que agarra el arco como
un cayado y que hace tantas muecas para apuntar?
--Es Sabas, de Bristol. ¡Oye tú, Sabas! gritó Vifredo, no dobles el
espinazo, hijo, ni saques la lengua, que maldito lo que eso te ayudará
para poner la flecha en el blanco. Levanta esa cara tan fea que Dios te
ha dado, tente tieso, y extiende bien el brazo izquierdo, sin moverlo;
ahora tira despacio de la cuerda con la derecha.
--Á fe mía, que más entiendo yo de manejar la espada y la pica que el
arco, dijo Reno, pero he llevado tantos años entre arqueros que recuerdo
haber presenciado prodigios. Buenos tiradores hay aquí, pero no como
algunos que recuerdo.
--¿Ves aquello? preguntó Yonson al veterano, extendiendo el brazo hacia
una bombarda que á no gran distancia se alzaba sobre su poco airosa
cureña. Pues la culpa la tienen esos armatostes, con sus humaredas y sus
rugidos. Ante ellos van desapareciendo poco á poco los arqueros de la
buena escuela. Y es maravilla que tan gentil guerrero como nuestro
príncipe lleve consigo esas sucias máquinas, que ojalá revienten todas
con mil demonios.
--Para arqueros de primer orden algunos que teníamos en el sitio de
Calais, observó Simón. Recuerdo que en una de las muchas salidas un
genovés levantó el brazo y lo agitó como amenazándonos. Diez de nuestros
muchachos le soltaron en el acto otras tantas flechas, y cuando
descubrimos después su cadáver se vió que tenía ocho de ellas clavadas
en el antebrazo.
--Pues yo os diré, repuso Vifredo, que cuando los franceses nos cogieron
el galeón -Cristóbal- y lo anclaron á doscientos pasos de la playa, dos
arqueros de marca, Robín y Elías, no necesitaron más de cuatro flechas
para cortar el cable del ancla como con un cuchillo, de suerte que por
poco se estrella el galeón contra las rocas y á los de á bordo los
asaeteamos de lo lindo.
--Buenos tiempos aquellos y mejores arqueros, en verdad, dijo Reno, pero
á bien que ahí está Simón Aluardo, tan perito como el que más; y cuanto
á tí, Yonson, como si no te hubiera visto yo ganarte el buey gordo allá
en Fenbury, cuando te lo disputaron en el tiro al blanco los primeros
arqueros de Londres.
Habíalos estado escuchando muy atentamente, apoyado en su ballesta, un
robusto flamenco de penetrante mirada y atezado rostro, cuyo traje y
porte revelaban á un oficial subalterno de las tropas del Brabante.
--No comprendo, dijo dirigiéndose á los arqueros ingleses, por qué os
gusta tanto la percha esa de seis pies de largo, que os hace tirar y
esforzaros como mulos de carga, cuando yo con el molinete de mi ballesta
obtengo sin molestia los mismos resultados.
--Buenos tiros de ballesta han visto mis ojos, contestó Simón, pero
permitidme deciros, camarada, que comparando vuestra arma con el arco me
parece una bicoca propia de mujeres, que pueden dispararla con tanta
facilidad y tanto acierto como vos.
--Mucho habría que decir sobre eso, repuso bruscamente el flamenco. Pero
desde luego aseguro que con mi ballesta hago yo lo que ninguno de
vosotros con el arco.
--¡Bien dicho, -mon garçon!- exclamó Simón. El buen gallo canta siempre
alto. Pero á los hechos me atengo y como yo he practicado muy poco con
el arco en estos últimos tiempos, ahí está el viejo Yonson, que sabe
hacer bien las cosas y sostendrá contra vos el honor de la Guardia
Blanca.
--Un galón de vino del Jura apuesto por el arco, dijo Reno, y por mis
barbas que preferiría apostarlo de buena cerveza de Londres si tal
hubiera por estas tierras.
--¡Apostado! exclamó el ballestero. Lo que no veo, continuó mirando
rápidamente en derredor, es un blanco que merezca tal nombre, pues yo no
he de perder el tiempo tirando á esos escudos, buenos para ejercitar
reclutas.
--El tío ese es el mejor tirador de las compañías aliadas, dijo en voz
baja á Simón un hombre de armas inglés. Esta misma mañana oí decir de él
que fué quien derribó malherido al condestable de Borbón.
--Respondo de Yonson, á quien he visto manejar el arco durante veinte
años, contestó Simón. ¿Qué tal, viejo mío? ¿Te resuelves á demostrar á
este camarada lo que vale un arco inglés?
--Á buena parte vienes, Simón, como si para lances tales valiera más un
arquero machucho, por bueno que haya sido, que uno de esos zánganos
mozos con ojos de lince y puños de hierro. Pero en fin, déjame tomarle
el tiento á ese arco tuyo, Roldán, que me parece de los buenos. Escocés
de construcción, no hay más que verlo, ligero y flexible á la vez que
poderoso. No, esas flechas no; una de aquellas, tres plumas por banda y
punta estrecha y larga.
--Esas son las que á mí me gustan, marrullero, dijo Simón.
--¿Estáis pronto? preguntó el ballestero, poniendo cuidadosamente en su
arma un grueso dardo.
La noticia de la prueba que se preparaba había cundido por el campo y
numerosos espectadores de las diferentes compañías formaban extenso
semicírculo detrás de los dos justadores. La mirada del ballestero se
fijó de pronto en una cigüeña que trasponiendo lejana colina continuó su
perezoso vuelo en dirección al campamento. Al acercarse divisaron todos
un punto negro que se cernía á grande altura, y que muy pronto
conocieron era un milano en seguimiento de su víctima. Aterrorizada la
cigüeña llegó á unos cien pasos de los arqueros y el ave de rapiña
empezó á trazar pequeños círculos, como si se preparase á caer sobre
ella, cuando el ballestero, apuntando rápidamente, atravesó con su dardo
á la pobre cigüeña. Casi al mismo tiempo tendió Yonson su temible arco y
la flecha detuvo en su vuelo al milano, que empezó á caer velozmente;
alzóse gran clamoreo de los espectadores, que aplaudían ambas proezas;
pero la aprobación de todos se trocó en asombro al ver que Yonson ponía
apresurado otra flecha en su arco apenas disparada la primera y
apuntando horizontalmente clavaba á su vez una saeta en la infeliz
cigüeña, casi en los momentos de dar ésta con su cuerpo en el suelo. Un
grito unánime de los arqueros, resonante expresión de triunfo, acogió
aquella doble hazaña de su camarada, á quien abrazó estrechamente Simón,
que danzaba de gozo.
--¡Ah, viejo lobo! gritó. Esta la celebraremos juntos vaciando un
azumbre de lo bueno. No contento con el milano habías de ensartar
también la cigüeña. ¡Por las barbas del gran turco! ¡Otro abrazo!
--Buen tirador sois, á fe mía, dijo gravemente el ballestero, pero no
habéis probado serlo mejor que yo. Apunté á la cigüeña y dí en el
blanco; nadie hubiera podido hacer más.
;
;
1
2
3
.
4
,
5
,
6
,
.
7
,
.
8
9
-
-
¿
,
?
.
10
11
-
-
,
,
12
.
.
.
.
.
.
.
.
13
14
-
-
,
.
15
,
.
16
17
.
18
,
19
,
20
.
21
,
22
.
23
,
24
.
25
,
,
26
.
27
28
.
.
.
.
29
30
-
-
¡
,
!
.
31
32
-
-
,
,
.
33
34
-
-
,
,
.
35
36
-
-
¡
!
,
37
.
38
39
-
-
,
,
.
40
¡
,
!
¡
!
41
42
43
,
44
,
45
.
46
47
-
-
,
.
,
,
48
.
¿
?
49
50
-
-
.
.
.
.
.
51
,
,
52
.
53
.
.
.
.
54
55
-
-
¿
,
?
,
,
56
.
¿
?
57
58
-
-
.
¿
,
,
59
?
60
61
-
-
62
63
.
¿
?
,
;
64
65
.
.
.
.
66
67
-
-
,
,
.
68
69
-
-
,
,
70
.
71
.
,
.
72
;
,
,
73
,
,
,
74
.
75
.
76
77
-
-
¡
!
,
.
78
79
-
-
,
.
80
.
,
,
81
,
.
82
.
,
,
83
.
,
,
84
85
.
,
,
86
,
.
.
.
.
87
88
-
-
¡
!
.
89
;
90
91
.
92
93
-
-
,
.
94
95
-
-
¿
96
?
.
97
98
-
-
,
.
99
100
-
-
¿
?
101
.
102
103
-
-
.
,
.
104
.
105
106
-
-
¿
?
107
108
-
-
.
109
110
-
-
¿
?
111
112
-
-
.
113
114
-
-
¡
!
.
¿
115
?
116
117
-
-
,
;
,
,
¿
118
?
.
119
120
-
-
,
.
121
,
,
122
,
,
123
,
124
.
125
126
-
-
¿
,
?
.
127
128
-
-
¿
?
.
129
,
130
.
131
132
-
-
¡
!
.
¿
,
133
?
,
134
,
.
135
.
136
,
,
.
137
,
,
138
.
,
139
.
140
.
¡
,
!
141
¡
,
142
!
143
144
,
145
,
:
146
147
-
-
¡
,
148
!
149
150
151
152
153
154
155
156
157
158
,
159
160
.
,
,
161
162
.
163
164
,
165
.
166
167
-
-
¿
,
?
.
168
169
-
-
.
170
.
¿
,
171
?
172
.
173
174
.
.
.
.
.
175
176
-
-
¡
!
177
.
178
179
-
-
,
,
180
.
181
.
.
.
.
182
183
-
-
,
,
.
¿
?
184
185
-
-
.
.
¡
186
!
187
188
,
189
.
190
191
192
,
193
.
,
194
195
,
,
196
.
,
197
,
,
198
.
199
,
200
.
201
202
-
-
¿
?
.
¡
,
-
203
-
!
.
¿
?
204
205
.
206
207
-
-
,
,
;
208
.
209
,
,
210
211
.
¡
!
212
,
.
213
.
214
215
216
.
,
217
218
,
.
219
220
.
221
,
222
,
223
.
224
.
225
226
.
227
,
228
.
,
229
.
230
.
231
232
-
-
,
,
.
233
.
234
.
235
236
-
-
,
,
.
¡
237
238
!
239
240
-
-
,
,
,
241
.
,
.
242
.
.
.
.
243
244
-
-
,
,
245
.
.
246
,
247
.
248
249
,
250
,
251
.
252
,
.
253
254
-
-
¡
!
¡
,
!
,
255
,
256
257
.
258
259
,
260
261
.
262
,
263
.
264
,
,
,
265
266
.
,
,
267
,
;
268
269
.
270
,
,
,
271
,
272
,
273
,
274
.
,
275
276
.
277
,
.
278
279
-
-
¡
!
.
.
280
,
281
.
¿
,
?
282
283
-
-
,
284
.
285
286
-
-
,
287
.
.
.
288
289
-
-
¡
!
290
.
291
.
.
292
.
.
.
.
293
294
-
-
,
.
295
296
-
-
¡
!
¿
?
297
298
-
-
,
.
299
300
-
-
¡
!
,
301
.
302
303
.
304
305
-
-
,
306
.
307
308
309
,
310
.
311
312
-
-
,
,
.
¿
313
?
314
315
-
-
316
317
.
,
,
318
.
319
.
320
.
321
,
,
322
.
323
;
324
.
.
.
.
.
325
326
-
-
,
,
327
328
.
,
329
,
,
,
330
.
331
332
,
.
333
334
-
-
,
,
,
335
.
,
336
.
¡
,
!
337
338
,
,
.
339
340
.
341
,
342
343
.
344
,
345
.
346
,
347
.
348
349
-
-
¡
,
!
.
¡
,
350
351
,
!
352
353
354
,
355
.
356
,
357
,
358
.
359
,
,
360
.
361
362
-
-
¡
!
,
363
,
364
.
365
366
,
367
368
.
369
370
-
-
¡
!
;
371
372
.
373
374
375
.
376
377
-
-
¡
,
!
378
,
379
.
380
381
,
382
,
383
;
384
,
385
386
,
.
387
388
-
-
,
.
389
;
390
.
391
,
;
,
392
.
¡
!
393
394
395
,
,
396
397
.
398
.
399
,
400
,
401
.
402
,
,
403
,
404
,
.
405
406
-
-
,
.
407
.
408
409
-
-
410
,
.
¿
?
411
412
-
-
¡
!
.
413
.
.
414
,
,
.
415
416
417
,
.
418
419
.
420
,
,
421
422
.
423
424
.
425
;
426
;
427
,
,
428
429
.
430
431
-
-
¡
!
.
,
,
432
;
,
433
.
434
.
435
.
436
¡
,
!
437
:
438
.
.
¡
439
,
!
.
440
¡
!
441
442
,
443
,
444
.
445
446
-
-
,
.
447
448
-
-
,
,
449
,
450
.
451
452
-
-
,
,
;
453
,
454
.
455
456
-
-
¿
,
?
457
,
.
458
459
-
-
¿
?
¡
!
,
460
.
461
.
.
,
462
,
.
,
,
463
.
,
.
464
,
.
465
466
.
467
,
468
.
,
,
469
.
470
471
,
,
472
.
473
474
,
475
.
476
477
-
-
¡
,
!
.
478
.
479
480
481
,
,
482
,
.
483
484
-
-
¿
?
485
486
-
-
.
,
487
.
488
.
489
490
-
-
,
.
491
492
493
.
494
495
-
-
¡
!
.
¿
?
.
496
,
497
.
.
¡
!
498
499
.
.
500
,
501
.
502
503
-
-
¡
,
!
.
504
.
505
506
.
¡
,
!
¡
,
,
,
!
507
508
-
-
¿
?
.
509
510
-
-
¡
,
,
!
¡
511
,
512
!
¡
,
!
¡
,
513
,
!
514
515
-
-
¡
!
516
,
:
¿
,
?
517
518
-
-
¡
!
.
519
520
.
521
.
522
523
-
-
¡
!
,
,
:
524
¡
,
!
525
526
.
527
528
,
529
.
530
531
532
533
534
535
536
537
538
539
-
-
¿
?
540
,
.
541
542
-
-
,
,
543
,
,
544
.
545
546
-
-
,
,
547
,
548
.
549
550
,
551
,
552
.
553
.
554
555
-
-
,
,
556
557
.
,
558
,
559
.
560
561
-
-
,
562
.
563
564
-
-
,
,
565
.
,
566
,
567
.
¡
,
,
568
!
569
570
-
-
,
571
.
572
¿
,
?
¿
?
573
574
-
-
,
,
575
.
576
577
-
-
¡
,
!
.
578
579
,
580
.
¿
,
,
581
?
582
583
-
-
,
.
584
585
-
-
586
.
587
588
.
,
,
589
.
590
591
,
592
,
593
594
.
595
.
596
,
597
,
,
598
599
,
600
.
601
,
602
,
603
,
604
.
605
606
607
,
,
608
,
609
.
610
611
-
-
¡
!
.
612
,
.
¡
!
¿
613
?
614
615
-
-
.
,
,
616
,
617
.
618
619
-
-
¡
,
!
.
620
621
.
622
;
,
623
,
,
624
.
625
,
.
¿
626
?
627
628
-
-
,
.
629
630
-
-
,
631
.
632
633
634
,
635
,
636
,
637
.
638
639
-
-
,
,
640
.
,
641
,
642
643
.
.
644
645
-
-
,
,
646
,
647
.
648
649
-
-
,
,
650
.
651
652
-
-
,
,
653
,
,
.
654
655
-
-
,
.
656
,
;
¡
657
!
,
658
.
659
660
,
,
661
,
:
662
663
-
-
,
,
664
,
.
¡
665
!
,
666
667
.
;
668
669
.
670
671
,
,
672
.
;
673
.
674
675
,
676
,
.
677
678
-
-
¡
,
!
679
.
¡
680
681
!
,
682
,
683
,
.
.
.
.
684
685
-
-
¡
,
!
¡
!
¡
!
,
686
687
.
688
689
-
-
¡
!
.
690
691
-
-
¡
,
!
.
692
693
-
-
¡
!
.
694
695
.
696
,
.
697
698
;
.
699
.
.
.
.
700
701
-
-
¡
!
,
702
.
703
704
-
-
,
,
705
.
706
707
-
-
¡
,
!
708
.
709
710
-
-
,
.
711
,
.
,
712
.
713
714
715
,
,
716
,
717
.
718
719
,
,
720
,
721
;
722
,
.
723
,
,
724
,
725
.
726
727
,
728
729
;
730
.
731
,
732
733
.
734
.
735
736
,
737
,
738
.
,
739
,
740
,
741
,
742
.
743
,
,
,
744
.
745
746
-
-
,
,
,
747
,
748
749
.
750
751
-
-
,
,
,
752
.
753
754
.
755
,
.
756
757
-
-
.
.
.
.
758
759
-
-
,
.
760
761
,
762
,
763
764
.
,
765
,
766
,
;
767
,
768
.
769
,
,
770
,
771
.
772
773
,
,
774
.
775
776
.
777
,
778
.
779
,
.
780
781
-
-
,
,
,
,
,
782
,
.
783
784
,
785
786
,
.
787
788
,
789
790
.
791
792
-
-
.
793
794
-
-
.
795
,
-
-
,
796
797
.
798
799
800
,
801
.
,
802
,
803
.
804
805
.
806
807
.
808
809
,
810
,
,
,
811
812
.
813
814
,
815
.
816
817
,
,
818
.
,
819
,
,
820
,
,
821
.
822
823
824
825
,
826
,
827
828
,
.
829
830
,
831
,
832
.
833
,
,
,
834
,
,
,
,
835
.
836
,
.
837
,
838
,
.
839
840
841
842
.
843
844
845
846
847
848
849
850
851
852
853
,
854
,
855
,
856
,
857
858
.
859
,
860
,
,
861
,
,
862
.
863
,
864
.
865
866
-
-
¡
,
!
867
,
868
.
869
,
.
¡
870
,
!
871
872
-
-
873
,
,
.
874
875
,
876
.
¿
877
?
878
879
-
-
,
.
¡
,
!
,
880
,
,
,
881
.
882
,
,
,
;
883
.
884
885
-
-
,
886
,
,
887
.
,
888
.
889
890
-
-
¿
?
,
891
892
.
,
893
.
894
.
895
,
896
.
897
898
-
-
899
,
.
900
.
901
,
902
903
.
904
905
-
-
,
,
906
-
-
,
907
,
,
908
,
909
910
.
911
912
-
-
,
,
,
913
,
;
914
,
,
915
,
916
.
917
918
,
,
919
,
920
.
921
922
-
-
,
,
923
,
924
,
925
.
926
927
-
-
,
,
928
,
,
929
,
930
.
931
932
-
-
,
.
933
934
.
935
936
-
-
¡
,
-
!
-
.
937
.
938
,
,
939
940
.
941
942
-
-
,
,
943
944
.
945
946
-
-
¡
!
.
,
947
,
,
948
,
949
.
950
951
-
-
,
952
.
953
.
954
955
-
-
,
956
,
.
¿
,
?
¿
957
?
958
959
-
-
,
,
960
,
,
961
.
,
962
,
,
.
963
,
,
964
.
,
;
,
965
.
966
967
-
-
,
,
.
968
969
-
-
¿
?
,
970
.
971
972
973
974
.
975
976
.
977
,
978
.
979
980
,
981
,
,
,
982
.
983
,
;
984
,
;
985
986
987
988
,
.
989
,
,
990
,
,
991
.
992
993
-
-
¡
,
!
.
994
.
995
.
¡
!
¡
!
996
997
-
-
,
,
,
998
.
999
;
.
1000