villanos; defendió el bondadoso capellán á las pobres gentes del pueblo; comentóse la osadía creciente de los pecheros y su menguante respeto por los privilegios de la nobleza y en amena plática pasaron agradablemente las horas. Rato hacía que Roger contemplaba con interés y no sin alguna alarma el rostro de la noble esposa de Duguesclín, que hundida en su sillón parecía últimamente ajena á cuanto en torno suyo se decía, brillantes los ojos, fija la mirada y empalidecidas las mejillas. Notó Roger que Duguesclín observaba también á su esposa, inquieto y trémulo. --¿Qué tenéis, esposa mía? le preguntó. --Nada, Bertrán, dijo ella con voz apagada y sin apartar los ojos del muro opuesto en que fijos los tenía. Pero allí... una visión.... --Me lo temía, dijo el célebre guerrero francés. Os debo una explicación, señores. Mi buena esposa está dotada de una facultad profética que se manifiesta en ella de tarde en tarde y le permite predecir determinados acontecimientos futuros. Misterio es éste incomprensible para mí, pero ese poder extraordinario había hecho ya la admiración de todos allá en Bretaña, mucho antes de que yo viese por primera vez á mi Leonor en Dinán. Lo que puedo aseguraros es que ese dón suyo procede del cielo y no del espíritu del mal, que es lo que constituye la diferencia entre la magia blanca y la magia negra. Y por indicios que me son harto conocidos, comprendo que mi buena compañera se halla al presente en uno de esos momentos lúcidos. La última vez que la ví en el mismo estado, la víspera de la batalla de Auray, me predijo que el siguiente día sería fatal para mí y para Carlos de Blois. Veinte y cuatro horas después había muerto éste y veíame yo prisionero del señor de Chandos.... --¡Bertrán, Bertrán! llamó la vidente con dulce voz. --Decidme, amada mía, qué me reserva la suerte. --Un peligro grande te amenaza, Bertrán, en este mismo instante. --¡Bah! Un soldado está siempre en peligro, dijo el gran campeón francés con tranquila sonrisa. --Pero tus enemigos se ocultan, se arrastran, te rodean en este momento. ¡Ah, Bertrán! ¡Guárdate! Tal expresión de terror manifestaban sus facciones descompuestas y los ojos desmesuradamente abiertos, que Duguesclín miró rápidamente en torno de la sala, clavó la vista por breves instantes en los tapices que cubrían las paredes y luégo en los anhelantes rostros de sus amigos. --Esperaré ese peligro si él no me espera á mí, dijo. Y ahora, Leonor, habla. ¿Cuál será el término de la guerra de España? --Apenas puedo ver lo que allí sucede. Espera.... Grandes montañas y más allá una extensa y árida llanura, el chocar de las armas, los gritos del combate. El fracaso mismo de tu misión en España te dará el triunfo en definitiva.... --¿Qué decís á eso, barón? Amargo y dulce á la vez, ó como si dijéramos, un favor y un disfavor. ¿No queréis hacer vos mismo alguna pregunta? --Si me lo permitís. ¿Os place decirme, señora, qué sucede allá en el castillo de Monteagudo? --Para contestar á esa pregunta necesito posar mi mano sobre una persona cuya memoria y cuya mente estén fijas de continuo en ese castillo de que habláis. ¿Vuestra mano? No, barón; otra persona hay aquí cuyo pensamiento permanece fijo en Monteagudo aun con más insistencia que el vuestro.... --Me asombráis, noble señora, balbuceó Morel. --Acercáos, joven de los rubios cabellos rizados, dijo doña Leonor extendiendo la diestra en dirección de Roger. Poned vuestra mano sobre mi frente. Así, esperad. Una niebla espesa de la cual se destaca enorme torre cuadrada; la niebla se disipa, ya veo las murallas, la fortaleza toda, en una verde colina, con el río á sus pies, las olas del mar á distancia y una iglesia á tiro de ballesta de las almenas. Junto al río se alzan las tiendas de los sitiadores. --¡Los sitiadores! exclamaron á la vez el barón, Gualtero y Roger. --Sí, que asaltan los muros con vigor. Ya plantan las escalas y disparan un nublado de flechas. Allí su jefe, alto y hermoso, con luenga barba rubia, lanza á sus soldados contra la maciza puerta. Pero los del castillo se defienden valerosamente. Una mujer, sí, una heroína los manda. Dos, dos mujeres sobre la muralla animan á las gentes de Morel, que devuelven golpe por golpe y lanzan grandes piedras sobre sus enemigos. Cayó el jefe de éstos y sus soldados retroceden, huyen, todo se obscurece, nada más veo ya.... --¡Por San Jorge! exclamó el barón. Apenas puedo creer que Salisbury y Monteagudo sean teatro de tales escenas; pero habéis hecho tan exacta descripción del terreno y la fortaleza que me llenáis de asombro y de temor. --Aprovechad los momentos si algo más queréis saber, dijo Duguesclín. --¿Cuál será el resultado de esta larga serie de luchas entre Francia é Inglaterra? preguntó uno de los escuderos franceses. --Ambas conservarán lo que es suyo, contestó la dama. --¿Luego nosotros seguiremos dominando en Gascuña y Aquitania? preguntó el señor de Morel. --No. Tierra francesa, sangre y lengua francesas. De Francia son y ella las reconquistará y conservará. --¿Pero no Burdeos? --Burdeos es también Francia. --¿Y Calais? --También Calais. --¡Negra estrella la nuestra si tal sucede! exclamó el barón. ¿Qué le quedará entonces á Inglaterra? --Permitid, barón; y vos, señora, decidme antes ¿cuál será el porvenir de nuestra amada patria? preguntó lleno de júbilo Duguesclín. --Grande, rica y poderosa. Á través de los siglos véola al frente de las otras naciones, pueblo rey entre todos los pueblos, grande en la guerra pero más grande aún en la paz, progresiva y feliz, sin más monarca que la voluntad de sus hijos, una desde Calais hasta los azules mares del sur. --¿Oíslo, señor de Morel? exclamó triunfante el caudillo francés. --Pero ¿qué de Inglaterra? preguntó tristemente el barón. La profetisa parecía contemplar con profunda sorpresa un cuadro insólito, un espectáculo para ella inesperado. --¡Dios mío! exclamó por fin. ¿De dónde proceden esos vastos pueblos, esos estados poderosos que ante mí se levantan? Y más allá otros, y otros, allende los mares. Ocupan continentes enteros en los que resuenan los martillos de sus fábricas y las campanas de sus iglesias. Sus nombres, muchos, son ingleses y también la lengua que hablan. Otras tierras, cercadas por otros mares y bajo diverso cielo, pero son también tierras inglesas. La bandera de San Jorge ondea por todas partes, así bajo el sol de los trópicos como entre las nieves del polo. La sombra de Inglaterra se extiende al otro lado de los mares. ¡Bertrán, Bertrán! ¡Nos vencen, porque el menor de sus capullos es más hermoso que la mejor y más perfumada de nuestras flores! La profetisa dió una gran voz, alzóse del asiento y cayó desvanecida en brazos de su esposo, que dijo conmovido: --¡Ha terminado la visión, la hora sagrada y misteriosa que revela el secreto de lo porvenir! CAPÍTULO XXVIII ATAQUE Y DEFENSA DEL CASTILLO DE VILLAFRANCA Muy tarde era cuando Roger pudo retirarse á descansar, no sin dejar antes cómodamente instalado al barón en la habitación que le había sido destinada. La suya, situada en el piso segundo de la feudal morada, contenía un pequeño lecho para él y tendidos en el suelo dos colchones en los que al entrar Roger dormían y roncaban Simón y Tristán. Rezaba el joven sus oraciones cuando oyó un discreto golpe dado á la puerta y casi en seguida entró Gualtero con un candil, pálido el rostro y temblorosas las manos. --¿Qué ocurre, amigo? le preguntó prontamente Roger. --Apenas sé qué decirte. Me asaltan los más tristes presentimientos y tiemblo sin saber por qué. ¿Te acuerdas de Tita, la hija del artista de Burdeos? Yo la requerí de amores allá en la calle de los Apóstoles y le dí una sortija de oro que me prometió llevar siempre en recuerdo mío. Al despedirnos me dijo que su pensamiento me seguiría en las guerras y que mis peligros serían también los suyos propios.... Pues acabo de verla. --¡Bah! Estás sobreexcitado con las profecías y los espasmos de mi señora Duguesclín y se te antojan los dedos huéspedes. --Te digo que la he visto ahora mismo, al subir la escalera, tan distintamente como veo á esos dos arqueros dormidos. Tenía los ojos anegados en lágrimas y sus manos se adelantaban como para protegerme.... --Mira, Gualtero, es tarde y necesitas descansar. ¿Dónde está tu cuarto? --En el próximo piso. Queda precisamente sobre éste. ¡La santa Virgen nos proteja! Oyó Roger las pisadas de su amigo en la escalera, y dirigiéndose después á la ventana contempló el paisaje iluminado por la luna. Por aquella parte del castillo se extendía una ancha faja de terreno cubierto de menuda hierba y algo más lejos dos bosquecillos separados por un espacio descubierto en el que sólo crecían algunos matorrales, plateados por los rayos de la luna. Mirábalos Roger distraído, cuando vió que un hombre salía lentamente de entre los árboles de la derecha y cruzando con rapidez el claro, inclinándose como si quisiera ocultarse, desapareció en el bosquecillo de la izquierda. Tras él pasó otro y después otro, y luego muchos más, solos ó en grupos, llevando no pocos de ellos unos grandes bultos asegurados á la espalda. Absorto quedó el joven escudero por un momento, pero muy pronto se inclinó y tocó ligeramente el hombro de Simón. --¿Quién va? exclamó el arquero levantándose de un salto. ¡Hola, -mon petit-! Creí que nos sorprendía el enemigo. ¿Qué me quieres? Llevóle Roger á la ventana y díjole lo que acababa de ver. --Mira, mocito, fué la contestación del veterano; en este endemoniado país yo ya no me admiro de nada. Á bien que hay en él más tunantes que conejos en los sotos de Hanson, gentes desalmadas todas, que se pasean de noche porque si lo hicieran de día no tardaría en echarles mano el verdugo. ¡Mala centella los parta y á dormir se ha dicho! Pero antes no estará de más correr este cerrojo, que estamos en casa extraña. Acuéstate y duerme. Con esto se tendió el arquero en su jergón y á los dos minutos dormía profundamente. Imitóle Roger, pensó que serían ya cerca de las tres de la mañana y dormitando se hallaba cuando le pareció que alguien empujaba y hacía crujir la puerta del cuarto, procurando en vano abrirla. Púsose á escuchar sobresaltado y oyó pasos cautelosos que se alejaban de su puerta y continuaban escalera arriba. Poco después resonó algo como un grito ahogado, como un lamento de agonía y cuando Roger se disponía á saltar del lecho, dirigió la vista á la ventana y quedó casi paralizado de terror. Un cuerpo humano se balanceaba lentamente ante el hueco de la ventana y de la parte exterior del muro. Pendía de una cuerda anudada al cuello y fija evidentemente por el otro extremo en la ventana del piso superior. Una atracción irresistible obligó á Roger á saltar del lecho y acercarse, á tiempo que la luz de la luna daba de lleno en el rostro del ahorcado. Era Gualtero de Pleyel, cobardemente sorprendido y asesinado. Al tremendo grito de sorpresa y de dolor que lanzó Roger se despertaron sobresaltados los dos arqueros. --El pedernal y la yesca, pronto, dijo Tristán con reposada voz. Esta luz de luna es cosa de espectros. Aquí está el candil y ahora nos veremos las caras. --Es el pobre Pleyel, no hay duda, gruñó Simón. ¡Pero que me aspen si no le ajusto yo las cuentas á este senescal de los demonios por la manera que tiene de tratar á sus huéspedes! --No, no, Simón, los asesinos son aquellos bandidos ocultos en el bosque de que te hablé antes. Y el barón, sabe Dios qué suerte le habrá cabido. Vuelo á su lado.... --Un momento, camarada, que yo soy perro viejo y sé cómo se hacen estas cosas. Lo primero es poner mi casco en la punta del arco. Tú abres la puerta lentamente y yo presento el cebo á esos canallas, si por ventura están ahí esperando degollarnos. Así lo hicieron, y no bien se abrió la puerta y asomó por ella el almete, recibió éste un tremendo tajo y estallaron los gritos de los asesinos. Pero antes de que pudieran repetir el golpe brilló la espada de Simón, y uno de sus enemigos cayó atravesado de parte á parte. --¡Adelante! ¡Seguidme, y á ellos! gritó Simón, y abriendo de par en par la puerta se lanzaron los tres ingleses fuera del cuarto, atropellando violentamente á dos hombres que hallaron á su paso y bajando las escaleras á toda prisa. Los gritos partían del piso inferior, cuyo vestíbulo iluminaban vivamente algunas antorchas clavadas en los trofeos que adornaban sus paredes. Frente á una de las tres puertas que daban al vestíbulo veíanse los ensangrentados cadáveres del senescal y de su esposa, ésta con la cabeza separada del tronco y aquél atravesado el cuerpo por una pica. Junto á ellos, muertos también, tres servidores del castillo, destrozados é informes como si hubiera caído sobre ellos una manada de lobos. En la puerta inmediata, Duguesclín y el barón de Morel, á medio vestir y mal armados, tenían á raya á los asesinos; en los ojos de ambos guerreros brillaba con luz siniestra el fuego del combate y ante ellos se amontonaban los cadáveres enemigos. Un numeroso grupo de hombres andrajosos, con horrendos visajes y armados de picas, hoces y chuzos, arremetía de nuevo contra los dos caballeros, que hacían prodigios de valor y destreza, en el momento en que les llegó el refuerzo de Roger y los dos arqueros, cuyas espadas abrieron sangriento camino en la vocinglera turba. Retrocedió ésta con gritos de rabia, uniéronse y adelantáronse los cinco defensores del castillo y no tardó en quedar libre de enemigos el vestíbulo. Tristán se apoderó de los dos últimos y los lanzó escaleras abajo, sobre las cabezas de sus compañeros. --¡No los sigáis! gritó Duguesclín. Si nos separamos estamos perdidos. Poco me importaría morir matando, pero tengo que proteger á mi pobre esposa. ¿Qué nos aconsejáis, barón? --Para consejos estoy yo, que todavía no sé á qué viene ni qué significa esta matanza. --Son esos perros bandidos del bosque, la ralea peor que se conoce en la tierra. Se han apoderado del castillo. Mirad por esa ventana. --¡El cielo me valga! Hay más de un millar dentro de la fortaleza y sobre las murallas. En aquel grupo con antorchas están descuartizando á un arquero. Allí arrojan á otro desde el muro. Por las abiertas puertas entran ahora muchos con grandes haces de leña y ramaje.... --Justo, para pegar fuego al castillo. --¡Quién me diera ahora mi Guardia Blanca! Pero ¿dónde está Gualtero? --Ha sido asesinado, señor. --¡Dios acoja su alma! Y ahora, á defendernos y sobretodo á defender á una dama que necesita de todo nuestro esfuerzo. Aquí llega quien quizás pueda servirnos de guía por estos corredores y aun conducirnos fuera de la fortaleza. --En la cual no tardaremos en morir asados si no la dejamos pronto, agregó Duguesclín. Los que llegaban bajando los escalones de cuatro en cuatro eran un escudero francés y el caballero bohemio, con una herida en la frente el último. --Habla, Godofredo, dijo Duguesclín al escudero. ¿Conoces alguna salida libre? --La única es el subterráneo secreto que da al campo y por él han entrado esos bandidos con el auxilio de algún traidor dentro de la fortaleza. El caballero hospitalario, que venía delante de nosotros, cayó muerto allá arriba de un hachazo en el cráneo. La servidumbre y la guarnición han sido pasadas á cuchillo. Somos los únicos que han escapado con vida hasta ahora. En mi opinión el único recurso es refugiarnos en la torre, cuyas llaves véis allí, pendientes del cinto de mi infortunado señor. Una vez en ella podremos defender con más ventaja la estrecha escalera; los muros de la torre son gruesos y el fuego tardará mucho en consumirlos. Con tal que podamos conducir á la dama.... --Iré yo misma, se oyó decir á la noble señora, que apareció pálida y grave á la puerta de la habitación que con su esposo ocupara aquella noche fatal. Estoy acostumbrada á los azares de la guerra, y si vuestra protección, valientes caballeros, fuese insuficiente, jamás caeré viva en manos de esos malvados. Al decir esto, mostró en su diestra agudísima daga. --Leonor, dijo Duguesclín, os he amado siempre, pero en este instante más que nunca. Si la Virgen nos permite protegeros, hago voto de ofrecer una corona de oro á Nuestra Señora de Rennes. ¡Adelante, amigos! Los asaltantes, cansados de matar, se dedicaban al saqueo. Sólo un grupo bastante numeroso atizaba el fuego y observaba en silencio los progresos del incendio. Al pie de la escalera tortuosa por donde los guió el escudero francés hallaron los fugitivos á un desarrapado centinela, de quien dió pronta cuenta una flecha disparada por la segura mano de Simón. Pequeña puerta los separaba del gran patio del castillo y al otro lado de ella se oían las voces y carcajadas de multitud de enemigos, ebrios de sangre y enloquecidos con su triunfo. Aun el hombre más animoso hubiera vacilado antes de salvar aquella frágil barrera, pero Duguesclín puso fin á toda indecisión abriendo de golpe la puertecilla. --¡Hacia la torre, á la carrera! gritó. ¡Los dos arqueros delante, mi esposa entre los dos escuderos y los señores de Reiter y Morel á retaguardia, para contener á esa gentuza! Así lo hicieron y con tanta rapidez que habían recorrido ya la mitad del gran patio del castillo, antes de que los sorprendidos villanos comenzaran á atacarlos. Los arqueros derribaron en un abrir y cerrar de ojos á los pocos que se pusieron en su camino, y los que llegaron á perseguirlos de cerca mordieron el polvo, atravesados por las temibles espadas de los tres nobles. Llegaron sin tropiezo á la puerta de la torre y el escudero francés, que procuraba abrirla, lanzó de repente un grito de angustia y desesperación. --¡Esta no es la llave! exclamó, y fuera de sí dió dos pasos en dirección del ala del castillo que acababan de dejar, como si quisiera ir á pedir al cadáver de su señor la llave salvadora. En aquel momento un hercúleo campesino lanzó contra él enorme piedra, que le dió de lleno en la cabeza y lo tendió sin sentido á los pies del barón. --¡Esta es para mí la mejor llave! rugió Tristán; y levantando la pesada roca la lanzó á su vez con irresistible fuerza contra la puerta de la torre. Un momento después acababa de echarla abajo el gigantesco arquero y los fugitivos entraron por fin en aquel momentáneo refugio. --¡Vos arriba, señora! exclamó el barón indicando á Doña Leonor la escalera de piedra, en tanto que Duguesclín y sus compañeros derribaban malheridos á los cuatro agresores más próximos. Los demás retrocedieron vociferando y amenazadores siempre, pero quedándose á prudente distancia, después de destrozar el cuerpo del infeliz escudero; acto de crueldad que vengó Tristán abalanzándose sobre la chusma y asiendo con sus nervudas manos á dos villanos, cuyas cabezas golpeó una contra otra con fuerza tal que ambos quedaron tendidos en el suelo, sin dar señales de vida. --Ahora organicemos la defensa de la torre, dijo Duguesclín. El barón y yo al pie de la escalera; Inglaterra y Francia pelearán hoy juntas contra el enemigo común. El señor Otón de Reiter y el joven escudero de Morel ahí, en el primer escalón; los arqueros algo más arriba, para que puedan manejar sus arcos. ¡Atención! Á la primera señal de ataque por parte de la furiosa multitud se oyeron silbar dos flechas, lanzadas por Tristán y Simón, y los dos que parecían jefes de los bandidos quedaron revolcándose en su sangre á la entrada de la torre. Otros dos tuvieron igual suerte y entonces los sitiadores desesperados se lanzaron en tropel al ataque. Poco hubiera durado la resistencia sin la estrechez de la puerta y de la escalera, que impedían los movimientos del enemigo, en tanto que cuatro espadas incansables hacían tremendo estrago en aquella apretada masa de hombres mal armados. Porfiada fué la lucha, pero terminó con la retirada del enemigo, no sin que los sitiados tuvieran que deplorar la muerte de Reiter, el caballero bohemio, á quién alcanzó en la cabeza un golpe de maza. --Primera etapa, dijo tranquilamente Duguesclín. Parece que por ahora tienen bastante. --Y no deja de haber entre esos perros algunos muy valientes y que se baten bien, comentó el señor de Morel. Pero ¿qué hacen ahora? --¡Nuestra Señora de Rennes nos valga! dijo el paladín francés. Se proponen pegar fuego á la torre y asarnos en ella. Me lo temía. Duro en ellos, arqueros, que ahora de nada nos sirven nuestras espadas. Una docena de sitiadores se adelantaron escudándose con enormes haces de leña y ramas secas, que colocaron contra los muros. Otros les pegaron fuego con antorchas y pronto estuvo la torre rodeada en su base por un círculo de llamas. El humo obligó á sus defensores á refugiarse en el primer piso, pero pronto empezaron á arder las tablas del suelo, se llenó de humo espeso aquella estancia y á duras penas pudieron subir sin ahogarse el último tramo y llegar á lo más alto de la torre. Imponente era el cuadro que desde aquella elevación se divisaba. Prados y bosque iluminados dulcemente por la luz argentada de la luna; oíase á lo lejos el tañido penetrante de una campana; á un lado de la torre se desmoronaban los muros del castillo, presa de las llamas, y al pie de su último refugio agitábase con ademanes furiosos y roncos gritos la multitud de sus enemigos. --¡Por el filo de mi espada! exclamó Simón. Paréceme, amigo Tristán, que de este viaje no veremos á España; ni tampoco mi cobertor de pluma, que por fortuna se halla en buenas manos. Trece flechas me quedan y que me ahorquen si una sola de ellas no da en el blanco. La primera para el maldito aquel que agita el manto de seda de la pobre castellana. ¡Ensartado por la cintura, un palmo más abajo de lo que yo esperaba! Número dos: regalo de despedida al condenado aquel que lleva una cabeza clavada en la pica. Ya está tendido panza arriba. ¡Buen flechazo también el tuyo, Tristán! Has hecho caer á ese buen mozo de narices en el fuego. ¡Allá va otra! Mientras ambos arqueros se despachaban á su gusto, Duguesclín y su esposa consultaban con el barón y Roger, y reconocían lo desesperado de su situación. --Por ella lo siento, decía el famoso guerrero francés. --No te apesadumbre mi suerte, contestó la amante y valerosa dama, que pues la muerte me amenaza, nunca tan bienvenida como recibiéndola contigo á mi lado. --Bien, señora, dijo el barón; esa es sin duda la respuesta que en iguales circunstancias me hubiera dado mi inolvidable esposa, para quien son mis últimos pensamientos. --¿Qué es esto, señor barón? exclamó en aquel momento Roger con fuerte voz, desde el lado opuesto de la terraza. --¿Esto? ¡Por San Jorge! dijo el barón acudiendo presuroso, un montón de proyectiles para bombardas. Y aquí está la caja de hierro destinada á la pólvora. Ahora veréis el destrozo que vamos á hacer en la canalla. Tú, Tristán, levanta esa caja y ponla sobre el parapeto. Y tú, Simón, alza la tapa. Bien, está casi llena. Ahora dejad caer la caja al pie de la torre, entre las llamas. No bien quedó cumplida la orden resonó una detonación espantosa. La torre tembló y quedó cuarteada, amenazando desplomarse de un momento á otro. Los sitiados, pálidos y mudos de terror, se asieron al parapeto y contemplaron los estragos de la explosión. Desde el pie de la torre hasta una distancia de cincuenta varas se veía una masa confusa de cuerpos destrozados, de heridos que lanzaban pavorosos gritos, muchos de ellos envueltos por las llamas que consumían sus harapos. Más allá de aquella escena de destrucción numerosos grupos de gentes aterrorizadas que huían á todo correr, ansiosos de alejarse cuanto antes de la funesta torre y de sus temibles defensores. --¡Una salida, Duguesclín! gritó el barón. Aprovechemos su confusión para salir de aquí y huir si posible es. Dicho esto desenvainó la espada y comenzó á bajar rápidamente la escalera, seguido de sus compañeros, pero antes de llegar al piso inmediato se detuvo, con el desaliento reflejado en el rostro. --¿Qué pasa? --Mirad. La explosión ha derribado la pared, cuyos escombros interceptan por completo la escalera. Y más abajo el fuego continúa minando la torre. --Estamos perdidos, dijo Duguesclín. Volvieron todos lentamente á la terraza superior y apenas llegados lanzó Simón una exclamación de alegría. --¡Albricias! exclamó. ¿Oís? Es el canto de guerra de la Guardia Blanca. Antes de bajar me pareció oirlo también como un eco lejano, pero no estaba seguro de ello. Nuestros amigos llegan. ¡Oid! Todos se pusieron á escuchar. La duda no era posible. Del valle se elevaba un canto marcial y sonoro, más grato para los sitiados que la más armoniosa melodía. --¡Allí, allí! prosiguió Simón. Vedlos que salen del bosque y toman el camino del castillo. Han visto las llamas y también la turba de esos condenados y cantan como siempre que la Guardia Blanca se prepara á dar y recibir testarazos. ¡Ah, valientes! ¡Á mí, Yonson, Roldán, Vifredo! --¿Quién va? preguntó una voz potente. --¡Simón Aluardo, voto á bríos, que no quiere morir asado! ¡Y aquí en la torre tenéis también una dama á quien rescatar, junto con vuestro capitán el barón de Morel! ¡Pronto, bergantes! ¡La flecha y la cuerda, Vifredo, como en el sitio de Maupertuis! --¡Viva Simón! se oyó gritar á los arqueros y poco después la voz de Vifredo, que decía: ¿Estás pronto, camarada? --¡Tira! contestó Simón. El arquero tendió su arco y la flecha cayó dentro del parapeto. Atado á su extremo tenía un largo bramante del que Simón se apoderó con avidez. --¡Salvados! dijo, y luégo inclinándose hacia sus camaradas, gritó: ¡Atad ahora la cuerda, larga y fuerte! Á los pocos momentos tenía en sus manos la gruesa cuerda salvadora. Con su auxilio bajaron primero á la noble dama y no tardaron en verse todos al pie de la torre, rodeados de los valientes arqueros de la Guardia Blanca. CAPÍTULO XXIX EL PASO DE RONCESVALLES --¿Dónde está el capitán Claudio Latour? fué lo primero que preguntó el barón de Morel, apenas sus pies tocaron el suelo. --En nuestro campamento de Montpezat, señor barón, á dos horas de camino de aquí, dijo respetuosamente Yonson, el sargento que mandaba á los arqueros. --Pues en marcha sin pérdida de momento, muchachos, que quiero veros á todos en el cuartel general de Dax, á tiempo para marchar á la vanguardia del príncipe. En aquel instante trajeron al señor de Morel y á Roger sus caballos, así como los de Duguesclín y su esposa, abandonados por los villanos en su precipitada fuga. La despedida de los dos guerreros fué por manera afectuosa. --Gran ventura ha sido para mí, dijo Duguesclín, la de haber conocido y tratado en tan excepcionales circunstancias al caudillo famoso cuyo nombre tantas veces me anunciara la fama. Pero es fuerza separarnos, porque mi puesto está al lado del rey de España, á cuyas órdenes debo ponerme antes de que vos crucéis las montañas de la frontera. --Á la verdad, yo os creía en España con el valiente Enrique de Trastamara. --Allá estuve, barón, y á Francia vine con la misión de reclutar gente en su auxilio. En España me hallaréis, al frente de cuatro mil lanzas francesas escogidas, para hacer á vuestro príncipe una acogida digna de él y de sus valientes caballeros. ¡Dios os guarde, amigo barón, y nos permita volver á vernos en circunstancias más propicias! --No creo que exista caballero más cumplido en toda la cristiandad, dijo el de Morel mirándole alejarse en compañía de su animosa consorte. Pero ¿estás herido, Roger? ¿Qué palidez es esa? --Lo único que tengo, señor barón, es pesar amargo por la desdichada muerte de mi buen compañero de Pleyel. --¡Ah, sí! dijo tristemente el noble. Dos valientes escuderos he perdido ya y me pregunto por qué la implacable suerte arrebata de mi lado á esos jóvenes de brillante porvenir, dejando intactas las blancas cabezas como la mía. ¿Pero no recuerdas, Roger, cómo Doña Leonor nos predijo todos estos peligros y desgracias de la pasada noche? --Así es en efecto, señor. --Lo cual renueva mis temores de ver cumplida también su otra visión profética sobre el asedio de Monteagudo. Pero no puedo creer que haya llegado hasta Salisbury una fuerza enemiga francesa ó escocesa bastante numerosa para atacar el castillo. Convoca á esa gente, Simón, y en marcha. Al primer toque de clarín acudieron presurosos los arqueros blancos, cargados de botín, y el barón no ocultó una sonrisa de satisfacción al recorrer con su penetrante mirada las filas de aquellos aguerridos soldados. Pocos jefes podían enorgullecerse de mandar una fuerza tan temible y tan marcial como aquella. No faltaban allí algunos veteranos de las grandes guerras de Francia, pero en su mayoría formaban la Guardia Blanca jóvenes arqueros, robustos mocetones ingleses, sobre cuyos petos lucían ricas bandas de seda y oro y brillaban las piedras preciosas, muestra evidente del abundante botín recogido en su larga campaña del sur. Perfectamente armados y protegidos con sus cascos de acero, cota de malla recubierta por el coleto blanco con la cruz roja de San Jorge en el pecho, el largo arco á la espalda y la maza ó el hacha de combate colgada del cinto, sentíase el barón capaz de grandes empresas al frente de aquellos hombres denodados. Dos horas de marcha por la orilla del Aveyron los llevaron al campamento de la Guardia Blanca, formado por unas cincuenta tiendas, y entre los primeros en acudir á su encuentro figuraba un jinete ricamente vestido, que saludó al barón con entusiasmo. --¡Por fin! exclamó estrechándole las manos. Más de un mes hace que os esperamos ansiosos, señor de Morel. ¡Bienvenido seáis! ¿Recibísteis mi carta? --Sólo á ella se debe mi presencia aquí. Pero me admira, en verdad, señor de Latour, que no hayáis tomado vos mismo el mando de estos valientes arqueros. --¡Imposible, mi noble amigo! exclamó el jefe gascón. Ya sabéis cómo son estos ingleses y no hay medio de que acaten como jefe á quien no sea compatriota suyo. Yo mismo no he podido conquistarme su confianza y obediencia; tuvieron como de costumbre su conciliábulo y los muy tercos, dirigidos por ese cabeza dura que ahí traéis, Simón Aluardo, resolvieron que habíais de ser vos y no otro quien los mandara. Pero vuestro plan era reforzar la Guardia con un centenar de reclutas, barón. ¿Dónde están? --Esperándonos en Dax, donde no tardaremos en reunirnos con ellos. --Venid á mi tienda, donde descansaréis y vos y vuestro escudero repondréis un tanto las fuerzas con lo poco que aquí puedo ofreceros. En el curso de la conversación no tardó Claudio Latour en exponer su proyecto de atacar á Montpezat y Castelnau, villas cercanas y mal defendidas, en la primera de las cuales aseguró al barón que hallarían más de doscientos mil ducados ocultos en la fortaleza, amén de otro botín nada despreciable. --Muy diferentes son mis planes, señor de Latour, dijo irritado el de Morel. He venido aquí para capitanear á esos arqueros, poniéndolos al servicio del rey nuestro señor y del príncipe su hijo, que necesita de todo nuestro auxilio para reinstalar á su aliado Don Pedro en el trono de Castilla. Hoy mismo me propongo seguir la marcha en dirección á Dax. --Pues por mí, repuso Latour con evidente sorpresa y disgusto, estoy muy satisfecho con la vida que aquí llevo, no tengo el menor interés en esa guerra de que habláis y desde luego no me veréis en Dax. --En tal caso, señor mío, tendré el disgusto de ponerme al frente de la Guardia Blanca sin vos. --Si la Guardia os sigue, barón, cuando sepa que pensáis sacarla de esta comarca, donde vive en la abundancia, sin más ley que su voluntad. --Pues á averiguarlo en seguida, replicó impetuosamente el barón. Si soy su jefe, se vienen conmigo á Dax en este momento; y si no lo soy ¡por mi nombre! entonces no sé qué hago yo en Auvernia, en vez de ocupar mi puesto en la escolta del príncipe. No tardaron en hallarse congregados los arqueros, á quienes el barón, con voz firme y ademán enérgico, dirigió la palabra en estos términos: --Me dicen, arqueros, que os habéis aficionado á esta regalada vida que aquí lleváis, hasta el punto de no querer salir de Auvernia. Pero ¡por San Jorge! que no he de creerlo de tan valientes soldados, sobre todo cuando sepáis que vuestro príncipe prepara una gran empresa y necesita de vosotros. Me habéis elegido por jefe y lo seré para guiaros á España; os juro que el estandarte de las cinco rosas ondeará siempre allí donde haya más lauros que conquistar. Pero si es vuestro deseo cambiar gloria y renombre por vil lucro y seguir en esta comarca entre la molicie y el saqueo, buscad otro jefe, que yo he vivido honrado y con honra he de morir. Entre vosotros hay muchos hijos del condado de Hanson; que hablen los primeros y digan si están prontos á seguir la bandera de Morel. Inmediatamente se destacó de la columna un numeroso grupo de arqueros, montañeses robustos de Hanson, que aclamaron al barón con entusiasmo. --¡Por la cruz de mi espada, muchachos! gritó en aquel punto Simón saltando sobre un tronco caído. ¡Sería una vergüenza para la Guardia Blanca permitir que el príncipe cruzase las montañas del sur sin que le abriésemos camino con nuestros arcos! La guerra está declarada, el estandarte real ondea al viento, y bajo sus pliegues se hallará al viejo Simón, aunque tenga que ir solo hasta Dax.... --¡No, no! ¡Viva Simón! ¡Iremos todos! gritaron los arqueros, que en su mayor parte no necesitaban del ejemplo dado tan oportunamente por el popularísimo veterano. --¡Que hable el capitán Latour! se oyó decir en las filas. --¡Sí, oigamos también al gascón! apoyó otra voz. --¡Soldados! exclamó Claudio Latour sin hacerse de rogar. No haré más que recordaros lo mucho y bueno que aquí dejáis y la triste recompensa que váis á buscar en lejana guerra. La libertad y el rico botín en Auvernia, la severa disciplina y mísera paga en el ejército. Ya sabéis lo que han ganado vuestros camaradas de la Guardia Blanca que fueron á Italia; el saco de Mantua y el rescate de seiscientos nobles. Yo os proporcionaré aquí golpes de mano tan brillantes como ese.... --¡Que los convertirán en una gavilla de ladrones! vociferó Tristán, furioso con aquella arenga. --Sin embargo, no va del todo descaminado el capitán gascón, dijo tímidamente un arquero de torva mirada. --¡Tú has sido siempre un cobarde y un traidor, Marcos! rugió Simón enseñándole el puño. --Haya paz, dijo el barón con voz tranquila. Los que prefieran servir al señor de Latour, libres son de seguirle. Los demás, conmigo á donde nos llaman el deber y el patriotismo. Una docena de arqueros se deslizaron avergonzados en dirección á la tienda del gascón, despedidos por la rechifla de toda la columna, que poco después se ponía en marcha con el barón, camino del cuartel general inglés. En toda la comarca, de ordinario tan tranquila, que se extiende desde el Adour hasta la frontera de Navarra, vivaqueaban los numerosos cuerpos del magno ejército; por todas partes se veían las tiendas de jefes y soldados de Aquitania, gascones é ingleses. Acababa de llegar de Inglaterra el duque de Lancaster, hermano del príncipe, con séquito de cuatrocientos caballeros y numerosa fuerza de arqueros, último refuerzo que se esperaba y todo estaba pronto para la marcha. Los desfiladeros de Navarra seguían en manos del vacilante Carlos, que había tratado de negociar á la vez con Enrique de Castilla y con Eduardo de Inglaterra; pero la mano de hierro del Príncipe Negro le obligó á ceder y dejar libres los pasos de la cordillera. Para conseguirlo comisionó el príncipe al capitán Hugo Calverley, quien al frente de su compañía entró rápidamente en Navarra y pegó fuego á Puente la Reina y Miranda. Aquel reto bastó para que el rey Carlos desistiese de toda oposición al paso del fuerte ejército invasor por territorio navarro. Á principios de Febrero, tres días después de la llegada del barón de Morel y su Guardia Blanca á Dax, recibió el ejército inglés la orden de marcha en dirección á Roncesvalles. Los primeros en obedecerla, por disposición expresa del príncipe, fueron los trescientos arqueros de Morel, elegidos para abrir el camino y situarse en el último tramo de la cordillera, á fin {de} esperar y proteger allí el paso de todo el ejército. Orgulloso en verdad cabalgaba el barón á la cabeza de su gente, armado de punta en blanco y seguido de Roger, Simón y Reno, portando este último el estandarte del famoso guerrero. --Á fe mía, Roger, dijo éste, que hubiera preferido ver á Carlos de Navarra disputarnos el paso de esos montes, que tengo entendido fueron teatro de un reñido combate en el que perdió la vida cierto valeroso Roldán. --Si me lo permitís, señor barón, repuso Reno, os diré que conozco bien el país por haber servido á las órdenes del rey de Navarra. Aquel edificio cuyo techo véis entre los árboles es un asilo y monasterio y señala el lugar donde pereció Roldán. El pueblo que á la izquierda mano queda es Orbaiceta, tierra del buen vino. --Y á la derecha veo un caserío.... --Es el pueblo de Los Aldudes, y más allá los picachos de Altavista. El barón hizo notar á Roger, que contemplaba admirado tan hermoso cuadro, el contraste que desde aquella altura presentaban las áridas llanuras gasconas del norte con las verdes praderas y las colinas pintorescas de la tierra navarra. Tampoco dejaban de ver aquí y allá, en lo alto de las rocas ó al torcer de un camino, pequeños grupos de caballeros y soldados del rey Carlos, que los contemplaban en silencio; vista que ponía de muy mal humor al barón, quien hablaba nada menos que de caer espada en mano sobre aquellos soldados neutrales. El veterano echaba de menos los días en que, según él decía, jamás se compraba con oro ni tratados el paso por tierra extranjera, sino que se ganaba á punta de lanza ó se perecía en la demanda. Por fin llegaron los arqueros á un lugar de la sierra desde el cual se divisaban en el lejano horizonte las torres de Pamplona, y allí se detuvo la Guardia Blanca, en cumplimiento de las órdenes del príncipe. Los altos montes estaban cubiertos de nieve y los arqueros se acomodaron lo mejor que pudieron en una aldea vecina. Roger dedicó el resto de aquel día y parte del siguiente, á ver desfilar el brillante ejército reunido para aquella expedición bajo las banderas del rey de Inglaterra. No tardó en reunírsele Simón, que tomó asiento á su lado sobre una elevada roca. --Hombres, caballos, armas y arreos, todo esto es magnífico, Roger, y digno de la atención que le dedicas, dijo el veterano. Nuestro valiente capitán está furioso porque hemos cruzado los montes sin andar á flechazos ni lanzadas, pero ó mucho me engaño ó esta campaña de Castilla le proporcionará tantas ocasiones de combatir como pueda pedirle el cuerpo, antes de que volvamos á emprender la marcha hacia el norte. Dicen en el ejército que Enrique de Trastamara puede lanzar contra nosotros cuarenta mil soldados, sin contar las lanzas francesas de Duguesclín y que todos ellos han jurado morir antes que ver á Don Pedro otra vez en el trono de Castilla. --Pero nuestro ejército es también numeroso y aguerrido. --Veinte y siete mil hombres por junto y en tierra extraña. Pero atención, -mon petit-, que aquí llega Chandos en persona con su compañía y tras ella pendones y escudos entre los que reconocerás á lo mejor de nuestra nobleza. Mientras hablaba Simón había desfilado ante ellos fuerte columna de arqueros, seguidos de un portaestandarte que llevaba en alto el pendón de Chandos. Cabalgaba éste á corta distancia, revestido de armadura completa á excepción del casco con luengas plumas blancas, que sostenía sobre el arzón uno de los escuderos de su escolta. Cubría sus blancos cabellos un birrete de terciopelo color de púrpura y un paje le llevaba la poderosa lanza. Sonrióse complacido al ver el estandarte de las cinco rosas que ondeaba sobre la aldehuela y con una señal de despedida tomó tras sus arqueros el camino de Pamplona. Á corta distancia de él iban mil doscientos caballeros ingleses, cuyos almetes, petos y armas relucían al sol, formando deslumbrador escuadrón, escoltado por Lord Audley en persona con sus seiscientos arqueros y los cuatro renombrados escuderos que tamaña gloria conquistaran en Poitiers. Doscientos jinetes pesadamente armados precedían al duque de Lancaster y su brillante séquito, en el que descollaban cuatro heraldos cuyos luengos tabardos llevaban bordadas sobre el pecho las armas reales. Á uno y otro lado del joven príncipe cabalgaban los dos senescales de Aquitania, Guiscardo de Angle y Esteban Cosinton, portando el primero la bandera del ducado y el segundo la de San Jorge. Más allá, en cuanto del camino abarcaba la vista, se extendía sin cesar columna tras columna, como un río de acero, dominado por airosas cimeras, gonfalones y blasonados escudos. Gran parte de aquel día permaneció absorto el buen Roger en la contemplación de los lúcidos escuadrones y compañías que ante él desfilaron, á la vez que escuchaba atento los nombres que citaba y los interesantes comentarios que hacía el veterano Simón, hasta que los últimos hombres de armas hubieron desaparecido en los profundos desfiladeros de Roncesvalles, con dirección á los llanos de Navarra. En compañía del duque de Lancaster llegaron á Pamplona, con la vanguardia inglesa, los reyes de Mallorca y de Navarra y el impaciente Don Pedro de Castilla. También se contaban allí apuestos caballeros gascones, procedentes de Aquitania y de Saintonge, de La Rochelle, Quercy, el Lemosín, Agenois, Poitou y Bigorre, con los pendones y fuerzas de sus distritos respectivos. Y no es de omitir el numeroso contingente del país de Gales, bajo la bandera escarlata de Merlín. Allí también el anciano duque de Armagnac con su sobrino el señor de Albret, los de Esparre, Breteuil y tantos más. Al cuarto día todo el ejército quedó acampado en el valle de Pamplona y el príncipe inglés convocó á sus jefes á consejo en el palacio real de la antigua capital de Navarra. CAPÍTULO XXX LA GUARDIA BLANCA EN EL VALLE DE PAMPLONA Mientras se celebraba el consejo de guerra en Pamplona hallábase acampada la Guardia Blanca en las afueras de la ciudad, entre las compañías del jefe gascón La Nuit y del flamenco Ortingo, y allí se divertían tirando la espada, luchando cuerpo á cuerpo como antiguos gladiadores ó mostrando su habilidad en el manejo del arco, para lo cual les servían de blanco escudos colocados sobre las cercanas eminencias del terreno. Los arqueros bisoños se adelantaban formados en filas y tendían cuidadosamente los grandes arcos, en tanto que los veteranos como Yonson, Reno, Simón y otros seguían con atención el vuelo de las flechas, comentando, aplaudiendo ó corrigiendo los esfuerzos de los tiradores. Tras ellos se agrupaban muchos ballesteros de La Nuit y del Brabante, que observaban con interés el ejercicio á que se entregaban sus aliados ingleses. --¡Bravo, Gerardo! dijo el viejo Yonson á un mocetón de ojos azules y rubio cabello que con labios entreabiertos y fija mirada, seguía la dirección de la flecha que acababa de lanzar. Ahí la tienes en el centro del blanco, y así lo esperaba desde que la ví salir de tu mano. ¡Buen arquero, muchacho! --Tirad siempre de la cuerda lentamente y por igual y soltad la flecha sin mover la mano, pero de pronto, dijo Simón. Y acordaos de que esas reglas son ley lo mismo cuando tiréis al blanco que cuando tras del escudo se os venga encima un jinete lanza en ristre ó espada en alto, dispuesto á partiros el alma. Pero ¿quién es ése que agarra el arco como un cayado y que hace tantas muecas para apuntar? --Es Sabas, de Bristol. ¡Oye tú, Sabas! gritó Vifredo, no dobles el espinazo, hijo, ni saques la lengua, que maldito lo que eso te ayudará para poner la flecha en el blanco. Levanta esa cara tan fea que Dios te ha dado, tente tieso, y extiende bien el brazo izquierdo, sin moverlo; ahora tira despacio de la cuerda con la derecha. --Á fe mía, que más entiendo yo de manejar la espada y la pica que el arco, dijo Reno, pero he llevado tantos años entre arqueros que recuerdo haber presenciado prodigios. Buenos tiradores hay aquí, pero no como algunos que recuerdo. --¿Ves aquello? preguntó Yonson al veterano, extendiendo el brazo hacia una bombarda que á no gran distancia se alzaba sobre su poco airosa cureña. Pues la culpa la tienen esos armatostes, con sus humaredas y sus rugidos. Ante ellos van desapareciendo poco á poco los arqueros de la buena escuela. Y es maravilla que tan gentil guerrero como nuestro príncipe lleve consigo esas sucias máquinas, que ojalá revienten todas con mil demonios. --Para arqueros de primer orden algunos que teníamos en el sitio de Calais, observó Simón. Recuerdo que en una de las muchas salidas un genovés levantó el brazo y lo agitó como amenazándonos. Diez de nuestros muchachos le soltaron en el acto otras tantas flechas, y cuando descubrimos después su cadáver se vió que tenía ocho de ellas clavadas en el antebrazo. --Pues yo os diré, repuso Vifredo, que cuando los franceses nos cogieron el galeón -Cristóbal- y lo anclaron á doscientos pasos de la playa, dos arqueros de marca, Robín y Elías, no necesitaron más de cuatro flechas para cortar el cable del ancla como con un cuchillo, de suerte que por poco se estrella el galeón contra las rocas y á los de á bordo los asaeteamos de lo lindo. --Buenos tiempos aquellos y mejores arqueros, en verdad, dijo Reno, pero á bien que ahí está Simón Aluardo, tan perito como el que más; y cuanto á tí, Yonson, como si no te hubiera visto yo ganarte el buey gordo allá en Fenbury, cuando te lo disputaron en el tiro al blanco los primeros arqueros de Londres. Habíalos estado escuchando muy atentamente, apoyado en su ballesta, un robusto flamenco de penetrante mirada y atezado rostro, cuyo traje y porte revelaban á un oficial subalterno de las tropas del Brabante. --No comprendo, dijo dirigiéndose á los arqueros ingleses, por qué os gusta tanto la percha esa de seis pies de largo, que os hace tirar y esforzaros como mulos de carga, cuando yo con el molinete de mi ballesta obtengo sin molestia los mismos resultados. --Buenos tiros de ballesta han visto mis ojos, contestó Simón, pero permitidme deciros, camarada, que comparando vuestra arma con el arco me parece una bicoca propia de mujeres, que pueden dispararla con tanta facilidad y tanto acierto como vos. --Mucho habría que decir sobre eso, repuso bruscamente el flamenco. Pero desde luego aseguro que con mi ballesta hago yo lo que ninguno de vosotros con el arco. --¡Bien dicho, -mon garçon!- exclamó Simón. El buen gallo canta siempre alto. Pero á los hechos me atengo y como yo he practicado muy poco con el arco en estos últimos tiempos, ahí está el viejo Yonson, que sabe hacer bien las cosas y sostendrá contra vos el honor de la Guardia Blanca. --Un galón de vino del Jura apuesto por el arco, dijo Reno, y por mis barbas que preferiría apostarlo de buena cerveza de Londres si tal hubiera por estas tierras. --¡Apostado! exclamó el ballestero. Lo que no veo, continuó mirando rápidamente en derredor, es un blanco que merezca tal nombre, pues yo no he de perder el tiempo tirando á esos escudos, buenos para ejercitar reclutas. --El tío ese es el mejor tirador de las compañías aliadas, dijo en voz baja á Simón un hombre de armas inglés. Esta misma mañana oí decir de él que fué quien derribó malherido al condestable de Borbón. --Respondo de Yonson, á quien he visto manejar el arco durante veinte años, contestó Simón. ¿Qué tal, viejo mío? ¿Te resuelves á demostrar á este camarada lo que vale un arco inglés? --Á buena parte vienes, Simón, como si para lances tales valiera más un arquero machucho, por bueno que haya sido, que uno de esos zánganos mozos con ojos de lince y puños de hierro. Pero en fin, déjame tomarle el tiento á ese arco tuyo, Roldán, que me parece de los buenos. Escocés de construcción, no hay más que verlo, ligero y flexible á la vez que poderoso. No, esas flechas no; una de aquellas, tres plumas por banda y punta estrecha y larga. --Esas son las que á mí me gustan, marrullero, dijo Simón. --¿Estáis pronto? preguntó el ballestero, poniendo cuidadosamente en su arma un grueso dardo. La noticia de la prueba que se preparaba había cundido por el campo y numerosos espectadores de las diferentes compañías formaban extenso semicírculo detrás de los dos justadores. La mirada del ballestero se fijó de pronto en una cigüeña que trasponiendo lejana colina continuó su perezoso vuelo en dirección al campamento. Al acercarse divisaron todos un punto negro que se cernía á grande altura, y que muy pronto conocieron era un milano en seguimiento de su víctima. Aterrorizada la cigüeña llegó á unos cien pasos de los arqueros y el ave de rapiña empezó á trazar pequeños círculos, como si se preparase á caer sobre ella, cuando el ballestero, apuntando rápidamente, atravesó con su dardo á la pobre cigüeña. Casi al mismo tiempo tendió Yonson su temible arco y la flecha detuvo en su vuelo al milano, que empezó á caer velozmente; alzóse gran clamoreo de los espectadores, que aplaudían ambas proezas; pero la aprobación de todos se trocó en asombro al ver que Yonson ponía apresurado otra flecha en su arco apenas disparada la primera y apuntando horizontalmente clavaba á su vez una saeta en la infeliz cigüeña, casi en los momentos de dar ésta con su cuerpo en el suelo. Un grito unánime de los arqueros, resonante expresión de triunfo, acogió aquella doble hazaña de su camarada, á quien abrazó estrechamente Simón, que danzaba de gozo. --¡Ah, viejo lobo! gritó. Esta la celebraremos juntos vaciando un azumbre de lo bueno. No contento con el milano habías de ensartar también la cigüeña. ¡Por las barbas del gran turco! ¡Otro abrazo! --Buen tirador sois, á fe mía, dijo gravemente el ballestero, pero no habéis probado serlo mejor que yo. Apunté á la cigüeña y dí en el blanco; nadie hubiera podido hacer más. ; ; 1 2 3 . 4 , 5 , 6 , . 7 , . 8 9 - - ¿ , ? . 10 11 - - , , 12 . . . . . . . . 13 14 - - , . 15 , . 16 17 . 18 , 19 , 20 . 21 , 22 . 23 , 24 . 25 , , 26 . 27 28 . . . . 29 30 - - ¡ , ! . 31 32 - - , , . 33 34 - - , , . 35 36 - - ¡ ! , 37 . 38 39 - - , , . 40 ¡ , ! ¡ ! 41 42 43 , 44 , 45 . 46 47 - - , . , , 48 . ¿ ? 49 50 - - . . . . . 51 , , 52 . 53 . . . . 54 55 - - ¿ , ? , , 56 . ¿ ? 57 58 - - . ¿ , , 59 ? 60 61 - - 62 63 . ¿ ? , ; 64 65 . . . . 66 67 - - , , . 68 69 - - , , 70 . 71 . , . 72 ; , , 73 , , , 74 . 75 . 76 77 - - ¡ ! , . 78 79 - - , . 80 . , , 81 , . 82 . , , 83 . , , 84 85 . , , 86 , . . . . 87 88 - - ¡ ! . 89 ; 90 91 . 92 93 - - , . 94 95 - - ¿ 96 ? . 97 98 - - , . 99 100 - - ¿ ? 101 . 102 103 - - . , . 104 . 105 106 - - ¿ ? 107 108 - - . 109 110 - - ¿ ? 111 112 - - . 113 114 - - ¡ ! . ¿ 115 ? 116 117 - - , ; , , ¿ 118 ? . 119 120 - - , . 121 , , 122 , , 123 , 124 . 125 126 - - ¿ , ? . 127 128 - - ¿ ? 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